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viajero

Bajo ese sol tremendo Un recorrido por el sur de los Estados Unidos, a plena musica. Desde el jazz de Nueva Orleans, pasando por el blues Leland hasta desembocar en el rock & roll de Memphis. Un camino que habla de una cultura rica en gastronomia, bebidas urgentes y conflictos raciales.

texto y fotos: Martin Sassone

“Bien allá abajo en Nueva Orleáns, la tierra de paisajes de ensueño, hay un jardín del Edén.” Dean Martin.

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l Barrio Francés de Nueva Orleáns se prepara para el fin de semana. Los bares de la calle Bourbon, los que están sobre Royal y los de más allá, sobre Frenchmen, comienzan a llenarse de gente. De a poco el espíritu de la noche se funde con el fulgor de las luces de neón. El olor del jambalaya, un guiso típico a base de arroz y carne de cerdo, se mezcla con el del cangrejo de río y la sopa gumbo, tres de los platos más característicos de la cocina Cajun y Creole. La música brota de todos lados. Blues, jazz, zydeco, funk. Esto es Nueva Orleáns. “Aquí hay música a toda hora. Es parte de nuestro legado. Se dice que una de cada dos personas toca algún instrumento”, cuenta con entusiasmo Jennifer Scharmann, una de

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las voluntarias del French Quarter Festival, un evento musical multitudinario y gratuito que se realiza en abril, un par de semanas antes que el reconocido Jazz & Heritage Festival. Mientras que el último convoca artistas de primera línea como Bruce Springsteen o Tom Petty, el del French Quarter reúne a músicos locales de todo tipo: desde los más famosos -como Trombone Shorty o Kermit Ruffinshasta algunos con menos cartel. Cuatro escenarios montados en el Woldenberg Riverfront Park, con vistas al río Mississippi, y otras tarimas más pequeñas, diseminadas por el barrio francés, ofrecen música en continuado de jueves a domingo. Locales y turistas se mezclan entre las calles, mirando la arquitectura que combina el estilo francés con el español, en una zona que no muestra secuelas del huracán Katrina, que arrasó con gran parte de la ciudad en 2005. “Nueva Orleáns es una ciudad alegre que sabe ocultar su tristeza. Nos costó mucho salir adelante sin ayuda del gobierno nacional, de hecho todavía hoy queda mucho por reconstruir”, explica Ladonna Carson, una mujer negra, de caderas generosas, que también trabaja para el festival. La cerveza Abita es la otra gran protagonista. La beben en cantidades industriales, tanto la amber, la purple haze o la golden. En vaso de plástico o directamente de la lata. Por la mañana, por la tarde o por la noche y también entrada la madrugada. Es la gran compañera de la

“Nueva Orleans es una ciudad alegre que sabe ocultar su tristeza. Nos costo mucho salir adelante sin ayuda del gobierno nacional, de hecho todavia hoy queda mucho por reconstruir”. comida, tanto de un Po’boy, sándwich típico a base de carne con salsa o camarones fritos, o de algún plato sazonado con salsa picante. Nueva Orleáns es la cuna del jazz y eso se palpa a cada paso. El recuerdo de Louis Armstrong o Jelly Roll Morton se mezcla con el de otros músicos que hicieron grande a la ciudad: los pianistas James Booker, Professor Longhair y Fats Domino. La Preservation Hall Jazz Band todavía mantiene vivo el espíritu del viejo dixieland y los indios Mardi Gras esperan el momento adecuado para salir a escena con sus trajes imponentes y coloridos. La Crescent City, como se la conoce desde siempre, es un collage de razas, idiomas, influencias y estilos que se manifesta tanto en la comida como en la música. Es apenas el comienzo de un viaje con rumbo norte por lo más profundo de la cultura estadounidense.

oh! melancolia “Personalmente creo que el blues es vida, tal como la vivimos hoy en día, tal como la hemos vivido en el pasado. Creo que mientras tengamos gente, lugares y cosas, siempre tendremos blues.” B.B. King.

Leland es un pueblo rural crucificado por dos rutas históricas: la 61 lo atraviesa de Norte a Sur y la 82 de Este a Oeste. Ambas rutas fueron esenciales para el desarrollo del blues como género musical precursor del rock and roll y de la música moderna en general. Aunque de las dos autovías la que mayor prensa tuvo fue la 61, gracias al disco con el que Bob Dylan rompió lazos con el folk para encarar su etapa eléctrica. Leland está allí, en el corazón del Mississippi, la esencia pura del blues, la música de los negros, descendientes de esclavos y víctimas de la segregación racial. Esos hombres de dedos despellejados de tanto juntar algodón, que sufrían por amor y ahogaban sus penas en whiskey clandestino. Poco más de 5.000 personas viven allí y la mayoría se dedica a la agricultura. Los principales cultivos son el algodón y la soja. No hay mucho movimiento por las calles céntricas. El tráfico, escaso, circula por las rutas o los caminos rurales y los vehículos en su mayoría son camionetas 4x4 preparadas para atravesar senderos poco transitables. Uno de los atractivos turísticos de Leland es el Highway 61 Museum, dedicado enteramente a la música

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Segun la leyenda, en el cruce de las rutas 61 y 49, Robert Johnson hizo un pacto con el diablo. Hoy hay una plazoleta con un monumento: dos guitarras cruzadas que señalan cada ruta. de la región. A la vuelta del museo hay un coffee shop que atiende una mujer mayor muy amable. Su especialidad son los wraps de pollo con ensalada de papas. Sobre la mesa hay folletos religiosos. Una postal muy típica en el sur de los Estados Unidos, la religión, especialmente la Iglesia Baptista, que tiene un fuerte arraigo entre la población negra. Sobre la calle Broad, hasta hace unas décadas la vieja Highway 61, está ubicado el museo. Ni bien uno cruza la puerta se topa con toda una amplia gama de recuerdos -discos, posters, fotos, instrumentos- y con un hombre negro, de unos cincuenta y tantos, que espera ansioso a los visitantes. Raspa las cuerdas de su guitarra con el pulgar y el índice de su mano derecha. Su voz es tan áspera como un sorbo de whiskey barato y el sonido es rústico como el roble. Es un alumno de la escuela del Delta, y su mentor fue su padre, el legendario James Son Thomas. El se llama Pat, Pat Thomas, y es tan parecido a su papá que la primera impresión que uno

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tiene es que está viendo a un fantasma. Pat tiene ojos sanguinolentos, la piel negra curtida por interminables jornadas al sol y una sonrisa en la que unos pocos dientes amarillentos todavía se mantienen en su lugar. Lleva un buzo tipo polar azul, jeans gastados y zapatillas deportivas. Sale a la calle y se pone un sombrero de paja deshilachado. Masca chicle de canela y habla con ganas, aunque hay que hacer un esfuerzo enorme para entenderlo porque tiene un inglés cerrado repleto de modismos indescifrables. “El blues es todo lo que tengo. Es mi vida, mi herencia. El blues me llena el alma”, dice. Pat toca por propinas y a veces vende sus artesanías. Otra de sus aficiones es guiar a los turistas hasta la tumba de su padre, que tiene un epitafio que resume la vida de un bluesman: “Denme un bife cuando tengo hambre, whiskey cuando tengo sed, mujeres hermosas mientras esté vivo, y el cielo cuando muera”. Desde Leland, cualquier camino desemboca en el blues. Por la ruta 82 hacia el Oeste, se

puede llegar a Greenville, una ciudad a orillas del Mississippi que hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial fue un epicentro del desarrollo musical de la región y también un paso obligado de la migración negra hacia el Norte. Hoy, en cambio, padece con crudeza la recesión que vive los Estados Unidos. En las calles se ven vagabundos, negocios con persianas bajas y suciedad. Por la misma ruta, pero hacia el Este, en menos de media hora, se puede llegar a Indianola, la ciudad que se hizo famosa por ser el hogar de B.B. King. Allí hay un museo interactivo dedicado al Rey del Blues que es de visita obligada. Más al Este está Greenwood, el lugar donde está enterrado Robert Johnson, el mítico bluesman que en la década del 30 escribió 29 canciones definitivas para la historia del género. La tumba está en el cementerio Zion, a donde cientos de fanáticos llegan para dejar púas, petacas de whiskey y otras ofrendas. Por Greenwood también fluyen las aguas del


El Rey en su casa

Yazoo, el otro río además del Mississippi que delimita los márgenes del Delta. Hacia el Norte se llega hasta Clarksdale, una ciudad con una historia tan rica que ningún blusero debería pasar por alto. Según cuenta la leyenda, en el cruce de las rutas 61 y 49, Robert Johnson hizo un pacto con el diablo que lo convirtió en el mejor guitarrista de la época. Ese sitio ya hace mucho tiempo dejó de ser una encrucijada de caminos polvorientos como solía serlo en la década del 30. Hoy hay un local de venta de muebles, un restaurante, una estación de servicio y otros comercios. En el centro hay una plazoleta con un monumento: unas guitarras cruzadas con los carteles de ambas rutas. Abril es un mes excelente para llegar a Clarksdale. El Juke Joint Festival atrae a músicos del Delta que tocan en los bares de la ciudad, desde el imponente Ground Zero, que pertenece al actor Morgan Freeman, hasta el modesto pero candente Red’s. Además de blues en estado puro, en todos esos antros se pueden comer deliciosas barbacoas. el rock de la calle “El blues tuvo un hijo y lo llamaron rock and roll”. Muddy Waters.

El final del viaje desemboca en Memphis, el vientre del rock and roll, donde Elvis Presley grabó su primera canción. La ciudad es conocida también por el ritmo de Beale Street, una calle emblemática donde hay bares para escuchar música en vivo a cada paso. Son 200

metros de melodías sostenidas, donde la única opción es pasarla bien. Se pueden comer las clásicas costillas de cerdo a la barbacoa mientras una banda toca blues, rockabilly o soul. La plaza W.C. Handy, en la que durante el día hay una feria con música en vivo, es una opción al aire libre. También hay decenas de locales de souvenirs y una disquería especializada en música negra como ya no existe en otro lado. A pocas cuadras, está el lujoso Hotel Peabody, con toda su historia a cuestas, y un kilómetro hacia el Sur, en paralelo al río Mississippi, aparece el Motel Lorraine, donde Martin Luther King fue asesinado en 1968. Allí funciona el Museo de los Derechos Civiles, en el que está retratada toda la historia de la comunidad negra -especialmente las humillaciones que sufrieron durante la época de la segregación- y del líder pacífico que revolucionó a los Estados Unidos. Un poco más al Este aparece Soulville, barrio que dio nacimiento al soul sureño. Allí surgieron Otis Redding, Eddie Floyd y Sam & Dave. El viejo sello Stax es hoy un museo que revive esa época dorada. El sur de los Estados Unidos ofrece un recorrido musical atrapante. La historia late a cada paso, en grandes ciudades o pequeños pueblos, imágenes en color de un pasado separado por el blanco y el negro. Allí está la esencia de esos cantos sufridos bajo el sol intenso de verano, la armonía de los coros góspel de las iglesias, los festejos de carnaval. Allí está la historia de la humanidad escrita sobre un pentagrama.

Elvis Presley nació en Tupelo, Mississippi, y tuvo resurgimiento musical en Las Vegas. Pero sin duda Memphis es la ciudad más ligada a la vida del Rey del Rock and Roll. Allí, en los estudios Sun Records, un reacio Sam Phillips le dio la oportunidad que él estaba buscando. En 1953, Elvis grabó su primera canción, My happiness, que no impresionó mucho, pero que fue la base para, unos meses después, pasar a la historia con su versión de That’s all right mama, un viejo blues de Arthur Big Boy Cudrup, que se convirtió en su primer éxito. Sum Records hoy sigue funcionando como estudio de grabación y además recibe a miles de turistas por día. Más allá del recorrido lo mejor está en escuchar las grabaciones originales y a todo volumen de Elvis y de otros pioneros que pasaron por allí: Johnny Cash, Ike Turner y Howlin’ Wolf. Pero sin dudas el lugar soñado para los fans de Elvis es Graceland. Ubicada sobre el Elvis Presley Blvd, es uno de los atractivos turísticos más importantes de los Estados Unidos. Graceland es la mansión más imponente y cool del mundo. Allí se puede ver cómo vivía Elvis. Sus discos de oro y platino, sus trajes, sus televisores, su mesa de pool. Algunos sectores de la casa están conservados como en los 60 y otros mantienen la redecoración que el Rey hizo en los 70. Detrás de la piscina hay un jardín, llamado del Edén, donde descansan sus restos y los de sus padres. En el mismo predio se puede acceder al museo de autos del Rey, repleto de Cadillacs, Mercedes Benz y Rolls Royce, y también a su hangar privado de aviones privados. Todo un paraíso para los amantes del rock & roll.

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Bajo ese sol tremendo  

Un recorrido por el sur de Estados Unidos, a plena música.

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