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en el cielo, cientos de familias de elefantes se apretujaban y lloraban. Se quebrantó con el desconsuelo de tantos y tan bellos animales, y se acercó a la ventana. La cabeza de una elefanta de tez arrugada y sombría destacó sobre las otras y, como un eco amargo,

su

voz

llegó

hasta

ella:

lloramos

porque

olvidamos

recordar, sollozó la elefanta. Sin memoria no hay felicidad ni justicia, dijo con su voz ronca la vieja. Vera se giró atónita por la habilidad recitadora de la señora Vilar y la vio colgada sobre la cama,

con los pies atados a una soga y dando vueltas

sobre si misma, haciendo girar los brazos como aspas. Giraba y giraba y los hilos de plata que le nacían del cráneo eran cada vez más largos y se extendían sobre el colchón, y bajaban por los suelos para luego enfilarse por los muros, como serpientes, hasta llegar al techo, y entonces se deslizaban por el artesonado y se convertían en la soga que le ataba los pies y seguía girando y girando.

Cuando

Vera

iba

a

pedirle

que

volviera

a

su

reposo

inevitable, sintió como el suelo se partía y se abría un abismo bajo

sus

pies,

precipicio,

y

una

poblado

de

fuerza

indomable

gusanos

y

la

arrastraba

sabandijas.

No

hacia

pudo

un

oponer

resistencia, y al tiempo que caía se alivió al comprobar que su vestido

resistía

hundimiento.

el

Cayó,

peso

de

finalmente,

su en

cuerpo un

pozo

y

amortiguaba

recóndito

de

el

suelo

mullido, caliente y húmedo. No tuvo tiempo de aclimatarse a ese útero de tierra, porque el pozo empezó a inundarse de lodo negro y le cubrió los pies, luego las piernas cruzadas, se coló entre sus muslos, le llenó el ombligo, le anegó el pecho y, cuando llegó a la

altura

del

cuello,

se

levantó

con

gran

esfuerzo

e

intentó

reptar, presa de la angustia, pero sus pies se hundían más y más en el légamo. Cuando ya intuía el miedo definitivo, la mano de la señora Vilar la rescató del ahogo tirándola con fuerza del pelo, arrancándola violentamente de ese vacío cenagoso para lanzarla a la

orilla

jadeante,

de y

un

hipotético

ésta

lago.

desapareció

Vera

dentro

del

se

encaró

agua.

a

la

Exhausta,

vieja, quedó

atrapada en la visión de aquella atmósfera estática y sosegada. El agua

cristalina

y

sucia,

con

peces

rojos

flotando.

El

tiempo

sostenido entre una suave neblina de pétalos de margarita. En el

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Bañeras de opio  

Bañeras de opio (1895) de Margarida Trosdegínjol

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