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ARISTOTELES SEPTIEMBRE 2013

“SU MAGAZINE FILOSOFICO, DONDE LO MISTICO SE COMBINA CON LA REALIDAD” NOMBRE DEL GRUPO:

ARISTOTELES INTEGRANTES DEL GRUPO:

ASTRID MARTINEZ ALDEMARIS GONZALEZ ROSA CAROLINA COTE

“portémonos con los amigos como querríamos que ellos se portaran con nosotros”


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EDITORIAL La obediencia del derecho expresa un concepto de contenido muy extenso y variado que le permite tener muchas complicaciones, admitir divisiones y ser contemplado desde distintas perspectivas. Por eso, aunque es fácil y claro definir aspectos parciales del derecho, es difícil dar una definición que abarque todos sus aspectos. El comportamiento humano, no es un objeto matemático ni natural que este regido por leyes exactas ni por el principio de causalidad física, tampoco es un fenómeno psíquico del que se pueda ocupar la ciencia psicológica, ni es un ser ideal, es un objeto cultural cuyo estudio pertenece a las ciencias de la cultura, estas no tienen la precisión de las ciencias exactas ni de las naturales, lo cual ocasiona dificultades a la hora de establecer definiciones. El hombre y las limitaciones de su libertad y la obediencia que debe tener para la sana convivencia con otros hombres es especial punto de este trabajo, la obediencia de estos preceptos es

muy

importante

para

mantener

ecuanimidad de las sociedades.

LAS AUTORAS

Astrid Martínez C.I. 21.129.943 Aldemaris González C.I. 21.246.502 Rosa Carolina Cote C.I. 11.499.015

la


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Definición de Filosofía, División de la Filosofía, Evolución de la Filosofía y sus representantes.

La Filosofía es la ciencia que se ocupa de responder los grandes interrogantes que desvelan al hombre como ser el origen del universo o del hombre, el sentido de la vida, entre otros, con el fin de alcanzar la sabiduría y todo esto se logrará a través de la puesta en marcha de un análisis coherente y racional que consistirá en el planteamiento y la respuesta de cuanta cuestión se nos ocurra, por ejemplo, qué es el hombre, qué el mundo, qué puedo conocer, qué puedo esperar de tal cosa. En relación con el origen de esta disciplina (y confiando en lo que Isócrates, contemporáneo de Platón, sostuvo en su momento), la filosofía tuvo su nacimiento en Egipto, aunque serían aquellos grandes pensadores de la época de oro de la Grecia Antigua, como Sócrates, Platón y Aristóteles los que más se han destacado en los diversos debates filosóficos que se suscitaban por ese entonces; para ellos, la razón de ser del filosofar era por el asombro que generaban algunas


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Circunstancias. Se destaca el trascendente aporte de Santo Tomás de Aquino, quien buscó sistematizar la filosofía de Aristóteles en el marco del pensamiento cristiano. Luego, ya en tiempos modernos, vendrían a ampliar las bases René Descartes con su duda metódica como método respuesta a los grandes interrogantes de la humanidad y Jaspers, quien en un lugar de oposición a todos estos, impuso el filosofar a partir de la sucesión de situaciones límites como puede ser la muerte. Y claro, la larga lista siguió a través de la historia con Kant, Hegel, Marx y Wittgenstein, entre los más destacados. Entonces, al no ocuparse de un único tema, sino de varios, la filosofía está dividida en varias ramas que se ocuparán

especialmente

de

darle

respuesta

a

las

problemáticas puntuales. Así

por

ejemplo

la

metafísica

se

ocupa

exclusivamente del ser, sus principios, fundamentos, causas y propiedades, la gnoseología, por su lado, del conocimiento, su naturaleza, alcance y origen, la ética, de la moral y la acción humana; la estética, de la esencia y la percepción de la belleza y por último la lógica que intenta echar luz sobre los razonamientos correctos y los que no lo son. Además de estas ramas diversas que enfocan a la filosofía sobre variados aspectos del saber humano, existen escuelas filosóficas surgidas de las diversas grandes culturas de la Tierra. Así, es posible señalar que, además de nuestra reconocida filosofía occidental, las civilizaciones del Asia han dado lugar a grandes filósofos con menor o mayor repercusión en los actuales tiempos de la globalización. Tanto China como India han aportado líneas de pensamiento existencial. Del mismo modo, las


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grandes religiones, en especial el cristianismo, han aportado escuelas filosóficas completas de variado impacto en el pensamiento moderno, en muchas ocasiones excediendo el marco propio de cada una de esas religiones. Lejos de ser una ciencia reservada para ―elegidos‖ o estudiosos específicos, la filosofía es una disciplina abierta y destinada al público general. Al igual que otras variantes de las ciencias modernas, la difusión de los conceptos generales de la filosofía por medio de la divulgación científica consiste en la manera más apropiada de hacer llegar estos conocimientos a todos los interesados. Se ha debatido sobre el componente subjetivo de la filosofía y, por consiguiente, por la posibilidad de no respetar la sistematización propia de las ciencias. Sin embargo, a pesar de que la experiencia personal y los conocimientos previos son pilares para el estudio y la profundización de esta disciplina, la filosofía no está exenta de la rigurosidad que vale aplicar a la totalidad de las ciencias sociales y del hombre; en este contexto, se advierten numerosos puntos en común con la sociología, la psicología y otras ramas similares. Pero y a pesar de las divisiones, que encuentran su sentido únicamente en una cuestión práctica y de ordenamiento, la filosofía, en esa característica típica de constante indagación, será en realidad la que provocará cada uno de estos cuestionamientos, dirigidos a lograr una visión más amplia y contextual del ser humano en su entorno personal, biológico y social.


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Relación de la filosofía con la ética; dimensión normativa de la ética. Diferentes definiciones de la ética.

Al hablar de una ética filosófica nos convertiríamos en unos contemporáneos del pasado; al hablar de una ética científica, nos convertiríamos en contemporáneos del futuro. Con ello estamos dándole a la ética una carta patente que tiene por fundamento a la ciencia en tanto que explicación objetiva y racional de la realidad existente.


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 RELACION ENTRE ETICA Y FILOSOFIA La ética es el estudio del comportamiento moral del hombre. La ética estudia, analiza, reflexiona, teoriza en torno a las morales imperantes en cada una de las sociedades históricas por las que ha atravesado en el hombre desde la época primitiva hasta nuestros días. La filosofía, por su parte, es un saber totalizador de la realidad, es la certeza indudable del conocimiento de lo real, la filosofía trata de lo general, de lo universal, no de lo particular por que la parcelizacion del conocimiento corresponde a las ciencias. 1º. La ética se relaciona con la filosofía por que detrás de todo comportamiento humano moral esta presente una cierta manera de pensar. 2º. La ética se relaciona con la filosofía por que la ética requiere de un método científico para aplicarlo en sus investigaciones. Este método lo proporciona la filosofía, el método analítico, el deductivo, el inductivo, analógico, etc. 3º. La ética aspira a la cientificidad, debe relacionarse con una filosofía también científica, esto es que aborde el estudio de la realidad de manera objetiva y racional. 4º. La ética se relaciona con la filosofía por que aquella maneja conceptos que requieren de un análisis filosófico. La ética maneja conceptos generales, es decir categorías como la libertad, la conciencia, etc. Que requieren de un estudio filosófico.  PROBLEMAS FUNDAMENTALES DE LA ETICA. Se llaman problemas fundamentales por que hasta ahora los tratadistas no se han puesto de acuerdo entorno a ellos. 1º. EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD. Uno de los problemas mas agudos, es el de la libertad. La liberta guarda una relación intima con la libertad de querer y la libertad de obrar. Mi voluntad es mucha para llevar a cabo un tipo de comportamiento y sin embargo las condiciones no son adecuadas para actuar. Esta es la libertad de obrar. El planteamiento inverso también seria legitimo.


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2º. EL VALOR. El valor se define como un gusto, como una elección entre varias conductas morales a seguir, toda conducta humana recibe una valoración moral; valoración moral implica tomar partido por tal tipo tal conducta moral adquiere un sentido positivo o un sentido negativo, es bueno o malo. La bondad o la maldad, la justicia o la injusticia, esta función es una concepción moral. Pero también podemos pensar en el objetivismo que seria el polo opuesto al primero o bien en una superación de la oposición mediante la concepción del materialismo histórico en el tratamiento de la objetividad de los valores se da en el seno de la sociedad. 3º. LA OBLIGATORIEDAD MORAL. Si ya hemos decidido tal acción moral, y la hemos valorado positivamente por su puesto, ahora estamos obligados moralmente, es decir ya no comprometimos, y ahora tenemos que cumplir. Esta obligación moral reside en el sujeto o fuera del sujeto. Dicho de otra manera esta obligación tiene su fundamento: en la autonomía o la heterónima de la moral. Si la obligación se fundamenta en el sujeto, asume la conducta autónoma. En el individuo recibe el fundamento de la normatividad. Pero también existe el polo opuesto: la heterónimo en la moral, sucede cuando el sujeto se obliga moralmente cuando toma como fundamento de su comportamiento todo lo que esta fuera de el, estos casos son problematizadores de la ética. 4º. CONCEPCIONES DE LA ETICA. Otro problema cardinal no menos importante que los anteriores reside en la concepción de la ética. Véase a continuación cuatro puntos de vista. ETICA NORMATIVA Implica tratar a la ética como una disciplina que dice a los hombres lo que tienen que hacer. Es prescribir una norma determinada a una acción determinada. Hablar de ética normativa no podría ser generalizado, si no mas bien se particulariza.


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ETICA FORMATIVA Es una disciplina formativa, por que a través de los tratamientos de los temas relacionados con la moral se da este proceso de formación humana, es formarle una conciencia moral, tratar de establecer, delinear un proceso de moralización del individuo.

ETICA CIENTIFICA Pretende fundamentar sus aseveraciones en la ciencia. Son cuatro características de la ciencia: racionalidad, sistematicidad, objetividad y universalidad.

ETICA FILOSOFICA Se aplica mediante el pensamiento y el razonamiento, debe de reflexionar sobre el comportamiento del hombre, entonces transformaría a la ética en una disciplina con su propio ámbito de estudio, ello enriquecería notablemente a la ética. Mas aun podemos hablar de ética filosófica de que detrás de cada comportamiento moral esta presente una cierta manera de pensar. Esto es, cada ser humano cuando actúa moralmente lo hace desde una perspectiva general, esto es filosófica.


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Axiología y los valores humanos. (Definiciones, características de los valores, clasificación de los valores) Etimológicamente el término proviene de dos voces griegas: ―axios‖ que significa ―valioso, estimable, digno de ser honrado‖; y logos que significa ―estudio, tratado o ciencia‖. La axiología, entonces, se entiende como la disciplina filosófica que se ocupa del problema del valor, es decir, ¿Cuál es la naturaleza del valor?, ¿los valores, son de un solo modo, se dan de un solo modo o hay tipos de valores? ¿De qué manera existen los valores? El hombre al relacionarse con su medio social, con su entorno, con el mundo, va a dar cuenta de él, va a tomar conciencia de él de dos maneras o de dos modos. Acto o experiencia contemplativa Es el momento en el cual el sujeto no se pone ni a favor ni en contra, sino sólo se da cuenta de la existencia de los objetos. Es en este momento donde se manifiestan los juicios de existencia. Juicios de existencia: Es aquel juicio en el cual el predicado sólo se hace referencia a las características, a las propiedades primarias o secundarias del objeto. Ejemplo: En verano hace calor. Acto o experiencia valorativa : Es el momento en el cual el sujeto se pone a favor o en contra del objeto, lo acepta o lo rechaza, se acerca o se aleja de él. Es en este momento donde se manifiesta los juicios de valor. Juicios de valor: Es aquel juicio por el cual el sujeto manifiesta su aceptación o su rechazo con respecto a un objeto. Ejemplo: El Perú es un país maravilloso. Elementos de la experiencia valorativa Sujeto: Es la persona que de alguna manera se relaciona con el objeto y acepta o rechaza. Esta estimación está influenciada por los siguientes factores: •Afectivo: Esta aceptación o rechazo del objeto según su valor, está influenciada por la relación afectiva que puede tener la persona con el objeto, o por los sentimientos que de alguna manera puede sentir con respecto al objeto que está valorando. •Activo: Es el conjunto de necesidades, intereses, motivos, etc. Que dentro de su actividad van a orientar la valoración del sujeto. •Intelectual: El acto valorativo no está determinado únicamente por la afectividad que


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presentamos o el deseo que tengamos, discernimos el valor de una cosa a través de un proceso racional, que es reflexivo, en e cual evaluamos por medio de nuestra capacidad racional los pro y los contra que hay en el objeto y con relación a los demás. Con respecto a estos factores esta división es esquemática, sabemos que estos se encuentran interrelacionados y hacen referencia al contexto social en e cual el sujeto de la valoración se desenvuelve. Objeto: Todo hombre, animal o cosa, es decir, todo objeto concreto; o toda situación, circunstancia o idea, es decir todo objeto abstracto.

Los valores pueden ser caracterizados a partir de las siguientes notas: a. Su Dependencia.- Los valores no existen por sí mismos, necesitan depositario en quien descansar; son como las cualidades de esos depositarios llamados bienes: la belleza de un cuadro, la elegancia de un vestido, la utilidad de una herramienta Los valores no son cosas ni elementos de las cosas, sino propiedades, cualidades sui generis, que poseen ciertos objetos llamados bienes. En virtud de que los valores necesitan de los bienes, se dice que pertenecen a los objetos, que son no independientes, entes parásitos (necesitan apoyarse en las muletas de la realidad). Antes de depositarse en los bienes, los valores son ―meras posibilidades‖; para actualizarse necesitan plasmarse, concretizarse en los bienes tangibles. b. Bipolaridad.- El valor oscila siempre dentro de una polaridad. Toda polaridad encierra los dos valores límites: bueno-malo (moral); verdaderofalso (ciencia); bello-feo (arte). Al primer término de toda valoración se le llama valor positivo y al segundo, valor negativo; a estos últimos también se les llama desvalores o contravalores. La característica de polaridad o bipolaridad consiste en que los valores se presentan desdoblados en un valor positivo y el correspondiente valor negativo. Es necesario advertir que el disvalor no implica una inexistencia, una negación del valor positivo; el valor negativo tiene tanto existencia efectiva como el valor positivo. c. Jerarquía.- Hay valores que son considerados superiores (dignidad,


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libertad) y otros como inferiores (los relacionados con las necesidades básicas o vitales). Las jerarquías de valores no son rígidas ni predeterminadas; se van construyendo progresivamente a lo largo de la vida de cada persona. d. Durabilidad.- los valores se reflejan en el curso de la vida. Hay valores que son más permanentes en el tiempo que otros. Por ejemplo, el valor del placer es más fugaz que el de la verdad. e. Integralidad.- cada valor es una abstracción íntegra en sí mismo, no es divisible. f. Flexibilidad.- los valores cambian con las necesidades y experiencias de las personas. g. Satisfacción.- los valores generan satisfacción en las personas que los practican. h. Trascendencia.- los valores trascienden el plano concreto; dan sentido y significado a la vida humana y a la sociedad. Consiste en que los valores se dan de un modo perfecto sólo en su esencia; pero cuando se encarnan en los seres materiales, existen de un modo imperfecto. Por ejemplo: El adolescente suele concebir los valores en toda su perfección, y no faltan ocasiones en las que sufre una grave desilusión cuando se percata de que la realidad de la vida no está a la altura de su concepción. La justicia, el amor, la fidelidad. La honradez, la bondad en general, siempre están en un nivel inferior al ideal que le corresponde. Lo peor acontece cuando la decepción crea un resentimiento; el sujeto llega a renegar de todos los valores. Porque no encuentra la libertad perfecta, reniega de la libertad y dice que no existe; no encuentra la justicia, la verdad, el amor perfectos, y reniega de ellos y actúa como si no existieran. Esto hay que delatarlo; porque, lejos de ser una actitud aceptable, es simplemente un acto de cobardía y debilidad. Los valores no están encarnados con perfección; pero el hombre es el encargado de encarnarlos con su esfuerzo y su perseverancia. Los valores proporcionan grandes satisfacciones al hombre; pero antes hay que conquistarlos.


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I. Preferibilidad.- Consiste en esa particularidad por la cual los valores atraen o inclinan hacia sí mismos la atención, las facultades y, en especial, la voluntad del hombre que los capta. Enfrente de las cosas, el hombre prefiere las que encierran un valor. En efecto, un objeto o una persona valiosa, inmediatamente nos inclina hacia ella. El hombre tiene una tendencia natural para dirigirse hacia algo valioso. Cuando una persona no ha captado un valor, queda indiferente hacia él, su ánimo no se inclina en pro o en contra. Pero basta atisbar el valor contenido en una persona o en un objeto, para que entre en función toda nuestra capacidad de apropiación. Quien ha captado la belleza, trata de conservarla para sí, e inclusive crearla. J. Objetividad.- Consiste en que los valores se dan en las cosas o personas (objetos) independientemente de que sean conocidos, o no, por alguien en particular. Así, por ejemplo, el valor ―utilidad‖ reside en una máquina de escribir, aunque ésta caiga en poder de unos salvajes analfabetos que no conozcan su uso y, por tanto, su utilidad. El valor moral de una persona reside en ella, aun cuando otros la juzguen en sentido opuesto, e inclusive, aun cuando el propio sujeto no sepa valorizar su propia actitud honesta. A propósito de esto, se puede añadir aquí que no es raro que se den casos de alto valor moral en los que el propio sujeto no se percate de los niveles que está viviendo, tan inaccesible para el común de los mortales. También sucede (y esto es lo más común) que la persona se sobre valorice en el orden moral, o intelectual o estético. Por lo dicho, ya se puede concluir que no es lo mismo el valor que la valoración. El valor es objetivo, se da independientemente del conocimiento que de él se tenga. En cambio, la valoración es subjetiva, o sea, depende de las personas que juzgan. Sin embargo hasta la misma valoración, para que sea valiosa, necesita ser objetiva, es decir, basarse efectivamente en los hechos reales que se están juzgando y no ser un producto arbitrario de las tendencias viciosas o circunstanciales desfavorables del que juzga.


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k. Dinamismo.- los valores se transforman con las épocas. l. Aplicabilidad.- los valores se aplican en las diversas situaciones de la vida; entrañan acciones prácticas que reflejan los principios valorativos de la persona.

“Los valores morales únicamente se dan en actos o productos humanos. Sólo lo que tiene una significación humana puede ser valorado moralmente, lo cual nos lleva a afirmar que sólo los actos o productos que los hombres pueden reconocer como suyos son los realizados con plena conciencia y libertad, y con respecto a los cuales se les puede atribuir una responsabilidad moral. En este sentido, podemos calificar moralmente la conducta de los individuos o de ciertos grupos sociales, así como las intenciones de sus actos, sus resultados y consecuencias. Un mismo producto humano puede soportar varios valores, aunque uno de ellos sea el determinante. Una obra de arte puede tener no sólo un valor estético, sino también una significación política y moral. Es perfectamente legítimo abstraer un valor de esta constelación de valores siempre y cuando no haya una reducción de valor entre uno y otro. Se puede juzgar una obra de arte por su valor religioso o político con la condición de que no se pretenda con ello deducir de esos valores su valor propiamente estético; simplemente se afirma que dicha obra no cumple con el valor moral esperado. Un mismo acto o producto humano puede ser valorado desde diversos ángulos ya que en él se encarnan o realizan distintos valores. Pero aunque los valores se conjuguen en un mismo objeto, no deben confundirse. Esto se aplica de un modo especial a los valores morales y no morales. Sin embargo, al establecer la distinción entre los primeros y los segundos hay que tener presente que los valores morales sólo se encarnan en actos o productos humanos y, dentro de éstos, en aquellos que se realizan libremente, es decir, con plena conciencia y voluntad. John F. Kennedy dijo alguna vez: “Un hombre hace lo que debe sin importarle las consecuencias personales, los obstáculos, las presiones ni los peligros, éste es el fundamento de toda moralidad humana”. En esta frase se pone de manifiesto la importancia del acto moral que tiene por objetivo otro ser humano. Lo cual nos lleva a preguntarnos efectivamente puede haber un acto moral que no incluya a otro individuo. La respuesta es sí, incluso una obra de caridad sin pensar en el beneficio inmediato, como hacer a un lado una piedra del camino para que cuando otra persona pase por ahí después no se tropiece; o la de construir un asilo para ancianos o un orfanato. Pero el valor moral más importante es aquel que se lleva a cabo de manera directa tal y como lo establece Gibran Jail cuando dice: “Es bueno dar cuando nos piden, pero es mejor dar cuando no nos piden


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porque significa que comprendemos a los demás. Esta clase de valores tiene un crédito doble, pues por un lado se hace el bien y por el otro se comprende al

prójimo anticipándose a lo que necesita. Hacer el bien suele ser un tanto complicado. Los filósofos griegos eran llamados “perros” precisamente por argumentar la ingratitud después del favor recibido. Mark Twain, escritor norteamericano, uno de los mayores en su país, dijo: “Recogéis a un perro que anda muerto de hambre, lo engordáis y no os morderá. Ésa es la diferencia más notable que hay entre un perro y un hombre”. La virtud dentro de los valores es hacer el bien sin esperar algo a cambio, incluso la gratitud”


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La Moral. Definiciones, características, implicaciones sociales y profesionales.

La moral son las reglas o normas por las que se rige la conducta de un ser humano en concordancia con la sociedad y consigo mismo. Este término tiene un sentido contrario frente al de «inmoral» (contra la moral) y «amoral» (sin moral). La existencia de acciones y actividades susceptibles de valoración moral se fundamenta en el ser humano como sujeto de actos voluntarios. Por tanto, la moral se relaciona con el estudio de la libertad y abarca la acción del hombre en todas sus manifestaciones. La palabra «moral» tiene su origen en el término latino mores, cuyo significado es ‗costumbre‘. Moralis (< latín mos = griego‗costumbre‘). Por lo tanto «moral» no acarrea por sí el concepto de malo o de bueno. Son, entonces, las costumbres las que son virtuosas o perniciosas. Las morales, pues hay muchas diferentes, se diferencian de la Ética o Filosofía moral en que ésta última reflexiona


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racionalmente sobre las morales con la finalidad de encontrar principios racionales que determinen las acciones éticamente correctas y las acciones éticamente incorrectas, es decir, busca principios absolutos o universales, independientes de la moral de cada cultura. Los antiguos romanos concedían a las mores maiorum (‗costumbres de los mayores‘, las costumbres de sus ancestros fijadas en una serie continuada de precedentes judiciales) una importancia capital en la vida jurídica, a tal grado que durante más de dos siglos (aproximadamente hasta el siglo II a. C.) fue la principal entre las fuentes del Derecho. Su vigencia perdura a través de la codificación de dichos precedentes en un texto que llega hasta nosotros como la Ley de las XII Tablas, elaborado alrededor del 450 a. C. Los conceptos y creencias sobre moralidad son generalizados y codificados en una cultura o grupo y, por ende, sirven para regular el comportamiento de sus miembros. La conformidad con dichas codificaciones es también conocida como moral y la civilización depende del uso generalizado de la moral para su existencia.

La moral es la conciencia que tiene una persona del bien y del mal por la cual se siente responsable de sus actos. La moral pertenece a nuestro mundo interior, mientras que la ética únicamente tiene que ver con la relación que los individuos deben observar con sus semejantes y está marcada por las costumbres y los usos sociales. No se puede, bajo ningún pretexto, confundir la bella moral, que es fuente de toda virtud, con la ética. La ética no es más que una caricatura de la moral, pues sólo tiene como objetivo cuidar que los componentes de una determinada sociedad no trasgredan las normas establecidas y puedan convivir según esas mismas normas.

Se puede observar que existen personas más conscientes y evolucionadas que


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otras y que, por lo tanto, existen diferentes tipos de moral. Unas son perfectas y superiores y otras muchas brutales y bárbaras. Por ello es necesario que comprendamos que, en realidad, existen tantas morales como seres humanos, y que los deberes de unas personas no son los mismos que los deberes de otras – así como sus privilegios.

No hay maldad en los hechos, sino en la bajeza con la que estos se realizan. Si los hechos son realizados con bondad y son limpios no seremos juzgados por ellos, o lo seremos ligeramente y sólo por nuestra ignorancia. Pero esos mismos hechos, realizados por otra persona y con otras intenciones, serán totalmente reprobables y sancionables. Por lo tanto, no se juzgan tanto los hechos en sí sino la intencionalidad, la bondad o la maldad con la que se realizan.

Existen unas leyes en este Universo que están más allá de las leyes humanas y que rigen el funcionamiento de la Vida. Se pueden comprobar viendo como al abuso de las facultades físicas sucede el dolor, y a los extravíos del espíritu siguen el pesar y el arrepentimiento. El conocimiento de estas leyes y su respeto genera en las personas la moral, la virtud y el bien. De esta forma, una persona puede acceder a una moral más elevada cuanto mayor sea su conocimiento sobre las leyes que gobiernan la Vida, cuanto mayor sea su conocimiento espiritual.

No es fácil el oficio de vivir dignamente, no. Para ello debemos ser conscientes y obrar adecuadamente, lo que significa estar enraizados en la virtud. Esto implica renunciar constantemente a la ventaja y al interés propio en favor de la moral y del sacrificio, lo que es algo así como un saber hacer del espíritu. Desde luego, resulta mucho más tentador revestirse de una moral aparente y jugar sucio tras el parapeto de la imagen. Pero la moral es autenticidad, transparencia del espíritu y verdad. Tenemos que ser los mismos en el pensamiento, la palabra y la obra. No podemos vivir pensando de una manera y hablando y actuando de otra.

A simple vista parece que la persona moral y virtuosa se halla muchas veces en


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desventaja para competir con un adversario inmoral. En una circunstancia concreta tiene más probabilidad de alcanzar un fin quien puede emplear cualquier medio, por que no tiene consciencia, que la persona virtuosa, pues ésta tiene que valerse con unos medios muy limitados. Pero si bien esto es verdad cuando consideramos un asunto aislado no es menos verdad que, con el tiempo, los inconvenientes de la virtud se compensan con las ventajas, así como las ventajas del vicio se compensan con los inconvenientes. En último término una persona espiritual y virtuosa llegará a conseguir el fin que prudentemente se proponga, y el inmoral expiará tarde o temprano sus iniquidades, encontrando la perdición en sus malos y tortuosos caminos. Lo recto y lo útil a veces parecen andar separados, pero no suelen estarlo sino por un corto recorrido. En apariencia llevan caminos opuestos y, sin embargo, el punto al que se dirigen es el mismo. Dios quiere por estos medios probar nuestra fortaleza, y el premio a nuestra constancia no siempre se hace esperar todo en la otra vida. Y aunque esto suceda alguna vez no es poca la recompensa el morir con la consciencia tranquila y sin remordimiento.


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Artículos elaborados por los participantes Porque se debe obedecer el derecho

En nuestro criterio decimos que el derecho se debe obedecer por es el que regula la conducta de la sociedad. Si el derecho no existiera el mundo sería una anarquía absoluta en donde todos haríamos lo que quisiéramos, el derecho rige la conducta humana en todo aspecto. También se puede decir que el derecho en ciertas ocasiones es justo y injusto, ya que ve los hechos y no lo que motivo a hacer estos hechos, pero al fin y al cabo existe el derecho para tener como base en la vida diaria una gran guía de comportamiento. Desde que los seres humanos nacemos estamos sujetos a la aplicación de derecho y este comienza con la existencia legal de la persona lo que conlleva a tener una serie de derechos y obligaciones. El derecho es muy importante y se debe obedecer porque existen multitudes de situaciones en la que este interviene como lo son: montarse en un autobús, comprar una entrada a un cine, adquirir un periódico. Para obtener estos aspectos debemos llevar una serie de obediencias.

Estado y obediencia al derecho

Afirmamos que la obediencia al derecho dentro de un estado se basa en la autoridad al considerar justas algunas leyes que realmente no lo son, es pues menester de la existencia de la justicia como un criterio valorador al cual recurren tanto las autoridades como los súbditos para calibrar la legitimidad del derecho por eso toda autoridad del estado de buena fe dejara de exigir una ley cuando se le demuestre que es injusta y los normados tampoco consideraran como derecho autentico a la norma que claramente se le manifiesta injusta y en la medida de lo posible se resistirá a cumplirla.


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En el estado el derecho no es una ciencia meramente especulativa, sino practica, dirigida a la acción. Los motivos inspiradores y las declaraciones teóricas del derecho ayudan a uniformar y a dar sentido a las reglamentaciones concretas y aplicaciones del mismo, las fuentes materiales o reales del derecho, ósea la materia y los garantes de esta ósea el estado constituyen un contenido de las normas que deben ser organizada de una manera racional y justa en orden al bien común, es importante observar que la realidad histórica de nuestros días, época de cambios rápidos y profundos que ocasionan desequilibrio y violencia exige una evolución cónsona con el derecho que siempre debe estar adaptado a la realidad del estado en relación con la obediencia del derecho. El conjunto de principios normativos de principios normativos esenciales al orden social que se fundan en la naturaleza humana, se conocen por la luz de la razón natural y se imponen a los hombres por fuerzas de la misma naturaleza en donde el estado cumple una función vital en relación a la obediencia del derecho por parte de sus ciudadanos, todo ser humano es impulsado por su propia naturaleza a vivir, educarse, desarrollar sus potencialidades físicas y espirituales hasta conseguir su realización como persona. Ahora bien, como el hombre es un ser sociable ese desarrollo lo conseguirá conviviendo y desarrollándose con otros hombres, de donde se sigue que estos tienen la obligación de respetarlo, no impedirle en sus esfuerzos en mejorar sus vidas, culturas, y que el tiene la facultad o poder frente a ellos de exigirles ese respeto, el estado debe ser garante de la obediencia al derecho. Estos deberes y derechos se fundan en aquel impulso o tendencia de la misma naturaleza humana, nadie dudara que en el caso hipotético de varios hombres apátridas que no pertenecen a ningún estado que vinieran en una isla desierta sin ninguna soberanía, ausencia de derecho positivo también existiera entre ellos tales deberes y derechos y si no muriera asesinado por otro, diríamos que se le habría privado del derecho a la vida. Ahora bien en la hipótesis propuesta donde se podría fundar ese derecho, únicamente en la naturaleza humana que tiene una tendencia natural a vivir, un derecho a la vida debe ser respetado por todos aun en ausencia de leyes positivas.


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Democracia y obediencia al derecho La democracia ofrece notables ventajas por que mediante ella pueden satisfacer muchos derechos de las personas particularmente los llamados económicos -sociales, entre los cuales están el derecho a la habitación, al trabajo a un descanso conveniente, a la recreación, pero al mismo tiempo la democracia y la obediencial al derecho amenaza con la perdida de la libertad individual al detallar cada vez mas la relación jurídica de las diversas relaciones sociales y también con la anulación de la personalidad, porque utiliza medios, sigue métodos y crea ambientes que dificultan que cada uno piense independientemente de los influjos externos y obre por iniciativa propia, ejercite su responsabilidad y afirme y enriquezca su persona. La democracia y la obediencia al derecho presenta este carácter ambivalente, los criterios de aplicación de acuerdo a la justicia social en democracia serian por parte de la autoridad, que sus actuaciones se fundaran en una sana concepción del bien común, por parte de los organismos intermedios, que gocen de autonomía efectiva de los poderes públicos, pretendan sus intereses específicos y que presenten la forma y el contenido de verdaderas comunidades, lo cual supone que sus miembros sean tratados y considerados como personas humanas y estimulados a tomar parte activas a sus vidas. Algunos de estos ideales democráticos los vemos en la practica muy lejos, todavía, de realizarse cuando observamos tantas actuaciones de gremios profesionales, sindicatos, ligas campesinas, motivados por egoísmo a fan de poder o espíritu partidista en ves de estar inspirados en los ideales del bien común y la justicia social.

Pluralismo jurídico y obediencia al derecho

Además de las normas morales, jurídicas y religiosas existen otras reglas de conducta para el hombre en su vida social, el pluralismo jurídico en nuestro


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sistema de gobierno nos ha otorgado una serie de mecanismos el cual crea derechos y obligaciones. El tema del pluralismo atraviesa diferentes etapas de la historia occidental, en los mundos medieval, moderno y contemporáneo, insertándose en una compleja multiplicidad de interpretaciones, posibilitando enfoques marcados por la existencia de más de una realidad y por la diversidad de campos sociales con particularidades propias. Si bien pueden ser identificadas numerosas doctrinas en el pluralismo de tenor filosófico, sociológico o político, el pluralismo jurídico no deja de ser importante, ya que comprende muchas tendencias con orígenes diferenciados y características singulares, comprendiendo el conjunto de fenómenos autónomos o elementos heterogéneos que no se reducen entre sí. No es fácil consignar una cierta uniformidad de principios en razón de la amplitud de modelos y autores aglutinados en su defensa desde matices conservadores, liberales,

moderados

y

radicales,

hasta

espiritualistas,

sindicalistas,

corporativistas, institucionalistas, socialistas. Lo cierto es que a través de los siglos XVII y XVIII, poco a poco el absolutismo monárquico y la burguesía victoriosa emergente desencadenan el proceso de uniformización burocrática que eliminaría la estructura medieval de las organizaciones corporativas, así como reduciría el pluralismo legal y judicial. A pesar de que se pueden encontrar las bases teóricas iníciales de la cultura jurídica monista en la obra de autores como Hobbies y en el desarrollo del Estado Nación unificado, fue con la República Francesa pos revolucionaria, que se aceleró la disposición de integrar los diversos sistemas legales en base a la igualdad de todos ante una legislación común. Un examen más atento nos revela que la solidificación del "mito monista", o sea, el mito de la centralización, se alcanza por las reformas administrativas napoleónicas y por la promulgación de un único y un mismo código civil para regir a toda la sociedad. La consolidación de la sociedad burguesa, la plena expansión del capitalismo industrial, el amplio dominio del individualismo filosófico, del liberalismo político económico y del dogma del centralismo jurídico estatal,


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favorecen una fuerte reacción por parte de las doctrinas pluralistas a fines del siglo XIX y mediados del siglo XX. No parece haber dudas de que en las primeras décadas del siglo XX, como alternativa al normativismo estatal positivista, resurge el pluralismo en la preocupación de los jusfilósofos y publicistas (Gierke, Hauriou, Santi Romano y Del Vecchio) y de los sociólogos del derecho (Ehrlich y Gurvitch). No menos importante será la retomada del pluralismo en los años 50 y 60 por investigadores empíricos en el ámbito de la antropología jurídica (L. Pospisil, S. Falk Moore y J. Griffiths)5. En razón de su significación contemporánea, importa tener una noción clara de qué es el pluralismo, sus causas determinantes, tipología y objeciones. Para comenzar hay que designar al pluralismo jurídico como la multiplicidad de prácticas existentes en un mismo espacio socio político, interactuantes por conflictos o consensos, pudiendo ser oficiales o no y teniendo su razón de ser en las necesidades existenciales, materiales y culturales. Partiendo de este concepto, se resaltan algunas de las causas determinantes para la aparición del pluralismo jurídico. Examinando más atentamente el fenómeno, apunta el profesor de Coimbra, Boaventura de Sousa Santos, que el surgimiento del pluralismo legal reside en dos situaciones concretas, con sus posibles desdoblamientos históricos: a) "origen colonial"; b) "origen no colonial". En el primer caso, el pluralismo jurídico se desarrolla en países que fueron dominados económica y políticamente, siendo obligados a aceptar las normas jurídicas de las metrópolis (colonialismo inglés, portugués etc.). Con esto, se impuso, forzosamente, la unificación y administración de la colonia, posibilitando la coexistencia, en un mismo espacio, del "Derecho del Estado colonizador y de los Derechos tradicionales", autóctonos, convivencia ésta que se volvió, en algunos momentos, factor de "conflictos y de acomodaciones precarias"7. Más allá del contexto explicativo colonial, Boaventura de Sousa Santos resalta que se debe considerar en el ámbito del pluralismo jurídico de "origen no colonial", tres situaciones distintas. En primer lugar, países con culturas y


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tradiciones normativas propias, que acaban adoptando el Derecho europeo como forma de modernización y consolidación del régimen político (Turquía, Etiopía etc.). Por otro lado, se trata de la hipótesis en que determinados países, después de sufrir el impacto de una revolución política, continúan manteniendo por algún tiempo su antiguo Derecho, a pesar de haber sido abolido por el nuevo Derecho revolucionario (repúblicas islámicas incorporadas por la antigua URSS). Finalmente, aquella situación en que poblaciones indígenas o nativas no totalmente exterminadas o sometidas a las leyes coercitivas de los invasores, adquieren la autorización de mantener y conservar su Derecho tradicional (poblaciones autóctonas de América del Norte y de Oceanía). Además, siendo la pluralidad normativa y cultural uno de los rasgos centrales de la esfera jurídica en América Latina, es fundamental subrayar que, aunque entendido como tendencia y no como fenómeno generalizado, dicho rasgo pose de un origen y permanencia históricas no admisibles de negligencia, puesto que su estructura esta enmarcada por un conjunto de macro-variables históricas solo pasibles de investigación profunda si acompañadas de un recorrido de sus diversas trayectorias en el tiempo. Finalmente, en lo que se dice respecto a las "objeciones" hechas al pluralismo jurídico, cabe citar las objeciones apuntadas por los autores de perfil teórico, tanto tradicional, como de los innovadores. Parte del argumento es percibido por la fase ambigua del pluralismo jurídico que, tanto se puede revelar como una estrategia global progresista, como un proyecto de aspecto conservador. Entonces, si por detrás de un pluralismo se encuentra un Gurvitch o un Proudhon, por otro lado, en el rol del monismo, se alinean pensadores como Max y Hegel. La relatividad de estas ponderaciones refuerza la propuesta de que, para Norberto Bobbio, la propuesta teórica del pluralismo puede ocultar tanto una ideología revolucionaria inserta en un orden que contribuye para la "progresiva liberación de los individuos y de los grupos oprimidos por el poder del Estado", como una ideología reaccionaria interpretada como "un episodio de la desagregación o de la substitución del Estado y, por lo tanto, como síntoma de una eminente e incomparable anarquía".


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En síntesis, la introducción del pluralismo jurídico implica, hoy, no sólo admitir que el tema involucra complejidad, ambigüedad y límites, como sobre todo, que el mismo puede ejercer una función ideológica instrumental "conservadora" o "emancipadora".

Justificación de la obediencia al derecho

El Derecho no puede crear obligaciones porque el concepto de obligación y el de un imperativo precedente de una voluntad ajena y revestida de coacción son términos contradictorios... Con ello desembocamos en el gran problema de los límites de la obediencia jurídica. Si no hay más obligación que la obligación en sentido ético, el fundamento de la obediencia al Derecho basado en el aseguramiento de las relaciones sociales o en otras razones análogas es sólo, por así decirlo, un fundamento presuntivo o condicionado; un fundamento que sólo puede serlo en el pleno sentido de la palabra si el Derecho no contradice el mundo autónomo de los imperativos éticos. Si un derecho entra en colisión con la exigencia absoluta de la obligación moral, este derecho carece de vinculatoriedad y debe ser desobedecido... O dicho con otras palabras: mientras que no hay un fundamento ético para la obediencia al Derecho, sí que hay un fundamento ético absoluto para su desobediencia. Este fundamento está constituido por la conciencia ética individual». Habermas

llama

a

los

intereses

generalizables

«necesidades

comunicativamente compartidas», pues sólo a través del intercambio de argumentos en el discurso cabría que los miembros de la sociedad se pusiesen de acuerdo sin coacción sobre las normas a aceptar como válidas. Para ser exactos y como es bien sabido, semejante «consenso alcanzado argumentativamente» requeriría que el discurso se ajustase a las condiciones de lo que Habermas da en llamar una «situación ideal de habla» o de diálogo, que sería aquella situación que concurre «cuando para todos los participantes en el discurso está dada una distribución simétrica de las oportunidades de elegir y realizar actos de habla», es


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decir, aquella situación en la que «todo el mundo pueda discutir y todo pueda ser discutido», de manera que en ella reine, pues, la comunicación sin trabas. Con Rousseau aparece —por lo que atañe a las cuestiones de índole práctica, en las que se ventila la justificación de normas y de acciones— el principio formal de la Razón, que pasa a desempeñar el papel antes desempeñado por principios materiales como la Naturaleza o Dios... Ahora, como quiera que las razones últimas han dejado de ser teóricamente plausibles, las condiciones formales de la justificación acaban cobrando fuerza legítimamente por sí mismas, esto es, los procedimientos y las premisas del acuerdo racional son elevadas a la categoría de principio...». La formación discursiva de una voluntad racional es para Habermas lo mismo que su formación «democrática», de suerte que se trata de un proceso en el que «todos somos» (o deberíamos ser) participantes». Y, en cuanto a la propuesta de democracia radical o «democracia participatoria» que de ahí se seguiría, ésta concreta algo, en términos políticos, la abstracta alusión a «la distribución simétrica de las oportunidades de elegir y realizar actos de habla». Rousseau había dicho que nadie está obligado a obedecer ninguna ley en cuyo establecimiento no haya participado. La sumisión a cualquier otra ley es simplemente esclavitud, mientras que, como Kant repetiría casi con idénticas palabras, la obediencia a la ley que uno se da a sí mismo es cabalmente libertad. Thomas McCarthy dice: «En lugar de considerar como válida para todos los demás cualquier máxima que quieras ver convertida en ley universal, somete tu máxima a la consideración de todos los demás con el fin de hacer valer discursivamente su pretensión de universalidad». En la teoría del contrato no hay otro procedimiento para determinar la justicia o injusticia de una decisión colectiva que el democrático recuento de los votos de los ciudadanos. El imperativo categórico kantiano prescribe: «Obra de tal modo que tomes a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca meramente como un medio». La «humanidad», o condición humana, es para Kant aquello que hace de los hombres fines absolutos u «objetivos», que no podrán servir de meros medios


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para ningún otro fin, a diferencia de los fines subjetivos o «relativos» que cada cual pudiera proponerse a su capricho y que, en rigor, son sólo medios para la satisfacción de este último. Cuándo una decisión colectiva atenta contra la condición humana, pregunta a la que, en mi opinión, no cabe responder sino que la «conciencia individual» y sólo la conciencia individual. Kohlberg distingue dentro del estadio de la post convencionalidad, y con esta secuencia, dos etapas: la de la orientación «contractualista» de la conciencia moral —en que el acuerdo se convierte en fundamento de la obligación— y la de su orientación por «principios éticos», que podrían a su vez prevalecer sobre cualquier acuerdo previamente adoptado. En cuanto a la conciencia ética individual, y con acento que alguien diría «existencialista», González Vicén ha subrayado que «sus decisiones son siempre solitarias en su última raíz». Contra lo que sus críticos parecen temer a veces, la soledad no tiene nada que ver con la insolidaridad. Desde la perspectiva ética del individualismo no se desprende que un individuo pueda nunca imponer legítimamente a una comunidad la adopción de un acuerdo que requiera de la decisión colectiva, sino sólo que el individuo se halla legitimado para desobedecer cualquier acuerdo o decisión colectiva que atente — según el dictado de su conciencia— contra la condición humana. González Vicén dice: «La desobediencia ética no persigue, por definición, ninguna finalidad concreta y no es, por eso, tampoco susceptible de organización, no busca medios para su eficacia. Su esencia se encuentra en el enfrentamiento de la existencia individual consigo misma».

Definición de la desobediencia civil Es una forma de disidencia política desarrollada especialmente por los movimientos en defensa de los derechos civiles y políticos. Consiste básicamente ―en una quiebra consciente de la legalidad vigente con la finalidad no tanto de buscar una dispensa personal a un deber general de todos los ciudadanos (objeción de conciencia), sino de suplantar la norma transgredida por otra que es


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postulada como más acorde con los intereses generales. Intereses que, no obstante, han de ser identificados a través de un procedimiento democrático de formación de la voluntad‖.

Características de la desobediencia civil

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En general, es ejercida por personas conscientes y comprometidas con la sociedad -es lo que Hannah Arendt denomina minorías cualitativamente importantes-, lo cual les lleva a ser tan activas como críticas respecto a ciertas decisiones políticas que se han transformado en ley. La actividad desplegada por aquellos que ejercen la desobediencia civil es tan intensa y de tal naturaleza que desborda los cauces tradicionales de formación y ejecución de la voluntad política. Los ciudadanos que practican la desobediencia civil son capaces de imaginar un orden social mejor y en su construcción la desobediencia civil se convierte en un procedimiento útil y necesario.

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Se entiende que el comportamiento de estos ciudadanos no está movido por el egoísmo sino por el deseo de universalizar propuestas que objetivamente mejorarán la vida en sociedad. Esta condición no niega que en ocasiones puedan coincidir intereses personales o corporativos con intereses de carácter general. Simplemente, pone de manifiesto que sería imposible consolidar un movimiento de desobediencia civil que únicamente se limitase a defender conveniencias particulares.

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Consecuentemente, los ciudadanos que la practican se sienten orgullosos. Para ellos, la desobediencia civil es un deber cívico más, es una exigencia que procede de ciertas convicciones a las que es posible atribuir un valor objetivo y constructivo.

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Por ello, es fácil adivinar que el ejercicio de la desobediencia civil ha de ser público, a lo cual contribuye también la pretensión de quienes la practican de convencer al resto de los ciudadanos de la justicia de sus demandas.


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Su ejercicio no vulnerará aquellos derechos que pertenecen al mismo bloque legal o sobre los que se sostiene aquello que se demanda. En cambio, su práctica podrá negar derechos de genealogía no democrática o que pretendan perpetuar privilegios injustificables. Entre las muchas consecuencias que se deducen de esta propiedad se encuentra la de que la desobediencia civil se ejercerá siempre de manera pacífica. Por ello, la desobediencia civil se encuentra en las antípodas de las prácticas ligadas a aquellas filosofías irracionales que ven en la violencia la manifestación más pura de lo vital.

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Con ella no se pretende transformar enteramente el orden político ni socavar sus cimientos, sino promover la modificación de aquellos aspectos de la legislación que entorpecen el desarrollo de grupos sociales marginados o lesionados o, en su caso, de toda la sociedad.

Definición de la objeción de conciencia

La Objeción de Conciencia se entiende como la posibilidad que tiene todo ser humano de negarse por razones éticas, políticas, étnicas, religiosas y humanitarias, a colaborar con toda forma de dominación económica, social, política, cultural, religiosa y militar. Tiene vigencia en todo el mundo. En cada lugar adquiere particularidades que la precisan y determinan. Las formas y los mecanismos de dominación varían, por lo que la Objeción de Conciencia y su estrategia de no violencia requieren una adecuación de la expresión y los mecanismos para su práctica que no son exclusivos pero que deben adaptarse a las situaciones concretas. La objeción de conciencia es una actitud individual frente a un problema colectivo. La objeción de conciencia es una opción transformadora.


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Características de la objeción de conciencia

La objeción de conciencia es el rechazo al cumplimiento de determinadas normas jurídicas por ser éstas contrarias a las creencias éticas o religiosas de una persona. Puede plantearse ante cualquier tipo de mandato que se derive del ordenamiento jurídico, como normas médicas u obligaciones tributarias: el supuesto más destacado, no obstante, es la objeción de conciencia al servicio militar. Desde posturas iusnaturalistas que consideran que existe un orden normativo superior al Derecho positivo, la objeción de conciencia se define como un derecho subjetivo a resistir los mandatos de la autoridad cuando contradicen los principios emanados del Derecho natural. De alguna manera, entronca con otras figuras de desobediencia al derecho, especialmente con la desobediencia civil y, de manera aún más lata, con el denominado derecho de resistencia a la opresión, proclamado en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano al inicio de la Revolución Francesa (1789). Sólo algunos ordenamientos reconocen un derecho a la objeción de conciencia, generalmente en relación con el servicio militar, el aborto y algunas leyes referidas a la libertad religiosa.

Reparos de la objeción de conciencia

En Estados Unidos En 1935 Billy y Lilian Gobitas, dos niños testigos de Jehová, fueron expulsados de su escuela en Minersville (Pennsylvania) debido a negarse a saludar a la bandera de su país, ya que de acuerdo a sus creencias aquello constituía un acto de idolatría (Éxodo 20:3-5). Después de una serie de juicios, en los cuales se falló a favor y luego en contra, finalmente la Suprema Corte de los Estados Unidos reconsideró dichos estudiantes estaban en su derecho de ejercer su libre expresión y libertad de culto amparados por la Primera Enmienda de la Constitución de su país al expresar sus convicciones religiosas,


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las cuales incluirían el negarse a cualquier forma de veneración a algún símbolo de unidad nacional. Las declaraciones de los hermanos Gobitas se encuentran registradas en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. En España, el derecho a la objeción de conciencia viene recogido en la Constitución, aunque en exclusiva referencia al servicio militar: La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria.

Justificación de la objeción de conciencia Cuando una persona, por razones éticas, religiosas o ideológicas, se decanta por el ―no‖ a la ley, lo hace por considerarlo un deber de conciencia (un mecanismo axiológico), diverso del planteamiento puramente psicológico del delincuente común, que viola la norma por intereses inconfesables. Las convicciones que apoyan esa objeción deben asentarse en ―un sistema de pensamiento suficientemente orgánico y sincero‖, como establece la jurisprudencia de la Corte europea de Derechos humanos de Estrasburgo. No es, pues una anomalía en el marco de las democracias y, aunque no tenga una regulación específica en la mayoría de los ordenamientos jurídicos, se considera como una derivación del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa (artículo 16, 1 CE). Así lo ha reconocido, de modo expreso, el Tribunal Constitucional –además de a los objetores contra el servicio militar- a los médicos y demás personal sanitario en relación con el aborto. Respecto a los farmacéuticos, el reconocimiento de este derecho no había sido necesario, en buena parte, porque hasta hace poco no se planteaba la posibilidad de que ellos cooperasen en el aborto o en otras prácticas éticamente comparables. La situación cambia con la PDD , que, en muchos de los casos, actúa como abortiva; lo que obliga a este colectivo a luchar para su reconocimiento, al igual que en su día hicieron los médicos.


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El ámbito de la objeción de conciencia se extiende más allá del ámbito sanitario (la pena de muerte, la tortura y otras prácticas inhumanas o denigrantes, la lucha por la paz, la eutanasia, la defensa de la familia, la libertad de enseñanza, etc.), donde se puedan dar dictar normas o impulsar desde el poder actuaciones que vayan contra la libertad de conciencia. En México la objeción de conciencia no se encuentra reglamentada a diferencia de otras naciones donde los profesionales de la salud puden negarse, ya sea por cuestiones morales o creencias religiosas, a realizar algún procedimiento que consideren no ético y que sin embargo deben realizar por ley. En abril de 2007, el jefe del gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard hizo declaraciones respecto a que los trabajadores del sistema de salud de la entidad dependientes de su gobierno deberían acatar las disposiciones en cuestión del aborto voluntario (bajo pena de perder su empleo) y que no podían acogerse al argumento de objeción de conciencia para no realizarlo ya que no se aplicaba en esos casos pues los médicos como servidores públicos estaban "obligados a acatar las disposiciones" ya que "el aborto es un derecho". De igual forma, Leticia Bonifaz, consejera jurídica del Distrito Federal, dijo que los médicos deben justificar su postura ya que en México la objeción de conciencia está poco desarrollada. En febrero de 2009, la NOM 046 estableció que ―en caso de violación, las instituciones prestadoras de servicios de atención médica deberán, de acuerdo a la Norma Oficial Mexicana aplicable, ofrecer de inmediato y hasta en un plazo de 120 horas después de ocurrido el evento, la anticoncepción de emergencia, previa información completa sobre la utilización de este método, a fin de que la persona tome una decisión libre e informada‖ lo cual implica la realización obligatoria del aborto inducido por lo que el personal médico no podría acogerse a la libertad de conciencia, de lo contrario se atendrían a sanciones de tipo administrativo.


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Estatuto jurídico de la objeción de conciencia

El tipo de análisis de las objeciones de conciencia que aquí se propugna se basa en la idea de que un Estado de derecho es al mismo tiempo un Estado de derechos, con la consecuencia de que los poderes públicos están obligados a procurar una adaptación razonable a los deberes de conciencia de los ciudadanos, en la medida en que no se perjudique un interés público predominante. Naturalmente, ese deber de adaptación no depende de lo ‗razonable‘ o menos de una determinada objeción en el contexto de una sociedad determinada, ni de la simpatía o temor que pueda despertar. El análisis jurídico de cada objeción, siguiendo el procedimiento del equilibrio de intereses, ha de realizarse con independencia del contenido concreto de las creencias invocadas por el objetor: ya sean éstas ‗razonables‘ o no, típicas o atípicas, estrictamente individuales o con el claro refrendo institucional de una confesión religiosa. Así lo reclama la neutralidad ética del Estado, que implica una ausencia de juicio sobre qué es lo moralmente correcto, excepto en aquellas cuestiones que afectan a los principios éticos que fundamentan el orden jurídico, y especialmente el orden constitucional. Análogas razones explican que la protección de la libertad de conciencia del objetor haya de ser la misma independientemente de que sus creencias sean religiosas o no. Es universalmente admitido que la libertad de conciencia es un derecho

primordialmente

individual

que

comprende

tanto

las

actitudes

positivamente religiosas como las inspiradas en posiciones ateas o agnósticas. El hecho de que la objeción de conciencia esté respaldada por un credo institucional religioso no le otorga de suyo un plus de protección respecto al objetor ateo o agnóstico, aunque sí puede considerarse como un elemento de prueba respecto a la sinceridad de la objeción (es decir, la prueba de que no se alega la objeción fraudulentamente, con la simple intención de evitar un gravamen legal). Desde la perspectiva del equilibrio de intereses, la tutela jurídica de las objeciones de conciencia no precisa, en rigor, de su específico reconocimiento legislativo. Al constituir una manifestación del derecho constitucional a la libertad


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de conciencia, y al ser la Constitución una norma directamente aplicable, su protección bien puede llevarse a cabo en sede judicial aunque no se haya producido, para un tipo concreto de objeción, la interpositio legislatoris. Siendo clara la posibilidad —y la necesidad— de la tutela judicial de las objeciones de conciencia, es también indudable la utilidad de su regulación por vía legislativa en un sistema como el español, perteneciente a una tradición jurídica todavía fuertemente impregnada de positivismo legalista. Tener respaldo legislativo daría a muchos jueces un ‗sentido de seguridad‘ que no encuentran en la Constitución. De manera que el reconocimiento explícito del legislador vendría a ser una garantía del estatuto jurídico de los objetores de conciencia, en la medida en que subsanaría los efectos negativos de una posible actitud legalista por parte de algunos tribunales. En todo caso, la responsabilidad de los jueces en esta materia no puede ser sustituida por la legislación, que por su naturaleza es menos ágil y flexible, y sólo podría limitarse a los supuestos de objeción de conciencia que han adquirido una cierta difusión social. En relación con este tema se encuentra la cuestión de hasta qué punto resulta necesario que la ley, cuando reconoce la legitimidad de una objeción de conciencia, establezca una prestación sustitutoria. De suyo, la prestación sustitutoria no es esencial al reconocimiento de cualquier clase de objeción de conciencia. Esto es algo que pertenece a la lógica misma de los derechos fundamentales, cuyo ejercicio, naturalmente, no grava a la persona con un plus de obligaciones legales. La prestación sustitutoria tiene sentido cuando resulta precisa para garantizar dos objetivos: la tutela del principio de igualdad y evitar — en lo posible— el fraude de ley. Es decir, cuando se impone al objetor un gravamen que tiende a igualar su posición con la del resto de los ciudadanos que se somete a la norma. O cuando se pretende disuadir a potenciales pseudoobjetores de alegar inexistentes motivos de conciencia para liberarse de un deber legal.


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Diferencias entre desobediencia civil y objeción de conciencia

Estas notas no tienen otra pretensión que servir de punto de partida y como expresión de una opinión básica que puedan ser utilizados en el debate. 1. Entendemos por objeción de conciencia la posibilidad del obligado por un mandato jurídico de oponerse a su cumplimiento alegando sus propias convicciones personales. Es evidente que no es posible separar el concepto del ser humano de la existencia de ideas, opiniones, creencias o convicciones. A los efectos que aquí interesan, una primera restricción limitaría la posibilidad de objeción de conciencia a lo que definiríamos como convicciones, siguiendo para ello al TEDH (STEDH de 25 febrero de 1982), según el cual la palabra ―convicciones‖ se aplicaría solo a la opinión que alcanza determinado nivel de obligatoriedad, seriedad, coherencia e importancia. 2. Precisamente esas características de la convicción hacen que no baste reconocer al individuo la libertad de pensamiento si se le impide vivir conforme a él. Si se trata de convicciones básicas y esenciales, su existencia es inseparable de la pretensión de llevarlas a la práctica, es decir, de vivir conforme a ellas. Así lo reconoció el Tribunal Constitucional (TC) en la STC 15/1982, al decir que ―Para la doctrina, la objeción de conciencia constituye una especificación de la libertad de conciencia, la cual supone no sólo el derecho a formar libremente la propia conciencia, sino también a obrar de modo conforme a los imperativos de la misma‖. 3. De otro lado, la objeción se caracteriza generalmente por un planteamiento que obedece a una finalidad de salvaguardia individual de las propias convicciones: no se trata de obtener una rectificación de la legislación sino de no cumplir un deber por razones de conciencia individuales de quien lo plantea, lo que lo diferencia de la desobediencia civil. También generalmente se presenta como supuestos de conducta omisiva, aunque no puede excluirse el planteamiento de la objeción de conciencia frente a una imposición legal de omitir, cuyo reverso sería la acción.


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4. Frente a estas consideraciones, que en principio avalarían la objeción, se alzan otras que la restringen. La propia organización del sistema social y político no permite que cada uno actúe de modo diferente a lo que marca la ley amparándose en sus creencias, convicciones, ideas, opiniones o forma de ver la vida. Ello implicaría la misma desaparición del sistema, o al menos, su ingobernabilidad, con los evidentes perjuicios de toda clase. 5. La situación de los funcionarios, y entre ellos, de los jueces, presenta algunas peculiaridades que la distinguen de la de los ciudadanos en general. Son también ciudadanos y en esa medida son titulares de los derechos que reconoce la Constitución. Pero tienen una relación especial (de sujeción) con el Estado (si son estatales

o

con

quien

corresponda

en

otros

casos).

Al

incorporarse

voluntariamente al estatus funcionarial admiten una serie de obligaciones que incluyen el reconocimiento de la obligación de aplicar la ley vigente en la esfera de su propia competencia. Se trata de normas elaboradas dentro del sistema democrático mediante un procedimiento en el que saben de antemano que no van a participar directamente y respecto de las cuales no se les consulta su parecer ni se requiere su asentimiento. Concretamente los jueces tienen como característica esencial la sumisión al imperio de la ley no solo en el sentido de la obligación de cumplirla, sino además como obligación de hacerla cumplir a otros. En caso de conflicto con las propias convicciones la cuestión es determinar el alcance de esa obligación y sus límites, si se pudieran establecer. No es sencillo. Para empezar es difícil que una decisión de esta naturaleza no afecte al orden público (artículo 16 CE). Con peso contrario, cabría preguntarse en qué medida se causa un perjuicio al interés público, a terceros o al Estado cuando la función pública puede ser prestada en el caso concreto por un no objetor. En cualquier caso, no parece aceptable un planteamiento según el cual el funcionario solo tenga dos opciones: o acepta todo lo que aparezca en la ley o abandona su profesión. Al menos para los casos más graves debería haber soluciones intermedias.


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6. El Tribunal Constitucional, refiriéndose en la mayoría de los casos a la objeción de conciencia a la prestación del servicio militar y en algunos casos a la libertad religiosa, ha evolucionado desde una apertura casi total hacia una seria y casi completa restricción para luego abrir algunas puertas nuevamente a situaciones intermedias, aunque relacionadas más bien con la libertad religiosa. 7. El debate no está finalizado. Como regla de principio, si el conflicto del individuo se produce con el ordenamiento jurídico y si el propio ordenamiento reconoce la entidad de aquello sobre lo que se construye el origen del conflicto, parece que las posibles soluciones deben estar contempladas en el mismo ordenamiento. De otro lado, es importante identificar los intereses en conflicto. De un lado el cumplimiento de leyes mayoritariamente aceptadas y de otro no tanto la excepción al cumplimiento, sino el correcto cumplimiento de otras normas que prevén el respecto a las creencias individuales mediante el respeto a la libertad ideológica y religiosa. Es conveniente en todo caso establecer algunas cautelas: - Comprobación de la existencia de las creencias y de su carácter esencial para quien las alega. - Comprobación de la realidad del conflicto, descartando conflictos aparentes. - Examen particularizado de las consecuencias particulares y generales del incumplimiento. - Posibilidad de sustituir al objetor por otro que dé cumplimiento a la norma sin perjuicio para el interés público. - Posibilidad de sustituir el deber por otro equivalente. 8. La desobediencia civil, cuyas bases fácticas pueden coincidir en parte al menos con los supuestos de objeción de conciencia, se puede definir como el acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno (Rawls). Hay otras muchas definiciones, pero son sustancialmente coincidentes.


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En cualquier caso, la desobediencia apela a cauces distintos de los establecidos para resolver el conflicto. Eso hace que se sitúe en posiciones de ilegalidad, que normalmente provocan una reacción, en principio legítima, del poder. De cualquier forma, también como petición de principio, no es posible que por la vía de la desobediencia civil, las minorías, de inevitable existencia, consigan excluirse del cumplimiento de las decisiones legítimamente adoptadas por el poder democrático. Deben ser otras las vías (y además, son posibles) para conseguir que los criterios propios coincidan con los mayoritarios. La sociedad civil puede movilizarse sin llegar al incumplimiento frontal de la ley. Para eso está la Constitución y los límites que se derivan de ella para el ejercicio del poder, como marco aceptado por todos y exigible a todos. Cuando se entienda que existe una colisión con la Constitución debería acudirse a los mecanismos contemplados en el ordenamiento. Cuando la Constitución permita optar por una u otra solución, las reglas del juego imponen el criterio de la mayoría. La desobediencia civil puede ir desde manifestaciones e infracciones a la ley destinadas a ocasionar casos de prueba ante los Tribunales, hasta la acción militante y la resistencia organizada. La desobediencia civil , según Rawls es definida como un acto público no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido habitualmente con el propósito de ocasionar un cambio a la ley o a los programas de gobierno. En un régimen constitucional justo los Tribunales pueden oponerse o respaldar a los disidentes, declarando la ley o el acto gubernamental, o política de gobierno, como no legal o contraria al orden constitucional o al sentido de justicia de las mayorías. La desobediencia civil es un acto político, fundamentalmente porque es un acto guiado y justificado por principios políticos. Justificar la desobediencia civil, implica compartir la justicia comúnmente compartida. La violación persistente y deliberada de los principios básicos constitucionales y legales, por un período prolongado o no, dependiendo de la gravedad de la violación, invita a la sumisión o a la resistencia, al realizarse un acto de desobediencia civil una minoría, si es el


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caso, obliga a la mayoría a considerar si desea que así se interprete su actuación, o si desea reconocer como legítimas las pretensiones de la minoría. La desobediencia civil es un acto público no sólo se dirige contra actos públicos sino que se comete en público, no es encubierta ni secreta, se da a conocer abiertamente y con el aviso necesario. La desobediencia civil no es violenta: puede violar la ley, pero mantiene un grado de fidelidad a las leyes y un reconocimiento de legitimidad de la constitución a la que se opone. No implica la fuerza militante, que representa una oposición profunda al orden legal, a esta última estrategia puede llegarse cuando las circunstancias de violación grave a los derechos fundamentales y legales persisten y la desobediencia civil no encuentra eco en las estructuras gubernamentales.

Desobediencia civil en Venezuela

La noción de desobediencia civil fue formulada, por primera vez, a mediados del siglo XIX por el escritor estadounidense Henry David Thoreau. Esta doctrina y la forma como el autor la puso en práctica en su vida personal, influyeron decisivamente sobre las grandes figuras del pacifismo contemporáneo: León Tolstoi, Mahatma Gandhi y Martin Luther King. Ahora que en Venezuela se ha popularizado su uso, después de que fuera invocada por los militares disidentes de la plaza Francia en Altamira, es oportuno revisar su alcance en la obra del insigne poeta de Massachusetts.


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En efecto, en su Ensayo sobre la desobediencia civil, publicado por primera vez en Boston en 1849, Thoreau expresa su convicción de que la conciencia moral del hombre está por encima de cualquier legislación o razón de Estado. Los ciudadanos soportan el ejercicio del poder por parte del gobierno, no porque éste sea el poseedor de la verdad sino porque cuenta con la superioridad física de la mayoría. De ahí que sea perfectamente legítimo rebelarse contra la autoridad, cuando la tiranía o la ineficiencia de los gobernantes se vuelven intolerables. La acción ética y políticamente correcta es, en consecuencia, un asunto netamente cualitativo, que no tiene nada que ver con el número de votos obtenidos en el ―juego de azar‖ de una elección. Una minoría, decidida a defender la verdad con valentía, puede cambiar el curso de la historia. El individualismo de Thoreau, sin embargo, respondía a un ideal de hombre sumamente exigente, inspirado en las virtudes del evangelio cristiano y la espiritualidad oriental. Esto explica que se mostrara pesimista respecto a la posibilidad de construir, aquí y ahora, un estado totalmente respetuoso de las libertades individuales, de acuerdo con su consigna de que ―el mejor gobierno es aquel que no gobierna en absoluto‖. Se quejaba de sus contemporáneos por no rebelarse abiertamente contra un régimen que toleraba la esclavitud y que, además, libraba una guerra anexionista contra México durante la presidencia de James Polk. Se negó a pagar impuestos a un gobierno que consideraba inmoral y aceptó ir a la cárcel, convencido de que ―bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el verdadero lugar para un hombre justo es también una prisión‖; junto al ―esclavo fugitivo, y el prisionero mexicano en libertad condicional, y el indio que viene a denunciar las injusticias cometidas en contra de su raza‖. Pero al mismo tiempo, Thoreau esperaba de los ciudadanos libres y conscientes un respeto absoluto a los derechos del prójimo, una entrega total al servicio de los otros, aun al precio de la propia vida o de la sobrevivencia material de la nación. Afirma sin reservas: ―Si le he arrebatado injustamente la tabla de salvación a un hombre que se está ahogando, debo devolvérsela aunque yo mismo me ahogue (...); aquel que en un caso así salvara su vida, la perdería. Este


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pueblo debe dejar de tener esclavos, y de hacerle la guerra a México, aunque le cueste la existencia como pueblo‖. Su posición antibelicista constituye un antecedente directo del movimiento de objetores de conciencia que alcanzó notoriedad en los Estados Unidos, en la década de los sesenta, con la negativa del campeón mundial de boxeo Mohammad Alí a alistarse para combatir en Vietnam, alegando que la participación en la guerra era incompatible con sus convicciones religiosas. Alí fue condenado a cinco años de prisión y, aunque prefirió el exilio a la cárcel, la pérdida del título mundial y la decadencia económica del pugilista significaron un sacrificio ejemplar para cientos de jóvenes contestatarios norteamericanos. Hoy en día, la mayor parte de las legislaciones nacionales e internacionales reconoce, con ciertas condiciones, el derecho de los ciudadanos a desobedecer aquellos regímenes o autoridades que atenten contra los derechos humanos fundamentales. La Constitución venezolana aprobada en 1999, por ejemplo, establece en su artículo 350 la posibilidad de que ―el pueblo‖ desconozca ―cualquier régimen, legislación o autoridad‖ que cometa esta clase de transgresiones. Aunque es importante señalar que se trata de un derecho colectivo, para cuyo ejercicio la norma constitucional contempla el conjunto de los ―medios de participación y protagonismo‖ enumerados en el artículo 70: ―la elección de cargos públicos, el referendo, la consulta popular, la revocación del mandato, las iniciativas legislativa, constitucional y constituyente, el cabildo abierto y la asamblea de ciudadanos...‖. También el derecho individual a la objeción de conciencia está consagrado en la Carta Magna venezolana. Pero dentro de ciertos límites claramente definidos, según se desprende de su artículo 61 cuando establece que “no puede invocarse para eludir el cumplimiento de la ley o impedir a otros su cumplimiento o el ejercicio de sus derechos”. El llamado a la desobediencia civil que, en los últimos meses, han formulado los dirigentes de la oposición venezolana con el propósito de sacar del poder al presidente Chávez, difícilmente resulta consistente con el compromiso ético de respeto incondicional a los derechos del otro que, desde Thoreau hasta Ghandi, ha inspirado la acción política de los grandes pacifistas de nuestro tiempo.


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Todos hemos sido testigos de los deplorables abusos que, en nombre de la libertad, se han cometido contra niños a quienes se les mantienen cerradas sus escuelas por ―la voluntad mayoritaria‖ de una asamblea de padres; enfermos a quienes se les niega atención médica por el derecho de algunos galenos a paralizar democráticamente los servicios de salud; familias a quienes se les impide el acceso a los alimentos en nombre del derecho a cacerolear y hasta tirotear panaderías y supermercados por parte de exaltadas bandas de ―camisas negras‖; teleaudiencias a quienes se les coarta el derecho a la información veraz y el entretenimiento sano por parte de algunos medios de comunicación social que, con el pretexto de defender la libertad de expresión, han llegado a perturbar la salud mental de amplios sectores de la población; ahorristas a quienes se les bloquea el acceso a su dinero por una banca privada que, en nombre de la libre empresa, expropió a miles de familias de clase media sus viviendas y automóviles a través de la estafa de los llamados créditos mexicanos; y, lo más grave de todo, el atentado contra la soberanía económica de un país, con 23 millones de habitantes, perpetrado por menos de mil gerentes petroleros que esgrimen el derecho a derrocar a un gobierno, legítimamente electo, por empeñarse en fortalecer la OPEP y garantizar el retorno de las utilidades de PDVSA a su único accionista: el pueblo de Venezuela. Nadie ha asumido, hasta ahora, responsabilidad alguna por la comisión de estos delitos. Al contrario, los meritócratas despedidos siguen cobrando sus sueldos por medios fraudulentos, mientras reclaman su reenganche como premio a la destrucción premeditada de la industria petrolera nacional; los padres que han decidido no enviar sus hijos a clases, en respaldo al paro cívico, amenazan con demandar a los maestros por atreverse a atender a los niños que asisten a la escuela; cuadrillas de mujeres pertenecientes a familias acomodadas, con las alacenas de sus casas bien surtidas, defienden encarnizadamente a los acaparadores de alimentos contra el ―atropello‖ de los funcionarios encargados de recuperar para el mercado los productos retenidos... Todo acometido con una actitud de confortable inconsciencia, similar a la de aquellos conciudadanos de


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Thoreau ―que, en sus sacrificios por la humanidad, no corrían riesgos, ni siquiera por lo que era suyo‖. Esta pesadilla de ―mundo al revés‖ en la que la oposición venezolana ha convertido a la desobediencia civil, aparte de una muestra más de las profundas deficiencias educativas que reblandecieron la conciencia de nuestras élites durante el último medio siglo, constituye una evidencia dolorosa de las perversiones sociales, políticas y económicas que es capaz de producir, en toda una nación, la inconsistencia ética de quienes han disfrutado de los mayores privilegios. Una generación entera pagará con penurias, y ojalá no con más sangre, por estos desafueros. Si en alguna medida era legítima la aspiración de un sector de nuestra sociedad de reemplazar, antes del plazo previsto por la ley, a un gobierno que supuestamente violentaba las normas constitucionales que él mismo promulgó; han terminado resultando absolutamente injustificables los medios que se han puesto en práctica, hasta ahora infructuosamente, para lograr tal fin. Todo por ignorar, al momento de la acción, la máxima incontrovertible de Thoreau: ―Lo que hay que hacer es, en todo caso, no prestarse para el mal que se condena‖.


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Objeción de conciencia en Venezuela

Término utilizado más comúnmente a aquellas personas que se niegan a empuñar las armas, no por miedo, sino porque no están de acuerdo que la mejor forma de solucionar un conflicto es la guerra. Una persona puede también objetar practicar un aborto, o la eutanasia. Es decir que se puede tener problemas de conciencia en distintas actividades de la vida de un país. No habría inconvenientes en que el término fuera ampliado al tema político. Si una persona es Católica Romana, puede no aceptar que se le imparta lecciones obligatorias sobre marxismo, ya que sabemos que es una doctrina atea, es decir, desconoce la existencia de Dios. Eso atenta además contra la libertad de conciencia y de pensamiento y es violatorio de normas constitucionales y de tratados y de los derechos fundamentales del ser humano. En este punto, el líder de la revolución bolivariana, roja, comunista y atea, propone o piensa obligar a que todo el mundo reciba instrucción y utilice el saludo , mas bien fascista de ―patria, socialismo o muerte‖ ese es un culto macabro y contrario a todo derecho humanitario.


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En este punto, no solo se hiere la conciencia mayoritaria del pueblo venezolano. El cual comenzó ya a oponerse a la uniformidad del pensamiento único, sino a las restricciones a la libertad de pensamiento y expresión. Esto se hace evidente también en la profusión de vallas con el rostro del líder. Su nombre en todas las busetas, en camisas, franelas y en pintas como ―Chávez para siempre‖. En cuñas en las emisoras de radio y TV que controla el régimen. Esto nos sume cada vez más en el totalitarismo en donde no se quiere vivir. En consecuencia, nadie está obligado a asistir a clases en sus sitios de trabajo, en zonas de habitación, instalaciones oficiales o privadas a escuchar y a ser fichado, probablemente por los invasores cubanos, a quienes el líder ama con tanta pasión. La sociedad civil, debe estar atenta y reaccionar. La Iglesia Católica, debe asumir un rol más activo en su defensa y en la de los católicos venezolanos que son la verdadera mayoría en este país. En estos días-con motivo de la recolección de firmas de los revocatoriosvemos como las facciones de los intereses encontrados del régimen se agreden entre ellos, en la nueva fase de profundización no de la revolución sino de las contradicciones. Por ello hay que ejercer una resistencia civil activa y manifestar nuestra objeción de conciencia. El derecho a la objeción de conciencia no está legalmente reconocido. Muchos quienes se resisten al servicio militar tratan de evadir el reclutamiento y no responden al llamado al alistamiento. En noviembre de 1997 fue la primera vez que en Venezuela un grupo de 34 objetores de conciencia anunció públicamente su objeción al servicio militar. Hasta el momento, las fuerzas armadas no han iniciado ningún procedimiento contra ellos.


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CONCLUSIONES La objeción de conciencia es un derecho humano que se ejerce cuando el contenido o los deberes que impone una norma legal se oponen a las normas éticas o convicciones morales de una persona. La objeción, por tanto, entra en juego cuando se da un choque –a veces dramático- entre la norma legal que impone un ―hacer‖ y la norma ética o moral que se opone a esa actuación.


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Bibliografía - Estudios de filosofía del derecho. Vol. I. Fernando Parra Aranguren - Estudios de filosofía del derecho. Vol. II. Fernando Parra Aranguren - www.google.com.ve - www.monografias.com - Enciclopedia Encarta 2005 - Introducción Filosófica al estudio del derecho. Luis María Olaso. Caracas 2001. Universidad Católica Andrés Bello.


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