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Sophyanne Beloin Auxiliar de conversaci贸n de franc茅s Vitoria-Gasteiz 2011-2012


La idea de organizar un programa de auxiliares de conversación en España me parece innovadora y beneficia tanto a los alumnos como a los participantes quienes tienen la oportunidad de vivir la experiencia de la inmersión cultural y lingüística. Cuando yo vi el programa anunciado por primera vez, supe que quería y necesitaba hacerlo. Desde hace varios años, estudio con el fin de enseñar el español en Québec, y tal ocasión de contacto con la cultura y la lengua española me pareció una bendición. De hecho lo es, y soy muy agradecida de haberlo podido vivir, aun considerando ciertos aspectos que a mí me parece que necesitan mejora.

Mis motivaciones al participar en el programa de auxiliares de conversación eran numerosas. Desde un punto de vista muy general, la perspectiva de vivir en contacto con una cultura ajena me atraía mucho, por las posibilidades de apertura de ideas que proporciona. Salir de su propio entorno para observar que las cosas pueden ser diferentes en otras partes del mundo me parece una riqueza indescriptible, pues permite llegar a una visión muy crítica de las cosas del mundo en que vivimos. Para mí, un espíritu crítico y estructurado es imprescindible para vivir en sociedad. Además, al nivel personal, tal experiencia proporciona una confianza en uno mismo que luego representa una ventaja innegable para evolucionar tanto en nuestro mundo como en cualquier carrera profesional.

Luego, el programa de auxiliares de lengua constituía una oportunidad única para mí, considerando la carrera que estoy haciendo. El poder pasar varios meses en inmersión total prometía un enriquecimiento considerable tanto desde un punto de vista cultural como lingüístico. Como yo creo profundamente en la contribución de la cultura en la adquisición de una lengua extranjera, era imprescindible que entrara en contacto con la cultura española. En efecto, una lengua sin cultura está muerta, y hablar de cultura sin lengua es imposible. El ánimo mismo de la lengua, éste que busca adquirir cualquier alumno en una clase de idioma, tiene como soporte la cultura. Eso es aún más verdadero considerando mi propia motivación al viajar a España: dominar siempre más la lengua castellana, y quizás acercarme al nivel de competencias de un locutor nativo. Mi objetivo real en esta aventura era – y todavía es – que el castellano se vuelva para mí como una segunda naturaleza.

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La tercera y última razón de mí matricula en el programa es evidente: adquirir experiencia en la práctica de la enseñanza de un idioma. Venía con la idea de que iba a aplicar y practicar los conceptos didácticos aprendidos en la escuela, en otras palabras, pasar de la teoría a la práctica. Sabía que no venía para dar clases de gramática ni nada de administración que se le toca hacer a un profesor fuera de la clase, pero quería vivir el contacto con los alumnos, aprender a confiar en yo mismo enfrente de la clase y a dirigir un grupo, además de diseñar contenido y actividades didácticas que fueran eficaces y divertidas a la vez para animar a los alumnos en el proceso de aprendizaje. También debo mencionar que comunicar aspectos de la cultura de uno mismo representa una motivación añadida, y la perspectiva de informar sobre el Québec, su lengua y sus costumbres, y sobre todo el tener la oportunidad de deshacer estereotipos a mi parecer demasiado difundidos, constituyeron argumentos añadidos a favor de mi decisión de viajar a España.

Con todos esos argumentos en mente, agregados a un real deseo de cambiar de aires, me lié la manta a la cabeza y presenté mi candidatura para participar en el programa.

Tuve la suerte de que se me asignaran dos centros de enseñanza durante el programa: un instituto de enseñanza secundaria y una escuela oficial de idiomas (EOI). De trabajar en dos centros distintos, con un alumnado diversificado, contribuyó considerablemente a ampliar el alcance de la experiencia en el enriquecimiento profesional y personal. De hecho, pude trabajar en dos entornos muy distintos, lo que implicó también dos enfoques diferentes. En el primero, la profesora preconizaba el control, la disciplina, la estructura y la seguridad de los alumnos, por lo que me quedaba toda la clase observando, dejándola administrar tanto la teoría como los ejercicios. Por supuesto, esa observación me permitió aprender sobre la manera de dirigir tanto un grupo como la materia enseñada, pero aún más, aprendí mucho sobre los errores que deseaba evitar en el enseñar una lengua. De hecho, en el instituto me quedé con prácticamente nada de autonomía. Mi presencia en el aula se resumía al papel muy secundario de observadora, y eso me ilustró que existe una diferencia muy importante entre “guiar” los estudiantes y controlarlos. En consecuencia a eso, el aspecto didáctico del programa en el instituto se me quedó muy pobre: muy pocas veces pude participar a las clases, dando la vuelta en el aula durante los ejercicios escritos -3-


para responder a las preguntas y las dudas de los alumnos. Además, no participé nunca a la elaboración de ejercicios orales o culturales, pues se presentaban ejercicios prediseñados en el cuaderno con nada de espacio para cápsulas por mi parte. Desde este punto de vista, debo admitir que no tengo la impresión que contribuí mucho a la mejora de la competencia oral de los alumnos de Miguel de Unamuno, tampoco al conocimiento de la realidad cultural quebequense. Hasta el punto que el programa me fue mucho más benéfico a mí que a los alumnos, mientras me parece que debería ser el contrario, o al menos equivalente.

Si no tuve la suerte de organizar y animar actividades orales y culturales con los alumnos, al menos lo hice con el profesorado del centro. Salimos una vez al teatro con los grupos, lo que representó mi primera salida cultural, y que disfruté mucho. Además, pues sobre una base voluntaria, organicé una actividad cultural con los profesores para que descubrieran los creps y el jarabe de arce. Fue entonces que empezaron a establecerse relaciones de amistad, además de espabilar la curiosidad hacia la cultura del Québec. De eso guardo recuerdos afectuosos. Además, entré en contacto con profesores que deseaban clases particulares de francés, lo que permitió un real intercambio cultural. En este caso sí que creo haber contribuido a la mejora de la competencia conversacional y cultural de mis alumnos. Además, a nivel personal florecí.

En el segundo entorno, las cosas fueron completamente diferentes. Obviamente, el alumnado ya no era constituido de adolescentes rebeldes sino de adultos realmente interesados en la materia, y la dinámica de la enseñanza se basaba más sobre una fórmula libre, en que yo, como auxiliar, tenía casi total libertad en la animación de los talleres de conversación. Ya no tenía en este centro el papel de observadora sino de comunicadora, lo que a mí me parece mucho más lógico dada la razón por la que venía a España. Trabaje allí con dos fórmulas distintas: una en que me quedaba con la mitad del grupo durante el período de práctica oral, y en que la profesora me dejaba el material que pensaba presentar esa semana, y otro método que consistía en organizar y animar talleres libres para los alumnos interesados, desde el nivel A2 hasta el de C1. En esta perspectiva, pudimos realmente trabajar tanto la competencia oral como el aporte cultural de la lengua extranjera, además de discutir sobre aspectos culturales españoles. Puedo decir que mi experiencia en -4-


la Escuela Oficial de Idiomas de Vitoria

representa entonces el ejemplo perfecto de

intercambio cultural, y que fue benéfica tanto para el alumnado como para mí.

La riqueza de aquella contribución por ambas partes se debe en gran parte a la vida animada en la EOI y en el departamento de francés. Por un lado, había una gran colaboración entre los miembros del profesorado, y conmigo. Para los talleres en que acogía la mitad del grupo de una clase, las profesoras proponían ejercicios de los que podía discutir con ellas. Para los talleres que diseñaba yo sola, siempre podía aclarar las dudas con las profesoras y la otra auxiliar del departamento. De hecho, la presencia de ésta me ayudó mucho, y nos sosteníamos mutualmente. Además, y eso es para mí un aspecto muy importante de mi experiencia en aquello centro, recibí un apoyo considerable de mi tutora, que era también responsable del departamento. Me enseñó actividades que había probado y que para ella habían sido éxitos, y aspectos culturales que según ella valía la pena presentar. Sobre todo, me invitaba a sus clases para animar cortas cápsulas culturales. Finalmente, se me otorgó un período y un aula en el centro especialmente para estrenar películas, un elemento clave en la comprensión de una cultura ajena. Para abreviar, ella, con el profesorado del departamento, supo aprovechar mi presencia como representante de una cultura forastera.

Por otro lado, el beneficio de trabajar en la Escuela Oficial de Idiomas se debe a que se proponía varias actividades de conversación y de cultura fuera de clase. Se organizaron salidas culturales, por ejemplo a las murallas de la catedral y a las montañas, y también salidas en bares y al cine, con un objetivo más conversacional. Conjuntamente, preparé – con las profesoras del departamento pero también en colaboración con otros departamentos – actividades culturales en el centro mismo. Los alumnos fueron invitados a participar a varios concursos de redacción; les preparamos una merienda de Navidad con actividades culturales e históricas; hicimos una degustación de creps con jarabe de arce y chocolate (estoy profundamente convencida de que la cultura pasa por la gastronomía, ¿no es cierto?); finalmente, se organizó una semana de lectura de cuentos con el departamento de alemán para celebrar el cumpleaños de los hermanos Grimm, y estrenamos un sketch muy divertido. En suma, es fácil advertir que mi experiencia en la EOI benefició tanto el centro -5-


como a mí, pues la experiencia que adquirí allí supera mis expectativas. Debo añadir, además, que en ese entorno muy estimulante me hice amigos provenientes de varias partes del mundo, lo que representa un valor añadido a mi viaje allí…

En suma, aun considerando que la experiencia fue para mí mucho más provechosa en la EOI desde los puntos de vista didáctico, de organización y de florecimiento personal y profesional, reconozco que aprendí de mi experiencia en los dos centros que me fueron asignados, pero sobre aspectos diferentes de la enseñanza de idiomas.

Ahora que se acabó para mí el programa, varias facetas de esa experiencia merecen una valoración positiva por mi parte. Creo que se quedó claro su aporte a mi formación profesional, pues recuerdo que estoy haciendo una carrera para enseñar el castellano como lengua extranjera. El programa me permitió aprender sobre los métodos de enseñanza más actuales en enseñanza de idiomas, y pude comprobar la importancia de la cultura y del componente comunicativo en el aporte lingüístico. Aprendí también mucho acerca de la organización y la estructura de la materia a compartir, y sobre todo, sobre la manera de compartirla. Desarrollé y reforcé además varias cualidades personales y profesionales, tales como la autonomía y la confianza en yo misma, la creatividad, la capacidad de dirigir una clase y las actividades previstas, y finalmente la aptitud para evaluar el nivel y la evolución del aprendizaje del alumnado. Con respeto al conocimiento del sistema educativo autóctono, pues pude comprobar que presenta varias similitudes con el sistema quebequense. Por ejemplo, el régimen de puntos y de concursos para obtener una plaza como profesor en el sistema educativo público es bastante parecido. También lo son las expectativas frente al alumnado y a su evolución intelectual y personal. Se pretende llegar a un nivel de desarrollo y de florecimiento que le permita al alumno adquirir autonomía y volverse en un ciudadano responsable y crítico. Finalmente, en el entorno de la EOI me familiaricé con las competencias requeridas para cada grado de lengua (A1, A2, B1…), lo que sí es diferente de lo que conozco. Este aspecto ayuda mucho luego para diseñar el contenido de las clases y de las actividades didácticas.

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Paralelamente al aporte profesional del programa, el aspecto más positivo de mi participación al programa de auxiliar de conversación es sin duda el contacto con la lengua y la cultura autóctona. Vuelvo a mi país con la sensación de que soy una persona diferente, con la mente mucho más abierta. Soy más consciente de que la variedad es lo que realmente construye el mundo. Me abrí a una cultura diferente y aprendí a pensar diferentemente. Además, por supuesto mejoré mis competencias en castellano. Con tal bagaje intelectual, regreso a Canadá sintiendo que lo puedo hacer todo, y que estoy lista y preparada para darle cuerpo a mi sueño de enseñar el castellano.

Regreso contenta a Canadá, y puedo decir sin reserva que me fue benéfico el programa. Sin embargo, sí que hay aspectos que mejorar. Estoy consciente de que a lo mejor las posibilidades de implicación de los profesores en los institutos de enseñanza secundaria son reducidas. Al menos es lo que mi profesora tutora me dijo varias veces, por lo que exigir una presencia aumentada y una asistencia al auxiliar por su parte quizás es demasiado. Por lo menos, en casos así me parece que hace falta sensibilizar al profesorado sobre la oportunidad de nuestra presencia como auxiliar y la importancia de delegarle papeles y tareas, para que luego se le permita al auxiliar justamente implicarse en la elaboración y la administración de las actividades de conversación y de cultura en el aula, y que su presencia se vuelva benéfica para los alumnos. Con respeto a este tema, noté que existe una diferencia considerable de un centro a otro en cuanto al volumen de las tareas tituladas a los auxiliares de institutos. De hecho, mientras yo me quedaba como observadora en la clase, otros acababan con el grupo entero, sin asistencia del profesor y con toda la responsabilidad del diseño de las actividades. A mi parecer se volvería benéfico para los dos partidos estandarizar de manera aún más clara las responsabilidades del auxiliar por un lado, y sensibilizar el profesorado a la importancia de su presencia en su centro. Entonces las repercusiones del programa, ya considerables, se volverían más provechosas todavía…

En resumen, estoy sumamente agradecida de haber podido vivir una experiencia de inmersión cultural y lingüística en España, y sobre todo en el marco del programa de auxiliar de conversación. Todo aquello participó enormemente al florecimiento de mis -7-


competencias profesionales, además de enriquecer mi bagaje personal. A pesar de algunos aspectos que merecen la pena mejorar, me quedo plenamente satisfecha de lo adquirido durante mi estancia en España, y sé que siempre querré volver a esa casa secundaria que se volvió para mí España y el País Vasco…

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Memoria curso 2011-2012 - Auxiliares Conversación  

Memoria curso 2011-2012 - Auxiliares Conversación - Sophyanne Beloin - EOI Vitoria - IES Miguel de Unamuno

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