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A pesar de los esfuerzos, los bajos precios pagados por la fibra de alpaca suri de color no favorecen a su repoblamiento y limita su crianza entre los pequeños y medianos criadores. —El entusiasmo que le ponemos a las cosas nos ha permitido superar dificultades —dice Pascuala, en medio de un local de dos pisos que gracias a su gestión se ha implementado como centro artesanal—. Hoy en día debemos enfrentarnos al hecho de que con la artesanía no llegamos a tener los ingresos suficientes para garantizar la vestimenta, la salud y la educación de nuestros hijos. Chalinas, chompas, chales, chullos: todo un abecedario con la “ch” es producido y vendido en la tienda de seis por cuatro metros de la planta baja. En el segundo piso, ocho mujeres y hombres reciben en un gran salón su clase diaria de telar. En el segundo piso, al igual que Pascuala, todos aún creen en el futuro de esta actividad. Un futuro en el que también parecen confiar en las pampas infinitas de Huaccochullo. Desde Laraqueri partimos por una carretera serpenteante en dirección a Moquegua, hacia la zona más alta del distrito, donde las artesanas aseguran que pastan a sus mejores alpacas.

Allí, Santa Francisca Manzano e Higinio Ccopa nos harán una demostración de esquila tradicional. Es mediodía y el intenso sol que domina un cielo sin rastro de nubes no impide que el mercurio permanezca varios grados por debajo de cero. En Huaccochullo, cientos de alpacas corren diminutas y lejanas entre el cerro que corona el horizonte y una gran laguna o cocha que, a la distancia, parece congelada. Mientras esperamos que el matrimonio atrape un ejemplar de alpaca suri y el fotógrafo prepara la cámara para registrar la esquila, Agustina Quispe, sentada en una pequeña ladera, me regala una última historia: —Huallca las protege —comenta mirando el rebaño. —¿Quién es Huallca? —Huallca es aquel cerro —responde señalando con el brazo extendido hacia el horizonte—. Es el dueño de las alpacas de estas pampas y también su protector. Nosotras solo las cuidamos. Un mito aimara cuenta que las alpacas nacieron de los ojos de agua, de los bofedales y lagunas como la que tenemos enfrente. El mundo no era uno, sino dos realidades que convivían superpuestas: la inferior y la superior. En la primera pastaban grandes rebaños de alpacas bajo la atenta mirada de la hija del apu, el dios de la montaña, dueño y protector de las majadas. Cuando la joven se casó con un pastor del mundo superior, ambos viajaron hacia allá a través de las lagunas, llevando a todas las alpacas. Al cabo de un tiempo, sin embargo, el pastor se desentendió de una cría de alpaca que había prometido cuidar, incumpliendo la promesa que le había hecho al apu antes de partir. La hija del dios de la montaña, espantada, juntó al rebaño y huyó al mundo inferior a través del manantial más cercano. Solo unas pocas fueron las alpacas que el joven logró retener cerca ya de los bofedales. Según el mito, éstas son las que continúan pastando bajo la mirada protectora de cerros como el Huallca. Y, claro, de pastores como Agustina.

» En Laraqueri, son las mujeres, principalmente, las encargadas de realizar la esquila de las alpacas. Estas hábiles criadoras consiguen sacar la fibra de un ejemplar en una sola pieza y en menos de cinco minutos.

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El Reino de los Ecologistas Eternos  

Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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