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La Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo de América Latina y el Caribe declaró a la alpaca (y a su fibra) como recurso potencial estratégico para superar la pobreza en la zona rural. A través de las capacitaciones, estas mujeres están recuperando una tradición textil minimizada y relegada por las familias que, en el mejor de los casos, solo tejían para su autoconsumo.

La guerra y la paz Nuñoa, siglo XIX, 1870. Mauricio Checa, alias “El gringo” —alpaquero de pelo de ichu, ojos de cielo despejado, raíces ibéricas y acento puneño—, cuenta que, en una de sus expediciones, el famoso investigador y geógrafo Antonio Raymondi llegó hasta el mismísimo Nuñoa, donde quiso pernoctar. En esa época la capital alpaquera era una ciudad sin ley, en donde las habituales disputas entre terratenientes eran saldadas bajo el lema “aquí te pillo, aquí te mato”, muy cerca del puente colonial. Raymondi, después de descansar, pidió visitar una selección de las mejores bibliotecas de la localidad. Al entrar a la primera descubrió, asombrado, que en lugar de libros las estanterías estaban colmadas de armas. Ciento cuarenta años después, Nuñoa ha cambiado las escopetas y pistolas por los palitos de tejer de un ejército de 54 mujeres que confeccionan a diario las historias mínimas de este distrito puneño. Historias como la de Guillermina —otra Guillermina—, quien

mientras manipula el ganchillo a un ritmo endiablado, comenta cómo la capacitación ha sido fundamental porque “nos ha servido para tomar valor y comenzar a recobrar nuestra independencia como mujeres”. En una sociedad machista como la alpaquera, este grupo ya genera sus propios ingresos. Ingresos que en la mayoría de los casos supera al obtenido por sus maridos. Desde que hace ocho años abandonaron la cocina a tiempo completo, ellas se reúnen en una antigua y un poco destartalada casona colonial donde tejen, conversan, tejen, bromean, tejen, clasifican, tejen, hilan, tejen, vuelven a bromear. Tejen su autoestima. Tejen siempre. Esto ya no hay quien lo pare.

Recuperar la tradición En las alturas de Lampa, sus manos de hábil tejedora se mueven a la misma velocidad que sus labios. El primero es un movimiento interiorizado desde niña que no necesita vigilancia. La mirada de Santusa Cutipa, más bien, se concentra en la ladera donde Chiri Wayra, su pequeña nueva alpaca, acaba de descubrir las bondades de la leche materna. Junto a las paredes de adobe y techo de paja del modesto local comunal de Suatía, y al sol del mediodía, Santusa, acompañada

» Guillermina y Eulogia, artesanas de Nuñoa, tiñen la fibra con plantas nativas antes de confeccionar las prendas que luego venderán en las ferias artesanales.

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El Reino de los Ecologistas Eternos  

Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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