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MAGISTER DIXIT

Asley L. Mรกrmol Rara Avis Novela


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Asley L. Mármol

Página del Autor Asley L. Mármol: (1977, Ciudad de La Habana, Cuba.) Poeta y novelista. Cursó estudios superiores de Lengua Española y Literatura en la universidad pedagógica de La Habana Enrique José Varona. Desde 1996 trabajó como subdirector de la revista literaria Jácara editada por el Grupo de Escritores homónimo. Publicó en ese mismo año el cuaderno de poesía El Cuerpo Vivo (Ediciones Jácara). Trabajos suyos aparecieron en diversas revistas y periódicos cubanos. Su Libro inédito Por el oscuro sendero, fue finalista del premio nacional cubano “Pinos Nuevos” en la convocatoria para 1999. Fue incluido en la antología de poetas cubanos titulada Cuerpo sobre cuerpo (Letras Cubanas, 2000). En Holanda, donde vivió desde finales de noviembre de 1999 hasta mayo del 2001, participó, como colaborador acreditado de la revista cultural bilingüe Amsterdam Sur. Trabajó como Jefe de Redacción del portal noticioso cubanueva.com. En Los Estados Unidos, ha colaborado con las revistas: Encuentro (España), Ideal (Miami), La Nueva Cuba (Miami), los periódicos: The Political Reporter (New Jersey), La Palma (West Palm Beach), El Latino Semanal (West Palm Beach). Trabaja en estos momentos en su segunda novela que Editorial Sigla publicará en el 2010.

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Novela

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© 2009, Editorial Sigla © 2009, Asley L. Mármol ISBN: 0-144-04990-8X EAN-13: 978-1-440-49908-1 Depósito Legal: TXu001030705/2002-04-26 Impreso en U.S.A – Printed in U.S.A

Todo los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni íntegra o parcialmente, mediante ningún medio; ya sea electrónico, mecánico, fotoquímico o por fotocopia sin autorización previa y por escrito de la Editorial.

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Editorial Sigla ofrece varias colecciones en distintos géneros literarios. Nuestro cometido es ofrecer al lector obras de la más alta calidad. Para conocer sobre nuestro catálogo y autores:

www.editorialsigla.com

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Para las cuatro luces de mis dĂ­as: Ericca, Emilie, Yeni y Mercedes. Ustedes son cada signo de este libro, calladamente...

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NOTA DEL AUTOR

Aún recuerdo su mirada implorante, sus puños cerrados golpeándome y luego un silencio de muerte. Mi mente no reconocía la realidad alrededor. Cuando me percato que todo es real y reafirmo que estoy vivo, capaz de palpar la sangre que sale de mis heridas, comprendo que solo tengo unos minutos para escapar. El fuerte dolor en mi cabeza amplificaba la confusión. Las imágenes de los acontecimientos recientes se hacían más nítidas a cada instante. Intento sobreponerme al espanto. Corro, me alejo de aquel lugar, de los restos del ser que destruyó para siempre nuestras existencias. Quizá ellos tenían razón, una vez que se intenta penetrar determinados senderos el fracaso tiene un alto precio; pero nunca imaginé que todo terminaría de esta forma. Lo único que me queda es la satisfacción de la redención. Acaso mi alma no tenga salvación pero mi conciencia quedó limpia. Nada más reconfortante que redimir a un ser que llevo muy dentro; incluso aunque esto signifique no poder compartir el tiempo nunca más, no poder palparla junto a mí. Aunque el dolor sea tan grande, a la vez siento una incomparable sensación de paz. 11


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I

Al principio, fue Pitágoras... —Piensen; lo primero es la semejanza. No se resuelve nada con decir que la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Antes está la semejanza. He ahí el mágico abismo... ...la numerología... —Cientochenta, el resultado constante de la suma de los ángulos interiores del triángulo. Uno, ocho y cero; suman interiormente nueve; nueve, tres veces tres; tres, el equilibrio, el número perfecto, la forma perfecta: el triángulo... Fausto era un ser extraño. Cuando hablaba, era capaz de hacer vibrar nuestros oídos con una especie de grito melódico, de voz gruesa y pálida a la vez que siempre se robaba la atención de los demás. Su manera de expresar las ideas confundía pero provocaba el aplauso espontáneo de cualquier auditorio. Cuando se paró ante nosotros por primera vez en el aula, nos reíamos de su aspecto arcaico, de persona empolvada y amarillenta como un viejo códice olvidado. Pero solo hizo despegar los labios y al instante éramos sus presas. Él se sabía capaz de ello y mucho más. Justo 13


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allí debe haber reparado en Magda quien siempre se sentaba junto a mí en las primeras mesas a su derecha. Estoy casi seguro que fue en ese mismo instante pues lo que siguió inmediatamente a ello fue terriblemente directo, directo y crudo... —El número siete, a la pizarra, por favor. Magda se levantó y fue hacia el frente. —Tome el cartabón y trace un triángulo abecé, cuyo ángulo be sea de noventa grados. Inserte en él una altura cedé. Observe; ¿cuántos triángulos hay ahora? La miraba con el rostro inconmovible. —Tres —responde nerviosamente. —Delimítelos. —Adecé; bedecé y abecé que enmarca a los otros dos. —¿Cree usted posible que dos de estos triángulos aparentemente desiguales, puedan ser semejantes entre sí? —Me parece imposible. —¿Cómo puede usted ser tan rotunda? —su mirada se volvió aún más incisiva. —Porque es evidente la diferencia de tamaño. —¿Y desde cuándo el tamaño desasemeja a los objetos o a los seres? No me responda. Piense. Usted misma; ¿es acaso diferente a esta otra muchacha porque entre las dos medien diferencias de talla o de estatura? No me responda. ¿No serían verdaderamente diferentes si la inteligencia de una superara a la de la otra? ¿En estos triángulos, le pregunto, hay alguno más inteligente que el otro? 14


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La última frase provocó la hilaridad del auditorio. Magda estrujaba la tiza entre sus dedos. —Claro que no profesor. —¿Le sigue pareciendo imposible la semejanza entre ellos? En el asiento Magda mantuvo la vista concentrada en su cuaderno. Yo le rozaba la mano a cada rato para tratar de calmarla. Estaba nerviosa. El profesor Fausto concluyó la clase. Nos dispusimos a salir. —Número siete, acompáñeme a la cátedra. Nos miramos el uno al otro sorprendidos. Magda asintió y fue detrás del hombre. —Diga usted profesor. —Magdalena Casals. ¿Ese es su nombre, no? —Sí, pero prefiero Magda. —Claro, es mucho más... sensual, ¿no le parece? —Pudiera ser. Diga usted. —Quería disculparme por el mal rato que te hice pasar en clase. Me pareció necesario que comenzaras a salvarte. —¿Salvarme? —Sí, salvarte de la superficialidad que campea en la mayoría de ustedes. Es necesario que comiences a comprender. —¿Comprender qué profesor? —Comprender que siempre hay más allá de las apariencias, que nada es casual, que los números no son simples rasgos prácticos o simbólicos, que a través de ellos puedes llegar a descubrirte a ti misma y tal vez descubras muchas otras cosas. —No lo entiendo profesor. 15


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—Claro, déjame mostrarte. Yo estudié matemáticas al principio por puro interés científico. Tú llegaste a este lugar para lograr tus aspiraciones o tal vez forzada por las circunstancias. Yo descubrí, con el tiempo, que el universo es verticalmente más profundo de lo que las ciencias ateas pretenden. Tú te diste cuenta de que podías aspirar a mucho más de lo que estas paredes te proponen. Yo definitivamente llegué a la misma conclusión con respecto a mí. Luego ambos nos damos cuenta de que no podemos hacer otra cosa que aguardar a que el tiempo nos reinserte para siempre dentro del curso de nuestro sino. Así, resulta que estamos unidos por la misma fatalidad temporal. Todo ello se entrevé en las relaciones filosóficas de la verdadera ciencia, a través de los números. Tú por ejemplo, no es nada casual que seas el número siete. ¿Sabes el profundo significado de este número? Claro que no. Ustedes ya no saben nada; pues bien el siete es el número de la inmortalidad, de lo divino, del tiempo y el espacio; es el único número en la década que no tiene ni factores ni productos: es el número por excelencia, la más pura de todas las cifras. Observa; tú eres el siete y yo para ustedes, al menos dentro de mi clase, debo ser lo uno. Así, siete más uno suma ocho. El ocho, el número de la plenitud. ¡Te das cuenta ahora! —Discúlpeme, profesor, usted habla de un modo muy extraño. —Te puede resultar extraño, pero poco a poco comprenderás. Piensa siempre que eres siete y siete es el número de la Totalidad: Siete el período de los días en que suceden los movimientos astrales, cada siete años ocurren profundos cambios en la vida 16


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y en la naturaleza del hombre, siete son los pecados capitales, así mismo las virtudes cardinales. Emplearía toda la mañana en enumerarte sus significaciones. Lo importante es que conozcas que a través de los números la armonía universal se manifiesta a nuestros sentidos y que en el más leve movimiento yace una honda significación, indescifrable, hasta el momento en que entendamos que debemos desenterrarla. Tú eres siete, yo lo uno y nuestra suma ocho, recuérdalo. Ahora puedes irte. Tengo que trabajar. La observo acercarse con el semblante turbado. Caminamos juntos hacia un banco de la plaza central. —¿Qué te dijo? —Nada de importancia. Que no debía ser tan absoluta, que una persona verdaderamente inteligente analiza todas las posibilidades y otras cosas por el estilo. Hablaba con naturalidad. Pensé que decía la verdad. Magda, desde ese mismo instante, comenzaba a temer.

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II

¡Formen! Poco a poco la muchedumbre se fue concentrando en el centro de la explanada donde se realizaba el matutino, actividad detestada por todos nosotros y a la que teníamos asistir sin objeción. Allí esperábamos la llegada del ómnibus de profesores soportando las picadas y zumbidos de los últimos mosquitos de la mañana. Mientras los docentes desayunaban, actividades de distinto género tenían que efectuarse, en dependencia del día de la semana; lectura de noticias, representaciones escénicas de pasajes históricos en recordación de fechas políticamente significativas, lecturas dramatizadas de poemas épicos también alegóricos a los sucesos de nuestra historia reciente o simplemente reprimendas por anormalidades ocurridas la noche anterior o algún discurso especial cuando era necesario que entendiéramos alguna nueva ley o medida en la escuela, en el país o donde fuera. Era lunes y como cada lunes, debíamos soportar la tediosa charla del profesor Raúl. Este era un suceso que por su supuestamente alto contenido de valores educativos nos situaban precisamente los lunes, al ser este el día en que más desanimados estábamos al sabernos solo en el comienzo de la semana de tedio. Era el día en que necesi18


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tábamos regresar a casa más que nunca y en que odiábamos todo por sabernos cautivos a pesar de la inocencia. «...porque la actitud de muchos de ustedes en este lugar es sumamente indigna. Los estudiantes que se niegan a cumplir las estrictas normas que deben observarse en un centro como este, deben ser castigados. Nuestro claustro de profesores se esfuerza por ser espejo de corrección. Eso es admirable y cada uno de ustedes debe imitar esa conducta...» —Oye, Jesús; acuérdate que hoy estás de guardia —me dice la jefa de grupo. «...No permitamos que en los tiempos modernos se destruya la decencia. Convirtámonos en celadores de la corrección. No permitan que se aleje de ustedes la cordura...» —Sí, no se me ha olvidado. ¿Con quién me toca? «...Busquen incesantemente el agua del bien. Alrededor de ustedes está, bébanla...» —Con tu profesor de matemáticas. «...Deben acercarse con más frecuencia a sus maestros. Que ellos dirijan cada nuevo paso que emprendan. Que sean ellos ejemplo para ustedes. No lo olviden.»

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III

Los acontecimientos parecen tentarte hacia la hebra que debes ceñir en el enorme hilado del universo. Una vez que la tienes en tus manos comienzas a pulsarla ansiando el camino que piensas puede sacarte de la nulidad de la existencia. Anhelas encontrar súbitas justificaciones. Pero una vez que te das cuenta de que en el nuevo camino no hay una gota de claridad, intentas zafarte de todo, regresar al inicio de pasmosa quietud donde nada sucedía. Mas la posibilidad del regreso no existe. Debes enfrentar el gesto de tus pasos, el derrotero de tu vida. Inevitablemente los eventos me fueron conduciendo hacia la prédica de mi profesor de matemáticas. Este no era un hombre usual, su elemento esencial eran la idea y palabra. Capturó mi atención y me condujo hacia algo fundamental: la duda. —¡Número quince! De guardia en mi equipo. —Sí, profesor. Hasta las doce de la noche. —Me alegra, así conversamos un poco. ¿Jesús es tu nombre, no... Jesús Del Monte? —Tiene muy buena memoria —le dije. —En realidad no es exactamente la facilidad de retención 20


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lo que influye, aunque está muy vinculada, desde luego. Hay nombres que no se borran fácilmente: Jesús Del Monte. —¿Qué tiene de especial? —¿Cómo? ¿No sabes qué tiene de especial? —No realmente. —¿No has tan siquiera hojeado La Biblia? —¡Ah, por eso! Claro que sé. Es el nombre del Cristo. —Sí, pero hay algo más en tu nombre al respecto. Lo miré contrariado, como si la ignorancia me pesara en el rostro. —No lo sabes. Seguro que sí te sabes de memoria los pormenores de la vida de cualquier cantante famoso o la lista de fortunas más grandes del mundo. —Tampoco soy tan superficial. Comenzó a hablar ahora con la mirada extraña... —Jesús va con sus discípulos a un monte, pasa la noche en profunda meditación. Por la mañana baja al llano, escoge a doce elegidos de entre sus seguidores y luego esparce sobre todos sagradas enseñanzas. Este es uno de los pasajes donde Jesús demuestra su comunicación suprahumana con lo Superior. —¿Y usted cree todo eso profesor? —Creer es algo muy serio, sabes. Quizás piense que es algo misterioso digno de descifrar. Así intento rebasar mis propios límites; pero en quienes piensan como tú veo la ceguera eterna. Callé por respeto. Él continuó. —El hombre ha pretendido vivir de espaldas al gran misterio 21


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de todo. Para ello se ha valido de los más triviales y absurdos medios. Luego de tantos siglos de esfuerzo se ha visto tan en pañales como al principio, el Misterio siempre lo sorprende. Tú, por ejemplo, ¿no crees posible nada de lo que te digo? —No, no creo. —Para ti todo es un producto del caos, de una mecánica natural espontánea. —Yo creo que la ciencia lo explica muy bien todo... —¡Ah, la ciencia! Otro de los grandes mitos modernos. La gran posibilidad de una lógica inexpugnable, de una razón indestructible. ¿Qué sabes tú de un científico?¿Sabes cuál es el arma mayor de la ciencia? —La lógica científica, la experimentación. —La iluminación. Ese es el sustento de todo verdadero acierto científico. ¿Qué ha hecho el hombre sino redescubrir, nombrar, definir dentro de lo ya existente dentro de la creación? El propio Darwin, en esencia, valiéndose de unas pocas coincidencias imaginó toda una teoría que se postuló como indestructible y definitiva, lo cual hoy no es así. Lo importante es que, al igual que Cervantes creara de un producto iluminado de su mente, un personaje que más que ficción ha sido carnal transeúnte de nuestros tiempos; así, muchos científicos han intuido realidades hoy acertadísimas. La verdad es que entre lo que se ha llamado ciencia y el misterio divino no existe contradicción alguna. Ambos se basan en presupuestos comunes: la intuición, el deseo y la fe. Al igual que Cristo subió a una cumbre en busca de orientación divina, así mismo el llamado hombre de ciencia busca en sus 22


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propias cimas el argumento total para su obra. Ambos parten de una lógica diferente, no creo que la del místico sea superior, tan solo es más directa; pero en la lógica que ambos utilizan está el hecho indiscutible de la iluminación. Observa al gran maestro Pitágoras y a muchos de sus contemporáneos. Entonces el científico no se separaba del esoterista, como fatalmente hoy sucede. Ambos convivían nutriéndose mutuamente. Creían en la suprema armonía. —Yo veo que hoy existe esa armonía entre el pensamiento racional y la ciencia. —La razón es siempre un chivo expiatorio. Se puede construir una zaga de hechos inconexos que puedan parecer racionales, porque es muy flexible eso que han llamado la razón. Cada época ha tenido su manera de razonar. No te engañes. Siempre son las élites del poder las que imponen la norma racional que debe observarse. Los faraones pensaban, y así lo creyó su pueblo, que ellos eran la más alta persona de la tierra, por ello el pueblo no debía pensar, ellos se encargaban de hacerlo. Para los egipcios ese era el supremo argumento y única razón de la existencia, tan firme como el que hoy sustenta a la rígida ciencia atea. El ateísmo es tan antiguo como la religión misma, en cambio de él se han derivado las más místicas deificaciones. Por ejemplo, ¿gracias a qué surge lo existente en el universo? —Gracias a la naturaleza. —Gracias a la naturaleza. Y ¿qué es la naturaleza? —Bueno... la naturaleza es... todo lo que existe. —Todo lo que existe. Bien. Tú admites que desde el inicio de 23


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todo ha habido una evolución de la materia. ¿No? —Claro. —O sea que la naturaleza actúa como una fuerza oculta, incognoscible del todo que transforma y mueve los elementos que habitan el cosmos. ¿No es eso más o menos a lo que ustedes llaman naturaleza? Bien. Esa es una de las formas clásicas del panteísmo pagano y cristiano. Así han pensado muchos sabios. Hay quienes diluyen a Dios en la creación. Ven cada elemento existente como un fragmento de la divinidad suprema. Lo igualan a una fuerza o espíritu que provee a la materia con su estatus cambiante. Ves, estás metido sin quererlo en el problema. Ningún hombre es ateo. En cada cual está la idea de Dios. El ateísmo moderno ha sido otra de las tantas formas de cobijar al hombre del dogmatismo religioso de una época; pero ello no quita nada, en el fondo cada ser ha de testificar con su espiritualidad el origen divino del mundo. Eso lo hacemos tú y yo en este preciso momento. No supe qué responder. Carecía de los argumentos suficientes para contradecir a este hombre. Se puso de pie y caminó hacia la palestra del patio de formación. Contempló por un rato las estrellas. —¿No la escuchas? —¿Qué, profesor? —La música. —No escucho ninguna música —me acerqué a él. —Haz silencio y escucha. —No oigo absolutamente nada. 24


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—Pero si se escucha claramente. En este lugar es donde mejor la he percibido. Creo que esa es la principal razón por la cual he permanecido aquí. —¿Qué es lo que escucha profesor? —La música astral que por primera vez escucharon Pitágoras y sus discípulos. Lo miré desconcertado. —Cuando las esferas se mueven en el espacio producen una música sublime que es la que ahora escucho. —Usted bromea ¿verdad? —¡Claro que no bromeo!¡ No puedes abrirte a tu alma y posponer tu mente alguna vez! Por ello quienes piensan como tú son tan pobres. Corre a los evangelios y lee la parábola del sembrador, tal vez comprendas algo. Estaba irritado. Me miró profundamente y volvió a su asiento. Lo seguí. —¿Dónde puedo encontrar ese libro que ha dicho usted? Se dio un palmetazo en la frente. —En la Biblia, en el nuevo testamento. Los primeros cuatro libros son los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas, Juan. En los tres primeros está dicha parábola. Léela. —¿Estará en la biblioteca? —¿Qué, la Biblia? No me hagas reír. Se supone que en la formación de ustedes no penetren esas ‘desviaciones ideológicas’. Confieso que al otro día, gracias a uno de mis compañeros de albergue, tuve el misterioso libro entre mis manos. Y leí. 25


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IV

—Magda, ven que te voy a enseñar lo que escribí. —¿Tiene que ser en la oscuridad? —Sí. —¿Cómo vas a leer en la oscuridad? —No tengo que leer, me lo sé de memoria. —No me hales. Quédate aquí. —Vamos para allá. —Por favor, Jesús, déjame tranquila. —¿Qué te pasa? —Nada, no me pasa nada. Magdalena, qué feliz encuentro. La clase pasada no te vi en el aula. ¿Qué pasó? No puedo creer que estés molesta todavía. Ya aprenderás a conocerme. Cuando algo me emociona pienso demasiado rápido. Me emociona mucho saber que existe una conexión entre ambos. Deseo que sea nuestra verdad superior. Deseo que de la emoción venga a la vida mi deseo, enorme. ¡Cómo añoro que empieces a conocerme profundamente! —No te pongas tensa, Magda, déjame... —No quiero ahora, no lo entiendes. 26


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—Déjame darle aunque sea unos besitos a ese lunar prodigioso que tienes en el muslo. —¿No me ibas a leer un poema? ¿Para qué necesitas estar dándome besos ahí? —Te beso y leo; así nos fundimos en carne y espíritu. —No empieces con esas ridiculeces. No te pongas nerviosa. Sí, creo que debes conocerme. Así encontrarás mi esencia y ya nada impedirá que comprendas el resto de las cosas que has de comprender. Eres impresionante... muy bella... —Ven, acércate. Mira como me he puesto. Todo por tu causa. —Ya, Jesús, vámonos de aquí. —Aquí nadie nos puede ver. Ven, abrázame... No te exaltes. Piensa que esta es una conversación que ya has vivido muchas veces. Cada vez que entrabas en contacto conmigo, vivías esta conversación. Estaba ya en nosotros. Hoy es tan solo una formalidad. Ya existía todo... en el tiempo. No te exaltes. Debes entender. Eres expresión perfecta, no la adulteres con la banalidad del orgullo. Me doblega tu belleza. —Está bien, te abrazo y nos vamos. —Ves, eso está mejor. —Ya. Era solo un abrazo. Ahora vámonos. —Mira qué noche tan bella para que hagamos el amor bajo las estrellas. —Hoy no puedo. ¿No lo entiendes? —¿Tienes la menstruación? 27


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—No, no es eso. Entiende que no me siento cómoda. ¡Quiero irme! Te aseguro que si te tocara ascendería al instante. Pero eso es tan solo lo posterior. Ahora es el momento para que penetre en ti el sentido de tu vida en la mía. Para que conozcas mi profundo deseo... —Es que tengo muchos deseos, Magda. Compláceme por favor. —No basta solo conque lo desees tú únicamente. Yo también cuento, ¿o no? —Claro que cuentas. Por eso mismo lo digo. Empiezas y te vas estimulando. —No, Jesús, no insistas, no puede ser. Estás tan encimada a mi sombra. Adonde vaya, tú estás. Donde estés tú, yo ando en ti. —Eres muy bella, eres muy sensual, ven, sigue... Podemos ser la unión suprema. Entiéndelo todo. Recuerda, ya somos sombra mutua. En lo adelante, habrás de verme hasta en los sueños. Seré tu eterna sombra. —Así... relájate, no pares... He ahí nuestro destino. Siempre vamos a un lugar por alguna razón. He aquí la nuestra. No, no; no importa que ahora no comprendas. Es completamente normal que actúes así. Este es solo el comienzo de lo nuestro. —Tú ves, así está mejor. No pares, sigue... Lo nuestro. Ya puedo verlo, tocarlo. Esta es la realización del sueño que siempre hemos soñado. Lo nuestro, puedo tocarlo... 28


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—Sigue, eso es, tócame... Vive segura de que estoy en lo cierto, Magdalena; somos la armonía. —¡Magda!¡Magda! ¡Adonde tú vas! ¡Espérate! ¡No corras! ¡Espérate! Salía del edificio docente hacia el comedor. Al doblar por uno de los pasillos que conducen a la escalera me detengo y aguardo. El profesor Fausto conversaba con Magda frente a una de las aulas. Pude percatarme fácilmente de que no se trataba de una simple e inofensiva charla entre profesor y alumna. Había algo más allí. Durante los primeros segundos me ofusqué imaginando distintas maneras de vengarme por la traición que parecía tener delante. Observo por más tiempo. Magda parece confundida. Está nerviosa. El hombre le habla insistentemente; con una seguridad pasmosa. Magda zafa con leve brusquedad una de las manos del profesor que se aventura hasta el hombro. Hace gestos negativos con la cabeza. El otro sonríe con malicia. Me decido a intervenir. No, es mejor esperar. Una entrada intempestiva puede ocasionarnos problemas. Se trata de nuestro profesor... y de matemáticas. Aún así me es difícil. Magda habla con más fuerza. Él trata de calmarla. Tengo que parar a este hombre. Doy un paso... regreso. Es mejor que Magda se encargue. Yo puedo estropearlo todo. De cualquier modo él tiene las de ganar. Vuelve a tocarla. Ahora el brazo. Esta vez Magda da un paso atrás. Comienzo a recordar lo sucedido en el aula. Nada me parece casual. Luego, la cátedra. Magda estuvo extraña el resto del día. El profesor parece rela29


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jarse. Le habla ahora con solemnidad. Magda se aleja de él. Yo contengo los deseos de hablar cara a cara con ese hombre. Se acerca nuevamente con los brazos hacia el frente en forma de reclamo. Magda, con energía, mueve la cabeza. Él le habla cerca del rostro. El otro día Magda apenas me miraba. Parecía preocuparle algo. Luego su enfermedad repentina, su negativa a entrar a la clase de matemáticas. Magda, dice unas palabras al profesor con gesto grave. Le da la espalda y se aleja. Este la observa pensativo. Comienza a caminar en dirección a mí. Me oculto tras la puerta del baño y le escucho decir: —¡Qué música, qué música mi amado Pitágoras! Enseguida que bajé por la mañana corrí a buscar a Magda. La encontré sola en uno de los bancos del pasillo principal. —Tenemos que hablar —le dije. —Discúlpame por lo de anoche. No pude contenerme. —Pero, ¿por qué huiste de mí? —Me sentí muy mal. —¿Por qué no bajaste cuando te mandé a llamar? —Te digo que estaba muy mal. —¿Puedo saber las razones? Su semblante se transformó: —Las... razones son... es que ayer me sentí acosada... —¿Acosada por mí? —Sí, por ti, por tu insistencia irracional. Las mujeres somos así. —¿Así cómo, mentirosas? 30


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—¿Mentirosas? A qué viene eso. Yo no te he mentido. —A veces omitir es la peor de las mentiras. —¿Omitir? Me parece que no sabes de qué estás hablando. —Sí sé de lo que hablo. Me refiero a que estás escondiendo la verdadera causa del espectáculo de ayer. —Yo no he dado ningún espectáculo. —Disculpa, no quise ofenderte. Tú sabes que sí me estás ocultando algo. —Yo no tengo nada que ocultarte. Ayer huí porque me asfixiaste con tu deseo animal. Me sentí maltratada, acosada. —¿De veras fui yo quien te acosó ayer? Haz memoria. Palideció al instante —El único, según recuerdo; nadie más me trató con tan poca delicadeza. —¡Ah, poca delicadeza! ¡Entonces es que te agradó el tipo! —¿Qué tipo? —Ya está bueno, Magda, Para de mentir. ¡Qué tipo! Pues cuál otro; el profesor de matemáticas. Te piensas que yo no los vi hablando en el pasillo del segundo piso. Discutían muy íntimamente. Magda bajó la cabeza con las manos cubriendo el rostro. —Esperé a ver si me lo contabas, porque sentí que era él quien te perseguía; pero parece que estaba equivocado. —Entonces tú lo sabías todo. ¿Y por qué querías obligarme a estar contigo? —Es la mejor manera que conozco de comprobar cuándo una mujer anda en pasos sospechosos. Tu reacción fue completamente 31


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normal. —Eso es estúpido, Jesús. Eres un estúpido. Eso que dices es absurdo. —Bueno, entonces pruébame lo contrario. —Yo no tengo que probarte nada. Absolutamente nada. Si eres tan imbécil que no puedes ver lo que sucede entonces no me trates como si fuera una puta. Se marchó furiosa. Yo quedé estupefacto. Había sido muy torpe, tanto que hasta tuve miedo de perder a Magda. La ira trueca los sanos juicios de la mente. Ardía en deseos de correr tras ella, de rogarle; pero preferí pensar. No me podía dar el lujo de otro error.

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V

Magda y yo siempre nos distinguimos por ser una de las parejas más serias de la escuela. Teníamos una relación muy sólida. Nos conocimos desde la escuela primaria y tuvimos un romance mientras cursábamos el noveno grado. Fueron un par de meses donde aprendimos a conocernos y, casi como si presintiéramos un futuro juntos, nos distanciamos sin provocar repulsiones o heridas. Cuando comprendimos que el destino se empeñaba en mantenernos cerca —gracias a las regulaciones del gobierno que nos obligaban a ingresar en una escuela interna por tres años si teníamos intenciones de elevar el nivel educacional o continuar a la universidad—, nos sentamos a conversar al principio del curso, un día en que nos tocaba salir de regreso a la ciudad y acordamos vernos en mi casa una vez fuera. Ambos sabíamos lo que debía suceder. Ya nos conocíamos lo suficiente para andar con rodeos. No hubo necesidad alguna de declaraciones formales ni nada por el estilo. Tan solo una grata conversación que provocó el acercamiento físico. Una vez derretidas las barreras no faltó otra cosa que la rotundidad de un beso, acto que restauró al instante los lugares algo ásperos del pasado y que nos proporcionó la alegría 33


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de tenernos mutuamente en el futuro encierro. Recomenzó así nuestra historia común ya en un tiempo mucho más complejo pero también de más madurez. La Magda de entonces era muy alegre, moderna; alguien capaz de rozar las frivolidades sin permearse en demasía y que además podía sorprender al más sensato con auténticas emanaciones de solidez espiritual. No era la típica estudiante becaria que lavaba y planchaba sumisa las ropas del novio o que conscientemente permitía maltratos delante de todos dando así crédito de súpermacho a su contraparte. Era el tipo de persona que sabe exactamente lo que quiere y que no se apasiona por causas que no lo merecen. Una mujer que no lo mostraba todo pero que ardía a plenitud. Un ser que cuando ama es tremendamente dulce, cuando está fuera de sí es implacable, cuando ríe llora, cuando sufre se deshace. Magda es, además, una mujer absolutamente bella; de una belleza más que física o espiritual, una belleza entera; entiéndase una belleza de aptitud. En ella no cabe nada antiestético no solo por sus dotes físicas o internas, sino por su capacidad de conocer lo exacto, por el don de poseer un elevadísimo sentido común, una inteligencia que recorre lo teorético y desemboca en lo cotidiano. Esto me parece lo más envidiable que se puede poseer en la vida. Yo mismo, al cabo de todo, he constatado que mi inteligencia no tiene esa afortunada forma de abanico. Tiendo a sobresalir en lo teóricoespiritual; mas en lo tocante a la práctica suelo ser bastante torpe. Tengo que emplear siete u ocho sentidos para lograr realizar algo que requiera habilidades pragmáticas. Necesito un máximo de 34


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concentración. Si me descuido un instante, esto o aquello queda fuera de lugar o lo olvido por completo. Mi suerte es que he aprendido a vivir con mis defectos y he desarrollado la capacidad de permanecer alerta cuando estoy fuera del ámbito libresco. Magda, posee un poco de todo esto, en un nivel muy decoroso. Esto la hace ser una persona muy aguda. Estas diferencias se aprecian claramente en la forma en que ambos leemos un libro. Yo me tomo mi tiempo, no demasiado, pero logro vivir la historia, nadar en ella; termino impregnado de tal forma que ni el más mínimo detalle se me escapa. Magda puede leerse cuatro libros en lo que yo me leo uno. Los goza y comprende pero no alcanza el mismo grado de vivencia que yo y puede que determinados ámbitos del texto los excluya de su centro de interés llegando casi a pasarlos por alto. No obstante, ella siempre tuvo menos pretensiones intelectuales lo cual la hacía más abierta y libre. Cuando llegaba el día de visitar nuestros hogares (no se puede decir de regresar a nuestras casas, pues más bien vivíamos en la escuelas y realizábamos cortas visitas a nuestros padres y residencias), yo siempre la acompañaba hasta su casa. Ella vivía en una zona bastante céntrica de la ciudad, que a mí al principio me resultaba demasiado cosmopolita para mi costumbre de vivir en un pueblo pequeño de los suburbios. Íbamos en el abarrotado transporte público con nuestros bultos desde la terminal ferroviaria donde nos abandonaban a nuestra suerte. En épocas mejores los estudiantes de esta clase de escuelas eran transportados en ómnibus hasta puntos de concentración más o menos cercanos a las zonas de procedencia de los alumnos, con 35


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frecuencia semanal. Nosotros, además de salir cada once días teníamos que hacerlo en un inmundo tren constituido por un sinnúmero de vagones de carga con paredes y techo de metal a los que le habían puesto ventanas y asientos de ómnibus. Lo peor era que este tren debía trasladar a casi todas las escuelas de la zona, que eran más de diez, en un solo viaje con el objetivo de ahorrar combustible. El viaje, que en condiciones normales podía tardar alrededor de una hora y media se convertía en un martirio de hasta seis horas con constantes demoras y averías. Encerrados en esos carros de metal, en medio del terrible sol de la una del día, todos encimados los unos sobre los otros, parecía que no saldríamos nunca de aquel infierno. Al arribar al destino final, más de mil quinientos estudiantes eran vomitados en una terminal del centro de la ciudad, y cada cual debía encontrar su rumbo. El sistema de transporte urbano, insuficiente de cualquier manera, se volvía un caos cuando aquel mar de personas se vertía en las paradas a esperar durante horas que algún chofer se dignara a detenerse, aunque fuese a doscientos metros de distancia, y que los más ligeros alcanzasen a montar en el artefacto desbordado puertas afuera. Así, al cabo de horas, casi siempre de noche, dejaba yo a Magda en su casa de Buenavista y, luego de saludar a su familia que me agradecía tanto que la acompañara en tan terrible periplo necesario, me dirigía a buscar la forma de llegar hasta la mía. Cuando íbamos por la calle, con nuestros uniformes azules, los transeúntes nos miraban con pena por conocer de nuestra odisea cotidiana y a la vez lamentaban nuestra presencia, pues 36


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ello significaba, que miles de seres como nosotros dos andarían ese fin de semana en ‘libertad’ y que por ello el transporte y toda clase de servicios públicos se iban a abarrotar más de lo usual. Escuchar expresiones como “no va a ser fácil moverse porque este fin de semana salen los becados” me reafirmaban la idea de que detrás de todo el montaje ideológico que justificaba nuestra presencia es esas escuelas, yacía la terrible realidad de que éramos recluidos cada semana durante tres años para aliviar la incapacidad de los gobernantes de resolver los problemas que azotaban la vida cotidiana. Una vez entre mis seres queridos, vivía los dos únicos días de bienestar. Podía comer hasta hartarme, dormía en mi cuarto de siempre, desayunaba en una mesa decente y no en un comedor maloliente, recibía las atenciones de mi familia que sabía por todo lo que tenía que pasar para lograr mi dorado sueño de ir a la universidad, sin que ellos pudieran hacer nada por ayudarme. A pesar de que existían escuelas pre-universitarias externas; a estas solo podían ir, supuestamente, los estudiantes tan enfermos que no pudiesen soportar el rigor de las internas en el campo. En Cada municipio importante existía un pre-universitario externo, pero estos fueron reduciéndose cada vez más hasta quedar solamente tres en una ciudad de más de dos millones de habitantes. Y al parecer los criterios de admisión fueron alterándose de tal forma que, en la práctica, estudiantes seriamente enfermos terminaban siendo enviados a las escuelas en el campo y solo los hijos de los dirigentes o militares de alto rango tenían la facultad de ingresar en los centros externos. Se podía encontrar en ellos a 37


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los vástagos de toda la alcurnia política o influyente de la ciudad; el hijo del ministro tal, o del funcionario mas cuál, la sobrina del gerente de la corporación tal, hasta los hijos del ministro de educación, quien se encargaba de dictar las férreas resoluciones que recluían a cada hijo de vecino, estudiaban tranquilamente en escuelas externas. Los hijos de padres comunes y corrientes no alcanzábamos los privilegios. A pesar de que el tiempo en la calle debía ser dedicado a la familia y a la distensión con los amigos de fuera, al otro día de ‘salir de pase’ —frase de la jerga militar que se empleaba oficialmente para nombrar el acto de ejercer el derecho a regresar a nuestra vida en libertad—, Magda y yo nos veíamos en su casa para llevar a cabo un corto plan de distracciones. Ella vivía bastante cerca de la costa. Nos pasábamos la mañana y casi toda la tarde en el mar, disfrutando la pura sensación de ser temporalmente libres, detenidos ante la extensión crispada de agua salobre que podía cambiar, al menos durante unos pocos instantes, la sensación ácida de no poder disfrutar a nuestro antojo de momentos como este. Los días junto al mar nos brindaban una calma inigualable; aún cuando nos hincaba la certeza de que en menos de cuarenta y ocho horas iríamos nuevamente hacia lo oscuro del encierro. En las tardes de regreso de la costa, me bañaba y comía en casa de mis suegros, y al caer la noche debía regresar. Esto solo al principio. Al pasar los meses, se me fue permitiendo dormir en un sofá-cama en la sala y un tiempo más adelante, cuando ya era evidente que Magda y yo teníamos relaciones sexuales, 38


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dormía en el cuarto con ella. Sus padres debían consolarse con la idea de que estábamos la mayoría del tiempo solos sin la supervisión de nadie y que era más sano gozar de la confianza o complicidad de ellos para que así escucháramos sus consejos sobre la necesidad de tener cuidado en nuestras relaciones sexuales. De cualquier forma las podíamos tener sin problema alguno una vez dentro de la escuela; esto no era un secreto para nadie. Incluso debían sentirse orgullosos de que nunca llegamos con problemas o recibieron quejas de los profesores, cuando en ocasiones los escándalos eran tan grandes que llegaban hasta el ministerio de educación; a veces eran alumnas embarazadas por profesores o estudiantes violadas por otros personajes que aparecían con frecuencia en nuestro panorama. Estos eran los ‘contingentistas’. Con estos individuos teníamos algo en común. Tanto ellos como nosotros vivíamos internos en medio de esa tierra de nadie. Las diferencias eran que nosotros éramos seres inocentes y ellos eran hombres, por lo general, recluidos por el gobierno para trabajar, a cambio de un salario, techo y comida, en labores agrícolas que más nadie quería realizar. Casi siempre se trataba de gente traída desde el interior del país o que eran capturadas en la ciudad viviendo ‘ilegalmente’ o que eran de esta forma castigados por cometer delitos menores. Allí tenían que pasar un buen tiempo, quizás años, trabajando. Los campamentos, llamados ‘Contingentes’ estaban mucho mejor abastecidos que nuestras escuelas; esta es la otra diferencia. Debido a esto último, sucedía que muchos estudiantes terminaran acudiendo a estos 39


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contingentes por lo general no muy distantes para mendigar un poco de azúcar o leche en polvo. Para los contigentistas esto resultaba un buen negocio; ellos tenían lo que nosotros añorábamos: comida; a nosotros nos sobraba lo que para ellos era fundamental: hembras. Muchas veces teníamos que presenciar el más sucio comercio al nivel de dirección: El jefe del contingente, el cual tenía un carro para él y manejaba recursos materiales que en nuestra escuela escaseaban como gasolina, petróleo o leña para encender la cocina e incluso alimentos, se sentaba con la directora o el subdirector de guardia en la escuela y proponía hacer una caldosa (sopa con todo tipo de viandas y pedazos de distintas carnes) y una rústica mesa bufé para una delegación de treinta estudiantes donde los sexos debían estar balanceados con preferencia hacia el femenino. Las aburridas doncellas de la escuela daban brincos de alegría al saber que comerían hasta hartarse y escucharían un poco de música a cambio de pavonearse, conversar o ser cariñosas con los ‘compañeros contingentistas’. En realidad asistían unos cinco o seis varones y el resto eran alumnas. El mismísimo jefe del contingente, un dirigente del partido y hombre casado, tenía a una estudiante de último año de concubina. Muchos profesores y algunos subdirectores lo sabían, pero los beneficios de semejante relación eran tan opíparos que había que incentivarla. Esto, de hecho, no era nada fuera de lo común en nuestro ámbito y sí proveía míseros banquetes para los jefes durante las noches de guardia o bondadosos viajes al pueblo en busca de diversión. Lo peor de todo era que la cercanía y las necesidades mutuas borraban los límites necesarios entre 40


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estos hombres ávidos de placer sexual y nosotros, que se suponía éramos responsabilidad exclusiva de los profesores. Fueron muchos los casos de estudiantes violadas en los platanales cercanos al encontrarse bruscamente con algunos de nuestros vecinos, que a veces tenían la osadía de entrar en los albergues y abusar de alguna estudiante amenazándola con un cuchillo o asomarse a las ventanas y masturbarse observando las durmientes semidesnudas producto del calor. Recuerdo más de una vez tener que perseguir por toda la escuela, en medio de una turba formada por los varones de último año armados con palos y machetes, a uno de esos mirones a las dos de la madrugada tras haber sido puestos en pie de guerra por una gritería masiva en los albergues de hembras que se propagó de uno a otro hasta despertarnos a nosotros. Uno llegó a ser tan audaz de venir casi todos los días por las noches a treparse en los aleros de los edificios para tener acceso a las ventanas de las hembras. Comenzamos a llamarlo ‘Peter Pam’. Semanas enteras lo perseguimos hasta que un buen día se cansó o lo habrán trasladado a otro contingente tras las reiteradas quejas de la dirección de la escuela. Otras veces escoltábamos a los profesores cuando tenían que ir a expulsar a un grupo de ellos que decidía hacer intempestivo acto de presencia en nuestro horario de recreación. Casi siempre se retiraban, pero costaba trabajo. Se formaban peleas donde interveníamos armados de palos o sillas hasta que los obligábamos a huir. Luego sobrevenía un período de crisis en las relaciones entre la escuela y el Contingente pero al cabo de unas semanas todo volvía a la normalidad. En medio de todas estas tormentas, éramos nosotros 41


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quienes teníamos que defendernos y arriesgarnos. Jamás vi a un policía en la escuela. Sabíamos que estábamos a la deriva en medio de un océano plagado de monstruos hambrientos, la mayoría de las veces sin una línea telefónica o gasolina para mover el vehículo que podía conectarnos con la civilización. Al día siguiente íbamos para mi casa a pasar el día con mis padres. Mi familia recibía a Magda como a una reina. Complaciéndola a ella me complacían y esas escasas horas en mi casa debían ser perfectas para mí. Para mis padres era muy duro tener que saberme lejos y sentirse impotentes de cambiar mi realidad. Estoy seguro que hubiesen preferido lidiar conmigo día a día, aconsejarme, vivir de forma normal. También sé que nada podían hacer. Legalmente no tenían pleno derecho sobre mí y querer darme otro tipo de educación hubiese sido lo mismo que un crimen. El Estado los forzaba a obedecer y haberme sugerido no ir a la universidad era también demasiado cruel. Siempre se sueña a un hijo emprendedor, de alto nivel, talentoso. Ese era el precio que teníamos que pagar, todos lo sabíamos.

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VI

Los días que siguieron no fueron de reconciliación. Quise mantenerme alejado de Magda por un tiempo. Estaba confundido. Comprendí que de ese momento en adelante, mi existencia se complicaría. No solo por tener que lidiar con la incógnita del profesor Fausto sino también por los nuevos dilemas que se abrieron en mi mente. Tuve que revisar mi cerebro. Todo comenzó a ser devorado por la duda; mi concepción del mundo y de mí mismo se fue ahuecando ante la presencia de nuevas significaciones. Me sentí, por vez primera, rozado por lo incognoscible. —Oye, Jesús, hace rato te buscaba. ¿Dónde te metes? Pareces un fantasma últimamente. Magda y tú... ¡Ah, ese es el problema! Pero no te preocupes, seguro que ahorita están enredados de nuevo. —Tú no paras de hablar basura Ernesto. Bueno, ya me encontraste, qué quieres. —Vine a verte porque necesito tu ayuda. Tú sabes que como presidente de la escuela, tengo que encargarme del trabajo ideológico con los estudiantes... 43


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—No des más vueltas. ¿Qué es lo que quieres de mí? —Necesito de tu ayuda. —¿De qué se trata? —Bueno, no sé si te has fijado el brote de religiosos que hay entre los estudiantes. Bien, es eso. Hay que hacer una campaña para evitar la acción de esa gente. Nos están ganando terreno. Si nos ponemos a bobear, nos captan a todo el mundo. Como tú eres un tipo que sabes convencer y tienes cultura, te necesito como ayudante en este asunto. —Me parece que no has venido a hablar con la persona adecuada. No me meteré en ninguna campaña, y menos por problemas de ideología. —No creo lo que escucho. Tú, Jesús, negándote a participar en esta gran discusión. A ti siempre te encantó discutir de política. ¿Por qué rehúsas a lo que más te apasiona, o es que ya no te conozco? —Es que ya no sé nada de nada, Ernesto. ¿Cómo vamos a discutir con creyentes si ni tú ni yo conocemos nada de religión? —No hace falta ser un teólogo para saber que esta gente son unos ignorantes y unos oportunistas; y que nada más que esperan el primer descuido para darte la charlita y convencer a los incautos. Esta gente es como una plaga, si no la extirpas del campo te contaminan la siembra. —Me parece que el problema de nosotros es que tenemos ‘ideofobia’. ¿Por qué hay que perseguir a los que no piensen como tú, y mucho más tildarlos de ignorantes y oportunistas? 44


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Eso me parece excesivo. Lo que gente como tú y yo siente hacia ellos es miedo. Sí, miedo hacia lo que no puedes o no quieres comprender. Todo esto lo he descubierto desde hace muy poco, y fue precisamente conversando con uno de ellos. Quiero decirte que no conversé con ningún ignorante, todo lo contrario, el ignorante era yo. Él sabía de lo que hablaba. Tú y yo solo estamos respaldados por la institución, por ello nos es dado perseguir su idelogía. Pero no tenemos razón. Es el clásico enfrentamiento de la ideología del poder con el credo del simple. Además es injusto reprimir el derecho a que cada cual piense por sí mismo. Por otro lado ¿estás muy seguro de que no seamos nosotros los que estemos equivocados? —No creo que seas tú quien conversa conmigo en este instante. ¿Cómo podemos estar equivocados? De sobra sabes que la iglesia fue siempre el instrumento para dominar al pobre, que siempre estuvo en favor de los poderosos. —Ese es el viejo argumento de siempre. La iglesia no es los religiosos; además, hoy por hoy sucede todo lo contrario. Pero ese no es el hecho. ¿Cómo podemos estar tan seguros de que ellos están equivocados? ¿Existen pruebas inequívocas de lo contrario? —¡Claro que existen! ¿No conoces tú lo que los avances científicos revelan? —¿Qué es lo que revelan? —El origen materialista del mundo —No, eso lo revelan las ciencias materialistas. De hecho existe la ciencia que no se contradice con el misterio divino. 45


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—¿Misterio divino? Me parece estar hablando con un místico. Tú estás algo confundido. Debes evitar algunas de tus últimas amistades. —He ahí el problema. Antes de escuchar las profundas razones del otro, es mejor evitar el contacto, es mejor segregar. Miedo, miedo y dogmatismo. Hay que tener cuidado no nos convirtamos en inquisidores. No prepares hogueras para nadie por su modo de pensar. He comprendido que no sabemos nada de nada. Por ello es bueno escuchar lo que piensa el otro. Recuerda que la rama recia se quiebra más fácil que la flexible. Escucha y analiza, esa es la mejor manera de ser inteligente, pensar que en ti y en el otro hay un poco de razón, unes la tuya con la de él y eres mucho más sabio que antes. —Estoy sorprendido contigo. Algo debe haber pasado en tu vida. Has cambiado mucho. No sé que decirte. Solo sé que hay que cumplir con las orientaciones si quieres seguir siendo un dirigente cabal. —Cuidado no vayas a ser tú el oportunista... —Yo, oportunista. Jamás. Tan solo cumplo con mis obligaciones, nada más. —Es mejor que te prestes al deber de la razón que al deber de la imposición. No caigas en inflexibilidades. Por ello te digo que debes revisar tu plan de campaña ideológica no vaya a ser que ocurran cacerías o expulsiones injustas. —Yo no voy a cazar a nadie. Tan solo cumpliré con mi tarea. Y tú, por fin ¿me ayudarás o no? —Te vuelvo a repetir que no te ayudo; en cambio sigo siendo 46


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tu amigo. Ojalá que pueda decir mañana que pensamos igual de nuevo. Me parece que debes abrirte. La posición que actualmente representas es demasiado rígida. Piensa, es mucho mejor la convergencia que la divergencia. —No pienso cambiar de posición ideológica. No estoy preparado para hacerlo; además, me traería problemas... recuerda mi cargo. No debo renunciar a lo que los estudiantes han puesto bajo mi responsabilidad. Y por supuesto, piensa en las prerrogativas... —Es mejor que salves tu alma ante el interés. Aunque reconozco que muy pocos dirigentes hoy, en cualquier ámbito del poder, hacen lo que hacen desinteresadamente. Tú no podrías ser la excepción, por supuesto. Pero ten cuidado con la ingesta, prefiero que cuando llegues al banquete solo encuentres algunos restos. Al menos estarás más limpio. Pero no nos predispongamos; de cualquier modo trata de no ser extremista con nadie y mucho menos por problemas ideológicos. Tú solo tienes el poder. Busca la razón. Ese es el mejor de los poderes. No te gustaría a ti volver a los tiempos en que la iglesia dominaba los cerebros y te llamaba hereje cuando postulabas algún descubrimiento científico. No tenían razón al hacerlo, tan solo la fuerza. Si hoy tú hicieses lo mismo, aunque desde otro ángulo, ¿no estarías cometiendo el mismo error? Piensa. Probablemente, la única verdad absoluta que exista es que nadie posee la verdad absoluta, eso pensaban ya en la antigüedad. Y tú, hoy, ¿te atreverías a negarlo? —No puedo negar que tienes buen pico. —Creo que no es precisamente mi pico lo más importante. 47


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—Vamos, tú sabes que es solo un modo de hablar. No te preocupes, recordaré tus consejos. ¿Dónde has estado últimamente que has aprendido a razonar así? —He estado revisándolo todo; meditando mucho sobre todo. He comprendido que la moneda tiene dos caras. Tan solo he avizorado la otra.

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VII

Caminé hacia la biblioteca. Me interesaba revisar los catálogos. Sentía una gran necesidad de calmar la sed intelectual que se ensanchaba en mi interior. De pronto había comprendido que durante todos estos años mis conocimientos no llegaron a ser más que un cúmulo de leyes y dogmas que hoy me resultaban vacuos. Comencé por conducir mi mente hacia una nueva manera de aprehender lo que me rodeaba. No me conformé en lo adelante con las primeras conclusiones. Era un gran momento para mí. Me sentía crecer en espíritu. Al entrar al recinto de los libros, caminé hacia el catálogo. Observo todas las subdivisiones que posee; raras veces había hurgado en sus gavetas poseedoras de la síntesis nominal del saber humano. —Si conoces el autor del texto vas al sector “Autor y título”, de lo contrario tienes que buscar en “Materia”; si es de tu interés un libro de poesía, por ejemplo, abres la gaveta correspondiente a la pe y allí estará. Ganas más tiempo si vienes ya conociendo el autor y el título del libro. Sentí una mano sobre mi hombro. Doy la vuelta. Mis sospechas 49


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se vieron confirmadas; era el profesor Fausto. —¿Qué libro buscas? —Ninguno en especial. Mejor sigo su consejo y regreso más tarde cuando haya encontrado qué leer —intenté escurrirme. —Pero, no hay por qué apenarse. No te marches con el rabo entre las piernas. Vayamos a mi mesa. No me quedó opción. Me senté frente a él. Apresuradamente recogió unos papeles y los fue introduciendo dentro de una carpeta amarilla. Había algo escrito en ella con letras negras y en otro idioma. El profesor notó mi curiosidad. —Esta es una historia que estoy creando. No te apresures. Ten la seguridad de que vas a leerla; solo que aún no ha llegado el momento justo. Pero llegará. —¿De qué trata? —pregunté sorprendido ante la repentina intimidad. —¿Tratar? Tratar es algo limitado para lo que ocurre en ella. Es una historia donde te puedes reflejar desde el inicio de todo. Es algo simple pero tan complejo que el ingenuo no puede ver ni el necio encontrar. Por ello me agrada verte en esta pobre biblioteca. Para que puedas ver en mi historia, es preciso que despiertes, que salgas del marasmo. Créeme que tú la leerás y es preciso que puedas ver. —¿Por qué precisamente yo he de leerla? —Porque tú te has convertido en una parte más; confieso que has entrado de manera casual pero el azar no es tal sino lenguaje de un designio inamovible. Estás inmerso junto a mí en algo superior. Eres una parte importantísima. Creo que si dejas de 50


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estar se acabaría todo. Los pilares elementales no han de faltar. No preguntes más. —¿Qué he de hacer para despertar? —Creo que esa en una respuesta que aún no estás listo para poseer. Por ahora confórmate con dudar. Ponlo todo en duda. Nada que veas ni escuches es enteramente acertado ni enteramente absurdo. Para aprender a leer los diversos lenguajes del universo debes comenzar por estar seguro de las limitaciones tuyas y de tus semejantes. Luego estarás lo suficientemente limpio para comenzar a entender el sentido de la vida; y así, las fuentes del auténtico saber. —Entonces ya he comenzado a hacer lo que me dice. No puedo, aunque quiera, creer como antes las cosas que me enseñan aquí, a menos que lo hagan de una forma muy amplia, lo que generalmente no sucede. Por eso he decidido aprender por mí mismo todo lo que me sea posible. Me he propuesto hacerlo cuanto antes. Para eso he venido aquí; pero como hace un rato observó, no tengo idea por dónde empezar. —Para serte sincero, lo más importante no es que te leas de punta a cabo estos estantes. Podrías hacerlo y al terminar conocer menos que cuando empezaste. Leer es una cosa, saber leer y saber qué has de leer son otras. Por lo general es precisamente a través de los libros modernos que se desvirtúa el verdadero conocimiento. Manipular la información... Hoy lo más importante no es esclavizar al hombre por la fuerza bruta. Es su conciencia la que ha de estar esclavizada. Si eres dueño de las conciencias, eres dueño del mundo. La literatura es, por su puesto, el lenguaje 51


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artístico que más socava en la psiquis de los hombres; si haces de ella tu instrumento esclavizas lenta pero profundamente. Por suerte, las obras verdaderas, las que poseen las claves del conocimiento, no han sido borradas de la faz de la tierra. Están ahí, prácticamente olvidadas, utilizadas únicamente por un pequeñísimo grupo de humanos en el mundo actual. Solo las mentes que están fuera del alcance de los influjos perniciosos se percatan de la enorme riqueza que yace olvidada justo en las narices de todos. En este recinto, por ejemplo encontrarás muy poco de bueno. La mayoría de las obras aquí presentes fueron seleccionadas en consecuencia con la formación que pretenden que tú obtengas. Las que pudiesen desviar aunque fuese un ápice, han sido excluidas. Aquí solo debes buscar lo que ha sido trascendente, las obras evaluadas a lo largo del tiempo por la humanidad que aún poseen la fuerza de transformar. Lee solo ese tipo de libros. Aquí he visto unos pocos que podrán servirte. Te haré una lista para que comiences a saciarte. Pero te repito que no es lo más importante. Si sabes leer en lo que te rodea, los libros te son innecesarios. —¿Cómo es eso de leer en lo que me rodea? —Es algo que solo se logra cuando se tiene claridad plena de espíritu. Lo que hasta hoy existe es fruto de un devenir. En cada cosa que te rodea está la explicación del origen del mundo y de la vida. Lo difícil es lograr que todo el lastre que la sociedad ha puesto sobre ti no ahume tus sentidos y puedas abrir tu alma para percibir ese gran caudal. No debes pensar nunca que no conoces un fenómeno tan solo por no haber tenido antes noticia de él; la noción yace en ti, siempre ha estado en ti. Tú tan solo no has 52


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sido capaz de descubrirla. Cambiando el tema ¿tú y tu novia no se han reconciliado aún? —No. ¿Cómo sabe usted que estamos peleados? —Simple observación. Ustedes dos siempre se ven juntos. Hace varios días que eso no sucede, por eso lo he confirmado. —Sí, es cierto. Hace días que no nos hablamos. —¿Se puede saber el motivo? Tal vez te pueda ayudar. —¿Ayudar usted? Lo dudo. Magda se toma las cosas muy en serio. Cuando no entiende... no entiende. —Me refería a ayudarte con algún consejo. Puede que yo tenga alguna experiencia en situaciones como la tuya. —¿Puede usted decirme cuál es mi situación? No creo que pueda estar tan enterado. —Tu situación... Tu situación no es tan simple. Magda es una muchacha muy atractiva, eso lo digo con todo el respeto que mereces; como decía Magda es sumamente atractiva. En esta escuela, dentro del estudiantado, existen pocos alumnos tan maduros como ustedes dos, por ello, ninguno de tus compañeros entra en tu campo de preocupaciones; está de más que te diga que el problema actual de ustedes radica en un asunto de celos tuyos hacia ella. ¿No es así? —Sí. Discutimos por celos míos. —Bien. Pero no estás celoso de un alumno, entonces ha de ser de algún profesor. —Bueno... mire esto es un problema muy delicado. No creo que debamos continuar hablando de esto. —¿Te incomoda? Discúlpame; tan solo quise ayudar a que 53


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te desahogaras un poco. Incluso pretendía aconsejarte. Pero si te molesta... —Sí, me molesta mucho hablar de ese problema. Le agradezco; pero creo que nadie me puede ayudar. Ya me tengo que ir profesor. Va a empezar el comedor. —No, no, de ningún modo. Quédate tú. Yo soy el que debe irse. Todavía tienes quince minutos. Mejor trata de encontrar algo que leer. Así aprovechas y matas la soledad. Salió. Quedé estupefacto ante la actitud de este hombre. Por un momento me diluye en su mundo y luego me escupe envuelto en una costra de lava. Observo con cuidado los estantes semivacíos de la biblioteca. Tenía razón el profesor fausto. Casi nada es digno de leerse. Me detengo a leer los lomos de un grupo separado bajo la clasificación de “Grandes Clásicos” veo el nombre de Homero. Un solo título de su autoría: La Odisea. Una de esas ‘obras evaluadas por el tiempo y por la humanidad que aún poseen la fuerza de transformar’. Lo extraigo. Inauguro así mi expediente de lector. Una vez afuera me siento en uno de los bancos que bordean el pasillo central. Inevitablemente mi vista se pierde en la profundidad de los campos que se abren ante mí. —¡Buen libro escogiste, eh! Levanto el rostro y veo una figura semi inclinada hacia mí. Una nueva palmada en el hombro, una sonrisa entre irónica, burlona o de superioridad que ahora se aleja. Nuevamente Fausto. Como en un limbo observo la cadencia de sus pasos, la oscilación de sus brazos y no me parece estar ante un movimiento apenas 54


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mecánico y normal. Siento como si percibiese el movimiento de mi propio pensamiento, el ir y venir de mis ondas cerebrales, la desarticulación del blando edificio de mi entendimiento. Por sobre todo esto lo veo a él. Enseñoreado de mi existencia. Puedo enfrentarlo ya casi con naturalidad. Todos los planos de mi vida parecen haber sido tocados por este hombre que desde su indescifrable mirada casi gobierna mis sensaciones cuando lo escucho hablar. Nunca se detiene a pensar mientras habla. Las palabras parecen moldeadas para ser dichas por él. Las pronuncia con la seguridad de estar realizando un acto tan natural y simple como respirar o reír. Hace un momento no supe qué sentía. En ocasiones llegué a experimentar unos deseos tan profundos de gritarle que le voy a golpear la cara si continúa provocándome; pero otras veces lo quiero como a un padre que te mira blandamente y que te dicta las palabras de tu salvación. Nuevamente contemplo el campo frente a mí. Ha de parecerse mucho a mi intelecto. Un suelo roturado innumerables veces que nunca ha dado fruto de provecho. No ha de ser mi culpa. Los sembradores que se han encargado de mi mente no han sabido fertilizarlo ni regarlo. Tan solo lo hieren con el hierro seco del arado y de lo poco que ha salido solo le han preocupado las plagas posibles. No importa que vean lo marchito que está el campo. Si está limpio’ el resto no interesa. Si se muere la cosecha, se rotura de nuevo y se vuelve a sembrar. Y así sucesivamente. Temo que ya haya perdido toda la fertilidad. En este encierro a veces siento que estoy encerrado más adentro, que estoy encerrado dentro de mi mente. Ahora me parece que Magda se me acerca. Logro apenas perci55


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bir sus rasgos. Creo que me ha puesto la mano sobre el muslo. Ella es tan bella. Me asombra que todo este tiempo haya contado con alguien tan especial. Me siento muy poca cosa ante ella. No me extrañaría en lo absoluto, ni la culparía porque se entregara al profesor Fausto. Él puede llenarla más que yo. Yo apenas si lo que hago es intentar quererla y poseer su cuerpo sexualmente. Creo que hasta para eso he de ser torpe. La veo ahora ante mí y es como si no la sintiera. Parece alarmada por algo. Soy yo lo que la inquieta. Mi semblante no ha de ser el mejor. Me habla y escucho su voz muy lejana. No sé que pasa. Siento como si una fiebre alta súbitamente se hubiera apoderado de mí. No tengo fuerzas en mis músculos. La veo sostenerme por los hombros. Su rostro es muy bello. Soy indigno de ella, indigno de ella... Oye, despierta... —Magda. ¿Qué ha pasado, por qué estoy en la enfermería? —Sufriste una hipoglicemia. No sé que habrás estado haciendo. Tan solo me descuido y casi hay que hospitalizarte. —¡Qué bueno tocarte Magda! —Tienes una cara. Pareces no haber dormido anoche. —Hace casi dos noches que no pego un ojo. Cuando pongo la cabeza en la almohada me asalta la preocupación. Pensaba que no te volvería a.... —Qué tonto eres; además de orgulloso. ¿Por qué no me ibas a buscar? Yo también estaba ansiosa por verte. —No quería volver a equivocarme contigo. Tenía que pensar. Lo he hecho y he comprendido algunas cosas. 56


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—¿Qué cosas? —Que tú eres solo una víctima. Y yo te ataqué también. Por eso tengo que pedirte disculpas. No sé cómo pude ser tan idiota. —No fuiste un idiota. Comprendo cómo te debes haber sentido después de presenciar mi discusión con el profesor Fausto. —Me duele la cabeza. —Claro que te debe doler. Te bajó mucho la presión arterial, casi pierdes el pulso. ¿Estuviste haciendo ejercicios hoy? —En Educación Física. Tuvimos que recorrer no sé cuantas veces la pista de atletismo. Hoy ni había desayunado. —Claro que debió bajarte el azúcar. Es que a veces te comportas como un loco. ¿Qué es eso de no comer ni desayunar? —¡Qué dicen los reconciliados! —Qué tal profesor fausto. —Muy bien Magdalena. Y usted Jesús; me enteré de su desmayo en medio del pasillo. Me preocupé y vine, sabía que los encontraría juntos a los dos. La caída de la reconciliación. Muy bien. Me alegra muchísimo que todo vuelva a la normalidad. —Le agradezco su preocupación, pero... —Saben, esta escena posee una magia tremenda. No se imaginan cuánta. Hay una coincidencia tan perfecta. Me parece profético. Sí ha de serlo. —¿De qué coincidencia habla profesor? —De la coincidencia de este momento con un pasaje del Vía Crucis de Cristo. Cuando Jesús va con la cruz hacia el Calvario, en una de sus caídas quien lo ayuda a levantarse es una joven 57


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llamada María Magdalena. No les parece coincidente la escena. Por ahora tan solo es nominal pero puede comenzar a ser espiritual. ¿Comienzas a entender ahora Magdalena lo que antes te dije que nada es casual? Bueno, ahora debo irme. Me alegro de que estés bien Jesús. Nos vemos. —Este hombre es muy raro, Magda. —A mí comienza a asustarme. —No sé si admirarlo u odiarlo. No tiene pudor alguno. Indudablemente es muy inteligente. —De eso no me cabe la menor duda. Por eso es que le temo.

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VIII

Llegar a conocer datos esenciales sobre la historia personal de Fausto fue más difícil de lo que pensé. Llegué a convencerme de que casi nadie en la escuela sostenía relaciones con él más allá de lo estrictamente profesional. Su domicilio pude ubicarlo gracias a la información de una amiga que por las tardes se quedaba en la escuela de asistente en la secretaría docente. En reiteradas ocasiones merodeé por su vecindario sin llegar a acercarme. Su casa se encontraba en el otrora elegante barrio de Miramar, hoy casi en ruinas producto del caos reinante en el país. Era una casona de considerable tamaño circundada por jardines que hacía mucho no se atendían. La fachada permanecía descascarada y la cerca herrumbrosa producto del salitre, pues distaba a no más de doscientos metros del mar. Me llamó la atención casi inmediatamente una ventana en la segunda planta donde se podían apreciar varios estantes repletos de libros y una vieja máquina de escribir arrinconada en uno de los anaqueles. En el garaje se extinguía un Ford del año cincuenta y cinco con la pintura descolorida luego de años soportando, inmóvil, el sol de las once de la mañana que se colaba entre las columnas y las 59


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cuatro viejas palmeras del porche. Un poco después alcancé a saber, gracias a un vecino, antiguo empleado de la familia, que el padre de Fausto era un diplomático de carrera durante los años cincuenta y que había estado al frente del consulado de Cuba en Holanda por más de diez años. Era un hombre de alta cultura, designado siempre a permanecer en países europeos por su vasto conocimiento de la historia y costumbres del viejo continente, hombre que alcanzó a conocer al joven Salvador Dalí en París y que conquistó un considerable bienestar económico gracias a su capacidad para coleccionar y comerciar con el arte. Decían que Fausto partió con ellos desde muy pequeño para La Haya y que allí se educó hasta el final de su adolescencia, época en que tuvieron que regresar debido al cambio político de 1959. Dominaba perfectamente el holandés y Alemán, y era un profundo conocedor de la obra de los grandes pintores holandeses, flamencos y franceses. Recorrió los mejores museos de Europa y lo obsesionó la filosofía. Recitaba fragmentos de San Agustín y de Aristóteles y ya comenzaba a aprender seriamente el italiano. Una vez en el país a principios de los sesenta la familia enfrentó serios problemas al oponerse al nuevo orden y el padre, luego de haber permanecido más de tres meses detenido, partió definitivamente para Europa junto a su esposa donde lo reclamaban sus entrañables amigos pero con el dolor de haber tenido que dejar detrás a su hijo con una hermana, al haberle sido negada la posibilidad de visa para el joven Fausto. Este último había quedado profundamente marcado por el súbito cambio, pues ya no concebía su vida en una isla en el centro del 60


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Mar Caribe que, para colmos, estaba enfrascada en un cambio político brutal que arrasaría con todos los moldes y estructuras. Nunca les perdonó a sus padres el haberlo abandonado, hasta el punto de negarse a responder sus cartas en lo adelante. De haberse marchado su vida hubiese sido radicalmente distinta; pero se sospecha que en medio de sus desórdenes, él mismo truncó esta posibilidad, a despecho de los esfuerzos de sus padres. Siempre fue un ser huraño que apenas salía de su casa y que vivió bajo el hostigamiento de las turbas de jóvenes apasionados y malditos que le gritaban «escoria» y le colgaban serpientes muertas en el pomo de la puerta y le pintaban improperios en el pavimento y la acera del frente de su casa, adornados con lagartos de cabeza triturada y ranas sanguinolentas. Las ventanas eran acribilladas con proyectiles que podían variar desde piedras hasta papas o huevos podridos. Todo esto sucedía con el beneplácito de las autoridades políticas de la zona y propiciaban el enclaustramiento forzoso de los moradores de la casona. Poco a poco el furor contestatario fue cediendo quizá al ver la indiferencia de los agredidos. Durante los primeros años del nuevo régimen la vida resultaba bastante fácil para Fausto y su tía, gracias al dinero que recibían en concepto de rentas por inmuebles que el padre de Fausto poseía y que había traspasado a nombre del hijo antes de salir del país. Poco a poco los cheques se fueron retardando hasta que un buen día dejaron de llegar gracias a la nueva gestión gubernamental. A partir de entonces se les vio tanto a él como a su tía solterona tomar lugar en las extensas filas de espera para adquirir 61


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los escasos productos que una rara libretilla les proveería como única fuente de nutrición y subsistencia en lo adelante. La tía comenzó a introducirse en el nuevo y aún espinoso medio hasta tal punto que en unos pocos meses el porche rodeado de palmeras polvorientas que sombreaban al Ford del cincuenta y cinco se vio colmado de improvisados bancos de madera, una vez al mes, donde se efectuarían las reuniones de una nueva organización socio-política, en la cual la tía comenzó a destacarse. Ya en los setenta Fausto tuvo que desempeñar, luego de haberse visto cuestionada nuevamente su actitud asocial y haber recibido serias advertencias, un oscuro oficio de inspector para el Ministerio de Salud Pública donde radicaba un viejo amigo de su padre quien se apiadó de él y le proporcionó un empleo soso, con un salario ni bajo ni alto, que no requería esfuerzo alguno y que se encargaría de sofocar la aguda crisis de su imagen pública. Su espíritu taciturno e irascible lo llevó a abandonar su plaza de burócrata hasta que los hados lo condujeron hasta la Universidad de La Habana donde intentaría completar su educación trunca. A despecho suyo tuvo que cursar Ciencias Matemáticas, probablemente la única silla disponible para él en los recintos estudiantiles debido a las nuevas necesidades del país. Inesperadamente comenzó a descubrir un mundo que se mezclaría con lo oscuro de su interior para llevarlo a ser quien sería. Al parecer el mundo abstracto de los números le propició nuevas fuentes de conocimiento filosófico que tanto lo apasionaba. Asistió y triunfó en eventos universitarios internacionales y fue considerado alumno de talento en los altos recintos estudiantiles del país. 62


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Casi como siguiendo una estela súbita de éxitos debido a su sorprendente capacidad fue colocado entre un grupo de especialistas en matemáticas que se encargaría de realizar los programas de estudio para las escuelas de nivel medio superior y superior para todo el país. Allí sus ideas comenzaron a interactuar con los límites de la maquinaria institucional. Pero la crisis se desató al retirarse de circulación el programa de estudios de onceno grado tras haber sido detectados fragmentos que fueron tildados como ‘inadmisibles’ por ‘contener elementos de doctrinas impropias en una sociedad marxista-leninista’. El encontronazo fue tal que como castigo fue remitido a trabajar de simple profesor en las nacientes ‘escuelas en el campo’ quizá uno de los peores empleos de la época. Los días de regocijo en la gris Europa, donde asistía a los mejores museos y parques célebres junto a refinados amigos, donde aprendió los misterios de la filosofía y la poesía habían terminado desde hacía muchos años. Los paseos en bote por los canales de Utrecht, las caminatas entre palomas ante la Catedral de San Pedro o sus frecuentes visitas a las excelentes librerías parisinas, eran ya historia; pero a partir de su última desgracia verían también su fin las tardes de reclusión en su biblioteca privada, más suculenta y completa que cualquiera de las oficiales. Su tiempo de descubrimientos personales y de fabulaciones ocultas también había quedado reducido tras otro ramalazo de la nueva jerarquía ministerial que sentenciaba su destino para siempre. Ahora su tiempo se consumiría en largos viajes rumbo a su trabajo que extenderían su jornada laboral de ocho a casi 63


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once horas. Como maestro tendría que sumar a sus obligaciones docentes las tediosas ocho horas semanales de supervisión de la jornada de los estudiantes en el campo, el día y madrugada enteros de guardia obligatoria y de interacción total con los problemas de la vida interna de la escuela, el fin de semana de guardia una vez al mes y las forzosas reuniones de capacitación política a las que tendría que asistir sin protestar. La vida llena de traumas e inhibiciones de la juventud comenzó tal vez a desdoblarse en el intercambio constante con nosotros, sus estudiantes. Quienes lo conocimos bien de cerca nos cansamos de preguntarnos cómo pudo permanecer en estas escuelas. La respuesta que he podido encontrar se sustenta en lo devastador de la frustración. En otras circunstancias Fausto hubiese podido superar a su propio padre. Ya una vez hundido, tal vez le resultó muy difícil nadar hasta la superficie. Prefirió vivir en el país de los ciegos, en los lares de los perdedores. Su primacía aquí acentúa su incapacidad; tolerar a colegas tan decepcionantes es prueba de falta de ánimo para crecerse. El peso de su castigo de hace más de quince años debe ser hoy más psicológico que real. Su miedo a levantar el rostro le hace ser terrible hacia los más débiles. Pero si otros profesores demuestran su mediocridad al tratar de reducirnos por la fuerza y cohersión, Fausto es capaz de hacerlo desde su intelecto, desde sus palabras cargadas de matices y densidades. Él es realmente diferente, aún un perdedor pero con más originalidad. No creo que esto sea mérito al final, pero en su rostro se puede leer que se siente una gota de tinta en un mar blanco, quizá de la misma manera en que se sentía cuando 64


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caminaba desde su casa hasta la bodega a comprar lo que enviaba el gobierno entre las miradas burlonas de los muchachotes de la barriada. Saberse distinto ha sido su manera de defenderse, su autenticidad lo sumergió, lo que queda de ella hoy le sirve para mantenerse a flote. Estoy convencido de que en el fondo es un hombre muy afectado por las raras circunstancias de su vida. No parece pertenecer a la realidad real, sino a otra creada por sí mismo donde boga cómodamente. Allí es el personaje principal, el ser omnipotente, pero solo se atreve a hacer su teatro entre seres maniatados como nosotros. No tenemos cómo defendernos. Cualquier cosa que suceda tenemos que aceptarla y los más fuertes siempre tendrán el modo de justificarse dejándonos mal parados. Una prueba más de su lujuria imaginativa la sustraje de su cátedra, escrita en una tarjeta de cartulina que yacía sobre la mesa. En ese momento la hurté creyendo que sería algo verdaderamente valioso, una suerte de salvoconducto que debía conducirme a algún codiciado lugar: Después de mucho vagar, sufriendo, Odiseo llega a Ítaca y mata a quienes pretendían a su esposa. Como siempre, la historia es un eterno retorno.

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IX

Sobre nosotros pesaba el instinto rapaz de los celadores. En una edad donde la avidez por lo desconocido se exacerba se nos negaba el margen del justo autoconocimiento y se sustituía por una disciplina semi-militar que nos obligaba a vivir en las antípodas. Más que las carencias materiales, la decadencia espiritual masiva daba a nuestra vida un sabor rancio que solo podía conducirnos a los vicios. Nos arriesgábamos para ir a comprar bebidas alcohólicas caseras que nos envenenaban cuando los profesores bajaban la guardia o cuando ellos mismos nos enviaban a buscarlas. Aprendíamos a fumar con cigarros preparados empleando la picadura de los restos que encontrábamos en el camino hacia la jornada agrícola. Jugábamos a las orgías entre parejas improvisadas que al otro día se olvidaban. Necesitábamos matar el hastío de alguna forma y una de las más decentes podía ser colarte en la madrugada en el albergue de hembras y solazarte con tu novia apasionadamente debajo de un mosquitero que ofrecía toda la privacidad posible. Sabíamos que estos eran actos penados y que en determinados días de la semana no debían realizarse, mucho menos cuando el profesor Raúl permanecía 66


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en la escuela. —Creo que no hay otra salida que la expulsión. —No te precipites Raúl; veamos antes lo que tienen a su favor. —¿A su favor? Pero Cira, qué pueden tener de no culpables esos desfachatados. El hecho está muy claro. Fueron sorprendidos dentro de uno de los dormitorios de las hembras; en una situación más que indecorosa. —¿Quién lo sorprendió? —Yo personalmente. Los sorprendí en una inspección durante la madrugada. Además, hay algo que no podemos pasar por alto: él es de los estudiantes de último año y ella de primer año. Aquí no hay nada en favor de ellos. Estamos ante un hecho premeditado y que si no es castigado debidamente puede fomentar malas posturas en los estudiantes de años inferiores. ¿Comprende ahora mi voto por la expulsión? —Claro que lo entiendo, Raúl, pero así y todo debemos escuchar lo que opina la dirigencia estudiantil aquí presente. Di, Ernesto, lo que tengas que decir. —Bueno, directora, yo entiendo la posición del profesor Raúl de querer velar por que no se contagien otros estudiantes con este mal ejemplo. Pero puede aplicarse otra medida que no sea la expulsión. Botarlos de su lugar de estudios es siempre una salida fácil. —¡Salida fácil! Mire, estudiante, no me venga con la defensita barata de siempre. En los dieciocho años que llevo trabajando 67


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en estas escuelas, cualquier medida distinta a la expulsión que se tome en estos casos, donde está en juego el prestigio moral de todos nosotros; sí, porque hasta de usted se comenta luego, directora, no es suficiente. Este estudiante fue encontrado por mí completamente desnudo con una alumna debajo de un mosquitero, en las mismas condiciones. ¿Cree usted que esto no es algo serio? Es una gran falta de respeto a todos nosotros y a este lugar. Y si usted no entiende eso, estudiante, entonces ¿qué han ganado los verdaderamente buenos alumnos al elegirlo a usted para representarlos, eh? —No te exaltes, Raúl. —Yo entiendo todo eso, profesor, pero pensemos de una manera más amplia. ¿Corregimos algo, cambiamos algo en la conducta de estos alumnos si los botamos fríamente? Estoy seguro de que no. Tan pronto lleguen a su nueva escuela, repetirán su acción o posiblemente harán algo peor. Aunque usted no lo crea, al sacarlos de aquí se convierten en indeseados, una especie de héroes para los estudiantes que los rodean. En este caso, comenzarán a ser ídolos y un ejemplo a seguir. Si se piensa únicamente en la imagen de la escuela, lo mejor es botarlos; pero si se piensa en qué es lo mejor para ellos como individuos, lo más adecuado es un trabajo serio hacia las desviaciones de carácter, además de aplicarles severas sanciones disciplinarias; pero aquí, en esta su escuela. —Parece que tú no me estás entendiendo, Ernesto —volvió a la carga Raúl. Esto es un problema de dimensiones insospechadas. Debe castigarse con la expulsión y únicamente con la expulsión. 68


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Hay que evitar el contagio por contacto. Mientras estos sujetos se encuentren aquí, corremos el riesgo de ser nosotros mismos quienes carguemos con las culpas de nuevas inmoralidades. —Yo creo que debe hacerse un análisis más profundo. Repito mi criterio, lo más fácil es la expulsión, pero no lo más beneficioso para los estudiantes. —Ya está bueno de discutir. Ernesto, tendremos en cuenta tu opinión. Déjame ahora sola con el profesor. —Está bien directora. Ya salgo. —¿Qué es lo que te pasa, Raúl?¿Por qué estás tan exasperado? —Estoy conmovido. Nunca tuve ante mis ojos un espectáculo como el de anoche al sorprender a esos dos. Nada más que pienso que una de mis hijas pudo ser esa muchacha, se me revuelve el estómago. —Creo que Ernesto tiene razón. —No me digas que tú también lo defiendes. No puedo creer que toleres algo semejante. —No lo tolero; pero estoy de acuerdo en que no se debe hacer mucho escándalo alrededor de esto. —¿Escándalo? Por favor, escándalo es que se burlen de nosotros así, en nuestras narices. De todos modos, tú sabes que a estas alturas nada va a cambiar en ellos; en cambio, cuánto puede influir en los que todavía están limpios. ¿No te das cuenta de que esto es una guerra moral? Es mejor tener unas pocas bajas que ver a todo un ejército caer, ¿me entiendes? —Esta bien, yo tengo en estos momentos muchos dolores 69


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de cabeza con esto de la inspección ministerial que esperamos. Encárgate tú de este caso. De una forma u otra resuélvelo lo antes posible. No puede quedar ni un asomo de este problema para cuando esté aquí la inspección. Así que en ti confío; pero, por favor, no te alteres tanto. Ya llevas muchos años de exaltación, hay que empezar a cuidarte. —No te preocupes, déjamelo a mí. Como siempre, sabes que nunca te fallo.

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X

Era de noche. Magda salía del albergue. —Magdalena Casals. —¡Qué susto profesor! Salió de la oscuridad de pronto. —Ven, conversemos un momento. —Ahora no puedo, tengo que irme. Jesús me está esperando. —Déjalo que espere por nosotros. De cualquier forma, él siempre te va a esperar. En cambio yo no puedo decir lo mismo. Yo no puedo esperar más Magdalena. Tienes que acceder a mí. —No empiece, profesor. No insista. Yo no quiero nada con usted. Usted no me interesa en lo más mínimo. —Claro que sí te intereso. Más de lo que piensas. No seas orgullosa y cede. No puedes resistirte a mí. Tú y yo estamos unidos aunque no te des cuenta de ello. —Profesor... —Llámame Fausto. —Profesor, por favor, volvamos a la claridad y no vuelva usted a tocarme. —Es inevitable que te toque. Eres tremendamente hermosa. 71


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Entiéndeme. Cuando me acerco a ti, me siento lleno de fuerza. Por ti soy capaz de todo, hasta de meterme en esta sala oscura a expensas de hacer el ridículo ante mis colegas. Por unirme contigo lo doy todo. Eres lo que me falta, lo que completa... —Deje de tratarme como si fuese uno de sus teoremas. Usted no puede manejarme a su antojo. Ya estoy cansada de que me persiga. Aléjese de mí. Yo no soy esa cifra que usted dice ni completo ninguna ecuación. —No, no, yo no puedo manejarte a mi antojo. Ese es precisamente el problema. Tú me manejas a tu antojo. Tú escapas a todo cálculo posible. Simplemente no puedo controlarme cuando pienso que todo esto es obra de un designio fuera de nuestro alcance. Me aterro cuando compruebo que eres el fragmento exacto que falta en mi alma y que me mantenía errante hasta que tuve noticias de tu existencia. ¿No lo ves? —Lo único que siento que tenga que ver con usted es desagrado. Al verlo acercarse no puedo sentir más que desagrado. Ahora déjeme. —Aguarda un poco Magdalena. Yo lo he previsto todo. Lo comprendo todo. Entiendo tu desagrado. Es natural. No te culpo. Por eso estoy preparando algo para ti. Para que puedas entender. Pronto lo tendrás contigo y espero te ilumine. Por favor, no me desprecies. Témeme y ódiame pero no me desprecies. Miedo y odio se siente únicamente hacia lo más grande, hacia lo que más nos estremece en el espíritu. Siente eso por mí y estaré satisfecho. Desprecio nunca lo toleraría. —No sé si pueda complacerlo. 72


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—¡Tienes que complacerme! Si te atreves a despreciarme te juro que reduciré tu existencia a nada. Recuerda que me es fácil hacerlo. No te descuides. Yo siempre estoy al tanto de tus actos. —No me amenace, profesor. No le temo. De eso puede estar seguro, yo no le temo. —Es increíble como tu belleza me exalta. Cuando me hablas siento una gran presión sobre mi alma; me siento como un alquimista que por fin alcanza la piedra filosofal. Tú eres el sentido de mi existencia. Casi pude preverte al llegar a este lugar. Aquí estás tú y aquí está el centro. Eres la suma mística. Dame tus manos... —No me toque, aléjese de mí. Usted está enfermo. ¿No lo ve? —¡No me trates como a un maniático! Que esté dislocado por ti no te da el derecho a tratarme como a un enfermo. Tú sabrás cuál es la enfermedad de mi alma. A su debido tiempo lo sabrás.

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XI

Iba decidido a cruzar unas palabras con él. Sabía que me exponía a riesgos pero la sangre me hervía. Llegué hasta su aula. Estaba en clase en ese instante. Empujé la puerta de la cátedra y me senté. No había ningún otro profesor. Me alegré interiormente. Comencé a observar sus cosas: los usuales instrumentos de trazado y medición, el clásico mural donde había fotos y datos de grandes matemáticos, nada fuera de lo común. Me sentía agotado de tanto pensar. El sopor me atrapaba. Desde dentro del aula sentía su voz: No vean en el número una fría estructura cuantitativa; el número es la substancia de todo; substancia en su antiguo sentido de estar debajo, de sostener otras estructuras. El número es la esencia que sostiene el orden universal, el orden mensurable, la unidad del mundo. Reparé en un estante cerrado detrás de la puerta. Su estilo no compaginaba con el resto del elemental mobiliario. Todavía quedaban unos quince minutos para que sonara el timbre. Abrí una de las hojas de la puerta. Estaba abarrotado de papeles: exámenes viejos, notas de trabajo, borradores de clase. Nada interesante. Tras la otra hoja había una pequeña biblioteca. Libros 74


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muy viejos. El título de uno de ellos me recordó las palabras dichas por el profesor en la clase hacía apenas unos instantes: Orden mensurable, de un tal Filolao; debajo un título que no me sorprendió: Las vidas de Pitágoras, de Jámblico; otro de gran extensión: Il verbo di Pitagora, de Rostagni, y otro del mismo autor Pitagora e i pitagorici in Timeo. Justo al lado de este estaban los Diálogos de Platón. Luego otro grupo de aspecto mucho más antiguo que los anteriores: Zohar; Isis sin Velo, de H. P. Blavatsky; Investigaciones acerca de la naturaleza y situación del infierno, de un tal Reverendo Surnden. Cada libro era muy exótico. Todos ellos en las manos de una misma persona resultaba algo sorprendente. Había tres abiertos, uno sobre otro. Tomé el primero que se titulaba: Virutas de un taller Alemán, de Müller. Leí un fragmento subrayado: Las naciones arias no tienen diablo. Plutón, aunque de carácter sombrío, era personaje muy respetable, y el escandinavo loki no era divinidad infernal, a pesar de su maligno temperamento. La diosa teutona Hell, como su equivalente Proserpina, vieron mejores días. Así es que cuando a los germanos se les hablaba del semítico Seth, Satán o el diablo, no les infungía temor ninguno. Tomé el segundo titulado: Sepher yezirah: Libro de la creación, y leí: “Cierra tu boca, no sea que hables de estas cosas, y cierra tu corazón, no sea que pienses en voz alta. Y si tu corazón se te escapa, vuélvelo a su sitio, porque así lo requiere nuestra alianza. No me detuve y tomé el tercero; en la cubierta rezaba: Agruchada Parikshai. Nerviosamente leí el fragmento señalado: Este secreto causa la muerte. Cierra tu boca, no sea que lo regales al vulgo. Comprime tu cerebro, no 75


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sea que de él se escape algo y caiga afuera. Los devolví a su sitio temblando. Aquella lectura me pareció un mensaje que se me quería revelar. Tal vez era solo obra de la autosugestión; pero en aquel instante estuve a punto de salir corriendo producto del terror que aquellas frases causaron sobre mí. Regresé a mi lugar anterior impelido por el timbre que anunciaba el final de la clase. Pronto vería aparecer a Fausto. —Sabía que me estarías esperando. Veo que estuviste leyendo. Y nada menos que esos. Esos son libros para iniciados en la doctrina... —Cuál doctrina... —No te preocupes por eso. Es algo que tal vez algún día descubras. —¿Y es usted un iniciado? —Pudiera ser... —Lo es o no... —Buscador. Yo soy un buscador de la verdad. —¿Y qué dice sobre la verdad en esos libros? —Vaya pregunta. La verdad es un concepto inasible. La verdad puede ser el todo, pero a su vez puede ser la nada. —No entiendo. —Al ser la Totalidad abraza cada cosa que podemos ver y tocar, además de todo lo que nuestros sentidos son incapaces de captar. Y al manifestarse de ese modo es completamente incognoscible para el hombre por ello no existe. Es la Nada. Algunos lo llaman Ein Sof y no puede ser concebido, no puede 76


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ser expresado pero es la esencia de todo pues no hay nada fuera de Él. Ninguna palabra o definición puede confinarlo. Ein Sof no tiene voluntad, intención, deseo, pensamiento, verbo o actuar; no obstante no existe nada fuera de Él. Todo lo que puede hacerse es encontrar el equilibrio entre los principios del orden universal. —¿Y usted los conoce? —Tú también los conoces. Son el bien y el mal. No son los míticos principios que el hombre ha deformado con sus ideas moralistas; sino el verdadero sentido de armonía que estas dos partes inseparables constituyen en el mundo. Si ellos no existiesen y lucharan constantemente todo dejaría de existir pues se igualaría a Ein Sof o Dios como quieras llamarlo, y entonces nada de lo que ves sería posible. Entraríamos en la Finitud de lo que para nosotros es infinito, que es Ein Sof: el Creador. Por lo tanto el sentido de imperfección que nos da la condición de seres creados se anularía y ya no fuésemos jamás lo que somos. —¿Entonces usted cree que es bueno el mal? —El mal no es ‘bueno’, eso sería una contradicción en sí misma. El mal es necesaria parte del mundo. En algunos es la principal esencia. El bien puro es solo del Creador. Los hombres debemos tener el mal en nosotros, sino no existiéramos. La humanidad es la dualidad de estas fuerzas. Dios también conoce el mal. En él está el mal, solo que en la medida exacta que hace que no se manifieste por sí solo sino conjuntamente con el bien para ser así la fuerza que alimenta el universo. En nosotros ni el bien ni el mal tienen medida. Están en un constante enfrentamiento. Aquellos que se inclinan hacia el bien son los de espíritu posi77


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tivo. El mal es también una fuerza generadora. Trae destrucción y luego de la destrucción, se pasa a la regeneración. —Todo eso es muy complejo... —Lo sé. Mira al mundo natural, la expresión más perfecta de la creación; superior al mundo creado por el hombre. Allí los principios de generación y destrucción están equilibrados. Por ello no les puedes dar el mismo sentido que el bien y el mal tienen para los hombres. Que se destruya un árbol por un rayo, no desequilibra ni perjudica nada. Ese tronco caído es una nueva fuente de vida. Allí habitarán insectos y animales, además permitirá que la luz llegue a otras estructuras que la necesitaban. Que un animal destruya al otro para alimentarse no hace que se extinga ninguna especie. Al contrario. Es parte del más sabio balance que existe. Ahora, cuando el hombre elimina una parte del universo natural para satisfacer su vanidad, entonces sí altera el orden. Genera con su destrucción un mal. En ese instante es más imperfecto que el más elemental de los animales. El hombre no conoce la medida del orden preestablecido. Esa es su condena. Si la conociese dejaría, automáticamente de ser hombre. Por ello el hombre es bien y mal en desorden. —¿Cómo ha podido usted llegar a tales conclusiones profesor? —¿Por qué me preguntas? ¿Quieres también ser un buscador de la verdad? No te dé miedo. Confiésalo. —Sí, quiero saber. Así como usted sabe... —No te preocupes. Podrás saber mucho más que yo. 78


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—¿Cómo? —Comienza leyendo la historia que te entregué. —Ya he comenzado... y no estoy claro aún sobre lo que trata... —Pero seguro que te has sentido diferente. —Sí, diferente, sí. Me ha hecho pensar mucho. —Entonces has comenzado bien. Al salir me percaté de que había olvidado el objetivo de mi llegada a la cátedra. Ya no quería decirle nada de lo que antes había pensado. Ahora llevaba en mi conciencia un nuevo veneno inoculado. ¿Cómo podría controlar yo a este hombre que no formaba parte de lo que conocía como ser racional? ¿Cómo podría yo fustigar a quien era gigantesco fustigador mío? Todas las dudas que me asaltaron en esos instantes me conducían en una misma dirección, a un mismo fatídico lugar: la historia del profesor Fausto.

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XII

«Serás el filósofo de manto raído cuyos pies conocen todos los suelos de la vasta existencia. Caminas por el polvo rojizo que difumina ante tus ojos la extraña maleza. Un cúmulo de silencio te conduce. Ves brillar la luz, la rara luz de un tiempo indefinido donde eres un fragmento de eternidad. Los platanares como bosques ahora se aclaran ante ti. Caminas, lento, hacia un más allá que no vislumbras. Caminas entre la humedad del verde y las sombras de la tarde. Una fuerza incierta te atrae hacia un espacio que presientes terrible. Atribulado vas. Caminas con las crepidas gastadas y el peplo ondulante y mustio. Ya estás muy cerca. Lo sabes y no te detienes. Caminas sin pensar en el presente o futuro. El tiempo no te inquieta, sabes que allí apenas fluye; que es un gesto gastado del destino. El mar de la vegetación aún se obstina en degustarte. Caminas arrastrando las suelas. Te precipitas hacia ese abismo que te atrae. Nada te detiene. »Llegarás por fin. Desembocas ante una mole derruida. Escucharás el murmullo tenebroso de la bestia que prefigura tu sino. Allí te transformarán en otro ser, lo sabes, pero proseguirás, estoico, hacia ese témpano de las horas aherrojado en silencio. Lo 80


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mirarás de frente y él te aplastará con su enormidad de ruina, con su ácido repugnante de lugar maldito. Subirás dieciocho proféticos escalones, dieciocho peldaños divididos en tres grupos de seis. Observarás esta señal estremecido: Tres veces seis: el azufre. Entras a un interminable corredor de pulimentada superficie; una secuencia de reflejos que te engañan; una secuencia de columnas que se bifurcan en direcciones opuestas. Penetrarás por el vaso helado que disecciona a la edificación. Las refracciones empañan tu mente. Te detienes ante un capitel que de antemano sabes que no existe. Ves salir un extremo de la enredadera de acanto hacia ti. Se enredará en tu antebrazo quemándote, obligándote a contorsionar de dolor. Sientes un vaho sulfuroso que emana de tu piel. El acanto se ha incrustado en tu brazo derecho, el que utilizas para desprender las piedras que se adhieren a tus plantas. No comprenderás por un instante qué ha pasado. Luego verás tu brazo estriado de un verde sucio y pútrido. El acanto es ahora parte inseparable de tu cuerpo. »Has llegado al lugar donde el corredor se divide hacia los extremos. Recuestas tu cuerpo cansado en el pasamanos de la escalera que es ancho y macizo. Verás pasar a tu lado una ola de seres azules, todos corriendo escaleras abajo. Tratas de tocarlos. Agarrarás la ropa de algunos y te darás cuenta de que no sueñas. Todos son reales. No comprendes cómo puede haber tantos inocentes obligados a penar dentro del monstruo. Te aterra la imagen que tienes ante ti: cientos de seres vestidos de azul agolpándose en una explanada inmensa, colocándose los unos sobre los otros, atropellándose; por qué razón: no puedes saberlo. 81


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Corres frenético. Tratas de alejarte de esa visión tenebrosa. Corres hacia donde no puedas verlos. Corres; corres. Llegarás al otro extremo del ancho pasillo. Ahora estás de espaldas al edificio. Miras, con lágrimas en los ojos, el anchuroso paisaje que ante ti se expande. Abres los brazos para atrapar el aire. El acanto se revuelve. Te duelen las aún frescas heridas al agitarse las ramas. Tratarás de arrancarlas de ti, pero verás la sangre desprenderse de tu cuerpo. Desistes. Recoges la túnica que se arrastra en el polvo. Decides alejarte definitivamente de allí. Un miedo fulminante te estremece. Te alejarás para siempre del lugar a donde nunca debiste llegar. Intentarás dar los primeros pasos, pero tu cuerpo comienza a enrigidecerse, tu energía se petrifica y no te permite avanzar. Palpas el torso, las piernas; te percatas de que no se trata de una imposibilidad física, es algo superior. Entenderás que todo lo que has hecho no ha sido producto de tu voluntad, sino de una necesidad cósmica que te ha llevado a una disyuntiva que definirá tu existencia: Habrás de permanecer en este infierno y deberás encontrar la forma espiritual que despierte nuevamente tu interior, tu organismo ya inútil y soporífero. De lo contrario permanecerás condenado para siempre jamás. »Retornas sin pensarlo y sientes cómo tu cuerpo se deshiela y el fluir de la sangre se hace sentir nuevamente. Asciendes otra vez al pasillo de superficie espejeante y encuentras otra visión aún más terrible: los que no hace mucho eran totalmente azules ahora lucen sucias vestiduras, rotas. En los pies apenas llevan calzado decente. Te sientes conmovido ante la escena. Caes lloroso al comprender el espantoso objetivo de este lugar maldito. 82


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Rasgas tus vestidos, arañas tu pecho, haces señales de angustia que a nadie interesan. Una densa corriente de aire penetra ruidosa por la boca de la bestia. El acanto impregnado en tus brazos comienza a batir y a estremecer tu carne. Sientes nuevamente el olor a azufre. Es ya algo inherente a tu estructura, algo que te obliga a poseer un poder aún desconocido. Sientes que eso que no conoces comienza a hacerse presente; eso que hasta ahora es una premonición comienza a entregarte a una naturaleza que no es la tuya. Correrás abrazado por una fuerza incognoscible hacia las escaleras de la entrada: tres grupos de seis, el número maligno. Te detienes en el peldaño número dieciocho, la cima. Una fuerza oscura proveniente del abismo bajo tus pies hace hervir tu interior; te sientes poderoso, inusitadamente capaz de todo. Sonreirás de modo extraño a la vez que un tenebroso alarido que nadie escucha es vomitado por tus fauces. Regresas nuevamente por el pasillo. Tu percepción de todo es ahora diferente. Te causará placer comprobar que las refracciones que antes empañaban tus ojos ahora son tragadas por la sombra que perfila tu cuerpo que parece haber engrosado. Sentirás que tu antigua debilidad se ha trocado en omnipotencia. Presientes que has encontrado la razón de ser de tu llegada a este lugar que habías visto en reveladores sueños y que atraído por su magnetismo has sido capaz de reconocer en la distancia y en el tiempo. Observarás a los seres sucios y harapientos en una silenciosa formación y no sientes ya pena por su suerte. Ahora caminarás hacia ellos, te detendrás en la palestra, los mirarás con una soberbia milenaria y escupirás una carcajada viscosa sobre ellos. Quedan perplejos al observarte en ese estado 83


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de grandeza, casi en vilo, con el parasitario acanto batiendo sus ramajes. Te admiran, te adoran por tu grandeza recobrada en este lugar terrible al que ahora agradeces como a un padre el hecho de haber pisado su maldito suelo.Âť

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XIII

Mi existencia transcurría en profundos debates. Magda, los demás amigos, los profesores, a veces me parecían molestos figurantes de un mundo que cada vez requería más de mi única presencia. Era un tiempo de profundos sacudimientos intelectuales. Magda y yo no habíamos abandonado nuestra relación a pesar de las contradicciones que comenzaron a surgir. Ella era el remanso de mis tiempos de orden, la consejera eficaz de siempre, pero también podía tornarse en manzana de la discordia. Los cambios en mí eran cada vez más evidentes. Ya no existía idea ajena que no sometiera a una minuciosa revisión; a veces llegando a pulverizar el criterio del otro. Lo cual me agradaba. Atraía la atención sobre mí. Comenzaba a razonar las cosas. Leía con tremendísima sed. Buscaba argumentos en las personas de experiencia. Me trazaba retos intelectuales que me esforzaba en cumplir. Conversaba casi todos los días con el profesor Fausto. Establecimos una extraña relación de repulsión-atracción, que ya casi se convertía en algo mórbido. Había creado un espacio para la búsqueda constante de conocimientos en mi vida. 85


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En las tardes solía pasearme a solas por el campo deportivo mientras Magda se tomaba su tiempo en el dormitorio, alistándose para salir a la recreación. Reflexionaba sobre cada palabra, concepto, idea, frase que Fausto me dijese. Exprimía hasta el máximo mi cerebro tratando de comprender las complicadas abstracciones que salían de su mente. Varias veces me atreví a comentar con Magda alguna de mis conversaciones con él y Magda a decirme que ese hombre te está envenenando el cerebro, ya no piensas como antes, te está influyendo, te está transformando y no te das cuenta, y yo que eso no era así, que solo aceptaba los conocimientos útiles, que yo nunca me iba a dejar influir por nadie. Sabía que ella tenía toda la razón; pero se trataba de algo que no podía evitar. Por aquellos días apareció en mi vida un nuevo personaje. Uno de esos que son un enigma en sí mismos, alguien cuya individualidad era la total indefinición, de inteligencia brillante. No soportaba su nombre: Judaín. Era muy raro que aquel individuo se acercara precisamente a mí entre tantos otros; sin tan siquiera saber cuál era mi manera de pensar. Parecíamos destinados a lidiar el uno con el otro. Ninguno de los dos ignoraba que el azar no existe, que es solo el designio de una voluntad superior. Nuestro primer encuentro ocurrió una noche en que me encontraba envuelto en mil contradicciones. Ya todos se habían ido hacia los dormitorios y yo pernoctaba en la escalera del segundo piso. La quietud de la tiniebla y la imagen del éter dramáticamente cargado de puntos fulgurantes, fue cortada por un cuerpo ajeno a toda asociación. Era una verdadera aparición que en un inicio 86


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me infundió grandísimo terror. Comenzó a preguntar detalles insignificantes. Yo le respondía parcamente. Él continuaba un asedio que para mí resultaba muy molesto. Harto ya, le pedí que me dejara solo. Insistía en saber mi nombre. —¡Cómo el Nazareno eh! —Sí, como el Nazareno. —¿Pero no hay ninguna motivación religiosa, verdad? —No, claro que no. Aún más molesto le dije que necesitaba estar solo. —Ah, tienes problemas. No puedes permitir que los problemas te obliguen a la soledad... —Gracias pero no me hace falta... —Siempre hacen falta los amigos, los buenos, los de verdad. Le pregunté entonces, enojado, si él no tenía nada más que hacer. —Sí, muchas otras cosas pero he venido hasta aquí porque veo que me necesitas. —Si necesitara de alguien no estaría solo. —Si tuvieras a alguien no estarías solo, esa es la verdad. Quedé pensativo. —Ves que no hay razones para... —¿Quién eres tú?. —Yo Judaín. —¿Juda qué...? —Judaín. —Como te llames. Necesito estar solo. 87


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No entendía razones el extraño. Comencé a levantarme. Me sostuvo por un hombro. —No hagas esto a quien ha venido con las mejores intenciones. Volví a sentarme. —Yo he venido a verte porque sé que tú y yo debemos seguir una misma dirección. —¿Y mi criterio no cuenta? —Tu criterio y el mío son lo mismo. —¿Quién lo asegura? —Yo sabré demostrarlo, tú eres mi amigo; lo siento así. —Eso es arrogancia... —Es conocer a la gente... —No me conoces. ¿Cómo puedes asegurar que tus problemas son iguales a los míos? ¿Qué sabes tú de mis problemas? —Son los problemas más complejos, debes odiar a quien amas y debes amar a quien va siendo cada vez más insignificante. —¿Qué quieres decir con eso? —Tú lo sabes y si no, ya lo entenderás. Me quedé perplejo. —¿Qué pasa? Miraba su rostro ahora casi seráfico. —Estás confundido. No entendí el por qué de esas palabras, era algo enigmático. —Mañana podremos continuar hablando. Mi mente escudriñaba el aspecto del tal Judaín. No podía hablar. —Pronuncia una palabra al menos. 88


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No podía mover los labios. —Ya me dirás, lo sé, ya me dirás. Sabes que tengo razón —dijo. Comencé a descender lentamente. Esta vez me cedió el paso. Lo miro desde abajo hacer un extraño movimiento. Su rostro adquirió un matiz verdoso. Debió ser la luz de la noche o mi propio nerviosismo. Todo era muy raro. Vuelvo otra vez la mirada y ya no lo veo. Caminó en dirección al edificio de las aulas. Subí nuevamente y lo busqué. Había desaparecido. Pienso que el encuentro de anoche no pasa de ser un incómodo momento que no se repetirá. Que ese tal Judaín tan solo estaba hablando por hablar; existe gente muy extraña que se entretiene en molestar a los demás con fruslerías. Bajo del dormitorio amodorrado después de una madrugada de tormentosas reflexiones. Ardo en deseos de encontrarme con Magda; hablarle, sentir su presencia deslumbrante, tocarla. Está sentada en uno de los asientos del pasillo principal. Conversa con alguien... Judaín. —Cómo te demorabas, Jesús. Mira quiero presentarte a alguien muy especial. —Ya nos conocemos. —¿Ah, sí? —Sí, hablamos un rato anoche en la escalera. —Jesús, tan acongojado anoche. ¿Ya te sientes mejor? —Yo no estaba nada acongojado. Por qué insistes en molestarme. Quién diablos eres tú. Qué quieres de mí... ¿Te ríes? —Discúlpame. No me río de ti. Es que me da gracia cómo 89


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puedes ser tan desconfiado. —¿Qué les pasa a ustedes dos? —Nada Magda, nada, no nos pasa absolutamente nada.

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XIV

Necesitaba continuar la lectura de la historia de Fausto. Sentía una gran necesidad de escudriñar esas páginas donde mi razón se apocaba para quedar vagando en los predios de lo indefinible. Nada detendría mi voluntad de buscar allí una nueva identidad, de comprender porqué sentía una nueva cavidad abriéndose dentro de mí. Allí estaba la posibilidad de reconstruir mi interioridad arrasada. Al menos eso pensaba en aquel tiempo. Era imposible que entendiera que esas palabras no estaban encaminadas a revivir nada, no deseaban estimular. Me dirigí hacia el campo deportivo. Ansiaba la soledad plena. Me contuvo por un instante la inquietud de que Magda me anduviese buscando. La deseché inmediatamente. Nada importaba, nada me detendría. Estaría allí, leyendo todo el tiempo del mundo sin importarme absolutamente nada. Era el más desesperado deseo de renovación que jamás haya sentido. Por fin quedaba el silencio y esas extrañas palabras... «Te sentirás inflamado por una nueva energía que te envanece. Serás el filósofo de manto raído cuyos pies conocen todas las formas del espíritu. Serás el anacoreta que en el tiempo reconoce 91


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todas las almas y las atrae. Serás el espíritu que conoce su propia necesidad de renovación. Comprendes que es esa tu misión en este lugar que ahora bendices. Has logrado encontrar el camino valiéndote de tus propias emanaciones, por ello serás el maestro bienamado que mostrará los abismos de la vida a todos esos seres desdichados que han sido entregados a los desvaríos del cosmos. Los guiarás, por el bien y el mal, porque aquí han venido para ser conducidos hasta la última sombra de un prematuro estado de experiencia. Esa es tu obligación para con este lugar que te ha dado lo que nadie en el mundo: el dominio sobre infinidad de almas que serán la materia de una insuperable cópula entre el ser humano real y la criatura que eres tú. Tienes en tus manos la posibilidad de moldear las esencias, de recrearlas según tu pericia de oscuro alquimista que busca y no le importa más que satisfacer su sed. Te esforzarás en servir a este monstruo que ha logrado volver a alimentar tus desahuciados odios. Sabes que obtendrás a cambio la redención de ti mismo. Sabes que serás nuevamente gracias a este don que muy pocos poseen. Regirás la voluntad de todo hasta desterrar de tu ser la frustración. »Colocarás tu figura, que ahora se erige con recobrado donaire, ante un púlpito desde donde harás entender los intersticios de una ciencia más densa aún que tú mismo, ciencia que ahora cobra profundas significaciones de las cuales gozarás como de altísimo privilegio. Has vuelto a descubrir tu grandeza. Eres lo Uno nuevamente, el Ser por antonomasia. »Los miras pasar ante ti como si contases bestias que entran al redil. Ya estás ante ellos emitiendo los primeros gestos de la 92


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dominación. Los adiestrarás a funcionar con un nuevo ritmo: el ritmo de tus emanaciones que sabes penetrarán para siempre en el alma; porque eres un espíritu superior, deslumbrante. Mirarás sus rostros alargándose o contrayéndose según la tesitura de tu voz. Predices fácilmente el tono de sus reacciones que son encausadas gracias a una mayéutica que en tus manos es fulgor de Júpiter. Eres ahora lo que nunca antes. Era necesario pisar este lugar para lograrlo. No importa el precio que tienes que pagar, eres la máxima expresión de fuerza humana, de forma espiritual; eres el maestro que dicta sin el riesgo de la réplica. Sabes que el artificio principal, la rueda que mueve el mecanismo que ahora lubricas es, precisamente, la bestia; este lugar recóndito en el tiempo y el espacio. Este lugar que es un amo al que procuras no defraudar pues es capaz tornar contra ti el privilegio del acanto que te ha sido impuesto como símbolo de la alianza; el privilegio de alzarte desde tu ínfima miseria hasta la altura de un Sumo Sacerdote que resquebraja voluntades. »Lo compruebas: alzas tu brazo y dejas que el viento bata el acanto que siempre deja recordar el dolor impuesto como un voto. Ves todo ante ti convertirse en lago de sumisión. Eres más ambicioso: seleccionas a uno de los ejemplares, lo asaetas con tu verbo cóncavo. Observas su rostro enrigidecerse, sus manos enredarse mutuamente hasta volverse una masa indefinida. Lanzas la estocada final. Paladeas el rictus de sus rasgos apenas perceptibles. Lo llevas con tu mirada terrible hasta el fondo de su asiento. Desde arriba minimizas su existencia hasta el punto de convertirlo en fragilísimo espíritu, incapaz de mover el más 93


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mínimo hilillo de saber. Comprendes que está listo. Regresas a tu sitial, desde donde rellenarás su interior ya limpio de todo lo que hubiese podido molestarte. Termina el tiempo. Has de quedarte solo en el terreno de tu reciente triunfo. Tamizas la magnitud de tu poder, cada posibilidad que ahora es tuya. Aún así, no puedes evitar que brote un asomo de malestar que no puedes comprender. Sientes como una leve angustia, ahora, en medio de la repentina soledad. Miras las hojas de acanto y percibes la pestilencia sulfurosa que hace unos instantes era el aroma más sublime que jamás hubieses portado. El fuerte dolor que sientes de repente te revela que el acanto ha comenzado a batir animado por un chorro de aire ardiente. Sabes que es la cólera de la bestia. Borras de tu mente las recientes dudas y acudes en tu espíritu a reafirmar, sumiso, el tenebroso pacto que te ata a la bestia de por vida. Has regresado a tu nueva condición. Vuelves a ser... —¡Jesús! ¡Jesús! Magda me llamaba desde la escalera. Seguro que ya había comenzado el horario de la comida. No tenía deseos de hacer cosa alguna. Solo quería continuar la lectura... »Vuelves a ser el maestro que dicta sin el riesgo de la réplica. Vas hacia formas interiores mucho más potentes. Has cambiado tu vida definitivamente. Ahora posees el poder de transformar a tu antojo. Eres un creador. Eres capaz de esclavizar las almas. Eres el poder, el Magister... —¡Jesús! Magda, venía en dirección a mí con paso rápido. »Subes a la rara cumbre que te ha sido dada para ver llegar el 94


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segundo rebaño que ya va entrando. Estás ahora desde la altura que mereces observando cada rostro limpio, cada mirada confusa. Algo que no esperabas sucede. —Vamos, Jesús, qué tú esperas... »Te enredas en unos ojos de una profunda efusividad. Repentinamente devoras un presentimiento. Anuncias a tu espíritu una posibilidad en la que no habías reparado. Has visto unos ojos que han comenzado a transformar. Te han hecho desear; te han hecho ver mucho más aún... —Oye, deja eso que nos vamos a quedar sin comer. Estás medio bobo con esa basura de cuento. —No es una basura ni es un cuento. Está bien. Vámonos... »Habrás de comenzar a vivir un tiempo diferente. Encontrarás por fin la razón última de tu existencia.»

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XV

Mi mente no descansaba. Vivía en un anillo ofídico que me abrazaba con fuerza. Se convirtió en obsesión para mí encontrar las extrañas conexiones entre las cosas que ya estaba seguro trascendían lo aparente. Debía ser capaz de ver. Sentía que disímiles fuerzas ataban el espíritu. Recientemente había leído que Parménides pensaba que el nacimiento es una ruptura de la Unidad Infinita, que todos nos desprendemos de ese estado de infinitud para que nos sea dada nuestra condición de seres finitos, múltiples, contrastantes, diversos, antagónicos; pero que luego cada ser debe pagar la culpa de lo anterior; debía morir y reintegrarse a la Unidad producto del pecado de su imperfección, el desprendimiento hacia la finitud: el nacimiento. Esa es la suprema ley de la Justicia. Yo había de pagar mi gran pecado. Me había desprendido de la apacible infinitud de la ignorancia hacia el múltiple universo de la sabiduría, ponzoña que lograba socavar en mi alma sembrando un egoísmo fiero y la idea constante de que cada minuto que pasaba era un minuto que se escapaba sin provecho. No debía permitir que se esfumara un instante sin ser exprimido hasta el tuétano. Así transcurrían esos días que 96


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fueron definitivos en mi vida. Ya estaba consciente de cuál era mi camino. Debía buscar siempre en mí. Buscar a través de mí mismo el saber, tal como pensaba Heráclito: «Yo me he investigado a mí mismo». Esta era la forma de ser, en realidad, lo que tenía que ser. Y todo se lo debía a Fausto, a pesar... Me dirigía a su cátedra para consultarle algo sobre mis estudios de filosofía griega. La puerta estaba cerrada. Esto no me detuvo pues conocía que él solía encerrarse para no ser molestado en su incesante trabajo. Entré al aula para acceder por la puerta interior que conectaba ambos recintos. Unas voces conocidas me detuvieron. Para mi sorpresa Fausto conversaba con el gran moralista de la escuela: el profesor Raúl. —Me sorprende tu conocimiento sobre filosofías antiguas —argumenta Raúl. —Me dedico a estudiarlas. Son la fuente del saber de hoy; el mal llamado saber occidental. Ya ves que no solo de matemáticas vive el matemático. Fausto como era usual en él, respondía con tono arrogante. —A qué te referías hace un rato cuando hablabas de la erotomanía en el pensamiento hinduista? —Me refería a la concepción de muchos sabios de aquellos tiempos. —Algo así como un deseo sexual desmedido para exaltar el alma... Digamos una falsa concepción del saber y nula moralidad. ¿Eh? —No me parece —respondió Fausto. El sentido del erotismo 97


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para ellos respondía no a una necesidad física sino filosófica. El sentido de la vida del hombre se justifica en su necesidad de sentir placer. Veían el placer como dignidad máxima del hombre, no solo el placer sexual sino todo goce en general; era salvación en la tierra, todo lo contrario de la moralidad cristiana posteriormente. —Por eso los serrallos, meretrices, harenes... —No, te confundes de religión. Los harenes pertenecen al mundo islámico —corrigió Fausto con sorna. —Da igual. ¿Y tú crees que andaban por suelo firme esas ideas? —Todo depende. El cristianismo impuso casi en un noventa porciento una nueva filosofía. Ahora esas ideas parecen disparates, pero si se va al fondo no lo son. El hombre vive para el placer físico. Se siente bien al experimentarlo y ha sido diseñado para ello. Casi nadie hoy puede elevarse a la beatitud. Todos somos grandes pecadores. —Pero deben existir frenos para los desafueros de los hombres ¿no crees? Volvió al ataque Raúl. —Los frenos deben venir desde el interior del hombre, no desde un dogma, que eso es en su esencia deformada de hoy, la moral. Si tus intenciones vitales son determinadas por alguna filosofía o religión, pongamos por ejemplo la cristiana, se debe asumir lo moral que ella impugna no como una ley externa sino como una emanación interior de tu comprensión de la doctrina que sigues... 98


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—Sí, sí, pero eso no justifica nada la actitud promiscua aquella gente. —No te exaltes, déjame terminar. Te decía que la actitud de cada hombre debe responder en lo espiritual, moral, o práctico a la doctrina que profese. Para el cristiano, la llamada Ley Mosaica y la palabra evangélica de Cristo son las guías espirituales y prácticas fundamentales; para los hindúes, su filosofía no era una teología necesariamente, por lo que no tenían que sujetarse a un código para lograr la perfección del espíritu y así ascender a una vida posterior en un estadío superior, más cerca del dios supremo. Puedes pensar, cómo no, que eran doctrinas inferiores en cuanto a que no tenían una necesidad de una conducta moral para mantener el espíritu limpio como los cristianos. Tampoco tenían una agenda política universal como la iglesia católica que desde un principio fue diseñada para dominar sobre el resto de las demás religiones. Se regían por su credo, actuaban según su visión; sí tenían una conducta moral, propia, distinta, pero era su guía y su ideal. Esto se observa claramente en las figuras de los templos eróticos de Khajuraho La figuras muy expresivas, de alta clase social según sus atuendos, parecen disfrutar lo que les fue dado como don, el placer físico, sin tapujos. Lo expresan como goce cognitivo del ser, digámosle. No anatemizan un acto que es móvil y vínculo del supremo principio de la procreación, la generación de nueva vida. Voy incluso más allá. Por ejemplo, en el misticismo judío, el Sabath es el día de la unión del divino novio con la novia; la unión del Ser divino y Shekhinah; la última de las sefirotas que representa a la vez la parte femenina de Dios 99


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y la comunión de Dios con el pueblo de Israel. Esto ocurre cada vez y es celebrado por toda la comunidad. Y si voy aún más allá, la sefirota inmediatamente superior a esta última es Yesod, que simboliza el falo, la parte masculina de Dios que se establece como pacto entre Dios y su pueblo. Como ves el acto sexual es aquí bendecido por Dios mismo. Realizar este acto con plena conciencia de la necesidad del gozo y conociendo los vericuetos de este arte dignificaba su existencia temporal y su concepto de la fe. No tienen que ser asaeteados ahora así como así. Al hombre hay que comprenderlo en su momento histórico... ¿No dice eso el marxismo? —Sí, dice eso y más; hace una crítica estupenda a todas esas doctrinas idealistas. Me reí para mis adentros con la pateadura intelectual que Fausto le daba a Raúl. Cada vez, el tono de este último se tornaba más vehemente, alcanzando el matiz fatídico que por lo general adopta el discurso de los ideólogos de pacotilla que tanto he visto en este lugar cuando se ven opacados, hecho que me causaba mucha risa. —Crítica debería de hacerse de la conducta moral que se practica en una filosofía que guía a la desespiritualización del hombre, si se me permite el término —Fausto se volvía más incisivo. —¿Desespiritualización? ¿Acaso sirve de algo que un libro, que hasta puede ser falso, diga cómo actuar a los hombres, sin darles margen alguno de libertad? —¿Acaso llega a algún lugar un ser a quien le sea negado el derecho de comprender que hay más allá de la materia aparente, 100


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por todo un cúmulo de teorías teofóbicas? —¡Qué estás diciendo...! —¿Acaso hay algo de moral en eliminar toda posibilidad de primacía espiritual y conducir al hombre hacia una dialéctica de sus instintos, donde es posible todo desafuero, como tú mismo dices? —Hoy ya no somos como los hindúes, han pasado muchos siglos y el hombre debe saber cómo conducirse en la vida, Dios no es necesario, es necesaria la libertad... —Siglos de enseñanza teológica —sentí que Fausto comenzó a refrenarse; sabía con quién hablaba—, de doctrinas religiosas que han dejado su huella moral. Admites que eso es válido, que debe existir una conducta o patrones de conducta, pero admites también que es necesaria una sistematización de dicha conducta... —Y en la sociedad se puede lograr esa sistematización, el hombre debe lograr elevar su conciencia —replicó Raúl. —Pero la conciencia del hombre es precisamente la misma de siempre; el hombre vive para el gozo inmediato, para los vicios que proporcionan placer banal. Si se le deja ir según su interés se vuelve un hijo descarriado. Es capaz de llegar a cualquier deformación de sí con tal de experimentar más placer, y eso es estimulado cuando se niega el lado espiritual que hay en cada cual y que debe atenderse celosamente... Raúl retomó la ofensiva: —No creo que esa sea la causa de la inmoralidad, ni de las aberraciones de hoy. Es la manera de ser de algunas personas, es una manera de ser aberrada la que ocasiona todos estos males. 101


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Aquí mismo por ejemplo, en este tipo de escuelas... —Este tipo de escuelas se convierte en paraíso par aumentar los goces de los instintos —zahirió torpemente Fausto. —Este tipo de escuelas se convierte en paraíso para quienes necesitan hallar el placer corrupto, para satisfacer sus más bajos instintos. —En eso tienes toda la razón. —Sí sé que tengo razón —continuó el ataque Raúl. Yo no tendré tus conocimientos de filosofía y teología, pero sí sé reconocer, y en eso soy insuperable, cuando alguien está saliendo de lo establecido moralmente, para decirlo en palabras que me son ajenas, cuando está cometiendo un pecado. —Me alegro de ello, debes ser muy útil aquí, Raúl. —Tú no sabes cuánto, te aseguro que ni te lo imaginas. Por ejemplo hay alguien muy cerca de mí en estos momentos que no anda en buenos pasos. —¿A quién te refieres? —A usted, amigo mío —dijo sarcástico. —¿De qué hablas, Raúl?¿Qué malos pasos son esos? —Que andas detrás de una faldita. —¿Y que puede haber de malo en eso? —Que es una faldita de uniforme, de esas que debieran ser sagradas, en ese sentido, para nosotros. —¿Qué disparate andas diciendo, Raúl? —Para mí es evidente. Cualquiera que no sea estúpido puede darse cuenta. —Eso es imposible. Yo no pierdo mi tiempo en cosas como 102


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las que estás pensando. Me parece que se equivocan conmigo y eso no lo voy a tolerar. Aquí se habla mucho y nada se sabe ciertamente. Es una gracia difamar sobre los demás y lo peor es que ustedes lo crean. —Espérate; yo no vine aquí a hablarte de un chismecito que escuché en el pasillo ni nada parecido. Yo vine porque me he dado cuenta de que entre tú y una alumna hay algo que cada vez se hace más visible... —Pero, cómo puedes estar tan seguro. Tú solo estás dejándote llevar por las apariencias. —Mira, Fausto, casi veinte años en estos asuntos van creando un olfato agudísimo para estas cosas. —Me parece que tu olfato te está llevando hacia presa falsa. No puede existir nada por ese estilo entre una alumna y yo. Tú solo estás apuntando hacia lo usual, y yo no soy la clase de persona que tú estás acostumbrado a tratar en este lugar; eso lo digo con toda certeza. Entre esa alumna y yo no hay nada de lo que acostumbran a hacer aquí muchos profesores... —¿Cómo sabes a cuál alumna me refiero? —No seas cínico, Raúl. Te refieres a Magdalena Casals. La única estudiante con quien puede vérseme hablando algunas veces. Si piensas que conversamos porque yo quiero acostarme con ella, estás delirando. Entre ella y yo existe otro tipo de relación ajena por completo a esas banalidades que has pensado. Comprendo que ustedes no sean capaces de ver con otros ojos que los que les han sido dados para ver. Pero te pido que no censures lo que no seas capaz de entender. 103


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—Está bien, Fausto, espero haberme equivocado; pero ya sabes que debes ver bien lo que haces. Recuerda que aquí todo se sabe. ¡Todo se sabe! Raúl salió con el rabo entre las piernas. Los últimos instantes de la conversación fueron muy intensos. Fausto doblegó a su contendiente, al menos por el momento. Por suerte el profesor salió por la puerta de entrada a la cátedra y no por el aula. No me atreví a entrar después de escuchar semejante conversación. Una vez fuera corrí tan lejos como pude. De pronto me vi rodeado de platanales y me interné en ellos como en un océano. Corrí sin rumbo tratando de mitigar la gran confusión que me oprimía las sienes. Tropiezo torpemente contra uno de los plátanos y caigo de nalgas en el suelo. Rompo a llorar sin contención. Continúo así por casi diez minutos pensando en lo que no debía pensar, doliéndome de mi debilidad y estupidez; culpándome por mi incapacidad de sobreponerme ante los hechos. Miraba dentro de mí mismo y no veía más que un egoísmo ciego y una sed incontrolable de grandeza que me obligaba a hacer concesiones hacia quien debía ser mi mayor enemigo. Ese ser brutal que tenía bien trazado su pérfido plan de succionarnos como si fuésemos dos animales débiles e indefensos. Irremediablemente, Magda estaba involucrada sin quererlo ninguno de los dos. Ella sí era una víctima. Yo no pasaba de ser un estúpido que deseaba rebelarme a expensas de lo que fuera, incluso de permitir lo impermisible. Me sentía preocupado; buscaba en el fondo de mi alma y no encontraba odio hacia Fausto, buscaba desprecio hacia ese ser y no había; solo encontré vanidad, una enorme vanidad que me 104


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arrastraba hacia el desastre que tantas veces presentí. Me levanté y seguí caminando hacia algún sitio distante. Un gran dolor me oprimía el cerebro. Aquella inmensidad de campo en otras ocasiones solía relajar mi mente al dejar correr los ojos sobre su infinita multiplicidad monótona; pero hoy cada detalle que encontraba parecía molesto, dañaba mi retina como un ácido. Me encontraba ante el paisaje de todas mis mañanas por más de dos años desde que llegué a ese lugar recóndito a perderme en un plano donde el tiempo tiene otra manera de correr, donde la temporalidad transcurre semejante al movimiento de una sierpe que zigzaguea en un agua terriblemente viscosa, agitándose y esforzándose por avanzar hacia un nuevo espacio pero que solamente salva una ínfima distancia. Este es un nicho maldito donde hemos sido traídos a aprender cuánto ha de costarnos sobrevivir en la nueva sociedad. Debemos aprender cómo habremos de sufrir para llegar a ser lo que se quiere que seamos; que la nada interior es la única posibilidad que tenemos para ser capaces de llevar a cabo la gran tarea de construir algo que no ha sido definido para nosotros, un algo que nos obliga a vivir en la desolación, en el dolor de la ausencia hacia nuestros seres del alma; nos obliga a esforzarnos por aprender a tolerar lo intolerable, a un estoicismo ridículo, para nada al final. Creo que la única razón para tanta absurdidez es querer demostrarnos que en la nueva sociedad no somos más que piezas, y que este lugar es como una especie de campo de entrenamiento para un sistema de vida que luego tendremos que soportar para siempre. Siento como si una luz cálida me alumbrara la mente y 105


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únicamente ahora consigo entender la causa de esa sensación de muerte interior que me acompaña cada vez que llego a este lugar. El imperativo de abandonar la añorada libertad y el derecho al esparcimiento vital que toca a cada ser, hace que nos convirtamos en animales de laboratorio, sometidos a un experimento que anulará nuestra existencia individual, para hacernos figurantes idóneos de otro experimento enorme, a escala social, que nos llevará supuestamente a formas superiores de la conciencia. Ya no creo en nada de eso. Solo veo tiranía y crimen sobre mí. Solo el saber conduce a la virtud, el hombre debe aprenderlo todo por sí mismo para poder así respirar desde el bien, por ello necesita ser libre, que Sócrates no me deje mentir; cualquier intento de alejar al hombre de este empeño es querer acaparar nuestro albedrío, es querer confundirnos y mitigar el derecho a Ser. Por ello no puedo odiar a Fausto; aunque me dañó en lo personal, él y solo él me mostró, si no el camino, al menos un camino para ir hacia la libertad individual, cosa que en este lugar jamás hubiese aprendido; todo lo contrario, aquí soy adiestrado para formar parte de una gran obra de embrutecimiento o automatización colectiva y todo está emplazado para que si alguien lograra escapar de las fauces de este sitio, quede reducido a cenizas. Esto me lleva otra vez a Fausto. También sé, gracias a él, que ser nada es mucho mejor que ser parte de un todo fétido. De la nada se puede nacer completamente nuevo y diverso; cuando se está atado de por vida a ese todo se actúa como marioneta. Es preferible reducirnos a nada y luego rehacernos en el tiempo. Cada ser en este sitio testificará con su existencia la desdicha de 106


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haber nacido teniendo dueños. Algo, que al inicio pensé era una visión, me sorprendió. A unos cien metros más o menos estaba una persona. Permanecía inmóvil, sentado sobre una piedra, con las manos sobre los muslos y la cabeza ligeramente inclinada. Estaba de espaldas hacia mí. Me acerco. Parece estar durmiendo. Ningún ruido lo saca del sopor. Me espera una gran sorpresa: Judaín. Me detuve frente a él con la intención de descubrir qué le pasaba. Era muy extraño que se encontrara en este lugar en una postura tan rara y al parecer sumido en profunda meditación. Tal vez Judaín era una persona mucho más interesante de lo que supuse al inicio. Si era un anacoreta debía ser alguien muy especial. No me era posible observar sus rasgos pues su cabeza estaba inclinada profundamente en su pecho y comenzaba a oscurecer. Cada ser en el universo poseía en sí la justificación de su propio transcurrir; nadie pasa por la vida sin ser parte de los fluidos cósmicos, de los grandes ciclos telúricos. Todos participamos como una parte necesaria de una obra bien estructurada que es la Razón de todo. Me preguntaba entonces cuál sería la causa de la presencia de este nuevo figurante en mi vida, que hoy se me revelaba como algo mucho más significativo de lo que yo realmente esperaba y que me inquietaba pues ya sucedían suficientes cosas que me afectaban profundamente. Un movimiento leve de Judaín me hizo acercarme más a él. Ya apenas quedaba una hora más de luz. Lo escucho emitir un sonido gutural, rarísimo y parece que comienza a levantar suavemente el rostro. Retrocedo sorprendido y también asustado al percatarme 107


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de que en su rostro hay un extrañísimo resplandor; una luminosidad verdosa que le ofrece tintes diabólicos. No comprendo lo que veo y el pavor irremediable me ataca. Me desestabilizo completamente y comienzo a retirarme con paso ligero. —No debes huir ante lo inevitable... Me detuve espantado. —Comprender es mejor que huir, Jesús. Tal como pensabas hace un momento, nadie pasa por la vida sin ser parte de los fluidos cósmicos, de los grandes ciclos telúricos. Has aprendido bien. Pero aún temes. Y el temor debe excluirse del interior de quien quiere penetrar lo Indescifrable. Volví el rostro cautelosamente. Judaín hablaba de espaldas a mí. Extendió una de sus manos hacia un costado suyo con la palma hacia arriba invitando a acercarme. Lo hice mecánicamente, pues apenas poseía control sobre mí. Lo tomé de la mano. Me llevó, sin mover el torso, hacia delante de sí. Ya no le brillaba el rostro. Tenía aún los ojos cerrados; estaba convencido de que nunca los abrió. La oscuridad era cada vez más cerrada. Pensé que ya estarían comiendo en la escuela, que Magda andaría como una loca buscándome, que había sido una tarde nefasta para mí. La voz de Judaín cruzó la penumbra con agudeza inusitada: —Cualquier cosa que sucede fuera de nuestro ordinario movimiento es Revelación. Cualquier cosa que hagamos fuera de lo que aceptamos es Devenir. Tienes que escuchar el lenguaje del silencio. Ese es el lenguaje misterioso de la Totalidad. Háblale en silencio y serás escuchado. Ya no eres un ser usual, has entrado en dominios que te hacen más consciente que el 108


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resto. Ahora, debes andar, si te detienes o retrocedes no podrás evitar tu perdición, si temes, si titubeas, si violas la ley de la infinita progresión lo lamentarás. Serás, entonces, borrado para siempre. Me zafé bruscamente de sus dedos que comenzaban a quemarme. —Serás borrado, para la eternidad... Retrocedía temblando... —«Al que pecare contra mí, a este raeré yo de mi libro.» Comencé a correr desenfrenadamente hacia la mancha oscura del platanar, tropezando, cayendo, levantándome y cayendo de nuevo. —Dudar es permitido... Corría a través de las sombras, mi mente también multiplicaba la velocidad de mis ideas. Corría. —Dudar, es superación. Corrí hasta llegar a un costado de la escuela. Estaba tan confundido que no supe si había llegado hasta alguna de las vías de acceso menos visibles. Me adentré por cualquier lugar sin importarme la posibilidad de que mi fuga fuese descubierta. Atravieso el pasillo principal desconcertado, escoltado por cientos de ojos escrutando mi presencia. Llego finalmente a las escaleras de los dormitorios. Alguien me toma por la camisa y yo pienso en la hora final; la mano de un profesor que había notado mi ausencia y me esperaba para poner fin a mi rastro en este lugar de mil demonios, quedo rígido en espera de un tono de reprensión, y la mano me hala haciéndome girar y solo veo el rostro 109


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que más amo en el mundo, porque siempre está presente como un alivio y es Magda que palpa mi pecho con cara de asombro ante el desaliño de mi figura, la camisa manchada, el pantalón lleno de tierra y roto, mi rostro arañado y lívido. Habla asustada, pregunta muchas cosas que no escucho, luego me abraza, la abrazo, quedo inmóvil dentro de aquel remanso que era su calor de mujer hermosa, la abrazo, la aprieto como si fuera el fin de todo, como si fuera mi instante fatal.

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XVI

Cuaderno de Magda (fragmento) «El aprender establece entre el hombre y el Ser y a su vez entre el resto de los hombres inmersos en la búsqueda común, una relación que no es puramente intelectual porque compromete la totalidad del hombre y por lo tanto también la voluntad. Platón la define como Amor...Interesante ¿verdad?» No me quedaba otro remedio que escuchar su lectura ensimismada. Esa lectura maldita que casi lo volvía un lunático. Jesús se estaba transformando en otro Jesús que no reconocía. Cuando vine a este lugar sabía que me alejaba del control de mis padres, que comenzaría a madurar brutalmente, que las nuevas circunstancias me pondrían ante situaciones de carencia y dolor. Sabía también que aquí conocería lo que es un hombre, que me haría, en fin, una mujer supuestamente responsable de mis actos. Por suerte reencontré a Jesús. Era la única persona con madurez y delicadeza que había entre los demás. Siempre estábamos unidos, el uno dedicado exclusivamente al otro. Ya llevamos casi dos años juntos. Durante este tiempo él ha sido muy importante para mí. Pero las cosas han comenzado a cambiar. La 111


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aparición en nuestro camino del profesor Fausto ha trastornado nuestra vida. Desde el momento en que se le metió entre ceja y ceja que yo era la «salvación de su espíritu» los días comenzaron a amargarse. No ha transcurrido uno desde que comenzó todo sin que Fausto me pretenda, me hable, me revele sus planes estúpidos. Me da asco su actuar tan descarado, la expresión de su rostro, sus viscosas palabras que caen sobre mí produciendo un terrible asco. Lo peor es que para él esto es algo preconcebido en una especie de plan que en su mente trastornada lo coloca a él en el lugar de un dios y a nosotros como piezas de su juego. Al principio pensé que lo que él deseaba era acostarse conmigo y que al ver mi rechazo, comenzaría a pretender a otras; pero me he percatado de que él se trae algo diferente entre manos. Tal parece que no es sexo lo que desea. Su actitud es la de un ser con una manera diferente de ver las cosas. No puedo definirlo bien pero me doy cuenta de que sus intenciones son mucho más graves que las de cualquier otro profesor. Su acercamiento a Jesús ha sido completamente premeditado. Lo ha seducido con su sabiduría, lo domina con sus ideas, lo maneja. Jesús no se da cuenta. Discute conmigo cada vez que trato de hacerle ver la realidad. Sé que detrás de todo ese juego está la mano de Fausto. Ha puesto entre Jesús y yo algo que antes no existía, la pasión por el saber. No conozco nada de ese sentimiento, ni de sus dimensiones o efectos, solo sé que es muy fuerte y que maliciosamente alimentado puede incrementar la egolatría, puede provocar el aislamiento. «Si no fuese por lo de la castidad me hubiese gustado ser sacerdote, así nada perturbaría 112


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mi búsqueda», me decía, Jesús una noche. «Claro que jamás podría serlo pues perdería lo más importante, a ti», rectificó luego de ver la expresión de mi rostro. Al principio no le di importancia a esas palabras. Después de conversar con Judaín, me doy cuenta de que pueden ser terribles para nuestra relación. Jesús se está aislando, lo están haciendo ser como ellos, un egoísta, un solitario filósofo, un individualista, un envanecido de sí mismo. Lo que Jesús no puede ver es que detrás de esa ‘salvación’ que le proveen esos conocimientos, en ese ‘despertar’ ve Fausto el cumplimiento de su plan. Está desviando la atención de Jesús. Lo está distanciando. Le abre los ojos hacia el conocimiento y se los nubla hacia mí. En estos días nos vemos solo en las clases y por la noche. Se levanta y se queda por ahí leyendo, alega que esa es la hora en que su mente está más fresca y que comprende mejor las abstracciones filosóficas. Al salir del aula va para el dormitorio o para la biblioteca a estudiar. Después de almorzar corre hacia la cátedra de fausto la mayoría de las veces; cuando regresamos del campo, sube a bañarse y luego se queda estudiando. En la noche, pasa una o dos horas conmigo repitiéndome todo lo nuevo que aprendió durante el día. Es casi un vicio. Siente una urgencia por aprender. «He perdido quince años de mi vida y tengo que recuperar ese tiempo». No se da cuenta de que ahí está la trampa. «Rubén Darío conocía a los poetas clásicos españoles desde la niñez y Rimbaud hizo sus primeros versos en latín cuando era un adolescente. Los grandes, leían desde la infancia lo que yo aún no alcanzo a entender, te 113


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das cuenta?». El tiempo que se le escapa de las manos, esa es la obsesión. No deja pasar un minuto sin querer sacarle provecho. No estoy ya en un primer plano para él. He llegado a creer que durante las veinticuatro horas del día piensa más en Fausto y en los filósofos antiguos que en mí, en su novia, quien hace un tiempo era lo más importante, lo que llenaba su vida, que ahora corre a una nueva velocidad. Esa es la trampa de Fausto. Lo distrae con la obsesión de la sabiduría y lo conduce por donde desea con esa historia densa que le dio hace poco. La otra noche Jesús casi me obligó a que leyera. Lo único que me quedó claro fue que estaba hecha para someterlo más a su extraño yugo; atarlo más a él para así poder tener el camino hacia mí completamente limpio. Esa es la finalidad de la famosa historia que me pareció muy oscura; pero a Jesús lo tiene fascinado. La lee como si fuesen páginas de salvación. Me dice que está escrita con magistralidad y que allí cualquier cosa es posible pues se trata de la historia de todos los seres incluyéndonos a nosotros dos. Me pide que lea. Yo rehúso la mayoría de las veces. En ocasiones logra que me detenga en sus páginas unos instantes. Luego me pregunta si he entendido y yo le respondo que muy poco. Se enfurece siempre y dice que yo lo hago a propósito, que digo eso para molestarlo, que sí tengo que comprender al menos una frase y si no que me esfuerce más que vuelva a leer. Jesús tiene toda la razón. Claro que entiendo pero siempre lo niego para no verme envuelta junto con él en el estúpido teatro en que Fausto nos ha puesto como protagonistas. Mantenerme lo más lúcida posible es muy importante, si me dejara seducir sería el fin. 114


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No sé si pueda soportar esto por mucho más tiempo. Me siento sola en medio de la tormenta que se desata por mi causa. Fausto no se detendrá, de eso estoy segura. En la medida en que sus maquinaciones surtan efecto arreciará sus embestidas, me perseguirá más y confundirá más a Jesús. Cada vez que pienso en estas cosas soy presa de un miedo enorme. Ya apenas puedo contar con Jesús. Estoy sola frente al monstruo.

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XVII

Salí decidido a encontrar a Judaín, tenía que explicarme quién era él, y el porqué de todo aquello que me dijo. De donde sacaba esos poderes; cómo pudo leerme el pensamiento y por qué su rostro se encendía como si fuese una lámpara. Tenía que encontrarlo y poner en claro el misterio que me devoraba el cerebro. Quién era él, eso era lo más importante. Me tendría que decir por qué me había escogido para mostrarme sus ideas y facultades. Recorrí la escuela de arriba a abajo infructuosamente. Me asomo al balcón de la entrada frontal y veo a alguien de complexión física semejante a la de Judaín introducirse en el denso platanal. No dudo en pensar que se trata de él y que tal vez me insta a que lo siga. Recuerdo el desagradable pasaje de la tarde pasada y me aterra el hecho de ir tras él. El ocaso cedía ante la tiniebla inminente por lo que decido esperar a que salga, huyendo de la noche; es muy difícil que permanezca allí dentro cuando los mosquitos y el terror de lo oscuro lo abracen. Bajo mi brazo traigo la historia de Fausto. Decido leer un poco mientras aguardo. Abro, estremecido de ansiedad, el ya maltratado cuaderno que está ensanchando ante mí el misterio de la transfiguración 116


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de mí mismo... «Vibrarás ante algo inusitado. Sentirás un fuerte golpeo en tu interior. Percibes la certeza de un giro en las esferas que se proyectará en ti como luz eterna. Comprendes que has encontrado lo que durante todo este tiempo buscabas. Por fin tendrás el premio para tu alma; traes a tu mente los profusos ojos y cabellos negros que te han hecho hablar a los elementos, palpar las emulsiones del viento. Recuerdas el estremecimiento de tu ser astral al presentir sus jugos interiores y al ver sus manos exquisitas descansar junto a su boca. »Pero sabes que primero debes comprobar si tu amo consiente tus deseos, si está concebida esta variación en tu camino. Corres hacia el tabernáculo de la alianza. Te detienes sobre el escalón número dieciocho de los tres grupos de seis: tres veces seis y tú, en la cima. Allí levantas los brazos para la invocación y abres tu interior para percibir respuestas. Nada sucede. Asustado ante el posible fracaso comienzas un segundo intento que tampoco surte efecto. Repites tus conjuros otras veces pero el universo parece dormir a tu alrededor. Bajas con decepción obligado a un dolor que debilita tu poder. Caminas hacia un vacío que únicamente la presencia deseada podrá aliviar. »Caminarás rumbo a lo oscuro cuando sientes una ráfaga hirviente y fétida que mueve el acanto y renueva el dolor que rememora tu atadura pero también tu nueva fuerza. Sientes un súbito regocijo. Sabes que es la voz de tu amo que está respondiendo. Enfilas tu rostro rompiendo la corriente sulfurosa. Quieres interpretar la señal. Abres los brazos y ves volar una 117


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hoja del acanto hacia el lugar de la confirmación: la hoja cae suavemente sobre el último y superior escalón de los tres grupos de seis. Retumbará tu alma ante la nueva revelación. Tu amo conoce de tus intenciones y las aprueba. De inmediato comprendes la ingenuidad de tu último pensamiento: Tu amo sabe de antemano tus futuros movimientos porque él es dueño de tu existencia y es quien dicta cada uno de tus actos. Entiendes que tu reciente hallazgo está incluido en las tablas que prescriben todo en sus dominios. Te sientes satisfecho al confirmar que tienes el beneplácito y sabes que tu poder aumentará y que te serán otorgadas las prerrogativas de lo oscuro y que tu objetivo ya es algo tangible que sin remedio será puesto en tus manos merced a la bestia que te mima. »Ocuparás de nuevo tu sitial ahora aguardando la presencia de la inocente que viene cada día a escuchar tu verbo imponderable como luz inmensa. Esperarás, milenario, sintiendo incrementarse tu devastadora capacidad de dominación. Te elevarás en el espacio para encontrarla y luego adorarla mostrándole que eres supremacía y que hacia ti será atraída por una fuerza que jamás entenderá; fuerza que sustentas en tu superioridad espiritual y en la ayuda del amo implacable. »Experimentas el más alto placer al recibirla en tus dominios. La observas pausadamente regodeándote en su perfección. Giras junto a ella alrededor del asiento, bajas con ella hasta el fondo raso de la silla, entornas la mirada junto a la de ella hacia los ventanales. Se encuentra tu mirada con la de ella y por vez primera te ves obligado a bajarla ante un ser proveniente del redil. 118


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»Comenzarás el acecho alrededor de la nueva obsesión. Sabes que es algo que no corresponde a tu naturaleza superior pero tu poder es ilimitado y tienes el gran beneplácito. Sabes que para el Magister es inmundo tocar alguna de las piezas. Pero en esta hay algo superior al resto, en esta hay perfección y amas todo lo que desprenda perfección. La devoras con tus ojos mientras esparces por todo el recinto bocanadas de palabras que van adoptando las formas más extrañas según tu realización espiritual de ellas. Las afilas cuando quieres socavar en las conciencias, las ablandas para acariciar el alma, siempre buscando un estado de tersura y docilidad que facilite el golpetazo final; momento en que le das a la palabra la forma de un puño férreo y la proyectas hacia el espíritu colectivo que has ido provocando en detrimento de la individualidad, para así, al unísono, borrar toda idea propia y conectarlos, irremediablemente, a tu caudal de gnosis y concluir la sagrada psicagogía que es tu misión entre esas paredes. »Caes de nuevo ante sus ojos. Aceptas gustoso el lazo de su belleza porque sabes que toda belleza es razón suprema de virtud. Te exaltas de forma poco común en ti, sientes tus sentidos aceitados que permiten un accionar certero y brillante. Sabes que ella logra elevarte ante ti mismo y ante las piezas que temen tu gigantez. Posees más energía que nunca. Generas ideas, llegas a conclusiones que jamás pensaste posibles en tu mente. Te estremeces de gozo, sabes que todo lo debes al monstruoso amo, que es el lugar donde te encuentras. Él ha accedido a todos tus caprichos y te ha dado los medios de gloria que en otro sitio jamás conocerías. Él ha restaurado tu dignidad perdida y la ha elevado 119


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hasta el sitial en que ahora ejerces. Eres Suma, ya no cifra. »Te enfrentarás a ella por primera vez. Ordenas que se levante y te demuestre sus fluidos internos. Comienzas un proceso de escrutinio, para comprobar que no has errado en tu elección. La obligas a moverse en tus predios y te regodeas en su miedo, en su inseguridad. La enredas con tus acertijos favoritos; la haces percibir la supremacía, la grandeza. Deseas que te admire, que comprenda quién eres y cuál es su destino. Ya la has atrapado en la maraña verbal. Es el momento de tirar de las cuerdas... La ves moverse desestabilizada por tu fuerza. Compruebas cómo gira perdida con el crudo arremeter de las ideas. La verás caer sobre sí misma testificando tu excelsitud por sobre todo y sentirás el placer más grande; el placer que la ata definitivamente a tu espíritu. »Acompañarás con la vista su regreso al asiento. Continúas la labor de artífice de la palabra llegando a un clímax en tu obrar. Puedes manejar y cambiar las esencias a tu antojo con una celeridad terrible. Padeces un desbordamiento de energía sin precedentes, levantas, cortas, juntas, esgrimes, taladras... Posees más que nunca el dominio de las almas, integrantes de un juego que supera el trivial agrado de desplegar la consabida pericia, pues se trata de un proceso donde de cada cruzamiento se genera una nueva convicción que comienza a integrarse en un sistema de realidad diferente al original. Conoces de sobra que ni tú mismo controlas el alcance de esas nuevas realidades recreadas y que estas pudieran cobrar vida propia y desplegarse al universo, y que tú solo conduces el momento del nacimiento; sabes de sobra que todo es un azar indomeñable, que eres solo un alquimista también 120


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inmerso en la propia regeneración profundamente deslumbrado ante la perpetuación del poder en su carne. La miras nuevamente y sonríes para tus adentros al ver el rostro atribulado. »Terminarás los magistrales actos al comprobar que es el tiempo de intercambiar el rebaño. Buscas el espíritu de ella desde la fuerza de tu mente. Piensas que todo está resuelto para ti, has llegado a la perfección. La observas profundamente sin aparentarlo; hasta las contracciones y distensiones de los músculos del tórax son captadas por tu espíritu. Súbitamente, recibes un golpe de muerte. Sientes cómo sus dedos comienzan a rozar, luego a abrazar, luego a apretar otros cinco dedos de otro ser a su lado. Observas cómo la mano mísera del otro circunda la cintura perfecta que es cuello de ánfora. Te duelen esos roces en la carne del alma. Te laceran esos dedos que poseen la gracia de succionar la temperatura de un cuerpo que está destinado a ti, el Altísimo. Bramas para tus adentros al contemplar a esa basurilla desandar las partes más hermosas de su rostro, del torso esbelto. Devoras el odio en un juramento pétreo que no traicionarás hasta cumplirlo. Doblegarás al indeseado personaje hasta el punto de que sea él quien te entregue a las manos de ella. Lo harás adorarte como un dios, lo pondrás de rodillas ante ti, lo llenarás de tu esencia para que él sea sustancia tuya. Lo obligarás a pactar contigo su propio destino. »Te detienes a pensar por un instante. Sientes que aquello hace apenas un momento te llevaba a la ira se convierte en un signo. Entiendes que se trata de una ley elemental del cosmos. Necesitabas un antagonista que te obligara a elevar tu mente a 121


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un nivel más alto. Ves ahora cumplirse la suprema ley de los contrarios. Has encontrado el equilibrio imprescindible. No podrías ser si no existiese un tercer elemento que completara la Suma. Reconoces la unidad en este encuentro. Sabes que solo en ella yace la verdad. Tres es la medida exacta y la medida es la forma de conocer la realidad de las cosas, si es perfecta, estás ante el supremo valor. »Vuelves a sentir la fétida corriente de aire mover las hojas de la maligna trepadora. Es la señal de que la bestia está contigo. Entiendes que el triunfo es algo seguro. Agradeces al amo tanta gloria y te dispones a elaborar la madeja que rodará por el árido sendero. »Sales de tu amado recinto con un ánimo brutal. Ya están en tu mente, como surcos de fuego, los futuros pasos que has de emprender. Te sientas en el lugar donde se acomodan tus aliados favoritos: los libros. Mal organizados y empolvados en sus anaqueles los miras desde la soledad que traspasa el recinto, en una penumbra de polvo instalada allí para siempre. Estás en el sitio del espíritu por excelencia aunque sabes que la bestia ha eliminado todo folio que pudiese despertar a los corderos de la modorra eterna a que están destinados. Observas que cada quieto ejemplar yace en el más oscuro sopor y que apenas son desempolvados por alguna mirada escrutadora. Sientes una extraña pena en lo muy profundo del alma como si lamentaras el mal que se ha enseñoreado de las pobres almas que habitan ese lugar. Sabes que de allí no saldrá un espíritu templado en la verdad, en la sabiduría, sabes que solo se deben lograr fieles repetidores 122


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de malsanas doctrinas. Todo este dolor sientes, cuando un fuerte retumbar bajo tus pies hace que caigas en el suelo. Ves temblar tu cuerpo; las sillas, los libros, mesas, todo lo que existe entre esas paredes te golpea en ese instante. Intentas protegerte pero es en vano, los volúmenes más pesados caen sobre tu cuello y te dejan adolorido. Te estremeces al recibir un fuerte golpe en la frente proporcionado por una mesa que rueda velozmente... Te apresuras a enmendar tu error. Has dudado y tu amo, tu señor, te castiga. Le hablas arrodillado, le suplicas, lloras. No eres escuchado... Otro golpe te lanza por el suelo. Te levantas y abres los brazos en devota postura. Aclamas a la bestia. Pides perdón. Suplicas nuevamente. Lloras... Observarás cómo el terrible movimiento se detiene. Entre el desorden reinante, sientes que una corriente de aire más caliente que nunca penetra en el recinto. Abres tu espíritu hacia ella como muestra de sometimiento. Comprendes que el amo te reivindica. Afianzas nuevamente tu poder. No dudarás nunca más en lo adelante. »Respirarás calmado y te sentarás a realizar tu plan. Pones tus manos sobre los muslos, te acomodas en el asiento. Necesitas traer ante ti al ser que se entromete en tu camino, el ser que infamemente has visto poseer a quien no le corresponde. Comienzas a buscarlo con fuerza. Lo atraerás desde cualquier punto del universo en que se encuentre. Tratas de conectar tu fluir con la gran corriente cósmica para que las emanaciones lleguen hasta él. Con gran eficacia, lo has ubicado en el espacio. Ya lo ves inquietarse interiormente. Sensibilizas su centro espiritual. Le haces sentir una extraña necesidad que en un principio no 123


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entiende. Te esfuerzas más aún para esclarecerle el camino. Lo llevas a experimentar la simple urgencia de leer un libro. Tienes que arreciar los fluidos para anublar la resistencia que sus hábitos ejercen sobre él y forzarlo a complacerte. Por un instante, entablas una lucha entre tu energía y su poca fe en sí mismo que lo hace alejarse de las necesidades más profundas. Triplicas el esfuerzo. Llegas a poner toda fuerza interior en el empeño. Por fin logras esclarecer su centro espiritual y la necesidad creada pasa a ser convicción. Sientes como el muchacho se levanta y dirige sus pasos hacia ti. Extenuado, caes en la silla. Comienzas a recuperarte pausadamente. Sabes que debes ganar tiempo pues en muy pocos instantes llegará tu víctima. Agradeces a la bestia tanta bondad y formulas sólidas promesas de lealtad. »Lo ves entrar en silencio y acercarse a uno de los estantes. Sonríes para tus adentros al comprobar tu capacidad y te diriges hacia él. Tocas su hombro. Lo llevas hasta una mesa. Allí, comienzas a hablarle de todos los libros y de toda la sabiduría del universo. Observas cómo sus pupilas se dilatan sorprendidas y sientes cómo brota en su alma una gran sed por aprehender todo el caudal que posees. Sabes que esa sed será la garantía para lograr tus objetivos. Lo ves temblar de emoción ante todo lo nuevo que escucha. Sientes la tremenda luz que comienza a emanar de su alma y comprendes que las cosas serán más fáciles de lo que imaginabas, pues posee una espiritualidad profunda y por lo tanto ávida. La descubrirás ante él apresuradamente. Sabes que ignora por completo su capacidad interior y que la sorpresa de sí mismo te hará adueñarte de su ser. Te regocijas con el contraste de su 124


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ingenuidad frente a tu poder. Le hablas, lo estimulas, muestras un mundo para él completamente ignorado. Fabulas con el saber milenario que posees. Sabes que ya es tuyo. Descaradamente, le propones un pacto. Le darás la más alta posesión: tu saber, a cambio de algo que es de inestimable valor para ti, algo que él deberá ofrecerte a cambio, algo que él posee y a ti te deslumbra. Sabes que lo arriesgas todo. Lo ves dudar y deseoso de huir de ti. Enfurecido, le dictas al oído todos los cruentos matices de la otra parte de tu plan en caso de que se niegue a conceder el arreglo. Lees para su mente las facetas de la venganza que puedes desplegar en caso de que no sean cumplidos tus deseos. Sientes cómo, temeroso, busca refugio en los privilegios de la sabiduría que antes le enumerabas. Te percatas de ello y lanzas sobre él nuevas jarcias de prerrogativas deslumbrantes que poseerá si te da lo que pides. Vuelves a tenerlo ensimismado ante ti y no demoras la nueva acometida. Reiteras tus intenciones. Formulas nuevamente los términos del trueque. Te parece verlo menos contrariado, más obligado a negociar. Evocas para él maravillas del espíritu que puede ser capaz de manejar a cambio de algo que se ha convertido para ti en necesidad impostergable. »Extenderás tu mano sobre la mesa con la palma hacia abajo, indicando con tal gesto que es el momento de la decisión. Sabes que este instante torcerá el rumbo de tres vidas. Sientes aún la duda sobre su alma. Estás a punto de volver a proyectar tu ira sobre él cuando ves la mano temblorosa posarse sobre tus falanges. Una gran alegría te levanta. Has logrado su beneplácito. Sabes que él ignora la magnitud de este encuentro y de lo que 125


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tendrá que entregar por tener la sabiduría. Ríes estrepitosamente. Te duelen las raíces del acanto que en tu diestra se remueven en señal de triunfo. Lograste tu objetivo. Ambos te pertenecen desde ahora.»

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XVIII

Terminé de leer con los ojos encendidos. La tarde había cedido los últimos rayos de luz. Esas últimas líneas desbordadas de significaciones obstruían mi mente; las ideas se agolpan y lentamente trato de destejer el mensaje que yace enredado en el denso lenguaje. Una compleja realidad nos ata incesantemente, nos hace prisioneros de un decursar incomprensible. Nunca experimenté una sensación de compenetración profunda con un texto escrito como en este instante. Un cúmulo de sugerencias reclamaban de mí un máximo de esfuerzo que jamás otra lectura exigió. Las palabras se unen en binomios, que se funden en secuencias mucho más confusas, más extensas; reptan por las sinuosidades de mi entendimiento, son devoradas por abismos intelectivos. Pero todas se rehacen en formas de mayor complejidad que se imbrican con otras aún más terribles; luego se proyectan hacia mí como una bestia, terrorífico monstruo derramando humeantes significaciones, que sobresalen como arabescos luctuosos y a la vez pintorescos. Encaro a la bestia con enorme fiereza interpretativa, la amenazo con hallar la hebra esencial que conduce al centro desde donde parte todo su caudal figurativo. Ella sabe que 127


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solo fanfarroneo, que a lo sumo únicamente alcanzaré a llegar al plano de los espejismos, el lugar donde no vemos realmente, sino donde creemos ver. Allí es posible que todo aparezca tal como a ella le plazca, pero no me queda opción. Tengo que creerle, que aferrarme a sus representaciones pues ellas redefinen mi ser, reconstruyen a otro Jesús, que está mucho más cercano a lo que yo deseo para mí, es allí donde soy, no en esta pobreza real que me habita. Gracias a esa bestia he aprendido que la vida es el momento culmen de un sueño culminante, un éxtasis imaginativo. La vida se rehace en el claustro de lo que imaginamos. Penetrando en ese plano que puede explicarlo todo se encuentran las verdaderas respuestas. Cuando me adentro en la bestia me veo más cerca de lo incognoscible. De cualquier manera ella me vencerá, por ello, al tenerla frente a mí, me entrego como el efebo que en un culto idolátrico expone su sexo para que de un tajo le sea dada la unción ordenatoria. El monstruo es eficaz, se incrusta en mi mente y me cubre por completo con su legión de ideas multiformes. Una vez dominado, sus tentáculos penetran hasta transportarme a su vientre. Sepultado en su interior siento una atmósfera absurda pero vívida, exultante, que me hace dueño de un universo donde ejerzo el poder como si fuese un elegido. Encuentro un mundo que por indefinible se abre como página de eternidad. Accedo a todas las cosas, viajo en emanaciones etéreas, paladeo la más grande sensación de engrandecimiento. Puedo ser en estas páginas el dominador de los elementos y los seres. Solo a través de ellas crezco, de ellas me alimento. Allí está el mundo, el saber, el poder supremo del espíritu sobre la 128


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materia, el acontecer, el fieri. No obstante, a través de los ciclos de éxtasis en que me sumerjo, soy capaz de ver intenciones veladas cada vez más filosas. Siento que toda la grandeza que me colma tiene un precio. Indudablemente algo me empuja hacia una especie de trueque. Mi intuición me dice que en todo esto hay un mensaje que debo captar, parece como si me dijeran que tengo que ofrecer algo yo también, algo que va más allá de la entrega espiritual. Algo que es exigido como retribución. Unos instantes atrás vislumbré un sórdido reclamo, una insinuación de posible venganza y una especie de ira concentrada que amenaza con caer sobre mí si reniego hacer lo que se supone que sea mi obligación. Es muy confuso. Quizás estoy malinterpretándolo todo o no soy capaz de entender realmente nada... —La noche es una mano que despereza las ideas. —O que las confunde. Hace más de media hora que te espero Judaín. Quiero hablar contigo. —¿Qué pasa? Te veo nervioso. —Me pasa que quiero saber quién eres tú realmente, de dónde saliste, cómo pudiste leerme el pensamiento, cómo sabes tanto de mi vida, por qué siempre estás en mi camino, por qué eres tan raro y sabes cosas tan poco usuales... —Cálmate Jesús, pregunta una sola cosa a la vez. —Lo primero que quiero que me digas es cómo carájos me leíste el pensamiento. —Yo no te leí el pensamiento. —¿No? Y cómo me dijiste textualmente lo que había 129


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pensado. —Es que te escuché decirlo; pensabas en alta voz, al parecer. —No te burles de mí, Judaín, yo no hablo solo. Tú me leíste el pensamiento. Tú sabías lo que yo estaba pensando. —Te repito que no. ¿Cómo voy yo a saber lo que tu piensas, así, exactamente? Te escuché decir a ti mismo las frases que luego te repetí. Es así de simple. Jesús, me parece que estás muy impresionado por alguna emoción fuerte. ¿Tienes algún problema? —Qué problema ni problema; y el rostro, por qué se te iluminó... —Ahora sí que te pasaste; ¡que se me iluminó el rostro! ¿Tú crees que soy el mago Merlín o un extraterrestre? La risa de mi interlocutor llegó a sobreexcitarme. —No juegues conmigo, yo lo vi. El rostro se te encendió con una luz verdosa. ¿Cuál fue el truco que usaste? ¿Por qué trataste de impresionarme? —Verdaderamente sí que estabas impresionado; tal vez el miedo a la oscuridad te hizo ver todas esas cosas, yo sé que el campo de noche no es fácil de soportar. —Yo llevo más de dos años caminando de noche por todo este monte y jamás me he aterrorizado. Yo estoy seguro de lo que vi y yo te vi... —¿Qué te hace estar seguro de lo que ves? —me dijo muy exaltado, como deseando ahogarme con sus gestos—. ¿No sabes que los sentidos son los mayores fantasmas con que vive el hombre? Para mí algo puede ser luminoso y para ti opaco; te 130


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lanzas al mar porque un instante antes lo viste manso como una tela de seda y al instante puede ahogarte la más terrible marejada. Una ilusión, una ilusión es casi todo lo que ves. ¿No te das cuenta de que cometes el error de todos los hombres comunes? Creerse seguros porque tienen ojos para medirlo todo, tacto para reafirmarlo, oído para prevenir. Un ciego sensato puede ver más que cualquier hombre, porque prescinde de las apariencias y aprende a ver desde el alma; ya no necesita de la luz, de la sombra, ya no lo afecta lo horrible ni lo deslumbra la falsa belleza. Lo que para todos es una gran desgracia para ellos puede revertirse en profunda superioridad. Pues ellos son capaces de descubrir que el yo verdadero no tiene absolutamente nada que ver con los fenómenos del mundo ni con las apariencias sensoriales. Luego tú dices estar seguro de lo que ves. ¿Y si te dijera que mi rostro no se iluminó sino que tú sufriste el espejismo de verlo como una lámpara, que tu inseguridad exaltó tu mente al punto de aceptar lo imposible? —Me parece difícil que me haya equivocado Judaín. Era una imagen muy nítida. —Me vas a negar que estabas tremendamente nervioso. Cuando me diste la mano lo pude comprobar, parecía un trozo de hielo. La forma en que te zafaste fue casi esquizofrénica, luego saliste corriendo como un loco, tropezando con todo. ¿Me vas a negar que estabas sugestionado? —Estaba nervioso; pero las cosas que me dijiste eran muy extrañas, parecía que era otro el que hablaba; y estar a esas horas, solo, en medio del campo, como si nada, no es nada común. 131


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—Uno nunca sabe totalmente el porqué de lo que habla ni gracias a quién lo hace. Lo cierto es que siempre hay alguien o algo que te dicta las palabras, que las pone en tu boca por alguna razón. Yo debo ser el eco de otro ser muy vinculado a mí de alguna forma; contigo debe ocurrir lo mismo. Quizás la razón de todo tu dilema es que a los dos nos maneja el mismo ser y por eso nos ha hecho encontrarnos definitivamente. Así funciona el universo. —¿Y por qué a los dos ha de dominarnos el mismo ser? —Por razones que nosotros no podremos explicarnos jamás. —¿Qué te hace pensar que tú y yo tengamos alguna relación más allá de lo aparente? —Muchas cosas. —Por ejemplo... —Que tengamos iguales preferencias, semejantes inquietudes intelectuales, que necesitemos de la soledad para enriquecer el espíritu, que nuestro pensamiento no se conforma con lo trivial, que vivimos una constante sed de superación, que no permitimos que nadie entorpezca nuestro camino, que tenemos un pacto indisoluble con el auténtico saber. ¿He dicho alguna mentira? —Y todo eso no pudiera ser pura coincidencia —Un átomo nunca es idéntico a otro átomo, una célula tampoco. La misma idea pensada dos veces seguidas por una misma persona no permanece inalterada. Entonces cómo se puede explicar que por casualidad dos seres que surgen distantes el uno del otro sean tan semejantes. ¿Te das cuenta? Alguna razón 132


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profunda está detrás de todo esto. —Si existen razones profundas y todo eso inexplicable que tú dices ¿qué hacemos ambos metidos en este fin del mundo? —Este es el lugar perfecto para la ascesis y el autoconocimiento. Has venido aquí a conocerte. —O a destruirme. No sé cómo alguien inteligente puede pensar que aquí podamos aprender algo, a no ser autodestruirnos o que nos destruyan lentamente. —Este lugar es perfecto para dominar el... —Para ser dominados —dije fuera de control. Aquí no somos más que números, porcientos, cifras que se pueden restar, restar, dividir, dividir. ¿Qué mente enferma nos obliga a esta soledad, a este exilio cuando más necesitamos ser libres. Odio esas paredes, las odio. Al entrar siento una náusea terrible que luego se convierte en nostalgia, luego en pena, después ansiedad, desesperación. Aquí no puedes encontrar nada que en el futuro no odies, pues esta es una auténtica cárcel para inocentes. ¿Quién merece esta soledad, este olvido, estar alejado de tu mundo? Nada puedes encontrar aquí Judaín, nada. —No debes mirarlo así Jesús, aquí puedes crecer en espíritu. —Muéstrame el camino y te creeré. —Nada debe perturbarte, debes concentrarte en ti mismo. A eso has venido hasta aquí; para eso estoy yo aquí. La búsqueda siempre es dura pero cuando alcanzas la luz experimentarás un éxtasis. Busca el clímax del espíritu, aíslate de ese mundo que odias y ámate a ti mismo. Busca en ti, no pienses en más nada, 133


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entiendes. No debes abandonar jamás tu empresa. —Si no, corro el riesgo de ser “borrado” como tú dices. —Así es, no debes hurgar en vano en los hilos del universo, puede resultar peligroso. La meditación, es fundamental. —¿Qué debo meditar?¿Hacia dónde tengo que ir? —Trata de vaciar tu interior, que nada terrenal te haga falta, se limpio y libre; vacíate de lo banal, de los placeres mundanos, de todos: “No existe ya más nada para mí”. Cuando logres ese vacío podrás penetrar en todos los misterios del mundo, pues, estarás en un nivel de pureza absoluto y únicamente así puedes comprender la razón de cada cosa. —¿Cómo sabes todo eso? —He tenido un buen padre en el espíritu, un buen maestro.

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XIX

Había tomado demasiado alcohol esa noche. Era sábado por lo que no nos quedaba más remedio que tratar de emborracharnos todo lo posible para así olvidar la miseria de estar encerrados un fin de semana a docenas de kilómetros de la civilización. Magda había subido a dormir hacía horas. Yo daba vueltas por la escuela tratando de suprimir la embriaguez. La noche comenzaba a aplacar las últimas voces de los pocos estudiantes que quedaban despiertos y se distraían junto a los profesores de guardia. Caminaba sin prestar atención hasta que me detuvieron unos ruidos provenientes de un aula. Me detengo y observo luz por debajo de la puerta. Una música tenue también se escuchaba desde el interior. Pego el oído a la madera sin percatarme de que alguien se acerca por mi espalda. Empuja la puerta y me arrastra hacia adentro sin pronunciar palabra alguna. No soy capaz de dilucidar el espectáculo que tengo delante de mis ojos. En el recinto la luz tenía un matiz rojizo que dificultaba distinguir los objetos. Se encontraban allí no menos de cinco alumnas y dos hombres, uno de ellos llevaba pantalones de uniforme y el otro, el que me había hecho entrar, vestía ropas 135


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de civil. Estaban sentados en círculo en medio del aula. Todos llevaban máscaras y bebían vino en copas. La música clásica daba a la atmósfera el toque final que colocaba la escena en otra época. El espectáculo, sumamente exótico, me resultó agradable. Se trataba de toda una fantasía erótica que comenzaría a tornarse orgiástica. El anfitrión me da una máscara y me invita a sentarme dentro del círculo. El hombre, que debía ser un profesor, se levanta y va hasta el centro. De un gesto súbito hace girar una botella vacía en el suelo. Al detenerse la botella dos muchachas son señaladas por la punta y el fondo de la misma en dirección opuesta. Ambas se levantan y se dirigen hacia el centro del ruedo. Suavemente comienzan a besarse y acariciarse mutuamente. La escena continua por unos minutos. Los espectadores no emitimos sonido alguno. De hecho en toda la noche nadie pronuncio palabra alguna. Las amorosas doncellas terminan su acto y regresan ambas a sus sillas con el torso completamente desnudo. El estudiante se levanta y hace girar la botella nuevamente. Esta vez la punta se detiene en el profesor y una de las alumnas. Ambos van al centro y emprenden toda clase de maniobras sensuales que duran unos minutos. Mi estupefacción llegaba literalmente al clímax. La botella continuaba girando dulcemente, deteniéndose en mí en varias ocasiones. Fui hasta el centro del ruedo sin saber que esperar de mi contraparte; pero estas damas de sociedad nocturna parecían estar bien adiestradas en el juego. Enseguida se aprestaban a guiarme por su cuerpo hasta lugares donde por unos breves instantes alcancé a paladear el goce absoluto. Mi embriaguez 136


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borraba todo escrúpulo. No alcanzaba a discernir donde me encontraba ni como había llegado hasta allí. Caigo en un marasmo por un momento cuya extensión soy incapaz de definir. Cuando despierto veo que todos en el recinto están completamente desnudos interactuando sexualmente de las más diversas maneras. Una de las muchachas repara en mí y se me acerca; se sienta sobre mis piernas y comienza a ofrecerme sus más intensos movimientos pélvicos. Sin darme cuenta estoy dentro de ella entre gritos frenéticos que provienen ya de cualquier parte. En medio del delirio alcanzo a mirar al profesor quien se solazaba con dos de las muchachas. Este repara en mí y me sonríe con malicia. Siento una mano que me sacude bruscamente. Me despierto y reparo que estoy sin camisa y con los pantalones por los tobillos. Veo ante mí el rostro enmascarado de un hombre. Me levanto rápidamente; me enredo con mis pantalones y caigo hacia delante. Los acomodo como puedo, agarro la camisa y me la tiro encima. Solo quedábamos él y yo en el aula. El lugar estaba organizado como si nada hubiese ocurrido. Mi cerebro no respondía normalmente debido a los efectos del alcohol. Me dispongo a salir. El raro individuo me detiene. —Ni una palabra a nadie sobre lo que aquí sucedió. Cualquier indiscreción te puede costar muy cara, ¿entendiste? Asentí nervioso e intente escabullirme otra vez. El hombre me volvió a empujar por el pecho. —Este es un privilegio que doy a pocos. Has tenido suerte así que no la vayas a perder. No sé si me explico. Volví a gesticular afirmativamente. En ese momento no dilu137


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cidaba cómo había llegado hasta allí. Reconocí algo familiar en el hombre. Por su estatura y su manera de gesticular me parecía conocerlo. Su rostro estaba cubierto casi por completo y su voz distorsionada no me ofrecía ninguna pista. —Si eres capaz de entender la razón por la cual te he ofrecido esta dádiva, quizás comience a mejorar tu estrella. Por ahora es todo. Regresa a tu dormitorio y trata que nadie te vea. Terminó su monólogo con una palmada en mi hombro. Me dirijo afuera. Antes de cerrar la puerta observo una vez mas la figura de este hombre. Mi mente se ilumina por un instante. Lo miro a los ojos; este esboza una sonrisa pérfida que me era harto conocida. Bajo la mirada confundido. Comprendo que he caído en una trampa. Vuelvo a mirar al profesor e intento replicarle pero me doy cuenta de que no hacía falta. Lo hecho ya era irreparable. Me marcho en silencio. Sobraban las palabras.

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XX

Mi obsesión crecía en detrimento de mis relaciones personales y en especial con Magda; me enfrentaba a una redefinición de mí mismo que producía cambios profundos en mis actos dentro de la escuela en todos los planos, hecho que rápidamente podía ser detectado y dar pie a una represión cuyas consecuencias era incapaz de medir. Este lugar es como un gigantesco horno donde cientos de panecillos, todos de igual molde, deben cocerse a una temperatura fuerte y estable que, supuestamente, dará belleza y exquisitez a cada unidad. Decenas de ojos controlan cada hornada y estos a su vez, son controlados por otros ojos, que también son controlados por otros y así hasta llegar al gran ojo único que todo lo controla magnánimamente. Por ello si un panecillo obtuviese, aunque fuese por accidente, una forma no establecida, enseguida es sacado de la línea de producción para ser remoldado o simplemente arrojado al canasto de los inservibles. La dicotomía me obligaba a definir un camino y asumir la responsabilidad. Pero aunque el camino más rico tenía su precio, era, sin dudas, mi camino, pues ante todo necesitaba romper el modelado que dos años de enclaustramiento y otros tantos 139


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deglutiendo dogmas políticos habían logrado darme. Pero aquel camino “liberador” tenía un precio: Magda. Me encontró en la tarde reflexionando ante la sublimidad del ocaso. Contrariamente a lo acostumbrado su llegada me provocó una molestia que tenía que ver con misantropía y sentimiento de culpa a la vez. No obstante sentí un profundo calor en mi cuerpo al observar sus manos acariciar sus muslos tocados con una insinuante lanilla de vellos oscuros mientras se sentaba a mi lado. Me miró al rostro buscando la razón de nuestro distanciamiento. Depuse la mirada debido a un oscuro remordimiento que poco a poco fue apagándose. La frialdad nuevamente se aposentaba en mi alma. Mientras la tuve delante intenté concientizar las causas por las que mi voluntad amorosa, de tanto ímpetu antes, anduviese musitante. Entendía que mi cariño hacia ella no había desaparecido, que no existía en mí ninguna intención de olvidarla por el manido deseo de encontrar alguna suplente que lograse insuflar el ardor en mis venas nuevamente. La más extraña sensación de desapego hacia alguien que en el fondo era muy importante para mi vida, salía a relucir en mi conciencia. Magda me miraba escrutándome. Su respiración se alteraba, parecía consternada. Me apretó súbitamente con sus manos y me atrajo con fuerzas hacia ella, de tal forma que nuestros labios se incrustaron en un beso torpe y reseco cuyo resultado fue un rápido rechazo por parte de ambos al comprobar lo fallido del acto que se suponía triunfal por espontáneo. Me habló con una mirada entre vidriosa y enérgica: —¿Qué nos está pasando? 140


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—No sé Magda ¿Qué te puedo decir? —Me pudieras decir qué te pasa conmigo. ¿Ya no te intereso? —¿Qué quieres que te diga? Me pudieran pasar muchas cosas y también no estarme pasando nada. —Explica esa estupidez que acabas de decir. —Que pudiera estar ocurriendo algo trascendental para mi vida, pero que también pudieran ser ilusiones que me estoy haciendo. —Y qué es eso trascendental; qué clase de giro está dando tu vida que yo no he tenido la suerte de enterarme. —Que me estoy encontrando a mí mismo. —Te estás dejando envenenar la vida, eso es lo que te está pasando y no te acabas de dar cuenta. —De qué tu hablas, Magda, ¿ya vas a empezar con lo mismo? —¿Empezar? De lo que tengo deseos es de terminar. Llevo más de dos meses teniendo una tremendísima paciencia contigo, Jesús; estoy viendo cómo has cambiado tu forma de pensar, de actuar; veo cómo poco a poco te has ido alejando. Ya ni te das cuenta de que existo. Si yo no insisto en verte tú ni te interesaras por saber de mí. Ya ni tan siquiera me hablas de toda tu filosofía y de toda la sarta de ideas que últimamente adoras. Nada, que ahora sí que has dejado de preocuparte por mí absolutamente. Ni eres capaz de ver todas las cosas que ocurren a tus espaldas. Ya no eres sino un espectro, un enajenado. —Mira, Magda, si hay algo que yo he comprendido últimamente 141


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es que tú eres incapaz de entenderme. Con tu posesividad y tus celos has logrado que yo haya tenido que elegir... —¿Elegir qué Jesús? Además ¿que yo soy incapaz de comprenderte? Eso es injusto Porque sé lo que te está pasando estoy detrás de ti hace ya más de dos meses; porque veo la trampa en que has caído es que me intereso aún por ti. Si tú no eres capaz de darte cuenta de las cosas, entonces sí que seré una posesiva, celosa e incomprensiva y todo lo que tú quieras. Si tú mismo te pones la venda y te enfureces cuando yo trato de quitártela, entonces sí que no hay remedio Jesús. —Yo veo que se puede ver más y por eso no quiero ver tan bajo, ¿entiendes? Tú no puedes entender, porque no me conoces ya. Yo no soy el de antes, yo estoy destinado a poseer la sabiduría. De casi nada me sirve lo que antes era importantísimo. —En eso me incluyo yo. —No. Tú sigues siendo muy importante, solo que ya mis necesidades no son las mismas. Ya no siento necesidad de acosarte con mi desesperación sexual, no veo ningún sentido en molestarme por lo que antes me hacía pelearte; no me desvela incluso saber que puedo poseer esta u otra cosa. Ningún placer de los que antes me hacían reventar de satisfacción me hace feliz. Siento que me he convertido en una persona que se niega a existir para alimentar los vicios del cuerpo. Tampoco en mi casa pueden entender que las cosas sean así, que ya no sea el mismo. Claro que estoy aferrado a cambiar, a abandonar mi vieja existencia de animal inferior. Los seres humanos también podemos degradarnos a la categoría de bestias. Sí, lo digo seriamente. 142


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Una persona que solo existe para satisfacer las necesidades más elementales y las eleva en su vida a la altura de grandes goces, está haciendo lo mismo que un perro al reclamar su manta para dormir, o su momento de salir a la calle a sentir el sol. Por eso es que cuando yo sopeso lo que estoy ganando con lo que estoy perdiendo, no siento miedo. Lo que pierdo, es lo más insustancial, lo que gano... —¿Eso soy yo para ti, algo insustancial? —¿Acaso te voy a perder? —Jesús, tú tienes que estar trastornado seriamente. ¿Me preguntas si me estás perdiendo cuando hace días que no vienes a buscarme al albergue? Hace exactamente doce días desde la última vez que me llamaste por la ventana. Pero te digo más, hoy hace dieciséis días que no pasamos una noche completamente juntos, hasta que toque el timbre. ¿Todo eso está sucediendo entre nosotros y tú ni cuenta te has dado? Algo no debe estar funcionando bien en tu mente. ¿Qué ideas pasan por tu cabeza para mantenerte tan alejado de lo que eras hasta hace unos días? Aléjate de todo eso, aunque sepas menos filosofía, menos... yo qué sé; mientras regreses a tu estado normal, no importa. La gente mientras más... —Mientras más ignorante más se conforma, ¿es eso? —Mientras menos sofisticadas sean las ambiciones más normal se hace la vida. —Mi ambición es descubrir la profundidad de mi espíritu; me obsesiona conocer la fuerza oculta que une cada pedazo de lo que vemos a nuestro alrededor. Quiero salir de esta eterna ignorancia 143


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y abarcar todo lo que esté al alcance de mi razón, incluso tratar de traspasarla. No hay nada de sofisticado en eso. Es el anhelo más viejo de la historia. Te puedo garantizar que han existido hombres, de carne y hueso que lo han logrado. Quiero burlar la estrechez que aquí nos imponen. La voy a superar Magda. —Entiendo. No hay forma de sensibilizarte. Estás metido en el hoyo más profundo y absurdo que haya podido verse jamás. Piensa, Jesús, claro que puedes lograr lo que quieras, pero no tienes que volverte un raro, no es necesario que cambies tu vida por ello. —Lo que yo busco no es tan fácil de lograr como tú piensas. Requiere de un cambio total en todos los aspectos. Tengo que repensarlo todo, que aprender a leer en lo que me rodea. Tengo que reconocer una dimensión completamente impensable. Es realmente muy difícil, pero estoy seguro de que está a mi alcance. Confío en que dentro de un tiempo seré capaz de vivir con plena conciencia de mi existencia y de todo lo que ocurre dentro del gran laberinto de lo que existe. —Y para eso necesitas que Fausto esté de tu parte. No importa que tú mismo hayas comprobado cuáles son sus verdaderas intenciones; aún así te has dejado llevar por él. Nada te detiene. Tú propósito puede más que tu conciencia, que tus escrúpulos, si es que aún te quedan. Intenté responder. Apenas si pronuncié unas extrañas sílabas que más se parecían a los fotutazos de un motor que a fragmentos de palabras. Magda continuó reprochándome mi indiferencia, mi abandono hacia ella. Hasta catalogó de sucio mi acercamiento 144


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a Fausto. La observé tirar un manotazo al aire con los ojos encendidos, me preguntaba algo que ya no me interesaba oír. Sabía que este era el precio por pagar. En ese instante lo estaba comprendiendo definitivamente. Acababa de vislumbrar el por qué de todas aquellas facilidades para acceder a fuentes de sabiduría que por lo general no son reveladas tan fácilmente. El remordimiento me sobrecogió nuevamente. Tenía razón Magda, más que venderme yo a Fausto, la estaba entregando a ella a cambio. Era, en realidad, algo sucio. Intenté hablarle pero ya ella había lanzado otro manotazo que casi golpea mi sien izquierda y ciega de ira me dio la espalda y se alejó a paso rápido. Me distancié de los edificios enormes como dos montañas vetustas, capaces únicamente de despertar en mí repugnancia. Por aquellos días en que mi ser se transformaba radicalmente, mi percepción de la vida que había llevado en este lugar se ensombrecía. Cada liberalidad que permitía la ausencia de límites, gracias al resquebrajamiento de la disciplina en la escuela, antaño mayor motivo de regocijo para mí, convertía este encierro en algo sórdido, causante de la mayor degradación humana imaginable. No podía evitar una sensación de asco al considerar el estilo de vida que te imponen, los hábitos que aquí se toleran. Pensar que desde hace más de dos años mi existencia transcurrió para ser vaciada de todas las costumbres que me fueron inculcadas desde niño y reasumir los nuevos patrones que al transcurrir el tiempo se han osificado entre esas paredes que ahora observo y me mueven al desprecio. Dejo que mi mirada se pierda en la vasta planicie matizada por variados tonos que los distintos 145


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cultivos imprimen al paisaje. La pálida luz del crepúsculo reseca el brillo ocre de la tierra intensificando así la rancia monotonía de los surcos desnudos que aún aguardan por los débiles retoños condenados a malograrse en estos suelos exhaustos. A pesar de la profunda decepción que anega el espíritu, un viejo árbol atrae mi atención en lontananza. Dirijo mis fluidos hacia él buscando desesperadamente la brecha por donde sumirme en lo profundo de la vida, allí donde la perfección es palpable, donde cada ápice o fibra material se sujeta a la corriente luminosa que perpetua el orden y restaura la vida. «Tan solo intentar restituye la paz, y te ofrece un mayor grado de conciencia», recuerdo. Una profunda alegría trastoca mis sensaciones; inhalo profundamente, vuelvo a descansar mi mirada en la vieja jocuma. Trato de sacar de mi mente todos los pensamientos del mundo trivial. Comienzo a sentir un nuevo fluir de ideas; una oscilación interna encrespa una corriente que se me antoja electrizante. Reposo todo el ímpetu sobre el lejano árbol para intentar pasar de la sugestión a la meditación. Permanezco sentado en un éxtasis sensorial, percibiendo la profunda paz de estos páramos de Dios donde hemos sido destinados a padecer la soledad. Pero reconozco que esta paz tan profunda jamás la había experimentado. Siento que mi mente ha ensanchado su fuerza. Quizás haya logrado algún progreso intuitivo. Necesito profundizar en este gran misterio. Sé que este es el camino para encontrar la Verdad.

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XXI

Cuaderno de Magda (fragmento): Ya el gozo se ha esfumado. Sin la presencia de Jesús en mi vida no encuentro ningún sentido a esta forzada permanencia en la escuela. Durante mucho tiempo sufrí para poder acostumbrarme al distanciamiento hacia mis padres, a la desdicha de consumir once densos días encerrada. Jesús llegó para oxigenar mi espacio y abrir nuevas sensaciones. A partir de ese momento la costumbre de ver a las mismas caras ejecutar los mismos movimientos, moverse en la misma dirección, todo sumido en la más sonsa monotonía que se incrementa con el azul repetitivo de los uniformes, comenzó a esfumarse. Ya era esperarlo para ir a desayunar, era estar juntos en el aula, darle un beso y verlo irse con su brigada para el campo mientras yo permanecía en el grupo que limpia la escuela, esperarlo con algún dulce o algún refresco para cuando llegaba, exhausto de la larga caminata y del sol intenso que lo azotaba en los surcos. Todo aquello ya era algo insólito en mi vida que la ensanchaba por completo y me hacía olvidar lo lejos que estábamos del mundo y lo lenta que pasa la vida entre estas paredes. Ahora se ha perdido todo. Pienso que a 147


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lo mejor la culpa no la tiene él, ni Fausto, ni yo; es este maldito lugar, este manicomio a donde nos envían a consumirnos es el responsable de que la mente de Jesús se haya trastornado, de que un depravado como Fausto pueda hacer y deshacer a su antojo, que incluso hasta de mí se haya aburrido Jesús. Aquí nada puede ser plenamente hermoso, cada cosa está viciada por el tedio que tal vez pudiera sentir un prisionero. De hecho si se calculan bien las diferencias nosotros estamos peor que el preso más severamente condenado; él tendría una causa por la cual pagar su culpa, nosotros aquí no tenemos ni culpa ni causa, somos inocentes que hemos cometido el delito de desear un futuro más promisorio para uno mismo. Jesús está siendo profundamente engañado, pero yo, y el resto de nosotros también. Yo he perdido a Jesús, pero Jesús está siendo doblemente esclavizado. Su mente ya no responde sino a impulsos ajenos a él. Le ha ocurrido como al sediento que bebe desesperado en un estanque de agua envenenada. Fausto le ha ofrecido esa agua y él se la está tomando a cántaros. Pensar que en tan poco tiempo nuestras vidas fueran a variar tanto el rumbo, que hoy todo iba a desfigurarse tan rápidamente, que la mente de un hombre pudiera confundir tanto la de otro, al punto de hacerlo abandonar todo y pisotear las cosas que antes más necesitaba. Fausto es la persona más descarada que he conocido. Su razón debe estar trastornada, dentro de su mundo él es un dios, un ídolo que puede dominar nuestro destino y al que se debe reverenciar. Él es un loco al que se le ha dado poder sobre nosotros(...).

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XXII

Casi he llegado al cumplimiento de mi designio. La sombra con que he tramado este espacio ahora se cierne sobre todo. Solo ahora se consuma la obra de paciencia en que he estado trabajando durante todo este tiempo, la espesa red que crece por la voluntad de un magno artífice. El dominio prometido cuaja en la conciencia de mi víctima. Jesús no habla sino por mi voz, no mira sino por mis ojos, no siente sino por mis nervios. Es un cordero dócil, uncido al madero de mi mente. Ya casi soy el Alfa y la Omega, el enorme dragón rojo de siete cabezas y diez cuernos y siete coronas en cada cabeza. Ya soy puro azote sobre los atados a mí, capaz de hacerles seguir los ríos que vomito, ríos de ________ total. Solo un detalle me lacera... Ella todavía no 1

se ha zafado de sus antiguos lastres, no ha flotado hacia mí. Ella, la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. La suprema virgen, eso es ella, la presea inestimable. La necesito para completar la profecía y por fin ser semejante a Dios... 1 Ininteligible. N. del E. (Fragmentos de los apuntes personales del profesor Fausto). 149


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—Profesor, lo he estado buscando. —Yo te esperaba Magda. ¿Por fin te has decidido? —Nunca tendrá ese placer profesor Fausto. —¿Tú lo crees? No tientes al diablo Magda. —Eso sí, usted es el mismo diablo. —Me agrada oírlo de tus labios. Debes saber que para seres como yo no hay nada imposible. Yo conozco de antemano cada gesto tuyo, cada salida iracunda, cada nuevo movimiento que hagas. Te poseo ya aunque tú reniegues. —¡No me haga reír! Usted solo es un enfermo sexual. Me lo imagino soñando todo eso que dice. Usted es un simple descarado, un enfermo. —¡No me vuelvas a llamar enfermo! Yo soy tu único remedio; a la corta o a la larga caerás en mis manos igual que Jesús... Magda se ha tornado sumamente áspera. Confieso que nunca esperé tamaña resistencia, pero es solo provisional. Su piel hirviente y trigueña tiene que lustrarse en mis brazos, su espalda perfecta y sensual será recorrida por mi lengua, sus caderas rotundas serán torneadas por mis dedos, sus muslos robustos serán lubricados por mis labios... ¡Cueste lo que cueste! Jesús es mi mascota, ella solo intenta una resistencia infortunada que tiene el terrible don de excitarme más aún. Esa furia que demuda su rostro y lo convierte en braza lujuriosa es acicate hirviente. Claro que la poseeré. Ella misma vendrá a mis brazos y abrirá sus piernas ante mí en auténtica súplica y yo desataré mis fueros y me abriré paso en esa carne ardiente y blanda hasta encontrar el anhelado vacío de la plenitud. Sobre mí ella gritará la vida y 150


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en mi fuego suplicará consumirse hasta el paroxismo... —De Jesús mismo vengo a hablarle. Quiero que lo deje en paz, que no le envenene más la mente. Lo que usted hace con él es abusivo, se aprovecha de él. —¿Te interesas por Jesús, verdad? Pues ya Jesús ha dejado de pertenecerte. Ahora es un iniciado en los grandes misterios. Es un poseedor de claves que queman, conoce puertas que pueden matar. Si abandona su camino, será desaparecido, borrado. ¿Entiendes? —Usted piensa que yo soy la misma ingenua que él verdad. A mí sí que no me va a hacer temblar con todas esas sandeces. Usted ha venido a acabarnos la vida a Jesús y a mí, solo porque se le ha metido entre ceja y ceja que yo me vaya a su cátedra con usted y así cada vez que esté de guardia tener con quien divertirse y yo de tonta a creerme las historias que me contará seguramente. Le aconsejo que nos deje en paz a mí y a Jesús cuanto antes ¿me entendió? Tiene que creer. Esa es su suerte. Sigue libre de mí porque no cree. Su mente es tan elemental que es incapaz de estremecerse con el verbo. Jesús es completamente distinto. Su alma es la de un místico. Si no fuera porque me estorba pudiera hacer de él un gran discípulo; pero realmente es un obstáculo y tiene que desaparecer. Su falta de solidez espiritual ha influido mucho en que Magda no escuche mi palabra. Ella es suelo de roca donde la semilla no entra. Pero yo cavaré hondo y colocaré la simiente aunque tenga que apartar los guijarros con mis propias manos. Se ríe de mí como si yo fuera un estúpido. No le da el más 151


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mínimo crédito a mis palabras. Se ríe, se ríe. Esa es su suerte, su maldita suerte. —No me amenaces Magda. Tú no sabes hasta donde puedo llegar. A él lo puedo desaparecer de un solo gesto y tu vida la puedo deshacer como papel. Sí, Jesús es ahora una ficha que muevo a mi antojo, es mi esclavo, cometió el pecado de tentar algo que jamás podrá conocer ni dominar. Es ahora dominado como un fragmento de polvo. Yo lo hice desviarse para que tú pasaras definitivamente a ser mía y te juro que nada va a impedirlo. Tu furia de hoy es nada comparada con la fuerza con que caerás en mis brazos. Me río de tu arrogancia y de tu seguridad. Caerás irremediablemente Magdalena, caerás.

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XXIII

La certeza de saberme aislado dentro de esta isla se erigía sobre la gran pobreza humana que me circundaba. No todos mis semejantes eran seres aborrecibles, pero la generalidad estaba sumida en el gigantesco limbo del mimetismo y la miseria ideológicos. Ya apenas me contentaba con la compañía de Magda. Mi antigua vida de excesos sexuales no me satisfacía. Realmente ya no me inquietaba ese aspecto que otrora movilizara totalmente mi espíritu. Judaín era alguien fuera de lo común, pero su carácter dominante y huidizo a la vez me obligaba a no incluirlo totalmente en el ámbito de mis relaciones personales casi nulas por esos días. Cada aparición suya era de gran provecho para mí y ya desde esa fecha comencé a sospechar de una posible complicidad entre él, Fausto y la historia que este último me había entregado. Lo notable era el gran progreso intelectivo que experimentaba. Pero como alimento afectivo toda esa carga de doctrinas era insuficiente. Necesitaba de personas que pudiesen ayudarme no solo en lo cognitivo sino que también calentaran mi alma desde una relación más completa. Justo cuando ya casi tenía la certeza de no poder encontrar 153


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aquí a nadie con suficiente rectitud intelectual, conocí a alguien que recién había ingresado en la escuela. Parecía ser menor que yo. Para cualquiera de nosotros, un estudiante del primer curso era algo parecido a un cero. Ellos no podían contar para nada en los asuntos ‘serios’ que solo a los de mayor edad y experiencia incumbían. Entiéndase, tener la llave de un salón de profesores que te permitiera mayor privacidad; tener closet para guardar las pertenencias en los dormitorios, privilegio que solo los más fuertes disfrutaban; tener la anuencia de algún profesor para entrar a los dormitorios de hembras; ser capaz de controlar las enormes ruedas de baile que eran características en las ‘recreaciones’. Otro monopolio que redimía a los nuevos era el acaparamiento por parte de los mayores de los puestos más cómodos a la hora del trabajo agrícola. Esto era algo realmente beneficioso pues las largas caminatas y sudorosas jornadas eran irresistibles. Al inicio pensé que el recién llegado era uno más de estos insignificantes personajes; pero para sorpresa mía, cuando pasaba por uno de los bancos más alejados de la plaza de formación, me detuvo un rostro pálido, de ojos negros y saltones tocados con unas antiparras redondas, más bien pequeñas, que tenían delante un libro abierto en cuya cubierta se leía el sorprendente título: Dios en la poesía hispana. Confieso que me molestó encontrar a este sujeto realizando algo que hasta ese instante creía únicamente dado a mi persona en la escuela: leer un libro y con un titulo tan impresionante. A partir de ese raro descubrimiento algo comenzó a cambiar para mí, solo que, lamentablemente, repararía en ello cuando ya era demasiado tarde. 154


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—Dios en la poesía hispana, parece bueno, solo que es una pena leer tan poco pues Dios como centro omnisciente y omnipotente del cosmos está mas bien relegado a una oscura tradición medieval; los grandes autores prefirieron diluirlo en el conjunto de la creación. Después de semejante socrático bocadillo tuve la certeza de haber restituido la dignidad de ser el más culto lector en la escuela —realmente era uno de los pocos— dignidad que, por cierto, nadie había intentado discutir. Pero el individuo detrás de las pequeñas gafas estaba lleno de sorpresas. —Tienes razón hasta el punto en que declaras tus vacíos de otras muchas lecturas. En ellas pudiera estar lo que afirmas como inexistente. Dijo y se levantó, perturbado, desentumeciéndose. Comenzó a alejarse. —¿Por qué buscas a Dios en los libros? —Porque es la parte de su obra que me falta por conocer. Unos segundos después vi su pequeño cuerpo desaparecer tras la mole de ladrillos hedienta a albergues y baños sucios. Este encuentro inesperado tuvo el fatídico efecto de exacerbar mi ansia de saber, al sentir superados mis escasos y recientes conocimientos y comprobar que vivía en tierra de ciegos con un solo ojo. Me sumergí en mis lecturas densas y torpes de manera más intensa, anulando casi por completo el mundo a mi alrededor y realzando, para mí desgracia, la necesidad de un maestro que me condujera por el extraño mundo.

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XXIV

El folleto escrito por Fausto me parecía la más provechosa de las lecturas. Acudía a ella con la seguridad de estar accediendo a una fuente de exclusiva sabiduría. Llegué a sentirme un privilegiado. Fausto realmente poseía el don de la palabra; con su oscuro saber pasaba ante mí como un autor magistral. Su discurso actuaba de la misma manera que un narcótico en un adicto: exaltaba mi mente y espíritu para llevarme a reflexiones sumamente enrevesadas, por lo tanto muy apreciadas por mí en aquellos días, durante los cuales todo reto intelectual por ambiguo e incierto que fuese era ambrosía para mis sentidos. Yo rescribía esas líneas. Les daba la vida que les faltaba, el colorido que no tenían, daba el vuelo a las imágenes, la altura a las hipérboles, la ductibilidad al pleonasmo, la sinuosidad al hipérbaton; Era el lector ideal: aquel que tiene la necesidad de experimentar y la capacidad de ser flexible y de dejarse conducir por las ideas del escritor. Por supuesto que ahora sé que no era más que un estulto pero necesitaba ensancharme, abrir mis ámbitos, destrozar los arneses: «La buscarás irremediablemente para comunicarle la buena 156


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nueva. Puedes sentir su presencia a millas de distancia. Te diriges exactamente hacia donde se encuentra. Entre unos árboles la ves, sentada, e imaginas que es a ti a quien espera. Tienes ahora en tu mente unas imágenes harto seductoras donde ella está acariciando tu alma en tibios rituales amorosos; sientes cómo tu ser es atraído en un acto de correspondencia espiritual único, genuino, en el cual la creación se convierte nuevamente en el vergel del inicio y ustedes recobran los primigenios nombres y palpan las originales sensaciones y también cometen el primer pecado del mundo. Todo eso sientes antes de alcanzarla. Estás seguro de tu triunfo, ya no caminas; vuelas hacia ella. »La miras bien profundo en las pupilas. Encuentras una aridez insospechada que de repente te inquieta. Tomas su brazo y la atraes hacia ti. Comienzas a decirle todo lo que en tu mente ya es algo sólido y eterno, hablas de ti y de ella con una certeza que ratifica tu poder. Estás seguro de que todo te será propicio. »Sentirás con un dolor agudo como ella zafa su brazo de tu mano bruscamente. Te mira extrañada ante tu impudicia. La escuchas decir unas palabras durísimas que tus sentidos no logran entender pues se trata de un léxico que no estabas preparado para escuchar. Observas su rostro contorsionar la belleza tremenda y ya nada puedes sentir que no sea fracaso. La ves sumergida en un océano de maledicencia hacia ti, mientras las visiones del vergel y de la remota unión se estancan en tu mente que comienza a apagarse y a empequeñecerse. »No puedes evitar el abatimiento. Aún así intentas un segundo acercamiento. Vuelves a tomar su brazo y a hablarle, ahora con 157


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más fuerza seductora. Le recitas todo lo que puedes ofrecerle en tu grandeza interior. Le recuerdas tu principalidad y la invitas a un delfinazgo eterno. Recuentas para ella su belleza, su perfección; hablas incluso de las primeras sensaciones que produjo ella en ti durante los sucesivos encuentros. Le pides que te entregue su alma. Dolorosamente vuelves a sentir el rechazo inhóspito. No puedes entender su radical negación ante la posibilidad más alta que jamás le haya sido otorgada. Sientes gran contrariedad con su orgullo que constriñe tu alma. »Arrancas en un exceso de ira y lanzas las palabras, fórmulas de tu prepotencia. Le adviertes que su negativa no puede evitar aquello que está grabado en las tablas del cosmos. Le haces saber que de cualquier forma, más tarde o más temprano, te pertenecerá. Haces ver que ella y tú están ligados por un sentido de correspondencia espiritual, que es figura de unión y acto de pertenencia. La miras con despecho y casi prevés su terrible respuesta, que te obliga a redoblar tu fuerza. »Caes en un estado de invalidez. Con dolor acerbo miras un cuerpo indefinible alejarse de ti con una celeridad que moldea aún más sus contornos. Sabes que es ella quien se aleja. Sabes que esto no era lo que esperabas de tu sino. Te lanzas al suelo en una convulsión de dolor reprimiendo aún más la frustración. No esperabas esto. Lanzas un rugido blásfemo que maldice al universo. »Destrozado, corres hacia tu recinto a refugiarte en la quietud de la sombra y el aroma de los libros. Has recibido un golpe tremendo. Caminas confundido. Tu grandeza en este instante es 158


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un número infinitesimal que te remonta a una magnitud desconocida para ti, acostumbrado a los números exactos y magníficos. Buscas una explicación. Sabes que las operaciones universales son exactamente iguales a una ecuación matemática; determinada cifra, variable, valor, no fue el correcto. Hubo algún error. Reparas en que no tuvo necesariamente que existir un desacierto numérico, pudo haber un mal procedimiento. Das un golpe en tu frente: para que una operación universal resulte acertada debe existir una confluencia de circunstancias adecuadas, debe predominar un equilibrio total. Reconoces el error. Actuaste precipitadamente. No garantizaste el equilibrio de fuerzas. Has pagado por la torpeza. »Razonas ahora sobre la perfección de esta relación en que te encuentras. Tú eres el centro omnímodo, a tu diestra: ella, siniestra: él. Únicamente habías garantizado uno de los lados, el izquierdo; causaste el desbalance. Vuelves a golpear tu frente como expiación de semejante torpeza. Encuentras una nueva verdad: si quebrantas la ley del universo, pagas. Renuevas tus energías al esclarecer por fin tu mente y entender el dilema que se desató ante ti. Ahora te encargarás de restaurar el equilibrio. »No tienes idea de cómo harás para establecer la necesitada correlación de fuerzas. Acudes a la sabiduría acumulada en tus libros: montañas de letras que poseen la fuerza de proyectar la primigenia divinidad del hombre que le fue revelada a su vez por la Divinidad. Tomas un volumen, el que menos resalta en el anaquel, lees en su lomo tres letras encendidas B,JL. Deshaces el terrible abrazo que las encerraba en el silencio y ahora fluyen 159


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ante ti como agua iniciática. Buscas en el espacio textual el sendero que te encamine a la experiencia real de la sabiduría. Te sumerges en la lectura largas horas. Pliego a pliego devoras el papel envejecido en una atmósfera de sombra irradiante. Brota la luz en tus pupilas... »Te levantas de repente, sales de la polvorienta habitación que es como celda de recogimiento y te diriges hacia algún punto distante. Avanzas con un brillo febril en los ojos. El verde intenso te atrapa en una red feraz que comienza a palpitar a tu alrededor. Llegas a un lugar del mundo donde apenas asoman los sonidos y la soledad te hace entender cada misterio ínfimo. Buscas sediento una piedra donde sentarte y comienzas a meditar profundamente. Has vislumbrado cómo equilibrar el juego que has iniciado y donde arriesgas todo. Primero contemplas cada interacción en las texturas del universo; luego inhalas los fragmentos de vida que cada elemento libera para ti como si fueses un ser privilegiado; por último necesitas apropiarte de alguna forma física que propicie tu tarea. »Te sumerges en una especie de río espiritual donde tu mente navega entre las márgenes de la existencia. Ves cómo los seres y las cosas se transforman en el tiempo. Comprendes que estás ante la posibilidad ilimitada de transformación. Te das cuenta de que bogas muy cerca de Dios y de que en ese río puedes beber y ser eterno; eres capaz de crear tú mismo, de hacer con tus manos los milagros de la vida y la muerte. Meditas sobre la labor que realizarás y comprendes que la forma que necesitas es la humana; necesitas crear un ente que responda a tu designio. 160


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Comienzas a imaginar las formas remotas de su cuerpo y una luz brota de tu mente y se prefigura ante ti antropomórficamente. No puedes obrar por un instante al verte ejecutar acciones espirituales solo posibles en seres superiores. Te concentras con más fuerza aún y suspendes la forma luminosa que recién has concebido a varios metros del suelo. Comienzas a visualizar sus miembros superiores y haces que se eleven separándose del resto de la masa corporal aún indefinible. Sientes las falanges extenderse hasta culminar en las costras nacáreas de las uñas. Luego diriges tu atención hacia algo que comienza a ser dos piernas robustas que van estirándose en el vacío. En la cúpula de la figura intensificas la fuerza de tu mente para dar forma al lugar que sostendrá el aparato pensante que conducirá tus ideas por las arterias del mundo. Se te antoja darle una noble apariencia digna de la misión que realizará. Tejes todos sus nervios, las cavidades cerebrales; conectas cada elemento constitutivo de la máquina que conduce la energía intelectiva hasta cada órgano ejecutor. Giras el ser semi-formado, hasta que su vientre queda frente a la testa generatriz. Has de decidir el sexo. Elevas hasta él un haz violáceo que parte su bajo vientre en tres elementos. Defines su masculinidad descubriendo un apéndice alargado que sostiene el escroto donde yace la capacidad germinadora que otro haz doráceo activa en un acto legendario. Asciendes hacia el abdomen e imaginas un estómago capaz de deglutir con avidez. Formas cada elemento encargado de sustentar tan importante proceso. Tramas en el tórax las cavidades que sostendrán los órganos definitorios de la posibilidad humana de perdurar. Construyes 161


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unos pulmones amplios que ventilen el universo físico al que pertenecen. Abres en el pecho una oquedad donde se ha de ubicar el elemento fundamental de la obra, aún increado: el corazón. Te detienes para concentrar toda la energía en el momento que probará tu capacidad de crear, de dar vida definitiva a un ente que es proyección de ti mismo. Sabes que de lograrlo estarías ante el clímax de la existencia; estarías reproduciendo el instante mismo en que la oscuridad cedió a la luz. Tensas tu mente en un esfuerzo máximo del cual brota un nuevo haz, esta vez de color blanco, que va corporeizando lentamente un objeto de contornos inexactos que se va sumiendo en una palpitación incesante. A medida que se concreta comienza a estremecer cada parte del ser recién creado. Observas, ya íntegro, el mágico organismo latiendo insistentemente. Imprimes otro impulso mental que hace fluir el líquido rojo y denso por todas las cavidades aún vírgenes del ser. Te regocijas al verlo adquirir una coloración que remeda su virtual humanidad. Lo haces descender sobre la margen izquierda del innombrable río. Semejante a un arabesco lo ves yacer y una satisfacción enorme te desborda. Te acercas a él y pones tu diestra en su frente. Soplas su nariz en un acto que imita innecesariamente el obrar del Creador. Te alejas de él. Lo ves incorporarse torpemente, caer, erguirse, caer de nuevo, así, hasta que ya es un hombre sobre sus dos pies que da un primer paso hacia el mundo. Continúas tu labor de orfebre tejiéndole un nombre que pronuncias rotundamente. Casi de forma automática el pensamiento se enciende en él y balbucea su primera palabra: SOY. Te acercas feliz y tocas sus dedos perfectamente tangibles, 162


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olorosos a barro y a maíz, besas su cuerpo, lo abrazas como hijo entrañable. Lo llevas hasta el borde del río y allí le haces observar el devenir de todo. Fugazmente, le concedes tu sabiduría de milenios; ya es quien querías que fuese. Lo empujas al agua que lo arrastra y hace de él una onda más de la indetenible corriente de la vida. »Te levantas sudoroso con un dolor inmenso en las sienes y en el pecho. Das un paso trémulo adelante. Caes. Eres tú ahora el arabesco sobre el polvo.» —Estoy sorprendido. Nunca pensé que llegarías a la mitad Jesús. —Me subestimó profe. Le digo que llegaré al final. Me parece absolutamente magnífica su historia. —Quienes han tenido la oportunidad de leerme, solo unos pocos elegidos por mí, han obtenido grandes facultades, es decir se han convertido en seres definitivamente aptos para adentrarse en lo más rico del universo. Tú eres el primero que lees lo que ahora tienes en las manos. Te he dado a leer el súmmum de mi alma, los jugos más selectos que pasan por mi interior. Tú has sido un privilegiado. Tu espíritu lo merece, eres un ser hecho para vivir en lo profundo de las emanaciones y misterios de la creación; has sido diseñado con la capacidad de dominar lo encumbrado de una tradición de sabiduría oculta, solo necesitabas las claves de ese camino. Yo las he puesto en tus manos. En ese libro lo he resumido todo. —He experimentado grandes progresos con cada sesión de 163


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lectura. Solo que muchas cosas no me quedan claras, aún no las entiendo. —Conocer es recordar. Piensa siempre en esto. Tu alma fue concebida por una razón. Te has encaminado muy bien hacia esa razón. Tu alma comenzara a traer hasta ti todo ese conocimiento perdido en el universo. Ella lo recordará todo, poco a poco. Ya lo irás experimentando. Solo debes ayudarla tentando su vocación. No te afanes. Yo te ayudaré a obtener todo eso que buscas. —Profesor, nada de lo que me han enseñado hasta hoy me ha servido para nada, aquí solo te obligan a memorizar doctrinas materialistas que no llenan mi sed ni me conducen a ninguna sabiduría. Después de conocerlo a usted he aprendido más que en todos estos años. —Todavía no lo has alcanzado todo, este es apenas el principio. Ese libro va a conducirte y ubicarte en el sendero. Será como una espiral, desde la pobreza de espíritu hacia la altura de las verdades eternas. Te aconsejo que no te detengas, que apartes todo lo que te perturba, todo. Debes completar lo que has comenzado. Si te detienes caerás y todo morirá dentro de ti y eso es peor que estar físicamente muerto. Debes alcanzar lo que te has propuesto por encima de lo que sea. Piensa que es muy poco lo que vas a perder y mucho lo que ganarás, recuerda siempre esto. —Pero es ahí donde... —¿Qué es lo que más deseas? ¿Qué te preocupa? ¿Tú sabes lo que significa ser un iluminado? —No soy capaz de imaginarlo totalmente. 164


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—Es alguien que vive para siempre, que es como un hervidero de conocimientos a donde todos acuden. No te faltará nada pues aunque puedas tenerlo todo nada te hará falta. Todo lo tendrás y no querrás nada excepto profundizar más en tu camino. Siendo así podrás ser eternamente libre, solo necesitarás del silencio y la penumbra. Allí lo encontrarás todo. Serás amado y vivirás para siempre. —Yo necesito la sabiduría, la plenitud del saber. —Si me sigues, obviando los obstáculos que el mundo pone a tu paso yo te ayudaré a lograr tu ambición. No tendré que esforzarme mucho pues he encontrado en ti al discípulo perfecto. Tú encajas perfectamente en mi plan. Te digo que te espera la perfección en el espíritu, el Alfa y la Omega te pertenecerán, no pierdas la dirección. Yo te haré llegar.

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XXV

Mi estupefacción llegó al clímax al percatarme de que el sujeto de las antiparras estaba en el mismo año y en el mismo grupo que yo. Su aspecto físico de adolescente me llevó a pensar que era del primer año. Era una persona de muy baja estatura y de expresión agreste. Aparentaba poseer gran inteligencia. Habíamos llegado al aula de Matemáticas. Fausto se preparaba para comenzar su clase. La mayoría de las veces era filosofía y no cálculos y problemas lo que impartía; antes muy poco entendía, ahora me sentía diferente, con entendimiento superior al del resto. Cuando el sonido de su voz comenzaba a vibrar en las paredes, un silencio profundo invadía el aula y a partir de ese instante solo era él y su chorro de voz gruesa y melódica a la vez dentro del recinto. Ninguno de los oyentes se atrevía a interrumpir, no por miedo a reprimendas, sino por el gran placer que sentíamos al escucharlo hablar. Se aprendían muchas cosas interesantes en sus clases. Su autoridad emanaba de la vastedad de sus conocimientos. Siempre había un momento en que Fausto comenzaba una peculiar secuencia de preguntas; mayéutica le llamaba a este tipo de actividad. En la cátedra me explicó un día que este era 166


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un procedimiento socrático que consistía en extraer las nociones de cosas desconocidas por nosotros desde nuestra propia experiencia. Aseveraba que ya lo conocíamos todo, que cada nueva esencia yacía en nuestro interior. «Les voy a hacer un parto», decía. Y varias veces realizó el milagro. —Pitágoras y Sócrates, he ahí las claves de la sabiduría de hoy. Ellos definieron todo. Platón y Aristóteles, compendiaron, resumieron, aplicaron lo que aquellos dieron a la luz. Este era el tenor de sus clases que se suponían aburridas, pletóricas de números, ecuaciones y variables inútiles. Él nos hacia ver la utilidad de su ciencia y cómo todo se vinculaba a ella de una forma mágica; los números comenzaron a ser una forma deslumbrante de conocer la realidad, de encontrar una verdadera filosofía vital. Tener una profunda relación con él ante los ojos de los demás me envanecía. En algunas ocasiones yo también podía convertirme en centro de admiración cada vez que él me permitía mostrar mis nuevos progresos cognoscitivos. Dicha posibilidad me envanecía y me ataba más a él. En una de estas sesiones, varios acontecimientos acaecieron, como parte de la pérfida vocación de Fausto para hacerme sentir favorecido. Según lo acostumbrado, lanzó uno de sus desafíos intelectuales hacia nosotros. Tales ocasiones eran muy bien aprovechadas por mí: —Siempre deben buscar en el interior de las cosas, no en lo únicamente aparencial —comenzó Fausto. Cada elemento en el mundo es una cifra y cada cifra tiene un significado, una connotación. Por ejemplo, entre dos números como el nueve y 167


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el diez, existe una aparente superioridad cuantitativa del diez hacia el nueve y esa aparente superioridad pudiera ser definitoria en algunos casos. Ahora, si los números son un reflejo del mundo, los que prescriben toda conmensurabilidad más allá de lo meramente cuantitativo, ¿cuál de entrambos números es el más importante? Levanté la mano urgentemente. Mis recientes lecturas sugeridas por Fausto sobre la filosofía de Pitágoras se revolvían en mi mente con Euforia. He ahí la razón de la pregunta, yo era el único que podía responderla. —Responde, Jesús. Me levante lentamente, observando las caras de estupefacción del resto. Estaba a punto de estallar dentro de mi propia piel producto de mi nueva condición de seudo filósofo. —El nueve es uno de los números más importantes por su significación. Es perfecto. Se descompone en tres veces tres. El tres es el numero del equilibrio, de la potencia sobrenatural, de la perfección. Tres veces tres, una descomposición perfecta. Pero además el nueve es un numero impar y este tipo de numero representa lo infinito, lo inacabable y si observamos su descomposición perfecta, es perfecta también en cuanto a la imparidad de sus factores. Es un numero perfecto en todos los sentidos. Todo a mi alrededor parecía saborearme: las miradas de mis compañeros, el ardor que interiormente encrespaba mi orgullo. Era capaz de ver por encima del resto y esto me parecía algo indescriptible, inestimable; todo se lo debía a Fausto. Mi admiración hacia él y mi narcisismo comenzaron a llegar al colmo. 168


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Luego de concluir mi exhibición, Fausto continuó su peroración hasta sentirse satisfecho. Parecía ser sacudido por estertores de placer y nosotros sudábamos conmovidos por la vehemencia de su discurso. Al culminar la clase, siempre unos minutos antes del timbre, Fausto pasaba por los puestos so pretexto de comprobar nuestro trabajo en las libretas que era casi nulo pues en sus clases solo se le escuchaba. Daba pie además, con toda intención, a una distensión de la disciplina. Podíamos ponernos de pie, mientras él conversaba con alguien en el aula o se encerraba en la cátedra. Yo disfrutaba de un cerrado coro de inmediatos admiradores que se interesaban por conocer los avatares de mi evidente superación intelectual. Mi estúpida embriaguez me impidió observar cómo Fausto se detuvo junto a la mesa de Magda y se inclinó hacia ella como si algo en su libreta le llamase la atención, para poner su mano sobre la de ella y tal vez susurrarle alguna sórdida frase. Magda retiro la suya con el rostro descompuesto de rabia, lo que obligó a Fausto a retirarse súbitamente temiendo que se descubrieran sus movimientos. Pero fue inevitable. Alguien muy suspicaz notó la fugaz escena y la grabó como un documento de particular interés: el nuevo alumno de las antiparras cuyo nombre era Juan.

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XXVI

Ir al comedor siempre nos proporcionaba un anhelado impás en la perpetua hambre de todos los días. A veces nos sentíamos tan hambrientos que nos veíamos obligados a salir por los campos aledaños al acecho de animales o frutas, bastante exiguos y vigilados por los dueños, para así aproximarnos a la saciedad. No obstante, participar del almuerzo o la comida era siempre un acto doloroso; entrabas hambriento y ansioso por deglutir lo que te pusieran delante y al final salías aún peor, pues el apetito se exacerbaba con los ínfimos platos que se ofrecían. Aún así era estimulante esperar el horario de almuerzo y saborear la esperanza de que sobrara algo y poder comer más o que alguna muchacha escrupulosa ofreciera sus frijoles incomibles o su arroz lleno de cualquier clase de inmundicias. Magda era una de esas, por lo que doblemente me gustaba entrar al comedor junto a ella. —Es curioso, ahora solo te acercas a mí para que te de mis sobras. Solo a la hora de almuerzo te veo últimamente. —No seas injusta conmigo Magda, sabes que vengo a verte porque eres mi novia y porque quiero verte. Mas bien eres tú la que huye de mí últimamente. 170


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—Pero si tú eres el que necesita siempre estar solo con tus ideas y tus libros, además ya me estoy cansando de verte escondido por ahí, leyendo, que es casi como si dijeras «no estoy para nadie». Es muy doloroso ver a lo que hemos llegado Jesús, casi somos dos extraños, y eso parece no importarte. —Magda, precisamente quería decirte que... —Basta ya, Jesús, siempre es lo mismo; la misma conversación. Ya estoy cansada de ser siempre la que te está reclamando. Escúchame bien, tú eres libre de hacer lo que te de la gana. Si lo que tú quieres es estar solo, bien, no te me acerques más. Yo no te voy a buscar; voy a desentenderme de ti por completo. Si lo que quieres es la comida que dejo, vienes y yo te la doy, si quieres hablarme de cualquier cosa, está bien, yo te escucho, pero te prometo que ya no voy a discutir más ni a preguntar más por ti. Tú eres dueño de tu vida. —Yo realmente quiero que eso cambie, quiero que volvamos a ser los mismos otra vez. No veo por qué tenemos que distanciarnos. Mis estudios y tú no se contraponen, todo lo contrario, lo importante es que me aceptes tal como soy y compartas mis ambiciones si lo deseas. Te juro que es todo lo que quiero. —Jesús, tú y yo sabemos lo que han significado para mí tus ‘estudios’. Tú sabes bien lo que traen consigo tus ‘ambiciones’ y eso sí no lo puedo soportar. Así que... —A qué te refieres, ¿a Fausto? —Claro que a Fausto, está claro que lo que él quiere es mantenerte entretenido para aprovechar y venir a decirme lo que se le antoje, mientras tú cada día tienes más fama de filósofo y te 171


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interesa menos nuestra relación, de lo contrario habrías cambiado hace mucho tu actitud. —¿Fausto te está molestando Magda? ¿Se está propasando contigo? —De verdad que en estos dos meses has estado comiendo mierda. ¿Todavía...? —Que tal Jesús. ¿Van a almorzar? —¡Eh Judaín, qué haces!. ¿Vienes con nosotros? —Parece que a tu novia le molesta un poco. ¿Quieren estar solos? —No Judaín, no me molesto, todo lo contrario. Jesús y yo no tenemos nada más que conversar. Es mejor que lo acompañes. —No le hagas caso a Magda, solo está un poco molesta conmigo. Siéntate con nosotros. —Sí, así comparten mi almuerzo, pues ya ni quiero almorzar. No pongas esa cara Judaín que mi problema no es contigo. —Bueno, dejen eso que ya nos toca entrar —dije tratando de suavizar la confrontación. Judaín era un tipo bastante extraño. Desde su nombre hasta su maltrecha figura; parecía recién llegado de otro planeta. Su uniforme se veía tan descuidado que llegaba a convertirse en objeto de burlas constantes. La mayoría en la escuela se preocupaba por lucir impecablemente las ropas azules del diario andar. Era realmente desconcertante verlo aparecer con las botas rotas, la camisa estrujada, todo desaliñado. Llegaron incluso a nombrarlo maliciosamente “el sucio”; él no se inmutaba con ninguno de los chistes que decían al verlo ni con los ofensivos 172


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gritos desde los dormitorios cuando caminaba por alguno de los pasillos laterales de la escuela. Apenas si se le veía aparecer en el horario de recreación. Siempre andaba alejado, huyendo de la gente, concentrado en sí mismo. Me llamaba la atención que casi nunca podía encontrarlo cuando quería hacerle alguna pregunta en relación con mis lecturas. Jamás vi libro alguno en sus manos y siempre tenía respuestas acertadísimas cuando hablábamos de algún asunto literario, filosófico o de cualquier tenor. Era un ser enigmático. Llegué a pensar, al verlo llegar muy temprano en la mañana de alguno de los platanales que circundaban la escuela todo mojado por el rocío, que no dormía junto al resto, parecía desaparecer en las tardes y regresar de madrugada de algún sitio lejano. Luego se mantenía alejado durante el día. Pero parecía poseer el don de aparecerse en mi vida en los momentos cruciales, como si su misión fuera conducirme cuando las dudas me asaltaban. —Magda, no has probado bocado. ¿Te sientes mal? —preguntó Judaín. —No. No me siento mal. Solo no tengo deseos. Jesús tal vez pueda decirte por qué. De cualquier forma a él le convino, se ha podido comer todo mi almuerzo. ¿No es así, Jesús? —Ya esta bueno de esas cosas Magda. No pretendas que me sienta culpable por tu incapacidad de entender. Yo no puedo ser como tú quieres que sea, además lo que tengas que decirme me lo dices a mí no incluyas en esto a más nadie. ¿Está bien? —No debes arrancar así Jesús, Magda debe hacerte saber lo que piensa de ti, se puede ver desde lejos lo que a ella le pasa, y 173


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si quiere compartirlo conmigo, déjala, esta en todo su derecho. —Y que se supone que me pase a mí Judaín —interrumpió Magda. —¿De verdad quieres saberlo? Pues yo creo que tú no puedes soportar que Jesús haya encontrado el camino de su libertad, hecho que lo hace alejarse un tanto de ti y por eso estás molesta con él. Pero él también está en su derecho de encontrar su propia luz. ¿No crees? —Su propia luz. Una luz ciega si acaso. Tú no sabes nada de lo que a mí me esta pasando. —No me creas tan ingenuo. Sé muy bien que las parejas en este lugar conviven mucho tiempo juntas y desarrollan un alto nivel de dependencia mutua. Están demasiado tiempo viéndose y por lo tanto su espacio individual se reduce casi a cero. Por eso te sientes extraña cuando ves que Jesús intenta buscar algo que requiere de mucho esfuerzo y de privacidad. Es solo cuestión de acostumbrarte y de entender. Ahora tú también necesitas llenar ese vació que sientes con algo pleno, algo que te ofrezca un placer extremo, único. De seguro que eso esta ahí a tu alcance, solo debes aceptarlo en tu vida y así cada uno vivirá más feliz juntos y distantes. —Como diría en un libro que recientemente leí —dije afectando un tanto la voz—, ámense pero no estén siempre unidos, pues las columnas de los templos crecen unidas pero separadas entre sí. —Eso está muy bien Jesús; continuando tu metáfora, a las columnas de los templos las cubre el mismo techo y ustedes 174


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necesitan vivir bajo techos espirituales que sean lo suficientemente amplios para ampararlos a los dos. Eso me parece lo mejor, un techo que emocional, espiritual e intelectualmente los proteja a los dos; tu templo no puede ser el de ella a menos que habiten en uno lo suficientemente amplio para nutrir a ambos. Así lograrían la felicidad plena, eso es lo que pienso. —Un techo que nos trague a los dos, eso es lo que tú sugieres Judaín. Un techo que entretenga a uno y saboree al otro. ¿Eso es lo que tú sugieres? Y tú qué piensas de eso Jesús? —Que tal vez Judaín tenga razón con eso de un mismo techo espiritual amplio para ambos. Creo que así me entenderías más. —Tú eres el que no entiende nada Jesús. No eres capaz de ver mas allá de tus narices. Te digo algo, yo no seré una persona de estudios, pero mi sentido común me dice que si no eres capaz de darte cuenta de lo que está evidentemente afectando tu vida, eres incapaz también de encontrar eso que tú y Judaín dicen que estás tratando de alcanzar. Porque para mí lo que estás haciendo no es más que dejándote engañar, y a este que tienes al lado no lo creas tan inocente, el sabe más de ti y de mí de lo que tú te piensas. Y si no eres capaz de quitártelos de encima, yo sí. Y ahora quédense ustedes con su templo y con su techo. Hasta luego. De pronto me sentí tan confundido que quise correr detrás de ella. La mano de Judaín me sostuvo. —Déjala ir. Déjala que reflexione en su soledad. La soledad agudiza los sentidos embotados. Ella necesita también encontrar su camino, tal como tú lo has hecho. 175


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—No entiendo qué quiso decir. —Probablemente ni ella misma. A mí me parece bien claro que su enojo es posesividad despechada. No soporta la idea de tu independencia. Y una persona que desee ascender, necesita independencia. La sensiblería nos lleva a degradar nuestra capacidad de crecimiento espiritual. Las mujeres como Magda son muy sensibleras, Jesús. No puedes ofuscarte con su vacuidad. Actúa dentro del espacio que es tuyo y que has sabido ganarte. Si ella no te acepta, no te aprecia verdaderamente. Si te quiere terminará aceptándote. —Realmente no entiendo su actitud. Se queja constantemente de que el profesor Fausto la hostiga. No sé que pensar Judaín. —Mañana vendrá a decirte que si no dejas tu camino te va a poner los cuernos. Es una reacción muy normal de una mujer débil de carácter. No puedes permitir que su debilidad te destruya. Si le muestras que te mantienes fuerte en tu camino, terminarás haciéndola fuerte a ella también y al final ayudándola. —Pero es difícil por lo que tengo que pasar mientras; su irracionalidad a veces pasa el límite. —Puro despecho hombre, puro despecho. Créeme Jamás he visto a persona alguna progresar tan rápido y tan profundamente hacia el conocimiento como tú lo estás haciendo. No te puedes permitir abandonar lo que es tuyo por naturaleza. Más tarde alguna trivialidad los va a separar y entonces lamentaras un doble fracaso. Vivirás una mayor frustración. Ahora pasarás momentos difíciles pero ganarás por partida doble y la satisfacción será más grande de lo que puedas imaginarte. Ahora no puedes detenerte, 176


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tu ritmo es magnífico. Dentro de muy poco podrás entender lo que a muy pocos hombres les es dado si continuas tal como hasta ahora. No permitas que todo ello se arruine por un simple capricho. Aún si tienes que perder a Magda, te aseguro que más te dolerá alejarte del sendero. Créeme. —Sí, a veces pienso que es mejor estar solo de una vez. Así nada me pudiera desconcentrar. —La soledad es el medio para la ascesis, y tú necesitas ahora de la meditación, del descubrimiento interior. Tú necesitas estar solo para medir tu propia capacidad de auto-conocimiento. Ese es un paso fundamental. Para ello ve hacia la soledad. Únicamente solo podrás contemplar tu propia inmensidad y redefinir tus dimensiones internas, para luego aislarte de toda trivialidad y poder sintonizar tus fluidos con los de la creación. Ese sería el gran primer paso. Si logras todo eso, entonces estarás listo.

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XXVII

«Caminarás por el ancho corredor de los reflejos. Compruebas que tus pies andan por encima de las cabezas del resto de los seres azules que te circundan y que ahora te llaman Señor rotundamente. Has demostrado tu condición de ungido y ya nada puede apartarte de tu elevado destino. Te regodeas al observar sus rostros azorados al contemplarte pasar e insinuar un respetuoso saludo a tu grandeza. »Llegas al final del corredor. Un fuerte golpe electrizante te saca de tu gloria para recordarte tus obligaciones hacia el Amo. Sientes estremecerse las paredes con el reclamo siniestro. Comprendes que has estado olvidando tu verdadera misión por lo que comienzas a alejarte tan pronto te percatas del intenso calor que ha comenzado a inundar el aire. Sabes que el amo reclama la profundización en el dominio de las facultades que te han sido dadas y que para ello debes buscar la más profunda soledad. »Correrás hacia ella como un pez en busca de la vida. Contemplarás la inmensidad del silencio para comenzar a escuchar otra clase de sonidos que más que ruidos son arpegios que la Mano Creadora imprime a su obra. Te Será revelado que en cada una 178


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de esas notas yacen cifrados fragmentos de sabiduría que al escucharse comienzan a insertarse en tu interior. Te lanzarás entonces a la caza de esa música suprema, pero para ello nada debe perturbarte. Te sientas en medio de un valle paradisíaco y apoyas la cabeza entre tus manos. Respiras lentamente para que tus sentidos agudísimos se dilaten mas aún y poder entender cada sonido magistral que comienza a llegar cada vez con más fuerza. En breves instantes, eres un punto de atracción hacia la sinfonía del saber que ya no se resiste a penetrar en ti, fortaleciéndote. Comprendes que antes apenas si manejabas unos oscuros dones de fuerza, en cambio ahora, eres dueño del saber del mundo, de la capacidad suprema de entendimiento; eres absoluto dueño del silencio. Entenderás, al fin, que para ti han muerto todas las dudas.» Judaín tiene toda la razón. Nada debe alejarme de mi ambición mayor. De cualquier forma, una novia en este lugar es como un castillo de arena. Hoy todo marcha bien, mañana aparece un buen mozo, experto bailador, dominante y te la desaparece de la vista como si nada. Ya he visto ocurrir esto decenas de veces. De Magda puede decirse que es una muchacha seria, que no permite excesos a nadie, pero últimamente se ha vuelto el ser más irritable e imposible. No creo que pueda ser tan grave el asunto de Fausto. Hasta incluso puede ser que ella lo malinterprete, él es un tipo tan extraño y la manera en que dice las cosas puede confundir. —Para mí sus intenciones son más que claras y sucias a pesar de que usted trata de hacerlas parecer muy elevadas. Yo 179


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ya estoy llegando al límite del asco hacia usted y eso parece no importarle. ¿Cuántas veces tengo que decirle que usted me da asco, nauseas, ganas de vomitar; que nada más que veo su cara me tengo que contener para no salir corriendo, porque usted me da asco? No se me acerque más con esos discursitos sacados de enciclopedias que para nada me seducen. ¿Me entendió? —Claro que no puedo entender que pretendas parecer tan liviana de espíritu. Yo sé que tú eres néctar, y por lo tanto densa e insondable, pero solo bastaría pasar un átomo de mi piel sobre ti para que todo el dulzor que escondes se abra para siempre. Déjame mostrarte quién eres, cómo eres, de qué eres capaz. Deja que te descubra para ti misma. No te imaginas cuánto podrías ganar con ese acto tan simple y placentero. Déjame... —Usted no tiene para cuando acabar. No le convencen mis palabras. ¿Tengo acaso que hablar con la directora de la escuela para que me deje en paz para siempre? No creo que Fausto pueda tener interés hacia Magda. Él vive en un mundo muy superior al nuestro. Él es capaz de ignorar hasta el aire que necesita para subsistir. Él posee el don de la sabiduría. Para qué le hace falta una chiquilla malgeniosa como Magda. No creo que él la acose tal como ella asegura. Es tal como dice Judaín, está muy despechada, celosa y despechada, por eso se siente resentida hacia Fausto que es quien abrió para mí el universo. —No se te ocurra, ni jugando, introducir a otra persona en lo nuestro. Ese sería el fin para ti y principalmente para Jesús. Él 180


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se ha dejado llevar hacia el terreno movedizo de lo indescifrable. Una sola palabra mía y será acusado de desviaciones ideológicas, de satanista, de religioso o de lo que mi cerebro invente. Estás entre la pared y yo, y voy hacia ti con toda la fuerza de mi alma y serás mía a cualquier precio Magda. —Usted no es mas que un sucio, un cobarde. Se aprovecha de su posición para abusar de nosotros. Si Magda pensara en mí, en vez de presionarme con sus celos se alegraría de mis evidentes progresos; pero su mentalidad de gente común la hace verme como algo raro. Fausto no se aprovecha ni de mí ni de ella, él solo nos ayuda a descubrir el mundo, seguro que a ella también ha tratado de despertarla de su somnolencia, pero su estupidez le ha hecho ver su acercamiento como un intento, muy común en casi todos los profesores, de propasarse con ella. A mí me parece imposible que Fausto pueda desear a alguien tan común como Magda. —Tu dilema es, Magda, que tú no sabes descifrar tu vida. Las cosas siempre son las mismas en el tiempo, lo que cambia es el espacio y el punto desde donde las vives. Esto que sentimos mutuamente, lo estas viviendo de la manera más difícil. Solo tienes que ceder. Yo te juro que no has vivido nada semejante a lo que yo pudiera hacerte experimentar. Ningún chiquillo de esos que ha pasado por tu vida va a lograr lo que yo en un breve instante. Piensa que yo soy un gran caudal de nuevas sensaciones para ti, el culmen de la satisfacción. No debes cerrar tu alma a 181


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la posibilidad de crecimiento. Yo soy la mejor forma del amor que jamás has tenido en la vida. Si Fausto realmente estuviese interesado en Magda, con la capacidad verbal que posee y su increíble genio ya hace rato que la hubiese hecho abandonarme. Qué soy yo al lado de ese hombre. Mi capacidad en sentido general es ínfima en comparación con la de él, y si aún fuese cierto que Fausto intenta tener alguna clase de relaciones con ella, qué pudiera hacer yo al respecto, si en realidad es más lo que le debo de lo que pudiera reclamarle. Pero estoy seguro de que si en verdad, Fausto estuviese interesado en ella, Magda cedería. —No me diga más nada profesor, por favor, déjeme en paz, es lo único que le pido, déjeme hacer mi vida en paz. Usted me está obligando a lo que no deseo... —¡Que no deseas, mejor que no quieres desear! El deseo lo fomenta el subconsciente y tú no quieres concientizar que yo soy tu opción. Si lo hicieras, comenzarías a desear. Pero la obstinación parece obnubilar tu espíritu y eso te hace estar en un lugar muy inferior a tus posibilidades. —Yo no se nada. Lo único que sé es que dentro de mí, usted no ocupa otro lugar que el de un ser despreciado. Tal vez esté obnubilada o como usted quiera decir. Pero yo estoy segura de que jamás sentiré nada hacia usted excepto desprecio. —Entonces has escogido el camino más difícil para ti, mientras que para mí resulta ser el más excitante. Ten algo bien 182


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claro Magda; nada me hará detenerme y no me detengo hasta haber reducido a cero lo que se erige ante mí como obstáculo. Tengo fuerza y deseos suficientes para deshacer tu obstinación y pasión, para colmar tus furias pánicas. Si no me entiendes ahora, espera; pronto habrás de convencerte de que yo soy tu mejor y única posibilidad.

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XXVIII

El transcurrir del tiempo nos condenaba a vivir asfixiados espiritualmente. Nadie alcanzaba a erigir un momento de placer verdadero, un ápice de felicidad en este infierno. Las personas que te rodeaban llevaban los mismos rostros obtusos de miradas ausentes. Tres años condenados a partir el polvo con la miseria y la mediocridad. La obligatoriedad de todo, la disciplina militar, la escasez eran nuestros principales elementos. Nada podía convencerme de que las intenciones de los autores de este experimento masivo tuvieron un ápice de buena fe; si no un desdeño feroz por la naturaleza humana, por la libertad. Nadie que tuviese una cantidad apreciable de inteligencia podía creer que este era el lugar de donde las generaciones del futuro iban a recibir una formación decorosa a la altura del resto del mundo. Evidentemente del mundo precisamente querían aislarnos por razones que solo ahora comenzaba a entender. Juan, era un ser al que subestimé. Nunca imaginé que se revelaría ante mí en toda la expresión de su inteligencia para, en un principio, exasperarme con su autenticidad. —¿Qué cara es esa Jesús? 184


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—La única que se puede tener en este lugar. —¿Tan mal te sientes? —¿Tú no sabes que nosotros estamos aquí para algo muy importante, algo que solo unos pocos podemos entender pero que para todos es una realidad común y agobiante? —quedé sorprendido ante mi intempestiva arremetida. Siempre terminaba culpando al encierro que vivíamos de todos mis problemas, aunque, de hecho, era cierto. ¿Juan es tu nombre no? Bueno según yo he analizado este lugar es una especie de laboratorio donde todos nosotros debemos obtener una nueva sustancia en nuestro cuerpo. Una sustancia que nos hará estar aptos para una nueva vida que se prepara allá afuera para nosotros. —¿Te refieres al sistema político? —En efecto, me refiero a eso mismo. —¿Y tú tienes algo en contra de ese sistema? —Juan hablaba sin un ápice de resquemor sobre un tema tan espinoso. —¿Ese sistema? Hablas como si no te perteneciera, como si tú no fueras parte de la comparsa. ¿Acaso a ti no te complace? —Yo creo en Dios, y es a ellos a los que no les gustan los creyentes. Yo no tengo nada en contra de ningún sistema mientras no se interponga entre mi fe y yo. —Entonces tienes motivos para odiar a semejante institucionalización del ateísmo. —No lo odio, solo me produce una gran pena verlos hundirse en el error. No lo digo solo por el ateísmo en que viven, que ya de por sí es más que suficiente; su error está en obligar a los demás a navegar en el mismo bote en un océano tan grande. Es a la vez 185


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una amenaza y una orden: navegas y te hundes conmigo, o te vas a nado a merced del sol y los tiburones. —Yo hasta hace muy poco me entraba a golpes contigo al escucharte hablar así. Yo era uno de esos fanáticos... Precisamente fue venir a este lugar lo que me hizo cambiar. —Justo en el lugar donde se suponía que ellos te transformaran para siempre; eso es muy gracioso —dijo Juan con sarcasmo. —Sí, puede resultarte gracioso pero no ha sido fácil. Yo creía seriamente en este sistema, me parecía la opción del futuro, pero no sé cuándo arribé a la conclusión de que si un sistema social necesita de la reclusión, de la presión ideológica, en medio de la más absoluta falta de libertad, entonces de por sí tal régimen tiene que estar condenado al fracaso. —Realmente, Jesús, yo te vengo observando desde hace algún tiempo y me parece que andas algo errático. Eso mismo, qué haces hablando de política en medio de este sol, con alguien que no conoces. Y si yo fuese un chivato; podría ir a decírselo al profesor Raúl y... adiós Jesús. Ese arranque tuyo me demuestra que no estás nada bien. —Claro que no puedo estar bien. Estoy aquí encerrado y quiero estar divirtiéndome a mi gusto en la calle; tengo el hambre de un preso y no tengo qué comer, cómo crees que no voy a estar desequilibrado. Y tú, a la legua se ve que no puedes ser simpatizante de esta gente; nadie inteligente puede apoyarlos. Ellos se aprovechan de la ignorancia. —Mas bien cultivan la ignorancia en la gente. —Exacto. Mira este lugar. ¿Qué se puede aprender aquí? En 186


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este mismo instante millones de personas en el mundo están manoseando una computadora y tragándose los libros más avanzados en toda clase de teorías. Y nosotros, estudiando a unos ideólogos rusos de los que ya nadie se acuerda y aprendiendo unos programas de computación en unos televisores viejos, en blanco y negro, con teclados que ya no sirven para nada. Qué están haciendo de nosotros, unos empedernidos sexuales, hambrientos todo el día, incapaces de generar una idea que valga, ¿y por qué? Imagínate si los cientos de miles que como nosotros vivimos encerrados en escuelas como estas anduviéramos sueltos en las ciudades aprendiendo a ser como a los gobernantes no les gusta. Nosotros somos la supuesta garantía para que los de arriba sigan en el poder, por eso nos encierran para enseñarnos nuestro destino de mierda. —Mira Jesús, si sigues hablando así yo me voy para otra parte. Yo no quiero meterme en problemas y quiero terminar mis estudios aquí porque yo sí quiero ir a la universidad y si este es el precio que tengo que pagar lo pago; en otros lugares se paga con dinero... —Y aquí pagas con tu vida; toman tu alma a cambio. —Está bien, lo que tú quieras. Yo solo me acerqué a ti para comentarte algo que aunque sé no es problema mío, no puedo dejar de decirte. —Pues habla de una vez. —Es sobre Magda y... —¿Y qué? —y el profesor Fausto. 187


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—¡Ah, me vienes con un chisme! —Ves que no se puede hablar contigo, olvídate de lo que te dije. —No, ahora me lo tienes que decir. A ver... ¿cuál es el asunto? —No, deja, yo me voy. —¿Qué pasa entre Fausto y Magda? —Yo no sé qué pasa entre ellos, yo simplemente quería advertirte que el otro día me pareció que él se propasó con ella. —¿Sí? ¿Y cómo? —Me pareció ver que le toco la mano en el aula. —Te pareció, o sea que no estas seguro. —Bueno, pudo ser un accidente, pero Magda se puso como molesta, por eso me parece que no fue algo casual. —Mira Juan, yo tengo la cabeza muy llena para que ahora tú me vengas con suposiciones a llenarme de inseguridad. Te agradezco la intención pero déjame a mí darme cuenta por mí mismo, está bien. —Como tú quieras, yo solo quería ayudarte. Lo observe alejarse con su paso inseguro. Me dolió haber sido tan duro con él, pero hay instantes en que los sentimientos se agolpan para obstaculizar el fluir de la razón. Mi espíritu se estaba convirtiendo en una piedra.

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XXIX

«Entenderás que lo que hace unos instantes eran fluidos insólitos de la más alta sabiduría se convierten ahora en sólida corriente, que como puente conecta tu espíritu con lo inmenso. Te has convertido en la cúpula que traspasa la dimensión de lo evidente para penetrar el otro espacio donde se fabrica lo que existe. Estas ahora inmerso en el denso río de la creación; un espacio de nociones supremas, sin tiempo, o elementos; solo la fuerza de la pura actividad generadora marca los lindes de un espacio inescrutable. Sabes que haber alcanzado este lugar es el más alto privilegio. Tu grandeza es ahora indiscutible. Puedes ser ahora tú también creador, puedes crecerte a la altura de Dios. »Extiendes tu mano hacia lo profundo de esa agua y ves como generas muerte y destrucción, levantas tu palma dejando caer hilos de agua y observas a nuevos seres naciendo. Te asusta poseer la facultad de manejar la vida y la muerte, de destruir o restablecer. Comprendes que has alcanzado el Supremo Poder. Avanzaras entonces, decidido, hacia el centro de ese río. Observas un sitial que se erige para ti. Asumes tu lugar con naturalidad. Desde la altura de tu nueva dignidad contemplas la superficie 189


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que es ahora un cristal a través del cual observas, como ser omnipotente, el transcurrir del mundo. Te es dada entonces la posibilidad de atar o desatar los destinos de los seres que tienes ante ti como piezas de un juego terrible donde tus antojos pueden ser el origen o el fin. Extiendes tu mano y la miras, tu carne es ya la fibra de un inmortal.» Me adentré en aquel recinto donde el mero aire provocaba en mí sensaciones convulsas. El rostro áspero y desaliñado de Fausto evidenciaba su larga inmersión en el estudio de unas páginas amarillentas y enormes que permanecían aún sobre su mesa. Su palabra majestuosa siempre me recibía con un extraño calor, al contrario de sus ojos duros y su expresión siniestra. —Me alegra verte entrar por esa puerta acompañado de mi historia. —Precisamente por eso es que vengo a verlo. Quiero que me explique algunas cosas. —Lo que sea. Tu dirás. —Estuve leyendo una parte en que el filosofo llega a una especie de río donde encuentra un mundo diferente en el que puede hacer cosas fantásticas. Pero realmente no entiendo qué es ese lugar y por qué puede hacer todo eso. —Has llegado a un momento de la lectura donde hasta las comas tienen una significación profundísima. Si has sabido aprovechar las enseñanzas del inicio y logras extraer lo que este pasaje intenta darte, habrás alcanzado un grado muy alto de sabiduría pura. Ahora, hay algo aún más importante que eso y es si has alcanzado un grado de conciencia sobre cuál será tu 190


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misión en el mundo al manejar todas estas claves. No me mires así. Ni los más provechosos conocimientos te servirían para nada si ignoras el por qué y el para qué los posees. —Pienso que sí. Mi fin es ser alguien que pueda hablar y ser admirado por la amplitud de su saber; y ser capaz de dar ideas que puedan ser utilizadas para cosas útiles. —¿Así nada más? Si solo te conformas con eso se puede decir que tu grado de conciencia es pobre en comparación con la enormidad de lo que tienes a tu alcance. —Es que yo creo que no hay nada más grande que una persona que aporte ideas que puedan ser utilizadas para el bien. ¿Eso es en esencia lo que define a un sabio, no? —Un creador, eso es lo que puedes ser; un creador de realidades. Eso es lo que hace un verdadero sabio, generar con el poder del espíritu y la mente nuevos fluidos que se inserten en la realidad creando nuevas posibilidades. Eso es poder. Solo quien sea capaz de crear nuevas realidades se iguala a la palabra suprema y ese es el máximo poder. Quien pueda mover al menos una fibra de lo que existe esta participando, como un dios, del acto de creación. Ese debe ser el Fin Supremo, para bien o para mal, todo nuevo centro de existencia, en el amplio sentido del concepto, es una obra suprema. Solo así dejamos de ser meras entidades, materia reflejo de lo que es inútil en nosotros. Existir no es vivir, existir es poseer la facultad de incluirnos en esa corriente donde el caos y el equilibrio son una misma cosa y desde allí emprender obras de verdadera creación. —Entonces el río del que se habla en la historia es ese lugar 191


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y lo que esta haciendo el filosofo es creando nueva...vida? —O generando muerte. Eso es también parte de todo. —Pero si se mata no se está creando nada, se está mas bien destruyendo. Como pueden confundirse las dos cosas. —¿Cómo que se confunden? Ellas son las partes centrales de la existencia. No puede existir la una sin la otra. ¿Cómo pudiera prevalecer una sobre la otra? Ya de eso hemos hablado antes. De hecho aquel que sea capaz de destruir desde la grandeza del espíritu es digno de veneración. No es tan simple, pero te aseguro que hay tanta dignidad en generar una vida como en exterminar lo inútil. Te lo repito, ser capaz de generar nuevas realidades, no importa lo moral o racionalmente establecido, eso es lo que hace un verdadero sabio y eso es lo que ves en el pasaje del que me hablas. —Es un poco difícil para mí aceptar la idea de que matar o destruir es también algo útil —en este punto de la conversación noté que Fausto se molestaba un tanto con mi testarudez; se paró de su asiento y acercó su rostro al mío. —Dominar las mentes débiles y estúpidamente comunes, utilizarlas o borrarlas, eso es también generar un bien. Hay objetos y seres que solo aparecen en el mundo para ser utilizadas y luego borradas. Ese es el orden. Debes entender eso, o dominas o eres dominado. Doblegar la realidad transformándola, esa es la máxima obra. No puedes darte cuenta de lo valiosas que son estas cosas. Muchos mueren ignorándolo todo y tu tienes ahora a tu alcance claves que te pueden convertir en alguien superior, ya de hecho lo eres. Pero solo cuando seas capaz de concientizar 192


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de qué eres capaz y para qué has aprendido todo esto, entonces podrás iniciarte como creador, como ser superdotado. Me sentí inflamado por un autentico orgullo con todo lo que Fausto me decía. Nunca me sentí tan fuerte en espíritu. Había decidido emprender aquel camino aunque tuviera que cambiar toda mi vida, mi manera de ser y las cosas que hasta ese momento figuraban entre las mas queridas. —¿Por qué me da usted todos esos privilegios profe; por qué yo? —Por varias cosas Jesús, primero porque tu mente no se ha enquistado aún como la de casi todos aquí, segundo porque tu espíritu está sediento de profundización y eso es definitorio para todo gran aprendizaje, y tercero porque en todo lo que existe debe primar el equilibrio; esa es una ley inviolable y tú has aparecido como uno de los extremos de algo que ha entrado en mi vida para transformarla. Estas cosas que te enseño son el precio que tengo que pagar para que no se rompa el inviolable equilibrio y así alcanzar lo que esta diseñado para mí, lo que me convertirá en un ser más profundo. —¿O sea que yo entré en su vida como algo que obstaculiza su camino? —No, más bien que lo propicia. Debes aprender que nada en el cosmos es innecesario; hasta lo más ínfimo es parte de un todo que sin esa minucia no podría funcionar. Tú eres el vértice del triangulo que hace posible la base. Sin ti yo sería solo un punto desatado en el espacio, gracias a ti puede hablarse de unión, de conexión, de relación, en fin, de vida. 193


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XXX

Irremediablemente la vanidad te insufla una fuerza de carácter que comienza a hacerte sobresalir por sobre el resto. La vanidad te impulsa y se retroalimenta de tus éxitos, de los chispazos tanto de aceptación como de repulsión, pues todo acto que sobrepase los parámetros de lo habitual y que reciba cierta atención es de sumo agrado para quien la padece. Te hace renegar de todo principio con tal de recibir la joya del halago o de la distinción; te hace perder el aprecio por los que te rodean pues comienzas a creer falsamente que eres merecedor de mucho más de lo que te brindan. Se pierde la fe, la humildad, el apego a lo usual y comienzas a llenarte de complejos de grandeza, de afanes hacia el protagonismo y a su vez de un desprecio casi absurdo por toda cosa de menor importancia o de escasa brillantez. La vanidad puede cegarte ante lo evidente, puede hacer que protagonices tu propia destrucción, que alimentes a los que te odian y que desprecies a los que te ayudan. Puede hacerte, en fin, brillar en falso, vaciarte en abundancia y renegar de ti mismo. —¿Sabes que estás hecho tremendo comemierda, Jesús?. No se puede hablar contigo. Para todo tienes una salida mejor, 194


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siempre tienes que menospreciar lo que uno te dice. ¿Qué, te estás creyendo un sabio? —Creo que he logrado llegar a algunas respuestas, solamente eso, pero son respuestas que más que salidas son claves, formulas, salvoconductos intelectuales que si los traes siempre contigo te sacan de cualquier inconveniente. —A mí me parece que se te están subiendo los humos. No te conviene mucho estar siguiendo al pie de la letra lo que te dicen. Frases como esta lograban enojarme. Ernesto lo sabía, por ello sentí que estaba en medio de un ataque frontal. —Mira quien me viene a sermonear, el sabueso de los jefes, el que sale a cazar lo que le ordenan. ¿Los que te programan también incluyen esas respuesticas de basura? —¡Por qué ese ensañamiento Jesús; qué programa ni qué programa!. Cualquier cosa que yo haga es con plena conciencia, no porque me lo ordenan. Yo sigo mis principios, tú solo estas repitiendo lo que le oyes decir a Fausto, y cuando más lo que lees en uno o dos libros. Luego te crees el filósofo. —Así que tu sigues tus principios; qué raro me suena eso en ti. Tú sabes que solo quieres vivir más cómodo que el resto en esta escuela, por eso te las das de dirigente. Pero eso no es lo peor, lo peor es que cuando te mandan a cazar religiosos o a decir quienes son los que se quedan escondidos para no ir a trabajar al campo te pones a cantar como un sinsonte, porque sabes que si no lo haces tu comodidad se acaba. En fin yo prefiero cien veces repetir lo que me dice Fausto a vender mi conciencia por estar 195


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en la cima de este basurero. ¿Estamos claros? —Yo no estoy nada claro. ¿Así que tú piensas que yo soy un oportunista y un chivato? Ernesto se tornaba cada vez más agresivo y yo no me quedaba detrás. El tono de las voces subía y la respiración se aceleraba. —Sí, lo pienso, pues siempre veo a más gente caer y a ti subir cada vez más. De lo que tú tal vez no te das cuenta es que si te acostumbras a hacerlo en este lugar donde lo que recibes a cambio es una mierda, qué no harás cuando estés en un puesto donde no solo manejes cosas materiales sino además los destinos de la gente? —Yo vivo muy confiado en que jamás seré un corrupto. Tú no eres nadie para juzgarme así. —¿Soy tu amigo no? —¿Mi amigo? Alguien que te ataca como tú lo has hecho no puede ser un amigo. Tú me has hablado desde una altura que no te corresponde y que te están haciendo creer que mereces y no te das cuenta por qué. Tras decir esa frase Ernesto se tornó más dramático aún. —Dale con lo mismo. Hay gente que no puede soportar que otros sobresalgan. ¿Te es muy difícil aceptar que me he superado, que ahora puedo emitir juicios más profundos que los tuyos? Porque te conozco sé que te es muy difícil, pero por eso no tienes que hacer ver que alguien me manipula. —¡Eso es lo que me has dicho tú! —¡Yo solo estaba a la defensiva quien comenzó a ofenderme fuiste tú! 196


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—Si te ofendes es porque sabes que tengo la razón, no es así, o es que ya no te conozco —atacó Ernesto nuevamente. —¡Tampoco tú puedes negar que yo tengo también la mía cuando te digo que eres un gran sabueso de los jefes, eh! —Me estas obligando a decirte lo que no quiero, y te lo voy a decir para que te dejes de comer tanta mierda; al único que están utilizando es a ti Jesús. Por tu metedera en tanta teoría se te está quedando detrás la práctica. Estás perdiendo a Magda por tus aires de grandeza. Tu complejo de superioridad ha hecho que hasta Magda se aleje de ti. ¡Ahora sí te esta hablando un amigo para que lo sepas! Quedé perplejo un instante. Sabía que Ernesto tenía la razón. —Y ahora por qué Magda. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? —Yo solo te digo lo que estoy viendo y siento que haya tenido que decírtelo de esta forma, pero es evidente que Magda y tú se han alejado por tu culpa, te estás volviendo un tipo insoportable. Estás poniendo en primer plano tus ambiciones. Y te lo digo, no te asombres cuando la veas en las manos de cualquier otro. Tú estas abandonándola y ella es una mujer por la que cualquiera se vuelve loco. Piensa lo que haces. Te lo digo de corazón, ¿me entiendes?. —Parece que de ti también tengo que cuidarme pues hablas de una manera tan... —Ves que estás hecho un imbécil; mira yo me voy y te dejo con tus aires a ver si te revientas. 197


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—Ernesto, espérate. Quiero que me digas bien despacio lo que piensas sobre Magda y yo. ¿Qué es lo que pasa.? —Lo que pasa es que estás alejando a Magda de ti, la estas poniendo en manos de cualquiera dejándola tan abandonada. Mira, si a ti te interesa seguir con ella, tienes que reventar ese globo en que estás metido y mirar la realidad. Aquí se vive muy cerca de los demás; así como el exceso de contacto te puede aburrir, el distanciamiento es aún más peligroso. Ella necesita afecto y tú le estas dando la oportunidad a cualquier otro para que venga a sustituirte. Tú sabes que eso pasa, y Magda es un ser humano; por mucho que te quiera y por muy fiel que sea, también puede ser débil. No estoy seguro si algo cambio dentro de mí en ese momento o si escuchar la advertencia de alguien en quien confiaba plenamente me hizo temer la posibilidad de perderla totalmente. Solo sé que en los instantes siguientes padecí un súbito cambio de prioridades. De pronto comencé a ver en primer plano la depauperada relación con Magda y una fuerza me impelió a buscarla con el ánimo de arreglar lo que tal vez ya no tenía arreglo. Pero mi ánimo al parecer era solo el espejismo de una voluntad que ya en mí no tenía otro cometido que conquistar la quimera empolvada anclada en mi mente como rémora.

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XXXI

—Por que tanto apuro Jesús, vas a apagar un fuego. Nuevamente Judaín hacía gala de su excepcional capacidad de aparecer en mi vida cuando algo trascendental debía ocurrir. Estaba decidido a solucionar mi distanciamiento hacia Magda y recomenzar nuestra relación. —Más que eso, quiero encender uno que se estaba apagando. —Eso suena bastante patético. —Pudiera ser; el pathos era el clímax de los actores dramáticos de la antigua Grecia, y últimamente mi vida se debate entre el pathos y el ethos. —Y tú como buen patético te inclinas hacia el pathos, cuando el ethos es el clímax para los inspirados, los poetas, los creadores. Me parece entonces que vas hacia la clase de éxtasis que no te conviene. —¿Qué sabrás tú qué me conviene o no, Judaín? —Cómo me subestimas Jesús —su rostro tomó un matiz de cinismo—, yo tengo la capacidad y la sensitividad para andar y desandar el camino que tienes que seguir antes de que tú mismo 199


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lo vislumbres. Yo puedo desentrañar e incluso describirte lo que tienes que hacer antes de que tú te percates de ello. Tu espíritu es casi una réplica del mío. Todo lo que tú estás viviendo yo lo he vivido. Esa inseguridad, esa poca fuerza de carácter, ese miedo a tu sino, yo también los padecí. Es algo normal en cualquier proceso de auto-descubrimiento. —Si es que tú sabes tanto de mí, dime cómo solucionar mi problema, si es que puedes decirme cuál es. —Tu problema es la incapacidad de desconexión, de desintoxicación, por mucho que te esfuerces, no puedes zafarte de tus miedos atávicos, de tus lazos; por ello no has logrado un mayor nivel de profundización. Tu estado es realmente penoso; posees toda la capacidad y la energía para convertirte en un Maestro y tu escaso coraje te arrastra, como lastre, hacia el empobrecimiento. Me da pena por ti realmente. Siempre las palabras de Judaín lograban acaparar mi atención. Su discurso era tan agudo y claro que alcanzaba a taladrarme. Varios lazos tiraban de mí en direcciones opuestas; de donde me había metido era difícil salir sin ser protagonista de grandes cataclismos. Además creía fuertemente en todo lo que Fausto me metía en la cabeza. Sentía un miedo terrible a seguir adelante, pero tanto o más, volver atrás. —Pero concretamente no puedes decir cual es mi problema. —De sobra. Vas derechito a las manos de Magda; o sea a pisotear todo lo que has ganado, pues la primera condición que te será impuesta antes de la reconciliación, y que tendrás que asumir pase lo que pase, es abandonar toda la búsqueda que has 200


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emprendido. Regresarás al empobrecimiento y no podrás evitar una decadencia espiritual arrasadora, pues ya habrás sentado el precedente de someter tu sino al de un ser inferior en casi todos los sentidos, habrás dejado trunco tu sendero cuando ibas en pleno ascenso y eso te traerá las peores consecuencias que puedas imaginar. En fin, lo que tendrás es una relación empobrecida, en auténtica picada, y un espíritu mediocre que a lo mejor nunca podrá reponerse del fracaso, y lo peor, que luego de haber tanteado en los Grandes Misterios, toda la ascendencia que habías ganado puede tornarse en contra tuya trayéndote trastornos vitales inexplicables. —Me parece que el que se esta volviendo patético ahora eres tú, Judaín. ¿Cómo el simple estudio de unos conocimientos bastante exóticos puede cambiar para bien o para mal la vida? Realmente me parece que exageras. —No te has dado cuenta aún de la dimensión de lo que tienes a tu alcance. Créeme, un día yo pensé igual que tú, y también tuve miedo de vaciarme de todo lo que me hacía un ser inferior, pero el compromiso con la doctrina no es como la relación que se establece entre un estudioso y una teoría extraída de la falsedad de lo aparente; desde el mismo instante en que decides traspasar el límite de lo establecido como racional, se sella una alianza que te conducirá a otros estratos de la razón, del conocimiento, del mundo. Por eso no debes dejarte confundir, recuerda lo que te he dicho antes, el sentimentalismo es de seres inferiores, de ‘hombres con sangre de rana’. Tú has sido llamado a ser un discípulo. Ese es el mayor de los honores; luego, un Magister. 201


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Nuevamente se desataba sobre mí la tormenta de la confusión. El verbo ejercitaba la capacidad de excitar no sé cuáles reacciones químicas en mi ser que sometían la voluntad mancomunándola con la de su progenitor. La misteriosa palabra se clavaba en mi espíritu como un elixir adormecedor. Luego volvía a ser la marioneta, el desdichado discípulo. —Te confieso que tengo mucho miedo, Judaín, miedo de perder a Magda, miedo de verla en manos de otro, miedo de estar equivocado, de no ser capaz de alcanzar lo que tú dices. Es una sensación de debilidad que me ofusca. Además, todo me es adverso, este lugar es insufrible cuando quieres salirte de la miseria que te rodea. —Todo eso te sucede por no concentrarte en ti mismo. —A que te refieres. —Te estas centrando en la exterioridad de lo que haces, no en la esencia de lo que haces. ¿Crees que te engaño cuando te digo que la mejor arma que se puede poseer contra el mundo es precisamente vaciarte de él? Una vez que lo logras nada te puede perturbar o herir; puedes vivir dentro del mundo, servirte de él y ser inmune a su veneno. Luego puedes lograr cualquier cosa. —Es cierto, más bien me he envanecido de lo poco que sé, no he trabajado con seriedad. Tal vez tú tengas razón. Pero aún así, por lo pronto me es imposible continuar en este estado de incomunicación hacia mi novia, creo que lo mejor es que arreglemos las cosas, tal vez así me sea más fácil avanzar; de lo contrario tendría que renunciar definitivamente a ella y eso es algo para lo que no estoy preparado. Últimamente he sentido 202


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mucho su ausencia... —Cómo puedes ser tan mediocre Jesús, un discípulo no se ahoga en lagrimitas —su tono súbitamente se tornó agresivo. Tienes que darte cuenta de que eres un privilegiado, un ser superior. No estás hecho para sufrimientos triviales. Has sido escogido para figurar en los rasgos ocultos, para ser un intérprete de lo supremo. Recuerda los secretos que te han sido revelados, mírate a ti mismo dentro del río de la vida y la muerte, de la suprema creación. Obsérvate disgregando las gotas que matan o que siembran. No reniegues de tu destino o estarás labrando tu propio fin. —¿Cómo sabes tú que yo conozco el río, cómo puedes describir lo que solo a mí me ha sido dado? ¿Qué relación tienes tú con Fausto? ¿Quién eres tú realmente? ¿Tú conoces a Fausto bien de cerca eh? —¿Fausto? Sí, lo conozco, hubo un tiempo en que fue como un padre para mí, ahora apenas si hablamos. Luego de este encuentro alcancé a ver a Magda. Hablamos durante casi una hora, pero ya mi espíritu estaba revuelto. Me desbordaba en deseos de introducirme en lo que realmente era algo misterioso y tentador. Mientras hablábamos experimenté otra vez la sequedad en la entrega, se enrigidecieron mis palabras y la capacidad de convencimiento se embotó. Había logrado con tamaña eficacia que Magda se encolerizara nuevamente hacia mi enajenación. El encontronazo fue tan desgarrador que comprendí era definitivo. Una vez más, caía en la trampa de servir a quienes absorbían el zumo de mi vida, y emponzoñaban mi intelecto y mi alma.

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XXXII

Existen seres que buscan en los demás un motivo para el autoensalzamiento; que se enciman a lo que ellos estiman inmoral, raro o inadecuado para anatemizarlo. Destruyen además todo aquello que pueda hacerles temer o desconfiar, y, por supuesto, también aniquilan lo que los opaca. Después de neutralizada la presa, los muy viles se encaraman en una tribuna y disertan vacuamente sobre rectitud moral. Se llevan consigo todo el mérito y se envanecen con el aplauso temeroso de los débiles. Esta clase de individuos no puede soportar que transcurra un minuto sin que ellos ejerzan hegemonía, sin que, de una manera u otra, el poder esté en sus garras. Viven vigilantes de los pasos de todos y se cuidan mucho de no hacer visibles sus errores. Cuando delinquen lo hacen con limpieza y ejercen la suficiente influencia en los que más de cerca los observan para que se cuiden de pasar por ciegos cuando sea conveniente. Si su falta es descubierta por alguien que pueda resultar peligroso para ellos, entonces ha de desaparecer el testigo. Estos individuos son capaces de cualquier cosa con tal de mantener su imagen de persona recta y digna de confianza aunque no lo sean. 204


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Tropezarse con uno de ellos puede resultar nefasto en cualquier parte del mundo, pero avizorar la aproximación felina de uno de estos seres en un lugar como este, es cien veces más terrible. Cada uno de nosotros es una ficha aislada, y sin otra protección que la de los profesores. ¿Qué pudiera pasar si a algún extremista del claustro comienza a molestarle que te insinúes diferente, raro, con alguna independencia intelectual? Comienza entonces el acecho, la vigilancia desde lejos, el rechinar de dientes ante una nueva posibilidad de mostrar la ‘lealtad a los principios’, aunque en realidad seas inofensivo, aunque tus pasos no generen imitación o ganen prestigio ante el resto. El problema es la mancha, la salpicadura altisonante sobre el monocromático manto que debe ser eliminada o al menos chapuceramente tapada. Y esto fue lo que comenzó a acaecer en un principio. Alguien que se irritaba ante la más mínima disidencia cognitiva se proponía enderezar mis ‘desviaciones ideológicas’ antes de que fuera demasiado tarde. —Profe Raúl, qué susto me ha dado. —¿Qué haces Jesús, estudias o lees alguna literatura de provecho? —Estudio... no, mas bien leo un poco para distraerme. Entre el calor y el aburrimiento se puede intoxicar uno. Por eso leo, mato el tiempo y aprendo algo nuevo, ¿no cree? —Claro que me parece muy bien, pero ¿qué es eso que lees? —Esto, es un librito que un amigo me prestó. —¿Quién es el autor? ¿Alguien conocido? Muy pronto pude percatarme del camino que quería seguir el 205


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profesor Raúl. También vino a mi mente la conversación entre él y Fausto. No me quedó duda de que el hombre pretendía ahondar en mi relación con Fausto, no sé si para atajarme a mí o a él. —No, es algo escrito por quien me lo prestó, este amigo tiene sus aspiraciones literarias. —¿Es alguien de la escuela? Pregunto porque me interesaría mucho conocer a tan precoz escritor. —No, no es de la escuela —mentí—, es alguien de mi barrio, usted no lo conoce. —Ya, entiendo. Pero quisiera que me sacaras de una duda; ¿tiene que ver este librito con la manera tan extraña en que te vienes proyectando últimamente, o las causas son otras? —¿Qué le ve usted de raro a mi... proyección, como usted dice? —Pues que has dado un cambio muy brusco en cuanto a tu manera de pensar y actuar. Varios profesores me han comentado sobre tus extrañas disertaciones medio teológicas o idealistas en clase. No sé, yo nunca te he escuchado decirlas pero sí he observado que tus actos son muy diferentes a los del Jesús que entró a esta escuela en décimo grado. ¿A qué se debe el cambio? —Bueno profe, si ellos interpretan mis análisis de los fenómenos como tendientes al idealismo es porque realmente no me han entendido. Yo últimamente he estudiado bastante de filosofía clásica y de ahí que mis respuestas puedan ser mucho más ricas pero para nada teológicas, es más, fuera de San Agustín y Santo Tomás no conozco mas nada de teología, de hecho los libros que he leído son casi todos de autores materialistas soviéticos; ¿cómo 206


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se entiende entonces que de los materialistas vaya yo a aprender doctrinas idealistas? La intención burlona de mi respuesta no causó un buen efecto en Raúl. Su cerviz se estrujó más de lo normal y sus palabras comenzaron a resbalar veloces y filosas. —Así que Santo Tomás y San Agustín, me parece que estás llegando demasiado lejos. Esos hombres son teólogos; cualquier cosa que puedas aprender de ellos ya esta desviada desde la raíz. Parece mentira que hayas nacido en un tiempo donde tu país sí puede darte una educación de alto grado de cientificidad y tú pierdas tu tiempo retrocediendo a la ignorancia. —¿Qué puede haber de malo en que yo busque ampliar mis conocimientos? Conformándome únicamente con lo que aquí me enseñan en nada me supero. Mi inclinación es hacia la sabiduría; para alcanzarla tengo que ir a todas las fuentes, hasta incluso las opuestas a lo que me enseñan. ¿Cómo puedo conocer algo de verdad si solo manejo una opinión? Si también busco las otras aprendo un poco de todas. —Es ahí donde está el peligro. Tú vives en un momento histórico donde se necesita una clara definición de tus ideas; si te dedicas a la diversidad terminarás en la más absurda confusión y entonces serás inútil a este país que se está gastando todo en ti para que tú lo defiendas de sus enemigos naturales y cómo vas a hacerlo si estas envenenando tu sano juicio con ideas torcidas, de gente ignorante. —¿Cómo puede usted decir eso Profe? Discúlpeme pero me parece que usted se equivoca; si mi país me quiere para que yo 207


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lo defienda no puede entonces atarme al embrutecimiento. Si la causa que yo tengo que defender es completamente justa entonces mientras más libres y amplias sean mis ideas más capaz de lealtad soy; de lo contrario sería una especie de robot humano programado para algo, y tan pronto fallen los circuitos va al diablo todo. Es más fiable alguien convencido que alguien programado a la fuerza. ¿No le parece? El hombre comenzaba a ponerse rojo de impotencia. Decidí que tenía que comenzar a ceder o terminaría mal. Estaba ante el dogmático por excelencia. —Eso crees tú. Mi experiencia me dice que para lograr algo grande en la vida se necesita gente que más que filosofar, actúe, que sepa responder sin titubeos ideológicos al reclamo de los que le hacen el bien... —Si aquellos son verdaderos benefactores... —dije casi en un murmullo que pudo costarme caro. Al ver nuevamente el semblante de Raúl, decidí que el juego se tenía que acabar. —Me parece que ya estamos hablando de más. A ver dime bien claro, qué es lo que tu tienes en tu cabeza, dime todas esas ideas que te dan tantas vueltas. Dímelas sin miedo que yo tal vez pueda ayudarte. En medio de esta frontal provocación dudé ante la posibilidad de gritarle de una vez todo lo que pensaba de él, de su moralismo falso y de su ideología carcelaria para así, pasara lo que pasara, comenzar a vivir sin tener que engañarme a mí mismo; pero tan solo imaginarme la vergüenza de mi madre en medio de una de esas reuniones inquisitoriales donde a su hijo se le impugna el 208


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cargo de ‘serias desviaciones ideológicas’ me helaba la sangre. Ver a mi pobre madre, militante de primera fila, aferrada a que debía ser un error que la educación que ella me había dado era ejemplarmente acorde a los requerimientos del sistema, y luego Raúl, levantándose con la mano extendida en un gesto conmemorativo de los mejores momentos de cualquier jerarca del PECUS, comenzando a recordar los pormenores de una conversación como la que ahora teníamos y a dar ‘evidencias’ de mi distanciamiento hacia los parámetros ideológicos que tanto yo como cualquier otro estudiante debía contemplar. Semejante visión junto al enorme temor de poder ser expulsado de la escuela y hasta del sistema nacional de pre-universitarios hizo que el coraje disminuyera bruscamente. El arrojo que se experimenta al haber sido capaz de vislumbrar la verdadera entraña de los que te esclavizan, en este caso se convertía en temeridad. Rápidamente decidí replegarme. —Mis ideas están bien claras profesor. El hecho de que yo trate de aprender todo lo posible, incluso leyendo doctrinas contrarias a las que ustedes nos enseñan lo único que hacen es fortalecerme en mis actuales criterios. Mantengo la opinión de que mientras más se conoce, más alcanza uno el convencimiento de participar de las causas justas y la causa más justa que yo he conocido es y será la causa de nuestro momento histórico. Me da mucha pena que usted pueda pensar que yo esté desviando la esencia de mi pensamiento solo por querer conocer algo de la cultura universal. Yo pienso que el hombre que no conozca profundamente la historia es un hombre ciego y por lo tanto 209


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incapaz de defender nada. No tiene nada de que temer, yo sigo siendo un marxista-leninista convencido, y sé muy bien por qué estoy aquí y gracias a quién. Aparentemente este discurso barato mitigó un tanto las brutales dudas de Raúl. Comprendí que existía un nuevo enemigo terrible del que tenía que cuidarme. A pesar de haberme reído para mí mismo de la estupidez de gente como semejante profesor, sentí un amargor muy profundo al darme cuenta de que este había sido apenas el primer encontronazo contra la enorme maquinaria que demolía nuestras vidas; sentía además un gran asco hacia todo y hacia mí mismo: había protagonizado mi primer gran papel en la cotidiana farsa que me tocó vivir. —Quedo tranquilo entonces Jesús, pero debes tener más cuidado con lo que aceptas; hay cosas que pueden torcer tu camino y recuerda que en circunstancias como estas cualquier desviación es intolerable. —Gracias por entenderme profe. —Tú eres de los que necesitamos Jesús, tú eres de los que pueden ayudar, por eso no voy a dejar que te pudran malas ideas. A ti lo que te toca es ponerte para lo tuyo y dejar de querer saberlo todo. Conocerlo todo no es bueno. —Al menos no es conveniente... —Exacto. Tú eres una persona inteligente Jesús, no te vayas a pasar de bando. —Ya le he dicho que no desconfíe, yo tengo bien claro que mi bando es el correcto y usted sabe cuál es. —Pues todo está bien entonces. Nos vemos. 210


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—Hasta luego profe. Ya tenía en mis plantas el mordisco venenoso. Las víboras de la ideología ya me habían enseñado el ardor de su ponzoña. Desde ese momento comprendí que había forjado mi propia máscara; con ella tendría que andar durante muchos años. Y yo había tomado partido por la vida, para nada me interesaba el martirologio. Desde esa maldita hora tuve que comenzar a leer oculto, no solo de ellos, sino de mí mismo.

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XXXIII

«Una vez asentado sobre todo aguardas a que el Amo abra para ti las compuertas de lo eterno para así recibir la Revelación. Sabes que a donde has llegado solo corresponde a un ser eterno. Sigues aguardando por el supremo don; mientras te regodeas con provocar la caída de un rayo sobre algún punto de una isla en forma de lagarto que se te antoja deliciosa. Te introduces en sus explanadas terrosas buscando un punto de interés para tu poder. Presientes la atracción que una peculiar edificación ejerce sobre ti. Como si arribaras a un hogar milenario penetras en ella asombrado del profundo bienestar que experimentas. No requiere un gran esfuerzo que alcances a ver cada cosa que ocurre en el lugar. Te asombras al observarte a ti mismo conduciendo a una inmensidad de seres de azul que caminan detrás de ti, mientras tú les muestras elementales misterios del cosmos y a la vez te observas en algún otro espacio del lugar gozando de la perfección de una figura suculenta, de profusos cabellos negros que se balancea en ti, definiendo con sus gemidos la densidad del aire. Te percatas que su cuerpo y el tuyo forman un arco de exactitud que recuerda las preliminares formas. Sabes que ella te hace 212


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grandioso y que tú la dignificas. »El batir del acanto te interrumpe anunciando la presencia del Supremo. Ha llegado el momento en que tu naturaleza definitivamente se transforme. Nunca has sentido mayor excitación. Esta vez se vale de extrañas imágenes para comunicarte su dictamen. Te concentras plenamente para no dejar escapar el más mínimo detalle; conoces que hasta en el hedor que te circunda valiosos signos yacen. Ves erigirse ante ti una suerte de muro inasible, donde puedes leer formas y siluetas que intentan comunicar. Observas claramente tu propia imagen en una cima etérea, llevando en tu izquierda una Purísima paloma y tu diestra conduce de la mano a un niño de cabellos redentores. Te emocionas al observarte en el centro del Tres Universal: el amo te ha otorgado la Inmortalidad, te ha elevado por sobre el mismo Dios. Entiendes que el Secreto de los secretos ha llegado a tu vida: Dios es innecesario, tú puedes ponerte en su lugar y establecer la jerarquía de tu espíritu; solo debes concentrar tu energía para ser capaz de elevarte sobre los lastres del mundo y de la carne, solo así podrás tener el poder de manejar la vida y la muerte. Dejarás entonces de ser el Filosofo de manto raído para ser restituido a una dignidad indescriptible. Eres ahora capaz de reemplazar a Dios; ya nada puede detener tus fluidos de inmortal. Has encontrado la eterna fuente del espíritu.» Bajé súbitamente el cuaderno; no podía concebir lo que acababa de leer. Hasta ese momento, mientras más profundo me internaba en la historia de Fausto más evolucionaba hacia la idea de Dios. Al principio no lo notaba, pero su doctrina en vez 213


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de llevarme hacia el terreno desértico de lo ascético, me impregnaba con la magia de lo incognoscible haciéndome reconocer la vastedad y exactitud de la creación, por ello, una declaración tan exabrupta de la inexistencia de Dios, o la intención de sobreponer la voluntad humana ante lo divino provocó lo que tal vez fuese mi primera objeción hacia Fausto. ¿Sería su exacerbada noción de suficiencia intelectual lo que le haría emitir tales ideas? Me sentí en uno de esos momentos en que todo alrededor se minimiza y comprendes que tu interior es insuflado por una energía pura, suprahumana, capaz de hacerte ver la infinidad de cosas que antes ignorabas; que amilana la razón de los hombres y que por ella también nuestras palabras se tejen de disímiles maneras para definirla, recrearla, entenderla. Tener la simple capacidad de dudar ante lo que usualmente asumía casi como dogma me concedió el privilegio de entender que solo en un momento como este alcanzaba la plenitud del razonamiento, la capacidad de una independencia cognitiva sin precedentes en mi existencia. Entendí que había alcanzado un espacio personal dentro de un universo que no me pertenecía, al haber remontado un ápice hacia una dirección que no figuraba dentro de la doctrina de Fausto; una dirección que se solidificaba en haber sospechado cuál era la verdadera Revelación y cuál el verdadero camino. Solo en este punto fui capaz de tener un argumento propio que me diera la posibilidad de demostrar mi nuevo ser en toda su plenitud. Pero aún, Fausto continuaba tirando de los hilos de mi vida sin que yo fuera capaz de romper la intensidad del influjo. Todo se fue convirtiendo en un caos que me aislaba y me remitía a la 214


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negación de mí mismo. —Magda, tengo que hablar contigo. —¿Tú? Eso es algo bastante raro. Yo pensaba que ya había pasado a la historia. ¿Qué, no tienes camisas limpias o quieres que vaya contigo al comedor? —Déjate de sarcasmos; tú sabes que no vengo para nada de eso. El asunto es que estoy muy preocupado por... nosotros. —¿Ya ni tu mismo te lo crees?. “Nosotros”, hasta me suena ridículo. ¿Qué es lo que te preocupa de “nosotros”? —Eso precisamente; por que se ha perdido el “nosotros”. Yo creo que todo se puede lograr si se desea y yo no quiero perderte. Mis ambiciones y tú no se contradicen, podemos vivir juntos los tres. —¿Los tres? Fíjate si te es difícil ser honesto que hasta parece que puedes tocarlas. ¿Cómo crees que voy a creerte si vienes primero a recordarme que tienes una amante y luego a solicitarme la reconciliación? ¿Crees que puedo pensar que algo cambiará? Claro que no, hasta que yo no te vea romper con todo eso que te esta cambiando la vida no muevo un dedo por ti. Y si te parece mucho pedir puedes irte por donde viniste. Yo quiero a un hombre inteligente, no a un estúpido que se deja seducir y que de paso lo separen de su novia. Al intentar darle una explicación a mi estulticia no puedo más que pensar en un enorme egoísmo sumado a la mayor debilidad de espíritu. No podía comprender que había perdido la capacidad de controlar mis pasos, de decidir hasta qué punto mi involu215


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cración en algo pueda afectar o no a quienes están cerca de mí y ello me convertía en un ser débil. Lo que sucedió aquel día entre Magda y yo no era más que lo justo, lo exacto para un avaro de petulancia, un mísero tahúr del orgullo. —La única que me esta separando de ti eres tú misma con esa irracionalidad. Tu problema es que aún no puedes aceptar que yo tenga otros asideros, que sea capaz de sentirme realizado sin tener que verte desnuda y adorar tu belleza. ¿Eso te revienta no? Seguro que me preferirías el simplón que nada más se dedicaba a celarte y a estar todo el día contigo como un bobo. ¿Por qué te cuesta tanto aceptar que he cambiado y que ahora hay otras cosas en mi vida pero que no tienen por qué separarnos, solo aprendiendo a convivir con ellas seríamos felices? —Tú sabes por que no puedo aceptarte eso, Jesús, porque todo eso muy bonito que me has dicho implica que también tengo que aguantar a Fausto detrás de mí. Todos esos cambios en tu vida van unidos a eso, esa parece que es la maldita condición y parece que eres tú el único en esta escuela que no quiere darse cuenta. —Parece que tú te piensas que yo soy un estúpido. Y te digo que hay algo de lo que estoy casi convencido, y es que tú estás inventando o exagerando todo ese asunto de la persecución de Fausto para hacerme sentir mal o para que abandone mis propósitos. Yo no soy ningún tonto y si hay algo que me queda claro es que Fausto, con todo lo que tú digas, me ha ayudado más que tú misma. Y si de algo te sirve yo me he dedicado a espiar a Fausto y jamás lo he visto acercarse a ti; tú eres la única que asegura que te persigue. A mí, hasta ahora no me consta. 216


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La ingenuidad, el orgullo, son los peores consejeros. Nada bueno se saca de su compañía. Te obligan a replegarte en ti mismo, buscando un refugio que no puedes darte pues la debilidad te lo impide. Compasión, autocompasión es lo único que puedes obtener en semejantes circunstancias, sin dudas nada peor para el espíritu. Aunque no tengo el derecho para juzgar a nadie, sí pienso que Magda fue, tal vez, muy poco efectiva; hasta cierto punto aceleró mi caída, pero al tratar de ponerme en su piel comprendo perfectamente su decepción; es algo parecido a ver a quien más amas ir a beber de la fuente envenenada y que ante la enérgica advertencia del peligro, la futura víctima pida redoblar la dosis de ponzoña. No es para menos; cualquier persona sensata lo primero que haría es distanciarse de semejante imbécil. De cualquier forma siempre somos víctimas de las circunstancias al conjugarse con las debilidades y miedos. —Eres un débil de carácter Jesús, no puedes ver mas allá de tus narices. Para qué te me acercaste. Yo estoy decidida a dejarte en paz. Haz lo que tú quieras con tu vida. Ahora, si te vuelves a acercar a mí que sea para decirme que te has dado cuenta de tu error, de lo contrario, no pierdas tu tiempo. Mi conciencia está limpia; más no he podido advertirte, pero no hay peor ciego... —Que el que se deja guiar por otro ciego, van los dos de cabeza al precipicio. Muchas gracias por tu ayuda Magda, pero estoy seguro que de que si yo estoy ciego tú lo estás dos veces más que yo. Puede ser que mi forma de pensar esté dando un giro radical, y que mi comportamiento sea completamente diferente, pero sí puedo asegurarte que todo lo que hago es con plena 217


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conciencia, en cambio tú te estas dejando cegar por tu egoísmo, por tu posesividad y, tal vez sin darte cuenta, te has convertido en un obstáculo... —Y claro, los obstáculos deben ser quitados del medio. ¿No es eso? Puedes estar tranquilo que este obstáculo que tienes delante se quita del medio inmediatamente. Buen viaje al fracaso, Jesús. —Tú lo has querido así, Magda, no yo. Que quede bien claro, has sido tú quien lo ha decidido así. Buen viaje al fracaso... Cuán oraculares palabras. Otra cosa no se puede esperar de la inconsistencia. Al revisar todo una y otra vez, me aferro frenéticamente a la idea de que todos, hasta Fausto, no éramos más que víctimas. Víctimas de circunstancias más poderosas que nosotros; galeotes en una gran prisión que era una ínsula en el mar con la fatídica forma de lagarto, al parecer destinada a soportar las presiones que mentes poderosamente enfermas le imprimían. Fausto no podía hacer otra cosa que reflejarse en esas aguas; gran narciso de la hegemonía, proyectaba en nosotros el lastre que él mismo padecía a otro nivel, de otra forma tal vez más frustrante aún. Todos éramos los danzantes de un caótico ruedo o circo de lujurias y perfidias. Los más débiles, los más apabullados; pero quizás los únicos que pudiésemos salvarnos.

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XXXIV

Cuaderno de Magda (fragmento) La presencia de Fausto en mi vida es insufrible. Tiene la facilidad de saber el momento exacto en que puede aprovecharse de mi soledad para recomenzar el teatro de su pasión hacia mí. Su obsesión llega al punto de quedarse en su cátedra incluso cuando no tiene que hacer guardia en la noche. Luego se me aparece como un fantasma en los lugares más insospechados. No solo me preocupa la frecuencia con que suceden estos encuentros sino también el grado de violencia que han alcanzado. Al principio se limitaban a simples adulaciones y estúpidas propuestas; poco a poco han ido convirtiéndose en locas apariciones donde casi soy forzada a tocarlo, a besarlo, o a irme con él hacia la cátedra. Como nunca ha podido lograr la más mínima concesión, se consuela a sí mismo diciéndome que mi resistencia es una prueba de la ‘perfección’ de lo que llama ‘nuestra unión’. Luego se retira contrariado para regresar al poco tiempo más enérgico y enloquecido. Creo que su razón no puede andar muy bien. Me resulta tan extraño ver que un hombre como él llegase a tal degradación. Fausto evidentemente no es el tipo de profesor común, conquistador 219


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de alumnas para pasar la noche de la guardia como un ejercicio entretenido. Su acercamiento a mí, al menos no parece ser del mismo tipo; y eso es lo que más me preocupa. Quizá su rareza hace que tan bajo acto parezca más sofisticado siendo realmente el mismo acto animal y sucio que realizan otros tantos no tan filósofos como él. El hecho es que, ni por culpa de Jesús ni mucho menos mía, este hombre está decidido a meterme en su cama, o en su vida, a cualquier precio, incluso pasando por encima de la discreción con que debería actuar. Eso parece importarle un comino. Al final, cuando alguien nos ve discutiendo y observan la agresividad mutua, seguramente piensan que hay algo entre nosotros y yo termino siendo de todas maneras la puta que dejó a su novio por el profesor de matemáticas, aunque realmente lo único que sienta hacia él es asco. De tanto lidiar con él me he ido acostumbrando a sus amenazas y ruegos con fuerza, que ya hasta me da vergüenza tener que decirle tantos disparates a la persona que va a evaluarme en una asignatura tan importante y difícil. Pero estoy decidida a no ceder y evitar caer en el juego sucio de ser la amante de un profesor, ya sea Fausto con toda su palabrería y sus artes o cualquier otro simplón que solo busca el placer sexual con un cuerpo joven. Me he refrenado muchas veces ante la decisión de ir a contarle todo a la directora o al profesor Raúl, que es como el jefe de policía de la directora. Siempre me detengo en medio del camino pensando en que seguramente las represalias de Fausto se desatarán contra Jesús, y no quisiera que esto sucediera. Jesús se ha dejado enredar por Fausto y con solo unas palabras de este pudiera 220


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ser juzgado por su manera de pensar. Esa ha sido la trampa, ponerle a Jesús la soga al cuello para luego amenazar con tirar de ella cuando sea preciso. Jesús es lo más importante para mí aunque él crea lo contrario. Pero sin duda esto complica mucho más las cosas pues hace rato que hubiese podido quitarme de encima a Fausto que cada vez se torna más insoportable. La última vez que Fausto se me acercó fue terrible. Venía más excitado que nunca, con su sonrisa sarcástica y su mirada cargada de una exótica energía. Comenzó de nuevo con su discurso místico de la perfección y del equilibrio; de nuevo a asociarlo todo con la unidad, con los números. Al ver mi rostro casi ya hasta burlón, su semblante y su tono súbitamente cambiaron. Me hablaba de una manera realmente profunda, dejando ver que se sentía herido. Su voz temblaba al igual que sus manos. Sus ojos lucían irritados, abriéndolos y cerrándolos con una lentitud que lo acercaba a la locura. Comenzó a decir unas frases como de invocación en un idioma diferente dándose golpes en la frente. Retrocedí poco a poco en dirección al albergue. Caminaba hacia mí como un demente. Me agarró por el torso apretándome contra su abdomen con una fuerza terrible. Al ver que iba a comenzar a gritar me cubrió la boca y empezó a amenazarme. De pronto se aparto de mí; se miraba las manos sin cesar como si comprendiese su exceso. Me miró como un loco y me dijo: “mira lo que me has hecho hacer, me has hecho profanarte, me has obligado a profanarte” se volvió y, casi corriendo, se perdió de mi vista. No pude hacer otra cosa que llorar en el suelo del susto y la impotencia. Pensaba que si hoy había llegado tan lejos la próxima 221


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vez sería peor. Sentí una rabia enorme hacia Jesús. Me prometo ir a la oficina de la directora pase lo que pase. Jesús no se merece mi sacrificio; lo único que ha hecho hasta ahora es culparme y acusarme para luego encerrarse en sí mismo mientras yo padezco por su culpa. Me desgarraba por dentro cuando algo que no estaba en mis planes apareció ante mí: un testigo, alguien que había presenciado, sino todo, al menos lo más dramático. Era un reciente compañero de grupo. Se llamaba Juan. Se acercó y se sentó a mi lado. Comprendí al escucharle que su presencia en la escena no era casual, que había visto otras cosas que Fausto me hacía y que sabía también de la influencia que ejercía en Jesús. Había intentado hablar con este pero no estaba muy seguro. Continuó consolándome y asegurando que me ayudaría a salir de todo de la mejor manera posible. Yo le conté lo que quería hacer al otro día y él me convenció de que no era lo más conveniente. Me dijo que esperara que él iba a pensar una manera de sacarnos a todos de esto sin consecuencias negativas para nadie excepto para Fausto. Que había que tener mucho tacto pues Raúl andaba sobre la pista y que ya le había montado vigilancia a Jesús. Semejante encuentro confirmó para mí la idea de que siempre hay una compensación para el sufrimiento. A partir de ese día las cosas cambiaron. Al menos compartía mi martirio con quien sería un gran amigo. Mis males dejaron de asfixiarme y Juan siempre estaba allí cuando lo necesitaba. Esa noche lo sentí llegar como si fuese un ángel enviado a consolarme. Aunque no creo en seres superiores al hombre esa noche fue casi divina. Recuerdo que al dejarme en la puerta del albergue me dijo: “Ánimo. Que el Ángel te proteja”.

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XXXV

«Estás sentado en la cima del cosmos observando el batir del mundo como un antojo tuyo. Has llegado a la cumbre de la experiencia, al cenit de la vivencia. No precisas de la devoción ni de la fe; te has convertido en el Magnánimo Centro más allá del mito de un Dios que has descubierto completamente inútil. Tú eres ahora la energía, la rueda que mueve el engranaje y que describe el curso de la vida. Has entendido los secretos más terribles y más plácidos del mundo. Manejas a la perfección el secreto de la voluntad, la voluntad que, como una infinita columna, va desde lo más alto hasta lo más elemental realizando el milagro de la transformación. »Posees además la facultad de transportarte en el espacio y el tiempo; de quebrantar lo matérico para convertirlo en fluido espiritual y así realizar asombrosos cambios en una creación que solo ahora entiendes como obra común, donde los pocos que han alcanzado tu lugar han sido también capaces de crear y recrear. Puedes comprender el mundo como una obra inacabable, en constante reformación; ahora sabes que la energía generadora habita en todas las cosas y que solo unos pocos están destinados 223


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a extraerla y someterla a la voluntad profunda del maestro. »Te trasladas hacia el lugar donde otrora fuiste apenas un trazo de la enormidad que hoy encarnas, No obstante, amas este lugar, lo veneras pues allí fuiste capaz de aprehender los rudimentos de la dominación de las almas; allí pudiste entender la faz profunda del espíritu como estupendo señor de la palabra. Por ello deseas regresar, ahora con tu infinito poder, a encontrar algo que sabes no puedes vivir sin poseer. Te detienes a pensar si ese regreso no es un síntoma de una remota debilidad en tu espíritu enorme. Piensas al instante que lo que en ti es un deseo profundo más que debilidad es pauta de vida, nueva posibilidad de generar realidades, virtud suprema de tu elevada condición. Y sabes que lo que has dejado aquí bulle más que nunca en tu alma, que te sientes incompleto y que solo aquí puedes encontrar el elemento final para elevarte a lo infinito. » La buscas con la fuerza de tu mente ahora capaz de mover las más grandes formas o de quebrantar las más firmes voluntades. Puedes ver con nitidez el brillo abrasante de su pelo negro como el misterio mismo, su rostro exacto y su figura etérea donde las formas circunscriben la belleza sometiéndola a exquisitos delirios. La observas acariciar el vacío con movimientos gráciles mientras te anonadas en su boca llena y su cuerpo de belleza firme. Sabes que ella es lo que te queda por encontrar. Luego vivirás para lo eterno en el inmenso río de la plenitud. »Te irritas grandemente al verla llegar aún hasta el extremo de otro ser que la toma del brazo, abraza su cintura y hasta tiene la osadía de besar esos labios que son el sagrado néctar. La ira 224


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no te deja respirar. Te sosiegas de repente y te ríes de lo inhabituado que estas a tu omnipotencia. Te sientas en lo oscuro y comienzas a acariciar su mente con tu imagen viril y al mismo tiempo detienes el curso del pensamiento del intruso. Ves como ambos comienzan a alterar sus gestos. La ves sonreír al aire y estirar sus brazos como si te viese delante, sintiendo una urgencia terrible de tenerte, de poseerte. Al otro le destinas un hilillo de luz que lo hace sentir estupendamente lleno de una nueva energía, que engrandece su ánimo para ser conducido hacia suculentos parajes que absorben su espíritu por completo y que, como de ti solo emana grandeza, lo enriquecen grandemente. Sabes que ya son tuyos. Los observas alejarse, mirándose mutuamente sin apenas reconocerse, como si fuesen dos extraños que se rozaron por casualidad. Haces que él se aleje hacia su nuevo universo y a ella la atraes frenéticamente hacia ti. Insuflas su alma con deseos quemantes y la ves correr hacia el recinto donde aguardas con la calma de un inmortal. La sientes llegar y el perfume de su piel comienza a exacerbar tus deseos de poseerla. Finalmente, la estrechas en tus brazos y ella, fuera de sí, comienza a besarte y a morder tu piel. Tú la atraes hasta lo profundo de ti y la haces encimarse para comenzar a aplacar la sed que tus recorridos espirituales por sus formas eran incapaces de saciar. La sientes revolverse en convulsiones de placer al avanzar hacia el torso, desnudando su cuerpo mientras animas en su espíritu profundas sensaciones. Casi como un acto legendario sientes la tibia humedad en que comienzas a hundirte, inigualable lago de placer que te lleva a experimentar el climático final en que la abrazas 225


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convencido de la rotundidad de todo. Eres en ese instante el ser más elevado que contempló el universo. Eres la pura imagen del Dios verdadero, eres el Cáliz y el Pan, la Luz y la Tiniebla, eres el Polvo y lo Infinito...» Fin de la historia. Había logrado alcanzar la última página del breve pero enormemente denso libro que Fausto me había entregado para que descubriera, según él, los secretos del universo. Había sido una lectura muy sugerente y confusa a la vez. Lectura que me había transformado y me hubo de llevar a adoptar una conducta y una postura hacia el conocimiento que en muchos aspectos me enriquecía. De ella obtuve otra forma de pensar. Leerla era una forma de disidencia dentro de aquel recinto que obligaba a la monotonía intelectual. Era una opción sumamente tentadora para una persona que deseaba dinamitar los límites absurdos a que me obligaban. Por otro lado gracias a ella ensanché mi visión del mundo, descubrí que nada era tan simple y que detrás de todo existía la coherencia de un diseño magnánimo del que extrañamente el propio Fausto renegaba al final del folleto. Este, quizás, era el núcleo de mi desconfianza. Porque en todo pupilaje siempre se empieza a sentir el deseo de dinamitar la veracidad o rectitud de lo que se nos enseña. Cuando el discípulo comienza a despegarse del manto del maestro, al menos un ápice, la distancia ganada ventila nuestra interpretación dándole un mayor grado de limpieza e independencia. Por los finales de mi lectura también comencé a apreciar que todo se trataba de una especie de metáfora entre nuestra vida real y los sucesos que Fausto muy cifradamente proponía. Pero 226


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semejante metáfora me ataba a un pacto que nefastamente firmé sin entenderlo. Un pacto donde entregaba lo que más quería por el fruto podrido de un falso saber. Ahora lo veía con claridad: Había accedido a entregar a Magda.

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XXXVI

—Permiso. ¿Puedo entrar profesor? —¿En qué puedo ayudarte, Juan? —Quiero hablar con Usted sobre algo muy delicado. Algo que esta sucediendo y que sé esta afectando grandemente a dos amigos míos. —Bueno, comienza de una buena vez. —Mire profe Fausto, le vengo a hablar sobre Magda y Jesús... —Magdalena Casals y Jesús del Monte, dos de mis mejores alumnos. ¿Qué pasa con ellos? —Se sabe los apellidos mejor que yo... —...Y tú eres Juan Salinas. Es una de mis facultades; mi memoria es excepcional. ¿Me decías? —No sé como empezar. Mire, desde hace unas semanas, yo vi como usted ponía disimuladamente la mano sobre Magda mientras estábamos en clase. Al principio pensé que podía tratarse de un exceso de confianza entre ambos, cosa bastante normal entre muchos profesores y alumnas en esta escuela. Luego comencé a percatarme de los trastornos en la vida de 228


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Jesús debido a la influencia que usted ejerce sobre él. Pero hasta ese momento no podía comprenderlo todo. No fue sino ayer, después de presenciar una terrible escena entre usted y Magda, donde usted abusó bastante de ella, que entendí el juego que ha entablado implicándolos a ambos. —¿Tú sabes lo que estas diciendo? ¿Tú calculas la gravedad de lo que dices? —Sí, claro que lo sé. Usted ha tratado de alejar a Jesús de Magda para tener el campo libre hacia ella y desde hace algún tiempo la está presionando para que termine siendo su amante. —¿A eso es a lo que has venido, Juan Salinas? —No solo a eso, sino también a decirle que si no termina su juego sucio ahora mismo, va a contarle toda la verdad a Jesús y le pide disculpas a Magda, a la vez que los deja en paz a los dos para siempre, voy a hablar inmediatamente con la directora y el profesor Raúl sobre todo lo que sé y he visto. —Hay seres que debieron nacer como piedras y no como entidades pensantes, y tú eres uno de ellos Juan. Todo lo que tú has dicho esta muy bien; debes sentirte satisfecho con tu trabajo detectivesco, pero no todo es tan fácil como parece. No es tan fácil actuar sin que se alteren las cifras del mundo, sin provocar un cataclismo en el devenir. Lo que quiero decir con esto es que tú puedes hacer lo que te plazca pero que no pienses que las cosas van a salir como has planeado. Te aseguro que primero se abre ese suelo que estás pisando antes de que yo me vea afectado por los actos de alguien tan ínfimo como tú. Para que entiendas mejor; en el universo todos los cuerpos, desde los racionales hasta los más 229


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elementales, están supeditados a una correlación fuerza-espacio. Cada ser en dependencia de su fuerza, desarrolla una mayor o menor capacidad de acción en el espacio demarcado para él así como en el de los demás. Según esta ley, ustedes están sometidos a mi fuerza y por lo tanto yo tengo la capacidad e incluso el derecho de penetrar el espacio que les corresponde con toda la naturalidad del mundo. Ustedes no pueden quebrantar una ley pilar del universo. Te advierto que tan solo intentarlo puede serles extremadamente pernicioso. Si te atreves a hacer lo que me has anunciado, prepárate a sufrir consecuencias que ni yo mismo puedo predecir. —¿Me está amenazando profesor? —Te estoy iluminando el camino, esa es una de las cosas más nobles que se puede hacer por alguien tan despreciable como tú. —Con todo el respeto que Usted ni siquiera merece le digo que yo conozco perfectamente su manera de jugar con la ignorancia nuestra. No me intimidan para nada sus espectaculares amenazas. Me mantengo en mi decisión ahora con más fuerza. Dios sabe que he venido hasta aquí para evitar males mayores, si usted los provoca usted sabrá a qué atenerse. Yo he dicho lo que tenía que decir, ahora... —Así que Dios está al tanto de lo que has venido a hacer aquí. Parece que a Raúl le resultaría muy interesante conocer la estrecha relación que tienes con Dios. Me parece que vas a tener que repensar tus actos y refrenar tus impulsos de benefactor o vas a terminar en la calle sin poder alcanzar tu dorado sueño de 230


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ir a la universidad —Juan tragó en seco ante semejante amenaza y continuó. —Si ese es el precio que tengo que pagar por evitar que usted acabe con la existencia de dos seres que no han pedido para ellos la desgracia que usted les ha traído, que así sea. Que sea como Dios quiera. ¿Me escuchó? ¡Que sea como Dios quiera! —Como te atrevas a informar sobre todo lo que sabes te garantizo que no vas a terminar nada bien. ¡No te puede pasar por la cabeza lo que soy capaz de hacer con tal de detenerte, imbécil! Tú no sabes dónde te has metido. Para mí borrarte del mapa resulta algo extremadamente fácil y terriblemente dulce. Así que mide tus pasos y sal de mi camino o de lo contrario tendrás que ser muy fuerte para soportar lo que te espera. —Usted sabrá lo que hace profesor. Yo solo puedo pedirle al Padre que aparte de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la Suya.

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XXXVII

Heráclito habló de los contrarios, los extremos que siempre se alcanzan, donde el uno no puede ser sin el otro. De ahí que no pueda existir la justificación sin la culpa, la culpa sin el error ni el error sin la ceguera. Pero lo peor de todo es percatarse de esos errores cuando ya han asolado la vida, cuando se ha exterminado lo que antes era muy importante, y no se tiene el valor de reconocer, de recomenzar, porque pesa en el alma el convencimiento de que el daño es tal vez irreparable. En momentos semejantes se piensa en la salida del mundo como único remedio de tantos males. Se vive el espejismo de una muerte restauradora de la paz, que llega como una luz siniestra que alivia el pesar y elimina, confortablemente, el amargor de tener que asumir responsabilidades insoportables, bochornosas. Pero luego cuando se sostiene en la mano la hoja filosa que puede abrir entre las venas la brecha aliviadora, comienza a surgir un apego a la existencia, un amor a los pálpitos del alma, a la miseria del miedo, al desconcierto humano que hace abrir, sin más, la mano ejecutora y comprender que es mejor mil veces el bochorno a mancillar la vida; el don más alto entregado a los hombres. Semejante momento te hace 232


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ver la inutilidad del ofuscamiento y la fugacidad de la temeridad. Comienzas luego a vislumbrar cómo la vida desciende de una Cumbre, donde el soplo es paz, que al llegar se revierte en un incontrolable amor al existir, porque de lo contrario quedaríamos siendo enemigos de Dios. Ahora tendría que concentrar mis fuerzas para ser capaz de enfrentar lo que me esperaba. Sentí una gran alegría al saberme dueño nuevamente de mis pasos. Entre todos mis delirios escuché la voz de Magda que me llamaba incesante tras la puerta del dormitorio. No sé si pensé que se trataba de una alucinación, o a lo mejor me faltó el coraje para mirarle la cara en el mísero estado de debilidad en que me encontraba. Pero la voz era real; estaba allí del otro lado de la puerta, en medio de un lugar prohibido para ella. Llegar hasta aquí hubiese podido costarle la pena más alta; pero Magda es una mujer valiente. Y allí estaba, demostrándome que yo era un miserable estúpido, un incapaz que la había entregado a cambio de la más pueril vanidad. No podía abrirle. No podía enfrentarla. No sabía aún que sucedía en mí mismo ni lo que podría pasar entre nosotros. Estuve el resto del día en la cama, apenas sin mover un músculo. Pensaba con intensidad sobre todo. Quería descifrar cada uno de mis actos recientes como si hubiese despertado de un período de incesantes delirios. Miraba a mi alrededor tratando de reasumir la realidad en este lugar donde la vida se trocaba en letargo. Observé a los que me observaban incesantemente. Sus pasos se cargaban de nuevas connotaciones pues ellos, al igual que yo aunque quizá de otras maneras, recibían la miseria de esta 233


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vida forzosa. Los sentí más que nunca compañeros de celda; gente a la que a veces odias o amas entrañablemente, pero que sabes son tu familia, tus hermanos. Juntos nos consumimos en este monstruo triturador del tiempo, infeliz regocijo de otras furias verdes que tapujan lo trascendente. Juntos aquí trasquilamos al hambre, traspasamos al miedo, nos acostamos con la frustración y amanecemos rebosantes de pobreza para acabar deplorando la vida. Si mis pasos no se hubiesen entornado hacia este infierno; pero los trituradores de la libertad trazan para ti un único camino que debe uncirte a tu destino. Hemos de soportarlo todo no para aprehender la vida, o para obtener enriquecimiento de alguna clase; lo que en realidad debemos interiorizar es que este tiempo y este espacio son la simulación de nuestra vida futura en la ranciedad de un sistema político que no da sin exigir a cambio y que deniega la diversidad. Esto que aquí soportamos es la iniciación en los misterios de la opresión; opresión que socava hasta el más denso coraje. Acaso pensé que mi suerte había cambiado al conocer a Fausto, pensé que él era el reducto de saber que quedaba en semejante páramo. Me convenzo de que sin libertad el saber no es más que un velo de ascuas. Nadie escapa al azufre de este sitio; ni Fausto, ni Raúl, ni Magda; nadie puede salir sin los surcos de su garra fraccionando el alma. Para siempre seremos los que desandaron su vientre; a los que les fue ordenado recibir el bautismo de su fetidez. Lo poco de luz que nos quedaba, a fuerza de dogmas, de lemas, de crispada esclavitud ha sido extirpado para siempre. En lo adelante 234


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podremos andar con el único regocijo de que ya ninguna clase de sadismo ideológico o de brutal represión puede afectarnos. Nuestras fibras han sido tensadas al máximo. Solo les queda reventar. Ya poco habrá por padecer que no hayamos tenido de plato cotidiano; al menos eso nos queda por anhelar. Sobre las dos de la mañana me desperté con un terrible dolor de cabeza. Debido a mi febril estado no había bajado a comer por lo que mi cuerpo estaba quebrándose de hambre y debilidad. Decido introducirme en la cocina en busca de algunos plátanos o restos de arroz que quizás hubiesen sobrado de la comida. Era algo que no sucedía con frecuencia pero mi necesidad daba una fuerza asombrosa a mi esperanza. Bajo las escaleras que conducen al pasillo central. El fogoso monstruo reposaba de la intensa jornada del día. Reinaba una paz rotunda que, junto al frescor y la enorme claridad con que podían verse las abundantísimas estrellas, hacía que te sintieras en un lugar diferente. Tal como sospechaba, el profesor que debía estar de guardia se había ido a dormir a su cátedra pues no se divisaba un alma. Me alegré de ello y me dirigí con paso sigiloso hacia la puerta. Compruebo que está completamente cerrada pero no me detengo ante la contrariedad y comienzo a revisar las grandes ventanas de cristal que el comedor tenía por los lados. El edificio del comedor y la cocina se elevaba unos dos metros del suelo por lo que tuve que sostenerme de los marcos de las ventanas apoyando mis pies en un ínfimo alero para ir tanteando cada una de las hojas de cristal al acecho de la primera brecha. Sabía que una de las últimas permanecía casi siempre abierta con el 235


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fin de ventilar el área donde lavaban las bandejas de aluminio que utilizábamos para comer. Mis cálculos no fallaron y por fin me vi dentro del oscuro recinto con el apetito más excitado aún producto del esfuerzo físico y por el hecho de saberme a punto de comprobar si me eran o no favorables los hados. Me lleve otra gran decepción al ver que la puerta por donde se trasladaban los alimentos desde la cocina al pantry estaba herméticamente cerrada. Mi desasosiego fue enorme al verme dentro de uno de los lugares más severamente vedados para nosotros y sin la perspectiva de obtener el sagrado premio: unas pocas sobras en los recipientes del arroz o de los plátanos o quizás la dorada suerte de que un profesor hubiese guardado alguna bandeja para saciarse en su turno de guardia. Todo eso se iba a difuminando cuando me vino a la mente la puerta trasera que los cocineros cerraban cruzándole un madero y que si se escalaba una altura podía alcanzarse introduciendo la mano a través de una especie de pequeña reja que tenía en la parte superior. Tuve que salir por la ventana nuevamente y continuar el trayecto por el borde escarpado hasta llegar a la puerta. Introduje mi brazo varias veces hasta que logre alcanzar el enorme pestillo y haciendo uso de mis últimas energías logré sacarlo sin hacer mucho ruido. Tuve que lanzarme al suelo para acceder a la nueva brecha. Esta vez sí alcancé directamente la cocina. Entré haciendo un esfuerzo enorme por no chocar con nada, pues esto hubiese sido una alarma de combate en toda la escuela. El silencio era tan profundo que el más mínimo ruido hubiese puesto sobre aviso a los profesores. Tampoco podía encender la luz pues me hubiese delatado. Una 236


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vez que mis ojos se adaptaron a la densa oscuridad observo con estupor que todas las cazuelas y utensilios habían sido lavados y yacían boca abajo escurriendo el agua. Continué tanteando las mesas, los estantes, recovecos, pero todo fue en vano. Al parecer ese día no sobró nada o los cocineros se llevaron el preciado maná. En un estado de desesperación decido emprender el plan más temerario: entrar al cuarto donde guardan las provisiones de la semana, el azúcar y la leche en polvo del desayuno. Este lugar era un pequeño cuarto que siempre permanecía encendido y que estaba a unos quince metros de donde me encontraba. Sabía que acometer semejante acto me convertía en un verdadero ladrón; ya no inofensivo buscador de sobras. Pero mi desesperación y el estar tan cerca de la saciedad aniquilaban toda clase de escrúpulo. Comenzaba a acercarme al cuarto de los bastimentos cuando sentí un ruido demasiado fuerte para pensar que se trataba de ratones o cucarachas. Inmediatamente después percibí otros sonidos como de susurros y pasos muy breves. La suerte no parecía dispuesta a ceder; había decidido atracar pero al parecer otros se me habían adelantado. Me sobresalté con la idea de que de malandrín podría ascender a héroe. Agarré un objeto alargado y de metal que no puedo describir con exactitud pero que me produjo una leve sensación de seguridad. Al llegar hasta la puerta escucho una voz masculina que me resulto familiar, en medio de una orquestación que desdibujó la idea de que estuviese ante un robo. Lo que escuchaba mas bien eran gemidos de placer producidos por voces únicamente masculinas. Sin darme cuenta estaba ante la puerta. Me percato de que la 237


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cadena con el enorme candado que clausuraba el recinto contra malintencionados como yo no estaba en el agujero por donde debía pasar. Me asomo por el hueco de donde brotaba un haz de luz, para saciar la enorme curiosidad. Mi asombro ante lo que sucedía allí dentro fue tan grande que, no sé si producto de mi desfallecimiento o del estupor ante semejante escena, empuje la puerta torpemente quedando los hombres completamente descubiertos, en pleno coito homosexual, mirándome con los rostros en un estático gesto de espanto.

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XXXVIII

La tarde fue el remanso donde corrí a refugiarme. El grisnaranja que se proyecta en las nubes más bajas ha provocado siempre en mí un anhelo de unión con lo inexplicable, que presiento se desdobla en la paz que a esta hora se vive. Por la necesidad de reorganizar mis ideas me dirigí hacia el área deportiva. Necesitaba repensar todo lo que había saltado de su sitio. Comenzaba a sospechar que a Magda no le faltó razón nunca: Fausto me inyectaba un letal somnífero para tener el terreno despejado y actuar. Me di cuenta de que había llegado el momento de comenzar a cuestionar todo lo que había ocurrido mientras yo me empantanaba en la ardua labor en que Fausto me sumergía para consumir mis energías y mi atención. De ser así, entonces cobraban sentido muchas insinuaciones textuales que yacían en la historia que este escribió, o en el propio verbo confuso, o ‘confundidor’ que empleaba. Mi testarudez aún se empeñaba en protegerme de mi culpa, mas una lenta pero profunda sensación de espanto ante la inminente realidad me compungía. Era evidente mi error. Era inevitable que de pronto todo se fuese deconstruyendo para quedar 239


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como cruda realidad dispuesta ante mí. La verdad demora a veces pero cae como una daga y se clava en la existencia. Son heridas que los ingenuos merecemos. Por si fuesen aún insuficientes las evidencias para convencerme, lo peor debía arremeter: —Jesús... Jesús..., espérate ahí! Juan me gritaba desde los albergues. Me molestó terriblemente que viniera en ese momento a perturbar la soledad que buscaba. Pretendí no escucharlo y continué. Pero ahora más fuerte: —Jesús, espera tengo que decirte algo importante... Es urgente. El tenor del mensaje y la energía con que me llamaba me obligaron a detenerme y mirar hacia él. Venía bajando las escaleras aún por el tercer piso. Corría desbocado temerariamente, saltando a grandes pasos los escalones. Pensé que debía ser muy importante lo que tenía que decirme. Seguía gritando mi nombre e insistiendo en que lo esperara. Estando en el descanso del segundo piso lo observo detenerse bruscamente y lanzar sus brazos con fuerza hacia atrás; veo en su rostro un extraño gesto de miedo, de espanto, continúa moviendo los brazos como si buscase un asidero y con una fuerza mayor se proyecta hacia adelante sin más remedio que despeñarse por las escaleras con toda la violencia de su presurosa carrera. Su cuerpo se desplomaba sin remedio cuando observe una mano horrenda que retiraba su huella de la espalda de Juan incorporándose al torso de un cuerpo que también corrió en dirección contraria buscando que nadie advirtiera el acto criminal que acababa de ejecutar. Desdichadamente no pude ver el rostro de quien lo empujó escaleras abajo. Sin detenerme 240


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a pensar corrí hacia el lugar donde yacía. Lo encontré inmóvil todo golpeado y sangrante, con serias heridas en el cráneo y en el tórax que la brusca caída y las filosas patas de metal de una silla que apareció en su camino habían provocado. Sujeté su cabeza sin ser capaz de coordinar mis actos y sin poder entender la gravedad de la situación. Juan, con la nariz y la boca ensangrentadas musitaba que no podía moverse. Desperté de mi estupor al escucharlo rezar con los ojos cerrados, escupiendo sangre, emitiendo sonidos apenas entendibles. Creo que le dije que no se preocupara que todo saldría bien. Mi cuerpo comenzaba a no responderme. La sangre que Juan perdía, caía sobre mis brazos y mis muslos; su olor denso y dulzón mas la cruda imagen de sus heridas abiertas me provocaron una terrible fatiga y caí desfallecido también sobre él. Debieron transcurrir apenas unos segundos cuando sentí los pasos de alguien por el pasillo, y sin tan siquiera poder distinguir entre luz y sombra comencé a gritar con toda la fuerza que logre encontrar. Enseguida se acercaron dos alumnas quienes se encargaron, a puro grito, de hacer llegar la voz de auxilio a los profesores y demás alumnos. Yo les dije a los primeros que se acercaron que no se podía mover, que no lo levantaran bruscamente. A partir de ahí todo se me volvió a nublar para luego despertar en la camilla de la enfermería de la escuela, en calzoncillos, con una venda con alcohol en la frente. —¿Dónde esta Juan? —Lo llevaron al hospital del pueblo. Me respondió una estudiante que ejercía como ayudante de la enfermera y que parecía sentirse muy atraída hacia los huecos 241


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de mi ropa interior. —¿Cómo está? ¿No han sabido nada? —No sé. Aquí no hay teléfono. Hay que esperar a que venga el chofer del carro de la escuela para saber algo. No se veía muy bien. —¿Y dónde está mi uniforme? —En la basura. Los profesores te lo rompieron buscando alguna herida, como estabas todo embarrado de sangre. Pero tus amigos te trajeron otra muda. Esta ahí en el closet. Espérate que te la alcanzo. —Gracias. ¿Cómo estaba Juan cuando se lo llevaron? —Había perdido el conocimiento y sangraba mucho. La caída fue muy fuerte, imagínate se enredó con una silla cuando venía corriendo escaleras abajo. —¿Que se enredó con una silla? ¿Quién dijo eso? —No sé, un profesor creo que andaba por allí. —¡Dame mi uniforme. Apúrate! —¿Cuál es el problema? ¿Qué te pasa? —Nada, no me pasa nada. Tengo que ir a ver a Juan al hospital. Muchas gracias por todo. —Oye, mi nombre es Yadira, por si quieres que te cosa los calzoncillos. —Sí, sí, muchas gracias... Yadira.

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XXXIX

Tuve que esperar al otro día en la tarde para poder ir a visitar a Juan. El único vehículo que permanecía en la escuela para cualquier emergencia no regresó en toda la noche al haber ido hasta la ciudad en busca de los familiares del herido. Los hechos recién acaecidos se volvían un enigma que tenía que desentrañar cuanto antes. No era un hecho casual que Juan me llamara con tanta urgencia, algo importante tendría que decirme. Estaba, además, casi seguro de haber visto a alguien retirándose del lugar; alguien que tal vez lo empujó; y también era muy extraño que una silla se encontrara como por arte de magia en la escalera. Necesitaba aclarar todas estas dudas que no me dejaron pegar un ojo en la noche del accidente. Fui sometido, como es normal, los sucesivos interrogatorios de la directora y del profesor Raúl. A ninguno les advertí sobre la posibilidad de que alguien hubiese empujado a Juan hasta que tuviera certeza, no debía poner a nadie sobre aviso. Recordé en seguida la conversación que Juan y yo sostuvimos días antes. Acusó a Fausto de estar cometiendo toda clase de abusos contra Magda. Por ello debía confrontar con Juan todas mis sospechas 243


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y llegar a la verdad. Por fin me vi montado en el carro rumbo al hospital del pueblo. Había que recorrer casi quince kilómetros para llegar al centro. Este distaba diez veces más de la gran ciudad. El llamado hospital era muchísimo más pequeño que nuestra escuela y su fachada daba más dolor que esperanza. Los pasillos faltos de pintura e higiene, conducían a un laberinto de incertidumbre. Allí nada se podía dar por seguro y lógico. Subí hasta el tercer piso donde se respiraba más tranquilidad y asepsia en comparación con la polvorienta planta baja en la que se amontonaban todos los pacientes y familiares que exigían una atención que un escaso médico de guardia no alcanzaba a ofrecer. Me acerqué a la cama donde Juan descansaba. Le habían empotrado unos aditamentos para evitar el movimiento de la columna vertebral. Tenía una herida restaurada en la sien izquierda y un vendaje alrededor de las costillas. La posición que tenía que adoptar era detestable. Su aspecto me conmovió profundamente. —¿Debes estar en el mismo infierno con todos esos cepos y tanto calor, eh? Traté de bromear con su desgracia. —Más o menos. Pero no es tan infernal como lo que tengo que decirte. —Yo no vine aquí para que me reveles nada. Quiero saber cómo estas; que fue lo que te pasó para caerte así... —Estoy bien ya, todo esto es ahora más incómodo que doloroso, y aquí paso menos hambre que en la escuela... Intentó bromear pero le era inevitable recurrir al tema. 244


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—Yo te estaba buscando ese día para decirte algo muy importante... —¿Alguien te empujó, Juan? Le interrumpí. —No quiero hablar de eso ahora quiero decirte lo que tengo que decirte... —Deja eso ahora Juan. —No puedo dejarlo, si no te lo digo voy a reventar y además todo este dolor no tendría sentido, así que por favor no hagas que todo haya sido en vano. Accede aunque sea por una vez a enfrentarte con la verdad. —Está bien entonces. —Hace unos días —comenzó—, en la guardia de Fausto, yo lo seguí pues desde hace un tiempo venía sospechando que se traía algo con Magda... —Es sobre eso... —No me interrumpas por favor que esto es muy serio. Sospechaba de él porque un día lo vi en el aula intentar cogerle la mano a Magda y no me pareció que a ella le diera mucha gracia. En la guardia pasada de Fausto me dediqué a seguirlo pues estaba muy preocupado por Magda. Desde el principio ese hombre me pareció un gran arrogante enfermo de la mente. Luego me di cuenta de lo mucho que estaba influyendo en ti por lo que tras reunir todos los elementos que tenía, llegué a la conclusión de que Magda podía estar sufriendo grandemente sin que tú te dieras cuenta y no me equivocaba. Lo vi dirigirse hacia los albergues de hembras y fui detrás de él hasta que llegó al dormitorio de Magda 245


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y se oculto en la oscuridad, cerca de la escalera, a esperar a que ella bajara a la recreación. Cuando Magda salió, inesperadamente la tomó por el brazo, protegido por la cerrada oscuridad que hay fuera de los dormitorios, la llevo a la fuerza hasta un rincón y comenzó a hablarle. Yo me acerque todo lo que pude y alcance a presenciar algunas de sus propuestas hacia ella y te aseguro que Magda siempre le cerraba toda posibilidad. Pero ya cuando Fausto comenzó a cansarse de ser rechazado tantas veces, la tomo por la cintura. Los vi forcejear y de pronto Fausto se retiro apurado, con el rabo entre las piernas. Solo entonces comprendí la soledad y el dolor que debía sentir Magda. Y tú no eras capaz de darte cuenta de ello. Eso era lo que tenía que decirte. Me quede perplejo ante lo que acababa de escuchar. No cabía ya duda alguna de mi gran ceguera y de la perfidia de Fausto. Sentí deseos de ir y gritarle toda mi rabia, romperle el panfleto en su cara y darle unos cuantos golpes para sosegarme. Pensé en Magda; en su fuerza, en todas las veces que intentó contarme lo que le sucedía y yo terminaba acusándola, en cómo se sintió durante todo este tiempo y lo que debió pensar de mí... —¿Alguien te empujó Juan? —Sí. Alguien me golpeó por la espalda cuando casi había logrado evitar enredarme con la silla que también creo estaba allí con el mismo propósito. No pude ver el rostro de quien intentó matarme, pues estoy seguro de que eso es lo que trataba. —Pero quien querría hacerte daño Juan? —Fausto. Él es el único que tiene algún motivo para hacerlo. —No te parece que estás exagerando. 246


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—Para nada. Después de haber presenciado lo que te conté, hablé con Magda e intenté buscar una forma de contener al desfachatado; así que fui hasta su cátedra para confrontarlo de una vez. Fausto se puso furioso y me amenazó con ‘borrarme del mapa’ si le decía a alguien lo que había visto. Me parecieron muy serias sus amenazas y no estaba jugando. Creo que comenzó a vigilarme y cuando me vio decidido a contártelo todo debe haber hecho lo que ya sabes. —Pero entonces hay que acusarlo; eso es intento de asesinato. —No creo que debamos, pues no estamos seguros de nada. Lo que lo haría fracasar es que tú dejaras de escucharlo y te reconciliaras con Magda y que todo volviera a la normalidad. Estoy seguro que eso lo frustraría. —Que clase de hijo de puta es ese hombre. Ninguno de los dos nos esperábamos que Magda entrara en ese momento. De hecho ya ella estaba allí pero había bajado a comer algo. Al verme en la habitación se mostró contrariada, se disculpó y salió nuevamente. —Ve tras de ella, Jesús. Olvídate de todo ese orgullo y reconcíliense. Ustedes dos han sido víctimas por igual. Aún pueden arreglarlo todo. Corre. No me mires así hombre, olvídate de mí y ve tras ella. Obedecí a Juan y me lancé a buscarla. Logré alcanzarla en uno de los pasillos. La tomé por el brazo con brusquedad. Ella se volvió de pronto y me miró con unos ojos que me hubiesen podido arrancar la piel. Pero detrás de toda esa violencia pude 247


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adivinar el viejo calor intenso que siempre sentimos mutuamente. Entendí que Magda había sufrido mucho y que no sería fácil lo que me esperaba pero enderecé mi discurso y me decidí a intentarlo todo por nosotros. —Magda, yo quiero que me perdones por haber sido tan idiota todo este tiempo. Sé que has sufrido mucho y solo ahora me he dado cuenta de ello. Me arrepiento de todo el dolor que te causé y quisiera... —Creo que ya es un poco tarde para darte cuenta. —Nunca es tarde... —Cuando ya no me queda más por sufrir ni nada más que desear junto a ti si es bastante tarde. —Por lo menos déjame decirte qué era lo que me pasaba, a ver si puedes perdonarme. —Yo sé de sobra lo que te pasaba y por qué te pasaba. Tú siempre has sido un idealista y no hay nada más dulce para ti que te ofrezcan un pedestal de alguna clase. Las alturas te trastornan; solo que esta vez el pedestal era falso y la altura no era tal sino distancia que nos alejaba. Para ti todo era perfecto, como me decías, pero a mí me tocaba lo más agrio. Aguanté por ti y por mí y tú no te diste cuenta. Por tu culpa sufría doblemente y luego tú me cargabas otras tantas culpas que solo las veías tú mismo. Yo temía por ti y tú me acusabas de ser un freno en tu vida. —Reconozco que estaba ciego Magda. ¿No me puedes perdonar? —No creo que pueda. —¿Las cosas no pueden volver a ser como antes? Sé que es 248


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difícil pero es muy importante para mí. —Como antes jamás volverán a ser, ni tan siquiera creo que puedan volver a ser. Tú me obligaste a olvidar lo nuestro y creo que lo hice con bastante eficacia. Fue mucho el dolor, Jesús, tanto que yo jamás volveré a ser la misma. Ahora déjame ir con Juan. A él tienes que agradecerle que te esté dirigiendo estas palabras pues me había propuesto no hacerlo nunca más. Permiso.... —Magda, no puedes dejar todo esto así, si me abandonas yo no podré existir. Te quiero más que nunca y te necesito a mi lado. No me hagas pasar por lo peor. —No Jesús, tú nunca sabrás qué es lo peor. Si lo supieras no hubieses permitido lo que sucedió en nuestras vidas. Tienes que aprender a ser menos egoísta. Ahora tengo que dejarte, creo que entraron varias personas al cuarto de Juan. Tengo que irme. Me di cuenta de la enorme torpeza de mis palabras recientes. Mi delicadeza y paciencia se habían extinguido, pero aún así debía recuperar el cariño de Magda. Era algo definitorio. La seguí hasta la habitación y para sorpresa nuestra se encontraban allí además de los padres de Juan, la directora, el profesor Raúl y Fausto. Este último se mostraba muy amable hacia Juan. Le hacía toda clase de preguntas sobre su estado de salud y le ofrecía inteligentes recomendaciones sobre posiciones más cómodas y movimientos más adecuados. Su manera de conducirse era la de una persona más que apenas tenía roce con nosotros tres. Desde la puerta observé su rostro y sus gestos mientras se me encendía la sangre con su gran cinismo. Reparó en mí y me llamo por mi nombre pidiéndome que entrara. Creo que solo Magda, que se 249


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había retirado al otro lado de la habitación como quien teme al aliento de un apestado, reparó en la intensa mirada que ambos cruzamos, la suya de descarada maldad, la mía de quemante odio; odio que Fausto pudo percibir perfectamente y que cuajaría en mí como una implacable sed de venganza.

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XL

Finalmente el juego terminaba. Nada más podía hacer Fausto. El enorme poder que ejercía sobre mí se zafaba para siempre. El filósofo de manto raído que era capaz de dominarme desde el sórdido recinto de su mente ya no podía influirme. Fausto mismo traspasó los límites. Su incontención me demostraba que era un falso profeta, un apóstata de la sabiduría, un don nadie que había llegado hasta aquí a pastorear cerebros de aserrín como los nuestros. Pero incluso no fue capaz de concluir sus planes con éxito. Y eso se lo debía en gran medida a Magda. Ella tuvo la fuerza que yo no tuve. Si Magda hubiese sido otra persona, seguramente cedía a las presiones de Fausto que me imagino fueron enormes. Así se hubiese cumplido lo que solo ahora soy capaz de leer en su historia. No puedo negar que Fausto es un hombre original; en otro momento de su vida quizás un verdadero genio. Ahora un decadente, al igual que todos nosotros. Este lugar, es una especie de crematorio donde venimos a ser pulverizarnos los que no somos competentes para permanecer en la contienda de la vida real, esa que se desarrolla allá afuera, en la Gran 251


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Ciudad, y donde hay que tener suficiente fuerza para poder permanecer y triunfar. Aquí llegamos los pusilánimes, los que nos conformamos y sometemos. Cómo no pude entender antes que Fausto no es más que un perdedor; quien seguramente vive más frustrado que yo mismo. Por ello toda esa maquinación con nuestras existencias. Debía probarse a sí mismo que era capaz de ser el más poderoso. Su historia es el reflejo exacerbado de ese anhelo. “La Bestia”, como él llama, creo, al espíritu nefasto de este lugar, logró someterlo y usarlo, tal como hace con todos. Él pretendía ser el dominador invisible, no un Raúl, que se vale de los instrumentos represivos del sistema para someter. Fausto quería ser alguien más especial. A lo mejor llegar a ser el rector de la escuela desde su amarillenta cátedra de matemáticas, y desde allí mover los herrajes del pesado mecanismo. Para su frustración, la única ficha que logró manejar a su antojo, yo, no seguirá más liándose a sus manejos. Todo tiene un limite. Ahora queda esperar sus futuras reacciones que pudieran ser muy peligrosas. Si tal y como sospecho, fue él quien empujó a Juan, escaleras abajo, sus próximos pasos pudieran ser más peligrosos aún. Desgraciadamente tengo que actuar con cautela pues pretender desenmascararlo públicamente nos pudiese traer terribles consecuencias. Los profesores suelen privilegiar a los suyos. La palabra de cualquiera de ellos pesa mucho más que la de todos nosotros unidos. Un tergiversador como él puede hacer girar el cerebro de la directora o hasta del mismo Raúl. La capacidad verbal y cognitiva de este hombre es muy superior a la de sus colegas. A ellos los puede manejar de la misma manera 252


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que lo hizo conmigo. Otro que se ha tornado muy peligroso es Raúl. No cesa de vigilarme. Desde que el azar me puso como obstáculo en su camino, no pierde la oportunidad de amenazarme en medio de las conversaciones filosas que ahora a cada rato entabla conmigo sin ningún motivo aparente, donde me hace ver que sigue de cerca cada uno de mis pasos y que solo está esperando el primer desbalance para darme el puntapié final y borrarme de aquí. Su acecho constante no me permite llevar a cabo los exóticos planes de venganza que a cada minuto elaboro contra Fausto. Todas mis maquinaciones se ven siempre postergadas a causa de Raúl que sospecho puede estar al tanto de todo, o simplemente está buscando el dorado pretexto para expulsarme. Para él mi presencia aquí es intolerable; sé que me ha declarado una guerra silenciosa de la cual solo él y yo sabemos. Por ello tengo que andar con la mayor cautela. Aún así Fausto tendrá que enfrentarme, cueste lo que cueste. —Jesús del Monte, a ti mismo te buscaba. —Apareció el que faltaba. ¿Sabes que casi te llame con el pensamiento? Estaba seguro de que Judaín tenía que ser un aliado de Fausto, pues durante todo este tiempo solo intentó convencerme de la necesidad de que me alejara de todos, principalmente de Magda. Su manera de pensar era un calco de las ideas de Fausto. Este debía haber instruido excelentemente a Judaín... Era demasiado eficaz. —Por eso vine sabía que me necesitabas. Veo que tienes un 253


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gran desorden interior que te está llevando hacia un lugar donde no quieres estar. —El mismo Judaín de siempre. ¿Quién te manda a lavarme el cerebro, Fausto eh? ¿Dime quién es el que te lava el tuyo, dime! La ira comenzaba a trastocarme las ideas. —El cerebro es solo una maquina centralizadora, desde donde se dan las ordenes de ejecución de tus operaciones, eso es imposible de cambiar. Nadie puede cambiar la naturaleza de lo establecido. Lo único posible es sumar nuevas realidades que hasta cierto punto redefinan lo que existe. Nadie puede manejar tu cerebro excepto si domina tu núcleo espiritual, el lugar de donde parten los diversos fluidos que polarizan todo en ti y todo lo que de ti sale. Sabía que Judaín pretendía tirarme una carnada jugosa para arrastrarme nuevamente. —Pues ese núcleo espiritual del que tú hablas es nuevamente conducido por mí. El que aún domina el tuyo ya no puede jamás volver a poseer el mío. Una extraña risa de mi interlocutor atizó más la cólera. —Nadie puede dominar mi centro espiritual pues yo soy auténtico fluido, pura energía conducida. Yo soy realidad creada. Materia perfecta. Eso tú no lo puedes entender. Pobre de ti que has escogido no comprender jamás. —De la manera en que tú y Fausto quieren que comprenda ya no deseo entender nada. Prefiero permanecer en la ignorancia a dejar que un perdedor como Fausto me utilice. 254


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—De nada sirve intentar que quien nació piedra se vuelva oro. Ni los mejores alquimistas de la Edad Media te hubiesen transmutado. Tu naturaleza es de las más degradadas. Tu espíritu es de mala clase. No tienes ningún espacio en las jerarquías del espíritu. Te mereces la vida que llevarás. —Y la llevaré con tranquilidad al saberme libre de farsantes como ustedes. Dile a Fausto que ya la tragicomedia se acaba, y que duró demasiado tiempo desgraciadamente; que yo sí no tengo ninguna calidad espiritual, pero que Magda posee una más alta que la de él y que Magda lo redujo a cero, que no pudo con ella y eso sí es verdadero poder. Dile que... —Yo no tengo que decirle nada pues de él provengo y a él voy, soy su voz y su sombra. Si a mí me tocas a él sentirás. —Déjate de estupideces porque ya no te aguanto más ninguna gracia... —Mírame Jesús, yo estoy en él y él siempre llega a ti. Tú le perteneces. Eres su esclavo, tú mismo lo quisiste así. Te ofreciste a él y él te dio más de lo que pedías, ahora tú tienes que pagar lo que te corresponde, no puedes faltar a tu palabra... —Yo no he hecho ningún arreglo y no me hagas perder la paciencia. —Eres un esclavo de él. —Dile que me lo venga a decir en mi cara. —Él te lo está diciendo a través de mí, yo soy de él... En ese momento de la conversación ocurrió el desbalance que estaba evitando. —Pues entonces dale esto de mi parte... 255


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Asesté un ejemplar puñetazo en el asqueroso rostro medio gris de Judaín. Este cayó de nalgas en el suelo con el ojo enrojecido. Me acerqué a él nuevamente. Hacía lo posible por levantarse y le lance mi puño con toda mi fuerza, esta vez entre la nariz y el pómulo. Volvió a despatarrarse por el suelo agarrándose la cabeza aturdido. Quedé esperando una reacción de Judaín pero este no volvía a incorporarse. Pensé que se había quedado inconsciente por el golpe y me sorprendí ante la efectividad del puñetazo. A los pocos segundos Judaín permanecía tendido. Comencé a asustarme. Estábamos en el ultimo piso del edificio de los dormitorios de varones donde no vivía nadie. Lo tomé por el torso y lo recosté a una de las columnas para tratar de reanimarlo. La nariz le sangraba. El pavor comenzó a dominarme. Pensé salir corriendo en busca de ayuda. El hilo de sangre engrosaba cada vez mas y goteaba sobre la camisa. Lo sacudía buscando una reacción, le gritaba, pero nada sucedía. Bajé hasta el piso de la enfermería y me detuve ante la puerta. Si les contaba lo sucedido sería darle al profesor Raúl el motivo que buscaba para expulsarme. Además había sido solo un buen piñazo así que nada grave podía pasarle a Judaín. Corrí de vuelta hacia el lugar donde había dejado al desfallecido. Al llegar Judaín ya no estaba. Debió haberse recuperado. Recorrí el albergue vacío y no di con él. En el piso no había ni una gota de sangre. Estaba seguro de haber visto sangre en el suelo. Me resultaba muy raro que Judaín la hubiese limpiado antes de irse. Bajé en su busca infructuosamente. Debió haberse marchado para los parajes solitarios que tanto le gustan, pensé. 256


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Más tarde vi a Fausto entrar a su cátedra con un pañuelo en la mano cubriéndose la nariz. Seguramente otra de las estrategias de Fausto para impresionarme. ¿Sería capaz este hombre obsesivo de romperse la nariz para perpetuar su farsa? La cizaña germinaba en busca de la planta débil e indefensa para asfixiarla con sus espinas sin la menor clemencia: —Tenemos que sentarnos a hacer un análisis muy importante, Ernesto. —Cuando usted diga profesor Raúl. —Entra y siéntate. Quiero escuchar tu opinión como representante del estudiantado sobre algo muy delicado, algo que desde hace un tiempo vengo estudiando y que creo no debe esperar más. Pero insisto en que tengo que confrontarlo contigo pues preciso de tu criterio para corroborar lo que pienso. —Me tiene intrigado Profe. Acabe de decirme de una vez qué es lo que pasa. —El problema es un amigo tuyo. Se trata de Jesús. Quiero que me digas tu parecer sobre su conducta reciente. —No Profesor. Hagamos tal y como usted hace siempre en estos casos; usted me dice primero lo que piensa y luego yo le digo lo que opino. —No, esta vez quiero que sea al revés. Dime tú primero. —¿Cuál es el problema? Yo no creo que Jesús tenga ningún problema, al menos que yo sepa. —¿Tú no has observado su cambio ideológico radical, su distanciamiento, mas bien su conducta asocial más reciente? 257


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—Lo que yo he notado en Jesús es que últimamente ha dejado de llevar una vida ociosa como la de los demás y se está preocupando por estudiar y conocer más. ¿Qué hay de malo en eso? —Estudiar no; qué es lo que estudia. Pura doctrina idealista, hasta incluso aberrada. Creo que todo eso lo está llevando a convertirse en un elemento distorsionado ideológicamente, completamente desviado de lo que aquí ustedes tienen que aprender. —No le parece que exagera profesor. —No exagero en lo más mínimo. Déjame leerte mis apuntes más recientes sobre él. En la clase de física hace dos semanas le respondió al profesor Gonzalo que, la masa física... podía ser transformada por la fuerza espiritual... de personas que fuesen capaces de... trascender lo aparente. El día 10 de este mes lo vi leyendo un libro titulado Inmortalidad de los Caballeros Templarios. En su albergue lo han visto leer un libro de un tal San Juan de la Cruz. ¿Te das cuenta? Ese tal San Juan es un santo de la iglesia católica y qué puede estar aprendiendo de él sino doctrinas distorsionadas. Escucha esta otra información que tengo; en la clase de Marxismo-Leninismo le dijo a la profesora Aida que los ‘marxistas no llegan a justificar científicamente el origen del mundo a partir de la evolución de la materia, que eso jamás lo llegarían a hacer’. Sinceramente esto me parece demasiado. Un estudiante que haga tales afirmaciones tiene que estar en un nivel de desviación muy avanzado. —Usted ha estado siguiendo muy de cerca la vida de Jesús. ¿No le parece demasiado duro lo que hace contra él? 258


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—¿Duro? Pero si lo he tratado casi como a un hijo; tres veces he conversado con él. Lo he llamado a reflexionar sobre su comportamiento. El otro día hasta tuvo el descaro de decirme que solo había leído a San Agustín y a Santo Tomás. Te imaginas. Yo soy responsable de velar por el sano desenvolvimiento del proceso de aprendizaje en esta escuela y te anuncio que voy a tener que tomar medidas rápidas al respecto. Si no, pronto veras a Jesús liderando un grupito de débiles mentales y cuando vienes a darte cuenta estamos todos en un gran problema. —Yo creo que lo que usted piensa hacer es injusto. No apoyo su decisión. Jesús no hace nada malo. No se puede pretender que todos seamos como copias al papel carbón. —No puedo creer lo que estoy escuchando, Ernesto. Me parece que se te esta olvidando tu verdadero papel en esta escuela. —Claro que no se me olvida profesor. Yo represento a los estudiantes, ellos me escogieron porque confían en mí y yo debo velar porque no se haga ninguna injusticia contra ellos. —No me vengas con esa basura democrática que sabes muy bien es una gran mentira. Tú estas donde estás porque nosotros permitimos que tu ascendieras para que también defendieras los intereses de la escuela. Esa tontería representativa, que no sé por que estas sacando a relucir, sabes que no existe y que si te la tomas en serio no te llevará por buen camino. Solo mientras nos seas útil permanecerás donde estás. Cuando no satisfagas nuestras expectativas volverás a donde provienes. Eso lo sabes muy bien. Ahora, te digo que Jesús se esta volviendo un elemento contrario a nuestras convicciones y que de inmediato 259


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voy a abrirle un expediente ideológico y tú vas a estar de acuerdo o de lo contrario tendrás también uno igual. No querrás que te vea a ti también como parte de la subversión en que anda Jesús, eso pudiera traerte serios problemas. Tienes que respaldarme o enfrentar las consecuencias. —No se ponga así profesor. Yo no he querido contradecirlo. Usted es una persona de respeto aquí; tal vez una de las pocas. Si usted dice que Jesús tiene esos problemas usted tiene razón. El estudiantado le da la razón... como siempre. —Mira Ernesto, en lo personal no tengo nada contra Jesús, es más hasta pienso que es un buen muchacho; pero mi obligación es velar por que no exista la más mínima violación de los preceptos que rigen la disciplina y la moral de la escuela. Jesús ha llegado demasiado lejos. Yo le he advertido ya sobre su conducta y nada ha cambiado. Aquí todo se propaga fácilmente debemos eliminar la enfermedad para evitar el contagio. Eso hay que hacerlo cuanto antes y tú debes ayudarme Ernesto, es tu obligación. —Como usted diga profe... el estudiantado lo apoya. —Recuérdalo siempre, o estás conmigo o contra mí. —Con usted siempre profesor Raúl, con usted.

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XLI

Ella fue siempre la luz viva, el sonido puro que armaba mis pasos como fuerza inexplicable. Por ella tengo aún vida en el alma porque ella abunda en mí y en ella sacio la voracidad del anhelo. Ella pasa como calma en mis días, como agua indetenible. Ella es el camino, el sendero próspero que debo transitar. Si no la hablo, la pienso o la palpo se agota la fiereza, la sensación tremenda de tentar el amor. Si ella está lejos, en mí solo quedan las piedras. Porque contemplarla es casi visión, pero es aún ella misma que me espera en el centro de mis pasos, que desean alcanzarla; y aunque difícil, logro respirarle de cerca para poder recibir el tibio soplo de su vida a unos instantes de la mía. Tengo que encontrarla en el trasiego hacia el punto sagrado, predestinación mutua que ella hoy no comprende. Pero sé que está ahí renegando de mí, inmerecida tragedia y sé que es cierto; que mi mente descendió hasta lo oscuro para dejar de hablarle y de escuchar su luz. No alcancé a encontrar la virtud de su espanto que me hubiese hecho más digno de mí mismo y merecedor pleno de su todo. Sé que soy el hombre débil, la sarcástica imagen del incapaz, ignorante de todo. Sé que emprendí lo absurdo con la confianza de un ciego 261


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que se encima a un abismo, y que ella se agotaba entre gritos y gestos que yo insistía en ignorar. Me desgarra el silencio y lanzo mi cuerpo en busca de sus pasos, para mirarla en las pupilas limpias de su rostro y poner ante ella todo mi fracaso, suplicando un perdón como alivio a mi dolor. La busco con desenfreno, intento suprimir su irresistible ausencia. Los corredores se vuelven enormes sierpes que me traen al lugar de origen reiniciándolo todo. Su idea en mí es un círculo, una espiral invertida que se hunde hasta lo absurdo. Pero yo daré hoy con ella y me arrastraré en el polvo sometiendo mis culpas. Yo la encontraré para dejarle mi ser bajo sus suelas en pago a toda la vida que por mi culpa ya no habrá de recobrar. Me acerco a ella lentamente, casi sin tocar el suelo para evitar que esquive mi proximidad. Aprovecho la lejanía de sus ojos para remontar el definitorio espacio que nos hará estar cerca el uno del otro. Pongo la mano en su hombro; tal vez con demasiada brusquedad pues su cuerpo se sacude de mí al instante en que percibe mi presencia. Casi se me deshace el alma al tener que escucharla odiarme tanto, escuchar como dispara agudísimas palabras. Mas debo esperar resignado. Mis culpas son tan grandes que aceptando sus andanadas logro también aliviarme. Su figura increíblemente bella se contrae y expande tras súbitos estertores de rabia que descarga contra mí como si fuese yo el mayor y único enemigo. Quizás lo soy. No puedo soportar la idea de haberme convertido en un ser abominable para ella, alguien que le dio el golpe terrible de olvidarla por un macabro juego. Tengo que entender y aceptar. 262


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Continúa estremeciéndose con cada palabra de roca que lanza y yo comienzo a padecer una pena tan profunda que no puedo evitar reflejarla por completo en cada parte de mí, quizás desde mi aliento hasta los encrespamientos sucesivos de mi piel. Ella no percibe al inicio ninguno de los signos de mi desfallecimiento e incrementa absolutamente la dureza de sus gestos, sus palabras. Yo sigo anhelando un espacio de calma para poder insertar mi más espléndida disculpa, mi humildísimo gemido de súplica, mi mancillado tono de piedad, pero semejante espacio parece desbordado por su irrefrenable ira; mas aún así he de comprenderla. Sorprendentemente, cuando ya comenzaba a rumiar una disculpa para ir a ocultar los restos de lo que fue una intención reconciliatoria, cuando quizás mi palidez comenzaría a asustarla, cuando ya mis átomos enmudecían de dolor me pareció escuchar, después de su enconada catarata, unas tenues sílabas que restauraron el silencio benéfico de la vida: pero creo que aún puedo perdonarte. Logré nuevamente sostenerme en firme, lavar el patético gesto de mis labios y sin poderlo evitar aventuré una de mis manos hacia las suyas. Estas no se movieron ni tampoco huyeron de la atrevida incursión. Por un instante pensé que mi torpeza la llevaría hacia el precipicio de la cólera pero sorprendentemente todo se mantuvo como flotando en un limbo de gráciles temblores que duplicaban la intensidad de la mirada que cruzamos. Comprobé que Magda aún lucía el mismo fulgor de siempre y que sus dedos comenzaron a crisparse por la temeraria presencia de los míos. Su piel lució nuevamente la rojiza intensidad de saberme cerca, aproximando 263


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la invasión de mis labios. Intenté murmurar algún fragmento de rancia palabrería pero mi lengua se embotó y de mis ojos se descorrieron unas lágrimas que no creí importantes, hasta incluso absurdas y que justo en el instante en que comenzaba a formular una disculpa para intentar esconderlas, provocaron que Magda, inesperadamente, tomara mi cabeza con suavidad, para acercar mis mejillas a sus labios que las enjugaron con un beso degustador del dolor más punzante que jamás pudiese exteriorizar. Luego fue un abrazo, y allí el torrente de llanto incontenible, un llanto doloroso y dulce, renovador de lo que dentro se enquistaba. Me fui hundiendo entre su poderoso pelo de un negror y viveza incomparables, fui escalando su cuello ya con plena certeza de lo que debía acontecer. Era la redención, el agua que se ofrece al peregrino que regresa. Nos besamos hasta agotar el hastío y la injusticia del tiempo en que nos vimos distanciados. Luego las irrefrenables palabras, las sólidas promesas, los augurios de nuevos gritos de locura. Le profesé todo lo profesable, le reconstruí mi espíritu ante sus ojos. Hice todo lo que su dignidad y mi dolor precisaban ver. Ascendimos entonces, abrazados por la noche, hasta los recintos secretos de nuestros delirios, hasta los lugares ocultos donde traspasábamos lo físico para llegar a lo etéreo. Allí la vi desnuda nuevamente, acaricié sus senos de redondez tibia, logrando el despliegue de sus cimas como gotas. Recorrí su espalda, río de aromas descansando en sus caderas sólidas. Baje presuroso hasta sus muslos donde acostumbraba a solazarme con el lunar bellísimo que erotizaba más aún el acto insuperable de fundir 264


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nuestros fluidos. Permanecí una eternidad besando los contornos de la fogosa mancha que tenía el don de precipitarme en su abismo. Revolví incontables veces con la punta de mi lengua esa hermosa altisonancia de su piel perfecta. Quizás esa mancha era el punto desde donde Magda ejercía la fuerza que siempre me puso ante ella como sabueso fiel. Sentí otra vez sus uñas en mi pecho; su boca semiabierta, húmeda, encontraba mis labios repetidamente hasta casi borrarlos y su voz repetía los sonidos que solo el placer extremo puede producir. Permanecimos los dos, redimidos en una misma forma durante un tiempo indefinible. Un lapso que nos devolvió el inflamado padecer de siempre. No nos dimos cuenta cuando amaneció ni como casi nos atrapan en el ilícito acto de amarnos en este lugar predestinado al odio. Regresamos para devolver nuestros espíritus a la normalidad pero ya con la vida mutua enteramente renovada.

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XLII

Llegó el momento del encuentro definitivo, el instante en que todo debía volver a su sitio. Caminaba decidido a encontrar a Fausto y terminar de una vez con su juego maldito. Tenía que dar fin a todo cuanto antes pues temía por nosotros tres. Fausto se había transformado radicalmente. Sus intenciones estaban muy bien definidas desde el inicio pero antes obraba de forma más sutil. Solo ahora, tras la resistencia de Magda, se ha dado cuenta de que sus bien labrados planes fracasaron y que solo le queda la pura violencia como posibilidad de triunfo. Si no hubiese aparecido Juan entre nosotros yo aún estuviese entre sus garras, siendo arrastrado por su fuerza, permitiendo que este hombre se aprovechara de Magda obligándola a ceder. Por eso debía eliminar a Juan. Suceda lo que suceda, hoy no me va a confundir, no podrá hacerme renegar de mí mismo para introducirme nuevamente en su ámbito. Nada de lo que diga desviará mi determinación. Hoy es el día final. Fui hasta su cátedra que al parecer estaba vacía. Permanecí afuera esperando. Transcurrieron unos minutos cuando escucho un ruido en una de las aulas donde se impartía Matemáticas. Me 266


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asomo por un hueco en la puerta donde otrora hubiese una cerradura. Fausto estaba dentro, parado frente a la pizarra, ensayando sus movimientos, sus palabras. En un tono de voz casi inaudible señalaba las sillas vacías como si formulara preguntas a alumnos fantasmas. Mandaba estudiantes a la pizarra, daba recorridos de control sumamente estilizados, señalaba errores en libretas invisibles, miraba con ademán de grandeza hacia los supuestos rostros del alumnado imaginario, y luego levantaba el rostro con aires de sabio como si se dirigiera a otra persona de mayor rango al final del aula que estuviese evaluando su clase. Lo que acababa de presenciar podía ser un mero ejercicio histriónico que tal vez fuera costumbre en él; pero había mucho de desvarío maligno y ególatra en semejante ensayo. Esas representaciones de su capacidad para someter intelectualmente a los alumnos eran algo muy parecido a lo que él realmente ejecutaba en cada clase. Di unos fuertes toques en la puerta y lo observé acercarse con el rostro contrariado: —Vengo a hablar con usted. Entré sin esperar respuesta. —Vienes en un momento muy inoportuno; estoy en medio de la preparación de mis clases de la semana próxima. —Lo que tengo que hablar con usted no puede esperar. —¿Y desde cuándo tú tienes autoridad para sobreponerte a mis prioridades? ¿O es que los recientes sucesos en tu vida han cambiado tanto tu carácter que ahora vienes con aires errados? —¿De cuáles sucesos habla? —De los acaecidos a Juan, que tienen tan extraña relación 267


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contigo. Fausto intentaba nublar el objetivo de mi súbita aparición que seguramente pudo leer en mi rostro. —¿Qué quiere usted decir profesor? —Que todo el mundo piensa que tú eres el responsable de lo sucedido a ese infeliz. —Eso es algo totalmente absurdo; yo estaba abajo en el área deportiva, bastante lejos de él cuando lo empujaron por la escalera. —Así que lo empujaron, eso es nuevo para mí. ¿Juan te lo contó? —No yo lo vi con mis propios ojos. —Y yo que pensaba que tú le habías puesto la silla en el medio del camino para librarte de él. —¿Y por qué querría yo librarme de Juan? —Con exactitud solo lo puedes saber tú mismo. Yo apenas puedo deducir que este estaba algo entrometido entre tú y Magda. Tal vez te diste cuanta de lo íntimos que se han vuelto últimamente. Hasta vino aquí a amenazarme porque él pensaba que yo me propasaba con ella; yo que solo he sido un buen amigo hacia ella. ¿Qué te parece? La venenosa capacidad tergiversadora de Fausto amenazó con atraparme. Pero ya era harto difícil dejarme engañar otra vez. Intenté seguir su juego. —Me parece muy raro eso que usted dice. Es muy difícil de creer. ¿Cómo puede usted asegurar que entre Juan y Magda hay algo más que una amistad? 268


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—Los he visto repetidas veces conversar largas horas sentados en algún rincón apartado; constantemente se buscan en los recreos o antes de entrar a las clases. También los he visto divirtiéndose juntos... —¿Qué clase de diversión? —Bailando en las horas de recreación, no te asustes. Tampoco he visto tanto... ¡Ah sí! lo he visto además salir del albergue de Magda... —¿Cuándo exactamente vio usted eso? —En mi última guardia. La semana pasada. Yo pasaba una inspección nocturna cuando vi a Juan caminar hacia la puerta de salida del bloque de dormitorios de hembras justo en dirección contraria a la puerta del albergue de Magda. —¿Desde cuándo su trabajo es preocuparse por la vida amorosa de los estudiantes? ¿Por qué vigila usted a Magda o a los que se relacionan con ella? —Lo hago por ayudarte. Siempre he querido hacerlo. Porque te aprecio, he abierto para ti caminos que deben permanecer cerrados; te he protegido como un hermano, como un padre. Siempre me intereso por saber de ti, por procurar que nada doloroso te suceda en este lugar donde todos quisieran tragarte y luego arrojarte al polvo. —Yo nunca le pedí a usted que se preocupara por mí. ¿Qué le ha hecho meterse tanto en mi vida? —Meterme en tu vida... Vaya manera de demostrar gratitud. Siempre he creído que eres una persona con estatura espiritual, no solo aquí, también entre grandes puedes competir. Tu posición 269


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en el cosmos es central. Eres un punto incorruptible pero que también es lazo hacia parajes infinitos. Posees privilegios que yo he intentado hacerte ver y que solo yo... —Y si yo le digo que Juan me contó que ese mismo día lo vio a usted abusando de Magda, aprovechándose de la oscuridad en la antesala del albergue. —Te diría que Juan trata de ponerte en contra mía porque sabe que conozco de su traición hacia ti y quiere sesgar nuestra alianza. —¿Y si le digo que yo lo vi a usted empujar a Juan escaleras abajo? Mentí con el fin de dinamitar los cimientos de la edificación de patrañas que Fausto construía con maestría. Sabía que lo negaría todo pero la súbita tensión de sus labios y la inexactitud de sus próximos movimientos me acercaron casi a la certeza. —Estás delirando Jesús. Yo no tengo motivo alguno para querer hacer daño a Juan. Yo no puedo causar daño. Yo solo puedo restaurar, no destruir. Mi naturaleza no me lo permite. Cada ser es una cifra; si se intenta eliminar una de ellas injustificadamente se altera la suma universal, ya de antemano establecida. —Usted sí tiene un motivo para querer eliminarlo. Juan es el único testigo presencial de un gravísimo acto de hostigamiento hacia una estudiante, uno de los tantos que usted desde el principio de este estúpido juego viene haciendo contra Magda. Usted sabe muy bien que es muy serio lo que ha hecho con nosotros. A mí me mantuvo ciego con las más raras doctrinas para tener el camino libre hacia Magda; quien se cansó de decírmelo y yo 270


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permanecía alienado. Pero ya todo ha llegado a su final. Ya usted no puede ejercer ningún influjo sobre mí. Ya he descubierto la verdad sobre usted y eso nada podrá cambiarlo. —¿Ni la verdad sobre ti mismo puede cambiar lo que piensas sobre la mía; la verdad sobre lo que ha ocurrido con tu vida? —Está bueno ya de tantas vueltas sobre lo mismo. Reconózcalo de una vez, usted me manipuló mientras pretendía que Magda se convirtiera en su amante. —Solo te diré mi verdad si aceptas conocer la tuya primero. —Esta bien. Acepto. ¿Cuál es mi verdad? —Tu verdad es una prolongación de la mía. Tú eres el vértice izquierdo del triangulo perfecto. Yo encima, Magda a mi derecha y tú el opuesto. Tú eres mi cómplice Jesús; eres mi colaborador, mi aliado. —Yo solo soy un imbécil que se dejó arrastrar por sus maquinaciones. Reconoce entonces que Magda era su objetivo; era ella lo que usted deseaba. —Ella es lo que me pertenece. Ella es mía. Tú me la cediste a cambio de todo lo que sabes. La ira comenzaba a enseñorearse de mis sentidos. Hasta el momento había sido capaz de mantener la cordura pues hablaba con un profesor de la escuela. Las verdades fluían crudas y filosas. —Yo nunca le cedería a Magda. Usted lo habrá soñado o se lo habrán hecho creer sus ideas trastornadas. Yo solo me interesé por conocer un poco más. Usted se pasó del límite. —No Jesús, tú desde un principio accediste a penetrar en la 271


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doctrina. Mi libro te llevó hasta los parajes más puros de la vida. Pudiste verlo todo. Allí se sella también nuestro pacto. Tú debías entregarme a Magda a cambio de la verdad. Tú te adentraste en el luminoso río de la creación; yo abrí la puerta; puse a tus pies las herramientas para elevarte. Tú las posees, están en ti ahora para siempre. Esa puerta se abre una vez en la vida y solo se cierra a tu espalda. Ya estas dentro, ahora debes retribuirme lo que yo te pedí a cambio; lo que tú aceptaste al penetrar en el misterio. —Usted no puede hablar en serio. Yo jamás he hecho ninguna clase de trato con usted. Todo lo que me enseñó fue por su propia voluntad, yo no se lo pedí. Reconozco que luego caí en su trampa, pero fue usted quien me lo ofreció sin pedir nada a cambio. No quiera ahora cambiar las cosas. Yo jamás cedería a Magda por nada. —Sí que lo hiciste. Yo te di lo que prometí. En la página nueve de mi historia se sella nuestro pacto. Al pasar esa página comenzamos a existir los tres en una nueva vida. Nuestra relación mutua se convirtió en figura perfecta. A partir de ahí éramos un triángulo. —¿Cómo puede pensar que una historia esotérica y rara puede cambiar la vida de alguien ni firmar pactos? Unas cuantas palabras más o menos bien escritas no pueden hacer que la realidad se transforme. —Eres un iluso. La palabra es la realidad más potente que existe en el mundo humano. Es la depositaria de toda la fuerza y energía del hombre; el puente entre lo evidente y lo Incognoscible, entre el mundo físico y el metafísico. Ella es portadora del poder 272


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único que posee el hombre, la capacidad de generar, de crear o destruir. La palabra es el sacramento. De ella surge la idea o la sensación o lo que llaman instinto. La palabra viva empuja, la escrita, conduce. Tu advertiste en mis palabras la posibilidad de engrandecer tu alma. Yo te la cedí. Tú recibiste a través de mis palabras el precio que tendrías que pagar. Cuando se da vida a una palabra se da vida a una nueva realidad, cuando se comparte esa realidad se participa del verbo energizante que todo lo transforma. Tú te hundiste en el cauce por tu propia voluntad y allí estaba la palabra que te anunciaba lo que sobrevendría. Pudiste haberte detenido en esa misma página, pero continuaste. Comenzaste a vivir como realidad superior. Es decir, firmaste el pacto. —Yo leí su historia buscando conocimientos, cultura; pero no podía imaginar las sucias intenciones que usted tenía. Solo ahora comprendo que llegué hasta el final de su libro por error. No solo por no haber comprendido su absurda propuesta, sino porque únicamente al final, en la última página me di cuenta de que usted no me ofrecía lo que yo buscaba. Al principio usted me ofreció la posibilidad de sentir lo que me rodea como realidad creada misteriosamente. Por vez primera alguien me hizo ir más allá de los límites que este sistema nos impone. Pensé que usted y sus doctrinas me conducirían hasta algún lugar místico, me harían entender y así entenderme a mí mismo. Pero su egolatría lo llevo a cometer el más grande error y más grande crimen; usted pretende ascender por encima del Creador, usted ha pretendido negarlo, y ha cometido una gran torpeza. A partir de allí el hilo que nos conectaba se rompió. Si alguna vez fui su cómplice y me negué 273


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a escuchar las súplicas de Magda de detenerlo, fue porque en el fondo mi esperanza era encontrar lo Infinito. Todo mi esfuerzo terminó en el enorme fiasco de verlo proponiéndose como Dios mismo, como ser omnipotente. Usted está equivocado; yo no soy su aliado ni firmé pacto alguno pues fui engañado todo este tiempo por usted y Judaín. No tuvo ni tendrá jamás a Magda; usted es un don nadie, un fracasado, un perdedor, un espejismo, un aberrado... —¡Cállate la boca antes de que te reduzca, imbécil! Yo soy no solo el profesor más respetado de esta escuela sino también de todo el municipio, quizás hasta de la provincia o del país. Mi palabra puede llevarte tan lejos a ti y a tu novia que jamás volverán a encontrarse. Solo me basta chasquear los dedos... —Y puedes desaparecer Jesús. Judaín apareció por la puerta de la cátedra. Lucía muy pálido y desmejorado. Hablaba como si tuviese que realizar un gran esfuerzo. —¿Quién eres tú Judaín? Dime de una vez. ¿De dónde diablos tú sales? —El primer Ser es como un león, el segundo Ser, como un novillo; el tercer Ser tiene un rostro como de hombre; el cuarto ser es como un águila en vuelo. —¿Qué quieres decir? Te has vuelto loco —caminé hacia atrás por la profunda impresión que este extraño personaje me causó. Por un minuto pensé que se lanzaría sobre mí. —Yo soy el cuarto Ser. Yo debo vigilarte; no te puedes escapar de mi vista y debo atraparte en el momento preciso. Tú eres el 274


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tercer Ser, el que parece un hombre pero no es capaz de serlo. Tú debes ser dominado por el León que tiene que atrapar al novillo, que es tu ex-novia. Ves, no es tan complicado. —No te asustes Jesús. Judaín es un poco apocalíptico pero es un fiel amigo. Es lo mejor de mí. —Aún podemos recomenzar Jesús; quizás desde un nivel más elevado. Podrás llegar tal vez a donde no imaginas —arremetió Judaín impúdicamente. Comencé a sentirme como en medio de una cámara de gas. Se me dificultaba la respiración y sudaba a chorros. Me aterraba la idea de no poder contenerme. Las dos figuras frente a mí daban similares recorridos a ambos lados de la mesa en que me había apoyado, parecían moverse con una coordinación excepcional como si uno fuera el reflejo del otro. Me miraban con rostros de cínica burla. Apreté mis puños para sosegarme. No sabía si resistiría. —¿Quiénes son ustedes? Una estrepitosa risa sacudió el aula vacía. Fausto se reía mientras Judaín muy serio se me acercaba, contrajo aún más el rostro y comenzó: —Nosotros somos tu sino. Nada te puede separar de nosotros. Él es tu padre y yo tu hermano mayor. Nada se ha terminado. Tú tienes que encontrarte con nosotros en la cima. Tienes que ser también el filosofo de manto raído; el que escala las conciencias y tuerce los destinos a su antojo... —Tal como hicieron con el mío y el de Magda. Ustedes se han pensado que yo soy un niño inocente; que caí en la trampa sucia 275


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que me tendieron es verdad, pero de ahí a que sea idiota eso es otra cosa. Ustedes son un par de enfermos mentales, obsesionados con un poder que no poseen y que inventan y se lo venden a estúpidos como yo pero ya... —Tú eres nuestro esclavo Jesús —retomó el ataque Judaín—, tú y Magda son nuestros ciervos. Ese es tu destino, tú el esclavo y ella la meretriz. Esa es la verdad. La estridente risa de Fausto, el verdoso rostro de Judaín soltando las más absurdas y ofensivas palabras, la asfixia que sentía... Todas provocaron el terrible final. Tembloroso agarré una silla y golpeé fuertemente a Judaín por las costillas. Este calló al suelo con un grito de dolor y permaneció en posición fetal sin pronunciar otro sonido. Me viré hacia Fausto con la silla en ristre dispuesto a romperle la cabeza: —Basta de jugar con nosotros Fausto. Te pasaste del límite. Ves que no eres tan divino, alteraste la suma como tú dices. —Te equivocas Jesús —dijo aún riendo— esto es parte de lo que tiene que acontecer, esto estaba previsto, tú estás pasando el límite, no yo. Magda es mía aunque no lo creas, aunque su teatro te convenza. Lo verás... Fuera de control, le asesté una patada en el estómago que lo arrojó al suelo de nalgas estrellando su espalda contra una mesa. Se puso de pie con un gesto de dolor pero aún mirándome sarcásticamente: —Magda está en mis manos. Has cumplido el pacto... Levanté la silla para terminar de una vez con todo cuando se abrió de golpe la puerta de entrada a mi espalda. La luz invadió 276


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el espacio y un cúmulo de ruidos embotaron mis sentidos. Por un instante nadé en la densidad de la inconsciencia decidiéndome a retornar a mi objetivo. Entorné la silla nuevamente hacia Fausto que trataba de incorporarse. La estiré hacia atrás con toda mi fuerza. Mis músculos vibraban tensos y mi mente continuaba sin entender lo que sucedía a mi alrededor. De pronto siento unos brazos fuertes sosteniendo mis extremidades y torso, que me hacen arrojar la silla al suelo sin poder concretar mi venganza. Cuando logro reaccionar me percato de que estoy ante el profesor Raúl y algún que otro curioso que escuchó el escándalo. Este me grita unas frases que no escucho. Me doy cuenta de que he labrado mi final. Llegué al colmo de lo admisible en la escuela. Mis pasos estaban ya muy bien contados.

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XLIII

Entré lentamente a la oficina que parecía estar inmersa en un espacio más denso, donde todo movimiento debía suceder sujeto a otras leyes mucho más drásticas. Me esperaba allí lo más selecto del aparato represivo de la escuela: dirigentes de las organizaciones políticas, jefes de los distintos comités disciplinarios y del equipo de profesores. Me alegré al saber que Ernesto se había negado a asistir como representación máxima de los estudiantes. Lo sentí como una silente demostración de apoyo que me reconfortaba; el simple hecho de no participar era una altísima prueba de lealtad. Durante los dos días que transcurrieron entre el terrible suceso que me traería hasta aquí y la reunión donde se decidiría mi suerte viví casi custodiado por profesores que debían evitar mi fuga de la escuela. Confieso que aunque me pasó por la mente, jamás consideré seriamente dicha posibilidad. De cualquier manera, tanto en este lugar como en la ciudad, en el vecindario, en la casa misma, los sicarios llegarían hasta mí para devolverme al crematorio de vivos. Era muy sensato no encender más los ánimos en mi contra. El profesor Raúl reventaba de satisfacción al saberse 278


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triunfador. Al fin podría desaparecerme tal y como necesitaba. Mi presencia en la escuela ponía en peligro su rol de inquisidor, de moralista empedernido. Por fin apareció el figurante que faltaba, mejor, el actor central, el necesitado de justicia, el lobo con piel de cordero que le había dado a Raúl el pretexto para sacarme del ruedo: el profesor Fausto. Me lanzó una de sus miradas cínicas antes de tomar asiento. La directora comenzó una disertación sobre las normas de disciplina entre profesor y alumno y la importancia que ello tenía en nuestra escuela, donde no se toleraba la más mínima violación de las mismas. Continuó diciendo unas palabras que no escuché al haber centrado mi mirada en el descarado rostro de Fausto que asumía matices cada vez más hipócritas cuando los demás fijaban la vista en él. Todo aquel que no lo conociese, podía pensar realmente que yo era un desgraciado, un criminal, que había ofendido a un santo. La directora cedió la palabra a Raúl. Lo observé levantarse, creo que le resultaba imposible hablar desde una posición donde su cabeza no sobresaliera, estirarse la ridícula camisa siempre impecable, amasarse el mentón recién rasurado y dar dos pasos hacia el centro. Sabía que vendría sobre mí la furia misma del más acuoso moralismo, siempre matizada por gestos de verdadero actor, temblores de labios y sudores. Lo esperaba todo con la más templada resignación. De antemano me sabía el libreto. Contrariamente a lo que todos esperaban, mi actitud era la más serena. Me sentía satisfecho profundamente de haber hecho lo que hice y lo volvería a hacer de ser necesario. Tal actitud era interpretada por el resto de los asistentes a la 279


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tragicomedia como una prueba más de mi culpabilidad y creo debían sentir una fuerte sed de venganza al estar frente al agresor de otro colega; siempre un peligroso delincuente que en cualquier instante podía levantar su arma contra ellos mismos. El ejemplar fiscal alzó su brazo encumbrando el índice temible y lo lanzó enérgico hacia mí, con los ojos encendidos, para comenzar a descargar toda la rabia que sentía. Raúl haría todo lo posible para que la filosa hoja cayera sobre mi cuello; le era aparentemente muy fácil lograrlo pues todos los elementos estaban en mi contra; pero solo era aparentemente. —Estimados colegas, nos encontramos hoy aquí para analizar un grave suceso, un violento quebrantamiento de la disciplina en el centro. Pero no solo nos trae aquí el análisis de tan grave hecho sino también la necesidad de adentrarnos en la conducta, mas bien en el cambio de conducta que el estudiante Jesús, manifestó durante estos últimos meses. La peroración amenazaba con extenderse. Este hombre tenía el don de tejer los más vacuos discursos e imprimirles una pasión viscosa que en vez de exaltar, sofocaba. La soporífera reunión debía seguir el modelo clásico de este tipo de eventos: Al inicio la explicación panorámica del suceso motivo de análisis por parte de Raúl, sus opiniones y su propuesta de pena como auténtico fiscal disciplinario en la escuela. Luego, la unanimidad de criterios, la expulsión casi siempre, los aplausos y las conclusiones acertadísimas de que todo se hacia por el bien de la escuela y del estudiantado y de que nuestro centro era ejemplo de rectitud en el municipio. De allí el estudiante salía para la Subdirección 280


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de Internado donde usualmente el jefe ya había enviado por las pertenencias del alumno. Estas tenían que ser entregadas en el almacén, incluyendo los libros. De allí pasaba a ser recluido a un área de donde no podía salir, con el objetivo de evitar el contacto con los demás estudiantes; hasta que, a las cinco de la tarde, emprendía el camino de regreso a casa. Si al sentenciado le era dada la posibilidad de incorporarse a otra escuela del municipio, el director debía gestionar con la dirección municipal y homólogos de otros centros, la posibilidad de ser aceptado. Muchos eran expulsados del municipio y otros del sistema de educación pre-universitaria. Mi caso particular auguraba lo peor. Nada dentro de lo normalmente establecido podía salvarme de la pena máxima. Lo podía sentir incluso en el ánimo de los concurrentes. Debo confesar que lo que sobrevendría en los siguientes minutos no cabía en la habilidad previsora de nadie. Ni yo mismo, que conocía todos los detalles ocultos por todas las partes pude suponerlo. Solo una mente como la de Fausto podía llevar la perfidia hasta semejante grado. Nada podía evitar que alcanzara su cometido. Raúl continuó: —Primeramente, Jesús comenzó a aislarse, es decir dejo de socializar con los demás algo que para nosotros es un requisito importante, la necesidad del espíritu de compañerismo, base para la formación de un futuro miembro de nuestra sociedad. Luego Jesús comenzó a emprender lecturas completamente deformantes a mi juicio. Todos sabemos la necesidad que tiene nuestro país de jóvenes preparados, capaces, para lo cual todos nosotros 281


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debemos trabajar en la dirección adecuada. Pero la clase de libros que tuve la oportunidad de ver en las manos de Jesús comenzó a preocuparme desde temprano; cito un ejemplo: Introducción a la Kabbalah. ¿Qué puede ganar un estudiante comunista con este tipo de lectura sino la más grande desviación? Estos primeros pasos errados de Jesús devinieron en una enorme arrogancia por parte de él llegando incluso a desafiar a los propios profesores en medio de la clase con toda clase de ideas de teología y de no sé cuáles filosofías. Pero el colmo fue cuando Jesús se volvió enormemente agresivo. Vinculado directamente a un aparente accidente de un estudiante, incidente cuyos pormenores serán también motivo de análisis, Jesús fue capaz de golpear gravemente a otro estudiante y se dirigía a agredir a nuestro compañero, Fausto, de no haber hecho yo pronta aparición en la escena. Créanme colegas, lo que estamos viendo hoy es una seria desviación de carácter que ha llevado a un estudiante normal a convertirse casi en un criminal. Yo creo que Jesús del Monte debe ser separado de la escuela y ser internado en un centro de reeducación, donde le enseñen a corregir sus ideas con métodos más severos. —Yo creo que tienes toda la razón, Raúl —interrumpió la directora evidentemente indignada—; este estudiante tiene que ser analizado por una comisión de especialistas y ser excluido de la enseñanza de inmediato. Tú debes entender la gravedad de lo que has hecho, Jesús. Respondí asintiendo con la cabeza. —Y podrías explicarnos las razones por las que agrediste al 282


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profesor Fausto. Miro a mi alrededor nuevamente. No puedo concebir que todo esto sea cierto. Hace muy poco vivía en el rasero de mi sumisión hasta que de pronto me vi sumergido en un hervidero de nuevas ideas, de descubrimientos impactantes que cementarían mi viejo molde de estudiante. Fatídicamente estas nuevas realidades me remontaron al encuentro con las intenciones de un hombre siniestro. Un hombre que poseía el más pulido intelecto que jamás conociese, que supo seducirme y ennegrecer mis pasos. Desde el inicio nos escogió a Magda y a mí como apetitosas víctimas. Nos señaló como fichas de un plan que de inmediato pondría a funcionar. Un juego donde todo estaba calculado, donde los únicos perdedores seríamos nosotros. Me sorprendía cómo en la medida en que avanzaba la reunión Judaín, figuraba cada vez menos. En ese momento me di cuenta que Judaín jamás fue alumno de la escuela. Todavía no puedo decir de dónde salía ni a dónde iba. Pero estas inquietudes eran insignificantes en comparación con la pregunta que tenía que contestar. Dudé por un instante en comenzar a hablar y contarlo todo desde el inicio; pero en ese punto de las circunstancias creo que la idea de ser un excluido, un antisocial comenzaba a agradarme. De cualquier manera la verdad me costaría tan cara como la expulsión, pues yo tenía realmente buena parte de culpa. Y las consecuencias ulteriores eran imprevisibles. Me las ingenié entonces para encontrar una salida: —Yo me abstengo a hablar directora, prefiero que el propio profesor Fausto explique lo ocurrido. 283


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Fausto me lanzo una mirada de complacencia y se incorporó a la discusión: —Sí, es mejor que sea yo el que hable al respecto. Quiero decir que Jesús del Monte, es el mejor de mis estudiantes. Concuerdo con Raúl en que su actitud ha variado producto de su inmersión en otros estudios que han afectado su manera de proyectarse. Pero creo que Jesús no tiene la más mínima culpa en lo sucedido, y su cambio intelectual reciente no tiene nada que ver con la escena que Raúl presenció. Todos quedamos perplejos con esta salida de Fausto. Esperaba personalmente el rematazo por parte de él. Raúl cambiaba de colores y parecía faltarle el aire. Miraba a Fausto con los ojos extremadamente abiertos. El matemático continuó: —Jesús fue víctima de las mentiras que Juan, el estudiante hospitalizado, elaboró contra él y contra mí. Me explico, su ex-novia Magdalena Casals y yo tenemos una relación profesoralumno excelente, todos ustedes lo saben, pero el tal Juan, al parecer interesado en Magdalena, comenzó a propalar por toda la escuela que entre ella y yo había algo más que eso, haciendo un énfasis en convencer a Jesús de ello. Yo no había creído conveniente aún llevar lo sucedido a un análisis serio con el claustro pues estaba convencido de que sería algo pasajero, como casi todas esas cosas. Me equivoqué rotundamente. Juan, penetró tanto en la conciencia de Jesús que de pronto lo encontré amenazándome con una silla... —¡Qué dice usted, Fausto, que el estudiante es ahora inocente! Me parece que está diciendo disparates. 284


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Raúl comenzaba a inquietarse. —No interrumpas Raúl —sesgó la directora. Continúa tu relato Fausto. —Gracias. Decía que Jesús se sintió herido en su orgullo y reaccionó con violencia, pero no es tan grave como Raúl lo ha expuesto. Tal vez cualquiera de nosotros hubiese reaccionado igual. —¿Y cómo justificas tú, Fausto, que yo encontrara a otro estudiante en el suelo desfallecido de dolor y que, por cierto, no sé por qué no está en esta reunión? —Eso fue un accidente. Cuando Jesús tomó la silla para intimidarme, no creo que llegara a golpearme, este estudiante que casualmente entró en ese instante trató de evitar el exceso y fue golpeado por las patas de la silla. Eso no se le puede cargar a Jesús. No podía creer lo que escuchaba. Fausto hacía lo imposible por sacarme del problema. Raúl no encontraba donde meterse y los demás parecían muy turbados. En realidad, la versión de Fausto era definitoria. Solo una sílaba de él podía condenarme, pero una versión favorecedora podía salvarme. No comprendía estos últimos movimientos del profesor. Parecía querer librarme de todo luego de haberme hundido. —Mira Fausto. Nosotros no te conocemos del todo y debo confesar que tú eres un profesional bastante fuera de lo común, si se me permite el comentario. Parece que tú desconoces las normas éticas que rigen esta escuela. Lo que Jesús intentó hacer, aunque fuera una amenaza como tú aseguras es suficiente para 285


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que sea separado de la escuela. Piensa en lo que pasará mañana si esto pasa impune. —Discúlpame Raúl; pero hasta a los homicidas se les exenta de culpa si se demuestra que actuaban en un estado psíquico anormal. Yo que soy la única persona presente y la única afectada, les digo que el Jesús que hizo lo que todos sabemos no actuaba dentro de los parámetros de lo normal. Tal vez hasta yo tenga responsabilidad al haberme reído de sus acusaciones y pude haberlo motivado a atacarme. Insisto en que Jesús no es merecedor de un castigo semejante, quien lo es realmente es el que está en el hospital por difamar de un docente; ese es el que debe ser expulsado, no Jesús. —Entonces, Fausto, en tu criterio, ¿Jesús debe quedarse en la escuela? —Sí, directora, creo que es lo justo. —Eso es lo más absurdo que pueda decirse directora. Este hombre esta amparando a Jesús. Él sí tiene que ser expulsado. ¿Qué tal si un día levanta una silla contra usted o contra mí? —Ese día, entonces, lo botas por reincidente Raúl —arremetió Fausto con violencia—; pero lo sucedido no amerita una expulsión. Sería una injusticia con uno de los mejores alumnos de la escuela. Si no le agrada la manera de pensar de Jesús, entonces reedúquelo usted mismo; pero lo que se analiza aquí es la expulsión del estudiante por haberme amenazado. Y yo insisto en que Jesús debe ser amonestado pero no expulsado por ese motivo. —Tú estas protegiéndolo Fausto... —Mira Raúl, para que lo entiendas de una vez y por todas; 286


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si se va Jesús me voy yo también, y voy a ir a quejarme ante el ministro si es preciso. Se va él, me voy yo con él. Entendido. Discúlpeme directora por alterarme. Sinceramente el dogmatismo me exaspera. Usted conoce mi voto. Yo me retiro, por el buen suceso de esta reunión. Discúlpenme todos. Salió Fausto dejando a Raúl en puras ascuas. Los músculos de su cuello y mandíbulas se tensaban de rabia. Me miraba como si quisiera tragarme. Apuntó con energía hacia la directora y justo cuando iba a comenzar, esta le dijo: —No me digas más, Raúl. Su decisión es la que más pesa en este caso. Luego se dirigió a mí y comenzó a sermonearme y a prometerme reuniones con mis padres y advertencias escritas para mi expediente estudiantil y no sé cuantas medidas de precaución. Entre tanto Raúl salió como un bólido de la oficina evidentemente a punto de estallar por el súbito revés. Al parecer permanecería en la escuela. Una gran alegría me recorría el cuerpo al saber que podía quedarme junto a Magda nuevamente. Ardía en deseos de ir a decírselo. Imité a Raúl cuando me fue dada la orientación de salir. En mi euforia no me detuve a pensar cuáles serían las intenciones de mi salvador con todo esto. Iba subiendo las escaleras para llamar a Magda a través de la pared de fondo de la antesala de mi albergue que se yuxtaponía al de ella y un agujero en la misma nos servía de intercomunicador. Sorpresivamente Fausto me salió al paso; no pude menos que contraer el rostro al no saber como responder ante sus actos recientes. Este sonrió con malicia al ver mi confusión y comenzó: 287


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—Ah, Jesús, no fue nada. Fue un gran placer mas bien. —¿Lo dice en serio profesor? En mis palabras no podía disimular la acritud que me provocaba su presencia. De no existir Magda en mi vida hubiese preferido mil veces la expulsión a tener que soportar el roce diario con Fausto en lo adelante. —Claro que sí. Sacarte de ese problema me proporcionó la más grande satisfacción de mi existencia. Soy yo quien debe agradecerte. Gracias a ti soy un ser completo. Nada de lo que hice hasta hoy fue en vano. Todo toma sentido nuevamente gracias a ti... y a Magda también. —¿Cómo que gracias a Magda? ¿Qué quiere decir con eso? —No. Creo que es mejor que se lo preguntes tú mismo a ella. Fue ella quien te salvó. Comenzó a retirarse. Quedé perplejo. No sabía qué quería decir con sus últimas palabras. Presentí algo horrendo. Me decidí a ir tras él cuando se me encimó bruscamente, puso un brazo sobre mis hombros y con un gesto facial semejante al de sus conmociones pitagóricas en clase, pronunció: —Es el lunar más hermoso que jamás probaran mis labios.

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XLIV

Huimos sin mirar atrás. No nos importaba más que estar lejos de aquel monstruo. Necesitábamos poner espacio y tiempo de por medio para así comenzar otra vez. Personalmente estaba seguro de que huir no nos ayudaría. Él buscaría la forma de encontrarnos para continuar con su mezquino juego que ya había probado ser infalible. Magda era demasiado optimista; quizá sus esperanzas de librarse de semejante martirio eran más fuertes que su razón. Yo no tenía otra opción que complacer sus deseos, después de todo lo que pasó por mi culpa no podía hacer otra cosa. Nos matriculamos en otra escuela, en otro municipio distante donde creímos ya no nos podría alcanzar. Abandonamos todo por salirnos del laberinto de Fausto. Pasaron unas semanas de paz hasta que una mañana vemos aparecer por el pasillo central la figura rancia y espesa del profesor de matemáticas. Caminaba junto a los demás casi pasando inadvertido, con aparente desinterés por lo que se movía a su alrededor. Lo vemos desde el área de formación mientras esperábamos en hilera entrar a las aulas. El Subdirector docente lo llama hacia la palestra y hace una rimbombante presentación del profesor, calificándolo como el 289


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más sobresaliente académico de toda la provincia, haciendo odas sobre semejante honor de tener en nuestra escuela a alguien tan señalado entre los docentes. Hacemos contacto visual desde la distancia. Miro hacia Magda que busca mi rostro desconcertada. La miro sin emitir gesto o sonido alguno desde mi lugar en la fila. Sus ojos se humedecieron y los labios se doblaban nerviosos. Yo la miré firme, casi como si quisiese sostenerla con mis pensamientos. Asegurándole que todo estaría bien que no iba a permitir que nada le ocurriera. Miré nuevamente a Fausto. Contemplé su rostro cínico casi esbozando un gesto de perfidia. Bajé los ojos hacia el suelo, apreté los puños y me prometí a mí mismo que este sí iba a ser el final. Contrariamente a lo que esperábamos no nos tropezamos con fausto durante las dos primeras semanas desde su llegada. Aguardaba el momento justo. Le asignaron felizmente para nosotros impartir clases a décimo grado; al menos no lo veríamos en el aula. Sabíamos que este hombre no tardaría en acercarse; a esta altura del juego era solo cuestión de tiempo. Por mi parte yo me preparaba para salirle al paso; de hecho se me metió en la cabeza enfrentarlo incluso antes de que se dispusiera a atacar. Comencé a vigilarlo día y noche. Apenas hablaba con nadie excepto Magda. Me concentraba en conocer cada uno de sus movimientos. Esperaba la ocasión propicia. Esta vez yo daría el primer golpe. Fausto parecía ignorarnos. No nos buscaba, ni tan siquiera nos miraba cuando coincidíamos en algún lugar. Tal silencio nos preocupaba más aún pues era un signo de la fuerza con que seguramente arremetería. 290


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Logré averiguar que le fue asignado el miércoles como ‘día de guardia’ en la escuela. Suponía este sería el momento en que se deshacería de su disfraz para revelar su rostro de auténtica sierpe venenosa. Muchos no pudieron entender la celeridad con que me antepuse a sus pasos ni mucho menos por qué se cometería semejante acto de violencia hacia un inocente profesor. Nadie en estos lares podía imaginar el daño espiritual y físico que este personaje había infligido en nosotros. Lo cual a su vez me permitía actuar con determinado grado de invisibilidad. No me importaba el riesgo o las consecuencias; estaba dispuesto a eliminar esta pesadilla de raíz. Magda vivía esos días en total paranoia. No había sido justo el papel que le fue dado gratuitamente en este melodrama o tragicomedia. Tampoco era justo el sufrimiento y confusión que vivó durante los días posteriores al incidente que provocó un cataclismo en la escuela y por supuesto en nuestras existencias. Yo por mi parte siento una mórbida sensación de satisfacción, casi como el vacío que se experimenta luego de haber concluido una tormentosa misión que no podía postergarse un instante más. Aquella mañana de jueves amaneció plagada de gritos estridentes luego de que alguien encontrara el cuerpo del profesor Fausto en un costado de los dormitorios de las hembras. Había sufrido heridas mortales en la cabeza y en la espina dorsal luego de haber caído desde una altura que no podían determinar al no haber existido testigos. El cadáver llevaba ya más de cuatro horas tendido bajo la humedad, mordisqueado por roedores que plagaban el lugar. Una vez comenzado el trabajo detectivesco 291


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se descubrió que el único alumno ausente en la escuela era yo, por lo que enseguida cuestionaron a Magda quien al cabo de tres días ocultando la verdad, tuvo que contarles todo lo que había pasado más que nada cediendo a la presión de sus padres quienes habían sido llamados a presentarse ante la dirección de la escuela. No obstante, según habíamos acordado, tres días era el tiempo exacto que necesitaba para poder ocultarme en algún lugar. Una vez constatada mi culpabilidad se estableció una búsqueda intensa tanto en los pueblos aledaños a la escuela como en mi vecindario donde suponían yo pudiera aparecer en cualquier momento. Desde mi escondite a decenas de kilómetros de distancia pensaba constantemente en todo lo que aconteció en nuestras vidas por culpa de este hombre; pero más que nada pensaba en Magda, en lo difícil que debieron de ser esos días para ella. Pensaba en Fausto, recordaba el gesto de pavor de su rostro cuando lo sorprendí camino al albergue de Magda, donde acostumbraba a acosarla. Esta vez pensaría que todo le iría a la perfección. Una escuela nueva sin Juan o un profesor Raúl vigilándolo, sin rumores sobre su conducta impropia hacia nosotros. Lo que más nos preocupaba, aunque apenas si hablábamos al respecto, era que Magda había tenido que ceder a sus presiones con el objetivo de salvarme de la expulsión en la escuela anterior; hecho que en las presentes circunstancias haría que Fausto se sintiera casi con legítimo derecho sobre ella. Esta era la razón por la cual había venido hasta aquí. No era justo. Magda no tenía culpa. Yo me sentía responsable y no me contendría esta vez. Le salí al paso exabruptamente antes de que pudiera alcanzar 292


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la puerta de entrada. Sentí gran satisfacción al observar cómo todo su cuerpo se contrajo de espanto quizá ante mi resolución. Intentó regresar casi instintivamente pero antes de que pudiera voltearse lo agarré fuertemente por la camisa empujándolo contra la pared. Por un breve instante solo se escuchó el resuello de nuestra respiración hasta que Fausto pronunció una frase con la intención de intimidarme recordando las consecuencias de la última vez que intenté agredirlo. Lo increpé sobre su presencia aquí y qué pretendía dirigiéndose al albergue de Magda a estas horas de la noche. “Vengo a recuperar lo que es legítimamente mío, lo que tú y yo acordamos sería mi pago por abrirte la puerta.” Vinieron a mi mente en ese instante todos los momentos en que este hombre logró confundirme, manipularme. Tuve ante mí vívidamente las imágenes de mi distanciamiento hacia Magda; cada pasaje revolvía la razón, crispaba mi sangre. Lo volví a agarrar esta vez sacudiéndolo contra el muro que hacía las veces de baranda. “Has incumplido tu parte del trato, Jesús. Tendrás que afrontar las consecuencias”. Esta clase de absurdidez colmaba mi paciencia. Fausto lo sabía. Era ya un hecho que este hombre sabía pulsar mis cuerdas, sabía manejarme. Su mente filosa conocía mis reacciones y arranques de ira. Esta vez Fausto no imaginaba cuánto se acumulaban mi frustración y odio. Lo agarré frenético empujando su torso contra el muro casi suspendiéndolo en el aire. Este comenzó a sentir que algo no estaba funcionando como había planeado. Me suplicó me detuviera, que no cometiera una locura. Yo me acerqué a su rostro lo más que pude y pronuncié unas palabras que apenas 293


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recuerdo. Fausto comenzó a patalear tratando de zafarse de mí. Logra, forcejeando, hacerme retroceder, quedando nuevamente dentro del pasillo. Sus ojos cobardes se humedecieron de pavor. Lo empujo otra vez contra el muro. Golpea su espalda y cae de rodillas. Comienza a suplicar. Toda su altanería se tornó miedo. Se levanta e intenta huir. Lo agarro por el brazo, lanza un grito que amenazó con despertar a toda la escuela. Logro tenerlo ante mí nuevamente. Temblaba de pavor. Por un instante sentí lástima por él, su debilidad se descubría ante mí; el dominador infalible se desmoronaba a mis pies como una flor, una suerte de acto grotesco que me provocaba asco. Me sobrepuse a los escrúpulos y asesté un fuerte golpe en el pecho de Fausto. Esta vez cayó de nalgas en el piso. “No te atrevas Jesús, te vas a arrepentir, te voy a borrar para siempre”, exclamaba desesperado. La ira se suma al odio para inyectar un fuerte veneno al alma. En mi mente se proyectó la imagen de Magda siendo manoseada, violada por este asqueroso ser que ahora tenía delante por primera y única vez doblegado a mi voluntad. Ya había vivido este instante repetidas veces durante los últimos días. Sabía que lo encontraría hoy en este lugar; sabía que no iba a contener mis deseos de vengar a Magda; sabía que hoy, de algún modo, sería el final. Mientras deliraba apenas si reparé que había tomado a Fausto por el cuello y lo incrustaba repetidamente contra el muro. El profesor había perdido parcialmente la conciencia producto de los fuertes golpes. Lo levanté por el torso hasta apoyar su cuerpo sobre mi hombro. Mis delirios eran tan profundos que el cuerpo pesado del hombre se sentía como un mazo de hilos. Me 294


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arrimé al muro; estábamos en el cuarto piso del edificio. Miro hacia abajo y siento náuseas. Observo el rostro de Fausto que de repente abre los ojos. Comienza a gritar. Encuentra mi mirada insondable e intenta zafarse desenfrenadamente; pero mis brazos ya no respondían a mí sino a otra razón que no podía comprender. Pierdo el control de mi cuerpo y veo todo oscuro a mi alrededor. Por un segundo observo que ambos caemos juntos. Me despierto con un fuerte punzada en la cabeza y en las costillas. Debo haber perdido el sentido al caer. Me incorporo y siento un dolor profundo en mi costado derecho que apenas puedo soportar. Trato de levantarme cuando reparo que estoy sentado sobre el cuerpo inerme de Fausto. Tuve que realizar un esfuerzo sobrehumano para ponerme en pie y dar los dos primeros pasos. Me alejo del lugar antes de que alguien reparase en mí. Me detengo antes de desaparecer en lo oscuro y miro por última vez el rostro de aquel hombre; ladeado hacia mí con los ojos abiertos y una mueca de espanto. Un temblor recorre mi espalda. Me sobrepongo y me alejo. Desde ese instante Magda fue libre para siempre.

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APÉNDICE

La furiosa hambre no es buena consejera y aquella noche en que se abriría otro dramático corredor en el ya complejo dédalo de mi vida me atacaba con una fuerza ciega que tenía que provenir únicamente de las urgencias del destino. Por qué no pasaría yo esa noche como otra más, otra noche de hambre más entre las tantas que transcurrían para todos nosotros en aquel lugar de reclusión. Mi instinto de conservación me llevo a ser testigo de un acto que nadie en la escuela podía imaginar; una revelación que agudizaría las contradicciones y las fuerzas contrarias que se entrecruzaban en mí. A partir de ese instante sería yo el portador de un secreto que quemaba y que me convertía en un ente odiado a muerte. El sortilegio me trajo hasta el cuarto de las provisiones, donde se guardaban los manjares exquisitos de nuestra depauperada dieta. Sabía que adentrarme en estos lares podía costarme caro pero mi organismo ese día no funcionaba por impulsos racionales sino por pura necesidad de fiera que necesita sofocar el fuego del apetito. La luz encendida no era de por sí algo anormal; los cocineros pudieron olvidar apagarla o seguramente permanecía 296


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encendida contra ladrones, como yo. Gemidos humanos emitidos desde el interior del recinto llamaron mi atención. Evidentemente eran sonidos eróticos los que escuchaba. Eran bastante animados y poco usuales. Esto excitó al extremo mi curiosidad llegando incluso a olvidar el hambre voraz. Pensé que si no podía comer, al menos pasaría un rato entretenido. Me acerqué sigiloso. Torpemente me encimé demasiado empujando la puerta que al abrirse hizo un ruido de bisagras oxidadas. Los amorosos contendientes quedaron completamente descubiertos y espantados. Segundos enteros pasaron sin que ninguno de los tres pudiese pronunciar sonido alguno. Mi sorpresa no fue presenciar a dos hombres en pleno acto sexual, ni que un estudiante estuviera penetrando ejemplarmente a un profesor. La sorpresa de espanto fue ver los ojos virulentos, el cuerpo grueso y asqueroso del moralista pútrido, de aquel extremista que condenaba inocentes por pura satisfacción; mi repugnancia llegó al clímax: el contraparte febril era el profesor Raúl.

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