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miles de pies cúbicos de madera palosanto para construir cajones donde transportar las grandes cosechas de limón o mango que produce la otra parte del distrito; o madera de hualtaco para elaborar el parquet para los pisos que, desde varios puntos del país, demandaba el pujante sector de la construcción. ¿Cómo aprovechar el bosque sin cortarlo? Es una pregunta que José ha lanzado al viento cientos de veces paseando por los alrededores del caserío El Choloque, en la cuenca media del río Chiniama. Conversador y excelente narrador de historias, este agricultor confiesa que llegó un momento en que las 18 familias que actualmente viven en el caserío, entre ellas la suya, advirtieron que si continuaban talando a ese ritmo, lejos de enriquecerse terminarían siendo aún más pobres. —Queremos conservar nuestros bosques, pero también aprovecharlos. Son muchos los ecologistas que hablan del cuidado del medio ambiente desde sus oficinas, pero en la práctica somos nosotros los que vivimos aquí —reflexiona—. Necesitamos dar de comer, educar y preocuparnos por la salud de nuestros hijos. Para mantener en pie el bosque debemos pensar en nuevas alternativas. Empeñados en buscar actividades que disminuyeran la presión forestal y generaran nuevos ingresos, a través de la asociación que formaron, se presentaron en 2002 a una convocatoria del Programa de Pequeñas Donaciones del GEF/PNUD. Un programa presente en más de 100 países y que buscaba precisamente la conservación del medio ambiente y su manejo sostenible a través de iniciativas como la de José y sus compañeros, integrantes de una comunidad organizada, con un cierto grado de control al acceso a sus recursos naturales y convencida de que su bienestar depende del manejo racional de sus recursos a largo plazo.

El ecosistema del bosque seco comprende una franja costera de entre 100 y 150 kilómetros de ancho que se extiende a través de los departamentos de Tumbes, Piura, Lambayeque y el norte de La Libertad. Ruperto Orellana, el socio encargado de asistir a las primeras charlas informativas convocadas por los técnicos del programa, recuerda este periodo como una época de incertidumbre y esperanzas contenidas. Dice un refrán que el que espera, desespera, y las primeras semanas, pendientes de una respuesta positiva, se hicieron eternas. —En la primera reunión nos sentimos unos simples campesinos entre un montón de ingenieros, conscientes de nuestra realidad, con unas ganas inmensas de salir adelante pero sin experiencia ni para redactar el proyecto —comenta Ruperto—. Pasado un tiempo, al no recibir noticias, pensamos: ‘ya fuimos’. Pero la llamada desde Lima finalmente se produjo y fue una bocanada de aire limpio y fresco como el que recorre estas colinas que un día fueron parte de la Hacienda Tongorrape, donde actualmente son varios los caseríos que comparten las 4.000 hectáreas destinadas a la agricultura y las 8.000 de bosque seco donde todavía crecen una gran cantidad de árboles de algarrobo (Prosopis spp), palo verde (Parkinsonia aculeata), palo santo (Bursera graveolens), faique (Acacia Macracantha) o sauce (Salix humboldtiana), entre otras especies.

» Arriba: José Antonio Requejo comprueba el color y la textura de la miel recién cosechada en el caserío El Choloque, en Motupe. Abajo: Micaela Martínez ha dejado de producir mermeladas para el autoconsumo y ahora ve en esta actividad una seria posibilidad de mejorar los ingresos familiares en una zona donde hay muy pocas oportunidades laborales.

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El Reino de los Ecologistas Eternos  

Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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