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zumbido

pintura zen —que es la de la iluminación. En China se le llama chan, palabra que deriva del sánscrito dhiana, que significa “meditación”. Quedé fascinado. Entre los dos pintores occidentales que me interesaban mucho, Kandinsky y Braque, el primero incursionó en los conceptos de la pintura china nutriendo su idea de crear con el espíritu. Ante la exposición “Una retrospectiva de Kandinsky”, pensé que no quería quedarme atrapado en el lenguaje figurativo o en el abstraccionismo geométrico. Otras cosas estaban sucediendo y me abrían caminos para avanzar. En 1966, descubrí Los secretos de la materia, un libro sobre física nuclear. Lo primero que registré al leerlo fue que no hay materia, todo es energía. Entonces pensé que, si no hay materia rígida, para la pintura cada color es una molécula de energía vibrando. Me dispuse a captar el tiempo. Una sola línea bien puede registrar su paso. Así comencé a hacer abstractos bajo el gesto de mi espíritu, ya que conceptualicé el dibujo como energía. La pintura zen implica una búsqueda del espíritu, plantea un camino místico para lograr la armonía. Al asimilar estas experiencias mi pintura se volvió, esencialmente, energía. E. O.: ¿Cuándo empezaste a sentir la tinta china como materia necesaria para tu trabajo? R. H.: De vuelta en México, en el 66, nadie estaba trabajando con temas orientales como yo. La serie que pinté bajo los motivos del tiempo y la energía impactó por su novedad y fue bien acogida. Al siguiente año viajé a Nueva York. Conocí a un pintor chino y le mostré mis

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transparencias. Identificó mi arte como chan y me invitó a su estudio. Allí tenía un dibujo titulado “Cien caballos”. En un papel fino y largo se contaban cerca de diez figuras equinas entre polvo, nubes y montañas; pero ahí estaban cien caballos de tinta china. El pintor me regaló diez papeles largos de la fibra del árbol de la mora y me mostró su trabajo con la tinta. Regresé a París con nuevo material (había comprado otros cuarenta papeles), con una compañera y sus dos hijos. En Londres conocí al pintor peruano Rafael Hastings. Él practicaba artes marciales y nos hicimos amigos. Un día encontré en su estudio una piedra y una barra de tinta. Me las regaló porque él no las utilizaba. Viajé a Ibiza con mis cincuenta rollos de papel, pinceles y brochas, la piedra, la barra de tinta, la mujer y los niños. Antes de usar los papeles de fibra practiqué sobre papel revolución. Una tarde corté un pliego en cuadros pequeños, preparé la tinta e hice mi primer trazo. La tinta se expresó como un paisaje. Descubrí que con ella se puede recortar la luz entre sombras. Nosotros sólo vemos luz reflejada en nuestra oscuridad. Es fuego. El sol envuelve y quema. Estamos en continua combustión por dentro y por fuera. Esto nos recuerda que vivimos un proceso donde al morir regresamos al sol. La línea de la vida es exacta, es un milagro. Todo lo anterior debe comunicarse desde el espíritu, con el cuerpo, en una buena tinta. E. O.: El 23 de febrero de 2010 sufriste una fuerte conmoción cerebral a causa de una caída. Tu hija, María Sarasvati Herrera, hizo el AVISPERO

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Avispero | N° 8 | Japón  

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