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El alquimista Rodrigo L贸pez Costantini


EL AUTOR DEL CUENTO Rodrigo López Costantini nació el 1 de julio de 1990 en la ciudad de Buenos Aires. Asiste desde preescolar al Colegio de Todos los Santos, en la localidad de Villa Adelina, Partido de San Isidro. Cursa el tercer año del Ciclo Polimodal en la orientación de Ciencias Naturales y paralelamente desarrolla el segundo año del programa de estudios del Bachillerato Internacional. Proyecta seguir la carrera de Ingeniería Civil.

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El alquimista Por Rodrigo López Costantini

“¡V

amos a ser ricos! ¡Vamos a ser ricos!”. Aún recuerdo vivamente sus palabras, pronunciadas con una voz agitada desde el otro lado del tubo del teléfono, como si en este mismo momento las estuviera diciendo frente a mí. Y no era para menos, ya que con ellas comenzó uno de los capítulos más extraños de mi vida. Podrán imaginarse mi sorpresa cuando, a las tres de la mañana de un frío martes de junio, con mis hijas y mi esposa durmiendo, sonó el teléfono y al atender escuché la voz de mi colega. Atiné a gritarle algo y colgar pero, antes de que pudiera decir nada, sus palabras me cortaron en seco. Atónito, lo escuché decirme qué fortunas inmensas nos aguardaban y que fuera a su laboratorio tan pronto como pudiera, antes de que colgara el tubo dejándome solo y en silencio en el medio de la oscuridad de mi dormitorio. Envuelto por una curiosidad más poderosa que mi cansancio, bajé las escaleras y fui al auto. Subí y comencé a recorrer el trecho de veintitrés kilómetros que separaban mi casa de los terrenos de la universidad en la que mi colega y yo trabajábamos.

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Nunca supe bien por qué lo hice. Dudo de que la curiosidad fuera mi único motivo. Creo que bien dentro de mí sabía que algo importante había pasado para que él, tan reservado, me llamara a esas horas para decirme que nos reuniéramos. Aunque, después de todo, él siempre había sido un tanto extraño. Ni siquiera sé con certeza por qué me llamó. No éramos amigos, en el sentido estricto de la palabra. Habíamos ido a la universidad juntos, pero allí no habíamos entablado relaciones destacables. Yo diría que nuestra verdadera amistad empezó cuando ambos conseguimos trabajo como profesores de Química en la misma universidad. Por alguna de esas cosas del destino, nuestros horarios coincidieron y comenzamos a vernos muy seguido. Empezamos a cubrirnos en las clases y a almorzar juntos en la cafetería. De esa manera, poco a poco, nuestra relación fue progresando. Luego, al ascender en la jerarquía institucional, nos asignaron nuestros propios laboratorios en la universidad, el treinta y uno a mí y el treinta y dos a él, situados uno frente al otro, y así se selló el extraño lazo que nos unía. Aún así, él siempre fue muy reservado. Pese a vernos a diario y a trabajar juntos todo el tiempo, jamás intimamos mucho. Casi siempre hablábamos sobre el trabajo. Él era muy reservado y evitaba mencionar su vida privada, por lo que yo no preguntaba. Sabía que nunca se había casado y que no tenía hijos; ese era todo mi conocimiento. Su existencia, más allá de los límites de la universidad, resultaba para mí un misterio. Luego de dos horas llegué al edificio de la universidad. Mientras abría la puerta y subía las escaleras que me llevaban al sexto piso, donde estaban nuestros laboratorios, dudaba de si debería haber ido. Después de todo, a las siete, dentro de tan solo unas horas, nos íbamos a encontrar. No obstante, había algo mágico y misterioso que me movía, que me hacía avanzar en dirección al laboratorio,

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una fuerza indescriptible que no me dejaba retroceder. Como si ese fuera mi destino y nada que pudiera hacer fuera capaz de cambiarlo. Pronto estuve ante la entrada. Como en un trance, ya fuera por el sueño o por los extraños sentimientos que me invadían, atravesé la puerta e ingresé en el lugar que cambiaría mi vida. El laboratorio estaba apenas iluminado. Yo no había entrado por un buen tiempo, ya que últimamente, por su insistencia, nos reuníamos siempre en el mío, por lo que me asombró encontrarlo tan desordenado. El escritorio yacía sumergido bajo una montaña de carpetas y las paredes estaban tapizadas con papeles clavados en forma precaria, mediante alfileres. En el piso, yacían por miles aquellos cuyos débiles soportes se habían vencido. En el centro de la habitación, sentado en una silla, estaba mi colega. Al oírme entrar, levantó el rostro y me miró, descubriendo una sonrisa inmensa que le abarcaba toda la cara. Se levantó de inmediato para saludarme. Por supuesto que, en cuanto me hubo saludado, procedí a inquirirle cuál era el motivo por el que me había llamado a semejante hora. Me guió entonces a una sala aledaña mientras exclamaba: –¡Es maravilloso, te digo que es simplemente maravilloso! ¡No te podés ni imaginar lo que logré! ¡Va a ser el fin de esta vida de mediocridad! Al entrar en la habitación, encontré que en ella no había nada más que una inmensa caja de la que sobresalían dos tubos que comunicaban a un par de esferas de cristal, cada una de las cuales tenía una pequeña puerta. El aparato era negro y tan solo en el centro de la extraña caja podía encontrarse un poco de color en un pequeño panel de comando con un par de botones y una pantalla. Mientras inspeccionaba la “maravilla” con la mirada, él no me sacaba los ojos de encima. Me fue imposible ocultar mi decepción cuando le pregunté, confundido: –¿Y qué se supone que es esto?

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Ofendido, me dirigió una mirada furiosa antes de recuperar la compostura y comenzar a hablar. ─Delante de tus ojos tenés el que probablemente sea el mayor invento de este siglo. Sé que no parece mucho; sin embargo, así como lo ves, es la culminación de siglos de trabajo que yo he podido, no puedo decir que sin dificultad, culminar. ¡Ahí tenés la primera máquina transmutadora de materia! No pude evitar sino echarme a reír a carcajadas. En cuanto pude recuperar el habla le dije, aún entre risas: ─¡Vos estás loco! ¡Si la transmutación no es más que un sueño de alquimistas medievales! ¿De verdad creés que…? Antes de que pudiera terminar de hablar me interrumpió. ─¡La alquimia es posible! El único motivo por el que no se logró antes es porque se carecía de los medios, pero ahora ya existen. Pensá, ¡es tan lógico! Todos los elementos químicos están formados por una cantidad determinada de protones, neutrones y electrones. Manipulando estas cantidades es posible convertir un elemento en cualquier otro. ¿Qué, no lo ves? ¡Es tan simple! ─¡Dejate de tonterías! ¡Las fuerzas intermoleculares que actúan en el núcleo son demasiado fuertes para ser rotas por cualquier método humano! ¡Menos por esa cajita mágica que cabe en un laboratorio! ¡Al menos explicame cómo funciona! ─Después, lo haré; ahora mirá: si la máquina no funciona, ¿cómo te creés que conseguí esto? ─dijo y sacó de una pequeña gaveta una manta dentro de la cual se encontraban envueltos numerosos fragmentos de oro del tamaño de una mano. No pude sino quedarme callado. Le pregunté de dónde había obtenido eso, temeroso de que en un rapto de locura hubiera recurrido a la vía delictiva, pero él se limitó a repetir que la máquina funcionaba. Resulta que, como sus antecesores medievales, la había

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desarrollado precisamente con el objetivo de transmutar distintas cosas en oro, por lo que, una vez construida, se había dedicado a generar trozos del valioso metal. Entonces comencé a preguntarme de dónde había sacado el dinero para semejante trabajo. Balbuceó con mucho nerviosismo unas pocas palabras diciendo que había recurrido a un inversor privado, del que no me quiso dar ningún detalle. Sabiendo que la universidad no aceptaba que sus investigadores fueran financiados por fuentes externas, le dije que si alguien se enteraba estaría en graves problemas; él desestimó mis advertencias e insistió en que, con el presupuesto que le daban para sus experimentos, no podía comprar ni un tubo de ensayo. Viendo que por ese camino no llegaba a ninguna parte y estando en realidad de acuerdo con él, decidí cambiar el tema y le pregunté cuándo planeaba revelar al mundo su gran descubrimiento. ─Eso jamás –me dijo exaltado–. –¿Qué? ¿No te das cuenta del valor que tiene esto? Si sigo transmutando otros elementos en oro, muy pronto vamos a ser ricos; en cambio, si divulgo el experimento, pronto el oro va a perder su valor y nos vamos a quedar estancados en la miseria. Para eso te llamé, para avanzar juntos, para progresar los dos. Llevamos años viviendo con centavos todos los meses y es nuestra oportunidad. La ciencia no pagará mucho, ¡esto sí! ¡Es nuestra oportunidad! Asombrado, le recriminé su falta de ética científica pero, ante su negativa a modificar su opinión, decidí cambiar el tema una vez más. Como ya eran las cinco, lo invité a tomar el desayuno a un bar cercano hasta que la universidad abriera y él aceptó gustoso, aunque, sonriendo me dijo: –Pago yo. Los días siguientes fueron técnicamente normales, aunque rodeados por un halo de misterio. Continuamos con nuestra rutina

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como si nada hubiera pasado y casi no hablamos de la misteriosa máquina, que habíamos apodado “el alquimista” para que nadie supiera a qué nos referíamos. Recién a las dos semanas las cosas se pusieron extrañas. Comenzó a faltar a clases y me pidió que lo cubriera numerosas veces. Pasaba horas encerrado en su laboratorio. Al mismo tiempo, empecé a notar que gente sospechosa merodeaba por las instalaciones de la universidad, en especial alrededor del edificio donde estaban nuestros laboratorios. Una vez, incluso, sorprendí a unos individuos afuera de mi laboratorio, como intentando entrar. En cuanto me vieron, se fueron sin decir una palabra. Cuando un día le pregunté a mi colega sobre la presencia de estos misteriosos hombres, se puso nervioso y me dijo que sospechaba que tal vez alguien se había enterado de su descubrimiento. Luego me alertó de que eran peligrosos y que no les hablara bajo ninguna circunstancia. Acto seguido, se fue caminado con expresión preocupada. Más extraño aún, un día me interceptó cuando entraba en mi clase y dijo sin previo aviso que le gustaría ir a cenar a mi casa y conocer a mi familia. Sorprendido, acepté y acordamos que vendría esa misma semana, el viernes, ya que insistió en que el encuentro se llevara a cabo lo más pronto posible. Tal como estaba planeado, a los pocos días se concretó la cena, que jamás podré olvidar mientras viva. Contrariamente a su costumbre, llegó muy temprano, a las ocho, y conversamos una hora antes de sentarnos a comer. Lo más extraño fue que llevó regalos para todos, ¡y qué regalos! Para mí, un reloj de oro que, pueden imaginarse, jamás usé por más que aún guardo con cariño. Para mi esposa, un alhajero completo, incluyendo un fastuoso collar de perlas que valía más que nuestra casa. Para mis hijas, de doce y catorce años –es obvio que nunca había tenido contacto con chicos–,

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varias pulseras con incrustaciones de diamantes y anillos con sus nombres, los que me había preguntado de antemano, grabados. Como se imaginarán, les saqué todos los regalos apenas se fue, bajo la promesa de devolvérselos cuando tuvieran edad suficiente. Esa noche lo noté muy cambiado. Abandonó su carácter reservado y nos cubrió a mi familia y a mí de mil y una historias de su vida. Se llevó muy bien con mis hijas y conversó con ellas tanto como conmigo, incluso dándoles numerosos consejos sobre los más diversos temas. Les digo que parecía un hombre nuevo. Fue como si su personalidad hubiera cambiado de la noche a la mañana. Entre tanta conversación, se fue a las tres de la madrugada. Por supuesto a mi esposa y a mis hijas les había caído excelente y me preguntaron durante muchos días por qué no les había presentado antes a un sujeto tan amistoso, agradable y divertido. No obstante, a mí los sucesos de la noche me dejaron muy intranquilo. No era capaz de imaginar qué cosa podría haber causado un cambio tan repentino en mi colega y las dudas me consumían. El siguiente lunes logré abordarlo cuando dejaba una de sus clases. Le pregunté qué le había pasado últimamente y a qué se debían tantas súbitas atenciones con mi familia. Acongojado, me miró a los ojos y dijo: ─Yo jamás pude tener lo que vos tenés. Solo quería experimentar por una noche cómo se siente tener una familia antes de… antes de tener que irme. Sin darme tiempo para contestar nada, se perdió entre los alumnos que llenaban el corredor y desapareció. No volví a verlo desde ese día. Dejó de asistir a todas sus clases y no volvió a su laboratorio, o al menos no mientras yo estuviera en la universidad, ya que estoy casi seguro de que iba en secreto todas las noches. Un día, me encontraba en mi casa trabajando en la clase que

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daría al día siguiente. Eran las once de la noche cuando el teléfono comenzó a sonar. Enojado por la interrupción lo atendí solo para escuchar unas palabras que me helaron la sangre: –Por favor, vení enseguida. Es importante. Era la misma voz que hacía semanas había dado comienzo a todo; igual de agitada, ahora, no por emoción sino por miedo. Me dirigí a toda velocidad hacia la universidad. Al llegar vi varios autos negros estacionados, no les presté atención e ingresé con rapidez en el edificio. Cuando llegué al laboratorio noté que la puerta del mío estaba abierta y decidí entrar, pensando tal vez encontrarlo allí: estaba vacío. Lo único diferente era un grueso sobre marrón que yacía apoyado sobre el escritorio. Al levantarlo reconocí lo que era una gran cantidad de fajos de billetes en el interior. El sobre tenía una breve nota, escrita por una mano temblorosa y sin firmar. Decía: “Vos fuiste mi único amigo. Yo tenía un sueño para nosotros, pero me temo que no pudo ser. Lo único que puedo dejarte es esto. Gracias por todo”. Mis ojos recorrieron con lentitud las palabras como si les costara comprenderlas; me tumbé sobre la silla y empecé a pensar qué podría querer decir con eso. Mi reflexión no duró mucho y a los pocos segundos un ruido que provino de afuera me sobresaltó. Me incorporé bruscamente, tiré el sobre en un cajón y corrí hacía la puerta. Al llegar al pasillo oí pasos que se alejaban; los ignoré e ingresé en el laboratorio de mi colega. Una vez adentro, llegaron a mis oídos numerosos gritos desde la calle y, tan solo segundos más tarde el ruido de autos que arrancaban a toda velocidad. La habitación y el escritorio estaban completamente revueltos y faltaban la mayor parte de los papeles y las carpetas que antes atiborraban el lugar. Con mi corazón latiendo

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con fuerza, me dirigí a la sala del alquimista, temeroso de lo que pudiera encontrar. Horrorizado, presencié cómo en el centro de la habitación yacía inmóvil el cuerpo del que había sido mi colega. Más atrás, donde antes solía estar el alquimista, ya no había nada.

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"El alquimista", de Rodrigo López Costantini