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» Derecha: El cultivo de caña de azúcar se acondiciona perfectamente a los periodos de lluvia (3 meses) y de sequía (8 meses) que se dan en Jililí. Otro tipo de plantas no soportan ese estrés hídrico.

un tema prioritario en sus cabezas enfrascadas en miles de otros problemas. A lo mucho sabían que con el jugo de las vainas de algarrobo se podía preparar yupisín, una especie de mazamorra y postre clásico de las afueras de Piura. Entonces cuando llegaron las capacitaciones, las visitas de profesionales y especialistas, fueron entendiendo que proteger el bosque seco también era un tema que debía estar en sus cabezas. Se educaron. —Yo quiero que ellas también vayan a ferias en otras provincias, porque se aprende mucho también —dice Celedonia Morales, la suegra de Teófila y Magdalena—. Allí ves cómo venden otros, cómo muestran sus productos. Celedonia Morales ha asistido a media docena de ferias en diferentes partes del Perú llevando la algarrobina y la miel orgánica de Chutuque. Simón Purizaca, por su lado, ha recibido más de 20 capacitaciones en los casi diez años de vida de la asociación. Ambos siguen trabajando a pesar de que los números aún no sean redondos: cuando hay un pedido —porque en estos días se produce únicamente si lo hay— se paga al socio que trabaja un turno 10 soles. Y aquello, en el mejor de los casos, se da en tres o cuatro oportunidades al mes. Si a esta cantidad se le suma lo que se gana por la venta a precio final del producto, un socio no saca más de 100 soles mensuales. Los productos de Chutuque aún carecen de la demanda necesaria que permita a los beneficiarios de la asociación vivir de estos. No sorprende que la familia Purizaca Morales y las hermanas Castillo recuerden hasta ahora el día en que la asociación llegó a vender media tonelada de algarrobina en una feria organizada en el distrito de Surco, en Lima. Fue hace dos años, demasiado tiempo atrás para una asociación que debería de fortalecerse por sus ventas. —Estoy segura de que la asociación va a seguir creciendo. Lo ideal sería tener más trabajo, pero esto es mejor a no tenerlo. Ya nadie recuerda cómo era antes, cuando no había nada —dice Magdalena Castillo, la madre de Zircel—. Si quisiéramos, podríamos hacer productos de menos calidad y seguro serían más baratos. Así hacen muchos, y la gente les compra. —¿Y por qué no lo hacen? —Porque eso no sería darles un futuro a nuestros hijos. Gracias al Programa de Pequeñas Donaciones hemos

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aprendido que debemos ser diferentes. Dar algo de mucha calidad para que perdure en el tiempo. Magdalena Castillo habla del futuro de Zircel, pero también del bebé de siete meses que espera. Y si bien cada día que pasa se siente como si el tiempo de Chutuque se acabara, en donde los niños crecen y los adultos se vuelven ancianos, a Magdalena pareciera no importarle. Todo con tal de que sus hijos no repitan la historia que le tocó vivir a ella. Cambiar la historia, así como se cambió la historia de los algarrobos, esos árboles de ramas irregulares y delgadas que pueden alcanzar hasta quince metros de altura y con los que siempre convivieron en el bosque seco. Un árbol

La deforestación en el caserío de Jililí era causada, en parte, por el consumo de leña en las “cocinas abiertas”, las cuales no usaban la energía de forma eficiente. En 2005, una familia podía aniquilar hasta 32 árboles al año. al que antes nadie le daba importancia, pero que hoy puede salvar el futuro de sus familias. Al descubrir la importancia de los algarrobos −de la vida de los algarrobos− lo pobladores de estos caseríos alejados del desarrollo han encontrado también el valor de sus propias vidas: ahora saben que son capaces de hacer cosas planificadas, buenas, productivas. —No sé si me vayas a creer, pero yo nunca he pensado en irme de Chutuque —dice Simón Purizaca, decidido. —¿Por qué? —Hay muchas limitaciones y se sufre mucho, pero no hay como vivir acá: uno puede encontrar todo en el campo y en el río. Es como tener un mercado abierto las 24 horas del día. Un mercado con productos frescos. Podemos ser muy pobres, pero, dime, ¿quién puede darse ese lujo?

» Alfredo Carmen, de 27 años, es uno de los pocos jóvenes que decidió no irse de Jililí.

Jililí de las alturas Al principio hubo un error. Un error técnico. Eso es lo que dice Carlos Rojas cuando cuenta sobre los inicios de la Asociación de Pequeños Productores Agropecuarios del distrito de Jililí, en donde es presidente. Rojas tiene 55 años, la mirada fuerte, la voz suave, es bajo, usa gorra y −como si se tratara de un tic adquirido por tantos años de trabajo en el campo− cada diez minutos observa su reloj. Cuando el Programa de Pequeñas Donaciones llegó al caserío planteó crear un vivero para la conservación de diferentes especies de árboles del bosque de neblina: Jililí se encuentra a 1.300 metros sobre el nivel del mar, por ello su bosque es considerado de neblina y no seco. Nadie pensó los problemas que conllevaría el proyecto.

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El Reino de los Ecologistas Eternos  

Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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