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Corazonadas del último mariachi © 2012, Luis Morales Brome © 2012, Kike Aguilar ISBN: 978-958-46-1637-1 1era edición: Diciembre 2012 Licencia Creative Commons Atribución – No comercial En cuanto al uso personal esta obra puede ser impresa, distribuida y exhibida por quien quiera, siempre y cuando se mantengan los créditos originales. Para cualquier modalidad de uso comercial, propuestas o comentarios puede enviarnos un correo electrónico a: hola@graffito.com.co


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C

asi ni me percaté de que estaba a punto de llegar aunque ya me lo venía figurando. El inmenso valle se abrió repentinamente ante mis ojos tras coronar esta última montaña. Sólo ahora que alcancé la cima he levantado la mirada que fascinada veía venir cientos de frutas maduras en avalancha, pues las ardillas que huían a mi paso tumbaron guayabas, mandarinas y nísperos que cuando no rodaban, saltaban superando la maleza de hojas verdes salpicadas con puntos rosados.

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Sé muy bien que no debo dejarme llevar por la emoción que me genera volver a ver la ciudad después de tanto tiempo, no puedo permitirme grandes expectativas cuando fue ésta misma quien despertó en mi padre esa terrible paranoia que nos llevó a exiliarnos. Sé muy bien que allá puedo sufrir en carne propia lo que sintieron las guayabas que no pude evadir hace un rato y sé que también puedo llegar a sentir lo que sintió mi viejo cuando se descubrió a sí mismo corriendo tan rápido como le permitieron sus piernitas envueltas en pantalones adornados con brillantes y botas vaqueras de tacón alto. Lo que allá abajo me espera no será para nada amable, sin embargo ahora que estoy parado en la cabeza de este gigante que es la montaña, veo una ciudad diminuta y silenciosa, i nofensiva y cautivadora, veo u na artesanía majestuosa. Conviene reposar, mi apreciación debe estar salpicada de

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nostalgia tal como las matas que se doblan bajo mis pies, estoy pasmado y aquí bajo la sombra de los primeros pinos del bosque que me separa del cemento, he decidido sentarme a contemplar y descargar esta bicicleta que vengo cansado de empujar. Este panorama me hace ineludible recordar las conjeturas de mis tíos quienes solían advertir que la ciudad acumulaba tanta porquería que algún día todo el valle volvería a inundarse para ser la gran laguna que fue originalmente. Ellos adoraban su popularidad y por eso nunca lo declararon en público, sabían que por más seguidores que tuvieran, nadie estaría dispuesto a consentir semejante locura, sobre todo viniendo de una familia de mariachis que interpretan de maravilla canciones viejas pero que nada saben del futuro. Además, creyendo firmemente en la fuerza de los deseos, temían que sus

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teorías amplificadas por sus admiradores se hicieran realidad y en un eventual reacomodamiento de la sociedad a las dinámicas acuáticas se impusieran ritmos más desenfadados, relegando sus éxitos al olvido. De cierto modo su profecía se cumplió, la ciudad se inundó de algo tan incontenible como el agua, pero tan saludable como zamparse una cucharada de gasolina: Para cuando huimos la ciudad ya estaba rebosada de gente y muchos parecían empeñados en mostrar su peor faceta. Viéndolo así, parece que se hubiera puesto de moda andar haciendo muecas, pero no, lamentablemente no fue así tan divertido, la verdad es que tampoco puedo negarlo pues no tuve la desgracia de topármelos cara a cara, sólo los vi pasar, siempre corriendo, siempre muy rápido. Mi viejo también los vio correr y dispuso de

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un par de segundos para detallarlos, antes de concluir que venían hacia él. Contó que venían de todas las direcciones con los ojos brotados y la mirada fija, atravesando con ella su chamarra ranchera, su chaleco de gamuza, su camisa de boleros y su camisilla de algodón; traían la boca abierta y en consecuencia un brazo cruzado para sobrellevar una molestia abdominal que no era tan fuerte para contenerlos, por el contrario aumentaban la velocidad a cada paso como si mi padre fuera un portón por el que todos pretendían cruzar primero. Con esto no quiero decir que se hayan puesto de acuerdo, cuando les da la pendejada se vuelven tan indiferentes ante sus semejantes que ni siquiera pueden verlos como un obstáculo, aquí los choques empezaron a ser más comunes que los encuentros y gracias a eso mi viejo pudo escapar. También hay que reconocer que el río tuvo su mérito, le dejó salpullidos en

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todo el cuerpo pero fue determinante para librarse de los intimidantes perseguidores, que venían disminuyendo antes de que el caudal de agua sucia llenara sus entrañas y se los llevara indefensos frente a la mirada aturdida de su presa. Él ya se había echado a la pena cuando paralizado en un ataque de pánico vio como los primeros en aproximarse colisionaron tan fuerte que quedaron noqueados interrumpiendo el paso de los demás, que también tropezaron pero se levantaron al instante, justo cuando mi viejo reaccionó, emprendió carrera, cruzó la avenida esquivando algunos vehículos que algunos de sus perseguidores no vieron, saltó el sardinel como pudo, cayó mal, trastabilló un poco, se reincorporó y sus cachetes retomaron el ritmo que dictaban sus pequeñas zancadas, atravesó el parque infantil que detuvo a otros cuantos y sin

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pensarlo dos veces saltó al río para avanzar con la ayuda de la corriente. Tras un par de brazadas descubrió que sus captores no podían flotar, nadó a la otra orilla y bajo el intenso sol que despertaba el nuevo aroma de su atuendo los vio ahogarse, bañado en sudor y perfumado con una buena dosis de júbilo y desconfianza. Debió estar sentado en el suelo abrazándose las rodillas, así como estoy yo ahora que debo retomar mi camino.

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speré a que el sol bajara hasta tocar la montaña de enfrente para subirme de nuevo a la bicicleta, tenía calculado entrar de noche a la ciudad pues contaba con la oscuridad como mi gran aliada para pasar desapercibido en un lugar cuyos antecedentes me obligaban a sospechar de todos. Así mismo dudaba de la potencia de mis piernas tan cortas e hinchadas como las de papá y por eso traje este armatoste conmigo, dadas las circunstancias me aferro a la ventaja que me brindarían estas

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llantas en caso de una posible persecución por las empinadas calles que llevan al centro del valle. Yo mucho no recuerdo de la hecatombe, esos días los pasé internado en esta casa disfrutando de unas vacaciones inesperadas que no me molesté en cuestionar, aquí derroché esas noches leyendo hasta tarde acompañado por el ruido del fútbol en la tele. Ignoraba por completo que mi viejo se estaba tomando el tiempo necesario para planear un escape perfecto y lo que él me contó es todo lo que sé sobre lo que sucedió en aquellos días, la narración de su persecución y la de muchos de sus conocidos, fue lo que repitió miles de veces cuando caía la noche en el refugio donde debe estar esperándome y del cual me prohibió dar pistas. Me advirtió de lo contundentes que

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fueron las muchachitas que desmantelaron los estudios de televisión, recordó a los grandes oradores que acabaron pisoteados por su público, insinuó que fueron ancianos quienes hostigaron a los deportistas, destacó a la horda de niños que acorralaron a los bandidos más peligrosos, culpó a los millonarios de ahuyentar a los sacerdotes, confesó que intentó comunicarse con sus contactos más influyentes, explicó que fue inútil buscar ayuda, lamentó desconocer el origen del caos y recalcó insistentemente que siendo mis tíos tan machos como decían ser, fueron los primeros en desaparecer. Sin embargo el camino que me trajo a casa fue tan sereno que alcancé a suponer una ciudad abandonada, el alumbrado público encendido a cuentagotas no reveló presencia alguna pero es un claro indicio de que aún hay gente por aquí. Para entrar a casa no tuve inconvenientes, las llaves funcionaron al pelo y todo está en su lugar,

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tal como lo dejamos el día que salimos despavoridos. Con el reflejo lunar que se cuela por las cortinas fue suficiente para acomodarme. Sin bombillos ni linternas que pudieran llamar la atención recorrí cada habitación en búsqueda de intrusos para luego dejarme caer en este sillón donde estoy intentando contener el vendaval de recuerdos que me impide conciliar el sueño. Tampoco puedo levantarme, tampoco quiero. Reservé mis últimas fuerzas para liberarme de los zapatos y ahora todo mi cuerpo descansa mientras mi vista se emociona reconociendo cada detalle que alcanzo a distinguir sin moverme de mi lugar favorito para dormir. Para ser honesto, acabo de descubrir cuánto quería este mueble y así como nadie sabe lo que verdaderamente extraña, desconocía que me hacía falta el olor del

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cuero enmarañado con el inconfundible aroma de las cosas guardadas. Nunca pensé que extrañaría los reflejos de las frutas de porcelana que siguen fresquitas sobre la mesa del comedor, olvidé cuanto me entretenía adivinando formas con las sombras que se despliegan en las paredes y acabo de recordar que para ser feliz, sólo debo apoyar mis pies en esta pared. De mi casa pensé que sólo extrañaría los muchos libros que no pude llevarme y las pocas imágenes que tengo grabadas de mi madre antes de que se convirtiera en árbol. Lo que se me hace insólito es este silencio pues nunca estuve aquí rodeado de tanta calma, además de mi respiración sólo escucho a las cuantiosas chicharras que aprendí a diferenciar en el bosque y al viento que cada tanto pasa empujando las ventanas. Adentro no está el sonsonete de la nevera y afuera parece que no estuviera

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esta ciudad que siempre fue escandalosa y este barrio que no era la excepción; las últimas noches que pasamos aquí fueron tan ruidosas como todas las que recuerdo y quizás por eso me tomó por sorpresa nuestra huída en esa madrugada que maneje un carro por primera y única vez. No me hubiese sorprendido si yo fuera esa furgoneta, una nave vieja pero responsable que aprendió por experiencia que un buen serenatero es un curandero que siempre está disponible y ya estaba acostumbrada a salir a cualquier hora sin mucho tiempo para calentar motores, tan buena era que el exceso de carga tampoco representaba una novedad cuando rutinariamente transportaba sombreros gigantes, guitarrones, arpas, violines, acordeones y demás instrumentos con sus músicos incorporados y muy bien alimentados. Para la muy bella, esa

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jornada comenzó fantásticamente porque fue mi viejo quien la sacó del garaje pero se estrelló con la realidad justo cuando yo me senté al volante. Chilló como un marrano cuando giré la llave a pesar de que ya estaba prendida, resopló como un toro cuando intenté arrancar sin poner primera, relinchó como un potro cuando liberé el embrague y mucho antes de llegar a la esquina concluyó que estaba siendo montada por una bestia. Manteniendo lista su mano izquierda para levantar el freno de emergencia, mi viejo estaba seguro de que tarde o temprano llegaríamos al refugio y se veía más preocupado por cuidar la pesada matera que sostenía entre sus piernas y las innumerables ramas que se asomaban por la ventana. El recorrido fue apacible aunque se hizo eterno y logramos escapar a muy baja velocidad siguiendo

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insinuaciones, ya que mi padre no me dirigió la palabra ni para dar indicaciones ni para hacerme un sólo reproche. Recuerdo frases como “Vamos despacio bizcocho, vamos a doblar a la derecha”, “Tranquila querida, él aprende rápido” o “Paciencia, mamacita, tengámosle paciencia”. Nunca supe si conversaba directamente con la máquina o hablaba para consolar a mamá, quien ya como planta no estaba acostumbrada a los movimientos carentes de armonía. Lo cierto es que a ambas las trataba con la misma delicadeza, pues adoraba incondicionalmente a mi madre y sabía que sin esa máquina, sus hermanos nunca le hubieran permitido hacer parte de la famosa agrupación de serenatas donde hacía las veces de chófer solista. Aquella furgoneta gris, que a lo sumo era presentable y nada tenía de atractiva, parecía ser su amante y el vehículo ideal para un conjunto mariachi que precisa

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caer de sorpresa adonde lo importante no es tocar bien sino llegar tocando.

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ace un rato concluí que había dorm ido u n d ía ent er o y deseché la teoría de que estaba en la noche más larga de mi vida, desperté confuso pero con la certeza de que tenía un hambre voraz. Camino a la cocina, pasé por la sala y reconocí mi bicicleta embarrada sobre la alfombra; arranqué de un tirón la bolsa que aún colgaba del manubrio y me fuí devorando cada una de las mandarinas que traje como reserva. Arrojé casi todas las cáscaras por la ventanilla del fregadero mientras

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preparaba una crema de cebolla en polvo para seis porciones, que me acabo de tragar en una sola sentada. Usé menos agua de la recomendada, para disimular la ausencia de leche y a pesar de ese instante de lucidez, apenas ahora que he terminado me vengo a sorprender con el agua y la energía que fluyeron como si nada hubiera pasado en esta ciudad. Ese detalle ha renovado las ilusiones que temía agotadas y si compruebo que todo volvió a la normalidad mañana mismo regresaría al refugio para tratar de convencer a mi viejo de volver a retomar nuestras vidas. Otros detalles no son tan alegres, el empaque de la sopa me sugiere que pasó mucho tiempo después de la fecha de vencimiento y mi conciencia me regaña porque prendiendo luces y botando las cáscaras a la calle pude haber llamado la atención. Además aprovecha para recordarme que cuando emprendí mi viaje de vuelta ya mi madre había superado los

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dos metros de altura y estaba florecidita a punto de dar frutos, eso significaba que mi padre ya no se atrevería a trasplantarla de nuevo y probablemente se negaría a volver. Supongo o mejor dicho, espero que mi viejo tenga algún asunto para atender en este lugar, puesto que estuve tratando de enumerar motivos personales que me exijan estar aquí y la verdad es que no encuentro muchos más que la comodidad de caminar descalzo sin temer un pinchazo y el deseo de comer algo que no venga en lata o en polvo. Quizás la hecatombe me llegó más temprano que a los demás y gracias a la flexibilidad propia de la niñez me acostumbré fácilmente al aislamiento, pues yo ya estaba refugiado en mis libros desde que sucedió lo de mi madre. Volví al sillón y el silencio me confirma que todo sigue tan tranquilo como anoche, solo lo interrumpe la voz de mi conciencia y me

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compadezco de ella, que parece obsesiva tratando de desvelarme con su cantaleta, la muy ingenua se olvidó que yo era el niño que se dormía sobre el parlante o nunca le conté que hace tiempo desarrollé un mecanismo de defensa contra las canciones de mis tíos y aprendí a conciliar el sueño en condiciones sumamente hostiles. Anoche también creyó que no podría dormirme pero afortunadamente los recuerdos nos cobijaron con aquellas serenatas.

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S

iento que tengo una tonelada de semillas para sembrar en una cucharada de tierra, estoy atraga ntado de preg untas y algo congestionado. No he parado de estornudar desde que desenterrĂŠ mis narices del jardĂ­n de los sueĂąos, me levantĂŠ directamente a enjuagarme los dientes queriendo determinar con urgencia si era toda la casa o toda mi persona la que apesta a cebolla. Pero eso ya no importa, una estaca envuelta en un sobre se ha interpuesto en mi camino para confirmar

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que las historias de mi padre son ciertas y de paso advertirme que no debería estar tan tranquilo. Esta maldita carta fue enviada por la maldita nacional de mariachis, la tiraron por debajo de la maldita puerta y me la reveló el maldito sol que aún no había coincidido conmigo desde mi maldito retorno. Bien afilada por el destino, esta carta pudo haber pinchado las llantas que la empantanaron, pero estaba esperando por mí y aguardó pacientemente hasta que yo la leyera para clavarme tantas dudas como le fue posible. Ya sé que nunca debí denigrar del sol, tampoco debí haber venido, ni debí subestimar a mi viejo. No sé que hacer, quisiera devolver el tiempo, degustar de nuevo la cebolla y olvidar el sabor de boca que me dejó esto que transcribo aquí textualmente:

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“ Está será la última vez que le llamemos asociado, con esta misiva enviamos nuestros saludos aunque no encontramos ánimos para ser cordiales. La nacional mariachi se disuelve y abandona sus instalaciones (casi demolidas) por falta de seguridad, sépase de antemano que todos los fondos de la cooperativa se desperdiciaron en servicios de vigilancia y ahora no tenemos más para ofrecer que unas cuantas recomendaciones: Piénselo muy bien antes de escapar porque es probable que no haya adonde ir, este fenómeno parece tener envergadura global y si aún no se ha declarado como pandemia es porque las comunicaciones también han colapsado. Intente quedarse en casa y abastecerse lo mejor posible (Si aún no lo hecho, deje de leer y hágalo ahora mismo), de ser imprescindible salir tómese la molestia de disimular su apariencia

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antes de exponerse al público, recuerde que ser reconocido dejó de ser un privilegio y hoy en día puede resultar fatal. Por otra parte, le rogamos encarecidamente que renuncie a conduci r veh ícu los contundentes pues definitivamente se hace inevitable avanzar sin atropellar a alguien; es evidente que nadie está vacunado contra este mal y usted mismo, así como cualquier otro asociado o sus familiares pueden contagiarse en el momento menos esperado. Consideramos que su carrera artística debería terminar aquí pero si piensa insistir con el optimismo le sugerimos preparar alguna decepción para sus presentaciones en vivo, ensaye bailes arrítmicos, prepare caídas grandilocuentes, trate de sonar desfasado y absténgase de interpretar las canciones que le pidan. Si se aventura a comunicar el concierto con antelación,

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evite mencionar el verdadero nombre de su agrupación, anuncié dos o tres direcciones inexistentes y empiece a tocar mucho antes de la hora estipulada. (En caso de haber poca concurrencia considérese afortunado.) Por último, olvídese de prolongar las despedidas y ejercítese en las artes de esfumarse súbitamente.”

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(Preview) Corazonadas del último mariachi  

Diario anónimo de un futuro latente

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