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v inos y licores

Pero demandar, del ciudadano sentado a la mesa, que pudiera distinguir entre Marqués de Cáceres o Muga o entre un Viña del Vero o un Viña Pomal era ya cosa de mucho pedir.

comprados en los sesenta y setenta y que yo había acumulado sin mayores ingestas, soñando con venderlos algún día en una subasta de nostálgicos. El tiempo nos demostró, sin embargo, que la mayor parte de la gente miraba más la parte de la derecha de las cartas, que era donde teníamos los precios, que la izquierda, en donde habíamos situado nombres comerciales, tipos de crianza, varietales, mezclas y añadas. Los vinos más caros incrementaron implacablemente nuestro (inventario) inmovilizado, caracterizándose, sobre todo, por la virtud de su escasa rotación, su necesidad de cuidados, el riesgo de que fueran rechazados por los motivos más sutiles –incluida la exhibición del degustante–y gravando con insistencia nuestras necesidades de tesorería. Esta constatación no era del todo negativa. Nos permitió, de vez en cuando, regalarnos con las botellas que empezaban a perder actualidad, en festejos muy familiares que nos dotaban de sabiduría restauradora. Finalmente, nos arrastró a comprender el mensaje: la mayor parte de la clientela atendía sobre todo al bolsillo antes que a las añadas, y el maridaje del vino. A pesar del conocimiento que se debería presumir a los diletantes, se seguía haciendo a la manera clásica, atendiendo a si paga la empresa o uno mismo, o a si se quiere impresionar al acompañante o si simplemente se pretende encontrar un líquido aceptable con el que ayudar a insalivar la ingesta del solomillo. Habría, en fin, claro está, partidarios del Rioja o del Ribera. Pero demandar del ciudadano sentado a la mesa que pudiera distinguir entre Marqués de Cáceres o Muga o entre un Viña del Vero o un Viña Pomal era ya cosa de mucho pedir y, además, seguramente, innecesario cuando se está entre amigos, hay ganas de pasarlo bien, y, aún mejor, si lo que se quiere es seducir y el trámite de la ingesta es trance previo.

El tiempo nos demostró que la mayoría de la gente miraba más la parte de la derecha de las cartas, los precios, que la izquierda, en donde había situado nombres comerciales, tipos de crianza, varietales, mezclas y añadas.

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