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un gesto cínico de ceja. Las dos mujeres se miraron presas del desconcierto. La criada miró la ventana, repleta de verano, y Vera miró a la criada, que desprendía el halo de los inconformes. La criada miró a la exangüe, tan alejada. Vera miró el jardín, más allá

de

las

cristaleras,

tan

inasible.

Y

finalmente

sus

ojos

volvieron a encontrarse durante un soplo, y entonces la criada dejó la bandeja en la repisa de las fotos, frente al retrato del general Vilar, se sacudió el delantal con las dos manos, y se dio la vuelta para irse. Antes de cruzar el umbral volvió a girarse para decir algo, pero nunca lo dijo y desapareció por la galería que mantenía inexorablemente casadas las habitaciones de la vieja y la asistente. De la misma forma que Vera había aprendido el tedio en esos meses, la criada había aprendido el silencio en esos años. Sola otra vez, solamente acompañada del silencio quejumbroso de la anciana, inspiró una bocanada de aquel aire purificado. Le pareció que inhalaba un campo entero de trigo joven y amapolas, y entonces aflojó el puño que contenía la promesa de un final deleitoso. Sintió las bolitas y el sudor en la palma de la mano, y luego se las llevó a la boca sin mirarlas. Durante

los

últimos

meses,

Vera

había

desaparecido

en

aquella

alcoba, ya no era una mujer, ni una persona, se había difuminado, y

se

habían

desvanecido

también

sus

ideas,

los

ruegos

de

su

espíritu. Sus anhelos habían sido el vapor escapándose a través del sudor ácido cultivado por el verano y el sopor que afrontaba sin

lamento.

La

penuria

de

la

señora

Vilar

había

sido

su

desgracia. Los silencios, su celda. El hambre, su condena. El tiempo, su enemigo flemático. Y entonces, decidida, tragó uno a uno esos diminutos universos. Su respiración empezó a acompasarse con el ritmo de las ráfagas de la brisa que ahora traían también retazos de mar. Los párpados le pesaban como caparazones de tortuga y una fuerte somnolencia la arrastró hasta la cama, se estiró junto al saquito de huesos y piel, privada momentáneamente de recato, y se regaló a la mano de Morfeo. Pero no por mucho tiempo. O quizá demasiado. Cuando volvió a abrir los ojos, la brisa era viento huracanado y,

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Bañeras de opio  

Bañeras de opio (1895) de Margarida Trosdegínjol

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