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Refundar el Estado vs. Crear autonomía Rafael Sandoval Álvarez "... el enemigo no está únicamente bajo los imperialismos dominantes. Está también en nuestros propios aliados, en nosotros mismos, en esa insistente reencarnación de los modelos dominantes, que encontramos no sólo en los partidos más simpáticos o en los líderes que nos defienden de la mejor manera posible, sino también en nuestras propias actitudes y en las más diversas ocasiones" Felix Guattari y Suely Rolnik, Micropolítica. Cartografía del deseo. “La expansión ilimitada del dominio racional—pseudo dominio, pseudo racionalidad, como comprobamos hoy con frecuencia—se transforma, así, en la otra gran significación imaginaria del mundo moderno, poderosamente encarnada en la técnica y en la organización” Cornelius Castoriadis El avance de la insignificancia

En la situación actual de ofensiva contra los de abajo todos, tanto los que han optado por articular la resistencia anticapitalsta con la autonomía como proyecto, como los que siguen en la perspectiva de luchar dentro de los márgenes de las instituciones sindicales y organizaciones en general, que se adaptan a las formas de hacer política institucionalizadas para demandar mejoras a sus condiciones de vida al Estado y a los capitalistas, se presenta una falsa disyuntiva, a saber, que optemos por una lucha circunscrita sólo a garantizar la sobrevivencia o entremos a la lógica que impone un sector de la clase dominante respecto de la refundación del Estado, a través del establecimiento de gobiernos progresistas y de izquierda reformista. A mi juicio esta supuesta alternativa no es más que dos caras de la misma estrategia de contrainsurgencia, de un lado, en el ámbito de la economía, en perspectiva de resolver la crisis de acumulación de capital, obligando a través de una reforma laboral a que los trabajadores mexicanos acepten las mínimas condiciones de trabajo para la mera sobrevivencia en condiciones de precariedad laboral y legal. Del otro lado, en el ámbito de lo político, el que se imponga una refundación del Estado, de manera que le garantice al capital, el control ante posibles rebeliones a causa de las condiciones de miseria y represión, con ello una política de seguridad de tolerancia cero y manteniendo la guerra de baja intensidad, además de tener como reserva la posibilidad de instituir un gobierno de supuesta izquierda, progresista, que se ponga a tono con la modalidad que han asumido los estados d América del Sur. Es decir, estamos ante dos formas de la misma estrategia de contrainsurgencia. Pensar en la necesidad de refundar el Estado capitalista en una perspectiva diferente a la racionalidad capitalista es un recurso al que se acude cuando se

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considera que la lucha es antisistema, y se le piensa como cuestión de ciclos de flujo y reflujo; de ahí la pertinencia de la centralidad del Estado en la regulación del capitalismo con respecto a sus crisis y repuntes en la acumulación de capital, así como un elemento estratégico del horizonte histórico del cambio y la transformación social. Desde esta perspectiva, se reproduce la dependencia y la relación social heterónoma, es decir, el seguir demandando y dependiendo del otro, sea quien sea ese otro, al que se le exige que nos represente democráticamente y resuelva los problemas que, regularmente, nos provocan esos mismos representantesgobernantes. Esta relación es la mejor manera para reproducir la heteronomía y negarnos la autonomía. Pensar en la necesidad de refundar el Estado hoy, significa recurrir al Estado como plataforma desde donde se promueva y/o consolide el cambio social, pero si por tal se entiende relaciones sociales sin dominio, no veo que sea consecuente. Pero se puede reconocer como viable si de un mundo posible dentro de la racionalidad capitalista se trata. Subordinar las formas de hacer política en la perspectiva de la refundación del Estado no veo como compagine con la fundación de autonomía como proyecto permanente del sujeto rebelde. Con todo, esta discusión nos coloca ante el problema del gobierno y la autoridad de una manera que no comparto, pues la autonomía y el gobierno pueden ser instituidos al margen y más allá del Estado, y más allá de la racionalidad capitalista que se ha instituido por más de quinientos años como forma Estado en sus diferentes formas y modalidades históricas, hasta llegar al Estado-nación. De manera que seguir con la lógica racional de ahora instituir un Estado que responda a otra forma de relación social no capitalista, pero también de no dominación, simplemente estamos queriendo reducir lo que no es posible a menos que no se trate de un Estado sin dominio y si fuera eso entonces estamos confundiéndolo con una forma de gobierno. Ahora bien, si de lo que se trata es de pensar en un proceso de transición, que supone pasa por la democratización del Estado, se confunden las formas de hacer política que siempre implican un impacto en la institución de relaciones sociales, por ejemplo sería imposible llegar a la autonomía a través de formas heterónomas, pues los medios son el fin. Más aún, construir instituciones de autoridad y gobierno más allá de la racionalidad capitalista, no implica pensar desde la perspectiva del Estado necesariamente, sino en el despliegue de un tipo de subjetividad que conlleve el autogobierno, la autogestión, dignidad y libertad. En este sentido, pensar desde la perspectiva del sujeto autónomo, exige deslindarse de formas de hacer política que se subordinen al objetivo de formas de organización que busquen satisfacer demandas ante el Estado y el capital, esperando cedan los sujetos del capital a

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una menor explotación y control, cuando el problema central es la autonomía y el deshacer la relación social de dominación. Pensar en la satisfacción de las necesidades para una vida digna, no pasa primero por luchar contra la explotación, pues ésta se da merced a la condición de dominación previa. No se pierda de vista que el núcleo duro de la dominación es la burocracia y la jerarquía, la división entre dirigentes y dirigidos, por lo que no hay modo de instituir un Estado que eluda ese núcleo duro que lo constituye. Pensar en cómo luchar en concreto y cotidianamente para lograr deshacer las relaciones sociales dominantes capitalistas, exige y trae consigo la necesidad de conciencia histórica y la voluntad de reconocer las condiciones actuales en que se despliega el hacer político de la pluralidad de sujetos sociales que podemos situar en la perspectiva de transformación social. En este sentido, dejar de hacer el capitalismo, sus formas de dominio y explotación, implica dejar de vivir como vivimos y subvertir las formas de hacer política que se realizan y se han quedado dentro de los márgenes de las instituciones sociales que nos dominan, nos educan, nos explotan, nos enferman, y si de lo que se trata es de dignidad y autonomía, lo que exige es hacer estallar dichas instituciones tal como están. Ello implica, una ruptura con las significaciones sociales imaginarias que le dan sentido a lo instituido, y que tiene una larga historia de dos mil quinientos años, desde la institución del imaginario social que se configura como una paradigma occidental que ha venido conformándose desde lo greco-latino-cristiano. Al respecto reivindico lo dicho por Vaneigem: “Víctima de la atomización social, el individuo también es víctima del poder parcelario. Puesta en evidencia y amenazada, la subjetividad se convierte en la reivindicación esencial. En lo sucesivo, para elaborar una colectividad armoniosa, la teoría revolucionaria ya no deberá fundarse en lo comunitario sino en la subjetividad, en casos específicos, en la vida individual (y este individuo), dividido al extremo, el rechazo retrae contradictoriamente las condiciones del rechazo global. ¿Cómo se creará la nueva colectividad revolucionaria? Por una explosión en cadena, de subjetividad en subjetividad” (Vaneigem, 1988: 174).

La revolución que traiga consigo otras formas de relación social no dominantes, no depende de quitar a los que dominan y gobiernan y poner a otros en las mismas instituciones del Estado y del mercado capitalista. Se trata de una revolución que debe ser entendida como un proceso de rebelión desde la cotidianidad. Algunas pautas que en esta perspectiva se pueden considerar son las siguientes. El desafío de reconocer que desde la vida cotidiana, los colectivos y comunidades que configuran los barrios de la ciudad, las comunidades de los pueblos, indígenas y no indígenas, y a su vez que sostienen, con su hacer las

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instituciones donde se reproduce la economía, la educación, la salud, la cultura, el gobierno, es decir, ahí donde vivimos, trabajamos, nos relacionamos entre los seres humanos y la naturaleza de la que somos parte, es desde dónde tendríamos que dejar de hacer la reproducción de la dominación. La resistencia anticapitalista que miles de colectivos y organizaciones sociales oponen de manera fragmentada y dispersa a la ofensiva de despojo, privatización, ha iniciado un proceso de resonancia, encuentro, enlace y en menor medida de convergencias, de modo que han logrado convocar a colectivos y organizaciones sociales que no se habían manifestado y movilizado públicamente en los últimos veinte años, como es el caso de los estudiantes de la mayoría de las escuelas públicas y privadas. Con todo, existen algunas decenas de millones de personas que agrupados en sus pueblos y comunidades, barrios y colectivos, consolidan su autodefensa y avanzan en sus proyectos autonómicos, los pueblos zapatistas como el ejemplo más avanzado. Entonces, de la capacidad de dejar de reproducir las formas de hacer política que crean la división entre dirigentes y ejecutantes, representantes y representados, depende instalarnos en procesos que organicen la resistencia anticapitalista (al despojo, la explotación, el desprecio y la represión) de manera que propicien la configuración en iniciativas político-organizativas más amplias y la construcción de relaciones sociales que instituyan la autonomía (el autogobierno, el mandar obedeciendo, la comunidad de consenso). Considerando estos dos problemas que constituyen la contradicción fundamental hoy, tal vez la pregunta que podemos plantearnos aquí y ahora es: Cómo se potencia la resonancia de los sujetos que resisten y luchan, cómo se encuentran y enlazan, en perspectiva de la autonomía y la institución de nuevas significaciones sociales imaginarias. Es decir, como se deja de hacer la relación social de dominio y se crean nuevas formas de hacer política y formas de vivir dignamente. Por supuesto que con ello se nos plantean problemas tales como reconocer que nos habita la contradicción de los dos problemas enunciados, en la perspectiva de un por-venir más allá del Estado y el capital. Desde donde estamos situados como sujetos conscientes-inconscientes. Que la revolución desde la cotidianidad significa la articulación de la resistencia con la autonomía. Que el buen vivir , como forma de vida digna hoy, es reconocer que “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos” (E. Galeano) en perspectiva de proyectos de autonomía, y que por tanto es necesario el reconocimiento mutuo, el apoyo mutuo y pensar la autonomía como proyecto. En fin, las prácticas políticas, entre ellas el discurso, arraigadas en el capitalismo, al estar constituidas por formas de hacer contradictorias, en permanente y discontinua resistencia a la relación social de dominación, han venido concretándose de modo que se pueden apreciar según la perspectiva 4


desde dónde se les analice. En este sentido, colocarse a contrapelo del horizonte que los capitalistas imponen, implica una forma de hacer en el presente que niegue todo lo que nos niega, como sujetos que resistimos a la dominación capitalista, decir no a lo que niegue nuestra potencialidad de autonomía, no a la tendencia a la subordinación, dependencia y representación, No a la reproducción de la división entre dirigentes y ejecutantes, de los que saben y los que supuestamente no saben, de los políticos profesionales y las masas de votantes. En las condiciones actuales de desprecio, despojo y cínica explotación, estamos obligados a un quehacer político por la defensa de nuestros espacios, tomar algunas medidas que pudieran ayudar a inhibir y desarticular ataques a las resistencias y proyectos de autonomía que están en curso. De cierto modo es la cuestión de cómo podemos forjar algunas barricadas (políticas, sociales, culturales, etc.) para dificultar las iniciativas del Estado y el capital, siempre en la lógica de la resistencia anticapitalista y no en función de la agenda de la clase dominante, pues de lo que se trata es de afianzar algunos avances logrados y, en la medida de nuestras capacidades consolidarlos. En este contexto, es preocupante, como también dice Zibechi, la corrupción del pensamiento, corrupción que hoy padecen la mayoría de los académicos y analistas de “izquierda”. Ante la pérdida de la autonomía del pensamiento radical, surge una perversión moral al pensar desde la perspectiva del sujeto del poder y el dinero. Habrá que cuidarse de ser persuadidos por el discurso del poder y el dinero. En síntesis sostengo que la posibilidad que tiene la lucha por una vida digna, al margen del poder y el Estado como garantes de la “convivencia” en el contexto de la lucha de clases, es la construcción de la autonomía y el autogobierno de las propias comunidades, pueblos, barrios; eso por necesidad, se ha de atener a un tipo de organización, como mediación de la sobrevivencia y la resistencia. El zapatismo ha avanzado en la elaboración de una estrategia para constituir la autonomía y el autogobierno sin esperar a que desaparezca la relación social dominante actual, ellos dicen: “No estamos pidiendo que caiga el gobierno, sólo que reconozcan los derechos indígenas. Que entreguen ninguna cuota de poder, sino que salgan los presos”, los zapatistas no sólo hemos construido un ejército, hemos construido una forma de vida y de resistencia... construimos una forma de organización social que tiene que ver con experiencias ancestrales y con el contacto con la sociedad... pensamos que es posible construir otra forma de hacer política y por lo tanto, otra forma de organización. Podríamos construir una agrupación política que se decida a organizar a los ciudadanos sin plantearse la toma del poder... Se trata de subvertir la relación del poder, la relación entre gobernante y gobernado. Si se consigue que la sociedad se organice y logre que el gobernante mande obedeciendo, ahí se subvirtió la relación de poder (Marcos con Tetes, 2001).

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Así como los zapatistas del EZLN a través del SCI Marcos dan cuenta de lo que por justicia entienden. Por su parte, Camus nos introduce en el mundo de la política de la rebeldía y en la posibilidad de prescindir de cualquier institución, divina o terrestre, abstracta o concreta, que subyugue a las personas y niegue la emancipación social; “La rebelión le dice y le dirá cada vez más alto que es preciso tratar de hacer, no para empezar a ser un día, a los ojos de un mundo reducido al consentimiento, sino en función de este ser oscuro que se descubre ya. En el movimiento de insurrección. Esta regla no es ni formal ni está sometida a la historia... hagamos notar solamente que al ‘me rebelo, luego existimos’, al ‘estamos solos’ de la rebelión metafísica, la rebelión en lucha con la historia añade que, en vez de matar y de morir para producir el ser que no somos, tenemos que vivir y hacer vivir para crear lo que somos” (Camus, 1981: 787).

En relación con el problema de cómo destruir el poder político, Bakunin sostiene: “[e]n primer lugar se trata de rechazar la forma burguesa de poderdominación, que se refleja en la política tradicional, incluida la que se llama socialista. Pero se trata, sobre todo, de crear un nuevo orden… ¿Queréis que los hombres no se opriman los unos a los otros? Hacer que nunca tengan poder… Haced que estén obligados a respetarlos… por la organización misma del medio social: organización constituida de manera que, dejando a cada uno el más completo goce de su libertad, no deje a ninguno la posibilidad de elevarse sobre los otros, ni de dominarles, a no ser por la influencia natural de las cualidades intelectuales o morales que posea»” (Ibíd.: 208), “… la ruptura con esta historia vieja desde la que no se puede construir un mundo nuevo. La necesidad de un comienzo nuevo y absoluto, de inaugurar un tiempo nuevo que niegue el oscurantismo, la explotación y la dominación, y que introduzca en la nueva era de la humanidad emancipada, es una exigencia de la ruptura utópica con el mundo existente. Si se quiere, como lo quiere Bakunin, romper de una vez por todas con la lógica de la dominación y de la servidumbre, si se quiere salir del círculo vicioso del poder soberano, si se quiere exorcizar al demonio congénito del poder, no hay más remedio que situarse en otro mundo que éste. Bakunin, gracias a la revolución, moral por definición, se sitúa en el mundo de la ética y, desde él, condena sin paliativos al mundo de la política“(Ibíd.: 229).

De la reflexión sobre estas citas desprendo la pertinencia de cuestionar la idea sobre la centralidad de la organización y poner atención, en el caso de quienes apostamos a la autonomía como proyecto y la rebeldía como forma de hacer política, en reconocer la centralidad de la subjetividad, porque en ella se condensa la experiencia de dominio, pero también de la resistencia, por lo que desplegarla hacia el horizonte de la autonomía y la autoemancipación es una necesidad.

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