Issuu on Google+

NIÑOS PROBLEMÁTICOS Y EFECTO PIGMALION Aurora Bolívar

Comienzo este artículo con una frase de Graciela Frigerio, en un congreso en Argentina: “Permitamos a los niños en las escuelas dejar de ser nadie, para empezar a ser alguien”. -Niños y niñas que pegan, insultan, agreden, discriminan…¿por qué elegirlos a ellos en una conferencia a favor de los derechos de la infancia?Quizás mi problema es que no tengo otra brújula educativa que el corazón y la intuición de lo que a mí me dice que un camino dará su fruto en un futuro, de ahí que considere más oportuno elegir, para mis conferencias infantiles a favor de los derechos de la infancia, a quiénes “menos lo merecen”. Si yo hubiera sufrido en mi infancia algunas de las terribles situaciones que muchos de estos niños conflictivos están sufriendo en su día a día actual, quizás ahora sería una “pandillera” (término que define a una de las personas que constituyen el eje principal de la enorme violencia que existe en países de Centroamérica y Latinoamérica debido a las “maras” o “pandillas”) e iría por ahí dando palizas o matando a personas inocentes. Menos mal que algunos de estos alumnos y alumnas nuestros, quiénes ahora insultan, pegan y agreden, quizás con nuestra ayuda, la ayuda de sus maestros, sólo se queden en el intento de ser “pandilleros”. Afirmo y reafirmo mi convicción de que es a ellos, a los “malos”, a los etiquetados los “sin remedio”, a quiénes quiero y tengo que elegir para cualquier acto que yo, como maestra, sepa con seguridad que supondrá un cambio de rol para cualquier niño que en algún momento haya sufrido una destrucción en los dos aspectos claves que van forjando la personalidad de un “pibe” para toda la vida: autoconcepto y autoestima, sin olvidar la relación causa-efecto entre uno y otro. ¿Por qué nos cuesta tanto a los docentes creer que se puede utilizar el mal comportamiento de algunos alumnos como fuente principal de transformación de los mismos? ¿Tan difícil nos resulta otorgarles roles de los que nunca se sintieron partícipes durante los pocos años de vida que a sus espaldas llevan?. Y si las etiquetas suelen ponerse desde infantil…¿cuántos años pasa un niño con la etiqueta de “niño malo” que le pusieron como a un yogur cuando llega al mercado? ¿Acaso algún niño merece vivir con una etiqueta imborrable, haga lo que haga?. ¿Es que acaso aquí el docente no estaría cometiendo un delito? Entiendo perfectamente que esto pueda parecer una locura y que puedan plantearse que “entonces lo que hacemos es premiar a los malos”. Si bien, decir que para mí habría sido mucho más fácil “expulsar”, de los ensayos de una actividad como la conferencia por la infancia, a niños que ya iban predispuestos a mostrar un mal comportamiento, puesto que no tenían nada que demostrarse a sí mismos, ni a los demás, y mucho menos a mí que no me conocían y además no era su tutora. Habría sido mucho más fácil sustituirlos por ejemplo, por niños con un comportamiento excelente, que jamás han ocasionado ningún problema, y si además son de mi clase que los tengo “más controlados”…¡mejor!.


De haberlo hecho así desde luego me habría ahorrado todos los cabreos que agarré en los primeros ensayos con ellos, todas las veces que llegué a mi casa con un cabreo de mil demonios por considerar que era imposible trabajar así ni preparar nada con esa mezcla de niños y niñas de 1º a 6º de Primaria entre los cuáles casi la mitad pertenecían a la “banda de los malos”, pero también pensé que lo más fácil para mí era tirar la toalla, expulsar a estos y seguir con otros con los que tenía asegurado que todo iría cuesta abajo sin apenas pedalear. ¿Qué conseguía con esto? Facilitar mi camino y de nuevo hundir el suyo. De nuevo hacer pensar a “los malos” que hasta que no se porten bien no “valen para nada” o no tienen derecho a demostrar que valen para algo. Cuando mi corazón -que no experiencia-, me dice que ya valen mucho, aún portándose mal, que quizás lo que tengo que trabajar es cómo conseguir que su comportamiento mejore ofreciéndoles roles que les exijan tenernos que demostrar cuánto valen en esa faceta que no conocíamos de ellos. Sentir, por una vez, que pueden demostrar que son buenos en esto, aunque no lo sean en todo lo demás, pues todo niño necesita sentirse bueno en algo, aunque ese algo no esté vinculado a lo que exige el loco e injusto sistema educativo en el que vivimos, en el que parece que el niño que no domina las matemáticas ni escribe correctamente…no es nada ni será nadie. ¡Ay!¡Cuántos “EinsteinS y DarwinS” fueron percibidos como fracasos educativos y por tanto fracasos sociales, culturales y económicos! Y qué sorpresas se llevaron sus maestros después. Y aún así… no escarmentamos. Pareciera como si los maestros cobráramos por enseñar un currículum oficial, que es nuestra obligación, y todo lo que sea hacer descubrir al niño otras potencialidades que llevaba innatas, si éstas no están recogidas en las asignaturas que impartimos…-¡ah!, lo siento, esa no es mi tarea-. Hace más de un siglo que sabemos cómo estos “fracasos educativos” dejan de serlo en escuelas que entienden y aman al niño simplemente por ser niño, sin esperar nada a cambio, y sin embargo, ahí seguimos, erre que erre, creyendo que el que no sepa matemáticas o el que pegue a sus compañeros o insulte a sus maestros tiene su futuro echado a perder y un “cruel” presente escolar. Entonces es cuando yo pienso: -efectivamente, no será nada en la vida si antes, yo como maestra, no intento transformar esta situación por la que pasa ese niño o niña-. Ellos no conocen los recursos y estrategias para cambiar esa actitud que les atormenta, porque aunque no lo creamos, les atormenta ser así, pero nosotros como maestros estamos obligados no sólo a conocerlas sino a aplicarlas “sin esperar nada a cambio”. No vale aplicarlas y si no funciona tiro la toalla. Pues entonces “los malos” habrían estado fuera de ese evento desde la primera tarde de ensayo, en la que confieso, en algún momento de desesperación, pensé: -¿qué voy a hacer con esta mezcla explosiva?Ahora, cuatro meses después de nuestra Conferencia por la Infancia, me quedo con la parte que yo quería conseguir de todos ellos: -Maestra, POR FAVOR (con lo que significa niños gitanos diciendo por favor), …¿cuándo vamos a hacer otra conferencia? –


Entiendo esa petición como: no me importa tener que venir por las tardes (niños que en algunos casos son absentistas o faltan muchísimo a clase), no me importa tener que estudiar varios textos, no me importa que me regañes o te enfades conmigo si en algún momento me porto mal, …porque me siento bien conmigo mismo haciendo esto, en definitiva, ME SIENTO ÚTIL Y CAPAZ. Esto es lo que, subjetivamente, yo interpretaba en sus lindos ojos azabache mientras me pedían preparar otra actividad parecida, y por la que ahora, volvemos a las andadas con nuestra selección de textos “LORCA CON LOS QUE SUFREN”. Quizás quiénes de ellos eran auténticas joyas en comportamiento, en estudios, etc… están más acostumbrados a sentirse útiles y capaces, pero “los malos”, a los que posiblemente les quede de vida feliz lo que les quede de vida en nuestro centro, quizás llevaban sin sentirse así años y años. Y creo que no hay mayor injusticia para la infancia que permitir que pasen los pocos años que ésta dura, por desgracia, sin sentir que valen para algo. Y cuándo esto sólo pasa en el colegio, todavía podría medio arreglarse en sus casas, pero cuando sus casas son percibidas como la fuente principal del desastre de sus vidas, no nos queda otra, Maestras y Maestros, que dar un poco de felicidad a estas vidas tan injustas que ellos no eligieron y que con nuestra ayuda, quizás, en algunos casos, podremos encauzar. No fueron mis padres quiénes me hicieron maestra, fue la educación la que me hizo a mí llegar a trabajar en el único trabajo que puede hacerme despertar cada día, todavía más enamorada que ayer. Ahora me toca a mí utilizar a la Educación para transformar vidas que, en principio, están destinadas al fracaso.

Aurora Bolívar.


NIÑOS PROBLEMÁTICOS Y EFECTO PIGMALION