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Ahora Santiago Juan Nรกpoli


EL AUTOR DEL CUENTO Santiago Juan Nápoli nació el 4 de Diciembre de 1989. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Claret de la ciudad de Bahía Blanca. Actualmente estudia en la Universidad Nacional del Sur, la carrera de Licenciatura en Filosofía, encontrándose en el primer año de la misma. Su principal hobby es la literatura, tanto la lectura como la producción de textos literarios.

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Ahora Por Santiago Juan Nápoli

Elwen Su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. F. DE QUEVEDO

Sería una falacia decir que he vivido poco y mal. De hecho

–modestia aparte–, creo que he llegado a ser muy grande. Grande, brillante y también bastante afortunado, porque en realidad admito que debo gran parte de mi inmensidad y esplendor a la formación y libertad de las que pude gozar, fundamentales en las primeras etapas de mi vida. Esto, por supuesto, no quita mérito al modo en que supe llevar a cabo mi tarea en, y para, el mundo. Diligente, categórico, elegante, agraciado y hermoso fueron, entre otras cosas, virtudes por las que fui conocido en tiempos pasados, y por las que en la actualidad soy renombrado. Ahora, viejo y decadente, aunque nunca falto de orgullo, siento que el inevitable fin –al menos el del mundo como lo conocía–, se

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acerca. Y es un vago consuelo, aunque en parte confortador, el tener la certeza de saber con exactitud qué es. Esto es el conocimiento pleno en cuanto a lo que sucede y sucederá, en lo concerniente a la luz y vida que me quedan así. Confieso, con juicio y sin arrogancia, que siempre percibí en mi inconsciente con claridad mi devenir. Lo negué, admito, durante mucho tiempo, pero solo porque mi grandeza opacó mi sentido de la realidad. Rara vez revisé mi interior, siempre preocupado por lo que pasaba fuera de mí y en mis capas más externas. Esto quizás se deba a la plena confianza que he tenido en sentirme bien por dentro, consecuencia de los resultados observados desde afuera, los cuales siempre indicaban excelencia. Análisis más profundos y juiciosos me revelaron más tarde sobre el cáncer que yacía dentro de mí. Finalmente lo supe, y me entristecí en lo más profundo de mi ser. Aunque también lo acepté, agradecí el haber llegado a ser tan magnífico, y descubrí que el tiempo advenidero es lo que hará que la balanza se equilibre de una vez. Es por esto que no renegaré de nada de lo que me pase. A pesar de mi congoja, le daré la bienvenida a mi destino con los brazos abiertos. Me someteré a lo que suceda y viviré lo que me queda como lo tenga que vivir. No olvidaré lo que fui; es más, lo recordaré siempre de principio a fin de manera cíclica, como debe ser, pase lo que pase. Muchos dicen que todos provenimos del polvo. En mi caso bien podría ser verdad, ya que mi historia no tiene comienzos ciertos. No recuerdo ni padres, ni madres, ni seres cercanos a mí en la infancia. De hecho, la vaga imagen que evoco de esa etapa de vida es encontrarme observando algunas partículas del espacio vagando cerca de mí, mientras yo solo manifestaba mi energía mediante

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gritos ardientes y caprichosos, pues no sabía hacerlo de otra forma. A partir de allí –descontando algún que otro recuerdo más–, puedo recapitular bastante mejor cómo crecí y cómo me constituí. Por fortuna, me crié en soledad. Este hecho me ha dado las ventajas de crecer con plenitud, logrando saltar las espinas del camino en lugar de esquivarlas. De esta forma resolví retorcidos problemas de manera fácil, siendo consciente de mis capacidades en todo momento. Cualquier choque, atracción, pérdida u ofuscación fueron dejadas atrás en legendarias batallas luchadas contra el entorno y contra mi mismo corazón, convirtiendo a mi fuego interior en un centro de esencia indestructible, inmaculada. Así conseguí desarrollarme, convencerme del poder y resplandor de mi interior, y sobrepasar a todos mis rivales –que por cierto no eran muchos– en cuanto a mi extensión y sabiduría. Madurando a pasos agigantados, pronto logré comprender y concebir teorías propias que conquistaban mi satisfacción en cuanto a las explicaciones sobre mi naturaleza y la del mundo. Descubrí que no soy el centro de nada, ni siquiera de mi propia comunidad local. De hecho, creo que no existe ni existirá un “centro del mundo”. Exploré en mis alrededores, y descubrí a muchos otros parecidos a mí, en cuanto a talla física y mental. Así fijé mis pensamientos en relacionarme con ellos, a fin de conocerme mejor a mí mismo. Hice amigos, que llevan una vida quizás más mediocre que la mía, pero no menos interesante. De hecho, gracias a mi contacto con la sociedad fue que, en estos últimos años, pude alcanzar a percibir fuerzas infinitamente superiores a todas las conocidas, comprensibles tan solo en momentos muy disimulados. Mi impacto al sentirlas fue tal que me dediqué a buscarlas de forma incansable por años, y cada búsqueda se acercaba más, por más que nunca bastaba. En definitiva, confieso, mi tarea de investigador falló, aunque puedo

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asegurar que hoy me siento más cercano que nunca a estos poderes que en algún momento de mi juventud, quizás por negligente, hasta llegué a adorar. Como dije, alcancé mi plenitud hace ya mucho tiempo. Tuve numerosas vivencias, y otras cuantas no he podido gozar. Adquirí dentro de mí cualidades y virtudes que se contrajeron con fuerza en mis años de crecimiento, y que hoy –y durante toda mi vejez– están siendo exteriorizadas al mundo día a día, ya de forma alarmante. Estoy cada vez más convencido de que el tumor que habita en mí beneficiará a muchos cuando salga, por estar acompañado de materia y energía valiosas que formarán cosas nuevas, útiles y bellas.

Mi conciencia me dice que no seré feliz ni hermoso cuando el fin llegue. Con seguridad, “algo” seré, sospecho; de otra forma no tendrían sentido mis meditaciones ni mis vivencias, por lo que pasaría a ser un simple instrumento, idea que niego y negaré, por ser demasiado aterradora. Además, esto último no podría ser posible por ser yo demasiado inmenso de espíritu como para que éste se despedace en forma completa en la funesta hora final. La existencia que tendré bajo la forma de ese “algo”, la ignoro, aunque puedo arriesgar que será nefasta. Por un lado, porque dentro mío algo me dice que la armonía ha llegado a su fin, y que nunca más volveré a funcionar como lo hice en mis años mozos, coherente y pleno. Por otro –y como una paradoja–, porque, como ya lo dije, es hora de que la balanza se equilibre de una vez y la armonía –ya no interior, sino superior– se cumpla con la culminación de este hecho catastrófico. Mi existencia ha sido quizás demasiado feliz, intensa e inmensa por mucho tiempo. Ahora pasará a ser macabra, dispersa y pobre.

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Invoco ahora a todos –incluso a aquellas fuerzas superiores que no conozco ni conoceré, pero que sé que existen–, a que contemplen lo que sucederá en instantes. Verán desaparecer en tan solo unos días mucha grandeza y esplendor. Observarán desvanecerse a algo que alguna vez sintió rozar lo divino, que se contrajo primero para después expandirse y ser casi infinito y que, en el instante final, no supo depender de sí mismo y debió volver a contraerse. Así, según mi siempre juicioso saber y mi sentir, afirmo que ya mismo comienza mi etapa concluyente: el colapso gravitacional. Por días agonizaré, abriendo el portal de mi ser para entregarlo al universo entero mediante un inmenso, espectacular estallido. Ahora mismo lo estoy sintiendo. Ahora… El brillo de la noche se reflejó en los sorprendidos ojos de Lucas. –¿Qué es eso, papá? ¿Por qué es tan grande? –Es una estrella muy grande y brillante hijo, por eso podés verla tan bien. Pedí un deseo, que con ese tamaño es imposible que no se cumpla. Lucas cerró los ojos y pensó en la última pelea entre sus padres, en las sombras que acechaban en su habitación… El astrónomo W. Pong afirmó con seguridad, aunque no sin sorpresa: –Sabíamos que iba a pasar en algún momento, ¡pero no la imaginamos tan espectacular! Su colega quitó los ojos del telescopio y digitó algo en una computadora. Respondió, intentando parecer frío: –Su inmensidad era sorprendente, siendo que se encontraba a tal distancia. Su final, sin dudas, espectacular. No dudo que las características de la supernova nos dé la pauta de que esta estrella pasará a ser un gran agujero negro en poco tiempo.

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"Ahora", de Santiago Juan Nápoli