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LO MEJOR DE LA POESIA SEGUN ALEJANDRO W. BLANCO

México, D.F. 22/Enero/2012 Alejandro W. Blanco


LA AGONIA DEL BARDO ¡Qué duro, qué amargo recuerdo quedome de aquella desgracia... si a solas en ella medito, aún suelen saltarme las lágrimas! ...Dejé mi chambergo en la percha; crucé sigiloso la sala; (hallando la casa en silencio, me dio una corazonada...) Alzando la verde cortina, miré receloso a la estancia en donde tranquilo, sonriente, mi amigo el poeta, expiraba. ¡Qué cuadro! La mesa de noche, en donde hacía guiños la lámpara, cubierta de drogas acerbas que no le sirvieron de nada; con heces de medicamentos, pocillos, goteros, cucharas, cucharas que vi que aún tenían la huella del labio marcada, de un labio tedioso, pasivo, que el líquido aquel desdeñara, de un labio que, ya medio muerto, sintiendo las drogas amargas, por ser obediente, sorbía, por falta de fe, no apretaba, dejando su hastío en las heces de aquellas vasijas untadas. La pobre mujer de mi amigo, al lado del lecho, espantaba; los niños también allí junto, haciendo la escena más agria: la niña, de tres primaveras, absorta a los pies de la cama, asiendo a la madre el vestido y viéndola fijo a la cara, y el niño más pequeñuelo, divino, e irónico ser que no andaba, cruzando la alfombra, sonriendo, ¡y echando carreras a gatas! Yo estaba perplejo en la puerta de aquella tristísima estancia; no pude, no pude moverme, ¡aquello partíame el alma! De pronto la faz del enfermo se puso ojerosa y opaca, la pobre mujer lanzó un grito: ¡Hijitos, papá se nos marcha!... Y nada los niños dijeron,


¡decir qué podrían sus ansias si aún la mayor no entendía y aún el pequeño no hablaba! Mas, viendo los dos al enfermo, en sus inocentes miradas, qué bien comprendí qué decían ingenuos: ¡Papá... no te vayas! Yo quise auxiliarlos entonces mas vi que mi amigo, con calma, después de moverse, esforzado, y como si reaccionara, tomando la mano a la esposa, le dijo a intervalos: Amada: La muerte se acerca... no temas, no llores, enjuga tus lágrimas, la muerte de ti tuvo celos, y viene a pedir que compartas con ella mi ser, que era tuyo, mis penas, mis dichas, mis ansias. La muerte también es mujer: no riñas con ella, me ama, verdad que se lleva mi cuerpo mas queda contigo mi alma, la muerte va a ser... mi querida, mas tú sigues siendo la casta Señora que manda en mi espíritu, de todo mi amor Soberana. Yo siento dejarte tan bella, y siento dejarte enlutada, y siento dejarte a los hombres vulgares expuesta mañana, que van a prender en tu veste de luto, pasando sus garras... ¡Vampiros de espíritus tristes, vampiros de carne enlutada! ¡Ah... son las viudas hermosas manjar con que muchos se sacian; no sé cómo así la engullen, no sé... cuando saben a lágrimas...! ¡Cuán vas a extrañar mis caricias; mis rimas, cuán vas a extrañarlas, y cuando por mi te pregunten los niños pasado mañana ¡oh angustia! qué vas a decirles, qué vas a decirles, cuitada! ¡Los niños!... Acércalos llámalos, que quiero llevarme grabadas,


a flor de mis frías pupilas tu cara amorosa y sus caras; serán en mi tumba dos dijes mis ojos cerrados, amada! La pobre mujer aún tenía oyéndolo hablar, esperanza mas viendo ponerse por grados aquellas mejillas más pálidas, y viendo que aquellas pupilas tornábanse tristes y vagas, alzando los ojos al cielo en son de reproche y plegaria, ¡Dios mío!...-clamó ¿por qué injusto te llevas el pan de esta casa? Y el cielo, por toda respuesta, al bardo inspiró que gritara, con voz de una angustia infinita, con voz que los huesos helaba: ¡Qué abismo... me hundo... me hundo, tus brazos... tus brazos... amada! Tomolo aquel ángel en brazos; logró también él abrazarla; vibraron los nervios de bronce del lecho vibró el que expiraba: tomó ella en un beso el aliento postrero que el bardo exhalara; quedáronse así un instante la muerte y la vida enlazadas... y entonces creí que se oía, moviendo la oscura ventana, y como rozando los vidrios, un suave ruido de alas, tal cual si pasase por ellos, en vuelo magnífico, un alma... ¡Oh, cuando yo quise prestarle socorro a la esposa, se hallaba opresa en los brazos del muerto, tal cual si quisiera llevársela! ¡Qué esfuerzo inaudito hice entonces y cómo he podido arrancarla al fin de los rígidos brazos llorosa sin fuerzas y flácida! Y cuando después de mi esfuerzo volví hacia el muerto la cara, lo vi con los brazos en círculo, cual si me pidiese abrazarla, y como diciéndome, mudo, con una sonrisa macabra: !Si es mía... ¿por qué te la llevas...? Si es mía por qué me la arrancas...!


La noche llegó a los cristales muy negra, muy triste, enlutada, y como una madre amorosa, fue ella quien trajo a la cámara el cirio más grande: la luna un cirio de luces muy blancas. En tanto, lloraban los niños; los perros, en torno, aullaban; la triste mujer, en mis brazos, lanzaba suspiros con ansias; el muerto, los brazos en círculo, sonriendo, la esposa esperaba... ¡Señor! ¿Por qué el muerto reía en tanto los vivos lloraban? ¡Qué duro, qué amargo recuerdo quedome de aquella desgracia: si a solas en ella medito, aún suelen saltarme las lágrimas! LAS ABANDONADAS ¡Como me dan pena las abandonadas, que amaron creyendo ser también amadas, y van por la vida llorando un cariño, recordando un hombre y arrastrando un niño!... ¡Como hay quien derribe del árbol la hoja y al verla en el suelo ya no la recoja, y hay quien a pedradas tire el fruto verde y lo eche rodando después que lo muerde! ¡Las abandonadas son fruta caída del árbol frondoso y alto de la vida; son, mas que caída, fruta derribada por un beso artero como una pedrada! Por las calles ruedan esas tristes frutas como maceradas manzanas enjutas, y en sus pobres cuerpos antaño turgentes, llevan la indeleble marca de unos dientes.... Tienen dos caminos que escoger: el quicio de una puerta honrada o el harem del vicio; ¡ y en medio de tantos, de tantos, de tantos rigores, aun hay quien a hablarles se atreve de amores! Aquellos magnates que ampararlas pueden, mas las precipitan para que más rueden, ¡ y hasta hay quien se vuelva su postrer verdugo queriendo exprimirlas si aun les queda jugo!


Las abandonadas son como el bagazo que alambica el beso y exprime el abrazo; si aun les queda zumo, lo chupa el dolor; ¡son triste bagazo, bagazo de amor! Cuando las encuentro me llenan de angustias sus senos marchitos y sus caras mustias, y pienso que arrastra su arrepentimiento un niño que es hijo del remordimiento... ¡El remordimiento lo arrastra algún hombre oculto, que al niño niega techo y nombre! Al ver esos niños de blondos cabellos yo quisiera amarlos y ser padre de ellos. Las abandonadas me dan estas penas, por que casi todas son mujeres buenas; son manzanas secas, son fruta caída del árbol frondoso y alto de la vida. No hay quien las ampare, no hay quien las recoja mas que el mismo viento que arrastra la hoja... ¡Marchan con los ojos fijos en el suelo, cansadas en vano, de mirar al cielo! De sus hondas cuitas, ni el señor se apiada, porque de estas cosas...¡ dios no sabe nada! y así van las pobres, llorando un cariño, recordando un hombre y arrastrando un niño. LA VOZ DEL INVÁLIDO 1 Bajo la sombra de sauz añoso frente a un albergue rústico y apartado, se hallan, un joven de naciente gozo, y un viejo descreído, mutilado. Los surcos de la frente marchitada las escépticas frases qué congelan, la irónica sonrisa y la mirada del viejo su pasado nos revelan. El apuesto garzón, el casi niño, con marcada humildad escucha atento al anciano, que lleno de cariño le dice así con paternal acento: II Conque, Andrés, ¿vas a partir? ¿Se torna el rapaz en hombre? ¡Bien!... Escucha y no te asombre,


Andrés, lo que vas a oír. En el revuelto océano en que fui náufrago un día, quiero que lleves por guía la débil voz del anciano. No cual clérigo profundo evangelizarte anhelo: la virtud es flor del cielo que se marchita en el mundo. No de ilusiones que halagan te hablaré, ni de moral; quiero; Andrés, que no hagas mal ni dejes que te lo hagan. Franklin dijo en parte alguna, hablando del mundo, que: "Lo que salva no es la fe sino el no tener ninguna." No creas consejos ni apólogos, busca siempre la verdad: la fe, chico, es necedad que llaman virtud los teólogos. Yo no te aconsejo el vicio, el que mal hace, mal halla; quiero que vistas con malla tu corazón tan novicio. Y ya que tus tiernos años están flacos de experiencia, escucha, Andrés, con paciencia la voz de los desengaños. También locas ilusiones mi juventud conmovieron, y las que ilusiones fueron son ya negras decepciones. Por eso en estulta calma niego todo con cinismo, porque el torpe escepticismo viento es que congela el alma. * Tú vas a la corte. Allí activo en tu bien rebúllete. Consérvate, aséate, instrúyete, y vive, Andrés, para ti. Obra mucho y cierra el labio, que llega a su fin más pronto, con su actividad el tonto que con su pereza el sabio. Es la corte cosa brava, todos mal de todos piensan. los enemigos comienzan donde la nariz. acaba. Tú allí con muy buenos modos sé expansivo, sé jovial:


de todos piensa muy mal; pero habla muy bien de todos. Que mascarada es completa la corte que veo con asco, y sufre allí más de un chasco quien no toma su careta. Allí es el afeite aseo, sinceridad el cinismo; la locura excentricismo; la adulación galanteo; Se le llama bueno al bobo, se llama al miedo prudencia, porque es difícil papel se llama la charla ciencia, se llama fianza al robo. Allí en duda has de poner la castidad del beato, la mansedumbre del gato, la virtud de la mujer. Allí todo es falsedad. "Vanidad de vanidades." allí abundan nulidades rellenas de vanidad. Todos quieren que su nombre a los hombres envanezca, y no hay hombre que merezca llamarse siquiera hombre. Que de aquella sociedad, llena de lodo y materia, es muy grande su miseria y mayor su vanidad. El hombre, tenlo presente, en ese mundo hostigoso, hace un viaje muy penoso y no medra si no miente. Ese tránsito empalaga: que no molestan en el viaje, los ricos con su carruaje, los mendigos con su plaga. Y magüer razón te sobre, en la sociedad, buen chico, evita el odio del rico y la intimidad del pobre. Mas si das a la indigencia, nunca la humilles cruel; no hagas de amarga hiel el papel de Providencia. Saber dar es gran virtud, y dar sin tacto, locura: lo que se da sin finura, se acepta sin gratitud. Hay favores tan sin gracia, que dejan huella sensible


en el alma, y más horrible hacen ellos la desgracia. Muchos hay que dan lo suyo por cálculo o vanidad, pero, hijo, esa caridad, es la virtud del orgullo. Nunca des con mirada doble; porque el hombre desgraciado es un objeto sagrado para quien tiene alma noble. La desgracia lenifica sin esperar gratitud; porque, Andrés, la ingratitud a la caridad deifica. * Tus apuros, si los tienes, cuenta al que cuente reales; es decir, cuenta tus males sólo al que los torne en bienes. Nunca vistas con descuido; porque en la corte deshonra más que una mancha en la honra un mancha en el vestido. Tu lujo siempre modera, no al lujo te entregues, no, mira que el lujo empezó por unas hojas de higuera. Cuida y no te faltará: da poco y no se te olvide que quien da a todo el que pide pide al fin a quien no da. Ten siempre el bolsillo a tasa, para que siempre algo sobre; porque, Andrés, el hombre pobre, de pobre hombre nunca pasa. Del placer haz poco uso, si ilusión quieres tener, que abusando del placer, no hay placer en el abuso. * Por si acaso en sueño cálido buscas de Marte la gloria, voy e contarte la historia a que debo estar inválido. Allá en mis años mejores se encendió lid fratricida, porque a mi patria querida plugo cambiar de opresores. Del patriotismo la llama ardió en mi pecho de tierra.


Marché, Andrés, en cruda guerra, reñí, como perro en brama. El éxito no fue malo: vencimos a los traidores, y volví pisando flores con una pierna de palo. Cubierto de gloria, chico, dejome el gobierno cruel; ¿había de comer laurel como si fuera borrico? Otros con férvido arrojo la victoria celebraron. Oro y destino pescaron, y Yo quedé pobre y cojo. Así es la guerra maldita: a muchos les da oropeles, y carruajes y corceles, y a otros las piernas les quita. Vengué yo ajenos agravios y al fin ¿qué saqué?... ¡Desprecios! La guerra la hacen los necios en provecho de los sabios. No seas de los que combaten, pero odia a los que se rindan; pues sacan más los que brindan, que los tontos que se baten. A la guerra, Andrés, no vayas, y sin luchar vencerás; porque un brindis vale más que el humo de cien batallas. Está la patria hecha trizas con tanta gente malévola, y del brazo de Scévola no quedan ya ni cenizas Es un loco temerario el que anda entre los cañones: es mejor en los salones esgrimir el incensario. Si por figurar te apuras, lisonjea a los beneméritos, y fía más que de los méritos de tus buenas coyunturas. No te oirán si no te encorvas: ya que ellos tienen, Andrés, las orejas en los pies, ten el talento en las corvas. Para que a ciegas no andes, te aconsejo, por mi nombre, dejes tu grandeza de hombre, con todos los hombres grandes. La dignidad no conviene, ni la honradez, hijo de Eva; quien no adula no se eleva;


el que no es vivo no tiene. * Si no estás en gran bonanza, no busques, hijo, mujer, el pobre ha de mantener solamente la esperanza. El amor es gran locura, y el bendito matrimonio, lazo que tiende el demonio y convierte en soga el cura. El consorcio, en conclusión, para un pobre es grave mal; y su tálamo nupcial túmulo es de su ilusión. Nunca el marido descansa y sus sacrificios crecen: pero ellos no se agradecen,. porque con ellos no alcanza. Tú pondrás del ara encima tu independencia sin juicio, y ese inmenso sacrificio ninguna mujer lo estima. Es feliz quien por fortuna mujer buena tiene, Andrés: pero más dichoso es el que no tiene ninguna. Amor es mentida flama, la gratitud no parece: sólo, Andrés, una madre ama y sólo un perro agradece. * Mas si tú afectos deseas, te lo digo con dolor, cree hasta en el mismo amor, pero en la amistad no creas. Con experiencia lo digo, Andrés, consérvalo impreso: un libro, un perro y un peso forman un completo amigo. los que el mundo desconocen dicen, sobrino, que es fama, que en la cárcel y en la cama los amigos se conocen. En cualquier situación seria tendrás número importuno de amigos, mas no habrá uno cuando estés en la miseria. La amistad es falso cobre, la amistad, óyelo, chico, forma la ilusión del rico


y el desengaño del pobre. La amistad, en conclusión, la amistad, tenlo presente, es, sobrino, un accidente del oro o la posición. Quien fuere en la vida cero no tendrá un amigo, Andrés; si el dinero amigo es, sé amigo tú del dinero. Mejor que un peso, ten dos, no hagas mal por egoísmo, y duda hasta de ti mismo vete, y... ¡Bendígate Dios! III Un instante después, por el camino triste a un jinete galopar se veía, y un viejo de mostacho blanquecino con la vista al jinete perseguía. Cuando ni el polvo que el corcel alzara pudo el viejo mirar, sintió que ardiente gota de llanto resbaló en su cara, y suspirando doblegó la frente. "Y ¿qué será de ti? -exclamó el anciano Tu incierto porvenir ¿porqué me altera?. corre a luchar con ese mundo insano; vete a sufrir la suerte que te espera. La lucha con el mundo no te asombre, hombre no es el que luchar no sabe; porque nació para luchar el hombre como nació para volar el ave. Jamás el hombre del destino oscuro el negro velo levantar espere; envuelto entre la sombra está el futuro. el hombre es lo que la suerte quiere." Sin fe y sin amor I Arrastro una vida de luto y dolor; a todos les choco, me choco hasta yo; y todos los hombres me excluyen, en medio de todos maldita excepción. Encina tronchada del viento al furor, mi copa gigante


la tierra besó. Murió la esperanza, murió el corazón, que grande, hervoroso, un tiempo asiló excelsas virtudes y vil corrupción. virtudes y vicios luchando perdió, y amorfo, sangriento, cadáver es hoy que duerme en la tumba, sin fe, sin amor. II Mis horas cubiertas de negro crespón pesadas, iguales, rodar miro yo. Esferas de sombra que bajan, y son como almas que bajan malditas de Dios, el arco, de horrores eterna mansión. Si aúlla doliente el alto reloj, yo te oigo, lo mismo que el grito de horror que arroja quien sufre tormento feroz: como eco lejano de agudo esquilón que dobla, pidiendo piedad al Señor, para un bandolero que en la horca expiró; como ese gemido, ese ¡ay! de dolor que da al reventarse del harpa el cordón. ¡Qué lentas transcurren las horas ¡oh Dios! del hombre que hollando punzante cambrón camina en la tierra, sin fe, sin amor! III Mi historia es historia de mártir histrión;


sainetes y dramas conozco, que yo he sido en el mundo genérico actor. Con frailes menores tranquila pasó mi edad inocente, y el padre rector latín y consejos conmigo perdió; que frailes y claustro dejé sin temor, y en mil aventuras perdí el corazón. Soldado en las filas de Marte feroz, vestido de loco serví de sayón. Chinaco más tarde, sin ley y sin Dios, escenas horribles miré sin horror; y pueblos he visto que el hacha incendió, envueltos en llamas de rojo color. Crujir, como cruje rugiente crisol, y en negros escombros de altar, mi bridón su huella sangrienta soberbio dejó. Por eso de todo cansado ya estoy; conozco los goces, conozco el dolor, los salmos del coro, la voz del cañón, la faz de los campos, del mar el furor, la horrible mazmorra. el rico salón; conozco lo bueno, lo malo y peor; yo sé de banquetes, y de hambre sé yo; me son familiares la Regla y Colón; desprecios y aplausos el alma probó, el alma que vive sin fe, sin amor.


IV Más triste que tumba, más pobre que Job, yo sufro en la tierra fatal expiación. La edad inflexible mi frente arrugó; mi cuerpo inclinado remeda una hoz, mi barba y cabellos de nieve ya son; mi espíritu ardiente, su fuego perdió; mis piernas se doblan, balbuce mi voz. ¡Adiós, ilusiones divinas de amor, adiós, esperanzas, placeres, adiós!... ¡Oh, muerte! yo pido que des por favor un lecho de polvo, allá en un rincón, al pobre viandante que al fin se cansó, y llama a tu puerta sin fe, sin amor. Horas negras Huyó la dulce sonrisa Nació el sarcasmo sangriento... J. E. Coplero a quien inspira el desencanto, trovador sin futuro y sin amores, sobre la tumba de mis sueños canto al colocar mi búcaro de flores. Odia el mundo mi canto descreído, el estigma social tiznó mi frente... cárabo del dolor, cada gemido me concita el sarcasmo de la gente. Sin luz el alma la ilusión desdeña, el pesar no la irrita ni la abate, y ni la frente envejecida sueña, y ni el leproso corazón me late. Repugna a todos mi fatal delirio repelen todos mi sufrir eterno,


que brilla en mi aureola de martirio la fatídica flama del infierno. Devorado por negra pesadumbre lanzo en vez de sollozos carcajadas; porque de infame crápula en la lumbre arrojé mis creencias adoradas. En aras de la fe vertí mi llanto; perdida ya la fe, busqué la orgía; pero el vicio acreció mi desencanto, y el vicio, la virtud, todo me hastía. A mi gastado corazón de lodo nada, en fin, es capaz de conmoverlo, y perezoso, indiferente a todo no puedo ser feliz, ni quiero serlo. Mi vida ha sido decepción horrible, el mundo sin piedad ha envenenado mi corazón que, un tiempo tan sensible, no sufre al encontrar un desgraciado. Y si me duelo del dolor ajeno mi risa burla ese dolor profundo, que si a mi corazón queda algo bueno me da vergüenza que lo sepa el mundo. Cuando la pena torturó mi vida, la cruda pena la insulté yo mismo, porque soberbio disfracé la herida con el torpe descaro del cinismo. En el albor de juventud sensible amaba todo, porque fui creyente yo deliré buscando lo imposible y de mentiras se pobló mi frente. Yo combatí con ánimo esforzado contra la saña de mi suerte adversa; pero en la lucha atleta fatigado, sentí agotarse mi gigante fuerza. Me presentó pensiles engañosos en su espejo ese mundo fementido, cual presenta cambiantes primorosos débil burbuja en su cristal fingido. yo también la ilusión vestí de gala del placer en los cármenes risueños, yo también de Jacob fijé la escala para subir al mundo de los sueños.


Soñé con la virtud cándidos lirios y quise, necio, de ilusión beodo, subir a la región de los delirios; pero al querer subir, caí en el lodo. Yo rebusqué sediento de placeres, de amistad y de amor las emociones, y turbas mil de amigos y mujeres vinieron a matar mis afecciones. Al ver mis sentimientos chasqueados burlé yo mismo mi amoroso empeño, y ya no alcé castillos encantados sobre la base efímera del sueño. De mi pobre ilusión asesinada los restos profanó mi ánima impía; porque el cadáver de mi fe burlada alumbré con las luces de la orgía. Y di culto a ese mundo estrafalario, y en mi gastada juventud inquieta, vestido de arlequín subí al calvario y empapé con mi llanto la careta. En irritantes goces crapulosos escarneciendo mi penar ingente, hice cabriolas y tragué sollozos, y lleno de ira divertí a la gente. Mas penitente ya, sufro callando y consumido de letal tristeza, por la vía dolorosa voy cargando la ridícula cruz de mi pobreza. Histrión a quien el mundo no perdona, héroe de carnaval, mártir maldito, un birrete de loco es mi corona y por túnica llevo un sambenito. Y nutrido de negras decepciones, avergonzado en mi vejez, reniego del enjambre de locas ilusiones que acarició mi juventud de fuego. Ilusiones brillantes halagaban a mi edad juvenil que yo maldigo, y sediento de gloria me agitaban sueños de rey en lecho de mendigo. Soñé en la gloria con delirio tanto, fue tal la audacia de la mente loca, que la gloria de Dios, único y santo,


a mi osada ambición pareció poca. Más Dios abate mi soberbia rara, y encuentro justa la expiación severa; que si la gloria que soñé alcanzara Satanás vencedor acaso fuera. Fue mi sueño una ráfaga ilusoria; no existe ese laurel que busqué loco, que para darme mi imposible gloria el orbe es nada, lo infinito poco Para pedir la gloria que yo anhelo es débil, impotente la palabra; que desván estorboso encuentro el cielo do el pensamiento audaz se descalabra. Ya no me importa mi dolor presente, ya no me importa mi dolor pasado, el porvenir lo espero indiferente... lo mismo es ser feliz que desgraciado. Sólo ambiciono de fastidio yerto, cansado ya de perdurable guerra, el acostarme en mi cajón de muerto dormir en paz debajo de la tierra. A una ramera Mujer preciosa para el bien nacida, Mujer preciosa por mi mal hallada, Perla del solio del Señor caída Y en albañal inmundo sepultada; Cándida rosa en el Edén crecida Y por manos infames deshojada; Cisne de cuello alabastrino y blando En indecente bacanal cantando. II Objeto vil de mi pasión sublime, Ramera infame a quien el alma adora. ¿Por qué el Dios ha colocado, dime, el candor en tu faz engañadora? ¿Por qué el reflejo de su gloria imprime en tu dulce mirar? ¿Por qué atesora hechizos mil en tu redondo seno, si hay en tu corazón lodo y veneno? III Copa de bendición de llanto llena,


Do el crimen su ponzoña ha derramado; Ángel que el cielo abandonó sin pena, Y en brazos del demonio ha entregado; Mujer más pura que la luz serena, Más negra que la sombra del pecado, Oye y perdona si al cantarte lloro; Porque, ángel o demonio, yo te adoro. IV Por la senda del mundo yo vagaba Indiferente en medio de los seres; De la virtud y el vicio me burlaba; Me reí del amor de las mujeres, Que amar a una mujer nunca pensaba; Y hastiado de pesares y placeres Siempre vivió con el amor en guerra Mi ya gastado corazón de tierra. V Pero te vi… te vi… ¡Maldita hora En que te vi, mujer! Dejaste herida A mi alma que te adora, como adora El alma que de llanto está nutrida. Horrible sufrimiento me devora, Que hiciste la desgracia de mi vida. Mas dolor tan inmenso, tan profundo, No lo cambio, mujer, por todo el mundo. VI ¿Eres demonio que arrojó el infierno para abrirme una herida mal cerrada? ¿Eres un ángel que mandó el Eterno a velar mi existencia infortunada? ¿Este amor tan ardiente, tan interno, me enaltece, mujer, o me degrada? No lo sé… no lo sé… yo pierdo el juicio. ¿Eres el vicio tú? … ¡Adoro el vicio!. VII ¡Ámame tú también! Seré tu esclavo, tu pobre perro que doquier te siga. Seré feliz si con mi sangre lavo Tu huella, aunque al seguirte me persiga Ridículo y deshonra; al cabo, al cabo, Nada me importa lo que el mundo diga. Nada me importa tu manchada historia Si a través de tus ojos veo la gloria. VIII


Yo mendigo, mujer, y tú ramera, Descalzos por el mundo marcharemos. Que el mundo nos desprecie cuando quiera, En nuestro amor un mundo encontraremos. Y si horrible miseria nos espera, Ni de un rey por el otro la daremos; Que cubiertos de andrajos asquerosos, Dos corazones latirán dichosos. IX Un calvario maldito hallé en la vida En el que mis creencias expiraron, Y al abrirme los hombres una herida, De odio profundo el alma me llenaron. Por eso el alma de rencor henchida Odia lo que ellos aman, lo que amaron, Y a ti sola, mujer, a ti yo entrego Todo ese amor que a los mortales niego. X Porque nací, mujer, para adorarte Y la vida sin ti me es fastidiosa, Que mi único placer es contemplarte, Aunque tú halles mi pasión odiosa, Yo, nunca, nunca, dejaré de amarte. Ojalá que tuviera alguna cosa Más que la vida y el honor más cara, Y por ti sin violencia la inmolara. XI Sólo tengo una madre. ¡Me ama tanto! Sus pechos mi niñez alimentaron, Y mi sed apagó su tierno llanto, Y sus vigilias hombre me formaron. A ese ángel para mí tan santo, Última fe de creencias que pasaron, A ese ángel de bondad, ¡quién lo creyera!, Olvido por tu amor… ¡loca ramera! XII Sé que tu amor no me dará placer, Se que burlas mis grandes sacrificios. Eres tú la más vil de las mujeres; Conozco tu maldad, tus artificios. Pero te amo, mujer, te amo como eres; Amo tu perversión, amo tus vicios. Y aunque maldigo el fuego en que me inflamo, Mientras más vil te encuentro, más te amo.


XIII Quiero besar tu planta a cada instante, Morir contigo de placer beodo; Porque es tuya mi mente delirante, Y tuyo es mi corazón de lodo. Yo que soy en amores inconstante, Hoy me siento por ti capaz de todo. Por ti será mi corazón do imperas, Virtuoso, criminal, lo que tú quieras. XIV Yo me siento con fuerza muy sobrada, Y hasta un niño me vence sin empeño. ¿Soy águila que duerme encadenada, o vil gusano que titán me sueño? Yo no sé si soy mucho, o si soy nada; Si soy átomo grande o dios pequeño; Pero gusano o dios, débil o fuerte, Sólo sé que soy tuyo hasta la muerte. XV No me importa lo que eres, lo que has sido, Porque en vez de razón para juzgarte, Yo sólo tengo de ternura henchido Gigante corazón para adorarte. Seré tu redención, seré tu olvido, Y de ese fango vil vendré a sacarte. Que si los vicios en tu ser se imprimen Mi pasión es más grande que tu crimen. XVI Es tu amor nada más lo que ambiciono, Con tu imagen soñando me desvelo; De tu voz con el eco me emociono, Y por darte la dicha que yo anhelo Si fuera rey, te regalara un trono; Si fuera Dios, te regalara un cielo. Y si Dios de ese Dios tan grande fuera, Me arrojara a tus plantas ¡vil ramera!

ORACIÓN DEL PRESO ¡Señor, tenme piedad, aunque a ti clame sin fe! ¡perdona que te niegue o riña y el ara tienda con bochorno infame!


Vuelvo al antiguo altar. ¡No en vano ciña guirnaldas a un león y desparrame riego que pueda prosperar tu viña! ¡Líbrame por merced, como te plugo a Bautista y Apóstol en Judea, ya que no me suicido ni me fugo! ¡Inclínate al cautivo que flaquea; y salvo, como Juan por el verdugo, o como Pedro por el ángel sea! Habito un orco infecto; y en el manto resulto cebo a chinche y pulga y piojo; ¡y afuera el odio calumnia en tanto! ¿Qué mal obré para tamaño enojo? El honor del poeta es nimbo santo ¡y la sangre de un vil es fango rojo! Mi pobre padre cultivó el desierto. Era un hombre de bien, un sabio artista, y de vergüenza y de pesar ha muerto! ¡Oh mis querubes! ¡Con turbada vista columbro ahora el celestial e incierto grupo que aguarda, y a quien todo atrista! ¡Y oigo un sordo piar de nido en rama, un bullir de polluelos ante azores; y el soplado tizón encumbra llama! ¡Dios de Israel, acude a mis amores: y rían a manera de la grama, que hasta batida por los pies da flores! Cárcel de Veracruz. Septiembre de 1895.

PAQUITO Cubierto de jiras, Al ábrego hirsutas Al par que las mechas Crecidas y rubias, El pobre chiquillo Se postra en la tumba: Y en voz de sollozos Revienta y murmura: "Mamá, soy Paquito; No haré travesuras." Y un cielo impasible Despliega su curva.


"¡Que bien que me acuerdo! La tarde de lluvia; Las velas grandotas Que olían a curas; Y tú en aquel catre Tan tiesa, tan muda, Tan fría, tan seria, Así tan rechula! "Mamá, soy Paquito; No haré travesuras." Y un cielo impasible Despliega su curva. "Buscando comida, revuelvo basura. Si pido limosna, La gente me insulta, Me agarra la oreja, Me dice granuja, Y escapo con miedo De que haya denuncia. "Mamá, soy Paquito; No haré travesuras." Y un cielo impasible Despliega su curva. "Los otros muchachos se ríen, se burlan, se meten conmigo, y a poco me acusan de pleito al gendarme que viene a la bulla; y todo, porque ando con tiras y sucias. "Mamá, soy Paquito; No haré travesuras." Y un cielo impasible Despliega su curva. "Me acuesto en rincones solito y a obscuras. De noche, ya sabes, Los ruidos me asustan. Los perros divisan Espantos y aúllan. Las ratas me muerden, Las piedras me punzan... "Mamá, soy Paquito; No haré travesuras."


Y un cielo impasible Despliega su curva. "Papá no me quiere. Está donde juzga Y riñe a los hombres Que tienen la culpa. Si voy a buscarlo, Él bota la pluma, Se pone muy bravo, Me ofrece una tunda. "Mamá, soy Paquito; No haré travesuras." Y un cielo impasible Despliega su curva. OJOS VERDES Ojos que nunca me veis, por recelo o por decoro, ojos de esmeralda y oro, fuerza es que me contempléis; quiero que me consoléis hermosos ojos que adoro; ¡estoy triste y os imploro puesta en tierra la rodilla! ¡Piedad para el que se humilla, ojos de esmeralda y oro! Ojos en que reverbera la estrella crepuscular, ojos verdes como el mar, como el mar por la ribera, ojos de lumbre hechicera que ignoráis lo que es llorar, ¡glorificad mi penar! ¡No me desoléis así! ¡Tened compasión de mí! ¡Ojos verdes como el mar! Ojos cuyo amor anhelo porque alegra cuanto alcanza, ojos color de esperanza, con lejanías de cielo: ojos que a través del velo radian bienaventuranza, mi alma a vosotros se lanza en alas de la embriaguez, miradme una sola vez, ojos color de esperanza.


Cese ya vuestro desvío, ojos que me dais congojas; ojos con aspecto de hojas empapadas de rocío. Húmedo esplendor de río que por esquivo me enojas. Luz que la del sol sonrojas y cuyos toques son besos, derrámate en mí por esos ojos con aspecto de hojas. A GLORIA No intentes convencerme de torpeza con los delirios de tu mente loca: mi razón es al par luz y firmeza, firmeza y luz como el cristal de roca. Semejante al nocturno peregrino, mi esperanza inmortal no mira el suelo; no viendo más que sombra en el camino, sólo contempla el esplendor del cielo. Vanas son las imágenes que entraña tu espíritu infantil, santuario oscuro. Tu numen, como el oro en la montaña, es virginal y, por lo mismo, impuro. A través de este vórtice que crispa, y ávido de brillar, vuelo o me arrastro, oruga enamorada de una chispa o águila seducida por un astro. Inútil es que con tenaz murmullo exageres el lance en que me enredo: yo soy altivo, y el que alienta orgullo lleva un broquel impenetrable al miedo. Fiando en el instinto que me empuja, desprecio los peligros que señalas. "El ave canta aunque la rama cruja: como que sabe lo que son sus alas." Erguido bajo el golpe en la porfía, me siento superior a la victoria. Tengo fe en mí; la adversidad podría, quitarme el triunfo, pero no la gloria. ¡Deja que me persigan los abyectos! ¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume! La flor en que se posan los insectos


es rica de matiz y de perfume. El mal es el teatro en cuyo foro la virtud, esa trágica, descuella; es la sibila de palabra de oro, la sombra que hace resaltar la estrella. ¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido será el fuego voraz que me consuma! La perla brota del molusco herido y Venus nace de la amarga espuma. Los claros timbres de que estoy ufano han de salir de la calumnia ilesos. Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos! ¡Fuerza es que sufra mi pasión! La palma crece en la orilla que el oleaje azota. El mérito es el náufrago del alma: ¡vivo, se hunde; pero muerto, flota! ¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle! ¡Consuela el corazón del que te ama! ¡Dios dijo al agua del torrente: bulle!; ¡y al río de la margen: embalsama! Confórmate, mujer! Hemos venido a este valle de lágrimas que abate, tú, como la paloma, para el nido, y yo, como el león, para el combate. NOCTURNO A Rosario ¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión. Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días estoy enfermo y pálido de tanto no dormir; que están mis noches negras, tan negras y sombrías, que ya se han muerto todas las esperanzas mías, que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir. De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver, camino mucho, mucho, y al fin de la jornada, las formas de mi madre se pierden en la nada,


y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer. Comprendo que tus besos jamás han de ser míos, comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás; y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos, bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos, y en vez de amarte menos te quiero mucho más. A veces pienso en darte mi eterna despedida, borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión; mas si es en vano todo y el alma no te olvida, ¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida, qué quieres tú que yo haga con este corazón? Y luego que ya estaba concluido el santuario, tu lámpara encendida, tu velo en el altar, el sol de la mañana detrás del campanario, chispeando las antorchas, humeando el incensario, y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar... ¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo, los dos unidos siempre y amándonos los dos; tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho, los dos una sola alma, los dos un solo pecho, y en medio de nosotros mi madre como un Dios! ¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida! ¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así! Y yo soñaba en eso, mi santa prometida; y al delirar en eso con alma estremecida, pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti. Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño, mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer; ¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño, sino en amarte mucho en el hogar risueño que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer! Esa era mi esperanza... mas ya que a sus fulgores se opone el hondo abismo que existe entre los dos, ¡adiós por la vez última, amor de mis amores; la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores; mi lira de poeta,mi juventud, adiós! ANTE UN CADÁVER ¡Y bien! Aquí estás ya..., sobre la plancha donde el gran horizonte de la ciencia la extensión de sus límites ensancha. Aquí, donde la rígida experiencia viene a dictar las leyes superiores


a que está sometida la existencia. Aquí, donde derrama sus fulgores ese astro a cuya luz desaparece la distinción de esclavos y señores. Aquí, donde la fábula enmudece y la voz de los hechos se levanta y la superstición se desvanece. Aquí, donde la ciencia se adelanta a leer la solución de ese problema que solo al anunciarse nos espanta. Ella, que tiene la razón por lema, y que en tus labios escuchar ansía la augusta voz de la verdad suprema. Aquí está ya... tras de la lucha impía en que romper al cabo conseguiste la cárcel que al dolor te retenía. La luz de tus pupilas ya no existe, tu máquina vital descansa inerte y a cumplir con su objeto se resiste. ¡Miseria y nada más!, dirán al verte los que creen que el imperio de la vida acaba donde empieza el de la muerte. Y suponiendo tu misión cumplida se acercarán a ti, y en su mirada te mandarán la eterna despedida. ¡Pero no!..., tu misión no está acabada, que ni es la nada el punto en que nacemos, ni el punto en que morimos es la nada. Círculo es la existencia, y mal hacemos cuando al querer medirla le asignamos la cuna y el sepulcro por extremos. La madre es solo el molde en que tomamos nuestra forma, la forma pasajera con que la ingrata vida atravesamos. Pero ni es esa forma la primera que nuestro ser reviste, ni tampoco será su última forma cuando muera. Tú sin aliento ya, dentro de poco volverás a la tierra y a su seno que es de la vida universal el foco.


Y allí, a la vida, en apariencia ajeno, el poder de la lluvia y del verano fecundará de gérmenes tu cieno. Y al ascender de la raíz al grano, irás del vergel a ser testigo en el laboratorio soberano. Tal vez para volver cambiado en trigo al triste hogar, donde la triste esposa, sin encontrar un pan sueña contigo. En tanto que las grietas de tu fosa verán alzarse de su fondo abierto la larva convertida en mariposa, que en los ensayos de su vuelo incierto irá al lecho infeliz de tus amores a llevarle tus ósculos de muerto. Y en medio de esos cambios interiores tu cráneo, lleno de una nueva vida, en vez de pensamientos dará flores, en cuyo cáliz brillará escondida la lágrima tal vez con que tu amada acompañó el adiós de tu partida. La tumba es el final de la jornada, porque en la tumba es donde queda muerta la llama en nuestro espíritu encerrada. Pero en esa mansión a cuya puerta se extingue nuestro aliento, hay otro aliento que de nuevo a la vida nos despierta. Allí acaban la fuerza y el talento, allí acaban los goces y los males allí acaban la fe y el sentimiento. Allí acaban los lazos terrenales, y mezclados el sabio y el idiota se hunden en la región de los iguales. Pero allí donde el ánimo se agota y perece la máquina, allí mismo el ser que muere es otro ser que brota. El poderoso y fecundante abismo del antiguo organismo se apodera y forma y hace de él otro organismo.


Abandona a la historia justiciera un nombre sin cuidarse, indiferente, de que ese nombre se eternice o muera. Él recoge la masa únicamente, y cambiando las formas y el objeto se encarga de que viva eternamente. La tumba sólo guarda un esqueleto mas la vida en su bóveda mortuoria prosigue alimentándose en secreto. Que al fin de esta existencia transitoria a la que tanto nuestro afán se adhiere, la materia, inmortal como la gloria, cambia de formas; pero nunca muere. El cigarro, de Florencio Balcarce (1838)

En la cresta de una loma Se alza un ombú corpulento, Que alumbra el sol cuando asoma Y bate si sopla el viento. Bajo sus ramas se esconde Un rancho de paja y barro, Mansión pacífica, donde Fuma un viejo su cigarro. En torno los nietos mira, Y con labios casi yertos: -¡Feliz, dice, quien respira El aire de los desiertos! Pueda, al fin, aunque en la fuente Aplaque mi sed sin jarro, Entre mi prole inocente Fumar en paz mi cigarro.


Que os mire crecer contentos El ombú de vuestro abuelo, Tan libres como los vientos Y sin más Dios que el del cielo. Tocar vuestra mano tema Del rico el dorado carro; A quien lo toca, hijos, quema Como el fuego del cigarro. No siempre movió en mi frente El pampero fría cana; El mirar mío fué ardiente, Mi tez rugosa, lozana. La fama en tierras ajenas Me aclamó noble y bizarro; Pero ya, ¿qué soy? Apenas La ceniza de un cigarro. Por la patria fui soldado Y seguí nuestras banderas Hasta el campo ensangrentado De las altas cordilleras. Aún mi huella está grabada En la tumba de Pizarro. Pero ¿ qué es la gloria? Nada; Es el humo de un cigarro. ¿Qué me dejan de sus huellas La grandeza y los honores?


Por la paz hondas querellas, los abrojos por las flores. La patria al que ha perecido Desprecia como un guijarro... Como yo arrojo y olvido El pucho de mi cigarro. Las horas vivid sencillas Sin correr tras la tormenta; No dobléis vuestras rodillas Si no al Dios que nos alienta. No habita la paz más casa Que el rancho de paja y barro; Gozadía, que todo pasa, Y el hombre, como un cigarro REDONDILLAS Hombres necios que acusáis a la mujer, sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis; si con ansia sin igual solicitáis su desdén, por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? Combatís su resistencia y luego, con gravedad, decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia. Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco, al niño que pone el coco y luego le tiene miedo. Queréis, con presunción necia, hallar a la que buscáis


para prentendida, Thais, y en la posesión, Lucrecia. ¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña el espejo y siente que no esté claro? Con el favor y el desdén tenéis condición igual, quejándoos, si os tratan mal, burlándoos, si os quieren bien. Opinión, ninguna gana, pues la que más se recata, si no os admite, es ingrata, y si os admite, es liviana. Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel, a una culpáis por cruel y a otra por fácil culpáis. ¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende?, ¿si la que es ingrata ofende, y la que es fácil enfada? Mas, entre el enfado y la pena que vuestro gusto refiere, bien haya la que no os quiere y quejaos en hora buena. Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas, y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas. ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada: la que cae de rogada, o el que ruega de caído? ¿O cuál es de más culpar, aunque cualquiera mal haga; la que peca por la paga o el que paga por pecar? ¿Pues, para qué os espantáis de la culpa que tenéis? Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis.


Dejad de solicitar, y después, con más razón, acusaréis la afición de la que os fuere a rogar. Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia, pues en promesa e instancia juntáis diablo, carne y mundo. Poema 20 Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.» El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.


Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. En Paz Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje la miel o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales, coseché siempre rosas. ...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! Hallé sin duda largas noches de mis penas; mas no me prometiste tú sólo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas... Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! El día que me quieras El día que me quieras tendrá más luz que junio; la noche que me quieras será de plenilunio, con notas de Beethoven vibrando en cada rayo sus inefables cosas, y habrá juntas más rosas que en todo el mes de mayo. Las fuentes cristalinas irán por las laderas saltando cristalinas el día que me quieras. El día que me quieras, los sotos escondidos resonarán arpegios nunca jamás oídos. Éxtasis de tus ojos, todas las primaveras que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras.


Cogidas de la mano cual rubias hermanitas, luciendo golas cándidas, irán las margaritas por montes y praderas, delante de tus pasos, el día que me quieras... Y si deshojas una, te dirá su inocente postrer pétalo blanco: ¡Apasionadamente! Al reventar el alba del día que me quieras, tendrán todos los tréboles cuatro hojas agoreras, y en el estanque, nido de gérmenes ignotos, florecerán las místicas corolas de los lotos. El día que me quieras será cada celaje ala maravillosa; cada arrebol, miraje de "Las Mil y una Noches"; cada brisa un cantar, cada árbol una lira, cada monte un altar. El día que me quieras, para nosotros dos cabrá en un solo beso la beatitud de Dios. El Brindis del bohemio En torno de una mesa de cantina, una noche de invierno, regocijadamente departían seis alegres bohemios. Los ecos de sus risas escapaban y de aquel barrio quieto iban a interrumpir el imponente y profundo silencio. El humo de olorosos cigarrillos en espirales se elevaba al cielo, simbolizando al resolverse en nada, la vida de los sueños. Pero en todos los labios había risas, inspiración en todos los cerebros, y, repartidas en la mesa, copas pletóricas de ron, whisky o ajenjo. Era curioso ver aquel conjunto, aquel grupo bohemio, del que brotaba la palabra chusca, la que vierte veneno, lo mismo que, melosa y delicada, la música de un verso. A cada nueva libación, las penas hallábanse más lejos del grupo,


y nueva inspiración llegaba a todos los cerebros, con el idilio roto que venía en alas del recuerdo. Olvidaba decir que aquella noche, aquel grupo bohemio celebraba entre risas, libaciones, chascarrillos y versos, la agonía de un año que amarguras dejó en todos los pechos, y la llegada, consecuencia lógica, del “Feliz Año Nuevo”... Una voz varonil dijo de pronto: —Las doce, compañeros; Digamos el “requiéscat” por el año que ha pasado a formar entre los muertos. ¡Brindemos por el año que comienza! Porque nos traiga ensueños; porque no sea su equipaje un cúmulo de amargos desconsuelos... —Brindo, dijo otra voz, por la esperanza que a la vida nos lanza, de vencer los rigores del destino, por la esperanza, nuestra dulce amiga, que las penas mitiga y convierte en vergel nuestro camino. Brindo porque ya hubiese a mi existencia puesto fin con violencia esgrimiendo en mi frente mi venganza; si en mi cielo de tul limpio y divino no alumbrara mi sino una pálida estrella: Mi esperanza. —¡Bravo! Dijeron todos, inspirado esta noche has estado y hablaste bueno, breve y sustancioso. El turno es de Raúl; alce su copa Y brinde por... Europa, Ya que su extranjerismo es delicioso... —Bebo y brindo, clamó el interpelado; brindo por mi pasado, que fue de luz, de amor y de alegría, y en el que hubo mujeres seductoras y frentes soñadoras que se juntaron con la frente mía... Brindo por el ayer que en la amargura que hoy cubre de negrura


mi corazón, esparce sus consuelos trayendo hasta mi mente las dulzuras de goces, de ternuras, de dichas, de deliquios, de desvelos. —Yo brindo, dijo Juan, porque en mi mente brote un torrente de inspiración divina y seductora, porque vibre en las cuerdas de mi lira el verso que suspira, que sonríe, que canta y que enamora. Brindo porque mis versos cual saetas Lleguen hasta las grietas Formadas de metal y de granito Del corazón de la mujer ingrata Que a desdenes me mata... ¡pero que tiene un cuerpo muy bonito! Porque a su corazón llegue mi canto, porque enjuguen mi llanto sus manos que me causan embelesos; porque con creces mi pasión me pague... ¡vamos!, porque me embriague con el divino néctar de sus besos. Siguió la tempestad de frases vanas, de aquellas tan humanas que hallan en todas partes acomodo, y en cada frase de entusiasmo ardiente, hubo ovación creciente, y libaciones y reír y todo. Se brindó por la Patria, por las flores, por los castos amores que hacen un valladar de una ventana, y por esas pasiones voluptuosas que el fango del placer llena de rosas y hacen de la mujer la cortesana. Sólo faltaba un brindis, el de Arturo. El del bohemio puro, De noble corazón y gran cabeza; Aquél que sin ambages declaraba Que solo ambicionaba Robarle inspiración a la tristeza. Por todos estrechado, alzó la copa Frente a la alegre tropa Desbordante de risas y de contento; Los inundó en la luz de una mirada, Sacudió su melena alborotada Y dijo así, con inspirado acento:


—Brindo por la mujer, mas no por ésa en la que halláis consuelo en la tristeza, rescoldo del placer ¡desventurados!; no por esa que os brinda sus hechizos cuando besáis sus rizos artificiosamente perfumados. Yo no brindo por ella, compañeros, siento por esta vez no complaceros. Brindo por la mujer, pero por una, por la que me brindó sus embelesos y me envolvió en sus besos: por la mujer que me arrulló en la cuna. Por la mujer que me enseño de niño lo que vale el cariño exquisito, profundo y verdadero; por la mujer que me arrulló en sus brazos y que me dio en pedazos, uno por uno, el corazón entero. ¡Por mi Madre! Bohemios, por la anciana que piensa en el mañana como en algo muy dulce y muy deseado, porque sueña tal vez, que mi destino me señala el camino por el que volveré pronto a su lado. Por la anciana adorada y bendecida, por la que con su sangre me dio vida, y ternura y cariño; por la que fue la luz del alma mía, y lloró de alegría, sintiendo mi cabeza en su corpiño. Por esa brindo yo, dejad que llore, que en lágrimas desflore esta pena letal que me asesina; dejad que brinde por mi madre ausente, por la que llora y siente que mi ausencia es un fuego que calcina. Por la anciana infeliz que sufre y llora y que del cielo implora que vuelva yo muy pronto a estar con ella; por mi Madre, bohemios, que es dulzura vertida en mi amargura y en esta noche de mi vida, estrella... El bohemio calló; ningún acento profanó el sentimiento nacido del dolor y la ternura,


y pareció que sobre aquel ambiente flotaba inmensamente un poema de amor y de amargura. Reto Si porque a tus plantas ruedo como un ilota rendido, y una mirada te pido con temor, casi con miedo; si porque ante ti me quedo extático de emoción, piensas que mi corazón se va en mi pecho a romper y que por siempre he de ser esclavo de mi pasión; ¡te equivocas, te equivocas!, fresco y fragante capullo, yo quebrantaré tu orgullo como el minero las rocas. Si a la lucha me provocas, dispuesto estoy a luchar; tú eres espuma, yo mar que en sus cóleras confía; tu me haces llorar; pero un día yo también te haré llorar. Y entonces, cuando rendida ofrezcas toda tu vida perdón pidiendo a mis pies, como mi cólera es infinita en sus excesos, ¿sabes tú lo que haría en esos momentos de indignación? ¡Arrancarte el corazón para comérmelo a besos! Al Lector Necedad, error, pecado y tacañería ocupan nuestras almas, nuestros cuerpos alteran, y complacientes nutrimos los remordimientos como los mendigos sus piojos. Tercos son los pecadores y cobarde el arrepentimiento; con creces exigimos se nos paguen las confesiones, y al cieno alegres regresamos creyendo borrar con viles llantos todas nuestras culpas. Satán Trigemisto en cojín del Mal se halla, mucho mece a nuestro hechizado espíritu,


y ese sabio alquimista vaporiza el precioso metal de nuestra voluntad. ¡El Diablo maneja los hilos que nos mueven! Incluso en seres inmundos hallamos seducción; diariamente hacia el infierno vamos, y sin miedo, bajando a través de tinieblas hediondas. A fondo, como a una naranja seca, exprimimos algún placer clandestino que de pasada robamos tal un mísero libertino que besa y mordisquea los martirizados senos de una ramera vieja. En nuestras mentes se agita un pueblo de demonios, apiñado e hirviente como un millón de helmintos, y cuando respiramos fluye en los pulmones la Muerte, río invisible, con sus apagadas quejas. Si el estupro, el veneno, el puñal y el incendio aún no bordaron sus atractivos diseños en triste cañamazo de nuestra mala suerte, es que sólo tenemos, ¡ay!, almas no atrevidas. Hay chacales y panteras, linces y monos, hay escorpiones y buitres, y también serpientes, son monstruos que gruñen, aúllan y reptan en la infame leonera de nuestros vicios, ¡pero uno sobresale por feo, perverso e inmundo! Aunque no chille mucho y tampoco gesticule, seguro que a gusto haría de la tierra un caos y que al mundo se tragaría con sólo bostezar; ¡es el Tedio!, tiene en los ojos lágrimas falsas, y fuma la pipa mientras con patíbulos sueña. Lector, ya conoces a tan delicado monstruo, -lector hipócrita-¡tú, mi prójimo, mi hermano! Poema Proverbios Del Infierno de William Blake En tiempos de siembra aprende, en tiempos de cosecha enseña y en el invierno goza. Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos. La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría. La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad. Quien desea y no actúa engendra la plaga. El gusano perdona al arado que lo corta.


Sumergid en el río a quien ama el agua. El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio. Aquel cuyo rostro no irradia luz nunca será estrella. La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo. A la atareada abeja no le queda tiempo para la pena. Las horas de la locura las mide el reloj, pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría. Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa. En años de escasez, usa número, peso y medida. No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus propias alas. Un cuerpo muerto no venga injurias. El acto más sublime consiste en poner a otro delante de ti. Si el necio persistiera en sus necedades llegaría a sabio. La necedad es el atuendo de la bellaquería, la vergüenza es el atuendo del orgullo. Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los burdeles con ladrillos de religión. La altivez del pavo real es la gloria de Dios. La lujuria del chivo es la liberalidad de Dios. La ira del león es la sabiduría de Dios. La desnudez de la mujer es obra de Dios. El exceso de pena ríe; el exceso de dicha llora. El rugir de los leones, el aullido de los lobos, el oleaje furioso del mar huracanado y la espada destructora, son porciones de la eternidad demasiado grandes para que las aprecie el ojo humano. El zorro condena a la trampa, no a sí mismo. El júbilo impregna; las penas engendran. Dejad que el hombre vista la melena del león y la mujer el vellón de la oveja. El ave un nido, la araña una tela, el hombre la amistad.


El egoísta y sonriente necio y el necio que frunce malhumorado el ceño han de considerarse sabios, y podrían ser medidos con la misma vara. Lo que hoy está probado, en su momento era sólo algo imaginado. La rata, el ratón, el zorro y el conejo vigilan las raíces; el león, el tigre, el caballo y el elefante vigilan los frutos. La cisterna contiene; el manantial rebosa. Un pensamiento llena la inmensidad. Si estás siempre listo a expresar tu opinión, el vil te evitará. Todo lo que es creíble, es una imagen de la verdad. Nunca el águila malgastó tanto su tiempo como cuando se propuso aprender del cuervo. El zorro se provee a si mismo; pero Dios provee al león. Piensa por la mañana, actúa a mediodía, come al anochecer y duerme por la noche. Quien ha sufrido tus imposiciones, te conoce. Así como el arado sigue a las palabras, Dios recompensa las plegarias. Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la instrucción. Del agua estancada espera veneno. Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas lo que es más que suficiente. ¡Escucha los reproches de los tontos! ¡Forman un título real! Los ojos del fuego, las narices del aire, la boca del agua las barbas de la tierra. El débil en coraje es fuerte en astucia. El manzano nunca pregunta al haya cómo ha de crecer, tal como el león no interroga al caballo sobre cómo atrapar la presa. Quien recibe agradecido da copiosas cosechas. Si otros no hubiesen sido tontos, lo seríamos nosotros. El alma rebosante de dulce deleite jamás será profanada. Cuando ves un águila, ves una porción de Genio: ¡Alza la cabeza! Tal como la oruga elige las hojas mejores para depositar en ellas sus huevos, el sacerdote lanza sus imprecaciones para los más dulces goces.


Crear una florecilla es labor de siglos. La condena estimula, la bendición relaja. El mejor vino es el más añejo; la mejor agua, la más nueva. ¡Las plegarias no aran! ¡Los elogios no cosechan! Las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran. La cabeza lo Sublime; el corazón, lo patético; los genitales, la Belleza; manos y pies la Proporción. Como el aire al pájaro o el agua al pez, así es el desprecio para el despreciable. El cuervo quisiera que todo fuese negro; el búho, que todo fuese blanco. La exuberancia es belleza. Si el león recibiese consejos del zorro, sería astuto. El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los torcidos y sin perfeccionar son los caminos del Genio. Mejor matar a un niño en su cuna que alimentar deseos que no se llevan a la práctica. Donde no está el hombre, la naturaleza es estéril. La verdad nunca puede decirse de modo que sea comprendida sin ser creída. ¡Suficiente! o demasiado. Poema El Viajero Mental de William Blake He viajado a través de un país de hombres, un país de hombres y también de mujeres, y he oído y visto tan horrendas cosas como nunca los caminantes de la fría Tierra han conocido. Porque allí nace en la alegría el niño que en el atroz dolor fue concebido, tal como en la alegría cosechamos el fruto que fue sembrado en lágrimas amargas. Y si el recién nacido es un varón, es entregado a una mujer anciana que lo clava tendido en una roca y en copas de oro coge sus lamentos. Con espinas de hierro cierne su cabeza, y agujerea sus pies y sus manos, corta su corazón y lo desprende


para hacerle sentir calor y frío. Sus dedos enumeran cada nervio como un avaro contando su oro, y de lamentos y gritos se nutre, y él envejece, y ella se hace joven. Hasta que convertido en un joven sangriento, y ella mudada en espléndida virgen, destroza sus cadenas, y la amarra a ella a la Tierra para su placer. Se planta él mismo en lo nervios de ella como un labriego planta en su terreno, y ella se convierte en su morada y en jardín que le rinde setenta veces frutos. Pronto se torna envejecida sombra vagando alrededor de una cabaña terrestre, llena de pedrerías y de oro que ganó su trabajo. Y éstas son las pedrerías del alma humana, los rubíes y las perlas de un ojo enfermo de amor, el oro innumerable del corazón que sufre, el gemido del mártir y el suspiro del enamorado. Son su alimento y su bebida, mantiene a los mendigos y a lo pobres, y para el caminante en viaje siempre su puerta permanece abierta. Su pena es alegría eterna en ellos; hacen resonar los techos y los muros hasta que de la lumbre del hogar una pequeñuela emerge de pronto. De fuego sólido ella es, y pedrerías y oro, en tal manera que nadie osa tocar su infantil forma o envolverla en pañales. Pero ella llega donde el que ama, joven o viejo o rico o pobre; muy pronto expulsan al anciano huésped que se va mendigando por puertas ajenas. Va llorando errante, muy lejos, hasta que alguien admita hospedarle, a menudo ciego por la edad, desesperado, hasta que puede ganar una doncella. Y para consolar su edad helada


en sus brazos la toma el pobre hombre. La cabaña desaparece de su vista y también el jardín con sus dulces encantos. Los huéspedes están esparcidos por toda la región, porque el ojo alterado altera todo. Los sentidos se enrollan en sí mismos, con miedo, y la Tierra plana se convierte en una pelota. Las estrellas, el Sol, la Luna, todo huye. Un vasto desierto sin límites, y no queda nada de comer o beber, y alrededor sólo el desierto oscuro. La miel de sus labios de niña, el pan y el vino de su dulce sonrisa, el juego desordenado de su ojo vagabundo a una ilusoria infancia le conducen. Porque a medida que come y bebe se transforma haciéndose más joven cada día, y ambos, en el salvaje desierto van errantes llenos de terror y congoja. Ella huye como cierva salvaje, su temor planta muchos matorrales salvajes, mientras él la persigue de noche y de día, por artificios de amor conducido. Por artificios de amor y de odio hasta que el salvaje desierto entero está plantado con laberintos de díscolo amor donde vagan el león, el lobo y el oso, hasta que él se convierte en un díscolo niño y ella en una llorosa mujer envejecida. Van a vagar allí, entonces, muchos enamorados. El Sol y las estrellas aproximan su curso. Dulce éxtasis los árboles producen para todos los que vagan en el desierto, hasta que más de una ciudad allí es alzada y más de una agradable cabaña de pastor. Pero cuando hallan al colérico niño el terror cunde en la extensa región: gritan ¡El niño, el niño ha nacido! y huyen en todas direcciones. Porque hasta la raíz se seca el brazo de aquel que osó tocar la colérica forma: osos, leones, lobos, todos huyen aullando, y todo árbol arroja sus frutos.


Y nadie puede tocar esa forma colérica a menos que lo haga una mujer anciana. Ella al niño tendido clava sobre la Tierra y todo pasa como ya lo he dicho. V. Innocentia ViaT Veritas Fides Circumdederunt me inimici mei 1 por Sir Thomas Wyatt, el Viejo Que la lista de su riqueza y facilidad retener, Mismo que él desconoce contienen. Prensa no demasiado rápido en en esa puerta Donde el rendimiento está por el desdén, Por supuesto, alrededor de Regna tonat 2. Las altas montañas son expulsadas a menudo Cuando el valle bajo es leve y suave. Fortuna con la salud se sitúa en el debate. La caída es grave desde lo alto. Y, por supuesto, en torno a Regna tonat. En estos días sangrientos han roto el corazón. Mi deseo, mi juventud se aparten, Y el deseo ciego de la finca. Que hastes subir busca revertir. De la verdad, en torno a Regna tonat. La torre del campanario me mostró la vista como Que en mi cabeza se pega día y noche. No me enteré de una reja, Para todos los votos a favor, la gloria, o podría, Sin embargo, que alrededor de Regna tonat. La prueba, digo, no me enteré: El ingenio no nos ayuda en la defensa también yerne, De inocencia para defender o charlar. Oso de baja, por lo tanto, dar a Dios la popa, Por supuesto, alrededor de Regna tonat.


FIN

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