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Leyenda de la Hacienda La Trinidad Chica

Por el año de 1, 890 vivía en las afueras de la Ciudad de Córdoba en la Hacienda de la Trinidad Chica, un caballero español con su esposa y su hijita una rubia niña de seis años llamada Aurora. Era este caballero administrador de aquellas tierras que se extendían desde el Camino Real, hasta las orillas del Río de San Antonio que la separaban de la otra Hacienda llamada de la Trinidad Grande. Por aquella época en que los naranjales cargados de fruta se perdían de vista y las cosechas eran abundantes, La Finca necesitaba de un gran número de empleados para su cultivo. Una mañana llegó a la casa del Administrador un hombre con su esposa y un muchachito llamado Alejandro de unos escasos siete años a solicitar trabajo. Leyendas de la Villa de Córdoba


Hablaban el castellano con dificultad y explicaron que habían llegado al país hacía apenas tres meses procedentes de la Lombardía en el norte de Italia buscando fortuna, pues sabían que América era un Continente muy rico donde trabajando honradamente se podía vivir con mayor comodidad. Y allí se quedaron en la Hacienda de la Trinidad Chica por espacio de dos años, muy felices del trabajo porque los campos siempre verdes y llenos de sol les recordaban sus montañas. En aquel tiempo la terrible epidemia llamad Vómito Negro asoló nuevamente la región de Córdoba acabando con familias enteras. Los padres de Alejandro se contagiaron dejando solo y huérfano al niño que fue recogido por el Administrador, quien lo llevó a vivir a su casa para que ayudará a cuidar los caballos. Milagrosamente se salvó de la epidemia que parecía no perdonar a ningún extranjero, en cambio los señores de la finca se contagiaron, y cuando ya casi estaban fuera de peligro Aurora enfermó gravemente.

Srita. Rosa María Galán Callejas


Todo el tiempo que sus padres estuvieron delicados de salud la niña que era hija única y se sentía perdida en aquella enorme casa lo pasó acompañada del muchachito que huérfano y solo, también buscaba un poco de cariño. Juntos fueron a llevar las primeras flores a la tumba de los padres de Alejandro sepultados en la Hacienda cerca del Río Toribio y juntos pasaban las horas de la tarde jugando en los hermosos jardines de la Finca. Cuando Aurora enfermó del Vómito Negro solo con Zandro, a quien así llamaba ella en su media legua, tomaba las medicinas. Durante la convalecencia que fue larga, la niña no permitió que lo separaran de su lado. Así crecieron juntos, el Administrador llevó a la Hacienda un Profesor que daba clases a hija, y Zandro, admitido en el salón de estudio, aprendió con gran facilidad las lecciones. Satisfecho el Señor de la casa permitió que fuera como un hermano para Aurora, y a los doce años se había convertido en un hermoso muchacho alto y moreno, con el cabello negro y ensortijado y los ojos color de aceituna. Los que no lo conocían bien decían que era el hijo de unos gitanos que lo habían dejado abandonado en el portón de la Hacienda de la Trinidad Chica. De sus ahorros compro un cilindro y cuando Aurora cumplió catorce Leyendas de la Villa de Córdoba


años y sus padres la vistieron de largo, él le llevó su primera serenata. Por aquellos años estaba en boga una canción romántica que hablaba de unas violetas. Aurora a quien estas flores le gustaban mucho la cantaba todo el día. Una hermosa noche de luna el muchacho llegó al pie de la ventana de la niña con su cilindro y un ramo de violetas. A la mañana siguiente fueron juntos hasta la orilla del Río cerca del lugar donde estaban las tumbas de los padres de Alejandro, y mientras la niña buscaba las flores entre la yerba, el joven tocaba alegremente en el cilindro. Así volvieron muchas veces a aquel sitio, Aurora con sus amplios vestidos de muselina y los rubios cabellos que le flotaban en el viento como un rayo de sol, y Zandro moreno y espigado tocando en el organillo y acompañándose con su hermosa voz. Los trabajadores que en aquella hora del día volvían del fondo de la Hacienda cargados de naranjas los veían jugar entre los árboles y al llegar a la casa de los Amos, comentaban: -“Allá están Zandro y la Señorita Aurora, buscando violetas a la orilla del Río”- Y los Señores de la casa que querían bien al muchacho, sonreían satisfechos.

Srita. Rosa María Galán Callejas


Quince años contaba la jovencita cuando con una diferencia de pocas semanas murieron sus padres y como no tenía más familia que su Madrina de Bautizo, abandonó la Hacienda de la Trinidad Chica donde tan feliz había sido y vino a vivir a Córdoba, a la casa que la buena Señora habitaba unas cuadras arriba del Acilo de Santa María por el rumbo de Cruz Verde. Zandro se quedó en la Finca con los nuevos Administradores, quienes pronto se dieron cuenta que era un magnifico muchacho. En aquella época romántica del 1, 900 cuando la vieja sociedad Cordobesa tenía sus costumbres, montado en el caballo que los antiguos Leyendas de la Villa de Córdoba


amos le habían regalado, Alejandro llegaba los domingos muy de mañana con su cilindro y al pie de la ventana de Aurora se ponía a tocar la canción que tanto les gustaba. Después desayunaba en la casa porque la Madrina de la jovencita le había tomado cariño. Y juntos se iban luego al paseo del Mercado de moda en aquellos años y donde las niñas Bien, lucían sus breves cinturas mientras sus caballeros les obsequiaban ramos de claveles o de pensamientos. Allí Zandro le regalaba violetas a Aurora. Después asistían a la Misa de Once que era la Misa de las Elegantes y a la salida del Templo en el Café del Vapor, instalado en el Antiguo Portal del Cantábrico tomaban helados. Por la tarde recorrían la ciudad en el Coche de Mulitas que los llevaba hasta la Plazuela de San José, donde había un quiosco de refrescos y a su regreso iban a la Casa de las Vistas, contra esquina de la Escuela Cantonal una cuadra abajo del Zócalo, donde una moderna compañía cuentan que exhibía hermosos paisajes y cuadros de artistas famosos de la época, que puestos en las paredes de un cuarto oscuro los espectadores veían a través de lentes de colores. Así transcurría aquel primer año de principios de siglo. En las noches de luna Alejandro llevaba serenata a Aurora y a sus amigas y pronto en todos los Barrios de la Ciudad se oyó tocar a Zandro, el guapo muchacho de la Trinidad Chica que alegraba con la música de su cilindro las quietas calles de Villa Verde. A mediados de junio Aurora fue enviada al Colegio de las Madres Teresianas en Puebla para que se educara. Un día antes de su partida la joven visitó con su Madrina la antigua Hacienda y ella y Zandro, volvieron al Río a buscar violetas silvestres como en los viejos tiempos.

Srita. Rosa María Galán Callejas


En las noches siguientes cuando Alejandro venía a la esquina del Barrio de Santa María a tocar, los vecinos que lo oían decían que el cilindro de Zandro parecía suspirar. Un año después convertida en una hermosa muchacha, Aurora se comprometía en matrimonio con un joven Licenciado que conoció en la Ciudad de Puebla. En las vacaciones de diciembre cuando la joven volvió a Córdoba y su prometido que se llamaba Luís vino a visitarla, Zandro llevó al caballero a recorrer los alrededores de la ciudad y organizó Días de Campo y Paseos a Caballo para divertir a los enamorados. A su regreso a Puebla Luís conocía toda la historia de Zandro y entre el Licenciado y el joven campesino nació una sincera amistad que hacía feliz a Aurora. La joven abandonó el colegio y con el consentimiento de su Madrina fijó la fecha de su matrimonio para el siguiente mayo. Todos aquellos largos meses de espera Zandro trajo a la ventana de Aurora violetas que la joven recibía sonriendo y volvió a tocar para ella sus canciones favoritas, pero el cilindro que antes sonaba alegre, parecía ahora sollozar. La víspera de la boda, Alejandro pidió permiso a su amigo Luís para llevarle serenara a la Señorita Aurora

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Quince días estuvieron los recién casados en la Capital y al terminar su Luna de Miel se instalaron en la Ciudad de Puebla; tres meses después la joven Señora escribía diciendo que ella y su esposo venían unos días de paseo a Córdoba. Aquella primera noche que Aurora volvió a la casa de su protectora, la Señora después de la cena tuvo que salir a visitar a una amiga muy enferma, y los esposos, mientras regresaba la Madrina pasaron la velada en la sala. Uno junto al otro sentados en el pequeño sofá con las manos enlazadas como cuando eran novios, oyeron de pronto llenos de alegría el cilindro que tocaba en la esquina del Barrio y al irse acercando la música, Aurora entre abrió la vidriera para saludar a Zandro, pensando que el muchacho entraría en la casa un momento como tenía costumbre a conversar con ellos; pero la calle estaba desierta solamente sobre el quicio de la ventana, había un ramo de violetas húmedas todavía por el rocío de la noche. Cuando la Madrina regresó y vio las bellas flores que la jovencita acariciaba comentando sentida y extrañada que Alejandro se hubiera ido sin saludarla, la buena Señora se quedó asombrada, Aquello no era posible ni tenía explicación, Ella no le había escrito a Aurora por no entristecer su felicidad, ni pensaba decírselo hasta que pasará unos meses más, pero la Noche de su Boda en la Hacienda de la Trinidad Chica cerca del Río donde estaban sepultados sus padres, Zandro había sido encontrado muerto, y los Médicos certificaron que aquel muchacho fuerte y lleno de vida se le había roto el corazón.

Srita. Rosa María Galán Callejas


Inconsolable lloró Aurora la muerte del muchacho, pocos días después regresó con su esposo a la Ciudad de Puebla y al año siguiente su hogar se llenó de alegría con el nacimiento de un hermoso niño. Pero la joven que seguía triste y delicada de salud se fue consumiendo poco a poco como una pálida violeta. Cuando el niño fue bautizado sus padres de común acuerdo le pusieron por nombre Luís Alejandro. Pocos meses después murió Aurora que fue traída a Córdoba y sepultada en la Hacienda de la Trinidad Chica junto a la tumba de Zandro, y algunos años más tarde el esposo abandonó la Ciudad de Puebla y con su pequeño hijo se embarcó rumbo a Santander, a donde fue a vivir con sus padres volviendo a casarse pasado algún tiempo. Leyendas de la Villa de Córdoba


En una hermosa mañana de mediados de año por el 1, 921 cuentan que llegó al viejo Portón de la Hacienda un jovencito preguntando por los Administradores. El portero le dijo que los Señores no estaban en casa pues habían salido de viaje con toda la familia y probablemente en un mes no regresarían. El joven que explicó iba de paso para Veracruz donde embarcaría rumbo a España pidió permiso para recorrer la Finca porque deseaba visitar una tumba que su Señor padre la había dicho encontraría cerca del Río. El encargado llamó a una viejecita que le señaló el camino que llevaba al lugar donde hacía muchos años ella recordaba haber visto casi pérdidas entre la yerba las sepulturas. Cuando el joven regresó una hora más tarde, después de darle las gracias al portero le rogó le entregara al Administrador de la Hacienda una carta donde el padre del muchacho explicaba la razón de aquella visita y que no dejaba con los niños que jugaban a la orilla del Río porque pensaba, que aunque debían ser los hijos de los amos la podrían extraviar; pero la viejecita le repitió que en la Finca solo estaban en esos días ella y su hijo. Entonces el joven visitante le mostró un ramo de violetas silvestres que una niña muy hermosa después de haberlo besado acababa de regalarle. Srita. Rosa María Galán Callejas


Asombrada la anciana que había oído la leyenda de los niños que se aparecían en el fondo de la Hacienda, preguntó al viajero como se llamaba y el contestó que su nombre era Luís Alejandro, que había venido desde España a la Ciudad de Puebla a saludar a unos familiares y que de paso por Córdoba quiso visitar la tumba de su madre que en vida se llamará Aurora, y de quien le había dicho que hacía muchos años había sido sepultada en las orillas del Río Toribio en aquella hermosa Finca conocida entonces con el nombre de la Hacienda de la Trinidad Chica.

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