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LA CIENCIA en los cuentos - 2007 -


Viviana Bianchi y Alejandro Gangui (compiladores)

en los cuentos

A utoresdeA rgentina.com

2007

LA CIENCIA


Coordinación general y compilación: Viviana Bianchi y Alejandro Gangui. Ilustración de tapa: Lucila Gangui (2001) Corrección literaria: Hilda Lucci.

La ciencia en los cuentos 2007 / Estéfano Efrén Baggiarini ... [et.al.] ; compilado por Alejandro Gangui y Viviana Bianchi. - 1a ed. - Don Torcuato : Autores de Argentina, 2008. 104 p. ; 20x14 cm. ISBN 978-987-24508-1-6 1. Antología Literaria Argentina. I. Baggiarini, Estéfano Efrén II. Gangui, Alejandro, comp. III. Bianchi, Viviana, comp. CDD A860

Director editorial: Hernán Echeverría Diseño de tapa: Justo Echeverría Editor: Germán Echeverría

© AAVV ISBN: 978-987-24508-1-6 Editorial Autores de Argentina www.autoresdeargentina.com E-mail: info@autoresdeargentina.com Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723 Impreso en Argentina – Printed in Argentina


Fallo del concurso El jurado del concurso literario juvenil “La ciencia en los cuentos, 2007”, constituido por Mariano Ducros, Profesor de literatura, Universidad de Palermo, Director del Departamento de Extensión Cultural del Centro Cultural Borges, Daniel Salomón, Investigador del CONICET, primer premio en los concursos literarios Julio Cortázar, Eduardo Bocco y Atilio Betti y Ana María Vara, Profesora de la Escuela de Humanidades, UNSAM, Diploma al Mérito 1997 de la Fundación Konex, ha decidido conceder los siguientes premios: 1. PRIMER PREMIO: Humo sobre el agua de Estéfano Efrén Baggiarini 2. SEGUNDO PREMIO: Lamento de incertidumbre de Julián Dabbah 3. TERCER PREMIO: Ahora de Santiago Juan Nápoli Asimismo el jurado ha concedido menciones especiales para los siguientes autores (ordenados alfabéticamente por apellido): • Celeste Dopazo por La verdad imposible de contar, • Rodrigo López Costantini por El alquimista, • Marcelo Pérez por El mayor sueño cabe en una partícula de polvo, • Irene Sofía Radulovich por Quién quiere vivir por siempre, • Javier Darío Santilli por La eterna batalla, • Juan Martín Sosa Cazales por La teoría del Caos, y • Ana Speier por El saber, elemental.

El concurso ha sido convocado por el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE/ CONICET) y la Asociación Civil Ciencia Hoy, con el auspicio del Programa de Promoción de la Lectura del Ministerio de Educación de la Argentina, el Centro de Formación e Investigación en Enseñanza de las Ciencias (CEFIEC/FCEyN-UBA), el Laboratorio Cero (CNEA/UNSAM) y el Área de Ciencias del Centro Cultural Borges. Los coordinadores del concurso fueron Viviana Bianchi, docente, y Alejandro Gangui, investigador del IAFE y profesor del CEFIEC.

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Prefacio Los años de la juventud son aquellos en los que la imaginación despliega sus alas con mayor fuerza. En general, en la escuela media, los jóvenes cuentan con una importante dosis de curiosidad – a veces no completamente satisfecha – en temas de ciencia. Sus conocimientos en literatura son ejercitados y puestos a prueba quizás con mayor frecuencia que los científicos. La ciencia enseñada – o descubierta en el mejor de los casos – pocas veces es transmitida entre los alumnos con placer estético y sin aridez. Pero la ciencia también puede ser contada, y contada bien, con palabras elegantes y atractivas. El concurso literario para jóvenes “La ciencia en los cuentos, 2007”, al igual que su edición de 2006, fue organizado con una sola excusa en mente: motivar. Motivar a los jóvenes para que investiguen algún aspecto de la ciencia que los fascina, para que desarrollen una idea, usen su imaginación, y expresen el resultado de sus meditaciones con palabras cuidadas en una obra que sea a la vez rigurosa como documento científico y literariamente atractiva. Como lo mencionó el último Ministro de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación en el prólogo del volumen que editamos el año pasado, toda iniciativa de promoción de la creación literaria basada en la ciencia por parte de autores jóvenes es de extremo valor y sirve como disparador de nuevas vocaciones científicas. Este libro reúne las obras ganadoras del concurso literario juvenil “La ciencia en los cuentos, 2007”. Que lo disfruten. Los coordinadores

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Humo sobre el agua EstĂŠfano EfrĂŠn Baggiarini


EL AUTOR DEL CUENTO Estéfano Baggiarini, nació en Mar del Plata, el 16 de julio de 1991. Actualmente cursa sus estudios secundarios en el Instituto Albert Einstein, de esta ciudad. Su gusto por la lectura y la escritura lo llevan a pensar en dos posibles carreras universitarias: letras y periodismo. Es también un apasionado de la música: Spinetta, Bob Dylan, Jimmy Hendrix ocupan los estantes de su discoteca. Esta pasión la comparte con los oyentes de su programa radial “Monos del Ártico”, que sale al aire todos los sábados a las 23:00. En sus ratos de ocio toca la guitarra eléctrica y ensaya covers con su banda.

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Humo sobre el agua Por Estéfano Efrén Baggiarini

Pedro tendido en el colchón sin resortes que es su cama. Son

las tres de la mañana, le duelen los números rojos en el fondo de los ojos. Medias sucias, hojas garabateadas, polvo, tierra, mugre, sudor, fiebre, desparramados en el piso del cuarto de Pedro. Un atado de cigarrillos, una taza sucia de café, pañuelos descartables sobre la mesita de luz; Pedro tanteando en la oscuridad eligiendo el atado; el bolsillo de la campera de cuero del padre de Pedro sin un atado de cigarrillos. El silencio llenando los huecos en los oídos de Pedro, el motor de un colectivo gimiendo en la distancia. Pedro en la mente de Pedro en un colectivo; afuera la lluvia azota la vereda y el frío quema las hojas de los árboles. Pedro furioso por no poder dormir, Pedro dando vueltas en la cama, la sábana retorcida, molestando los pies de Pedro. Pedro sentado en la cama, sus dedos deshaciendo el celofán del atado y deslizando con la torpeza de la inexperiencia un cigarrillo fuera de la caja. Pedro con los ojos abiertos llenos de oscuridad. La llovizna acariciando el techo, lamiendo las orejas de Pedro. Un día lluvioso en la cabeza de Pedro, el agua haciendo un río en el cordón, la lluvia azotando la vereda y el frío quemando

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las hojas de los árboles. Día de noche, Pedro acurrucado en el último asiento izquierdo del colectivo. El colectivo, atiborrado de gente, de Pedros calientes, mojados y sudorosos, abrigados, Pedros desprendiendo olor a grasa de restoranes, Pedros dejándose llevar hacia sus destinos, un Pedro dejándose llevar hacia alguna parte. Las manos heladas de Pedro buscando el encendedor en la mesita de luz; las manos enojadas de Pedro golpeando la mesita de luz vacía de encendedores. Las manos de Pedro soltando la caja sin un cigarrillo, las manos de Pedro corriendo violentamente las sábanas, afuera la lluvia, las piernas de Pedro congelándose a cada paso ciego hacia la perilla de la luz. La luz del colectivo encendida a las seis de la tarde, la lluvia escupiendo en la oscuridad, Pedros bajándose sucesivamente, un Pedro acurrucado en el último asiento izquierdo. La vista de Pedro descubriendo una mancha de vómito en el piso del colectivo; la vista de Pedro descubriendo un bulto en el bolsillo del pantalón que yace inanimado en el respaldo de la silla llena de libros. La luz baña ahora la inmensidad del cuarto; las manos de Pedro, aprisionando victoriosas el encendedor. La lluvia golpeando cada vez con más fuerza, los ojos de Pedro ensordecidos por la luz y miles de cosas entrando a la vez. La cabeza de Pedro golpeándose contra la ventana del colectivo a cada bache, la oscuridad profunda de una noche temprana llenando el exterior, la mirada de Pedro perdiéndose en esa misma inmensidad invisible. El pulgar derecho de Pedro apagando la luz, la mano izquierda sosteniendo el cigarrillo y el encendedor. Pedro indeciso sentado en la cama, Pedro durmiéndose en el colectivo. Un chasquido retumbando en la habitación, y una mancha roja dibujándose en la oscuridad; un humo imperceptible elevándose en espirales. Pedro tose, Pedro pita, el pecho de Pedro prendiéndose fuego, Pedro tose, Pedro tose. Los ojos de Pedro llenándose de lágrimas,

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la garganta de Pedro cerrándose en un nudo inquebrantable. La mano de Pedro soltando el cigarrillo y tomándose el cuello. Pedro acostado, cubriéndose con las sábanas, Pedro llorando y durmiéndose luego de toser varias veces, el cigarrillo encendido yaciendo cerca de la cama. Pedro despertándose de golpe, la gente es escasa ahora en el colectivo, la lluvia furiosa intimida a todo aquel que quiera bajarse. El vehículo sacudiéndose violentamente, Pedro rodando por el suelo, las barandas de la escalera deteniendo su carrera. La espalda doliéndole, el pantalón embarrado, la mano de una señora ayudándolo a levantarse. El conductor nervioso, sus manos tiemblan sobre el volante, el agua creando una cortina peligrosamente cegadora. Pedro maldiciendo, sacudiéndose el barro de la ropa, retornando humillado a su asiento. Las luces de los autos encandilando al chofer, una estampita de San Cristóbal pegada con cinta adhesiva al tablero, una calcomanía de River Plate en el espejo, un rosario atado al respaldo del asiento. El chofer asustado, un camión anónimo, a unas cuadras de allí, avanzando involuntariamente a su encuentro. La cabeza de Pedro golpeando la ventana del colectivo a cada bache. Los ojos del chofer descifrando con horror el bulto negro sin luces cerrándole el paso, el pie del chofer hundiéndose inútilmente en el freno, el volante girando desesperadamente hacia la izquierda, las sábanas chamuscándose tímidamente. Pedro aferrándose con fuerza al asiento delantero, el cuerpo de Pedro colgando del asiento, el parabrisas estallando y el viento invadiendo el interior del colectivo, el enorme tanque lleno de gas natural, el colectivo hundiéndose en el tanque lleno de gas natural abollándose peligrosamente. El hierro doblándose a noventa kilómetros por hora, los cuerpos rebotando en las paredes del colectivo, la lluvia besando el fuego azul que lame las heridas del metal, el fuego rojo lamiendo las sábanas de la cama de Pedro.

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Pedro soñando con Pedro en un colectivo, Pedro soñando con fuego en una noche de tormenta, fuego soñando con Pedro soñando con Pedro entre hierro y llamas. Fuego tibio arrullando al niño Pedro, acariciando sus muslos y reptando por la pared, devorando hojas y medias y mugre desparramadas por el suelo del cuarto de Pedro… … Afuera, tímidos rayos de un sol oculto entre nubes mojan la mañana de almíbar dorado.

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Lamento de Incertidumbre Juliรกn Dabbah


EL AUTOR DEL CUENTO Julián Dabbah nació en Buenos Aires, el 24 de julio de 1989. Cursó sus estudios primarios en el Colegio Sworn, y los secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Actualmente estudia Fotografía Cinematográfica en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica, y se encuentra cursando el C.B.C. de la carrera Ciencias de la Computación, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Paralelamente, ha realizado cursos de Astronomía, Fotografía, e Historia del Cine, participado en proyectos de restauración y conservación en colaboración con el Departamento de Botánica del C.N.B.A., además de en talleres de Realización Audiovisual dictados en la misma institución.

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Lamento de Incertidumbre Por Julián Dabbah

Desgracia la mía, tan pequeño y tan denso. Tan observado

y, sin embargo, incomprendido. Este es mi lamento, mi eterno lamento, casi tan viejo como el tiempo mismo. Esta es mi historia, por si a alguien le importa, por si alguien todavía no la sabe, o descree de los cuentos que lee en los gruesos volúmenes que hablan de cualquier cosa, de todo, de mí, de nosotros... Esta también es una historia de amor… Todavía recuerdo aquellos días. Épocas maravillosas, tiempos casi perdidos. Épocas de arte, de guerra, de política y de hombres. De épica, de mitos, y de mares y de islas. ¡Qué días aquéllos! Éramos uno solo, y éramos solo cuatro. Ella y yo, sin diferencias, y así tantos más, unidos, uno a otro, armábamos el mundo, lo que era y había sido. El agua, la tierra, el aire, el fuego... ¡Sí, nosotros! En esos tiempos de fraternidad constante, amistad permanente y convivencia exagerada, comenzaba mi desgracia. Tan perfectos quedábamos juntos ¡oh, sí, fuimos perfectos!, que nadie notaba la

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diferencia y, por lo tanto, no existía. Yo, ella, ella y yo, yo y ella, nosotros, únicamente nosotros, inseparables, indivisibles. ¡Sin duda éramos felices! Reposábamos todos juntos, tranquilos: unos, en el fondo del mar mientras Poseidón agitaba su tridente complicando a los héroes; otros, observábamos desde las altas murallas el incendio tardío de una de las ciudades más maravillosas, o sosteníamos en nuestros hombros a la mismísima cuna del teatro. ¿Cómo habría podido imaginarme que hoy ya no estaríamos juntos, que todo terminaría, tal vez, o tal vez no? Pero eso es adelantarse demasiado. Como dije, siempre juntos, no podíamos ser más felices. Funcionábamos perfectamente, como si fuéramos lo mismo. Nunca una pelea, nunca una palabra fuera de lugar, nunca una actitud descuidada, siempre en armonía, en perfecto orden. Y así pasó mucho tiempo. Por momentos, el mundo se olvidaba de nosotros, ¡de nosotros, que hacíamos el mundo!, pero no importaba, nos teníamos el uno al otro. Caían los imperios, se incendiaban las ciudades, se hacía la guerra, pero nosotros, persistíamos, embobados en nuestra realidad diminuta. Disfrutábamos cada momento, y este recuerdo es, quizá, lo único que me permite seguir escribiendo estas líneas amargas, añorándolo. Comenzaron a cambiar las cosas cuando se empezó a hablar de nosotros de nuevo, esta vez con peores intenciones. Magos y hechiceros pretendían enriquecerse a costa nuestra, y los codiciosos los llevaban a sus palacios. Horribles difamaciones corrían de un reino a otro, puro chisme... ¿Qué sabrían ellos sobre nosotros? Nos denigraban, pretendían convertirnos en “nobles” o “preciosos”, ¡justo ellos! Si bien fracasaron rotundamente y nunca consiguieron

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lo que querían, fue el comienzo de la ruina de nuestra relación. Otra vez cobrábamos, poco a poco, la importancia que nos duraría por siglos. Parece que la fama y la observación constante terminaron por desgastarnos. El progreso incesante nos hizo cruzar a estas otras islas. Nos acusaban de indivisibles –¡ojalá hubieras estado en lo cierto, mi querido inglés!-, de elementales, ahora éramos más que los cuatro primitivos, pero no tantos como se pensaba: nos agrupaban, aún cuando no podían diferenciar los colores... De nosotros, de nuestras uniones y amistades dependía el mundo, como siempre, ¡y pensar que ellos me han hecho tanto daño, desagradecidos! “Eternos”, nos decían, aunque afortunadamente también estaban equivocados; es mi única esperanza hoy en día... En fin, el mundo quedó sorprendido, pero como siempre, no conforme. Continuaban las mentes trabajando a pleno, y en solo cien años, ella ya no era mía. La habían arrancado de mi lado, y retozaban con ella como un niño juega con su molinillo en un día de viento. Estábamos separados, separados irreversiblemente. Ya no éramos esa misma alma de antaño, cada uno tenía sus diferencias, que terminaban casi por oponernos. ¡Ay de nosotros! Era evidente, ella era dulce, preciosa y delicada, como una exquisita pasa de uva, y yo no era sino la misma masa de siempre que intentaba contenerla... Quizá fuimos necios e intentamos negarlo; quizá preferimos superar las diferencias e intentarlo de nuevo… no fue posible. En casi quince años más, todo se tornó inútil. Bombardeadas nuestras esperanzas, la única opción fue la separación concreta. Siempre muy distantes, al principio resultó algo más informal, más espontáneo y, además de doloroso, era inconcebible. Luego, comenzamos a vernos con una periodicidad matemática. ¡Oh! Ella

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era en realidad el sol en mi vida –aunque otros dijeran lo contrario–, y yo solo podía ver desde lejos cómo saltaba de aquí para allá, como una mariposa que baila entre los rayos de colores una mañana de primavera, pero tristemente condenada. Finalmente llegó lo que hoy me tiene destrozado. Ese perfecto circular, desapareció. La certeza del encuentro riguroso dejó de existir, y fue entonces una nube, una ola perdida, un eterno tal vez... Mi amor ya no tenía casi cuerpo y se había hecho invisible a los ojos. Sabía dónde podría llegar a encontrarla, por más que, claro, no necesariamente estaba allí. Y hoy, ya no puedo oír más de ella. Está, sí, pero jamás podremos volver a encontrarnos. Nunca, nunca más podremos citarnos, nunca más compartir siquiera un instante los dos, nunca más conocer, como en aquellos viejos tiempos, todos sus secretos a pura verdad. Definitivamente ya no es la misma, la misma que abracé por siglos y que me acompañó durante tanto tiempo. De esa sólo queda una noción, un recuerdo, una línea perdida, ondulante entre un montón de papeles... Este es mi llanto, mi lamento, y ahora que he terminado el relato de mi triste historia, no me queda más que esperar que los restos de mi cuerpo material, cansado y agobiado, se desvanezcan, y no sean sino un rayo más de luz perdido en el cielo, una estrella más en honor a mi amor perdido.

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Ahora Santiago Juan Nรกpoli


EL AUTOR DEL CUENTO Santiago Juan Nápoli nació el 4 de Diciembre de 1989. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Claret de la ciudad de Bahía Blanca. Actualmente estudia en la Universidad Nacional del Sur, la carrera de Licenciatura en Filosofía, encontrándose en el primer año de la misma. Su principal hobby es la literatura, tanto la lectura como la producción de textos literarios.

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Ahora Por Santiago Juan Nápoli

Elwen Su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. F. DE QUEVEDO

Sería una falacia decir que he vivido poco y mal. De hecho

–modestia aparte–, creo que he llegado a ser muy grande. Grande, brillante y también bastante afortunado, porque en realidad admito que debo gran parte de mi inmensidad y esplendor a la formación y libertad de las que pude gozar, fundamentales en las primeras etapas de mi vida. Esto, por supuesto, no quita mérito al modo en que supe llevar a cabo mi tarea en, y para, el mundo. Diligente, categórico, elegante, agraciado y hermoso fueron, entre otras cosas, virtudes por las que fui conocido en tiempos pasados, y por las que en la actualidad soy renombrado. Ahora, viejo y decadente, aunque nunca falto de orgullo, siento que el inevitable fin –al menos el del mundo como lo conocía–, se

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acerca. Y es un vago consuelo, aunque en parte confortador, el tener la certeza de saber con exactitud qué es. Esto es el conocimiento pleno en cuanto a lo que sucede y sucederá, en lo concerniente a la luz y vida que me quedan así. Confieso, con juicio y sin arrogancia, que siempre percibí en mi inconsciente con claridad mi devenir. Lo negué, admito, durante mucho tiempo, pero solo porque mi grandeza opacó mi sentido de la realidad. Rara vez revisé mi interior, siempre preocupado por lo que pasaba fuera de mí y en mis capas más externas. Esto quizás se deba a la plena confianza que he tenido en sentirme bien por dentro, consecuencia de los resultados observados desde afuera, los cuales siempre indicaban excelencia. Análisis más profundos y juiciosos me revelaron más tarde sobre el cáncer que yacía dentro de mí. Finalmente lo supe, y me entristecí en lo más profundo de mi ser. Aunque también lo acepté, agradecí el haber llegado a ser tan magnífico, y descubrí que el tiempo advenidero es lo que hará que la balanza se equilibre de una vez. Es por esto que no renegaré de nada de lo que me pase. A pesar de mi congoja, le daré la bienvenida a mi destino con los brazos abiertos. Me someteré a lo que suceda y viviré lo que me queda como lo tenga que vivir. No olvidaré lo que fui; es más, lo recordaré siempre de principio a fin de manera cíclica, como debe ser, pase lo que pase. Muchos dicen que todos provenimos del polvo. En mi caso bien podría ser verdad, ya que mi historia no tiene comienzos ciertos. No recuerdo ni padres, ni madres, ni seres cercanos a mí en la infancia. De hecho, la vaga imagen que evoco de esa etapa de vida es encontrarme observando algunas partículas del espacio vagando cerca de mí, mientras yo solo manifestaba mi energía mediante

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gritos ardientes y caprichosos, pues no sabía hacerlo de otra forma. A partir de allí –descontando algún que otro recuerdo más–, puedo recapitular bastante mejor cómo crecí y cómo me constituí. Por fortuna, me crié en soledad. Este hecho me ha dado las ventajas de crecer con plenitud, logrando saltar las espinas del camino en lugar de esquivarlas. De esta forma resolví retorcidos problemas de manera fácil, siendo consciente de mis capacidades en todo momento. Cualquier choque, atracción, pérdida u ofuscación fueron dejadas atrás en legendarias batallas luchadas contra el entorno y contra mi mismo corazón, convirtiendo a mi fuego interior en un centro de esencia indestructible, inmaculada. Así conseguí desarrollarme, convencerme del poder y resplandor de mi interior, y sobrepasar a todos mis rivales –que por cierto no eran muchos– en cuanto a mi extensión y sabiduría. Madurando a pasos agigantados, pronto logré comprender y concebir teorías propias que conquistaban mi satisfacción en cuanto a las explicaciones sobre mi naturaleza y la del mundo. Descubrí que no soy el centro de nada, ni siquiera de mi propia comunidad local. De hecho, creo que no existe ni existirá un “centro del mundo”. Exploré en mis alrededores, y descubrí a muchos otros parecidos a mí, en cuanto a talla física y mental. Así fijé mis pensamientos en relacionarme con ellos, a fin de conocerme mejor a mí mismo. Hice amigos, que llevan una vida quizás más mediocre que la mía, pero no menos interesante. De hecho, gracias a mi contacto con la sociedad fue que, en estos últimos años, pude alcanzar a percibir fuerzas infinitamente superiores a todas las conocidas, comprensibles tan solo en momentos muy disimulados. Mi impacto al sentirlas fue tal que me dediqué a buscarlas de forma incansable por años, y cada búsqueda se acercaba más, por más que nunca bastaba. En definitiva, confieso, mi tarea de investigador falló, aunque puedo

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asegurar que hoy me siento más cercano que nunca a estos poderes que en algún momento de mi juventud, quizás por negligente, hasta llegué a adorar. Como dije, alcancé mi plenitud hace ya mucho tiempo. Tuve numerosas vivencias, y otras cuantas no he podido gozar. Adquirí dentro de mí cualidades y virtudes que se contrajeron con fuerza en mis años de crecimiento, y que hoy –y durante toda mi vejez– están siendo exteriorizadas al mundo día a día, ya de forma alarmante. Estoy cada vez más convencido de que el tumor que habita en mí beneficiará a muchos cuando salga, por estar acompañado de materia y energía valiosas que formarán cosas nuevas, útiles y bellas.

Mi conciencia me dice que no seré feliz ni hermoso cuando el fin llegue. Con seguridad, “algo” seré, sospecho; de otra forma no tendrían sentido mis meditaciones ni mis vivencias, por lo que pasaría a ser un simple instrumento, idea que niego y negaré, por ser demasiado aterradora. Además, esto último no podría ser posible por ser yo demasiado inmenso de espíritu como para que éste se despedace en forma completa en la funesta hora final. La existencia que tendré bajo la forma de ese “algo”, la ignoro, aunque puedo arriesgar que será nefasta. Por un lado, porque dentro mío algo me dice que la armonía ha llegado a su fin, y que nunca más volveré a funcionar como lo hice en mis años mozos, coherente y pleno. Por otro –y como una paradoja–, porque, como ya lo dije, es hora de que la balanza se equilibre de una vez y la armonía –ya no interior, sino superior– se cumpla con la culminación de este hecho catastrófico. Mi existencia ha sido quizás demasiado feliz, intensa e inmensa por mucho tiempo. Ahora pasará a ser macabra, dispersa y pobre.

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Invoco ahora a todos –incluso a aquellas fuerzas superiores que no conozco ni conoceré, pero que sé que existen–, a que contemplen lo que sucederá en instantes. Verán desaparecer en tan solo unos días mucha grandeza y esplendor. Observarán desvanecerse a algo que alguna vez sintió rozar lo divino, que se contrajo primero para después expandirse y ser casi infinito y que, en el instante final, no supo depender de sí mismo y debió volver a contraerse. Así, según mi siempre juicioso saber y mi sentir, afirmo que ya mismo comienza mi etapa concluyente: el colapso gravitacional. Por días agonizaré, abriendo el portal de mi ser para entregarlo al universo entero mediante un inmenso, espectacular estallido. Ahora mismo lo estoy sintiendo. Ahora… El brillo de la noche se reflejó en los sorprendidos ojos de Lucas. –¿Qué es eso, papá? ¿Por qué es tan grande? –Es una estrella muy grande y brillante hijo, por eso podés verla tan bien. Pedí un deseo, que con ese tamaño es imposible que no se cumpla. Lucas cerró los ojos y pensó en la última pelea entre sus padres, en las sombras que acechaban en su habitación… El astrónomo W. Pong afirmó con seguridad, aunque no sin sorpresa: –Sabíamos que iba a pasar en algún momento, ¡pero no la imaginamos tan espectacular! Su colega quitó los ojos del telescopio y digitó algo en una computadora. Respondió, intentando parecer frío: –Su inmensidad era sorprendente, siendo que se encontraba a tal distancia. Su final, sin dudas, espectacular. No dudo que las características de la supernova nos dé la pauta de que esta estrella pasará a ser un gran agujero negro en poco tiempo.

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La verdad imposible de contar Celeste Dopazo


EL AUTOR DEL CUENTO Celeste Dopazo nació en Sao Paulo, Brasil el 5 de abril de 1990. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Marianista de Caballito. En 2007 terminó los estudios medios con el título de Bachiller con orientación en Ciencias Naturales. Actualmente cursa el primer año de Ingeniería Química en la Universidad Tecnológica Nacional. En su tiempo libre le gusta leer novelas de suspenso y románticas.

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La verdad imposible de contar Por Celeste Dopazo

¿Hasta

dónde puede llegar el hombre con tal de obtener poder? ¿Es capaz de arruinar vidas enteras por dinero? En teoría, las nuevas tecnologías y los avances de la ciencia mejoran y mejorarán las vidas de las personas, aunque pueden, a la vez, usarse para manipularlas, y quitarles lo más preciado, mientras ganan dinero y, lo que es peor, al hacerlo desde las sombras y la ilegalidad, acumulan también buena reputación y cariño que no merecen ni en el más retorcido de los mundos. Parece que la ética y la moral se van perdiendo con el paso del tiempo, las cosas que antes podían afectar a las personas, se vuelven tan comunes que ya no les causan ningún sentimiento. Esto fue lo que descubrió Louise Edwards cuando a sus 32 años, y en la plenitud de su vida, decidió someterse a la fertilización in vitro, ya que no lograba concebir un hijo naturalmente. Toda la situación le pareció muy sospechosa desde el principio. Nunca antes había tenido problemas para concebir hijos; de hecho, había sido madre sustituta para su mejor amiga, además de tener una hija de 9 años.

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Todo iba muy bien en su vida hasta que un par de años antes salió una anomalía en un PAP de rutina, exactamente en el momento que decidió cambiar de ginecólogo; luego de una biopsia, resultó ser una falsa alarma. Aunque no se quedó simplemente con los brazos cruzados al enterarse que sus trompas de Falopio estaban obstruidas por granulomas formados por una infección probablemente provocada por bacilos de Koch, bacteria causante de la tuberculosis. El nuevo médico ginecólogo de Louise era Robert Brown quien pertenecía a una de las clínicas más prestigiosas del mundo: GYNFIV, con sede en las principales ciudades de los pocos países que quedaban para aquellos tiempos en la tierra. GYNFIV se encargaba de todo lo que tuviese que ver con ginecología, fertilización, obstetricia, y cuidado de la mujer, tanto físico como psíquico. La empresa había tenido algunos problemas penales hacía algún tiempo, por historias de pacientes que decían que GYNFIV ocultaba cosas monstruosas, que repentinamente cambiaron su testimonio antes de declarar en el juicio. Louise conocía algo de todo esto, y no atribuyó a la casualidad la relación de esto con su caso. Fue así que comenzó una investigación que finalmente la llevaría a la muerte. Louise era una política y socióloga muy respetada que trabajaba para el gobierno de Crasia, en la Secretaría de Historia y Memoria. Este organismo se encargaba del análisis de los hechos pasados para asesorar al gobernante y a sus ministros y, por sobre todas las cosas, para no olvidar ni perdonar los errores pasados, cosa que no se hacía en los tiempos de la Guerra de Secesión Mundial. Louise creía que esta era una de las principales causas de la matanza y extrema violencia de dicha guerra. Probablemente la GSM podría

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haberse evitado con solo recordar todos los errores cometidos en el pasado, como las ya muy lejanas I y II Guerras Mundiales que lo único que dejaron fue miseria, destrucción y muerte a su paso. Luego de la GSM, el mundo se convirtió en una anarquía sin fronteras, le contaba su abuela. Los detalles no eran abundantes y había baches en su memoria, ya que había ocurrido cuando ella era joven, pero nada que no se pudiese completar con un libro de historia que fuese por lo menos de 1927, dos años después de la finalización de la guerra. Posteriormente, los ganadores aglutinaron el poder formando los contados países remanentes que Louise conocía. Louise Edwards era una persona que luchaba contra todo lo que creyera injusto; siempre había repudiado la guerra y su objetivo era no permitir que algo así volviese a ocurrir nunca mientras ella viviese. No era una persona que se dejase vencer fácilmente, ni que se quedase con los brazos cruzados ante algo que la perturbara. Siendo fiel a su forma de ser, comenzó buscando todo lo que pudo encontrar acerca de la Salpingitis Tuberculosa. Esta enfermedad era la causa de un alto porcentaje de infertilidad. Sin embargo, creía que no había manera de habérsela contagiado, por más que recordó que había tenido síntomas muy similares –si no los mismos que implica la enfermedad–, cuando se realizó la biopsia hacía dos años; en aquel momento creyó que se debían simplemente al procedimiento. Ahora ya no estaba tan segura. Cuando terminó de recolectar en bibliotecas, universidades y médicos conocidos todo lo que había disponible sobre lo que tuviese que ver con la enfermedad, se dedicó a conseguir el código para comunicarse con las mujeres involucradas en las irregularidades ocurridas en el GYNFIV. Esta tarea no fue tan sencilla. Las mujeres parecían haber desaparecido de la faz de la tierra. Sus códigos estaban bloqueados en los localizadores de personas, por lo que era

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virtualmente imposible ubicarlas. Preguntó a cuantos pudo si las conocían, o si sabían de alguien que hubiera tenido contacto con ellas. No tuvo suerte; sencillamente, se las había tragado la tierra. Decidida a no darse por vencida intentó algo más arriesgado: preguntar en la clínica por ellas. Como era de esperarse, toda persona a la que le insinuó el asunto tuvo una actitud sumamente sospechosa. En primer lugar le mencionó el tema a una enfermera a la que conocía desde que le realizaron la biopsia. La mujer de escasa edad –23 años le calculaba Louise–, se puso extremadamente nerviosa y cuando habló su voz tembló perceptiblemente. –Nunca escuché nada de eso; GYNFIV es una empresa respetada, así que no vuelvas a referirte a ese asunto en esta clínica, porque seguramente ya no vas a ser bienvenida –dijo, dio media vuelta y dejó a Louise hablando sola. Pese a la advertencia, decidió intentarlo al menos una vez más, y en esta oportunidad fue a ver a la recepcionista, a quien apreciaba mucho por ser una persona muy agradable. Tuvo mejor suerte, ya que era muy habladora y no hacía mucho tiempo que trabajaba para la clínica. –Algo así oí cuando entré a trabajar, aunque no se demasiado al respecto, parece que todo intentó mantenerse oculto a cualquier costo. De las mujeres no se sabe nada. Escuché a algunos decir que habían sido asesinadas o que se habían mudado a otro país, sobornadas por la clínica –respondió apenas Louise le preguntó. Enseguida, se notó su arrepentimiento por haber hablado tanto y le rogó que no mencionara nada de lo que le acababa de decir. El asunto se volvía cada vez más macabro. Ya había supuestos muertos. Prefirió dejar de indagar cosas en la clínica, por lo menos por el momento. La enfermera ya no le había vuelto a dirigir la palabra, y sintió varios pares de ojos mirándola mientras estaba

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aún en el edificio. Se convenció a sí misma de que era solamente paranoia. Regresó a la investigación, esta vez para llegar al fondo del asunto de las mujeres desaparecidas. Buscó en su pantalla personal las ediciones antiguas de todos los medios informativos relativos a esos casos. En aquellos tiempos ya no existía lo que en el siglo XX llamaban Televisor, ni nada similar a una computadora. En cambio, tenían estas pantallas que servían básicamente para todo lo que es entretenimiento y comunicación: juegos virtuales, música, novelas escritas o actuadas de las cuales cada uno elegía el capítulo que quisiera ver. Estaban conectadas con todo el planeta en todo momento y en cualquier lugar, y se podía acceder instantáneamente a todo suceso que ocurriese, además de poder localizar y video-comunicarse con toda persona por medio de su nombre, o código personal. Era obviamente portátil y entraba perfectamente en el estuche de las tarjetas convencionales de compras, de servicios y de medios de transporte, que cubrían los gastos de todo rubro que se utilizara. Los salarios se pagaban con crédito para dichas tarjetas. Buscando, días después, encontró un extracto de la acusación de una de las mujeres: “Son ellos los que provocan la infertilidad, y después te someten a fertilización tras fertilización in vitro, porque no implantan a los embriones, (…) es todo una farsa, hasta que hacen el tratamiento real luego de que cobraron ocho o nueve tratamientos. (…) lo que es peor, te mandan a una psicóloga, la cual te recomienda seguir intentando, que no hay que perder la esperanza, te lavan la cabeza, ¡y te manipulan con la cosa más preciada de la vida que es la concepción de un hijo! (…)” La acusación era muy grave, demasiado retorcida para ser creíble. Louise continuó la búsqueda y encontró otro video-

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testimonio: “Creo que me infectaron cuando necesité realizarme una biopsia. Incluso no me extrañaría que hubiesen inventado los resultados del examen dudoso. ¡Salpingitis Tuberculosa, de un mes al otro! ¡Nunca había tenido un problema ginecológico en mi vida! Al mes siguiente de la biopsia, que no indicó absolutamente ninguna anormalidad me realicé otro estudio porque, a pesar de eso, no podía embarazarme. ¡Salpingitis Tuberculosa! (…)” La mujer se largaba a llorar y la entrevista era cortada. ¿Era posible que algo tan monstruoso fuese verdad? ¿O era simplemente una paranoia colectiva de mujeres desesperadas por la incapacidad de tener un hijo? Era demasiado. Nada de esto entraba en la cabeza de Louise. En ediciones de días después encontró nuevas declaraciones de la última mujer retractándose de lo anterior. Lo atribuía al desconsuelo de sus intentos fallidos por embarazarse, y que nada, absolutamente nada de lo dicho, era cierto. Era muy posible que se hubiese contagiado la enfermedad. Encontró también otra noticia del mismo día, informando de la desaparición de la primera mujer. Louise no sabía qué pensar, por lo que se propuso investigarlo personalmente. La noche del 12 de diciembre Louise se dirigía a la sede local de GYNFIV, sigilosamente en un Personar, negro, súper-rápido a aire comprimido, modelo de un par de años de antigüedad para no llamar la atención. Lo estacionó a unas cuadras de distancia y llegó a la clínica caminando. Entró por la puerta de atrás, esquivando a los guardias de seguridad, donde la esperaba Cecilia, la recepcionista boca-floja a la que convenció casi sin esfuerzo para que la ayudase. La alegría de convencerla, le impidió sospechar de la facilidad con la que lo hizo.

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–¿Cómo lograste entrar? –preguntó Louise. –Simple, nunca me fui…–respondió agitada Cecilia. –Vamos al archivo, ¡no fue fácil conseguir la llave, tuve que insinuármele al secretario! ¡Puaj! Louise rió al escucharlo. Al entrar al archivo, vieron la habitación cuyas paredes estaban completamente cubiertas de ficheros, dentro de los cuales se encontraba toda la información de las transacciones y actividades de la clínica. –¿Crees que acá haya algo que tenga que ver con las mujeres que declararon? –dijo Cecilia imaginando la enorme cantidad de documentos que había en la habitación. –No lo sé, todo esto me parece demasiado fácil. Ya que estamos acá, busquemos. Luego de un cuarto de hora Louise creyó encontrar lo que buscaba. Había una carpeta de un color diferente a las demás, donde estaba la historia clínica de varias pacientes. “Esto no debería estar acá” –pensó. Al abrir la cubierta estaba toda la explicación sobre cómo estudian a las pacientes antes de seleccionarlas para el “tratamiento” y cómo posteriormente se falsificaban los resultados de los estudios ginecológicos de rutina de la paciente “elegida”, para someterla a una biopsia pero, en vez de tomar la muestra, se la infectaba con Mycobacterium tuberculosis: “Las bacterias se acumulan en los pliegues de la mucosa uterina, absorbiendo sus nutrientes y expulsando sus propias excreciones tóxicas. Las delicadas células que revisten el interior de los oviductos resultan impotentes ante la horda invasora. Los desechos de las bacterias destruyen instantáneamente de las finas cilias, cuya función normal es desplazar al óvulo fecundado

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hacia el útero. Las células tubulares liberan sustancias químicas defensivas y mensajeras de señales para que el cuerpo se movilice. Las sustancias químicas liberadas inician un cambio en los vasos sanguíneos aumentando el flujo sanguíneo y liberando plasma en los tejidos por donde se liberan los granulocitos para atacar a las bacterias. Los granulocitos liberan sustancias químicas y potentes encimas. Se presentan los macrófagos que continúan expulsando sustancias químicas y fagocitando bacterias. Finalmente, llegan los linfocitos T que activan la producción de linfocitos B para la eliminación de las bacterias y las células infectadas, gracias a la inmunidad otorgada por la vacuna. A las pocas horas las bacterias son totalmente destruidas, pero vastas zonas del delicado revestimiento de las trompas de Falopio han sido destruidas por la reacción inmunológica. Una cicatrización extensa es inevitable. A eso se suman obstáculos para el libre fluir de la sangre y las bacterias restantes y sus desechos siguen estimulando el sistema inmunológico. Algunas células suelen sufrir una división nuclear sin una posterior división celular, lo que da origen a células con núcleos múltiples: granulomas en desarrollo”. Parecía un manual para los nuevos médicos de la clínica que se involucraran en esa monstruosidad. Louise no podía creer lo que acababa de leer. Todo lo que habían dicho las mujeres era cierto, y es por eso que probablemente desaparecieron. Utilizaban a la mujer como un objeto, esterilizándola, para luego ganar dinero con los costosísimos tratamientos de fertilidad, que luego de ocho o diez intentos resultaban ser mágicamente exitosos. –¡Cómo pueden ser tan estúpidos de dejar todo al alcance de cualquiera! –señaló en voz alta a Cecilia. –¡Cómo puedes ser tan estúpida para creer que te la íbamos a dejar tan fácil! –esas fueron las últimas palabras que Louise escuchó

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antes de caer inerte al suelo. Cecilia tenía los ojos tapados, mientras uno de los hombres que irrumpieron sigilosamente en la habitación sostenía el arma silenciada, que aún apuntaba a la cabeza de Louise.

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El alquimista Rodrigo L贸pez Costantini


EL AUTOR DEL CUENTO Rodrigo López Costantini nació el 1 de julio de 1990 en la ciudad de Buenos Aires. Asiste desde preescolar al Colegio de Todos los Santos, en la localidad de Villa Adelina, Partido de San Isidro. Cursa el tercer año del Ciclo Polimodal en la orientación de Ciencias Naturales y paralelamente desarrolla el segundo año del programa de estudios del Bachillerato Internacional. Proyecta seguir la carrera de Ingeniería Civil.

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El alquimista Por Rodrigo López Costantini

“¡V

amos a ser ricos! ¡Vamos a ser ricos!”. Aún recuerdo vivamente sus palabras, pronunciadas con una voz agitada desde el otro lado del tubo del teléfono, como si en este mismo momento las estuviera diciendo frente a mí. Y no era para menos, ya que con ellas comenzó uno de los capítulos más extraños de mi vida. Podrán imaginarse mi sorpresa cuando, a las tres de la mañana de un frío martes de junio, con mis hijas y mi esposa durmiendo, sonó el teléfono y al atender escuché la voz de mi colega. Atiné a gritarle algo y colgar pero, antes de que pudiera decir nada, sus palabras me cortaron en seco. Atónito, lo escuché decirme qué fortunas inmensas nos aguardaban y que fuera a su laboratorio tan pronto como pudiera, antes de que colgara el tubo dejándome solo y en silencio en el medio de la oscuridad de mi dormitorio. Envuelto por una curiosidad más poderosa que mi cansancio, bajé las escaleras y fui al auto. Subí y comencé a recorrer el trecho de veintitrés kilómetros que separaban mi casa de los terrenos de la universidad en la que mi colega y yo trabajábamos.

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Nunca supe bien por qué lo hice. Dudo de que la curiosidad fuera mi único motivo. Creo que bien dentro de mí sabía que algo importante había pasado para que él, tan reservado, me llamara a esas horas para decirme que nos reuniéramos. Aunque, después de todo, él siempre había sido un tanto extraño. Ni siquiera sé con certeza por qué me llamó. No éramos amigos, en el sentido estricto de la palabra. Habíamos ido a la universidad juntos, pero allí no habíamos entablado relaciones destacables. Yo diría que nuestra verdadera amistad empezó cuando ambos conseguimos trabajo como profesores de Química en la misma universidad. Por alguna de esas cosas del destino, nuestros horarios coincidieron y comenzamos a vernos muy seguido. Empezamos a cubrirnos en las clases y a almorzar juntos en la cafetería. De esa manera, poco a poco, nuestra relación fue progresando. Luego, al ascender en la jerarquía institucional, nos asignaron nuestros propios laboratorios en la universidad, el treinta y uno a mí y el treinta y dos a él, situados uno frente al otro, y así se selló el extraño lazo que nos unía. Aún así, él siempre fue muy reservado. Pese a vernos a diario y a trabajar juntos todo el tiempo, jamás intimamos mucho. Casi siempre hablábamos sobre el trabajo. Él era muy reservado y evitaba mencionar su vida privada, por lo que yo no preguntaba. Sabía que nunca se había casado y que no tenía hijos; ese era todo mi conocimiento. Su existencia, más allá de los límites de la universidad, resultaba para mí un misterio. Luego de dos horas llegué al edificio de la universidad. Mientras abría la puerta y subía las escaleras que me llevaban al sexto piso, donde estaban nuestros laboratorios, dudaba de si debería haber ido. Después de todo, a las siete, dentro de tan solo unas horas, nos íbamos a encontrar. No obstante, había algo mágico y misterioso que me movía, que me hacía avanzar en dirección al laboratorio,

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una fuerza indescriptible que no me dejaba retroceder. Como si ese fuera mi destino y nada que pudiera hacer fuera capaz de cambiarlo. Pronto estuve ante la entrada. Como en un trance, ya fuera por el sueño o por los extraños sentimientos que me invadían, atravesé la puerta e ingresé en el lugar que cambiaría mi vida. El laboratorio estaba apenas iluminado. Yo no había entrado por un buen tiempo, ya que últimamente, por su insistencia, nos reuníamos siempre en el mío, por lo que me asombró encontrarlo tan desordenado. El escritorio yacía sumergido bajo una montaña de carpetas y las paredes estaban tapizadas con papeles clavados en forma precaria, mediante alfileres. En el piso, yacían por miles aquellos cuyos débiles soportes se habían vencido. En el centro de la habitación, sentado en una silla, estaba mi colega. Al oírme entrar, levantó el rostro y me miró, descubriendo una sonrisa inmensa que le abarcaba toda la cara. Se levantó de inmediato para saludarme. Por supuesto que, en cuanto me hubo saludado, procedí a inquirirle cuál era el motivo por el que me había llamado a semejante hora. Me guió entonces a una sala aledaña mientras exclamaba: –¡Es maravilloso, te digo que es simplemente maravilloso! ¡No te podés ni imaginar lo que logré! ¡Va a ser el fin de esta vida de mediocridad! Al entrar en la habitación, encontré que en ella no había nada más que una inmensa caja de la que sobresalían dos tubos que comunicaban a un par de esferas de cristal, cada una de las cuales tenía una pequeña puerta. El aparato era negro y tan solo en el centro de la extraña caja podía encontrarse un poco de color en un pequeño panel de comando con un par de botones y una pantalla. Mientras inspeccionaba la “maravilla” con la mirada, él no me sacaba los ojos de encima. Me fue imposible ocultar mi decepción cuando le pregunté, confundido: –¿Y qué se supone que es esto?

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Ofendido, me dirigió una mirada furiosa antes de recuperar la compostura y comenzar a hablar. ─Delante de tus ojos tenés el que probablemente sea el mayor invento de este siglo. Sé que no parece mucho; sin embargo, así como lo ves, es la culminación de siglos de trabajo que yo he podido, no puedo decir que sin dificultad, culminar. ¡Ahí tenés la primera máquina transmutadora de materia! No pude evitar sino echarme a reír a carcajadas. En cuanto pude recuperar el habla le dije, aún entre risas: ─¡Vos estás loco! ¡Si la transmutación no es más que un sueño de alquimistas medievales! ¿De verdad creés que…? Antes de que pudiera terminar de hablar me interrumpió. ─¡La alquimia es posible! El único motivo por el que no se logró antes es porque se carecía de los medios, pero ahora ya existen. Pensá, ¡es tan lógico! Todos los elementos químicos están formados por una cantidad determinada de protones, neutrones y electrones. Manipulando estas cantidades es posible convertir un elemento en cualquier otro. ¿Qué, no lo ves? ¡Es tan simple! ─¡Dejate de tonterías! ¡Las fuerzas intermoleculares que actúan en el núcleo son demasiado fuertes para ser rotas por cualquier método humano! ¡Menos por esa cajita mágica que cabe en un laboratorio! ¡Al menos explicame cómo funciona! ─Después, lo haré; ahora mirá: si la máquina no funciona, ¿cómo te creés que conseguí esto? ─dijo y sacó de una pequeña gaveta una manta dentro de la cual se encontraban envueltos numerosos fragmentos de oro del tamaño de una mano. No pude sino quedarme callado. Le pregunté de dónde había obtenido eso, temeroso de que en un rapto de locura hubiera recurrido a la vía delictiva, pero él se limitó a repetir que la máquina funcionaba. Resulta que, como sus antecesores medievales, la había

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desarrollado precisamente con el objetivo de transmutar distintas cosas en oro, por lo que, una vez construida, se había dedicado a generar trozos del valioso metal. Entonces comencé a preguntarme de dónde había sacado el dinero para semejante trabajo. Balbuceó con mucho nerviosismo unas pocas palabras diciendo que había recurrido a un inversor privado, del que no me quiso dar ningún detalle. Sabiendo que la universidad no aceptaba que sus investigadores fueran financiados por fuentes externas, le dije que si alguien se enteraba estaría en graves problemas; él desestimó mis advertencias e insistió en que, con el presupuesto que le daban para sus experimentos, no podía comprar ni un tubo de ensayo. Viendo que por ese camino no llegaba a ninguna parte y estando en realidad de acuerdo con él, decidí cambiar el tema y le pregunté cuándo planeaba revelar al mundo su gran descubrimiento. ─Eso jamás –me dijo exaltado–. –¿Qué? ¿No te das cuenta del valor que tiene esto? Si sigo transmutando otros elementos en oro, muy pronto vamos a ser ricos; en cambio, si divulgo el experimento, pronto el oro va a perder su valor y nos vamos a quedar estancados en la miseria. Para eso te llamé, para avanzar juntos, para progresar los dos. Llevamos años viviendo con centavos todos los meses y es nuestra oportunidad. La ciencia no pagará mucho, ¡esto sí! ¡Es nuestra oportunidad! Asombrado, le recriminé su falta de ética científica pero, ante su negativa a modificar su opinión, decidí cambiar el tema una vez más. Como ya eran las cinco, lo invité a tomar el desayuno a un bar cercano hasta que la universidad abriera y él aceptó gustoso, aunque, sonriendo me dijo: –Pago yo. Los días siguientes fueron técnicamente normales, aunque rodeados por un halo de misterio. Continuamos con nuestra rutina

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como si nada hubiera pasado y casi no hablamos de la misteriosa máquina, que habíamos apodado “el alquimista” para que nadie supiera a qué nos referíamos. Recién a las dos semanas las cosas se pusieron extrañas. Comenzó a faltar a clases y me pidió que lo cubriera numerosas veces. Pasaba horas encerrado en su laboratorio. Al mismo tiempo, empecé a notar que gente sospechosa merodeaba por las instalaciones de la universidad, en especial alrededor del edificio donde estaban nuestros laboratorios. Una vez, incluso, sorprendí a unos individuos afuera de mi laboratorio, como intentando entrar. En cuanto me vieron, se fueron sin decir una palabra. Cuando un día le pregunté a mi colega sobre la presencia de estos misteriosos hombres, se puso nervioso y me dijo que sospechaba que tal vez alguien se había enterado de su descubrimiento. Luego me alertó de que eran peligrosos y que no les hablara bajo ninguna circunstancia. Acto seguido, se fue caminado con expresión preocupada. Más extraño aún, un día me interceptó cuando entraba en mi clase y dijo sin previo aviso que le gustaría ir a cenar a mi casa y conocer a mi familia. Sorprendido, acepté y acordamos que vendría esa misma semana, el viernes, ya que insistió en que el encuentro se llevara a cabo lo más pronto posible. Tal como estaba planeado, a los pocos días se concretó la cena, que jamás podré olvidar mientras viva. Contrariamente a su costumbre, llegó muy temprano, a las ocho, y conversamos una hora antes de sentarnos a comer. Lo más extraño fue que llevó regalos para todos, ¡y qué regalos! Para mí, un reloj de oro que, pueden imaginarse, jamás usé por más que aún guardo con cariño. Para mi esposa, un alhajero completo, incluyendo un fastuoso collar de perlas que valía más que nuestra casa. Para mis hijas, de doce y catorce años –es obvio que nunca había tenido contacto con chicos–,

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varias pulseras con incrustaciones de diamantes y anillos con sus nombres, los que me había preguntado de antemano, grabados. Como se imaginarán, les saqué todos los regalos apenas se fue, bajo la promesa de devolvérselos cuando tuvieran edad suficiente. Esa noche lo noté muy cambiado. Abandonó su carácter reservado y nos cubrió a mi familia y a mí de mil y una historias de su vida. Se llevó muy bien con mis hijas y conversó con ellas tanto como conmigo, incluso dándoles numerosos consejos sobre los más diversos temas. Les digo que parecía un hombre nuevo. Fue como si su personalidad hubiera cambiado de la noche a la mañana. Entre tanta conversación, se fue a las tres de la madrugada. Por supuesto a mi esposa y a mis hijas les había caído excelente y me preguntaron durante muchos días por qué no les había presentado antes a un sujeto tan amistoso, agradable y divertido. No obstante, a mí los sucesos de la noche me dejaron muy intranquilo. No era capaz de imaginar qué cosa podría haber causado un cambio tan repentino en mi colega y las dudas me consumían. El siguiente lunes logré abordarlo cuando dejaba una de sus clases. Le pregunté qué le había pasado últimamente y a qué se debían tantas súbitas atenciones con mi familia. Acongojado, me miró a los ojos y dijo: ─Yo jamás pude tener lo que vos tenés. Solo quería experimentar por una noche cómo se siente tener una familia antes de… antes de tener que irme. Sin darme tiempo para contestar nada, se perdió entre los alumnos que llenaban el corredor y desapareció. No volví a verlo desde ese día. Dejó de asistir a todas sus clases y no volvió a su laboratorio, o al menos no mientras yo estuviera en la universidad, ya que estoy casi seguro de que iba en secreto todas las noches. Un día, me encontraba en mi casa trabajando en la clase que

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daría al día siguiente. Eran las once de la noche cuando el teléfono comenzó a sonar. Enojado por la interrupción lo atendí solo para escuchar unas palabras que me helaron la sangre: –Por favor, vení enseguida. Es importante. Era la misma voz que hacía semanas había dado comienzo a todo; igual de agitada, ahora, no por emoción sino por miedo. Me dirigí a toda velocidad hacia la universidad. Al llegar vi varios autos negros estacionados, no les presté atención e ingresé con rapidez en el edificio. Cuando llegué al laboratorio noté que la puerta del mío estaba abierta y decidí entrar, pensando tal vez encontrarlo allí: estaba vacío. Lo único diferente era un grueso sobre marrón que yacía apoyado sobre el escritorio. Al levantarlo reconocí lo que era una gran cantidad de fajos de billetes en el interior. El sobre tenía una breve nota, escrita por una mano temblorosa y sin firmar. Decía: “Vos fuiste mi único amigo. Yo tenía un sueño para nosotros, pero me temo que no pudo ser. Lo único que puedo dejarte es esto. Gracias por todo”. Mis ojos recorrieron con lentitud las palabras como si les costara comprenderlas; me tumbé sobre la silla y empecé a pensar qué podría querer decir con eso. Mi reflexión no duró mucho y a los pocos segundos un ruido que provino de afuera me sobresaltó. Me incorporé bruscamente, tiré el sobre en un cajón y corrí hacía la puerta. Al llegar al pasillo oí pasos que se alejaban; los ignoré e ingresé en el laboratorio de mi colega. Una vez adentro, llegaron a mis oídos numerosos gritos desde la calle y, tan solo segundos más tarde el ruido de autos que arrancaban a toda velocidad. La habitación y el escritorio estaban completamente revueltos y faltaban la mayor parte de los papeles y las carpetas que antes atiborraban el lugar. Con mi corazón latiendo

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con fuerza, me dirigí a la sala del alquimista, temeroso de lo que pudiera encontrar. Horrorizado, presencié cómo en el centro de la habitación yacía inmóvil el cuerpo del que había sido mi colega. Más atrás, donde antes solía estar el alquimista, ya no había nada.

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El mayor sueño cabe en una partícula de polvo Marcelo Pérez


EL AUTOR DEL CUENTO Marcelo Pérez nació el 13 de Octubre de 1988 y pasó su infancia en Glew, hasta mudarse a la edad de 16 años a Wilde, donde terminó sus estudios. Actualmente está estudiando Biotecnología y planea desenvolverse en el ámbito de la investigación y divulgación científica, sin dejar de lado la literatura.

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El mayor sueño cabe en una partícula de polvo Por Marcelo Pérez

A

Martín siempre le interesó saber cómo es el mundo que lo rodea. Desde muy chico comenzó a preguntarse el porqué de los fenómenos más habituales que sucedían a su alrededor. “¿Por qué cuando salto me caigo?”, “¿Por qué la Luna no se cae?”, “¿Por qué el cielo es azul?” y sus padres hacían lo que estaba a su alcance para responderle. Su madre intentaba hacerlo reflexionar. Su padre, solo inventaba: “la Luna no se cae porque está atada con un hilo a las estrellas” –le decía, y Martín se preguntaba de qué estaría hecho ese hilo... En general, una vez que los chicos crecen dejan de hacerse esas preguntas. Sin embargo, Martín continuaba insistiendo. Si sus padres no podían responderle, le preguntaba a la maestra; cuando ella tampoco podía, buscaba en un libro y si es que en los libros tampoco hallaba la respuesta, la inventaba. Lentamente, Martín fue creando su propia concepción del mundo a su alrededor y la iba modificando con cada cosa nueva que aprendía. Era así como la curiosidad se transformaba en una gran satisfacción interna.

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Poco a poco, aprendió que las preguntas más difíciles, las que no se responden de inmediato, eran las más interesantes. Y poder satisfacer su curiosidad y aprender a su vez sobre la complejidad y maravilla del mundo en el cual nos encontramos le producía una inmensa alegría. De todos los temas sobre los que había leído, el que más le gustaba era la astronomía. Le fascinaba la idea de que hubiera vida en otros planetas. O de caminar por la Luna o Marte, o ver la Tierra desde otro astro. Fue así como a la edad de doce años les dijo a sus padres, muy decidido: “Cuando sea grande voy a ser astronauta”. Su mamá le respondió con condescendencia, en cambio su papá le sugirió que pusiera los pies sobre la Tierra y que pensara en algo que estuviera a su alcance. Sin embargo, el joven no se desanimó y comenzó a leer con mayor profundidad sobre el tema. Primero intentó comprender el sistema solar. Mercurio es un planeta con una atmósfera tenue de Sodio y Potasio; un año en Mercurio dura 88 días terrestres –o un día y medio de Mercurio–, y en la superficie expuesta al Sol la temperatura es de 430ºC frente a los -180ºC a la oscuridad. Tras el Sol y la Luna, el objeto más brillante en el cielo es Venus, un planeta sin agua, con nubes de ácido sulfúrico y temperaturas de 400ºC debido al efecto invernadero: su atmósfera es casi en su totalidad dióxido de carbono. El chico pensó en que si la humanidad seguía contaminando, la Tierra terminaría transformándose en Venus. O quizás en Marte: un planeta frío, con una superficie cubierta de óxido de hierro que le da ese color rojo característico, una atmósfera poco densa y polos con dióxido de carbono congelado. A medida que iba leyendo, sus ilusiones de que existiera una posibilidad de vida en aquel planeta iban disminuyendo, y más aún al enterarse de que, por carecer de núcleo externo, no podía haber vida en su superficie, pues ese núcleo externo al girar

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producía un campo magnético que impedía que unas partículas –los rayos cósmicos–, llegaran a la superficie. También le maravillaba el tamaño gigante de Júpiter, una gran esfera de Hidrógeno y Helio que tiene una tormenta del tamaño de nuestro planeta y uno de sus 63 satélites, Ganímedes, es más grande que Mercurio. O que los anillos de Saturno tengan sólo 5 metros de espesor y que el mismo planeta sea capaz de producir luz. De Urano le sorprendió la idea de que lo hubiera impactado un asteroide y lo haya dado vuelta; de Neptuno, que tuviera tormentas terribles, aún con las bajas temperaturas y haya sido descubierto mediante cálculos. Y en cuanto a Plutón –que por ese entonces era considerado un planeta–, le había quedado la idea de un mundo vacío, donde el Sol se ve tan pequeño como las otras estrellas y lo único que se destaca es Caronte, su satélite, aunque es casi tan grande como él, y ambos astros se dan siempre la misma cara. Martín tenía, por supuesto, un planeta favorito: la Tierra. Una joya única. Con las temperaturas justas para que se desarrolle la vida y una composición química que permite su proliferación en las formas que conocemos. Cuanto más leía sobre lo diferentes que son los otros planetas, más se daba cuenta de lo especial que es la Tierra y más se reafirmaba que este era el planeta por el cual, al llegar a ser grande, más le gustaría viajar. Geología. Meteorología. Oceanología. Todas estas ciencias le interesaban. Estaba sumido en la búsqueda de su gran pasión cuando se enteró de aquella noticia que lo detuvo. Su padre había tenido algunos problemas de salud, aunque ya se estaba reponiendo. Sin embargo, durante la licencia que debió tomar en el trabajo contrataron a alguien para que lo suplantara; una vez que estuvo en condiciones de retornar a su antiguo puesto, le negaron la posibilidad. Lo despidieron, no le dijeron bien por qué,

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por más que, aparentemente su reemplazante hacía mejor sus tareas, aquellas que él realizó durante toda su vida. Martín había llegado a casa después de jugar uno de sus mejores partidos de fútbol cuando se enteró de la noticia. Tenía quince años, ya era lo bastante maduro y responsable como para saber qué hacer. Ese mismo día comenzó a trabajar atendiendo el quiosco de la esquina. Luego el locutorio. Y el ciber. Los negocios iban cerrando por el mal momento económico. Su papá seguía sin conseguir otro puesto y sus problemas de salud se volvían a agravar. Entre el trabajo y el estudio, Martín no tuvo más tiempo para seguir leyendo. Sin embargo, en sus ratos libres él pensaba qué sería lo que hace tan único a nuestro planeta y tan especial a la vida. En medio de tantos problemas, de cataclismos, terremotos, huracanes y siendo la vida tan difícil y tan competitiva, lo que alguna vez le pareció mágico en ese entonces le parecía violento. Al ser una persona agradable, la gente solía hablar con él, aunque mientras trabajó en el ciber el trato con los demás se hizo más distante. De vez en cuando hablaba con don Carlos, un señor que le compraba cigarrillos. Un día, al verlo particularmente feliz, le preguntó: –¿y, qué hay de nuevo hoy, don Carlos, que se lo ve tan alegre? –Es que mi nieta viene del Norte a visitarme. –¿Su nieta? ¿Pero qué edad tiene usted don Carlos? El señor lo miró fijo a los ojos y le contestó con orgullo: –tengo 84 años. Así como me ve. Martín quedó asombrado. Lo contempló unos instantes y luego le preguntó: –¿Cuál es su secreto? –Simplemente vivir la vida –le susurró al oído; se alejó un poco y prosiguió–. Las cosas no siempre salen como uno quiere. Si lo sabré yo, que este es mi cuarto matrimonio. Lo importante es tener

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metas y seguir siempre adelante –le guiñó un ojo y se marchó. Martín se quedó estupefacto. Don Carlos sí que era un personaje. El joven se miró a sí mismo en un espejo y se preguntó si sería capaz de seguir adelante pese a todas las dificultades. Al terminar su turno, salió del trabajo y se dirigió al colegio. Tenía 17 años y estaba a pocos meses de egresar. Todavía no había decidido qué seguiría estudiando, pero sí que haría una carrera universitaria. Al llegar a la clase, que había empezado unos cinco minutos antes, leyó en el pizarrón la palabra “arquibacterias” que el profesor Pastaretti todavía intentaba definir. –Son un tipo especial de procariotas y no se dejen engañar, por más que su nombre los haga pensar que son un tipo de bacterias, en realidad son muy diferentes. Martín tomó asiento y comenzó a prestar atención. –Viven en lugares que para nosotros son inhabitables, como volcanes, géiseres, agua muy salada o medios muy ácidos o alcalinos. Todo esto gracias a sus paredes celulares especiales que les permiten soportar tremendas presiones y temperaturas. Arquibacterias significa bacterias muy antiguas, pues se cree que fueron las primeras formas de vida en nuestro planeta y han cambiado muy poco a nivel genético. Martín comenzó a preguntar: –eso quiere decir que hay formas de vida que pueden vivir en lugares tan agresivos como Venus o Marte... –Algo así, señor Leibol. –Yo creí que eso era imposible. –Uno nunca lo sabe todo, y si no, pregúnteselo a la Biología Molecular... Y fue así como Martín decidió qué carrera seguir.

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La Biología Molecular es una rama de la biología que estudia a las moléculas más importantes para que se pueda desarrollar la vida, como el ADN, el ARN y las proteínas. Estudia cómo están compuestos, en qué procesos participan, cómo se forman, hace algo así como estudiar al edificio a través de sus ladrillos. Antes de ser biólogo molecular, Martín tenía que recibirse de biólogo y luego especializarse. Fueron muchos años, que el joven supo valorar. Cursaba durante la mañana, trabajaba a la tarde y estudiaba de noche. Si bien no se las retribuían, todos los jueves se quedaba haciendo horas extras en el trabajo para ver a Romina, la secretaria del jefe de turno noche. Ella no tardó en notarlo. Tres meses después ya estaban saliendo. Finalmente, y luego de mucho esfuerzo, Martín Leibol logró recibirse de Biólogo Molecular. A la ceremonia asistieron sus amigos, su madre y su prometida. A él le hubiera gustado que su padre estuviese allí. Ahora que tenía su título, Martín estaba dispuesto a cumplir con aquellas metas que hace muchos años se había fijado: recorrer nuestro planeta en búsqueda de las formas más extrañas de vida. Y decidió comenzar por las arquibacterias, seres de lo más curiosos, que viven en ambientes para nosotros inhabitables, como aguas heladas, muy calientes, ácidas, alcalinas o con una concentración de sal elevadísima. De ahí que se las llame extremófilas (amantes de lo extremo). Son tan diferentes que, en vez de realizar fotosíntesis con oxígeno, lo hacen con sulfuro de hidrógeno. Y otras producen metano a partir de dióxido de carbono e hidrógeno, por lo que se las llama metanógenas. Se considera a las arquibacterias un reino distinto de las llamadas “bacterias verdaderas” por sus diferencias en la composición química: principalmente, el ADN de las arquibacterias

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es más primitivo y sus ribosomas –estructuras de ARN donde se sintetizan las proteínas– son más parecidos a los de nuestras células que a los de las bacterias. También hay diferencias en la membrana y pared celular; si le gustan los ahorcados, préstele atención a lo que sigue: su membrana celular difiere a la de “todos” los otros seres vivos, que las tienen formadas por dos capas de lípidos de tipo éster, mientras que las arquibacterias las tienen formadas por una sola capa de lípidos de tipo éter y, mientras que las bacterias que tienen paredes celulares las tienen formadas de peptidoglucanos –una mezcla entre aminoácidos y azúcares–, las arquibacterias tienen seudo-peptidoglucanos –que son como los peptidoglucanos pero sin mureína– o proteínas en su lugar. Para simplificar su estudio, se las clasifica según el medio en el que habitan. Las llamadas psicrófilas viven a temperaturas muy bajas, como la poco atractivamente nombrada Croococcidiopsis que habita en la Antártida, a -50ºC. Otras pueden vivir mil metros enterradas bajo la nieve en Siberia. Sin embargo, a Martín le gustaban más las hipertermófilas, que viven a temperaturas entre los 45ºC y los 120ºC –para dar una idea, una temperatura interna de 42ºC nos mataría–, en géiseres o alrededor de volcanes. Algunas son acidófilas y pueden vivir en medios más ácidos que nuestros jugos gástricos y otras son alcalófilas y habitan en lagos alcalinos, lo alcalino es lo opuesto a lo ácido. Otro grupo importante son las halófilas, que habitan en soluciones de sal muy concentradas, como el Mar Muerto, donde otros organismos serían “aplastados” por la presión que ejerce este medio. Luego de años de investigación y colaboración con distintas instituciones, Martín obtuvo una preciada beca que le permitió recorrer el mundo junto a su esposa Romina. Su primer destino fue el Great Salt Lake en Colorado, Estados Unidos, donde estudió a

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las halófilas Halobacterium halobium y Halobacterium salinarium, que se adaptan al medio a través de un pigmento violeta, la bacteriorrodopsina, que produce energía a partir de la luz solar. Este es el único ejemplo en la naturaleza de obtención energía de esta forma sin clorofila. Durante dos años, estudió su forma, sus genes, cómo dependen sus moléculas del sodio y cómo funcionan sus proteínas. Aprendió mucho y dejó de lado varias concepciones anteriores, pues eran seres con una conducta completamente atípica. Sin embargo, Martín no logró hallar en ellas lo esencial de la vida, aquello que tienen en común todos los seres por más diferentes que sea su composición y ciclo vital, aunque sí logró hacer una lista con sus diferencias en comparación con otros tipos de organismos. Su segundo destino fue una región en los Andes centrales donde hay un lago de arsénico y sulfuros en el cual proliferan distintas formas de vida, no sólo arquibacterias: el hecho de que se alojen en sitios tan extremos no indica que sean las únicas: existen muchas bacterias que habitan en esas condiciones, e incluso hasta seres pluricelulares. Allí investigó durante tres años y ese lugar significó algo muy importante para él, pues allí nació su primera hija, Clara. Otra vez logró realizar comparaciones, pero seguía sin hallar esa característica tan particular que define la vida. Luego realizó viajes esporádicos a Groenlandia, Siberia, Australia, al Parque Nacional Yellowstone en Wyoming, Estados Unidos, y al norte de Chile. Martín era el dueño de un impresionante catálogo con las características de los seres vivos más sorprendentes. Aún así, él no se sentía conforme con los resultados de su investigación. Su beca estaba por terminarse y sentía que iba a repetir la experiencia de su padre, que pasó los últimos años de su vida en búsqueda de un empleo que jamás consiguió. Se había fallado

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a sí mismo. Y su sentimiento de derrota –con su correspondiente resentimiento– no tardó en transmitirse a su grupo de trabajo y a su familia. Pese a todo, Romina intentaba ayudarlo, porque lo amaba demasiado como para dejarlo hundirse así. –¿Sabés? El otro día vi en la tele que más del 90% de los microorganismos están bajo la tierra y no fueron descubiertos todavía. Tal vez allí esté la respuesta que estás buscando. Martín no le prestó atención. La escuchó, pero no le dio importancia a lo que le había dicho. Entró en la casa donde se hospedaban y se sentó en el living a mirar por la ventana. “No tengo ni siquiera una casa propia” –pensaba mientras movía rítmicamente sus manos. Clara, que veía la escena sin entender qué era lo que estaba pasando, tomó una piedra del suelo se acercó y le dijo: –tomá papi, a lo mejor acá está lo que estás buscando. Martín miró con detenimiento aquella roca impregnada de polvo. En forma automática la guardó en un cajón. Una semana después, ya resignado a que sin su beca no podría seguir adelante con una investigación en la que cientos han fallado, Martín decidió hacer un último intento con aquella roca que le había dado su hija. Sin expectativas, comenzó a estudiar si habría vida en aquellas partículas de polvo que la impregnaban. Al principio no vio nada, pero su curiosidad le hizo insistir. Hasta que halló una bacteria, logró aislarla y luego comenzó a analizarla. Comparando los resultados con todas las observaciones realizadas en los últimos ocho años, logró sacar una de las mayores conclusiones de la historia. Parecía una paradoja: el mayor sueño del hombre cabe en una minúscula partícula de polvo.

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Quién quiere vivir por siempre Irene Sofía Radulovich


EL AUTOR DEL CUENTO

Irene Sofía Radulovich nació el 09 de Junio de 1990, en Buenos Aires, Capital Federal. Cursó sus estudios primarios en el colegio E. Padilla, y secundarios en el colegio Sagrado Corazón. Actualmente cursa el CBC para Diseño de Indumentaria, en la UBA. Le gusta dibujar, actuar, tocar la guitarra y hacer su propia ropa.

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Quién quiere vivir por siempre “Who want’s to live forever” Queen Por Irene Sofía Radulovich

A la memoria de Ángela, Profesora de Química, Alquimista de mentes

–Por favor señor Flamel, déjeme ayudarlo, déjeme aprender.

Jacques seguía sosteniendo su boina azul por sobre su entrepierna, guardando aquella pose desde que había llegado a aquella pequeña casa en París, hacía ya alrededor de unos veinte minutos. Tenía una patética figura, y hasta su vestimenta –aunque típica y normal en su clase social–, lo hacía ver ridículo: las calzas azules, zapatos rotos y desteñidos, y su túnica color blanco sucio atada en la cintura por un cordel marrón. Pese a las negativas, seguía insistiendo en hablar con el señor Flamel, rogándole que lo dejara ser partícipe de sus proyectos. –¡He dicho que no! Yo no trabajo con nadie, trabajo solo. ¡Perenelle, Perenelle! Ven, querida. Lleva a este muchacho fuera de aquí.

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–Una oportunidad, señor Flamel… se lo suplico. Segundos después, aquel joven permanecía parado del otro lado de la puerta, contemplándola con tristeza. Sin más, se marchó. Al día siguiente volvería a intentarlo. A partir de ahí probaría las mil y una formas de tratar de entrar en esa casa. Al principio era recibido con paciencia. A los pocos días, la esposa del señor Flamel, Perenelle, le cerraba la puerta en la cara. –Nunca desistirás, ¿verdad muchacho? –le decía ella al verlo. Hasta que, ya cansada de tener que echarlo todos los días, y pensando que podría aliviarla en sus quehaceres, la mujer permitió que entrara a la casa, y entreteniéndolo con diversas tareas, evitaba que molestara a su marido. Sin embargo, siempre que podía, Jacques trataba de escabullirse para espiar a Nicolas Flamel desde la pequeña abertura que dejaba la puerta del cuarto en el que el señor se pasaba horas encerrado. Cuando era descubierto por la señora de la casa, Mme. Perenelle lo reprendía y a veces terminaba echándolo a escobazos. El muchacho no podía quitar la vista del pequeño libro que Nicolas llevaba consigo a todas partes. Era diferente a todos los que había visto antes; claro que los pocos que conocía –todos ellos de pergamino–, estaban en la casa de Flamel o en alguna otra casa. Estaba hecho con cortezas, y sus tapas eran de láminas de cobre, grabado con letras y figuras extrañas. Nunca supo de dónde lo habría sacado. El volumen parecía tan misterioso como su origen. Lo que sí sabía, era que el señor Nicolas había pasado años tratando de descifrar aquellas extrañas figuras, al menos eso es lo que escuchó decir, y lo que estaba dispuesto a averiguar. Era de noche en las frías calles de París. Jacques aún permanecía en la casa de los Flamel. El muchacho escuchaba con atención, por

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décima vez, la historia de cómo el señor Nicolas se había casado con la bella viuda Perenelle, años mayor que él. Cada vez que miraba al señor, su figura le recordaba la de un enano de nariz y barbas largas, ojos pequeños y oscuros, tan negros como la noche. Su pequeña figura le causaba gracia y, a la vez, le imponía respeto. En cambio su mujer era alta, morena y de ojos profundos, y su mirada algo misteriosa ejercía una inmensa e ineludible atracción. Muchas veces se preguntaba cómo habría logrado el señor Flamel conquistar a semejante mujer, a lo cual se respondía con una simple respuesta: “El señor es alquimista, es amo de la magia…y algún día seré como él”. Aquella noche, algo en el aire parecía distinto. Había dejado de soplar viento. Un fuerte grito de emoción proveniente del pequeño cuarto, hizo estremecer la casa entera. –¡Perenelle! ¡Perenelle! ¡Ven, Perenelle! ¡Lo encontré! ¡Lo encontré! La mujer fue corriendo a su encuentro. Nuevamente Jacques volvió a estremecerse al escuchar el grito de la mujer. Extrañado, fue corriendo por el estrecho pasillo que lo llevaba de la cocina a aquel cuarto, donde se encontró con un desaliñado Nicolas corriendo a su encuentro, con una vela en la mano. El patético muchacho trató de hablar, mas el dueño de la casa no le dio tiempo, lo empujó hasta la puerta de entrada a paso apurado, casi corriendo. Una vez allí, Jacques se detuvo como esperando una explicación, pero el alquimista lo empujó a la calle y le cerró la puerta en la cara. Aquella fue la última vez que Jacques vio al señor Flamel. El joven de la pobre figura se sintió desalentado e impotente al no haber podido aprender a hacer alguna poción…Si hubiera encontrado el secreto para transmutar el plomo en oro… ¡Pero no! Lo desesperaba el hecho de que, como consecuencia, no podría purificar su alma.

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“Estoy cansado de vivir con esta suerte” –se repetía Jacques todas las noches. Ya no sería recordado como “El gran alquimista Jacques”, o “El hechicero Jacques, de cuna pobre, aunque de riquezas importantes”. Ya no habría posibilidad de pasar a la eternidad. ¡Claro! ¡A la eternidad! ¿Sería este el mismo hallazgo del señor Flamel, pasar a la eternidad, encontrar….la piedra filosofal? ¿Tendría en sus manos, entonces, el poder de curar todas las enfermedades? ¿Por qué no habría de tenerlo? Con seguridad el señor Nicolas lo habría logrado, por algo se pasaba horas y horas en su cuarto encerrado haciendo experimentos. El solo hecho de igualar el poder de inmortalidad del oro, lo hacía estremecerse. No cabía duda de aquello. Si el oro no se oxidaba, indudablemente era inmortal. ¡Ah! ¡Si podía imaginarse a Flamel transmutando cada objeto que encontrara a su paso! Poco a poco, tras varios intentos frustrados por volver a escabullirse dentro de la casa, el desilusionado muchacho debió resignarse a su suerte y la dura lucha por subsistir hizo que su sueño de obtener el famoso elixir de la vida y su breve contacto con los Flamel, fueran cayendo en el olvido. Años después, París se entristecía por la muerte de Perenelle y Nicolas Flamel, quienes fueron enterrados en el Cementerio de la Iglesia de Saint Jacques de la Boucherie, a la cual el alquimista donó todos sus bienes a su muerte. Sin embargo, el rumor de que Nicolas en verdad había encontrado la fórmula de la vida eterna, se convirtió para muchos en una certeza cuando, tiempo después, un pequeño grupo de franceses exhumaron sus tumbas, y no encontraron rastros de ellos. Indudablemente, los demás alquimistas intentaron igualar tal hallazgo. El misterioso libro que Nicolas cargaba siempre consigo, tampoco se encontraba allí.

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Era pasado el mediodía, y aún estaba nublado. De hecho, lo había estado desde hacía unos días y, de a ratos, parecía amenazar con una terrible tormenta. No más allá de una calle de distancia, se podía distinguir un pequeño De Dion Boston estacionar sobre la vereda. Dentro de él se hallaban dos hombres. Solo uno de ellos bajó. Llevaba una valijita en la mano, que casi se perdía al lado de su imponente figura. Sus largos cabellos simulaban danzar en el aire, junto con la barba, que parecía querer taparle la cara. No pasaba los 68 años. Se detuvo frente al número 19 y golpeó a la puerta marrón. Aunque no estaba precisamente muy arreglado, se acomodó las vestimentas, y tomó un pañuelo para secarse la amplia frente en forma mecánica, ya que no estaba sudada. Esperó a ser atendido, y entró. –Cuéntanos un poco más, Dimitri –insistió la dueña de casa, que estaba sentada junto a su esposo Pierre. Dimitri se sentía cómodo cada vez que hablaba con el matrimonio Curie. Se habían conocido hacía poco tiempo en verdad, ya que Dimitri tuvo que ir a su encuentro, en Francia, por causa de unos estudios de laboratorio. Marie era una mujer entusiasta y amable, no tendría más que 35 años; ocho años mayor que ella, Pierre se entretenía jugando con la pequeña Irène, de unos 5 años. –Pues bien, allí se encontraba el hombre. Era bastante mayor y misterioso; hasta me llegó a asustar en un momento, por más que, aún así, me despertaba una tremenda curiosidad. –¡Oh! Debo admitir que me cuesta imaginar al gran Dimitri Mendeleyev asustado de esa manera –respondió riendo Pierre. –Era un hombre brillante, aunque diría que, de tanto en tanto, solía tener algunos…desvaríos –sonrió recordándolo–. Aquel hombre no podía estar quieto, se movía de un lado a otro, siempre concentrado en sus pensamientos y hablando en voz alta. ¡Parecía

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un enano de circo! Cada vez que se detenía en un lugar a pensar, se acariciaba su larga barba –a continuación, Dimitri hizo una pausa–. Nicolas Flemmant se llamaba. Llevaba siempre consigo un libro con tapas de cobre, donde hacía sus anotaciones. En sus desvaríos me comentó una vez que había trabajado con Lavoisier sobre la nomenclatura de los elementos. El matrimonio y su invitado comenzaron a reír. –¡Que locura! ¡Ese hombre, por cierto, estaba loco! Imagínate, una persona que haya vivido en aquella época…suponiendo que hubiese conocido a Lavoisier alrededor de 1789, ya siendo Nicolas un hombre de alrededor de unos…20 años, sería imposible que ochenta años después pudiera haberte conocido a ti –calculó riendo Marie. –Oh, recuerdo que una vez me dijo: –¿Sabes qué es lo que creo? Antoine Lavoisier fue un gran hombre con el cual tuve el placer de trabajar, y lamento terriblemente que lo hayan guillotinado años después. Diría que aquellos descubrimientos me ayudaron sobremanera a aclarar mi mente respecto a lo que yo buscaba; aún así, no consigo lograr con precisión mis objetivos…Creo…creo que si halláramos la forma correcta de descomponer el plomo, nos encontraríamos con litio y oro. Solo piénsalo de esta manera: sería como…como tomar una roca y partirla de un hachazo… ¡Así es, de un hachazo! –la mímica con que Dimitri lo imitaba y con tal entusiasmo, hacían de ésta una situación cómica–. Sin embargo, debo reconocer que aquello que mencionó fue…bastante inspirador, no del todo erróneo quizá, digo…el hecho de descomponer sustancias en otras. –Después de todo, fuiste tú quien publicó la Tabla periódica de los elementos, luego de Lavoisier.

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El sol pegaba con fuerza a esas horas del mediodía. La mujer ataviada con un vestido largo y negro, de unos 30 años, llevaba en una mano un portafolio, mientras que con la otra se acomodaba el sombrero. La joven caminaba tan de prisa, que en poco tiempo ya había llegado al edificio con grandes puertas de vidrio. Un hombre pequeño, de traje gris, le permitió la entrada: aparentaba ser el nuevo portero del laboratorio. La saludó con una inmensa sonrisa. Irène lo miró y le devolvió el saludo. Se detuvo. Había algo en el aire que la hacía sentir diferente, algo inusual. Siguió caminando. Desde aquel día, no logró dejar de pensar que aquel hombre le era familiar. Pasaron los días, y ella nunca se percató de que el hombre poseía una larga barba, y que llevaba consigo un libro con tapas de cobre, a pesar de que todos los días lo observaba con detenimiento al llegar, ¡ni siquiera cuando el portero se quedaba con ella en el laboratorio hasta tarde, ayudándola en sus experimentos, aportando nuevas ideas! Fueron años de mucho trabajo, coronados por el éxito cuando, junto a su marido Frèdèric, lograron producir en forma artificial nuevos elementos radioactivos. Fue poco después de obtener el Premio Nóbel, que el viejo portero –devenido en ayudante de laboratorio– desapareció misteriosamente. Irène entonces, como si un rayo de luz se hubiera hecho en su mente, recordó aquella charla que escuchó de niña en el salón de su casa, a la edad de 5 años. Volvió a su memoria la imagen de Mendeleyev, yendo de un lado a otro de la habitación, imitando a aquel hombrecillo del que tanto les había hablado, aquel que guardaba un extraño libro con tapas de cobre. –No te quejes tanto, querido. Mira los avances a los que hemos llegado –Nicolas no parecía estar muy convencido ante tal

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consuelo–. Figúrate a Ernest…Ruth…Rod… –Rutherford, se llamaba Rutherford. Por supuesto que lo recuerdo. Él consiguió romper un átomo, bombardeándolo con partículas como neutrones o protones. Así es como consiguió pasar de un elemento a otro, ¿recuerdas? Aún hoy no puedo creer que, en mis principios, trataba de enfocarme en hacerlo a modo de reacciones químicas. ¡Imagínatelo! Lo único que lograba, era afectar los electrones en la superficie de los átomos. ¡Pues no! Los cambios han de ser efectuados en los núcleos de los átomos. –Sigo sin entender por qué lo bombardeó con aquellas partículas. –¡Oh, Perenelle! –indicó en tono reprobador–. Mira, para pasar de un elemento a otro, hace falta cambiar el número de protones. Eso es lo que marca la diferencia entre uno y otro. ¿Entiendes, querida? Pues bien, si yo le agregara más protones y neutrones al átomo en cuestión, o quizá extrayéndole alguno de ellos, lo lograría. Ahora, si ajustara el número de neutrones, debería ajustarse automáticamente la estabilidad atómica, transformándose así un isótopo inestable en estable, o viceversa. –¿Y cómo lograrías bombardearlo? –¿Recuerdas la vez que te comenté que Cockford y Walton habían bombardeado átomos de litio con protones producidos en un acelerador? -Mmm…Sí. –Recuerdo la primera vez que vi el acelerador de partículas. En aquella oportunidad que fuimos a Londres y visitamos la Universidad de Cambridge. Me asombraba la idea de ver 500 kilovolts emanar de una simple máquina. –¡Oh, no exageres! Nos tuvimos que ir mucho antes de que estuviera terminada.

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–Bueno, bueno, al menos vi la base de lo que se convertiría el acelerador. –A la que sí recuerdo con claridad es a la pequeña Irène y al adorable Frèdèric. –¡Cómo no recordarlos! Ellos usaron las partículas alfa naturales para hacer la transmutación. Aquella fue la primera demostración de la radioactividad artificial. El silencio que se produjo a continuación, bastó para que Perenelle se diera cuenta de que su esposo aún no estaba conforme. Se lo imaginaba sentado en su sillón habitual, situado al lado del ventanal, pensando. A sus pies, estaría la mesita ratona y sobre ella, el diario, el café y su libro de tapas de cobre. “A veces me da la impresión de que nunca va a saciar su deseo, que nada lo complacerá completamente” –se dijo a si misma, mientras cuidaba que la comida no quedara pegada en la sartén. Estaba apagando el fuego, cuando sintió los brazos de su compañero rodeando su cintura. La barba le hacía cosquillas; tanto, que el estremecimiento le había hecho cerrar los ojos. Con un suave susurro, semejante a una caricia, él dijo: –Láser. Como decepcionada, abrió los párpados otra vez. Aún envuelta en sus brazos, giró hasta estar frente a frente. –Si disparara un pulso de láser de un picosegundo de duración sobre el objeto, me daría la energía suficiente para lograrlo. Querida, ¿no es eso estupendo? –Supongo que esa es una buena manera de, finalmente, transmutar cualquier metal en oro –respondió ella, como si hubiesen sostenido esta charla millones de veces. Poco tiempo después, el matrimonio se encontraba en Oxfordshire, de visita en el Rutherford Appleton Laboratory,

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localización del láser más poderoso del mundo. Mientras los ojos de Nicolas Flamel1 denotaban un tremendo brillo de alegría, los de Perenelle demostraban cansancio. Al menos, podría aprovechar para visitar a aquella joven maestra que había conocido una tarde en el tren, años atrás. Una tal Joanne, Joanne Rowler o Rowling o algo así… L´Observateur, 28 de agosto de 2003 De la alquimia a la actualidad: el objetivo tan ambicionado desde hace cientos de años, por fin se logró mediante el rayo láser. Ken Ledingham, un especialista en láser de la Universidad de Strathclyde en Glasgow-Inglaterra, y sus colaboradores, lograron transformar el oro en mercurio. –Justo lo que los antiguos alquimistas querían, pero al revés –anunció Lendinham a la revista–. Lo lograron utilizando el láser más poderoso del mundo que está en el Rutherford Appleton Laboratory en Oxfordshire, al que llaman “Vulcano”.

1   Nicolas Flamel en verdad existió en Francia, y vivió entre 1330 y 1413. Su longeva edad y diversos sucesos ocurridos tras su muerte y la de su esposa, ayudaron a acentuar los rumores de la creación de La Piedra Filosofal y, por consiguiente, de su inmortalidad.

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La eterna batalla Javier DarĂ­o Santilli


EL AUTOR DEL CUENTO

Javier Darío Santilli nació en Cañada de Gómez el 3 de febrero de 1990. Cursó su educación Primaria en la Escuela N° 493 “Juan Bautista Alberdi” y la Secundaria en la Escuela de Enseñanza Media N° 207 “Juan Francisco Seguí”. Mejor Compañero elegido por sus pares de Tercer Año modalidad Economía y Gestión de las Organizaciones de la escuela. Actualmente cursa sus estudios en la Universidad Nacional de la Plata , Facultad de Ciencias Naturales y Museo, orientación Paleontología.

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La eterna batalla Por Javier Darío Santilli

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l tren iba disminuyendo su marcha al arribar a San Patricio. Al bajarme, debía dirigirme tres cuadras desde la estación hacia el centro del pueblo, donde se encontraba la vistosa y medieval iglesia. Debido a mi amistad con el sacerdote, había recorrido ese camino muy a menudo en los últimos veinticinco años. César Ravenna era un hombre bajo, lánguido y calvo, que en sus mejores tiempos había sido postulado para el arzobispado en la capital del país a causa de su entrega y gran cultura; pero que, con posterioridad, fue destinado como sacerdote en la capilla de San Patricio, cuando las autoridades eclesiásticas se dieron cuenta de su posición poco ortodoxa. Caminé las tres cuadras oprimido por el frío invernal, y bajo un cielo plomizo. El imponente campanario se irguió de pronto ante mí. Apenas entré pude ver a Ravenna cerca del altar y me acerqué gustoso a saludarlo. Al sentir que alguien se aproximaba, se dio vuelta con calma y me miró de manera extraña; con seguridad no

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me había reconocido de entrada, aunque enseguida se dibujó una sonrisa en su rostro. –Jeje, ¡mi viejo amigo! –dijo estrujándome entre sus brazos–. ¿Me cree si le digo que no lo conocí? ¿Cuándo fue la última vez que lo vi? Ya no lo recuerdo. –¡Cómo anda compañero! Hace apenas tres semanas que anduve por aquí. ¿Tan fácil me olvida? –tenía entendido que su memoria andaba un tanto frágil. –No, por favor, no me mal interprete. Es que, desde hace un tiempo, me viene pasando con todo el mundo. –¿Cansado de trabajar? –Sí, pero de trabajar en vano. Percibí su tono de desgano, y lo sentí decaído, melancólico. Le pregunté la causa de su actitud. –A mi última misa, asistieron solo quince personas. No creo que sean tantas el próximo domingo. La gente ha dejado de lado a Cristo por un nuevo dios: la ciencia. –¿En serio? ¡No sea tan sarcástico, Ravenna! –le contesté sorprendido. –No es sarcasmo; sinceramente creo que ustedes, los científicos, han ganado la guerra después de tantos años. –-¿Se refiere al conflicto entre ciencia y religión? Creí que eso había terminado hace ya mucho tiempo, cuando la Teoría de la Evolución comenzó a ser más aceptada que las ideas creacionistas. –Puede ser, por más que su victoria nunca ha sido tan evidente como en estos últimos años. Dios se ha convertido en algo obsoleto, ya no forma parte de la vida de las personas. Los mares que se separan, bolas de fuego arrojadas sobre ciudades pecadoras, carecen ya de toda importancia. –¡Vamos César, ¿qué está diciendo? Los tiempos han cambiado,

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¡la sociedad no puede mantenerse aferrada a moralejas de libros escritos hace veinte siglos! –le contesté un poco indignado. –Lo que quiero decir es que los adelantos en las comunicaciones electrónicas, las investigaciones espaciales, la ingeniería genética, constituyen grandes descubrimientos con los que educamos a nuestros niños sin enseñarles la responsabilidad que su uso implica. Los grandes milagros intelectuales, como la energía nuclear, llegan a este mundo sin instrucciones éticas. ¿A quién estamos confiando nuestras vidas? –Bueno, quizá tenga usted algo de razón. Como científico debo trabajar para asegurar un progreso constante de la vida humana. Pero así como hay gente irresponsable que utiliza la ciencia para destruir, también hay gente que cometió y aún comete grandes masacres en nombre de la religión. Mi amigo, el sacerdote, se tomó un tiempo para pensar, frunciendo el ceño y con la vista repasando los cerámicos del piso. Afuera se oía el silbar del viento, y el olor a humedad indicaba que estaban comenzando a caer algunas gotas. Ravenna me miró a los ojos y me contestó, con franqueza: –Ustedes, los científicos, han creado toda clase de aparatos que, si bien nos divierten y nos brindan comodidad, nos han quitado el placer de valernos por nuestra cuenta; ustedes han pretendido reducir la complejidad de universo a frías ecuaciones matemáticas; la tecnología que prometía unirnos ahora nos divide, porque si bien nos mantiene conectados con todo el globo, ¡en realidad nos conduce al aislamiento!... Ustedes, aparentando ser dioses, crean vida y la destruyen con total impunidad. Lo único que hacen es negar nuestra confianza en que la vida posee un sentido. Al principio quedé paralizado de sorpresa, hasta que reaccioné y le contesté indignado: –¡Por favor! ¡Si la Iglesia, tu Iglesia, ha

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sido la causante de los mayores conflictos bélicos de la historia humana! Mueven cifras millonarias, explotando los sentimientos más profundos de las personas; tienen un líder que cree ser embajador de Dios y solo es otro pecador, ¡tan pecador como el mismísimo Satanás! –me di cuenta de mi exceso y para apaciguar a mi amigo, traté de continuar hablando en forma menos provocativa y tuteándolo–. ¿Acaso sabes por qué causa no te han tomado como Arzobispo de la capital? –no le di tiempo a responderme–. Porque estabas dispuesto a dar todo por los pobres, y les ibas a arruinar el negocio. ¡Por eso te han quitado del medio! Afuera llovía torrencialmente, y el ruido del aguacero, llenaba los intervalos de silencio en nuestra discusión. Ambos estábamos alterados, descontentos más bien con nuestras propias carreras, antes que disgustados el uno con el otro. –Basta de blasfemias en la casa del Señor… –pidió mi amigo, arrepentido–, tanto la religión como la ciencia cometieron errores cuyas consecuencias han recaído sobre los inocentes, siempre. –Coincido con usted –volvimos a nuestro respeto habitual–, y creo que también deberíamos aceptar que ninguna de las dos disciplinas podrán seguir avanzando y ser utilizadas para el bien, si el corazón del hombre continúa siendo duro y frío. –Quizá el hombre deba dejar de lado sus pasiones científicas y religiosas, y tomar, sin prejuicios, lo mejor tanto de una como de otra. –Amén –le dije burlón. La tormenta había cesado y unos débiles rayos de sol se filtraban a través de los vitrales de los grandes ventanales. –Aprovechemos el sol –concluyó el sacerdote– caminemos hasta el bar del pueblo por un café.

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La teoría del caos Juan Martín Sosa Cazales


EL AUTOR DEL CUENTO

Juan Martín Sosa Cazales nació el 17 de septiembre de 1990 en Mar del Plata. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Instituto Albert Einstein. Actualmente tiene planeado seguir la carrera de bioingeniería en la Universidad Nacional de Entre Ríos. Le gustan la música, el cine y la escultura, los juegos de rol, películas de bajo presupuesto, o de artes marciales malas. En cuanto a literatura le fascina el surrealismo.

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La teoría del caos Por Juan Martín Sosa Cazales

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i número de DNI es el 58.379.411, el de la cobertura médica el FF-1080, trabajo como ingeniero civil en una compañía internacional y gano U$S 120,000 al año; manejo un deportivo anónimo que me ayuda a superar la crisis de los 40 e intenta en vano recuperar lo perdido. Y ya no sé quien soy. Me solían definir esos datos, mis seudo-logros, aquellos “méritos” que me separaban, hasta cierto punto de los demás. Ahora sé que no hubo mérito ni merecimiento, que todo estaba predestinado a ocurrir de esa manera y que ya lo he hecho–y probablemente volveré a hacerlo todo– un número extraordinario de veces. No soy más que un mínimo factor en una ecuación divina; un juguete a cuerda que cree siempre moverse por primera y única vez, aunque ha repetido su rutina desde el comienzo de los tiempos, solo consciente de su realidad y destino cuando está detenido. La ciencia de la existencia es en realidad sencilla, las conciencias individuales comúnmente llamadas almas, pasan de una vida a otra

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a medida que van muriendo, hasta que, luego de agotar todas las posibles formas de acción… desaparecen. Una vez que la última alma desaparece el universo deja de existir. Pero las almas no son pérdidas, sino que, en lugar de ello, confluyen en un lugar ajeno al universo conocido, que engloba todo, sea existente o inexistente. Ese lugar es la materia y la energía oscura; ese último bastión enigmático que no puede ser resuelto a menos que el ciclo haya concluido, como ya ha ocurrido; es, en fin, el molde incambiable e imperturbable del que todas las cosas nacieron la primera vez y del que renacerán hasta que nada tenga sentido. En ese momento el hombre se detuvo y miró a su alrededor, el paisaje era más bizarro que cualquier cosa que hubiera visto mientras vivía; sin embargo le resultaba extrañamente familiar, como algo tomado de un sueño o de un lejano pasaje de su infancia. Se encontraba solo, parado sobre un suelo púrpura y liso, que ondulaba en todas direcciones hasta perderse de vista. La imagen era completada por un tipo de luz que emanaba un brillo dorado mientras caía a chorros con lentitud, formando tirabuzones y elipses antes de tocar el suelo en forma suave y desvanecerse, dejando pequeños parches de oscuridad absoluta entre haces. Estaba convencido de que todo esto tenía un significado oculto, aunque no podía recordar cuándo lo había visto. Sobresaltado, se acordó de qué hacía ahí y decidió no perder más tiempo. Nunca pensé que extrañaría mi vida, aquella existencia vacía en la que la rutina transformaba mis días en una masa informe de monotonía y soledad; no obstante, era preferible a la carga que ahora descansa sobre mis hombros Ningún hombre crece pensando que tendrá la posibilidad de alterar el universo, todos tenemos

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un destino que cumplir, la ilusión de la libertad nace de nuestra ignorancia. En el comienzo de los tiempos todo era simple, puro, lógico y racional. Las causas y consecuencias de cada acción podían ser rastreadas con facilidad y previstas. El orden era sagrado e inquebrantable y se encontraba por encima del bien y el mal. Si creas múltiples escenarios exactos e idénticos y con una ausencia total de factores externos, el resultado siempre será el mismo, no hay probabilidades. Cada ciclo debía acontecer exactamente como su predecesor, ya que el origen sería el mismo. Sin embargo no fue así, algunas almas, descontentas con su papel, se negaron a cumplirlo y sobrellevar su renacimiento. No fueron forzadas a hacerlo, pero les fue imposible participar en los posteriores y quedaron varadas en el lado oscuro. El universo tiende a recuperar su estado original, por lo que una respuesta natural surgió para contrarrestar la falta de las almas. “Fantasmas”, por así decirlo, de sus acciones permanecieron asegurando que las consecuencias de los actos de sus dobles ocurriesen. Esto aseguró la continuidad; sin embargo, fue roto el orden y, por primera vez, se vislumbró la irracionalidad, ya que no se podían encontrar las causas de ciertos sucesos. Una luz apareció a la distancia, como una estrella en el firmamento. Era difícil adaptarse a la falta de las estrellas .Nunca se había detenido a admirarlas cuando vivía, mas en ese momento deseaba ser consolado por cualquier cosa que le recordase lo que era existir y vivir, por lejana que fuese. Cayó en cuenta de lo que la luz significaba. Le quedaba poco tiempo. Pronto debería escoger entre ir hacia la luz y empezar de nuevo lo viejo, o quedarse donde estaba para siempre.

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De esta manera la confusión y misterio va aumentando, cada ciclo se vuelve más y más caótico y creo saber cómo todo terminará. Llegará el instante, luego de incontables ciclos en que en el momento del renacimiento no quedaran sino fantasmas, entonces se dará fin al ciclo de la eternidad y nada volverá a existir. ¿Qué viene después? No sabría decirlo, soy tan ignorante en ello como lo fui durante mi vida de lo que viene después de la muerte. Quizás encontraré la verdadera nada, quizás pasaré la totalidad del tiempo, ahora tan sin sentido, en esta roca púrpura donde nada es lo que parece o, tal vez, esto es solo parte de un ciclo más grande, un círculo dentro de otro. La luz parpadeó con insistencia, el hombre aceptó lo impostergable. Sabía lo que le aguardaba allí, las leyes omnipotentes demandaban que fuera víctima y perpetrador de un millar de atrocidades antes de volver adonde estaba. Por cada minuto de felicidad habría otro de miseria esperando. Aunque había que reconocer que la alternativa de aguardar en ese lugar, quizás infinitamente, no le resultaba muy interesante. Al final pudo recordar. El paisaje. Después de todo era algo bastante insignificante. Había sido su obra favorita en una exposición a la que su madre lo llevó cuando tenía 8 años. Aún torpemente pintada, lo había fascinado e incluso soñó con ella un par de veces. Se sintió defraudado, estuvo convencido de que su significado sería algo mucho más trascendental, que le dejaría una enorme lección moral y lo ayudaría en su elección… en su lugar, lo único que hizo fue revivir una escena insignificante de su niñez. Impaciente, trató de examinar la memoria más a fondo. El día fue terrible, su tío había fallecido recientemente y tuvo un nuevo

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ataque de llanto esa mañana. El recorrido de la exposición surgió como un intento de distracción luego del fracaso rotundo de una tarde en el zoológico. Recordó lo que sintió cuando vio la pintura en una esquina aislada, el simple placer estético, la anarquía de las formas; esa noche soñó que estaba dentro del cuadro y, hasta donde pudo recordar, no volvió a llorar por su tío desde entonces. Una sonrisa iluminó las facciones del hombre, después de todo había algunas cosas por las que valía la pena existir. Con la sonrisa aún intacta el hombre se dirigió hacia la luz.

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El saber ... elemental Ana Speier


EL AUTOR DEL CUENTO

Ana Speier nació el 11 de Mayo de 1989, en Buenos Aires. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el colegio Washington. Actualmente estudia en la Universidad de Buenos Aires la carrera de Ciencias de la Comunicación Social. Intereses particulares: Psicología, Actuación, Salud, Idiomas.

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El saber… elemental Por Ana Speier

No entiendo cómo pasó si yo me cuidé. ¿Qué pasó? Se me arruinó la vida.

Vani

tenía seis, estaba jugando con Barbie y con Ken; inventado peleas y reencuentros. Mamá hablaba por teléfono con la vecina del noveno: “Tenés que hacer lo que sentís, lo mejor es siempre escucharse a uno mismo”. Tener Hacer Sentir Escuchar. Vani pensaba: “qué hermoso sería ser como mamá, tener el amor de papá... hacer las compras, usar maquillaje y zapatos en punta, salir a la noche cuando los chicos duermen. –Aldana, vos sos más grande que yo, decime qué es un orgasmo. –Un orgasmo... no te lo puedo explicar, cuando lo tengas lo vas a saber.

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–¿Pero vos a que edad tuviste el primero? –A los 17 años, con mi primer novio. –¡Qué raro que nunca hayas tenido uno, quizás es que pensás demasiado y no te concentrás en el momento! Por ahí te molesta la idea de perder el control, ser irracional. Puede ser. RAE: orgasmo. (Del gr. ὀργασμός). 1. m. Culminación del placer sexual. 2. m. Exaltación de la vitalidad de un órgano. –Aldana, ¿cómo sé cual es la “culminación”? ¿Cuando no me dan más ganas? –No sé, te tenés que dar cuenta; no entiendo como podés estar teniendo sexo sin experimentar lo mejor. –No sé de qué hablás, no entiendo cómo buscarlo si no sé lo que busco. Aparte, ¡qué importa si tengo un orgasmo o no, si yo estoy disfrutando! Vanina estaba con su novio. Se encontraba tranquila porque había tomado la pastilla de cada día, que le garantizaba seguridad contra llantos, quejidos, pañales y responsabilidad. Divagaba plácidamente entre pensamientos despreocupados, segura de ser el ombligo de su propia existencia por una eternidad, o tal vez más. Su novio se había ocupado de, por lo menos, intentar exaltar la vitalidad de uno de sus órganos cada vez que tenían relaciones. Se sintió enamorada en ese momento, excitada, emocionada, alegre. Lo miró a los ojos y vio un río inmenso. Se sumergió en aguas y salió empapada. Vio peces enredados y los liberó. Vio rayos refractados desde el cielo que la iluminaron. Desnuda y hermosa, se vio a sí misma. Se sintió distinta. Despertó. Ya era el mediodía, sacó de encima de su torso el pesado brazo del novio. Fue al baño y vomitó.

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María Inés es médica especializada en sexualidad; es una mujer inteligente y divertida. Tiene el cabello apenas más largo que la altura de sus hombros, de color cobrizo, lacio y grueso. Esa mañana reflexionaba complacida sobre la importancia de su trabajo; consciente de que en el siglo XXI ya la abstinencia no cuenta con el mismo número de adeptos que en otras épocas y las respuestas basadas en la Biblia dejaron de satisfacer la curiosidad de los adolescentes. Qué mejor que la ciencia para dar al hombre la respuesta a una vida más sana y placentera. Qué mejor que la ciencia para educar a quien se interese en aprender y para responder dudas tan normales y tan ridículas en presencia del saber. Se levantó de un salto y salió del consultorio para llamar al siguiente paciente. Avidez Martín. Martín Avidez entró con una chica, tímida y asustada. Martín y Martina. Le explicó avergonzado que su periodo se había retrasado. Él no entendía cómo había sucedido –si es que había sucedido lo innombrable–, si la joven estaba tomando regularmente sus pastillas anticonceptivas. Hablaba rápidamente, nervioso, mezclaba ideas y sucesos, daba demasiados detalles, citaba el libro de biología del secundario. Principalmente quería saber si ella estaba embarazada, quería saber también cómo pudo fallar una pastilla que promete ser 99% efectiva. Quizás su periodo se había retrasado por la fiebre que venía teniendo hace unos días, si es que eso es posible, ¿o quizás la fiebre indicaba el embarazo? María Inés palpó los órganos de ella, le realizó una ecografía y ratificó el embarazo. Era muy reciente. Hizo algunas preguntas sobre la salud de la chica, sobre cuándo comenzó la fiebre, o si había tomado algún medicamento. Hacía ya tres días que había tenido temperatura superior a 38º y un fuerte dolor de garganta.

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Ella, suponiendo que sería algún tipo de faringitis, había estado tomando un antibiótico del botiquín de su casa. ¡Bingo! Algo que no está explicado en los libros de biología del secundario: las píldoras anticonceptivas pueden perder su efecto ante la ingesta de antibióticos. Después de un par de lágrimas, miradas desahuciadas y búsqueda de respuestas a preguntas impronunciables Martín y Martina se marcharon. Llegó el turno de la joven de azul con ojos curiosos. Entró al consultorio y se echó a reír. Se llamaba Vanina, tenía cuerpo de adulto y mirada de niña. Sus ojos marrones y redondos llenaban de energía la habitación. María Inés la encontró simpática y encantadora. Se divirtió con su despliegue de anotaciones, papeles y deducciones lógicas sin fundamentar, con el intento constante de disimular su edad y controlar la risa nerviosa. En un momento la doctora la calló y explicó: “Un orgasmo son contracciones involuntarias de la vagina”. Le mostró el movimiento del músculo con el puño cerrado, y esperó ver su reacción. Una gran sonrisa. Dio las gracias y se marchó, entre bailando y flotando. En el camino a casa mandó un mensaje a su novio avisándole que se verían más tarde. Pasó por un negocio de lencería y compró ropa interior que encontró sensual y provocativa. Volvió a su casa y encontró a Aldana durmiendo en su cama, con fiebre y tos. Se tocó la frente y sintió calor. Maldijo a su amiga por lo bajo. Se propuso sentirse bien. Tomó una pastilla de la cartera de Aldana. Se la llevó a la boca con un vaso de gaseosa. Se duchó, maquilló, y se puso zapatos de punta. Esa noche se sintió enamorada. Se inundó en los ojos azules que la desnudaron. Escuchó el latir de su corazón. Se sintió muy excitada por haberlo sorprendido con el encuentro sexual. Él, entre asombrado dominado por la testosterona, solo

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podía pensar en saciar su impulso. No tenía profilácticos. Ella dudó. Finalmente se entregó; decidió hacer lo que sentía en ese momento. Escuchó la voz dentro de sí misma.

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INDICE Fallo del concurso

7

Prefacio

9

Humo sobre el agua de Estéfano Efrén Baggiarini

11

Lamento de incertidumbre de Julián Dabbah

17

Ahora de Santiago Juan Nápoli

23

La verdad imposible de contar de Celeste Dopazo

31

El alquimista de Rodrigo López Costantini

43

El mayor sueño cabe en una partícula de polvo de Marcelo Pérez

55

Quién quiere vivir por siempre de Irene Sofía Radulovich

67

La eterna batalla de Javier Darío Santilli

79

La teoría del Caos de Juan Martín Sosa Cazales

85

El saber elemental de Ana Speier

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La ciencia en los cuentos 2007  

Antología que reúne a los ganadores del concurso literario para jóvenes "La ciencia en los cuentos 2007" editado por Editorial Autores de Ar...

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