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IX

Vera había contemplado durante días el crujir del torso huesudo de la señora Vilar. Durante horas, había contado las respiraciones entrecortadas de la anciana de piel grisácea, sentada junto a la alta cama de sábanas putrefactas que jamás liberarían su perfume, aunque fueran lavadas por manos de vírgenes en el margen de un río surcado de narcisos. Tan lento el mundo, tan lenta la pena por las horas

que

se

exhalaciones

van

de

deprisa.

la

vieja,

El le

frío, golpeaba

que el

provenía

de

pensamiento

las y,

a

latigazos, le robaba los últimos destellos de su lozanía casi marchita. La casa entera parecía crujir, o gruñir, como un ogro preso

de

un

ataque

de

calmada

locura.

Los

cristales

seguían

cerrados, pues la moribunda no soportaba el aire cálido que el verano escupía sobre árboles, animales y niños, y Vera respiraba una y otra vez esa atmósfera infectada de tinieblas. Al mínimo grito apagado de la ajada dama, que ya eran minúsculos sollozos decrépitos,

sumideros

del

último

aliento,

la

zagala,

dócil

asistenta, disponía una de las bolitas de opio debajo de la lengua áspera del cadáver viviente que había sido su única compañía en los últimos días. Este rito se había repetido cinco veces cada jornada durante el último mes, desde que el señor Chang había traído, por fin, la resina para atajar aquel dolor definitivo. Pasados unos instantes, la achacosa relajaba el ceño, y la sangre caminaba más lenta por las venas violáceas que poblaban sus manos transparentes. Vera, tomada por una tristeza infinita que le teñía el rostro, desdibujaba sus deseos y se instalaba en su piel como centenares de agujas, causándole un dolor inagotable, observaba el bombear arrítmico de esa lúgubre sabia. En esa quietud punzante se acontecía súbitamente el vómito, y entonces la abuela parecía devolverse a la vida, arqueada sobre si misma, expulsando los ojos de

sus

cuencas,

rasgando

la

mortaja

con

sus

afiladas

uñas

aguileñas. Y otra vez el dulce desmayo. Vera

desconocía

los

límites

del

sufrimiento,

y

la

aparente

infinitud de aquella miseria de flema y fiebre, le hacía padecer


su propio perecer en un camino de abandono que no le correspondía. Hubo

un

silencio.

Los

pulmones

de

la

enferma

suspendieron

su

copioso movimiento mecánico. Vera se incorporó lentamente con la mirada anclada a las pupilas de la funesta desagradecida que ahora cedía su vida frente a ella, y se llevó la mano a la boca en un gesto de sorpresa y angustia. La vieja soltó el aire de repente, y en un acto reflejo Vera se mordió el interior del dedo índice. El olor del opio fluyó de sus dedos, hábiles manufacturadores de esferas hipnóticas, y no pudo más que lamer la esencia de aquél agrio

y

maravilloso

histéricas

parecían

aroma. haber

Miles

tomado

de

sus

hormigas labios,

diminutas

y

una

e

profunda

intuición de bienestar le nubló cualquier deseo de actuar contra la muerte de la señora Vilar, tan ansiada en tantas tardes de tedio. Vera le había sido siempre fiel sin mostrarse herida por displicencia,

sin

dar

cuenta

a

sus

constantes

desprecios, sin mostrar el asco y el miedo que

y

su

retorcidos

la visión de su

cuerpo, tan estropeado y tan desfigurado, le producía. La había aseado cuidadosamente de día. Le había vendado llagas dolorosas de noche,

cuando

el

calor

no

era

tan

fuerte

y

la

hinchazón

se

reducía. Le había mojado los labios, finos como culebras, con un algodón impregnado de agua de azahar en los atardeceres de fiebre y

delirio.

Había

callado

durante

horas,

obligada

a

permanecer

junto a la cama mientras la vieja dormía y en sus sueños escupía palabras inconexas, palabras de bruja: lagarto, decía, lagarto y sapo, me hundo, decía. Había respondido a sus gemidos de madrugada apretándole suavemente su mano cadavérica. Las constantes amenazas silenciosas que la criada esputaba en las notas garabateadas que Vera encontraba allí donde pisara, alimentaban el miedo que la muchacha

sentía

enfrentados

a

cuando

tanta

imaginaba

miseria

y

a

a

sus

tanta

padres

en

violencia

la

ciudad,

camuflada

de

necesidad, y éste miedo se le aparecía a cada rato como el ancla acecha las entrañas del piélago, para recordarle que no podía descuidar sus deberes. Pero en aquel instante, casi viendo ya a Azrael flirtear con el collar de la expirante, anheló consumirse también, extinguir la tribulación que la mantenía sujeta a aquello


que no podía reconocer como vida, y decidió abandonar a su destino a la señora Vilar. Por fin, Vera fue capaz de fabular dos caminos divergentes: la senda de cipreses y campanas redoblando eternamente en la que se tambaleaba la vieja, y un atajo de rosas evaporando el perfume de sus almas, aguardando frente a ella. Se levantó lentamente, luchando contra el incipiente mareo que empezaba a desdibujar la soledad y el hastío que la aterrorizaban e inmovilizaban desde que empezó el descenso hasta la muerte de Anna Vilar. Anna Vilar, repetía en voz alta mientras corría el cortinaje que había oscurecido la pieza. Te estás muriendo, Anna Vilar, y yo muero contigo. La luz, que durante tanto tiempo había sido escondida, tomó la alcoba, descubriendo el orden siniestro que en ella imperaba. Abrió los ventanales con tal ímpetu que los cristales batieron contra las cornisas. El viento, empachado de fragancias y bellas palabras recitadas a lo lejos, le peinó hacia atrás la melena pelirroja haciéndole recuperar el aliento, y el sol le lamió la cara devolviéndole instantáneamente el color que ese

largo

y

centelleo

gélido

del

verano

follaje,

le

ya

había

robado.

rojizo,

como

La

deslumbró

mariposas

el

aleteando

frenéticamente. Anna Vilar. La señora Vilar se removió en el lecho como se agitan los peces en las cestas de los pescadores, horas después

de

ser

capturados.

Anna

Vilar.

Vera

se

giró

para

observarla pero no pudo sostener su mirada. Caprichosa remedios

de

parda

resina,

sintiéndose

se

lanzó

extrañamente

sobre

la

ligera,

mesilla

de

determinada,

los sin

voluntad y sin freno. Tomó tres bolitas de opio y las examinó. Las hizo

rodar

sobre

la

palma

de

la

mano

intentando

descifrar

el

acertijo de su naturaleza, sanadora o nefasta. Entonces

entró

la

criada

sujetando

en

sus

manitas

venenosas,

enfundadas en algodón blanco, la bandeja de plata reservada para las meriendas que nunca se servían, ya, en esa cárcel del deseo. Vera,

al

sentir

su

presencia,

escondió

las

pequeñas

alhajas

cerrando el puño, y le sonrió, como sonríe, sonrojada, una niña sorprendida con las manos bajo la falda. La criada, que nunca antes había visto sonreír a Vera, respondió a la inusual mueca con


un gesto cínico de ceja. Las dos mujeres se miraron presas del desconcierto. La criada miró la ventana, repleta de verano, y Vera miró a la criada, que desprendía el halo de los inconformes. La criada miró a la exangüe, tan alejada. Vera miró el jardín, más allá

de

las

cristaleras,

tan

inasible.

Y

finalmente

sus

ojos

volvieron a encontrarse durante un soplo, y entonces la criada dejó la bandeja en la repisa de las fotos, frente al retrato del general Vilar, se sacudió el delantal con las dos manos, y se dio la vuelta para irse. Antes de cruzar el umbral volvió a girarse para decir algo, pero nunca lo dijo y desapareció por la galería que mantenía inexorablemente casadas las habitaciones de la vieja y la asistente. De la misma forma que Vera había aprendido el tedio en esos meses, la criada había aprendido el silencio en esos años. Sola otra vez, solamente acompañada del silencio quejumbroso de la anciana, inspiró una bocanada de aquel aire purificado. Le pareció que inhalaba un campo entero de trigo joven y amapolas, y entonces aflojó el puño que contenía la promesa de un final deleitoso. Sintió las bolitas y el sudor en la palma de la mano, y luego se las llevó a la boca sin mirarlas. Durante

los

últimos

meses,

Vera

había

desaparecido

en

aquella

alcoba, ya no era una mujer, ni una persona, se había difuminado, y

se

habían

desvanecido

también

sus

ideas,

los

ruegos

de

su

espíritu. Sus anhelos habían sido el vapor escapándose a través del sudor ácido cultivado por el verano y el sopor que afrontaba sin

lamento.

La

penuria

de

la

señora

Vilar

había

sido

su

desgracia. Los silencios, su celda. El hambre, su condena. El tiempo, su enemigo flemático. Y entonces, decidida, tragó uno a uno esos diminutos universos. Su respiración empezó a acompasarse con el ritmo de las ráfagas de la brisa que ahora traían también retazos de mar. Los párpados le pesaban como caparazones de tortuga y una fuerte somnolencia la arrastró hasta la cama, se estiró junto al saquito de huesos y piel, privada momentáneamente de recato, y se regaló a la mano de Morfeo. Pero no por mucho tiempo. O quizá demasiado. Cuando volvió a abrir los ojos, la brisa era viento huracanado y,


en el cielo, cientos de familias de elefantes se apretujaban y lloraban. Se quebrantó con el desconsuelo de tantos y tan bellos animales, y se acercó a la ventana. La cabeza de una elefanta de tez arrugada y sombría destacó sobre las otras y, como un eco amargo,

su

voz

llegó

hasta

ella:

lloramos

porque

olvidamos

recordar, sollozó la elefanta. Sin memoria no hay felicidad ni justicia, dijo con su voz ronca la vieja. Vera se giró atónita por la habilidad recitadora de la señora Vilar y la vio colgada sobre la cama,

con los pies atados a una soga y dando vueltas

sobre si misma, haciendo girar los brazos como aspas. Giraba y giraba y los hilos de plata que le nacían del cráneo eran cada vez más largos y se extendían sobre el colchón, y bajaban por los suelos para luego enfilarse por los muros, como serpientes, hasta llegar al techo, y entonces se deslizaban por el artesonado y se convertían en la soga que le ataba los pies y seguía girando y girando.

Cuando

Vera

iba

a

pedirle

que

volviera

a

su

reposo

inevitable, sintió como el suelo se partía y se abría un abismo bajo

sus

pies,

precipicio,

y

una

poblado

de

fuerza

indomable

gusanos

y

la

arrastraba

sabandijas.

No

hacia

pudo

un

oponer

resistencia, y al tiempo que caía se alivió al comprobar que su vestido

resistía

hundimiento.

el

Cayó,

peso

de

finalmente,

su en

cuerpo un

pozo

y

amortiguaba

recóndito

de

el

suelo

mullido, caliente y húmedo. No tuvo tiempo de aclimatarse a ese útero de tierra, porque el pozo empezó a inundarse de lodo negro y le cubrió los pies, luego las piernas cruzadas, se coló entre sus muslos, le llenó el ombligo, le anegó el pecho y, cuando llegó a la

altura

del

cuello,

se

levantó

con

gran

esfuerzo

e

intentó

reptar, presa de la angustia, pero sus pies se hundían más y más en el légamo. Cuando ya intuía el miedo definitivo, la mano de la señora Vilar la rescató del ahogo tirándola con fuerza del pelo, arrancándola violentamente de ese vacío cenagoso para lanzarla a la

orilla

jadeante,

de y

un

hipotético

ésta

lago.

desapareció

Vera

dentro

del

se

encaró

agua.

a

la

Exhausta,

vieja, quedó

atrapada en la visión de aquella atmósfera estática y sosegada. El agua

cristalina

y

sucia,

con

peces

rojos

flotando.

El

tiempo

sostenido entre una suave neblina de pétalos de margarita. En el


horizonte, los esqueletos de treinta y siete chopos bailando con treinta y siete lunas en cuarto creciente. Las piedras atávicas asomando su erudita existencia. La historia inerte, reposada sobre el pasto. En ese interludio se sabía espíritu, ella que siempre había dudado la existencia del alma desligada del cuerpo. Pero su cuerpo sucio, destemplado, magullado, había quedado relegado del juego de la sensación, los sentidos interrumpieron sus labores, y entonces se descubrió

mezclada

con

las

partículas

esenciales

de

todos

los

demás cuerpos que habitaban esa nada continua e infinita. No había conceptos,

no

era

una

nada

que

se

pudiera

pensar

o

imaginar,

simplemente Vera se sabía. No era agua pero fluía, no era viento pero

volaba,

no

era

fuego

pero

ardía,

no

era

tierra

pero

comprendía. La voz de la vieja recitando una suerte de conjuros incognoscibles la

devolvió

a

su

cuerpo

de

nuevo.

Se

asustó

al

verse

en

la

habitación y al ver a la vieja inhumada en la cama, con los brazos en alto sujetando un anillo, rodeada de Euménides. Miró hacia la ventana e intentó dirigirse hacia aquella, ahora si, última

grieta

de

ininteligibles

vida,

gritos

de

huyendo loba

del

pánico

malévola

que

provocado

por

la

espetaba

vieja

los

revolviendo los brazos. Una inquieta bandada de cuervos cruzó el cielo.

Serpenteando

por

el

suelo,

entre

el

charco

de

caldos

humanos que en aquellas horas, que habían pasado como minutos, ambas habían vertido, llegó por fin y se levantó agarrándose al marco robusto de la tapia profanada. Por vez primera desde que la tomaran las visiones pudo percibir cada dedo, cada pronta arruga, el

latir

de

su

corazón

escortado

por

mil

razones.

Acertaba

a

apreciar su sangre caliente alimentando su juicio mientras unas nubes bajas y negras, que parecían emerger del fondo del océano, iban oscureciendo la casa, devolviendo a la cámara un aspecto más parecido a su innecesaria e incesante naturaleza fúnebre. Vera se sentó en la ventana con los pies hacia fuera, colgando sobre el jardín minúsculo y selvático, separado del bosque por una tapia

que

Permaneció

no

podían

saltar

perfectamente

ni

inmóvil

los

niños,

mientras

las

ni

los

hombres.

horas

trágicas


acontecían a sus espaldas, sin olvidar el dolor que la conminaba pero alejándolo. Las nubes violentas, que estallaban a cada rato en

temibles

persistían

relámpagos en

su

sin

intento

descargar

sus

lágrimas

desestabilizador

de

odio,

fallido,

y

la

acompañaron hasta que llegó la luna, en su carro de argento. Bajo esa noche atronada, espejo plateado, la señora Vilar la miró y emprendió su grito terminal, ululando y escupiendo sangre. Vera quiso torcer el cuello, todavía sentada en el marco del ventanal, pero no pudo moverse. La agonía de la vieja ya era solamente ese chillido cegador. Comprendió que aquello era el final, o debía serlo, y cerró los ojos para rendirse al tránsito. Fue entonces cuando, desde el corazón del bosque, emergió el trote imposible de un enigmático animal, y al instante, un caballo bruno cruzó

al

posible

galope sueño

el

muro

perenne,

del y

jardín,

apareció

rescatando

a

Vera

repente

en

la

de

de

un

alcoba.

Aferrado a su crin, un caballero sin rasgos, vestido con un traje negro

abrochado

hasta

la

garganta

por

escorpiones

de

oro.

El

jinete se situó entre la cama de la señora Vilar, que mantenía el alarido, y la ventana desde la que Vera le miraba, ahora si, gracias a la contorsión de su cuello. Nunca Vera había sentido su espíritu tan fuerte como entonces, contemplando aquella silueta desprovista de actitud, carente de pasión y de piedad. Lentamente llevó sus piernas hacia el suelo, finalmente firme, para quedar de pie, enfrentada al vacío de aquel rostro inexistente. Los truenos retumbaban desde el ombligo del bosque hasta las vísceras de la muchacha. Sorteando sin temor al caballero, Vera se acercó a la cama de la señora Vilar. Anna Vilar. Anna Vilar, repitió, te estás muriendo, y yo no voy a morir contigo. Ahora recuerdo el tiempo, y las charlas en los lavaderos, y recuerdo la risa en los labios de mis amigas,

como

pétalos

en

una

primavera

perpetua.

Recuerdo

las

calles sucias, y mi casa, y los chicos revoloteando detrás de una rata de patas largas, huidiza y temblorosa. Y recuerdo mi aliento embriagado de otro aliento y su noche de terciopelo. Recuerdo manos, como pinceles pintando mundos. Recuerdo haber soñado. Y contigo sólo duelo de mi muerte, y la nada, Anna Vilar.


Vera puso su mano sobre la de la anciana cuando el caballero se acercó sigilosamente a la cama y, mudo, puso la suya sobre la espalda de la chica. Sus tactos eran aguijones helados. La vieja cesó el grito de repente, aflojó cada tendón de su cuerpo, cerró los

ojos

apaciblemente,

y

sus

labios

parecieron

dibujar

una

sonrisa inexperta. Un escalofrío hizo temblar a Vera al tiempo que un trueno partía la nube más opaca. La señora Vilar había muerto. Miró al caballero, y pudo intuir unos ojos de gato mirándola desde el fondo del averno de aquella quimérica faz. El desconocido tomó el

cadáver,

de

un

solo

gesto

lo

dispuso

sobre

el

caballo,

y

después se le acercó de nuevo. Permanecieron frente a frente unos instantes.

Ella

sentía

un

oscuro

deseo,

una

llamada

incomprensible, un anhelo insistente de permanecer frente a él para siempre, quisiera encadenarse a su montura, trotar con él hasta la luna. Mientras confrontaban sus existencias, la lluvia, excitada por el viento, encharcaba el jardín. Él se acercó a Vera sin vacilar, con su mano álgida recorrió la geografía de su rostro en una inquietante caricia, dibujando sus cejas, ablandando sus mejillas, paseando sus labios. Antes de que pudiera abrir los ojos,

después

de

deleitarse

en

el

placer

efímero

del

tacto

recobrado, el caballero desapareció galopando más allá del muro, y se fundió otra vez con el bosque. La lluvia parecía amainar, y tras las nubes no se descubría el manto de la noche, sino un brillante y cálido amanecer que Vera examinaba como si nunca antes hubiera visto salir el sol, alejada de

toda

nostalgia.

El

presentimiento

de

un

futuro

que

había

quedado postergado se presentaba diáfano ante ella. Descubriendo un camino más allá de la muralla del jardín, reparó en el hecho de que, desde que había llegado a la casa por ese mismo sendero arrastrando su fardo, nunca había levantado la vista más allá de las piedras que la ataban a su rumbo cautivo, y presa de esa imagen, tomó carrerilla, y cruzó de un salto el alféizar. Corrió por el jardín, jadeando, tan hechizada y furiosa que, al vadear la tapia, resbaló en el barro, y el rostro le quedó hundido en el agua turbia y fresca. Se levantó en una lenta flexión, y entonces vio su cara reflejada en el cristal acuoso en el que también


brillaban

los

robles

y

las

pequeñas,

simpáticas

y

redondeadas

nubes que flotaban en el cielo de esa aurora repentina. No comprendió al instante el espejismo que le ofrecía la charca, y terminó de levantarse para buscar tras de sí, o a su lado, la persona a la que perteneciera ese rostro. Nadie en el bosque. Sola ella y su desconcierto. Hizo un paso hacia adelante y se miró otra vez

en

ese

espejo

inaceptablemente

exacto.

Se

arrodilló

para

escrutarse brevemente. Pudo descubrirse en ese incómodo retrato, tras aquellas cejas, ahora apenadas,

pese a las cordilleras que

de repente surcaban su frente, aunque sus los labios se hubiesen convertido

en

finas

culebras

y

su

piel

se

tornara

grisácea.

También sus manos eran ya las de una vieja, su cuerpo entero había olvidado la primavera que le caracterizaba. Desde el zaguán la criada gritó su nombre. Vera. Pero no le importó el reclamo de la fámula, ni el eco del dolor de sus rodillas, ni los días y noches extraviados en su presidio, ni el inseparable miedo, ni el venidero indeterminado. Vera corrió hasta desvanecerse en el horizonte.

Bañeras de opio  

Bañeras de opio (1895) de Margarida Trosdegínjol