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D OS SI E R D E PR E N SA

S O C O T R A , L A I S L A D E LO S G E N I O S


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TRIBUNA: OPINIÓN JORDI ESTEVA

Donde crecen el incienso y la mirra JORDI ESTEVA 10/09/2011

Detrás de los volcanes, se acumulaban nubes de tempestad", escribió Malcom Lowry en Bajo el volcán. "¡Socotra!, mi isla misteriosa del mar Arábigo, de donde procedían el incienso y la mirra y adonde nadie ha llegado jamás". Hace un tiempo, tras escribir Los árabes del mar, decidí viajar a la isla de Socotra en el océano Índico. La región no me era extraña. Durante algunos años seguí las huellas de los marinos árabes que desde la península arábiga surcaban el Índico, en veleros impulsados por los monzones, hasta las islas de Zanzíbar, Lamu o Socotra en la costa del África Oriental. De aquellos antiguos sultanatos de nombres poderosos como mantras, algunos, como Quiloa o Lamu, se hallaban ocultados en el laberinto de los manglares que les habían mantenido a salvo de las incursiones de las tribus belicosas; otros, como Zanzíbar o la propia Socotra, estaban lo suficientemente alejados del continente para evitar los ataques. Durante siglos, los navegantes árabes acudían cada año con el monzón de invierno en busca de esclavos, pieles de animales salvajes, maderas preciosas, concha de tortuga, ámbar gris y oro. Aquel comercio generó grandes beneficios y el esplendor de los sultanatos llegó a ser tal que Ibn Batuta en su Rihla se hizo eco de su prosperidad al igual que, siglos después, lo haría John Milton en su Paraíso perdido. Entrado este siglo, apenas quedaban vestigios de aquel esplendor: unos pocos palacios derruidos, las casonas de la ciudad de Zanzíbar o las callejuelas árabes de Mombasa y Lamu. De algunos sultanatos como Gede o Quiloa apenas se mantenían en pie unas pocas piedras. La maleza se fue adueñando de las ruinas y desde lo alto de los muros los ficus dejaban caer sus raíces ocultando labrados dinteles y arabescos. Los baobabs crecían en los patios de las mezquitas tamizando con sus hojas la luz del trópico, creando con la brisa un centelleo irreal. Pero, aunque todas aquellas islas ya habían conocido sus mejores días, quedaba la memoria: los antiguos mercaderes y marinos conservaban vivos los relatos de aventuras y naufragios. A pesar de que Socotra surgía en las conversaciones como un lugar temido y misterioso envuelto siempre en brumas, no la visité durante aquel largo viaje. Quizá porque se escapaba de aquel mundo de los árabes del mar que yo perseguía. Los mismos monzones que propiciaban el intercambio y la civilización, en las cercanías de la rocosa isla de Socotra suponían una amenaza, pues en sus costas no existía ni un solo abrigo natural en el que guarecerse durante las estaciones de los vientos. Perdida en el Índico, a trescientos kilómetros del Cuerno de África y a cuatrocientos de las costas de Arabia y barrida por constantes vientos que impedían la navegación durante largos meses, el aislamiento había preservado una flora y fauna singulares, con especies propias de otras eras. En Socotra crecían los árboles del incienso y de la mirra, ofrendados con prodigalidad en los rituales paganos e indispensables en las momificaciones de los antiguos egipcios. En la isla se encontraba el áloe socotrino, tan apreciado por los griegos para curar las heridas de guerra que, según la leyenda, Alejandro Magno, alentado por Aristóteles, invadió la isla para procurárselo. En Socotra abundaba, además, el árbol del dragón, en forma de seta gigante, de savia roja como la sangre, que utilizaron tanto los gladiadores del Coliseo para embadurnar sus cuerpos, como los lutieres de Cremona para dar la pincelada decisiva a sus Stradivarius. Durante siglos, atraídos por la riqueza de sus resinas olorosas, indios, griegos y árabes del sur acudieron a Socotra. Tras ellos, los piratas. Me asombraban las fabulaciones y la continua presencia de yins en los relatos que escuchaba a los marinos sobre Socotra; me gustaba pensar que todo ello era fruto de la larga tradición del sir, o secreto, tan querido por los navegantes árabes que se reflejaba en la imprecisión al informar sobre sus lugares de aprovisionamiento. Me sorprendía el afán que mostraban en narrar toda suerte de leyendas sobre animales monstruosos, y otros peligros, para desanimar así a los posibles competidores, defendiendo de este modo el monopolio que durante siglos tuvieron del comercio en el Índico. Se decía que unas serpientes aladas custodiaban los árboles de incienso o se hablaba de islas magnéticas que desarmaban a los barcos atrayendo uno a uno el hierro de sus clavos. Para los antiguos, el ave Fénix tenía en Socotra su morada y no faltaban quienes aseguraban que era la misteriosa isla del ave Roc descrita en el segundo viaje de Simbad. Para muchos historiadores, Socotra era "la isla de los genios" del Relato del Náufrago, recogido en un papiro de la

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dinastía XII, que se conserva en L'Hermitage de San Petersburgo. Y no faltaban estudiosos que aseguraban que se trataba incluso de la isla de Gilgamesh en cuyas aguas el desolado rey de Uruk, tras la muerte de su fiel y amado Enkidú, halló la planta de la inmortalidad después de vagar por los límites del mundo conocido. Para Diodoro de Sicilia, desde las cumbres de granito de Socotra, Urano dominó el mundo antes de ser castrado por su hijo Cronos con una hoz de pedernal. En Socotra, según el mismo autor, Zeus Trifilio hizo construir su más espléndido templo. Siglos más tarde, Marco Polo escribió en el Libro de las maravillas que los pobladores de Socotra eran los magos y nigromantes más sabios que había en el mundo. Dominaban los vientos y podían cambiarlos a voluntad. Si un pirata había robado en la isla, lo retenían mediante conjuros. Por más que desplegara sus velas y enfilara el horizonte, los socotríes conseguían con sus sortilegios que un viento huracanado soplara en dirección contraria. Todas aquellas historias despertaron aún más mi imaginación y, cuando se me presentó la oportunidad, decidí viajar a Socotra. Gracias a un periodista egipcio que había visitado la isla, entré en contacto con Abdelwahab Abdala, nieto del último sultán de Socotra y nieto, también, de su visir. Juntos iniciamos una expedición, en una pequeña caravana de camellos, hacia las cumbres de Socotra, ya que no existe ninguna pista que conduzca hacia el interior. Tan solo los camellos socotríes, más pequeños que los de Arabia, podían avanzar por los cauces de piedra y ascender las abruptas montañas. Me sorprendieron los bosques de incienso, los árboles de la mirra, la multitud de dracos que parecían inmensos paraguas volteados por el viento. Aquel era un paisaje de un mundo arcaico, de agujas de piedra e inmensas rocas desmoronadas. En algunos lugares la tierra se abría en profundo desgarro. A medida que proseguíamos, me daba la impresión de retroceder en el tiempo y de que tarde o temprano terminarían por surcar el cielo enormes pterodáctilos. Y en aquellos momentos, me entretenía fabulando con la idea, quizá descabellada, de que en aquella isla remota habían sobrevivido los últimos saurios voladores hasta la época de los primeros navegantes egipcios, dando lugar a la leyenda de las aves monstruosas. Por las noches, alrededor de un fuego, se contaban historias de brujas y de yins. Aquellos hombres se expresaban en una lengua semítica emparentada con la de la Reina de Saba. Nada sabían de las fabulosas historias que los antiguos o las gentes de otros lugares les atribuían. Ni siquiera habían oído hablar de Simbad. Pero tenían otras, no menos fantásticas. Durante semanas viví en un mundo perdido. Ningún avión surcaba el cielo; ningún barco el horizonte. Dormíamos en cuevas, donde sacrificaban cabras amansándolas con hipnóticos cánticos en los que se pedía perdón a Dios por segar aquella vida necesaria para la supervivencia. Me hablaron de brujas que secaban pozos y agostaban las palmeras. Me contaron relatos de yins que adoptaban la imagen de bellas mujeres para atraer a los hombres y devorarlos. Me intrigaron las historias de los bishush, grandes pájaros que dormían en pleno vuelo y anidaban en las cuevas de la montaña: algunos años, cuando arreciaba la sequía y morían los animales, los pastores se descolgaban con cuerdas por el acantilado para robar los huevos de los bishush. Un día uno de los pastores fue engullido por una serpiente monstruosa. Una noche, cerca ya de las cumbres de Socotra, Abdelwahab me contó la trágica historia de su familia. Tras la partida de los británicos, el sultanato de Socotra, que hasta entonces era un protectorado, fue entregado a las autoridades de Adén, la capital del marxista Yemen del Sur. Los británicos dispusieron todo para que el sultán huyera en un velero a los Emiratos Árabes Unidos, pero el monarca se negaba: prefería la muerte antes que huir como un cobarde y abandonar su querida tierra. Muchos hombres de la familia fueron ajusticiados por los comunistas que pretendían ahorcar al sultán ante todo el pueblo. Pero entonces, los mahra, tribu del Yemen del Sur emparentada con los sultanes de Socotra, amenazaron a las autoridades de Adén con levantarse en armas si se atrevían a tocar un solo pelo del sultán. El monarca quedó entonces confinado en su modesto palacio para morir al poco tiempo de melancolía. A punto casi de alcanzar nuestro destino, la vegetación empezó a cambiar. Se hizo más espesa, aparecieron los helechos y los árboles tupidos. A veces debíamos arrastrarnos entre la maleza. Desde lo alto de las cumbres los arroyos se precipitaban en el vacío y su surco plateado serpenteaba hasta perderse en la llanura. Aquel era un mundo no profanado. Aquellas gentes, que en sus cuevas encendían el fuego con bastoncillos y por las noches contaban historias de yins y establecían competiciones poéticas sobre las virtudes de sus animales, permanecían en contacto con el mundo antiguo. ¿Por cuánto tiempo? © EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

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Heraldo de Aragón l Lunes 29 de agosto de 2011

ADELANTO

EDITORIAL

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Jordi Esteva emprende una expedición a las montañas de la remota Socotra, la isla del incienso y de la mirra; del ave Fénix y del ave Roc, acompañado del nieto del último sultán, derrocado por los comunistas de Adén, el ingenuo y joven Ahmed y varios camelleros en un periplo plagado de historias

AVANCE / ‘SOCOTRA’ / JORDI ESTEVA / ATALANTA

Magos, piratas e islas fabulosas

Jordi Esteva se da cuenta de que Socotra acaso sea su último sueño. ARCHIVO

Algunas noches, cuando el sueño tardaba en acudir, hacía girar la bola del mundo y la detenía con un dedo. Una madrugada, la paré en un punto minúsculo entre África y Arabia. La isla de Socotra. ¿Estaría habitada?, ¿qué animales albergaría?, ¿sería desértica o selvática? Pero en los libros no encontraba nada sobre la isla ni sobre sus pobladores. Aunque por aquel entonces, a finales de los años cincuenta, la Universidad de Oxford acababa de enviar una expedición de arqueólogos en busca del templo perdido de Zeus Trifilio y un equipo de paleontólogos que medía los occipitales de los «nativos» y les tomaba muestras de sangre para establecer el oscuro origen de los socotríes, que se seguían expresando, decían, en una lengua hija de la del Reino de Saba. El aislamiento de aquella isla del Índico, a doscientos cincuenta kilómetros del Cuerno de África y a casi cuatrocientos de las costas de Arabia, había preservado una flora y fauna singulares, con especies propias de otras eras. Aquél era el lugar donde crecían los árboles del incienso y de la mirra,ofrendados con prodigalidad en los rituales paganos e indispensables en las momificaciones de los antiguos egipcios. En la isla se encontraba el áloe socotrino, tan apreciado por los griegos para curar las heridas de guerra que, según la leyenda, Alejandro Magno, alentado por Aristóteles, invadió la isla para procurárselo. En Socotra abundaba, además, el árbol del dra-

LA FICHA

Socotra, La isla de los genios. Jordi Esteva: Texto y fotos. Atalanta. Gerona, 2011. Sale a mediados de septiembre.

gón, en forma de seta gigante, de savia roja como la sangre, que utilizaron tanto los gladiadores del Coliseo para embadurnar sus cuerpos, como los lutieres de Cremona para dar la pincelada decisiva a sus Stradivarius. Durante siglos, atraídos por la riqueza de sus resinas olorosas, indios, griegos y árabes del sur acudieron a Socotra. Tras ellos, los piratas. La isla lo reunía todo para soñar despierto, pero, durante los años en que me dediqué a vagar por el mundo, era un lugar prohibido. No muy grande, del tamaño de Mallorca, pertenecía al Estado marxista del Yemen del Sur y, según se decía, albergaba una base de submarinos de la Unión Soviética. Cuando, tras la Guerra Fría y la unificación del Yemen, se levantó la prohibición de visitar la isla, hacía años que yo había

concluido —a la fuerza, todo hay que decirlo— mi largo periplo de juventud, que me llevó a la India, al Sudán y al mar Rojo para recalar varios años en El Cairo. De nuevo en mi ciudad, tras ser encarcelado y expulsado por una infundada acusación de conspirar contra el Gobierno egipcio, el sueño de Socotra cayó en el olvido. Y allí permaneció hasta principios de este siglo, cuando recorrí las costas de Arabia y del África Oriental siguiendo el rastro de viejos capitanes y mercaderes árabes. En los puertos de Omán, tras disfrutar de un estofado de tiburón, los marinos contaban cientos de historias. La voz se les entrecortaba al evocar tempestades; sus ojos se iluminaban al recordar la camaradería entre navegantes y las amistades que tenían en Zanzíbar o en Mombasa. Cuando en una de aquellas conversaciones apareció por primera vez el nombre de Socotra, me quedé maravillado porque en mi imaginación hacía tiempo que aquella isla había dejado de ser real para tornarse en un lugar tan fabulado como la ciudad de Ubar, sepultada bajo las arenas del Cuadrante Vacío en Arabia, o el oasis de Zarzura, en las cercanías de Siwa, del que nadie regresaba cuerdo. Socotra existía. Aquellos marinos hablaban de ella. Recordaban la aparición repentina de su silueta en la galerna; una visión que les aterrorizaba. Durante meses, los vientos les impedían aproximarse a la isla, pues en caso de apuro, no era posible encontrar un solo abrigo donde fondear sus barcos. Los mismos monzones que propiciaban la navegación en el Índico, en las proximidades de Socotra lanzaban los veleros a la deriva contra los acantilados que se erguían desde las profundidades del océano. Aunque ninguno de los marinos había desembarcado en la isla, todos afirmaban con rotundidad que en Socotra sucedían hechos que, situados en otros lugares, les habrían arrancado una sonrisa condescendiente. Aseguraban que los socotríes eran maestros en el arte de lo oculto. La fama les venía de lejos. Según Marco Polo, los pobladores de Socotra eran «los magos y nigromantes más sabios que había en el mundo». Dominaban los vientos y podían cambiarlos a voluntad. Si un pirata había robado en la isla, lo retenían mediante conjuros. Por más que desplegara sus velas y enfilara el horizonte, los socotríes conseguían con sus sortilegios que un viento huracanado soplara en dirección contraria. En la isla de Lamu, donde acudía gente de toda la costa del África Oriental durante las fiestas del aniversario del Profeta, para honrarle con sus rezos y repetir al unísono los noventa y nueve nombres de Dios conocidos por los hombres, me contó un marino que en Socotra moraba el ‘Anja’, el ave Roc, el pájaro gigante de Simbad que apresaba elefantes y se los llevaba al nido. Quizá fuera el ave Fénix de griegos y romanos; el Simurg de los persas. Esa misma ave, aseguraban en las costas del Zufar, cogía a los niños y alimentaba con ellos a sus crías. Pero si uno conocía las palabras mágicas, podía invocar al ave y viajar sobre su lomo a la isla. Las historias de magos, aves fabulosas y piratas de la isla de Socotra me cautivaron. Sentado en una estera, ante un café perfumado al cardamomo, en el puerto omaní de Sur o a bordo de un velero árabe en la península de Musandam, a la entrada del Golfo Pérsico, oía a los navegantes bajar la voz pronunciando, invocando casi, el nombre de la isla en tres sonoros tiempos: Súqú-trá. Y aquel nombre tantas veces repetido acabó por despertar el viejo sueño.

Yemen Airways anunció retraso, traté de acomodarme y cerré los ojos. En lugar de volar a Socotra, hubiera preferido viajar en barco y contemplar cómo se dibujaban entre nubes aquellas montañas que tanto habían aterrorizado a los antiguos navegantes árabes. Pero ya no existían los ‘dhows’ de antes; tan sólo pequeños cargueros. Había intentado embarcar en uno de aquellos navíos. Tras un par de días en Saná, la capital del Yemen, cogí un avión a Adén, una de las ciudades más extrañas que he visitado. En el pasado había sido un importante puerto británico que dependía directamente de Bombay y desde el que se controlaba la entrada al océano Índico y al mar Rojo. La ruta de la India. Adén era uno de los lugares más cálidos y húmedos del planeta. Antes de la independencia, los británicos destinados en aquel remoto lugar esperaban con ansia el momento del reemplazo, castigando entretanto sus hígados a base de ‘pink-gin’ en el hotel Crescent. Todos consideraban a la colonia de Adén como un pozo en el que se caía y del que ya no se lograba salir. Arthur Rimbaud se vio atrapado en él cuando abandonó la escritura y pretendió lanzarse al mundo, quedando retenido en aquel puerto a las órdenes de un negociante francés de café, marfil y algodón. Desde Adén organizaba expediciones al otro lado del estrecho de Bab el Mandeb para mercadear en Harar, la muy secreta y musulmana ciudad de Etiopía. Y escribió Rimbaud: «En Adén no crece ni un solo árbol. Ni siquiera seco. No hay ni una brizna de hierba, ni un pedazo de tierra para cultivar, ni una gota de agua dulce. Adén es un volcán extinguido relleno de arena del mar. Los alrededores son desiertos absolutamente áridos. Las paredes del cráter impiden la entrada del aire y nos asamos en este agujero como en un horno de cal». Las palabras del poeta eran ajustadas. Lo que no sabía Rimbaud cuando llegó era que aquel lugar, que creía lleno de oportunidades y una mera etapa antes de proseguir con otros rumbos, sería para él un lugar maldito. Un profundo pozo cuyas paredes le resultarían imposibles de escalar. Hoy, desprovista de su capitalidad y reducida a un ‘cul de sac’ provinciano tras la guerra civil que enfrentó al Yemen del Sur con su hermano del norte por considerar que había perdido relevancia con la unificación, Adén languidecía bajo el sol implacable en uno de los climas más crueles del planeta, añorando los tiempos en que las banderas de medio mundo, al menos las de las democracias llamadas populares, ondeaban en las embajadas. Adén era castigada por la osadía de haber plantado cara a Saná. Por si fuera poco, su economía estaba paralizada por la inactividad casi total de su puerto desde los atentados de Al Qaeda contra un portaaviones norteamericano y un petrolero francés, que habían provocado la huida de los barcos a Yibuti, al otro lado del mar Rojo, o a Salalah, en Omán. Durante tres días intenté encontrar un barco a Socotra. Fui a oficinas de compañías navieras, pregunté a las autoridades, incluso alquilé una pequeña lancha y recorrí el puerto. Pero el inmenso cráter, con una pared que había cedido en parte, permitiendo la entrada de las azules aguas del mar de Arabia, apenas albergaba navíos: tan sólo un desvencijado barco con la bandera de Tanzania y otro con la bandera de Eritrea, en el que la ropa tendida al viento luchaba con violencia por escapar.

Y mañana... ‘Sadístico, esperpéntico e incluso metafísico’ de Terenci Moix


Regístrate Iniciar sesión Domingo, 19/6/2011, 12:00 h

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REPORTAJE

Los ases de la literatura viajera y su gran libro Una selección de las obras indispensables de 16 autores que han dejado huella en el género desde el siglo XX, o prometen hacerlo Jacinto Antón 27/10/2007

Los árabes del mar Jordi Esteva Impulsado por un anhelo infantil, encontrar a los árabes del mar, los navegantes simbolizados por Simbad, el barcelonés Jordi Esteva (1951) viajó a la costa de Sudán. Allí sólo encontró rescoldos de aquel mundo soñado, el de los audaces marinos que surcaron en sus dhowns el Índico desde los puertos de Arabia y dominaron las rutas comerciales viviendo aventuras fabulosas. Pero su sueño no se apagó. Viajó de nuevo años después y se dedicó a recorrer los puertos desvanecidos de aquellos beduinos de las olas en pos de sus huellas. Visitó lugares legendarios como Zanzíbar, Mascate, Socotra y la costa de los Zenj, habló con viejos pescadores, y trabó insólitas amistades. Sus periplos, con un punto crápula a lo Monfreid, conforman este libro (Península) que mezcla aventura y nostalgia, quizás el mejor del género de viajes escrito jamás en castellano. !


38 LA VANGUARDIA

C UL T UR A

LUNES, 2 MAYO 2011

CREADORES (58) JORDI ESTEVA

En busca de mundos que se desvanecen

E

JOSEP MASSOT / INMA SAINZ DE BARANDA (FOTO) n marzo del 2008, Jordi Esteva recibió una llamada de Costa de Marfil. Era su amigo Yéo Douley. “Los fetiches del bosque se han manifestado y te reclaman”, le decía con voz ansiosa. Su amigo, que a finales de los años noventa le había ayudado a introducirse en los rituales animistas retratados en El País de las Almas, le comunicaba además que la sacerdotisa Adjoua estaba muy enferma y necesitaba su ayuda. A él no le atrae volver a los lugares sobre los que ha escrito, pero la llamada le había removido sus recuerdos del país africano y enseguida reunió un pequeño equipo para viajar a Costa de Marfil, dispuesto a convertir en imágenes en movimiento las fotografías y los textos de su libro anterior. “Pensé en una película, no en un documental. Quería huir de las visiones antropológicas o racionalistas. El hilo conductor del filme es el viaje de un animista a la tumba de su padre espiritual, un viaje de retorno a las regiones donde había vivido para visitar los santuarios y a las sacerdotisas que había conocido con su maestro, pero, sobre todo, lo que me interesaba era hacer visible un mundo y una sabiduría ancestral que desaparecen”. Retorno al País de las Almas se estrenó el viernes en el cine Maldà, donde podrá verse hasta el día 4 de mayo. La película ya ha sido proyectada en 24 festivales internacionales y ha cosechado premios en el festival Black Berlín, Tailandia y Francia, entre otros. En Vermont recibió el aplauso de un público que, más allá de los tópicos del vudú, descubrió la religiosidad de los rituales animistas y en Abiyán, Costa de Marfil, Esteva comprobó la emoción y el agradecimiento de los marfileños por haber filmado ceremonias que están desapareciendo y preservarlas así para las nuevas generaciones. En cambio, tras una exposición en el Museo de las Religiones de Santiago de Compostela,

Esteva no se explica aún las críticas recibidas en una Hacer cualquier cosa requiere un esfuerzo enorme”. radio por parte de unas monjas gallegas, molestas Jordi Esteva, que, desde pequeño, cuando giraba por la aparición de mujeres desnudas asimilables, sela bola del mapamundi y apuntaba con el índice al gún su visión, a la brujería. “No supieron ver –dice el azar un lugar cualquiera para soñar viajar a él, vive cineasta– los vínculos que unen el cristianismo con en Foixà, rodeado de sus gatos y perros y de los objeestos rituales. El sacrificio es la idea central de la mitos que trae de sus viajes. Vive con euforia el derrocamiento de Mubarak, el dictador que le mandó a prisa, cuando el sacerdote repite las palabras de Cristo sión en los ochenta. “Viví cinco años en El Cairo y ‘tomad y bebed, este es mi cuerpo, esta es mi sangre’. Mubarak me utilizó para desacreditar a la oposición Se trata de la idea de un sacrificio simbólico”. y a mis amigos escritores egipcios, inventándose que Según el escritor, fotógrafo y ahora cineasta, “en yo era un agente extranjero que les financiaba. Me pleno siglo XXI, la muerte de las gallinas está fuera encarcelaron y me deportaron. Ahora, la situación es de lugar, pero los sacerdotes mantienen un gran coesperanzadora. Miles de jóvenes han conseguido acanocimiento de la farmacopea del bosque y es una lásbar con décadas de inmovilismo. Ha sido una explotima que se pierda, porque curan realmente enfermesión espontánea de una dades”. Muchos marfilegeneración que reclama ños se avergüenzan de los las mismas libertades que animistas y de su literatutiene cualquier joven occira oral, asediados por las dental. Nadie ha quemasectas cristianas y el isdo una sola bandera de lam, como signo de un paEE.UU. ni de Israel, y ha sado aldeano. sido indignante ver cómo La historia sigue más las televisiones hablaban allá del filme, puesto que, de los Hermanos Musulcon la ola de violencia manes e ignoraban a quiedesatada en el país africanes reclamaban libertad. no, Jordi Esteva ha teniHay que darles un voto de do que socorrer a su amiconfianza y esperar a que go Yéo, perseguido por se organicen para que enuna etnia enemiga. “Abicaren las elecciones demoiyán era llamado antes la cráticas sin dar ventaja a París de África. Era una los grupos integristas”. ciudad vibrante, viva, con Redactor jefe de Ajomucho ambiente musiPlossu, Hergé, Ortiz Echagüe, Curtis... blanco, autor de libros socal y cine. Ahora es una bre los oasis de Siwa, sede ciudad con edificios ]“Poetas y músicos: Hafiz, Omar Jayam, Ahmed Cheij Nabhany, Um Kulzum, Billie del Oráculo de Amón, o la desconchados; autopistas Holliday, Niña de los Peines, Robert Johnmemoria de los viejos callenas de socavones; locason. Películas: Dublineses (Houston), Le pitanes árabes que surcales de baile invadidos por Plaisir (Ophüls), El salón de música (Ray), ban el Índico en sus velelas zarzas y, sobre todo, Rashomon (Kurosawa), Man of Aran (Flaros, acaba de regresar de gente con el desánimo herty). Fotógrafos: Plossu porque me dio Cabo Verde y corrige el reflejado en los rostros. libertad, Hergé, que aunque era un dibumanuscrito de un libro soEl reparto colonialista jante encuadraba como Dios, Ortiz Echabre Socotra, la misteriosa creó un país artificial con güe por los mejores cielos –y castillos– del isla donde vivía el Ave fronteras absurdas. La zomundo de la fotografía, Curtis, que captó Roc de Simbad o dicen na donde filmé la película el espíritu de los nativos de Norteamérica, que anidaba el ave Fénix, está habitada por los y Rulfo por sus fotos cuadradas que reflela isla donde crecen los árakán, más próximos a jaban Comala. ¿Literatura? Ahora: Mauboles del incienso y la miGhana, mientras que el passant, Dickens, Sterne, E. Brontë, Jean rra, con frondosos bosnorte podría ser Mali o Rhys, N. Masud, Farid Udine al-Atar...”. ques de drago, la savia roBurkina Faso. Para colja, la sangre del dragón.c mo, el clima es agotador.

MIS MAESTROS


Domingo, 19 de junio 2011 La Vanguardia.com

Artículos

OPINIÓN

El país de las almas No conozco a nadie que haya visto estas imágenes y que haya podido olvidarlas Artículos | 04/05/2011 - 00:27h

XAVIER ANTICH

@LaVanguardia ! Jordi Esteva ha vuelto a Costa de Marfil. Ya había estado a finales de los años noventa y se quedó seis meses. Entonces, conoció de cerca a los akán y fotografió los rituales animistas de iniciación, desarrollados en estado de trance. Las imágenes de Esteva fijaron los momentos más importantes de estos rituales a través de los cuales los iniciados, después de una larguísima preparación de años, según las creencias del bosonismo, entran en contacto con los espíritus del agua y del bosque y son poseídos por ellos. Estas fotografías fueron expuestas entonces y constituyeron el grueso de un libro que en seguida fue de culto: Viaje al país de las almas (Pre-Textos, 1999). No conozco a nadie que haya visto estas imágenes y que haya podido olvidarlas.

Esteva dedicó la década siguiente a diversos proyectos. Sobre todo, a perseguir un sueño: la realidad histórica que había detrás del mito de Simbad, la naturaleza marinera de los árabes de la península saudí, casi olvidaba en beneficio de su imagen de tribus del desierto. El resultado fue un libro de viajes fascinante: Los árabes del mar. Tras la estela de Simbad: de los puertos de Arabia a la isla de Zanzíbar (Península).

Hace un tiempo, los propios akán reclamaron de nuevo a Jordi Esteva. Y, en este caso, decidió filmar una película, que ahora se ha estrenado: Retorno al país de las almas. El lunes, Josep Massot hacía aquí la crónica y el propio Esteva escribió sobre la experiencia en el Cultura/s (6 de abril). Eso nos excusa de entrar en detalles, si no es para confirmar que se trata de una


película extraordinaria e insólita, que permite acercarnos a un mundo amenazado de extinción, no sólo por el progreso imparable de un mundo que avanza no se sabe bien adónde, sino por las sectas cristianas que lo consideran un producto diabólico y que actúan en consecuencia. Y lo más extraordinario, quizás, a mi juicio, es hasta qué punto Esteva ha conseguido acercarse con respeto y mostrar la inmensa fuerza de estos rituales, que vehiculan creencias milenarias, ancestrales, a punto de desaparecer. La película de Esteva, en la distancia justa de Flaherty y de Jean Rouch, muestra sin invadir, da a ver sin explicar. Y nosotros, como espectadores privilegiados, asistimos en primera línea a alguna cosa, de enorme intensidad, que no podemos acabar de comprender del todo y que escapa a nuestra comprensión racional. Pero de la que, paradójicamente, no podemos dejar de sentirnos muy cerca. Si tienen ocasión, no se la pierdan. Memorable.!


SECCIONES DE LA EDICIÓN IMPRESA:

REPORTAJE

Los beduinos de las olas Jordi Esteva recoge en un libro sus viajes en pos de los grandes navegantes árabes JACINTO ANTÓN - Barcelona - 11/07/2006

El libro Los árabes del mar (Península-Altaïr) está lleno de imágenes evocadoras y exóticas, que se diría extraídas de los más fabulosos relatos de aventuras. Jordi Esteva (Barcelona, 1951) ha trazado en sus cerca de quinientas páginas un viaje maravilloso que arranca desde su propia infancia para acabar junto a los abatidos paramentos de una ciudad árabe encantada, perdida entre los manglares de una isla en la legendaria Costa de los Zenj, en África Oriental.

Pescadores árabes de Zufar (Omán)- JORDI ESTEVA


Intrépidos capitanes musulmanes que surcaron el Índico de punta a punta en sus majestuosos veleros, los dhows, calafateados con grasa de tiburón; humildes pescadores que en playas remotas, al volcar su cargamento de sardinas, parece que extraigan del mar plata fundida; el rastro de Simbad, el peligro de los piratas en la navegación a Socotra, recuerdos de pavorosos naufragios, la costa de Ras el Had, el lugar más oriental de Arabia y paraíso de las tortugas, los sultanatos olvidados, Mascate, Zanzíbar... De todo esto trata Esteva en su libro, periplo en pos de un sueño alimentado en mil y una lecturas y que jalona paisajes de hiriente belleza, relatos asombrosos y amistades imperecederas. "El interés por los árabes del mar, en realidad los primeros grandes navegantes, me viene de niño; imaginaba ciudades escondidas y veleros que viajaban por lugares extraordinarios", explica pausadamente, sentado en un café de Barcelona, Esteva, fotógrafo de renombre y autor de libros como Oasis de Egipto o el impactante Viaje al país de las almas, sobre el animismo africano. "Hice de esos lugares mi mundo mítico de la infancia en una época en que todo era gris a mi alrededor. Siempre me han gustado la geografía, los mapas y los atlas, y soñaba con visitar Zanzíbar, Mascate y Socotra". El libro de Esteva, que tiene mucho de autobiográfico además de crónica de viajes, suma diversos periplos (a Sudán, a Yemen, a Omán -donde se reivindica la memoria de Simbad-, a Lamu...), durante 25 años. En los primeros compases ya tenemos a Esteva en un decrépito camión rodeado de hadandauas, los legendarios fuzzy wuzzy, los guerreros de melena ensortijada de Las cuatro plumas, rumbo a Suakin, el puerto olvidado en la costa del mar Rojo. "Llegué tarde a Suakin, como a tantos lugares", dice con un suspiro, "y sólo encontré los rescoldos de aquel maravilloso mundo de navegantes árabes". Lo cierto es que su evocación de esos lugares desvanecidos, expresada con un conmovedor tono elegiaco e imágenes bellísimas, resulta inolvidable. Más aún porque el de Esteva no es el trayecto de un esteta, un literato, sino el de un viajero curtido, que no duda en meterse en tugurios, que huye de comodidades, se desentiende de horarios y sabe ver y apreciar los detalles más sencillos de la vida cotidiana. Y porque, fundamentalmente, la suya es una singladura en los puertos de la amistad.


"La gente con la que me encuentro me cuenta cosas y yo las recojo en el libro. No me baso en los viajeros occidentales -aunque sí están, por supuesto, Thesiger y Severin-. Me interesa la historia oral, deformada con leyendas seculares, más que la historia oficial. ¿El secreto de la confianza que me brinda la gente? He vivido muchos años en el mundo musulmán, conozco la lengua, las costumbres. Siempre me ha gustado la gente mayor, y que me expliquen cosas. Procuro abrirme, desprotegerme. Y que la relación sea un toma y daca. Viajar, para mí, es algo vital, iniciático, me meto de lleno. ¿Elegía?, sí, hay algo de melancólico, de un mundo que se ha ido. Fui a ver a los viejos capitanes y me contaron sus historias. Asistí a la progresiva desaparición de su mundo, la ruina de los grandes dhows, los veleros legendarios -el El Masaudi, el Fat el Karim, el Samha- hundidos, convertidos en barcas de paseo a motor para los turistas o varados en la arena, descomponiéndose como peces muertos". Son los marinos con que conversa Esteva "los descendientes directos de los que en el siglo V iban ya a la India, los que descubrieron el secreto de los monzones y atravesaron los mares afrontando tempestades, naufragios, piratas y a los malignos yins con sus cargamentos de dátiles de Basora, tejas de Mangalore, pieles y marfiles de Mombasa o porcelanas de China". "Es curioso", señala el escritor, "que se desconozca tanto la tradición marinera de los árabes, que han sido incluso más un pueblo de las olas que de las dunas del desierto".Esteva: "Es curioso que se desconozca la tradición marinera de los árabes"

!


En busca de mundos perdidos por Josep Massot. La Vanguardia

...Aunque Simbad es un personaje mítico sus relatos están inspirados en los de los marineros omaníes de los principios del Islam...

18/06/11

lunes 26 de junio de 2006

Vidas contadas           Esteva ha viajado a los lugares

Viajar no es sólo transportarse físicamente a otro lugar. Es

más remotos del planeta y se ha

también aprender a mirar con los ojos limpios de

encontrado con que la globalización

estereotipos y saber escuchar, entender a las gentes que

comunica al mundo entero, pero se

los habitan. Jordi Esteva viaja al laberinto de la memoria

ha perdido la curiosidad que da la

de mundos perdidos en busca de los mitos, los ecos. Las

extrañeza. “Antes dice– había

huellas que aún perviven, entre la fábula y la nostalgia, de

curiosidad para indagar en la

los seres que los recuerdan. Visitó los oasis de Egipto,

cultura y las costumbres de los viajeros occidentales: ahora, con la televisión e internet, ya creen saberlo todo de nosotros. En

retrató el país de las almas de los akán, entre Ghana y Costa de Marfil, dio voz a los egipcios que veían desmoronarse una sociedad de tolerancia demolida por la

realidad se quedan con los

corrupción oficial y los fanatismos, y ahora ha reconstruido

estereotipos, al igual que los

para Altair/Península, las fascinantes historias de Los

occidentales confirman en sus

árabes del mar, herederos de la leyenda de Simbad,

viajes los clichés que ya tenían

constructores con sus veleros de una antigua red de

antesde partir. La doble moral sobre

civilización en la ruta del Índico. Y en sus páginas hace

Israel y Palestina y la guerra de Iraq

hablar a viejos capitanes de una ruta desaparecida hace

hace que la gente me mire no con

cuarenta años, dispersos por ciudades fantasmas y

odio, sino con reticencia. Y yo no

puertos soñolientos del Yemen o de Omán, de Mombasa,

puedo ir dando explicaciones uno a

Lamu o Zanzíbar.

uno, diciéndoles que no tengo nada que ver con Aznar o Bush”. Esas miradas de recelo son las mismas que los árabes encuentran entre nosotros que en estos últimos

Jordi Esteva (Barcelona, 1951) nació cerca de la Plaza Molina, en una familia de la burguesía catalanista y desde pequeño surcaba en sueños rutas fabulosas. Recorría los atlas y mapas trazando en su mente rumbos de aventura e


estereotipos, al igual que los

para Altair/Península, las fascinantes historias de Los

occidentales confirman en sus

árabes del mar, herederos de la leyenda de Simbad,

viajes los clichés que ya tenían

constructores con sus veleros de una antigua red de

antesde partir. La doble moral sobre

civilización en la ruta del Índico. Y en sus páginas hace

Israel y Palestina y la guerra de Iraq

hablar a viejos capitanes de una ruta desaparecida hace

hace que la gente me mire no con

cuarenta años, dispersos por ciudades fantasmas y

odio, sino con reticencia. Y yo no

puertos soñolientos del Yemen o de Omán, de Mombasa,

puedo ir dando explicaciones uno a

Lamu o Zanzíbar.

uno, diciéndoles que no tengo nada que ver con Aznar o Bush”. Esas miradas de recelo son las mismas que los árabes encuentran entre

Jordi Esteva (Barcelona, 1951) nació cerca de la Plaza Molina, en una familia de la burguesía catalanista y desde pequeño surcaba en sueños rutas fabulosas. Recorría los

nosotros que en estos últimos

atlas y mapas trazando en su mente rumbos de aventura e

tiempos se han convertido en

imaginaba a los árabes de Zanzíbar, los pescadores de

sospechosos.

perlas de Golfo pérsico, el esplendor de la antigua Al

 

Andalus; o espiaba a los zíngaros que en los largos

      Ahora Esteva trabaja en la Isla

veranos de su infancia desembarcaban en la plaza del

de Socotra, en Yemen, un refugio

pueblo y proyectaban en enormes sábanas blancas

natural, donde los terroríficos

películas de serie B, con el miedo de que aquellos magos

monzones provocan su aislamiento

de las imágenes podrían secuestrarle hacia el misterio.

total durante casi ocho meses. Tanto, que tiene plantas endémicas y sus habitantes siguen hablando un idioma emparentado con el sabeo, la lengua de la antigua reina

Viajar también es una manera de huir y Jordi Esteva fantaseaba estrategias de fuga de una realidad que no le gustaba, la Barcelona de los años 50. O quizá porque tiene un gen melancólico y cuando se encuentra en un

de Saba.

lugar quiere ir a otro. Estudió sin ganas Económicas y

    

Letras y enseguida que pudo dejó las dos carreras y se

 

puso a hacer fotografías, colaborando con la revista de   Esta es su vocación: buscar

antropología Periplo, siguiendo el camino hippie a India o

mundos que se están yendo, la voz

recalando en El Cairo, donde estuvo cinco años. “El Cairo

de los mayores, recuperar su

es como la Sevilla del mundo árabe, un pueblo muy

memoria antes de que se extinga

antiguo, con mucha socarronería y sentido del humor; una

para siempre: “me da igual si lo que

ciudad ultracaótica, donde el tiempo corre de otra manera

cuentan es verdad o no, lo que

y las tertulias son continuas”. Era la época de la represión

   

importa es cómo explican sus mitos, cómo escriben la historia a su manera”

post-Nasser y Esteva acabó en prisión: acusado de ser el enlace exterior de un grupo trotskista, cuando “consta – dice– que en las fechas en que dicen que yo conspiraba en El Cairo con intelectuales como el escritor Ibrahim Abd el Mequid estaba trabajando para mi libro en los oasis, como así consta en los registros policiales de la zona”,

Fue expulsado del país y regresó a Barcelona. Pepe Ribas le llamó para pilotar la segunda etapa de Ajoblanco y desde sus páginas (hasta 1993) Esteva fue pionero en difundir una nueva sensibilidad libre de clichés hacia los países del Tercer Mundo. Un poco por fatiga, otro poco por su impulso nómada, dejó la revista, y la Unesco le encargó un inventario de los caravensarais y madrazas del Atlas marroquí. Pero los libro que más impacto produjeron fueron Mil y una voces, en el que recoge conversacions con artistas e intelectuales árabes y Viaje al país de las almas, resultado de su larga estancia con la comunidad akán, retratando las ceremonias de iniciación animista. “Entré en gran empatía con la sacerdotisa, cabalgada por la diosa del agua y el rey de los cazadores, y me dejaron fotografiar todo el proceso. Dominan la farmacopea, los poderes de la música y el ritmo, y practican una sabiduría ancestral que les permite conocer una parte de sí mismos a la que sólo acceden cuando entran en trance. Yo no creo en los espíritus, claro, pero eso les ayuda a superar sus problemas”. Esteva, que sólo viaja cuando tiene un encargo o un proyecto que realizar, regresó en 2002 al


de Ajoblanco y desde sus páginas (hasta 1993) Esteva fue pionero en difundir una nueva sensibilidad libre de clichés hacia los países del Tercer Mundo. Un poco por fatiga, otro poco por su impulso nómada, dejó la revista, y la Unesco le encargó un inventario de los caravensarais y madrazas del Atlas marroquí. Pero los libro que más impacto produjeron fueron Mil y una voces, en el que recoge conversacions con artistas e intelectuales árabes y Viaje al país de las almas, resultado de su larga estancia con la comunidad akán, retratando las ceremonias de iniciación animista. “Entré en gran empatía con la sacerdotisa, cabalgada por la diosa del agua y el rey de los cazadores, y me dejaron fotografiar todo el proceso. Dominan la farmacopea, los poderes de la música y el ritmo, y practican una sabiduría ancestral que les permite conocer una parte de sí mismos a la que sólo acceden cuando entran en trance. Yo no creo en los espíritus, claro, pero eso les ayuda a superar sus problemas”. Esteva, que sólo viaja cuando tiene un encargo o un proyecto que realizar, regresó en 2002 al mar Rojo y viajó a Omán y al África oriental, en busca de los árabes que navegaban por el Índico aprovechando los monzones para comerciar con sedas, marfiles o piedras preciosas. “Quise encontrar a los capitanes, ya retirados, de aquellos navíos, y logré entrar en su mundo, gente amable pero muy reservada, con una gran nostalgia. Eran los últimos protagonistas de una ruta muy antigua, que había llevado la civilización árabe por la costa africana. En Mombasa, por ejemplo, me encontré a un poeta fascinante, de lengua swahili, descendiente de los omaníes que se exiliaron allí el siglo XII, Cheij Ahmed Nabhany. Y todos ellos me contaron historias extraordinarias de un mundo que sólo existe ya en sus voces y en su memoria”.

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MIÉRCOLES 6 DE ABRIL DEL 2011

459 El país de las almas El fotógrafo Jordi Esteva narra su reencuentro con los misterios del pueblo akán, en Costa de Marfil Páginas 2 a 5

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Retorno al paĂ­s de las almas


Investigador de mundos en vías de extinción, Jordi Esteva se acercó en su día a los misterios del pueblo akán, en Costa de Marfil. De aquella experiencia nació un libro. Diez años después, el fotógrafo y escritor ha tenido acceso de nuevo a los rituales secretos de los akán, que, ahora, han quedado reflejados en una película. Este es el relato de aquel reencuentro JORDI ESTEVA

Hace un tiempo recibí una llamada de Costa de Marfil que alteró por completo mis planes. Era mi amigo Yéo Douley: –Los fetiches se han manifestado y reclaman tu presencia. ¿Regresar a Costa de Marfil? A finales de la década de los noventa, visité el país durante seis meses y conviví con los sacerdotes animistas del grupo akán, los llamados komián. Tuve el privilegio de asistir a las ceremonias de iniciación que se realizaban en estado de trance. No resultó fácil asomarme a aquel mundo secreto. Una noche, en las afueras de Abiyán, vi a una iniciada cubierta de un polvo blanco –más tarde sabría que se trataba de caolín purificador– que corría entre la maleza junto a una laguna. Estaba en trance y gritaba. Sus ojos vacíos, como si interrogaran desde el otro lado del espejo, me impresionaron y deseé conocer ese mundo. Días más tarde, en un poblado en las cercanías de Ghana, durante las celebraciones anuales de la renovación de los vínculos con los ancestros, conocí a Yéo Douley, el discípulo favorito de Jean-Marie Addiafi, intelectual marfileño que luchaba para que las creencias ancestrales de los akán –que comprendían una original cosmovisión, una rica cultura oral y un conocimiento profundo de las plantas del bosque– fueran compiladas y preservadas. Addiafi había acuñado el término bosonismo –de bosón o genio en lengua agni– para referirse a la sabiduría de los akán. Lo definía como la creencia que venera a los espíritus del agua y del bosque que entran en contacto con los hombres gracias a los sacerdotes animistas, que se dejan poseer por ellos. Durante las ceremonias, los hombres piden a los espíritus ayuda contra las fuerzas negativas y remedios para las enfermedades. Los komián también tienen poder adivinatorio y desenmascaran a los brujos. A grandes rasgos, el bosonismo coincide con otras formas de religiosidad africana, sobre todo con los cultos yoruba de Nigeria y Benín que fueron trasplantados al Nuevo Mundo con los esclavos. Los antecesores de la santería, el vudú y el candomblé. Addiafi permitió que su discípulo Yéo me acompañara al santuario de la komián Eponom Adjoua Essouman. Tras tras largas horas de espera, la sacerdotisa cayó en profundo trance y profirió un grito

desgarrador y se lanzó al estanque sagrado, poseída por Mami Watta, el espíritu del agua. A través de su oficiante –uno no debe dirigirse nunca directamente a los poseídos– le comuniqué mi propósito de atisbar aquel mundo. Le hice saber que no consideraba que sus creencias fueran supercherías, que se trataba de una sabiduría ancestral y que su olvido resultaría una pérdida para la humanidad, pues con ella desaparecerían el contacto con las fuerzas de la naturaleza y una valiosa farmacopea. Mami Watta se sumergió largos segundos en el agua para emerger de golpe cantando: “El hombre que no conoce su camino es como el viento”. Al amanecer fui invitado a participar en una ceremonia secreta y los espíritus me aceptaron. A partir de entonces, pude asistir a la mayoría de las ceremonias de iniciación por las que pasa un elegido de los espíritus hasta su entronización. Al santuario de Adjoua acudían poseídos que hablaban en lenguas

huérfano espiritual desde el fallecimiento de su mentor, Jean-Marie Addiafi, que había muerto sin conseguir que el animismo de los akán tuviera el mismo reconocimiento que las religiones supuestamente reveladas, tal como le gustaba recalcar. –Debes ayudarme para que el bosonismo no desaparezca –insistía mi amigo. ¡Cuántas veces había pensado en regresar a Costa de Marfil! Añoraba las noches bebiendo con los amigos, los tambores durante las ceremonias de adivinación cuando los komián entraban en profundos trances, las danzas rituales en los bosques sagrados o los sacrificios a los genios del río a orillas del Comoé. Y diez años después, los fetiches me reclamaban. Pero mi pensamiento estaba en otras cosas. ¿En otras cosas? ¡Cómo podía rechazar su llamada! No podía dejar escapar una oportunidad semejante. Ahora no era yo quien buscaba con timidez y prudencia poder asomarme a un mundo prohibido. Eran los mismos espíritus los que

El libro y la película tratan de evitar el olvido de lo que Esteva considera una sabiduría ancestral

En las ceremonias de iniciación de los akán emerge el contacto con las fuerzas de la naturaleza

desconocidas y presentaban evidentes signos de locura. La komián Adjoua invocaba entonces a sus espíritus para que se manifestaran y determinaran si aquel estado en el que estaba sumido el poseído había sido provocado por ellos o se trataba de una enfermedad convencional. El poseído quedaba a su cargo y su formación era larga. Cada noche, en estado de trance, Adjoua les enseñaba los ritmos con los que invocar a los espíritus del bosque y paulatinamente les transmitía el Conocimiento. Tras la publicación del libro Viaje al país de las almas (Pre-Textos, 1999) –que incluía mis investigaciones, impresiones y fotografías–, no regresé a Costa de Marfil tal como había prometido a los espíritus durante una ceremonia para agradecerles la feliz consecución de mi trabajo. Durante la última década, el país se deslizó en una espiral de violencia y tribalismo que desembocó en una guerra civil, hasta que finalmente quedó dividido en dos. Fue entonces cuando recibí la llamada de Yéo, que había quedado

así lo exigían. Sentí la necesidad imperiosa de regresar y de ver qué había sido de mis sacerdotisas y oficiantes. Decidí rodar una película. Una mañana de diciembre aterricé en Abiyán con un pequeño equipo: Jordi Tresserras, responsable del sonido; Albert Serradó y Jordi Vendrell con sus cámaras; y Carla Serantoni como productora ejecutiva. La ciudad que en otros tiempos fue considerada el París de África reflejaba los momentos difíciles que atravesaba. Los edificios mostraban las paredes desconchadas, las calles tenían el pavimento destrozado y la basura se amontonaba en las autopistas urbanas. Todo parecía decrépito y en las caras de la gente se leía el desánimo. Algunos lugares de esparcimiento, los famosos maquis de Abiyán, donde se bailaba al son del soukous y de la mapouka, y donde quería celebrar por todo lo alto el encuentro con Yéo, estaban invadidos por la maleza y por grandes árboles de raíces aéreas. Dolía ver la situación en la que se encontraba aquel país antaño próspero. Yéo,

Albert y yo nos encerramos en una habitación del Palm Club de Abiyán para elaborar el guion. –Tú serás el protagonista –dije a Yéo. –¡Pero nunca he actuado! –se inquietó. –No actuarás –le calmé–. Te interpretarás a ti mismo: un hombre de Abiyán que tras los largos años de guerra civil decide visitar la tumba de su padre espiritual para realizar un ritual de libación. Emprendes el largo viaje y de camino decides visitar a las sacerdotisas komián que conociste junto a tu maestro. Tendrás ocasión de asistir a todas las ceremonias importantes en la iniciación. Las ceremonias que tú mismo has localizado. Al final de la película, te someterás a un lavado ritual antes de postrarte ante la tumba de Addiafi. Es en cierto modo la historia de tu vida. No estoy inventando nada. Yéo se emocionó y en pocas horas elaboramos un guion que iríamos modificando a medida que avanzara el rodaje, pero que constituyó la base para comenzar a trabajar. El texto pasó de mano en mano y Albert me ayudó en la dirección. A nuestra llegada a Aniassué nos esperaba la komián Adjoua Eponom Essouman. Recordaba su santuario como un lugar alegre en el que convivían una decena de iniciados, los percusionistas y las mujeres que cantaban durante las ceremonias, que cocinaban además distintos menús, pues cada iniciado tenía sus estrictas prohibiciones alimenticias exigidas por sus espíritus. Adjoua era una mujer asombrosa cabalgada por el espíritu del agua y también por Aboyá, el rey de los cazadores. Una extraña dualidad que le proporcionaba poder y prestigio. Pero, por desgracia, diez años después de mi primera visita, el ambiente era radicalmente distinto. No quedaba ninguno de los antiguos iniciados y para colmo la secta cristiana que se había instalado junto a su santuario les bombardeaba día y noche con cantos y prédicas desde los altavoces. Sentí una gran tristeza: muchas personas del poblado habían abandonado sus creencias tradicionales para abrazar el fundamentalismo de las sectas evangelistas, metodistas, del séptimo día o de los cristianos renacidos. Por la noche, filmamos la ceremonia de posesión de Mami Watta. Cuando Adjoua era cabalgada por el espíritu del agua se tornaba una mujer bellísima y dulce. >

Jordi Esteva (Barcelona, 1951) es fotógrafo y escritor, especializado en culturas orientales y viajes. Es autor de varios libros, entre otros, ‘Viaje al país de las almas’ (Pre-Textos, 1999), que se encuentra en el origen de este reportaje, y ‘Los árabes del mar’ (Península, 2006)

En la página de la izquierda, komián Kanga el día de su entronización


Retorno al país de las almas Escrita y dirigida por Jordi Esteva. Asistente de dirección: Albert Serradó. Fotografía: Jordi Esteva y Albert Serradó. Cámaras: Albert Serradó y Jordi Vendrell. Sonido directo: Jordi Tresserras. Investigación y coordinación: Yéo Douley. Montaje: Jordi Esteva y Albert Serradó. Narrador: Yéo Douley Se estrena el 29 de abril en el cine Maldà de Barcelona. Edición en DVD y CD de la banda sonora (Siwa Productions/CNAC, distribuido por FrikiFilms)

> Recuerdo el agua resbalando

por su rostro emergiendo del estanque de nenúfares, iluminada por la luz de las velas. Una de mis imágenes preferidas de la película. Al día siguiente, tuve un duro enfrentamiento con el líder de la secta Les Hommes de Dieu que acabó en la prefectura. Pretendía impedir a toda costa que filmáramos a los brujos, como él decía. Se negaba a bajar el volumen de sus rezos, mientras intentábamos filmar una conversación con la sacerdotisa. –No podemos bajar la guardia un solo minuto –sostenía el representante de aquellos hombres de dios–. ¡Estamos en cruzada contra el demonio! A lo que el prefecto, tras ojear todos mis permisos, le recordó que Costa de Marfil era un país laico y le prohibió que aquella mañana utilizara los altavoces. Unos días después, fuimos al bosque para hacer unos sacrificios al espíritu de las rocas sagradas antes de celebrar la ceremonia de la clausura de la boca. Ritual que señalaba la entrada de la iniciada Amoin en el santuario y el comienzo de su formación. Durante la ceremonia, la joven cayó en profundo trance y la komián Adjoua le cerró simbólicamente la boca con la savia de una planta secreta para que, a partir de entonces, no hablara cuando estuviera poseída por los espíritus, ya que aún no dominaba su lenguaje y sus palabras podrían ser malinterpretadas o incluso utilizadas por los brujos.

Uno de los cámaras trepó a la copa de un alto árbol para filmar al oficiante mientras trazaba el círculo de caolín que delimitaba el espacio sagrado. En su interior, los sacerdotes y los iniciados se encontraban a salvo de las fuerzas negativas o de los brujos que podrían lanzarles flechas místicas o proyectarles agujeros también místicos, para que tropezaran y equivocaran el ritmo, consiguiendo así que los espíritus partieran y se perdiera el trance. A partir de este ritual, la iniciada debería permanecer unos dos años en el santuario recibiendo el conocimiento que le transmitiría la madre iniciadora.

terrible y la mafia, en connivencia con los más altos representantes del gobierno, seguía talando maravillosos árboles centenarios. Recordé las palabras de la komián Adjoua cuando me contaba que los genios que vivían en los árboles, al no tener ya un lugar donde habitar, poseían a los hombres. Como estos desoían la llamada de la Tierra y de sus espíritus, acababan por volverse locos. Por ello se veía a tanta gente desquiciada y harapienta que hablaba sola, deambulando por las calles de las ciudades, afirmaba con total convencimiento. Pensé que era una bella manera de explicar el desarraigo en las gran-

Diez años después, muchas personas habían cambiado sus creencias tradicionales por el fundamentalismo de algunas sectas cristianas Tras Aniassué, nos dirigimos a Bettié, nuestro nuevo destino, por una pista que atravesaba bosques y plantaciones de café, caucho y cacao. Aquí y allá, sobresalía entre la maleza la alta silueta de la ceiba, el árbol sagrado en el que viven los espíritus. Atravesábamos riachuelos y pasábamos junto a charcas tapizadas de jacintos de agua en las que moraban, me recordaba Yéo, Mami Watta y otros espíritus del agua. Los cálaos volaban en pareja y, de vez en cuando, atravesaba la pista roja un pangolín o una serpiente. El desfile de grandes camiones que transportaban troncos gigantescos en sus remolques era constante. La situación política era

des urbes africanas: Abiyán, Lagos o Kinshasa. Al cabo de unas horas llegamos ante el selvático río Comoé, de márgenes borrosos, en el que una niebla flotaba sobre sus aguas chocolate. Por fin conocí a Akossuà, la gran komián de Bettié. En su santuario las mujeres se esmeraban en cocinar ñame y plátano y en moler el caolín, la arcilla necesaria en todas las ceremonias animistas. Los hombres templaban sus tambores. Todos se preparaban para la ceremonia de la apertura de la boca. Al día siguiente. Akossuà nos advirtió que la iniciada que sería sometida a la prueba, aquella misma noche

iría al antiguo cementerio invadido por la maleza para lavarse con una poción mágica, colocada sobre una lápida, para entrar en trance y correr entre las tumbas escuchando los secretos de los muertos. Akossuà nos dio permiso para rodar y acudimos al atardecer. Colocamos unas antorchas de luz y camuflamos una pequeña cámara de vídeo entre las zarzas. Nos agazapamos tras unas matas esperando que cayera la noche y, cuando comenzábamos a perder la esperanza, oímos unos pasos. Era la iniciada envuelta en un lienzo blanco. La luz no parecía intimidarla. Se agachó para lavarse con la pócima y entonces profirió un grito desgarrador. Uno de los cámaras me clavó las uñas en el antebrazo. Habíamos conseguido filmar la posesión de la iniciada. Al día siguiente filmamos la ceremonia de la apertura de la boca. Durante este ritual, tras horas de danza frenética en estado de trance, a la iniciada le colocaron dos cuchillos cruzados en la boca para darle a beber un brebaje de hierbas y lianas. La iniciada perdió el conocimiento y sus constantes vitales se hicieron apenas perceptibles. Se trataba de la muerte mística. Pasados largos segundos, se le masajeaba el corazón y la iniciada habló en estado de trance por primera vez. Era simbólico: moría para los hombres pero renacía para los espíritus, quienes a partir de ese momento comunicarían, por boca de la iniciada, sus voluntades. Permanecimos unos días en Bet-


tié. La gran sacerdotisa Akossuà nos dijo que en pocos días los espíritus del bosque entregarían a su otro discípulo, Kanga, el fetiche que le acompañaría durante toda su vida. Después viajarían a su lejano pueblo natal, para la ceremonia de entronización como nuevo gran komián. Una noche nos dijo que su discípulo se había internado en el bosque y aún no había regresado. A la mañana siguiente, en el patio del santuario, los percusionistas atacaban un ritmo frenético y la komián Akossuà entró en trance. Los espíritus le comunicaron que su discípulo estaba al llegar. Efectivamente, no pasaron diez minutos cuando del bosque surgió Kanga en estado de trance portando su fetiche en la cabeza. Un recipiente de cobre con un amasijo de piedras, pelos de animal y elementos extraños y negruzcos. –He estado en el lugar del que no se regresa pero yo he regresado –dijo. Los percusionistas, con su ritmo endiablado, le conminaban a que girara sobre sí mismo con el fetiche en la cabeza. De pronto la música paró en seco y el iniciado habló de nuevo: –Anduve perdido durante horas en el bosque. Veía el fetiche, pero cada vez que intentaba atraparlo, perdía el trance y desaparecía. Ya de día, los espíritus se apiadaron y me permitieron coger el fetiche. Aquí me tenéis. Todos estallaron en júbilo y los percusionistas redoblaron los tambores con mayor energía. Enton-

ces sacrificaron un gallo que no cayó patas arriba, como se esperaba. El sacrificio no fue aceptado. Akossuà, preocupada por lo sucedido, llamó a dos oficiantes togoleses. Tras una ceremonia de adivinación que no dio el resultado esperado, sacrificaron a otro gallo que de nuevo fue rechazado por los espíritus. A pesar de que los presagios no eran favorables, Akossuà decidió continuar con la entronización y alquiló un pequeño autobús para viajar con los iniciados y los percusionistas a Arrah, el pueblo de Kanga. Nosotros decidimos partir antes en una camioneta, para filmar la llegada. Yéo temía por nues-

Al día siguiente, fuimos al bosque sagrado de Arrah, donde se iba a desarrollar la ceremonia al pie de una gigantesca ceiba. Kanga estaba preocupado, los augurios no eran favorables y durante casi diez horas los espíritus se negaron a entronizarlo. Permitan que no desvele aquí los acontecimientos, pero sucedieron hechos que nos sorprendieron y fue precisa la invocación del espíritu del león para que finalmente pudiera continuar la ceremonia. De día, en la plaza pública de Arrah, los komián más importantes de la región, dirigidos por Akossuà, su madre iniciadora, vistieron

Cuando los hombres desoyen la llamada de la Tierra y sus espíritus, se vuelven locos; por eso hay tanta gente desquiciada por las calles tra seguridad en aquellas pistas solitarias. Y tenía razón. Akossuà y su séquito se retrasaron y salieron de Bettié cuando oscurecía. Fueron asaltados por unos bandidos que habían colocado unos troncos en la pista para detener el tráfico. Se lanzaron con machetes para herir al chófer y le asestaron un machetazo que por suerte fue a dar contra el borde de la ventanilla y apenas le provocó una herida. Al ver a los komián pintados de caolín y a los iniciados en estado de trance, los ladrones quedaron aterrorizados, temiendo quizá su venganza, y huyeron hacia el interior del bosque olvidando los machetes en la carretera.

ritualmente a Kanga con los atributos propios de gran sacerdote animista: falda de flecos, amuletos, gorra roja con cauris y la pya o lanza sagrada. Tras una danza que podía recordar los giros de los derviches, fue entronizado como nuevo gran komián. Nos despedimos de Akossuà, de Kanga y de todo el séquito y, antes de visitar la tumba de su mentor espiritual, Yéo se sometió a un ritual de purificación para que se desprendiera de cualquier fuerza negativa que pudiera perjudicar la libación. Llegados ante la tumba, sentimos una gran emoción. Yéo se postró y le invocó tres veces para pedirle fuerzas para continuar

su legado y que no se perdiera la tradición animista. Cuando nadie del equipo me observaba, me incliné también ante la tumba de aquel gran hombre para decirle que a pesar del avance de las sectas cristianas y de que los propios africanos estaban dando la espalda a sus creencias ancestrales, no todo estaba perdido. Aunque en Abiyán y en otras ciudades de Costa de Marfil apenas se escucharan ya las voces de los espíritus, en el corazón del país todavía quedaban jóvenes como Kanga que seguían su voluntad. Y a medida que nos internábamos de nuevo en el bosque, recordé las palabras de Addiafi, el gran intelectual africano: “Mientras quede una única ceiba en pie y mientras quede un solo percusionista que se acuerde del ritmo apropiado, los espíritus estarán siempre dispuestos a acudir a la llamada”. Ya de regreso, durante más de un año, he trabajado con las imágenes y músicas que grabamos, mientras Costa de Marfil se abocaba al caos. He permanecido en contacto con Yéo Douley, con los komián y con sus iniciados. Sirva la película y el disco con la música de trance que hemos grabado de homenaje a todos ellos. La grave situación por la que pasa el país africano nos impide estrenar el filme esta primavera en Abiyán, tal como estaba previsto, pero sí en Barcelona en el cine Maldà el 29 de abril del 2011. De algún modo, todos ellos, y sus espíritus del bosque, estarán presentes. |

Arriba, a la izquierda, el sagrado río Comoé. A la derecha, komián N'Gouandi antes de entrar en trance


HORAS GANADAS El lenguaje de los tambores RAFAEL ARGULLOL · ELPAÍS.com

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TRIBUNA

HORAS GANADAS El lenguaje de los tambores RAFAEL ARGULLOL 17/10/1999

En un prólogo de 1950, escrito para la edición de su libro El África fantasma, Michel Leiris hizo una despiadada autocrítica de su texto. Aquel diario minucioso, entre poético y etnográfico, del viaje africano que había realizado dos décadas antes -De Dakar a Djibuti (1931-1933) era el subtítulo de la obra- le parecía, tras la II Guerra Mundial, un documento algo pretencioso pero sobre todo culpable de incurrir una vez más en el narcisismo europeo con respecto a las demás culturas.Traspasado el ecuador del siglo, Leiris pensaba que la confirmación de los movimientos anticolonialistas invalidaría para siempre el paternalismo occidental; y, en especial, aquel supuestamente interesado por lo ajeno que había derivado en las sucesivas oleadas de gusto por el exotismo. Radicalizada su visión por los acontecimientos políticos y por los comportamientos intelectuales en la doble Francia -la ocupada y la tutelada de Vichy-, Leiris se mostraría particularmente mordaz contra la vanguardia inclinada al exotismo, feliz con el arte negro pero incapaz de superar ninguno de los estereotipos etnocéntricos presentes en la cultura europea, al menos desde la Ilustración. Puesto el dedo en la llaga propia, Leiris hurgaba, al mismo tiempo, en la herida de toda una civilización: para medir las profundidades del narcisismo europeo, nada más adecuado que llamar la atención sobre su capacidad de amar lo exótico. La tentación meridional de la época romántica, la oriental del simbolismo o la primitiva de las vanguardias, alentadas a menudo apasionadamente por grandes viajeros y artistas sinceros, eran, convertidas en gusto colectivo, pura exaltación de la hegemonía europea. Afortunadamente para él, uno de esos artistas sinceros, además de gran viajero, Leiris no tuvo que enfrentarse a la pesadilla final del exotismo representada por el turismo masivo y por la explotación global -políticamente correcta, por ciertode cualquier supuesta minoría cultural: los paraísos prometidos convertidos en infiernos de vulgaridad. Pero, de poder, es probable que hoy día Leiris revisara nuevamente su punto de vista. Sin el optimismo anticolonialista de 1950 y sin la fe progresista que apostaba por una suerte de modernización irreversible en todos los ámbitos, su libro vuelve a tener rara actualidad. Cuando, por fortuna, ese progreso sin retorno no se ha cumplido, hemos sido empujados a la evidencia de que aquel pasado que parecía dormido o extirpado, aquella peculiaridad que parecía demasiado extravagante, aquellos mitos insoportablemente irracionales han irrumpido otra vez en la escena: informándonos sobre los otros e informándonos sobre nosotros. El África fantasma es todavía actual, o vuelve a serlo, porque suministra ambas informaciones. Paso a paso, día a día, se revela el gran escritor y atentísimo viajero que fue Leiris, cumpliéndose el juego de espejos de los relatos que penetran más allá de la piel: África, respetada pero misteriosa como paisaje exterior, se incrusta, como paisaje interior, en la mente del autor haciendo que, en realidad, sean sus propios fantasmas los que se vuelquen sobre el texto. Recordé enseguida, casi inevitablemente diría, a Michel Leiris y a su África fantasma al leer el libro de Jordi Esteva, publicado este año, Viaje al país de las almas. No pocas pistas invitaban a este paralelismo, pero había dos que lo hacían de un modo excepcional: la coincidencia geográfica y el talante. Aunque conocía bien la obra fotográfica de Jordi Esteva, incluyendo la exposición sobre estos viajes al país de las almas, lo ahora escrito, no sólo como soporte de las fotografías sino como literatura autónoma, es una crónica extraordinaria. Si en 1950 Michel Leiris desmentía en parte su libro de los años treinta, Viaje al país de las almas, escrito en la última década del siglo XX, significa una tercera perspectiva en la que, en cierto modo, tienen cabida los antagónicos pareceres del escritor francés. El África de Jordi Esteva ha vivido ya el fin de su particular utopía anticolonial y se enfrenta a una destrucción file:///Users/jordi/Desktop/Dossier/HORAS%20GANADAS%20El%20le…os%20tambores%20RAFAEL%20ARGULLOL%20·%20ELPAÍS.com.webarchive

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de la que participan sus propios habitantes. Al mismo tiempo, sin embargo, es un mundo en el que, en el confuso remolino de formas y culturas, se exterioriza la voz de la tierra. A veces con una fuerza maravillosa; otras, lánguidamente: "Cuando muere un anciano en África, es como si se quemara una biblioteca entera". No hay ni una sola gota de gusto exótico en esta enérgica y prudente incursión en el universo animista de Costa de Marfil. Las almas -los genios, los espíritus, los dioses, los demonios- pueblan los rituales y ceremonias con naturalidad, sin truculencias. Al fin, lo sagrado para otros no es necesariamente siniestro para nosotros. Cuando Jordi Esteva partió por primera vez a Costa de Marfil para averiguar cómo era el lenguaje de los tambores, quizá no sabía que, gracias a su tesón y a su delicadeza, llegaría a conseguirlo. © EDICIONES EL PAÍS S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid [España] - Tel. 91 337 8200

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Jordi Esteva (Barcelona 1951) Escritor y fotógrafo, es un apasionado de las culturas orientales y africanas a las que ha dedicado la mayor parte de su trabajo periodístico y fotográfico. Vivió durante cinco años en Egipto trabajando en Radio Cairo Internacional.. Estudió la vida cotidiana en el desierto recogida en Los oasis de Egipto (Ed. Lunwerg 1995). Redactor jefe y director de arte de la revista Ajoblanco entre 1987 y el verano de 1993. En 1994 participó en el proyecto Patrimonio 2001 de UNESCO y fotografió la medina de Marraquech, trabajo mostrado en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York (setiembre de 1994) y en la sede de UNESCO en París (mayo de 1996). En 1996 realizó un estudio fotográfico sobre la arquitectura del Atlas marroquí: Fortalezas de barro en el sur de Marruecos (Compañía Literaria 1996). En 1998 apareció Mil y una voces (El País/Aguilar 1998, Círculo de Lectores 1999), un libro de conversaciones con dieciséis artistas e intelectuales de ambas orillas del Mediterráneo acerca de las sociedades árabes enfrentadas al desafío de la modernidad. Publicó Viaje al país de las almas (Pre-Textos 1999) un acercamiento al mundo del animismo africano, en el que documenta los rituales iniciáticos y los fenómenos de posesión. En el 2006 apareció Los árabes del mar (Península/Altair): la búsqueda de los antiguos marineros de las costas de Arabia que recorrían los puertos del océano Índico con sus veleros propulsados por los monzones siguiendo unas rutas que apenas habían variado desde los tiempos de Simbad. En el 2010 estrena su primera película Retorno al país de las almas sobre el animismo africano, el trance y las ceremonias de posesión premiada en numerosos festivales . En el 2011 publica Socotra, la isla de los genios.


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