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Presentamos los dos primeros capítulos de este libro:

Índice Presentación, Julio Jiménez 13 Prólogo, Joaquim Valls 15 Introducción 19 I. Las primeras vivencias afectivas de los padres 23 II. La manera de ser 29 Algunos atributos positivos 32 Actitudes y comportamientos inadecuados 33

III. El concepto de éxito 35 IV. La educación escolar de los hijos 45 Objetivos básicos 47 Principales indicadores 51 Análisis global de las causas 52 En relación a las administraciones 55 En relación a la institución educativa y el profesorado 57 En relación a los padres 67 En relación a la influencia del entorno social 69 La desafección de algunos hijos en los estudios 71 Problemas relacionados con el lenguaje 74 Una reflexión sobre los problemas de indisciplina 77 El valor económico del conocimiento 80 Algunas sugerencias prácticas para los padres 81

V. La realidad actual en relación a la familia 87 Características básicas de la familia en la actualidad 89 Factores que comprometen nuestra calidad educativa como padres 92 La potencia de la familia 108

VI. La comunicación, factor esencial de desarrollo 111 Su valor en la elaboración del yo social 113 Estructura del acto de comunicar 115 Principios básicos 117 Principales barreras que dificultan el éxito de la comunicación 120 Otras pérdidas de contenido de los mensajes 126 Triángulo de las pérdidas de comunicación 127 Sugerencias para estimular las capacidades comunicativas de nuestros hijos 128

VII. El proceso de construcción de nuestra personalidad básica 137


Introducción 139 Proceso evolutivo 140 Referencia al Análisis Transaccional (AT) 142 Aplicaciones 145 Las cuatro posiciones existenciales 150 Ejemplo de algunas interacciones 152 El guión de vida 158

VIII. Principales impulsores del éxito de los hijos 163 Consideraciones generales 165 Los doce impulsores 166 Desarrollo de cada uno de ellos 167

IX. Etapa de preadolescencia y adolescencia 225 Desde la perspectiva de los jóvenes 227 Visión desde la perspectiva de los padres 232 Sugerencias 233 Propuesta para un plan de acción 234

X. Perspectivas de su inmediato futuro 237 XI. La necesidad de los padres de mantenerse al día 249 XII. Una reflexión sobre el impacto de las drogas y el alcohol en adolescentes y jóvenes 255 ¿Qué podemos hacer los padres ante toda esta problemática? 260

Epílogo 265 Bibliografía consultada 269

I. Las primeras vivencias afectivas de los padres


Situándonos en la perspectiva de los padres, nos ha parecido una buena práctica hacer una breve incursión por nuestra propia infancia para recuperar emociones y vivencias de aquella época ya que sin duda más o menos conscientemente, actúan dentro de nosotros constituyendo uno de los puntos de referencia a la hora de ejercer nuestra función educativa con nuestros hijos. Intentemos recordar cómo fueron nuestros primeros años de vida: ¿nos sentimos queridos, aceptados por nuestros padres, por nuestro entorno afectivo? Si tuviéramos que sintetizar nuestra experiencia vital de los primeros años en un sentimiento, ¿cuál sería este sentimiento: de felicidad, de aceptación plena, de cuestionamiento, de tristeza? ¿Tenemos la impresión de que quizá no hemos dado la talla sobre lo que deseaban nuestros padres respecto a nosotros? ¿Hemos sido realmente como ellos pretendían? ¿Hemos colmado sus expectativas? ¿Hemos sentido que respetaban nuestras capacidades y limitaciones? Situémonos ahora en nuestro presente, en nuestra realidad actual: pensemos si aquello ha tenido algún impacto en nuestra manera de ser y de afrontar la vida. Demos un paso más en nuestros recuerdos y en nuestros deseos ¿Cómo querríamos que hubiera sido nuestra infancia, esta etapa clave de nuestra vida? ¿Cambiaríamos algo del guión que hemos escenificado? ¿Nuestra autoestima podría haberse beneficiado? ¿Pensamos que fuimos realmente felices? ¿Nos gustaría volver a repetir la experiencia? ¿Hemos podido liberarnos de influencias que entonces vivimos con angustia o que nos hicieron daño, para actuar desde la libertad de nuestras propias opciones y decisiones? En cualquier caso nosotros no podemos cambiar nuestro pasado, pero desde la serenidad que da la distancia, podemos reelaborarlo, reteniendo las buenas vivencias para que nos sirvan como experiencia, y racionalizando lo que pueda haber de negativo. Seguramente habría circunstancias que en cierto modo lo justificarían. Lo importante es evitar que algo del pasado siga haciéndonos pagar peaje actualmente y sobre todo que no afecte y en algunos aspectos que no condicione las decisiones que tomamos en la educación de nuestros hijos. Ellos son ahora una parte importante de nuestra vida presente y han de poder sentirnos muy cerca, ayudándoles desde nuestra libertad mental a que puedan tener un desarrollo feliz, descontaminado del que nosotros tuvimos.


A partir de este gran objetivo que sin duda todos tenemos, os proponemos realizar una especie de “chequeo” emocional como padres. A tal efecto, analizad cada una de las cuestiones que relacionamos a continuación y puntuaros de 0 a 10 en cada una. 1. ¿Les quiero desinteresadamente? 2. ¿Acepto sus limitaciones, aunque me duela? 3. ¿Intento imponer mi autoridad? 4. ¿Son mi preocupación principal? 5. ¿Antepongo mis objetivos personales a las necesidades o preocupaciones de mis hijos? 6. ¿Les pongo límites cuando lo precisan? 7. ¿Les dedico todo el tiempo que creo necesitan? Si habéis contestado “SÍ” en los números: 1, 2, 4, 6 y 7 la puntuación de padre/madre es la adecuada. Haced a continuación otro ejercicio, un acto de “empatía”. Jugando al juego de la verdad, ¿cómo imagináis que os puntuarían ahora vuestros hijos, haciéndoles las mismas preguntas?: 1. ¿Mis padres me quieren desinteresadamente? 2. ¿Aceptan mis limitaciones, aunque les duela? 3. ¿Intentan imponer su autoridad? 4. ¿Soy su preocupación principal? 5. ¿Anteponen su trabajo o sus objetivos personales, a mis necesidades? 6. ¿Me ponen límites cuando es preciso? 7. ¿Quieren que sea lo que han deseado para mí? 8. ¿Me dedican todo el tiempo que creo que necesito? Después de responder, analizar y valorar todas las cuestiones, creéis que deberíais mejorar algunas actitudes y comportamientos hacia vuestros hijos?

Principales impulsores del éxito de los hijos Las bases del aprendizaje y del desarrollo las crean los padres

El camino desde la dependencia a la autonomía intelectual y afectiva pasa por la capacidad de exigirse todo lo que uno es capaz de dar y esta autoexigencia debe alimentarse desde la familia.


A continuación vamos a señalar y desarrollar 12 factores que los consideramos impulsores importantes, que está en manos de los padres gestionar y que, a nuestro juicio, pueden ayudar a la construcción de un itinerario de éxito y de felicidad para nuestros hijos. Aquí sólo vamos a plasmar uno de estos impulsores que aparecen detalladamente en el libro. Es el 5º

impulsor

La riqueza o pobreza de la vida emocional es un factor clave para la estabilidad y la calidad de vida de una persona. Veamos algunas exclamaciones emocionales típicas: • ¡No tengas miedo, verás qué bien lo haces! • ¡Niño, cállate de una vez! • ¡No seas imbécil! • ¡Esto que has hecho es un desastre! • ¡Esto que has hecho, tú eres capaz de hacerlo mejor! • ¡Ven a comer y luego podrás jugar! • ¡Si no vienes a comer te quedarás sin jugar! Son expresiones que configuran distintas formas de relación, más o menos afortunadas, en las que las emociones condicionan mucho el mensaje y que tienen en la mente del niño distintas interpretaciones y provocan reacciones diferentes. Una emoción, según la definen los expertos, es un sentimiento unido a un pensamiento. Goleman,1 escritor y profesor de la Universidad de Harward, en su libro La inteligencia emocional, detalla con una gran riqueza de matices la trascendencia de las emociones. Nuestra capacidad de comunicación, de empatía, de negociación y de liderazgo, tiene un importante componente emocional. Daniel Káneman, psicólogo y premio Nobel precisamente de Economía, rompió la contundencia de los modelos analíticos exclusivamente basados en la dimensión racional de los hechos, al verificar que los consumidores toman decisiones de compra basados más en su mente emocional que en su mente racional. Los analistas del proceso de toma de decisiones en cualquier ámbito de la vida afirman también que en el inicio del proceso hay una emoción, luego un análisis lógico de los datos y las circunstancias y finalmente se decide con otra influencia de base emocional.


La creatividad, la innovación, la sensibilidad artística y musical, se activan principalmente desde la inteligencia emocional. La inteligencia racional es evidentemente muy importante porque ayuda a introducir objetividad en las reacciones emocionales y pone límites a la subjetividad. Pero sin la participación de las emociones quedaríamos muy empobrecidos. De hecho ambas dimensiones se complementan y se enriquecen mutuamente. Enry Wallon, psicólogo francés famoso por sus estudios sobre el desarrollo de la inteligencia, afirma que “el desarrollo del pensamiento es el resultado del desarrollo emocional y que este no puede darse sin la relación con los otros”. Dicho autor considera que la inteligencia lógica no puede independizarse de la inteligencia emocional. Cada una tiene su “campo de operaciones”, pero hay una especie de diálogo interno que les permite procesar con influencias mutuas los datos y los impactos que nos llegan del exterior. Esto crea un significado concreto que se exterioriza a través de nuestras opiniones, actitudes y comportamientos. El desarrollo de nuestras emociones es, pues, fundamental y tiene una influencia especialmente relevante en nuestro estado de ánimo y en la construcción de nuestro autoconcepto, es decir, del valor que como personas nos otorgamos. No siempre las emociones evolucionan al mismo ritmo que la evolución física o la evolución intelectual. De hecho los seres humanos evolucionamos desde tres tipos de edades. Los tres tipos de edad Los seres humanos mantenemos tres frentes de desarrollo, cada uno con sus características específicas. Los tres influyen en sus procesos. A la edad cronológica le correspondería una edad mental equivalente y el mismo nivel de madurez deberían tener nuestras emociones. Podríamos afirmar que hay tres tipos de edad: • La edad cronológica, la que nos marca los años que tenemos. • La edad mental, que nos señala el nivel de desarrollo de nuestras capacidades intelectuales. • La edad emocional, que nos indica el nivel de capacidad para identificar, asumir y gestionar adecuadamente nuestras emociones y sentimientos.


Pero la verdad es que cada una sigue su camino con influencias distintas y por ello no se da siempre el equilibrio de desarrollo que cabría suponer. Hay muchas personas que intelectualmente han tenido un alto potencial y han hecho un recorrido de desarrollo más rápido que en las otras dos dimensiones, las otras dos “edades”, y otros que, por bloqueos afectivos o por problemas de merma de estimulación, han tenido una evolución emocional más lenta que las otras dos. Cuando se da esta desarmonía, aparecen problemas, sobre todo en el ámbito de la relación con los demás y en su adaptación a las exigencias de la realidad que viven. Por ello nos ha parecido oportuno señalar algunos aspectos y hacer algunas consideraciones de utilidad para los padres que tengan hijos que se identifiquen con cada una de las variantes. 1ª. LA EDAD MENTAL ES SUPERIOR A LA EDAD CRONOLÓGICA Y A LA EMOCIONAL

Esta situación hace que el niño sea muy hábil en el aprendizaje y sobrepase ampliamente a sus compañeros de la misma edad cronológica. Al mismo tiempo no puede recibir ayuda de su parte emocional, ya que esta no ha evolucionado tan rápidamente. A veces los padres podemos agravar esta situación, pidiéndoles comportamientos inadecuados para su edad pero que ellos pueden solventar con una engañosa madurez emocional, actuando como pequeños adultos, imitando la conducta de los mayores. Son niños «com si». El resultado es una situación de falta de adaptación en relación a los niños de su misma edad física y a los compañeros del nivel de estudios que por edad cronológica les correspondería. Esta disparidad de niveles crea confusión, puede generar ansiedad y, si no se aportan soluciones, puede incluso causar desajustes emocionales. Uno de los peligros es que el niño empiece a desarrollar conductas inadecuadas, puede molestar en clase, o encerrarse


en su mundo intelectual, en este caso internet, pudiendo encontrar un refugio en los videojuegos. Si observa que perderse una clase no le perjudica, podría iniciar un proceso de absentismo peligroso y acabar generando un comportamiento de irresponsabilidad y una errática ocupación del tiempo. El problema de superioridad intelectual puede paliarse e incluso resolverse si se establece un pacto con la escuela y, de común acuerdo, se pasa a este niño a uno o dos niveles superiores. Lamentablemente nuestro sistema educativo, como ya hemos indicado, es igualitario y no tiene programas especiales para estos niños. El sistema aporta tímidos intentos para afrontar este problema, pero en general son insuficientes por ahora. Sin embargo hay experiencias en otros países que demuestran que si a un niño muy inteligente se le pasa directamente a un curso superior al que por edad física le corresponde, manifiesta una adaptación sin dificultades. También puede complementar su trabajo intelectual para el que va sobrado matriculándose a otras actividades como idiomas, música, informática. Si tiene habilidad manual y le gusta la experimentación, puede entrenarse con una formación en temas técnico-mecánicos a través quizás de cursos a distancia. El problema de relación que puede derivarse, puede ser resuelto o atenuado si ponemos al alcance de un niño de estas características oportunidades de hacer deporte o actividades que lo pongan en contacto con compañeros de edades diversas. Le será más fácil hacer amigos con los que podrá congeniar porque podrán ser de las edades que a él le encajen por intereses coincidentes. Con mucha frecuencia estos niños tienden al aislamiento, a concentrarse en lo intelectual. Se sienten incomprendidos, no les interesa lo que gusta a niños de su edad biológica y si nadie les aporta una vía de salida, pueden tender a crearse su propio mundo. Si tenemos algún hijo con estas características, busquemos maneras de compaginar sus necesidades de nutrición intelectual con las que le propicien posibilidades de relación a tenor de sus intereses. Esto es más fácil buscarlo en un entorno no escolar que es menos rígido y en el que juntar participantes de edades distintas no suele ser problema. Antes hemos mencionado algunas opciones que sirven para las dos necesidades.


Para el conocimiento de los padres interesados, existe la FUNJACC (Fundación para la ayuda a niños y jóvenes de altas capacidades de Cataluña), que agrupa a padres que tienen hijos superdotados. Recientemente se ha creado la GTSAC (grupo de superdotados y altas capacidades de Cataluña), que tutela la Generalitat de Catalunya. Esperamos que en las nuevas iniciativas de la Conselleria d’Educació se incluyan programas de formación a los profesores para atender adecuadamente a este tipo de alumnos, y que desde los planes de estudios se prevean contenidos específicos. Hay tecnologías y metodologías para ello, lo que falta es un protocolo de actuación para no desaprovechar las grandes potencialidades de estos alumnos. 2ª. PUEDE OCURRIR LA SITUACIÓN INVERSA, QUE SU EVOLUCIÓN EMOCIONAL SE HAYA LENTIFICADO

A veces decimos: “¡es un niño que no tiene malicia!, ¡es más infantil de lo que le corresponde!” Generalmente ello ocurre porque no pueden elaborar las distintas emociones que van apareciendo y que, sin embargo, son propias de las edades evolutivas por las que atraviesan. Tengamos mucho cuidado en la manera de tratar a estos niños, ya que los podemos desajustar más todavía. Estos niños son presa fácil de gamberros, de algunos compañeros asociales de colegio, que disfrutan y se crecen divirtiéndose con la debilidad de los demás. Si seleccionan a un niño y lo convierten perversamente en objeto de su diversión, este vivirá un tormento emocional que puede dejarle secuelas, puede interiorizar sentimientos de inferioridad, de impotencia, de bajo valor personal, dejando su autoestima por los suelos. Con frecuencia tienen poco apoyo de los demás aunque estos


estén en desacuerdo con los otros, porque tienen miedo de entrar en la “lista”. Todo ayuda a que muchos de ellos tengan tendencia al aislamiento para librarse de la angustia de tener que afrontar este tipo de situaciones. Puede ser una salvación que en el ámbito en el que se inicie este proceso haya un líder carismático fuerte y positivo que neutralice a los demás. O que un profesor que lo constate sepa actuar con rapidez y contundencia, primero desde una reflexión con los acosadores, después, si esta fracasa, poniéndolos públicamente en ridículo haciendo constar su cobardía y, si procede, enfrentarles con sus propias deficiencias. Si esto tampoco es suficiente, habrá que actuar por vía disciplinaria contra ellos. Otra opción es intentar influir en alumnos capaces y prestigiosos, si acreditan un cierto liderazgo, para que convenzan a los otros de que este no es el tipo de diversión de la que se puedan enorgullecer. Los padres cuando constatan una situación similar deberían inmediatamente ponerse en contacto con la escuela para analizar conjuntamente qué pueden hacer unos y otros. Una posibilidad es una llamada de atención desde la escuela a los padres de los alumnos provocadores. Otra opción que se puede considerar es un cambio de colegio, aunque puede ser una decisión errónea ya que el niño inmaduro seguirá siéndolo en otro lugar, si no se ha solventado antes la situación. Es conveniente que esta decisión sea consecuencia de un análisis muy pensado y a ser posible valorado con la ayuda de profesionales. Paralelamente debemos todos, familia y escuela, reforzar la autoconfianza de los niños o adolescentes en cuestión ayudándolos a gestionar su relación con los demás. Hay que valorar lo que hacen bien, darles confianza, aportarles oportunidades para que puedan experimentar actuaciones exitosas que refuercen su autoestima. Ver cuál es el punto alto de sus talentos, que los tienen, y ahondar en su potenciación e intentar hacerlas ostensibles para los demás. Sobre todo ayudarles en el manejo de su relación con los otros niños o adolescentes, reforzar la relación con algunos chicos o chicas que se presten a mantener con ellos un vínculo de amistad. Si, pese a nuestros intentos de ayuda, nuestro hijo con cualquiera de los desajustes descritos no mejora, sugerimos a los padres


que se dejen aconsejar más pronto que tarde por los profesores y que, si la situación no mejora, que consulten con un psicólogo infantil lo antes posible. La armonía entre los tres tipos de edad Pese a las desarmonías que hemos comentado, lo normal es que haya bastante equilibrio entre los tres tipos de desarrollo, con pequeños desajustes que no son preocupantes si hay en casa un buen “barómetro” que mida los grados de encaje en el contexto en el que actúan nuestros hijos y los riesgos o situaciones de descompensación. Para crear un ambiente de protección afectiva, potenciadora de una evolución potente, orientada al éxito, los padres podemos intentar propiciar un espacio de interacción, con nuestros hijos, de relación mutua, que les resulte fácil contarnos lo que les ocurre: sus preocupaciones, sus dudas, sus temores, en qué se sienten fuertes, también cómo se autoevalúan: ¿como personas exitosas? o ¿como fracasadas? ¿qué les hace sentir impotentes?, ¿en qué se sienten más capaces?, ¿cómo resuelven sus problemas de relación con sus amigos si los hay?, ¿cuál es el nivel de su autoestima?, ¿cómo vislumbran su futuro?, etc. Debajo de todas estas cuestiones hay mucha efervescencia emocional, hay energía y fuerza mental, pero también puede haber ansiedad, dolor, y a veces miedo porque hay muchos altibajos en el recorrido que siguen. Lo deseable es que sientan ilusión, gozo, esperanza, placer, sentimiento de capacidad, de saber cómo manejar las situaciones. Todo depende de la evaluación que uno se haga a sí mismo, de la que capte que le hagamos nosotros o los demás, o de las respuestas que se dé a las anteriores preguntas. La mejor ayuda que podemos brindarles ya la propusimos en el tercer impulsor que hemos mencionado. A partir de esta base debemos procurar que no les tengan miedo a los sentimientos negativos, sobre todo a los que los hacen sufrir. Ayudémoslos a analizarlos, a desdramatizarlos, a descubrir el aprendizaje que muchas veces hay detrás de una situación que no han sabido resolver o de un objetivo que no han alcanzado. Pensemos juntos, ayudémoslos a poner distancia entre ellos y la situación angustiante, para poder serenarse y en frío valorar la importancia o no del problema y, sobre todo, tomar nota de cómo habrá que actuar en otra situación parecida. Felicitémoslos por sus logros, por el esfuerzo en vencer dificultades, presionemos cuando haga falta pero ayudémoslos a que


poco a poco ellos sepan encontrar la medida de autoexigirse desde la responsabilidad y las metas de futuro que se vayan poniendo. Seguramente que encontraremos situaciones concretas que nos permitirán ejemplificar cómo pueden manejar un conflicto o un miedo y superarlos realmente. Y también habrá ocasiones para decirles desde nuestro estado mental de ADULTO al suyo también de ADULTO: ¿qué crees que puedes hacer ante esta situación, cuál es tu compromiso contigo mismo para implicarte?...

1. GOLEMAN, Daniel (2004), La Inteligencia Emocional, Kairos, Barcelona.

los hijos, como estimular su potencial de éxito  

en el libro, los grandes protagonistas son los niños i adolescentes, los constructores de la sociedad futura. Se centra en los dos principa...

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