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LA VERDAD SOBRE LA fONDATION ARCHIVES

antonio saura

ツゥ archives ANtONIO SAURA, VEGAP, 2010


A fondo

FONDATION ARCHIVES ANTONIO SAURA

El pintor de monstruos vive en Ginebra Viajamos a Ginebra con la intención de que la entrevista que vamos a hacer a Marina Saura y Olivier Weber-Caflisch sirva para aclarar sino todas, la mayoría de las dudas que ha suscitado la herencia del pintor Antonio Saura. En España hay un poso de confusión sobre la Fondation Archives Antonio Saura, sobre su albacea, sus herederas, y digo poso porque hace ya 12 años del fallecimiento del pintor y sigue habiendo intereses particulares cuyo único deseo es exprimir al máximo esa confusión. Nuestro objetivo es descubrir el porqué de ese sedimento. La existencia de una seudo fundación que lleva el nombre del artista en Cuenca y que se hizo en franca oposición a sus disposiciones testamentarias ha llevado a las herederas a años de es-

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28 Por Julia Higueras. Fotografía: Erik Von Frankenberg.


tériles procesos judiciales motivados por el deseo de apropiación del nombre y de la obra del artista en contra de sus últimas voluntades. ¿Quiénes son los herederos de la obra de Antonio Saura? Marina: Somos dos, Mercedes, su esposa, y yo, su única hija. Mi padre sabía perfectamente quién era quién entre los que le rodeaban, sabía lo que hacía y a mí no me quiso abrumar demasiado. Delegó en su albacea, Olivier, y como debe ser, me protegió. Precisamente el otro día estuve ordenando cartas, muy elocuentes, que muestran la soledad de sus últimos años. Es muy triste ver los esfuerzos que hizo para poner en marcha la fundación conquense y que no recibiera respuesta alguna, que no le contestaran a ninguna de sus cartas. La decepción fue total.

Arriba, de izda. a dcha., la directora de la fundación, Natalia Granero, Olivier WeberCaflisch y Marina Saura en la mesa de edición revisando los pliegos del libro El Nuevo Pinocho. Abajo, el ayudante técnico Artur Karapetyan.

Y su padre decide dejar instrucciones precisas, que acompañan su testamento, sobre una fundación que se proyectaba crear en Cuenca. M: Sí, mi padre deja escrito a Olivier, su albacea, lo siguiente: ‘Mis llamadas de febrero y junio han quedado sin respuesta. Los incumplimientos de las personas y administraciones concernidas no han permitido que este proyecto se realice. Su continuidad financiera y humana no están aseguradas, ni podrán estarlo en modo alguno el día en que yo ya no esté. Te pido que interrupas todos los trámites en curso y pongas fin a este proyecto. Ninguna fundación o institución análoga podrá crearse o llevar mi nombre sin el acuerdo previo y unánime de Mercedes, Marina o tuyo’. Pero usted aceptó dirigir aquel primer proyecto de Fundación, ¿no? M: Sí, insistió mucho, yo dudaba de ser capaz, no quería abandonar mi carrera de actriz pero, al final, claudiqué. Repetía:’¡No quiero a nadie con ideas propias, sino alguien en quien confíe y que ejecute las mías!’. Quise aliviar su silencio, tener algo de qué hablar con él. No me arrepiento, se animó. En las cartas habla de mí, de cómo se alegra de que yo hubiera aceptado dirigir el proyecto. Pero aquello no salía y tuvo la inteligencia de no dejarlo a la deriva tras su muerte.

Está claro que era la persona idónea, aquí estamos, en la Fondation Archives Antonio Saura… M: El mérito no es para nada mío. Es compartido entre Mercedes y Olivier, que ha hecho algo extraordinario, implicándose más allá de lo que se espera de un albacea y ayudándonos a Mercedes y a mí, consiguiendo que juntas pudiésemos hacer lo que separadas no hubiéramos conseguido nunca, poniendo toda su inteligencia y capacidad de trabajo al servicio de la obra de mi padre. Parece que llegar hasta aquí fue costoso… (Marina mira a Olivier para que sea él quien conteste) Olivier: El albaceazgo fue jurídicamente muy complicado… Antonio era español pero residía en París desde marzo de 1967 y allí pagaba sus impuestos como cualquier residente extranjero. Antonio sometió su testamento al derecho español (podía haberlo sometido al francés), lo que me permitía realizar la partición y liquidación del Impuesto de Sucesiones ante la Agencia Tributaria. Quería que hiciera una dación al Museo de Arte Reina Sofía. Por este motivo no se abrió la sucesión en Cuenca. La dación y selección de obra que cubría las dos terceras partes de la deuda tributaria se aceptaron sin problema. Desde ese momento, Castilla-La

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Mancha quedaba excluída del cobro del impuesto de sucesiones y decidieron reclamar. ¿Y por qué reclamó la Comunidad de Castilla-La Mancha si el deseo de Saura se había cumplido? O: Reivindicaban la competencia para cobrar el Impuesto de Sucesiones y esta reclamación paralizó la dación que ya estaba pactada con el Estado español. En esa época dediqué todo mi tiempo a esto… Mi tiempo estaba compartido entre París, Madrid, Cuenca y Ginebra, y dirigido desde mi despacho de Ginebra. A pesar de todo, Marina, Mercedes y yo decidimos mantenernos activos y no esperar a que se arreglaran las cosas. Funcionamos como si nada nos afectara, cuando en realidad nos afectaba mucho porque no se podía disponer del dinero que estaba bloqueado. Todo, en realidad, estaba bloqueado. ¿Y cuánto tiempo estuvieron así? O: Dos años, hasta que la Junta Arbitral decidió rechazar la demanda de la Comunidad de Castilla-La Mancha. ¿Y qué alegaban? O: Que Antonio vivía en Cuenca. Intentaron de manera fraudulenta crear una domiciliación ficticia de Antonio en esa ciudad por todos los medios imaginables, enviando cuestionarios intimidatorios y tendenciosos desde la JCLM. Supongo que querrían dotar de obra a la ‘fundación fantasma’ que habían constituido en contra de su voluntad. Pero Antonio estaba domiciliado en Francia y no en Cuenca, algo que pudimos demostrar de manera inequívoca porque era un hombre meticuloso y ordenado que guardaba todo: desde los primeros recibos a los billetes de tren y autobús en París… Pero lo peor fue la querella criminal por la que estuvimos imputados nueve años y que finalmente fue sobreseída y archivada gracias al trabajo de la Policía Científica, que confirmó la validez de las instrucciones post mórtem que me dio Antonio. Hemos sufrido un acoso inadmisible. En aquel momento, ¿qué se le pasó por la cabeza? O: Estaba harto de los ataques que sufríamos y llegué a pensar: ‘¿Es correcto que ofrezcamos una dación a un Estado que a su vez no es capaz de hacer que se respete la voluntad del artista, que no lo defiende eficazmente del abuso del que es víctima?’. Había algo perverso en la indiferencia con la que se toleraba el acoso. ‘Pago y nos vamos con todo a otra parte’, pensé, pero la voluntad de Antonio no era esa. Él me dijo: ’Si hay posibilidad de pagar los impuestos a través de la dación, siempre y cuando vayan los cuadros al Reina Sofía, hazlo’. Elegimos 61 obras buenísimas. Lo mejor está en el museo. Ahora entiendo por qué la Fundación no está en España, ¿pero por qué Ginebra? O: El domicilio de Marina y mío está aquí, además de mi despacho desde donde se han gestionado todas las actividades de la sucesión. Suiza está en el centro de Europa y se viaja a cualquier sitio fácilmente. A la par, es muy difícil crear una fundación privada, pero si se consigue, aporta un estatuto de notoriedad que no se obtiene en ningún otro país. Aquí no hay muchas fundaciones, pero las que existen son de primer nivel. Pocas pero muy buenas. Y nosotros lo hemos conseguido. Después de trabajar en varios lugares, mudándose varias veces du-

rante estos años, tuvieron la oportunidad de adquirir un espacio que se adaptaba perfectamente a lo que querían y de nuevo volvieron a estar de acuerdo los tres (Marina, Mercedes y Olivier). El espacio es magnífico, la luz entra a raudales por cada una de las múltiples cristaleras que rodean toda la planta. Erik, desde el momento que pisa la Fundación, trípode en mano, va recorriendo cada una de las estancias. Es todo un placer visual para un fotógrafo. A la vista de la cantidad limitada de las obras que heredaron, decidieron no dividirla, unir sus esfuerzos para facilitar la gestión de la obra de Antonio Saura y así crear un conjunto realmente representativo y significativo. Donan a los Archives el inmueble, los archivos, la biblioteca, los escritos y un conjunto de obra con la gráfica completa que habían heredado. El año pasado la Fondation Archives Antonio Saura fue declarada de interés público. O: Gracias a nuestras actividades de divulgación obtuvimos un estatuto único en Suiza que, al igual que un museo estatal, nos permite importar desde cualquier lugar cualquier bien con todas las facilidades administrativas. Nos vigilan estrechamente y observan cómo funcionamos. Tenemos que rendir cuentas de todo de manera muy estricta. Pero aquí, a diferencia de lo que ocurre en España y Francia, podemos trabajar sin depender del poder o de las influencias políticas. Aquí gozamos de seguridad jurídica. ¿Cómo se financian? O: Nos financiamos sólo con nuestros propios medios, sin depender del Estado, sin ayuda oficial. Cuando fallece un creador plástico como Antonio aparece un fenómeno de apropiación colectiva de la persona fallecida o de sus bienes. De un día para otro, Saura se vuelve ‘patrimonio de todos’. Me parece que en España este sentimiento de apropiación del artista cuando fallece es aún mayor. Se habla de ‘conflicto por el legado’. Pues no, eso no es así. La herencia de Antonio es propiedad privada de sus herederos y ellos son libres de decidir lo que quieren hacer con sus bienes. Todo lo que se ha hecho es debido a la maravillosa generosidad de Mercedes y de Marina de seguir unidas y gracias a su magnífica relación hemos podido hacer todo lo que ves. Un poco también se debe a su ayuda… (Y rápidamente contesta Marina) M: Lo que hemos construído alrededor de la obra de mi padre tras su muerte no hubiera sido posible sin Olivier. Mercedes y yo hemos tenido mucha suerte de que mi padre nombrara como albacea a una persona tan competente y valiente, que ha sabido defender su obra y sus derechos. Cuando acabó con el trabajo de albaceazgo, inventario y pago de impuestos, a Mercedes y a mí se nos planteó el dilema de si continuar los tres juntos con la maravillosa perspectiva de desarrollar y dar a conocer la obra de mi padre, o parar y volver cada uno a su antiguo oficio. Y al final decidimos seguir adelante. Nuestro objetivo no es que se nos conozca como fundación, sino que se conozca la obra de mi padre. No somos una atracción turística y sí un centro de divulgación. Su padre y Olivier se conocían desde hacía mucho tiempo. Poca gente conoce esta historia… M: La primera vez que Olivier vio a mi padre tendría 14 años y fue en el despacho de su abuelo, Achille Weber, socio y distribuidor de los

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libros de arte de Albert Skira. Mi padre fue quien le animó a estudiar Derecho y cuando se hizo abogado le consultó sobre diversos temas personales y profesionales. Era el hombre de confianza de mi padre y cuando se puso muy enfermo me habló de él. No le ponía cara, no sabía quien era… y 12 años después aquí nos tienes (se ríe). Olivier, el hombre de confianza de su padre, se convierte en su pareja.

Olivier Weber-Caflisch explica a Julia Higueras cómo se plantea el Catálogo Razonado que realiza la Fondation Archives Antonio Saura.

Otra paradoja de la vida. M: Así es. Es un hombre fiel y batallador. Y estoy segura que de no haber sido por su conocimiento de la obra de mi padre, si solamente hubiera sido un abogado competente, no hubiéramos podido hacer lo que hemos hecho. Gracias a él, al conjunto de sus virtudes y quizás también de sus ‘defectos’, Mercedes y yo hemos podido, no sólo sobrevivir a la dureza de los primeros tiempos, sino seguir unidas en este proyecto común. Creo que mi padre no podía haber elegido mejor. Además es guapísimo… (risas). Marina, han pasado 12 años, ¿cuéntame cómo has vivido tú este proceso? M: Durante el primer año y medio del duelo tuve que hacer frente a mis nuevas obligaciones, a sobrellevar los conflictos y aprender a defenderme. Me gustaba mucho la obra de mi padre, pero no la conocía como ahora después de 12 años viviendo con ella. Yo me dedicaba a mi vida y a mi oficio de actriz en el que ponía toda mi energía. Puedo decirte que no soy ninguna especialista en la obra de Saura, pero creo que tras pasar mucho tiempo en contacto con ella he desarrollado una cierta mirada, y he ido incorporando las estructuras formales de los cuadros que aparecen regularmente tanto en la obra sobre papel, como en la obra gráfica y que a su vez remiten a la ‘iconografía’, su colección compulsiva de imágenes. Mi padre me advirtió, justo antes de morir, que me iba a divertir mucho cuando entrara en sus archivos. ¿Y eso fue verdad? (Sonríe). M: Soy de las pocas personas que puede descifrar su letra, que es bastante difícil. Y he encontrado cosas muy emocionantes: reflexiones, angustias, bloqueos de artista, así como la depresión que sufrió después de la muerte de mis hermanas. Cosas de las que nunca había hablado, ni siquiera conmigo. Descubrir estas notas me han acercado mucho a él y me han consolado. Los archivos son una fuente inagotable de descubrimientos, una memoria viva que espera ser desenterrada y relacionada con otros elementos dispersos, una arqueología de papel, una aventura silenciosa y paciente, por eso bautizamos este lugar de trabajo con el nombre de Archives Antonio Saura, porque ilustra literalmente lo que es.

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¿Y cómo queda ahora la figura del padre? M: He pasado por todas las fases que se pasan durante el duelo, sobre todo cuando se pierde a una persona a la que se quiere y que ha marcado para siempre tu vida. De joven tuve que alejarme de él porque sentía que me asfixiaba. Su amor era concentrado y absorbente y me escapé porque quería vivir mi vida y la viví. Por eso hemos tenido siempre una relación muy cálida. Siempre respetó y entendió mi distancia, la que yo puse entre él y yo para mi desarrollo personal. El azar y la paradoja de la vida es que, al final, tras su muerte, tuve que dejarlo todo para ocuparme de su obra. Sin embargo, lo he vivido como un gran privilegio. El Antonio Saura con el que trabajo cada día aquí, en los archivos no es mi padre. Es el artista incorpóreo, el no afectivo, aunque ambos se complementen. Se ha convertido en una relación profesional, aunque ésta no sea mi profesión. Por mi padre he cambiado mi profesión: ahora soy actriz ¡y archivera mayor! (se ríe). Es mi nuevo oficio.


Toda la información relacionada con la obra de Antonio Saura o con la Fondation Archives Antonio Saura, se puede encontrar en: www.antoniosaura.org

No le gustaba estar cerca de su padre en público, aborrecía el mundo del halago… M: Yo prefería ver a mi padre a solas, hacerle un gazpacho o salir a tomarnos una horchata. Tengo algo de Cordelia, la hija menor del rey Lear, que cuando su padre se dispone a dividir su reino en tres partes pide a cada una de sus hijas que expresen públicamente lo que le aman, y ella, la pequeña, no puede abrir la boca, no le sale nada. Pues yo nunca le he dicho a mi padre por qué le amo, cuánto le admiro, cómo le entiendo hoy. Y quizá esta implicación en el trabajo que hoy realizo con su obra responda a ese deseo frustrado. Después de la muerte de mis hermanas he arrastrado el complejo de superviviente y me he visto un poco como Cordelia cuando lleva a su padre moribundo en brazos. ¿Adónde? A la paz, a una especie de terreno del reconocimiento. Un camino que al principio pudo ser ingrato pero que ahora es una recompensa. M: Sí, desde hace poco comienza a ser grato. Desde que hemos conseguido crear nuestro propio taller de edición. Nuestro último libro, El Nuevo Pinocho, es una fuente de alegría. Nos ha costado 12 años hacerlo. Es el primero de nuestros proyectos editoriales y el último en salir (cuatro ediciones, en cuatro idiomas y el décimo que hemos editado). Es un libro que mi padre ilustró al poco de nacer mi hijo, a quien se lo dedicó, y me parece que es como si se cerrara un ciclo. Mi hijo es ahora mayor de edad y cuando sale de la infancia reeditamos el Pinocho y yo me siento libre de hacer mi vida. La Fondation Archives Antonio Saura es un barco que navega solo y aunque voy a seguir vinculada, siento que ha llegado la hora de hacer otra cosa.

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Es momento de respirar, de volver a tu vida… (Se ríe). M: Sí, de volver a lo mío. Me encanta decir ‘lo mío’ porque es un poco abstracto.


El bloc de

Desde que tengo uso de razón, recuerdo su mirada intensa y seria fija en mí, abarcando desde lejos la esfera de mis juegos, mis raptos de ensoñación y mi tímida presencia en sus comparecencias públicas. Cruces de miradas cómplices que chisporroteaban simultáneamente al captar el sesgo cómico de una situación o que pestañeaban al unísono al menor signo inquietante. A menudo, su mirada parecía distraída, volcada hacia adentro, absorta en sus pensamientos; mirada lejana que su bullicio interior animaba con una llama afilada; entonces, se volvía mirada penetrante que a muchos intimidaba. Yo empecé a existir a la luz de esa mirada. Algunos domingos por la mañana, mi padre nos vestía, a mis hermanas y a mí, con sus viejas y enormes camisas y nos invitaba a pintar en su estudio, sobre grandes cartulinas, con pintura plástica de todos los colores. Opinaba que a los niños hay que darles siempre buenos materiales ya que el tiempo en el que se expresan con auténtica libertad y genio es muy corto y sus hallazgos creativos irrepetibles. Afirmaba aprender de nuestras pinturas infantiles y nosotras, creyéndonos muy originales, pintábamos plazas de toros abarrotadas de multitudes, cristos crucificados, perros o monstruos semienterrados, personajes hirsutos con muchos ojos, ilustración de los improvisados cuentos que iba hilando en los crepúsculos de verano y cuya protagonista, La Musaraña, era la antítesis de su realidad biológica y más bien trasunto tímido de la Gorgona. De vez en cuando, nos llevaba al Museo del Prado. Nuestro recorrido variaba en cada visita, pero había citas obligadas a las que acudíamos sin rechistar: de Velázquez, El Cristo en la cruz y las entonces tenebrosas Meninas; de Goya, toda la Quinta del Sordo, con largas elucubraciones de mis hermanas y mías ante El Perro. Me intrigaba mucho que mi padre, que se negaba a que tuviéramos perro en casa, se interesara tanto por aquel en particular, así que me puse a espiarle. Un día, mirando a mi padre inclinado con la nariz a dos palmos del lienzo, tuve una sensación extraña: su espalda se confundía con la línea del montículo pintado y de su hermosa calva salía la cabeza del perro.

Las tres gracias

como nos llamaban a nosotras, me llenaba de deliciosos escalofríos de terror.

MARINA SAURA

Mi padre era un señor muy alto, muy guapo y que pintaba muy bien. Fue el primer hombre de mi vida: su voz, su olor, su cadencia, sus zarpas aterciopeladas sobre mis hombros me marcaron para siempre.

Más tarde, según el humor de mi padre, dábamos un rodeo por Zurbarán, ante cuyo bodegón se quedaba ensimismado y ausente mientras nosotras buscábamos ‘cuadros con mosca’, que eran más entretenidos, o íbamos a saludar a El Greco, a quien mi padre me hizo amar, a pesar de mi resistencia inicial, desvelándome su belleza convulsa sobre la que tan bien escribió años más tarde. Me maravillaba que lo que mi padre veía en los cuadros no era lo que cualquiera podía ver, era algo diferente y oculto que yo no entendía pero que él me iba desvelando poco a poco, sin apenas palabras, casi siempre con preguntas, haciéndome hablar, como una pequeña luz que se va afirmando en la lejanía de un inmenso paisaje.

El Descendimiento de Roger van der Weyden me electrizaba en cada visión, con la misma potencia lírica y desgarrada y, mientras mi padre me explicaba cosas sobre formas, ritmos y colores, el cuadro se liquidaba ante mis ojos, arrastrándome en su ola. Mi primera emoción teatral.

El Bosco era también cita habitual, porque a las niñas que éramos nos gustaba perdernos en el laberinto de El Jardín de las Delicias que contemplábamos en brazos de mi padre, aupadas por turnos de una en una, en riguroso orden de ancianidad, para verlo bien. Pegadas a él, el infierno no parecía tan definitivo ni tan terrorífico. Otro cuadro señalado en nuestro recorrido era La travesía de la laguna Estigia, de Patinir, que me maravillaba por su atmósfera de ensueño, el verde profundo de las aguas que amenazan la frágil barca-cáscara de nuez en su paso inexorable al otro mundo; como si el silencio de la escena la desencarnara, suspendiéndola en un paréntesis consolador. De todos esos momentos gozosamente compartidos con mi padre en El Prado no recuerdo ni una amonestación, ni un sólo reproche, cuando mi atención de niña flaqueaba y el aburrimiento empezaba a emplomar mis piernas. Cuando éste llegaba, era la señal inequívoca y muy celebrada de que había llegado la hora del bocadillo de calamares o de la horchata.

De Goya recuerdo, sobre todo, la contemplación detenida, con el corazón alocado, de Saturno El disfrute de la pintura era, para él, una devorando a un hijo, cogida de la mano de mi padre experiencia lúdica y seria, de la que se sale y presa del terror ante la idea de aniquilación Actriz con formación y actividad transformado. No había contradicción entre su simbólica que un padre amante inspira en sus hijos. artística en Inglaterra, Francia producción de monstruos y la elevada y amorosa Después, íbamos a ver Las Tres Gracias de Rubens. y España, impulsa la fundación empatía con la que bebía la obra de sus maestros, Las gordas ninfas que sacudían sus exuberantes dedicada a la obra de su padre, sin embargo tan distinta de la suya. Yo estaba carnes bailando en corro al sol, nos producían el pintor Antonio Saura. convencida de que había una misteriosa conexión tales ataques de risa floja, que mi padre disfrutaba entre ellos, un eslabón que los que nos rodeaban llevándonos a verlas después de la pesadilla no veían pero que yo adivinaba en el culto privado inquietante de Goya. Aunque también la desnudez lechosa de las que practicábamos construyendo el libro de los recortes. mujeres de Rubens me confundía: ¿qué le atraía a mi padre en ese En un inmenso libro de páginas blancas, mi padre iba pegando cuadro? Porque era evidente que gozaba, lo miraba golosamente, le fotos de animales, paisajes, reproducciones de cuadros, retratos gustaba como estaba pintado. Pero ¿también lo que representaba?, e imágenes insólitas que escogíamos juntos, recortábamos de las ¿cómo podían gustarle las ninfas del bosque si eran tan feas y revistas y comentábamos; ‘el libro de los recortes’ será para gordas? Eran tres. Nosotras, sus hijas, también éramos tres. Nos siempre el mejor museo que jamás existió, el ojo de la cerradura llamaba ‘Las Tres Gracias’, aunque nosotras nos veíamos más bien que nos daba acceso al país de las imágenes ignotas, un sueño como tres cabras locas. Pasar sin transición de la amenaza de de vasos comunicantes a través del cual mi padre y yo seguimos un Saturno hambriento, que es capaz de devorar a sus hijos, a la en contacto. o contemplación de tres jóvenes comestibles que se hacían llamar

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Reportaje Fondation Archives Antonio Saura