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¿Y por qué pesa tanto mi mochila?

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Adriana Martínez

Ilustrado por luubarcia

CAPÍTULO 1.

El extraño olor de los domingos

¿Sabéis a qué huelen los sábados? Huelen a libertad, a pasarlo bien, a familia y a amigos. Pero los domingos… los domingos son otra historia. Los domingos huelen a final de la diversión, a vuelta a la rutina y a las responsabilidades. Huelen a nervios, a no poder jugar y a pijama puesto antes de tiempo. A Lea le olían también a nudo en el estómago, a tripa revuelta y a pensamientos enredados.

—¡¿Pero por qué pesa tanto esta mochila?! —se quejó Lea mientras arrastraba la mochila por todo el pasillo.

—¡Pero si está vacía! —exclamó su madre mientras seguía leyendo sin levantar la cabeza del libro.

Eso pensaba ella. ¡Ja! Lea sabía a qué se refería, pero su madre jamás lo entendería. Desde hacía unos meses, llevaba algo dentro que nadie sabía.

Cuando llegó a su habitación, abrió la mochila con cuidado y ahí estaba. Otro domingo más. Una bola peluda de un color rojo tan intenso que costaba hasta mirarlo. Tenía unos ojos saltones como si fueran a salir corriendo y unos dientes que no eran afilados, pero que daban un poco de respeto. A los lados, le colgaban dos brazos larguiruchos con los que podía envolverse a sí misma, y llevaba colgando un silbato.

—Otra vez tú… —susurró Lea mirando a la pequeña bola peluda sin acercarse demasiado.

La pequeña bola soltó un gruñidito, como quejándose. Estaba muy a gusto en esa mochila y no le gustaba que la molestaran, aunque, en ocasiones, parecía que se sentía culpable por estar ahí.

Lea no sabía quién era ni cómo se llamaba ni por qué estaba ahí. Solo sabía que, cada domingo, desde hacía unos meses, aparecía allí, en su mochila, como una piedra invisible que pesaba muchísimo y que hacía que le costara dormir, hablar en clase, concentrarse e, incluso, relacionarse con otras personas.

Mientras pensaba en por qué esa bola peluda había vuelto a aparecer en su mochila, la bolita fue trepando por su cuerpo hasta enredarse en su cuello como si fuera una bufanda, haciendo que Lea sintiera una gran presión en su pecho. En ese momento, se dijo que ya era hora de averiguar quién era y por qué vivía con ella. Estaba dispuesta a indagar en el asunto y conseguir entender todo, pero ya era tarde, así que decidió irse a la cama a descansar. Mañana empezaría con la investigación.

CAPÍTULO 2.

El silbato de alarma

A la mañana siguiente, Lea abrió los ojos muy temprano. Casi no había pegado ojo. Desde hacía varios meses no conseguía dormir bien cuando el monstruito rojo aparecía. Se quedó un rato tumbada en la cama, mirando al techo, y se dio cuenta de que no podía parar de apretar los dientes. Le dolía la boca de tanto apretar y el corazón le iba a mil por hora.

—¿Había hoy algún examen? —pensó en alto mientras no dejaba de apretar la boca y las manos.

No. No había ningún examen, ninguna exposición, tampoco tenía nada importante. Simplemente, tenía clase normal, como cada lunes, sin nada diferente. ¿Entonces por qué se sentía así? El peso seguía ahí, presente, como si alguien hubiera apretado un botón de alarma dentro de su pecho.

Lea decidió levantarse y dejar de pensar en el tema. Se vistió, desayunó y volvió a su cuarto a coger la mochila. Cuando la abrió para comprobar que llevaba todos los libros, ahí estaba. Otra vez. La pequeña bola peluda allí seguía, mirándola con cara de intranquilidad.

—¿Todavía sigues ahí? ¿Quieres hacer el favor de marcharte? —le preguntó Lea con cara seria.

El pequeño monstruo la miró asustado, tocó su silbato y empezó a lanzar preguntas como pequeños torbellinos de aire: «¿Y si nadie te habla en el cole? ¿Y si te caes y haces el ridículo? ¿Y si el profesor te pregunta algo y no sabes contestar? ¿Y si nadie quiere jugar contigo?».

Poco a poco, la cabeza de Lea fue llenándose de «¿y si…?» y empezó a sentir un nudo en el estómago, una sensación mayor de presión en el pecho y una gran cantidad de pensamientos enredados en su cabeza. Le temblaban las manos, incluso sentía que se mareaba.

—No me ayudas. Me estás confundiendo. Tienes que parar —le dijo firmemente a la bola peluda.

El monstruito la miró confuso. Parecía no entender la diferencia entre ayudar y confundir. Él solo quería ayudar a Lea para que fuera consciente de los peligros y de lo que podía pasar en el cole, así que no pensaba irse tan fácilmente. Decidió quedarse ahí, en su casa, la mochila de Lea, y acompañarla al cole para que no estuviera sola, de modo que se acurrucó en ella y le dio la espalda.

—Bien. ¡Como tú quieras, pero no pienso hacerte ni caso! —le gritó Lea.

Todos llevamos una mochila invisible. A veces, incluso, un monstruito dentro…

¿

Te atreves a descubrir el tuyo? ISBN 979-13-88050-59-6

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