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brillaban

los

robles

y

las

pequeñas,

simpáticas

y

redondeadas

nubes que flotaban en el cielo de esa aurora repentina. No comprendió al instante el espejismo que le ofrecía la charca, y terminó de levantarse para buscar tras de sí, o a su lado, la persona a la que perteneciera ese rostro. Nadie en el bosque. Sola ella y su desconcierto. Hizo un paso hacia adelante y se miró otra vez

en

ese

espejo

inaceptablemente

exacto.

Se

arrodilló

para

escrutarse brevemente. Pudo descubrirse en ese incómodo retrato, tras aquellas cejas, ahora apenadas,

pese a las cordilleras que

de repente surcaban su frente, aunque sus los labios se hubiesen convertido

en

finas

culebras

y

su

piel

se

tornara

grisácea.

También sus manos eran ya las de una vieja, su cuerpo entero había olvidado la primavera que le caracterizaba. Desde el zaguán la criada gritó su nombre. Vera. Pero no le importó el reclamo de la fámula, ni el eco del dolor de sus rodillas, ni los días y noches extraviados en su presidio, ni el inseparable miedo, ni el venidero indeterminado. Vera corrió hasta desvanecerse en el horizonte.

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Bañeras de opio  

Bañeras de opio (1895) de Margarida Trosdegínjol

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Bañeras de opio (1895) de Margarida Trosdegínjol

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