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los rĂ­os profundos

ClĂĄsicos

Cuentos cortos


Osca r W i l d e

Cuentos cortos


Ediciones Nuevomar, México, 1977 © Traducción: Ricardo Baeza

© Fundación Editorial el perro y la rana, 2007 Av. Panteón, Foro Libertador, Edif. Archivo General de la Nación, P.B. Caracas-Venezuela 1010 telefs.: (58-0212) 5642469 - 8084492/4986/4165 telefax: 5641411

correo electrónico: elperroylaranaediciones@gmail.com

Edición al cuidado de

Coral Pérez Transcripción

Omar Moreno Corrección

Carlos Ávila Diagramación

Mónica Piscitelli Montaje de portada

Francisco Contreras

Diseño de portada

Carlos Zerpa Imagen de portada

“The child and flowers”, grabado de W.Humphreys, 1827 isbn 980-396-403-8 lf 40220068005018


La Colección Los ríos profundos, haciendo homenaje a la emblemática obra del peruano José María Arguedas, supone un viaje hacia lo mítico, se concentra en esa fuerza mágica que lleva al hombre a perpetuar sus historias y dejar huella de su imaginario, compartiéndolo con sus iguales. Detrás de toda narración está un misterio que se nos revela y que permite ahondar en la búsqueda de arquetipos que definen nuestra naturaleza. Esta colección abre su espacio a los grandes representantes de la palabra latinoamericana y universal, al canto que nos resume. Cada cultura es un río navegable a través de la memoria, sus aguas arrastran las voces que suenan como piedras ancestrales, y vienen contando cosas, susurrando hechos que el olvido jamás podrá tocar. Esta colección se bifurca en dos cauces: la serie Clásicos concentra las obras que al pasar del tiempo se han mantenido como íconos claros de la narrativa universal, y Contemporáneos reúne las propuestas más frescas, textos de escritores que apuntan hacia visiones diferentes del mundo y que precisan los últimos siglos desde ángulos diversos.

Fundación Editorial

elperroy larana


El Príncipe Feliz



A Charles Blaker

Dominando la ciudad, sobre una alta columna, elevábase la estatua del Príncipe Feliz. Era toda dorada, cubierta de tenues hojas de oro fino; tenía por ojos dos brillantes zafiros, y un gran rubí rojo centelleaba en el puño de su espada. Todo esto le hacía ser muy admirado. —Es tan hermoso como una veleta —observaba uno de los concejales de la ciudad, que deseaba granjearse una reputación de hombre de gustos artísticos—; sólo que no es tan útil —añadía, temiendo le tomasen por hombre poco práctico, lo que realmente no era. —¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una madre sentimental a su hijito, que lloraba pidiendo la luna—. Al Príncipe Feliz nunca se le ocurre llorar por nada. —Me alegro de que haya alguien en el mundo completamente feliz —murmuraba un desengañado, contemplando la maravillosa estatua. —Tiene todo el aspecto de un ángel —decían los niños del hospicio al salir de la catedral, con sus brillantes capas escarlata y sus limpios delantales blancos. —¿En qué lo conocéis? —replicaba el profesor de matemáticas—. Nunca visteis ninguno. —¡Oh, los hemos visto en sueños! —contestaban los niños; y el profesor de matemáticas fruncía el entrecejo y tomaba un aire severo, pues no podía aprobar que los niños soñasen.


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Una noche voló sobre la ciudad una pequeña Golondrina. Seis semanas antes, sus amigas habían partido para Egipto; pero ella se quedó atrás, pues estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, mientras revoloteaba sobre el río en pos de una gran mariposa amarilla; y su talle esbelto la sedujo de tal modo, que se detuvo para hablarle. —¿Te amaré? —dijo la Golondrina, que gustaba de no andar con rodeos. Y el junco le hizo una gran reverencia. Entonces, la Golondrina jugueteó a su alrededor, rozando el agua con las alas y trazando en ella surcos de plata. Era su modo de hacer la corte; y así pasó todo el verano. —Es una constancia ridícula —gorjeaban las Golondrinas—; no tiene un céntimo y, en cambio, demasiada familia. Y, efectivamente, todo el río estaba cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas emprendieron el vuelo. Entonces la Golondrina se sintió muy sola, y empezó a cansarse de su amante. —No tiene conversación —se decía—, y temo sea bastante tornadizo, pues siempre está coqueteando con la brisa. Y, realmente, siempre que corría brisa, el junco multiplicaba sus más graciosas reverencias. —Es demasiado sedentario —continuaba diciéndose la Golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por tanto, quien me quiera debe amar también los viajes. —¿Quieres seguirme? —le preguntó por fin. Pero el junco sacudió la cabeza; tal apego tenía a su hogar. —¡Has estado jugando conmigo! —exclamó la Golondrina—. Me voy a las pirámides. ¡Adiós! Y levantó vuelo. Durante todo el día estuvo volando y, al anochecer, llegó a la ciudad. —¿Dónde me hospedaré? —se preguntó—. Espero hayan hecho preparativos para recibirme. En ese momento vio la estatua sobre su alta columna. —Voy a guarecerme allí —se dijo—. El lugar es bonito y bien aireado. s El

Príncipe Feliz


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Así, fue a posarse justamente entre los pies del Príncipe Feliz. —Tengo una alcoba dorada —se dijo dulcemente, mirando a su alrededor. Y se dispuso a dormir. Pero no había acabado de esconder la cabeza bajo el ala, cuando le cayó encima una gran gota de agua. —¡Qué cosa tan rara! —exclamó—. No hay una nube en todo el cielo, las estrellas están claras y brillantes y, sin embargo, llueve. Realmente, este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le gustaba la lluvia; pero era puro egoísmo. Entonces, cayó otra gota. —¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? —dijo—. Voy a buscar una buena chimenea. Y decidió llevar su vuelo a otra parte. Pero, antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota; y mirando hacia arriba, vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y lágrimas corrían por sus doradas mejillas. Tan bello era su rostro, a la luz de la luna, que la Golondrina se sintió llena de compasión. —¿Quién sois? —preguntó. —Soy el Príncipe Feliz. —Entonces, ¿por qué lloráis? Casi me habéis empapado. —Cuando estaba en vida y tenía un corazón de hombre —contestó la estatua—, yo no sabía lo que eran las lágrimas, pues vivía en el Palacio de la Despreocupación, donde no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín, y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se elevaba un altísimo muro; pero jamás sentí curiosidad por conocer lo que había tras él; tan hermoso era cuanto me rodeaba. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y feliz era en verdad, si el placer es la dicha. Así viví, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han subido tan alto, que puedo ver todas las fealdades y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no tengo más remedio que llorar. —¡Cómo! ¿No es de oro de ley? —dijo para sí la Golondrina. (Era demasiado bien educada para hacer en voz alta observaciones sobre la gente).

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—Allá abajo —continuó la estatua con su voz queda y musical—, allá abajo, en una callejuela, hay una casuca miserable. Una de las ventanas está abierta y, a través de ella, veo a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está demacrado y marchito, y sus manos, ásperas y rojizas, están acribilladas de pinchazos, pues es costurera. Borda pasionarias en un traje de seda que debe lucir en el próximo baile de Palacio la más hermosa de las damas de la reina. Sobre una cama, en un rincón del aposento, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre, y pide naranjas. Su madre sólo puede darle agua del río; así que el niño llora. Golondrina, Golondrina, Golondrina, ¿querrías llevarle el rubí del puño de mi espalda? Mis pies están clavados a este pedestal, y no puedo moverme. —Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas revolotean sobre el Nilo, y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey. Allí está el Rey en su pintado ataúd, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde pálido, y sus manos son como hojas secas. —Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y la madre está tan triste! —No creo que me gusten los niños —contestó la Golondrina—. El verano pasado, cuando vivía a orillas del río, había dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, que no cesaban de tirarme piedras. ¡Claro que no me atinaban nunca! Nosotras, las Golondrinas, volamos demasiado bien; y, además, yo soy de una familia célebre por su ligereza; pero, de todos modos, era una falta de respeto. Mas la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que la Golondrina se conmovió. —Hace mucho frío aquí —dijo—; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera. —Gracias, Golondrinita —dijo el Príncipe. Entonces la Golondrina arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe, y con él en el pico remontó su vuelo por encima de los s El

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tejados. Pasó junto a la torre de la Catedral, que tenía ángeles esculpidos en mármol blanco, pasó junto al Palacio, donde se oía música de danza. Una preciosa muchacha salió al balcón con su novio. —¡Qué hermosas son las estrellas —dijo él— y cuán maravilloso es el poder del amor! —Espero que mi traje estará listo para el baile de gala —replicó ella—. He mandado bordar en él unas pasionarias. ¡Pero las costureras son tan holgazanas! Pasó sobre el río y vio las linternas colgadas de los mástiles de los navíos. Pasó sobre la Judería, y vio a los viejos mercaderes urdiendo negocios y pesando monedas en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casuca y miró. El niño se agitaba febrilmente en su cama, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la Golondrina saltó al cuarto y depositó el gran rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costura. Luego, revoloteó dulcemente alrededor de la cama, abanicando con sus alas la frente del niño. —¡Qué fresco tan agradable! —susurró el niño—. Debo de estar mejor. Y cayó en un delicioso sueño. Entonces la Golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz, y le contó lo que había hecho. —Es curioso —añadió—, ahora casi tengo calor; y, sin embargo, hace mucho frío. —Es porque has hecho una buena acción —respondió el Príncipe. Y la Golondrina comenzó a reflexionar y se durmió. Siempre que reflexionaba se dormía. Al rayar el alba, voló hacia el río a tomar un baño. —¡Qué extraordinario fenómeno! —exclamó el profesor de ornitología, que pasaba por el puente—. ¡Una Golondrina en invierno! Y escribió sobre ella una larguísima carta al periódico de la localidad. Todo el mundo habló de ella. (¡Contenía tantas palabras que no se entendían!). —Esta noche partiré para Egipto —decíase la Golondrina; y, a esta idea, sentíase muy contenta.

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Visitó todos los monumentos públicos, y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones susurraban a su paso, y se decían unos a otros: “¡Qué extranjera tan distinguida!”, cosa que la llenaba de alegría. Al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz. —¿Tenéis algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir. —Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo otra noche? —Me esperan en Egipto —contestó la Golondrina—. Mañana, mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Entre las cañas, duerme allí el hipopótamo, y sobre un gran trono de granito se yergue el dios Memnón. Toda la noche pasa acechando las estrellas, y cuando brilla el lucero matutino, lanza un grito de alegría, y queda silencioso. A mediodía, los leones fulvos bajan a beber a la orilla del río. Tienen ojos como berilos verdes, y sus rugidos son más sonoros que los rugidos de la catarata. —Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en un desván. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles, y en un vaso, a su lado, se marchita un ramo de violetas. Sus cabellos son castaños y rizados, y sus labios rojos como granos de granada, y sus ojos anchos y soñadores. Se esfuerza en acabar una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío para seguir escribiendo. No hay fuego en la chimenea, y el hambre le ha extenuado. —Me quedaré otra noche con vos —dijo la Golondrina, que realmente tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí? —¡Ay!, no tengo más rubíes —dijo el Príncipe—. Mis ojos es lo único que me queda. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero y comprará pan y leña, y acabará su obra. —Querido príncipe —dijo la Golondrina—, yo no puedo hacer eso. Y se echó a llorar. s El

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—Golondrina, Golondrina, Golondrinita —suplicó el Príncipe—, haz lo que te pido. Entonces la Golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe, y echó a volar con él hacia el desván del estudiante. No era difícil entrar en él, pues había un agujero en el techo, que aprovechó la Golondrina para entrar como una flecha. Tenía el joven la cabeza hundida entre las manos; así que no oyó el rumor de las alas. Cuando, al fin, levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas. —Empiezo a ser estimado —exclamó—. Esto debe provenir de algún rico admirador. Ya puedo acabar mi obra. Y parecía muy dichoso. Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Se posó sobre el mástil de un gran navío, y se entretuvo mirando a los marineros, que subían con cuerdas unas enormes cajas de la cala. —¡Me voy a Egipto! —les gritó la Golondrina. Pero nadie le hacía caso. Al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz. —Vengo a deciros adiós —le dijo. —Golondrina, Golondrina, Golondrinita —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás conmigo otra noche? —Es invierno —contestó la Golondrina—, y pronto llegará la nieve helada. En Egipto, el sol calienta sobre las palmeras verdes, y los cocodrilos, medio hundidos en el cieno, miran indolentemente en torno suyo. Mis compañeras construyen sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejaros; pero nunca os olvidaré; y la próxima primavera os traeré de allí dos piedras bellísimas para reemplazar las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro tan azul como el gran mar. —Allá abajo, en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niña que vende cerillas. Se le han caído en el barro y se han echado a perder. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y por eso llora. No lleva zapatos ni medias, y su cabecita va sin nada. Arranca mi otro ojo y dáselo, y su padre no le pegará.

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—Pasaré otra noche con vos —dijo la Golondrina—, pero no puedo arrancaros el otro ojo. Os quedaríais ciego del todo. —Golondrina, Golondrina, Golondrinita —suplicó el Príncipe—, has lo que te pido. Entonces, la Golondrina arrancó el otro ojo del Príncipe, y echó a volar con él. Posándose sobre el hombro de la niña, deslizó la joya en sus manos. —¡Qué trozo de cristal tan bonito! —exclamó la niña. Y corrió hacia su casa riendo. Entonces la Golondrina volvió hacia el Príncipe. —Ahora que estáis ciego —dijo—, me quedaré a vuestro lado para siempre. —No, Golondrinita —dijo el pobre Príncipe—; tienes que irte a Egipto. —Me quedaré a vuestro lado para siempre —repitió la Golondrina. Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente, se posó sobre el hombro del Príncipe, y le contó lo que había visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos, que se colocan en largas filas a orillas del Nilo y pescan con sus picos peces dorados: de la Esfinge, tan vieja como el mundo, que vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos y llevan en la mano rosarios de ámbar; del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; de la gran serpiente verde, que duerme en una palmera y a la que veinte sacerdotes se encargan de alimentar con pasteles de miel; y de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y están siempre en guerra con las mariposas. —Querida Golondrinita —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso es todavía lo que sufren los hombres. No hay misterio tan grande como la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrina, y cuéntame lo que veas. Entonces la Golondrina voló por la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus palacios soberbios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de s El

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hambre, mientras miran con indiferencia las calles negras. Bajo los arcos de un puente había dos chiquillos acostados, uno en brazos del otro para darse calor. —¡Qué hambre tenemos! —decían. —¡Largo de ahí! —les gritó un guardia; y tuvieron que alejarse bajo la lluvia. Entonces la Golondrina volvió hacia el Príncipe y le contó lo que había visto. —Estoy cubierto de oro fino —dijo el Príncipe—; despréndelo hoja a hoja. Y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede darles la dicha. Hoja a hoja arrancó la Golondrina el oro fino, hasta que el Príncipe Feliz no tuvo ya ni brillo ni belleza. Hoja a hoja distribuyó el oro fino entre los pobres; y los rostros de los niños se pusieron sonrosados, y los niños rieron y jugaron por las calles. —¡Ya tenemos pan! —gritaban. Entonces vino la nieve, y después de la nieve el hielo. Las calles parecían de plata, de tal modo brillaban. Carámbanos, largos como puñales, colgaban de los aleros de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles, y los niños llevaban gorros encarnados y patinaban sobre el hielo. La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe; le quería demasiado. Picoteaba e intentaba calentarse batiendo las alas. Pero, al fin, comprendió que iba a morir. Tuvo aún fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe. —¡Adiós, mi querido Príncipe! —murmuró—. ¿Me permitís que os bese la mano? —Me alegro de que al fin te vayas a Egipto, Golondrinita —dijo el Príncipe—. Demasiado tiempo has estado aquí. Pero bésame en los labios, porque te quiero mucho. —No es a Egipto adonde voy —contestó la Golondrina—. Voy a casa de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad? Y besó al Príncipe Feliz en los labios, y cayó muerta a sus pies. En el mismo instante resonó un singular crujido en el interior de la estatua, como si algo se hubiese roto en ella. El caso es

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que el corazón de plomo se había partido en dos. Indudablemente hacía un frío terrible. A la mañana siguiente paseaba el Alcalde por la plaza, con los concejales de la ciudad. Al pasar al lado de la columna, levantó los ojos hacia la estatua. —¡Caramba —dijo—, qué aspecto tan desarrapado tiene el Príncipe Feliz! —¡Completamente desarrapado! —repitieron los concejales, que eran siempre de la opinión del Alcalde; subieron todos para examinarlo. —El rubí de la espada se ha caído, los ojos desaparecieron, y ya no es dorado —dijo el Alcalde—. En una palabra: un pordiosero. —¡Un pordiosero! —hicieron eco los concejales. —Y a sus pies hay un pájaro muerto —prosiguió el Alcalde—. Será preciso promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que vengan a morir aquí. Y el secretario del ayuntamiento tomó nota de la idea. Mandaron, pues, derribar la estatua del Príncipe Feliz. —Como ya no es bello, para nada sirve —dijo el profesor de Estética de la Universidad. Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió el Municipio para decidir qué harían con el metal. —Podemos —propuso—, hacer otra estatua. La mía, por ejemplo. —O la mía —dijo cada uno de los concejales. Y empezaron a disputar. La última vez que oí hablar de ellos seguían disputando. —¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura. Y lo arrojaron al basurero en que yacía la Golondrina muerta. —Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles. s El

Príncipe Feliz


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Y el ángel le trajo el corazón de plomo y el pájaro muerto. —Has elegido bien —dijo Dios—, pues en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz me loará.

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El Ruiseñor y la rosa —Dijo que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas —exclamó el Estudiante—; pero en todo mi jardín no hay una sola rosa roja. Desde su nido en la encina oyóle el Ruiseñor y, mirando a través de las hojas, maravillóse. ¡Ni una rosa roja en todo el jardín! —exclamaba al Estudiante; y sus bellos ojos llenáronse de lágrimas—. ¡Ah, de qué pequeñas cosas depende la felicidad! He leído cuanto los sabios han escrito, y míos son todos los secretos de la filosofía; sin embargo, por falta de una rosa roja me siento desgraciado. —He aquí, al fin, un verdadero amante —se dijo el Ruiseñor—. Noche tras noche lo he cantado, a pesar de no conocerlo; noche tras noche he contado su historia a las estrellas, y ahora, por fin, le veo. Sus cabellos son oscuros como la flor del jacinto, y sus labios rojos como la rosa de su deseo; pero la pasión ha empalidecido su rostro como el marfil, y la tristeza ha puesto su sello sobre su frente. —El Príncipe da un baile mañana por la noche —murmuraba el Estudiante—, y mi amor asistirá a él. Si le llevo una rosa roja, la estrecharé entre mis brazos, y ella reclinará su cabeza sobre mi hombro, y su mano se apoyará en la mía. Pero como no hay ni una rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará ante mí. Y no me hará caso, y mi corazón se romperá. —He aquí, en efecto, al verdadero amante —se dijo el Ruiseñor—. De lo que yo canto, él sufre; lo que es alegría para mí, es dolor para él. Indudablemente, el amor es una admirable cosa. Más precioso es que las esmeraldas, y más raro que los ópalos

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claros. Perlas y granadas no pueden comprarlo, ni es expuesto en los mercados. No puede adquirirse de los mercaderes, ni es posible pesarlo en la balanza del oro. —Los músicos se sentarán en la galería —decía el Estudiante—, y tocarán en sus instrumentos, y mi amor bailará al son del arpa y del violín. Bailará tan levemente, que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes vistosos, harán corro en torno de ella. Pero conmigo no bailará, porque no tengo rosa roja que darle. Y se arrojó sobre la hierba y, escondiendo su rostro entre las manos, lloró. —¿Por qué llora? —preguntó una lagartija verde, que acababa de pasar ante él con la cola al aire. —¿Por qué? —repitió una mariposa, revoloteando tras un rayo de sol. —¿Por qué? —musitó una margarita a su vecina, con tenue y dulce voz. —Llora por una rosa roja —dijo el Ruiseñor. —¿Por una rosa roja? —exclamaron—. ¡Qué ridiculez! Y la lagartija, que tenía algo de cínica, rió a carcajadas. Pero el Ruiseñor comprendió el secreto de la pesadumbre del Estudiante y, posándose silenciosamente en la encina, meditó sobre el misterio del amor. De pronto, desplegó sus alas pardas y se remontó en el aire. Pasó a través de la alameda como una sombra, y como una sombra se deslizó por el jardín. En el centro del prado se erguía un hermoso rosal. Al verlo, voló hacia él, posándose en una rama. —Dame una rosa roja —gritó—. Y te cantaré mi canción más dulce. Pero el rosal sacudió la cabeza. —Mis rosas son blancas —contestó—, tan blancas como la espuma del mar, y más blancas que la nieve en la montaña. Pero ve a mi hermano que crece en torno del viejo reloj de sol, y acaso él te dará lo que necesitas. s El

Ruiseñor y la rosa


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Y el Ruiseñor voló hacia el rosal que crecía en torno del viejo reloj de sol. —Dame una rosa roja —gritó—, y te cantaré mi canción más dulce. Pero el rosal sacudió la cabeza. —Mis rosas son amarillas —contestó—, tan amarillas como los cabellos de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el narciso que florece en el prado antes de que el segador venga con su guadaña. Pero ve a mi hermano que crece al pie de la ventana del Estudiante, y acaso él te dará lo que necesitas. Y el Ruiseñor voló hacia el rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante. —Dame una rosa roja —gritó—, y te cantaré mi canción más dulce. Pero el rosal sacudió la cabeza. —Mis rosas son rojas —contestó—, tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los grandes abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha ha marchitado mis capullos, y la tormenta ha roto mis ramas, y en todo este año no tendré rosas. —Una rosa roja es todo lo que necesito —gritó el Ruiseñor—; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay medio alguno de conseguirla? —Uno hay —contestó el rosal—; pero tan terrible, que no me atrevo a decírtelo. —Dímelo —repuso el Ruiseñor—. Yo no me asusto. —Si quieres una rosa roja —dijo el rosal—, tienes que fabricarla con música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Tienes que cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Toda la noche cantarás, y la espina atravesará tu corazón, y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía... —La muerte es un precio excesivo para pagar una rosa roja —exclamó el Ruiseñor—, y la vida es dulce a todos. Agradable es posarse en el bosque verde y contemplar el sol en su carroza de oro y la luna en su carroza de perlas. Dulce es el aroma del

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espino, y dulces son las campanillas azules que se esconden en el valle y el brezo que florece en el collado. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, y ¿qué es el corazón de un pájaro comparado con el corazón de un hombre? Y desplegando sus alas pardas se remontó en el aire. Pasó rápidamente por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la alameda. El Estudiante continuaba echado en la hierba, como le había dejado, y las lágrimas no se secaban en sus bellos ojos. —¡Sé feliz —gritó el Ruiseñor—, sé feliz, tendrás tu rosa roja! Yo la fabricaré con música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Todo lo que te pido, en cambio, es que seas un verdadero amante, pues el amor es más sabio que la filosofía, por sabia que ésta sea, y más poderoso que la fuerza, por fuerte que ésta sea. Llamas de mil matices son sus alas, y del color del fuego es su cuerpo. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como incienso. El Estudiante levantó la vista de la hierba, y escuchó; pero no comprendió lo que le decía el Ruiseñor, porque él sólo sabía lo que está escrito en los libros. Pero la encina comprendió, y entristecióse, porque tenía un gran cariño al pequeño Ruiseñor, que había construído el nido en sus ramas. —Cántame una última canción —susurró—; voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido. Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como agua que cae de una jarra de plata. Cuando hubo terminado su canción levantóse el Estudiante y sacó de su bolsillo un cuadernito y un lápiz. —Tiene estilo —se decía a sí mismo, mientras caminaba por la alameda—; no puede negarse; pero, ¿siente lo que canta? Temo que no. En verdad, es como tantos artistas: todo estilo, y nada de sinceridad. No se sacrificaría por los demás. Piensa solamente en música, y ya es sabido que las artes son egoístas. Sin embargo, hay que reconocer que tiene en su voz notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada o, por lo menos, nada práctico! s El

Ruiseñor y la rosa


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Y entró en su cuarto y, echándose sobre el jergón, comenzó a pensar en su amor. Al cabo de unos momentos, se quedó dormido. Y cuando la luna lució en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y colocó el pecho sobre una de sus espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho sobre la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando, y la espina se clavaba más y más en su pecho, y la sangre de su vida corría sobre el rosal. Cantó primero el nacimiento del amor en el corazón de dos adolescentes. Y en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, como canción tras canción, pálida era al principio, como la bruma que fluctúa sobre el río; pálida como los pies de la mañana, y plateada como las alas de la aurora. Como el reflejo de una rosa en un espejo de plata, como el reflejo de una rosa en una bala de agua, así era la rosa que floreció en la rama más alta del rosal. Pero el rosal gritó al Ruiseñor que se apretase más contra la espina. —¡Apriétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o el día vendrá antes de haber dado fin a la rosa! Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un mozo y de una virgen. Y un delicado rubor cubrió las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida. Pero la espina no había llegado aún a su corazón, y el corazón de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa. Y el rosal gritó al Ruiseñor que se apretase más contra la espina. —¡Apriétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o el día vendrá antes de haber dado fin a la rosa! Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y la espina alcanzó su corazón, y una fiera congoja de dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no muere en la tumba.

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Y la rosa del rosal tornóse, como la rosa del cielo de oriente. Purpúrea era la corona de pétalos, y purpúreo como un rubí el corazón. Pero la voz del Ruiseñor desmayaba, y sus alitas comenzaron a batir, y una nube cayó sobre sus ojos. Más y más desmayaba su canto, y sentía que algo obstruía su garganta. Entonces tuvo una última explosión de música. La blanca luna, oyéndola, olvidó el alba y se demoró en el horizonte. La rosa roja, al oírla, tembló toda de éxtasis y abrió sus pétalos al frío de la mañana. Eco la llevó a su purpúrea caverna de las montañas, y despertó a los dormidos pastores de sus sueños. Flotó entre los juncos del río, que llevó su mensaje al mar. —¡Mira, mira —gritó el rosal—, ya está terminada la rosa! Pero el Ruiseñor no contestó, porque yacía muerto entre la hierba, con la espina clavada en el corazón. Al mediodía, el Estudiante abrió su ventana y miró hacia fuera. —¡Caramba, qué maravillosa visión! —exclamó—. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto rosa semejante. Es tan bella, que estoy seguro tiene un largo nombre en latín. E, inclinándose, la arrancó. Se puso el sombrero y, con la rosa en la mano, corrió a casa del profesor. La hija del profesor estaba sentada a la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies. —Dijisteis que bailarías conmigo si os traía una rosa roja —dijo el Estudiante—. He aquí la rosa más roja de todo el mundo. La prenderéis esta noche sobre vuestro corazón y, como bailaremos juntos, podré deciros cuánto os amo. Pero la muchacha frunció el ceño. —Temo que no vaya bien con mi vestido —repuso—; y, además, el sobrino del Chambelán me ha enviado algunas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas cuestan más que las flores. —A fe mía, que sois una ingrata —dijo agriamente el Estudiante; y tiró la rosa al arroyo, donde un carro la aplastó al pasar. s El

Ruiseñor y la rosa


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—¿Ingrata? —dijo la muchacha—. Y yo os digo que sois un grosero. ¿Y, al fin y al cabo, qué sois? Sólo un Estudiante. Ni siquiera creo llevéis hebillas de plata en los zapatos, como el sobrino del Chambelán. Y, levantándose de la silla, entró en la casa. —¡Qué necia cosa es el amor! —se decía el Estudiante, mientras caminaba—. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque nada demuestra, y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer cosas que no son ciertas. En realidad, no es práctico, y como en estos tiempos ser práctico es todo, volveré a la filosofía y al estudio de la metafísica. Y, al llegar a su casa, abrió un polvoriento librote y se puso a leer.

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El Gigante egoísta Todas las tardes, cuando salían de la escuela, acostumbraban los niños ir a jugar al jardín del Gigante. Era un hermoso e inmenso jardín, tapizado de hierba verde y suave. Aquí y allá, entre el césped, crecían flores brillantes como estrellas, y había doce albérchigos que durante la primavera florecían en delicadas corolas de rosa y aljófar, y en el otoño se cargaban de rico fruto. Los pájaros se posaban en los árboles, y cantaban tan dulcemente, que los niños suspendían a menudo sus juegos para escucharlos. —¡Qué felices somos aquí! —gritábanse unos a otros. Un día, el Gigante volvió. Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornualles, y permanecido con él durante siete años. Al cabo de los siete años había dicho ya todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y determinó volver a su castillo. Al llegar, vio a los niños jugando en el jardín. —¿Qué hacéis aquí? —vociferó ásperamente. Y los niños escaparon corriendo. —Mi jardín es mi jardín —dijo el Gigante—; todo el mundo debe comprenderlo, y a nadie permitiré que juegue en él. Al efecto, levantó una tapia elevadísima, y puso un cartelón que decía: Se prohíbe la entrada bajo las penas consiguientes. Era un Gigante muy egoísta...

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Los pobres niños no tenían ya sitio en que jugar. Trataron de hacerlo en la carretera; pero la carretera era muy polvorienta y sembrada de duros guijarros, y no les gustó. Con frecuencia rondaban en torno de la tapia, al salir de clase, y hablaban del hermoso jardín que había detrás. —¡Qué felices éramos entonces! —se decían unos a otros. Cuando llegó la Primavera, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sólo en el jardín del Gigante egoísta reinaba aún el invierno. Los pájaros, como no había niños, no se cuidaban de cantar, y los árboles olvidaron florecer. Una vez, una hermosa flor sacó la cabeza de entre las hierbas; pero, en cuanto vio el cartel, se sintió tan triste a causa de los niños, que volvió a meterse en tierra y se durmió de nuevo. Los únicos que estaban a gusto eran la Nieve y la Escarcha. —La Primavera olvidó este jardín —decían—; así que viviremos en él todo el año. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco, y la Escarcha pintó de plata los árboles. Luego invitaron al Viento del Norte a que pasara una temporada con ellos. Y el Viento del Norte vino. Iba envuelto en pieles, y estuvo rugiendo todo el día a través del jardín, y derribando las chimeneas. —¡Qué paraje tan delicioso! —dijo—; tenemos que decir al Granizo que nos haga una visita. Y el Granizo vino. Todos los días, por espacio de tres horas, tamborileaba sobre los tejados del castillo hasta que hubo roto la mayor parte de las pizarras, después de lo cual se ponía a dar vueltas alrededor corriendo todo lo de prisa que podía. Iba vestido de gris y su aliento era como hielo. —No comprendo por qué la Primavera tarda tanto en llegar —decía el Gigante egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su frío jardín blanco—; espero que el tiempo cambie pronto. Pero la Primavera no vino jamás, ni el Verano tampoco. El Otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. —Es demasiado egoísta —decía. s El

Gigante egoísta


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Así, siempre fue allí Invierno y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve de continuo danzaban en medio de los árboles. Una mañana, estaba todavía el Gigante en la cama cuando oyó una música sumamente agradable. Tan dulcemente sonaba a sus oídos, que pensó debía ser el rey de los músicos que pasaba. En realidad, no era más que un jilguerillo que cantaba frente a la ventana; pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín, que le pareció la música más melodiosa del mundo. Entonces el Granizo suspendió su danza, y el Viento del Norte cesó de rugir, y un delicioso aroma entró por las maderas abiertas. —Me parece que, al fin, llegó la Primavera —se dijo el Gigante; y saltando de la cama corrió a la ventana. ¿Qué fue lo que vio? Vio un maravilloso espectáculo. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían subido a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles se sentían tan contentos de tenerlos nuevamente entre sí, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus brazos sobre las cabezas infantiles. Los pájaros volaban piando con deleite en torno de ellos, y reían. Realmente, era un hermoso espectáculo. Sólo en un rincón reinaba todavía el Invierno. Era el más apartado rincón del jardín, y un niño se encontraba en él. Era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas en torno, llorando amargamente. El pobre árbol estaba aún completamente cubierto de Escarcha y Nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él. —¡Sube, chiquitín! —decía el árbol, y bajaba sus ramas, todo lo que le era posible; pero el niño era demasiado pequeño. Y el Gigante sintió derretírsele el corazón mientras miraba. —¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—; ahora sé por qué la Primavera no quería venir aquí. Yo subiré a ese pobre chiquitín al árbol, y después derribaré el muro, y mi jardín será para siempre el lugar de recreo de los niños. Y, realmente, estaba muy arrepentido de lo que había hecho.

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Bajó, pues, la escalera, abrió sigilosamente la puerta de la fachada, y entró en el jardín. Pero, cuando los niños le vieron, se asustaron de tal modo que echaron a correr, y el jardín quedó de nuevo en Invierno. Sólo el pequeñín no huyó, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que no vió venir al Gigante. Y el Gigante llegó hasta él, y cogiéndole dulcemente entre sus manos los subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en él, y el pequeñín echó los brazos al cuello del Gigante y le besó. Y los demás niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo, y con ellos volvió la Primavera. —El jardín es vuestro desde ahora, hijos míos —dijo el Gigante, y empuñando una gran hacha derribó el muro. Y al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, encontraron al Gigante jugando con los niños en el más hermoso jardín que habían visto nunca. Todo el día estuvieron jugando y al anochecer vinieron a decir adiós al Gigante. —Pero, ¿dónde está vuestro compañerito —preguntó éste—, el niño que subí al árbol? El Gigante le quería más que a lo otros, porque le había besado. —No sabemos —contestaron los niños—; se ha ido. —Decidle que venga mañana —dijo el Gigante. Pero los niños dijeron que no sabían dónde vivía, y que nunca le habían visto antes; y el Gigante quedó muy triste. Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños venían a jugar con el Gigante. Pero al pequeñín que el Gigante prefería no se le volvió a ver. El Gigante era muy bueno con todos los niños, pero, sin embargo, echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él. —¡Cuánto me gustaría verle! —repetía. Pasaron los años, y el gigante envejeció y sus fuerzas flaquearon. Ya no podía jugar; sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. s El

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—Tengo muchas flores hermosas —decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de invierno, miró por la ventana, mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno, pues sabía que era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando. De pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, y miró... Ciertamente que era maravilloso lo que veía. En el rincón más apartado del jardín había un árbol totalmente cubierto de flores blancas. Sus ramas eran todas doradas, y frutos de plata pendían de ellas, y debajo estaba en pie el chiquitín a quien tanto había querido. Lleno de alegría, bajó corriendo el Gigante las escaleras, y entró en el jardín. Y, cuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de cólera, y dijo: —¿Quién se ha atrevido a herirte? Porque en la palma de las manos del niño había las huellas de dos clavos, y las huellas de dos clavos había en sus piececitos. —¿Quién se ha atrevido a herirte? —gritó el Gigante—, dímelo, para coger mi espada y darle muerte. —¡No! —respondió el niño—; éstas son las heridas del amor. —¿Quién eres tú? —dijo el Gigante; y un extraño temor se apoderó de él, y cayó de rodillas ante el pequeñín. Y el niño sonrió al Gigante, y le dijo: —Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en mi jardín, que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron aquella tarde, encontraron muerto al Gigante, debajo del árbol, todo cubierto de flores blancas.

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El verdadero amigo Una mañana, la vieja rata de agua asomóse a su agujero. Tenía ojos brillantes como cuentas y grises bigotes muy tiesos, y su cola era como un pedazo de caucho negro. Los patitos nadaban por la alberca, semejantes a una pollada de canarios amarillos; y su madre, que era de un blanco puro, con patas genuinamente encarnadas, trataba de enseñarles a zambullir la cabeza. —No podréis ir nunca en sociedad si no sabéis zambullir la cabeza —les repetía; y, de cuando en cuando, mostrábales cómo había que hacer. Pero los patitos no le prestaban atención. Eran tan jóvenes, que no comprendían las ventajas de ir en sociedad. —¡Qué niños tan desobedientes! —exclamó la vieja rata de agua—. Les estaría bien empleado ahogarse. —¡Dios nos libre de ello! —contestó la pata—. Todo el mundo tiene que hacer su aprendizaje, y en los padres toda la paciencia es poca. —¡Ah! Ignoro los sentimientos paternales —dijo la rata de agua—; yo no soy amiga de familia. No he estado casada, y espero no estarlo nunca. El amor está muy bien, en cierto sentido; pero la amistad es una cosa mucho más alta. Realmente, no conozco nada en el mundo más raro y noble que una amistad verdadera. —¿Y cuáles son, a juicio vuestro, los deberes de un verdadero amigo? —preguntó un verderón, posado en un sauce cercano, que había oído la conversación. —Sí, eso es justamente lo que habría que saber —dijo la pata. Y nadando hasta el extremo de la alberca, zambulló la cabeza, para dar buen ejemplo a sus hijos.

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—¡Qué pregunta tan necia! —exclamó la rata de agua—. Creo que un amigo verdadero debe portarse conmigo como un verdadero amigo; es cosa clara. —¿Y qué haréis vos en cambio? —dijo el pajarillo, balanceándose sobre una plateada rama y aleteando. —No comprendo lo que queréis decir —contestó la rata de agua. —Permitidme que os cuente una historia sobre este tema —dijo el verderón. —¿Se refiere a mí la historia? —preguntó la rata de agua—. En ese caso la escucharé de muy buena gana, pues soy sumamente aficionada a los cuentos. —Es aplicable a vos —contestó el verderón. Y volando a posarse en la orilla, contó la historia del verdadero amigo. —Había una vez —comenzó el verderón— un buen muchacho al que llamaban Hans. —¿Era persona distinguida? —preguntó la rata de agua. —No —contestó el verderón—, no creo que lo fuera, a no ser por su buen corazón y su cara redonda, graciosa y siempre jovial. Vivía en una casita de campo; él mismo se hacía la comida, y trabajaba todos los días en su jardín. En toda la comarca no había un jardín tan bonito como el suyo. Diantos y alhelíes crecían en él, y bolsas de pastor y saxífragas. Había también rosas de Damasco y rosas de té, azafranes lilas y de oro, violetas blancas y moradas. La pajarilla, la cardamina, la mejorana y la albahaca silvestre, la vellorita y el iris, el narciso y el clavel florecían alternativamente en el curso de los meses, una flor reemplazando a otra, de manera que siempre había cosas lindas que mirar y aromas delicados que halagaran el olfato. El pequeño Hans tenía multitud de amigos, pero el más íntimo de todos era el gran Hugo el Molinero. En verdad, tal afecto le tenía el rico Molinero, que nunca habría pasado ante su jardín sin inclinarse por encima de la cerca a coger un buen ramo de flores o un puñado de hierbas aromáticas, o sin llenar sus bolsillos de ciruelas y cerezas, si era la estación de la fruta. s El

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—Los verdaderos amigos deberían tener todo en común —acostumbraba decir el Molinero. Y el pequeño Hans asentía sonriendo, sintiéndose muy orgulloso de tener un amigo de tan nobles ideas. A veces, sin embargo, extrañábanse los vecinos de que el rico Molinero no diese nada, en cambio, al pequeño Hans, a pesar de tener un centenar de sacos de harina almacenados en su molino, y seis vacas de leche y un numeroso rebaño de carneros merinos; pero el pequeño Hans nunca se paró a pensar en estas cosas, y nada le producía mayor placer que oír todas las frases maravillosas que el Molinero acostumbraba decir sobre el altruísmo de la verdadera amistad. Como dijimos, el pequeño Hans trabajaba en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño, era muy feliz; pero cuando llegaba el invierno, no tenía fruta ni flores que llevar al mercado. Sufría mucho de hambre y frío, y a menudo tenía que irse a la cama sin más cena que alguna pera de cuelga o unas cuantas nueces rancias. Además, durante el invierno, se encontraba muy solo, pues el Molinero nunca venía a verle. —No conviene que vaya a ver al pequeño Hans mientras duren las nieves —decía con frecuencia el Molinero a su mujer—; pues cuando la gente pasa por ciertos apuros, se la debe dejar sola y no marearla con visitas. Por lo menos, ésta es mi idea de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Esperaré, pues, que venga la primavera, y entonces le haré una visita, y él podrá darme un gran cesto de prímulas, cosa que le hará muy feliz. —Te preocupas demasiado de los demás —contestaba la mujer, sentada en su cómodo sillón, junto al hogar bien encendido—; te preocupas demasiado. Es un verdadero deleite oírte hablar sobre la amistad. Estoy segura de que el mismo párroco no podría decir tan bellas cosas, a pesar de vivir en una casa de tres pisos y llevar un anillo de oro en el meñique. —Pero, ¿no podríamos decirle al pequeño Hans que viniera aquí? —preguntó el hijo menor del Molinero—. Si el pobre Hans está pasando apuros, yo le daría la mitad de mi potaje y le enseñaría mis conejos blancos.

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—¡Qué niño tan estúpido! —exclamó el Molinero—. No sé realmente de qué sirve enviarte a la escuela. No parece aprovecharte mucho. ¿No comprendes que si el pequeño Hans viniera aquí y viese nuestro buen fuego, y nuestra buena cena, y nuestro gran barril de vino tinto, podría darle envidia? Y la envidia es una cosa terrible, que echa a perder la mejor naturaleza. Y yo no puedo consentir que se eche a perder la naturaleza de Hans. Yo soy su mejor amigo, y debo velar por él y procurar que no caiga en tentaciones. Además, si Hans viniera, quizá me pediría que le vendiese al fiado un poco de harina, y esto no me sería posible. La harina es una cosa y la amistad otra, y no hay por qué confundirlas. ¡Me parece que las palabras se escriben de modo bien diferente y significan cosas bien distintas! Creo que esto todo el mundo puede verlo. —¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del Molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente—; me siento casi adormilada. Lo mismito que si estuviera en la iglesia. —Muchas personas obran bien —continuó el Molinero—, pero muy pocas hablan bien; lo que prueba que hablar es mucho más difícil que hacer y, desde luego, más hermoso. Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, que se sintió tan avergonzado de sí mismo, que, bajando la cabeza, se puso como un tomate y comenzó a llorar sobre su té. Era tan niño, que debéis disculparle. —¿Y ahí acaba la historia? —preguntó la rata de agua. —Ciertamente que no —contestó el verderón—; no es más que el comienzo. —Entonces, estáis muy atrasado —dijo la rata de agua—. Todo buen narrador, hoy, empieza por el final, continúa por el comienzo y concluye por el medio. Es la nueva escuela. Se lo he oído a un crítico que el otro día paseaba con un joven alrededor del estanque. Habló extensamente de la cuestión, y estoy segura de que debía tener razón, pues llevaba unas gafas azules y tenía una gran calva; y, cuando el joven le hacía alguna objeción, siempre contestaba: “¡Pssch!”. Pero, os lo ruego, continuad vuestra historia. Me es extraordinariamente simpático el s El

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Molinero. Yo también abrigo toda suerte de nobles sentimientos; así que simpatizo mucho con él. —Perfectamente —dijo el verderón, saltando alternativamente sobre una y otra pata—. En cuanto hubo pasado el invierno, y las prímulas comenzaron a abrir sus pálidas estrellas amarillas, el Molinero dijo a su mujer que iba a ver cómo seguía el pequeño Hans. —¡Ah, qué buen corazón tienes! —exclamó la mujer—; ¡siempre pensando en los demás! No te olvides de llevar la cesta grande para las flores. Así, pues, ató el Molinero las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro, y descendió la colina con la cesta al brazo. —Buenos días, pequeño Hans —dijo el Molinero. —Buenos días —respondió Hans, apoyándose en la azada y sonriendo de oreja a oreja. —¿Qué tal has pasado el invierno? —dijo el Molinero. —Bien, muy bien —exclamó Hans—. ¡Qué bueno eres en preguntármelo! Quizá tuve momentos malos que pasar; pero ya ha llegado la primavera, y soy completamente feliz, y todas mis flores marchan bien. —Muchas veces hemos hablado de ti este invierno —dijo el Molinero—; y nos preguntábamos qué sería de ti. —Eres muy amable —dijo Hans—; yo casi temía que me hubieras olvidado. —Hans, me extraña que digas eso —respondió el Molinero—; la amistad nunca olvida. Esto es lo que tiene de maravilloso. Pero temo que no comprendas la poesía de la vida... ¡Qué hermosas prímulas tienes, dicho sea de paso! —Sí, muy hermosas —dijo Hans—, y es una suerte para mí el tener tantas. Voy a llevarlas al mercado para venderlas a la hija del burgomaestre, y rescatar con su importe mi carretilla. —¿Rescatar tu carretilla? ¿Eso quiere decir que la has vendido? ¡Qué tontería! —Sí, es cierto —dijo Hans—; pero el caso es que no tuve otro remedio. Ya sabes que el invierno es para mí un mal tiempo, y no tenía un céntimo para pan. Así, primero vendí los botones de

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plata de mi casaca de los domingos, y luego mi cadena de plata, y luego mi gran pipa y, por último, tuve que vender la carretilla. Pero ahora rescataré todo ello. —Hans —dijo el Molinero—, yo te daré mi carretilla. No está en muy buen estado; le falta uno de los lados, y la rueda no marcha muy bien; pero, a pesar de todo, te la daré. Ya sé que es mucha generosidad de mi parte, y muchas personas encontrarían que es una locura desprenderme de ella; pero yo no soy como todo el mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad; y, he adquirido para mi uso una carretilla nueva... Sí, puedes estar tranquilo; te daré mi carretilla. —¡Qué generoso eres! —dijo el pequeño Hans; y su cara, redonda y jovial, se iluminó de alegría—. Yo la compondré fácilmente, pues tengo una tabla en casa. —¡Una tabla! —dijo el Molinero—; justamente lo que necesito para el techo de mi granero. Tiene un gran boquete, y todo el trigo va a coger humedad si no lo tapo. ¡Cuánto me alegro de que lo hayas dicho! Es curioso cómo una buena acción trae siempre otra consigo. Yo te he dado mi carretilla, y ahora tú vas a darme tu tabla. Naturalmente, la carretilla vale mucho más que la tabla; pero la verdadera amistad no repara jamás en esas cosas. Te agradeceré me la des en seguida, para hoy mismo ponerme a la obra en mi granero. —¡Desde luego! —exclamó el pequeño Hans. Y, corriendo a su barraca, sacó la tabla. —No es muy grande que digamos —hizo observar el Molinero, examinándola—; y temo que, después de haber arreglado el techo de mi granero, no te quede suficiente para componer la carretilla; pero eso, naturalmente, no es culpa mía. Y ahora, como yo te he dado mi carretilla, estoy seguro de que tendrás gusto en darme algunas flores en cambio. Aquí está la cesta; tú te cuidarás de llenarla bien. —¿De llenarla? —dijo el pequeño Hans, casi apesadumbrado, pues era realmente una cesta enorme, y sabía que si la llenaba no le quedarían flores que llevar al mercado, y tenía grandes deseos de recuperar sus botones de plata. s El

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—¡Caramba! —contestó el Molinero—; como te he dado mi carretilla, no creía que fuera demasiado pedir unas cuantas flores. Quizá me equivoque, pero creía que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de todo egoísmo. —¡Oh, mi mejor, mi más querido amigo! —exclamó el pequeño Hans—, todas las flores de mi jardín son tuyas. Tu aprecio me interesa mucho más que mis botones de plata. Y corrió a coger todas sus prímulas, llenando la cesta del Molinero. —Adiós, pequeño Hans —dijo el Molinero, mientras subía por la colina con la tabla al hombro y la gran cesta en la mano. —Adiós —gritó el pequeño Hans. Y se puso a cavar alegremente; tan contento se sentía del regalo de la carretilla. Al día siguiente, encontrábase clavando unas madreselvas en la puerta, cuando oyó la voz del Molinero llamándole desde el camino. Saltó, pues, de la escalera, corriendo hacia el cercado, por encima del cual miró. Era el Molinero, con un gran saco de harina a la espalda. —Querido Hans —le dijo—, ¿querrías llevarme este saco de harina al mercado? —¡Oh, cuánto lo siento! —contestó el pequeño Hans—; pero, realmente, estoy hoy ocupadísimo. Tengo que clavar todas mis enredaderas, y regar todas las flores, y pasar el rastrillo por la hierba. —¡Caramba! —dijo el Molinero—. Creo que, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla, es una falta de amistad en ti el negarte. —¡Oh!, no digas eso —exclamó el pequeño Hans—, por nada del mundo querría yo cometer una falta de amistad contigo. Y corrió a buscar su gorra, y cargando penosamente con el enorme saco se encaminó hacia el mercado. Era un día de mucho calor, y el camino estaba terriblemente polvoriento. Aún no había llegado al poste que marcaba la sexta milla, cuando se sintió tan fatigado, que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, al poco rato, continuó valientemente y, al

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fin, llegó al mercado. Después de esperar allí bastante tiempo, vendió el saco de harina a muy buen precio, y volvió de un tirón a su casa, porque temía, si se demoraba demasiado, encontrar malhechores en el camino. —En verdad que ha sido un día duro —decíase el pequeño Hans, al meterse en cama—; pero me alegro de no haberme negado al Molinero, pues es mi mejor amigo, y además va a darme su carretilla. A la mañana siguiente, temprano, vino el Molinero a buscar el importe de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado, que aún no se había levantado. —¡A fe mía —exclamó el Molinero— que eres muy perezoso! Me parece que, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla, podrías trabajar un poco más. La pereza es un gran vicio, y no me gusta que ninguno de mis amigos caiga en él. No te debe molestar que te hable con tanta franqueza. Claro que, si no fuera amigo tuyo, no se me ocurriría hacerlo. Pero, ¿de qué sirve la amistad, si no puede uno decir sin ambages lo que piensa? Todo el mundo puede decir cosas amables y tratar de hacerse simpático; pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables, y no se preocupa de la molestia que causa. En realidad, si es un verdadero amigo, lo prefiere, porque sabe que hace bien de ese modo. —Cree que lo siento en el alma —dijo el pequeño Hans, frotándose los ojos y quitándose el gorro de dormir—; pero estaba tan cansado, que creí podría quedarme en la cama un poco más oyendo cantar a los pájaros. ¿No sabes que trabajo más a gusto después de oír a los pájaros? —Bien, lo celebro —dijo el Molinero, dándole unas palmaditas en la espalda—; porque necesito vengas conmigo al molino en cuanto te vistas, a arreglarme el techo del granero. El pobre Hans tenía gran necesidad de trabajar en su jardín, pues hacía dos días que no regaba sus flores; pero no se atrevió a decir que no al Molinero, que tan buen amigo era. —¿Crees que sería una falta de amistad el decirte que tengo mucho que hacer? —preguntó con voz tímida y avergonzada. s El

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—Indudablemente —contestó el Molinero—. No creo que sea mucho pedir, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla; pero, naturalmente, si te niegas, yo mismo iré a hacerlo. —¡Oh!, de ningún modo —exclamó el pequeño Hans. Y, saltando de la cama, se vistió y subió al granero. Todo el día, hasta ponerse el sol, estuvo trabajando. Entonces vino el Molinero a ver cómo iba la obra. —¿Has arreglado ya el agujero del techo, pequeño Hans? —gritó el Molinero con voz alegre. —Ya está completamente arreglado —contestó el pequeño Hans, bajando de la escalera. —¡Ah! —dijo el Molinero—, no hay trabajo más agradable que el trabajo que se hace por otros. —¡Qué gusto da al oírte hablar! —repuso el pequeño Hans, sentándose y enjugando su frente—. Pero temo no llegar nunca a tener ideas tan hermosas como tú. —¡Oh!, ya te vendrán también —dijo el Molinero—; pero tendrás que hacer algunos esfuerzos para ello. Hasta ahora no tienes más que la práctica de la amistad; día llegará en que tengas también la teoría. —Y ¿crees que podré conseguirlo? —preguntó el pequeño Hans. —Sin duda alguna —contestó el Molinero—. Pero, ahora que has arreglado el techo, harías mejor en irte a tu casa a descansar, pues necesito que lleves mañana mis carneros al monte. El pobre Hans no se atrevió a protestar, y a la madrugada del día siguiente trajo el Molinero sus carneros y tuvo Hans que partir con ellos al monte. Entre la ida y la vuelta empleó todo el día; y, cuando volvió estaba tan cansado, que se quedó dormido en una silla, y no se despertó hasta bien entrada la mañana. —¡Qué tiempo tan hermoso voy a tener en mi jardín! —exclamó, disponiéndose a trabajar. Pero, por una u otra causa, jamás le era posible echar una ojeada a sus flores, pues su amigo el Molinero llegaba de continuo y le enviaba a recados o comisiones, o le pedía que le ayudara en el molino. El pequeño Hans se sentía a ratos muy apesadumbrado,

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temiendo que sus flores creyesen las había olvidado; pero se consolaba pensando que el Molinero era su mejor amigo. —Además —se decía—, va a darme su carretilla, y éste es un acto de pura generosidad. Así, el pequeño Hans trabajaba para el Molinero, mientras éste decía toda suerte de bellas cosas sobre la amistad, que Hans apuntaba en un cuaderno y leía a menudo por la noche, pues era muy estudioso. Ahora bien: sucedió que una noche, estando el pequeño Hans sentado junto al fuego, llamaron violentamente a la puerta. Hacía una noche de perros, y el viento soplaba y rugía de tal modo en torno de la casa, que al principio pensó debía ser la tempestad. Pero sonó un segundo golpe, y luego un tercero, más fuerte que los anteriores. —Debe ser algún pobre viajero —se dijo el pequeño Hans, corriendo a la puerta. Allí estaba el Molinero, con una linterna en una mano y un grueso garrote en la otra. —Querido Hans —dijo el Molinero—, tengo un gran disgusto. Mi chico pequeño se ha caído de una escalera y se ha lastimado. Voy a buscar al doctor. Pero vive tan lejos y hace una noche tan mala, que se me ha ocurrido sería mucho mejor que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla, de modo que no estaría de más que hicieras algo por mí en cambio. —Ciertamente —exclamó el pequeño Hans—. Te agradezco en extremo te hayas acordado de mí, y en seguida me pondré en camino. Pero tendrás que prestarme tu linterna, pues la noche está muy oscura, y temo caer en alguna zanja. —Lo siento mucho —contestó el Molinero—, pero es mi linterna nueva, y sería una gran pérdida para mí si le ocurriese algo. —Bueno, es igual; me pasaré sin ella —replicó el pequeño Hans, poniéndose su grueso chaquetón de piel y su buen gorro escarlata. Y, enrollándose una bufanda al cuello, partió. ¡Qué espantosa tempestad hacía! La noche era tan negra, que el pequeño Hans apenas podía ver, y el viento era tan fuerte, s El

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que apenas podía tenerse en pie. Pero era tan animoso, que después de haber caminado por espacio de tres horas llegó a casa del doctor y llamó a la puerta. —¿Quién es? —gritó el doctor, asomando la cabeza por la ventana de su alcoba. —El pequeño Hans, doctor. —¿Y qué se te ocurre, pequeño Hans? —El hijo del Molinero desea que vayáis en seguida. —Perfectamente —dijo el doctor. Y pidió su caballo y sus grandes botas y su linterna y, montando, comenzó a cabalgar hacia la casa del Molinero, seguido del pequeño Hans, que caminaba trabajosamente. Pero la tempestad arreció, y la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans no podía ver dónde ponía los pies ni seguir al caballo. Al fin, se perdió, y vagó largo rato por el páramo, lugar peligrosísimo, lleno de hoyos profundos, en uno de los cuales cayó el pequeño Hans y se ahogó. Al día siguiente, unos cabreros encontraron su cuerpo flotando en una gran charca, y lo llevaron a su choza. Todo el mundo fue a los funerales del pequeño Hans; tan popular era. El Molinero presidió el duelo. —Como yo era su mejor amigo —dijo—, es lógico que ocupe el mejor sitio. Fue, pues, a la cabeza del cortejo, vestido con una larga capa negra y, de cuando en cuando, se secaba los ojos con un desmesurado pañuelo. —No cabe duda de que la pérdida del pequeño Hans ha sido una gran pérdida para todos —dijo el herrero, después de los funerales, cuando todos estaban cómodamente sentados en la taberna, bebiendo vino especiado y comiendo buenos pasteles. —Por lo menos, una gran pérdida para mí —dijo el Molinero—. ¡Caramba!, yo había sido tan bueno, que le di mi carretilla, y ahora no sé realmente qué hacer con ella. Me ocupa sitio en casa, y está en tan mal estado que no me darían nada por ella si fuera a venderla. De aquí en adelante, no se me ocurrirá dar nada a nadie. Siempre tiene uno que pagar las consecuencias de ser generoso.

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—¿Y qué más? —preguntó la rata de agua, después de una larga pausa. —Nada más; ahí termina la historia —dijo el verderón. —Pero, ¿qué fue del Molinero? —dijo la rata de agua. —¡Oh!, en verdad que no lo sé —replicó el verderón—; ni me importa gran cosa. —Bien se echa de ver que no hay en vos ni un asomo de altruismo —dijo la rata de agua. —Temo que no hayáis acabado de comprender la moraleja del cuento —hizo observar el verderón. —¿La qué? —chilló la rata de agua. —La moraleja. —¿Eso quiere decir que la historia tiene moraleja? —Ciertamente —dijo el verderón. —¡Caramba! —dijo la rata de agua en tono airado—; bien podíais habérmelo dicho antes de empezar. Si lo hubierais hecho, a buen seguro que no la escuchara. Tened la seguridad de que habría dicho “¡Pssch!”, como el crítico. Sin embargo, todavía puede decirlo. Y, gritando a todo pulmón: “¡Pssch!”, meneó el rabo y se metió en su agujero. —¿Qué opinas de la rata de agua? —preguntó la pata, que acudió remando pocos minutos después—. Tiene muchas buenas cualidades; pero yo tengo los sentimientos de una madre, y no puedo ver a un celibatario empedernido sin que los ojos se me llenen de lágrimas. —Temo haberle aburrido —contestó el verderón—. El caso es que le he contado una historia con moraleja. —¡Ah!, eso es siempre una cosa peligrosísima —dijo la pata. Y yo soy, en absoluto, de la misma opinión.

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verdadero amigo


El famoso Cohete El hijo del Rey iba a casarse. Con este motivo se celebraban grandes festejos. Un año entero había aguardado a su novia, y al fin ésta llegó. Era una princesa rusa, que había venido desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. Tenía el trineo la forma de un gran cisne dorado, entre cuyas alas yacía la Princesita. Un largo manto de armiño caía rígido hasta sus pies, cubría su cabeza una linda toca de tisú de plata, y era tan pálida como el palacio de nieve en que siempre había vivido. Tan pálida era, que al pasar por las calles todo el mundo se asombraba. —¡Parece una rosa blanca! —exclamaban, arrojándole flores desde los balcones. A la puerta del castillo la esperaba el Príncipe. Tenía unos ojos soñadores de color violeta, y sus cabellos eran como oro fino. Al verla, dobló una rodilla y le besó la mano. —Vuestro retrato era hermoso —murmuró—, pero vos sois más hermosa que vuestro retrato. Y la Princesita se ruborizó. —Hace un momento era como una rosa blanca —dijo un pajecillo a su vecino—; pero ahora es como una rosa roja. Y toda la corte quedó encantada de la frase. Durante tres días todo el mundo fue diciendo: —Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca. Y el Rey dio órdenes para que doblasen el salario del paje. Como éste no recibía salario alguno, no le fue de gran provecho la orden, pero se consideró como un gran honor, y fue debidamente publicada en la Gaceta de la Corte.

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Al cabo de tres días se celebraron las bodas. Fue una ceremonia magnífica, y los novios pasearon cogidos de la mano, bajo un palio de terciopelo carmesí bordado de perlas blancas. Luego hubo un banquete oficial, que duró cinco horas. El Príncipe y la Princesa se sentaron a un extremo del gran salón, y bebieron en una copa de claro cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en esta copa, pues si la tocaban labios engañosos se volvía gris y opaca y brumosa. —Bien claro está que se aman —dijo el pajecillo—, ¡tan claro como el cristal! Y el Rey dobló por segunda vez su salario. —¡Qué honor! —exclamaron todos los cortesanos. Después del banquete debía celebrarse un baile. Los novios bailarían juntos la danza de la rosa, y el Rey había prometido tocar la flauta. Tocaba pésimamente, pero nadie se hubiera atrevido nunca a decírselo, pues para eso era el Rey. En realidad no sabía más que dos piezas, y nunca estaba completamente seguro de cuál de las dos tocaba; pero poco importaba; pues, hiciera lo que hiciera, todo el mundo exclamaba: —¡Delicioso! ¡Delicioso! El número final del programa eran unos espléndidos fuegos artificiales, que debían terminar a medianoche. La Princesita no había visto en su vida fuegos artificiales, por lo que el Rey había dado órdenes al pirotécnico de la Casa Real para que se superara el día del casamiento. —¿Cómo son los fuegos artificiales? —preguntó la Princesa al Príncipe, una mañana, paseando por la terraza. —Son como la aurora boreal —dijo el Rey, que siempre contestaba a las preguntas que se hacían a los demás—. Sólo que mucho más naturales. Yo, los prefiero a las estrellas, pues se sabe cuándo van a aparecer, y son casi tan deliciosos como la música de mi flauta. Ya veréis... Así, pues, construyeron al extremo del jardín un gran tablado. Y apenas el pirotécnico de la Casa Real había puesto todo en orden, cuando lo fuegos de artificio comenzaron a hablar entre sí. s El

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—¡Qué hermoso es el mundo! —gritó un pequeño Buscapiés—. Fijaos en esos tulipanes amarillos. ¡A fe mía, ni aun siendo petardos de verdad podrían ser más hermosos! ¡Cuánto me alegro de haber viajado! Los viajes educan el espíritu, y acaban con todos los prejuicios. —El jardín del Rey no es el mundo, necio Buscapiés —dijo una gruesa Candela Romana—; el mundo es un espacio enorme, y necesitarías tres días para verlo entero. —Todo lugar que amamos es para nosotros el mundo —exclamó una pensativa Rueda Catalina, que había formado parte en otro tiempo de una vieja caja de pino y se envanecía de su corazón destrozado—; pero el amor no está ya de moda; los poetas lo han matado. Escribieron tanto sobre él, que nadie ya les creyó; y no me extraña. El verdadero amor sufre y calla. Recuerdo que yo misma, una vez... Pero esto no hace al caso. La novela pertenece ya al pasado. —¡Qué majadería! —replicó la Candela Romana—; la novela nunca muere. Es como la luna, y vive eternamente. Los novios, por ejemplo, se quieren con pasión. Esta mañana se lo oí decir a un cartucho de papel oscuro, que por casualidad estaba en el mismo cajón que yo, y que sabía las últimas noticias de la Corte. Pero la Rueda Catalina meneó la cabeza. —¡La novela ha muerto, la novela ha muerto, la novela ha muerto! —murmuró. Era como una de esas personas que creen que, a fuerza de repetir la misma cosa muchas veces, acaba por ser verdad. De pronto, una tosecilla aguda, seca, se dejó oír, y todos miraron en derredor. Provenía de un altanero y espigado Cohete, atado a la extremidad de una varilla. Tosía siempre antes de hablar, para llamar la atención. —¡Ejem, ejem! —hizo; y todo el mundo prestó oído, excepto la pobre Rueda Catalina, que continuaba meneando la cabeza y murmurando: —¡La novela ha muerto! —¡Orden! ¡Orden! —gritó un Triquitraque.

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Tenía algo de político, y siempre había tomado parte activa en las elecciones locales, así que sabía con exactitud las expresiones parlamentarias que debía emplear. —¡Muerta sin remisión! —susurró la Rueda Catalina quedándose dormida. Apenas se hubo hecho un silencio perfecto, tosió el Cohete por tercera vez, y comenzó. Hablaba en voz queda, muy lenta y clara, como si estuviese dictando sus memorias, y miraba siempre por encima del hombro a su interlocutor. Realmente, tenía modales muy distinguidos. —¡Qué suerte tiene el hijo del Rey! —exclamó—. ¡Casarse el mismo día en que me van a disparar! ¡Ni aun haciéndolo a propósito podría ser mejor para él! Pero los Príncipes siempre tienen suerte. —¿Cómo? —dijo el pequeño Buscapiés—; yo creía que era al revés, y que éramos nosotros los que íbamos a ser disparados en honor del Príncipe. —Eso puede que sea verdad con respecto a vos —replicó el Cohete—. Sí, sin duda alguna... Pero, en lo que a mí se refiere, es otra cosa. Yo soy un Cohete notabilísimo, y desciendo de padres muy notables. Mi madre fue la Rueda Catalina más célebre de su época, y alcanzó gran renombre por la gracia de su danza. Cuando su famosa aparición en público, dio diecinueve vueltas antes de consumirse, y a cada vuelta lanzaba al aire siete estrellas encarnadas. Tenía tres pies y medio de diámetro, y estaba hecha con pólvora de la mejor. Mi padre fue un Cohete como yo, y de origen francés. Voló tan alto, que temieron no volviera a bajar. Bajó, sin embargo, pues era un carácter muy bondadoso, e hizo un descenso brillantísimo, en medio de una lluvia de oro. Los periódicos hablaron de él en términos muy halagüeños; como que la Gaceta de la Corte le proclamó un triunfo del arte pilotécnico. —Pirotécnico, pirotécnico, querréis decir —advirtió una Luz de Bengala—; sé que se dice pirotécnico porque lo he visto escrito en mi bote de hojalata. —Bueno, yo digo pilotécnico —replicó el Cohete, en tono severo. Y la Luz de Bengala se sintió tan apabullada, que empezó s El

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a maltratar a los Buscapiés chicos, para demostrar que ella también era persona de importancia. —Decía —continuó el Cohete—, decía... ¿Qué es lo que decía? —Hablabais de vos mismo —contestó la Candela Romana. —Naturalmente; ya sabía yo que hablaba de algo interesante cuando fui tan groseramente interrumpido. Detesto la grosería y los malos modos, pues soy extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo; estoy seguro. —¿Qué es una persona sensible? —preguntó el Triquitraque a la Candela Romana. —Una persona que, porque tiene callos, va siempre pisando los pies a los demás —respondió la Candela Romana en un débil murmullo, que estuvo a punto de hacer soltar la carcajada al Triquitraque. —¿De qué os reís, puede saberse? —inquirió el Cohete. —Me río porque estoy contento —respondió el Triquitraque. —Razón bien egoísta —dijo agriamente el Cohete—. ¿Qué derecho tenéis para estar contento? Deberíais pensar en los demás. Sí, deberíais pensar en mí. Yo siempre estoy pensando en mí, y espero que todo el mundo haga lo mismo. Eso es lo que se llama altruísmo. Es una admirable virtud, y yo la poseo en alto grado. Suponed, por ejemplo, que me ocurriese algo esta noche, ¡qué desgracia para todo el mundo! El Príncipe y la Princesa no podrían ya ser felices, se malograría su vida de casados; y, por lo que hace el Rey, sé que no podría soportarlo. Realmente, cuando me pongo a reflexionar sobre la importancia de mi misión, casi se me saltan las lágrimas. —Si queréis ser agradable a los demás —exclamó la Candela Romana—, haríais mejor en conservaros seco. —¡Ciertamente! —exclamó la Luz de Bengala, que estaba ya de mejor humor—; eso es de sentido común. —¿De sentido común? —dijo el Cohete indignado—; olvidáis que yo nada tengo de común, que soy excepcional. ¡Caramba!, todo el mundo puede tener sentido común, con tal de carecer de imaginación. Pero yo tengo imaginación, pues jamás veo las cosas como son en la realidad, sino muy diferentes. En cuanto a conservarme

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seco, evidentemente no hay aquí nadie capaz de apreciar lo más mínimo un natural sensible. Por fortuna para mí, me importa un bledo. Lo único que le sostiene a uno en la vida es la conciencia de la inmensa inferioridad de sus semejantes; y éste es un sentimiento que siempre he cultivado. Pero ninguno de vosotros tiene corazón. Reís y os regocijáis como si el Príncipe y la Princesa no acabaran de casarse. —¡Cómo! —exclamó un pequeño Globo de Fuego—, ¿y por qué no? Es la ocasión de regocijarse, y cuando me remonte en el aire pienso comunicárselo así a las estrellas. Ya veréis cómo centellean cuando les hable de la novia. —¡Ah, qué concepto tan trivial de la vida! —dijo el Cohete—; pero era de esperar. No hay nada en vosotros: sois hueros, completamente hueros. No pensáis en que quizás el Príncipe y la Princesa se vayan a vivir a un país donde haya un río profundo, y quizás tengan un hijo único, un chiquitín de cabellos rubios y ojos de color violeta, como el Príncipe; y quizás un día vaya de paseo con su nodriza, y quizás la nodriza se quede dormida a la sombra de un gran sauce, y quizás el niño se caiga al río y se ahogue... ¡Qué terrible infortunio! ¡Pobres, perder así su único hijo! ¡Es espantoso! Jamás podré consolarme. —Pero aún no lo han perdido, que sepamos —dijo la Candela Romana—; ni desgracia alguna les ha ocurrido todavía. —Yo no he dicho que les hubiese sucedido —replicó el Cohete—; dije que podría sucederles. Si hubiesen perdido a su hijo único, de nada serviría lamentarse. Detesto la gente que llora por el cántaro roto. Pero, cuando pienso que podrían perder a su único hijo, me siento afectadísimo. —¡Ya lo creo! —exclamó la Luz de Bengala—. ¡Como que sois la persona más afectada que he conocido! —Y vos la más grosera que he visto —dijo el Cohete—; e incapaz de comprender mi afecto por el Príncipe. —¡Pero si no le conocéis! —refunfuñó la Candela Romana. —Yo no he dicho que le conociese —contestó el Cohete—. Y me atrevo a decir que si le conociera no sería en modo alguno su amigo. Es muy peligroso conocer a los amigos. s El

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—En verdad que haríais mejor en conservaros seco —dijo el Globo de Fuego—. Eso es lo importante. —Lo será para vos, no lo dudo —contestó el Cohete—; pero yo lloraré si se me antoja. Y comenzó a derramar grandes lágrimas, que corriendo por su varilla estuvieron a punto de anegar a dos pequeños escarabajos, que casualmente estaban pensando poner casa juntos y buscaban un sitio seco donde instalarse. —Debe tener un espíritu verdaderamente romántico —dijo la Rueda Catalina—; pues llora cuando no hay por qué llorar. Y exhalando un hondo suspiro, pensó en la caja de pino. Pero la Candela Romana y la Luz de Bengala estaban indignadísimas, y exclamaban a voz en cuello: —¡Paparruchas! ¡Paparruchas! Eran muy positivas, y siempre que protestaban de algo lo llamaban paparruchas. En esto la luna se levantó como un maravilloso escudo de plata, y las estrellas comenzaron a brillar, y del palacio llegaron los acordes de la música. El Príncipe y la Princesa dirigían el baile. Bailaban tan deliciosamente, que las altas azucenas blancas se inclinaban por la ventana para verlos, y las grandes amapolas rojas llevaban el compás con la cabeza. Sonaron las diez, y luego las once, y luego las doce, y a la última campanada todo el mundo salió a la terraza. Y el Rey envió a buscar al Pirotécnico. —Que comiencen los fuegos artificiales —ordenó el Rey. Y el Pirotécnico hizo una gran reverencia y se dirigió hacia el tablado. Llevaba consigo seis ayudantes, cada uno con una antorcha encendida en la punta de una larga pértiga. Fue, ciertamente, un magnífico espectáculo. —¡Juisss! ¡Juisss! —hacía la Rueda Catalina dando vueltas. —¡Bum! ¡Bum! —hacía la Candela Romana. Luego, los Buscapiés empezaron la danza, y las Luces de Bengala tiñeron todo de rojo.

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—¡Adiós! —gritó el Globo de Fuego, remontándose y esparciendo en torno suyo menudas centellas azules. —¡Bang! ¡Bang! —contestaron los Triquitraques, que la estaban gozando locamente. Todos tuvieron un gran éxito, excepto el famoso Cohete. Estaba tan húmedo, por haber llorado, que no pudo prenderse. Lo mejor que había en él era la pólvora, y ésta estaba tan mojada por las lágrimas, que no servía para nada. En cambio, todos sus parientes pobres, a los que nunca hablara sino con una sonrisa despectiva, germinaron en el cielo como maravillosas flores doradas con pétalos de fuego. —¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba la Corte, y la Princesita reía alegremente. —Supongo que me están reservando para mejor ocasión —dijo el Cohete—; no cabe duda que es eso. Y miró con aire más altivo que nunca. Al día siguiente, vinieron los trabajadores a poner todo en orden. —Debe ser una comisión que me envían —pensó el Cohete—. Los recibiré con una dignidad de buen tono. Y echando hacia atrás la cabeza, frunció severamente el ceño, como si estuviese pensando en algo muy importante. Pero ellos no le echaron de ver hasta el momento de irse. —¡Mirad! —gritó uno de ellos—. ¡Mirad este mal cohete! Y lo arrojó al foso por encima del muro. —¿Mal Cohete? ¿Mal Cohete? —dijo éste, dando volteretas en el aire—. ¡Imposible! Gran Cohete, eso es lo que ha dicho Mal y Gran suenan casi lo mismo y, en realidad, a menudo lo son. Y cayó en el cieno. —Esto no está muy confortable que digamos —observó—; pero sin duda es algún balneario de moda, adonde me han enviado para restablecerme. Mis nervios están muy quebrantados, y necesito descanso. Entonces una pequeña Rana, de brillantes ojos esmaltados y pintoresca casaca verde, nadó hacia él. s El

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—¡Un recién llegado! —dijo la Rana—. ¡Ya lo creo, no hay nada como el cieno! Denme a mí un buen tiempo de lluvia y un foso, y soy completamente feliz. ¿Creéis que lloverá esta tarde? Yo, así lo espero. Sin embargo, el cielo está azul y sin nubes. ¡Qué lástima! —¡Ejem! ¡Ejem! —hizo el Cohete, empezando a toser. —¡Qué voz tan deliciosa! —exclamó la Rana—. Es casi tan agradable como la nuestra. Claro que croar es la cosa más musical del mundo. Ya oiréis nuestros coros esta noche. Nos situamos en la alberca que hay al lado del cortijo, y, apenas se levanta la luna, comenzamos. Es tan arrobador, que todo el mundo se despierta para oírnos. Ayer mismo oí a la mujer del cortijero decir a su madre que no pudo pegar los ojos en toda la noche por nuestra causa. Es muy grato ver que se es tan popular. —¡Ejem! ¡Ejem! —repitió agriamente el Cohete. Estaba muy molesto de no poder meter baza. —¡Una voz deliciosa! —continuó la Rana—. Espero que vendréis a la alberca. Me voy a echar una ojeada a mis hijas. Tengo seis hijas preciosas, y temo que el Sollo pueda encontrarlas. Es un verdadero monstruo, y no tendría el menor escrúpulo en almorzármelas. Bueno, adiós; y encantada de nuestra conversación, os lo aseguro. —¿Conversación? —dijo el Cohete—. ¡Y habéis hablado vos sola todo el tiempo! Eso no es conversación. —Alguien tiene que escuchar —contestó la Rana—; y a mí me gusta llevar la palabra. Se ahorra tiempo, y se evitan discusiones. —Pero a mí me gustan las discusiones —dijo el Cohete. —¡Oh, espero que no! —dijo la Rana, complacientemente—; las discusiones son siempre vulgares; todo el mundo en la buena sociedad es de la misma opinión. Adiós otra vez; desde aquí veo a mis hijas. Y la pequeña Rana se alejó nadando. —Sois una persona irritante —dijo el Cohete—; y sin pizca de educación. Detesto a las gentes que hablan sólo de sí mismas, como vos, cuando uno está deseando hablar de uno mismo, como

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yo. Eso es lo que se llama egoísmo; y el egoísmo es una condición odiosa, especialmente para las personas como yo, que soy bien conocido por mi carácter afectuoso. Realmente, deberías tomar ejemplo de mí; no podríais tener mejor modelo. Ahora, que se os ofrece ocasión, debéis de aprovecharla, pues muy en breve regresaré a la corte. Soy estimadísimo en Palacio. Como que el Príncipe y la Princesa se casaron ayer en mi honor. Claro está que vos, a fuer de provinciana, no entendéis de estas cosas. —Es completamente inútil que le habléis —dijo una Libélula, que estaba posada en una anea—; completamente inútil; hace rato que se ha ido. —Bueno, ella es quien se lo pierde, no yo —contestó el Cohete—. Yo no voy a dejar de hablar simplemente porque ella no me preste atención. A mí me gusta oírme. Es uno de mis mayores placeres. A menudo sostengo largas conversaciones conmigo mismo, y tal es mi talento que, a veces, no entiendo ni una palabra de lo que digo. —Entonces, deberíais dar conferencias sobre Filosofía —dijo la Libélula. Y abriendo sus lindas alas de gasa se remontó en el aire. —¡Qué estúpida; pues no se va! —dijo el Cohete—. Estoy seguro de que no se le presentan con frecuencia las ocasiones de cultivar su espíritu. De todos modos, me tiene sin cuidado. Un genio como el mío, tarde o temprano es seguro que será apreciado. Y se hundió un poco más en el cieno. Al poco tiempo, un gran Pato blanco vino nadando hacia él. Tenía las patas amarillas, los pies palmeados, y era considerado una gran belleza a causa de su anadeo. —¡Cuac, cuac, cuac! —dijo—. ¡Qué forma tan rara la vuestra! ¿Puedo preguntaros si habéis nacido así, o son las resultas de un accidente? —Bien se ve que habéis vivido siempre en el campo —contestó el Cohete—; de otro modo, sabríais quién soy yo. Sin embargo, dispenso vuestra ignorancia. Sería absurdo exigir de los demás que valieran tanto como uno. Sin duda os sorprenderá el saber que yo puedo volar por el aire, y caer en una lluvia de oro... s El

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—Pues no me parece muy extraordinario —dijo el Pato—. No veo de qué pueda servir eso a nadie. Otra cosa sería si araseis los campos, como el buey; o tiraseis de un carro, como el caballo, o guardaseis un rebaño, como el perro del pastor. —Buen hombre —exclamó el Cohete, en tono altanero—; veo que pertenecéis a las clases bajas. Una persona de mi rango es siempre inútil. Tenemos ciertas cualidades exteriores, y es más que suficiente. No siente la menor simpatía por ninguna clase de trabajo, y menos por los que parecéis tener en tanta estima. Siempre he sido de opinión que el trabajo manual es, simplemente, el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer. —Bien, bien —dijo el Pato, que era de carácter pacífico y nunca reñía con nadie—. De gustos no hay nada escrito. De todos modos, me alegro de que vengáis a estableceros aquí. —¡Oh, de ningún modo! —exclamó el Cohete—. Soy sólo un visitante, un visitante distinguido. Y el caso es que encuentro este lugar más bien aburrido. No hay aquí sociedad, ni soledad. Un verdadero arrabal. Probablemente, regresaré a la Corte. Sé que estoy llamado a causar gran sensación en el mundo. —Yo también pensé una vez en dedicarme a la vida pública —observó el Pato—. ¡Hay tantas cosas que necesitan reforma! No hace mucho presidí un meeting, en que aprobamos una porción de proyectos, condenando todo aquello que nos desagradaba. Sin embargo, la verdad es que no parecieron surtir gran efecto. Ahora me ocupo del hogar doméstico, y velo por mi familia. —Yo he nacido para la vida pública —dijo el Cohete—, y en ella figuran todos mis parientes, hasta el más humilde. Dondequiera que aparezco, llamo extraordinariamente la atención. Esta vez no he figurado en persona; pero, cuando lo hago, es un espectáculo magnífico. La vida de familia le envejece a uno prematuramente, y distrae el espíritu de fines más altos. —¡Ah, los fines más altos de la vida; qué hermosura! —dijo el Pato—. Esto me recuerda el hambre que siento. Y bajó nadando por el arroyo, haciendo: —¡Cuac, cuac, cuac!

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—¡Volved, volved! —gritó el Cohete—. ¡Tengo todavía muchas cosas que deciros! Pero el Pato no le hizo caso. —Me alegro de que se haya ido —pensó entonces—. No cabe duda de que tiene un espíritu burgués. Y, hundiéndose un poco más en el cieno, se puso a meditar sobre el aislamiento del genio. Cuando, de pronto, dos chicuelos con blusas blancas bajaron corriendo por el ribazo, con una caldera y unos cuantos leños. —Esa debe ser la diputación —se dijo el Cohete. Y procuró tomar un aire muy digno. —¡Mirad! —dijo uno de los muchachos—, ¡mira ese viejo palo! ¿Cómo habrá llegado hasta aquí? Y sacó al Cohete del foso. —¡Viejo Palo! —pensó el Cohete—, ¡imposible! Regio Palo, eso es lo que ha dicho. Regio Palo es un cumplimiento muy halagüeño. Quizás me toma por uno de los dignatarios de la Corte. —¡Pongámosle en el fuego! —dijo el otro muchacho—, nos ayudará a hacer hervir la caldera. Y haciendo una pila con los leños, pusieron encima el Cohete, y le prendieron fuego. —¡Esto es magnífico! —exclamó el Cohete—. Van a dispararme en pleno día, con objeto de que todo el mundo pueda verme. —Ahora, vamos a dormir —dijeron los chicos—. Y cuando nos despertemos, ya la caldera habrá hervido. Y, tumbándose sobre la hierba, cerraron los ojos. Como el Cohete estaba muy húmedo, tardó bastante en arder. Pero, al fin, el fuego hizo presa en él. —¡Voy a partir! —gritó; y se puso muy serio y muy estirado—. Sé que iré más alto que las estrellas, más alto que la luna, más alto que el sol. Iré tan alto, que... —¡Fisss! ¡Fisss! ¡Fisss! —y subió recto en el aire. —¡Delicioso! —gritó—. Así subiré eternamente. ¡Qué éxito estoy teniendo! s El

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Pero nadie le veía. Entonces comenzó a sentir una extraña sensación de hormigueo por todo el cuerpo. —¡Voy a estallar! —gritó—. Prenderé fuego al mundo entero, y haré tanto ruido, que durante un año no se hablará de otra cosa. Y, en efecto, estalló. —¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! —hizo la pólvora. No cabe duda de que estalló. Pero nadie le oía, ni siquiera los dos chicos, que dormían a pierna suelta. Entonces, lo único que quedó de él fue la varilla, que cayó encima de un Ganso, que se encontraba paseando por las orillas del foso. —¡Santo cielo! —exclamó el Ganso—. ¿Es que ahora llueven palos? Y se arrojó al agua. —Ya sabía yo que causaría un gran sensación —susurró el Cohete, expirando.

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A Constance Mary Wilde A Lady Margaret Brooke

Era la víspera del día fijado para su coronación, y el Rey adolescente se encontraba solo en su suntuosa cámara. Todos los cortesanos se habían retirado con su venia, inclinando la cabeza hasta el suelo, con arreglo a la más rigurosa etiqueta, para dirigirse al gran salón de Palacio y recibir las últimas lecciones del Maestro de Ceremonias; pues había algunos que conservaban modales demasiado naturales, cosa que en un cortesano, huelga decirlo, es grave falta. Al muchacho —pues sólo era un muchacho, de apenas dieciséis años— no le desagradó su partida y, con un hondo suspiro de satisfacción, se dejó caer sobre los mullidos almohadones del recamado canapé, yaciendo allí, huraños los ojos y la boca entreabierta, semejante a un dorado fauno de los bosques, o a uno de esos animalejos de la selva recién apresado por los cazadores. Y, realmente, cazadores eran quienes le habían encontrado. Casi por azar, cuando, descalzo de pie y pierna, y caramillo en mano, iba en pos del rebaño del pobre cabrero que le había criado, y de quien siempre se había tenido por hijo. Nacido de la hija única del anciano Rey, casada secretamente con un hombre de condición muy inferior a la suya —un extranjero, decían unos, que se hizo amar de la joven Princesa por su arte maravilloso de tocar el laúd; un artista de Rímini, al decir de otros, a quien la princesa había honrado mucho, quizás demasiado, y que desapareció bruscamente de la ciudad, dejando sin concluir su obra de


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la catedral—, había sido, cuando apenas contaba una semana, arrebatado del lado de su madre mientras ésta dormía, y confiado a la custodia de un labriego y su mujer, que no tenían hijos y vivían en lo más remoto de la selva, a más de una jornada de la ciudad. El dolor, o la peste, como declaró el médico de la Corte, o un activo veneno italiano, como algunos sugirieron, administrado en una copa de vino especiado, mató, antes de que transcurriese una hora de su despertar, a la blanca doncella que le había dado vida, y cuando el fiel mensajero que llevaba al niño atravesado en el arzón de su silla descendía de su fatigada cabalgadura y llamaba a la tosca puerta de la choza del pastor, en ese mismo instante el cuerpo de la Princesa era depositado en una fosa cavada en un cementerio solitario, situado fuera de la ciudad; una tumba donde reposaba también otro cuerpo, según decía: el de un joven de maravillosa y exótica belleza, con las manos atadas a la espalda y el pecho acribillado de rojas heridas. Tal era, al menos, la historia que se murmuraba. Lo cierto es que el viejo Rey, a la hora de la muerte, no se sabe si arrepentido de su gran pecado, o simplemente deseando que su reino no pasara a nadie extraño a su linaje, había mandado buscar al mancebo y, en presencia de la Corte, le habían reconocido como heredero suyo. Y parece ser que desde el primer momento había dado muestras de aquella extraña pasión por la belleza, llamada a ejercer tan gran influencia sobre su vida. Los que le acompañaron a visitar la serie de habitaciones reservadas para su uso particular, hablaban a menudo del grito de placer que se escapó de sus labios cuando vio las delicadas vestiduras y ricas joyas que le estaban destinadas, y de la fiera alegría con que se despojó de su rudo sayo de cuero y su grosero pellico. Verdad que a veces echaba de menos la hermosa libertad de su vida en la selva, y que le irritaban en extremo las enojosas ceremonias de la Corte, que le robaban tan gran parte del día; pero el maravilloso Palacio —Joyeuse, como era llamado— de que ahora se encontraba dueño, le parecía un nuevo mundo recién creado para su deleite; y en cuanto podía escaparse del Consejo o del salón de audiencias, bajaba corriendo la escalera s El

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principal, con sus leones de bronce dorado y sus peldaños de brillante pórfido, e iba de salón en salón y de galería en galería, como si buscara en la belleza un lenitivo al dolor, una especie de tónico contra alguna enfermedad. En estos viajes de exploración, como él los llamaba —y, realmente, eran para él verdaderos viajes a través de un país maravilloso—, iba a veces acompañado por los esbeltos y rubios pajes de la Corte, de capas flotantes y gayas cintas revoladoras; pero, más a menudo, iba solo, sintiendo instintivamente, casi adivinándolo, que los secretos del arte se aprenden mejor en secreto, y que la belleza, como la sabiduría, ama al adorador solitario. Contábanse de su vida en aquel tiempo una porción de anécdotas. Se dijo que un obeso Burgomaestre, venido a espetarle un florido discurso en nombre de sus conciudadanos, le había sorprendido arrodillado en verdadera adoración ante un gran lienzo recién traído de Venecia y que parecía anunciar el culto de nuevas divinidades. En otra ocasión fue echado de menos durante varias horas y, después de prolongadas pesquisas, se le encontró en uno de los torreones septentrionales de Palacio contemplando, extasiado, un camafeo griego con la figura de Adonis. Y hasta se contaba haberle visto imprimiendo sus labios ardorosos sobre la frente marmórea de una estatua antigua, descubierta en el lecho del río cuando se construyó el puente de piedra; estatua que llevaba inscrito el nombre del esclavo bitinio de Adriano. Y una noche entera se había pasado estudiando los efectos de la luz lunar sobre una imagen de plata que representaba a Endimión. Todas las materias raras y costosas ejercían, indudablemente, una gran fascinación sobre él, y en su afán de procurársela había enviado a todas partes innumerables mercaderes; unos, a traficar por ámbar con los rudos pescadores de los mares septentrionales; otros a Egipto, en busca de esa curiosa turquesa verde que únicamente se encuentra en las tumbas de los reyes y que dicen poseer propiedades mágicas; otros a Persia, por tapices de seda y cerámica policromada, y otros a la India, a comprar gasas y marfil teñido, selenitas y brazaletes de jade, madera de sándalo y esmaltes azulados y chales de lana fina.

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Pero lo que más le había preocupado, era el traje que debía llevar el día de su coronación; el traje de tisú de oro y la corona incrustada de rubíes y el cetro con sus círculos de perlas. Indudablemente, en ello estaba pensando esta noche, mientras yacía reclinado en su suntuoso diván, contemplando el gran tronco de pino que se consumía en la abierta chimenea. Varios meses antes, habían sometido a su aprobación los diseños, llevados a cabo por los artistas más famosos de la época, y había dado órdenes para que los artífices trabajasen noche y día en realizarlos, y para que por todo el mundo se buscasen pedrerías dignas de tal obra. Imaginábase de pie ante el altar mayor de la catedral, en el lujoso atavío de un Rey; y una sonrisa retozó sobre sus labios infantiles, iluminando sus oscuros selváticos. Al cabo de unos instantes, se levantó de su asiento y, apoyándose sobre la tallada repisa de la chimenea, miró en torno suyo la habitación sumida en la penumbra. Colgaban de los muros ricas tapicerías representando el triunfo de la Belleza. Un gran armario, incrustado de ágata y lapislázuli, guarnecía un rincón; y frente a la ventana había un escritorio, finamente tallado, con entrepaños de laca taraceados de oro mate, sobre el que descansaban unos frágiles vasos de cristal veneciano y una veteada copa de ónix oscuro. Pálidas adormideras bordadas sembraban la colcha de seda del lecho, como si hubiesen caído de las cansadas manos del sueño, y largas varas de marfil estriado soportaban el dosel de terciopelo, del que brotaban grandes penachos de plumas de avestruz, blancas como espuma, hacia los plateados artesones. Un riente Narciso de bronce verdinegro, sostenía sobre su cabeza un bruñido espejo. Encima de la mesa había una pátera de amatista. Fuera, se veía la cúpula de la Catedral, semejante a una enorme burbuja sobre las casas en sombra, y los centinelas fatigados, que paseaban arriba y abajo por la terraza del río, envuelta en la bruma. Muy lejos, en un huerto, cantaba un ruiseñor. Un sutil aroma de jazmines entraba por la ventana abierta. Sacudió de su frente los rizos sombríos y, tomando un laúd, dejó vagar sus dedos por las cuerdas. Cerráronse sus párpados pesadamente, y s El

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una extraña languidez se apoderó de él. Nunca hasta entonces había sentido tan agudamente, con goce tan exquisito, el misterio y la magia de las cosas bellas. Cuando soñó medianoche en el reloj de la torre, tocó una campanilla, y entraron sus pajes a desnudarle con gran ceremonia, vertiendo agua de rosas en sus manos y esparciendo flores sobre su almohada. A los pocos momentos de dejarle solo en la estancia quedó dormido. Y soñó, mientras dormía; y éste era su sueño: Creía encontrarse en un desván muy largo y bajo de techo, en medio del zumbido y el estrépito de multitud de telares. La escasa luz del día se asomaba por las ventanas enrejadas, mostrándole las siluetas esqueléticas de los tejedores, inclinados sobre sus artefactos. Varios niños, pálidos y enfermizos, estaban acurrucados sobre las enormes vigas cruzadas. Cuando las lanzaderas atravesaban la urdimbre, levantaban los pesados maderos y, cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer los maderos y apretaban los hilos. Sus rostros estaban demacrados por el hambre, y sus manos exangües se agitaban temblorosas. Algunas mujeres macilentas cosían sentadas alrededor de una mesa. Un olor pestilente llenaba el lugar. El aire era corrompido y pesado, y las redes goteaban, chorreando humedad. El joven Rey avanzó hacia uno de los tejedores, y se detuvo ante él, contemplándole. Y el tejedor le miró coléricamente, y le dijo: —¿Por qué me vigilas? ¿Eres acaso un espía de nuestro amo? —¿Quién es tu amo? —preguntó el Rey. —¿Nuestro amo? —exclamó el tejedor con amargura—. ¡Un hombre como yo! Realmente, sólo hay una diferencia entre nosotros: que mientras él lleva ricas vestiduras, yo voy vestido de andrajos; y mientras yo muero de hambre, él sufre, y no poco, de hartura. —El país es libre —dijo el Rey—, y no eres esclavo de nadie. —En tiempo de guerra —contestó el tejedor—, el fuerte esclaviza al débil; y, en tiempo de paz, el rico esclaviza al pobre.

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Tenemos que trabajar para vivir, y nos dan salarios tan mezquinos, que perecemos. Trabajamos durante todo el día, mientras ellos amontonan el oro en sus arcas; y nuestros hijos mueren prematuramente, y los rostros de los que amamos se vuelven duros y malignos. Estrujamos la uva, y otros se beben el vino. Sembramos el trigo, y carecemos de pan en nuestra propia mesa. Llevamos cadenas, aunque nadie las vea, y somos esclavos, aunque los hombres nos llamen libres. —Y ¿es así para todos? —preguntó el Rey. —Para todos —respondió el tejedor—; para los jóvenes y para los viejos, para las mujeres y para los hombres, para los niños y para los ancianos agobiados por el peso de los años. Los industriales nos oprimen y tenemos que obedecer irremisiblemente sus órdenes. El sacerdote pasa a caballo rezando el rosario, y nadie se cuida de nosotros. Por nuestras callejuelas sombrías nos arrastra la pobreza, de ojos famélicos; y el pecado, de rostro macilento, va tras ella. La miseria nos despierta por la mañana, y la vergüenza se sienta a nuestro lado por la noche. Pero ¿qué te importa a ti todo esto? No eres de los nuestros. Tu rostro es demasiado alegre. Y, volviéndose ceñudamente, reanudó su trabajo. Y el Rey vio que estaba urdiendo con hilo de oro. Y un gran terror se apoderó de él, y preguntó al tejedor. —¿Qué traje es ése que estás tejiendo? —Es el traje para la coronación del joven Rey —contestó—; mas ¿qué te importa? Y el Rey lanzó un gran grito y despertó; y he aquí que estaba en su propia cámara, a través de cuya ventana pudo ver la luna llena, color de miel, suspendida en el aire fosco. Y quedó de nuevo dormido, y soñó; y éste era su sueño: Creía encontrarse sobre la cubierta de una inmensa galera, movida a remo por un centenar de esclavos. A su lado, sobre un tapiz, estaba sentado el capitán de la galera. Era negro como el ébano, y llevaba un turbante de seda carmesí. Unos enormes zarcillos de plata colgaban de los gruesos lóbulos de sus orejas, y tenía en las manos una balanza de marfil. s El

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Los esclavos iban desnudos, con sólo un taparrabos andrajoso, y encadenado cada uno de su vecino. Un sol abrasador caía a plomo sobre ellos, y unos negros, que corrían de arriba abajo por el pasamano, los fustigaban con látigos de cuero. Alargaban sus brazos escuálidos, empujando los pesados remos, cuyas palas hacían saltar la salada espuma. Por fin llegaron a una pequeña ensenada, y empezaron a hacer sondajes. Una ligera brisa, que soplaba de tierra, manchó la cubierta y la gran vela latina de un fino polvo rojo. Aparecieron tres árabes, montados en onagros, y les lanzaron varios dardos. El capitán de la galera cogió un arco pintado e hirió a uno de ellos en la garganta. Cayó éste pesadamente sobre la arena, y sus compañeros huyeron al galope. Una mujer, envuelta en un velo amarillo, les siguió lentamente, sobre un camello, volviendo la cabeza de vez en cuando para contemplar el cadáver. Tan pronto como se hubo lanzado el ancla y amainado la vela, los negros bajaron a la cala y trajeron una larga escala de cuerda, lastrada con un gran peso de plomo. El capitán de la galera la arrojó por encima de la borda, después de sujetar los extremos a dos escálamos de hierro. Entonces los negros cogieron al más joven de los esclavos y, despojándole de los grilletes, le taparon con cera la nariz y los oídos y le ataron una piedra enorme a la cintura. Descendió el esclavo penosamente por la escala y desapareció en el mar. Unas cuantas burbujas brotaron del lugar en que se hundió. Algunos de los esclavos miraban con curiosidad por encima de la borda. A proa, un encantador de tiburones redoblaba monótonamente en un tambor. Pasado cierto tiempo, salió el buzo del agua y trepó, jadeante, por la escala, llevando una perla en la mano derecha. Los negros se la arrebataron, y le obligaron a sumergirse de nuevo. Los esclavos se dormían sobre sus remos. Una y otra vez reapareció, trayendo siempre una hermosa perla. El capitán las pesaba, y luego las metía en un saquito de cuero verde. El Rey trataba de hablar; pero su lengua parecía adherida al paladar, y sus labios se negaban a todo movimiento. Los negros

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charlaban entre sí, y de pronto empezaron a disputar por un collar de cuentas brillantes. Dos grullas revoloteaban alrededor del navío. Entonces el buzo subió por última vez, y la perla que traía era más bella que todas las perlas de Ormuz, pues era redonda como una luna llena y más blanca que el lucero matutino. Pero su rostro estaba extrañadamente pálido, y al caer sobre cubierta brotó sangre de su nariz y oídos. Estremecióse un momento, y luego quedó inmóvil. Los negros se encogieron de hombros, y arrojaron al mar su cadáver. Y el capitán se echó a reír, y tendiendo la mano, cogió la perla. Y, en cuanto la hubo visto, la estrechó contra su frente, que inclinó hacia tierra. —Será para el cetro del joven Rey —dijo; e hizo señal a los negros de que levaran el ancla. Y cuando el Rey oyó esto, lanzó un gran grito y despertó. Y a través de la ventana, pudo ver los largos dedos grises de la aurora apagando las estrellas mortecinas. Y de nuevo quedó dormido, y soñó; y éste era su sueño: Caminaba al azar por una selva oscura, ornada de extraños frutos y bellas flores venenosas. Silbaban las víboras a su paso, y brillantes papagayos huían de rama en rama lanzando agudos chillidos. Tortugas enormes yacían adormecidas sobre el lodo tibio. Los árboles estaban poblados de monos y pavos reales. Siguió caminando adelante, hasta llegar al límite de la selva, y allí vio una inmensa multitud de hombres trabajando en el cauce de un río desecado. Bullían por la hondonada, semejantes a hormigas. Cavaban profundos pozos en la tierra y se hundían en ellos. Unos hendían las rocas con pesados picos; otros escarbaban en la arena. Arrancaban de raíz los cactos y pisoteaban sus flores purpurinas. Iban y venían, llamándose unos a otros, y ni un solo hombre estaba ocioso. Ocultas en una caverna sombría, la Muerte y la Avaricia los acechaban. Y la Muerte dijo: —Estoy cansada: cédeme un tercio de ellos, y me iré. s El

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Pero la Avaricia movió la cabeza: —Son mis siervos —contestó. Y la Muerte preguntó: —¿Qué tienes en la mano? —Tres granos de trigo —contestó la Avaricia—; mas ¿que te importa? —Dame uno para plantarlo en mi jardín —exclamó la Muerte—; uno solo, y me iré. —No te daré nada —dijo la Avaricia; y ocultó la mano entre los pliegues de su vestido. La Muerte se echó a reír y, cogiendo una copa, la sumergió en una charca; y de la copa surgió el Paludismo. Pasó a través de la gran muchedumbre, y un tercio de ella cayó muerta. Una niebla helada la seguía, y a su lado se arrastraban las culebras de agua. Y cuando la Avaricia vio que un tercio de la muchedumbre había muerto, golpeóse el pecho y lloró. Golpeóse el seno estéril, gritando: —¡Has matado a un tercio de mis siervos! ¡Vete! Guerra hay en las montañas de Tartaria, y los reyes de ambos bandos te reclaman. Los afganos han degollado el Buey Negro y se preparan para el combate. Han golpeado los escudos con sus lanzas y se han cubierto con sus yelmos de acero. ¿Qué puede significarte mi valle, para que te detengas en él? Vete, y no vuelvas más. —No —contestó la Muerte—; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré. Pero la Avaricia apretó la mano y rechinó los dientes. —No te daré nada —murmuró. La Muerte se echó a reír y, cogiendo una piedra negra, la lanzó a la selva; y de un matorral de cicuta surgió la Fiebre, envuelta en un manto de llamas. Pasó a través de la multitud, tocando a los hombres; y todo aquel que tocaba, caía muerto. Según caminaba, marchitábase la hierba bajo sus pies. Y la Avaricia se estremeció, y cubrióse de cenizas la cabeza. —¡Eres cruel —gritó—, eres cruel! Reina el hambre en las ciudades amuralladas de la India, y las cisternas de Samarcanda se han secado. Reina el hambre en las ciudades amuralladas de

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Egipto, y la langosta ha subido del desierto. El Nilo no se ha desbordado, y los sacerdotes han maldecido a Isis y a Osiris. ¡Vete al lado de quien te necesita, y déjame a mis siervos! —No —contestó la Muerte—; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré. —No te daré nada —dijo la Avaricia. Y la Muerte se echó a reír de nuevo; y silbó con los dedos, y una mujer apareció volando por los aires. La palabra “Peste” estaba escrita sobre su frente, y una bandada de flacos buitres giraba en torno suyo. Cubrió el valle con sus alas, y ni un solo hombre quedó vivo. Y la Avaricia huyó gritando a través de la selva, y la Muerte saltó sobre su caballo rojo y partió al galope. Y su galopar era más rápido que el viento. Y de la ciénaga del fondo del valle salieron, arrastrándose, dragones y monstruos escamosos, y los chacales llegaron trotando por la arena y olfateando el aire. Y el Rey lloró, y dijo: —¿Quiénes eran esos hombres, y qué estaban buscando? —Rubíes para la corona de un Rey —contestó alguien tras él. Y el joven Rey se estremeció. Y, volviéndose, vio a un hombre vestido de peregrino, que tenía en la mano un espejo de plata. Y, palideciendo, preguntó: —¿Para qué Rey? Y el Peregrino contestó: —Mira en este espejo, y le verás. Y él miró en el espejo y, al ver su propio rostro, lanzó un gran grito y despertó; y los claros rayos del sol inundaban la estancia, y los pájaros cantaban en los árboles del jardín. Y entraron el Chambelán y los altos dignatarios del Estado a rendirle homenaje, y los pajes le trajeron el vestido de tisú de oro, y colocaron ante él la corona y el cetro. s El

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Y el Rey contempló todo ello, y todo era extremadamente hermoso. De una hermosura como no había visto en su vida. Pero recordó sus sueños, y dijo a sus cortesanos: —Retirad todas esas cosas, pues no he de usarlas. Y los cortesanos quedaron atónitos; y algunos rieron, pensando estaba de chanza. Pero él les repitió, con tono severo: —Retirad todas esas cosas, quitadlas de mi vista. Aunque sea el día de mi coronación, no las llevaré, pues ese traje mío ha sido tejido en el telar del dolor, por las manos pálidas del sufrimiento. Hay sangre en el corazón del rubí, y muerte en el de la perla. Y les contó sus tres sueños. Y cuando los cortesanos los hubieron oído, se miraron unos a otros diciéndose en voz baja: —Indudablemente, está loco; pues, ¿qué es un sueño más que un sueño, y una visión más que una visión? No son cosas reales para preocuparse de ellas. Y ¿qué tenemos que ver con las vidas de los que trabajan para nosotros? ¿Va uno a abstenerse de comer pan hasta que no haya visto al labriego, y de beber vino hasta hablar con el viñador? Y habló el Chambelán al joven Rey, diciendo: —Señor, te ruego apartes de tu mente tan sombríos pensamientos, y vistas ese hermoso traje y ciñas esa corona a tus sienes. Pues, ¿cómo conocerá el pueblo que eres Rey si no llevas vestiduras reales? Y el joven Rey le miró, y dijo: —¿Es cierto eso? ¿No me reconocerán como Rey si no llevo vestiduras reales? —No te reconocerán, Señor —exclamó el Chambelán. —Creí que había habido hombres de aspecto regio —contestó—; pero puede que sea como dices. Sin embargo, no llevaré ese traje, ni seré coronado con esa corona, sino que tal como entré en Palacio saldré de él. Y ordenó a todos que le dejaran, excepto a un paje, que conservó a su servicio, mancebo de un año menos que él. Después de

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haberse bañado en agua clara, abrió un gran cofre pintado, y sacó de él su sayo de cuero y la grosera zamarra que había usado cuando, desde una loma, cuidaba de las hirsutas cabras del cabrero; vistióse con todo ello, y empuñó su tosca callada de pastor. Y el paje, maravillado, abrió sus grandes ojos azules, y le dijo, sonriendo: —Señor, veo tu traje y tu cetro; pero, ¿dónde está tu corona? Entonces el Rey arrancó una rama del agavanzo que trepaba por el balcón y, curvándola, hizo con ella una guirnalda, que se ciñó a la cabeza. —Ésta será mi corona —contestó. Y así, ataviado, salió del aposento y entró en el salón del trono, donde estaban esperándole los nobles. Y los nobles soltaron la carcajada, y algunos gritaron: —Señor, el pueblo espera a su Rey, y vas a mostrarles un mendigo. Y otros se encolerizaron, diciendo: —Deshonra nuestro linaje, y es indigno de ser nuestro Señor. Pero él, sin decir palabra, pasó por en medio de ellos y descendió la escalinata de brillante pórfido, y transpuso las puertas de bronce, y montando en su caballo cabalgó hacia la Catedral, seguido del pajecillo, que corría a su lado. Y el pueblo decía, riendo: —Es el bufón del Rey, que pasa a caballo. Y hacían mofa de él. Pero él, refrenando el caballo, dijo: —¡No, soy el Rey! Y les contó sus tres sueños. Y un hombre abrióse paso entre la multitud, y le habló amargamente, diciendo: —Señor, ¿no sabes que del lujo de los ricos depende el alimento de los pobres? Vuestra pompa nos sustenta, y vuestros vicios nos dan de comer. Amargo es trabajar para un amo cruel; pero más amargo es todavía no tener amo para quien trabajar. ¿Crees que los cuervos van a alimentarnos? ¿Qué remedio s El

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tienes para esos males? ¿Vas a decir al comprador: “Comprarás a tanto”, y al vendedor: “Venderás a tal precio”? Creo que no, ¿verdad? Vuelve, pues, a tu Palacio, y viste tu púrpura y tus finos lienzos. ¿Qué tienes que ver tú con nosotros ni nuestros sufrimientos? —¿No son hermanos los pobres y los ricos? —preguntó el Rey. —Sí —contestó el hombre—, y el hermano rico se llama Caín. Y los ojos del Rey se llenaron de lágrimas, y prosiguió su camino entre los murmullos del pueblo. Y el pajecillo tuvo miedo, y le abandonó. Y cuando llegó al gran pórtico de la Catedral, los soldados cruzaron sus alabardas, diciéndole: —¿Qué buscas aquí? Sólo el Rey puede entrar por esta puerta. Y su rostro se encendió de cólera, y les dijo: —Soy el Rey. Y, apartando sus alabardas, pasó adelante. Y cuando el anciano Obispo le vio llegar vestido de cabrero, se levantó de su trono, lleno de estupor, y fue a su encuentro, diciéndole: —¿Es ése el atavío de un Rey, hijo mío? ¿Con qué corona voy a coronarte? ¿Qué cetro pondré en tus manos? Hoy debería ser para ti un día de gozo, y no un día de humillación. —¿Podrá vestir el gozo lo que el dolor ha fabricado? —dijo el Rey; y le contó sus tres sueños. Y cuando el Obispo los hubo oído, frunció el entrecejo, y dijo: —Hijo mío, soy un anciano, y en el invierno de mi vida, y sé que se cometen muchas maldades en este vasto mundo. Feroces bandoleros bajan de las montañas, y roban a los niños y los venden a los moros. Los leones se ponen en acecho de las caravanas, y saltan sobre los camellos. El jabalí destroza los trigales en el valle, y las zorras devastan los viñedos del collado. Los piratas arrasan la costa e incendian las barcas de los pescadores, arrebatándoles sus redes. En las salinas viven los leprosos;

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habitan chozas de cañas, y nadie puede aproximarse a ellos. Los mendigos vagan por las ciudades y comen su pitanza con los perros. ¿Puedes tú impedir todo esto? ¿Acogerás al leproso en tu lecho, y sentarás a tu mesa al mendigo? ¿Cumplirá el león tus mandatos, y te obedecerá el jabalí? ¿Acaso no es más sabio que tú el que creó la miseria? Así, no puedo alabar lo que has hecho; antes bien, te mando que regreses a Palacio, y pongas rostro alegre, y vistas el traje que conviene a un Rey. Y yo te coronaré con la corona de oro, y colocaré en tus manos el cetro de perlas. Y en cuanto a los sueños, no vuelvas a pensar en ellos. El fardo de este mundo es excesivo para que pueda soportarlo un hombre solo; y pesa demasiado el dolor del universo para que pueda resistirlo un solo corazón. —¿Así hablas en esta casa? —dijo el Rey; y, adelantándose, subió los escalones del altar, y se detuvo ante la imagen de Cristo. Se detuvo ante la imagen de Cristo, y a la derecha y a la izquierda de él estaban los preciosos vasos de oro; el cáliz con el vino generoso, y la ampolleta de los santos óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo, y los grandes cirios ardieron encendidamente junto al enjoyado tabernáculo, y el humo del incienso se rizaba en tenues espirales azules, subiendo hacia la cúpula. Inclinó la cabeza en oración, y los sacerdotes, revestidos de sus rígidas capas pluviales, abandonaron el altar. Y, de pronto, llegó un gran tumulto de la calle, y entraron los nobles, desnudas las espadas, trémulos los penachos de sus cascos, embrazando sus escudos de bruñido acero. —¿Dónde está ese soñador? —gritaron—. ¿Dónde está ese Rey vestido de mendigo, ese mozo que deshonra nuestro linaje? A matarle venimos, pues es indigno de reinar sobre nosotros. Y el Rey inclinó de nuevo la cabeza, y oró. Y cuando hubo terminado su oración, se levantó y, volviéndose, los miró tristemente. Y he aquí que, a través de las altas vidrieras de colores, le inundó el sol con sus rayos, tejiendo en torno suyo un ropaje más bello que el confeccionado para su deleite. Floreció el seco cayado s El

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en lirios más blancos que las perlas. Florecieron las secas espinas en rosas más rojas que los rubíes. Más blancos que finas perlas eran los lirios, y sus tallos de plata resplandeciente. Más roja que encendidos rubíes eran las rosas, y sus hojas de oro bruñido. En pie, ataviado como un Rey, se erguía; y las puertas del enjoyado tabernáculo se abrieron, y en el radiante viril de la custodia brilló una mística luz maravillosa. En pie, ataviado como un Rey, erguíase ante ellos, y los santos en sus hornacinas parecían animarse. Espléndidamente ataviado como un Rey erguíase ante ellos, y el órgano atronaba con su música, y los heraldos tocaban sus trompetas, y los niños del coro cantaban. Y el pueblo cayó de rodillas, atemorizado, y los nobles envainaron sus espadas y le rindieron pleitesía, y el Obispo palideció, y sus manos temblaron. —¡Uno más grande que yo te ha coronado! —exclamó, prosternándose ante él. Y el Rey descendió del altar mayor, y volvió al Palacio, a través del pueblo. Pero nadie se atrevía a contemplar su rostro, pues era semejante al rostro de un ángel.

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El cumpleaños de la Infanta

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A Mrs. William H. Grenfell of Taplow Court

Era el cumpleaños de la Infanta. Cumplía aquel día doce años, y el sol brillaba esplendorosamente en los jardines de Palacio. A pesar de ser una Princesa de sangre real e Infanta de España, no tenía más que un cumpleaños cada año, lo mismo que los hijos de los pobres. Era, pues, muy importante para todo el reino que, con este motivo, hiciera un día hermoso. ¡Y vaya si hacía un día hermoso! Los altaneros y abigarrados tulipanes se erguían en sus tallos, semejantes a largas filas de soldados, y miraban a las rosas provocadoramente, diciendo: —¡Hoy somos tan hermosos como vosotras! Purpúreas mariposas revoloteaban en torno, con alas empolvadas de oro, y visitaban todas las flores alternativamente; las lagartijas salían de entre las grietas del muro a tomar el sol, y las hendían y chasqueaban con el calor, poniendo al descubierto sus rojos corazones. Hasta los pálidos limones amarillos, que en tan gran profusión colgaban de las vetustas espalderas y a lo largo de las arcadas sombrías, parecían tomar del sol resplandeciente un color más rico, y las magnolias abrían sus grandes flores marfileñas, embriagando el aire con su perfume dulce y penetrante. La Princesita paseó por la terraza con sus compañeros, y jugó al escondite alrededor de los jarrones de piedra y las viejas estatuas cubiertas de musgos. De ordinario, sólo le estaba permitido jugar con niños de su alcurnia; así que siempre tenía


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que jugar sola; pero el día de su cumpleaños era una excepción, y el Rey había dado órdenes para que pudiera invitar todas las amigas que se le antojase. Había una gracia majestuosa en los movimientos de todos aquellos esbeltos niños españoles; los muchachos, con sus anchos chambergos de plumas y su capitas flotantes; las niñas, recogiéndose la cola de sus largos vestidos de brocado y resguardando sus ojos del sol con enormes abanicos negro y plata. Pero la Infanta era la más encantadora de todas, y la ataviada con más gusto, según la moda, un tanto embarazosa, de la época. Su traje era de raso gris, con la saya y las amplias mangas de bullones todas recamadas de plata, y el rígido corpiño cruzado por varios hilos de perlas finas. Al andar, dos diminutos chapines, con grandes moñas de cinta carmesí, apuntaban bajo la falda. Rosa y nácar era su inmenso abanico de gasa, y en su cabellera, que como un nimbo de oro desvaído circundaba su pálida carita, llevaba prendida una bellísima rosa blanca. Desde una ventana del Palacio, el triste y melancólico Rey la contemplaba. En pie, tras él, veíase a su hermano, Don Pedro de Aragón, a quien odiaba, y a su confesor, el Gran Inquisidor de Granada, sentado a su lado. Más triste que de ordinario estaba el Rey; pues cuando miraba a la Infanta, saludando con gravedad pueril a los cortesanos, o riendo tras su abanico de la horrible Duquesa de Alburquerque, de quien siempre iba acompañada, se acordaba de la Reina, su madre, que, poco tiempo antes —por lo menos, tal le parecía—, llegara del alegre país de Francia, y luego se marchitara en el sombrío esplendor de la Corte de España, muriendo a los seis meses del nacimiento de su hija, antes de haber visto florecer dos veces los almendros del jardín, ni recogido el fruto el segundo año de la vieja y retorcida higuera que había en el centro del patio, hoy cubierto de hierba. Tan grande había sido su amor por ella, que no permitió que la tumba se la robara por completo. Un médico moro, a quien para

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pagar este servicio, le perdonaran la vida —en manos ya, según se susurraba, del Santo Oficio, por herejía y sospecha de práctica de brujería—, la embalsamó. Y su cuerpo reposaba aún en su tapizado ataúd, en la capilla de mármol negro de Palacio, tal como los monjes la habían depositado aquel día tempestuoso de marzo, hacía ya cerca de doce años. Una vez al mes iba el Rey a arrodillarse a su lado, envuelto en una oscura capa, con una linterna sorda en la mano. —¡Mi reina, mi reina! —gritaba. Y a veces, prescindiendo de la etiqueta inflexible que en España rige cada acto de la vida y pone límites hasta a la aflicción de un Rey, asía las pálidas manos enjoyadas, presa de una desesperada congoja, e intentaba reanimar con sus besos insensatos aquel rostro pintado y frío. Hoy le parecía verla de nuevo, como cuando la contempló por primera vez en el castillo de Fontainebleau, contando él sólo quince años, y ella todavía menos. Por aquel tiempo fue cuando contrajeron solemnes esponsales, ante el Nuncio de Su Santidad, el Rey de Francia y toda la Corte. Poco después regresó a El Escorial, llevando consigo un rizo de cabellos rubios y el recuerdo de dos labios infantiles inclinándose a besar su mano cuando subía a la carroza. Más tarde, se efectuó el casamiento, celebrado a toda prisa en Burgos, villa próxima a la frontera de ambos países, y en seguida la solemne entrada en Madrid, con la tradicional misa mayor en la Iglesia de Atocha y un auto-da-fe más solemne que de costumbre, en el que más de trescientos herejes, y entre ellos bastantes ingleses, fueron entregados al brazo secular para ser quemados. Sí, la había amado con locura, para ruina, pensaron muchos, de su país, entonces en la lucha con Inglaterra por el imperio del Nuevo Mundo. Apenas le permitía que se apartara de su lado; por ella olvidó, o pareció olvidar, los graves asuntos del Estado; y por esa terrible ceguera que comunica la pasión  . El episodio, como algunos otros del cuento, está tomado de la vida de Carlos II, el último de los Austria, que, pocos meses antes de morir, se hizo abrir el ataúd de su primera esposa, María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, a la que amara tiernamente, cayendo y sollozando sobre sus restos, extrañamente conservados, con el mismo grito que pone Wilde en labios del monarca de su cuento. Sólo que María Luisa no tuvo descendencia alguna.

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a sus esclavos, nunca pudo observar que las complicadas ceremonias con que intentaba distraerla sólo conseguían agravar la extraña enfermedad que padecía. Cuando murió, durante algún tiempo estuvo como privado de razón. Y sin duda habría abdicado para recluirse en el gran Monasterio Trapense de Granada, del que ya era Prior titular, si no hubiese temido dejar a la Infantita a merced de su hermano, cuya crueldad era notoria hasta en la misma España, y sospechado por muchos de haber causado la muerte de la Reina, mediante unos guantes envenenados que le ofreciera con motivo de su visita a su castillo de Aragón. Y aun después de transcurridos los tres años de luto oficial que ordenara para todos sus dominios por medio de un Real Edicto, nunca hubiera tolerado a sus ministros que le hablasen de una nueva alianza; y cuando el mismo Emperador le ofreció la mano de su sobrina, la encantadora Archiduquesa de Bohemia, encargó a los embajadores dijeran a su señor que el Rey de España estaba ya desposado con el dolor, y que aun siendo ésta una esposa estéril, la prefería a la belleza; respuesta que costó a su corona las ricas provincias de los Países Bajos, que al poco tiempo, instigadas por el Emperador, se rebelaron contra él, acaudilladas por unos cuantos fanáticos de la Reforma. Toda su vida conyugal, con sus goces vehementes y ardorosos, y la terrible agonía de aquel fin repentino, parecía volver a él nuevamente al contemplar a la Infanta jugando en la terraza. Tenía, al igual que la Reina, aquella deliciosa petulancia, aquel gesto voluntarioso de cabeza, aquella boca encantadora, de labios altaneros, aquella maravillosa sonrisa —vrai sourire de France— cuando miraba hacia la ventana o alargaba su manecita para que la besaran aquellos solemnes hidalgos españoles. Pero la risa penetrante de los niños le lastimaba los oídos, y el resplandor implacable del sol parecía burlarse de su tristeza, y un denso aroma de extrañas especias, semejantes a las que usan los embalsamadores, parecía viciar —¿o era ilusión suya?— el aire puro de la mañana. Ocultó el rostro entre las manos, y cuando la Infanta miró de nuevo hacia arriba, las cortinas estaban corridas y el Rey se había retirado. s El

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Hizo la Infanta un mohín de contrariedad, y se encogió de hombros. ¡Bien podía haberle hecho compañía el día de su cumpleaños! ¿Qué podían importarle los estúpidos asuntos del Estado? O ¿acaso se había ido a aquella sombría capilla, en que ardían los cirios de continuo, y donde no le estaba permitido entrar? ¡Qué tontería, cuando el sol brillaba tan alegremente y todo el mundo estaba tan contento! Además, iba a perder el simulacro de la corrida de toros, cuyo comienzo anunciaban ya las trompetas; sin contar los títeres y otras maravillas. Su tío y el Gran Inquisidor eran mucho más sensatos. Habían bajado a la terraza a decirle cumplidos muy bonitos. Irguiendo, pues, su cabecita, cogió a Don Pedro de la mano, y descendió lentamente la escalinata, dirigiéndose hacia un gran pabellón de seda purpurina que habían levantado a un extremo del jardín. Seguíanles los demás niños, por orden riguroso de precedencia, yendo primero aquellos que tenían apellidos más largos. Un cortejo de niños nobles, fantásticamente ataviados de toreros, vino a su encuentro, y el joven conde de Terra-Nova, mancebo de catorce años, de maravillosa belleza, descubriéndose con toda la gracia de un hidalgo de nacimiento, grande de España, la condujo solemnemente a un pequeño sitial de oro y marfil, colocado sobre un estrado, dominando la plaza. Las muchachas se agruparon alrededor, agitando sus inmensos abanicos y cuchicheando entre sí, y Don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron riendo a la entrada. Hasta la Duquesa —la Camarera Mayor, como la llamaban—, dama enjuta y de facciones duras, con una gorguera amarilla, no perecía tan malhumorada como de ordinario, y algo semejante a una helada sonrisa vagaba por su arrugado rostro, crispando sus finos labios exangües. Fue, indudablemente, una maravillosa corrida de toros; mucho más bonita, pensaba la Infanta, que la corrida de verdad que había presenciado en Sevilla con motivo de la visita del Duque de Parma a su padre. Algunos de los muchachos caracoleaban sobre caballos de madera ricamente enjaezados, blandiendo largas picas adornadas con brillantes gallardetes de abigarrados colores; otros iban a pie, agitando ante el toro sus

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capas escarlata y saltando rápidamente la barrera cuando arremetía contra ellos; y, en cuanto al toro, era idéntico a un toro de veras, aunque fuera simplemente de mimbre, forrado de cuero, y mostrase una decidida inclinación a correr en dos patas por la plaza, cosa que nunca se le hubiera ocurrido hacer a un toro real. De todos modos, se portó tan valientemente, que las doncellitas, entusiasmadas en el más alto grado, acabaron por subirse a los bancos, agitando sus pañolitos de encaje y gritando: ¡Bravo toro! ¡Bravo toro!, lo mismo que si fueran personas mayores. Por fin, tras una larga brega, en la que fueron cogidos varios caballos y desarzonados sus jinetes, el condesito de Terra-Nova consiguió igualar al toro, y habiendo obtenido venia de la Infanta para dar el golpe de gracia, hundió con tal ímpetu el estoque de madera en el morrillo del animal, que la cabeza cayó a tierra, dejando al descubierto el rostro sonriente del joven señor de Lorena, hijo del Emperador francés en Madrid. Entonces despejaron el ruedo, en medio de nutridos aplausos, y arrastrados solemnemente los caballos muertos por dos pajes moros, de librea negra y amarilla, tras un breve intermedio, durante el cual un hábil equilibrista francés realizó varios ejercicios sobre la cuerda floja, aparecieron en el escenario de un teatro, expresamente construido para este día, unos polichinelas italianos, representando la tragedia semiclásica de Sofonista. Representaron tan bien, y sus gestos fueron a tal punto naturales, que al final de la obra los ojos de la Infanta estaban empañados por las lágrimas. También algunos de los niños lloraron; y hubo que consolarlos con golosinas; y hasta el mismo Gran Inquisidor se sintió tan conmovido, que no pudo por menos de decir a Don Pedro que le parecía intolerable que simples objetos de madera y cera de color, movidos mecánicamente por alambres, pudieran ser tan desdichados y sufrir tan terribles infortunios. A continuación vino un juglar africano trayendo un gran cesto cubierto con un paño rojo. Lo colocó en el centro de la plaza y, sacando de su turbante una singular flauta de caña, empezó a tocar. A los pocos instantes comenzó a moverse el paño, y mientras de la flauta se exhalaban sonidos cada vez más agudos, dos s El

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serpientes verde y oro sacaron sus extrañas cabezas triangulares, y se irguieron lentamente, balanceándose al influjo de la música como una planta se balancea en la corriente. Los niños estaban algo atemorizados por aquellas capuchas moteadas y aquellas lenguas como dardos, y se divirtieron mucho más cuando el juglar hizo brotar de la arena un naranjo diminuto, que se cubrió de preciosas flores blancas y racimos de verdaderas naranjas. Y cuando cogió el abanico de la hija del marqués de Las Torres y lo transformó en un pájaro azul, que revoloteó cantando en derredor del pabellón, su asombro y su deleite no tuvieron límites. El solemne minué, bailado por los seises de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar , fue también encantador. La Infanta no había presenciado nunca esta maravillosa ceremonia, que todos los años se celebra por el mes de mayo ante el altar mayor de la Virgen, en honor de ésta. Por otra parte, nadie de la familia real española había entrado en la Catedral de Zaragoza desde que un sacerdote loco, según se dijo a sueldo de Isabel de Inglaterra, había intentando dar la comunión con una hostia envenenada al Príncipe de Asturias. Por eso, la Infanta sólo conocía de oídas la “Danza de Nuestra Señora”, como la llamaban, espectáculo indudablemente maravilloso. Los niños vestían trajes antiguos de corte, de terciopelo blanco, y sus pintorescos tricornios estaban ribeteados de plata y rematados por grandes penachos de plumas de avestruz; acentuada más aún la blancura deslumbrante de sus trajes, cuando se movían al sol, por sus rostros atezados y sus largas melenas negras. Todo el mundo sentíase fascinado por la grave dignidad con que se movían a través de las intrincadas figuras de la danza, y por la gracia estudiada de sus ademanes lentos y sus majestuosas reverencias. Al terminar, cuando retiraron sus grandes sombreros empenachados ante la Infanta, ésta contestó a su reverencia con mucha cortesía, e hizo voto de mandar un gran cirio al Santuario de Nuestra Señora del Pilar, para corresponder a la alegría que la había proporcionado.

 . Los seises no son de la Catedral de Zaragoza, sino de la de Sevilla.

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Una cuadrilla de hermosos egipcianos —como se llamaba por aquel tiempo a los gitanos— avanzó entonces por la plaza, y sentándose con las piernas cruzadas, formando corro, empezaron a tañer suavemente sus cítaras, siguiendo con los cuerpos el ritmo de la música y canturreando, casi imperceptiblemente, un aire soñador y melancólico. Cuando divisaron a Don Pedro, fruncieron el ceño, y algunos parecieron aterrados, pues pocas semanas antes había mandado ahorcar por brujería a dos hombres de la tribu, en la plaza del Mercado de Sevilla; pero la Infanta, que, apoyada en el respaldo, los atisbaba por encima del abanico con sus grandes ojos azules, les encantó. Comprendieron que una criatura tan encantadora no podía ser cruel con nadie. Continuaron, pues, tocando muy dulcemente, rozando apenas las cuerdas de las cítaras con sus largas uñas puntiagudas, inclinando sobre el pecho la cabeza, como si estuvieran a punto de caer dormidos. De pronto, lanzando un grito tan agudo que todos los niños se asustaron y la mano de Don Pedro se crispó sobre el pomo de ágata de su daga, pusiéronse en pie y corrieron como enloquecidos alrededor de la plaza, agitando sus panderos y cantando un canto salvaje de amor, en su extraño lenguaje gutural. Luego, a otra señal, se echaron de nuevo a tierra y permanecieron inmóviles, mientras la vibración apagada de las cítaras turbaba sólo el silencio. Después de hacer esto varias veces, desaparecieron por un instante, para reaparecer con un lanudo oso pardo, sujeto por una cadena y llevando en hombros unos cuantos monos de Berbería. El oso se puso de cabeza, con la mayor gravedad, y los monos hicieron toda suerte de piruetas con dos gitanillos, que parecían ser sus amos. Pelearon con espadas diminutas, y disiparon cañones, maniobrando con tanta precisión como la misma guardia del Rey. Realmente, los gitanos tuvieron un gran éxito. Pero lo más divertido de la fiesta fue, sin duda, la danza del enanito. Cuando apareció en la plaza, tambaleándose sobre sus piernas zambas y balanceando su cabezota deforme, los niños prorrumpieron en ruidosas exclamaciones de alegría, y la Infanta rió de tal modo, que la camarera se vio obligada a recordarle que, s El

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si había muchos precedentes en España de que una hija de Rey hubiese llorado ante sus iguales, no existía ninguno de que una Princesa de sangre real se mostrase tan regocijada en presencia de personas inferiores a ella en nacimiento. Pero, realmente, el enano era casi irresistible, y ni en la misma Corte de España, bien conocida por su cultivada afición a lo horrible, se había visto nunca monstruo tan pintoresco. Era, además, su primera aparición en público. Le habían descubierto, la misma víspera, corriendo locamente por el bosque, dos nobles que por casualidad iban de caza por uno de los sitios más apartados del gran encinar que circunda la ciudad, y que, pensando serviría de diversión a la Infanta, lleváronle con ellos a Palacio, ya que su padre, que era un mísero carbonero, no puso dificultad a que le libraran de un tipo tan horrible y tan inútil. Lo más cómico era, quizás, la absoluta inconsciencia que él tenía de su aspecto grotesco. Parecía, por el contrario, muy feliz y ufano. Cuando los niños reían, él también reía, tan franca y alegremente como ellos, y al final de cada danza les hacía las más jocosas reverencias, sonriendo e inclinando la cabeza como si fuera el igual de ellos, y no un ser raquítico y deforme, modelado por la naturaleza en un momento de humorismo, para servir de burla a los demás. En cuanto a la Infanta, le fascinaba de tal modo, que no podía apartar los ojos de ella, y solamente para ella parecía bailar. Y cuando, al terminar la danza, recordando haber visto a las grandes damas de la Corte arrojar ramos de flores a Caffarelli, el famoso tiple italiano enviado por el Papa de su propia capilla para ver de curar la melancolía del Rey con la dulzura de su voz, arrancó la Infanta de sus cabellos la espléndida rosa blanca y, mitad por burla, mitad por hacer rabiar a su Camarera Mayor, la arrojó a la plaza con la más dulce de sus sonrisas, el enanito, tomando la cosa muy en serio, besó la flor con sus rudos labios y llevándose la mano al corazón cayó de rodillas ante ella, gesticulando, con los ojuelos chispeantes de gozo. Esto dio al traste con la gravedad de la Infanta, que, sin poder contener la risa, aun después de desaparecido el enanito de la plaza, expresó a su tío el deseo de que repitiera la danza acto seguido. Pero la Camarera Mayor, so pretexto de que el sol

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calentaba demasiado, decidió sería preferible que Su Alteza regresara sin tardanza a Palacio, donde se le había preparado una maravillosa fiesta, sin olvidar un soberbio ramillete de cumpleaños con sus iniciales en azúcar de colores y una preciosa banderola de plata tremolando en el remate. Levantóse, pues, la Infanta, con suma dignidad, y luego de haber dado órdenes para que el enanito danzara de nuevo ante ella después de la siesta, dio las gracias al condesito de Terra-Nova por su encantador recibimiento, y se retiró a sus habitaciones, seguida de los niños, por el mismo orden en que habían entrado. Cuando el enanito oyó que iba a bailar otra vez ante la Infanta, y por su orden expresa, se sintió tan orgulloso, que echó a correr por el jardín, besando la rosa blanca en un absurdo transporte de alegría, y haciendo los gestos más grotescos y estrambóticos del mundo. Las flores se indignaron sobremanera de tan insolente intrusión en sus dominios y, cuando le vieron hacer cabriolas por los paseos y agitar los brazos en el aire de un modo tan ridículo, no pudieron contenerse por más tiempo. —Es demasiado feo para permitirle solazarse donde estemos nosotros —exclamaron los tulipanes. —¡Ojalá bebiera zumo de adormideras, que le hiciese dormir más de mil años! —dijeron las grandes azucenas escarlata, encendidas de ira. —¡Qué cosa tan horrible! —aullaron los cactos—. Es contrahecho y rechoncho, y no puede haber mayor desproporción entre su cabeza y sus piernas. Es verdad que me hace sentirme más lleno que nunca de aguijones, y como se acerque a mí va a trabar conocimiento con mis púas. —¡Pues no lleva una de mis rosas más bellas! —exclamó el rosal blanco—. Yo mismo se la di esta mañana a la Infanta, como regalo de cumpleaños. No cabe duda que se la ha robado. Empezó a gritar con todas sus fuerzas. —¡Al ladrón, al ladrón, al ladrón! Hasta los geranios rojos, que no acostumbraban dársela de grandes señores, y eran bien conocidos por sus numerosas s El

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relaciones de poco fuste, se encresparon de disgusto al verle; y cuando las violetas observaron dulcemente que, si es cierto que era extremadamente feo, no era suya la culpa y en nada podía remediarlo, replicaron, no sin razón, que éste era su principal defecto, y el ser incurable no era motivo para admirar a nadie. Y, realmente, algunas violetas encontraron que la fealdad del enanito era casi ofensiva, y que habría dado prueba de más tacto adoptando un aire melancólico, o al menos pensativo, en lugar de saltar alegremente y hacer gestos tan grotescos y estúpidos. En cuanto al viejo reloj de sol, personalidad altamente distinguida, que antaño indicara las horas del día nada menos que al Emperador Carlos V, desconcertóse de tal modo a la aparición del enanito, que casi olvidó marcar los minutos con su largo índice de sombra, y no pudo por menos de decir al gran pavo real blanco, que estaba tomando el sol en la balaustrada, que todo el mundo sabía que los hijos de los reyes eran reyes, y carboneros los hijos de carboneros, siendo absurdo pretender lo contrario; afirmación que aprobó el pavo real, gritando: “¡Ciertamente, ciertamente!”, en voz tan áspera y chillona, que los peces dorados que vivían en la fuente del surtidor fresco y sonoro, sacaron la cabeza fuera del agua, preguntando qué sucedía a los grandes tritones de piedra. Pero, en cambio, los pájaros le amaban. Le habían visto a menudo en la selva, danzando como un elfo en pos de los torbellinos de hojarasca, o acurrucado en el hueco de alguna vieja encina, compartiendo sus nueces con las ardillas, y no les importaba un bledo que fuese feo. Pues el mismo ruiseñor, que tan dulcemente canta en los bosquecillos de naranjos, hasta el punto de que la luna se inclina a veces para escucharlo, no es muy hermoso que digamos. Además, el enanito había sido muy bueno con ellos, y durante aquel terrible invierno, cuando no había fruta en los árboles, y la tierra estaba dura como el hierro, y los lobos habían llegado hasta las mismas puertas de la ciudad en busca de alimento, ni una sola vez los había olvidado, y siempre les dio migajas de su mendrugo de pan negro y repartió con ellos su almuerzo, por pobre que éste fuera.

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Vinieron, pues, a volar en torno suyo, rozándole el rostro con las alas y charlando entre sí; y tan encantado estaba el enanito, que se la había dado la misma Infanta, en prueba de amor. Los pájaros no entendieron una sola palabra de lo que les decía; pero poco importaba, pues, ladeando la cabeza, le miraban con aire doctoral; lo cual está tan bien como comprender, y es mucho más fácil. Los lagartos también sentían una gran simpatía por él, y cuando se cansó de correr por todos lados y se echó sobre la hierba a descansar, juguetearon y brincaron a su alrededor, tratando de distraerle lo mejor que podían. —No todo el mundo puede ser tan hermoso como un lagarto —exclamaban—; sería mucho exigir. Y, aunque parezca absurdo, no es tan feo, después de todo; con tal, naturalmente, de cerrar los ojos y no verlo. Los lagartos son extraordinariamente filósofos por naturaleza, y a menudo se pasan horas y horas meditando, cuando no tienen otra cosa que hacer, o llueve demasiado para salir de paseo. Las flores, sin embargo, sintiéndose muy enojadas por el proceder de los lagartos y los pájaros. —Esto demuestra simplemente —decían—, lo que adocena ese ir y venir incesante, y ese revolotear sin objeto. La gente bien educada no se mueve de su sitio, como nosotras. ¿A que nadie nos ha visto corretear por los paseos, o galopar locamente sobre el césped en pos de las libélulas? Cuando necesitamos mudar de aires, mandamos venir al jardinero, y nos traslada a otro macizo. Esto es tener dignidad, y así deberían hacer todos. Pero los pájaros y los lagartos carecen del sentido del reposo, y puede decirse que los pájaros no tienen domicilio fijo. Son simples vagabundos, como los gitanos, y deberían ser tratados como tales. E, irguiendo la cabeza, tomaron un continente más altanero todavía, y se pusieron muy contentas cuando al poco rato vieron al enanito levantarse de la hierba y atravesar la terraza en dirección al Palacio. —Deberían encerrarlo bajo llave para el resto de su vida —dijeron—. Fijaos en su joroba y en sus piernas torcidas. s El

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Y empezaron a reír burlonamente. Pero el enanito no oyó nada de todo esto. Amaba profundamente a las aves y los lagartos, y pensaba que las flores eran la cosa más maravillosa del mundo, exceptuando, naturalmente, a la Infanta; pues ésta le había dado la rosa blanca, y le amaba y ello establecía una gran diferencia. ¡Cómo deseaba verse de nuevo en su presencia! Ella le haría sentar a su derecha, y le sonreiría, y ya no se apartaría nunca de su lado; sería su compañero, y le enseñaría una porción de juegos deliciosos. Porque a pesar de no haber pisado nunca un Palacio, sabía muchas cosas admirables. Sabía hacer jaulitas de junto, para que, dentro de ellas, cantaran los grillos; y las cañas nudosas, las convertía en la flauta que Pan gusta tanto de oír. Imitaba el grito de todas las aves, y podía hacer bajar a los estorninos de la copa de los árboles, y atraer a la garza de la laguna. Conocía el rastro de todos los animales, y podía seguir la pista de la liebre por sus huellas, casi imperceptibles, y la del jabalí por las hojas pisoteadas. Conocía todas las danzas salvajes: la danza desenfrenada del otoño, en traje rojo; la danza aérea sobre la mies, en sandalias azules; la danza, con blancas guirnaldas de nieve, en el invierno, y la danza de las flores, a través de los vegetales, en primavera. Sabía dónde tenían sus nidos las palomas torcaces, y una vez que un cazador apresó a los padres, él había criado a los polluelos, construyéndoles un palomarcito en el hueco de un olmo desmochado. Y los domesticó de tal modo, que todas las mañanas venían a comer en su mano. La Infanta también los amaría, lo mismo que a los conejos, que se escabullen por entre los grandes helechos; y a los grajos, de plumas aceradas y negros picos; y a los grandes y serios galápagos, que se arrastran lentamente, meneando la cabeza y royendo las hojas tiernas. Sí, ella iría a la selva, y jugaría con él. Le cedería su propio lecho, y velaría, al pie de la ventana, hasta el alba, para que las reses bravías no le hiciesen daño, ni los lobos hambrientos pudieran acercarse demasiado a la choza. Y, al alba, daría unos golpecitos en la ventana, y la despertaría. Y se adentrarían en el bosque, y se pasarían el día bailando juntos. Y no se vaya a creer que la selva es nada solitaria. A veces, pasaba un obispo, montado en su mula blanca, leyendo un libro con

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imágenes. A veces, eran los halconeros, con sus gorros de terciopelo verde y sus coletos de gamuza, llevando en el puño los halcones encapirotados. Y cuando llegaba la vendimia, venían los lagareros, de manos y pies purpúreos, coronados de lustrosa hiedra, con odres goteando vino. Y los carboneros se sentaban, por la noche, en derredor de las fogatas, mirando arder los secos leños y asando castañas entre la ceniza. Y los bandoleros salían de sus cavernas para departir con ellos. Una vez, hasta había visto una hermosa procesión caminando por la interminable carretera polvorienta, en dirección a Toledo. Iban, en primer término, los monjes, cantando dulcemente, con estandartes magníficos y grandes cruces de oro, y luego venían los soldados, en armaduras plateadas, con arcabuces y picas; y, en medio de ellos, marchaban tres hombres, con los pies desnudos, cubiertos de extrañas vestiduras amarillas, pintadas de extraordinarias figuras, llevando un cirio encendido en la mano. Sí, en la selva había muchas cosas que ver, y cuando ella estuviera cansada, él buscaría un blando asiento de musgo, o la llevaría en brazos, pues era muy fuerte, a pesar de no ser muy alto. Haría para ella un collar de rojas bayas de brionia, que sería tan hermoso como las bayas blancas que llevaba en su vestido; y, cuando se cansara de ellas, podría tirarlas, que ya él le buscaría otras. Le regalaría copitas de bellota, y anémonas empapadas de rocío, y gusanitos de luz, que brillarían como estrellas sobre el oro pálido de sus cabellos. Pero la Infanta, ¿dónde estaba? Interrogó a la rosa blanca, y no obtuvo respuesta. Todo Palacio parecía dormir, y hasta en las ventanas en que no habían sido cerradas las maderas colgaban pesados cortinones, para atenuar el resol. Después de mil vueltas en busca de un sitio por donde poder entrar, dio al fin, con una puerta excusada, que había quedado abierta. Deslizándose cautelosamente por ella, se encontró en un salón espléndido, mucho más espléndido —pensó atemorizado— que la misma selva. Todo, en torno suyo, era dorado, y hasta el piso estaba hecho de grandes baldosines de colores, dispuestos en una especie de dibujo geométrico. Pero la Infantita no estaba allí; tan sólo había unas maravillosas estatuas blancas, que le contemplaban desde s El

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lo alto de sus zócalos de jaspe, con tristes ojos inanimados y una extraña sonrisa en los labios. Al fondo del salón colgaba una cortina de negro terciopelo, suntuosamente recamado de soles y estrellas, divisa favorita del Rey, bordada sobre su color predilecto. ¿No estaría, acaso, oculta allí la Infantita? De todos modos, lo vería. Avanzando furtivamente, descorrió la cortina. No, nadie había; era otro aposento, más hermoso todavía que el anterior. Las paredes estaban cubiertas con una tapicería de Arrás, en tonos verdes, representando una escena de caza, obra de varios artistas flamencos, que habían tardado en su confección más de siete años. Aquella fue en otro tiempo la cámara de Jean le Fou, como llamaban a aquel Rey demente, tan apasionado de montería, que más de una vez, en su delirio, había intentado montar en los grandes corceles encabritados de la tapicería, y abatir el ciervo acosado por los enormes sabuesos, sonando su trompa de caza y apuñalando con su daga al tímido venado fugitivo. Ahora se utilizaba para Sala de Consejo, y sobre la mesa del centro se veían las rojas carteras de los Ministros, estampadas con los áureos tulipanes de España y las armas y emblemas de la Casa de Habsburgo. El enanito miró a su alrededor, lleno de asombro, y casi sin atreverse a proseguir. Aquellos extraños jinetes silenciosos, que galopaban tan velozmente por el bosque, sin hacer el menor ruido, antojábansele aquellos terribles fantasmas de que había oído hablar a los carboneros —los Comprachos— que sólo cazan. Pero pensó en la encantadora Infantita, y recobró el ánimo. Necesitaba encontrarse a solas con ella, y decirle que él también la amaba. Tal vez estuviese en el salón contiguo. Atravesó corriendo los mullidos tapices moriscos, y abrió la puerta. ¡No!, tampoco estaba allí. La habitación estaba completamente vacía. Era el salón del Trono, destinado a la recepción de los embajadores, cuando el Rey accedía a concederles audiencia, cosa que, desde hacía algún tiempo, no era muy frecuente; la misma estancia en que, muchos años antes, fueran recibidos los emisarios de

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Inglaterra para tratar del casamiento de su soberana, uno de los monarcas católicos de Europa por entonces, con el primogénito del Emperador. Las colgaduras eran de dorado cuero de Córdoba, y una pesada araña dorada, con brazos para trescientas bujías, colgaba del techo blanco y negro. Bajo un gran dosel de brocado de oro, sobre el que aparecían bordados en aljófar los leones y las torres de Castilla, levantábase el trono, cubierto por una rica estofa de terciopelo negro, tachonado de tulipanes de plata y primorosamente ribeteado de plata y perlas. Sobre el segundo escalón del trono estaba colocado el reclinatorio de la Infanta, con su cojín de tisú de plata; y más abajo, fuera ya del dosel, el asiento de Nuncio Pontificio, único que tenía derecho a estar sentado en presencia del Rey, en cualquier ceremonia pública, y cuyo capelo cardenalicio, con sus borlones escarlata, se veía delante, sobre un taburete de púrpura. De la pared, frente al trono, colgaba un retrato de Carlos V de tamaño natural, en traje de caza, con un gran mastín al lado; y un cuadro al óleo de Felipe II recibiendo el homenaje de los Países Bajos, ocupaba el centro del otro testero. Entre las ventanas, había una bargueño de ébano con placas de marfil, sobre las que estaban grabadas las figuras de la Danza de la Muerte de Holbein, por la mano misma del famoso maestro, según algunos. Pero al enanito no le importaba nada toda esta magnificencia. No hubiera cambiado su rosa blanca por todas las perlas del dosel, y ni un solo pétalo habría dado por el mismo trono. Lo que deseaba era ver a la Infanta antes de que bajase al pabellón, y pedirle que se fuera con él cuando terminara la danza. Aquí, en Palacio, el aire era sofocante y pesado, mientras que en la selva el viento soplaba en libertad y la luz del sol apartaba las hojas trémulas con sus manos vagarosas y doradas. También había flores en la selva; no tan espléndidas, quizás, como las flores del jardín, pero, en cambio, de un perfume más dulce: jacintos tempranos, que inundaban con su púrpura ondulante las frescas hondonadas y las lomas verdes; prímulas amarillentas, que se apiñaban en torno de las raíces retorcidas de los robles; brillantes celidonias, y azules verónicas y lirios de color morado y oro. Los avellanos s El

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estaban cubiertos de grises amentos, y las digitales se doblaban bajo el peso de sus cálices moteados, en cuyo derredor zumbaban las abejas. Los castaños ostentaban sus sartas de blancas estrellas, y los oxiacantos sus pálidos lunares. ¡Sí, indudablemente le seguiría, si es que lograba encontrarla! Le acompañaría a la selva, y él se pasaría el día entero bailando para ella. Una sonrisa iluminó su rostro a esta idea, y entró sin vacilar en la cámara siguiente. De todas las habitaciones, ésta era la más espléndida y hermosa. Las paredes estaban tapizadas de damasco rojo de Luca, salpicado de pájaros y flores de plata; los muebles eran de plata maciza, festoneados con guirnaldas que servían de columpio a unos amorcillos. Ante las dos enormes chimeneas, se abrían dos grandes pantallas, con pavos reales y papagayos bordados al realce, y el pavimento, de ónix verde mar, parecía perderse en la lejanía. Y no estaba solo. En la sombra de la puerta, al otro extremo del aposento, vio una figurilla contemplándole. Le tembló el corazón, y dejando escapar un grito de alegría avanzó hacia la claridad. Entonces, la figura avanzó también, y pudo verla distintamente. ¡La Infanta! No; era un monstruo, el monstruo más grotesco que podía verse. No era proporcionado, como todo el mundo, sino jorobado y patizambo, con una cabezota oscilante y una hirsuta crin negra. El enanito frunció el entrecejo, y el monstruo también lo frunció. Se echó a reír, y el monstruo rió con él, dejando caer los brazos, lo mismo que él. Le hizo una reverencia burlona, y el monstruo le contestó con una reverencia idéntica. Avanzó hacia él, y el monstruo vino a su encuentro, reproduciendo todos sus gestos y deteniéndose cuando él se detenía. Gritó alegremente y corrió hacia él, alargándole la mano, y la mano del monstruo tocó la suya, y estaba fría como hielo. Se asustó y retiró la mano, y la mano del monstruo le imitó vivamente. Intentó seguir adelante, y algo duro y resbaladizo le detuvo. La cara del monstruo estaba ahora muy cerca de la suya, y parecía llena de terror. Apartó los mechones que le caían sobre los ojos, y el monstruo hizo igual. Le golpeó, y el monstruo le devolvió golpe por golpe. Le hizo muecas, y en el rostro del monstruo se

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dibujaron las mismas muecas. Retrocedió. Y el monstruo retrocedió también. ¿Qué era ello? Reflexionó un momento, y miró a su alrededor por todo el cuarto. Era extraño: todo parecía tener su igual en aquel muro invisible de agua transparente. Sí, cuadro por cuadro, y asiento por asiento, todo estaba allí como doblado. El fauno dormido, junto a la puerta, tenía su hermano gemelo, que dormitaba también; y la Venus de plata, en pie bajo los rayos del sol, tendía los brazos a otra Venus tan hermosa como ella. ¿Sería aquello el Eco? Una vez lo había llamado en el valle, y el Eco le había contestado palabra por palabra. ¿Podría burlar la vista, como burlaba la voz? ¿Podría crear un mundo imitativo, idéntico al mundo real? ¿Las sombras de las cosas, podrían tener color y vida y movimiento? ¿Sería posible que...? Se estremeció, y arrancando de su pecho la rosa blanca, volviose y la besó. ¡Y he aquí que el monstruo tenía también una rosa, hoja por hoja idéntica a la suya! ¡Y la besaba con igual transporte, y la estrechaba contra su corazón haciendo gestos horribles! Cuando, al fin, la verdad se abrió paso en él, lanzó un grito salvaje de desesperación y cayó al suelo sollozando. ¡Ah, conque aquel ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Él mismo; él era el monstruo, y de él era de quien se habían estado riendo todos los muchachos; y la Princesita, en cuyo amor creyera... ella también se había burlado de su fealdad, había hecho mofa de sus piernas torcidas! ¿Por qué no le habían dejado en el bosque, donde no había espejo que le mostrara su horror? ¿Por qué no le había matado sus padres antes que venderle para servir de escarnio a los demás? Lágrimas ardientes se deslizaron por sus mejillas, y sus manos hicieron trizas la rosa blanca. Y el monstruo hizo lo mismo y esparció por el aire los delicados pétalos. Revolcábase el monstruo por el suelo, y cuando el enanito le miraba, contemplábale aquél con el rostro crispado de dolor. Alejose entonces del espejo por temor a verlo nuevamente, y se tapó los ojos con las manos. s El

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Como una pobre criatura herida se arrastró hacia la sombra, y allí quedó gimiendo. Y en aquel momento entró la Infanta misma con su séquito, por el abierto ventanal; y cuando vieron al horroroso enanito echado en tierra golpeando el suelo con los puños cerrados, del modo más fantástico y grotesco, prorrumpieron en alegres carcajadas y le rodearon curiosos. —Muy graciosas con sus danzas —dijo la Infanta—; pero su manera de accionar lo es mucho más todavía. Realmente, trabaja casi tan bien como los polichinelas, aunque, desde luego, con menos naturalidad. Y agitó su enorme abanico, y aplaudió. Pero el enanito no levantó la cabeza, y sus sollozos se hicieron cada vez más débiles; y, de pronto, exhaló un extraño suspiro y se oprimió de costado. Luego, cayó boca arriba y quedó inmóvil. —¡Magnífico! —exclamó la Infanta, después de una pausa—; pero, ahora, tiene que bailar. —Sí —gritaron los demás niños—; tienes que levantarte y bailar; eres tan listo como los monos de Berbería, y mucho más gracioso. Pero el enanito no contestó. Y la Infanta golpeó con el pie en tierra, y llamó a su tío, que estaba paseando con el Chambelán. Leyendo unos despachos que acababan de llegar de Méjico, donde hacía poco había sido establecido el Santo Oficio. —Mi enanito se hace el remolón —gritó la Infanta—; levantadle y decidle que baile. Sonrieron ellos entre sí, y entraron sin apresurarse. Al llegar junto al enanito, inclinóse Don Pedro y le golpeó suavemente en la mejilla con su guante bordado. —Es precioso bailar, petit monstre —dijo—. La Infanta de España y de las Indias quiere que se la divierta. Pero el enanito siguió sin moverse. —Habrá que hacer venir al azotador —dijo Don Pedro, un tanto enojado; y volvió a la terraza.

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Pero el Chambelán miraba la escena con rostro grave, y arrodillándose junto al enanito le puso la mano sobre el corazón. Y al cabo de unos instantes encogióse de hombros, se levantó y, haciendo una profunda reverencia a la Infanta, dijo: —Mi bella Princesa, vuestro enanito no volverá a bailar. Y es lágrima, porque es tan feo, que hubiera podido hacer sonreír al Rey. —Y ¿por qué no volverá a bailar? —preguntó la Infanta riendo. —Porque su corazón se ha roto —contestó el Chambelán. Y la Infanta frunció el entrecejo, y sus finos labios, semejantes a pétalos de rosa, se contrajeron en un mohín delicioso. —De aquí en adelante, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón —exclamó, echando a correr hacia el jardín.

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A S.A.R. Alicia Princesa de Mónaco

Todas las tardes se hacía a la mar el joven pescador, y echaba sus redes en el agua. Cuando el viento soplaba de tierra, apenas cogía nada, pues era un viento maligno de alas negras, y olas encrespadas se levantaban a su encuentro. Pero, cuando soplaba el viento hacia la costa, subía el pescado de lo hondo y se metía nadando entre las mallas de sus redes y él lo llevaba al mercado para venderlo. Todas las tardes, el joven pescador se hacía a la mar. Un día, al tirar de la red, la encontró tan pesada, que no le fue posible subirla hasta la barca. Y echándose a reír, se dijo: —De seguro que he cogido todos los peces del mar, o apresado algún monstruo torpe que servirá de asombro a los hombres, o algo espantoso que la gran Reina deseará para sí. Y reuniendo todas sus fuerzas, tiró de la sirga, hasta que, como líneas de azul esmalte en torno de un ánfora de bronce, se marcaron en relieve las venas sinuosas de sus brazos. Tiró luego de las cuerdas delgadas, y poco a poco fue acercando el círculo de corchos planos, hasta que, al fin, apareció la red a flor de agua. Pero no había en ella pescado alguno, ni monstruo, ni nada espantoso; sólo una sirenita, profundamente dormida. Su cabellera semejaba un húmedo vellón de oro, y cada cabello separado una hebra de oro fino en una copa de cristal. Como blanco marfil era su cuerpo, y su cola de plata y nácar. De plata y nácar era su cola, y las verdes hierbas del mar se enredaban


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en ella; y como conchas marinas eran sus orejas, y sus labios como coral. Las olas frías se estrellaban sobre sus fríos senos, y la sal hacía brillar sus párpados. Tan bella era, que cuando el joven pescador la vio, sintióse maravillado y, alargando la mano, la atrajo a sí, e inclinado sobre el borde de su barca la cogió en brazos. Y apenas la hubo tocado, lanzó ella un grito de gaviota asustada, y despertó, y miróle, llena de terror, con sus ojos de amatista, y forcejeó tratando de escapar. Pero él la mantuvo estrechamente abrazada, sin consentir en su marcha. Y cuando ella vio que no había medio de escapar, se echó a llorar, y dijo: —Te suplico que me sueltes, pues soy la hija única de un Rey, y mi padre es ya viejo y vive solo. Pero el joven pescador respondió: —No te soltaré mientras no me prometas que, siempre que te llame, acudirás a mi llamamiento y cantarás para mí; pues los peces gustan de escuchar el canto del pueblo marino, y así se llenarán mis redes. —¿Me soltarás, de verdad, si te lo prometo? —preguntó la sirena. —Te soltaré, de verdad —dijo el joven pescador. Entonces ella le hizo la promesa que él deseaba, jurando con el juramento de los hijos del Mar. Y él abrió los brazos, y ella se sumergió en el agua, temblando con un extraño temblor. Todas las tardes se hacía a la mar el joven pescador, y llamaba a la sirena, y está salía del agua y cantaba para él. En torno suyo nadaban los delfines, y las gaviotas revoloteaban sobre su cabeza. Cantaba una canción maravillosa. Cantaba a los hijos del Mar que conducen sus rebaños de caverna en caverna, llevando los ternerillos al hombro; a los tritones, que tienen largas barbas verdes y pechos velludos, y soplan en retorcidas caracolas cuando pasa el Rey; el pasado del Rey, que es todo de ámbar, con la techumbre de clara esmeralda y el pavimento de perlas refulgentes; y los jardines del Mar, donde los grandes abanicos s El

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afiligranados de coral se balancean todo el día, y los peces dan vuelta en torno de ellos como pájaros de plata, y las anémonas se agarran a las rocas, y florecen rojas corolas en la rayada arena amarilla. Cantaba a las enormes ballenas, que bajan de los mares del Norte con las barbas cuajadas de agudos carámbanos; a las sirenas, que narran maravillas tales, que los mercaderes tienen que taparse con cera los oídos, por temor, al escucharlas, de saltar al agua y ahogarse; las galeras hundidas, con sus altos mástiles, y los marineros aferrados a las jarcias, y las caballas entrando y saliendo por las portas abiertas; a las lapas minúsculas, que son grandes viajeras, y adheridas a la quilla de las naves dan una y otra vez la vuelta al mundo; y a las jibias, que habitan los arrecifes y tienden sus largos brazos negros, y pueden hacer la noche cuando se les antoja. Cantaba al nautilo, que tiene su barquichuela tallada en un ópalo y se gobierna con una vela de plata; a los grandes tritones felices, que tañen arpas y pueden hacer dormir con su hechizo al gran Kraken; a los tritones niños, que apresan a las escurridizas marsopas y las cabalgan riendo; a las sirenas, que yacen entre la blanca espuma y tienden sus brazos a los marineros; y a los leones marinos, con sus curvos colmillos, y a los hipocampos, de crines flotantes. Y mientras cantaba, subían los atunes de las profundidades, para oírla, y el joven pescador lanzaba sus redes y los cogía, traspasando con su arpón a otros. Y cuando tenía la barca bien cargada, volvía a sumergirse la sirena, sonriéndole. Sin embargo, nunca se le acercó tanto que pudiera tocarla. Más de una vez la llamó y suplicó él; pero ella no quería; y cuando él trataba de apresarla, se zambullía en el mar lo mismo que una foca, y ya no volvía a verla en todo el día. Y cada día el sonido de su voz era más dulce a sus oídos. Tan dulce era su voz, que él olvidaba sus redes y su maña, descuidando su oficio. Con aletas de bermellón y ojos de oro turgente, pasaban los atunes en cardumen, sin que él reparara en ellos. Su arpón yacía ocioso a su lado, y vacíos los cestos de mimbre. Entreabiertos los labios, y empañados de maravilla los ojos, permanecía inmóvil en su barca, escuchando, escuchando, hasta que la niebla rastreaba

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en torno suyo, y la luna errabunda teñía de plata sus miembros morenos. Y una tarde, llamándola, le dijo: —Sirenita, sirenita, te quiero. Seamos novios, porque te quiero. Pero la sirena, sacudiendo la cabeza, replicó: —Tienes un alma humana. Únicamente si despidieras a tu alma podría quererte. Y el joven pescador se dijo: —¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco. Seguramente que la despediré, y seré entonces feliz. Y un grito de gozo de sus labios, y poniéndose de pie en su pintada barca, tendió los brazos a la sirena y dijo: —Despediré a mi alma, y seremos novios, y en lo profundo del mar viviremos juntos, y todo lo que tú has cantado me lo mostrarás, y todo lo que desees yo lo haré, y no podrán ya separarse nuestras vidas. Y la sirenita rió alegremente, escondiendo el rostro entre las manos. —Pero ¿cómo desprenderme de mi alma? —preguntó el joven pescador—. Dime lo que debo hacer, y te juro que lo haré. —¡Ay, no lo sé! —repuso la sirenita—. Los hijos del Mar no tienen alma. Y, mirándole ardientemente, se sumergió en lo profundo. A la mañana siguiente, temprano, cuando aún no se había elevado el sol un palmo por encima de la colina, dirigióse el joven pescador a casa del cura, llamando a su puerta por tres veces. Miró el novicio por el postigo, y cuando vio quién era, descorrió el cerrojo y le dijo: —Entra. Y el joven pescador pasó adelante, y arrodillándose sobre las fragantes espadañas del suelo, dijo al cura, que estaba leyendo el Libro Santo: —Padre, amo a una hija del Mar, y mi alma me impide conseguir mi deseo. Dime lo que debo hacer para desprenderme de s El

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mi alma, pues, en verdad, no la necesito. ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco. —¡Ay, ay, estás loco o has comido alguna hierba ponzoñosa! El alma es lo que hay de más noble en el hombre, y por Dios nos fue dada para que usásemos de ella noblemente. Nada hay tan precioso como un alma humana, ni cosa alguna terrestre que pueda equiparársele. Vale por todo el oro del mundo, y es más preciosa que los rubíes de los Reyes. Por tanto, hijo mío, no pienses más en semejante cosa, pues es pecado que no puede perdonarse. Y en cuanto a los hijos del Mar, están perdidos, y aquellos que tuvieron comercio con ellos, perdidos están también. Son como las bestias del campo, que no distinguen el bien del mal. Y el Señor no murió por ellos. Los ojos del joven pescador se llenaron de lágrimas cuando oyó las amargas palabras del cura y, levantándose, le dijo: —Padre, los faunos viven en la selva, y viven contentos; y a las peñas del acantilado vienen a descansar los tritones con sus arpas doradas. Déjame ser como ellos, te lo suplico; pues sus días son como los días de las flores. Y en cuanto a mi alma, ¿de qué me sirve, si se interpone entre yo y el ser que amo? —El amor del cuerpo es vil —exclamó el cura, frunciendo el ceño—, y viles y perniciosos son los seres paganos que Dios permite vagar a través de su mundo. ¡Malditos sean los faunos del bosque, y malditos los cantores del mar! Más de una noche los he oído, y a menudo intentaron distraerme de mi rosario. Llaman suavemente a la ventana, y ríen. Susurran a mi oído el cuento de sus placeres peligrosos. Tratan de seducirme con tentaciones, y cuando quiero rezar me hacen muecas. Están perdidos, te digo, están perdidos. No hay para ellos infierno ni cielo, y en ninguno de los dos podrán alabar el nombre del Señor. —Padre —repuso el joven pescador—, no sabes lo que dices. Yo apresé, una tarde, en mis redes, a la hija de un Rey. Es más hermosa que la estrella de la mañana, y más blanca que la luna. Por su cuerpo daría yo mi alma, y por su amor renunciaría al cielo. Dime lo que te pregunto, y déjame ir en paz.

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—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó el cura—. ¡Perdida está tu manceba, y tú te perderás con ella! Y sin darle la bendición le arrojó de su casa. Y el joven pescador se encaminó al mercado, lentamente, con la cabeza baja, como sumido en gran tristeza. Y cuando los mercaderes le vieron llegar, cuchichearon entre sí, y uno de ellos se adelantó a su encuentro, y llamándole por su nombre, le preguntó: —¿Qué vendes? —Te vendo mi alma —repuso el joven pescador—. Te ruego que me la compres, pues estoy cansado de ella. ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco. Pero los mercaderes se burlaron de él, diciéndole: —¿De qué nos sirve el alma de un hombre? No vale ni una mala moneda de plata. Véndenos tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de púrpura, y pondremos un anillo en tu dedo, y serás el favorito de la gran Reina. Pero no nos hables del alma, que de nada nos sirve, ni tiene para nosotros valor alguno. Y el joven pescador se dijo: —¡Qué extraña cosa! El cura me dice que el alma vale por todo el oro el mundo, y los mercaderes me aseguran que no vale ni una mala moneda de plata. Y salió del mercado, y encaminándose hacia la plaza se puso a meditar sobre lo que debería hacer. Y al mediodía, recordó que uno de sus compañeros, cogedor de hinojo marino, le había hablado de cierta joven bruja que moraba en una caverna, al extremo de la bahía, y era muy experta en brujerías. Y decidiéndose, emprendió la carrera en dirección a la caverna; tan ávido estaba de desprenderse de su alma. Y una nube de polvo le seguía, al correr por la arena de la playa. Por la picazón que sentía en la palma de la mano, advirtió la joven su llegada, y echándose a reír se soltó la roja cabellera. Envuelta en sus rojos cabellos, quedó en pie a la entrada de la caverna, con una rama florecida de cicuta en la mano. s El

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—¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? —gritó, en tanto que él subía jadeante por el acantilado y se inclinaba ante ella—. ¿Pescado para tus redes cuando el viento es contrario? Tengo un caramillo que, cuando soplo en él, acude el mújol a la bahía. Pero tiene su precio, guapo mozo, tiene su precio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? ¿Una tormenta que haga naufragar los navíos y lleve a la costa las arcas henchidas de tesoros? Tengo más huracanes que el viento, pues sirvo a uno que es más fuerte que el viento, y con un cedazo y un cubo de agua puedo enviar las grandes galeras al fondo del mar. Pero tiene su precio, guapo mozo, tiene su precio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Conozco una flor que crece en el valle; sólo yo la conozco. Tiene hojas de púrpura, y una estrella en el corazón, y su jugo es tan blanco como la leche. Si tocases con esta flor los labios desdeñosos de la Reina, ésta te seguiría a través del mundo entero. Del mismo lecho del Rey levantaríase, y a través del mundo entero iría en pos de ti. Pero tiene su precio, guapo mozo, tiene su precio. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Puedo machacar un sapo en un mortero, y hacer caldo con él, removiendo con la mano de un muerto. Rocía con este caldo a tu enemigo mientras duerme, y se convertirá en una víbora negra, y su misma madre le dará muerte. Con ayuda de una rueda puedo hacer bajar del cielo a la luna, y en un cristal puedo mostrarte la Muerte. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Dime tu deseo, y te lo concederé. Pero me pagarás su precio, guapo mozo, me pagarás su precio. —Mi deseo es poca cosa —contestó el joven pescador—; sin embargo, el cura se ha irritado conmigo, y me arrojó de su casa. Es poca; pero los mercaderes se han burlado de mí y me la han negado. Por eso vengo a ti, a pesar de que los hombres te dicen mala; y sea cual sea tu precio, te lo pagaré. —¿Qué es lo que deseas? —preguntó la bruja, acercándose a él. —Quisiera desprenderme de mi alma —contestó el joven pescador. Palideció la bruja y, estremeciéndose, escondió el rostro en su manto azul. —Guapo mozo, guapo mozo —murmuró—, cosa terrible es ésa.

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Pero él sacudió sus rizos oscuros y se echó a reír. —¿De qué me sirve mi alma? —dijo—. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco. —¿Y qué me darás si te lo digo? —preguntó la bruja, contemplándole con sus bellos ojos. —Cinco monedas de oro —contestó él—, y mis redes, y la cabaña de juncos en que vivo, y la barca pintada en que navego. Dime sólo lo que debo hacer para desprenderme de mi alma, y te daré todo lo que poseo. Rió ella burlonamente, golpeándole con la rama de cicuta, y replicó: —Yo puedo trocar en oro las hojas del otoño, y tejer en plata los rayos de la luna, si tal fuera mi antojo. Aquel a quien sirvo es más rico que todos los reyes de este mundo, y manda en los dominios de todos ellos. —¿Qué te daré entonces —dijo él—, si tu precio no es oro ni plata? La bruja le acarició un momento los cabellos con su mano blanca y fina y, sonriéndole, murmuró: —Tendrás que bailar conmigo, guapo mozo. —¿Nada más que eso? —exclamó el joven pescador, maravillado, poniéndose en pie. —Nada más —contestó ella, sonriéndole de nuevo. —Entonces, cuando se ponga el sol, bailaremos juntos en algún lugar retirado —dijo él—, y después de haber bailado, me dirás lo que deseo saber. Ella meneó la cabeza y murmuró: —Cuando salga la luna, cuando salga la luna. Luego miró atentamente en torno suyo, y atentamente escuchó. Un pájaro azul salió chillando de su nido, y se puso a describir círculos sobre las dunas; y tres pájaros pintojos se despedazaron en medio de la hierba verde y áspera, silbando entre sí. No se oía más que el susurro de las olas jugando con las guijas pulidas de la playa. Extendiendo la mano, atrajo a sí la bruja al joven pescador, y acercó sus labios al oído de él: s El

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—Esta noche tienes que venir a la cima del monte —susurró—. Es sábado, y estará Él. Estremecióse el joven pescador y la miró; pero ella reía, mostrando sus blancos dientes. —¿Quién es ése de que hablas? —preguntó. —No hace al caso —repuso ella—. Ve esta noche y aguárdame a la sombra del ojaranzo. Si un perro negro corre a tu encuentro, pégale con una vara de sauce, y huirá. Si te habla un búho, no le des respuesta. Cuando la luna esté en su cenit, iré a buscarte, y bailaremos juntos sobre el césped. —Pero ¿me juras decirme lo que debo hacer para desprenderme de mi alma? —preguntó él. Salió ella entonces al sol, y a través de sus cabellos rojos jugueteó el viento, agitándolos. —Por las pezuñas del macho cabrío te lo juro —exclamó. —Eres la mejor de las brujas —dijo el joven pescador—; y desde luego bailaré contigo esta noche en la cima del monte. Realmente, hubiera preferido me pidieses oro o plata. Pero, de todos modos, me conviene el precio, pues al fin y al cabo, es poca cosa. Y quitándose la gorra, se inclinó profundamente ante ella, y bajó corriendo, en dirección a la ciudad, transportado de alegría. La bruja no separó los ojos de él hasta perderlo de vista. Entonces, volvió a la caverna y, sacando un espejo de un cofrecillo de labrado cedro, lo colocó en un marco; quemó ante él, sobre unas brasas, un puñado de verbena, y atisbó fijamente a través de las espirales del humo. Al cabo de unos instantes, cerró los puños con rabia. —Debería haber sido mío —murmuró—; soy tan hermosa como ella. Y aquella noche, al salir la luna, trepó el joven pescador a la cima del monte, y aguardó bajo las ramas del ojaranzo. Como una rodela de bruñido metal yacía el mar a sus pies, y las sombras de las barcas de pesca resbalaban por la bahía. Un gran búho, de amarillos ojos sulfúreos, le llamó por su nombre; pero él no le dio respuesta. Un perro negro corrió tras él gruñendo. Le golpeó con una vara de sauce, y el perro huyó, lanzando aullidos lastimeros.

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A la medianoche, llegaron las brujas, volando por el aire como murciélagos. —¡Fiú! —gritaban al tomar tierra—; aquí hay alguien que no conocemos —y olfateando a su alrededor, charlaban entre sí y se hacían signos. La última de todas llegó la joven bruja, con su roja cabellera al viento. Llevaba un traje de tisú de oro, bordado con ojos de pavos reales, y un pequeño birrete de terciopelo verde en la cabeza. —¿Dónde está, dónde está? —chillaron las brujas cuando la vieron. Pero ella no hizo más que reír, y corriendo hacia el ojaranzo, tomó de la mano al pescador, y llevándolo a la luz de la luna comenzaron a bailar. Juntos giraban, dando vuelta tras vuelta, y tan alto saltaba la joven bruja, que él podía ver los tacones escarlata de sus chapines. Entonces, por encima del tumulto de los bailarines, oyóse el galopar de un caballo, pero sin que se viera caballo alguno; y el joven pescador sintió miedo. —¡Más aprisa, más aprisa! —gritaba la bruja, echándole los brazos al cuello, y exhalando su cálido aliento sobre el rostro de él. —¡Más aprisa, más aprisa! —gritaba; y la tierra parecía girar bajo los pies de él, y la cabeza le daba vueltas, y comenzaba a sentirse presa de un gran terror, como si algún ser maléfico le estuviese acechando. Al fin, advirtió que, al pie de una roca, había una figura que no estaba allí antes. Era un hombre vestido de terciopelo negro, a la usanza española; su rostro estaba extrañamente pálido, pero sus labios eran como una orgullosa flor roja. Parecía cansado, y recostábase en la roca, jugando distraídamente con el pomo de su daga. Sobre la hierba, a su lado, yacían un empenachado chambergo y un par de guantes de montar, lazados con cinta de oro y bordados de aljófar en una curiosa empresa. Una capa corta, guarnecida de cibelina, colgaba de sus hombros, y sus blancas manos delicadas estaban cubiertas de sortijas preciosas. Velaban sus ojos dos párpados cansados. s El

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El joven pescador le miraba, como víctima de un sortilegio. Al fin, sus ojos se encontraron, y adondequiera que iba en su danza le parecía que los ojos del hombre estaban fijos en él. Oyó reír a la bruja y, cogiéndola del talle, giraron y giraron locamente. De pronto, ladró un perro en el bosque, y los bailarines se detuvieron, y subiendo de dos en dos, fueron a arrodillarse ante el hombre, cuyas manos besaron. Mientras lo hacían, una leve sonrisa animó los altivos de él, a la manera del ala de un pájaro que roza el agua y la hace reír. Pero había cierto desdén en ella, y sus ojos continuaban clavados en el joven pescador. —¡Ven, adorémosle! —murmuró la bruja, conduciéndole hacia arriba. Y un gran deseo de hacer lo que ella le indicaba, se adueñó de él, y la siguió. Pero al llegar cerca, sin saber por qué, hizo la señal de la cruz sobre el pecho, invocando el nombre santo. Apenas lo había hecho, cuando las brujas, chillando como halcones, emprendieron el vuelo, y el pálido rostro que le había estado contemplando se contrajo con un espasmo de dolor. Dirigiéndose hacia un bosquecillo, el hombre silbó. Una jaca, con arreos de plata, vino corriendo a su encuentro. Al saltar en la silla, volviose, y miró al joven pescador tristemente. Y la bruja de rojos cabellos trató también de levantar el vuelo; pero el pescador la sujetó fuertemente por las muñecas. —¡Suéltame! —gritó ella—; y déjame ir, pues has nombrado lo que no debería ser nombrado, y hecho el signo que no puede mirarse. —No —repuso él—; no te dejaré ir hasta que me hayas dicho el secreto. —¿Qué secreto? —dijo la bruja, forcejeando como un gato montés y mordiéndose los labios, blancos de espuma. —Bien lo sabes —replicó él. Los ojos de la bruja, verdes como la hierba, se empañaron de lágrimas, y dijo al pescador: —¡Pídeme lo que quieras, menos eso! Pero él se echó a reír, y la sujeto más fuertemente. Y cuando ella vio que no podía escapar, le susurró:

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—¿No te parece que soy tan bella como las hijas del Mar, y tan seductora como las que viven en las aguas azules? Y le miraba cariñosamente, acercando su rostro al de él. Pero él la rechazó, frunciendo el ceño, y le dijo: —Si no cumples la promesa que me hiciste, te mataré por bruja falsa y embustera. Palideció ella, tornándose gris como una flor del árbol de Judas, y estremeciéndose: —Sea como quieras —murmuró—. Es tu alma, y no la mía. Haz de ella lo que gustes. Y tomó de su cinturón un cuchillo, con mango de piel de víbora verde, y se lo entregó. —¿Y para qué me servirá esto? —preguntó él, sorprendido. Quedó ella en silencio unos instantes, y una sombra de terror pasó por su rostro. Luego, sacudiendo su cabellera, y sonriendo extrañamente, le dijo: —Lo que llaman los hombres la sombra del cuerpo, no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Ponte en pie sobre la playa, de espaldas a la luna, y recorta, desde tus pies, tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y ordena a tu alma que te abandone, y así lo hará. El joven pescador se estremeció. —¿Es cierto eso? —murmuró. —Es cierto, y bien quisiera no habértelo dicho —exclamó ella; y abrazóse llorando a sus rodillas. Pero él la rechazó, dejándola sobre la hierba espesa, y dirigiéndose hacia el extremo del monte, colocó el cuchillo en su cinto y empezó el descenso. Y su alma, que estaba dentro de él, le llamó y dijo: —Mira, he vivido contigo todos estos años, y siempre fui tu sierva. No me arrojes de ti ahora, pues ¿qué mal te hice? Y el joven pescador se echó a reír. —Ningún mal me hiciste —dijo—; pero no te necesito. Ancho es el mundo, y Cielo hay e Infierno, y esa sombría mansión crepuscular que se extiende entre ambos. Vete adonde te plazca; pero no me importunes, que mi amor me llama. s El

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Y su alma le suplicó lastimeramente; pero él, sin hacerle caso, saltaba de risco en risco, tan seguro de pies como una cabra; hasta que al fin llegó a tierra llana, y luego a la amarillenta ribera del mar. Bronceado y fornido de miembros, como una estatua esculpida por un griego, erguíase sobre la arena, de espaldas a la luna; y de la espuma surgían blancos brazos llamándole, y de las olas se levantaban formas indecisas que le rendían homenaje. Ante él yacía su sombra, que era el cuerpo de su alma, y tras él pendía la luna en el aire color de miel. Y su alma le dijo: —Si realmente tienes que arrojarme de ti, no me despidas sin corazón. El mundo es cruel; dame tu corazón para llevarlo conmigo. Pero él, moviendo la cabeza, sonrió y repuso: —¿Con qué iba entonces a amar a mi amor si te lo diese? —Sé misericordioso —insistió su alma—; dame tu corazón, que el mundo es muy cruel y tengo miedo. —Mi corazón es de mi amor —dijo él—; así, no te canses en porfiar y vete. —¿Y no amaré yo también? —preguntó su alma. —Vete, te digo, pues no te necesito para nada —exclamó el joven pescador. Y cogiendo el cuchillo con mango de piel de víbora verde, recortó su sombra todo alrededor, a partir de sus pies. Y la sombra se irguió, y quedó en pie ante él, y le miró, y era exactamente igual a él. Dando un paso atrás, volvió al cinto el cuchillo, y un hondo pavor hizo presa en él. —Vete —murmuró—; y que no vuelva yo a ver tu rostro. —No; preciso es que nos encontremos de nuevo —dijo el alma. Y su voz era sumisa y aflautada, y apenas se movían sus labios al hablar. —Y ¿cómo nos encontraremos? —exclamó el joven pescador—. ¿No pensarás seguirme a las profundidades del mar?

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—Todos los años vendré una vez a este lugar y te llamaré —dijo el alma—. Quizá me necesites. —Y ¿para qué te voy a necesitar? —replicó el joven pescador—. Pero sea como quieras. Y sumergióse en el agua. Y los tritones soplaron en sus caracolas, y la sirenita vino a su encuentro, y echándole los brazos al cuello le besó en la boca. Y el alma, de pie en la playa solitaria, les miraba. Y cuando desaparecieron en el mar, se fue llorando a través de las marismas. Y después de transcurrido un año, vino el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Y éste subió de las profundidades, y dijo: —¿Por qué me llamas? Y el alma respondióle: —Acércate más, que pueda hablar contigo; pues he visto cosas maravillosas. Y él se acercó a la orilla, y echado sobre el agua somera, con la cabeza apoyada en la mano, escuchó. Y el alma le dijo: —Cuando nos separamos, volví mi rostro hacia el Oriente, y caminé. Del Oriente viene toda la sabiduría. Seis días estuve caminando, y al amanecer del séptimo día llegué a una colina que se encuentra en el país de los tártaros. Me senté a la sombra de un tamarindo, para resguardarme del sol. La comarca era seca, y abrasada de calor. La gente iba y venía por el llano, como moscas arrastrándose por una patena de bruñido cobre. Al mediar el día, alzóse una nube de polvo rojo en el confín de la llanura. Apenas la divisaron los tártaros, prepararon sus pintados arcos, y saltando en sus caballejos galoparon hacia ella. Las mujeres huyeron chillando a los carromatos, escondiéndose tras las cortinas de fieltro. Al caer la tarde, volvieron los tártaros; pero cinco de ellos faltaban y, de los retornados, no pocos habían sido heridos. s El

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Uncieron los caballos a los carros, y se alejaron precipitadamente. Tres chacales salieron de una cueva atisbándoles. Luego, olfatearon el aire, y partieron al trote en dirección opuesta. Al salir la luna, divisé los fuegos de un campamento en la llanura, y me dirigí hacia él. Encontré una caravana de mercaderes, sentados sobre alfombras en derredor de una hoguera. Los camellos estaban atados a unas estacas detrás de ellos, y los negros que les servían fijaban en la arena unas tiendas de cuero y construían en torno un elevado seto de nopales. Al acercarme yo, el jefe de los mercaderes se puso en pie y, desenvainando su espada, me preguntó qué quería. Respondí que, en mi país era un príncipe, y que me había escapado de los tártaros, que intentaban reducirme a esclavitud. Sonrió el jefe, y me señaló cinco cabezas clavadas en altos bambúes. Luego, me preguntó quién era el profeta de Dios, y yo le dije que Mahoma. En cuanto oyó el nombre del falso profeta, se inclinó, y tomándome de la mano me hizo sentar a su lado. Un negro me trajo leche de yegua en un cuenco de madera, y un trozo de cordero asado. Al rayar el día, continuamos el viaje. Yo cabalgaba en un camello de pelo rojizo, al lado del jefe, y un corredor corría delante de nosotros, blandiendo una lanza. Los hombres de armas se desplegaban a una y otra mano, y detrás seguían las mulas con las mercancías. Cuarenta camellos contaba la caravana, y las mulas eran dos veces cuarenta. Del país de los tártaros pasamos al país de los que abominan de la luna. Vimos los grifos, custodiando su oro sobre las blancas rocas; y los dragones escamosos durmiendo en sus cavernas. Al pasar por las montañas, contuvimos el aliento por temor a que las nieves se desplomaran encima de nosotros, y todos se cubrieron los ojos con un velo de gasa. Al pasar por los valles, nos lanzaron flechas los pigmeos desde las oquedades de los árboles, y durante la noche oíamos a los salvajes tocando sus tambores. Cuando llegamos a la Torre de los Monos, les ofrecimos frutas, y no nos hicieron daño alguno. Cuando llegamos a la Torre de las

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Serpientes, les dimos leche caliente en escudillas de azófar, y nos dejaron pasar. Por tres veces, en el viaje, encontramos las márgenes del Oxo. Lo atravesamos en zataras de madera, sostenidas por grandes vejigas hinchadas. Los hipopótamos se enfurecieron, y trataron de matarnos. Los camellos, al verlos, temblaban. Los reyes de cada ciudad nos exigían el peaje, pero sin franquearnos sus puertas. Desde lo alto de las murallas nos arrojaban pan, pastelillos de maíz cocidos en miel, y pasteles de harina rellenos de dátiles. Por cada cien canastos de ellos, les dábamos una cuenta de ámbar. Cuando los habitantes de las aldeas nos veían llegar, envenenaban las fuentes y huían a la cumbre de los cerros. Luchamos con los magdenses, que nacen viejos y van cada año rejuveneciéndose, hasta que mueren niños; y con los lactros, que se dicen hijos de los tigres y se pintan de amarillo y negro; y con los aurantes, que sepultan a sus muertos en las copas de los árboles, y moran en oscuras cavernas, por temor a que el sol, que es su dios, les quite la vida; y con los crimnios, que adoran un cocodrilo, y le ofrendan zarcillos de cristal verde y lo alimentan de manteca y volatería; y con los agazómbanos, que tienen rostro de perro; y con los sibanos, que tienen pies de caballo y corren con más celeridad que los caballos. Un tercio de nuestra caravana murió en la lucha, y un tercio pereció de hambre. El resto murmuraba contra mí, y decían que les había traído la mala suerte. Entonces, cogí una víbora de debajo de una piedra, y la dejé que me mordiese. Cuando vieron que no me ocurría nada, se atemorizaron. Al cuarto mes, llegamos a la ciudad de Illel. Era de noche cuando echamos pie a tierra en el bosquecillo de extramuros, y hacía un aire sofocante, pues la luna estaba cruzando Escorpión. Cogimos de los árboles las granadas maduras y, abriéndolas, bebimos su zumo azucarado. Luego nos echamos sobre nuestras alfombras, y esperamos la aurora. Y al amanecer, nos levantamos y llamamos a la puerta de la ciudad. De labrado bronce rojo era la puerta, con dragones de mar y dragones alados en relieve. Los centinelas nos examinaron desde las almenas, preguntándonos qué queríamos. El intérprete s El

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de la caravana respondió que veníamos de la isla de Siria con gran cantidad de mercaderías. Nos tomaron rehenes, diciéndonos que abrirían la puerta al mediodía y mandándonos esperar hasta entonces. Al mediodía, en efecto, abrieron la puerta, y así que entramos acudió en tropel la gente fuera de sus casas para vernos, y un pregonero recorrió la ciudad sonando una caracola. Hicimos alto en el mercado, y los negros comenzaron a desatar los fardos de estofas y a abrir las talladas arcas del sicomoro. Y cuando terminaron su faena, los mercaderes expusieron sus mercaderías singulares: los lienzos encerados del Egipto y las pintadas telas del país de los Etíopes, las esponjas purpúreas de Tiro y los tapices azules de Sidón, las copas de ámbar frío y los frágiles vasos de cristal, y las curiosas ánforas de arcilla cocida. Desde el tejado de una casa nos espiaba un grupo de mujeres. Una de ellas llevaba una máscara de cuero dorado. Y el primer día vinieron los sacerdotes a traficar con nosotros, y el segundo día vinieron los nobles, y el tercero vinieron los artesanos y los esclavos. Tal es la costumbre que siguen con todos los mercaderes, mientras permanecen en la ciudad. Y nosotros permanecimos toda una luna. Ya iba bien menguada cuando, aburrida, me di a vagar por las calles de la ciudad, hasta que llegué al jardín de su dios. Los sacerdotes, con sus vestiduras amarillas, paseaban silenciosamente entre los árboles verdes, y sobre un pavimento de mármol negro se alzaba el palacio rosado que sirve de mansión al dios. Sus puertas eran de laca, con toros y pavos reales de oro repujado y bruñido. La techumbre era de porcelana verde mar, con los aleros saledizos festoneados de campanillas. Las palomas, al pasar, las rozaban con sus alas, haciéndolas tintinear. Enfrente del templo había un estanque de agua clara, embaldosado de ónice. Me tendí a la orilla, y con mis dedos pálidos empecé a acariciar las anchas hojas. Uno de los sacerdotes vino hacia mí quedando en pie a mis espaldas. Calzaba sandalias: una, de suave piel de serpiente, y la otra de plumas de ave. Cubría su cabeza una mitra de fieltro negro, adornada con medias lunas

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de plata. Siete medias lunas amarillas salpicaban su túnica, y su rizada cabellera estaba teñida de antimonio. Al cabo de unos instantes, me dirigió la palabra, preguntándome qué deseaba. Le respondí que mi deseo era ver al dios. —El dios está cazando —dijo el sacerdote, mirándome extrañadamente con sus ojuelos oblicuos. —Dime en qué selva, y cabalgaré con él —respondí. Peinando los flecos sedosos de su túnica con las uñas puntiagudas, murmuró: —El dios está durmiendo. Dime en qué lecho, y velaré su sueño —respondí. —El dios está en la fiesta —gritó el sacerdote. —Si el vino es dulce, beberé con él, y si es amargo, beberé también —fue mi respuesta. Inclinó la cabeza, asombrado, y cogiéndome de la mano me ayudó a levantar y me condujo al templo. Y en la primera cámara vi un ídolo sentado en un trono de jaspe orlado de grandes perlas orientales. Era de ébano tallado y, en estatura, de la estatura de un hombre. Lucía un rubí en su frente, y de sus cabellos goteaba sobre los muslos un óleo espeso. Sus pies estaban enrojecidos por la sangre de un cabrito recién degollado, y un cíngulo de cobre, tachonado con siete berilos, ceñía su cintura. Y dije al sacerdote: —¿Es éste el dios? Y él me repuso: —Éste es el dios. —Enséñame el dios —grité—, o te mataré sin vacilar. Y toqué su mano, que se marchitó en seguida. Y el sacerdote me imploró, diciendo: —Cure mi señor a su siervo, y le mostraré el dios. Y soplé en su mano, y en seguida sanó. Y temblando, me condujo al segundo aposento, donde vi un ídolo, en pie sobre un loto de jade, del que pendían grandes esmeraldas. Era todo de marfil y, en estatura, doble de la estatura de un hombre. Lucía s El

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un crisólito en su frente, y sus pechos estaban ungidos de mirra y cinamomo. En una mano sostenía un corvo cetro de jade, y en la otra un cristal redondo. Calzaba coturnos de bronce, y un collar de selenitas daba vuelta a su cuello macizo. Y dije al sacerdote: —¿Es éste el dios? Y él me repuso: —Éste es el dios. —Enséñame el dios —grité—, o te mataré sin vacilar. Y toqué sus ojos, que cegaron. Y el sacerdote me imploró, diciendo: —Cure mi señor a su siervo, y le mostraré el dios. Y soplé sobre sus ojos, y la vista volvió a ellos. Y temblando de nuevo, me condujo a la estancia tercera. Y allí, ¡oh maravilla!, no había ídolo ni imagen alguna, sino únicamente un espejo redondo de metal, colocado encima de un altar de piedra. Y dije al sacerdote: —¿Dónde está el dios? Y él me repuso: —No hay más dios que este espejo que ves, que es el Espejo de la Sabiduría. Todas las cosas del cielo y de la tierra, él las refleja, excepto el rostro de quien se mira en él. Esto no lo refleja, a fin de que el que se mire en él pueda ser sabio. Otros muchos espejos hay, pero son los espejos de la opinión. Sólo éste es el Espejo de la Sabiduría. Y quienes poseen este espejo, todo lo saben, y nada hay oculto para ellos. Y quienes no lo poseen, no adquieren la sabiduría. Éste es, por consiguiente, el dios que adoramos. Y miré el espejo, y era tal como me había dicho. Y entonces, hice una cosa muy singular... Pero no hace al caso lo que hice; pues en un valle, que sólo dista de aquí un día de marcha, tengo escondido el Espejo de la Sabiduría. Permíteme nada más que entre de nuevo en ti y sea tu sierva, y serás más sabio que todos los sabios, y tuya será la sabiduría. Permíteme que entre en ti, y nadie habrá tan sabio como tú. Pero el joven pescador se echó a reír.

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—El amor es mejor que la sabiduría —exclamó—; y la sirenita me ama. —No, nada hay mejor que la sabiduría —dijo el alma. —El amor es mejor —replicó el joven pescador. Y sumergióse en lo profundo, mientras el alma se iba llorando a través de las marismas. 116

Y cuando hubo transcurrido el segundo año, vino el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Y éste subió de las profundidades, y dijo: —¿Por qué me llamas? Y el alma respondióle: —Acércate más, que pueda hablar contigo; pues he visto cosas maravillosas. Y él se acercó a la orilla, y echado sobre el agua somera, con la cabeza apoyada en la mano, escuchó. Y el alma le dijo: —Cuando nos separamos, volví mi rostro hacia el mediodía y caminé. Del mediodía viene todo lo que es precioso. Seis días estuve caminando por las calzadas que conducen a la ciudad de Aster, caminando por las rojas calzadas polvorientas que cruzan sin cesar los peregrinos, y al amanecer del séptimo día levanté los ojos y vi... vi la ciudad a mis pies, en el fondo de un valle. Nueve puertas tiene esta ciudad, y frente a cada puerta hay un caballo de bronce, que relincha cuando bajan de la montaña los beduínos. Las murallas están revestidas de cobre, y las atalayas techadas de latón. En cada torre hace guardia un arquero, con un arco en la mano. Al salir el sol, disparan una saeta contra un batintín; al ponerse, tocan una bocina de cuerno. Cuando me dispuse a entrar, los centinelas me preguntaron quién era. Contesté que era un derviche, de paso hacia la Meca, donde había un velo verde en el que estaba bordado el Corán en letras de plata por mano de los ángeles. Quedaron maravillados, y me rogaron que entrase. s El

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Dentro, es por completo como un bazar. ¡Lástima que no me acompañases! En medio de las calles estrechas, las gayas linternas de papel se agitaban como grandes mariposas. Cuando sopla el viento sobre los tejados, se levantan y caen como pintadas burbujas. Los mercaderes se sientan en el umbral de sus tenduchos, sobre tapices de seda. Tienen lacias barbas negras, y los turbantes cubiertos de zequíes de oro, y luengas sartas de ámbar y labrados huesos de albérchigo, que desgranaban con sus dedos fríos. Algunos venden gálbano y nardo, y extraños perfumes de las islas del Océano Índico, y aceite espeso de rosas, y mirra, y las florecillas fragantes del clavero. Cuando alguien se detiene a hablarles, arrojan una pulgarada de olíbano en un braserillo encendido y embalsaman el aire. Vi a un sirio con una varita, delgada como un junco, en la mano. Grises hilos de humo se desprendían de ella, y su aroma al arder era como el aroma del almendro en primavera. Otros venden brazaletes de plata incrustados de azules turquesas lactescentes, y ajorcas de hilo de latón con colgantes de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y las garras de ese gato dorado, el leopardo, también engarzadas en oro, y arracadas de esmeralda, y sortijas de jade. De las casas de té llegaba el sonido del laúd, y los fumadores de opio, con sus blancos rostros sonrientes, miraban pasar a los transeúntes. Realmente, es lástima que no estuvieses conmigo. Los vendedores de vino se abren paso a codazos a través de la multitud, llevando grandes pellejos negros a la espalda. La mayor parte de ellos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Lo sirven en tacitas de metal, con pétalos de rosas. En el mercado, están los vendedores de fruta, que venden toda especie de frutas: higos maduros, de carne purpurina y jugosa; melones olorosos a almizcle y amarillos cual topacios; cidras y pomarrosas, y racimos de blanca uva; redondas naranjas de oro rojo, y ovalados limones de oro verde. Un día, vi pasar por allí un elefante. Llevaba el cuerpo pintado con bermellón y cúrcuma, y sobre las orejas una red de seda carmesí. Paróse frente a una de las tiendas, y se puso a comer naranjas, mientras el dueño no hacía otra cosa que reír. No puedes figurarte qué gente tan extraña. Cuando

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están contentos, van a un vendedor de pájaros y les dan suelta, a fin de acrecentar su alegría; y cuando están tristes, se flagelan con espinos, a fin de que su pesar no disminuya. Una tarde, tropecé con unos negros que llevaban un pesado palanquín a través del bazar. Era todo de bambú dorado, con las varas de laca bermeja incrustada de pavos reales de bronce. En las ventanas, colgaban cortinillas de muselina bordadas con alas de escarabajos y rostrillo menudo; y, al pasar, asomóse un pálido rostro circasiano, y me sonrió. Yo seguí detrás, mientras los negros apresuraban el paso, torciendo el gesto. Pero no hice caso alguno, pues una gran curiosidad se había apoderado de mí. Al fin se detuvieron ante una casa blanca y cuadrada. No se veía ventana alguna; solamente una puertecita, semejante a la puerta de una tumba. Dejaron en tierra el palanquín, y llamaron a ella por tres veces con un martillo de cobre. Un armenio, con caftán de cuero verde, miró por el ventanillo, y cuando los hubo reconocido, abrió, y tendió un tapiz por tierra, y la mujer descendió del palanquín. Al entrar, volvióse y me sonrió de nuevo. Jamás había visto una persona tan pálida. En cuanto salió la luna, volví a aquel lugar y busqué la casa; pero ya no estaba allí. Al ver esto, comprendí quién era la mujer y por qué me había sonreído. Realmente, es lástima que no estuvieses conmigo. En la fiesta de la Luna Nueva, el joven Emperador salió de su palacio para ir a rezar a la mezquita. Su barba y sus cabellos estaban sembrados de pétalos de rosas, y sus mejillas empolvadas con fino polvo de oro. Las plantas de sus pies y de sus manos, coloreadas de amarillo con azafrán. A la aurora, salió de su palacio, con una vestidura de plata; y al ocaso, volvió con una vestidura de oro. La gente se arrojaba al suelo, escondiendo el rostro; excepto yo, que no quise imitarles. En pie estuve, junto a la barraca de un vendedor de dátiles, esperando. Cuando el Emperador me vio, enarcó sus pintadas cejas, y se detuvo. Yo continué inmóvil, sin rendirle homenaje. La gente se maravilló de mi audacia, y me aconsejaron huyese de la ciudad. s El

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Pero, sin hacerles caso, fui a sentarme en compañía de los vendedores de dioses extranjeros, que, por razón de su oficio, son abominados. Cuando les dije lo que había hecho, cada uno de ellos me regaló un dios, suplicándome les abandonase. Aquella noche, mientras yacía entre almohadones, en una casa de té que hay en la calle de las granadas, entraron los guardias del Emperador, y me condujeron al Palacio. Apenas entré, cerraron tras de mí todas las puertas. Asegurándolas con cadenas. Dentro, había un gran patio con una arquería en derredor. Los muros eran de blanco alabastro, ornados aquí y allá de azulejos verdes y azules. Las columnas eran de mármol verde, y el pavimento de una especie de mármol color de albérchigo. Nunca había visto nada semejante. Al pasar por el patio, dos mujeres veladas me miraron desde una galería, lanzándome maldiciones. Los guardias apretaron el paso, y los regatones de sus lanzas resonaban sobre el suelo lustroso. Abrieron una puerta de labrado marfil, y me encontré en un pensil dispuesto en siete terrazas. Estaba todo plantado de tulipanes en macetas, y de girasoles, y de áloes tachonados de plata. Como un junquillo de cristal, abríase un surtidor en el aire fosco. Los cipreses eran como antorchas apagadas. En uno de ellos, cantaba un ruiseñor. Al extremo del jardín, se alzaba un pequeño pabellón. Al acercarnos, salieron dos eunucos a nuestro encuentro. Sus cuerpos obesos se balanceaban al caminar, y me miraban curiosamente, de soslayo, con sus ojos de párpados amarillentos. Uno de ellos llevó aparte al capitán de la guardia, y cuchicheó en voz queda con él. El otro quedó masticando pastillas aromáticas, que con gesto afectado tomaba de una cajita ovalada de esmalte violeta. Al cabo de pocos momentos, despidió el capitán de la guardia a los soldados. Volvieron éstos al palacio, siguiéndoles lentamente los eunucos, que, al pasar, arrancaban dulces moras de los árboles. Una vez, el más viejo de ambos, volvióse, me sonrió con pérfida sonrisa. Entonces, el capitán de la guardia me indicó la entrada del pabellón. Avancé sin temblar y, apartando la pesada cortina, entré.

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El joven Emperador estaba reclinado sobre un lecho de pintadas pieles de león, con un gerifalte en el puño. Detrás de él se erguía un nubio, desnudo hasta la cintura, con turbante de bronce y pesados aretes. Encima de una mesa, junto al lecho, yacía una gran cimitarra de acero. Cuando me vio, el Emperador frunció el ceño, y me dijo: —¿Cuál es tu nombre? ¿No sabes que soy el Emperador de esta ciudad? Pero yo no le di respuesta. Señaló la cimitarra con el dedo, y el nubio la empuñó y, abalanzándose contra mí, me asestó un tajo terrible. La hoja pasó zumbando a través de mi cuerpo, y no me hizo daño alguno. El hombre rodó por tierra, y al levantarse, sus dientes castañeteaban de terror y corrió a esconderse tras el lecho. El emperador se puso en pie y, asiendo una lanza de un astillero, la arrojó contra mí. Yo la cogí al vuelo, y quebré el astil en dos pedazos. Me disparó una flecha, y levanté las manos y la detuve en el aire. Entonces, desenvainó una daga, que llevaba pendiente de su cinturón de cuero blanco, y apuñaló la garganta del nubio, a fin de que no pudiera contar su afrenta. Retorcióse el esclavo como una serpiente pisoteada, y una espuma roja salió a borbotones de sus labios. En cuanto hubo muerto, volvióse hacia mí el Emperador y después de secarse el sudor de la frente con una orlada toalleta de seda carmesí, me dijo: —¿Eres acaso un profeta, que no puedo herirte, o el hijo de un profeta, que no puedo dañarte? Te suplico que salgas de mi ciudad esta noche, pues mientras estés en ella, no soy yo su señor. Y yo le contesté: —Me iré, a cambio de la mitad de tus tesoros. Dame la mitad de tus tesoros, y me iré. Entonces me cogió de la mano, y me condujo fuera del jardín. Cuando el capitán de la guardia me vio, maravillóse. Cuando los eunucos me vieron, flaquearon sus rodillas y dieron con ellos en tierra. s El

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Hay un aposento en el Palacio que tiene ocho paredes de pórfido rojo, y un techo artesonado de bronce, del que penden lámparas. Tocó el Emperador una de las paredes, y se abrió y bajamos por un corredor alumbrado por numerosas antorchas. En nichos, a uno y otro lado, se veía grandes cántaras, llenas hasta el borde de monedas de plata. Al llegar al centro del pasillo, dijo el Emperador la palabra que no puede ser dicha, y una puerta de granito giró sobre un oculto resorte, y él se cubrió el rostro con las manos, por temor a que sus ojos quedasen deslumbrados. No podrías imaginar qué sitio tan maravilloso. Había enormes conchas de tortugas, llenas de perlas, y huecas selenitas de gran tamaño, amontonadas con rojos rubíes. El oro estaba almacenado en arcas de piel de elefante, y el oro en polvo en botellas de cuero. Había ópalos y zafiros; los primeros en copas de cristal, y los segundos en copas de jade. Redondas esmeraldas verdes se encontraban colocadas ordenadamente en bandejas de marfil, y en un rincón había grandes sacos de seda, unos con turquesas y otros con berilos. Los cuernos de marfil desbordaban de amatistas purpúreas, y los cuernos de bronce de calcedonias y sardios. Las columnas, que eran de cedro, estaban cubiertas de sartas de amarillos belóculos. En oblongos escudos planos estaban los carbúnculos, del color del vino y del color de la hierba. Y ni aun la décima parte de lo que allí he podido decirte. Y cuando el Emperador hubo retirado las manos de su rostro, me dijo: —Éste es mi tesoro; y la mitad de él, tuya es, como te prometí. Y te daré camellos y camelleros, que acatarán tus órdenes y llevarán la parte tuya a cualquier lugar del mundo que se antoje ir. Y todo quedará hecho esta noche, pues no quisiera que el Sol, que es mi padre, viese que hay en mi ciudad un hombre al que no puedo dar muerte. Pero yo le respondí: —El oro que hay aquí, tuyo es, y también tuya la plata, y tuyas las piedras preciosas. Para nada las necesito. Ni aceptaré otra cosa de ti que esa sortija que llevas en el dedo. Y el Emperador frunció el ceño, y exclamó:

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—Es una sortija de plomo, sin ningún valor. Toma, pues, la mitad del tesoro, y vete. —No —repliqué—; sólo aceptaré esa sortija de plomo, pues sé lo que hay escrito por la parte de adentro, y con qué fin. Y el Emperador tembló, y me imploró, diciendo: —Toma el tesoro entero, y vete de mi ciudad. La mitad mía, tuya será también. Y entonces hice una cosa muy singular... Pero no hace al caso lo que hice, pues en una gruta, que sólo dista de aquí un día de marcha, tengo escondido el Anillo de la Riqueza. Un día de marcha nada más dista de aquí y te aguarda. Quien posee este anillo es más rico que todos los reyes de la tierra. Ven y cógelo, y todas las riquezas del mundo serán tuyas. Pero el joven pescador se echó a reír: —El amor es mejor que la riqueza —exclamó—, y la sirenita me ama. —No; nada hay mejor que la riqueza —dijo el alma. —El amor es mejor —replicó el joven pescador. Y sumergióse en lo profundo, mientras el alma se iba llorando a través de las marismas. Y cuando hubo transcurrido el tercer año, vino el alma a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Y éste subió de las profundidades, y dijo: —¿Por qué me llamas? Y el alma respondióle: —Acércate más, que pueda hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas. Y él acercó a la orilla, y echado sobre el agua somera, con la cabeza apoyada en la mano, escuchó. Y el alma le dijo: —En una ciudad que conozco, hay una posada a orillas de un río. Sentéme en ella, en compañía de unos marineros que bebían vinos de dos colores y comían pan de cebada con pescaditos salados servidos en hojas de laurel con vinagre; y estando s El

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allí divirtiéndonos, entró un viejo con una alfombra de cuero y un laúd que tenía dos cuernos de ámbar. Y extendiendo por tierra el tapiz, comenzó a puntear con una pluma de ave las cuerdas del laúd, y una muchacha, con el rostro cubierto por un velo, entró corriendo y comenzó a bailar ante nosotros. Llevaba el rostro cubierto con un velo de gasa; pero los pies desnudos. Desnudos llevaba los pies, que se agitaban sobre el tapiz como dos blancos pichones. Jamás he visto nada tan maravilloso. Y la ciudad en que baila, sólo dista de aquí una jornada. Cuando el joven pescador oyó las palabras de su alma, se acordó de que la sirenita no tenía pies, y no podía danzar. Y un gran deseo se apoderó de él, y díjose: —Sólo dista de aquí una jornada, y puedo volver luego al lado de mi amor. Y riendo, se puso en pie, y caminó, a grandes pasos, hacia la orilla. Y al llegar a ella, rió de nuevo, tendiendo los brazos a su alma. Y su alma lanzó un gran grito de júbilo, y corrió a su encuentro, y entró en él; y el joven pescador vio ante sí, sobre la arena, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma. Y su alma le dijo: —Ven, vámonos de aquí sin tardanza, que los dioses del mar son muy celosos, y tienen monstruos que obedecen sus mandatos. Apresuráronse, pues, y toda aquella noche caminaron bajo la luna, y todo el día siguiente caminaron bajo el sol, llegando, al atardecer, a una ciudad. Y el joven pescador preguntó a su alma: —¿Es ésta la ciudad en que danza aquella de quien me hablaste? Y su alma le contestó: —No, no es esta ciudad, sino otra. Sin embargo, entremos. Y entraron, comenzando a vagar por las calles. Y al pasar por la calle de los joyeros, fijóse el joven pescador en una copa de plata que estaba expuesta en una tienda. Y su alma le dijo: —Coge esa copa de plata y escóndela.

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Y él cogió la copa, y la escondió entre los pliegues de su túnica y, precipitadamente, salieron de la ciudad. Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven pescador frunció el ceño, y arrojando la copa, dijo a su alma: —¿Por qué me dijiste que cogiera esa copa y la ocultase, siendo, como es, una mala acción? Pero su alma le respondió: —Sosiégate, sosiégate. Y al anochecer del segundo día, llegaron a otra ciudad, y el joven pescador preguntó a su alma: —¿Es ésta la ciudad en que danza aquella de quien me hablaste? Y su alma le contestó: —No, no es esta ciudad, sino otra. Sin embargo, entremos. Y entraron, comenzando a vagar por las calles. Y al pasar por la calle de los vendedores de sandalias, vio el joven pescador a un niño, en pie, con cántaro de agua. Y su alma le dijo: —Pégale. Y él pegó al niño, hasta hacerle llorar; saliendo luego, presurosamente, de la ciudad. Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven pescador se irritó, y dijo a su alma: —¿Por qué me dijiste que pegara a ese niño, siendo, como es una mala acción? Pero su alma le respondió: —Sosiégate, sosiégate. Y al amanecer del tercer día, llegaron a otra ciudad, y el joven pescador preguntó a su alma: —¿Es ésta la ciudad en que danza aquella de quien me hablaste? Y su alma le contestó: —Sí, quizá sea esta la ciudad. Entremos a ver. Y entraron, comenzando a vagar por las calles. Pero en ningún sitio le fue posible al joven pescador encontrar el río, ni la posada que se alza a orillas suyas. Y la gente de la ciudad le miraba con extrañeza, y él se atemorizó, y dijo a su alma: s El

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—Ven, vámonos; pues aquella que baila con pies blancos no está aquí. Pero su alma le contestó: —No, hagamos alto en esta ciudad, que la noche está oscura, y habrá ladrones por el camino. Sentáronse, pues, a descansar en el mercado; cuando de allí a poco, pasó un mercader encapuzado, vestido con una capa de paño de Tartaria, y llevando una linterna de asta en la punta de una nudosa caña. Y el mercader le dijo: —¿Por qué te sientas en el mercado, si ves que las tiendas se encuentran ya cerradas, y atados otra vez los fardos? Y el joven pescador repuso: —No he podido encontrar posada en esta ciudad, ni tengo pariente alguno que me albergue. —¿Acaso no somos todos parientes? —dijo el mercader—. ¿Y no nos hizo un mismo Dios? Ven, pues, conmigo, que tengo un aposento para huéspedes. Y el joven pescador, levantándose, siguió al mercader a su casa. Y cuando, después de atravesar un jardín de granados, entraron en la casa, el mercader le trajo agua de rosas en una jofaina de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para apagar la sed, y un plato de arroz con una tajada de cabrito asado. Y cuando acabó de comer, le condujo al aposento para huéspedes, y le deseó una buena noche. Y el joven pescador le dio las gracias, y besó el anillo que llevaba en el dedo. Y se tendió sobre los teñidos tapices de pelo de cabra. Y después de cubrirse con la zalea de un cordero negro, quedó dormido. Y tres horas antes de salir el sol, mientras era todavía de noche, su alma le despertó y le dijo: —Levántate, y ve al cuarto del mercader, al mismo cuarto en que duerme, y mátalo, y cógele su oro; pues tenemos necesidad de él. Y el joven pescador se levantó, deslizándose cautelosamente hacia el cuarto del mercader. A los pies de éste yacía una corva espada, y en un azafate, junto a él, nueve bolsas de oro. Y extendiendo la mano, tocó la espada; pero, apenas la había tocado,

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despertó el mercader estremeciéndose, y saltando del lecho empuñó la espada, y dijo al joven pescador: —¿Quieres devolver el mal por bien, y pagar con mi sangre la bondad que te he mostrado? Pero su alma le dijo al joven pescador: —¡Mátale! Y el joven pescador le golpeó con tal violencia, que le hizo perder el sentido. Luego se apoderó de las nueve bolsas de oro, y emprendió rápidamente la fuga, atravesando el jardín de los granados, y volviendo el rostro hacia la estrella de la mañana. Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven pescador se golpeó el pecho, y dijo a su alma: —¿Por qué me ordenaste que asesinara al mercader y le robase su oro? No cabe duda que eres mala. Pero su alma le respondió: —Sosiégate, sosiégate. —¡No! —gritó el joven pescador—; no puedo sosegarme, pues todo lo que me forzaste a hacer lo aborrezco. Y a ti también te aborrezco, y te ordeno que me digas por qué me has inducido a obrar de esta manera. Y su alma le contestó: —Cuando me despediste de ti, arrojándome al mundo, no me diste el corazón; así que aprendí a hacer todas esas cosas, y a amarlas. —¿Qué dices? —murmuró el joven pescador. —Bien lo sabes —contestó su alma—, bien lo sabes. ¿Has olvidado que no me diste el corazón? Por tanto, no te conturbes, ni me importunes a mí. Sosiégate; pues no hay dolor que no puedas ahuyentar, ni placer que no puedas conseguir. Y cuando el joven pescador oyó estas palabras, tembló, y dijo a su alma: —No; eres mala, y me hiciste olvidar mi amor, y me has seducido con tentaciones, y has encaminado mis pies por las sendas del pecado. Y su alma le replicó: s El

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—No olvides que, cuando me arrojaste al mundo, no me diste corazón. Ven, vamos a otra ciudad, y holguémonos; pues tenemos nueve bolsas de oro. Pero el joven pescador cogió las nueve bolsas de oro, y las arrojó a tierra, y las pisoteó. —¡No! —gritó—; no quiero nada contigo, ni viajaré más en tu compañía. Como una vez te despedí ya de mí, así te despediré de nuevo ahora, pues no me has hecho más que daño. Y volviéndose de espaldas a la luna, con el cuchillito de mango de piel de víbora verde, trató de recortar, desde sus pies, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma. Pero, a pesar de ello, el alma no se separó de él, ni obedeció su mandato, diciéndole: —El hechizo que la bruja te enseñó no te sirve ya, pues ni a mí me es posible abandonarte, ni tú puedes arrojarme ya de ti. Una vez en la vida puede un hombre separarse de su alma; pero el que otra vez la recibe, tiene que guardarla consigo para siempre; y éste es su castigo y su recompensa. Y el joven pescador palideció y, apretando los puños, gritó: —Fue una bruja pérfida, que no me lo dijo. —No —replicó su alma—; fue fiel a aquél a quien adora, y cuya sierva será siempre. Y cuando el joven pescador vio que no podía ya librarse de su alma, y que era un alma perversa, que habitaría en él para siempre, cayó en tierra llorando amargamente. Y cuando fue de día, levantóse el joven pescador, y dijo a su alma: —Ataré mis manos para que no obedezcan tu mandato, y cerraré mis labios para que no repitan tus palabras, y volveré al lugar en que vive la que amo. Al mar me encaminaré de nuevo, a la ensenada donde ella canta habitualmente, y la llamaré, y le contaré el mal que hice y el mal que tú me has hecho. Y su alma le tentó, diciéndole: —¿Quién es tu amada, para que vuelvas a ella? Muchas hay en el mundo más hermosas que ella. Hay las bailarinas de Samaris, que bailan imitando toda suerte de aves y animales.

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Llevan los pies teñidos de alheña, y en las manos cascabeles de cobre. Ríen al danzar, y su risa es tan clara como la risa del agua. Ven conmigo y te las mostraré. Pues, ¿a qué preocuparse de eso que tú crees pecado? ¿Acaso no han sido hechas para el paladar las cosas sabrosas de comer? ¿Y hay, acaso, veneno en lo que es dulce de beber? No te inquietes, pues, y ven conmigo a otra ciudad. Muy cerca de aquí se encuentra una villa, donde hay un jardín de tulipanes poblado de pavos reales blancos y pavos reales de pecho azul. Sus colas, cuando las abren al sol, son como discos de marfil y como discos dorados. Y la que cuida de alimentarlos, danza para ellos, y unas veces danza sobre las manos, y otras veces danza con los pies. Lleva los ojos pintados con estibio, y las aletas de su nariz tienen el suave modelado de las alas de la golondrina. De una de ellas pende una flor tallada en una perla. Ríe al bailar, y los aros de plata que lleva en los tobillos tintinean como esquilas de plata. No te atormentes, pues, y ven conmigo a esa ciudad. Pero el joven pescador no contestó a su alma; antes bien cerrando sus labios con el sello del silencio, y atando sus manos con una cuerda apretada, emprendió el regreso hacia el lugar del que había venido, hacia la ensenada donde cantaba su amada habitualmente. Y sin cesar, su alma le tentaba durante el camino; pero él no respondía, ni quería hacer ninguna de las maldades que ella le aconsejaba; tan grande era la fuerza de su amor. Y cuando hubo llegado a la orilla del mar, libró sus manos de la cuerda y levantó de sus labios el sello del silencio, y llamó a la sirenita. Pero ella no acudió a su llamamiento, a pesar de que él estuvo implorándola todo el día. Y su alma se burlaba de él, diciéndole: —Poca alegría te procura tu amor. Eres como el que, en tiempo de sequía, vierte agua en una vasija rota. Das lo que tienes, y no recibes nada en cambio. Mejor te sería venir conmigo, pues sé donde está el valle de los placeres, y las cosas que allí tienen lugar. Pero el joven pescador no respondió a su alma, y en una quebrada de la roca se construyó una cabaña, y habitó en ella s El

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todo un año. Y todas las mañanas llamaba a la sirenita, y todas las tardes la llamaba de nuevo, y pasaba la noche repitiendo su nombre. Sin embargo, nunca salió ella del agua a su encuentro, ni en lugar alguno del mar pudo encontrarla, a pesar de buscarla en las grutas y en el agua verde, en las charcas de la marea y en los pozos que hay en las profundidades. Y, sin cesar, su alma le tentaba al mal, susurrándole cosas terribles. Sin embargo, no consiguió vencerle; tan grande era la fuerza de su amor. Y cuando hubo transcurrido un año, pensó el alma: —He tentado a mi dueño con el mal, y su amor es más fuerte que yo. Voy a tentarle ahora con el bien, y quizás venga conmigo. Y habló al joven pescador, y le dijo: —Te he hablado de los goces del mundo, y no me has prestado oídos. Permíteme ahora que te hable del dolor del mundo, y acaso me escuches. Pues, en verdad, el dolor es el Rey del mundo, y nadie hay que escape de sus redes. Unos carecen de ropa, y otros carecen de pan. Hay viudas que se visten de púrpura, y hay viudas que se visten de harapos. A través de los pantanos caminan los leprosos, y son crueles unos con otros. De aquí para allá van los mendigos por las carreteras, con las alforjas vacías. Por las calles de la ciudad pasea el hambre, y la peste acampa a sus puertas. Ven, vamos a remediar todo esto. ¿A qué permanecer aquí, llamando a tu amada, si ves que no acude a tu llamamiento? ¿Y qué es el amor para concederle importancia semejante? Pero el joven pescador no contestó palabra; tan grande era la fuerza de su amor. Y todas las mañanas llamaba a la sirenita, y todas las tardes la llamaba de nuevo, y pasaba la noche repitiendo su nombre. Sin embargo, nunca salió ella del agua a su encuentro, ni en lugar alguno del mar pudo encontrarla, a pesar de buscarla en las corrientes del mar, y en los valles que hay bajo las olas; en el mar que el ocaso empurpura, y en el mar que el alba torna gris. Y cuando hubo transcurrido el segundo año, dijo el alma, una noche, al joven pescador, mientras estaba sentado en su cabaña:

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—He aquí que te he tentado con el mal, y te he tentado con el bien, y tu amor es más fuerte que yo. Así, no te tentaré ya más; pero te ruego me permitas entrar en tu corazón, y ser de nuevo una contigo, como fuimos antes. —Ciertamente, puedes entrar —dijo el joven pescador—, pues en los días en que, sin corazón, vagaste por el mundo, has debido sufrir mucho. —¡Ay! —exclamó el alma—; no puedo hallar entrada en él; tan rebosante de amor está tu corazón. —Sin embargo, yo quisiera poder ayudarte —dijo el joven pescador. En ese momento, vino del mar un gran grito de duelo, como el grito que oyen los hombres cuando un hijo del mar muere. Y el joven pescador se puso en pie y, saliendo de su cabaña corrió hacia la orilla. Y las olas negras vinieron precipitadamente hacia la playa, trayendo una carga más blanca que la plata. Blanca como la espuma era, y semejante a una flor flotaba sobre las olas. Y la marejada la arrancó a las olas, y la espuma la arranca a la marejada, y la playa la recibió, y a sus pies vio tendido el joven pescador el cuerpo de la sirenita. Muerta a sus pies yacía. Llorando, como el que es presa del dolor, se arrojó en tierra al lado suyo, y besó el rojo frío de su boca, y acarició el mojado ámbar de sus cabellos. Se arrojó en tierra al lado suyo, sobre la arena, llorando como el que tiembla de alegría, y cogiéndola entre sus brazos atezados la estrechó contra su pecho. Fríos estaban los labios; pero, no obstante, él los besó. Salada estaba la miel de su carne; pero, no obstante, él la saboreó con una cruel alegría. Besó los párpados cerrados, y el rocío acre que contenían sus cálices era menos acre que sus lágrimas. Y se confesó al cadáver. En las conchas de sus orejas vertió el áspero vino de su cuento. Colocó las manecitas de ella alrededor de su cuello, y con sus dedos acarició la garganta delicada. Amarga, amarga era su alegría, y lleno de extraño júbilo su dolor. El negro mar se acercaba, y la blanca espuma gemía como un leproso. Con blancas zarpas de espuma se aferraba el mar a s El

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la playa. Del palacio del Rey del Mar llegó de nuevo el grito de duelo, y a lo lejos, en alta mar, soplaron los tritones roncamente en sus caracolas. —Retírate —le advirtió su alma—; pues cada vez se acerca más el mar, y si tardas corres riesgo de morir. Retírate a un lugar seguro. ¿No pensarás enviarme sin corazón al otro mundo? Pero el joven pescador no la escuchaba. Llamaba a la sirenita, y le decía: —El amor es mejor que la sabiduría, y más precioso que las riquezas, y más bello que los pies de las hijas de los hombres. No puede consumirlo el fuego, ni el agua puede apagarlo. Yo te he llamado a la aurora, y tú no acudiste a mi llamamiento. La luna oyó tu nombre, y sin embargo tú no prestaste oído. Pues yo te había abandonado malamente, y para daño mío erré lejos de ti. No obstante, siempre fue tu amor conmigo, y siempre fue poderoso, y nada prevaleció contra él, a pesar de haber contemplado el bien. Y ahora, que estás muerta, quiero también morir contigo. Y su alma le suplicó que se retirase, pero él no quiso; tan grande era su amor. Y el mar se acercó cada vez más, y trató de cubrirlo con sus olas; y cuando él conoció que su fin estaba próximo, besó, con labios frenéticos, los labios fríos de la sirenita, y su corazón se hizo pedazos. Y como la plenitud de su amor hizo estallar su corazón, el alma encontró una abertura, y entró, y fue de nuevo una con él, como antes. Y el mar cubrió al joven pescador con sus olas. Y, a la mañana siguiente, salió el cura para bendecir el mar, que había estado revuelto. Y con él venían los monjes, y los músicos, y los portadores de cirios, y los turiferarios, y una gran muchedumbre. Y al llegar a la orilla, vio el cura al joven pescador, ahogado sobre la playa, con el cuerpo de la sirenita estrechamente abrazado. Y retrocedió frunciendo el ceño; y después de hacer la señal de la cruz, gritó: —No bendeciré el mar, ni nada de lo que encierra. ¡Malditos sean los hijos del mar, y malditos los que con ellos tienen comercio! Y en cuanto al que, por causa del amor, olvidó a Dios,

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y yace así con su manceba, fulminado por el juicio de Dios, coged su cuerpo y el cuerpo de su amante, y enterradlos al final del Campo de los Batanes, y no pongáis encima marca ni señal alguna, a fin de que nadie pueda saber el lugar en que descansan. Pues malditos fueron en vida, y malditos serán también en la muerte. Y la gente le obedeció, y al final del Campo de los Batanes, en un sitio donde no crecía la blanda hierba, cavaron una fosa profunda, y en ella depositaron los cadáveres. Y cuando hubo transcurrido el tercer año, un día, que era día de gran fiesta, subió el cura a la capilla, para mostrar al pueblo las llagas del Señor, y hablarle de la cólera divina. Y después de revertirse con sus ornamentos, al entrar e inclinarse ante el altar, vio que estaba todo cubierto de extrañas flores, que no había visto nunca antes. Singulares eran, en verdad, y de rara belleza; y su belleza le turbó, y su aroma fue dulce a su olfato. Y se sintió contento; y no sabía por qué estaba contento. Y después de abrir el tabernáculo, y de incensar la custodia que había dentro, y de mostrar la Santa Forma al pueblo, y de esconderla otra vez tras el velo de los velos, comenzó a hablar al pueblo, deseando hablarles de la cólera divina. Pero la belleza de las flores blancas le turbaba, y su aroma era suave a su olfato, y otras palabras acudían a sus labios; y no habló de la cólera de Dios, sino del Dios cuyo nombre es amor. Y por qué hablaba así, no lo sabía. Y cuando concluyó su plática, la gente lloraba, y el cura volvió a la sacristía con los ojos llenos de lágrimas. Y los diáconos vinieron a despojarle, y le quitaron el alba y el cíngulo, el manípulo y la estola. Y él seguía inmóvil, como en sueños. Y cuando le hubieron despojado, les miró, y dijo: —¿Qué flores son ésas que hay en el altar, y de dónde provienen? Y ellos le contestaron: —Qué flores son, no podemos decirlo; pero provienen del final del Campo de los Batanes. s El

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Y el cura se estremeció y, volviendo a su casa, se puso en oración. Y a la mañana siguiente, todavía de aurora, salió con los monjes y los músicos, y los portadores de cirios, y los turiferarios, y una gran muchedumbre. Y fue a la orilla del mar, y bendijo el mar, y todos los seres que en él moran. A los faunos bendijo también, y a las menudas criaturas que danzan en la selva, y a las criaturas de ojos brillantes que acechan a través del follaje. A todos los seres del mundo de Dios bendijo, y el pueblo estaba lleno de júbilo y asombro. No obstante, desde entonces, jamás volvieron a crecer flores de ninguna especie en aquel rincón del Campo de los Batanes, que otra vez quedó yermo como antes. Ni volvieron a entrar los hijos del mar en la bahía, como acostumbraban hacer; pues emigraron a otro paraje del mar.

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A Miss Margot Tennant

Había una vez dos pobres leñadores que regresaban, camino de su casa, por medio de un gran pinar. Era invierno, y hacía una noche crudísima. Una espesa capa de nieve cubría la tierra y las ramas de los árboles. La helada hacía chasquear al paso de ellos los vástagos tiernos que bordeaban el sendero; y al llegar al torrente de la montaña, lo vieron suspendido, inmóvil en el aire, pues el Rey del Hielo lo había besado. Tal frío hacía, que ni siquiera los animales sabían qué hacer. —¡Uf! —gruñía el lobo, renqueando por los breñales, con el rabo entre piernas—. ¡Vaya un tiempo abominable! ¿Por qué no interviene el gobierno? —¡Uit, uit, uit! —piaban los verderones—; muerta está la vieja tierra, envuelta en su blanco sudario. —La tierra va a casarse, y éste es su traje de bodas —cuchicheaban entre sí las tórtolas. Tenían las rojas patitas completamente entumecidas, pero creían de su deber considerar las cosas desde un punto de vista romántico. —¡Qué majadería! —refunfuñó el lobo—. Os digo que todo esto es culpa del gobierno, y si no me creéis, tendré que devoraros. El lobo tenía un espíritu extremadamente práctico, y nunca le faltaba algún argumento decisivo. —Bueno, por mi parte —dijo el pico, que era filósofo por naturaleza—, no he de buscar una teoría atomística que lo


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explique. Las cosas son como son, y en este momento el frío es terrible. Realmente, hacía frío terrible. Las ardillas que vivían en el interior del abeto gigante, se restregaban la nariz mutuamente para entrar en calor, y los conejos se hacían un ovillo en el fondo de sus madrigueras, sin atreverse ni a mirar hacia fuera. Los únicos que parecían satisfechos eran los grandes búhos. Tenían las plumas rígidas por la escarcha; pero, sin reparar en ello, resolvían sus anchos ojos amarillos, y se llamaban unos a otros por el bosque: “¡Tu-juit, tu-jú! ¡Tu-juit, tu-jú! ¡Qué tiempo tan delicioso!” Los dos leñadores seguían camino adelante, soplándose obstinadamente los dedos y golpeando con sus ferrados zapatones la nieve endurecida. Una vez se hundieron en un hoyo profundo, del cual salieron blancos como molineros durante la molienda; otra, resbalaron sobre la tersa superficie helada de una charca, y sus haces se deshicieron, viéndose obligados a atarlos nuevamente; otra, creyeron haberse extraviado, y un gran terror se apoderó de ellos, pues sabían lo cruel que es la nieve con quienes se duermen en sus brazos. Pero pusieron su confianza en el buen San Martín, que vela por todos los caminantes, y volviendo pies atrás avanzaron prudentemente, hasta que al fin llegaron a la linde del bosque, y vieron, allá en el fondo del valle, las luces de la aldea en que vivían. Tan contentos se sintieron de verse en salvo, que se echaron a reír, y la tierra les pareció una flor de plata, y una flor de oro la luna. Sin embargo, después de haber reído, entristeciéronse, pues recordaron su miseria; y uno de ellos dijo al otro: —¿Por qué alegrarnos, si vemos que la vida es para el rico, y no para gentes cual nosotros? Mejor nos hubiera sido morir de frío en el bosque, o haber topado con alguna fiera que nos devorase. —Cierto —contestó su compañero—. Unos tienen demasiado, y otros demasiado poco. La injusticia hizo los lotes en el mundo, y nada fue repartido por igual, salvo el dolor. Pero estando lamentándose mutuamente de su miseria, ocurrió una cosa extraña. Una estrella resplandeciente y dorada s El

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cayó del cielo. Deslizándose oblicuamente por el financiamiento, rozando a su paso a las demás estrellas, mientras los leñadores la contemplaban asombrados, fue a caer, o al menos tal les pareció, tras un grupo de sauces que crecían junto a un redil, a una pedrada escasa del lugar en que se hallaban. —¡Buen puchero de oro para quien lo encuentre! —exclamaron, echando a correr; tan ávidos estaban de oro. Y uno de ellos corría más velozmente que su compañero y dejándolo atrás, abrióse paso a través de los sauces. Y, en efecto, al llegar al otro lado, vio una cosa dorada que yacía sobre la blanca nieve. Dirigióse inmediatamente hacia ella y, agachándose, la cogió en sus manos. Y vio que era una capa de tisú de oro, singularmente bordada de estrellas y doblada en grandes pliegues. Y gritó a su compañero que había encontrado el tesoro caído del cielo, y cuando el otro llegó, sentáronse ambos sobre la nieve y desdoblaron la capa para repartirse las monedas de oro. Pero, ¡ay!, la capa no contenía oro alguno, ni plata, ni tesoro de ninguna especie. Únicamente había en ella un niñito dormido. Y uno de ellos dijo al otro. —¡Amargo fin de nuestra esperanza! Poca suerte tenemos pues, ¿de qué utilidad puede ser un niño a un hombre? Dejémosle aquí, y sigamos nuestro camino, que pobres somos e hijos propios tenemos, cuyo pan no podemos dar a los ajenos. Pero su compañero repuso: —No; maldad sería dejar morir a este niño entre la nieve y aunque tan pobre soy como tú, y con muchas bocas que alimentar y poca comida en la olla, yo me lo llevaré a mi casa y mi mujer cuidará de él. Y cogiéndole tiernamente en brazos, y envolviéndole bien en la capa para resguardarle del frío, siguió colina abajo hacia la aldea, mientras su compañero se hacía cruces de su insensatez y blandura de corazón. Y cuando llegaron a la aldea su compañero le dijo: —Tú tienes el niño; dame, pues, la capa. Recuerda que convinimos en repartirnos el hallazgo. Pero él le contestó:

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—No, pues la capa no es tuya ni mía, sino del niño. Y diciéndole adiós, se dirigió hacia su casa, a cuya puerta llamó. Y cuando su mujer abrió la puerta y vio que su marido volvía sano y salvo, le echó los brazos al cuello y le besó. Luego ayudóle a descargar el haz de leña, y limpiándole de nieve los zapatos le invitó a que entrase. Pero él le dijo: —He encontrado una cosa en el bosque, y te la he traído para que cuides de ella. Y continuaba inmóvil en el umbral. —¿Qué es ello? —preguntó la mujer—. Enséñamelo, que la casa está desprovista de todo y son muchas las cosas que necesitamos. Entonces él entreabrió la capa y le mostró al niño dormido. —¡Ay, desventurados —murmuró ella—. ¿Acaso no tenemos hijos propios, para que traigas a un niño abandonado a sentarse en nuestro hogar? Y ¡quién sabe si no vendrá con él la mala suerte! Y ¿cómo nos las vamos a arreglar para criarle? Y se encolerizó contra su marido. —No; que es un niño estrella —repuso el leñador. Y le contó de qué extraño modo le había hallado. Pero ella, lejos de apaciguarse, burlóse de él y le increpó agriamente: —No tenemos pan para nuestros hijos, y ¿vamos a alimentar a los ajenos? ¿Quién nos da de comer? —No importa; Dios cuida hasta de los gorriones y les da de comer —contestó él. —Y ¿no se mueren de hambre los gorriones en el invierno? —preguntó ella—. Y ¿acaso no estamos en invierno? Nada respondió el leñador; pero continuó inmóvil en el umbral. Y un viento glacial sopló de la selva por la puerta abierta e hizo estremecer y dar diente con diente a la mujer, que le dijo: —¿Quieres cerrar la puerta? Entra un viento que hiela. s El

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—En una casa donde hay un corazón duro, ¿acaso no entra siempre un viento que hiela? —preguntó él. Y la mujer no contestó palabra; pero arrimóse más al fuego. Y al poco rato se volvió y le miró, y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Y él entró precipitadamente y puso al niño en sus brazos, y ella lo besó y acostóle en una camita donde dormía el más pequeño de sus hijos. Y a la mañana siguiente, el leñador cogió la extraña capa de oro y guárdola en un arca; y un collar de ámbar que llevaba el niño al cuello, su mujer lo cogió y también lo guardó en el arca. Así, el niño estrella fue criado con los hijos del leñador, y se sentó a la misma mesa que ellos, y fue su compañero de juegos. Y cada año se hacía más hermoso, a tal punto, que todos los habitantes de la aldea se maravillaban; pues en tanto que ellos eran de tez morena y cabellos negros, él era blanco y delicado como el marfil, y sus rizos semejaban las volutas del asfódelo. Sus labios también eran semejantes a los pétalos de una flor roja, y sus ojos como violetas al borde de un arroyo cristalino y su cuerpo como el narciso de un campo donde no ha entrado el segador. Sin embargo, su belleza fue perjudicial para él. Pues creció altanero, cruel y egoísta. Despreciaba a los hijos del leñador y a los demás niños de la aldea, diciendo que eran de baja extracción, en tanto que él era noble, procedente de una estrella; y constituido en señor de ellos, los llamaba sus criados. No se apiadaba del pobre, ni del ciego y el lisiado, ni de los que de cualquier otro modo habían sido maltratados por el destino; antes bien, les tiraba piedras, persiguiéndolos hasta el camino real, ordenándoles mendigaran su pan en otra parte; de tal suerte, que, excepto los proscritos, nadie volvía a pedir limosna en esta aldea. Realmente, era un enamorado de la belleza, y burlábase del contrahecho y del enclenque, haciendo mofa de ellos. Sólo a sí mismo amaba, y en verano, cuando callaban los vientos, gustaba de tenderse junto al pozo del huerto del párroco y de contemplar en él maravilla de su rostro, riendo de contento al admirar su hermosura.

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El leñador y su mujer le reprendían a menudo, diciéndole: —No obramos nosotros contigo como tú obras con los abandonados, con los que a nadie tienen que les socorra. ¿Por qué eres tan cruel con todos los que han menester de compasión? Con frecuencia el anciano párroco enviaba a buscarle, y trataba de enseñarle a amar a todos los seres, diciéndole: —La mosca es tu hermana; no le hagas daño. Los pájaros que vagan por el bosque, gozan de su libertad: no les prives de ella por gusto. Dios hizo a la lombriz y al topo, y a cada uno indicó su lugar. ¿Quién eres tú para traer el dolor al mundo de Dios? Hasta los rebaños del campo le bendicen. Pero el niño estrella, sin hacer caso de sus palabras, fruncía el entrecejo, encogiéndose de hombros y volvía al lado de sus compañeros, a quienes gobernaba a su antojo. Y sus compañeros le seguían porque era hermoso, y ágil de pies, y sabía bailar y tocar el caramillo y hacer música. Y dondequiera que el niño estrella los conducía, ellos, dócilmente, le seguían; y todo lo que el niño estrella les ordenaba, ellos, dócilmente, lo hacían. Y cuando él, con un junco aguzado, sacaba los opacos ojos de algún topo, ellos reían, y cuando lanzaba piedras a los leprosos, también reían. Y en todo y por todo él los dirigía; a tal punto, que llegaron a hacerse tan duros de corazón como él. Y he aquí que un día pasó por la aldea una pobre mendiga. Llevaba el traje hecho harapos, y los pies sangrando, a consecuencia del escabroso camino que había recorrido. Su aspecto era, realmente, lastimoso. Sintiéndose cansada, se sentó a descansar a la sombra de un castaño. Pero en cuanto el niño estrella la hubo divisado, dijo a sus compañeros: —Mirad aquella asquerosa mendiga que se ha sentado a la sombra de aquel hermoso árbol. Venid, vamos a echarla de ahí, que es fea y deforme. Y acercándose, le tiraba piedras y hacía burla de ella, que le miraba con ojos aterrados y fijos. s El

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Cuando el leñador, que se encontraba cerca de allí partiendo leña, vio lo que hacía el niño estrella, acudió en seguida y le reprendió, diciéndole: —No cabe duda de que eres duro de corazón y no conoces la piedad; pues ¿qué daño te ha hecho esta pobre mujer para tratarla de ese modo? Pero el niño estrella enrojeció de cólera y, dando con el pie en tierra, exclamó: —¿Quién eres tú para pedirme cuentas de lo que hago? No soy hijo tuyo para tener que obedecerte. —Dices verdad —repuso el leñador—; pero, sin embargo, yo fui compasivo contigo cuando te encontré en el bosque. Apenas hubo oído la mujer estas palabras, cuando, lanzando un gran grito, cayó desmayada. Transportóla el leñador a su casa, y su mujer la atendió solícitamente. Y cuando hubo recobrado los sentidos, pusieron ante ella de comer y beber, invitándola a que restaurara sus fuerzas. Pero ella, sin querer comer ni beber, preguntó al leñador: —¿No dijiste que habías encontrado al niño en el bosque? Y ¿no fue ello hace diez años? Y el leñador contestó: —Sí, en el bosque lo encontré, y diez años hace de ello. —Y ¿qué señales encontraste en él? —exclamó ella—. ¿No llevaba al cuello un collar de ámbar? ¿No iba envuelto en una capa de tisú de oro bordada de estrellas? —Cierto —contestó el leñador—; fue como dices. Y sacando la capa y el collar de ámbar del arca en que yacían, se los mostró. Y apenas ella los hubo visto, echóse a llorar de alegría, y dijo: —Es el hijo mío que perdí en el bosque. Te suplico lo llames en seguida, que en busca suya he recorrido el mundo. El leñador y su mujer salieron a llamar al niño estrella, y le dijeron: —Entra en la casa y encontrarás a tu madre, que te está esperando.

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Y él entró corriendo, lleno de júbilo y de asombro. Pero cuando vio quién era la que le aguardaba, se echó a reír sarcásticamente, y dijo: —¿Dónde está mi madre? Aquí no veo más que a esta vil mendiga. Y la mujer le dijo: —Yo soy tu madre. —Estás loca —gritó furioso el niño estrella—. Yo no soy hijo tuyo, pues tú eres una mendiga, y fea, y andrajosa. Vete, pues, y que no vuelva a ver tu rostro repugnante. —No; tú eres en verdad mi hijito, el que perdí en el bosque —exclamó ella. Y cayó de rodillas, tendiéndole los brazos. —Los ladrones te robaron y abandonaron después, para que murieses de hambre —murmuró—; pero en cuanto te he visto te reconocí; y también las señales: la capa de tisú de oro y el collar de ámbar. Te ruego, pues, vengas conmigo, que el mundo entero llevo recorrido en tu busca. Ven conmigo, hijo mío, que tengo necesidad de tu amor. Pero el niño estrella continuó inmóvil, cerrando las puertas de su corazón. Y sólo se oían los sollozos de la desgraciada. —Si realmente eres mi madre —dijo—, mejor habría sido que no vinieses a traerme humillación y vergüenza. Yo creía ser hijo de alguna estrella, y no de una mendiga, como tú me aseguras. Vete, pues, y que no vuelva a verte. —¡Ay, hijo mío! —gimió ella—. ¿No querrás, siquiera, darme un beso antes de que me vaya? ¡He sufrido tanto para encontrarte! —No —dijo el niño estrella—; eres demasiado repulsiva, y antes preferiría besar a un sapo o una víbora que besarte a ti. Entonces la mujer se levantó, y alejóse por el bosque, llorando amargamente. Y cuando el niño estrella que se había ido, sintióse contento, y volvió corriendo hacia sus compañeros para seguir jugando. Pero, cuando ellos le vieron venir, empezaron a burlarse de él diciendo: s El

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—Eres asqueroso como el sapo, y más feo y repugnante que la víbora. Vete de aquí, que no consentiremos juegues con nosotros. Y le arrojaron al jardín. El niño estrella frunció el entrecejo, y se dijo: —¿Qué están diciendo esos? Iré al pozo, a mirarme en el agua, y ella me hablará de mi belleza. Y dirigiéndose al pozo, se miró en el agua, y, ¡oh sorpresa!, su rostro era semejante al rostro de un sapo, y su cuerpo escamoso como el de una víbora, y desplomándose sobre la hierba, lloró amargamente, y se dijo: —Sin duda, esto me ha sucedido a causa de mi pecado. Pues yo he renegado de mi madre, y la arrojé de mi lado, y he sido orgulloso y cruel con ella. Pero, ahora iré en su busca por toda la tierra, y no descansaré hasta que la haya encontrado. Y entonces vino hacia él la hijita del leñador, y poniéndole la mano en el hombro, le dijo: —¿Qué importa que hayas perdido tu belleza? Quédate con nosotros, que yo no me burlaré de ti. Y él le contestó: —No; he sido cruel con mi madre, y en castigo me ha sido enviado este mal. Tengo, pues, que partir, y vagar por el mundo hasta que dé con ella y obtenga su perdón. Y echando a correr hacia el bosque, llamaba a gritos a su madre, sin obtener respuesta. Todo el día estuvo llamándola y, cuando el sol se puso, tendióse a descansar sobre un lecho de crueldad; y quedó solo con el sapo que le velaba, y con la víbora lenta que serpeaba en torno suyo. Y al amanecer se levantó, y arrancando algunas bayas amargas de los árboles las comió, y siguió su camino a través de la selva, llorando amargamente. Y a todos los seres que encontraba, preguntaba por si acaso habían visto a su madre. Decía al topo: —Tú, que puedes andar bajo la tierra, dime: ¿está allí mi madre? Y el topo respondía: —Tú cegaste mis ojos. ¿Cómo podría saberlo?

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Decía al jilguero: —Tú, que puedes volar sobre los árboles y ver el mundo entero, dime: ¿puedes ver a mi madre? Y el jilguero respondía: —Tú cortaste mis alas, por capricho. ¿Cómo podría volar? Y a la ardillita, que moraba en el abeto y vivía solitaria, preguntaba: —¿Dónde está mi madre? Y la ardilla respondía: —Tú mataste a los míos. ¿Es que también tratas de matar a los tuyos? Y el niño estrella lloraba, inclinando la cabeza, y suplicaba a las criaturas de Dios que le perdonasen, y proseguía selva adelante, en busca de la mendiga. Y, al tercer día, llegó al otro lado del bosque, y descendió a la llanura. Y cuando pasaba por las aldeas, los niños hacían burla de él y le tiraban piedras, y los aldeanos no querían permitirle ni siquiera que durmiese en los graneros, por temor a que trajese el tizón al grano almacenado, tan horrible era; y los jornaleros le ahuyentaban, y nadie tenía lástima de él. Y en parte alguna pudo saber nada de su madre la mendiga, aunque por espacio de tres años viajó por todo el mundo. Y a menudo creía verla en la lejanía de un camino y, llamándola, corría en pos de ella hasta que los guijarros hacían sangrar sus pies. Pero nunca le era posible darle alcance; y los que habitaban junto al camino, siempre negaban haberla visto, ni nada que le fuera parecido, y hacían mofa de su dolor. Por espacio de tres años viajó por todo el mundo, y en el mundo no había ni amor, ni bondad, ni caridad; pues tal como él se lo había forjado en los días de su soberbia, así era el mundo. Y un día, al anochecer, llegó a la puerta de una ciudad amurallada, situada a orillas de un río; y cansado y doloridos los pies, trató de entrar en ella. Pero los soldados que estaban de guardia cruzaron sus alabardas a través de la puerta, preguntándole rudamente: —¿Qué te trae a esta ciudad? s El

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—Voy en busca de mi madre —contestó—; y os suplico me dejéis entrar, pues quizá se halla en esta ciudad. Pero los soldados hicieron burla de él, y uno de ellos, sacudiendo su barba negra y poniendo en tierra el escudo, exclamó: —En verdad que tu madre no se regocijará mucho de verte, porque eres más repugnante que el sapo del pantano y la víbora que se arrastra por el cieno. ¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí! Tu madre no vive en esta ciudad. Y otro soldado, que sostenía un estandarte amarillo, le preguntó: —¿Quién es tu madre, y por qué vas en busca de ella? Y él contestó: —Mi madre es una mendiga como yo, que la traté malvadamente. Os ruego me permitáis pasar, para que pueda perdonarme, si es que ha hecho alto en esta ciudad. Pero ellos, lejos de consentírselo, le pincharon con sus lanzas. Y ya se iba llorando, cuando llegó un guerrero, de armadura adornada con flores de oro en ataujía y yelmo figurando un león alado, y preguntó a los soldados quién era el que solicitaba entrada. Y éstos le dijeron: —Es un mendigo, hijo de una mendiga, al que hemos ahuyentado. —¿Por qué? —exclamó él riendo—; venderemos al mísero como esclavo, y su precio será el precio de una jarra de buen vino. Y un viejo de rostro avieso, que pasaba por allí, gritó: —Yo lo compro por ese precio. Y cuando hubo pagado el precio convenido, cogió de la mano al niño estrella y lo introdujo en la ciudad. Y después de recorrer una porción de callejuelas, llegaron a una puertecita, abierta en un muro, que un granado cubría con sus ramas. Y el viejo tocó la puerta con un anillo de jaspe entallado, y la puerta se abrió. Y, bajando cinco peldaños de bronce, penetraron en un jardín lleno de negras adormideras y verdes tinajes de arcilla. Y el viejo se quitó del turbante una banda de seda estampada, y vendó con ella los ojos del niño estrella,

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empujándolo luego ante sí. Y cuando le fue quitada la venda de los ojos, encontróse el niño estrella en una mazmorra, alumbrada por una linterna de cuerno. Y el viejo colocó en un tajo, ante él, un mendrugo de pan mohoso, y le dijo: “¡Come!”; y una taza llena de agua salobre, y le dijo: “¡Bebe!”. Y así que hubo comido y bebido, salió el viejo, cerrando la puerta tras sí, y asegurándola con una cadena de hierro. Y a la mañana siguiente, el viejo, que, en realidad, era el más astuto de los magos de la Libia, y había aprendido su arte de uno de esos que habitaban en las tumbas del Nilo, entró en la mazmorra y, mirándole ceñudamente, le dijo: —En un bosque inmediato a las puertas de esta ciudad de infieles, hay tres monedas de oro. Una es de oro blanco, y otra de oro amarillo, y de oro rojo la tercera. Hoy tienes que traerme la moneda de oro blanco; y si no la traes te daré un ciento de azotes. Vete sin tardar. Al ponerse el sol te aguardaré a la puerta del jardín. Cuida bien de traer el oro blanco o de otro modo lo pasarás mal; pues tú eres mi esclavo, y yo te compré por una buena jarra de vino. Y vendando los ojos del niño estrella con la banda de seda, le hizo atravesar la casa y el jardín de adormideras, y subir los cinco peldaños de bronce. Y abriendo la puertecilla con su anillo, le dejó en la calle. Y el niño estrella salió por la puerta de la ciudad, y llegó al bosque de que el Mago le hablara. Visto desde fuera, este bosque parecía hermosísimo, y lleno de pájaros canoros y flores bien olientes, así que el niño estrella entró en él alegremente. Sin embargo, de poco le aprovechó su belleza, pues dondequiera que iba zarzas y abrojos punzadores brotaban del suelo, envolviéndole; y ortigas malignas le pinchaban, y el cardo le atravesaba con sus puñales, a tal punto, que el desaliento y la angustia se apoderaron de él. Y en parte alguna le fue posible encontrar la moneda de oro blanco de que el Mago le había hablado, a pesar de estar buscándola desde la mañana al mediodía, y del mediodía al anochecer. Y al ponerse el sol se s El

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encaminó hacia la ciudad, llorando amargamente, pues sabía la suerte que le estaba reservada. Pero apenas había llegado a los linderos del bosque, cuando oyó salir de un matorral como un grito de dolor. Y olvidando su propia pena, volvió hacia el lugar, y pudo ver una liebre presa en un cepo preparado por algún cazador. Y el niño estrella se apiadó de ella, y la libró del cepo, diciendo: —Yo, que no soy más que un esclavo, puedo no obstante darte la libertad. Y la liebre le contestó: —Cierto que me das la libertad. ¿Qué podría darte yo en cambio? Y el niño estrella repuso: —Ando a la busca de una moneda de oro blanco, y no puedo hallarla. Y si no se la llevo mi amo me pegará. —Ven conmigo —dijo la liebre—, y yo te conduciré hasta ella; pues sé dónde se encuentra, y con qué fin. Y el niño estrella siguió a la liebre, y... en el hueco de una gran encina, vio la moneda de oro blanco que buscaba. Y lleno de alegría, la cogió, diciendo a la liebre: —El servicio que te hice, con usura me lo has pagado; y la bondad que te mostré, me la has devuelto centuplicada. —No —replicó la liebre—; como tú obraste conmigo, así he obrado yo contigo. Y echó a correr velozmente, mientras el niño estrella se dirigía hacia la ciudad. Ahora bien: a la puerta de la ciudad estaba sentado un leproso, con el rostro cubierto por una capucha de lienzo gris, a través de cuyos agujeros los ojos le lucían como brasas. Y al ver venir al niño estrella, golpeó su escudilla de madera y, haciendo sonar su esquila, le llamó, diciéndole: —Dame una moneda, o moriré de hambre, pues me han arrojado de la ciudad, y nadie tiene compasión de mí. —¡Ay! —exclamó el niño estrella—; sólo tengo una moneda en mi bolsa, y si no la llevo a mi amo, éste me pegará, pues soy esclavo suyo.

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Pero tanto le imploró y suplicó el leproso, que el niño estrella se apiadó de él, entregándole, al fin, la moneda de oro blanco. Y cuando llegó a casa del Mago, éste le abrió la puerta, y le hizo entrar, preguntándole: —¿Traes la moneda de oro blanco? Y el niño estrella contestó: —No la traigo. Entonces el Mago se arrojó sobre él, golpeándole. Y colocó ante él un tajo vacío, diciéndole: “¡Come!”, y una jara vacía, diciéndole: “¡Bebe!”; y le encerró de nuevo en la mazmorra. Y a la mañana siguiente, vino el Mago a buscarle, y le dijo: —Si hoy no me traes la moneda de oro amarillo, puedes estar seguro de que te conservaré en esclavitud, y te daré trescientos correazos. Y el niño estrella fue al bosque, y todo el día estuvo buscando la moneda de oro amarillo, sin poderla encontrar en parte alguna. Y al ponerse el sol, se sentó a llorar; y, estando llorando, vio venir hacia él a la liebre que había libertado del cepo. Y la liebre le dijo: —¿Por qué lloras? ¿Y qué buscas en el bosque? Y el niño estrella le contestó: —Ando a la busca de una moneda de oro amarillo que hay oculta aquí, y si no la encuentro mi amo me pegará y conservará en esclavitud. —Sígueme —exclamó la liebre. Y echó a correr a través del bosque, hasta llegar a una charca de agua. Y en el fondo de la charca yacía la moneda de oro amarillo. —¿Cómo darte las gracias? —dijo el niño estrella—. Ésta es la segunda vez que me socorres. —No; tú fuiste el primero en apiadarte de mí —dijo la liebre, echando a correr velozmente. Y el niño estrella cogió la moneda de oro amarillo y, guardándola en su bolsa, se dirigió apresuradamente hacia la ciudad. s El

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Pero el leproso le vio venir, y corriendo a su encuentro se arrodilló ante él, gritando: —¡Dame una moneda, o moriré de hambre! Y el niño estrella le dijo: —No tengo en mi bolsa más que una moneda de oro amarillo, y si no se la llevo, mi amo me pegará y conservará en esclavitud. Pero tanto le imploró el leproso, que el niño estrella se apiadó de él, entregándole, al fin la moneda de oro amarillo. Y cuando llegó a casa del Mago, éste le abrió la puerta, y le hizo entrar, preguntándole: —¿Traes la moneda de oro amarillo? Y el niño estrella contestó: —No la traigo. Entonces el Mago se arrojó sobre él, golpeándole. Y cargándole de cadenas, le encerró de nuevo en la mazmorra. Y a la mañana siguiente, vino el Mago a buscarle, y le dijo: —Si hoy me traes la moneda de oro rojo, te devolveré la libertad; pero, si no me la traes, ten por seguro que te mataré. Y el niño estrella fue al bosque, y todo el día estuvo buscando la moneda de oro rojo, sin poderla encontrar en parte alguna. Y al anochecer se sentó a llorar; y estando llorando, vio venir hacia él a la liebre. Y la liebre le dijo: —La moneda de oro rojo que buscas se halla en la caverna que está a tus espaldas. Por lo tanto, no llores más: alégrate. —¿Cómo recompensarte? —exclamó el niño estrella—. Ésta es la tercera vez que me socorres. —No; tú fuiste el primero en apiadarte de mí —dijo la liebre, echando a correr velozmente. Y el niño estrella penetró en la caverna, y en su rincón más apartado halló la moneda de oro rojo. Y guardándola en su bolsa, se dirigió apresuradamente hacia la ciudad. Pero el leproso, viéndole venir, se plantó en medio del camino, gritando:

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—Dame la moneda roja, o tendré que morir. Y el niño estrella se apiadó nuevamente de él, y le entregó la moneda de oro, diciéndole: —Tu miseria es mayor que la mía. No obstante, entristecióse; pues sabía la suerte que le esperaba. 150

Pero he aquí que, al entrar por la puerta de la ciudad, los guardias se inclinaron ante él y le rindieron homenaje, diciendo: —¡Qué hermoso es nuestro señor! Y un tropel de ciudadanos le siguió, gritando: —¡Seguramente que no hay en todo el mundo otro tan hermoso! De tal modo, que el niño estrella lloraba, diciéndose: —Se están burlando de mí, y haciendo mofa de mi desgracia. Y tal era el gentío que, equivocándose de camino, fue a parar a una gran plaza, donde se alzaba un regio alcázar. Y la puerta del palacio se abrió, y los sacerdotes y altos dignatarios de la ciudad avanzaron hacia él y, humillándose en su presencia, le dijeron: —Tú eres nuestro señor, el que esperábamos, hijo de nuestro Rey. Y el niño estrella les contestó: —Yo no soy hijo de ningún Rey, sino de una pobre mendiga. ¿Y cómo decís que soy hermoso, si sé que soy horrible? Entonces, aquel cuya armadura estaba adornada con doradas flores en ataujía y en cuyo yelmo yacía un león alado, levantó su escudo, exclamando: —¿Cómo dice mi señor que no es hermoso? Y el niño estrella se miró, y he aquí que su rostro era como había sido, y su belleza había vuelto a él, y veía en sus ojos lo que no había visto antes. Y los sacerdotes y los altos dignatarios se arrodillaron en tierra, diciéndole: s El

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—De antiguo estaba profetizado que en este día vendría el que ha de gobernarnos. Tome, pues, nuestro señor el cetro y la corona, y sea, en su justicia y misericordia, nuestro Rey. Pero él les respondió: —No soy digno; pues he renegado de la madre que me engendró, y no puedo descansar hasta que la haya encontrado y obtenido su perdón. Dejad, pues, que me vaya; tengo que seguir vagando por el mundo, y no puedo hacer alto aquí, aunque me ofrezcáis el cetro y la corona. Y al hablar así, volvióse hacia la calle que conducía a la puerta de la ciudad. Y he aquí que, entre la multitud que se agolpaba en torno de los soldados, divisó a la mendiga su madre y, junto a ella, al leproso del camino. Y un grito de júbilo se escapó de sus labios y, corriendo hacia ellos, se prosternó en tierra, besando los pies llagados de su madre y bañándolos con sus lágrimas. Con la cabeza en el polvo, y sollozando como si el corazón fuera a rompérsele, le dijo: —¡Madre, yo te renegué en los días de mi humildad! ¡Madre, yo te di odio! ¡Dame tú amor! ¡Madre, yo te rechacé! ¡Recibe a tu hijo ahora! Pero la mendiga no contestó palabra. Y él tendió las manos, abrazando los blancos pies del leproso, y le dijo: —¡Tres veces te di mi compasión! ¡Ruega a mi madre que me hable una vez siquiera! Pero el leproso no contestó palabra. Y él sollozó de nuevo, y dijo: —¡Madre, mi dolor es superior a mis fuerzas! Dame tu perdón, y déjame volver al bosque. Y la mendiga le puso la mano sobre la cabeza, y le dijo: “¡Levanta!”; y el leproso le puso la mano sobre la cabeza, y le dijo también: “¡Levanta!”. Y él se puso en pie, y los miró. Y he aquí que ambos eran semejantes a un Rey y a una Reina. Y la Reina le dijo:

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—Éste es tu padre, al que socorriste. Y el Rey le dijo: —Ésta es tu madre, cuyos pies lavaste con tus lágrimas. Y arrojándose a su cuello, le besaron, y le hicieron entrar en el palacio, y le vistieron con un rico ropaje, y colocaron la corona en su cabeza y el cetro en su mano; y sobre la ciudad que se eleva a orillas de un río gobernó y fue su soberano. Gran justicia y misericordia mostró a todos, y el perverso Mago fue desterrado, y al leñador y a su mujer envió ricos presentes, y a sus hijos concedió grandes honores. Y no permitiendo a nadie ser cruel con los animales ni los pájaros, a todos enseñó amor y bondad y caridad; y al pobre dio pan, y al desnudo vestido, y todo fue paz y abundancia en el país. Sin embargo, no gobernó largo tiempo; tan grande había sido su sufrimiento, y tan devorador el fuego de sus padres. Al cabo de tres años, murió. Y el que vino tras él, reinó malamente.

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Índice El Príncipe Feliz El Ruiseñor y la rosa El Gigante egoísta El verdadero amigo El famoso Cohete El Rey adolescente El cumpleaños de la Infanta El pescador y su alma El niño estrella

9 21 29 35 47 61 77 97 135


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