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POST DATA / POST MORTEM (Cartas a escritores)



POST DATA / POST MORTEM (Cartas a escritores)

Antologadores: Gonzalo Trinidad Valtierra Enrique I. Castillo


©Diseño de portada: Oscar Carmona

©Derechos reservados Cada autor es dueño y responsable de su texto. 1ra Edición con Vodevil Ediciones: Septiembre, 2016 Impreso y hecho artesanalmente en México. Registro en trámite Contacto con la editorial: vodevilediciones@hotmail.com www.facebook.com/vodevilediciones twitter: @vodevil_letras


Relámpago tras relámpago (relámpago–noche–relámpago), es lo que me ocurre cuando te leo. Lo mismo debe ocurrirte cuando te escribes. De M. I. Tsvietáieva a R. M. Rilke



A nuestros maestros vivos y muertos. Para Eusebio Ruvalcaba y Jorge Arturo Borja.



destinatarios Amable lector . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

11

Omar Jayam . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

15

John Kennedy Toole . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

21

Fernando Pessoa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25 Alexander Kuprín . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29 G. K. Chesterton . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33 Henry Miller . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35 Germán Dehesa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

41

Escritor Anónimo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47 Conde de Lautréamont . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

51

Oliver Sacks . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 55 Malcolm Lowry . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

59

Martín Quirarte . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

63

José Revueltas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67 Thomas Bernhard . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

71


John Steinbeck . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75 John Fante . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79 Charles Bukowski . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83 François Rabelais . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

91

Marqués de Sade . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95 Herve Maunier . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

99

Calvert Casey . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 101 Gilberto Owen . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105 Elena Garro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107 Jorge Ibargüengoitia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111 Ernesto Sábato . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 117 Richard Wright . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 121 Edgar Allan Poe . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125 Stieg Larsson . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 129 Constantino Cavafis . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135 Knut Hamsun . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139 Homero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 143


Prólogo

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena. Sor Juana Inés de la Cruz

Me quedan las libertades imaginarias, que a mi juicio son las únicas que existen. José de la Colina

Amable lector, Antes de hablarte de esta Post data / Post mortem quiero decirte que las epístolas forman parte de nuestra historia desde antes de la llegada de los castellanos. Pero fue en el siglo XVI, con la llegada de estos, que las cartas adquirieron un papel imponderable en la historia de nuestro pueblo. Seguramente has leído las famosas Cartas de Relación de Hernán Cortés, escritas para la corte del Rey de Castilla. Además de aquellas cartas —las primeras que hablan de nuestra tierra en nuestra lengua— no puedo dejar a un lado la Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz. En ella encuentro la primera muestra de prosa mexicana, plena de ingenio y de unas sutilezas del lenguaje que no se habían visto antes. No sólo eso, es una carta escrita con la agilidad del pensamiento, la fuerza de la verdad y los intestinos. En la prosa de Sor Juana, templada por el estudio y la meditación, yace el primer fuego de nuestra literatura.


Incluso nuestro Caballero de la Triste Figura escribió una carta impulsado por el amor. De entre todos los sentimientos, el que más tinta ha derramado es este que hizo al Quijote escribirle a Dulcinea del Toboso, si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Espero, querido lector, que tú también conozcas el apremio de la epístola amorosa y locuaz, a la manera de nuestro mayor héroe. Ahora quiero preguntarte: ¿qué le dirías a tu autor más valioso? ¿Qué sería lo primero que vendría a tu mente al escribirle? Al hacerme a mí mismo estos cuestionamientos, no puedo evitar pensar en Holden Caulfield. Cuando él terminaba de leer una novela que realmente le había gustado, lo primero que sentía era la necesidad de tomar el teléfono y llamarle al autor para platicar con él. Esa necesidad de comunicarnos con los grandes maestros de la literatura es la que impulsa esta antología. Esta Post data / Post mortem es una ficción. Una aventura de las libertades imaginarias de las que hablaba José de la Colina. Un intento, también, de recuperar ese registro confesional y privado que sólo la epístola puede detonar en quienes no están acostumbrados a la prosa intimista. En el fondo de este libro, pensado para los lectores del siglo XXI —tan acostumbrados a los mensajes instantáneos—, persiste ese antiguo afán de encontrarse con el otro, el lejano, el distanciado por el océano, la adversidad, y en este caso la muerte. Estas cartas imaginarias, querido lector, dejarán de serlo en el momento que lleguen a tus ojos. Puede que te preguntes: ¿por qué leería un libro de cartas ficticias, si de por sí este género ha perdido su función social? Mencionaré sólo unos pocos epistolarios que, a mi modo de entender la literatura, son imprescindibles. ¿Recuerdas las cartas a Lucilio, de Séneca? Es enternecedora la manera


en que el maestro le habla a su pupilo; el afecto que le demuestra cuando lo reconviene y le recuerda sus deberes en este mundo. ¿Te parece un ejemplo muy antiguo? Quizá lo sea, pero no así la vida que palpita en cada línea. Las Cartas del verano de 1926 entre Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke son un bellísimo ejemplo del siglo XX; el resultado de la amistad, la admiración y sensibilidad de tres maestros de las letras. Fue en ellas donde entendí que las cartas son una manera de hablar con el otro (que a veces es uno mismo). En la carta fechada el 2 de enero de 1946, dirigida a Jonathan Cape, Malcom Lowry explicó con bastantes detalles la decisión de afincar su novela en tierras mexicanas. El escenario ideal en términos geográficos, religiosos y políticos, para disponer al cónsul en torno a la lucha entre las potencias de la luz y las tinieblas. Lowry era un avieso escritor de cartas, lo mismo que Norman Mailer. Mailer se dedicó a cartearse con al asesino y ladrón de bancos Jack Abbott. Incluso le dio consejos de cómo convertirse en un gran escritor. El resultado: Abbott publicó años después En la barriga de la bestia, una compilación de todas las cartas que Mailer y él se dedicaron. Ejemplos tan peculiares me hacen pensar que las cartas son una forma de la literatura muy maleable. Chun-su Kim, en Poseídos por Dostoievski, utiliza la carta-poema para pergeñar esa obra maestra inspirada en el genio ruso. Querido lector, ¿ya no recuerdas esas cartas que tu abuela o tus tías te escribían para decirte algo que nadie más podía escuchar, ni siquiera tú, y por eso recurrían al silencio de la palabra escrita? O aquellas que cuando eras niño les escribías a los Reyes Magos y tus padres recogían una noche, de manera que creías que las historias eran ciertas. Finalmente: las cartas de amor que te hubiera gustado escribir.


No olvides que Rulfo se dedicó a escribirle cartas a su amada Clara. James Joyce, con un toque de perversidad, también las escribía. Kafka, desde luego. Querido lector, hay más cartas de amor que novelas en el mundo. La correspondencia privada supera los libros que persiguen la gloria y la inmortalidad. Todo cabe en una carta: hasta un suicidio. Esta sería la carta definitiva, imborrable, y siempre con la prosa más directa. Esta antología, sencillamente, es un intento de un grupo de autores (vivos) por encontrar a sus maestros (muertos). Hay un conocimiento íntimo que se logra a través de la lectura de novelas, cuentos y poemas. Esa relación es un acto de comunicación íntima entre el autor y cada uno de sus lectores. Creo que cada novela, cuento o poema es una carta vertida en una forma única y dirigida a un lector que quizá nunca encuentre. Espero que estas cartas imaginarias te encuentren a ti. Gonzalo Trinidad Valtierra / 2016


Con tus palabras he aprendido a leer Carta a G. K. Chesterton

Ciudad de México Junio, 2016

Estimado Chesterton, Camino por este viejo y sabio bosque, mis pasos rompen con fuerza las hojas secas que han caído por el paso del otoño. Busco un lugar en donde sentarme, cerca del lago encuentro una banca, al sentarme recuerdo tus ensayos y novelas. Tus textos siempre están llenos de fuerza y nunca tratas de alabar a nadie, tus ideas son directas y no dejas espacio para la mala crítica. Si alguien te refuta, en seguida le explicas el porqué de tus ideas. Como buen inglés podías hablar y caminar por horas a través de los senderos londinenses sin saber a dónde ibas, pero tu voz nunca se perdía. Comencé a leerte en el libro Enormes Minucias, en él encontré los múltiples temas que pueden nacer sin perder el hilo de una simple frase. Inicias hablando del cochero con el que viajas, describes su ropa, para de ahí arrancar con la crítica y pintar con tus palabras lo que era el Londres de tu época. La religión, la política, la sociedad, para terminar con el porqué los niños tienen que leer cuentos infantiles, y de ahí regresar al cochero. Tus ensayos son algunas veces cuentos, otras veces son ideas políticas que retoman el origen de la civilización y terminan con alguna imagen de un caballero ingles tomando el té a espaldas del Big Ben. Tomas frases de la filosofía fran-


cesa para usarlas como el martillo de tus pensamientos para criticar al parlamento inglés, y rematas criticando la complicada filosofía alemana. En tu voz he encontrado la libertad y la expansión de las ideas, por ejemplo: De un retrato de una calle empedrada en Londres, tomas la construcción del camino, e inicias hablando de la industria de esa época, el modo de trasportarse, la clase obrera, las familias que viven en esa calle. Para pasar a otro plano, sin romper la idea, platicas cómo trascurren los días festivos, la forma de hablar del pueblo y sus platos típicos. Y sin perder el hilo, hablas de la filosofía y religión, y para rematar das tu última opinión sobre las calles empedradas de Francia, creando una similitud entre los dos países. De todo esto, he aprendido que las ideas, por más diferentes que sean, pueden encontrar la unión correcta. Que el buen lector es el que se toma el tiempo necesario para poder entender lo que lee, lo que el escritor quiere expresar. G. K. Chesterton con tus palabras he aprendido a leer. Gracias por compartir tu voz a través de tus libros. Pablo Doria


Carta a un bebedor de mezcal Carta a Malcolm Lowry

Ciudad de México Septiembre, 2016

—[…] ¿Te acuerdas de Oaxaca? —…¿Oaxaca? —… Oaxaca … La palabra era como un corazón que se quebraba, un repentino repicar de campanas sofocadas en medio del desierto, últimas sílabas de algún sediento que agonizaba en el desierto. Bajo el volcán Malcolm Lowry Querido Malcolm, Le escribo con el mayor de los respetos. Quisiera presentarme de una manera sencilla, a partir de algo que los dos tenemos en común: beber mezcal. Y vaya que es usted alguien reconocido en este tema, no sólo por lo que yace en sus historias, poemas y cartas; sino también por los trabajos biográficos que han intentado entender su vida, y que han descubierto el mito de un hombre que escribió poseído por los demonios. Me encuentro en la cantina La Superior, en la calle de Trujano, en pleno centro de la ciudad que usted vivió a través del embrujo del mezcal: Oaxaca. Es temprano y a


pesar de eso ya se encuentran varios comensales acodados en la barra. De afuera se cuela el sonido de una orquesta de viento que anuncia alguna de las múltiples calendas que hay a lo largo del año en estas tierras, y que intensifica el misticismo que ya de por sí esta ciudad otorga al acto de beber. Sostengo el cuarto destilado de la jornada: de unos años para acá es la forma en que hago llevaderas las horas, en particular desde que murió mi padre. Ahora sé que con el tiempo me fui acostumbrado al efecto hasta incrementar la dosis de alcohol, y posteriormente ir perdiendo el control cada vez más seguido sin darme cuenta. Lo sé ahora que mi relación con Alejandra se ha ido al carajo, y que mi familia poco a poco se ha alejado de mí. Me disculpo por lo atrabancado de esta carta, de hecho se trata únicamente de un borrador. Uno más de tantos que he escrito cuando vengo a Oaxaca, y que siempre termino arrancando de la libreta y arrojando a la basura. Algo me hace parar y no enviarla: el recuerdo de mi padre tal vez, o la necesidad de esperar, de atarme al mundo. Ahora he venido al cabo de un año de la muerte de Luis Méndez —mi amigo el de Sola de Vega— haciendo una escala en la capital. Lamento su muerte en el alma, y más que nada su ausencia: el buen Luis escuchaba y compartía su conocimiento sin chistar, en torno las mujeres, principalmente; pero también sobre la filosofía de vida que había aprendido en la cárcel de Tehuantepec, y que solía denominar como el arte de ponderar el placer sin convertirse en carne de prisión y sin morir en el intento. Por lo demás era un experto en el cultivo y estudio del agave, y así fue como murió: en el fondo de un barranco que se deslavó mientras se disponía a estudiar las características de su maguey preferido: el Sierra Negra. Así que en otras ocasiones he escrito un borrador de esta carta sin animarme por fin a enviarla. Me gusta hacerlo aquí, en la belleza que otorga esta cantina a las primeras


horas de la mañana; aquí donde la soledad se fusiona con la necesaria introspección que uno necesita para ir soltando las palabras... Acabo de ordenar el quinto mezcal: conforme el líquido va transitando por mi torrente sanguíneo las palabras van acudiendo también, comienzo a sentir con mayor soltura. Un comensal empuja las batientes y un rayo de luz atraviesa el pequeño vaso en el que bebo, evoco al viejo: sus ojos brillantes cuando el mezcal lo tornaba alegre o festivo; o la aureola infernal que lo rodeaba cuando los celos lo poseían, como aquella vez que encañonó a mi madre con un revólver 3.57 mientras en la otra sostenía una botella: había llegado a casa maldiciendo, para de inmediato dirigirse a ella y reprocharle su infidelidad. Yo lo observaba aterrorizado desde una esquina de la habitación. Cuando descubrió mi presencia se quedó congelado, después depositó su mirada en el piso y se desvaneció poco a poco hasta quedar con la cabeza entre las piernas, llorando como un pequeño niño. Yo tendría unos diez años pero aún siento esas lágrimas, y el recuerdo de ellas me estremece todavía más que el rostro de pánico de mi madre, más que el singular ruido del arma cayendo al piso. Entiendo que hasta en la rutina pasan cosas, pero hay actos que incendian, que provocan. Un mecanismo para que algo suceda es beber, y cuando algo sucede, supongo, es cuando vale la pena transmitirlo mediante una correspondencia: se atesoran las cartas que anuncian las buenas o malas noticias, la vida o la muerte, no las que machacan con la rutina… Así, los epistolarios son también simbolismos, eso es lo que el personaje del Cónsul muestra en aquel mítico capítulo en el que encuentra una vieja carta no enviada en un libro de dramas isabelinos donde se encuentra el Fausto de Marlowe: y es que enviarla significaba una especie de condena, como lo es también comenzar a beber mezcal… Y yo siento que cuando llegue el momento de desprenderme de


esta carta algo también habrá de suceder dentro de mí. De nuevo sé que usted me entiende perfectamente: lo que acabo de decir es otro simbolismo: como esos que están presentes en las páginas de cada uno de sus cuentos y poemas, y que son como hechizos negros que llevan a los lectores devotos a representarlos en sus vidas; a unirse a algo misterioso que no es posible nombrar pero que existe; a sentirse seguro en el riesgo mismo, haciéndolo su habitación propia, como las personas que habitan las lomas de los cerros y que se niegan a abandonarlas aun cuando la lluvia está a punto de desplomarlas, porque da seguridad que vas a morir en casa, que no morirás en el desamparo del vacío. Estimado Malcolm: me despido, es hora de ir a Sola de Vega a ver a mi amigo oaxaqueño. Usted también tuvo uno: Juan Francisco Márquez, mixteco, con quien —en sus propias palabras, aprendió el poder único de la amistad— ése que esquiva la tirana flecha del tiempo… Aún no me decido a enviarle la carta, lo decidiré con el avistamiento de los barrancos en la carretera, que son todavía más terribles en la noche; lo decidiré bebiendo más destilado en el camión que me transporte a esa población; lo decidiré bajando en las inmediaciones de la casa de correos del pueblo, cerca del arroyo, por donde se encuentra una vieja cantina donde corre el Tobalá y el Sierra Negra a raudales… Ya lo descubriremos mañana, en la espesura del olvido, cuando tal vez se encuentre en las inmediaciones del arroyo un cuerpo con estas hojas enterradas con un picahielos en el pecho … Y cuando, tal vez, transporten un cadáver por expreso… Amistosamente, un bebedor de mezcal.


REMITENTES Alejandro Rojas Pags. 29, 99 Alex Mondragón Pag. 83 Arturo J. Flores Pags. 95, 125 Aydeé Bravo Pags. 21, 79 Diana Violeta Pag. 35 Enrique I. Castillo Pgs. 51, 139 Enrique Ramírez G. Pag. 25 Eusebio Ruvalcaba Pag. 143 Francisco de León Pags. 55, 135 Gerardo Castillo Pags. 47, 105 Gonzalo Trinidad Valtierra Pags. 67, 101 Jorge Castillo G. Pag. 117 Liliana Rojas Pag. 71 Luis Aguilar Pag. 121 Luis Miguel Juárez Pag. 59 María Meléndez Pags. 41, 111 Mariana Torres Pag. 107 Pablo Lorenzo Doria Pags. 33, 75 Pterocles Arenarius Pags. 15, 91 Samuel Segura Pag. 129 Víctor Pavón Pag. 63



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