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» Adán Odar, junto al resto de socios y amigos, tienen una mezcla de orgullo y desconfianza respecto a la miel que cosechan. Por un lado, están satisfechos porque están preservando el bosque seco de Lambayeque, pero por otro, no están seguros cuánto puedan tardar en vender sus productos.

—Creía que se ponía la caja y punto. Busqué lo que me parecía más fácil… pero con el paso del tiempo me di cuenta de que no era así. Después de apostar por la apicultura orgánica experimentamos una etapa de desánimo —continúa el relato Percy—. Ambientar a las abejas fue muy complicado y nos tomó casi un año. Habilitamos en la parte más remota del bosque un apiario que llenamos con las colmenas silvestres que descolgábamos de los árboles, pero las abejas no se habituaban y abandonaban el lugar. Sin embargo, éstas terminaron acostumbrándose a las nuevas y excelentes condiciones laborales: casa, comida y agua a cambio de mano de obra en una zona, la del apiario, alejada de los caminos, ajena a ruidos, llena de zapote en flor y protegida de los vientos por cercos de madera de overo trenzada de más de metro y medio de alto. Una producción solo interrumpida por la mano del hombre que, dos o tres veces al año, accede a los panales para extraer la miel, el polen y la cera depositadas en sus bastidores. Son muchos los días que Percy ha tenido que recorrer de madrugada la hora y media que separa su casa del apiario. “Ahora ya entendí y hasta dormiría con ellas”, dice convencido el actual promotor de apicultura orgánica de Palo Blanco. La realidad es que estos hombres de campo, gracias al Programa de Pequeñas Donaciones del GEF/PNUD, han dejado de talar el bosque para dedicarse a otras actividades sostenibles como la producción de una miel orgánica que actualmente tardan demasiado tiempo en vender. “No podemos ofrecerla por debajo de su precio porque si no baratearíamos nuestro producto. A nuestra miel le hace falta el marketing”, concluye José, mientras espera pacientemente que este producto orgánico alcance su precio justo.

Ellas también pueden (y quieren) A unos 80 kilómetros de El Choloque, en el límite costero del bosque seco, un grupo organizado de mujeres campesinas y artesanas también ha comenzado a proteger el rico patrimonio natural que les circunda. Avanzamos por una encrucijada de caminos de tierra y polvo que atraviesan y

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delimitan los alrededores de Mórrope. Los algarrobos y zapotes, más escasos que en las escarpadas laderas de la cuenca alta, comparten el espacio con árboles de mango o de guaba que, más o menos alineados, cumplen el papel de centinelas entre las pequeñas chacras donde los locales siembran maíz, camote y diferentes tipos de ajíes. La cercanía del Pacífico hace de estas tierras salobres y malas para la agricultura y por eso desde antaño son muchos los

agricultores que han terminado convertidos en pescadores artesanales mientras sus mujeres permanecen en las casas dedicadas a cuidar a los hijos, a los animales de granja, y algunas, las menos, tejiendo a telar prendas de algodón. La señora Rosalía recuerda que su familia aún conserva la tradición de sembrar unas pocas plantas de algodón en los bordes de la chacra, porque la mejor tierra era “para los cultivos que nos dieran de comer”.

—A mi mamita le gustaba hilar y tejer y es por eso que mi papá cuidaba dos o tres plantas para que ella siempre tuviera algodón —recuerda con nostalgia esta abuela de Mórrope—. Fue ella quien de joven me enseñó a tejer. Después de que me casé, fue mi marido quien mantuvo las plantas para mí. Las manos de Rosalía han tejido en más de medio siglo la gran mayoría de alforjas y fajas que su marido Pedro, y

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El Reino de los Ecologistas Eternos  
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Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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