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20 DE MARZO DEL 2011

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Japón nunca se hunde

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AP / STANLEY TROUTMANN

POR JORDI JUSTE

SER JAPONÉS El país del sol naciente, llamamos a Japón, y quizá el tópico contenga buena parte de la razón de ser nacional. Los japoneses siempre resurgen, pese a los azotes de la vida: el terremoto de 1923, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, otro seísmo en 1995 en Kobe y la triple catástrofe de ahora. Pero el amanecer llega todos los días, el sol vuelve a nacer. Tenacidad y paciencia son algunas claves que describen el carácter de un país que se enfrenta a un nuevo reto descomunal, con el añadido de que aún no saben cómo será la magnitud de las cenizas sobre las que, una vez más, se tendrán que levantar.

U

n terremoto de nueve grados sacude el noroeste de Japón y hace temblar Tokio, la metrópolis de más de 30 millones de habitantes; unos minutos después, el mar se abalanza sobre la costa de Miyagi, arrasa pueblos enteros y se lleva miles de vidas; se suceden las réplicas del seísmo y la devastación y el clima hacen que sea difícil atender y abastecer a los supervivientes; Tokio y su región viven apagones causados por la falta de suministro eléctrico; y, lo más terrible, una central nuclear de seis reactores situada a unos 200 kilómetros de la capital permanece más de una semana en estado crítico. En muchas áreas del planeta, cualquiera de esas circunstancias, extremamente graves, sería suficiente por sí sola para causar el pánico, la desesperación y el caos, y dar pie al pillaje y al sálvese quien pueda. Sin embargo, los japoneses reaccionaron con miedo pero con calma a la primera sacudida; se pusieron a trabajar en seguida para socorrer a las víctimas y reparar las infraestructuras; los supervivientes esperan ordenadamente a que les toque su turno para recibir la ración que les corresponde; los familiares lloran a sus muertos con pudor; los tokiotas ahorran energía con obediencia; y todos contemplan con preocupación, pero sin histeria, los esfuerzos por controlar la radiactividad en Fukushima.

Claves culturales Estas actitudes ejemplares sorprenden a quienes no conocen la historia y la realidad de Japón. El miércoles, en su alocución a la nación, hasta el emperador se hizo eco de la admiración internacional: «En el extranjero se comenta que los japoneses se ayudan mucho sin perder la calma en medio de esta tristeza tan gran-

de. Espero que, a partir de ahora, todos se ayuden y cuiden unos de los otros y superen esta desagradable etapa», dijo Aki Hito. Para los japoneses y los extranjeros que hemos vivido o estudiado su cultura, las reacciones de estos días son las que cabe esperar de un pueblo preparado por la naturaleza y la historia para sufrir desastres de todo tipo y vencer a la adversidad desde el sacrificio individual puesto al servicio del bien colectivo. «La conciencia milenaria de la inestabilidad del territorio y la mutabilidad de los elementos ha tenido por respuesta eso que parece resignación y que es más bien entereza. Se puede rastrear la historia de ese sentimiento desde el Man’yoshu [la colección más antigua de poesía nipona]. La disciplina cívica japonesa se formó en épocas más recientes: data de la época de Edo, pero también es, en parte, una respuesta a

«La idea milenaria de la inestabilidad tiene por respuesta eso que parece resignación y es más bien entereza», afirma un experto los accidentes naturales», explica el poeta mexicano Aurelio Asiain, profesor en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kansai. La mayoría de japoneses son conscientes de esos rasgos que caracterizan su cultura y su sociedad y que hacen que respondan a los acontecimientos de una forma particular. Un ejemplo de esa consciencia es

Kenji Shinohara, realizador de televisión en Tokio y buen conocedor de las culturas española y coreana. «En Japón, el budismo y el confucianismo, llegados desde Corea y China, se sumaron al sintoísmo preexistente y de ahí surgieron el bushido (código del samurái) y la moral japonesa, con la mentalidad de autosacrificio y consideración hacia el prójimo. En esa mentalidad, a diferencia de lo que pasaba en otros países, en lugar de buscar el propio interés, se sacrificaba todo por el feudo (las provincias de la época de Edo) o el líder. De ahí surge la consideración de la modestia y la generosidad como virtudes», explica Shinohara.

Hiroshima 8 de agosto de 1945. Dos días antes, EEUU había lanzado la bomba atómica: 120.000 muertos. En la página de al lado, el hongo nuclear. REUTERS / ADREES LATIF

Evitar las confrontaciones Para el puertorriqueño Roberto Negrón, profesor de español y de comunicación intercultural en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto, la explicación es sencilla: «Japón es una sociedad que aprecia la armonía y los japoneses evitan a toda costa las confrontaciones. Esa siempre ha sido su filosofía desde tiempos antiguos y es lo que ha permitido al pueblo japonés unirse en situaciones difíciles, como durante la segunda guerra mundial o el terremoto de Kobe, y ahora también». Aceptación de la fuerza de la naturaleza y aprecio de la armonía son, sin duda, características culturales del pueblo japonés. Pero, según la catalana Montse Marí, presidenta del Centre Català de Kansai, cuando hablamos de su reacción ante las adversidades, hay que tener en cuenta dos perspectivas: «Una es la personal, la capacidad de contener, de perseverar y de tener paciencia. La otra es la de la relación con los demás. La lengua japonesa tiene como mínimo ocho caracteres chinos o combinaciones de estos que expresan la idea de paciencia, persePasa a la página siguiente

Usuario : jsalomon / F: 2 / C: 2-3 / CuadernoDomingo / General / Idioma : Castellano / 20/03/2011 0:00:00 / Fecha Impresion : 23/03/2011 11:40:06

Kesennuma 15 de marzo del 2011. Equipos de rescate retiran un cadáver en una de las ciduades devastadas por el terremoto y el tsunami. Usuario : jsalomon / F: 3 / C: 2-3 / CuadernoDomingo / General / Idioma : Castellano / 20/03/2011 0:00:00 / Fecha Impresion : 23/03/2011 11:40:06


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REUTERS / THE MAINICHI SHIMBUN

EL POEMA Y LA CHICA TRISTE El profesor Àngel Ferrer, testigo de la recuperación de Japón después de la guerra, recortó el otro día una foto y la pegó en su diario. En ella se ve a una chica japonesa, triste, sentada, con la mirada perdida entre los escombros dejados por el tsunami. Al lado de la imagen, el profesor añadió el siguiente comentario en verso:

«TSUNAMÍTIDE Vaig veure un país que pujava a la glòria Després d’una guerra inhumana i cruel : Alerta i conscient d’assolir la victòria Si la pau compartia amb constància i anhel. Tsunamítide trista, del somni desperta! Si ara és la Natura que us ha bandejat Mantindreu amb dolor l’esperança incerta Fins a fer del somni una realitat».

Viene de la página anterior

verancia, sacrificio y entereza. Una de las más utilizadas es la palabra nintai, que evoca la virtud de perseverar y tener una paciencia activa, no derrotista o llorona». Los japoneses están acostumbrados a las calamidades. En 1923, un gran terremoto mató a más de 100.000 personas y destruyó parte de Tokio, y en 1995 otro mató a más de 5.000 y asoló el centro de Kobe. Pero es que el país tiembla casi todos los días en algún punto de sus más de 4.000 islas; cada año es azotado por tifones; y periódicamente sufre erupciones volcánicas, lluvias torrenciales y grandes incendios forestales. Además, en 1945 –tras haber causado grandes daños a sus vecinos asiáticos en su afán imperialista– sufrió duros bombardeos aéreos que causaron centenares de miles de víctimas civiles y arrasaron sus principales ciudades, los dos últimos con bombas atómicas que asolaron Hiroshima y Nagasaki.

REUTERS / KIMIMASA MAYAMA

REUTERS / KIMIMASA MAYAMA

Ejercicios de evacuación La conciencia de vivir en un país azotado por la naturaleza y por la estupidez humana tiene que haber marcado por fuerza el carácter de este pueblo. Además, los japoneses no necesitan ver desgracias en los libros de historia o en los telediarios para recordar que tienen que estar preparados para lo peor: cada año, en cualquier centro educativo, de trabajo o residencial, tienen lugar ejercicios de evacuación en los que la disciplina, el orden y la calma son esenciales, y por todo el país están señalizadas las áreas a las que acudir en caso de emergencia. A eso hay que añadir que es difícil desplazarse unos kilómetros en cualquier dirección sin tropezar con una garita de policía o una estación de bomberos. Con todo, esta vez la previsión no ha podido evitar el embate del océano. Pero quizás ha servido para evitar males mayores. Porque no es difícil imaginar la proporción del desastre si los más de 40 millones de personas afectadas desde Miyagi hasta la capital hubieran salido despavoridas de sus casas, se hubieran lanzado a robar o hubieran aprovechado la ocasión para vengarse de un vecino ausente o desprevenido. La situación actual guarda similitudes y diferencias con los precedentes del siglo pasado. «En cuanto a la extensión de los daños a la ciudadanía, el terremoto de Tokio y de Kobe son distintos a la segunda guerra mundial. Los daños de este se parecen a los de la guerra. Pero el perjui-

Miyako 11 de marzo del 2011 LA OLA NEGRA. La fotografía capta el momento exacto en el que el enloquecido mar rebasa los límites de la lógica y comienza su trágico avance tierra adentro. Miyako, de 57.000 habitantes, es una de las ciudades del noreste de Japón más afectadas por el tsunami. Sus calles, sus coches y sus casas a merced del agua quedarán como uno de los símbolos del desastre.

cio causado por la energía nuclear será para todos los países de la Tierra. Y no se puede decir que sea un daño causado por la naturaleza», explica Teru Shimamura, profesor de literatura japonesa en la universidad Ferris, de Yokohama, quien también recuerda que tras el terremoto de 1923 no todo el mundo mantuvo la calma: «Se produjeron asesinatos de ciudadanos coreanos y chinos a manos de la turba tras difundirse rumores que los acusaban de provocar incendios. Se aprendió la lección de la historia y en esta ocasión no han sucedido cosas de ese tipo». No han sucedido porque la sociedad japonesa es muy distinta a la de principios del siglo XX. A pesar de las llamadas de sectores nacionalis-

tas a que el país adopte una actitud más desafiante en política exterior, la mayoría de japoneses se han acostumbrado a la paz y al orden, detestan el descontrol y desean recuperar cuanto antes unos niveles de prosperidad que el profesor Shimamura califica de forma crítica como «una realidad hecha sobre una central nuclear construida sobre la arena».

Fe en la técnica ¿Qué va a pasar a partir de ahora? ¿Podrá ese carácter de los japoneses hacer que el país salga fortalecido? ¿Perderán la fe en esa técnica que los ha convertido en potencia económica? «Creo que Japón también saldrá adelante en esta ocasión, y que la

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EJEMPLOS DE TALANTE La escritora Yuiko Asano ilustra con un ejemplo la reacción japonesa típica ante una calamidad: «Si hay un terremoto y estás en una tienda o un restaurante y los empleados dicen a la gente que vaya a refugiarse y no se preocupe por pagar, todos lo harían, pero más tarde volverían para pagar». Su explicación del civismo nipón: «El que estemos juntos, que compartamos este espacio, es parte de nuestro destino. Por eso somos considerados con los demás y nos ayudamos. Me siento orgullosa de haber sido educada así».

gente no perderá la confianza en la capacidad del país», responde el historiador Yukitaka Inoue, profesor de la universidad Senshu, de Tokio. Por su parte, el catedrático emérito de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto Àngel Ferrer ve en la catástrofe una oportunidad: «El 200% del PIB en deuda pública, el problema de los jóvenes que se encierran en sus casas y otros desastres actuales han situado el país en una especie de marasmo. Estoy seguro de que este enorme latigazo será una vez más el acicate que les hará –recordando las palabras del emperador Hiro Hito– soportar lo intolerable». También lo tiene claro Kenji Shinohara: «Por supuesto, Japón sal-

drá adelante. Pero, para que eso ocurra, los que no hemos sufrido daños tenemos que ser muy conscientes. Depende de cuánto podamos esforzarnos los que estamos bien para tirar de los que no pueden. Por contra, si nos acomodáramos y nos aprovecháramos de la situación para ganar dinero o para mejorar nuestra posición, sería el fin de Japón. Persiste la tristeza por la gente que ha sufrido daños y sus familias, y se mantendrá quizá durante más de una década. Cuando ellos se levanten y miren hacia el futuro podremos decir que Japón se encamina hacia la recuperación». H

Kobe 17 de enero de 1995 MADRUGADA FUNESTA. La ciudad de Kobe amaneció sacudida por un fuerte terremoto (7,2 en la escala de Richter) que destruyó cientos de edificios y causó 6.500 muertos. La inestable tierra japonesa había vuelto a dar uno de sus latigazos mortales, otro motivo para la reconstrucción.

Jordi Juste es periodista. Fue corresponsal de El Periódico en Tokio

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JAPON_NUNCA_SE_HUNDE  

Suplemento de El Periodico de Barcelona 20/III/2011

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