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De la jovencita a la transgénero, de la madre múltiple a la que no quiere tener hijos, estas mujeres, con vidas muy distintas, confirman con su testimonio que el universo femenino es más complejo que cualquier estereotipo que pretenda definirlas como humanas o divinas POR EFRAÍN CASTILLO FOTOS: RAFAEL BORRACHERO / CONTRA LA PARED

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16 OCTUBRE 2011

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Margarita Clavier

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rgullosamente tengo 68 años”, suelta entre risas Margarita Clavier, divorciada, madre de una hija casi cuarentona y con dos nietas. De hablar pausado, es practicante del hinduismo y maestra de yoga, lo que asegura le ha permitido llegar a su edad con la capacidad necesaria para “Contemplar” (así, con mayúsculas) un oficio que no muchos ejercen y que ella llama “madurez espiritual”. “Después que uno pasa las pasiones de la juventud, llega la tranquilidad del alma, la paz interior, el sosiego cotidiano que te permite fijarte en los pequeños detalles y detenerte hasta en tu respiración. Pero la madurez espiritual sólo se alcanza cuando tienes fe plena, cuando sabes quién eres en este universo y entiendes que el milagro más grande de la divinidad es la naturaleza. La madurez espiritual es la que te hace creer en Dios, pero no en el que va a venir a ungirte con polvos mágicos para resolver tus problemas sino en el que vive dentro de ti, que te hace saber cuál es el camino

del bien y del mal, te hace pensar, hablar y actuar en armonía. La madurez espiritual es la que te permite dormir tranquilo”. Cercana a las siete décadas de existencia, Margarita cree que cada día es momento de aprender a vivir, pero también a morir. “Entender la muerte es un asunto que debería enseñarse desde que se nace, porque es la única certeza que tenemos y puede llegar en cualquier momento. El asunto es que hay quienes ni siquiera aprenden a vivir y llegan a viejos cayendo en el mismo hueco o tropezando con la misma piedra sin saber qué hacer para no cometer los mismos errores”. Por eso es partidaria de darle a cada cosa su tiempo. “No se preocupen tanto que la vida es un saltico y todo pasa, o mejor dicho, todos pasamos”. No entiende a esas mujeres que libran una batalla permanente por una juventud perpetua. “Es una lucha estúpida en la que se desfiguran por fuera y descuidan el enriquecimiento de su mente y espíritu. Las células enveje-

cen y no hay cirugía que pueda con eso. No reconocerse en el espejo es un signo de inmadurez porque en el fondo no aceptas tu cuerpo con su edad y circunstancia”. Ahora que es mayorcita, disfruta haberse convertido un poco en niña. “Soy una vieja adolescente, porque vivo con mi hija, mis nietas y su esposo y a veces tengo que escaparme porque ellos se mueren del susto pensando lo que hago, a dónde voy o qué puede pasarme. Es muy lindo volverse vulnerable y dejar que te cuiden, aunque gracias al yoga he podido demostrarme que puedo mantenerme sana e independiente. Yo soy una vieja feliz, me llevo muy bien conmigo misma, porque estoy en paz”. Una paz que espera legar a quienes vienen detrás de ella. “Yo confío en la reencarnación de mi espíritu, por eso quiero que mis cenizas sean colocadas en el árbol más cercano al crematorio. Porque si sirven como abono, será el logro más maravilloso con el que retribuiré al universo lo que me dio”.

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Arianna Arteaga rianna Arteaga Quintero tiene 31 años y no tuvo que aplicar esa conseja según la cual “para que una mujer se independice debe matar a su madre”. Se mudó por su cuenta hace dos años y aunque dice que no la “echaron” del nido, reconoce que fue su progenitora, la periodista Valentina Quintero, quien le dio el empujoncito. “No es que me sintiera mal viviendo con mi mamá, nunca me sentí ahogada. Pero sí quería tener mi propio espacio y estaba loquita por irme a vivir con mi novio. Cuando pensamos alquilar un apartamento, ella me apoyó económicamente y me ayudó a conseguir un crédito que ahora estoy pagando. Yo pensé que al irme me la pasaría volviendo a buscar comida o a lavar ropa. Ahora disfruto tanto mi propio techo y mis cositas que ella es la que se queja de que nunca la visito (risas)”. Pero mucho antes de montar tienda aparte, @Arianuchis se fue preparando en el oficio de ser independiente. “Desde chiquita siempre fuimos sólo mi mamá y yo. No olvido que me decía ‘tú sólo cuentas contigo en la vida’ y me hacía asumir responsabilidades para valerme por mí misma. En vacaciones me inscribía en campamentos que no conociera para que me adaptara y a los 17 años me mandó a estudiar a Estados Unidos. Vivía sola en un apartamento y aunque me daba el dinero para los cursos, tuve que trabajar para pagarme mis cosas. Con todo y

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cosas externas que te aten. De ti depende si lo aceptas o te emancipas. Si le haces caso a los demás y no a tu conciencia no serás independiente nunca, así vivas sola desde que cumplas 15 años”.

eso terminé viviendo con mi mamá hasta los 29. Quizás mientras más te empujan a la independencia, más quieres que te cuiden (risas)”. De hecho, contradice a quienes aseguran que para ser verdaderamente autónomo hay que cortar el cordón umbilical. “Yo digo que cuando me mudé no lo corté sino que lo alargué unas cuadras porque vivimos muy cerca. Soy adulta, pago mis cuentas y asumo las consecuencias de mis actos, pero siempre mantendré una dependencia emocional hacia mi mamá porque es una tipaza y la admiro, además de que nuestro nexo estará allí toda la vida. Es lógico que tus padres quieran opinar, aconsejarte e intervenir en tus cosas. La independencia está en poner límites y decidir con tu propio criterio. La libertad es una condición mental. Siempre habrá

La periodista también ha aprendido a hacerse vulnerable, sobre todo ahora que vive en pareja. “Es gracioso, pero los hombres las prefieren dependientes porque les han enseñado por siglos a ser los proveedores y si no lo hacen se sienten inseguros y débiles. Yo sé que puedo con muchas cosas pero a veces le pongo una vocecita a mi novio y le pido que me ayude. De vez en cuando hay que mostrarle a tu pareja que lo necesitas muchíiisimo (risas)”. Lo que nunca negociará es su independencia económica. Sabe que al final es garantía de libertad. “Cuando veo amigas mías mantenidas por sus maridos me da una angustia horrenda nada más imaginar tener que pedirle permiso a mi pareja para irme de viaje o comprar algo. Si eso ocurriera, todo lo que me enseñó mi mamá sí que se habría perdido”.


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María G. Colmenares

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uando era niña me hice dos promesas: no me voy a casar y no tendré hijos. La primera la rompí hace dos años para poder meter a mi esposo en el seguro médico de la universidad. La segunda la mantengo”. Las palabras son de María Gabriela Colmenares, profesora de la Universidad Central de Venezuela, de 46 años, para quien negarse a ser madre no es un capricho sino una decisión de vida y un acto de conciencia. “Obviamente de chama no tenía clara la razón, pero sí recuerdo que quería estudiar y tener una carrera y que los niños nunca estuvieron en mis planes. A mis muñecas, más que verlas como hijas, las imaginaba como unas señoras a las que les montaba una maleta y las ponía a viajar y vivir aventuras. A medida que uno crece, va encontrándole justificaciones racionales a las cosas. Y más allá de las dificultades económicas que supone mantener a un muchacho con el sueldo de profesor en este país, siempre he tratado de ser una persona que pueda practicar la libertad, no en un sentido abstracto sino concreto. Siempre he querido vivir a mi manera, sin tener que someter mis decisiones a otro que dependa de mí. Y no es que tenga fobia a los niños porque me gusta mucho compartir con ellos. Tampoco creo que los hijos trunquen la felicidad. Sé de mucha gente que es feliz y plena con sus chamos, pero no es lo que quiero para mí”.

María Gabriela reconoce algo de egoísmo en su decisión, pero aún así reivindica el derecho a ejercer su libre albedrío. “Es un egoísmo sano, no el de quien quiere subordinar a los demás a sus propios deseos. Se trata de pensar bien lo que es mejor para uno y actuar en consecuencia, porque al final quién te cuida si tú mismo no lo haces. También se trata de un asunto de conciencia, porque ¿cuánta gente que tiene hijos los quiso o los tiene por accidente o se los encasquetaron? Uno no puede permitir que en la vida las cosas le pasen porque sí cuando existe el chance de controlar tu destino”. Con esa misma firmeza le sale al paso a quienes creen que evade la adultez y rechaza las presiones sociales que ha sufrido. “Yo soy adulta no por tener a alguien a quien criar o que dependa de mí, sino porque soy responsable de mis decisiones. Mis padres nunca me han chantajeado con el cuento de que les dé un nieto y mi pareja siempre ha estado de acuerdo conmigo, pero algunos amigos me han dicho que voy a llegar a vieja y no tendré quien me cuide, pero conozco mucha gente que ha tenido muchachos y está más sola que un perro. Tener hijos no te garantiza nada. Además, los hijos no están para cubrir tus necesidades futuras”. También se niega a aceptar que la mujer sea definida por la maternidad. “A ningún hombre se le considera hombre por ser padre. Detrás de eso

hay un concepto machista y mucha maldad. Es absolutamente discriminatorio pensar que sólo son mujeres las que son madres y las demás no somos nada. Es perverso que te priven de tu propia identidad porque no cumples con el requisito social de reproducirte. No soy mejor ni peor mujer por no tener hijos. Soy gente y lucho por tener los derechos y oportunidades de cualquier ser humano”. Ahora que tiene 46 años le tranquiliza saber que pronto la naturaleza alejará definitivamente de su cuerpo la posibilidad de tener hijos. “No es verdad que me estoy perdiendo el chance de transmitir mis valores y creencias, porque desde hace casi 20 años estoy impartiendo conocimientos y visiones de vida a los estudiantes a los que doy clases. Esa es mi visión de la trascendencia. A las mujeres que no quieren tener hijos les digo que es importante que analicen si eso es lo que realmente quieren, porque hay muchas que no son madres porque le tienen miedo a la idea. En ese caso, deben resolver su miedo porque podrían frustrarse a futuro. Ahora, si de verdad no desean la maternidad sigan adelante que eso también tiene sus recompensas y trae la satisfacción de actuar según tu conciencia. Yo trato de ser feliz haciendo las cosas que me gustan, compartiendo con la gente que quiero y buscando alegrías cotidianas en el más mínimo motivo. Esa es la mejor manera de vivir. Al menos la mejor para mí”.

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F O T O : A L F O N S O Z A PATA / C O R T E S Í A M Ó N I C A PA S Q U A LO T TO


Mónica Pasqualotto iene en YouTube un reality show de su vida (Monica’s World) al mejor estilo de Kim Kardashian. Desde esa tribuna expone sus miedos, alegrías y triunfos personales, con una constante en muchos de los episodios: la preocupación por su aspecto físico. Actriz y animadora, Mónica Pasqualotto acaba de cumplir 37 años y a los 20 se hizo su primera operación estética. Desde entonces ha ingresado varias veces al quirófano para “corregir” ciertos detalles con los que no se sentía a gusto. “No son tantas cirugías, más bien es que nunca las he negado”, dice ella vía e-mail desde Miami, donde reside desde hace algún tiempo. Seis operaciones en el busto, una lipoescultura para quitar y poner grasa y tallar abdominales y trasero, además de constantes retoques en el rostro con Bótox y ácido hialurónico conforman el paquete con el que esta venezolana ha “repotenciado” su gracia corporal.

veces: no una, dos. Y si antes necesitaba un chinchorro, ahora ni quería salir de mi casa. Gracias a esos errores tuve que someterme a cinco cirugías más para corregir lo que el primero había hecho… Hoy en día tengo las ‘lolas’ que siempre pensé debí tener. Años después viajé a Colombia a hacerme una lipoescultura para tallar la musculatura de mi cuerpo, quitar la grasa donde sobraba y ponerla donde faltaba. A los seis meses los cambios estaban ahí, visibles. Verte en el espejo y sentir tu cuerpo como te gusta es chévere. Ahora, no hay magia que dure mil años, tienes que mantenerte haciendo ejercicios y comiendo saludable”.

“A los 18 años tenía unos senos como los de mi nonna de 93 años. Tenía una copa doble D afectada por la ley de gravedad. No saben lo frustrante que era ir a comprar trajes de baño… El chiste típico cuando llegaba a casa era si había conseguido un chinchorro. Se podrán imaginar lo que pega eso en la autoestima de una adolescente. A los 20 tomé la decisión de reducirlos… El primer cirujano que me operó se equivocó dos

Pasqualotto reivindica su derecho a usar la ciencia para perfeccionar lo que la naturaleza le dio. “Si alguien está inconforme con algo y tiene la posibilidad de mejorarlo o transformarlo, ¿por qué no hacerlo? Si tienes un carro y no te gusta y luego logras tener el carro de tus sueños, te sientes contento y tu ánimo cambia”. Sin embargo, reconoce que la carrera por la belleza puede resultar peligrosa porque en ella hay mucho de mirarse

en la imagen que te devuelven otros y no en lo que ves tú mismo de ti. “Yo hago todo esto para mí y por mí. Pero uno siempre quiere sentirse bien ante los demás. No vives aislada. Es muy difícil no juzgarte haciendo suposiciones de lo que podrían pensar los demás. Quizás la madurez o las experiencias de vida te hacen más seguro de ti mismo. Qué bueno aquellos que lo logran y pobres de los que lo predican de la boca para afuera y viven un infierno interior”. Aun así, Mónica niega que su búsqueda de belleza física encubra una baja autoestima. “Cuando no me sentía bien con mis senos no dejé de estudiar, de salir, de vivir. Que alguien quiera unas tetas más grandes o más pequeñas no quiere decir que tenga un problema emocional. No aceptar la imagen que ves en el espejo y llegar al cirujano con la foto de otra persona para que te deje como ella ya es otra cosa. Yo no quiero dejar de ser yo. No quiero otros ojos ni otra nariz ni otra forma de cara. Claro que me da sustito pensar cómo voy a ser cuando tenga 50, 70 o 96 como mi abuelita. Yo le pregunto a mi mamá qué se siente verse en el espejo y recordar cómo era antes. Y la respuesta es: diferente. ¿Qué mujer veo cuando me miro? La que soy y la que quiero, la que tiene sueños, miedos, metas… Una mujer que se acuesta y se levanta sin maquillaje. Una mujer que ya no tiene 20, pero que ama sus 30”.

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Tania Sarabia

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Reconoce que el deseo sexual merma y que también puede disminuir el atractivo generado ante los hombres, pero insiste en que cada cosa tiene su momento y que se puede recuperar terreno en caso de que los deseos se alboroten. “Te puedes volver invisible para muchos hombres porque ya no estás buena, pero te dejas afectar por eso sólo si quieres. Yo pasé esa materia con honores y decidí archivarla con carpeta amarilla y todo. Mi deseo sexual se encuentra hibernando como un oso bajo un edredón, pero si llega alguien y lo despierta, bienvenido será. Yo bajé la Santamaría, pero no le puse candado por si alguien que valga la pena quiere abrirla (risas)”.

ania Sarabia tiene 64 años y 10 de graduada de menopáusica, una experiencia que, según dice, puede sumar con gusto a su currículum de actriz, pero sobre todo a su hoja de ruta como mujer. “Son tantas las cosas que he vivido desde que la menstruación dejó de visitarme que pudiera armar un personaje sabrosísimo y echar un cuento largo. Creo que hasta deberían darme mi diploma”, dice ella entre risas. “A veces llego con retraso a las cosas y en este caso fue igual. Así como me vino por primera vez tarde, la regla se me fue para siempre como a los 54 años”. Recuerda que la llegada de esta etapa fue dura. “Nunca le tuve miedo, porque sabía que podía recurrir al reemplazo hormonal para hacerle frente. Pero cuando pasó se mezcló con mi cáncer de seno y por supuesto que no le paré ni media pelota porque de lo que estaba pendiente era de luchar por mi vida. Ahora, debo reconocer que fue una etapa fastidiosísima. Te pones de mal humor, todo te da rabia. Vives como si el mundo estuviera en tu contra. Además, los vaporones corporales son insoportables. En ese momento, un médico me recomendó tomar antidepresivos y fueron como pastillas de felicidad porque atajaban los cambios de humor. Cuando llega la menopausia dejas de producir serotonina, que es una hormona del placer y la tranquilidad, por lo que el antidepresivo colabora mucho”.

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Pero contrario a lo que piensan mujeres, para Sarabia la menopausia no significó el final de un ciclo. “Ni es el fin de la juventud ni el comienzo de la vejez. Yo creo profundamente que el espíritu humano envejece sólo si lo permites. Si mantienes tu alma llena de estímulos no hay menopausia ni años que puedan contigo. Es cierto que físicamente aumentan las arrugas, se caen las cosas, se van las hormonas, pero uno no tiene que estar todo el tiempo mirándose al espejo. Lo peor que puedes hacer es lamentarte. Si estás encerrado en la casa te friegas. Tienes que hacer cosas por ti, ejercitarte, pero también tienes que ayudar a los demás. Cada vez que yo tengo la oportunidad de hacerlo con SenosAyuda u otra fundación mis problemas se hacen chiquiticos. El discurso del ‘pobrecito yo’ acaba con uno”.

La risa ha sido precisamente una de sus mejores compañeras para sacarle provecho a los cambios que han venido en esta etapa de su vida. “Si antes me la pasaba hablando de hombres con las amigas, ahora me toca conversar sobre la última rebaja de la farmacia, los descuentos del seguro o la nueva pastilla para las coyunturas o los huesos y créeme que eso puede resultar animadísimo (risas). Lo que quiero decir es que el humor es bueno para cualquier época, estado o situación. Es el santo remedio porque cura el espíritu. Yo soy feliz con mi edad, mi situación y mi circunstancia. Eso sí, después de 10 años menopáusica todavía no puedo con los calorones. Tengo ocho abanicos que me combino con cada vestido porque no puedo salir sin ellos ni que sea invierno”.


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Patricia Zerpa on 44 años y cuatro hijos (los dos últimos morochos), Patricia Zerpa de Novelli se reparte diariamente entre criar, ser periodista en ejercicio, manejar un matrimonio exitoso (es esposa del también periodista Sergio Novelli), además de ser hija, hermana y amiga. Para ella, su cotidianidad dominada por la maternidad múltiple no le impide ser mujer sino que, al contrario, la define y moldea. “Hay tiempo para todo… Son diferentes roles que vivimos a diario, el desafío es lograr el equilibrio. Lo más difícil, sin duda, es compaginar los diferentes papeles. A veces bromeo con que debería ganarme un premio como gerente de planificación o de logística y distribución”. Sobreviviente de cáncer, Patricia recuerda que su historia médica le hizo creer que no podría ser madre. “Cada uno de nuestros hijos fue buscado con mucho anhelo. Es más, puedo decir que son literalmente un regalo de Dios. Sufrí de linfoma de Hodgkin antes de casarme y recibí más de dos años de quimioterapia, lo que hacía sumamente difícil —por

no decir imposible— para mí el tener hijos. En algún momento evaluamos someternos a un tratamiento de fertilidad, pero decidimos dejarlo en las manos de Dios. Al fin y al cabo estaba sana por su gracia y su obra siempre es perfecta. Como prueba de eso vino Renzo, luego Mauro y para cerrar con broche de oro vinieron los morochos Fabio y Paola”. Aunque está convencida de que con los hijos “la vida cobra un nuevo sentido”, entiende a quienes no quieren ser madres. “Es su decisión y la respeto, pero yo les digo que la maternidad es el regalo más grande que puede recibir una mujer”. Se pone como ejemplo vivo ante las damas que no han podido gestar por más que lo intentan. “Era mi caso. A ellas sólo puedo decirles que para Dios nada es imposible. Lo más importante es descansar en Él, entender y confiar en que Dios tiene un plan para nuestra vida”. También rechaza la idea de tener hijos por complacer presiones o cumplir convencionalismos. “No creo que una decisión tan importante deba llegar por lo que ‘exija’ la sociedad. Se trata de una decisión de

vida que debe tomarse en pareja y en la que ambos deben estar totalmente de acuerdo. Lo correcto es lo que mejor funcione para cada familia”. Por eso niega haber tenido que sacrificar proyectos o sueños personales. “La vida se trata de elecciones. Yo elegí ser madre de varios hijos, ser esposa y profesional. Que posiblemente a nivel laboral hubiera podido alcanzar mayores logros de no ser madre de cuatro hijos puede ser, pero no creo que eso compensará lo feliz y satisfecha que me siento con mi familia. Sin duda alguna éste es el escenario que prefiero, con el que me siento plenamente realizada, así que realmente no he tenido que sacrificar nada”. Con muchachos de 15, 11 y ocho años, sabe que el oficio de criar apenas está comenzando y comparte con su esposo la tarea de convertirlos en gente de bien. Para el momento en que sus hijos crezcan y se independicen imagina lo primero que hará con su marido: “Mudarnos a un apartamento estudio facilito de limpiar, viajar y hacer una maestría o estudiar idiomas”. Bastante tiempo le sobrará para entonces.

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F O T O : A R C H I VO

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Lupita Ferrer

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o dice su edad —“los artistas debemos guardar cierto misterio sobre nuestras vidas”—, pero ella misma reconoce que “con buscar en Internet puede sacarse la cuenta”. Hecha la diligencia vía Google queda establecido que el 6 de diciembre cumplirá 64 años, cifra que la halaga porque poco tiene que ver con lo que muestra su rostro. El público tiene más de cuatro décadas viéndola frente a las cámaras, pero cada vez que encarna a algún personaje de telenovela se escuchan frases como “está igualita”, “qué bien se conserva” o “cómo lo hace”, dejando una estela de admiración —o envidia— sobre la gracia física que sigue iluminando su camino. Hasta el medio artístico en el que se desenvuelve —adorador de caras y cuerpos frescos— ha reconocido la generosidad con la que el tiempo la ha tratado. En 2010 fue incluida en la lista de los personajes latinos más bellos de la revista People en español, distinción por lo general reservada a estrellas que no superan los cuarenta. “No me he sometido a grandes cirugías plásticas”, es lo primero que suelta, luego de asegurar que tampoco le ha obsesionado el tema de la juventud. “No le doy importancia extrema. Trato de estar lo mejor posible, más que nada por coquetería, pero también porque la televisión es demandante con el aspecto físico. Pero no

es que haga grandes sacrificios. Llevo una vida sana y sin excesos. Mi interés no es verme cada día más joven y mucho menos apelar al quirófano para lograrlo. Más bien mi prioridad es mantener un buen estado de salud. Yo he hecho muchas cosas en las distintas etapas de la vida y me siento más o menos satisfecha con lo que he conseguido. No tengo por qué sentirme frustrada porque estoy envejeciendo. No es un trauma para mí”.

Aunque asegura que la genética familiar la ha privilegiado —“mi mamá tiene 86 años y tiene su piel lisita”— y se siente una mujer con sexappeal, cree que la mejor manera de ganar batallas al reloj es escogiendo mejor el espejo. “Yo estoy consciente de que debo conservarme. Me cuido muchísimo la piel, trato de alejarme de los rayos solares, me acuesto temprano, hago ejercicios y mantengo mi peso comiendo sano. Pero va a llegar un momento en que quizás eso no me interese mucho. Además no puedo hacer nada porque el tiempo corre para todos. La edad es mucho lo que uno siente por dentro. Yo trato de estar activa, aprovechar cada oportunidad, plantearme y alcanzar nuevas

metas, porque si te sientes viejo y acabado así también te verás. Pero eso implica cuidar la salud, porque el cuerpo es tu templo. Si yo pudiera hacer un pacto con el tiempo, más que juventud le pediría salud. Y eso incluye el enriquecimiento espiritual, el no darle importancia a las cosas que no la tienen y procurar la paz individual. Las mujeres queremos ser jóvenes y bellas por siempre, pero eso no es posible. Yo he entendido que lo mejor es dejar que el tiempo fluya”. Por eso se atreve a aconsejar a quienes buscan en el quirófano la juventud perpetua. “Me parece absurdo, agobiante y peligroso. Las cirugías van deformando. Muchas mujeres se desfiguran y no se les conoce la cara de tanto que se han hecho. Hay que prolongar la juventud, pero con mejores hábitos de vida, no con una obsesión enfermiza por ocultar las arrugas. Quizás es el momento de romper ciertos moldes”. ¿Cómo convive Lupita con la edad que tiene, la que aparenta y la que vive internamente? “Con la que aparento me llevo muy bien porque he tenido la bendición de verme más joven y hasta cierto punto es agradable. La que tengo la asumo y la digiero sin complejos, pero la rejuvenezco con la de mi espíritu, que es activo y animado. No me aterra la vejez. Más miedo le tengo a la vejez sola, porque creo que la vida se hizo para compartirla”.

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Ruth de Krivoy

Con más de 40 años de carrera y habiendo dedicado tanto tiempo a ocupaciones de envergadura, niega haber tenido que ahogar anhelos personales. “Yo no tuve que sacrificar mi hogar o el amor por mi carrera. He logrado el balance entre mis aspiraciones profesionales y mis roles como madre y esposa, pero siempre mi familia ha venido primero”, sentencia afirmando además que su esposo ha sido su gran aliado. “Comparte mis éxitos con el mismo entusiasmo con el que yo comparto los suyos. Cada uno tiene su espacio de realizaciones. No es asunto de competencia sino de colaboración”.

l dinero y el poder económico han sido asociados al hombre. En Venezuela, 36 de las 38 instituciones afiliadas al Consejo Bancario Nacional son presididas por caballeros y sólo dos mujeres encabezan juntas directivas. En ese mundo Ruth de Krivoy ha escalado las más altas posiciones. Titular, hoy, de una empresa de consultoría financiera, entre 1992 y 1994 fue presidenta del Banco Central de Venezuela; en otras palabras, la política monetaria del país estuvo en sus manos. Graduada Summa Cum Laude en la Universidad Central de Venezuela, esta economista es consultora del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, conferencista del Fondo Monetario Internacional, además de miembro del directorio de la Cámara venezolano americana de industria y comercio (Venamcham), por sólo nombrar algunos entes de impacto colectivo. Su vida pública es entonces un manifiesto de superación femenina y de igualdad de género. Algo que ella confirma dejando claro que para una fémina no es fácil conseguirlo, más aun cuando el camino del ejercicio profesional puede estar lleno de zancadillas sexistas. “He tenido la fortuna de salir ilesa de los sesgos de género. Los enfrenté con la confianza de que estaba actuando correctamente. Para la mujer, el reto de manejar el poder es exi-

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gente. Requiere visión estratégica, aplomo, perseverancia y ejercicio efectivo de la autoridad”. Aun nadando en aguas “masculinas” cree que “lo mejor es ser amada y respetada”, algo que responde cuando se le pregunta si resulta más conveniente ser temida para mantenerse a flote. “Los que les temen a las mujeres inteligentes sufren un severo problema de autoestima. Probablemente también le temen a los hombres inteligentes”, dice antes de mencionar que al laborar, su preferencia olvida el género. “Aspiro trabajar con personas inteligentes, honestas, bien dispuestas y con motivación al logro, sean hombres o mujeres. En equipos, el balance de género siempre ayuda”.

Con su propia historia como ejemplo, Krivoy está convencida de que la presencia femenina en la vida pública es imprescindible. “La voz y la capacidad de decisión de la mujer enriquecen la toma de decisiones al incorporar en toda su dimensión las necesidades de la familia, la educación, la salud de hijos e hijas, los servicios públicos, la seguridad personal, el manejo de la cosa pública y la resolución de conflictos”. Incluso se atreve a disertar cómo sería el país conducido por una dama. “Venezuela es grande, nos gobierne un hombre o una mujer. La clave está en las cualidades de quien nos gobierne. Una mujer puede hacerlo muy bien”. En cuanto a si Venezuela está preparada para eso, responde: “Pronto lo sabremos”.


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Tamara Adrián

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ació como varón en 1954, pero nunca se sintió como tal. Durante décadas batalló contra la realidad biológica que veía en el espejo, una lucha personal que culminó en Tailandia en 2002 con una operación de reasignación de sexo. Abogada de la Universidad Católica Andrés Bello y doctora en Derecho de la Universidad de París, es la primera mujer transgénero venezolana que pide ante el Tribunal Supremo de Justicia el reconocimiento de su identidad. La querella jurídica lleva siete años y medio y el expediente está engavetado. Ante la ley sigue llamándose Tomás, como aparece en su cédula; sin embargo, ella es Tamara Adrián, uno de los rostros más reconocidos de la contienda por los derechos de la comunidad homosexual, bisexual, transexual e intersex del país. “Me he sentido mujer desde que tenía tres o cuatro años, que es cuando comencé a tener uso de razón, sólo que mi cuerpo no me acompañaba. Cuando te haces la operación de reasignación de género, lo que haces es adaptar tu cuerpo a lo que tu mente te dice que eres como persona —a un costo muy grande, por cierto. Y no es una decisión que tomas a la ligera o por capricho, sino una necesidad de coherencia entre lo que eres, lo que piensas y lo que ves en tu exterior”. Pero Tamara cree que la mente no tiene género. “La mujer no nace, se

hace. Los hombres y mujeres son iguales en 99%. Lo único que los separa son aspectos biológicos relacionados con la procreación, pero nada más. De resto, todos tenemos aspectos femeninos y masculinos en un yin y yang perfecto, sólo que en el desarrollo social se suprime uno de los dos lados de la moneda. Los hombres y mujeres piensan distinto no porque sus cerebros sean diferentes sino por la educación que reciben. A las niñas se les enseña a actuar de una forma y a los varones de otra y eso determina las nociones de feminidad y masculinidad. Pero en el siglo XXI, creo que ser mujer —y hombre— es aprender a integrar los aspectos femeninos y masculinos que toda persona tiene”. Además de superar la intolerancia, su reto ha sido superar los estereotipos de feminidad. “En algún momento puedes sentirte una caricatura de mujer o una caricatura de hombre. Las personas trans femeninas aprendemos a ser mujeres tardíamente porque nacemos y nos forman como varones. Pero una vez que asumimos lo que se supone es la conducta femenina, debemos también desaprenderla porque

la familia y la escuela te enseñan a ser mujer inculcándote conductas de sumisión, como si tuviéramos capacidades menores. Lo más complejo para mí fue entender que una mujer es aquella que puede expresarse emocional y racionalmente como un ser a parte entera, más allá de patrones o etiquetas. Me identifico como feminista de tercera generación: no me planteo una guerra contra el hombre, sino una lucha contra el machismo, estructura de poder institucionalizada y arraigada en muchos y muchas”. Es al machismo y su violencia a lo que más le teme. “Pese a haber nacido como hombre, mi miedo es el de todas las mujeres, el de ser parte de las estadísticas de violencia patriarcal, esa que va desde los piropos mal entendidos hasta el asesinato. La intolerancia me preocupa menos porque en la sociedad venezolana hay una mayor apertura y respeto a las diferencias de identidad y preferencia sexual. Los que no se han enterado son los políticos, que temen asumir la bandera de la igualdad”. A sus 57 años, se siente satisfecha, aunque aún no pueda llamarse legalmente Tamara. “Más que una mujer transgénero, soy una mujer. Y si alguna vez le pregunté a Dios: ¿por qué me hiciste esto?, hoy le agradezco la oportunidad de abrir caminos por el derecho a tener iguales derechos. La vida me hizo luchadora. Y estoy orgullosa”. ❋ efcastillo@eluniversal.com

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