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ADELANTO DEL LIBRO “ECOS DE LA ALHÓNDIGA” Por Francisco Baquero Luque

LAS ROSAS DE PITIMINÍ DE MI MADRE

Era un rosal plagado de alegres y

pequeñas rosas blancas de pitiminí, que

orlaban las jambas y el dintel de la ventana del dormitorio del Cortijo de la Alhóndiga por la parte exterior. Mi joven madre, trémulo y precioso trasunto de aquellas delicadas rosas, llegó al cortijo tras su boda con mi padre en 1.928 y, plantó el trepador arbusto. Le gustaban, y cultivaba, todas las plantas propias del hogar. Un aciago día en marzo de 1.936, mis padres y sus dos hijos (niño y niña de cinco y tres años respectivamente) se fueron a vivir al pueblo en la entonces llamada calle “En medio” y, en una vivienda contigua al solar en donde después se construiría el Teatro, José González Marín. Y, vino la incivil guerra; y pasaron en Cártama y en mi familia muchas cosas que vieron mis ojos atónitos y laceraron mi corazón que, no obstante, Dios me conservó y conserva limpio de rencores.

Con unos dos años y medio, sobre mi madre la mano y, la tía Pepita que vivía con nosotros

Tomada Cártama por los nacionales el 9 de febrero de 1.937, mi padre regresa de la sierra en donde estuvo siete meses refugiado tras escaparse del coche en el que le daban el “paseo” de la muerte. Recoge a mi madre y sus tres hijos (uno nuevo le había nacido estando en la sierra) de casa de mis abuelos en el Cortijo “El Convento” cercano a Alhaurinejo y de nuevo se instala en Cártama pueblo. Le habían matado a su padre y a un cuñado.

Mi madre, acompañada de una amiga de cuando estaba en el cortijo de la Alhóndiga, decide ir a éste dando un paseo para ver que era de su antiguo hogar. Me llevó con ella. No más llegar, lo primero que hicimos mi madre y yo fue ir a ver su rosal. Estaba mustio, sus hojas color sepia anunciando su fin vegetal, pero aún, inexplicablemente, conservaba verde un largo tallo del que pendía una grácil y diminuta rosa blanca. Mi madre, con su cara chorreada de lágrimas incontenibles, se apresuró a cortarla y la mimaba como un relicario de recuerdos. Retornamos al pueblo por el camino del Cerro del Molino y, ya en casa, ella puso la blanca joya vegetal en estrecho ramilletero de cristal con agua que dio nueva vida a la flor. Cuando sus hojas amarillearon y empezaron a caer sobre la mesa de alas, mi madre besándolas, las fue colocando entre las hojas de su devocionario en donde perduraron largos años. [ 26]

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Revista desde la atalaya de cartama vol 2  

Revista de la Asociación de Vecinos Atalaya de Cártama. Con noticias de actualidad, deportes, cultura, entrevistas y opinión.

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