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Prisionero que estudia la Teoría de los Juegos. Esta teoría, básicamente, busca anticipar el comportamiento de actores en determinados contextos y dados ciertos estímulos. Sobre la base de ciertas circunstancias e información, busca saber qué decisión tomaría un actor racional. El Dilema del Prisionero habla de dos sospechosos que son arrestados y acusados por la comisión de un delito. La policía no tiene evidencia suficiente para condenarlos a menos que uno confiese. Por eso, los encierra en celdas separadas y les presenta a cada uno las distintas opciones, que son iguales para ambos. Así, si ninguno confiesa, ambos serán condenados por un delito menor y sentenciados a 1 mes de cárcel. Si ambos confiesan, serán sentenciados a 6 meses de cárcel. Finalmente, si uno confiesa y el otro no, el que confiesa será puesto en libertad inmediatamente y el otro será sentenciado a 9 meses en prisión (6 por el delito y 3 más por obstrucción a la justicia). Es claro que si ambos pudieran coordinar sus respuestas optarían por callarse y no confesar, porque ambos recibirían la pena más leve. Sin embargo, esa alternativa no está disponible pues, recuérdese, están separados e incomunicados el uno del otro. Ante esta incertidumbre, apostar a callarse tiene el riesgo de recibir como castigo la pena más elevada (9 meses) si el otro prisionero decide confesar. El prisionero sabe que el otro prisionero está en su misma situación y haciendo las mismas asunciones. Frente a este escenario, la Teoría de los Juegos concluye que los presos actuando racionalmente optarán por confesar a pesar de existir una mejor opción para ambos. Vuelta al ámbito jurídico, la desconfianza y el escepticismo que existen en muchas firmas funcionan como limitantes en el

Ello actúa como profecía autocumplida y la firma y sus miembros pierden las oportunidades de actuar de forma concertada para lograr mejores resultados en beneficio de todos. Los abogados estamos tan acostumbrados a funcionar de esta manera que muchas veces no somos concientes de la existencia de esta más que compleja e indeseable situación. Extrapolamos nuestras hábiles dotes para abogar a nuestra relación con nuestros socios o colegas en la firma, y olvidamos que ellos no son nuestros oponentes. Las actitudes de desconfianza escalan fácilmente y todos terminan teniendo excelentes razones para mantener sus posiciones individuales. En el camino, se deterioran las relaciones, se pierde la confianza y la colaboración se torna inviable o sumamente difícil.

Los ambientes de desconfianza en las firmas profesionales funcionan como paredes separadoras entre abogados, que los obligan a tomar decisiones basadas en sus intereses individuales partiendo de la asunción de que los demás harán lo mismo. Ello actúa como profecía auto-cumplida. flujo de información, en forma análoga con lo que ocurre con los prisioneros. Ellos están impedidos de coordinarse y cooperar porque están en celdas separadas y, por tal razón, toman una decisión racional o “conservadora”, aunque sea subóptima. Los ambientes de desconfianza en las firmas profesionales funcionan como paredes separadoras entre abogados, que los obligan a tomar decisiones basadas en sus intereses individuales partiendo de la asunción de que los demás harán lo mismo.

Las firmas de servicios profesionales más exitosas del mundo –incluyendo a las de abogados– dedican un enorme esfuerzo a crear culturas de colaboración entre sus miembros por la importancia que tiene en sus resultados al final del día. Aunque el individualismo responda a tendencias innatas de los abogados, no es la receta indicada para firmas donde, como en el caso de los prisioneros, la colaboración podría aportar mejores resultados para todos, con la sola condición de colaborar. 21

Auno 2011 nro 04  

Revista Auno Abogados 04 2011

Auno 2011 nro 04  

Revista Auno Abogados 04 2011

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