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www.LeerLibrosOnline.net franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las primeras noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos fueron que este campo relativamente pequeño (con una población de 2500 reclusos) ¡no tenía "horno", ni crematorio, ni gas! Lo que significaba que ninguno de nosotros iba a ser un "musulmán", ninguno iba a ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un "convoy de enfermos" que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos llegado lo más rápidamente posible a un campo que —a diferencia de Auschwitz— no tenía "chimenea". Nos reímos y contamos chistes a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las horas que siguieron. Cuando nos contaron a los recién llegados resultó que faltaba uno. Así es que hubimos de esperar a la intemperie bajo la lluvia y el viento helado hasta que apareció el prisionero. Finalmente le encontraron en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio. Entonces el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo: durante toda la noche y hasta muy entrada la mañana siguiente tuvimos que permanecer de pie a la intemperie, helados y calados hasta los huesos después del esfuerzo que había supuesto el viaje. ¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no había chimenea y Auschwitz quedaba lejos.

¡Quién fuera un preso común! Otra vez, vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al lugar donde trabajábamos. Y entonces se nos hizo patente y obvia la relatividad del sufrimiento y envidiamos a aquellos prisioneros por su existencia feliz, segura y relativamente bien ordenada; sin duda tendrían la oportunidad de bañarse regularmente, pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían de cepillos de dientes, de ropa, de un colchón —uno para cada uno— y mensualmente el correo les traería noticias de lo que sucedía a sus familiares o, al menos, de si estaban vivos o habían 53

muerto. Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido todas estas cosas. ¡Y cómo envidiábamos a aquellos de nosotros que tenían la oportunidad de entrar en una fábrica y trabajar en un espacio cubierto, al abrigo de la intemperie! Más o menos todos nosotros deseábamos que nos tocara un poco de suerte relativa. La escala de la fortuna abarcaba muchos más matices. Por ejemplo, en los destacamentos que trabajaban fuera del campo (en uno de los cuales me encontraba yo) había unas cuantas unidades que se consideraban peores que las demás. Se envidiaba al que no tenía que chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de un declive escarpado, vaciando los artesones de un pequeño ferrocarril durante doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían realizando esta tarea y solían ser fatales. En otras cuadrillas de trabajo el capataz seguía una tradición, al parecer local, que consistía en propinar golpes a diestro y siniestro, lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de no estar bajo su mando o, todo lo más, de estarlo sólo temporalmente. Una vez y debido a una situación desdichada fui a parar a aquel grupo. Si tras dos horas de trabajo (durante las cuales el capataz se ensañó conmigo especialmente) no nos hubiera interrumpido una alarma aérea, obligándonos a reagruparnos después, creo que hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las camillas que trasportaban a los hombres que habían muerto o estaban a punto de morir por la extrema fatiga. Nadie podría imaginar el alivio que en semejante situación puede producir el sonido de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la campana que anuncia el final del asalto salvándose así, en el último instante, de un K.O. seguro.

Suerte es lo que a uno no le toca padecer Agradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque ello no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos 54

El hombre en busca de sentido por viktor e frankl  

viktor frankl

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