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en la asociación—. Hace ocho años mis compañeras me animaron a sembrar algodón nativo y lo hice. Ahora, y gracias a la artesanía que tejo con el algodón que produce mi chacra, he conseguido sacar adelante a mi familia. Mi hija Jackie está terminando enfermería, la profesión que siempre quise estudiar y que nunca pude por falta de recursos. Las prendas de algodón nativo que salen de los pequeños talleres artesanos morropanos como el de Yolanda están comenzando la conquista de nuevos mercados y son piezas cada vez más apreciadas en las zonas altas de la cuenca donde las alforjas, por ejemplo, se vuelven imprescindibles para las actividades diarias de personas como Benito Nicolás, el presidente de la Asociación para la Conservación del Valle de Chiniama, otro convencido de vivir de y para el bosque.

El efecto mariposa Benito es alto y flaco, sus manos trabajadas hablan de muchas horas invertidas en la chacra y la piel curtida por el sol denota frecuentes caminatas al aire libre. Tiene el rostro surcado por arrugas, no tanto por vejez como por experiencia, donde resalta la mirada sutil y serena de quien ha visto mucho en esta vida. Convencido de que las pequeñas acciones propiciarán el gran cambio, piensa que proteger el bosque seco es una cuestión de paciencia. En el campo, las prisas no son buenas consejeras, la naturaleza tiene sus ciclos bien marcados, y Benito lo sabe. Es parte de la filosofía vital de este hombre de campo que demanda para él y los suyos un papel protagonista en su propio desarrollo. —Necesitamos convertir nuestra cuenca en una zona orgánica libre de fertilizantes que, además de ser muy costosos, cansan excesivamente a nuestros suelos. Antes desconocíamos qué significaba proteger el

bosque, pero ahora que entendemos que nosotros también somos parte de él tenemos que procurar su supervivencia. La conciencia ambiental llegó a la comunidad de Palo Blanco importada desde el contiguo caserío de El Choloque, cuyos campesinos, de la mano del Programa de Pequeñas Donaciones del GEF/PNUD, llegaron a la conclusión de que se enfrentaban a un problema global cuya solución debía incluir a otros caseríos de la zona. La tala y quema indiscriminada de árboles en las comunidades de la cabecera de la cuenca generaban una brutal degradación en sus suelos cuyas consecuencias se precipitaban ladera abajo, perjudicando los bosques de la cuenca media y los regadíos de la parte final del río Chiniama. En Palo Blanco tomaron el testigo y organizados a través de mingas, grupos de 20 o 25 personas que durante varias jornadas se juntan para realizar trabajo comunal, han implementado cerca del río un vivero donde retoñan taras, algarrobos y overos que luego servirán para la repoblación de las zonas que más presión han sufrido. En Crescencio López se ha producido un cambio interior: “Ahora me siento como nunca, orgulloso de conocer nuestros árboles. He podido experimentar el bosque y encontrar en él paz y salud”. —Nuestra meta es adquirir más conocimientos porque conforme sintamos que somos capaces de hacer sostenible la protección del bosque —comenta Percy López, el responsable de apicultura de la asociación Acovach—, más fácil vamos a poder replicar nuestra experiencia y pasar a otros el testigo de la conservación. En ese sentido ya se han producido los primeros contactos con los caseríos de Palacios, Cangrejera, Viarumi o Sauce, a siete horas caminando monte arriba, con reacciones positivas que invitan a la esperanza. Y ese es un logro también del Programa de Pequeñas Donaciones en la zona.

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» Benito Nicolás, junto a un grupo de pobladores de Palo Blanco, repuebla el bosque con taras, una labor fundamental para evitar la erosión de los suelos y asegurar de esta manera el agua en la cuenca en el futuro.

Asegurar el futuro de estas familias, y con éste el del bosque seco, pasa por la formación de los niños y jóvenes que todavía permanecen en el seno de las comunidades, porque no es tanto un problema de pobreza como de educación. Los apicultores de El Choloque y de El Porvenir, las artesanas de Mórrope o los agricultores de Palo Blanco o Piedra Mora trabajan por un sueño: dejar el bosque seco como herencia a las próximas generacio-

nes. Cada frasco de miel que cosechan, cada kilo de mermelada que venden, cada alforja que tejen es hecha con la esperanza de mandar a sus hijos a estudiar a la ciudad para que se conviertan en excelentes técnicos agrícolas, ingenieros forestales que —formados en valores y no solo en lo técnico— regresen a sus comunidades a vivir. Que regresen para ser los verdaderos protagonistas de su espacio sostenible y vital. 

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El Reino de los Ecologistas Eternos  

Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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