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los entresijos de su escritura, que transcurre a intervalos regulares como las estaciones. Fue en el periodo Heian (794-1185) en el que se cree vivió Shonagon, cuando la cultura japonesa empezaba a adoptar el budismo como creencia religiosa. Hoy día, el budismo, que se ha desperdigado en diversas corrientes, tiene como base ciertas ceremonias que unen el alma, según cuentan. Quizá las líneas anteriores resulten un disparate, pero hace unos días asistí a una charla titulada: “Caligrafía y zen”, con Shodo Harada Roshi. El Roshi, que significa “maestro”, habló precisamente de las ceremonias que aproximan la existencia humana a un carácter saludable. Shodo Harada (Nara, 1940) es un sacerdote Rinzai, abad jefe de Sogen-ji, un templo de trescientos años en Okayama, Japón. Habló de la aplicación de la filosofía zen en la vida: “Cultivar nuestro espacio interno, asentarse en el mundo callando el pasado, despertando en la alineación de nuestra respiración”. Mencionó entre otras cosas la caligrafía como un camino de alineación espiritual, al igual que la ceremonia del té, o el karate. Las ceremonias o rituales son finalmente caminos de búsqueda que ocurren de forma simultánea a nuestras vidas. Costumbres. Algunas sagradas o místicas, unas más terrenales o profanas. El diario de Shonagon es un compilado de estas ceremonias íntimas, breves, luminosas. El espíritu melancólico —hasta pudiera decirse histérico— de la autora nos revela ciertas sensaciones que nutren nuestra visión del mundo. No hay un tema central en el libro, a no ser una

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glosa que se extiende alrededor de las páginas del escrito mismo. La escritora se dirige con toda la intención a un lector futuro, a un desconocido que se pregunte por qué ella ha decido hablar de la nieve y no del polvo: diferencias mínimas pero importantes, detalles preciados que sólo a los apasionados o obsesionados interesan. ¿Por qué intenta retratar los encuentros amorosos como actos secretos? Es al final cuando respondemos ciertas preguntas. Cuando sabemos que Shonagon ha intentado encontrar entre el bullicio de la corte y el silencio de sus aposentos, un interlocutor. Un lector. ¿Dónde está? ¿Dónde se hallaba en toda la corte alguien capaz de responder con

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Avispero | N° 8 | Japón  

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