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La revista literaria de la vega nº 1Mayo 2013

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LA ISLA DE LA PALABRA Revista literaria VEGA, un nacimiento. Bienvenidos a nuestro faro de literatura en la comarca. Estas líneas deben responder a una presentación de la revista VEGA, pero primero me gustaría comentar la génesis de la misma. Nos encontrábamos Alma, Mariola, Jesús y yo departiendo en el taller de novela de Apruebamas (aquel día el trabajo del taller giraba en torno a la literatura sci-fi) y nos quejábamos de la dificultad de encontrar a personas que compartieran nuestra pasión por las letras. Estábamos convencidos de que en la comarca de la Vega del Guadalquivir tenía que haber más personas que sintieran lo mismo que nosotros, ¿acaso éramos unos bichos tan raros? ¿No había más personas cerca que gustasen de leer, escribir, sentir el venenillo de las letras? Como suele ocurrir tendíamos a generalizar injustamente: «Todo es fútbol… Pan y circo, de ahí no nos saca ni Dios… Aquí con Gran Hermano ya están entretenidos…». Era un sentimiento de abandono y pena el que me embargaba y en ese momento les propuse que lanzáramos un mensaje en una botella con la esperanza de encontrar a personas que amasen la literatura, que deseasen encontrar un lugar físico donde reunirse para compartir sus sueños literarios, que anhelasen un lugar espiritual donde poder dar rienda suelta a esa creatividad que el resto de la sociedad los obliga a esconder dentro de si mismos. Este sería el mensaje dentro de la botella:

LA ISLA DE LA PALABRA «Isla de la Palabra, latitud 37º 42´ N, longitud 5º 17´ O. Náufragos del buque La Cultura. Llevamos cinco meses en esta isla, las primeras semanas fueron duras, pero gracias a Dios la isla nos provee de todo lo necesario para vivir: libros de Hemingway, Bradbury, Foster, García Márquez, Edgard Allan Poe… Por las noches hemos encontrado abrigo en los cálidos poemas de Mallarmé, Pedro Salinas, Pablo Neruda, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Lorca, Rimbaud, Valéry, Baudelaire, Gil de Biedma, Panero… Por las mañanas nos solazamos en la contemplación de los frondosos ensueños de Dunsany, Álvaro Cunqueiro… Este mensaje no es de socorro. No es un S. O. S.; es una invitación para que naufragues con nosotros, vengas a conocer nuestra isla de la Palabra, para que compartas con nosotros tus escritos, tus lecturas, tus sueños… y permitas que nosotros compartamos los nuestros. Conferencias, presentaciones de libros, certámenes de relato y poesía, viajes culturales y mil aventuras más te esperan en nuestra isla. ¡Ven! En la isla de la Palabra. Los supervivientes del buque La Cultura, a doce de abril del año dos mil trece de Nuestro Señor».


que su autor ha trabajado intensamente en el mundo del cine y la televisión. El narrador omnisciente, es decir, la narración en tercera persona, envuelve toda la historia. Las descripciones, aunque breves, están muy bien conseguidas, lo que crea un ambiente opresivo y amenazador. Los diálogos son ágiles, lo cual permite una lectura rápida y muy amena. Podría decirse que es una de las primeras novelas de terror tal como la concebimos hoy en día y que el cine muestra con gran esplendor. Hay que recordar que fue publicada en los años setenta del pasado siglo. La casa infernal Richard Matheson

Al acercarse la medianoche, esa hora maldita en la cual la oscuridad lo envuelve todo y lo siniestro nos cubre con sus sombras, me dispongo a comentaros mis impresiones sobre mi última lectura de una novela de terror. Se trata de una novela que llegó a mis manos hace relativamente poco tiempo. Su título: La casa infernal; su autor: Richard Matheson. Obviamente, ante tal título no pude resistirme. Empecé su lectura con curiosidad pero sin grandes ambiciones y, para mi sorpresa, casi desde las primeras líneas empecé a disfrutar. Tal obra nos relata la historia de una típica casa encantada. Un millonario de avanzada edad y recluido en un hospital quiere conocer la existencia de la vida más allá de la muerte; para ello decide contratar los servicios de un científico parapsicólogo y de su esposa, a los que acompañan dos médium. Deberán permanecer en la más oscura y sanguinaria de las casas encantadas: la Casa Belasco. Vivirán en cerrados en ella durante una semana hasta que descubran la verdad del enigma. A cambio, cada uno de ellos conseguirá una considerable cantidad de dinero. El arranque de la historia y el desarrollo de la misma son altamente visuales. Su lenguaje es puramente cinematográfico. No hay que olvidar

El mal que presunta mente inunda la casa hace acto de presencia de forma progresiva en el desarrollo de la historia y los personajes tendrán que luchar no solo contra él, sino también contra sus propios conflictos personales. Una nota interesante sobre el argumento es la clara dicotomía de la lucha entre la fe y la razón, la valentía y el temor, la desinhibición y la represión. Pequeñas pinceladas dan color a una inquietante historia de terror que, como la densa niebla que envuelve y asfixia la Casa Belasco, rodea a los personajes y permite que a lo largo de la historia vayan evolucionando. Respecto al final de la historia, me ha resultado un poco insulso, pero a pesar de todo, no cabe duda de que es una historia digna de ser leída y disfrutada en una fría noche de tormenta a la luz parpadeante de una vela.


El marino que perdió la gracia del mar

Yukio Mishima

La literatura japonesa, a pesar de su desconocimiento por parte del gran público en general, es una inagotable fuente de excelentes obras. Esa tendencia de aislacionismo esta viéndose vencida en los últimos años gracias a las ventas millonarias de escritores como Haruki Murakami o Kyoichi Katayama, a la popularización del manga y el anime, a la proliferación de restaurantes japoneses y al éxito del cine de terror oriental y, en fin, a mil y una circunstancias insospechadas. Mishima es uno de los más admirados escritores japoneses. Su obra tiene fuerza, consigue horadar profundamente en el corazón del lector, que nunca quedará impasible tras la lectura. A los veinticuatro años publicó Kamen no Kokuhaku (Confesiones de una máscara). El éxito fue inmediato, arrollador. Un joven tiene que vivir su vida ocultando su latente homosexualidad, como si llevara una máscara. En esa primera obra de juventud ya encontramos rasgos característicos de lo que conformará su obra posterior: exacerbada sensibilidad, descripciones de objetos de profunda carga simbólica, importancia de la psicología, sexualidad y sensualidad. Su magnífica obra se ha visto coronada con el halo de misterio y extrañeza que su muerte produce en los occidentales. En sus escritos hay una inclinación hacia la muerte: esta es el cénit de la obra de arte. Las vidas de sus personajes están abocadas a una muerte irrevocable, los personajes hambrientos de vida o hastiados de sociedad serán engullidos igualmente por la Parca.

El hombre embravecido pronto al rumor del desenvaine. ¿Cuánto ha soportado hasta esta, la primera helada? Aún, frente a quienes se agolpen despreciando el marchitar de la flor, Esta, si un día ha de marchitar es porque ¡bien flor ha sido! Y solo por su dignidad volará al tenue viento vespertino.

Este es un sujisei no ku, poema que se compone como epitafio antes de ejecutar el seppuku o harakiri. ¡ Preparó su muerte como había preparado su literatura toda, para que fuera un acto de suprema entrega, un acto estético. El libro que os traigo entre las manos es pequeño, ciento noventa páginas en la edición de Bruguera de 1983, edición popular y barata, pero una de las primeras en traducir la obra de Mishima. Tardará poco en leerlo, pero nunca más olvidará a Ryuji, Fusako y, sobretodo, a Noburo. Unas palabras que me evocaron al leerlo que les pueden servir de resumen: humedad, sexualidad, melancolía, voyerismo, deseo, angustia, mal dad, belleza, repulsión, amor, pureza… y muerte.


El niño que quiso mirar tras el espejo Me asomé por la ventana a primera hora de la mañana. La nieve caía incesantemente inundando las callejuelas de la pequeña ciudad. Miles de copos, de un frío crepuscular, se amontonaban en los tejados mostrándome una idílica postal de navidad y, sin embargo, casi se estaba acercando la primavera. Algo tan extraño como la ausencia del canto de los pájaros, que me despertaban cada mañana al abrir los ojos en mi mullida y cálida cama. Los árboles, rebosantes de un manto níveo, permanecían impertérritos, ajenos a lo que hoy iba a suceder. En escasas horas mi vida cambiaría para siempre. Algo tanto tiempo deseado me provocaba un sentimiento de irrealidad, a mi pesar. ¿De verdad había llegado el

día tanto tiempo anhelado y postergado por las juguetonas circunstancias de la vida? Decidí ponerme en marcha sin más dilación. Cogí mi ropa interior y el traje oscuro, el cual se encontraba extendido, inerte, como un cuerpo sin alma. Ya en el baño agarré el oloroso champú que Dulce me trajo la última vez que nos vimos. Me lavé la cabeza con tanta intensidad como si fuera la primera vez que lo hacía. Me enjaboné el cuerpo cansado de la noche anterior. Demasiadas copas y descontrol, pero la ocasión lo requería, aunque yo no era muy dado a tantos vapores etílicos, movimientos de caderas y miradas lascivas desde la barra. Alcancé la suave y esponjosa toalla de un azul intenso. Me la acerqué casi inconscientemente.

Su olor todavía se encontraba impregnado en cada una de sus fibras. La estrujé contra mí, cerré los ojos y su imagen inundó cada uno de mis pensamientos. Mi adorada Dulce. Abrí el grifo del agua caliente, y un chorrito débil iba salpicando el marmóreo lavabo, anunciando una cascada de vapores. El espumoso jabón me cubría la cara y los efluvios del agua caliente empañaban el cristal del espejo. Todavía recuerdo cómo en mi primera e incipiente juventud mi padre me enseñó a afeitarme y cómo con mano temblorosa cogí la cuchilla. Pude, con más temor que acierto, afeitarme la escasa pelusa que luchaba por salir en mi rostro pueril. Me peiné una vez, dos, tres veces, sin estar convencido de la imagen que reflejaba el espejo. Finalmente conseguí encontrar el peinado con el que me sentía más cómodo. Una sonrisa me devolvió el es-

pejo dando por concluida mi sesión de aseo para mi gran día. Salí de la habitación con mi traje oscuro, mi corbata de similar color y unos gemelos dorados que pude encontrar a buen precio en una tienda del centro de la ciudad, la cual se encontraba casi perdida entre tantas y diversas tiendas, con productos de la más variopinta índole. Mis brillantes zapatos comprados para la ocasión me estaban esperando pero, a pesar de que eran cómodos, no me convencían del todo. Me probé otros zapatos ya usados en anteriores ocasiones; también eran confortables y me hacían sentir bien. Tras diversos momentos probándomelos finalmente decidí estrenar los zapatos nuevos. Eran los apropiados para este día. Un poco de colonia y listo. Cogí las llaves del coche. Primera, segunda, tercera marcha y en breves minutos estaría allí. A pesar de los innumera-


bles coches multicolores que se encontraban cubiertos de una fina capa de nieve, pude encontrar aparcamiento fácilmente. Salí del coche y un frío helador recorrió todo mi cuerpo. Pequeños copos de nieve como gotas de cristal iban salpicando mi abrigo. Subí las escaleras con un ligero temblor en mi cuerpo. Respiré profundamente. Miré un segundo atrás, el pueblo cubierto de nieve, tan soñoliento y tranquilo. Finalmente abrí la rancia puerta de madera y entré en la iglesia. El frío suelo de mármol rojizo salpicaba el largo pasillo. Multitud de bancos de madera, adornados con guirnaldas de rosadas flores rivalizaban con los tocados florales de las invitadas al evento. Brillos, sedas y satén de matices tornasolados tomaron vida propia. Mil y una sonrisas, apretones de manos y abrazos me fue-

ron acompañando hasta llegar casi a los pies del altar. —Ernesto, cariño, mira que te dije si iba a ayudarte a vestirte. Te has arreglado de cualquier manera. Los Garmendia no pueden ir dando la nota y menos en el día de su boda—comentó una mujer rubia frunciendo los labios mientras me apretaba el nudo de la corbata y me recolocaba mi peinado. —Mamá, por favor, es mi boda. Voy bien así—refunfuñé aflojándome un poco la corbata que casi llegaba a asfixiarme. «Mi madre siempre igual, siempre tiene que ser todo perfecto». —No le hagas caso a tu madre. Ya sabes cómo es ella—. Miró de soslayo a Brígida lanzando un pequeño suspiro—. ¡Estás genial!—añadió mi padre mostrándome una amplia y reconfortante sonrisa mientras me daba un fuerte abrazo. —Nuestro único hijo no puede ir de cualquier manera, Ar-

mando. Sería la comidilla en el club de campo. Bien lo sabes ya, y tenemos una imagen que cuidar. Tú más que nadie deberías saberlo, Armando—. Miró con dureza a mi padre mientras le señalaba enérgicamente con su dedo acusador. —Un lapsus amoroso lo tiene cualquiera, cariño. Además este no es ni el momento ni el lugar para sacar a relucir este tema—añadió a regañadientes mi padre. —Parece que está tardando Dulce, ¿no te parece papá?—pregunté a mi padre mientras me volvía a aflojar el nudo de la corbata —Tranquilo, Ernesto. Estará a punto de llegar, además la nieve lo mismo habrá hecho más difícil el recorrido hasta la iglesia. Respira y ya mismo todo habrá pasado. Intenta disfrutar, hazme caso—. Me dio un fuerte abrazo mirándome con sus cálidos ojos.

Un sonido seco de tacones retumbaba a mi espalda. Me giré y una mujer menuda y pizpireta se me acercó. Su moño italiano le hacía parecer más alta de lo que era, el colorete de sus mejillas le daba la sensación de lozana juventud, pero ya rondaba aquella edad en la cual los pequeños surcos en la cara se le hacían más evidentes, y el rosa chicle le brillaba en los pequeños labios de muñeca de porcelana. —¡¡Eloísa!! ¡¡Estás fantástica!! ¿El vestido qué es de Armani o Valentino?—. Miré entusiasmado a mi futura suegra dándole un par de besos en las mejillas coloreadas. —¡Ay, Ernesto, mi más adorable yerno! Sabes cómo hacer feliz a una mujer. Eres un amor. Es de Valentino. Me he tirado meses y meses buscando este traje. Hasta que al final lo conseguí. ¡¡Estoy tan feliz!!—. Una amplia sonrisa le iluminó la pequeña cara y un


mechón dorado se le escapó del estilizado moño italiano. —Estoy nervioso. Dulce está tardando mucho en llegar— le comenté a Eloísa intentando controlar el incipiente temblor de mis manos. —Tranquilo, Ernesto, querido. Dulce es así… pero ¿a que sigo estando perfecta para las fotos?—pronunció con su voz cantarina meneando suavemente su moño italiano. Me giré y miré hacia la puerta. Sus ojos almendrados, los apetecibles y golosos labios, esa nariz casi perfecta y el lunar junto a su boca. Mi Dulce, adornada de vaporosas sedas y gasas, se acercaba lentamente. Rozaba el suelo como si flotara sobre un campo de flores. Un ángel casi etéreo se aproximaba agarrada del brazo de su recio padre, de alegres carnes y abigarrado bigote. Mi corazón empezó a latir de nuevo. Volví a sentir la respiración en los pulmones.

La ansiada espera había culminado. La rescaté del brazo de su padre y pude sentir la tibieza de su mano sobre la mía. Su sonrisa y sus fascinantes hoyuelos me recibieron en la fría y húmeda iglesia gótica. Imágenes de cristos, vírgenes y cruces de madera nos rodeaban. Pilastras, hornacinas y doradas esculturas eran testigos solemnes de este gran momento en mi vida. Un reflejo multicolor procedente de las vidrieras irradiaba hasta posarse en las mejillas de mi adorada Dulce. Eché una mirada hacia una de las vidrieras que se encontraban casi en la cúpula de la iglesia. Una María Inmaculada, resplandeciente, me miraba desde las alturas. Al fin ha dejado de nevar y sale un poquito el sol. «¡Mmmmmm, qué bien! Mi adorado sol después de tantos

días de frío y nieve. Acaríciame con tus rayos, que entre prontito en calor y desparezca el frío de mis cristales tornasolados. ¡Anda, una pareja de novios! Por mucho que pase el tiempo nunca me cansaré de ver estas escenas. Son tan emotivas y alegres… y ¡qué buenas vistas desde aquí arriba! La novia tan deslumbrante, el novio nervioso todavía, los padres de él satisfechos de la elección y los padres de ella llenos de orgullo al ver por fin a su hija casada. Anda si hay hasta un jovenzuelo monaguillo correteando, se le ve inquieto, pero y… ¿el cura? No está… qué extraño… ¿Dónde se habrá metido?». La oscura puerta de madera de la sacristía se abrió. El cura apareció con una casulla blanca y luminosa, salpicado de pequeños bordados en color púrpura. Se acercó hacia nosotros. Alzó la vista hacia mí. Y por un instante la tierra

se abrió bajo mis pies con el deseo irrefrenable de tragarme y sumergirme hasta los infiernos. Una helada gota de sudor fue impregnando mi frente. Mi más profundo calor interno luchaba por abandonar mi cuerpo. Esos ojos y esa mirada intensa había estado presa durante tanto tiempo en mi memoria que llegó un momento en que pensé que formaba parte de mi ser más íntimo. Pero el tiempo hizo que se suavizara ese intenso recuerdo entre los abrazos y los besos de Dulce. Todavía puedo revivir nítidamente esos ojos infantiles, entre juegos inocentes y pedradas a los cristales, a pesar del tiempo transcurrido. Los juegos nocturnos en el bosque al anochecer, las miradas a escondidas en las clases de matemáticas y


la vara acusadora del profesor sobre mi mesa. Y más intenso fue el recuerdo abrasador de esos labios, la ternura de esos abrazos y la mirada cómplice de sus ojos pueriles. Todo surgió de la manera más natural. Fue en una fría mañana otoñal cuando un pecoso y nervioso compañero entró por la puerta de la clase. Nada de esto habría tenido importancia si los avatares del destino no hubieran jugado con nosotros. Una de tantas travesuras nos arrastró a un castigo ejemplar, lo que nos obligó a permanecer solos en clase. A partir de ese día, y en los sucesivos, fue surgiendo una complicidad y camaradería tan liviana al principio pero tan fuerte a lo largo del tiempo que, sin saber cómo ni por qué, fueron despertando sensaciones nuevas dentro de mí. Con el caer de los días, como las hojas en el otoño, me

vi sumergido en una vorágine de sensaciones y sentimientos encontrados. Mi cuerpo buscaba su compañía como agua de mayo en las noches más sedientas y mis pensamientos luchaban en una guerra encarnizada al despertar el alba. Anhelaba tanto su calor que el tiempo se ralentizaba como la imagen eterna de una fotografía descolorida. Nos buscábamos en los lugares más insospechados, ocultos de la mirada de los extraños. Vivíamos en una clandestinidad apenas soportada pero necesaria ante tantos convencionalismos y normas de una moral de hierro que imperaban en aquellos oscuros días de posguerra. Un día todo se rompió en mil pedazos cual quebradizo cristal. El chirriar de una puerta y unos ojos estupefactos nos sorprendieron en la más ín-

tima de las situaciones. Unos gritos desgarradores y una pulcra sotana oscura me arrebató la tierna realidad secreta. El dolor y las lágrimas formaron parte de mi posterior vida. La estricta moral y buenas costumbres de mi madre despertaron mi culpa y mi nostalgia casi al mismo tiempo. Nunca volví a ver al pecoso protagonista de mis encuentros clandestinos. Desaparecí en otros colegios y otras compañías más recomendables. Pasé por psicólogos, médicos y todo tipo de especímenes de bata blanca. Y pasaron siluetas femeninas como en una exhalación por mi vida. Y llegó una mujer de ojos almendrados, jugosos labios y brazos acogedores. Días de sosiego calmaron mi corazón herido y anhelante de recuperar días pasados. Mi corazón volvió a latir acompasado, tranquilo y sereno como un mar en calma tras la devastadora tormenta.

El recuerdo de esos ojos infantiles ya no rasgaba mi alma al despertar en las noches más frías, pero se convirtió en parte de mi ser como mis labios, mi respiración y mi piel. Sabía que acompañarían mi vida hasta mi último aliento. Lejanas palabras me despertaron de mis recuerdos. Un cristo famélico y triste me miraba con sus ojos lastimosos. Un rostro inundado de dolor y heridas sangrantes. —Ernesto Garmendia ¿quieres a Dulce Echevarría por esposa…?—preguntó la figura masculina cubierta de sotana y casulla blanca mirándome intensamente. Unos ángeles rechonchos de mejillas sonrosadas se abrazaban a los pies de una virgen celestial, entre algodones de nubes y girones azules de escasos ropajes.


—Ernesto Garmendia, ¿quieres a Dulce Echevarría por esposa…? Un silencio sepulcral inundó toda la iglesia. Unos ojos almendrados me miraban, inquisitivamente, esperando ansiosa una repuesta afirmativa. Yo la miraba. Ella me miraba. Él me miraba. Solo pude soltar un suspiro. Insuflé aire en los pulmones y únicamente pude decir: no lo sé, me siento confuso. Una lágrima se le escapó de los ojos almendrados. Él me miró con perplejidad y yo… yo… no pude articular ninguna palabra más. Salí con paso decidido entre ensordecedores cuchicheos de pamelas, tocados, corbatas y gemelos dorados. Me paré un momento frente al portón de la iglesia intentando calmar mi agitado corazón, que me retumbaba en el pecho como unas maracas. Eché una última mirada hacia el interior de la iglesia. Unos ojos almendrados, acuosos como un océano, se encontraban a escasos metros. Un susurro lastimero pude escuchar levemente. Miré al frente y el sol empezaba a esconderse de nuevo, entre un empedrado de grisáceas nubes de hormigón. Mariola García Fernández

Olismeando Voy a [presen]tar al mundo [A Aquel] que todo lo ha visto, Ha conocido [la tierra en]tera, Penetrado toda[s las cosas], Y en redor expl[orado] [(Todo) lo que está ocu]lto.

BOTTÉRO, Jean. La epopeya de Gilgamesh. El gran hombre que no quería morir. Trad. de Pedro López Barja de Quiroga. 3ª ed. Madrid: Editorial Akal, 2007. Colección Oriente. ISBN 978-84-460-2790-4.

Con estas palabras, descubiertas hace menos de ciento cincuenta años, se planta la semilla del árbol que comprende la literatura universal occidental: La epopeya de Gilgamesh. En el Día Mundial del Libro, celebrado en varios países desde el 23 de abril de 1996 a instancias de la Unesco, se persigue el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y los derechos de autor, raíces, tronco y follaje de este nuestro árbol literario. Pero ¿por qué el 23 de abril? La respuesta la hallamos en que se estima que fue ese día en el que fallecieron dos escritores de reconocido carácter mundial como Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. En el Día Mundial del Libro se concede en España el Premio Cervantes. El prestigioso galardón ha recaído este año en el escritor y poeta jerezano José Manuel Caballero Bonald, autor, entre otras, de Las horas muertas o Descrédito del héroe, que sentenció: «¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos, recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de nuestras propias carencias?». En el Día Mundial del Libro, el aroma que solo los libros desprenden impregnó las calles españolas. El pasado 23 de abril destacaron, en primer lugar, Cataluña, donde, en consonancia con la Diada de Sant Jordi, libros y rosas convivieron durante el día de fiesta de la anti- gua marca hispánica. También en el sur de la península, en Granada, se celebró la feria del libro, de la que el 23 fue el día estrella. No obstante, de esta feria, si me lo permiten, quisiera subrayar el papel de la asociación ACE Traductores, cuyas reivindicaciones giraron en torno al papel del traductor, ese ente invisible que permite al lector viajar a otros mundos sin moverse de casa. Por si todo esto fuera poco, las calles y las bibliotecas de numerosas localidades fueron tomadas por diferentes exposiciones librescas, actuaciones musicales y, cómo no, cuentacuentos y lectores dramáticos.


De las absurdas aventuras de Fito Lambruzón, de las vicisitudes que le acontecieron y de cómo alcanzó su sino I. De cómo Fito Lambruzón halló su sino y emprendió su misión El rechoncho Fito Lambruzón, de profesión historiador, tras largas jornadas de estudio había descubierto que era, ni más ni menos, descendiente directo de la estirpe del pantagruélico Pantagruel, del que no constaban hijos, ni legítimos ni espurios. Tras toda una vida cancaneando, Fito Lambruzón por fin había hallado su sino: grabar a fuego su nombre en la historia y devolverle a su estirpe la tragantona gloria olvidada. Sin pérdida de tiempo, Fito Lambruzón organizó un cónclave que sería la piedra angular de su empresa: reunió a los gordos más gordos de su tiempo para pedir consejo. El encuentro se celebró en la Sala de los Lípidos, engalanada para la ocasión con los retratos de Grangaznate, Gargantúa y Pantagruel, los ínclitos antepasados de Fito Lambruzón, y de las vinarias deidades Osiris, Dionisos y Jesucristo. A dicho cónclave asistieron el ilustre entre los gordos, el coplero Falete, el preclaro y amondongado vocalista El Sevilla, la no menos afamada triunfita, Rosa el ballenato, el comunista y no por ello menos orondo alcalde y diputado Gordillo, y su majestad el preeminente, sapiente e inabarcable Papá Noel. Entre opíparos ágapes, banquetes y jiras, el pingüe y docto rebaño prestó a Fito Lambruzón estas prudentes moniciones: El ilustre entre los gordos, el coplero Falete, le dijo así: «Comida acabada, amistad terminada». El preclaro y amondongado vocalista El Sevilla le dijo así: «Amigo, viejo; tocino y vino, añejos». La no menos afamada triunfita, Rosa el ballenato, le dijo así: «Pan con pan, comida de tontos». El comunista y no por ello menos orondo alcalde y diputado Gordillo le dijo así: «Comida fría y bebida caliente, no hacen buen vientre».

Su majestad el preeminente, sapiente e inabarcable Papá Noel le dijo así: «Con pan y vino se anda el camino». Tras digerir las diferentes moniciones, Fito Lambruzón emprendió su misión. II. De cómo Fito Lambruzón tomó a un negrito como compañero de misión Fito Lambruzón abandonó su hogar una soleada mañana marzal en dirección al supermercado más cercano. Allí se avitualló con los siguientes alimentos: • Treinta y siete bolsas de patatas fritas congeladas. • Cincuenta y tres kilogramos de carne roja de cerdo y ternera. • Quince arrobas de sal gorda. • Cuarenta y seis azumbres de aceite de girasol. • Ciento treinta y dos azumbres de excelso tintorro Don Simón. • Innumerables pastelitos, galletas y otros apetitosos postres. Fito Lambruzón abandonó el supermercado. Un negrito famélico imploraba en la puerta, con las sucias manos extendidas, algo de calderilla. Y estas palabras cruzaron la mente de Fito Lambruzón: «Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensada en la resurrección de los justos». Fito Lambruzón tomó al negrito y lo invitó a almorzar. III. De cómo Fito Lambruzón adiestró al negrito en el arte del buen comer Fito Lambruzón saló a su gusto la carne y las patatas, lo mezcló todo en unas sartenes inmensas y dejó que se cocinasen a fuego lento. Mientras tanto, sacó del frigorífico algunas tapas para adiestrar al negrito en el arte del buen comer. En un tono solemne, le dijo así: —Negrito, tripa vacía, corazón sin alegría; a buen hambre no duro; beber y comer, son cosas que hay que hacer; come niño rás, bebe viejo y vivirás; come y bebe que la vida es breve; con ga vacía ninguno muestra alegría; la mejor medicina es la buena A lo que el negrito, boquiabierto, respondió:

hay pan y crecela barricomida.


—En mi país no tenía qué echarme a la boca, señor. —¿De veras es cierto eso que dices? —Fito Lambruzón se quedó como paralizado; una oscura sombra cubrió sus ojos. Su voz ahora era grave—. No, negrito, no. Las cosas no son así. Debes seguir mis consejos. A partir de ahora serás mi compañero en esta misión que emprendo. Ya no serás negrito; de ahora en adelante serás Tragante, acólito del buen comer. Fito Lambruzón sacó las carnes y las patatas fritas, y juntos comieron copiosamente, y bebieron sin pudor, y colmaron sus estómagos de dulces postres hasta que, ahítos, se arrastraron hasta el sofá. —Cobra buena fama y échate a dormir —sentenció Fito Lambruzón. Durmieron plácidamente hasta el día siguiente, cuando un hambre atroz se apoderó de sus estómagos. IV. De los marranos del profesor Genéticos Desperezándose, Fito Lambruzón y Tragante se levantaron, y tras una rápida refracción consistente en un par de barras de pan con manteca colorá con chicharrones, partieron en busca de nuevas metas culinarias. Recorrieron cientos de kilómetros hasta que se toparon con una granja de marranos. El tamaño de tales bichos superaba al de los hipopótamos, lo que llamó la atención de Fito Lambruzón. Rodearon la valla que cercaba a los marranos hasta dar con la casilla en la que supusieron que viviría el ganadero. Llamaron a la puerta; un hombre de edad avanzada, con bata y cabellos blancos y gafas de culo de vaso les abrió: —¿Qué desean? —La vocecilla les taladró los oídos. —Buenos días, señor —lo saludó Fito Lambruzón—. Verá usted, mi acólito Tragante y yo, Fito Lambruzón, querríamos saber el secreto de esos enormes cerdos que usted cría, pues nuestra misión en este mundo no es sino la de devolver la tragantona gloria olvidada a mi estirpe, que no es otra que la del gigante Pantagruel. —Entiendo —chirrió la vocecilla—. Pasad, pasad. Llevo mucho tiempo esperando este momento; un oráculo me informó de vuestra visita.

La casilla albergaba una pequeña habitación que servía al mismo tiempo como sala de estar, cocina y dormitorio. El baño era minúsculo. Bajo el sillón se ubicaba una trampilla que descendía al subsuelo. Bajaron. La oscuridad envolvía lo que hubiese allí abajo. El hombre encendió la luz. —¡Voilà! —exclamó—. Bienvenidos al laboratorio del profesor Genéticos. Este es el lugar en el que me he pasado investigando los últimos cuarenta años. Veréis, el oráculo me visitó cuando yo era muy joven, con apenas veintidós años, y me comunicó que estaba destinado a ser partícipe de un hecho histórico relacionado contigo. Tras arduos experimentos conseguí manipular el ADN de esos marranos que habéis visto, y no solo han aumentado su tamaño considerablemente, sino que también es mucho más sabroso el sabor de su carne. Cenaremos chuletas esta noche. Las chuletas que el profesor Genéticos sirvió ocupaban la superficie de dos platos cada una. El profesor estimaba que el peso de cada pieza oscilaría entre las ocho y las diez arrobas. Fito Lambruzón y Tragante estaban realmente impresionados por la calidad de esa carne. El volumen del primero ya era comparable al de un becerro, y en el segundo no había rastro de su famélico pasado. Los tres se entregaron al grato sueño. V. De cómo hallaron que el profesor había muerto y los marranos habían desaparecido Ya estaba bien avanzada la mañana cuando las tripas de Fito Lambruzón comenzaron a autodevorarse. Aún soñoliento, Fito Lambruzón se levantó y despertó a Tragante. No había indicios del profesor Genéticos, que debía de haber madrugado. Frotándose los ojos, Fito Lambruzón salió a contemplar los inmensos marranos. ¡Habían desaparecido! «¿Y los cerdos? ¿Y el profesor?», se preguntó Fito Lambruzón. Con las manos sudorosas y el semblante serio, llamó a Tragante para que saliese y viese lo ocurrido, quien se echó las manos a la cabeza. Ambos comenzaron a patear el área en la que se hallaban los marranos cuando Tragante vislumbró semienterrado al profesor Genéticos. El rostro estaba completamente irreconocible, y un charco de sangre empapaba su bata blanca. —¡Fito! ¡Fito! —voceó Tragante—. ¡El profesor está aquí!


Como alma que lleva el diablo se acercó Fito Lambruzón, y tras echar un vistazo sentenció: —Han asesinado al profesor y han robado el fruto de su investigación. Esto no puede quedar así, debemos averiguar qué ha pasado. Entraron en la casilla y consultaron las páginas amarillas. —Este tiene pinta de ser bueno. Detective Siyar. Vayamos a visitarlo. VI. De cómo el detective Siyar los condujo hasta el ladrón El detective Siyar se sentaba en el sillón de su ático fumando como un carretero. La habitación estaba cubierta de estanterías de novelas policiacas y botellas de whisky vacías. —¿Un asesinato dicen? Son mi especialidad —dijo soltando una bocanada de humo y poniéndose la gabardina—. Llévenme al lugar del crimen. Una vez allí, Fito Lambruzón y Tragante contemplaron durante un par de horas las idas y venidas del detective Siyar. Finalmente soltó: —Me haría falta una copita de whisky, añejo a ser posible. Solo así pueden mis neuronas enlazar conjeturas. Entraron en la casilla para ver si el profesor tenía algo; hallaron una pequeña petaca. El detective se la pimpló de un trago. Sonrió satisfecho. —Muy bien. Todas las huellas y pistas llevan a un mismo sospechoso: el mafioso Robabueyes. Ya lleva un tiempo en búsqueda y captura. No obstante, eso es porque yo no me he inmiscuido en sus planes. Lo atraparemos, no se preocupen. Robabueyes vivía junto con su séquito de esbirros en una mansión perdida de la mano de Dios. En un denso bosque, entre grandes arboledas, ocultaban las reses robadas. Fito Lambruzón y Tragante llegaron a la mansión conducidos por el detective Siyar, que si bien no daba explicaciones de las averiguaciones que hacía, los llevó a su objetivo a base de whisky añejo. Fue Tragante el que se adelantó a sus compañeros: —Fito, detective Siyar, dejadme a mí adentrarme en sus dominios y concertar una audiencia. Me haré pasar por un candidato a esbirro. Fito Lambruzón y el detective Siyar asintieron.

VII. De cómo Tragante burló a los esbirros Tragante se adentró en las tierras de Robabueyes y pronto fue asaltado por dos de sus esbirros, altos y corpulentos. —¿Quién osa entrar en los dominios del gran Robabueyes? —Permitidme presentarme. Me llamo Tragante. Vengo a solicitar audiencia con el gran Robabueyes para optar a formar parte de su séquito. —¿Cómo sabemos que dices la verdad, negro? —Porque la palabra de negro siempre es verdadera —respondió Tragante. —Michael Jackson mentía en sus declaraciones, y era negro. —Eso es, era negro. Se volvió blanco y comenzó a mentir. Igual que la mujer es tonta en tanto que se tiñe de rubia, el negro miente en tanto que se vuelve blanco. Dicho esto, Tragante avanzó entre los esbirros que, pensativos, lo dejaron pasar. VIII. De la muerte de Tragante Un mayordomo condujo a Tragante hacia la sala de audiencias, en la que se sentaba el siniestro Robabueyes, ataviado con un esmoquin y con la cara cruzada por horrendas cicatrices. Enfurecido, gritó: —¿Quién eres y cómo has conseguido entrar? A lo que Tragante respondió: —Estimado y elevado señor Robabueyes, solicito entrar a formar parte de su séquito de esbirros, dada la incompetencia de los mismos, que sin comerlo ni beberlo, me dejaron campar a mis anchas por sus dominios. En ese momento se escucharon disparos. De repente, Fito Lambruzón y el detective Siyar entraron a matar. A su paso iban dejando un reguero de destrucción. —¡Ja!, otro más que muerde el polvo —canturreaba Fito Lambruzón. —¡Y otro más cae! —le seguía el detective Siyar. —¡Robabueyes! —tronó la voz de Fito Lambruzón—, ¿dónde están los cerdos del profe sor Genéticos? —¡En el infierno! —. Y Robabueyes sacó una pistola y abatió a Tragante. —¡No! —gritó Fito Lambruzón. Soltó una descarga de balas y Robabueyes quedó muerto en el suelo. Fito Lambruzón olvidó los marranos y corrió hacia su amigo sin vida. Su mundo se vino abajo. Sin embargo, con la ayuda del detective Siyar,


cargaron con el cadáver y abandonaron los dominios de Robabueyes.

Pusieron este anuncio en Internet:

IX. De cómo la tentación amenazó a Fito Lambruzón y de cómo se libró de ella

Se busca persona arrojada y gallarda para misión peligrosa.

Tras el sepelio, Fito Lambruzón se dirigió a una penumbrosa taberna acompañado del detective Siyar para ahogar sus penas en alcohol. Ya estaba obnubilado por el espíritu del vino cuando se le acercó una mujer alta, de tez pálida y largo cabello negro. Acercó un taburete al lugar donde Fito Lambruzón bebía y le dijo así:

No tardó en ser contestado. A la entrevista se presentó una muchacha joven, rubia y de ojos azules, que afirmó que deseaba unirse a la misión para darse a conocer al mundo y conseguir su sueño: trabajar como modelo.

—¿Qué le pasa a este pobre hombretón, tan fornido como triste? Fito Lambruzón comenzó a sollozar. La mujer lo rodeó con sus brazos y le siseó al oído rijosas propuestas. Lo convenció de que de esa forma olvidaría todos los pesares que lo abrumaban. Fito Lambruzón estaba ya en sus brazos cuando el detective, que había salido a fumar se medio paquete de cigarrillos, la sorprendió: —¡Arpía! Aparta tus sucias manos de Fito. —No, detective Siyar, esta mujer tiene razón, dejaré mi misión, que tantas vidas queridas me han costado, y me retiraré del mundanal ruido con ella. He fracasado en mi intento de devolverle a mi estirpe su antiguo esplendor. —Me estás diciendo que las muertes del profesor Genéticos y de Tragante han sido en vano, ¿verdad? Deja ya la bebida y vámonos de aquí. Mañana continuaremos la misión. Mis dotes detectivescas te aportarán algo de lo que hasta ahora adolecías.

—¿Trabajar como modelo? Nuestra misión consiste en devolverle la tragantona gloria olvidada a mi estirpe, la estirpe de Grangaznate, Gargantúa y Pantagruel. —O sea, pero es que sería súper chachi, yo solo quiero la fama, no hace falta para ello que me mueva de aquí, así no os seré un estorbo, os lo juro por la cobertura de mi móvil. El detective Siyar le encajó una bala entre ceja y ceja. —Rubia y tonta, no nos vale, mejor que sigamos nosotros solos. —Esta muerte ha sido bastante gratuita —dijo Fito Lambruzón. Modificaron el anuncio así: Se busca persona arrojada y gallarda para misión peligrosa relacionada con el buen comer.

Con los ojos hinchados por el alcohol y la rabia apoderándose de su ser, Fito Lambruzón se desembarazó de los femeninos brazos que envenenaban su espíritu de gordo. Pasaron la noche en una pensión de mala muerte y al día siguiente, tras dedicarle tres barras de pan y tres paquetes de margarina a los compañeros caídos, prosiguieron con la empresa.

Se presentó entonces a la entrevista un tipo delgado, aspirante a héroe, cuya fama de tragón se extendía hasta los límites de su pueblo. Fito Lambruzón lo sentó en una mesa y le puso ante él una olla de estofado de ternera que debía engullir en media hora. El tipo, escandalizado ante la prueba, refirió que era vegano. Fito Lambruzón montó en cólera, pues consideraba que el veganismo representaba el racismo culinario al despreciar la sabrosa carne que la madre naturaleza ponía a su alcance del mismo modo que un racista desprecia a un negro sin importarle las diversas cualidades que pueda poseer. El detective Siyar también mató al vegano.

X. De cómo pusieron un anuncio en Internet para completar la cuadrilla

XI. De cómo Fito Lambruzón alcanzó la inmortalidad

Fito Lambruzón y el detective Siyar creyeron conveniente buscar a una tercera persona que los acompañase y aportase nuevas habilidades al grupo.

Pusieron rumbo al este, a la lejana Turquía, a la que llegaron en coche tras una semana de viaje que solo interrumpían para dormir y probar las gollerías que se extienden por el continente europeo.


En esa semana los rotativos más importantes del mundo ya hablaban de Fito Lambruzón como el mayor devorador de comidas que existía en ese momento, superando incluso al protagonista de Crónicas carnívoras. Al llegar a Turquía hicieron una breve visita a las ruinas de Troya, al estilo de Alejandro Magno, pues allí en Turquía se hallaba el manjar de los manjares. Mientras tanto, el protagonista de Crónicas carnívoras, fuera de sus casillas, tomó un vuelo para Turquía. Allí retó a Fito Lambruzón a una batalla cárnica. Fito Lambruzón eligió el kebab más cercano. El más rápido del oeste gastronómico saldría victorioso. La batalla se tornó cruenta, pues la voracidad de los adversarios no encontraba parangón con la que ninguna bestia salvaje pudiese tener. Poco a poco, el protagonista de Crónicas carnívoras daba muestras de estar empachado. El público no paraba de agolparse a las puertas del kebab. No obstante, un fanático, al ver que su ídolo desfallecía, urdió su venganza. Se hizo pasar por vendedor de kebabs y atravesó el umbral. Le pidió al dueño del kebab que por favor le dejase servir un dürüm a los contendientes. Este accedió, resoplando; no daba abasto. El fanático envenenó el dürüm y se lo ofreció a Fito Lambruzón, que lo engulló como un pato y siguió comiendo. Finalmente, derrotó al protagonista de Crónicas carnívoras. Mas el mal ya estaba hecho. El veneno comenzó a hacer efecto en las saturadas arterias de Fito Lambruzón, que falleció pasada una hora del fin de la batalla. Así consiguió Fito Lambruzón la inmortalidad, tanto terrenal, donde adquirió un puesto en el santoral como san Lambruzón tragaldabas mártir, como celestial, desde donde dirige junto a sus antepasados los banquetes deales. En cuanto al detective Siyar, se exilió a los recovecos de las cordilleras nepalíes, donde pasó el resto de sus días en monacal y culinaria paz, desarrollando la nueva corriente del pensamiento lambruzonista. Jesús García Fernández Fermín Castro

Yo te saludo, ¡oh Guadalquivir! Húmedo-claro, espejado de platas. Ondeante, orgulloso, impasible y cursivo. Girones de tiempo quedan por un instante prendados en tu palio frondoso; rodeado de guardianes verdes de raíces profundas, Guadalquivir, ¡salve dios de Plata! Tú permaneces. Mientras, los ojos humanos se diluyen en polvo, humo y esperanzas vanas. Los poetas te invocaron, las civilizaciones de orgullo henchidas te dibujaron en sus mapas, creyéndote suyo, líneas de sueño. Pero, ¡oh, Dios de humedad! ¡Sigue durmiendo! Tu sueño de agua, de barro y… tiempo.


Luz de luna… que anuncias una fría noche oscura. Protege y ayuda… a esa pareja que se apresura a despojar una piel que no disimula… ese poderoso amor que ambos juran… tan imprudente… como confuso… que navega febrilmente por un mundo incoherente… sin pasado, futuro o presente.

Alma-Raquel Martínez Delgado Tú, manto de energía… me abrigas cuando me siento sola y perdida… verte sana corriendo tras esa manzana prohibida que forma tus sueños en forma de vida... hace que me sienta querida y eternamente satisfecha… por poder tenerte, orgullosa de verte y saber que eres la mayor de mis suertes… detalle de tu amor silencioso encuentro siempre oculto en esos inmensos ojos de color marrón verdoso… ojos que me miran siempre con exaltación... la misma que siento yo al oír tu grave voz.

Saludando al corazón con la mano, me dice la espalda de tus brazos. Hilos en cruz de madera nos mueven al invitarlos, las marionetas sin labios. De gesto impaciente distrae el tiempo, tiempo que nos pertenece y si no lo entiendes,abocamos el olvido de ambos. Jesús Fei García

No te conozco bien… pero percibo que la inseguridad que encarcela tu alma no te hace ningún bien. Quiérete con determinación, quiere al que te demuestre con hechos y detalles que te ama a ti… bien sea sangre o amistad. No quieras por obligación. Hazte valer sin creerte por encima de nadie. Tu fuerza nace de tu interior y no de los ojos de ningún traidor. Busca y encuentra tu bienestar. No esperes que la vida te sonría y ni que los que te rodean te saquen de donde te hundiste, porque fuiste y serás tú… tu propio salvavidas. Alma-Raquel Martínez Delgado


Una rareza

Te fuiste a meter con la mujer equivocada… ¿el por qué lo sé? Porque ya te lo advertí ayer… si te crees que conmigo vas a poder… comienza ya a correr… pues tu mente me conozco bien y eres el ser que ni su sombra es capaz de vigilar… mas yo hasta de mi defectos… un arma de efecto saqué… ahora dime… ¿tan mierda vas a ser de pegarme otra vez?

La mayoría de los clientes no se fijan en mi…y no los culpo yo… yo soy un poco raro…creo. Muchos presentan un porte lustroso, una bella estampa…son extraordinarios. Mi imagen tampoco ayuda, es anticuada y recargada, no voy a la moda… podría decirse sin temor a mentir que soy más bien de otra época. ¡Ah! Cuando los veo tan novedosos, tan relumbrantes. De ellos todo el mundo opina que son brillantes, además siempre están en los lugares más visibles para los clientes…yo me tengo que conformar con este lóbrego rincón. Los clientes rara vez se fijan en mí, siempre vienen buscando a los otros, esos que son tan numerosos, esos que tienen tantos hermanos del éxito. Me consuelo diciéndome: <<lo importante está en mi interior… más vale calidad a cantidad>>. Pero resulta evidente que esa filosofía no es la delos clientes, ellos vienen a por… -Shissss, Ahí vienen unos clientes. -Cariño ven mira éste…parece muy interesante. -¿Ese? ¿Es un “ Danbron, “Kenfolle”, o esa otra que está ahora tan de moda, la “Lamberg”? - Cathania D. C. -¿Cathania? No me suena…que raro. -sí, lo es…parece original… -¡Bah! Olvídalo…ven, vamos a la sección de novedades y “besseller”. -¿Y que hago con éste? -déjalo ahí en su sección de rarezas.

Fermín Castro


Desde Krypton con amor Hola amigos os escribo estas líneas desde mi fría casa en Krypton. Estoy convencido de que mis primeras letras no fueron a través de cartillas Rubio, sino que probablemente se realizaron en un Mortadelo o un T.B.O.; no lo recuerdo pero intuyo que debió ser así. Soy un lector voraz y nunca he abandonado el placer de leer comics.

Desgraciadamente hay muchas personas que desprecian los comics, lo tachan de infantil y falto de verdadero interés cultural. Es una actitud que encierra prejuicios y además injusta. En el mundo del comic ocurre lo mismo que el mundo de la literatura, que hay obras magnificas, obras normales que cumplen su co-

metido, y otras que son basura Pero generalizar lleva siempre a cometer injusticias. Primera reflexión: el comic tiene su propio lenguaje narrativo. Segunda Reflexión: el comic es imagen directa del dibujo e indirecta del texto narrativo. El poder de la imagen invade todos los lenguajes narrativos, desde el comic al cine, pasando por el teatro o la narrativa. La imagen es el

paradigma estético de nuestra época de ahí la influencia cada vez mayor del comic. Se produce una retroalimentación de temas y estilos y como ejemplo de está influencia y mixtificación la encontramos en el boom que ha experimentado la novela gráfica. Después de estas reflexiones, a modo de introducción de esta sección en la que desfilaran los


más grandes dibujantes, guionistas y personajes del comic, disparamos en este número con: Will Erwin Eisner (1917-2005). Hablar de Eisner es hablar de la historia del comic, ya era famoso en los años cuarenta gracias a las tiras de su personaje emblemático The Spirit, era un tipo de comic clásico, estereotipado pero con un dibujo ágil y divertido. Evoluciona, madura su arte y en 1978 da comienzo la serie de obras suyas que se catalogan como novela gráfica. Se inicia la serie con Contrato con Dios, novela gráfica compuesta por cuatro relatos independientes pero que son participes de un espacio común: el Bronx de los años treinta. Historias de dureza social, marcado estudio psicológico de los personajes, una forma de narrar nueva y sugerente. Adulta. Después escribiría Vida en otro planeta, una novela gráfica de CiFi con numerosos personajes dando a la historia un aspecto poliédrico muy interesante. Su trabajo es muy productivo destacando El Edificio, El Sueño, Último día en Vietnam, solo por nombrar algunos de sus títulos más célebres. Eisner es el guionista y dibujante de historias de gente anónima, a veces vulgar. Un buen biógrafo de la vida urbana del siglo XX.

En Eisner podemos estudiar la evolución de la historia del comic, su trabajo es la historia del comic en el siglo XX, su evolución es la del propio comic. Un autor antiguo y moderno. Capaz de crear The Spirit y años después Contrato con Dios. El premio más prestigioso del comic lleva su nombre, es el autentico Óscar de los comic, todos ansían tener un Eisner. El comic que proponemos este mes es: Viaje al Corazón de la Es la obra más autobiográfica de todas, y una autentica obra Tormenta maestra del arte de escribir guiones y de plasmar una historia en viñetas. Personal, dura, intima, honrada…no dejará al lector atento indiferente. Bon appetit y hasta la próxima reunión. Fermín Watchmen


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