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—Que uno de tus machos logre ser “campeón de campeones” significa obtener ingresos extra porque otros criadores buscarán empadrarlo con sus hembras —comenta Modesto, mientras muestra orgulloso las quince o veinte escarapelas que hablan de sus éxitos pretéritos—. Es increíble, pero antes en estas pampas abundaban las alpacas de color; luego las desaparecimos. No es solo un tema de vender “empadres”, sino de mejoramiento genético de la especie. Santiago Enríquez lo tiene claro. Hijo también de Juan “el loco”, visita a diario la cabaña alpaquera donde su familia tiene un creciente número de alpacas suri de color. El mayor placer de este médico veterinario es sentarse en cualquier sitio de la puna y observar cómo engordan sus crías. Confiesa que lo que más le gusta de sus caminatas es descubrir cuando estas uñapacocha se juntan en la parte alta de los cerros y comienzan a corretear de arriba a abajo sin parar. —Santiago, ¿qué es lo más difícil de ser alpaquero? —Los criadores tenemos que saber comprender a nuestras alpacas una por una. La vida de la alpaca es una locura. A diferencia de las ovejas, las alpacas son muy inteligentes y enseguida perciben cómo somos las personas. Estoy convencido de que el pastoreo es una cuestión de confianza entre uno y el animal.

Tecnología con tradición La altitud y la calidad de los pastos andinos son en buena parte las responsables de la merecida fama que tiene la fibra de alpaca peruana. Sin embargo, no se puede dejar todo en manos de la naturaleza y el futuro inmediato pasa por tener una visión mucho más tecnológica de la actividad ganadera. Santiago Enríquez cree que para lograr su mejoramiento genético, la crianza debe profesionalizarse mucho más. —Si queremos entrar al mercado internacional es fundamental que apostemos por una tecnología casi inexistente hoy en el altiplano. —¿Cómo crees que se podría mejorar en ese aspecto? —Países como Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda tienen una deuda moral con el campesino del Ande —dice Santiago, y no tarda en lanzar argumentos­­—. Hace 15 años fueron los receptores, a iniciativa del gobierno peruano de

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» Los criadores del Ande han sabido mantener una tradición ancestral a pesar de las presiones de la industria y la falta de recursos con los que cuentan, en condiciones extremas por encima de los 4.500 metros sobre el nivel del mar.

Dos libras de fibra de alpaca tienen en el mercado un precio de 16 soles. Una chompa que utiliza esa cantidad de lana, con el valor añadido del artesano, puede llegar a los 100 soles.

entonces, de una gran cantidad de los mejores y más finos ejemplares reproductores. En poco más de una década estos países han sabido mejorar la calidad de la fibra de sus alpacas notablemente supliendo el tema de la altitud con desarrollo tecnológico. Ahora deberían poner a disposición su conocimiento y sus laboratorios. La contraparte estaría a cargo del Perú, que pondría sobre la mesa su incalculable banco de germoplasma. Desde 1995, los diferentes gobiernos permitieron salir a decenas de miles de alpacas pensando que su venta en los

mercados internacionales iba a solucionar de un plumazo la pobreza del pequeño y deprimido criador. Mientras que en el Perú un buen ejemplar se cotizaba a 500 soles, en el extranjero alcanzaba fácilmente los 1.200 dólares. La medida fue pan para hoy y hambre para mañana. En 2004 un nuevo decreto restringió otra vez su salida, pero el daño ya estaba consumado. Se calcula que fuera del Perú existen 500 mil alpacas y la cifra aumenta cada año. “La alpaca ya no es un patrimonio del Perú; ahora lo es del mundo. Tenemos que comprender esta circunstancia para comenzar a trabajar

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El Reino de los Ecologistas Eternos  

Historias de Vida del SGP Perù. Donde proteger el medio ambiente es màs que un pacto de amor

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