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VENUS DESORIENTADA Primer accésit en el Taller Literario 05 de Argentina – 2003

El sitio es tan boscoso que el paraje solo puede ser visto cuando se tiene a tres metros de distancia. Las hileras de los árboles parecen haber sido sembradas en forma laberíntica a propósito; cada especie frondosa se confabula allí con sus congéneres para ocultar las violetas contenidas en su centro; cada rama tupida de hojas hace impenetrable cualquier mirada. Troncos y tallos se alternan en confusión. Los colores de las hojas alternan entre verde aceituna y café haba. Hasta para los rayos del sol es difícil cruzar la espesura y calentar el olor a selva. El bolso de la mujer continuaba en aquel centro del matorral, su color añil sobresalía sin violentar: uno de los extremos de su correa estaba suelto y de esta manera parecía la cola de una alimaña; su cierre estaba abierto y algunos elementos regados se confundían en la hojarasca. Allí estaban como hormigas en desfile: el espejo cómplice de miradas, las llaves en desuso de alguna puerta olvidada, una bolsa con lo que se adivina serían unos pendientes, una caja de maquillaje con tres colores gastados pero dos intactos, y un labial.

Atada al árbol y con las piernas en forma de k, estará ella. Llevará el cabello corto para resaltar su cuello, vestirá la chaqueta que luce arrugada solo en la parte de las axilas y los codos, con los botones de plomo haciendo uvé en su espalda. Él la conocerá en el bar, la imaginará simpática, le parecerá atenta con los demás, sonriente con quien le brinde un trago. Su aire de inocencia cuando reciba los aretes de sus manos, su coquetería cuando la tome del brazo y la lleve a lo que él le prometerá será un santuario, desaparecerán de inmediato cuando le aseste el primer golpe. Su boca lo aturdirá con un grito y de la nada saldrá el bolso añil que le lanzará a la cara: ambos lo confundirán un segundo, dándole tiempo a ella para huir. Todo en la mujer será perfecto, incluso para dejarla ir, pero lo echará a perder con ese mal sentido de la ubicación cuando corra hacia la espesura. Será de madrugada, las violetas recibirán sus pasos y él estará cerca de darle alcance.

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JUICIO MILITAR Finalista en el X Premio de Cuento Carmen Báez de México - 2003

1 Se establece juicio militar contra el soldado Blandón, integrante de la compañía Ave de rapiña adscrita a la Brigada XI del Ejército, detenido durante la operación “Casa de lenocinio” el 15 de julio del presente año. Como eje del proceso, la audiencia implicó a cuatro de entre los juzgados por el faltante del dinero decomisado. En aplicación del decreto de 1943 sobre Rebelión Militar, Bandidaje y Terrorismo, regulado en el Código penal de 1944 y revisado en 1963 con la creación del Tribunal de Orden Público. El decreto de 1963 había abierto la posibilidad de que los tribunales civiles juzgasen los «delitos comunes», desde el 5 de agosto de 1972 la jurisdicción militar se hizo cargo de nuevo de estos asuntos. A partir de esa fecha, la Capitanía General tomó las riendas de todas las cuestiones relacionadas, por lo tanto este juzgado es competente. 2 Soy Juvenal Blandón, estuve perdido, con otros tres compañeros soldados, durante catorce días en la manigua; nos habíamos separado del grupo luego del combate con el enemigo. Recorrí palmo a palmo las entrañas de la selva, cuidé de no pisar minas antipersonales, me olvidé del baño diario y de la comida diaria. Llegué al sitio donde encontré el dinero: fatigado, con dolores de calambres severos, con heces fecales matinales no compactas, diarrea recurrente, pérdida de peso y agotamiento. 3 El sumario 15/03 consta de ciento veinte páginas. En ellas se acusa a dos personas ya detenidas, y a otras tantas en fuga, de apropiarse indebidamente de un dinero incautado en operación militar. A Juvenal Blandón se le inculpa de ser el autor intelectual del citado robo, y a Tomás Uribe, Uldorico Dominguez y Mario Osorio como “perpetradores del ilícito». Para todos ellos el fiscal pide la pena de baja del servicio y cárcel. El presidente del Consejo de Guerra es el coronel de caballería Emmanuel Ordoñez. El fiscal, el capitán Albeiro Tangarife. El consejo en pleno aporta las actas de la visita efectuada el día 17 del mes pasado, a la prisión, las celdas de castigo de la quinta región militar de Burgos, es decir a la sede del regimiento, donde se encontraban los capturados Juvenal Blandón y Tomás Uribe. 4 En la visita les expliqué claramente los hechos: Preso de fiebre y dolores musculares, con síntomas de deshidratación y los bolsillos vacíos como mi estómago, mientras buscaba un sitio donde desalojar, encontré unas canecas con bolsas negras, en cuyo interior estaba el dinero obtenido en actividades ilícitas del grupo enemigo, equivalente al premio mayor de la lotería. Le avisé a mis tres compañeros, quienes pasada la sorpresa, hablaron de repartirse el botín de guerra. Yo, firme, mi Capitán, les dije que eso iba contra la patria, que ensuciaba los ideales por los que luchábamos, que era una afrenta a nuestra bandera. Ellos, recapacitaron y quedamos en que llevaríamos el dinero al campamento, para que el Aymer Waldir

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sargento decidiera. Pasamos los fajos de billetes de las bolsas a nuestras mochilas de campaña, envolvimos el resto en dos cobijas. Tomás y Mario se las echaron al hombro, cuando se turnaban para cargarlas, Uldorico dijo que el fardo pesaba mas que el fusil. 5 La resolución de separación del servicio será consecuencia de sentencia firme por delito de peculado por apropiación, si se impone pena de privación de libertad que exceda de seis años por cualquier delito o pena de inhabilitación absoluta como principal o accesoria.

6 No me vayan a excluir del servicio a la patria, que gustoso daría la vida en combate por ella, que fue el único aliciente mientras estuve en el hospital, me aferraba a ella, a la vida, a la patria, mientras los compañeros gastaban los dólares a raudales. Supe que Mario se compró una camioneta nueva, mientras que Uldorico y Tomás pagaban a mujeres de las casas de genocidio con los billetes robados. 7 Los encausados, en compañía de sus abogados, acuden a esta corte hoy, 4 de septiembre para notificarse de las condenas. El Consejo de Guerra impuso a los acusados penas superiores a las solicitadas por el fiscal Tangarife. Tomás Uribe, Uldorico Dominguez y Mario Osorio son condenados a dos años de prisión, cada uno de ellos. Juvenal Blandón será castigado con siete años y baja del servicio. Se hace constar, cuando son las cuatro de la tarde, que los abogados recibieron la comunicación de las penas impuestas, pero que ninguno de los defensores las firmó. 8 Soy inocente, ya les dije en el momento de mi detención, que se realizó mientras me encontraba en el hospital militar, recuperándome de una infección intestinal. Soy inocente, es cierto que esa noche Tomás vio que yo tomaba un fajo de billetes, y por eso se confundió y ahora me acusa como el autor intelectual. Ellos tres se llevaron todo el dinero, yo estaba tan enfermo que no podía cargar nada y solo tomé un fajo cuando, aún perdidos en la selva, noté que se nos había acabado el papel higiénico.

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UN HOMBRE LLAMADO ALBINUS Segundo lugar en el concurso de poesía y prosa Azul, San José de Costa Rica – 2003 "Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre". Risa en la oscuridad de Vladimir Nabokov.

Albinus decidió dejar a su mujer y a Berlín, para viajar a Viena con su amante y decidió además dar la noticia de su separación a través de un amigo común. Elisa era una mujer de espíritu fuerte y de mente muy abierta para su época. Elegirla como mujer fue tarea fácil, no existía en Berlín una señorita con tales cualidades mentales y semejantes medidas corporales. La convivencia durante estos diecisiete años había sido maravillosa, su mujer era envidiada por sus amigos (los de él) y estaba seguro de que también por sus enemigos (los de ella) … si los tuviera. En el cumpleaños número dieciséis de Annete, la hija del mejor amigo de Albinus, a éste se le ocurrió preguntarle porqué se había demorado tanto en casarse con Elisa, a la que conocía desde niña y a la que tuvo como prometida durante varios años. "De haberte casado antes con Elisa, tal vez hubieran logrado tener hijos", le dijo; y agregó "si tuvieras mis agallas, le hubieras propuesto que fuera tu mujer desde el mismo momento en que quedaste encantado por el brillo de su mirada, como yo lo hice". Ante esa frase Albinus quedó confundido, pues no supo si su amigo le había dicho cobarde o solo le aconsejaba que actuara ante sus impulsos; además tampoco estaba muy claro si su amigo también estaba encantado por el brillo de la mirada de Elisa, e incluso quedaba la duda si éste le había pedido a ella que fuera su mujer. Albinus quiso volver el tiempo atrás, tirar todo a un lado e irse con la mujer que vio crecer en Berlin; a la que amó en silencio y a la cual le brillaban sus grandes ojos azules cuando lo miraba.

Mientras dejaba todo atrás, pensaba en el momento cuando su amigo leyera la carta en la que le contaba su decisión y en la que le pedía que le explicara a su mujer la obsesión y las agallas que le habían surgido cuando vio el brillo de los grandes ojos azules de su hija, Annete.

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HOY ES EL DÍA Finalista Concurso Memorial Mago Merlín – Editorial Ceyla, España – 2004 Hoy es el día. Ella me ha citado en su casa, después de tanta insistencia de mi parte. Hoy permanecerá sola, sus padres debieron salir de la ciudad para asistir a un matrimonio y al parecer pasarán toda la tarde y mucha parte de la noche allá, en esa ceremonia. Que paradoja, se celebra una boda y sus padres elogian a la pareja que anhela su primera noche, mientras nosotros estamos por celebrar nuestra primera noche sin necesidad de que haya boda; y sin esperar que nos elogien. Al fin ha llegado el día deseado... para las dos parejas de novios. Lo hemos planeado todo con el mayor de los cuidados y con tanta anticipación, que creemos no se nos ha escapado ningún factor. Todo estará bajo control; excepto claro, nuestras hormonas. Normalmente nada me gusta más que levantarme tarde, permanecer un rato en la cama observando las formas de la madera en el techo, contando las tablas que van de viga a viga, recordando lo hecho el día anterior, planeando el día, pensando, soñando despierto, pero hoy es el día. Dormí profundamente y me siento muy vital. Me levanto de la cama con firmeza, pero estudiando cada movimiento; camino con paso de vencedor y busco con insistencia la forma de encender la luz. Doy palmadas a tientas hasta que desisto y abro presuroso la cortina para convencerme que ya en verdad amaneció, que estoy despierto y que la alcoba tiene desde dónde encender la luz, aunque en la oscuridad no encuentre cómo hacerlo. Todo a mi lado parece tomar una nueva connotación, cada objeto de mi habitación lo siento mas mío que ayer; como irradiando una vitalidad que me contagia. Son los mismos objetos, con los mismos colores, las mismas texturas, las mismas formas, pero siento que emanan de ellos unas nuevas energías. Debe ser porque hace solo dos días que nos hemos mudado a esta casa. Aún no me acostumbro a esta nueva disposición de los objetos, y todavía tengo algunas cosas empacadas en cajas. Cuando los empaqué, me trajeron recuerdos y sensaciones; con una intensidad extraña. Dependiendo de los recuerdos que me proporcionaron los fui seleccionando. Dejé abandonados, en el basurero de la anterior casa, muchos objetos y papeles que guardé por mucho tiempo, no sé para qué. Algunos no me traían nada a la memoria, otros me hacían evocar malos momentos. De los que empaqué en estas cajas algunos no sobrevivieron al traslado y llegaron deteriorados o inservibles, así que mientras desempacaba hice una nueva selección. Ubiqué los objetos tratando de dejarlos en el mismo sitio que tenían en la anterior habitación, pero sin embargo aún me es difícil encontrar algo. Me dirijo hacia el baño y termino entrando en la cocina. Que confusión. Perdido en un espacio tan reducido. Desorientado y a la deriva como estudiante nuevo. El refrigerador parece mirarme desde su rincón, tiene una mirada fría. Salgo de la cocina, camino por un pasillo y por fin siento un alivio después de entrar al escurridizo baño. Ahora puedo regresar a mi habitación para escoger, de manera cuidadosa, cada prenda que me he de poner. El pantalón que más me gusta, la mejor camisa, los zapatos más elegantes, la ropa interior más nueva y las medias sin agujeros. Aymer Waldir

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Me meto en la ducha y me quito el pijama, estudiando cada movimiento. Practicando el quitarme la ropa. Me veo desnudo. No estoy mal. Tengo buena figura a pesar de ser tan delgado. El espejo me muestra donde radicara mi éxito: los ojos. Mi novia siempre me ha dicho que la cautivan y debo aprovechar esa cualidad... ¿o será debilidad?, no estoy ahora para discusiones semánticas. ¿Románticas? Mi mano por el cabello desordenado trata de peinarme. Es en vano, este vuelve a su desorden natural. Tal vez los jóvenes tengamos también en el cabello una manera de ser. Entro a la ducha y cae sobre mi cuerpo el agua fría que ayuda a calmar mi ansiedad reprimida. Cuánto no daría por estar ahora en su compañía. El agua y los pensamientos me hacen sentir con más energías. Le he pedido las llaves del automóvil a mi hermano, habíamos quedado en que él lo tendría durante toda la semana, para ir a la Universidad, siempre y cuando me garantizara su entrega anoche. Ayer mismo lo he lavado para ahorrarme un dinero y he usado el balde para ahorrar agua. Es mi forma de evitar altercados con mis padres por cualquier tontería. Sobre todo ahora que hay que ahorrar por los gastos del traslado. Me ofrezco a llevarlos temprano a comprar el mercado. El tiempo se va volando y ya estamos de regreso. Bajo las últimas bolsas del auto y las llevo a la cocina de la casa, veo a mi madre desempacar todo y llevarlo a la alacena o al refrigerador, con gran propiedad y armonía. Almuerzo en la mesa, en compañía de mis padres, que se sorprenden al verme alejado del televisor por un buen rato. Les comento de mis planes: regresar a visitar a algunos amigos del barrio en que vivíamos; lo cual en el fondo es cierto, lo que no les cuento es con quien exactamente voy a pasar la tarde y parte de la noche. Enciendo el televisor buscando que las horas pasen más rápido y paso de canal en canal, en la búsqueda inútil de un buen programa. Las horas van a un ritmo proporcionalmente inverso que el nivel de mi impaciencia. Juego con el control del televisor, veo todo y nada hasta que lo apago y enciendo el radio para escuchar mi emisora preferida; un par de canciones y luego una cantidad de publicidad que terminan por aburrirme, de nuevo me enfrento al televisor. Suena el teléfono y corro a contestarlo, es un amigo del barrio que me dice que va a venir a conocer la nueva casa, le digo que todo anda en un desorden bárbaro y entonces me invita para que, cuando pueda, vaya a pasar una tarde en su compañía. Le digo que por supuesto, que iré mas seguido de lo que cree, pero que hoy no podré hacerlo. Cuelgo el teléfono y me surge la idea de llamarla para concretar nuestro encuentro, mis dedos se saben de memoria el número que me comunica con mi "Café"... le digo así porque es negra, dulce, caliente y me quita el sueño. Bueno, lo de caliente es solo una sospecha, aunque bien infundada. Al otro lado de la línea escucho su agradable voz y la cabeza me da vueltas. Quedamos en continuar con el plan. Heme aquí, sentado en el asiento del conductor del automóvil de la familia: Con el tanque lleno (el del auto), muy bien arreglado (yo); y pensando en darle encendido (a mi novia, que digo... al auto). Una mirada a mis ojos reflejados en el espejo retrovisor, un leve giro de la llave y aquí vamos, en busca de Aymer Waldir

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disfrutar el gran día en el que he de retornar al barrio donde antes habitábamos, para encontrarme con mi novia que me espera ansiosa y nerviosa. Acelero un poco, pero no llevo tanta prisa como la que parecen tener los autos que me adelantan a mayor velocidad. Observo cada casa, cada almacén, cada farmacia, que voy dejando atrás. Los veo desde un nuevo ángulo, descubro sus detalles. Debo atravesar la ciudad para ir de mi nueva a mi anterior casa. El tráfico no está tan pesado como otros días y el día está precioso. Un poco frío, pero sin lluvia. Igual al día de la despedida, es como si estos días de separación no hubieran pasado y se tratara de un simple paréntesis. Ese día la noté muy triste, mas de lo que creí cuando, dos semanas antes, le comenté la noticia de la mudanza. Ese par de semanas estuvimos muy callados y en las pocas frases que surgían, en nuestros encuentros diarios, ella insistía en que la distancia sería pesada carga para nuestra relación. No había razón para que la relación se viera afectada, pero su monólogo fue haciéndose cada vez más insistente. Un día, antes de la despedida, me ofreció que rompiéramos de una vez y para siempre. En ese instante se me aceleró el corazón de tal manera que creí que esa sensación no podría ser superada. Me equivoqué. Nunca pensé que fuera preciosamente el día de la despedida, cuando ella me diera el tan anhelado "tal vez"; que sonó como un "sí", el que me demostró cuan equivocado estaba en asuntos de las taquicardias propiciadas por mi novia. Su voz me dio un quizás y ahora me dirijo a cobrarlo de contado. Llegué mas pronto de lo previsto aunque conduje con precaución. Ella abre la puerta y se asusta de verme tan temprano. Nos damos un largo beso en la boca y me permite pasar a la sala. Me siento, mientras se aleja hacia el interior de la casa. Este sofá y esta sala han sido testigos de miles de caricias, de miles de besos, de miles de intentos fallidos. La casa está en un silencio no habitual, escucho mover algo en el interior de la casa y me acomodo bien en el sillón; en los minutos finales de la espera. Ella regresa y camina como entre nubes, me sonríe intensamente y se va quitando la blusa mientras mis manos sudan. Sus senos se ocultan pudorosos tras el brassier que estorba a mi vista. Se acerca, lenta y seductora. Es la protagonista de mi película. Quiero ver más allá de lo evidente y siento el pulso de la sangre en las sienes. Llega hasta el sofá y se inclina, toma mis brazos y hace que la rodee por su cintura. Me besa apasionadamente. Mis se llenan de valor y de sudor, pero se demoran un infinito para retirar lo que ya no hace falta. El sudor de mis manos las hacen resbalar de la dirección del auto. Las seco, rozándolas sobre mi pantalón y espero el cambio del semáforo. Dentro del auto el calor me agobia. Miro a los transeúntes y a los otros conductores y los veo frescos. Concluyo que el calor no está afuera. Sonrío. El día está precioso: un poco frío pero sin lluvia. Aprieto el timón y siento el pulso acelerado. Abro la ventanilla mientras el semáforo cambia a verde, dándome vía libre para volver mis sueños realidad. He llegado mas pronto de lo previsto y eso que conduje con precaución. Ella abre la puerta y se asusta de verme tan temprano. Nos damos un largo beso en la boca y me permite pasar a la sala. Me siento mientras se aleja hacia el interior de la casa. Este sofá y esta sala han sido testigos de miles de caricias, de miles de besos, de miles de intentos fallidos. Ella regresa y se deja caer sobre el sofá. Me ofrece algo de tomar, y sale de nuevo hacia la cocina, yo me consumo por dentro en cada segundo que pasa. Ella regresa con un vaso de jugo que tomo presuroso y bebo de un solo trago. Suena Aymer Waldir

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el teléfono y sale a contestar, mientras la sigo con la mirada y la imagino flotando desnuda, como entre nubes. Respiro profundo. La veo colgar el teléfono y regresar. Camina en cámara lenta. Sus senos rebotan con cada paso que da. Mueve la cadera con aire seductor. Me siento como protagonista de una película. Llega hasta el sofá y cuando trato de acercármele se levanta de repente con la excusa de que dejó olvidado algo. Mientras se aleja puedo ver que su rostro denota preocupación. No parece estar segura ni cómoda. Tal vez sea mala idea insistirle en el tema, que sea ella quien tome la iniciativa. Mi inquietud se aleja con ella. La veo aparecer de nuevo con un pequeño paquete entre sus manos. Me causa curiosidad ver que es lo que trata de rasgar con sus uñas, y lo descubro cuando se lo lleva la boca para apretar con los dientes y rasgar el envoltorio. Mis ojos se convierten en binoculares al ver que ha abierto un preservativo y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo hasta hacer temblar mis piernas. Mis piernas comienzan a temblar y se resbalan del embrague. El auto emite un sonido extraño al entrar el cambio de marcha. Tomo aire para lograr calmarme y disminuyo un poco la velocidad, busco un objeto en donde clavar la mirada. Veo pasar progresivamente los postes de las redes eléctricas y siento la brisa en la cara, me alivia la ansiedad por llegar a ese barrio donde tantos años pasé, donde tantos amigos dejé y donde un amor me espera para que intercambiemos ritmos y pasiones. He llegado mas pronto de lo previsto y eso que conduje con precaución. Ella abre la puerta y se asusta de verme tan temprano. Nos damos un largo beso en la boca y me permite pasar a la sala. Me siento mientras se aleja hacia el interior de la casa. Regresa y se acerca al sofá, no se sienta en él porque prefiere hacerlo sobre mis piernas. Rodea mi cuello con sus brazos y echa hacia atrás su negro y largo cabello. Acerca su rostro al mío, frota su nariz contra la mía, sus mejillas contra las mías y comienza a besarme en cada centímetro de mi cara y de mi cuello. Siento la sangre rebosar. Nuestros corazones, además de enamorados, están agitados. Las manos buscan recorrer cada fragmento del otro. Algo suena. Tal vez han regresado sus padres y ella salta de entre mis piernas. Algo suena. Es la bocina del auto de atrás para indicarme que vio cambiar el semáforo una milésima de segundo antes que yo. Eso le da autorización para acosar. Aplasto el embrague, estrangulo la palanca de cambio, oprimo el acelerador con suavidad y aprieto los dientes con rabia. Media cuadra mas arriba veo, por el retrovisor, la maniobra del auto para pasarme. Le dejo espacio y lo veo acelerar y adelantarme mientras dice algo, algo que no alcanzo a escuchar pero que imagino de qué se trata: acusa a mi madre de una profesión que no ejerce, o a mí de una enfermedad que no tengo. Sigo mi ruta y entro en lugares conocidos, tantas veces recorridos. He llegado mas pronto de lo previsto y eso que conduje con precaución. Ella abre la puerta y se asusta de verme tan temprano. La abrazo, la tomo con fuerza y la hago girar hasta dar una vuelta completa. Está preciosa, parece hecha de ilusión. La miro directo a los ojos y descubro de nuevo esa sensación que me cautiva, que tiene nombre y sabor a Gloria. No me atrevo a hacer nada más que tenerla entre mis brazos. Intento una mirada y soy yo el cautivo. Comienza a acariciarme, a besarme. Hago lo mismo. La recorro sin prisa y de pronto me detengo. Me detengo, apago el automóvil, cierro la ventanilla del conductor y tomo una bocanada de aire. Bajo del auto, despacio, como quien no lleva afanes. Una bocanada de aire para tranquilizarme antes de enfrentarme a esta puerta, a esta casa tantas veces visitada, a este barrio que ya no habito. Hoy es el día.

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EL CONTADOR DE HISTORIAS Finalista Concurso “Historias Mágicas y Verdaderas” – Aldeas Infantiles SOS, España 2005 Arturo Zúñiga leía a sus hijos aquella calurosa noche. Acostumbraba hacerlo antes de acostarse, pero esta vez intentaba con un libro donde las palabras eran muy escasas, pues los dibujos ocupaban el noventa por ciento de cada hoja y el tipo de letra que traía era de enormes proporciones, dejando sólo dos líneas escritas por hoja. Al principio pensó en devolverlo y esperar a que hicieran lo mismo con su dinero, pero en un descuido suyo, y de Manuela, Julián logró tomar cuatro de sus hojas y poner allí un empate en goles: rasgó dos, arrugó dos. Así que le gustara o no, debió optar por buscar en cada palabra su profundidad y volverse hábil en el duro deporte de mantener las hojas cerca de la mirada de Julián, pero lejos de sus inquietas manos. Tanto que ha avanzado la humanidad y aún no han inventado un libro para niños que se pueda chupar, estrujar y rasgar y se conserve intacto; se quejaba. Como el libro traía tan pocas letras y Manuela preguntaba y preguntaba por lo que decía y por lo que no decía en él, se vio en la necesidad de agregarle un poco de palabras de su autoría. Sin embargo, ante una nueva lectura y una mala memoria, su hija debió recordarle ciertas cosas que había dicho en la versión anterior y omitía en ésta. Ellos lo escuchaban, sorprendidos, ante las nuevas interpretaciones que le iban surgiendo. De esta manera logró mantenerlos cautivados con el mismo cuento varias noches, cambiándolo de versión; no tanto por sus habilidades de expresión oral, como por sus debilidades en los asuntos del recordar. Una noche regresó muy cansado a casa, con la esperanza de encontrar a sus hijos dormidos y evitarse así tener que volver sobre el libro de cuentos a releerlo por millonésima vez. Su nivel de paciencia estaba al límite, se le cerraban los ojos y su mente estaba embotada. Las palabras le salían sin ninguna coherencia. No obstante, ellos lo escuchaban con atención y el entusiasmo que mostraban no le permitía cerrar el libro para enviarlos a dormir sin la lectura. Recorrió ese pequeño libro tantas veces que se le habían agotado las variantes, ya no atinaba nada nuevo para inventar; ni siquiera se acordaba de alguna de las primeras versiones que había improvisado. Tampoco conseguía alejar las páginas de las manos de Julián, quien se empecinaba en disfrutar del libro a su manera. Entonces empezó a decir palabras, una tras otra, sin ningún sentido; pero matizando cada una de ellas, deteniéndose para mirar el efecto logrado y continuando con el inverosímil relato. Sus hijos lo seguían, fascinados, sin atreverse a interrumpir, esperando escuchar cada ocurrencia suya. Saboreaban cada palabra como si ella sola fuera el cuento, lo miraban encantados cuando brotaban de sus labios las voces sueltas que no significaban nada, pero que daban vida nueva a la historia mil veces leída. Sus hijos estaban maravillados, no les interesaba el significado de las frases, sólo su sabor. Tomaban como referencia los sonidos que Arturo absurdamente pronunciaba para imaginar Aymer Waldir

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el resto. Él, mientras tanto, sentía una nueva sensación en la boca, el redescubrir de la magia de las palabras, el asombro de presentirlas nacer en las cuerdas vocales. Disfrutaba teniéndolas un instante entre sus labios antes de inflarlas como globos para que la imaginación de sus hijos las sostuviera al volar. Quizá fue buena Inversión comprar el texto de pocas palabras, pensó Arturo y al otro día madrugó a buscar un libro que tuviera las hojas en blanco.

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ASUNTO GENÉTICO Finalista en el XII Premio de Cuento Carmen Báez de México - 2005 Me agaché a amarrarme el zapato, no porque estuviera desanudado el cordón; sino porque me gusta sentir apretados los nudos de los zapatos. Estaba allí, en la repetitiva tarea, cuando la vi por primera vez. Era pequeña, pero su aparición llenó de inmediato el salón. Le di una mirada de reconocimiento y luego la ignoré. Al terminar mi tarea había olvidado por completo su aparición. Seguí allí, en la sala de espera del consultorio, sentado en el sofá, confiando en pronto ser atendido; mirando las paredes y los cuadros, cuando recordé a la intrusa y la busqué con la mirada, pero ya no estaba en su sitio. Seguí recorriendo visualmente cada espacio del salón de recepción y reparé en la secretaria que, desde mi llegada, hizo señas para que me sentara; pero no había soltado por un momento el teléfono. Era joven y tenía un rostro cansado, usaba los anteojos para cogerse el cabello arriba de la frente y por el espacio de abajo del escritorio se podía ver que tenía un pié calzado sobre el piso, mientras que con el otro, en el aire, jugaba con calzarse y descalzarse el zapato usando sólo los dedos de los pies. El zapato se balanceaba como para caerse. Se abre la puerta del consultorio psiquiátrico y me levanto con la intención de entrar, pero un gesto de la secretaria me detiene: Se levanta, deja el teléfono aún descolgado sobre el escritorio y se termina de poner el zapato con el que jugaba mientras entra al consultorio diciéndole no sé que cosas al Doctor. Se cierra la puerta tras ellos y de nuevo me siento solo. Me agacho para tomar una de esas revistas, con las hojas de las portadas desbaratadas, que siempre hay en los consultorios médicos, pero ninguna me llama la atención. Doy otra mirada al salón de espera y la veo de nuevo, plantada en la mitad del salón, desorientada. Sin saber para donde coger. Me mira y se queda quieta, yo hago lo mismo. Tras la puerta, veo el mullido diván tantas veces usado y noto como la secretaria sale sonriendo. Me distraigo mirando la puerta, que sigue abierta, y cuando vuelvo la mirada al centro del salón, ya no está. Me dirijo a la puerta, pero la secretaria la cierra y me dice que debo esperar otro momento, que el Doctor está ocupado, que si quiero puedo leer alguna revista. Señala el revistero que yo ya había explorado, y una silla, al lado de su escritorio. Coge de nuevo el teléfono y sigue su interrumpida conversación. Me levanto hasta la silla y tomo de allí una revista. Gran sorpresa me llevo al comprobar que no sólo su portada está intacta, sino que el número es reciente. Me entran ganas de leer algún artículo o al menos los títulos. Lo primero que leo me envuelve y cautiva entre sus letras. Se trata del asunto ese del genoma, que tanta alharaca ha causado en los últimos días; hay unos gráficos como hélices, otros como cintas enlazadas y algunas tablas comparativas. Dice allí que compartimos muchos genes con otras especies animales. Por el rabillo del ojo la alcanzo a ver de nuevo, esta vez cerca de la silla de donde tomé la revista. La secretaria, en su ocupación telefónica, no ha reparado aún en ella; sigue jugueteando con el zapato hasta que éste cae al suelo. Miro el zapato caído, vuelvo los ojos hacia la silla y ya no está ella.

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Me sumerjo de nuevo en la lectura y no sólo me asombra y decepciona saber que los humanos solamente tenemos cerca de 30.000 genes, sino que esta cifra es apenas dos o tres veces superior a los 13.000 genes de la mosca drosófila y una vez y medio más que los 20.000 genes de un gusano como el nematodos. No sé de moscas, ni de gusanos con apellidos extranjeros, pero pienso que una mosca es una mosca sea de la familia que sea y un gusano es un gusano provenga de donde provenga. Así que somos parientes lejanos de las moscas y primos de los gusanos, me digo y sonrío mientras levanto la cabeza por encima de la revista y veo a la secretaria colgar el teléfono. Ella suspira y empuja con los dedos de los pies el zapato. Este va a caer de nuevo, pero en un intento por atraparlo con su extremidad inferior resulta pateándolo. El zapato vuela y rueda hasta llegar a la mitad de la sala, la secretaria se sonroja y trata de sonreír. Dejo a un lado la revista y me agacho para tomar el zapato. Cuando la veo de nuevo, allí, cerca del revistero. Insinuante, como provocándome para que actuara. No me lo pienso dos veces y avanzo hacia ella. Llevo el zapato de la secretaria en la mano y zuassssssss. Es muy lista y ha girado haciendo que falle el golpe. La secretaria se asusta al verme en ese plan, me pregunta ¿qué pasa? mientras me mira como creyéndome loco. Sigo tratando de darle alcance y la acorralo entre la silla y el escritorio. Le lanzo el zapato. La secretaria grita y su rostro ahora está pálido; ahora ella también la ha visto y la señala. Recojo el zapato, avanzo con firmeza. Ella en vez de huir se detiene. Nos mira con desprecio, como sólo se mira a un semejante, y se esfuma por entre un hueco de la pared. Hermana cucaracha.

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VANAGLORIA Segunda Mención “Cuento de Humor del cono sur de América”, Editorial Despeñadero, Argentina – 2005 El día está frívolo, soplan vientos vacuos, estoy en la feria Internacional del Libro de Guadalajara, y desde el vacío de la vanidad se lanza, suicida, un pedante. Ubicado en un stand, pretende firmar libros y más que lectores, busca fanáticos. Cae sobre su jactancia y rebota. En su segunda encrucijada contra la gravedad alcanza a abrir el paracaídas de su vanagloria, pero sus plumas se le suben hasta el buche y desciende mostrando la petulancia. Yo lo miro caer, mientras lo mece el viento de las campanas que él mismo tañe. Me preocupa el ruido que hará cuando estalle contra el piso. Cubro mis oídos pues noto que se hincha aún más con el aire del engreimiento, pero en el choque de ostentación y jactancia se desinfla, cual globo de helio, antes de tocar tierra. Es tarde, preocupado por mis oídos he olvidado cubrirme la nariz.

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DE INUNDACIONES Y FUEGOS PRESTADOS Segundo mejor relato del año publicado por la Revista Oxigen - Zaragoza, España – 2005

“Brindemos un trato especial a las mujeres en embarazo, a los ancianos, a los discapacitados y a las personas con niños en brazos”.

A sus trece años los ojos amarillos de Danilo ya reflejan su carácter decidido, y el tictac del reloj de cuerda que lleva abrazado a su mano izquierda marca el mismo compás de su agitado corazón. El cielo de la tarde crece y la vida transcurre más lenta que de costumbre. Espera el metro pensando en su madre, en aquella historia de cuando ella nacía, ese trágico 29 de septiembre de 1974, mientras un alud de tierra acababa con la vida de cien vecinos tras la inundación de la quebrada negra. Los avisos en la estación del metro le recordaban los consejos de la abuela, quien había llegado diez años antes de la tragedia, alejándose de su Liborina natal, para cruzar sus pasos con los de doña Domitila y José Vicente, los fundadores, y construir ella misma un frágil rancho entre potreros y pastizales. Las arrugas en la cara de la abuela se fueron formando con las callejuelas del barrio. La templanza de su madre provenía del dolor de llegar a la vida perdiéndolo casi todo: padre, hermanos, casa y aquello que, años antes, ellos habían levantado. “Manténgase detrás de la línea amarilla hasta que el tren se detenga y abra sus puertas”.

Atardece con el ruido de las puertas del vagón abriéndose. Danilo entra y encuentra asiento. Bajo su chaqueta negra siente el frío del metal que le acompaña, y lo acomoda rápidamente con su mano, manteniéndolo oculto. Algunos pasajeros lo miran con recelo. Él sabe de miedos y de hambres, pero ahora con su instrumento, aunque prestado, se siente seguro. Puede ir por su barrio sin temor, infundiendo respeto; puede caminar imperturbable por las calles donde muchos viven atemorizados y excluidos de todo. “Al escuchar la señal de cierre de puertas, absténgase de ingresar o salir

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del tren”.

Convencido de la importancia y gravedad de lo que hará sabe que no podrá pestañear, y tampoco permitirá que alguien del grupo vacile. Están obligados por tantos sueños comunes hechos y deshechos. Ahora que pertenecía a la banda no dejaría escapar su fantasía entre los dedos, ni se la dejaría arrebatar por un error. Era tal su persistencia que la constante práctica había hecho que manipulara con maestría el instrumento, como pocos a su edad. Por eso era el líder y la voz se había corrido entre las lomas de su barrio. “Por seguridad, los niños deben ir siempre de la mano de un adulto”.

Su obsesión había comenzado un domingo, cuando salía de la iglesia de Santa María del Camino, situada en lo alto de la montaña. Mientras bajaba por las callejuelas sus oídos distinguieron, una vez más, el traqueteo de las balas que se cruzaban entre los patios de los dos colegios “Fe y Alegría”. Aquellos ladrillos que en las tardes detenían goles, eran demolidos en las noches por el retumbar monótono de balones de fuego. Era el sonido de la muerte, silbando infamias, mientras marcaba golpes en los muros. Pero la vida le acechaba a la vuelta de la esquina, en la estación Santo Domingo. Ese día el contagio fue colectivo, Danilo no era el único en padecer la enfermedad que se empezó a regar por el barrio. “Próxima estación: Caribe”. “Dejar salir es entrar más fácil”.

Recordó cómo lentamente cada niño de su barrio fue transmitiendo la enfermedad a su familia, a sus vecinos. “El botón rojo y la palanca azul sólo deben ser utilizados en casos de emergencia”.

Sabía muy bien cuándo empezaron todos a mirarse con ojos cómplices, y esperaba que hoy fuera el día para derrotar los miedos.

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“Próxima estación Acevedo, estación con posibilidad de transferencia a la línea del metrocable”.

Los dos mil veinte metros de longitud del trayecto le dieron a Danilo ocho minutos cuarenta y cuatro segundos para pensar en lo que pronto haría delante de todos sus vecinos, reunidos en la estación. Abajo, las ropas tendidas y los materiales diversos de las improvisadas construcciones despliegan su arco iris. El ambiente pueblerino llega a la telecabina desde los altares de santos y vírgenes, caballos ensillados y mulas enjalmadas allá abajo. La calle Puerto Rico refleja con potencia el pulso de sus habitantes. “Próxima estación Santo Domingo Savio”.

Agarrada a la tercera cuerda del pentagrama, la telecabina se despoja de su temerario pasajero. Danilo se baja, como lo hacen veintisiete mil usuarios al día. A su llegada siente temor, le sudan las manos, lleva un brazo a su costado para confirmar la presencia del paquete, y el reloj de pulso echa marcha atrás al minutero. Muchos lo esperan en ese gigantesco balcón, a siete kilómetros del centro de la ciudad. Medellín se divisa extendida a sus pies. Ocultos tras un violín y un chelo están sus amigos de la banda de música. Más atrás, radiante, está Susana, la niña que toca el saxofón y las fibras de Danilo desde hace ya un año. La brisa le da en la cara jugando con sus rebeldes cabellos, mientras lleva a sus esquivos labios la embocadura. Danilo, decidido, desenfunda sin amagar el dulce clarinete, en tanto que la batuta del director se alza firme en el aire. Los jóvenes músicos atienden la orden de fuego y apuntan directo al oído de los presentes, haciendo impacto certero en sus corazones. La quebrada negra sigue su cauce sin desbordarse. Son los ojos de sus madres y abuelas los que están a punto de romper sus diques. Miles de lágrimas rebosan orgullosas y comienza a llover sobre las mejillas de todos los implicados.

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MECENAS Finalista en el III Concurso de relatos cortos "Luis del Val" - Ayuntamiento de Sallent, Huesca, España – 2006 Bueno, como Vicepresidente Financiero de la organización no debí participar en la rifa de aguinaldos de fin de año con el resto de los empleados, pero aprovecho la ocasión para anunciar que cedo mi premio a la joven encargada del aseo y la cafetería. A la que trabaja en nuestra potente corporación, con alto sentido de pertenencia, aunque a través de una empresa temporal, hace unos seis años. A la que tanto nos ayuda con la limpieza y con esa taza diaria de café en las mañanas, a… ¿cómo es que se llama?

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