Page 1


Prologo Nos sentábamos durante muchos meses a través del computador por medio del chat mensajería instantánea. Buscándome

en una

comunicación escrita, una forma de conocer mi ser subconsciente. A través de la distancia, se me permitió escribir lo que siento sin cohibiciones y se fueron descubriendo

personalidades en los

seudónimos o los llamados “Nicks” que encontré en esas salas de chat de YAHOO que logran narrar algo de sus vidas, soledades, angustias, odios, rencores, pasiones, miedos, amores, poder, justicia, corrupción, mentiras, y perversiones en tiempo real. Mucho de estos personajes anónimos son amas de casas abnegadas, que visten de virgen, y vírgenes que se muestran como prostitutas. Trabajadores que en su tiempo libre juegan a ser jefes; casados, divorciados, solteros disfrazándose de amantes escondidos. Diferentes tipos de personas provenientes de todo el mundo y que por sus características no caben en las categorías de los sitios comunitarios que conocemos como cárceles, asilos, seminarios, hospitales, cementerios, iglesias, manicomios, oficinas del gobierno y privadas.


Toda una experiencia de globalización y tecnología que fue tomando una forma moldeable que fue construyendo un relato donde se narra las oleadas de los va y vienen, de los movimientos de la brisa de los acontecimientos de un llamado PUEBLO SANTA JUAN. La antología de personajes que van remando en su pasado, presente y futuro y como van vestidos de tejidos de una serie de sucesos de lenguaje rápido y fuerte, y que se suaviza en la narración poética, y caudalosa que desemboca en el hecho constante y concreto de la protagonista, “el mar de azules profundos”; que hace del viaje literario un lienzo en una hoja de papel sencilla que toma sueños de paisajes humanos obsesivos que llevan a una locura apasionada colectiva o individual. Un universo tan mágico, propio de la cultura de nuestras razas que provienen de mezclas españolas y extranjeras provenientes de las guerras, esclavos africanos e indígenas. “Quien lo iba a creer que recurro a la naturaleza como máxima educadora, a manera de un dios que nos habla en la obra con su voz pasiva y sabia dando a conocer quien quiera, a un mar de azules profundos”… La autora.


Cuando se encontraba en los últimos sorbos de aquel delicioso jugo de guayaba con leche. Tomado en aquella banca de aquella plaza, Carlos no encontraba respuestas en la mirada pura que le decía que ya no quería estar más con él. Que todo había pasado y que lo único que le interesaba era irse a conocer un mar de azules profundos.

En el más absurdo de los pensamientos, como quien se aferra a la idea de saber que pensaba ella, y al final saber estar equivocado en un complejo laberinto perdido; no hacía más que sentirse culpable de la suerte maldita del náufrago solitario en que se había convertido por decisiones tomadas solo por él y arrinconado por la vida. Era como quien se rasga la única posibilidad de vida en un vientre maternal que ya no quiere amamantarlo, en el sumergido rio caudaloso que lleva al final de un recorrido, se encontraba en el más estúpido de los juegos qué consistía en hacerse su peor y más cruel enemigo, el más despiadado de todos.

Sin misericordia esta vez en esta escena azul que podría ser narrada en los periódicos judiciales por el derramamiento de tanto dolor se convertiría


queriéndolo o no en aquella historia repetitiva y que no quería volver a vivir. Estaba sentado, pero su alma se sacudía violentamente para evadir los golpes y autoflagelaciones que no quería sentir.

Solo gracias a los años ya sabía que sucedería, pues se mantenía complaciéndose en la culpabilidad de que todo lo ocurrido ya no tenía remedio y que al no hacer nada no impediría que el cauce de las aguas lo condujera al remolino fuerte que lo iba absorbiendo en su mar alocado de diversas situaciones y que hasta era normal. Tal vez ya era suerte de volver otra vez a la soledad de su alma acostumbrada al sueño solitario de su incomprendido ser que solía esconderse de sí mismo por no querer afrontar su verdad. Él, solo en su vida; pero agradecido por haberse dado la oportunidad de revivir a través del amor, de la loca juventud, de pasiones que aun existían a su edad. De la fuerza de una gaviota que toda la vida ha dedicado sus sonidos al mar y al cielo y que en sus días sigue agradecida por recorrer la gracia de la vida con ojos distintos que el resto de la naturaleza.


Él tenía casi 48 años, pronto cumpliría los 49, ojos verdes, y ya tenía algunas canas que a veces cubría con una gorra para hacerse más joven, y así no se iría la juventud que ella le irradiaba a su vida en ese preciso momento al lado suyo.

Patricia. Aquel ser que le había abrazado en la iglesia, en la plaza, en la zapatería del viejo Pacho, en la heladería, y en tantos lugares, (claro, sin manifestar el amor pasional que podrían sentir el uno por el otro, ya que como dicen por ahí, pueblo chico, infierno grande…). Él le quería, le era amigo especial, incondicional, y su paño de lágrimas, en los momentos que compartían las tempestades de la vida y la paz de aquellas tardes en el pueblo. Calos, era incapaz de sobrepasarse. Sus miedos eran muchos y el escándalo hubiese sido muy penoso a su edad, siendo querido por muchas personas y como todo caballero la respetaba demasiado. Pero ambos sabían lo que sucedía cuando sus manos se rozaban, sus miradas se encontraban, sus voces se fundían en una sensación de volar entre nubes, sobre todo en aquellas horas de cafecito bien caliente para festejar cualquier evento y en la excusa perfecta para salir a pasear por las calles hechas de caminos de piedras y casas pintadas de formas


coloridas en amarillos, azules y rojo así como era la bandera insignia del país, entonces todo era deleite y ver más allá de su blusa pegada al cuerpo y de ver más allá de su camisa abrochada hasta arriba con botones de plata y que no llevaba corbata por el clima tan húmedo que venía después de llover tanto.

Se burlaban de los regalos que las cuarentonas del pueblo le regalaban para complacer y hacerlo suyo, así sea a escondidas para ser amadas. Se divertían como chicos de las aventuras que solían hacer para que no se dieran cuenta las ancianitas y algunos despistados que encontraban en el camino. Como aquel día en que se encontraron con una señora que tenía una falda muy larga y le pegaron en el trasero una especie de letrero que decía: “está dañado por falta de mantenimiento” y cuando esta se dio cuenta, regañó algunos chicos que inocentemente pasaban por ahí y como se dieron cuenta empezaron a burlarse a su espalda.

Eran como niños, disfrazados a toda hora como en los días en que se celebraba el día de los angelitos y que van por las calles cantando “ángeles somos, venimos del cielo, pidiendo limosnas, para nosotros


mismos” y tocando en las puertas de las casas les regalaban: caña de azúcar, panelas, bollitos de maíz morado, yuca, plátanos dulces y todo lo que las señoras enternecidas por los vestidos blancos hechos por ellas mismas le iban guardando en sus saquitos de fique.

Ella ya no era una adolescente era mayor de edad. Se pintaba los labios gruesos de color rosa purpura. Sus ojos eran de color miel y su piel era de piel trigueña. Le gustaba utilizar pestañas postizas para realzar su mirada penetrante y su cabello era más bien corto, con rizos naturales, que le daban un aire todavía de niña dulce y tierna que cometía la travesura de maquillarse y que al echarse polvos en su cara podría tapar algunas de las imperfecciones de la piel, y así, quedaba muy suave y muy mayor para su joven edad.

Tenía admiradores suficientes para ser coqueta y algo vanidoso propio de su edad. Seguía soltera y virgen, cosa que le atraían a muchos, pero no quería comprometerse en una vida de casada porque solo mantenía su única esperanza en salir lejos de ahí y comenzar como ella decía realmente a vivir.


Se sentía vieja y amarrada como una olvidada barca que solo trae recuerdos y que nadie se atreve a subirse a ella por miedo a quedar atrapado en medio del mar, o lo que es peor, ir descubriendo que por algunas de sus grietas poco a poco empezaría a hundirse y encontrarse a la muerte de cerca.

Patricia, anhelaba salir volando por todo el cielo azul. Llegar a ver las nubes de cerca y subirse en lo más alto de la cima de alguna grandísima montaña, allí extender sus alas y como posición de triunfo después de la guerra regresar libre del combate y por todo lo alto gritar de verdadera felicidad por la travesía señalada en sus sueños, y de vez en cuando ver la tierra y aterrizar en el suelo, para volver a volar de nuevo con más fuerzas que antes.

…Igual que aquellas palomas de la plaza que aterrizaban y se acercaban a ese sutil espectáculo. Aquel escenario en donde solo se veían dos actores, un hombre de 48 y una mujer de unos 20…, unas lágrimas que bañaban y se quedaban estancadas como en una especie de pozos en la tierra, en aquellas mejillas arrugadas e imperfectas, que en silencio


definían unos lindos ojos gastados y verdes. Un silencio perfecto, casi misterioso, esa imagen hablaba más que las demasiadas justificaciones y sueños, de locas ideas que salían de Patricia que solo hablaban de su futuro incierto. Del desconocido mar que aún no conocía, de sus sueños en todas las circunstancias posibles e imposibles.

Mientras en lo más profundo de los profundos abismos. Se veían dos caminos a elegir; dejarla ir como quien lanza una piedra al agua y esta va desapareciendo a medida que se ven las ondas; o vengarse con odio por la pérdida de tiempo en que el que se vio sometido al no poder hacer todo lo que quería e imaginaba hacer con ella, y que ahora se encontraba destrozado por la ilusión perdida.

Todo se hundía y se perdía de la vista. Cambiando toda la estructura inicial de aquel encuentro. Como las partes de un barco estrellado por cualquier situación adversa que se hunden en el mar. Como el timón que antes era necesario para salir de ese combate con la muerte y ahora yace flotando como nada, como sin valor. Como un objeto sin uso y sin vida…


Se habían perdido también aquellas esperas en las misas para abrazarla en el momento de dar la paz a los que estaban en los asientos cercanos, entonces solo en ese instante abrazarla en un segundo y darle un besito en la mejilla sonrosada, cayeron al abismo ese montón de regalos que envolvía en pañoletas de flores perfumadas por pétalos de rosas rojas para ella;

los poemas cortos escritos con cuidado en papel antiguo

pergamino y con tinta china dedicados solo a ella, así, como los sobres enviados por código postal, y cuyo interior tendrían revistas de viajes al mar, a la frontera, a partes muy lejanas como fotos de las especies animales que vivían en esos sitios de interés turístico, en fin todo un mundo, con sus precios y trayectos para conocerlo. Y, ella solo hablaba y hablaba y él solo pensaba y pensaba.

…Las palomas apenas eran testigos en el silencio. Las gentes pasaban a prisa como quienes huyen pero a la vez quieren más del tiempo rutinario itinerario invisible de las especies que habitaban en este pedazo de tierra acostumbrada en tiempos pasados a la esclavitud y a los tormentos de un yugo que los mantenía oprimidos bajo la fuerza del poder de los extranjeros.


Eran como las 5 de la tarde de aquel domingo día de descanso y fiestas para olvidar algo de la monotonía.

Apenas, con la brisa típica que

anuncia los minutos que faltan para la Eucaristía, donde el corre corre de las masas que se envuelven en un solo sonido repetitivo como las olas alabando a un solo Dios va seguido de los niños acompañados de sus padres que vestidos bien formales les peinan sus cabellos de forma perfecta, sus medias dobladas de forma precisa en el mismo 12 cm a partir del pie hasta encima del talón de Aquiles.

Los pantalones del

mismo color negro y las camisas blancas de lino fino, ambos sacados de las mismas telas, todas compradas y mandadas hacer en la sastrería del Señor Pedro; ya era tradición de tradiciones que cuando el niño cumpliera cierta edad era llevado allá para hacer su vestido de misas dominicales, los zapatos eran brillantes de charol permitiendo solo limpiarlos para mantener su brillo y textura. Por lo general no se dañaban y eran considerados patrimonio de la familia y pasaban generaciones se proclamaban herencia y así se usaban los zapatos del bisabuelo.


Las niñas por el contrario era diferente, era sumamente más delicado pues desde que nacían ya se empezaba a organizar como serían sus vestidos. Pues según el nombre que se bautizaba ya se sabía cómo eran sus ropajes y perfumes. Sus vestidos eran simples ni muy atrevidos por que se consideraban malas mujeres más adelante, ni muy conservadores porque esa moda solo era para las cuarentonas. Por ejemplo las Marías vestían siempre de blanco y a veces eran de colores azules muy claros. Las juanas como eran las que nacían en el mes de las festividades del pueblo suelen ser vestidas de color rosa y para varias de gris. Las patricias en cambio podían utilizar más variedad y eso, porque algunas mujeres hicieron algunos reclamos frente a las señoras que eran esposas de los que mandaban en el pueblo. Toda esa regla era producto de aquellas damas pudientes que decidían ya que ellas habían viajado mucho y tenía mucho dinero y claro, no tenían nada que hacer y se la pasaban sentada en las mecedoras ubicadas en sus terrazas, mirando como vestían las niñas futuro de la moralidad del pueblo y conservación en sí, de la especie humana que se estaba procreando en esa región.


También en ese domingo de fiesta religiosa y pagana se encontraban en su lugar de trabajo los vendedores de dulces y frituras, de estampitas de la virgen, de escapularios bendecidos, y de veladoras que se usaban para calmar las fuertes tormentas. Ellos vestían como quisieran, al fin y al cabo no eran de mucha importancia para muchos, solo se les veía a la cara cuando el sufrimiento y la pena de los compradores de aquellos productos les hiciera humildes y se pusieran al lado de ellos que sudaban, que tenían hambre, y sed. Que tenían que salir a vender para así, poder tener dinero y llevar a sus casas y alimentarse ellos y sus niños que a veces les ayudaba. Era, entonces que un dulce de fruta ya sea, corozo, guayaba, mora, tomate, ciruela, de leche, de coco, de plátano maduro, permitía mitigar algún dolor y al producir placer solo por unos momentos podía hacer olvidar el sufrir y la ansiedad que este producía.

Era

entonces que una estampita se convertía en una balsa para poder subsistir del naufragio y salir con vida de las dificultades propias de la vida. Era, como un escapulario de la virgen bendecido por el padre, era causa de tranquilidad ya que puesto al lado del conductor de los carros y buses se convertían en la salvación como de quien conduce un barco y es protegido en el viaje. Y también, así era como una veladora encendida


se convertía en pieza clave para iluminar a las almas que guiadas por la angustia y el miedo que los atormentaba, inconvenientes de salud, económicos, familiares proporcionaban iluminación en sus caminos y era una brújula que los llevaría hasta el puerto que les esperaría.

Nadie se detenía ni un instante en ese momento. Nadie se detenía en los sueños contados de Patricia, ni en sus suspiros ni en los silencios casi eternos de Carlos. Ella seguía relatando porque quería conocer el mar, comer un pargo plateado en leche de coco, caminar descalza en la arena y recoger conchas de caracol en la orilla de aquel puerto marítimo, abrazar efusivamente a las 6 de la mañana a un pescador color canela, de ojos miel, que veía en sus sueños. Lo veía como el amor de su vida. Disfrutaba verlo bañarse en las olas en tibiadas por el sol y verle asomar sus encantos que salían del agua. Imaginaba escuchar su fuerte respiración y le apasionaba tanto, que se asustaba pues, no sabía muy bien que pasaba en ella.


Desconocía mucho de cosas del amor. Su cuerpo virginal recién nacía hacia un mundo totalmente desconocido pero a la vez atrayente. Quería conocer a la mujer que tenía en su cuerpo. Esa que empezaba a decirle que disfrutaría más si soñaba con un hombre, que irse a la venta de dulces en la plaza. Esa que le decía entre las noches que unos brazos le iban a cubrir mejor que una manta y que podía recostar su cabeza de mejor forma que una almohada de muñequitos perfumada.

Esa voz que le decía que cuando se bañara se iba a sentir mejor porque alguien le frotaría mejor su espalda y le ayudaría a lavarse los cabellos. Ella quería conocer más a esa mujer que mantenía adentro, pero para conocerla tenía que encontrar el amor que le brindaría confianza para hacer todo tipo de cosas que aun desconocía y que le atraían cada vez más y más. Así, como un antiguo tesoro escondido que ella sabía que existía, que tenía el lugar exacto de donde se encontraba, pero en el que necesitaba de ayuda para poder sacarlo a flote y al romper su candado y las cadenas que le ataban verlo abrirse se convertiría en un acto mágico que era imposible olvidar después. Luego de ese paraíso descubierto, dar gracias a Dios y rezar

su rosario en cada avemaría y en cada


padrenuestro ser entonces feliz de tener todo aquello que deseaba en lo más hondo y anhelaba tener tan solo una vez en su vida.

Ella solo podía imaginarse realmente ser tan bella y tan feliz en esa vida, que había visto en las revistas de viaje que le llegaban por debajo de la puerta de su casa. En los libros de geografía de la biblioteca central que veía desde niña .En los recortes de periódico que mantenía pegados detrás de la puerta de su habitación para mentalizar y hacerlo realidad,… así como le habían contado que hiciera para conseguir las cosas en la vida.

Sin duda, era loca, se sentía loca y pensaba como loca. Esa aventura de volar y nadar. De utilizar sus extremidades y escapar de la jaula. De elevar sus brazos y elevarse en las nubes, de abrir sus alas y flotar en las aguas adormecidas que mecían a un bebe. Al fin y al cabo, nadar y volar es caminar en otros medios. Deseaba moverse en contra de la corriente. Ya tenía fuerzas para aquello. Se sentía capaz de hacer todo lo que se proponía y ya era la hora del inicio de su gran viaje.


Ya era hora, según ella, de salir de aquel calabozo en la que se mantenía encerrada por sus muchos miedos al fracaso. Mientras Carlos, solo se le veía como en un toque de algo que estremece el corazón, una tristeza fúnebre y que no se sabe cómo describir, por doloroso y agudo sus ojos medio iluminados por el viso de algunas lágrimas escondidas, presentía su amiga soledad que volvía abrazarlo y esta vez estaría con el mucho tiempo. Se sentía abrumado, y con tantas ganas de morir como si una espada samurái le recorriera todas las venas y explícitamente su vida se le fuera en ese instante, como cuando a sus 20 se decía que algún día sería feliz más de 5 minutos y que esta sensación duraría muchas horas.

Qué lejos estaba de la total realidad que le tocaría lidiar durante todo el camino largo de su vida y a la vez se le fueron sus días y sus horas como lo hace un escurridizo pez en aguas tibias y que con su violencia y fuerza no permiten al pescador agarrarlo y desprenderlo del mar, y que por más que intente sacudirlo y tomarlo a la fuerza este hace desarmar los impulsos de su cazador que no desea que siga en su abundancia y que ansía verlo solo. Así como vino al mundo. Solo y vacío. Sin el alma…


Cada palabra que escuchaba de la voz de su Patricia parecía matar todo su interior, las haches, las a, los adjetivos, los sinónimos, los verbos, y en especial aquellos donde no se sentía que compartiría con ella, lo dañaba y aún más le hacía doler su corazón cuando ella se refería irse y donde él no iba a estar porque no había sido invitado a subirse a ese vuelo y que estaba dispuesto acompañarla, si ella se lo pedía; quería montarse en el más loco de sus pensamientos y divertirse como nunca lo hizo. Esta vez su dios mujer le quitaba la vida. Le impedía seguir y lo derrumbaba y lo hacia afrontar a los pies de la soledad tan temida. Así como vino al mundo…

Que tragedia se veía pero aparentemente no había ruido. No había intromisión de ningún agente exterior; ni viento, ni rumor, no había nada que interrumpiera la fuerte tormenta que los separaba.

El eco a manera de diluvio que representaba la gran multitud que era indiferente. Solo las palabras de aquella mujer hacían que un rayo estremecedor destruía la vida de este hombre que alejado se derretía en salitre de aquellas lagrimas agrietando todos los rincones de su anclada


balsa. Aquella que le permitía solo flotar y salvarse, pero que alguna vez fue barco fuerte y que después de un accidente se ha venido destrozando con los fuertes golpes de su historia, algo oxidado pero que aún podía resistir; todo era cuestión de decisión que no se atrevía a tomar por los muchos miedos que aún tenía, aquellos que vienen en forma de ropaje y de andrajos. Difíciles de tirar por ser muy pesados.

Era como un esqueleto sin sombra, como un dios sin Dios; un ser sin ser que veía en su futuro los restos de una vela que encendió alguna vez, y peleó en grandes batallas, fracasó en algunas y salió vencedor en otras.

Revestido en el gris de una triste verdad, que era ya un presagio de su negro destino,

mayor que la angustia que solo hacia desgarrar sus

incertidumbres y hacia hundir su barca.

Ya no quedaba nada de eso que tenía, no creía ni en el mismo. No tenía sueños enormes, ni pasiones estremecedoras, ni un motor que le ayudara a movilizarse por la existencia; era un alma en pena, como es la vida de alguien, que después de recorrer tanto ha quedado en la mitad del


camino y sin ganas, y sin miga de pan, ni de vida. Era un libro cerrado guardado en un sótano con candado en una vieja casona alejada de un país sin futuro, sin presente y sin pasado.

En la más derrumbadora de las soledades, la que es muy humana. Y al verse en grietas de rocas viejas se sumergía en profundos abismos. Tal vez haciéndolo naufragar en ellos, se escondía como en una cueva y la violencia le goteaba como las gotas de sudor que humedecían su frente arrugada. Mientras, se hundía en el olvido y se deshacía como hielo en aguas frías como de difunto.

Solo veía en las frases de Patricia sentimientos que ya no lo emocionaban, no guardaba rencor; no se protegía del muro que produce el odio, no le tenía rabia; no estaba enojado ni con él ni mucho menos con ella. No había el más mínimo intento de hervir la sangre y en un acto de violencia con sus manos ahorcar a esa mujer que ya le era indiferente y no hacía nada sujeto a sus emociones fuertes, que lo hacían explotar en frases vulgares y afiladas hirientes, que como armas buscan destrozar el adversario que rivaliza, de esos que hacen propicio el inicio de una


tragedia que lleva a la guerra y excitan con adrenalina y terminan y comienzan y termina y se reconcilian; no se escuchaba nada de él, ni un sonido siquiera.

Nada de nada, era como si un cadáver estuviera sentado en la plaza al lado de una mujer muy bella, que parecía que hablara con él y que nadie se percatara de lo que sucedía en ese teatro algo barato al aire libre.

Carlos con un mal sabor en la boca, y con un aire tierno como el niño Jesús que en el regazo de su madre protectora, se encontraba en esas miles de estampitas que domingo a domingo eran guardadas y mostradas, a un público que las compraba para mantenerse asegurado por la confianza que lograba transmitir aquella imagen de 6 por 10 cm, plastificada para protegerla de las arrugas, y que no permitieran rupturas cuando la petición no fuera cumplida, Y que algunos pareciera que la usaban como carnet de salvación guardadas en sus billeteras y carteras que no acostumbraban a rezar, solo en caso de emergencia.


Así de esa forma simple y sin sucesos, no llamaba ni siguiera la atención aquella pelea de perros que estaban alborotados por la perrita de Doña Gladis, que al igual y sin querer, del otro lado de la plaza también había una pelea de un par de animales hambrientos; dos hombres de diferentes tamaño y color que se peleaban alborotados por la Señorita Marcela que tenía pretendientes bien dotados y adinerados y que por ser la reina de la fiesta que era por esos días, tenía que escoger quien sería su pareja para el baile principal que se daría en homenaje al espectacular encuentro entre el alcalde, el doctor y la inauguración del primero puesto de Salud, que tendría aire acondicionado en esa región.

Se escuchaban frases arraigadas al disgusto de querer ganar el amor de la joven. La pelea había empezado porque los dos hombres eran amigos, y cuando supieron que los dos pretendían a Marcela dejaron de serlo.

Uno había decidido distanciarse del otro para protegerse de las heridas causadas por la chica al coquetearlo a ambos. Uno de ellos ya no saludaba con el protocolo que tenían de saludarse, y había reclamaciones de que 4 veces no había respondido el saludo de caballero. Fue ahí


cuando empezaron a gritar y a insultarse para beneplácito y egocentrismo de la dama que se decía a sí que era la más valiosa del pueblo. Que sin ella no podrían vivir y que era la estupenda reina que podía escoger a su mascota indicada.

El centro de salud social fue donado por el gobierno federal y las damas de la moda ya le habían decorado con globos multicolores, papeles de colores alrededor de la puerta y las sillas donde estarían sentado el médico Roberto Buitrago, el alcalde y algunos invitados especiales que venían de la capital, entre estos algunos periodistas, claro que muchos en el pueblo temían ir donde el doctor por que con ese apellido más de uno se imaginaba que sería comida de buitres y cosas por el estilo.

Los rezos que provenían del templo, aquellos que pedían piedad, misericordia, pedían carros, casas, alimentos, negocios productivos, esposos, solo permitían que algunos tuvieran paz y alivio a las almas; otros en cambio mientras tanto combatían con los insultos que a lo lejos exclamaban los vendedores de los alrededores de la iglesia, por qué estos se encontraron con un par de carros lujosos estacionados en el


lugar donde ellos por lo general colocaban sus artículos para la venta y otros maldecían por que los policías no permitían acercarse a la carretera, por qué según estos, quitaban el libre acceso y el carro último modelo del alcalde

necesitaba

espacio

para

estacionarse

con

el

de

los

guardaespaldas, ya que estos ya venían en camino a la inauguración del centro de salud.

Todo era como una guerra espiritual. Violenta batalla de avemarías con palabras hirientes e insultos de toda clase de palabras; era todo un alboroto, un ir y venir, de ambos lados que de una parte emergían gritos, lamentos, pesares, y generalmente dolorosas frases hirientes, y por otro lado solo se alcanzaba a escuchar los gemidos parroquianos que no eran gritos físicos y sonoros sino de suplicas mentales para que acabara rápido la dichosa fiesta que no traería nada bueno y no era nada especial y también expresiones mentales que con solo ver aquellos ojos, suponían que se les diera la gracia divina de llevar sus cruces en forma cotidiana pero que estas fueran cada vez más y más livianas, fáciles de cargar en las espaldas y que casi no se notara que los vestidos los cubrían.


En este pueblo dedicado a la Santa Juana, cuya estatua permanecía en el centro de la plaza y era puesta allí para hacer recordar a los habitantes de las controversias e injusticias en que se vio envuelta cuando en vida aquella mujer de carne y hueso tuvo que defender su fe en medio de tantas adversidades; fue puesta allí, para asegurarse de que nada iba a ser peor que los sufrimientos que ya tenían y que aún no se acostumbraban, a pesar de que sus antepasados como los Lugo, los Mendozas, los Garcias y los Martínez en el caso de los españoles que aunque saquearon los tesoros de los indios que vivían en estas tierras americanas también tuvieron que alejarse de sus zarzuelas y flamencos, de sus paellas y sus mujeres y salir desterrados de su propia patria.

Aquí también habían llegado personas de otros países que viendo el comercio que generaba la gran cosecha de oro, de joyas, alimentos diferentes a los suyos, mujeres atractivas, clima diferente, habían llegado en esos tiempos algunos gitanos que leían la mano, vendían telas y andaban en varios sitios, como es la familia de los Arzuza que se


dedicaron a la compra y venta de accesorios de belleza y ahora son los propietarios del almacén de ropa barata que hace todo tipo de vestidos y son famosos en el pueblo porque el que les compra al dar el dinero al extender su mano, la señora de la casa se la lee gratis y le adivina su prosperidad, y el que le entrega lo que compro en una bolsa, le mira a los ojos y le dice que enfermedad está sufriendo y que remedio le puede curar el mal que lleva consigo. Por muchos años los bisabuelos, los abuelos, los padres, los hijos y ahora los nietos han llevado sus consejos y han detectado enfermedades en todos los habitante de Santa Juana y alrededores, que hasta vienen de otras regiones para comprar cosas, y además llevarse de obsequio las predicciones del futuro.

También habitaron unos turcos, como se les conocía a los que vinieron de Turquía, y también eran dueños de almacenes de ropa exclusiva y costosas. Sus vestidos eran más especiales porque ellos cosechaban el algodón con que iban hacer las telas y los hilos, todo lo hacían ellos mismos, desde la moda, el color, el diseño, y hasta las bolsas con que se empacaban las prendas, eran muy creativos y recursivos y su fama de tacaños se fue extendiendo a muchas partes. Así, cuando el cliente iba a


comprar su vestido ya se sabía qué situación económica tenía o que aparentaba ante los demás, que se sentaban en sus casas y desde las mecedoras analizaban la economía de la familia, la salud y otros rumores que siempre serán el alimento de cada día, como el pan pero entre más se unte de mantequilla, y en este caso entre más se le añade con especulaciones el buen chisme que se servía en las fiestas y las reuniones informales que nacían en las esquinas de las tiendecitas que expedían los alimentos y las carnes. Pareciendo más bien, un periódico en vivo y en directo las lenguas de algunas “periodistas” que se levantaban muy temprano para poder ser testigos de quienes entraban a los almacenes centro de la información

También llegaron en tiempos más recientes algunos italianos, suizos y franceses que huyeron de sus guerras logrando salir adelante, fuera de sus territorios y en una situación económica muy sencilla pero tranquila algunos se dedicaron a la vigilancia y fueron policías, otros profesores de idiomas que apenas si hablaban el español con algunas muestras de acento muy reformado para poder ser entendidos pero no se les tenía muy en cuenta por que solían malinterpretar al tomar al pie de la letra


cada frase y es, que a veces se dice algo, pero a veces no es lo que se quiere decir, pues según sea la región, y según sea la costumbre algunas palabras no son las mismas que se utilizan en otra parte y siendo el mismo lenguaje existen muchas diferencias, que son solo conocidas por los que han vivido toda la vida en esas raíces.

Este pueblo nunca tuvo posibilidades. Solo se sabía que existían en épocas de elecciones políticas que coincidían con épocas del Censo, yendo de casa en casa para conocer con exactitud la cantidad de niños pero sobretodo la cantidad de mayores de edad para saber quiénes iban a votar y con cuantos votos el partido nacional podía contar. Ya teniendo esos datos, les hacían regalos a los niños, les daban cementos para que sus casas se extendieran, láminas de techo para protegerlos de las lluvias algo frecuentes, botellas de ron para celebrar las fiestas propias y las impuestas. Les daban un bono que hacían efectivo ese domingo de trasteos de votos y le regalaban un vasito de sopa, un pan y un papelito con el nombre por quien se debía votar, y también le garantizaban el transporte para que conocieran partes más lejanas y todo esto solo por la confianza que les daba y garantizaba el voto al Partido Nacional Lazos.


Cuyos miembros solo se acercaban en el mes de Marzo cada dos años en elecciones de alcaldes, gobernadores y cada 4 años en senadores, congresistas y presidenciales. Y cuyo lema decía: “Siempre unidos, enlazados y juntos nos llevaran a la felicidad”. De ahí que por esos días de inauguración el alcalde por primera vez los iba a visitar. La última vez fue como candidato hace más de dos años. Pronto seria las próximas elecciones y debía cautivar admiradores de sus causas de un mejor futuro.

Este bendito pueblo desconocía sus raíces y orígenes pues, no aparecía en los libros de geografía y de por sí ya era una tarea imposible de resolver; no se supo por que fue llamado de esa forma, y como se encontraba tan lejos, no se tenía en cuenta ni siguiera en la demografía del país. Como aquel límite inmenso entre el cielo y el mar. Así, como estaban los sueños entre Patricia y Carlos…


Todas las circunstancias vividas en el pueblo eran muy semejantes al rumor de las olas en horas de la tarde. Ante la indiferencia de todos, solo el suave soplo que hacen mover las palmeras, que hacen mover los vientos con arena y que golpean en las rocas. Así de suave, era el momento que ella relataba… Pero tan lejos, como el océano Atlántico del Pacifico. Como la sabiduría de la ignorancia, como era el miedo y el amor. Como los sueños y las realidades, estos se encontraban.

Para nadie es un secreto conocer que muchas veces los que tanto soñamos cuando se hace realidad no se muestra como lo habíamos perfeccionado en la ilusión. Y hasta lo que nos paraliza en la oscuridad del temor no es ni sombra cuando enfrentamos y vencemos al sufrimiento. Como cuando el barco en medio de la tormenta se atreve y se arriesga contra todos los pronósticos del clima y sabiendo que puede morir por causas de bendición aun no es el tiempo de agonizar. Todo es tan impreciso y la decisión no se sabe si es la acertada o no, pues, nunca se sabe si lo que se vive es fortaleza o si es debilidad. Cuando se toma, se atreve, y se dispone el espíritu para aguantar con fuerzas las olas que venga, jamás se conoce los animales que se mantienen en secreto al


acecho para dar la sorpresa del cazador y su presa. Nunca se sabe cuándo y de donde salen los impulsos de luchar por la vida y querer aferrarse a una oportunidad más para demostrar su gran y verdadero valor. Ya sea sentado en una banca de una plaza, o en altamar…

Ella solo vestía un vestido blanco, muy cómo era ella, muy suave y no mostraba la frescura de su cuerpo pero tampoco era muy anticuado; era más bien de corte sencillo y simple que solo se movía con la brisa que a veces refrescaba las hojas de aquellos árboles, que acompañaban en la plaza; refrescaban con sus sombras y deleitaba a los niños con mangos grandes y jugosos. Cuando estos caían al suelo por estar ya maduros, eran peleados por los chicos más fuertes que solían montarse en ellos para escoger los mejores frutos.

Los más pequeñitos solían jugar en diferentes partes de la gran plaza. Sus juegos pretendían divertirlos y de acuerdo a sus intereses y edades eran felices jugando al escondido, jugando con las canicas de vidrio e intercambiando las mejores cuando los ganadores conseguían su propio record. Solían correr y correr y brincar como los críos que encuentran en


cortos periodos de ocio el juego de vivir en libertad fuera del alcance de las madres que preparaban los alimentos en sus casas mientras llegaba la hora de la cena y mientras sus padres llegaban del arduo trabajo. Aquellos juegos de cantos y rondas infantiles hicieron recordar a Patty cuando juntos con sus amigas de la niñez jugaban a la cocinita. En sus ollitas y platos, solían jugar a preparar alimentos para sus esposos. Cuando ya desde esos días, se solía imitar tan bien a la madre y al padre para llevarse el premio del juego del papa y la mamá. Como eran solo mujercitas ya que estaba prohibido jugar con chicos, las otras niñas se disfrazaban de hombrecitos y se tomaban el tecito hecho de agua de azúcar. El arroz era de arena y la carne un pedacito de piedra. Se pasaban sus horas infantiles a educarse a ser excelentes amas de casa. Principalmente cuando sus muñecos en forma de bebes de plásticos lloraban con un mecanismo de pilas y tenían que salir corriendo a atenderlos y cuando sus esposos gritaban porque les faltaba un botón en la camisa también debían salir corriendo para ayudarlos a superar sus problemas.


Ella sabía que eso no era para ella. Su vida tenía que tener diferentes matices y un juego de esos no lo jugaría porque fueron muchas las veces que se divertía pero solo en sus épocas de niña y con otras niñas. Mientras veía divertirse a los chicos con sus gritos, con las aventuras de tesoros y piratas, de divertidas escenas del policía y el ladrón. Le llamaba la atención salir volando. Y por eso cuando descubrió que escribiendo era una forma de volar desde muy pequeña se dedicó con lápiz y papel transmitir todo lo que sus sentimientos les iban diciendo y sola podía recorrer tantas aventuras como fuera posible.

Su boca roja, de vez en cuando escondía y apretaba para tragar saliva, beber su jugo de mango y de vez en cuando mojaba con saliva para seguir con la sucesión de frases de todo su libro de vida, contaba de sus alegrías y de sus tristezas, de sus aciertos y sus desaciertos, sus amores y sus grandes desamores. Aquellos como, cuando estudió en aquella escuela rural mixta, donde conoció a chicos y chicas de su edad, y en la que se había enamorado en secreto de un compañero de clase, de piel morena y ojos profundamente negros. Lo amaba secretamente y no se lo decía por miedo a que se burlara de ella, además que en esos días, era


tan insegura por su físico, se consideraba poco agraciada y sus demás compañeros ni la determinaban, solo en el caso de saber alguna respuesta en una tarea o en un examen, siendo esta la única forma de ser buscada y asediada, pues estaba algo gorda por la sobreprotección de sus padres y usaba lentes muy gruesos. Ella, quiso tanto ese amor platónico como nadie hubiera imaginado tan siguiera querer en la vida. Le mandaba cartas anónimas muy seguidas y de letra muy legible y hermosa se dedicaba horas a perfeccionar la forma correcta de escribir para dar una buena impresión y cuando terminaba armaba todo un plan estratégico para poder dejarla debajo de la puerta de la casa de aquel chico, y no ser descubierta por nadie. Él muy tonto, nunca supo quién le escribía, y ni siquiera abría las cartas inmediatamente,

solo las leía

cuando se sentía solo, y como no era muy seguido, ya que era vivía rodeado de muchas chicas hermosas y de familias adineradas; El único encuentro casi cercano a ella, fue cuando un día se decidió a escribirle una carta a su admiradora anónima, y que más bien a manera de señuelo quería descubrir y saber quién le escribía con tanta perseverancia y paciencia, pero con tan mala suerte que se quedó dormido y así, ella se le acercó y pudo tomar aquella carta, que más bien era un trozo de papel


con muy pocas esperanzas para ella y donde se enteraba que no era correspondida porque ya tenía novia. Sin importar el contenido de esta nota, se convirtió entonces en una especie de manta que la protegía de todos los males y que la cubría de lo que ella creía ser lo más cercano a la felicidad de aquellos días de pre-adolescencia efervescente. Lo tuvo como tesoro que se esconde en las aguas y que ni las olas pueden hacer salir donde fue guardado. Solo aquel día, en esa plaza, Patricia quiso sacar a flote todo eso que tenía tan guardado y olvidado y tan bajo llave.

Recordando el diario que le hacía estremecer. Lo guardaba tan secreto a su madre y para que no se enterara escribió sus pensamientos a manera de cuentos sus frases y oraciones y tenían un mensaje subliminal, quizás algún día podría publicarlo y ser una escritora famosa se decía a sí misma.

En algunos párrafos de su cuaderno cuadriculado narraba …“la mariposa tenia alas hermosas, y en el primer día de la primavera la madre naturaleza escogía los colores que cada vegetación tendría en esa época. Sus colores no le agradaban, era inconforme y se lamentaba


mucho de su desgracia; el único que tenía colores maravillosos era el girasol. Era de un color dorado amarillo y lo hacía lucir muy elegante. Entonces estos habían hablado con el Sol y este hacia que la flor fuera mucho más bella si y solo si le dedicara todos los días de su vida a contemplar el sol, con la frente bien en alto y a girar en torno siempre al majestuoso astro en el cielo. La mariposa, no entendía. Estaba celosa y le propuso al Girasol que le diera sus dones, sabía de antemano que no se podía negar por el amor que le tenía. La flor aceptó el trato por que le amaba tanto que quería la felicidad de la amargada mariposa. Esta se dedicó a volar y mostrar sus talentos recién adquiridos. Iba a fiestas y la aplaudían; pero un día su amigo enfermó. Se fue dando cuenta del daño que le hizo al proponerle ese trato, y se sintió desgraciada. No fue consciente del talento de la libertad que tenía y que era mejor que los muchos colores que tenía el girasol. Mientras este se fue secando y arrojó

semillas. Como pudo la mariposa las recogió y las trató de

sembrar en muchos sitios, pero los cazadores la querían. Después de muchos peligros la última que le quedaba no sabía dónde sembrarla, ya cansada miró fijamente al sol y se la dio. Convirtiéndose así, en la estrella más hermosa jamás vista en el cielo.”


…Esas notas aun las escondía debajo de la cama, era un sitio seguro y en días extraños suele volver a releer y personificar la mariposa y el girasol. Y esto lo fue diciendo a Carlos, en medios de alegrías y esperanzas… Como cuando se toma a un caracol en la playa y al colocarlo junto a la oreja este nos revela el canto celestial de las olas del mar. Sus grandes secretos ocultos son revelados si se escuchan con atención

Aquellos eran días locos de chicos jugando al primer amor en la escuela. En ese entonces se imaginaba tanto ser besada por primera vez, soñaba despierta como miraría fijamente a los ojos, de ese alguien esperado y como se perdería besando en medio de murmullos de olas y así declarar amor eterno en medios de un ocaso y en medio de las palmeras que bailarían con el viento pacifico de la playa…

Como aquel cuento que escribió y ganó en un concurso ecológico hace años. Aquel que narraba la historia de un sitio tan lejano y mágico que de noche se convertía en rio y en las mañanas era un gigantesco mar. Y


describía con tanta exactitud la naturaleza acuática que leía en teoría de sus revistas de viaje. Se sabía de memoria los animales que vivían allí, como peces de diferentes tamaños, tiburones, pulpos, ostras, corales. Que vivían entre fiestas y que una vez el mar y el rio estaban al mismo tiempo y fue allí cuando el delfín rosado del amazona, se enamoró perdidamente del delfín del mar. Entonces, ella era el delfín rosado, y él, el delfín del mar. Vivían en conflicto por que cuando era rio, los pescadores querían poseer la belleza del delfín rosado y cuando era mar, los turistas querían tomarse fotos con el delfín del mar. Era un lio. Hasta que el delfín del mar por tanto que amor que le tenía decidió dejar su carrera con turistas para vivir al lado de su pareja. Dejando a la imaginación del lector la solución final de aquella historia que estaban guardados en un cajón y que en ese día había dejado encima de la cama y algunas de esas hojas una fuerte brisa las hizo volar por su ventana...

Hoja tras hoja, iban en un vaivén de una sinfónica que rememoraba las olas de su obsesivo y ansiado amor que día tras día esperaba llegar, y que ni siquiera existía en el otro corazón, pues en unos años cuando ella servía en la iglesia desconocía que su primer amor escondido iba a


casarse en diciembre. Aquella “mariposa” iba a casarse con una joven que una vez supo, era su prometida.

Día que lo recuerda tan gris, que las nubes aparecieron deshaciéndose en gotas de lluvia pasiva, y era como si el mismo cielo la acompañara en su tragedia. Fecha en que supo que era ser herido y que no encontraba al samaritano que le cubriera y limpiara sus heridas pasadas.

Con qué dolor le tocaba limpiar cada objeto religioso, arreglar cada flor en cada una de las bancas del templo. Con que llanto tuvo que soportar aquellos rezos que suscitaban los feligreses ese día antes de la boda cuando poco a poco llegaban los invitados del novio y de la novia.

Tenía que soportar todo ese espectáculo que significaba alegría para unos y tristeza para ella, porque en ese entonces era una servidora de la iglesia, una servidora que ayudaba al padre a organizar los objetos del altar, el agua, el vino, y las hostias.


…Le tocó aguantar cuando el novio decía sí, sí, me caso con ojos brillantes y llenos de felicidad hacia la novia, y le decía si le soy fiel a mi esposa, si, en las buenas y en las malas, si en la salud y en la enfermedad, si en la riqueza y en la pobreza, un sí que se le clavaba en el fondo de su corazón como un desgarrado grito de un gran pescado cuando es herido para sacarle las entrañas, así sintió y tuvo que ser testigo de un beso hermoso, que no le era dado a ella, y tenía que cerrar los ojos como quien cierra las escotillas para que el barco no se hundiera y pueda salir victorioso de la furia de la tormenta que se avecinaba en esos días de crisis, cuando el mar tiene que demostrar su grandeza frente a la impotencia de una humanidad que se ve frágil y desamparada ante su Dios.

Tuvo que cerrar los ojos, para que no se le viera el llanto que mojaba sus mejillas. Y tuvo que cerrar los ojos para que el cura párroco no se diera cuenta que estaba mojado el altar y no era precisamente por la gotera que tenía el techo, y que caían por llover en esos días, sino más bien eran largas lágrimas, las muchas que salían sin saber, de aquella chica que veía crucificada la esperanza, por aquella injusta circunstancia de la


vida. Vería, entonces, en aquellos momentos partir al gran amor de su vida con otra que no era ella, con otra que vestía traje blanco como aquel que soñaba tener algún día y se iba junto con el sonido de los coros de los niños, junto con las notas musicales del piano que tocaba la salida de los dichosos novios, junto con el aplauso de los invitados.

Desde ese día ella se dijo a sí misma, que jamás se volvería a enamorar, que sabía ya que el amor no era para ella, que era cursi, que podía sobrevivir sola, y mientras echaban el arroz, y los pétalos de rosa roja, en los novios felices, ella veía pedazos de corazón roto que también eran tirados al azar con el viento y que caían uno a uno en aquel ser que una vez quiso que fuera el dueño de su amor y padre de sus hijos.

Por aquellos días se anunciaba en la radio local la noticia urgente de la aparición de un tornado que provenía de tierras muy lejanas y que pasaría por la costa y que aún no se sabía si vendría con fuerza o con una leve brisa. Muchos no pudieron escucharla en sus radios porque algo les interrumpió la transmisión.


No era muy frecuente que sucedieran tales casos ya que el pueblo no estaba ni muy cerca, pero tan poco tan lejos del mar. No tenía peligros de semejante naturaleza salvo, en algunos casos leves terremotos que hicieran de las suyas al estar en zona montañosa. Ese día. Por la ventana de la casa de Patty, se lograron escapar algunas hojas de sus cuentos y escritos. Algunos fueron a parar en la casa de doña María Victoria, una viuda que vivía de la pensión de su difunto marido.

Otras hojas que se habían ido más lejos; por las altas ramas de aquellos árboles de sauce que estaban cerca del rio. Estas narraban la vida de un ser mágico que le hablaba con dulzura y amor a una iguana. Ese animalito que está en vía de extinción porque los vendedores utilizan sus huevos y venderlos para comerlos con sal.

Algunas de esas hojas se encontraban flotando en las albercas llenas de agua lluvia porque no había acueducto y que por no taparlas se llenaban de huevos de mosquitos propiciando el dengue en esa zona. Agua enferma estancada que lleva a la miseria y a la enfermedad.


Como fue la historia de Carlos con su familia. Vivía con su Padre. Un deudor permanente del banco y un hermano. Su madre no la conoció, pues murió de tuberculosis. Su Padre tuvo muchos errores en la vida, uno de ellos fue dejarse ir por los afanes del viento y por ser tan soñador, quiso sembrar esperanzas en un negocio que le daría mucho dinero, pero su adicción a las loterías que nunca ganó, no le permitieron salir adelante con sus ideas.

La estabilidad económica, le quitó estabilidad emocional, pues quedó al borde la de la locura por los intereses bancarios de sus múltiples deudas, fue a parar a la cárcel y no se supo más de él y menos después de la guerra que por esos días hizo su aparición.

Vestido de luto y de tristes cenizas que se las llevaba el viento, escuchaba apenas la voz del consuelo y que le hacían pensar que se avecinaba grandes tormentas y que anunciaban el dolor de su tierra y el crepúsculo de la soledad que vendría a su encuentro en una noche oscura con algunos trozos de fe, esperanza y caridad.


Por fin vencido por la muerte de su padre y en el amanecer de aquella playa de pequeñas olas que bañaban solo algunos indicios de su vida recordaba aquellos días de inocentes juegos de edades anteriores hacían brillar los ojos que se veían humedecidos por el verde profundo de sus aguas saladas.

Las agrietadas palabras no servían para nada porque no se hacían sentir y no se podían decir nada. Solo silencio lo rodeaba. Lo único que trascendía eras algunos ruidos y llantos en un movimiento que solo el corazón percibía los agites de unos vientos grises de invierno y lluvia.

Solo él podría ser su mejor amigo y en ese momento ser raíz fuerte para que pudiera seguir de pie como siempre se le había visto.

Después de esa calamidad familiar, no supo de un hermano menor que no pudo aguantar la presión por los errores del pasado y terminó en un manicomio estatal. Solo eran dos y como era marinero no podía hacerse cargo de él, tuvo que conformarse con algunas cartas que a veces le


escribían las enfermeras del hospital y en algún informe médico que una vez le fue enviado.

Le habían diagnosticado un cierto tipo de síndrome de culpa y preocupación, es decir que mantenía en el pasado y en el futuro con sus múltiples personalidades que intercambiaban según el día en que se encontraba. Así los lunes era Pedro el francés, el martes era Augusto el brasilero, el Miércoles Ismael el peruano, el jueves Jaime el argentino, el viernes Juan el español, el sábado Rafael el ecuatoriano y el domingo Roberto el cubano..

Con el tiempo su poca lucidez se fue y un día al levantarse no sabía ni quién era, ni como se llamaba y no sabía su historia ni su futuro, ni mucho menos se acordaba de que país era. Había días que se creía medico de un pueblo y que tenía la cura para enfermos de cáncer. Y otros estaban muy estables.


Los médicos lo dejaron viviendo en una casa especial para que pudiera vivir tranquilo; pues los muchos fantasmas de los días de la semana que aparecían en su mente, no hacían más que recordarle lo que él no se acordaba y cuando recordaba se hacia el que con sus curas milagrosas iba a sanar a todos los locos que vivían con él. Se bloqueaba por épocas, y caía como en una especie de esquizofrenia que era quitada con métodos muy traumáticos con el electroshock.

Informe psiquiátrico del paciente “Encerrado al no cambio y en espera que otro cambie la existencia, el paciente lleva una actitud acostumbrada a la personalidad del solterón fracasado porque no llegó su media naranja que lo hiciera feliz. Resignado a vivir su desgraciada existencia, en una total desidia y lo peor con mucho sentimiento de culpa y preocupación, día tras día crece más su problema pero con algunos procesos repentinos de mejoría en las terapias con el médico psiquiatra pero sin cambios concretos, hacen que cada vez más se agudicé la situación crítica en que se encuentra haciéndolo violento y evasivo en ocasiones.


En días pasados había mejorado y pude constatar que no todo está perdido. Cuando él

toma la decisión puede

sanar

las

heridas

interiores. Está viviendo cambios que le permiten salir y liberarse de las ataduras obsesivas de su comportamiento. Su pasado lo absorbe y hace que sus traumas agudicen el problema que presenta. Parece no aceptarse a sí mismo y solo viviendo en la comunidad podría ayudarse encontrando la solución a su conflicto de socializarse y contrarrestar sus delirios. Logrando así, que construya sueños, proteste, grite y luche por sus propios ideales parece ser que aún hay esperanza que se sane y sane a otros. En su vocación puede encontrar su propio rol e independizarse de sus propios temores. Trayendo dinamismo y haciéndose fuerte y valiente ante los ojos del mundo. Dándose el prestigio perdido hace años y recuperándose de la baja autoestima en que se mantenía. Podríamos decir que le daremos libertad!!! INFORME FIRMADO POR EL DIRECTOR DEL CENTRO ESTATAL DE SALUD PSICOLOGICA”


Fue aparentemente sanado de su locura porque nadie le cubría sus gastos y el gobierno no le subsidiaba su estadía en esa casa hogar. Al salir se metió en el alcoholismo, en las mujeres y en la facultad de medicina pública que rifaba becas y que ganó en una de sus partidas de póker con el director de dicha universidad y así pudo graduarse. Estando en su época de estudiante residente medico se enamoró perdidamente de una tal Carmen. Una mujer mulata con rasgos indígenas que lo sedujo muchas veces y le hizo sacar el demonio de adentro y con exagerada pasión y violencia un día, casi la deja sin vida.

Sus miedos que mantenía en sus personajes habían vuelto de nuevo y lo atormentaban. La única forma era exorcizarlo con un cura que según la gente de esa época,

tenía el don de sacar espíritus impuros. Claro,

Carlos nunca dejó que hicieran eso con su hermano menor, porque no creía en cuentos. El solo quería su bienestar y como aún era joven decidió llevarlo nuevamente con los médicos en la casa hogar donde estaba en años anteriores y con el tiempo, no supo nada de él. Y ni sabía


si ese lugar realmente existía, ò si solo fue una trampa echa por los familiares de la Carmen, para encerrarlo junto con su padre en la cárcel.

Carlos a sus años

también quiso irse lejos, conocer el mar, subir

montañas, beber agua de algún manantial, ver desiertos, conocer la fauna, oler las flores, cultivar maíz, café, guayaba, mangos. Ordeñar vacas, montar a caballo, vivir una vida sencilla con la naturaleza. Quiso extender sus alas como un Cóndor y atravesar océanos y vivir en el pico más alto que pudiera ser humano llegar. O ser gavilán en un desierto. Por esos días no quería ya el mar, estaba cansado de navegar y de ver tanta agua. Entro como en una crisis existencial y deseaba conocer el desierto. Se podía dar ese gusto, gracias a que vivía en un país que tenía de todo, y podía hacer ese viaje y embarcarse solo por unas horas para vivir cuando se sentía muerto.

Podría ver el oasis del desierto que por las tardes reflejaba tonos rojizos y rosáceos con naranja que parecía una gran obra de arte. A eso de las 5 de la tarde llegaban los flamencos, aquellas aves que con delicadeza se acercaban para ver como derretía el sol y los afanes de los hombres en


aquellas arenas suaves que se deshacen en el viento. Ver el rumor de la brisa que venía acompañada de cantos indígenas dedicados al dios sol agradeciendo por el día de la cosecha, el día de la siembra, el día del desposorio y fertilidad entre sus habitantes.

Aquello era diario, pero no cansaba, no era cotidiano, siempre había una sorpresa y como era parecido al primer amor, que debes le hacía dueño del sol y se llega a pensar que se deja de ver el ocaso, poco a poco podrías enfriarte y morir.

En esos días, compartía con los habitantes del corregimiento nativo, que se dedicaban a tejer con lana algunas mantas, y hamacas que se utilizaban para descansar y que se amarran entre dos árboles y al acostarse se podía escuchar el rumor de la paz. También sus habitantes tomaban los cachos del toro y de la vaca y hacían aretes. Hacían pulseras y anillos para venderlos a los viajeros que pasaban en bote y que se trasladaban al país vecino.


Allí

fue feliz. Disfrutaba como niño cuanto se hacía amigos de los

pequeños y les enseñaba a leer y a escribir. Todo eso se lo disfruto tanto. Hasta que un día recordó sus antiguos sueños de adentrarse al país y ser un campesino. Vivir de los animales y alimentarse de los cultivos. Ver como hacían el tamal y la arepa con el maíz recién salido en las mañanas y molerlo con brazos fuertes para asarlo en grandes recipientes.

Acompañarlo de una gran taza de café caliente después de recorrer las siembras y recolectar con otros las bendiciones del día a día del pan nuestro de cada día, que decían en sus oraciones.

Sus alas deseaban volver a la libertad, recoger más vivencias y poder decir en unos años que sabía que era ser feliz. El, también quiso volar como volaban ahora de manera fuerte, aquellas hojas sueltas de un libro que Patricia quería publicar.

Ahora se escuchaban más esos tics tacs del reloj, aquella reliquia del pueblo, que tenía la Iglesia... Patricia descansaba de hablar. El tono de


los párrafos largos y cortos, en versos y poemas cortos, que iba narrando ya no guardaban dolor, eran más livianos y llevaderos y todos los detalles de las personas que quiso tener a su lado por primera vez ya se conocían. Todas las aventuras que tuvo en secreto, y que eran solo de ella y su fantasía con amores pasados, habían saltado como lo hacen los delfines que en los saltos se muestran y se esconden.

Como aquel muchacho seminarista que nunca supo, que ella lo adoraba, y que en vez de idolatrar al Dios supremo el amor le hacía derramar más amores en secreto y con tanta pasión que a su edad ya no era tan platónicos.

En su cuerpo de mujer de 18 años, se derretía sus encantos y sus hormonas. Era solo verlo para saberse sentir que sus piernas le flaqueaban, que su voz se tornaba tierna y dulce y que todo era tan mágico y especial que veía lo que los otros no veían.


Cuando el seminarista le tocaba dirigir la oración de las vísperas a las 6 de la tarde, ella se hacía cómplice en el silencio y pedía para que Dios le quitara su misión vocacional y ella hacerlo su misión aquí en la tierra. En esos días tenía que pelear con Dios para obtener el amor. Tenía que enfrentarse sin miedos al que todo lo puede para que una vocación se apagara y tomarlo solo para ella, alejarlo de una comunidad que pronto se olvidaría de él cuando llegara un nuevo seminarista.

En sus oraciones exigía el amor, y exigía la felicidad tan esquiva en el viaje de la vida y deseaba tanto ser amada y tener un amor para dar; y aun así, se le daba tan escurridizo y tan obsesivo. Por las noches sus peticiones eran tan fuertes que los vecinos no sabían que pasaba. Algunos creían que ella era bruja y que a esa hora era cuando hacia los hechizos para amarrar a seres amados. “Trabajitos” que las señoras querían hacerle a sus maridos infieles para retenerlos junto a ellas toda la vida.


Patricia le temía a Dios y respetaba la voluntad sagrada, luchaba mucho en su interior para poder entender las cosas del amor. Aquellas, que como las sencillas palomas que al menor intento de querer agarrarlas se iban volando lejos muy lejos, tan lejos que eran inalcanzables e imposible de rozarles y arrancar una de sus alas, pero al menos tener un recuerdo que permitiera recordar, que una vez tuvo un amor cerca. Siempre el amor, se le iba como el agua entre sus dedos.

Patricia, no era egoísta ni caprichosa, era una joven de su edad con inseguridades pero con la energía suficiente para querer volar. Ya por fin tenía su propia historia y por fin se sentía amada de verdad, presentía que no le pasaría lo que le solía ocurrir, cuando el amor no se hacía sembrar en el otro y al menor intento llegaba un viento feroz y le hacía caer al más hondo de los abismos.

Como lo hacían por aquellos días, los vientos aproximados del Huracán que se alimentaba de recuerdos en forma de hojas sueltas y que iban salpicando el pueblo de frases, de pinceladas de emociones y poemas escondidos en el corazón de una enamorada. Venía furioso y tomaba lo


que era suyo. Los miedos de los cobardes, los rezos de los inseguros que creen que entre más lo hacen más se salvaran; los errores del pasado aquellos que no logran nada solo flagelar la culpa de los que viven en el pasado y dicen “todo fue mejor ayer” solo para no cambiar, como también podría venir feroz por los sueños de muchos que creían que una oración de esperanza les hiciera cambiar sus vidas, ganarse una lotería, encontrase una herencia lejana, mejorar la condición de vida de los chicos, vender más estampitas, sanar de las heridas y cicatrizar los rasgados corazones egoístas.

Patricia, no quería estar sola, deseaba tener compañía masculina, tener una voz cerca de su oído, unos brazos que la rodearan aunque este no le durara mucho. Sin duda, era más, el tiempo de la espera que la cosecha misma. Era más esperar que la semilla germinase y se hiciera notar que el nacimiento del fruto soñado y desaparecido. Eso, no lo entendió, no le encontraba respuestas que le calmaran sus múltiples preguntas y se detuvo por un momento. Miro hacia el cielo, no miro a Carlos Y suspiró y siguió hablando de ella. De sus cosas, sus amores, sus barcas, sus


conchas de caracoles, sus animales marinos, de fantasías de sirenas y espectaculares monstros marinos encontrados en las bahías de la rivera.

Como aquellos días cuando recién había cumplido sus anhelados 19 años y se encontró con el amor una vez más. Esta vez juraba iba hacer diferente y especial. Por aquellos días las flores eran más bellas que nunca; la risa de un niño era la esperanza de tener los propios junto con esa persona que había conocido a través de la correspondencia. Cuando un día al recoger sus revistas de viajes y encontró mezclada entre sus cartas, algunos envíos con otros datos que no eran de ella. Entonces le escribió muy gentilmente al remitente desconocido para hacerle llegar aquella correspondencia y desde ahí empezaron a escribirse una carta cada mes. Luego esos mensajes se fueron multiplicando junto con la ansiedad y cada vez eran más seguidas.

No habían intercambiado fotos, solo se leían y se describían físicamente, se relataban los momentos que pasaban en sus vidas, sin malicias y soñaban con encontrarse en un tiempo y hacer un pacto de amor eterno. Así, como lo fue la historia de su amiga Sandrita, que se enamoró de un


chico por cartas y en un año se encontraron en la ciudad. Allá se demostraron su amor y fruto de este fue un lindo bebe que era su ahijado. Este niño tenía la misma cara del padre y esa historia de amor era motivo para hacer ella lo mismo ya que no se podía a aspirar a mas, ya que el pueblo no tenía mucho de donde elegir; la mayoría eran hombres viejos, algunos casados y no quería hacer la amante, otros eran separados y tampoco le llamaba mucho la atención porque se decía que estos vienen heridos del combate. Otros eran menores que ella y otros preferían tener amoríos con otros hombres. No había mucho de donde elegir. Los que había, la veían como la hermanita menor, o la veían como la madre que nunca tuvieron. Aquellos amores de correspondencia eran entonces la única posibilidad para salir del pueblo, y fue allí cuando tomó la decisión y quiso saber más de su amor en la distancia. Él era un joven trabajador que vivía junto con sus padres, su madre era enfermiza y por esos días tenían que dedicarle mucho cuidado, por eso él no podía ni permitirse moverse de su lado. Tenía muchos talentos, uno de ellos era el dibujo a lápiz y le gustaba mucho los animales, tenía un caballo negro que ella soñaba algún día


conocerlo, también quería conocer los sitios que este le describía en sus cartas.

Todo ese mundo tan perfecto que suele pasar cuando se escribe y se perfecciona pero las realidades de la vida hacen que se vayan distorsionando, y aunque habían momentos en que se decían que nada haría cambiar las cosas, estas se fueron dando y la rutina fue invadiendo la relación y la distancia, era cada vez más notoria.

Entre más cercana la relación a través de lo que se decían y confiaban, más lejos era la realidad de encontrarse y ponerse de acuerdo para vivir sus vidas juntos, tener hijos y nietos. Todo, se despertó como del sueño profundo y la realidad mostraba a una Patricia incierta que no quería más escribir, que no le daban más los pasos para ir al correo y enviar la cartica que le correspondía enviar. Mientras, él, muy distante ya no leía aquellas frases que alguna vez fueron tan intensas y apasionadas y ya le parecían aburridas por ser tan melosas y hasta el calor en demasiado tiempo quema y fastidia.


Todo fue cambiando para fortuna de aquellas almas errantes y aventureras que querían escaparse y que aunque en tiempo supieron que era la felicidad se dejaron de querer. Amor que ya no movía el piso, ya no era especial y definitivamente era más interesante el contacto con nuevos amigos que estuvieran cerca y dejaron por fin de tejer ideas juntas. Simple y sencillo, así como se conocieron y un día descubrieron miles de sensaciones perfectas, así, como así, se dejaron y la calma volvió a cubrir los corazones inquietos. Era como recogiendo aquellos pétalos de flores que se deshojan tras una fuerte borrasca. Como cuando se toman todos los recuerdos felices e infelices que se han vivido ya sea por amor o por desamor. Ya sea por dentro y por fuera y se ven sumergida todas aquellas frases dichas y mal dichas que en un entonces era felicidad y que en momentos de crisis solo puede llegar a profundizar la tristeza y el crujir de dientes. Es como si se fuera de un todo la luz y se resbalaría en las manos toda la ilusión y el alma desprotegida no supiera dónde encontrar el sitio perfecto para anclarse y vendar todas aquellas heridas que le dejo la lucha que trae el buen amor, ese que queremos perfeccionar pero que no se deja ni agarrar y sostener . Sin conocerse quedaron solo quedando los sobres vacíos, las cartas quemadas; sobre


todo la última de estas que solo contenía en su interior una hoja con un punto en su parte superior izquierda que demostraba el final de aquella historia de amor ya escrita en el olvido, en el recuerdo y las ganas, quedando en territorios muy lejanos como quien escucha un vallenato o una balada que se recuerda o que suena en el momento presente, y justo ahí, es cuando se acaba la canción y no la puedes escuchar más en toda tu vida; entonces esta se queda atrancada en el viento, en la nube, y se aferra en algún otro corazón que desconocemos que puede ser otra pasión, encargándose de tomar un nuevo impulso en la vida; y el que antes era el motivo, ya no lo es, como también ese bendito tiempo que todo lo sana y te hace aterrizar tan despacio como lo hacen las cometas de los niños que salen con los vientos de Agosto cada año. “Si pudiera encontrar una palabra, Sencilla palabra, Que te haga estremecer. Palabra que tenga el mismo efecto de una sutil caricia, sería feliz. Si la encontrase, La mantendría en mi mente, La diría una y otra vez,


Una y otra vez, Para acariciarte todo… Estando tu tan lejos, Estando yo con otro…”

Solo quedaba en la memoria aquellos días locos de juventud irreverente, decidida a beberse la vida a borbotones y la cara de aquella niña mujer se tornaba esperanzadora al recordar que aquello ya había pasado. Que lo malo ya había pasado y que ahora, en ese momento justo de la vida por fin seria todo alegría y a su edad, sería por fin feliz.

Épocas en que quizás la boca se derramaría en deseos y en necesidades como bañarse entre olas y flotar y seguir abandonando el cuerpo en forma de libertad. O entre pieles tibias y ansiosas que abrazan la paz en cada hoja perfumada que cae entre ayeres con nostalgia del hoy y se sacian con dulzura de todo ese cariño que como aroma en el aire, refresca aquellos calores de juventud; como una especie de agua que mitiga la sed y da sombra y oxigena el cuerpo fatigado. Como raíz y tallo


que alimenta las fuerzas y hace mantener de pie los grandes árboles. Así fue superando obstáculos y crecía su cuerpo de mujer.

Estaba tan segura de la llegada de su apasionado enamorado; lo imaginaba pescador de playas. Un hombre fuerte que sentiría junto con ella la felicidad, y por eso viajaría en esos días. Había tomado la decisión de conocer un mar de azules perfectos, hablarle a ese mar y de una vez por todas, saber que es un amor eterno.

Tenía la determinación correcta, de aquellas que se toman una sola vez en la vida y que sus consecuencias son tan placenteras, que hasta la soledad era ya su compañera fiel y veía otra soledad asomarse en su vida. Ya sentía el amor, ya lo veía recorrer todo su cuerpo, y en sus más recónditos secretos.

“Dulce acorde de un alma… de tu corazón siento muy cerca la belleza de sus reflejos, especie de alma con sombra de mar, que muestra y demuestra con tal esplendor


sin parar ni siguiera un segundo tanta ternura, Alma de mi Alma, en el mañana, podré ver mi sol eclipsado y disolverse en tu cielo, mi mar disolverse en tus alas,...mi aire disolverse en tu viento, Bendito sea el momento, en que mis labios susurren en dulce acorde de guitarra, la alabanza de sinfonía de suspiros,…en tus manos, te encomiendo mi espíritu... entonces, siendo aún un poco de tierra, con anhelos de cielo, soñare alzarme en total libertad, allí, extendido, midiendo el amor que te tengo, traspasada a pesar de las tantas espinas, que llevo dentro…” Con gracia explicaba de aquel lugar, de ese mar que tanto sentía ya verdadero y tan cercano y hasta sus sentidos se fundían en olores, en sensaciones de calor, en visiones y así, seguía volando entre narraciones de cómo había conocido a otros enamorados como fue el Antonio, el Armando, el Víctor, y de otros más de aquella lista de amores olvidados, y secretos que ahora ya no tenían sentido frente a ese que imaginaba que vivía en playas de azules profundos.


En el zumbido tenue de voces y murmullos de aquella plaza, que en un día domingo, junto con árboles de mango, flores de orquídeas y girasoles, vendedores de estampitas religiosas, de heladeros de sabores como coco, chocolate, vainilla, maní, de todo, de todo ese mundo real que recorre con ferocidad las horas, minutos y segundos esta colección de sucesos que transcurrían con los cantos del grupo del coro de niños, de los avisos del bingo para hacer la casa cural, del megáfono que anunciaba la llegada del alcalde para inaugurar el único centro de salud, y, del pañuelo sudoroso del doctor que venía de la capital y que no veía la hora de ponerse a trabajar para ponerse en el aire acondicionado que tendría su consultorio. En ese caos, que contagiaban las plumas que caían de aquellas palomas blancas y negras, en ese contraste de collage de hojas secas y amarillas y algunas verdes que caían de los árboles, y, en el ir y venir de las nubes que pasaban en el cielo, se lograba convertir en un todo. Como ese monumento, de la estatua de la Santa Juana que parecía vigilar el centro de la plaza que llevaba su nombre a manera de ejemplo de los santajuaneros como se les conocía a los habitantes del pueblo.


Aquella recorrida plaza de ese lejano pueblo, se veían solo dos personas sentadas en aquel banco; aquel que estaba junto al árbol de roble y que parecía más bien un testigo oculto de la historia, de testigos de episodios y relatos, de juegos y rondas infantiles, de noviazgos secretos, de festivales de dulces, y de fiestas patronales.

Estaban, Carlos y Patricia. Hubiera sido mejor el pasado que el presente el ayer que el hoy. Cuando se conocieron…

“como empezar tu poema, Como podría recorrer tu piel Como un pétalo de rosa roja, Como lograr rodar mi tinta, Encima de ti… ¿me da permiso soñar con usted? Quisiera escribirte,


Describirte… Tocar las líneas de tus huellas, Tocar los poros de aquella región. Contemplarte todo… Y luego, Un viento te lleva… Como una hoja, …y te me vas…”

El vestía, su vestido propio de las fiestas del pueblo, en el mes de febrero y tenía a su cargo el uniforme de los grupos encargados de la parroquia, un pantalón azul oscuro, y la camisa de lino color blanco, acompañado de una corbata azul que hacia juego con sus zapatos de charol del mismo color. A él le tocaba dirigir el paso corto y zigzagueante de aquella procesión. Era un viernes santo, día en donde todos se reunían para participar de la sagrada eucaristía de la Semana Mayor, llevando en sus espaldas el peso del ataúd que llevaba la imagen del Señor Jesús, varón de dolores y fuente de paz y bien.


Conservaba una actitud pasiva y orante. Ganaba dinero ocasionalmente y nunca se comprometió por que de joven quiso ser sacerdote y quería decir la misa en latín, y con el paso de los años y las distracciones que le brindaba el mundo lo único que consiguió fue ser una oveja más del rebaño, dedicarse al campo, sembrar la fruta de cosecha, hacer esculturas de madera, y recoger el dinero de su pensión como marinero en el banco de la ciudad cada mes.

Ella, muy inteligente, y aventurera, tenía gracia de hablar, también de escribir en épocas pasadas, mantenía una hermosa piel y sus ojos llamaban mucho la atención. Era madura para su corta edad y esto la hacía muy atractiva sobre todo, para los hombres mayores del pueblo. Ese día del encuentro, ella se encontraba en la fila que hacen para que la procesión fuera todo un éxito. Iba en la parte de adelante debido a su corta edad, pero esto no significaba mucho, ya que su cuerpo ya era de una prematura mujercita que a sus 15 años ya se le notaba lo atractiva que iba hacer por sus facciones raras pero muy exóticas.


A Patty como le decían las personas que le tenían confianza, le llamó mucho la atención ese señor que estaba a cargo del inicio de la procesión y de las fiestas religiosas. Lo vio tan divertido y con ese vestido que tenía, no podía dejar de entre reírse y con picardía lo miraba con cara de simpática diversión. Ambos sintieron química de buenos amigos y así fue que nació esta relación, aquel día de luto impuesto por las festividades del viernes santo en la Iglesia a las tres de la tarde.

Pasaron varios días y ya en el domingo Fiesta de la Resurrección se acompañaron los sonidos de tambores africanos, de la flauta de millo aquel árbol que servía para hacer instrumentos de vientos, y el rumor de una voz femenina que balbuceaba canticos de amor; los habitantes del pueblo se dispusieron a bailar por las calles y los alrededores del rio, bailaron en la plaza y en los terrenos próximos a inaugurar del puesto de salud. Entre ritmos cadenciosos y flirteos de las caderas y las piernas se gozaron los ritmos antepasados que pusieron a bailar a niños, pusieron a contornear los esposos y sus señoras, a las jóvenes casamenteras y algunos turistas que pasaban por ahí.


Carlos y Patty se volcaron a bailar en plena plaza. Ella que iba vestida de blanco y ya sudado, iba con una flor de orquídea en su oreja izquierda, él le hacía más bella. Aquella chica de pueblo que no conocía el mar, se movía como las sirenas en el agua y un hombre que podía olvidarse de sus miedos mientras bailaba como si se entregase a la divertida aventura de volver a vivir y ya tenía las ganas de arriesgarse. Con diferencias entre sus edades, culturas, posición económica, hacían de esa relación algo más que interesante e inquietante. A ella le estaba empezando a entusiasmar, y el veía retornar su juventud en un intento de amor que hace mucho no se dejaba atrapar. Ambos sabían los pasos, a seguir…

Carlos era asediado por las cuarentonas solteronas que hacían muchas actividades en la iglesia para que viniera a verlas en sus reuniones de cada jueves a las 7 de la noche en la casa cural. Le llevaban galleticas de vainilla y canela con tecito para las horas de su merienda, algunos tabacos cubanos, botellas de ron, pañuelos, perfumes, frutas, correas de cuero, medias blancas, etc… Nunca se comprometió con ninguna mujer. No se le conoció compañera alguna, y muchos en el pueblo comentaban entre chismes que era un tipo más bien raro, que el mismo se hacía


regalos, y se escribía cartas para aparentar que lo vivían asediando las mujeres. Decían por ahí que había estudiado en la capital y que parecía un profesor de filosofía, que a lo mejor era homosexual o que era uno de esos locos que tiraban piedras en la universidad pública, y que después de los años tormentosos de la coca y las minifaldas de los 60, se fue exiliando a lugares donde no lo buscarían por revoltoso. Comentaban que era algo así como un hippie gringo. También decían que se había escapado de su país porque allá le habían encontrado debajo de su cama un esqueleto humano que lo único que lo vestía era un calzón. Decía que lo hacía para tener poderes mágicos, y tenía pactos diabólicos. También decían que era un político exiliado, que fue ladrón de algún pueblo lejano, que fue presidente y para no ser descubierto mantenía esa barba espesa para no ser reconocido. Nada de eso era cierto. El, era un divorciado que no tuvo suerte en el amor. Su esposa era una joven italiana que había venido escondida de sus padres, y eran muy jóvenes cuando se conocieron en un tren. Cuando se casaron, eran casi un par de desconocidos que se atraían. Carlos había terminado la escuela naval para ser marinero, pero por problemas con el capitán decidió salirse de eso, logró una indemnización para ser pensionado retirándose de las


armas, de los barcos, de las costas y decidió adentrarse al interior del país; allá era mejor, porque habían fuentes de ingreso, podía sembrar y para su comodidad podría ser dueño de su negocio y podría ganar dinero trabajando en lo que la vida le propusiera y así gozar tranquilo en sus posteriores años. La italiana, era una chica que tuvo que salir de su país y que por cosas extrañas de la vida se montó en el primer barco que vio, y fue allí donde se conocieron. Fue amor a primera vista y juntos decidieron arriesgarlo todo, vivir en un pueblo y dedicarse a la tierra. Pero sus sueños se frustraron y no se hicieron realidad por que a medida que se crecía se maduraba y su idilio solo pudo durar un par de años; cuando él se dio cuenta que ya no era amor, sino compasión y se separaron, para evitar conflictos. Y cada uno tomó su camino. Entonces, supo con certeza y para no engañarse, que las cosas del amor, eran sentimentalismos baratos, cursilerías de novelas romanticonas y simplemente no eran para él; que eso de besos y abrazos solo podían infectarlo de virus y bacterias, contraer enfermedades contagiosas y ese montón de cosas que una vez había leído de una revista que daban los médicos de los barcos para evitar que las plagas y virus se propagaran al viajar en mar adentro. Él se fue secando en el corazón; como cuando las olas se van distanciado y se


van alejando de su lugar actual. Así, su alma asumía y se acostumbraba a no tener espacios para amarrar otros barcos; se acostumbró a no ser amado, ni a buscar serlo y ya no le hacía daño estar solo, lo disfrutaba y le era indiferente ver a las parejas salir de las tiendas, de las heladerías, agarrados de las manos y viéndose a los ojos permanentemente. Más bien ya no le interesaba amar y se sentía bien así, solo y sin alguien que le quisiera y le acompañase en su historia. Se fue alejando de todo lo que conmoviera y le hiciera regresar a sus verdaderos colores sin el oxidodel olvido; Con el tiempo pudo lograr obtener facciones duras, de aspecto atrayente y que, sin querer le hacía resaltar en su rostro una cierta ternura y dulzura de niño perdido buscando a mamá, y que en vez de alejar a quienes se acercaban más bien parecía acercar; sobre todo aquellas mujeres maduras que nunca parieron y que con él podían ejercer un noviazgo maternal. Por lo general, se les veía junto a los chicos, a los animales extraviados en la calle que le hacían recordar que él era como uno de ellos. Era como un potro salvaje que se fue perdiendo en la selva y que era difícil de domar. Aparecía solo en las obras de caridad, vestido todo de color negro, y ayudaba a las personas de la iglesia aquellas que lloraban y pedían consejos cuando el cura párroco andaba ocupado, en el


fondo era considerado muy buena gente. Tenía pocos amigos. Quizás el más querido de sus amigos que era como un hermano ya no se encontraba con él. Lo conoció en el parque ahí mismo donde estaba sentado. Lo conoció un viernes en horas de la tarde, antes de las campanadas de la misa de 6 de la tarde y juntos disfrutaban de un buen jugo frio de mangos recién hecho. Hablaban de todo.

Compartían tantas cosas y pasaban mucho tiempo junto, de ahí el rumor que eran pareja. Eso lo hacía enojar mucho con la gente chismosa del pueblo y por eso no asistía a misa ni a ningún evento social porque era motivo de peleas y más de uno sintió el fuerte golpe de sus puños. Defendían la amistad a costa de las habladurías y hasta se pensó en trasladar de sitio para tener paz. Hasta que un día, de esos días extraños su amigo le reveló con cierto cinismo a través del teléfono que sentía algo muy fuerte por él. Que le deseaba como nunca en su vida había deseado y que se había enamorado de él, sin querer. Eso, fue como si le clavaran un puñal en su alma porque además de no sentir lo mismo, esto le causo un tremendo dolor que no pudo superar y aunque lo negara se le veía triste cuando a lo lejos veía a su amigo sentado solo en aquellas bancas


donde se habían conocido. En su vida no cabía ese tipo de relaciones, se mantenía alejado a este tipo de personas ya que en su vida de marinero había visto muchos casos pero sus inclinaciones siempre iban del lado de las mujeres. Después de ese amigo, no quiso tener más.

En su vida, había desterrado el amor y ahora empezaba a alejar la amistad. Era como una embarcación que no tenía amarres y que solo servía para acompañar y apoyar a otros barcos, pero que su barca no podría entrar nadie, ni mucho menos podía remar nadie. Era un buen líder y eso bastaba; hablaba con los vendedores, con los policías, con las autoridades civiles y sembraba arboles de mango. Limpiaba la basura en los días donde se organizaban festivales y campañas en las calles. Recogía dineros para

hacer fondos a causa de los necesitados y

personas pobres y enfermas que había en abundancia más que la cosecha. Ayudó mucho en la reparación de la vieja escuela y en días de navidad hacia rifas y con lo recolectado compraba regalos, ropas y se los daba a los niños huérfanos del hogar de paso, que lo veían disfrazado de Papa Noel. Fue el gran promotor de la construcción del nuevo Centro de Salud; y de seguro de llegar a lanzarse a la política, podría ser elegido


como el futuro alcalde del pueblo. No le interesaba ninguno de esos cargos. Disfrutaba lo que hacía y disfrutaba estar solo. Eso lo mantenía entretenido, para no pensar en el amor de nadie. Más de una mujer, derramó lagrimas por él, y los rechazos que él les propinaba a las que estaban enamoradas de él, le hacían sentir culpable al no querer comprometerse con nadie. Pero ya era una decisión tomada. No quería enamorarse porque sabría que si lo hacía, este lo llevaría al dolor, como la muerte en vida en sus años canosos y de antemano sabía que si lo hacía se entregaría del todo, y lo engañarían como lo hizo el amor de juventud. Aquella chica italiana de ojos azules, tez blanca, facciones perfectas y lunares encantadores, aquellos que le rodeaban su buen cuerpo perfecto.

Ella. Patty, dedicó toda la vida a los libros, a la lectura hambrienta de pasar horas y horas entre revistas, folletos y diarios de varias partes del mundo que se encontraban en la biblioteca. Una vez, tuvo un sueño. En este, había visto ochos campanas que sonaban de forma melodiosa. Todas las puertas estaban cerradas, excepto la de la biblioteca, allí salió corriendo a esconderse… Los libros estaban puestos en los escritorios y


de repente sonaba música y se puso a bailar con ellos. Creando un mundo en que la razón y el corazón era una sola cosa.

Luego en otra escena caminaba por los pasillos de aquel sitio, y escuchaba voces y quedo dormida en el sueño. Escuchaba el pasar de hojas. Y escuchaba solo suspiros…Escuchó el llanto de una niña que se escondía como ella y le quería abrazar, le decía cosas al oído y le sonreía. Al despertar interpretó ese sueño, y decía que la niña era la inspiración de los escritores que se escondía en aquellos libros. Que era la musa del artista, del pintor, del poeta, y del músico. Desde ese día quiso leer mucho y escribir cuando su amiga la inspiración le llevara de la mano y le hiciera escribir versos, párrafos, oraciones. Su talento era innato y jamás había recibido lecciones de literatura, solo lo básico que se da en los colegios y la forma de ver la vida la fueron convirtiendo en una escritora que redactaba todas sus emociones y los hacia realidad, gracias al papel y al lápiz. Y también ayudó una carta que una vez un profesor le había mandado cuando ella quiso publicar en una revista. El escritor José Manuel Montesinos le había fascinado su forma de redactar y le decía cariñosamente “palomita”, le gustaba como llevaba la melodía en la


repetición y en el paralelismo, también le contaba un secretillo, en aquella carta que decía que Gustavo Adolfo Bécquer el romántico español tenía problemas con los signos de puntuación, pero como en los escritos poéticos estaba encima de la ortografía rigorosa era mejor que hiciera como los surrealistas. Además le decía que con solo leerla podría adivinar que su voz era hermosa. Que debería ser muy hermosa y aun así con los lentes que tenía que utilizar a su edad debía pensar como el poeta Dámaso Alonso que decía “mi tierna miopía, que difumina el contorno de la realidad y la hace poética, pues todo se entremezcla”. En aquella carta, le hacía exaltar el evento de la Palabra y la forma como se puede mover el mundo como si fueran los movimientos de rotación y traslación con solo escribir. Haciéndole ver a Patty, que el físico no es importante y que el verdadero rostro está en su poesía y en sus relatos, y que siguiera pensando como niña aun en la ancianidad cuando esta llegara. La madre de ella era profesora de un buen colegio. Allí habían colecciones de muchas revistas de viaje por que tenían muchas fotos y así se podía conocer diferentes partes lejanas. Patricia era buena alumna la primera en su clase, aplicada e inteligente. Cuando quiso ver, ya se le habían pasado los mejores años, y sus metas no se hacían realidad.


Ahora deseaba conocer el mar y esa fue una de las primeras conversaciones que tuvo con Carlos. Él le contaba que un día pudo bucear y conocer delfines, y todo el esplendor de la vida submarina, los corales de diferentes colores, los peces, las algas, y hasta los tenebrosos tiburones. Sus conversaciones eran parecidas a un padre con su hija. La diferencia en edades era cada vez más notoria y cada vez más atractiva. Así como cuando se ve en la sábana de las montañas una vieja niebla que te hace ciego y al verla de cerca la hermosura, se contempla los verdes transparentes y vírgenes de unas montañas recién establecidas bordadas de unos lagos de aguas cristalinas y puras pero acompañado… de una vieja niebla que todo lo cubre y te hace ciego en horas muy tempranas. Patricia, siempre quiso conocer la sal del mar, el sabor de un caribe que todo lo sana y los problemas son más llevaderos. Quiso conocer el color y la textura de aquellas aguas que como mantas saben abrazar a las almas que se entregan a la contemplación de segundos de toda esa naturaleza azul.


Deseaba sentir el sabor del calor en la piel que se torna canela por el bronceado. Se imaginaba ella muy fantástica escuchando las olas. Sentada en el espolón, en ese camino de piedras que impedían que el mar se metiera a las casas cercanas de los pescadores. Y solía verse en sueños flotando. Con los ojos bien abiertos sonriéndole al sol, a las nubes, y a su amor que le cantaba canciones con acordeón. Ahora más que nunca. Estaba decidida a volar como gaviota por los cielos y hacer estallar en un sonido toda la alegría del momento de vuelo.

Fascinada por el encanto de aquel mar azul profundo que vio en la página 16 de la revista VIAJES. Era su sueño y pronto lo iba hacer realidad. Aquellos magazines eran una colección de revistas de agencias de viajes que mensualmente publicaban y era enviada a muchas partes del mundo. Como cosas de la vida una de ellas les llego a la gente del distrito y una vez que estaban en campaña educativa donaron gran parte de estas a la biblioteca Santa Juana Del Perpetuo Socorro allí, donde trabajaba su madre. Esta fue fundada por los abuelos de Patty que se establecieron en esa zona en días de la postguerra, y como vieron buenos terrenos fueron construyendo en casas de barro y madera en las columnas, colocaron


algunas maderas como especies de puertas y poco a poco fueron creciendo en masa y en buena multitud al casarse las pocas mujeres con algunos de los abuelos que por esos días tenían buena apariencia y una edad que les favorecía.

En esa época ya eran como 100 personas que ya habían instalados sus casas, sus cultivos de maíz, y fueron comprando animales para tenerlos en parcelas y como no existía la luz y el agua tenía que traerse en recipientes desde el rio hasta lo que hoy se conoce como las calles de las vacas, pues tenía ese nombre porque allí en las mañanas el ganado comía pasto.

Dentro de pocos años algunas cosas lograron avanzar y como eran muy piadosos decidieron construir la única iglesia por esas tierras tan lejanas hoy es un monumento tradicional gracias a la colaboración de señoras de la capital que crearon un festival gastronómico y cuyos ingresos sirvieron para la edificación, la campana, el reloj, las bancas, el altar, los angelitos,


la custodia que mantenía la hostia intacta, algunas flores de plástico, las urnas para la limosna, entre otras cosas.

Cuentan que por esos días volvió aparecer el fantasma de la guerra. Los dos países que eran como hermanos tuvieron problemas y se fueron a luchar por sus ideales, y por algunas vacas que se habían ido para el otro lado y que no querían devolver, no eran muchos los soldados pero con sus caballos se hacía estremecer el grito y la sangre. La fuerza y el poder. La parroquia sirvió para instalar un hospital adentro de ella. El altar mayor sirvió de camilla para la sala de operación y las bancas mantenían a los heridos acostados y otros tantos en espera para ser operados por las heridas de esta contienda que volvía a repetir sus estragos y cada vez con más tristeza y luto porque no cedían a la devolución de las vacas y de los pocas ganancias que traían los cultivos de maíz, de yuca, papa y de algunas flores que eran comprada y llevada al extranjero en grandes bancos mercantiles.

Por esos días de lucha y desidia el templo se había cerrado para seguir sanando sus heridas físicas. Hoy, en día sigue la misma misión de


aquellos días, solo que ahora son heridos del alma que encuentran su refugio en medio de tragedias personales y gran apoyo para seguir perseverando en sus vidas. Cuando, el suspiro de convierte en un largo respiro que sube a las nubes y choca con el azul del cielo, es necesario retornar al corazón de quien exhalo y saco de su corazón el tibio aire que sale de la nariz. Patty, solo suspiraba y en sus adentros realmente se sentía bella y muy delicada en ella, se descubría aquellos deseos una vez más. Al lado de su nuevo amor. Cerraba sus ojos, y sentía estar allí, con un vestido ligero por el calor de los días en la playa, parecía ya bailar con el brison de aquel mar de azules perfectos; al lado de su amor, pisaría descalza y dejando huellas en la caliente arena, consiguiendo así su sueño real, eso le motivaba como si fuera un dios y una doncella virgen enamorada que decía si, acepto tu voluntad le llenaba de energía pensar en eso, y esto le coloreaba sus días, como cuando era niña y acostada en el piso se ponía a dibujar con los colores la felicidad.

“desde ayer, bueno desde hace un buen tiempo tengo la inevitable, casi agónica idea de que si no escribo moriré. Por eso respiró y escribo en diferentes horas y en diferentes escritorios. Yo vivo en tierras llenas de


magia y a veces escucho noticias mágicas como aquella entrevista que le hicieron a un muchacho que aparentemente se encuentra bien de salud y que a eso de las 10 u 11 de la noche de todos los días se enloquece y sale desnudo corriendo diciendo que un pájaro negro le habla y le dice que se suicide. Ayer, también dijeron los comentarios que de un árbol de mangos cayeron unos pescaditos algunos estaban vivos y que las señoras que presenciaron aquel suceso salieron corriendo buscando bolsas llenas de agua para meterlos en ellas y así rezarles para que se cumplan las peticiones que ahora se solicitan en filas, …Patricia”

Aquellas hojas eran entonces, mas azules, más rojas, mas amarillas, mas tonalidades que como en el que en ese entonces, ese día el mar del cielo de arriba mantenía ese bendito pueblo que entre murmullos de una “mar de multitud”, se encontraba aglomerada de cantidades magistrales de lado y lado de la carretera, unos esperaban al Sr Alcalde que venía junto con el doctor Buitrago, eminencia capitalina de la salud y docente universitario…, y algunos otros hacían huelga cerca donde estaban los buses de transporte.


Doctor Buitrago había estudiado en una excelente universidad, y su tesis de grado consistía acerca de un novedoso sistema para hacer quimioterapia a los pacientes de cáncer, este consistía en hacer un tatuaje de una proporción algo ni muy grande ni muy pequeño que iba a penetrar en la piel y que esta iba poco a poco a matar las células cancerígenas, que dañan el sistema y una vez sanada la persona, este podría ser retirado con el tiempo, ayudando así, los costos elevados y costosos equipos que muchos hospitales no poseen sobretodo en este área rural. Se ingeniaba cosas de estilo muy creativo y de bajos presupuestos, todo para ayudar a la salud de las personas pobres, pero sus proyectos no tenían mucha consistencia ni mucho apoyo por parte del gobierno. Vestía con pantalones muy anchos y los amarraba con una cinta muy gruesa de cuero. Sus camisas iban de acuerdo a cada día. Por ejemplo el lunes era azul turquesa, el martes gris, el miércoles color rojo, el jueves amarilla, el viernes naranja, el sábado vestía de color morado y el domingo de color verde oscuro. Los zapatos eran siempre negros y brillantes y las medias de color blanco. Dedico sus mejores años al buen ejercicio de escribir cuentos y gustaba de tomar de un buen whiskey en


las rocas junto con su máquina de escribir Remington. Era más bien de clase adinerada y algo de sus excentricidades, era decir que era pobre, que no tenía lujos y hasta un día de esos fortuitos se hizo realidad. Se cayeron las finanzas de la familia. Se endeudó y quedo pobre. Así de abajo donde se encontraba, logró sentir el dolor de sus pacientes, casi siempre estos pobres e indefensos y pudo entenderlos más. Cambiando los desayunos de frutas, jugo de naranja, tortillas con huevo y a buena hora, por arepas asadas al carbón con un jugo de caña de azúcar con limón todos los días. Cambiando los almuerzos a que había sido muchas veces invitado por agradecimiento a que salvara la vida a sus pacientes ricos por una sopa de frijoles que comía por las tardes también. Porque no podía desperdiciar le tocaba repetir la misma comida casi todos los días. No era fácil, Nada despreciable fue, cuando le recomendaron para que fuera el médico de aquel pueblo. Sitio que decía que jamás iba a regresar ya que paso muchos días de su juventud en aquel lugar. Allí iba junto al alcalde, pensativo, como en una actitud de triunfo, y a la vez meditabundo, anhelaba servir de inmediato, deseaba estar en su consultorio por diferentes razones, y una de estas era estar en el aire acondicionado, porque el calor y la humedad ya eran insoportable para su


débil cuerpo y hasta ya había empapado todo el pañuelo que mantenía en su mano izquierda. Mientras, las personas ya se encontraban apretadas, con los ánimos calientes, como pareciendo recordar a la vez las fechas de votaciones que pronto se acercaban, las próximas elecciones eran en el mes de marzo, y que como en toda época electoral se revivían sentimientos de patriotismo y esperanza de un mañana mejor. De un principio de derecho y justicia, pero también con la seguridad que pasados los días se volvería a la misma marginalidad sin futuro, sin educación básica, sin empleo y sin muchas cosas que no se tenían y no se saben si se tendrán, en los pueblos que no aparecen ni en el mapa, y mucho menos en los corazones de aquellos que lideran la política y no eran tenido en cuenta en sus presupuestos y ni siguiera en fiestas religiosas locales ni en reinados de belleza, ni en votaciones porque muchas veces no aparecían las papeletas para ir a votar. A lo lejos, se escuchaban algunas rimas de los que mantenían una huelga, que habían organizado desde hace varios días para obstruir y no dar salidas de los pocos buses que ya existían para viajar. Ellos exigían que la alcaldía le donara 100 cajas de cervezas para las tradicionales fiestas patronales, y como no habían tenido respuestas por parte del Gobierno, se tomaron en


ese día la terminal de transporte y no permitieron el flujo de vehículos. Entre gritos de protestas y con rítmicas coplas exclamaban cervezas heladas en botellas o en latas, eran varios, todos al unisonó se aferraban a sus botellas vacías de “chelas” que hacían como un mes no tomaban por que frenaron las entradas de su bebida favorita para refrescar sus ansiedades y hacerle sus vidas más amables. Los Compadres, como así se les conocía era un grupo nutrido de obreros que trabajaban en la construcción del Centro de Salud y ya habían terminado el trabajo y sus salarios. Eran obreros que sudaban a montones porque sus brazos eran cubiertos con uniformes de manga larga para no quemarse por el sol y esto lo hacían transpirar mucho. Todos ellos se aferraban al coro que lideraba el viejito Boney, aquel en sus años juveniles había servido a la Patria en la Guerra de las fronteras, y fue allí precisamente donde aprendió las labores básicas de la construcción y la buena entonación de un grupo coral que cantaba como ángeles el himno del país, él, se había tomado con seriedad la creación de las coplas alusivas a la huelga propuesta por Don Maximiliano que cada vez se enfermaba más por qué no tomaba su cerveza fría cada mañana con su desayuno y que logró distribuir las copias entre los manifestantes, que los acompañaba.


Con veloz astucia el carro del alcalde, pasó con tanta rapidez que no pudieron ni entonar la primera tonada en Re Mayor y con silencio y mirándose las caras no pudieron seguir su lucha por las cervezas frías. Devolviéndose a sus casas, repudiando de su mala suerte, peleando entre ellos porque no cantaron todos al tiempo, y enfermándose cada vez don Max que pedía una cerveza fría para calmar sus penas y dolores sobre todo en la mañana.

El Alcalde, miraba con afán y obsesivo detenimiento, su reloj antiguo que costó mucho. Tenía otros compromisos que hacer, y ya, en sus manos, ya tenía la tijera para recortar la cinta, y recortar presupuestos. Todo esto no hacía más que recordarle sus años escolares, aquellos cuando fue representante estudiantil frente a una asamblea de padres de familia que exigían mejores acondicionamientos para los niños de Santa Juana y a veces prefería irse a sentarse en las bancas de la plaza y pasarse muchas horas hablando con el que le metiera temas de conversación y añoró una vez más a una persona en especial. Había pasado mucho tiempo, pero aún le amaba. Lo había conocido precisamente ahí, donde


recordaba sus años de juventud cuando era estudiante ejemplar. Y aun no sabía que tenía algunas dobleces y el veía normal la forma de hablar muy sutil y delicada. Su ropa perfectamente planchada y almidonada. Su colonia de limón y rosa que desde pequeño acostumbraba a echarse debajo de las orejas, en la punta de la nariz y en el ombligo. Aun sentía el perfume que usaba su único amor verdadero; recordaba con agrado el pliegue de la camisa que utilizaba, la manera de tomar el pañuelo. Lo agradable y cordial que era con las personas sobre todo con los vendedores de la plaza, esos que vendían dulces y que aún siguen discutiendo con las autoridades porque no les era permitido estacionarse en sus puestos tradicionales.

En los pensamientos del alcalde, quien lo creyera aún permanecía la imagen clara de su amor escondido. Aquel que le había hecho feliz sin saberlo, que aunque no era correspondido le hacía tanto bien recordarlo en esos días cuando se dirigía por aquellos caminos que recorrió suspirando, y en aquellos lugares que le narraban en sus pensamientos su más recóndito secreto y que a su vez le rememoraban como testigos silenciosos sus más divertidos momentos, y sus grandes charlas sinceras


y de muchas lágrimas cuando había revelado su amor y su verdad. Su condición homosexual descubierta por su amigo, le hizo desgarrar en silencio el sufrimiento tormentoso por temor de las habladurías, de miedos al qué dirán las amigas de mamá. De lo que diría el Sr cura párroco, de las golpizas que su padre le daría cuando se enteraría. De todo ese mar violento de dolores, de lágrimas en que se vería envuelto si se enteraran las personas de su gran secreto. Secreto que el mismo desconocía y que hasta él, era inocente de conocer ya que le parecía normal sentir en ciertas ocasiones la suavidad de los vestidos de seda de su madre cuando se iba a sus bingos bailables y eventos sociales y él se los colocaba a escondidas

mientras se contemplaba en el espejo de

cuerpo entero y pensaba cuando le entusiasmaba correr tras sus amigas y las apretaba a la fuerza y las obligaba a lavarse los cabellos con champús olorosos y después se encargaba de peinarlas y de hacerle masajes capilares. Era toda una aventura colocarle toda una serie de decoraciones y flores a las imágenes del templo. Para él, eran normales, sus jueguitos y bromas divertidas. aquellos delicados movimientos que tanto le gustaba de su vestimenta le hacían recordar sus reprimidos gestos que mantenía escondidos de sus padres. Situación que cuando


entra en crisis matrimonial repite a oscuras con los vestidos de su mujer. Guardándose para sí, su doble vida. Doble vida que en la edad ya madura le había hecho notar que la mentira era su única salida. Se dedicó como pudo a trabajar en el arte del engaño, en el arte de encantar a las masas y de liderar proyectos políticos en la capital, mientras estudiaba derecho constitucional y estudiaba para ser algún día el mejor alcalde del mundo. Su trabajo era duro y con pocas victorias. Mantenía el ímpetu de sabiduría, que tenía desde su juventud. Conocía de estos cargos burocráticos y tediosos, pero para él era un viejo ejercicio, en el que se veía sacarle gusto a cada evento social para promover votos en futuras contiendas electorales que anunciaban los afiches pegados en todos rincones, desde las cercanías del cementerio, en las paredes cercanas de centro de salud, en la tienda de la esquina, donde la señora Socorro, que vendía panes y productos enlatados, en las orillas del rio san Juan que quedaba a media hora caminando hacia el pueblo santa Juana; habían afiches hasta en las pocas canoas que allí navegaban y que hacían viajes a la otra orilla y así, llegar en camión hacia la ruta que llevaba a la capital. Una hermosa ciudad que tenía algo de civilización y


que por ser algo comercial atraía a turistas para comprar artesanías y dulces de leche, mermeladas y ron nativo.

El alcalde, solo pensaba en las jornadas electorales que se aproximaban y tenía que hacer publicidad en cada fiesta y, en cada actividad que se hacía para cautivar votos, eso era lo único que le obsesionaba y solo enfocaba todas sus energías para lanzarse al senado de la república y así salir del pueblo, y obtener esa bendita curul en donde se imaginaba con una hermosa dama por apariencias, unos hijos de revistas, de un lujoso carro último modelo, pero que consumiera poca gasolina, de una grandísima casa pero sin muchos muebles y enseres para poder trasladarse rápidamente y otras cosas que se le venían a la mente. Como lo hacía el gran tumulto de personas que se le hacía en los alrededores del centro de salud. Eran cientos, que ya estaban haciendo filas para que fueran atendidos de inmediato, algunos necesitaban operarse, otros necesitaban las medicinas, otros necesitaban que se les suministraran los primeros auxilios. Eran tantos que a simple vista se creía que iban a mirar la construcción y que deseaban presenciar ese movimiento sutil que el alcalde había practicado durante meses para


cortar de un solo movimiento la cinta ancha y roja que cruzaba la puerta de lado y lado; y que en su parte derecha tenía una placa de mármol que decía su nombre en letra gótica francesa de color oro. Qué lejos estaba de aquella realidad.

Pasaron muchas horas y después de tanto esperar por fin habían llegado, en medio de la muchedumbre enferma y callada, que más bien guardaba silencio, porque ya estaban cansados, sedientos y pidiendo misericordia para ser atendidos después de la ceremonia. Era mucho el trabajo, que se le venía venir al doctor Buitrago. En medio de la fila, y quien lo creyera estaba la señora Casilda, una de las prestigiosas damas de la Santa Cruz que para nadie era secreto el dinero que tenía, y que siendo viuda, la llevo a encerrarse en un mundo imaginario y nadie supo en donde había quedado su lucidez de aquellos años anteriores. Nadie supo donde había guardado su fortuna, ni siquiera sus sobrinos pudieron encontrar ninguna de sus joyas, sus reliquias y sus vírgenes de oro que su esposo le había comprado en unos de sus viajes a tierras lejanas. En la capital le diagnosticaron una enfermedad que con los años fueron dañando su memoria, así como le fue rasgando sus vestidos, sus casas, y hasta su


tristeza, esa que se le veía en sus ojos pero eso sí, se mantenía en pie, firme para ser atendida y por eso era una de las primeras en la fila.

Frío y cauteloso como un gato es la oscuridad. Como lo es, un pedazo de una botella de vidrio partida y ahora hallada en el suelo por un sujeto que estaba dispuesto a no dejarse golpear. Así, como la tristeza de la joven que por dejarse llevar por las hormonas, yace ahora en la incertidumbre de si tener o no el fruto de sus entrañas. Esa era la tristeza de una soledad que cubría el viento, ya de las 6 y 30 de la tarde, en la banca, en la plaza, aun donde allí estaban sentados Carlos y Patricia. Ambos callados. Parecían dos barcos muy cercanos en medio de todo el mar de soledad que los rodeaba, se notaba algo de algarabía de todos, de sucesos de ruidos, en ritmo de fiesta, y de aquellos días inolvidables en que los chicos de la escuela salían a divertirse después de terminar compromisos escolares y que empezaban a jugar a esconderse de sus padres y ahora después de años se escondían de sus esposas que rezaban y que en el bar del señor Ron todos se encontraban tomando, enloqueciéndose

los

sentidos

en

el

sensible

licor,

en

aquel

desprendimiento de máscaras dejándose llevar por el relajo, bailaban


todos los ritmos, mientras sus esposas arrodilladas y con las cruces en los hombros pedían misericordia por sus vidas sufridas, pedían ayuda y pedían que no les pegaran a puños a medianoche, pedían milagros eternos de ver a sus queridos maridos más amables y complacientes con ellas que le habían dado no solo sus almuerzos en forma puntual, con los platos muy limpios sus ropas bien planchadas, sino de una forma y un ritual diario el brillo de sus vidas, la sumisión de buenas esclavas y madre de sus hijos. Ellas, pedían en mitad de rosarios dolorosos, algún signo de misericordia y paz en los corazones de sus verdugos. .

Mientras, el mar se hacia el ansioso, como quien espera un ser amado y hacerlo suyo en una noche tranquila y suave, abrazarle y verle recorrer sus suspiros y sus dedos, como quien no quiere tocar por miedo a lastimar y bordear todo su cuerpo y luego verle despedirse entre olas al ser que tanto se quiere y que se deja libre para hacerla feliz como nunca podrá ser. Como el mar que espera sus vientos fuertes y algunas veces muy suaves. Como quien espera el huracán, que se desvanezca o por el contrario que se torne agresivo y apasionado. Como hace el ave, que sacrifica su mismo cuerpo para darle de comer a sus crías y dejar de


sentir el atroz hambre, así, de esa precisa forma, soñaba amar Pedro algún día cercano. Sus fuertes brazos alzaban la atarraya y esta al expandirse se sumergía poco a poco en el interior de aquellas aguas que guardaba peces de todos los tamaños que eran su sustento diario en aquella zona costera invadida de turistas, de nativos y de toda una serie de sucesos propios mágicos del Caribe. Lenguaje tropical y sencillo. Paisaje que ya sabía a sal, junto con las barcas, el suelo, las bocas de las personas que pasaban por ahí; las carreteras que sabían a sal, el ambiente húmedo, que ya sabía a sal. Fabulosa vida del mar de azules profundos, brisa cálida, ambiente de fiesta de madrugada fresca. Libre de los fríos grises de las montañas. Paisaje donde los abrazos se hacían más sudorosos, donde los labios de las mujeres eran más pintadas y más calientes. Todo era sensual, música y sabor.

Eran cuerpos danzando en un ritmo, así eran a todas horas, la playa era el alimento y daba la gracia del placer divino, era musa de poetas y perfecto para enamorarse y entregarse. De casas de colores fuertes, Conchas de caracoles que decoraban las terrazas. Piedras que tapizaban


las carreteras y los caminos. Sitio que aún era intacto, que sus dioses, semidioses y naturaleza aun eran estables. Donde era fácil escuchar en algunos momentos el ritmo de las aguas de los riachuelos que desembocan en el mar para mezclarse y forma el verdadero azul que mantenía y que por esas cosas de la vida era difícil imitar por los pintores. Era simple imaginarse sentando en el puerto, allá junto a las gaviotas como una novela de Hemingway. Como el Sol que resplandece en el atardecer del amor. En las vísperas del encuentro cercano con el cosmos y el espíritu, el alma y su descanso, el juicio del peregrino y el cielo y el infierno. La hamaca y el chasquido de las gotas que al empezar la lluvia tocaban en el piso.

Pedro, tenía 28 años, su tez era morena. Era de buena estatura y sus cabellos eran rizados, tenían buen aspecto, como son los que viven en la orilla del mar, con piel de sal parecida a la que cubre barcos en la bahía y sus ojos eran tan transparentes, que se permitía soñar en ellos, ver la belleza propia y ser una persona diferente y especial...Vivía solo. Sus padres ya habían fallecido. Su padre le enseño a pescar y los años lo


fueron venciendo, las grietas fueron creciendo y al poco tiempo murió. Su madre no la alcanzo a conocer, ese día el nació y no pudieron verse.

Desde chico vivía fascinado con su único juguete: El Mar. Le gustaba hablarle como si fuera su eterna enamorada y así era, ya que desde sus entrañas le regalaban peces grandes que le permitían vivir de manera que no le faltaba muchas cosas, tal vez su sencillez en esa vida le ayudo mucho y quiso jamás salir de ahí, pensó que era feliz y eso le bastaba para pasar el resto de toda su vida. Su pequeña casa, tenía un solo cuarto, allí tenía la hamaca, unas cajas con libros que apenas podía leer, demorándose mucho para terminarlos pero con la dicha de saborear cada palabra. No estudió en el colegio, sabía escribir y algo de matemáticas, ya que una vez un marinero le enseño algo. Vivió agradecido con su amigo que no le dijo como se llamaba para recordarlo, pero siempre estuvo pendiente si algún día regresaría para devolverle el favor de educarlo. No tenía mucho en claro como era solo se acordaba de algunas palabras en italiano que este había aprendido de su nueva novia y futura esposa. Pedro tocaba acordeón, y las olas le hacían el coro vallenato, hacia


cuentas matemáticas para saber cuántos pescados necesitaba pescar para poder tener el dinero suficiente para alimentarse y para sus gastos personales, y eso, le bastaba. No sabía rezar pero creía en Dios a su manera, era un hombre inteligente aunque él no lo consideraba así, se lamentaba no haber estudiado más, y tenía como todos, momentos tristes y alegres, más bien era como un solitario pescado que nadaba en el inmenso mar y entretenía sus noches tocando canciones en su vieja acordeón, viendo a la luna o a veces viendo el sol. Sabía cuándo se aproximaba una tormenta y cuando era el momento de abandonar su casa porque las olas se metían y la destruía. Al poco tiempo volvía a construirla ya que los materiales eran sacados de la misma naturaleza, las palmeras le servían, las unía y hacia paredes y las hojas le servía a veces de techo y a veces de sabanas. Conocía cuando le tocaba huir del fuerte Mar de Leva y guardaba en una bolsa, los libros, algunas vasijas y alguna de sus ropas.

No tomaba muchas cosas porque estaba seguro que al poco tiempo se las regresaría cuando iba a pescar mar adentro. De seguro el mar en su bondad, cuando es libre de tormentas y castigos siendo la más dócil de


las criaturas regresaría con amable detalle cada uno de los objetos que fueron desarmados de sus estructuras. Asegurando una especie de reconciliación, las espumas y las burbujas blancas de las olas traerían consigo palos de maderas de las casas, algunas partes de una cama, pedazos de telas, ropas, cepillos, algunos muebles rotos, algunos papeles y libros, comida deshecha, entre otras cosas…

A Pedro se le notaba por esos días algo más melancólico que de costumbre y mantenía una forma desinteresada de la misma vida que sabía que era transitable y sentía que pronto iba a pasar de largo y después se iba a sentir algo mejor; lanzaría su red, lo único que le había quedado, y pescaría lo más seguro algo para la venta diaria, para su alimentación y para su vida...Mientras, alguien no muy lejos de allí; soñaba despierta con su cuerpo, con sus ojos, con su piel acanelada y musculosa; y aun sin conocerlo ya sentía y pensaba que al verlo solo la muerte podría separar aquel encuentro esperado y puesto en la hoja del destino. Era extraño, sentía estar enamorado pero a la larga no sabía de quien, No había sido deslumbrado por alguna mujer nativa ni ninguna turista. Era bien extraño que su corazón que le pertenecía a su eterna


enamorada el mar, no se sintiera latir con fuerzas. Imaginaba que esa línea que mantiene el mar en su sitio, vendría con algo que le iba a hacer entregar en cuerpo y en alma. No dejaba de esperar y no sabía a quién o a que. Esperaba con esperanzas aquella voz que trae la brisa, sobretodo en horas de la mañana. Aquella que le enseñaría a rezar los Padrenuestros y Avemarías que no sabía y que había escuchado de unos monjes que una vez vinieron a ser misiones y regalar biblias.

Sentía que más allá del mar, que más allá vendría una enamorada de carne y hueso que simulara la grandeza de su mar de azules profundos y que enseñaría también a cosas del mar, a bucear, a besar con sal, a comer pescado y cocinar plátanos, a bajar los cocos de las palmeras y beber su dulce agua.

Se sentía enamorado tan inmenso en un mar espiritual que pudiera serle el hombre más apasionado y a veces más sutil con su amor de verdad. Pareciera que en esos días algo le iba a suceder. Un sol candente le iba a abrazar con impetuoso tormento. Algún par de nubes él podría acariciar y


besar. Un mar, donde podrĂ­a sumergirse y perderse por unos instantes de la vida y alcanzar el cielo en ese vuelo.

Ya eran las 6 y 30 de la noche de ese domingo cotidiano. Los vasos de refrescos entregados a las multitudes que esperaban con ansias la


inauguración, se veían ya esparcidos en la carretera, y en las cercanías del puesto de Salud que ya tenía pacientes y que ya estaban siendo atendidos en el aire acondicionado.

Los afiches rotos del alcalde se iban con la brisa y quedaban en los rincones del pueblo. Algunas hojas de unos breves relatos anónimos se encontraban mojados y borrosos flotando en el rio. Los globos explotados y los papeles rasgados de colores invadían todos los caminos y las terrazas como una alfombra multicolor y festiva. Ya habían dejado de sonar las campanas de la iglesia que anunciaba que la eucaristía había terminado y que ya estaban cerrando las puertas con candado. Ya las mujeres que rezaban ya se habían despedido y esperaban que sus oraciones hubieran sido escuchadas y que sus maridos ya se encontraran dormidos profundamente en sus camas por efecto del alcohol. Ya los vendedores habían recogido con cuidado sus estampitas, sus imágenes, sus dulces y llevaban sus artículos a sus casas para venderlas otro día.


Todos se estaban dirigiendo a sus casas y mientras en la plaza, una pareja seguía sentada en la banca que estaba al lado del árbol que era testigo silencioso de juegos infantiles.

Patricia, daba gracias a Carlos por los buenos momentos que pasaron en ese cansado pueblo de Santa Juana, sus sueños ya habían cambiado para bien de ella. Ya se despedía porque en unas horas se iba y sacudía sus pies para abrir sus alas y volar a un mar de azules profundos. No dio un abrazo, ni un beso de despedida, solo una lágrima muy pequeña y corta recorrió sus mejillas maquilladas, y se fue, se fue con el brison de las 6 y 30 de la noche. Y ni siquiera quiso voltear su cabeza atrás para ver los últimos instantes de fotografía de ese pueblo que la vio nacer y le vio recorrer sus días, las flores que alguna vez alabó, sus primeros escritos que se habían perdido y no pudo llevar consigo para su viaje...

“centinela de azul episodio, invadido de milagro, de cicatrices y de vida… Vertiente de esperanza y que trasciende con una gran fuerza, que antes imprimías vida.


Eres solo, pero lleno de felicidad y tanta paz. Muchísima paz!. Abriste tus alas y en estado libre con los ojos humedecidos encuentras lo que tanto habías buscado. Eras vida y en espectacular rocío de ternura tu piel en llamas y tus labios buenos en una noche oscura, eres como un centro de atracción en este episodio azul… Si supieras que aun vives en mí y yo en ti, seguimos vivos e invadidos de milagros… “


Mientras las horas se le hacían largas, iba recordando las cosas que había dicho en la plaza. Esperaba con ansias ver el mar, navegar en el barco y llegar al puerto donde encontraría a su enamorado que la haría feliz. Aquel que le tocaría sus dedos en una tarde de ocaso y harían de ella una obra de arte con sus manos. Entonces le recorrería sus tibiezas como el va y viene de las aguas que los rodearían y que humedecerían los poros. Aquel que le enseñaría escalar las rocas para llegar a ver el paisaje perfecto y con aire y sin aire pareciera navegar en los cristales líquidos de un cielo aquí en la tierra.

Los huelguistas seguían su plan para obtener cervezas. Decidieron no hacer más viajes para presionar al gobierno. Entonces como pudo caminó varios kilómetros para poder subirse a un transporte que la llevaría donde si habían buses y aun no sabían de lo que pasaba con los transportadores de Santa Juana. De ahí llegó a un pequeño sitio donde se podía ver el gran Rio. Este tenía que ser cruzado en un barco muy grande que podía cargar muchas cosas, entre bicicletas, caballos,


algunas vacas, las personas que iban a viajar al otro lado de este, bultos de alimentos y medicinas. Tenía dinero para montarse y adquirió solo el boleto de ida. Mientras llegaba del otro lado tomó algunas hojas y con un lápiz de tinta empezó a escribir muchos poemas, no sabía por qué los escribía como a manera de herencia quizás, algún día podían ser encontrados y publicados en un gran libro de poemas inéditos. Ella, ya no pensaba en escribir un libro porque, se dedicaría solo al amor y a disfrutar de un mar de azules profundos, consagrarse a su hombre y convivir con la buena gente que debían vivir en ese inmenso paraíso aquí en la tierra.

Como el viaje por el rio dura aproximadamente tres horas y de pronto un poco más. Tuvo tiempo para hacer unos tres poemas, y algunos versos cortos en un diario que llevaba consigo. Este tenía algunas hojas sueltas todas del mismo tamaño y pegado solo en la punta superior izquierda para que no se le perdieran como fue lo que le había pasado a su anterior manuscrito que había volado por la ventana de su casa. Para escribir todo empezaba como un ritual, y disfrutaba el suspiro inicial salido de boca y su pensamiento se construían en oraciones…


”En el desierto le buscaba y tenía tan reseca mi alma. Los vientos me impedían oír su voz y yo deseaba aún más su paz. Seducida por su nombre, Mis sentidos se callaron y soy ya de él Recorriendo aquella silueta aún desconocida, entre las llagas y asombrada el alma por aquellos rincones, Y es cuando la rosa que tengo en mi pecho, Late tanto y se estremece por los reflejos que me hacen verlo, Le escuché, le tomé, le respiré, le sentí, En aquel silencio del encuentro, el me cautivó, Me dio de su agua y de su sangre… Cubrió mi piel, me dio de su vida y su carne. Todo tan íntimo como semilla y tierra, Como pan y pescado, Como cielo y nubes Como Amor y Amado.”


Entonces se satisfacía y empezaba el placer de amar y ser amada y continuaba como en un éxtasis con cada frase de su colección de poemas que alguien encontraría y publicaría para refugiarse del verdadero amor...

Como mantenía un biblia de bolsillo, también en ocasiones leía de aquel libro para contemplar mejor al amor cuando lo viera. Al abrirla encontró cierto fascículo que de niña repetía cuando ella lloraba por alguna injusticia que presenciara, “Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor; Pero la más grande de las tres es el amor”. Y volvía y se sentaba y suspiraba a solas con su idea de enamorarse no solo de su hombre sino del esplendoroso sitio en que viviría cuando llegase al puerto esperado.

En sus piernas que le servían como escritorio volvía a escribir y escribir como una planta que produce flores y frutos, como una madre que paré a sus hijos, como un mar que se derrama en sus mismas aguas.


“La caridad, el amor perfecto. Esa fuente que hizo germinar su fuerza en el viento anidaba nuestra alma. Se alimenta de bocaditos que el mismo Dios nos mete en la boca. Nos toca. Se atreve a ello, a pesar de las heridas que por naturaleza pecadora tenemos. El anhela tocarnos como el enamorado que toca los pétalos de la rosa. Nos toca en la oración. En la cita de amor que tenemos con él, en ese encuentro de enamorados que desean encontrarse y entregarse plenamente. En la contemplación de segundos. Adoración casi eterna. De miradas reciprocas, pero no correspondidas porque su amor no puedo ahogar. Se tiene que aguantar…”

Cuando terminaba, suspiraba y se inclinaba por la ventana para ver así sea de lejos el encuentro del rio con el mar, ya que en esa parte donde se encontraba se podría ver a estas dos creaciones con fuerzas, y golpeándose las olas y la corriente haciendo estallar un sinnúmero de ruidos y gemidos, similar a la cita que tendría ella y su amado…

Ya era medianoche, y mientras intentaba dormir, volvía a tener grandes ganas de escribir y a veces de leer. Encontrándose así con una estampita


de esas que vendían en el pueblo y que tenía una frase de Teresa de Calcuta, “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar seria menos si le faltara esa gota”. Y pensaba que pasaría si al encontrarse con el mar de azules profundos ella le robaría una gotica, y el mar se entristecería porque le faltaría un trocito suyo. Con esa decisión, la gotica tomaría el riesgo de secarse en su bolsillo, o de resbalarse en la tierra. Pero, el mar tiene magia, pensaba ella. Tiene libertad y dejaría que esa gota se fuera hacer su sueño de volar por los cielos y sabría que volvería con las olas. Es un misterio. Es la sed que da tanta agua alrededor pareciendo como un viento invisible pero que puede ver a través de aquella belleza de sus azules y es todo lo que anhelaba ver. Su otro amado y el mar de azules profundos…

El sueño la venció un poco y el viaje ya se hacía más cómodo por que habían descargado gran parte de todo lo que se llevaba y era más ligero y más rápido en su travesía.

Eran como las tres de la mañana y se demoraron más de lo acostumbrado por los fuertes vientos que mantenían en alerta amarilla


aquella zona, porque iba a pasar un viento fuerte que podría alimentarse de todo lo que encontrase y convertirse en un posible huracán. Entonces sentó en sus piernas aquellas hojas y empezó nuevamente a escribir a sus amados: mar y hombre. Iba anotando las emociones en versillos con o sin coincidencia rítmica, algunas frases encadenaban a otras y otras no, ya tenía algo de sed y hambre.

“Hoy, las ventanas testigos silenciosos, abren sus ojos y contemplan el interior de mi habitación. Hoy sigo recordando que tú eres mi amado. Aún no se me olvidan tus frases, tus enseñanzas. Aún hoy, siento tu mano en mi hombro y mi corazón sigue llenándose de gozo. Sabiendo que en este mismo minuto que transcurre me sigues amando. Quizás los minutos que vengan yo ya te haya olvidado. Te haya ignorado, te haya crucificado. Pero en este preciso instante te doy las gracias porque, mi Amado, me sigues amando. Me sigues sin condición alguna. Te das en silencio solo para mí.


En este instante donde mi respirar es gracias a tu voluntad. Donde mis sentidos se envuelven en una danza, mi sola voz en un canto para ti. Y mis palabras oraciones y alabanzas para ti. ¡Oh amado, amado, amado,…cuanto te amo! Y cuanto quisiera que este minute fueran horas, siglos, eternidad. Cuanto desearía yo ser mariposa que se deja llevar por la suave brisa o disfrazarme de rosa, allí, quieta, sola, llena de rocío esperando la sonrisa de una niña enamorada. Para no pecar más. Amado, ten en cuenta este deseo… No quiero pecar más. Solo te deseo adorar… Un minuto más….

Sintiéndose el cuerpo caliente y sin saber porque, se decía a si misma que era la calentura de escribir poemas y como sudaba mucho por el calor que la aproximaba a tierras costeñas se sentía feliz en medio de la travesía de amor que realizaba por primera vez en su vida.


Parecía que deliraban frases cortas, se acordaba de citas bíblicas, y claro añoraba su tierra. Sus amores no correspondidos. Se acordaba de niña, de cuando fue monaguilla, de cuando bailó aquel día con Carlos. Se acordó de su madre, de sus libros, de aquel relato corto de un escritor religioso que encontró cuando se inclinaba a hacer monja de un convento en las afueras del país.

“Entre ese caudal lleno de brazos, piernas y voces. Allí sentí entre rechazos, clamores y tropiezos, Allí me encontraba”. Volvía a abrir los ojos, sin saber que pasaba y que balbuceaba entre su vocecita débil y con sed. Gasté todo mi dinero en médicos, estaba pobre y sola, ese día, a mis oídos, llegó un rumor. Llegaba alguien muy especial. Alguien que me podía sanar y lograr así ser una mujer nueva. En mi interior algo me decía:” ¿Por qué no?, si él iba a curar a una niña que moría en una cama, porque, no me podía ayudar a mí. Agotada como una cierva sedienta. En el desierto, le buscaba. Necesitaba ser purificada, tenía reseca el alma y estaba tan vacía”. No quería que se desahogara en su boca la palabra y le pensaba como ardiente llama permanente.


Se sacudía de la ventana, y las personas empezaban a rezar por ella, a aplicarle una inyección para bajarle la fiebre. Y la acomodaban colocándole una a la almohada para ponerle pañitos de agua fría en su frente caliente. “un día te soñé y te hiciste realidad Y desde entonces…no se quién eres Pero deseo ser tú! Tengo necesidad de ti y no te imaginas como actúas en mi sueño. No quiero que se me vayan los años,los meses, los días, las horas, los minutos, los segundos… ..y este instante”

Podría ser dengue decían algunas voces, otras decían denle agua; mójele alcohol de hierbas en la cabeza para que se refresque. Pero ella se decía en sus adentros “estoy enferma de amor, llévenme a mi amado y verán que me sanó” “El capullo de rosa se abría lento y veía la aurora y tomó para si los reflejos del omnipotente Sol. Sin palabras, el me sintió, le estremecí, y le cautivé…Fui sanada, y al mismo tiempo se detuvieron mi


hemorragia y El” acordándose entre sueños de aquel relato de la Hemorroisa y el Cristo. Aquel intimo encuentro en que Jesús siendo hombre le preguntó a las personas que estaban con él, que quien le había tocado su ropa, y él sabía que aquella mujer que llevaba muchos años con hemorragia le había tocado por fe para ser sanada de su mal. Para Patricia, soñar con ese encuentro y al haber sentido las dolencias de ese viaje fue una señal de que había tomado la decisión correcta, en el preciso momento. En sus sueños aprovechaba esos trozos de recuerdos y de su simple historia hacia llegar a su mente aquellos sitios y algunas ideas que le inspiraban y le hacían dibujar formas haciéndose como un instrumento y seguía alimentándose entre lo absurdo y lo sensible. Evocaba olores de frutas que le gustaban como el mango, la guayaba, la piña, y el melón... Escuchaba voces muy lejanas como la de su madre, alguno que otro vecino del pueblo, el cura cuando ella fue monaguilla, todos ellos hicieron de una forma u otra parte de su pasado. Sabía que iba en contra de la corriente y naufragaba como viéndose el alma y el cuerpo estrellados como en un caudal de ruidos cuando poco a poco el silencio de las sombras se hace levantar y se divisan en algunas luces... Los primeros rayos del sol…


Ya eran como las cinco de la mañana de ese día tan esperado. Ya faltaban pocas horas para llegar al mar. Llegaron al sitio y desembarcaron todos. Hasta ahí era el viaje y de ahí tenía que tomar un barco que la haría llegar a la orilla del pueblo donde iba a vivir. Ya en ese lugar se podía ver el encuentro tan esperado entre el rio y el mar, y sintió felicidad por que ya veía algo de ese mar azul tan soñado. Se podían escuchar las olas estremeciendo en gran combate con la fuerza inevitable de las corrientes del Gran Rio que tenía color ceniza y que atravesaba buena parte del país desembocando en aquel sitio.

Dio gracias a Dios por poder ver ese espectáculo que era imposible de describir y entristecía porque sus pensamientos y su emoción no se estabilizaban para poder escribirlo en una de sus hojas que llevaba a


manera de bitácora personal por si alguien alguna vez la leyera y quisiera publicar un libro.

El cielo se oscurecía a momentos y era testigo de lo que se vendría. Algunos sitios ya estaban algo húmedos, quizás por la llovizna que había empezado a sentirse. Se sentía un vacío y una sed. El trueno que asusta y da valor a la vida buscando protección. Tal vez, lo único que tranquilizaba era ver la forma de alabanza que el mar hace recitar en sus cantos, y aunque no callaba toda la grandeza intensa pareciese que hacía mecer en su seno a todo el que lo veía…

“Ese vestido azul, con encajes blancos se extiende a un infinito. Se diluye con tu cielo. Este cielo te da la gracias Papá Creador Bordado con retoques de algodón que cambian incesantemente de sitio acariciando al Sol. El Sol, Papá Creador te danza, se contonea, Va y viene con la brisa. La brisa te ama, se mueve como si no tuviera dueño.


Las migajas de las rocas, bellamente maquilladas…bronceadas esperan pacientemente que las aguas, las vistan de color mojado, se saborean de sal y pequeñas gotas de rocío. Como podría escribir tu nombre, en un simple papel, Como escribir tu grandeza, si, Tú lo eres todo Papá Creador…” Entonces fue cuando se acordó como nunca de la frase que una vez la maestra de religión les escribió en un tablero que decía” Oh mar, Dios debe ser muy bello, porque si tu solo eres una gota de rocío en la rosa del universo eres como eres, escrita por el padre Rafael García Herrero, en su poema Oda al Mar.

No tenía palabras para dirigirse al mar. Solo pudo mantener conversación con el, cuando ya se encontraba subida en aquel Ferry, un barco que llaman el Antioquia. Este Pertenecía a una familia dedicada al turismo y se mantenía bien equipado. Sus camarotes eran sencillos y los tripulantes de esa embarcación eran muy amables con las personas que requerían el servicio de navegar por el mar y hacer ya sea turismo, o de llevar mercancías al otro lado del mar, en el puerto Riomar allí donde debía


desembarcar para encontrarse con los sueños y la realidad en aquel pueblo que era custodiado por el mar de azules profundos. Zona costera donde vivían muchos pescadores que tenían algunas casas y estaban construyendo un pequeño hotel llamado MarySol para que los turistas pudieran quedarse. No tenía servicios de agua, y a veces la poca luz se iba muy a menudo. Ya casi las cinco y media. Cuando los trazos de sol se tinturan de cielo y el ocaso mañanero mostraba ya los caminos que debían seguir los botes. A esa hora, las aguas estaban tranquilas, y bordeaban las superficies aleteaban, se derramaban y se desbordaban sus olas, como cuando un pincel se desliza en las manos de un pintor y toma curvas, y toma pausas y deleita al alma, convirtiendo todo en un canto de espumas y tierra mojada que ya se acercaba. Ya se acercaba…

Patty tenía que compartir el camarote con otra persona. Se trataba de una mujer ya madura, de unos cincuenta años más o menos. Que vestía ropas ligeras y tenía poco equipaje. Mantenía el cabello corto y era muy hermosa. Se presentó como María. Ella era una mujer de esas que no se olvidan, y era muy generosa. Como traía comida de sobra, le regaló a


Patty algunas frutas tropicales y le decía en forma de broma que comiera para que se fuera acostumbrando, porque allá donde se trasladaban solo existían de esas. Entonces se le iluminaron los ojos a Patricia cuando ya se sentía parte del paisaje.

María empezó a relatarle de su vida y como había conocido a su esposo. De cómo se sentía feliz, y también habían pasado algunos problemas muy graves que pudieron separarlos a ella y a su esposo.

“como fue nuestro primer encuentro, Nuestro génesis, Cuando nos decidimos Y nos vimos el uno en el otro, Como me deje vencer por tus ojos, Y te clavaste a mi costado! ¿Sera que fue cuando sonreíste Y cayó la indiferencia a trozos?


Dime, ¿fue cuando tocaste mi mano, y alzaste del suelo esta pobre Alma herida? Me conmoviste, En lo profundo, Ven, dime,… ¿Cuándo empezamos?”

Mientras miraban el ocaso de la mañana, ella comparaba la felicidad con la constancia del sol, porque cuando este se oculta uno no se angustia pensando que ya no lo veremos más, decía que en el mañana todo se mejora. Poco a poco se notaban algunos vientos se acercaban cada vez con más fuerza. El sol se había ocultado y no había rastros de su aparición hace unos instantes. Era como si vacilara y tuviera desconfianza.

…Las nubes ya no eran azules, poco a poco se iban viendo de color grisáceos y se aproximaba una tormenta.


Para que los nervios no hicieran de las suyas, María le dijo que era normal que en estos días el clima no era muy estable. Le aconsejaba que se mantuviera tranquila. Que escribiera, que eso le ayudaría mucho al pasar el tiempo o que leyera para que las horas que faltaran se fueran más rápido.

Como había solo una cama se acostó boca abajo, tomó su lápiz con tinta y algunas de las hojas que aún tenía en blanco. Empezó a escribir y aunque con torpeza y sabiendo que no era un experta en el campo de la escritura empezó a suspirar, meditar profundamente y dejarse embriagar por el vino del amor.

“Deseo escucharte en el silencio, De unas hojas al moverse, Y en el caminar, de las nubes. Deseo sentirte con los sentidos, Pero quedarme ahí…


Con fuerzas, enfrentar el camino, Y pelear con eso que me impide a veces escribir, Y escuchar, y anunciar… Luego… En una montaña, A solas, dejarme en la nada, Y en el vacío como ave, Como ave en un hilo invisible en el cielo, Extender mis alas, Y medir el cielo, El pedazo de cielo que me toca por las alas que tengo, Deseo escucharte en lo sencillo. En lo cotidiano En la sorpresa de una mirada sin mentira, En la cálida voz de alguien que me dice su historia Y sus sueños. Quisiera… Pero me envuelvo, En la rutina de todos los días,


Y pierdo mi capacidad de verte, Con los lentes del alma, Y me olvido... Olvido contemplarte en casa cosa Y en cada detalle, En cada persona, En él te necesito, En el aire que respiro,… Se acordó entonces de su gente. De aquellos que a esa hora se levantaban para bañarse con agua fría. De aquellos que amasaban el maíz molido y armaban las arepitas que iban asar al carbón y tomaban con cafecito caliente. Sin duda, los extrañó. Como se extraña el sol en los campos que cubre todo el campo, aquel que abraza los árboles y levanta a las vacas y las ovejas, que adormecidas empiezan a alabar a la vida como lo hacían todas las mañanas. Se acordaba de las señoras pudientes de la moda. De los choferes de los buses que mantenían un paro y que ella no sabía el motivo. Recordaba en los días previos de la inauguración del centro de salud en el que no pudo asistir y de la cara bien maquillada que aparecía en los afiches políticos que habían pegado


por todo el pueblo…Recordó que a esa hora más o menos, su madre ya anciana y casi ciega acostumbraba en vida usar esas horas de amanecida para rezar fielmente su rosario todas las mañanas. Le causaba tanta ternura ver cuando ella se levantaba de la cama y se sentaba en su mecedora. No sabía cómo lo hacía, pero se peinaba y aun sin lavarse los dientes

y bañarse, tomaba de la mesita de noche su

camándula hecha de madera y se ponía a meditar cada paso de la cruz, de la gloria y la resurrección. Luego, se tomaba la pastilla puesta en el mueble cerca de su cama aquella que le tocaba a esa hora y después tomaba la toalla que se encontraba en las barandas de su cama de hierro y el jabón azulito que sacaba de las gavetas de la mesita de noche. Entonces las sandalias se escuchaban por que se arrastraban con los pies y tocando las paredes encontraba por fin la puerta del baño. Todo lo hacía sola sin la ayuda de nadie. Y lo hacía así, de esa forma no porque no la quisieran ayudar, sino más bien para que se valiera por si misma; ella así decía que aunque le faltaba la vista, podía salir adelante sin la lastima de las personas.


Contemplaba los tiempos cuando era niña y le tocó enfrentarse a su nuevo cuerpo que recién empezaba a siluetarse y no sabía que le pasaba hasta que una vez se descubrió en sus partes el florecimiento de una rosa, y ya le habían explicado cómo era el cambio físico que iba a padecer por ser mujer. Así como fue el amor primero llegaba, pero no le correspondían y se fue engordándose y acomplejándose siendo el hazmerreír de todos sus amigos y compañeros de clase refugiándose así a la complicidad de los libros, llegando hacer la mejor de las alumnas pero descuidándose en su amor propio que siempre la inclino a buscar por fuera y que ahora había descubierto permanecía dentro de ella, gracias a este viaje el cual ya había logrado que aprendiera, que desde su propio interior se encontraba alguna felicidad que muy pocos logran descubrir por estar más atento de lo externo y que gracias a la espiritualidad que se le había despertado el amor, le habían dado todas las fuerzas necesarias para decidirse a volar y extender sus alas al cielo y al mar.

…Extrañaba

a

Carlos.

En

él

había

encontrado

una

cierta

correspondencia; juntos podrían haber realizado un mismo sueño y llegar


a disfrutar de aquello que hubiera podido iniciarse y ser una realidad en medio de los chismorreos del pueblo. Le notó en ese momento un ser humano más perfecto de lo que era realmente, gracias a la lejanía se logra a veces ver mejor. De ahí que cuando no se tiene lo que se tuvo duele mucho, y hace sufrir. Quizás como se le mira a un difunto…

Lamentó, no haber disfrutado junto a él, aquel encuentro entre el mar y el rio. Pero solo eran amigos y eso era lo único que podía ser. Aunque se gustasen. Ese amor es un imposible diferente a los que ha tenido pero la distancia de sus edades no permitía tener los mismos intereses. Mantenía pensamientos más fuertes por ese ser que llegaría a conocer, y que sería sin duda, el verdadero amor de su vida. Aquel por el cual ella en su corta vida había entregado el tiempo de la espera, había hecho mantener junto a ella aquellos presentimientos que no podía describir pero cada vez eran más y más certeros. Especulaba en seducirlo solo para ella. Sin ataduras, y con la plena libertad de hacer algo realidad y posible y que ya no era tan lejano como sus otras ilusiones. Le agradaba pensar en las verdades que le iba contar cerca de su oído y en el deseo constante y permanente de abandonarse cada día más y más a él.


Derramarse en perfumes a sus pies y entre sollozos de felicidad ver sus ojos abrir y cerrarse llenando su tierra de mar.

A sus 20. Quien lo creyera había sentido que ya había vivido lo que tenía que haber vivido, Que ya había sufrido, lo que ya había de por si sufrido y llorado tanto que las lágrimas escaseaban por esos días. Los malos pensamientos se apoderaban y como estruendo de macabros tormentos hacían centellar los lamentos como truenos que se escuchaban a los lejos. Entonces, le angustiaban el miedo y el fuego de un abismo profundo. En sus adentros no podía ver nada. No escuchaba nada todo se le resbalaba y se sacudía como si hubiera un terremoto. Se le destrozaban y se quebraban los pies le dolía como si su alma estuviera mutilada y por los miedos no podría moverse. Como si estuviera ciega y sin la luz después de haber tenido claridad deseaba buscar afuera pero no podía.

Y es en mitad del mar cuando todo se añoraba con más ímpetu. En los ojos de los tripulantes se les veía el miedo en persona. Algunos extrañaban esa tierra firme y algo segura pero que lastimosamente


cuando se pisa no se valora. Otros deseaban ver el sol y ahora que no aparecía en el cielo, el corazón se entristecía por qué no era buen augurio de un viaje cómodo, sino más bien lleno de tormentas, truenos y todo aquello que ponía en riesgo la vida de los que navegaban por ese lado del mar.

Ya no era tan azul como lo había visto en las revistas. Se decía por qué no era lo mismo verlo de lejos y con ojos de esperanza metido en un sueño. Ya real dejaba de ser azul pero pensaba, que del otro lado si iba a hacer tan azul intenso que valía el esfuerzo posible para vivir en él. Por esos lados era gris, algo verde. Lleno de fuerza. Embravecido por la tormenta que lo iba hacer enfurecer, porque le iba aportar más agua de la que ya tenía y así sus peces se iban a esconder y no iban a brillas sus olas, ni se iban a mecer los recuerdos y los pensamientos.

El mar se estaba enojando cada vez más. Y parecía como si le clavaran las gotas de la lluvia y le causaba grave dolor en sus entrañas. Se hacia el herido y lamentaba su agonía. Pensaba, que hacer para que se calmara. Tan grande, que le daba miedo. Ya no es tan agradable, porque


se sacudía como se sacude un toro herido por una espada. Gime y hace bien feo cuando las gotas cada vez más fuertes y más violentas le traspasan las entrañas y galopaban como caballos salvajes en la selva. Como rugen los leones cuando sienten temor, así como se enfurece el alma de una persona para que no se le haga más daño del que se le ha hecho. Como muchas veces, quiso sentirse frente a la humillación, que le causaban sus amores perdidos y abandonados porque no había más nada que hacer. Hasta cuando dejaran de herirla esos hombres del pasado que no valoraron la tibieza de su candor y que ahora eran mil veces rechazadas por sus propios pensamientos. Por fin sintió rencor al no ser correspondida, no solo una sino muchas veces y que no había sentido el goce y el placer de otras chicas enamoradas que si tenían lo que ellas quisieran. Muchas de sus amigas de la niñez ya se habían casado y ya tenían sus propios platos de cocina; sus propios esposos para complacerlo y sus propios bebes de carne y hueso. Reclamaba con rabia de su cruz. Aquella que le clavaba en sus manos y en sus pies y en su cuerpo y que por amar demasiado a seres que no le correspondían y no trascendían a una simple entrega de amor. No entendía que no pedía la gran cosa, solo ser amada tan solo una vez en su vida. No entendía


que muchos allá fuera, amaban solo por diversión y eran correspondidos. No entendía que razón de su vida la mantenía viva.

Entonces, pensó en sus debilidades. Pensó en regresarse a su pueblo. Pensó en que ya no quería conocer a alguien que le amara como ella ama. Y se preguntaba ahora, después de hacerlo su sueño realidad ¿qué haría?, ¿a qué se dedicaría?, cuáles eran sus verdaderos intereses al lado de alguien que a lo mejor en unos meses la amaría y después se cansaría de ella y de sus confusiones mentales, que ella solo entendía a veces. El mar de su interior, también estaba gimiendo, golpeaba sus olas con tal fuerza que empezó a lamentar, empezaban las lágrimas a salir de sus ojos y empezaba a llorar cada vez más fuerte, para sacar todo el dolor y la tristeza de su alma. No tenía control de su timón. Ni control de sus emociones. No era ella. No tenía la esperanza, se le había ido con el sol que no aparecía. Solo divisaba en su ceguera cosas grises, cosas de luto y de muerte. Tal vez, la debilidad no le permitía estar en paz y en calma. Acordándose de aquel versículo que se apacientan unas olas embravecidas y los discípulos tenían miedo y no salían de aquel asombro que mostró aquel milagro.


Ella quería tener paz. Que deseaba calma en su mar. Pedía perdón por su egoísmo, pedía perdón por haber dejado de creer y de no tomar su cruz y seguirle como muchas veces había prometido cargar, sobre todo cuando no entendía por qué le pasaban ciertas cosas en su existencia. Algo la hacía inquietar, se había dado cuenta que no escucho de Carlos ni siguiera una palabra cuando se despidió de él, que solo ella hablo y hablo durante muchas horas, y encuentra que algo extraño estaba pasando, en aquel entonces, y cae en cuenta de…. “Tarde te amé, Morada de mi alma, Belleza, Tarde te amé. Si pudiera, Retroceder el tiempo, Este ayer, Si pudiera, Tejer heridas viejas Mi alma,


Mi tesoro, Tarde te amé!”

Cerró los ojos. Se sintió tan débil, que se dejó abrazar de los brazos de María. Aquella compañía que conoció solo hace algunas horas en esa embarcación que ya ni tan bella era, por que se estaba resquebrajando, por los lados de la popa como era de madera ya se notaba como el agua con toda su fuerza iba metiéndose como podía en los rincones de la barca. Así como, la fuerza de un Dios se mete en los rincones débiles de unas almas que piden y exclaman perdón y salvación de sus pobres seres. Entonces el eco interrumpió. Y algo se encontró en una fuerza que arranca el dolor y vendría con todo como el tren que desarma las cadenas, y libera los lienzos y sacude la sabana. Como un grito que trae esperanza al hacer que el muerto resucité y el espíritu se posa nuevamente en el cuerpo. Las piedras son rodadas y se llega por fin a tierra firme.

El agua dejaba huellas por donde se quería meter. Golpeaba las ventanillas de los camarotes. Rujía cada vez más como la fiera hace


desgarrar a su presa. Lo mantenía a su control iracundo y el huracán ya empezaba solo a mostrar sus encantos tormentos. Vendría a alimentarse de lo que era de él. Vendría para ser cada vez más y más fuerte y arrasar con lo que le pertenecía. Tomar todo. Las piezas de este, las camas, los alimentos, mercancías, los baúles, y sobre todo las personas. Tomo las hojas de los relatos, metidas en una bolsita amarradas. Hasta que despedazo todo y se llevó consigo a todas las personas que viajaban en el Antioquia.…Se llevaba furioso los sueños de Patty. Conocer el amor y ver el mar de azules profundos. …Cuando la tormenta pasa. Y vuelve la calma. El mar es más hermoso, sin duda es más azul de lo que era. Sus aguas son limpias y se vuelve a estabilizar la naturaleza...Los pájaros vuelan con más libertad. Los peces saltan con más intensidad. Se van los miedos, se van las pesadillas, y todo vuelve como a florecer. Los cocos son más jugosos y con más carne para comer y saciar la sed. Las olas son más espumosas y trae el mar, todo lo que se llevó por ser de él. Vuelve a decirnos que él es el rey y que todo proviene y nace de él y vuelve a prestarnos sus dones y bienes.


Algunos rayos aparecían. Y las gotas de la lluvia iban desapareciendo y desvaneciendo en las aguas de un azul profundo muy hermoso como el cristal transparente que ningún famoso pintor ha podido imitar con tal maestría. Se hacia la brisa toda una danza que bailaba al son de un tibio calor y una gracia especial que solo en acto de magia el caribe suele tener cuando ya está calmado y se detallan las bellezas que contiene. Como si el mismo espíritu volviese a la vida y ocultaría a la muerte.

Muchos montaban sus botecitos y remaban mar adentro para salir a pescar mejores pescados después de la tormenta, porque después de la gran tormenta todo es mejor. El Sol es más fuerte. Sus trazos en el cielo son tan intensos y el arco iris es supremamente celestial y divino.

Eran ya las 6 y 30 de la mañana. Eran las 6 y 30 de la mañana, cuando Pedro lee la primera página del periódico local y lee que en la madrugada de aquel lunes un barco que venía del interior del país había sufrido una gran ruptura y la presión del agua hizo una gran apertura. Se decía que


todos los que venían en él habían ahogado en ese trágico accidente, las fotos tomadas por algunos turistas que estaban hospedados en una isla muy cerca de la zona de desastres, eran muy crueles. La que más le llamo la atención, fue una donde una mujer que flotaba y en su rostro se notaba como si estuviera feliz en aquellas preciosas aguas de azul profundo, como si hubiera escuchado bellas coplas del viento, aquellas que se escuchan antes de ser cantadas y que solo el viento las da a conocer en su debido momento, su vestido iba embelleciendo la tibieza y la calma del mar en las horas de la madrugada. Parecía que había conocido a esa mujer. Era una sensación tan extraña. No causaba horror aquella foto. Más bien era como una sirena. De esas que en los cuentos de su Padre este le narraba de chico. Sus cabellos cortos y algo rizados la hacían tan niña y a la vez tan mujer. Su sonrisa era de dicha y no había conocido a alguien que la hiciera de esa forma. Fue una belleza que no había conocido por esos lados.

Quedo pensativo y como de costumbre cuando pasa ese tipo de tormentas se disponía a recoger los frutos del mar, esos que este le prestaba por un tiempo y debía cuidarlos hasta que fueran reclamados


en otros tiempos por un fuerte clima. Entonces, subió a su pequeño bote. Tomo los remos y empezó a remar mar adentro. Mientras lo hacía, acostumbraba a cantar coplas de un pescador perdido en el mar que era como una especie de amuleto para que la Madre Mar permaneciera calmada amamantando a sus criaturas y no hacerla enojar era lo mejor. Más bien eran como canciones de cuna, haciendo que no le pasara peligros a quienes iban cantando en voz alta aquellas canciones…

“Los cielos narran la Gloria de Dios … entre silbidos de viento y el rumor de la brisa… El Azul que da la tibia Paz… Pasa de nube en nube Y la divinidad atraviesa la Luz como el escritor que con la Pluma, abre sus alas y muestra todo su interior… Así, eres…Tu voz en los cielos, Hermosa…Incluso cuando el Sol se acuesta Y como flor en la selva que se tiñen de naranja,


Parecen que cantas melodías de amor, Y que arropas en la oscuridad. Alabanza Perfecta Siguen sonetos, las estrellas adornan el Santo Lienzo, Y danzan alrededor de la bella Luna… Hermoso y maternal… Como olvidar que tú eres mi centro y universo, Si al abrir los ojos, el mismo cielo me recita Me susurra quien eres tu…”

Cuando acabó de cantar, se acordó de otra. Este había sido regalada por aquel misionero que le enseño a leer y a escribir y llevar algunas cuentas matemáticas. Un hombre, que le había transmitido sus experiencias en la vida y que comparaba mucho con el mar. No sabía por qué se había acordado nuevamente de él. Pero quiso agradecerle y cantar esa canción, a su amigo el misionero que vestía de marinero, y que tenía una novia italiana.

“EN ESTA MISMA BARCA


Apareciste mi Sol, Nuevamente apareciste Del todo llenaste esta nada Te asomaste como fantasma por esta ventana Esta vez sin buscarte Tú me encontraste Yo no me afané en hallarte Fuiste tú que llegaste. En esta misma barca En este mismo lugar Donde varias veces te soñé entrar Donde yo solía esperar ¿Amor de mi vida me viste arrodillar? ¿Amor de mi vida me viste cerrar mis ojos? ¿Amor de mi vida me viste juntar las palmas?”

Cuando sintió que era el sitio mar adentro de quedar en espera para que el Mar le diera lo que quisiera darle. Quedo en medio de él. Tomó su red de pescador y la extendió hasta donde sus brazos le dieran la fuerza. Y


como tenía que esperar que algunos peces quedaran atrapados en esta tomó aquel acordeón y quiso seguir la misma tónica del canto y copla para enternecer al amado océano y así no solo le dieran pescados, sino que le obsequiará todo lo que le quisiera regalarle y luego devolvería cuando se lo pidiera. Entonces empezó a tararear algunas notas que mantenía en su cabeza gracias a que un niño que se había encontrado una hoja que bajaba con la brisa y que había quedado estancada en lo alto de una palmera. Ahora a solas quiso cantarla y hacerle cambios y colocar algún son musical y de su voz fue saliendo una canción que bautizó Dulce acorde de un Alma. de tu corazón siento muy cerca la belleza de sus reflejos, especie de alma con sombra de mar, que muestra y demuestra con tal esplendor sin parar ni siguiera un segundo tanta ternura, Alma de mi Alma, en el mañana, podré ver mi sol eclipsado y disolverse en tu cielo, mi mar disolverse en tus alas,...mi aire disolverse en tu viento, Bendito sea el momento, en que mis labios susurren en dulce acorde de guitarra,


la alabanza de sinfonía de suspiros,…en tus manos, te encomiendo mi espíritu... entonces, siendo aún un poco de tierra, con anhelos de cielo, soñare alzarme en total libertad, allí, extendido, midiendo el amor que te tengo, traspasada a pesar de las tantas espinas, que llevo dentro…”

Hizo un silencio y como un primer rezo sintió una paz. Como si alguien lo hubiera tomado de instrumento y hubiera compuesto una canción vallenata. Pensaba que ese día algo especial iba a pasar y que le iban a regalar muchos talentos y frutos del mar…

Cuando vio que era el momento, agarró con todo la red que mantenía entregada al agua del océano y la subió como se suben las olas a las piedras más alta de las rocas que existen en los peñascos, y hace derramar y desvanecer a su pequeño bote. Amigo que lo acompañaba en su soledad y que ahora tenía repleto de peces de tamaños y colores. En ella había muchos peces grandes. Algunos no había conocido jamás y


se sintió muy sorprendido por este hecho. Los peces se movían y aleteaban por la falta de agua. Entonces con su navaja tomó uno a uno los peces que agonizaban ya se encontraban dispuestos a morir, entonces los desprendió de la red y apartó los comestibles y arrojó los que no se venden en el puerto, dejando así el más grande de último. Este podía medir lo suficiente para llamar la atención; y con intención curiosa lo abrió y le sacó sus entrañas blandas, encontrando una bolsita amarrada que contenía

algunas hojas dobladas de forma muy

pequeñitas. Extrañado aún más de lo que ya se encontraba, la abrió y sin miedos encontró un montón de cartas, escritos y poemas. ”En el desierto le buscaba y tenía tan reseca mi alma. Los vientos me impedían oír su voz y yo deseaba aún más su paz. Seducida por su nombre, Mis sentidos se callaron y soy ya de él Recorriendo aquella silueta aún desconocida, entre las llagas y asombrada el alma por aquellos rincones,

Se conmovió con ternura de niño que empieza a conocer del primer amor y enceguecido por la mirada de su enamorada

lo susurraba como


balbuceos de un bebe en los brazos de su madre que le pide leche de sus senos. “repetía en el desierto le buscaba...” y se imaginaba cuando en días tristes de no saber qué hacer buscaba entre sus recuerdos y no recordaba ya que era el amor ni siguiera sabía si existía. Ronroneaba como un gato en la oscuridad aquel que canta bajo la luna morena en un altar improvisado de un árbol entre sus sombras y en mitad de la noche desgarra su sonido en busca de una amada. Era como un elixir, como una bebida fría en noches calientes. Como si le alimentaran su pasión dormida y esta despertara de un sueño tan profundo. Siguió leyendo pero a la vez, iba arrojando las hojas leídas a su amada Mar que le había dado la dicha de dar y ahora el entregaba. Pero las memorizaba para no olvidarse de esas frases. Pensaba tal vez que quizás aquellos versos eran escritos por alguna enamorada que le había conocido y que ahora en voz de viento le decía lo que tenía callado y que era ya necesario desbocar con el acierto de sentirse amado y correspondido al paso de seguir leyendo y entregándose como el amante que lee las huellas de su hembra y la conoce, la huele, la conoce y aun en la distancia la conoce tanto que viene de lejos nadando o volando con los brazos abiertos a buscarlo.


“El anhela tocarnos como el enamorado que toca los pétalos de la rosa. Nos toca en la oración. En la cita de amor que tenemos con él, en ese encuentro de enamorados que desean encontrarse y entregarse plenamente”

Sin duda, lo suyo ya era oración; supo que era oración y como debía hacerla, estando más aun agradecido, porque desconocía esa forma de amar tan religiosamente una figura que a manera de profesora le tomaba de su mano y le mostraba como era la señal de la cruz. Como se dirigía al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como la cita de aquel encuentro que se mantenía en la contemplación se sentía sanado, sin llagas y heridas. Era perdonado y sobre todo amado como el mejor de los estados anímicos y exaltados de alegría y gozo de ser salvado vería que era la eternidad. Era como si su resurrección fuera el clímax de su propia verdad y sin saber que era una criatura agradecida sentía como aquel bautizo de agua, aceite, y fuego. Era su primera común unión y, su primera entrega. Y se decía a sí mismo, así debe sentir el chico que comulga en su edad temprana. …ya creía en Dios, creía en el verdadero amor. En mitad de


aquel mar. Entonces, encontró lo que parecía una estampita de esas que venden en los pueblo y que tenía una frase de Teresa de Calcuta, “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar seria menos si le faltara esa gota”. Y pensó para así, y luego en voz alta decía “mi amor tienes toda la razón, esa gotica es libre, es así. Una gota que se desvanece y se transcurre al que la quiere tomar. Creo que la dejare en su lugar para tenerla en cuenta a la hora de adorar mi maternal mar. Mi corazón, tu eres mi gota. Tu eres ese pedacito de ternura que en mis manos te deseo tener y hoy eres tú. Eres libre para verte volar como lo hacen las gotas que salpican y salen en las fuertes olas que estremecen las rocas y golpean hasta hacer figuras como artistas. Mi amor, eres mi amor de gotita. Eres dulce, refrescas mi sed y eres la vida en mi ser”.

“Amado, ten en cuenta este deseo… No quiero pecar más. Solo te deseo adorar…Un minuto más”….


Nunca había estado tan feliz... Como aquella vez que por primera vez aprendió a bucear y encontró otro mundo dentro del mar. Y no veía la hora que los minutos se acababan y el oxígeno de sus pulmones se agotara. Era como morir y nacer al tiempo. En la luz y la oscuridad. La guerra y la paz, el odio y el amor. En eso consistía la felicidad para Pedro. En el paso del tiempo en medio del presente, de ahí que conservaba el milagro intacto en su persona haciendo de su vida sencilla la hermosura de un alma que pide no pecar a su Creador para no lastimar más. Eso era, adoración, entrega total y sin condición alguna. Así, como lanzaba aquellas hojas dobladas y ahora ya hacían parte de la naturaleza marina. Pensaba, entonces que así descansa un alma cuando ya se había dado por amor. Temblando de emoción ya creía que era tan solo un sueño. Pero no le importaba, ya era algo suyo y nadie lo podría quitar de mantener su ilusión. Antes, no tenía absolutamente nada y aunque se encontraba bien le faltaba algo. Ya lo había hallado y ahora como en un matrimonio sagrado, los casados ya habían consumado su amor en el altar de la cama. Ya habían bebido el uno del otro, y ya había comido de sus caricias, de su susurro y hasta ya habían creado en medio de su amor la criatura que necesitara de ellos el resto de sus días. Pedro, no se


imaginó ni en sus ideas que algún día, en una mañana al ir de pesca, sin buscarlo, le habrían de regalar ese gran tesoro…En aquellas frases, escritas con lápiz de tinta, tenían el calor aun oculto de la mano que las escribió. Al acercárselas a su nariz olían a ella. Al cerrar los ojos sentía el abrazo amoroso de una doncella que al igual que él pensaba en un artista que había hecho todo eso, y en su inmensidad no se podría narrar ni atreverse a dirigirse por su nombre escrito en un simple papel. También se preguntaba así mismo, al igual que su amada perfumada de rosas, “como escribir tu grandeza, si, tú lo eres todo Papá Creador…” y reía y gritaba y parecía loco, hablaba como loco. Sentía como loco...En mitad de ese gran lienzo azul, donde las pinceladas eran sencillas y calmadas de un autor que transmitía paz. Retocaba un sol anaranjado. Que silbaba y los vientos movían algunas nubes. Y se sobresaltaban toda una serie de animales que saltaban de las aguas, y otros tantos que volaban por los vientos.

Ya cansado, y algo sediento. Tomó su botellita de agua y se acostó encima de los peces que aún estaban como escuchando y hacían las veces de público en sus intervenciones de versos y cantos al mar.


Ay, alma me enamoré. No lo busque, simple como las huellas en la arena húmeda. En la danza de las palmeras con la brisa. Ay, alma. Ya me dueles. Estoy cansado, necesito dormir en tus brazos y cubrirme como esa manta que guarda del frio. Como en los días donde en el vientre de mi madre aprendí a nadar entre las aguas. Como los días inocentes y juegos de futbol en las arenas blancas como sal en espera. Así, dame, la gracia de leer solo un poema más de mi amada…de componer en sonetos una canción y dedicarla a quien más me ha hecho feliz en toda mi existencia.

Así, como la lluvia vuelve a subir a los cielos. Déjame, alma mía volar tomando la mano de mi amada y susurrarle al oído, su último poema… “En una montaña…”, entonces su voz se empezaba a apagar pero quedaba sin aliento y empezaba el sol con más fuerzas abrazar todo lo que tenía cubierto el mar. Lo de adentro guardaba escondido el alimento. Y lo de afuera era bronceado y rodeado de calor que penetra la piel y convierte en insolación al deshidratado bote que navegaba sin control, alejándose cada vez más y más de la orilla y del puerto. “A solas, dejarme


en la nada…”, esta vez con menos saliva. Sin agua casi en el cuerpo. Cayendo en un delirio. Secando las entrañas y en un cuero duro, las costras que enceguecían los ojos pero que tuvo la dicha de un milagro, ver una gaviota cruzar por los vientos y como confirmación de lo sucedido como pudo extendió su brazo. Ese que tenía el ultimo trozo de aquel poema y que de manera admirable era una coincidencia aquel verso que le repetía como eco “Y en el vacío como ave. Como ave en un hilo invisible en el cielo, Extender mis alas, y medir el cielo…,

Cerrando sus ojos de una vez por todas. Como un barco que se hunde por el golpe fuerte y cayendo en lo profundo del mar, se sumerge como manta, las aguas saladas de un azul profundo…

...Los peces regresan a su vida...Se escucha solo el silencio de quien se entrega en cuerpo y alma y se zambulle y lo toma con el aferró de la vida y lo saca de donde se va olvidando. Entonces, se escucha un gran suspiro y se vuelve a ver con los ojos la pequeñez y la grandeza. La


espuma y el movimiento de unas olas que mecen en los brazos maternales cálidos blandos y suaves. Entonces, es regresado a la existencia y se vuelve a escuchar voces. Muchas voces que decían “lo salvaste, que buen trabajo has hecho” “felicitaciones, vamos a celebrar con ron”, “cantemos para seguir festejando”. “estabas en el lugar indicado” “menos mal le hiciste caso a la mujer de 20 años que como loca nos decía que escuchaba canciones que venían del norte. Si, esa que rescatamos ayer y que ahora duerme a salvo y te decía que alguien necesitaba que lo salváramos de las aguas” “dale licor para que nos cante con el acordeón que lo mantuvo flotando en mitad del mar”.

Allí su cuerpo algo convaleciente pero aún con vida, se encontraba Pedro en el piso de madera del Barco Curramba la Bella. Embarcación que había dejado algunos turistas en una isla muy cercana Le habían dado los primeros auxilios porque no respiraba y como estaba deshidratado casi se ahoga. Fue subido a una de las habitaciones pequeñas y se le mantenía arropado y le inyectaban soluciones de suero para que pronto se levantara.


En el silencio de la sombra; allí donde florecen las virtudes que renacen al contemplar una criatura. Una voz, como a manera de canción. Una sinfonía tan dramática y con algunos elementos de un calvario desgarrador que recoge todas las soledades de la historia humana, se iniciaba el recorrido de un viacrucis para redimir los pecados de todos lo que hicieron hematomas en el cuerpo de un Dios Hijo. Como gemido, como un incienso que se esparce en oraciones y en fragancias que se dirigen todas al mismo cielo, como invitando al abandono total y pleno del amante que se recupera de la muerte. Así. Así de quebradizas sus facciones. La piel rajada por el Sol y el cuerpo rasgado por el ave rapiña que quiso morderle, aun no logran hacer que pierda la belleza de aquellos ojos. Pedro el pescador, aún mantenía la tibieza de su cuerpo firme y la gracia del rizo en sus cabellos aún permanecían intactos y húmedos de sal. En aparente debilidad, era más fuerte que nunca. Tenía el amor de frente, y eso lo sabía.

Y aunque el cielo y la tierra en aparente guerra por él. Lo ocurrido de forma tan rápida y tan violenta permitió que regresara del viaje entre la


vida y la muerte. Traía consigo el impulso de la vida y eso era suficiente para respirar y más adelante moverse.

Aquel ser se veía solo y moribundo. De forma recíproca ya era totalmente amado en cada límite en cada fibra. Como el encuentro de la montaña con la gloria. El astro y el océano. El desierto y las estrellas. Las aves. El cielo. El Sol. Todo el universo estaba observando los sucesos y de forma sigilosa logro conmoverse y devolverlos nuevamente la existencia. Que paz.. Que paz demostraba aquel paisaje y aquellos seres que se encontraban en esas circunstancias navegando en las aguas azules. Era como romper el ayuno después de la meditación absoluta y saciar el hambre necesario para valorar la existencia. Era como romper el sigilo y sin temor libre de los miedos las manos que no se conocían empezaban a reconocer las huellas que encajaban perfectamente.

Era como los

primeros rayos de sol en los ojos de quien duerme y apenas se puede levantar.

Con plena confianza de saber que se ama y se es conocido las miradas hacían mojar la tierra estéril. Patty. No podía creer que aquel ser amado


en la distancia existía. Respiraba y se movía al mismo tiempo que las suaves olas del mar que los había presentado y los había visto nacer de nuevo. Era como la llegada de un gran amigo. El más amado de todos aquel que se le conoce las líneas de sus huellas por las muchas veces que te ha dado la mano para ayudarte. Aquel que la distancia y el tiempo son solo tonterías. Era como el amigo que trae por fin al amor que permite crecer a dos personas a la vez. El corazón escuchaba los latidos de ambos. Cantaban y se conocían como dos seres que en su profundidad ya se amaban de forma anónima, sin conocimientos de uno sobre el otro, pero que el viento los había unido en hilos invisibles para enamorarlos, para acariciarlos, para aliviarlos…El silencio. Nunca. Nunca el silencio tuvo tanta voz y fue a la vez una gran respuesta que proclamaba que cuando la noche oscura es más oscura. Era porque ya muy pronto iba ya a amanecer. El frio llegaba a cada rincón de las almas, un pequeño haz de luz luchaba para dar calor y dar esperanzas. Y aunque el mar; esa tierra en esos momentos los llevaba galopando de forma pausada hacia el puerto de regreso a la orilla, se sentían tranquilas los espíritus. Había gemidos y se movían violentamente como si esta fuera flagelada y se le reclamara con furia por la fuerte fiebre todo andaba tranquilo. En las


tinieblas. Lo de él y de ella era la soledad que lleva a una sola razón y tal vez con afán de locura y alivio no estaban solos. Siempre acompañados. Era, como si la madre o el padre colocaban toda la atención en ellos y nunca fueron abandonados en el capítulo ensordecedor que habían vivido horas antes cuando aún sin conocerse respiraban el mismo aire y tenían el mismo sueño de conocerse. Entonces, jamás se separarían y andarían juntos en los encuentros y en la necesidad de hablarse, de tocarse, de verse, de olerse para ser uno solo.

Bendito y alabado sea nuestro Creador, porque no nos quitó las gracias y nos siguió dando hojas blancas para seguir escribiendo esta historia. Nuestro tesoro que seguía mostrando todo el esplendor de la perfección. Pensaba y oraba Patty en esos momentos. En ires y venires de olas que se escuchan entre sueños y realidad; En segundos de aquel tiempo que logra asombrar la sutil gracia de estar al lado del amor…Sabiéndose ya real...

Ella no se atrevía abrir los ojos. Solo le escuchaba en la respiración fuerte y se encontraba algo nerviosa por la emoción ya sabía que lo había visto.


Ya había hablado mucho con él en sus sueños y estaba feliz por eso. Y seguía agradeciendo de forma mental la dicha que embarga a la persona enamorada. Aquella que gracias a la fe y a la perseverancia por fin ya había encontrado sabor a su existencia. Los sentidos se entremezclaban en un mundo agradable y el aire era más delicioso que antes. Había calma y el verdadero gozo que a pesar de estar inconsciente se escuchaba la voz del pensamiento.

“Alma. Mi alma descansa en cada parte de ti. El amor nos habla y no soy yo. Es la pasión que permanece en los cuerpos. Y es, por fin, que entendemos que nuestros ojos tocaban la divinidad recordando la pureza de la niñez y el pecho del amado”. Pasaron algunos minutos y aunque deseaba abrir los ojos y levantarse de la cama algo le impedía. Tal vez la mucha emoción. Las lágrimas que quería derramar por la alegría encontrada. Tal vez, si se calmaba un poco la ansiedad ella podría acomodarse y abrir los ojos para tocarlo. Quizá estoy delirando. Pensaba ella. Quizás estamos enfermos. No nos curen. Queremos seguir enfermando para ser más fuertes y valientes más adelante para darnos y entregarnos sin más motivo que la propia libertad.


“Soy tu sierva. Gracias por rescatarme de mis tormentos y mis miserias y bajezas. Ante ti, reconozco que no amo realmente como debería hacerlo. He herido a las personas que me han amado y he odiado a los que no me han querido y me han rechazado. He sido egoísta. Tal vez, he sido canalla al pretender que me adoraran. Reconozco que debiera hacer más por los débiles, que no es solo la oración y que desafortunadamente aun me falta mucho por hacer. Borra esos pecados de culpa que mantengo y mis sentimientos de auto lastima. Elimina mi maldad. Límpiame porque no merezco tu gracia. Tu que todo lo puedes, lávame en el inmenso mar de tu misericordia infinita…”

Cuando pensó en el mar. Detuvo sus oraciones mentales y recordó con detalles los pasos obsesivos, lo rápido del accidente, la crisis nerviosa que la hacía gritar, empezó a recordar que algunas voces se reían, otras estaban asombradas y otras asustadas. Se acordó que fue llevada a una cama y que en un sueño profundo su corazón latía rápidamente y sentía morir. Suspiró cada vez más y cuando entre abrió los ojos solo pudo ver a alguien acostado en la cama de al lado y nuevamente volvía a dormir. No


entendía que le habría pasado. Quizás pensó que era un sueño de esos que le había dado en el viaje por el rio y que los médicos le decían que estaba enferma. Entonces se dejó llevar y volvió a suspirar y quedo profunda una vez más. En cuestión de pensamientos. Como los tics tacs de aquel reloj de la iglesia de Santa Juana del Perpetuo Socorro solo pensaba y no hablaba. Escuchaba el sonido de los zapatos de los niños que hacían cuando eran sentados en la primera banca en aquel templo cuando ella era monaguilla. Sin poder abrir los ojos solo pensaba. Que pasaba, no entendía. Solo voces escuchaba en aquel lugar que solo sentía la calma de unas olas suaves meciéndola hasta hacerla dormir de nuevo. Sin afán de abrir los ojos. Empezó que escuchaba que alguien se presentaba con voz pasiva y que no entendía mucho que decía pero sabía que le tocaba los brazos, el vientre, las piernas. Empezó a sentir que le tocaban el corazón de manera mecánica. Entendió que no era quien ella esperaba, solo escuchaba ahora si de forma clara que tenía algunos traumas debido al accidente que hubo en el mar.


Que el barco en que iba se deshizo y que la tormenta la había arrastrado hacia donde se encontraba otra embarcación que pasaba por esos lados, y que fue finalmente rescatada del mar.

Patty estaba en estado de coma. Solo podía escuchar y debía ser llevada de forma urgente al hospital más cercano cuando llegaran a la orilla. A lo mejor, tendría que ser remitida a otro centro de salud mucho más equipado pero más lejano que el que tenían que llegar. Quizás regresada al pueblo Santa Juana porque allí había un médico nuevo.

Aún tenía vida. Y sin poder moverse por su cuenta se sentía agradecida por la poca luz que la mantenía en la tierra en medio del mar. Pensaba entonces, que ella era una isla. Un pedazo de terreno en mitad del agua. Estaba feliz había conocido al mar y a su amado que sentía que estaba al lado de cama. Que solo pocos centímetros la separaban de él. Ahora juntos. Ella sabía, le olía, y presentía que estaba cerca. Conocía que antes de caer en estado de coma profundo lo había alcanzado a ver. Eso la mantenía con vida.


Solo le había bastado algunos segundos para darse cuenta que su respiración, el suspiro, sus brazos, sus piernas, su cabello era lo que en su mente había tanto soñado.

“yo suelo ir recogiendo estrellas Las tomo una a una, En noches y mañanas Las guardo. Más adelante tú serás mi tierra Acostumbrada a las estrellas, Esta vez gane la Luna. Y le dije, Caminemos juntos en este desierto, Gastémonos las huellas y la tinta! …Ahora , yo soy silencio… Soy yo, Eres tu, Somos dos, En este peregrinar


Viendo nuestras estrellas En el cielo!”

Lo imaginaba en el mar y ese era el que ella iba a amar toda la vida, como nunca lo había hecho antes en su vida. Entonces se acordó de la niñez cuando su padre la cargaba a sus brazos y la alzaba al techo jugando al avioncito y le daba vueltas y vueltas mientras ella lloraba y lloraba por el temor de caerse. Recordaba que sentada en las piernas de su padre empezó a conocer los cuentos infantiles y los relatos de don conejo, tía oveja y abuelo gato. Aquellos cuentos que inventaba su padre el Señor Aníbal para hacerla reír. Don Aníbal de la Hoz era un ganadero que en sus inicios fue un muchacho muy inquieto y amante del campo. Le gustaba lo que hacía y eso lo mantenía feliz. Le gustaba el campo. Admiraba los animales que le daban el sustento y le suministraban los alimentos. Le ponía nombres a las vacas, a los toros, a las gallinas, a los cerdos, a los conejos. Siempre fue campesino y no se veía en ningún otro oficio, pues trabajó desde muy joven a sus años conocía cuando el animal estaba enfermo por alguna picadura de insecto. Lo conocía todo como un profeta de la naturaleza, sabía cuándo iba a llover y cuando podría haber


sequía. Se levantaba muy temprano y se bañaba con agua fría. Se cambiaba con sus pantalones de trabajo. Sus botas negras y su camisa manga larga de cuadros. Se preparaba, daba gracias por el día que iba a trabajar en lo suyo y se sentaba en su banquito para ordeñar a las vacas la coqueta, la muñeca, y cristal del rio. Con las leches hacían quesos, sueros, mantequillas y vertían el líquido blancuzco y espumoso en botellas que repartían en tiendas y en casas de familias que usaban el licor nutritivo en sus recetas y café con leches en los desayunos del campo. Cosechaba algunas verduras según la época por eso nunca les faltó la comida y pudieron vivir de forma sencilla. Tenía algunas ideas políticas que había escrito en un manual para entender la democracia. La dividió en varias secciones. La primera decía que la pereza no permite el cambio, y la toma de decisiones hace pobre la actitud y ya arrinconada no hacía que se decidiera los cambios en la mentalidad de los pueblos. Además que el poder hacía de las suyas y la corrupción que se paseaba por todos los lugares desordenaban al gobierno y cuando se dieran cuenta ya iba hacer demasiado tarde, manteniendo una crisis y deteriorando el aislamiento colectivo por falta de visión y caos permanente de las masas. Aún se mantenía esperanzado y que no todo


estaba perdido proponía como alternativa la salvación de la situación por medio de los derechos humanos y los acuerdos que apoyaban el proceso de purificación en que se había caído. El dialogo como solución generaba alternativas y propone una nueva constitución que permitía escuchar la voz de todos por medio de los lideres para protagonizar la voz de una opinión pública. La propuesta de la siguiente sección centra en la elección de un excelente líder fuerte que los gobernara con mano fuerte haciendo que el pueblo se refugie solo en este dado que las propuestas de las soluciones que no dan resultado y al elegir a este personaje se encontraría el equilibrio interno y externo, invirtiendo en la guerra y descuidando el aspecto social. Y como última etapa en el ejercicio de la democracia se exponía nuevos caminos invirtiendo en lo social en la salud, en el empleo, en la justicia y en otros derechos. Encontrando la salida tal vez, enfocando en la fuerza que está dentro de los mismos ciudadanos y que solo por medio de la unidad y en su diversidad se podría hallar la verdad buscada por mucho tiempo. Lo que denominaba una participación ciudadana que le podría dar sentido real y hacer que el terreno pueda ceder y se pueda construir una moralización de instituciones en la sociedad civil. Dando frutos como todo un agricultor…


Se casó con la madre de Patty a la edad de 30 años y tuvieron a la niña a los dos meses de haberse comprometido. No tuvieron más hijos y mientras él estaba trabajando en sus labores de campo y pensaba en sus secciones de democracia la madre dictaba clases en el colegio rural y dirigía la biblioteca. Todo era simple, no hubo peleas se querían como esposos que eran frente a las leyes divinas y terrenales. Lastimosamente la vida les dio un vuelco total cuando enfermó Don Aníbal y murió a los 40 años. Dejando huérfana por parte de padre a los 10 años.

“Ya no lloraré más; es una promesa que te hago mi amor. Tú te compadeciste de mí y al escuchar mis gritos en el mar tuve una respuesta. Y aunque ahora coma del pan del sufrimiento y el agua de la aflicción, Tú me darás de esa agua que necesito para vivir. Serás, entonces la lluvia para sentirme semilla y producir tus frutos, y así tendré del buen alimento. En días tristes como el de hoy. Serás mis ríos y torrentes de agua abra en todas mías altas montañas y en las colinas elevadas de mi desierto en que me encuentro por ser frágil. Tú me curarás y vendaras mis heridas. Serás la fuerza de mis extremidades


...Gracias por el bendito don de sentirme vacía porque sin ese don no me acercaría a ti, amado de mis entrañas...a pesar de las dificultades que tengo yo confió en ti. Quisiera tanto, quisiera tantas cosas. Pero tú eres todo lo que necesito. Tu solo eres mi bien y mi tesoro. En tus manos estoy y me entrego plenamente a ti Ahora es cuando quisiera ver el brillo de tus ojos. El color de tu piel. Lo agradable de tu sonrisa. Tus cabellos...Desearía escuchar tu voz, en mi pequeñez y aunque este mundo se goza y desconoce lo que me ha pasado; solo tu das la paz que necesito. Asiéndome detener en mis fracasos para que yo entienda que al final a tu lado soy libre.

Gracias porque no me correspondieron y al escribir esas miles de cartas aquellos amores fui aprendiendo el don de escribir y de realmente hacer sentir el que va leyendo lo que hago. Gracias por este viaje maravilloso, donde conocí más allá de mis límites y en las fronteras descubrir la verdadera libertad que a manera de mar me fue envolviendo para hacerme sacar fuerzas de donde pensé no tendría en mi corta existencia. Me has logrado asombrar, y saber detenerme en lo que realmente


importa. Por eso sé que tú, solo tú me haces más bella, porque contigo todo es hermoso.

Contemplando mis raíces y mis profundas meditaciones al no poder hablar, ni caminar me sigues sosteniendo y me alzas en tus brazos como lo hacía mi padre. Me has hecho recordar cuando el viento zumbaba en mis oídos y me hacía envolver como las hojas que se esparcen en el aire y se perfuman de flor en el campo. Entonces era cuando en el desierto te buscaba y tenía tan reseca el alma. Los vientos me impedían escucharte y yo deseaba abrazar tu paz.

Seducido por tu nombre, mis sentidos se callaron y soy ya de alguien, pues he podido recorrer aquella silueta que el mar me mostraba y que me mostraba en cada rincón de tu alma…

Y es preciso allí, cuando la rosa que tengo en mi pecho empieza a latir y al hacerme estremecer puedo ver por fin los reflejos en mí, escuchar la voz esperada con ansiedad y volverla mi eco.


…En aquel silencio le sentí tocarme y yo le cautive por fin, me dio de su agua y su sangre tal vez. Cubrió ya mi piel y me dio de su vida y de su carne. Tan íntimo como la semilla y la tierra; el pan y es pescado,…como el amor y su amado… Al no poder ver lo que pasa. Tú eres mi visión y veo como se mueven los rayos del sol y como aterrizan en la montaña y en aquella calma deseada, luego de la gran tormenta sigo viendo ese pedazo de cielo, el amor y ese trozo de mar azul profundo... ”

Eran las 6 y 30 de ese lunes, cuando un niño le preguntaba a un señor si quería que le embolara sus zapatos, y que este estuviera sentando en la banca de la plaza de aquel gran árbol testigo de secretos. Al ver que no le


contestaba, se había enojado y quiso darle una patada en la pierna y fue allí cuando descubrió algo inesperado…

Según el dictamen del médico Roberto Buitrago, a las 5 y 30 del día domingo había muerto de un infarto fulminante el Señor Carlos Enrique Atencio Buitrago. Su cadáver se encontró sentado en la banca de la plaza Santa Juana al lado del frondoso árbol aquel que da la sombra y es testigo de juegos infantiles.

“Un Domingo por la tarde, Tú y yo, Como aves sin rumbo fijo, En silencio, Abrazados Éramos únicos Y solo en el mundo! En ese domingo, Buscamos refugio Juntos,


Como pez en el rio caudaloso, Tan cerca del amor, Tan cerca No quisimos escapar! Que poema más bello …En esta noche… Hueles a rosas, ..y te pienso tanto!...”

Fin

EPILOGO


Como decía Sabinas: "el mar se mide por olas, el cielo por las alas, nosotros por lágrimas. El aire descansa en las hojas, el agua en los ojos, nosotros en nada. Parece que sales y soles, nosotros y nada..."

Mi vida era como un árbol que la suave brisa mueve en sus ramas y es cubierta por el sol y por la noche es iluminada por la luna. Las hojas nacían y se marchitaban. Las flores crecían y caían. Tenía alegrías y fracasos. De vez en cuando un fruto, y luego veía

caerse al suelo

algunos sueños, y todo seguía igual.

A veces llegaba la lluvia. El viento o el trueno y no me quejaba de nada. Pero

tampoco era feliz. Envidiaba las nubes del cielo porque suelen

volar. El agua que iba y venía según la temporada y veía a las personas felices. Solo la presencia del amor se valió de tantos instrumentos hasta que logro enamorarme con sus cantos y desarmó mis tejidos de hierros en nervios de sentimientos.


Aclarando que no soy escritor. Ni soy estudiante de academia. Solo tuve un encuentro que me tomó como pincel o como lápiz, mi bote

y mi

acordeón y me hizo escribir este relato.

Ahora sigo siendo un árbol, eso ya es imposible de cambiar, con la diferencia que ahora admiro el cielo y sus colores al atardecer,

me

cautiva ver las estrellas y la luna Ahora aquellas desgracias son bendiciones Y ahora todo lo entiendo. Entiendo que las palabras van cayendo y poco a poco y son alimento que se imprimen en el alma y da frutos. Se vale de lo que sea y quien sea, para mostrar una voz que nos guiara siempre.

Cuando escribo esto llevo muy poco tiempo haciéndolo. Es mi primera novela tomando algunas notas que escudriñé y encontré e hizo definir todo mi mundo, Todo lo que he sido y lo que he perseverado para ser feliz; ya como dicen por ahí, la felicidad no es una estación donde llegar, sino el modo en que se viaja. Siento que pronto se publicara este libro que reúne algunos trozos de los escritos de mi amor que me condujo a un mar de azules profundos…


“Tratando de arreglar las redes de mi vida, los tejidos de mi vida, llegaste, tu… Eterno peregrino del mar,´ Maravilloso encuentro, Tú, mi barca y yo… Escuche con el viento VEN SIGUEME…´ Se posó en mis oídos Se clavó en mi pecho, Y como espinas de rosas se transformó en llama encendida a la orilla de la playa, en hoguera de amor… Camine y cruce desiertos buscándote, Me sacie de aguas sucias que encontré por ahí …y como gaviota en un hilo invisible en busca de sueños…volé… Ansiaba seguirte, Mi Eterno Peregrino Del Mar, Deseo amar las almas que pesque y que seguiré pescando para ti... Lanzar a lo más alto lo alcanzado y arrojarlo para que vuelva con sus benditos frutos hacia mí y yo entregártelos de nuevo Entonces, me conformaría con una caricia de tus manos, Llenarme de tu silencio y en el sonido natural, …Hace unos minutos…


Escuche un adiós, Me fui con calma pero con dolor… Sin cadenas, Entonces empecé a volar Como pluma por el aire Tal vez, como ave! Hace un tiempo, Solo eras una voz, Y nada más. Ahora eres solo viento… ¡Viento! y algunas hojas que vienen con el…

“Dios duerme en el corazón de las piedras, respira dentro de las plantas, sueña con los animales y se despierta con la humanidad” Proverbio Indio.

FIN

novela un mar de azules profundos autor johanna amaya  

sumergete en la historia..en los sueños de juventud..en el mar de azules profundos...