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El enemigo


El enemigo Santiago Craig

Ediciones Encendidas es un proyecto cultural sin fines de lucro en la distribución de las obras www.edicionesencendidas.com.ar www.edicionesencendidas.blogspot.com Contacto: ediciones_encendidas@yahoo.com.ar Diseño: Clara Lagos Ilustración de portada: Valentino Tettamanti ISBN 978-987-33-0738-6 1. Poesía Argentina © Santiago Craig, 2011 Ediciones Encendidas Impreso en Argentina - Printed in Argentina


El enemigo

Santiago Craig


Para Luciana


Los tilos La mano en el agua. La mano en el agua que se mueve. La mano en el agua que se mueve flota. No, no flota, salta, corre, se desliza. Como un esquiador, como un trineo. La mano en el agua que se mueve corre como un trineo. Avanza la lancha. Todas a. Avanza la lancha y, al costado, la mano corre como un trineo. La gente mira por las ventanas los espacios vacíos entre las tablas de madera. ¿Qué ve? El río marrón y las plantas largas, elásticas, que se acercan a tomar agua y se alejan como pelícanos. Ve ráfagas plateadas que flotan sobre el río marrón. También habla, la gente. ¿De qué habla? De los nombres de las islas, del clima, de los mosquitos. Habla de cuánto falta para llegar a la quinta. Él juega con su mano en el agua que se mueve. Mira sus dedos raros, cada vez más largos, más huesudos. Le dicen que no se asome al agua, que no se moje, que se siente. Se asoma, se moja, se para. ¿Por qué el agua es marrón? ¿Por qué se mueven así las plantas? ¿Qué es la espuma? Los asientos son duros y hacen ruido. Se quejan. No, los asientos no se quejan, hacen ruido. Lo que se queja es el aire, la humedad, las cosas vivas que recorren la madera. Sus rodillas en el asiento se pegan, se ponen rojas con el roce, después, blancas de nuevo. ¿Cuánto falta para llegar a la quinta? Sus rodillas hacen ruido cuando resbalan y se mueven encima del asiento. Ya le dijeron que falta media hora. Siempre falta media hora. No, no se puede quedar quieto. Lo intenta, de verdad. Lo intenta, pero no puede. 9


¿Cuánto falta para llegar a la quinta? Media hora. Habría que tirar de esa palanca. De la que está detrás de un vidrio que hay que romper, antes, con un martillo de metal que cuelga abajo. Habría que tirar de esa palanca, para que pasara algo; para que el sonido del motor, aburrido como la tos, como los ventiladores, terminara de pronto y todos dijeran: ¿Qué es ese ruido? ¿Qué pasó? Y él (solamente él) pudiera decir: no hay ningún ruido, ruido había antes, ahora no hay nada: nos paramos porque tiré de esa palanca verde. ¿Por qué? ¿Estás loco? No, loco no, aburrido. O mejor, sentarse al lado del capitán. No lo dejan. Pero deberían. Dejarlo sentar al lado del capitán. Que pueda mirar hacia adelante y no espiar cómo se encorvan las plantas y vuelven a enderezarse; cómo pasan los muelles y la casas de ladrillos toscos al costado de la lancha. Ver lo que viene de frente, con el capitán. ¿Y si se para? ¿No puede quedarse quieto? No, no puede. Trata, pero es difícil. Cuenta los árboles, deja que la mano se deslice, corra como un trineo sobre el agua que se mueve, sobre la espuma. ¿Qué es la espuma? ¿Cómo que qué es la espuma? La espuma es agua revuelta. No es lo mismo saber el nombre de una cosa que saber por qué una cosa se llama así. Él se llama Joaquín. Si no era Joaquín iba a ser Helena. Si no era Helena, ni Joaquín iba a ser Tomás o Guadalupe. El lugar al que van se llama El Tigre. Y los nombres: Tigre, Joaquín, Helena, tienen significados. El significado es, por ejemplo, rayas negras en el lomo dorado, una nariz redonda y delgada que se repite en las caras que nacen, se arrugan y mueren a través de los años. El significado es una mujer que provoca una guerra. 10


El agua y la espuma son cosas distintas. Tienen distintos significados. ¿Por qué la espuma se llama espuma? Estamos por llegar, quedate quieto. El agua se mueve, la espuma, la lancha, la mano sobre el agua ya no. Se mueven las islas, detrás del marco de madera de la ventana. ¿Por qué el Tigre se llama Tigre si no tiene rayas negras en el lomo? Joaquín, el Tigre es un lugar, no un animal. ¿Pero hay al menos tigres en el Tigre, panteras, búfalos, algún riesgo, algún peligro? Nada de eso, a lo mejor algún sapo, alguna culebra y lagartijas. ¿Es todo verde en el Tigre? Todo no, el río es marrón, el cielo gris, blanco, celeste. ¿Cuánto falta para llegar a la quinta? Media hora, como siempre. En algún lugar, detrás de los árboles. La casa está en algún lugar detrás de los árboles. Hay que caminar para llegar hasta la casa. No mucho, unos metros: la casa no se ve entera desde el muelle. Canta una canción el señor de las manos anchas que ata una soga en un poste de madera. Dice “mi amor”, dice “volverás”, dice “lluvia” la canción que canta el señor de las manos anchas. Cuando el nudo está fuerte, redondo, terminado, deja de cantar y los ayuda a bajar de la lancha. “Por el camino, entre los tilos”, dice el señor que los ayuda a bajar de la lancha y señala la copa de los árboles. El dedo, en realidad, señala el cielo: una nube difusa plantada en el cielo celeste. Joaquín sigue la línea invisible que marca el dedo; es una de esas rayas azules que aparecen en los mapas escolares cruzando la Tierra. Los dedos que señalan, los ojos que miran dibujan direcciones, rayas en los mapas. La 11


nube sin forma es como otra isla blanca. Abajo está la casa. Debajo de la nube, en esta isla, detrás de los tilos. ¿Por qué los árboles se llaman tilos? Se llaman castaños los árboles, nogales, cerezos porque dan castañas, nueces, cerezas. ¿Qué dan los tilos? Un misterio. No dicen nada. No contestan. Los tilos son árboles. Se llaman así. Punto. En la canasta lleva salame, queso, pan, una radio, repelente para mosquitos. ¿Qué más? Adivina: una lata de atún. No. Golosinas. Ojalá golosinas. No. Sí, un alfajor. No es una golosina, un alfajor. Es una torta chiquita, comida. No hay nada suyo en la canasta, pero la tiene que llevar igual, entre los árboles, hasta la casa que está debajo de la nube blanca (ya no nube, ya lejos), en la isla (camina por una isla, hay agua abajo, tesoros), detrás de los tilos. Mientras caminan en fila, la ropa se les pega al cuerpo. En la lancha, hace un rato, alguien había dicho “Va a hacer más calor en la isla”. Y hacía. Un calor quieto que iban atravesando en fila india, como una flecha, india, con la ropa pegada al cuerpo, caminando hacia la casa, detrás de los tilos, cargando sus canastas, sus mochilas, sus bolsas. Son seis personas. Siete, con él. Son seis personas y un nene. No hay otros nenes en el grupo, el resto son personas. Adultos. Él es una persona, también, una persona nene, el resto son personas adultos. Se es nene hasta los diez, los once. Se es nene hasta un límite. Las seis personas adultos y una persona nene caminan hacia la casa, detrás de los árboles. Dicen “qué lindo”, dicen, “es otro aire”, dicen “hay olor a naranjas en el aire”, dicen, “tengo hambre”. La lancha se aleja del muelle con su quejido lángui12


do y sobrevuela la isla una sensación de desamparo. ¿Están solos? A Joaquín le parece que debería haber al menos una oveja, un galgo, un sirviente, pero no los ve. Lo que ve es la fachada de la casa. Tostada y robusta como un navegante; el techo de tejas dilatado: un oleaje sin ímpetu, rojo tiza, y debajo, tres ventanas sin rejas, la puerta gentil, abierta a una oscuridad fresca. Ve un barril de madera (esconderse, rodar, viajar al espacio con fósforos, galletitas y una vela), un carro viejo (la guerra, carreras, disparos y caballos que corren como autos de fórmula uno) y un farol oxidado que se inclina sobre el césped como el aprendiz de algún oficio amargo. ¿Están solos en la quinta? Están las cosas. Y ellos. La casa. El interior. La oscuridad fresca. Huele como huelen los floreros sin flores, los vasos de plástico, las monedas, las toallas duras del baño de su abuela Marta. Y no hay luz. Hasta que la prenden. Entonces sí hay. Amarilla hueso, gastada. “Mejor abrimos las ventanas”. Abren. Y otra luz, mejor, blanca, nueva, brillante, llena todo. Las bolsas y las canastas las dejan apoyadas en el piso del living, que tiene sillones de mimbre, de cuero verde, un hogar, cuadros de paisajes alpinos. No hay televisión. Ya sabía. Le habían dicho: “En el Tigre no hay televisión” ¿Qué es el Tigre? Un lugar sin televisión. Debajo de los sillones y de una mesa de vidrio y caña hay una piel estirada. ¿Es la piel de un tigre? No, de una vaca. Una vaca muerta, desollada, cómoda y suavecita. No hay que tirarse en la alfombra. Es una vaca. Lo que sea, levantate y ayudá a vaciar las bolsas. 13


Mientras los hombres zapatean en el portal para sacarse el barro de las botas, las mujeres vacían las bolsas, las canastas. Y él ayuda. No son botas, son borceguíes, zapatillas. Lo que sea: que se saquen el barro si quieren entrar a la casa. Por los ventanales (del piso al techo) se puede ver el cielo, azul, y el pasto, seco. El barro es porque se acercaron a la orilla del río. Los hombres exploran primero, después ayudan. Por los ventanales se ven los tilos y se escucha (ese ruido, ese silbido que se escucha es) el temblor áspero de sus ramas y su hojas. Se escucha poco, porque todos hablan. Fuerte. Gritan. Casi gritan. Dicen que preparen las ensaladas, que junten ramas secas y madera, que está húmedo el carbón, pero hay más, carbón hay más en la cocina. Atrás se escuchan (esos ruidos, esos silbidos son) las hojas de los tilos. Joaquín aprovecha y corre. Se va de la casa al parque. No vas al río. Al río no, al parque. Pero el río está ahí, marrón y blanco, dispuesto. Al río no, al parque. ¿Y si se llevara los botes, las lanchas, el río, no el parque verde, el río marrón como una noche, se llevara los barcos? El podría verlos partir, hundirse, desde la orilla, desde la isla, entre los tilos, afuera. Pero no en el río, en el río no, en el parque. El río se queda quieto olfateando la madera podrida del muelle. Es el lomo lubricado de un gusano inmenso. Hay peligro en lo vivo, solamente. Las cosas no hacen daño. El aire, el agua, las balas. Lo que mata, lo que asusta, lo que puede hacer mal es la voluntad, el movimiento. ¿Por qué no puede, entonces, ir a la orilla y hundir un pie, una mano, para sentirse más blando tocando el cuerpo blando del agua? No. Ahora hojas secas y maderas que hacen un ruido (seco) cuando las parte. Nada mojado, para el fuego, la comida, la mesa, la charla. ¿Después puede ser el río 14


un rato, nadar incluso? Trajo malla y antiparras. Después el río, sí. En un rato. Por ahora, juntar el fuego antes del fuego, lo que va a arder para cocinar la carne. En la parrilla, son entrañas rojas y anaranjadas las hojas que juntó, las maderas: tripas enroscadas que pasan del rojo naranja amarillo luz al gris blanco. Llega justo a ver cómo arde todo y forma siluetas; las pestañas alineadas con el fuego. El humo que sale de la chimenea (arriba suyo, de sus ojos) no dibuja nada: se deja tragar, indiferente, por la voracidad azul uniforme del cielo. La carne tiene huesos y el pescado tiene espinas. El cuerpo es la parte blanda que va atravesando las vértebras como el tren que dobla entre los arcos de los puentes. Es fácil dibujar una vaca si primero se hacen los huesos. Es fácil también así dibujar un pescado. ¿Quieren ver? Con un carbón, un pedacito de carbón en las lajas del piso, puede hacerlo. ¿Te gusta el pescado? Me gusta dibujarlo, comerlo no. El carbón quemado no dibuja nada por la chimenea, humo, solamente, que sube al cielo. Con un carbón seco, un pedacito negro de carbón si quieren él puede hacer pescados, vacas, chimeneas, el cielo. No. Ya comemos, en un rato. Mientras tanto puede mirar cómo se cocina la carne, cómo se hace brasa el fuego. Cosas para hacer hay muchas. Se puede hacer ayudar o hacer, para no ayudar, otra cosa. Mientras cocinan la carne, lavan la lechuga, cortan el tomate, puede recorrerse el parque, solo, explorarse la costa del río, los arbustos azulados. Es un territorio virgen y agreste, salvaje. Para caminar sobre este suelo hace falta vigor, hace falta arrogancia. Joaquín quisiera poder abrir en el aire una puerta y entrar al mundo muerto de los di15


nosaurios. Acá había monstruos, antes del terremoto, del meteorito, antes del futuro. Había tigres, peligros. Con un palo golpea las briznas de hierba, sacude las flores y hace que el polen se desprenda de sus estambres de gamuza azucarada. Abrir una puerta en el aire dibujando tajos con los dedos. Quedan todavía huellas del mundo antiguo: se ven debajo de las piedras; se escuchan en los graznidos de los pájaros que chillan en las ramas de los árboles. La mano en el pasto, las siente: esas protuberancias de barro, duras como la cresta de un tiranosaurio. Hay cosas, como el sol, como los codos, que estaban ahí desde el principio. Hace falta vigor, hace falta arrogancia para caminar con un palo (solo con un palo) entre las cosas que están ahora en el parque y van a estar después y estuvieron ahí, desde el principio. No el alquitrán que cubre las filtraciones del techo de la casa, ni el humo de la parrilla que no dibuja nada, ni la mancha de salsa en el mantel de hule. Pero sí, tal vez el llanto huérfano de los grillos, el zigzagueo de las libélulas, el rumor cristalizado del río horadando el vientre de las piedras. Todo lo que recorre (vigoroso, seguro, con un palo) son ruinas de otro tiempo, son lo que fue alguna vez el futuro. Parado cerca de la puerta de entrada a la casa, por el camino, entre los tilos, un tero picotea unas migas de pan. Grita. Grita y picotea. ¿Será capaz de acercarse y tocarlo? ¿Será capaz de verlo, aunque sea, lo suficientemente cerca para, en otra ocasión, otro día, en otro parque, reconocerlo entre otros teros? Despacio, llevando el peso de los pies a las rodillas, con pequeños pasos livianos de corcho, se desplaza, como se desplazaban, piensa, antes del terremoto, de los meteoritos, los lagartos gigantes, los cazadores. Se mueve con gracia, se mezcla con los movimientos elegantes de la brisa. Intenta imi16


tar al viento. Se puede imitar al viento, se puede imitar al calor, si se quiere. Él sabe. Él es el calor, la brisa que se arrima al tero que picotea migas de pan cerca de la puerta. Se arrima como se arrima el miedo, con pasos chiquitos. Y cada vez más cerca, con la mano lista, blanda, dispuesta a acariciar el lomo emplumado, se siente liviano, no respira y flota, como cuando se sumerge en el vacío de cloro y espuma de la pileta en el club. El tero no lo ve, va a alcanzarlo, sí, va a ser la primera vez que esas plumas sientan la piel, el calor palpitante de la vida humana. Y van a ser amigos, como todos los que se tocan con afecto, van a ser amigos por la piel, para siempre. ¡A comer! Un paso en falso. Los cordones de sus zapatillas (doble nudo desatado) se sacuden como el látigo de un domador sobre la arena. Ya no hay posibilidades: ese contacto, las plumas, el pulso, se perdieron. Pero, algo todavía, algo permanece. ¡A comer! Se miran y se mezclan las líneas (esas líneas azules) rectas que disparan las pupilas. Las suyas negras, esféricas, precisas y las del pájaro, grises y difusas. Un calor fresco viaja por las axilas hasta las puntas de los dedos y sube a los lóbulos fibrosos de las orejas. Hay algo halagador, algo delicadamente vergonzoso en captar por un instante la atención de un tero. Es como si el mundo (antes del meteorito y ahora, en el futuro) estuviera mirándolo fijo y reconociéndolo como una parte suya concreta y tangible. ¡A comer, es la última vez que te llamo! El tero vuela, torpe, salta, hasta la copa de un tilo. No tiene hambre. No importa. Que se siente a comer. ¿Y si volara, se sentaría también, aceptaría? ¿Y si, como 17


los pájaros, tuviera hambre todo el tiempo? Sería más fácil. ¿Vieron al tero? Lo hizo volar el miedo. Acá no hay teros, sería un gorrión, una cotorra. No se conversa en la mesa, se habla. No es una diferencia sutil, es tan grosera como la que separa al aserrín del borde dulce de un almendrado. Llega su frente apenas a la tabla de madera, al mantel de hule, pero puede darse cuenta de que no se conversa, se habla. Levanta las migas con dos dedos, los usa como una pinza, como el pico del tero que antes voló a posarse en la rama flaca de un tilo. Es una cotorra, un gorrión, acá no hay teros. Se come las migas y dice que se come las migas, como el tero. Se habla sobre la luna, es mentira la luna, que el hombre llegó a la luna y todo eso que pasaron en la tele. Las banderas no flamean en la luna, las sombras no se duplican. Una mujer tuvo miedo al ver que su papá lloraba cuando veían juntos por la televisión cómo los astronautas bajaban del cohete y caminaban en la luna. La sal, las ensaladas, la tabla de carne con achuras y papas quemadas circulan y se enredan con las cosas que se hablan en la mesa. Joaquín dice que tendrían que haber armado aunque sea una base en la luna, algo, para que uno pueda ir a pasear o de vacaciones. ¿Por qué no vuelven a ir? Pero la luna ya es un tema descompuesto, esfumado, ahora escucha otras palabras. Se dice: “desperdicio”, se dice “imán”, se dice “carnicero”. ¿Saben que la morcilla se hace con sangre y cebolla? Una mujer, la más morena, le saca la lengua, le dice “asqueroso”. Después sonríe. Hace temblar en su boca una culebra de yeso bordada bajo la encía. Todos se parecen, cuando se ríen, cuando hablan. Si al menos 18


tuvieran colmillos, si al menos dijeran “bomba atómica”, “dragón”, “alambique”. Si empezaran un baile, o se juntaran para levantar una pared, para construir una balsa de ensaladeras y cucharas. La carne late. La carne roja de su plato late como un corazón recién arrancado, como un canario negro que agoniza. No tiene hambre, nada de hambre. Hasta que no termines la comida, te vas a quedar sentado. ¿Quién es su papá, su mamá? Todos se parecen, cuando ríen, cuando hablan y las cosas que dicen, también se parecen. Hablan acerca de una procesión; de una cocinera loca que ponía vidrio molido en las albóndigas que se servían en un geriátrico. Hacen bromas, además, que refieren al pudor, a los genitales. ¿Quién es su papá, su mamá, entre toda esa gente? Pincha la carne roja, algo seca, con el tenedor. No tiene hambre, nada de hambre. Come. En la mesa, sobre la mesa, lo que se despliega es, en miniatura, un campo devastado. Él tiene un tenedor, pincha la carne, mastica. Domina ese mundo de vidrio, verduras y cerámica. Como las nubes, cuando se mezclan, cuando se desdibujan y se deshacen en el cielo, toda esa constelación de párpados y pómulos, de labios, patillas, cejas y dientes que rodean la mesa, son clima, son resto, son espacio. Son palabras, todo, cosas que se dicen. Joaquín dice “la carne está roja” y la carne y roja y el metal del tenedor que la pincha y decir que la carne está roja son palabras. Se aburre Joaquín, y aburrirse es una palabra. ¿Qué es aburrirse? Quedarse quieto, terminar la carne. Comer es estar ahí aunque no tenga ganas; compar19


tirse con la mesa, con la carne y el tenedor y las caras todas iguales de los adultos. Al menos reina él en esa mezcla, porque dice “rey” y reina, con el tenedor en la mano, con la carne muerta resbalando en los dientes, y ordena que se apuren y ordena que terminen de una vez con todo eso del postre y el café. Se concentra. Si se concentra puede, tal vez, apurarlos, hacer rebalsar la tetera, o disparar terrones de azúcar que se incrusten en las frentes como salvas. ¿Cuál es la frente de su mamá, cuál es la frente de su papá entre todas esas frentes que van oscureciéndose bajo la sombra de los tilos? Si tuviera un hacha derribaría los árboles. Si tuviera dos puños grandes, de piedra, de acero, tiraría los tilos y los vería caer encima del pasto como gigantes dormidos. Tiene un robot que se convierte en avión, dos libros de cuento, en la cartera de su mamá, crayones, un cuaderno. Pero ahora que ya comió, que ya puede, si quiere, jugar, desplegarse, sólo piensa en romper las flores de la quinta, tirar piedras al río, hacer hoyos en el suelo y sepultar caracoles. Enterrarlos vivos y pegar las mejillas al pasto para escuchar sus quejidos minúsculos y babosos. Mientras camina, planea. Mientras camina y planea, el sol se mueve. En su costado (izquierdo) el río se oscurece; va convirtiendo en marrón un cielo celeste y transforma en nata las nubes que desfilan encima de las islas como pieles de ovejas y corderos muertos. El sol no se mueve. La tierra se mueve, camina, planea. Qué increíble tontería: la tierra quieta, tan quieta (la ve) gira, y las sombras de los tilos se estiran encima del parque, del río y de las siluetas lejanas de las personas adultos. Desde la orilla los ve. Apenas. Van en grupos de dos, 20


de tres, se separan, caminan. Las mujeres son cíclopes con cuernos ensortijados, gallinas con kimonos floridos y muslos de leopardo. Y los hombres, samuráis escuálidos en bermudas, algunos, otros, bebés calvos, como pichones de búhos sin ojos, ni labios, ni orificios nasales; tótems derretidos mezclándose con el barro. Entre las sombras que avanzan (no avanzan: avanza la tierra, que tampoco avanza, no va a ningún lado, sólo gira, sólo, qué tontería, se mueve) se juntan en grupos de dos, de tres, se separan y caminan; se detienen, igual que liebres erguidas, a olfatear el camino de vuelta a sus madrigueras. Si tuviera una escopeta dispararía en el pecho blando de las sombras y le haría un agujero de luz para que el sol pudiera deslizarse por ahí, lento, como una anguila. Levanta una piedra y descubre algunos insectos. Pero no hay a la vista ni siquiera una rana, un sapo gordo para aplastar de un golpe. La piedra al río, entonces, con los insectos, a hundirse sin remedio en un blanco vibrante de círculos concéntricos. Comparten copas, cerca de la casa, detrás de los árboles, las personas adultos mutuamente se sonríen. Joaquín escarba la tierra (que se mueve), hunde las uñas en el barro. Con el tiempo, no ahora, con el tiempo pensará, lo sabe (no, no lo sabe, pero es cierto) que hay algo a punto de explotar adentro de cada mujer, de cada hombre. Un secreto, una mentira. Escarba la tierra, Joaquín, nada busca más que ensuciarse. Llevan esa posibilidad palpitante en el cuerpo, pensará (es cierto, será cierto) y por eso, por prudencia, sonríen incluso ante lo que no les hace gracia. Por eso se 21


palmean la espalda, se piden favores, muestran mutua pena y reconocimiento. Porque temen que pueda verse la bestia que rechina los dientes atada en el fondo de sus estómago. Escarba Joaquín y, debajo del barro, de la primera tierra blanda, hay más tierra. Dura. Va a pensar Joaquín (tal vez es cierto) que se miran, se comparten, se mezclan, porque es de buen gusto exhibir mutuamente el disimulo. Nadie lo llama. Nadie lo reclama ni vigila ya. Y él ve que algunos se recuestan y se duermen bajo las sombras quietas que avanzan sobre la carne húmeda, fresca del pasto. Tal vez, por ese modo apático de dejar así, separados, los labios y apenas visible el filo inferior, amarillo, de sus dientes, ese hombre flaco que duerme con el canto de su mano apoyado encima del entrecejo esté soñando que cuelga de una soga atada a la viga de una cabaña de madera en medio de un paisaje alpino. Tal vez grite, en su sueño, un grito sin sonido, como el que gritaría una manzana, si pudiera, ante el primer mordisco. Pero no puede saber, de este lado, no puede estar seguro, si ese hombre realmente sueña. ¿Y su papá? ¿Y su mamá? Ya no queda nadie cerca de la mesa. Ni nadie que converse tampoco, parece, en ningún lado, ni que sonría. Solamente escucha, mientras camina desde el río hasta la casa, el susurro tintineante de las hojas de los tilos. Ve a una mujer que lleva puesta una blusa estampada con pequeños abanicos y duerme con su cabeza apoyada en la corteza de un árbol ancho y robusto. Los brazos al costado del cuerpo, las piernas abiertas, 22


estiradas, descalzas. Parece tan satisfecha digiriendo la carne, los postres, las bebidas (piensa Joaquín, pensará, tal vez, con el tiempo) que en su sueño probablemente cabalgue un león manso en el vórtice de un remolino diminuto de Alka- Seltzer. ¿Es su mamá esa mujer que sueña; el hombre que grita en silencio como gritan las manzanas? Él soñaba, algunas noches, que hacía lo mismo de todos los días, pero no era él, era una mujer gorda con el pelo blanco y enrulado. Otras veces soñaba que era él, pero se despertaba en una cama enorme (otra cama), vestido con la ropa de una mujer grande, y vaciaba latas de comida en tres potes de plástico para sus perros beagle que se acercaban moviendo las colas. Los sueños eran raros, pensaba Joaquín, pensaría, es cierto. La gente (adulta, la gente hombre, la gente mujer) sentía demasiada estima por esos momentos extraños. Algunos límites, algunas repeticiones estaban bien: no podía volar en el mundo tal como era de este lado, ni hablar con las personas que se habían muerto, ni abrir puertas en el aire con los dedos, pero al menos podía estar seguro de no despertarse un día siendo una mujer gorda de pelo blanco. Podría, si quisiera, desnudarse y nadar; podría incendiar la quinta, hacer pis en las canastas, escupir desde las tejas tibias del techo. Pero prefiere. No. No prefiere. No sabe todavía si prefiere, más adelante, tal vez: ahora hace, sin opciones. Entrar en la casa, seguir buscando. Papá. Mamá. Lo que se escucha, en la casa vacía, penumbrosa, son los ojos que pestañean en las cortinas, los brazos de los sillones que se estiran como cuellos arrugados de 23


tortugas. Y su voz: ¿Papá? ¿Mamá? Con pasos chiquitos va creciendo el miedo, sin estridencias. Adentro del comedor, desde las ventanas, flotando en la luz azul de la tarde, vuelan agujas heladas que le pinchan la nuca, las muñecas, los tobillos. En un sillón de cuero verde duerme una mujer. Tal vez su madre. Cuando la gente duerme se vuelve blanda, se le estiran las mandíbulas, las mejillas se le dilatan y chorrean suavemente sus caras hacia los costados. Esa mujer, tal vez su madre, detrás de su cara hinchada, sueña que se inunda la sala de espera en donde va pasando las hojas de una revista vieja y que, entre sus piernas, revolotean tentáculos y peces saltarines. De este lado de los párpados, el pecho se va dilatando para que arribe una sensación blanda. Algo líquido que crece, también, como en el sueño, tal vez, de su madre, una ola, espuma, una burbuja en el omóplato. Es ese miedo que avanza, con pasos chiquitos (él tiene un palo, vigor, arrogancia) sin terminar de creer del todo en sí mismo, sin decidirse a ser enteramente lo que es. Sin fantasmas, sin muertos, sin vampiros, es difícil. Ni siquiera la oscuridad absoluta (esa luz azul, esa luz todavía entre los tilos) o el silencio. Solamente la ausencia de esas voces que antes tapaban lo ruidos. ¿Hablan con él? ¿Qué murmuran? ¿Qué intentan decir los crujidos de las patas de las sillas, el roce de la brisa con el marco de las puertas, el agua turbia y las arañas que recorren las cañerías? No. No a él, al miedo le hablan. Le piden que se relaje y se quede; le dicen que no hace falta que baje por las escaleras un hombre desnudo masticando el cadáver 24


de su hijo o que una vieja mutilada lo espere escondida en algún armario para sacarle los ojos con una cuchara. No hacen falta fantasmas, ni muertos, ni vampiros para llenar las muelas de hielo, el pecho de olas, espuma, burbujas. ¿Qué son las olas, la espuma, las burbujas? Agua que se mueve. No puede ser. Es estúpido usar tres nombres para decir la misma cosa. Si pudiera encontrar a su papá, podría preguntarle. Para eso lo busca: para saber qué es la espuma, qué son las olas y las burbujas; qué es el miedo. Pero duerme su papá, también, como los otros. En la cocina, con la cabeza hacia atrás y las manos entrelazadas sobre los muslos. Sentado en una banqueta de mimbre y madera enfrente de una pila de platos sucios y restos de carne seca. Es imposible contar las hojas de los tilos. Se pueden describir: tienen el borde aserrado, son de color verde oscuro en el haz y verde claro plateado en el envés. Pero no se puede decir si hay cien o mil en cada rama. Cuando intenta contarlas, llega a diez, a treinta y se pregunta si, en realidad, esa hoja rota, que cuelga a punto de desprenderse, no había entrado ya en la suma. Entonces vuelve a empezar, hasta que se aburre. Es aburrido lo imposible, cansa. No hay nidos en las ramas tampoco, para contar o mirar. No hay pájaros. Era un tero el que casi toca, el que casi acaricia, un rato antes. No un gorrión, no una cotorra. Pero ya no está. Se asustó y voló. No hay pájaros. Nada vivo. No puede saberse tampoco a dónde fueron a parar: a los pájaros, cuando se van, se los come la noche. Sentado en el umbral de la puerta, puede apenas 25


ver el río que se insinúa zumbando detrás de los tilos. Es un pañuelo que flamea, una mancha de té que se esparce sobre la solapa de un blazer. Le gustaría verlo mejor, poder llamarlo con un silbido y hacerlo correr hasta él para acariciarle su lomo blando y pringoso. Arrojarle ese palo que sostiene, le gustaría, y ver cómo el río corre detrás para alcanzarlo y devolvérselo. Le gustarían esos juegos serenos, esa compañía. Pero no puede abandonar su posición. Tiene que sostener el palo, firme, la vista fija en el ejército quieto de los árboles. Ya sabe lo que es el miedo. Ya sabe por qué tiembla el miedo ola, espuma, burbuja que se acurruca en el pecho. Por qué tiene muchos nombres la misma cosa. No puede ceder a la tarde que cae, al día que va muriendo, ni un milímetro de párpado. No puede dejar Joaquín, piensa, tal vez, va a pensar más adelante, que a él lo aburra estar ahí, que a él también le gane el sueño. A los pájaros, cuando se cansan, se los come la noche. Lo que empuja las pestañas, ese polen seco, alas de polillas quemadas, no lo doblega. No puede dejar que los tilos que se agitan y tiemblan, en una distracción, finalmente lo atrapen. Porque si todos se duermen, piensa Joaquín, tal vez sea cierto, ya no habrá más nadie al despertar, ya no nunca. Puede aguantar: tiene un palo en la mano, tiene vigor y vigila. Debajo de los tilos, puede montar guardia un rato más, piensa, tal vez, puede salvarse y salvarlos a todos todavía.

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Especial de Reyes Magos A las siete de la tarde, los contornos, atravesando el río, se desdibujan. Lleva en sus rodillas (rozando la tela gris, rozando la tensión de los cuádriceps) un portafolio de cuero verde con todo lo que necesita y, encima, apoyado, su sombrero. Inclina la cabeza levemente, se asoma por la ventanilla y ve de nuevo los muelles podridos, las casas coloniales, las sombrillas de hojas y caña. Julián le pregunta a veces por qué todas las cosas en el río son viejas. Para Julián el río es el recorrido de la lancha. Seis kilómetros de agua marrón, muelles podridos, casas coloniales y sombrillas. Hay cosas nuevas, están más lejos, pero le parece mejor responderle que el río se come lo nuevo. Le parece mejor que Julián crea en un río vivo que deglute todo intento de progreso. Prefiere que Julián le diga a Lucía, cuando se sientan en la costa, encima del barro, que tenga cuidado, porque el río muerde, se traga casas, y es mejor no molestarlo con pies inquietos o piedritas. A medida que se acerca a la costa va creciendo el olor. Es como arrojarse a una zanja, llegar a la estación, como entrar en un panteón lleno de perros muertos. Con su sombrero entre las manos (apretado entre sus manos) espera que la lancha se detenga del todo y que el hombre que canta (dice “lluvia, dice “mi amor”, dice “volverás”, la canción del hombre que canta) termine de amarrarla al puerto. Conoce la voz que se destaca, el semblante neutro, del hombre que canta entre los otros hombres que se paran y se alisan los pantalones y amoldan sus espaldas a los hombros almidonados de los sacos. 27


Su sombrero y los sombreros de los otros son anclas que los fijan al suelo. Si los largaran, está seguro, podrían flotar encima del puerto y de la lancha, mezclarse con los vapores tóxicos que la ciudad tose encima de la costa. Cuando se pone de pie y tantea el bolsillo de la camisa buscando el encendedor, buscando los cigarrillos sabe, como el resto, que desde hace unos meses puede explotar, en el mundo, una bomba; que una llamada o un dedo que pulse un botón pueden convertir sus piernas y sus manos, las del resto, en polenta. Así dijeron que quedaban los cuerpos: untados en las paredes como una especie de puré granuloso, de polenta. También dijeron que era mejor no pensar en esas cosas; que era improbable que el país se viera involucrado en esos asuntos catastróficos, en esas emergencias. Antes de bajar de la lancha al muelle, del muelle a la plataforma, con el sombrero apretado entre las manos, cruza una mirada con el hombre que antes cantaba y ahora fuma (fuma como él) apoyado en un farol junto al amarradero. Lo conoce (la voz, la canción, el semblante) y, sin embargo, nada representaría para él, nada le generaría ver, encontrar esa cara aún viva y cantando (tan alegre y citadina) después de un holocausto, entre los escombros. Es temprano todavía. Las luces rojas que piden silencio, que piden aplausos, parpadean: están probándolas y, mientras avanza hacia el estudio, por el pasillo, le parece leer la palabra DANCING (donde sabe que dice “aplausos”, “aire”, “salida”) brillando en cintas de neón. Como en el centro, a veces, antes, cuando juntaban algo de plata con sus amigos, sus compañeros, y bajaban a esos sótanos para simular autoridad fuman28


do cigarrillos, tomando whisky nacional, junto al escenario. Todos usaban la misma flor blanca, recuerda, en la solapa, todos olían a colonia Williams. Y ahora, en el pasillo, ese perfume, de nuevo, seguramente, ese perfume es el que trae el recuerdo. Viene del cuello ancho del campeón de remo. Está sentado en la sala de espera desde hace quince minutos. Es temprano todavía. Lo sabe, pero es mejor estar ahí que estar en su casa. Lo entiende. Le ofrecieron café ya, sí, y algunas revistas para amenizar la espera. Si le hace falta algo debería hacérselo saber, lo que sea, está para ayudarlo. No hace falta nada más, sólo que le avisen cuando todo esté listo para el programa. Es raro verlo así, vestido con traje, en todas las fotos sale en camiseta y pantalones cortos. Teme que la gente no lo reconozca, pero para evitar confusiones, va a colgarse en el pecho las medallas. Sonríen. Tiene que ir al estudio para ver si todo está en orden, mientras tanto las chicas lo maquillan, las chicas lo peinan. Es el Paraíso. Julián va a preguntarle: ¿De verdad, papá, conociste al campeón de remo? Sí, es un hombre enorme, y sus brazos parecen cañones de submarino. No huele a colonia, Julián, como el resto de los adultos, huele como los pulpos, como los tiburones; no quería vestirse, tuvimos que rogarle durante horas para que aceptase usar una corbata, usar un saco. Caminaba descalzo por el estudio y con el cuerpo mojado siempre. El campeón verdadero, el que ahora quedó atrás, dejándose maquillar y peinar por las chicas, tenía remos dorados en sus gemelos. Él usa siempre, no lo olvida, los tréboles azules. El primer regalo de su esposa para el día del padre. Hay personas, seguramente, algunos de los que sólo lo ven y lo saludan al pasar en los 29


pasillos y las oficinas del canal, que lo diferencian de otros hombres iguales (traje gris o marrón, sombrero ladeado y corbata de hilo; en las manos un papel, una carpeta, un portafolios) porque él es el que lleva en las muñecas los tréboles azules. Otros tendrán un tic nervioso, una cicatriz en los labios o fumarán esos toscanos nuevos con olor a alfalfa que venden a cuarenta centavos. Podrán aferrarse a esos detalles las personas cualquiera, las que en los pasillos, en las oficinas, inclinan la cabeza, como viejos que se acercan a sus platos de sopa, y escriben, enumeran, discan el cero y piden hablar por favor con la ciudad de Nueva York, de Santa Fé, de Maldonado, para no sucumbir al vértigo de la indefinición. Ve una colmena que se agita allá adelante, bajo los reflectores. En el tumulto, lo primero que logra diferenciar son las orejas que resaltan al costado de los cráneos como asas en las azucareras. Después, ve los uniformes y las sandalias blancas sobre las medias blancas: son los niños del coro. En las caras de algunos puede intuirse cómo será su exacta expresión adulta. Hay una nena (una entre muchas, la distingue) que lo mira del mismo modo en que va a mirar, está seguro, a otros hombres en unos años para decirles “por favor”, para decirles “no vuelvas”. La señora Alvarado se encarga de todo, menos de dirigir. No llega aún el director, ellos llegaron temprano porque vinieron directamente de la iglesia. El pelo batido de la señora Alvarado, recogido encima de la nuca, parece estar esperando el regreso de un pájaro. Pueden aguardar ahí, si quieren, las chicas van a traer unas Coca-Colas, unas golosinas para entretener a los coristas. No hace falta, un poco de agua tal vez. Lo 30


que sea, él está ahí a su disposición, enteramente, para ayudarlos a estar cómodos. Tiene que ver algunas cosas, resolver unos detalles de último momento. Siempre hay detalles, lo entiende. Siempre. Hay fundas que cubren las máquinas de escribir en las oficinas, detrás del estudio mayor; tapan las lámparas, las sillas, las consolas, los parlantes. No hace falta tanto personal hoy en las oficinas: no hay noticiero y la gente, toda la gente, se concentra en los detalles del Especial de Reyes. Por eso las fundas blancas cubren las cosas quietas. Cuando abre la puerta, al fin, de su oficina y ve los muebles desnudos, la luz que apenas entra desde la ventana, los retratos de su mujer y sus hijos encima del escritorio, casi llega a pensar (intuye) que lo que está quieto está muerto y que esos fantasmas infantiles, esas sábanas blancas que asustan a los vivos en las películas y en los cuentos, tal vez sean las mismas que ahora tapan todo lo que no se mueve, todo lo que no se usa. Cuelga su sombrero y su saco en el perchero y saca de su portafolio una carpeta amarilla. En la carpeta hay papeles que indican todo lo que tiene que hacer. Presiona el botón blanco del intercomunicador y dice: “Diana, por favor, avísele al señor Strassberger que llegué y que me reúno con él en el estudio”. Pintaron ya una línea negra en el piso para marcar la diferencia entre las paredes y el suelo. Puede tildar ese ítem. Sin la línea negra todo sería un agujero blanco; cuerpos flotando en el interior de un relámpago. Es una suerte, opina el señor Strassberger, que lo hayan notado a tiempo. Fuma y camina por el estudio el señor Strassberger, y 31


él va detrás siguiéndolo con su carpeta. Los zapatos lustrados, las suelas lisas del señor Strassberger acompañan con naturalidad el relieve llano del suelo blanco (el porte de un estanciero bordeando la tranquera, hundido apenas en el césped húmedo de su campo). Los ojos azules acostumbrados al calor artificial de las lámparas, la frente y las mejillas casi bordó y el reloj dorado en la muñeca. Parece brillar el señor Strassberger, como brillan las liebres y los zorrinos que miran fijo los radiadores, las luces blancas, antes de estrellarse contra los paragolpes. Como eso, o como un buzón de lata iluminado por el sol. Es como si él mismo estuviera hecho un poco de luz, un poco de cera: lo rodea esa aureola de polvo refulgente que parece barnizar a todas las personas que ganan mucho dinero. Algunas mujeres, algunos hombres de la televisión, exudan ese resplandor ocioso y es como si solamente hubieran nacido para llenar con sus cuerpos un espacio de luz. En la primera fila hay que ubicar ese brillo: ahí van los invitados. Sobre los asientos (acolchados) hay carteles de cartón (rosas) con sus nombres escritos en letra de imprenta (dorada). Detrás, de la segunda a la cuarta fila, los extras, que son, más que nada, dientes blancos, piernas sin várices, sin moretones, jóvenes, cejas arqueadas, trajes a rayas negras y azules. Son caucásicos, rectilíneos, simétricos y, prolijamente peinados, sonríen si se les pide; se ablandan como si fueran guirnaldas de papel o aplauden a rabiar, también, se emocionan, porque saben que la cámara suele distraerse un momento, siempre, en el entusiasmo. Para completar las gradas, a la sombra de los paneles, de los fierros, quedan los empleados fijos que saben estar atentos a los chistes del conductor, al instante justo del asombro, del abucheo jocoso; que responden 32


a sus señas (sus manos en el aire chasqueando los dedos) con la diligencia con la que los delfines y las focas responden al silbato de sus entrenadores. Mira el señor Strassberger cómo se van llenando de arriba hacia abajo los asientos de las gradas, con su espalda ancha apoyada en la curva del piano. Ahí va a cantar, sí, junto al piano celeste. Es ese, sí: el piano celeste es el piano blanco. Es mejor (se lo había dicho ya, no hubiera hecho traer el piano sin consultarlo, pero con todas sus ocupaciones es lógico, es entendible), decía, es mejor el celeste para mostrar el verdadero blanco. Ya lo sabe el locutor, lo sabe el pianista. Ya se encargó de advertirle también a la mujer (¿Rita, Lita, Mina, Mirna?) delgada, levemente extranjera, que canta. Van a hablar acerca del piano blanco (tiene una historia) y ella va a recostarse encima de la cola celeste del piano blanco. La gente los verá bromear y reírse, si Dios quiere, exactamente a las nueve y cuarenta, al costado del piano blanco. Es intercambiar, hacer televisión. Es mejorar el blanco. Se trata de burlar la vista de la audiencia, como la burlan los magos con la velocidad de sus mangas planchadas y sus meñiques; lograr que se escuchen suspiros haciendo sonar campanas. A su mujer, a Julián, también, si lo escucha, si está atenta, a Lucía, suele decirles que su trabajo es igual al de los magos y que, cuando miran televisión, tienen que estar atentos para poder descubrir en qué momento se desliza el pañuelo debajo de la manga del saco, se oculta la paloma dentro de la caja negra con doble fondo. Todo está planeado: antes de la mujer delgada y del piano blanco, se va a abrir el telón rojo (gris profundo, gris pelo, gris agua estancada) y se va a partir justo por 33


la mitad el logotipo de Pilotonic (“Pilotonic hará surgir la suave espuma que vista de seda su cabellera”) para que salga el locutor (Raúl Retamar) riéndose de todos con sus dientes blancos como blanca queda la ropa cuando la lava con Rinso. “Usted puede sentir la diferencia”. Va a hablar acerca de los niños, sobre cómo esperan los niños la llegada de los Reyes Magos y va a decir que no se acuesten todavía porque hay, para ellos, una hermosa sorpresa. También va a decir que la noche de hoy es una gran noche, una noche llena de amigos y números espectaculares y que Los Sábados de la Alegría llegan al hogar de toda la teleaudiencia gracias al apoyo de Pilotonic (“Pilotonic hará surgir la suave espuma que vista de seda su cabellera”) y Rinso (“Usted puede sentir la diferencia”). Rodeado de bailarinas, mujeres con olor a frituras, a brillantina para el pelo, que resplandecen como latas nuevas de conserva en la góndola de un supermercado, va a caminar siete pasos para quedar ubicado justo en el centro del estudio y entonces dirá: “Bienvenidos”. Cuando la luz baja lo enfoca de frente, parece negro. El problema es que las luces altas, las que lo iluminan desde los costados, dejan ver algunos pliegues en la piel por donde se escurre el maquillaje. Se puede solucionar, sí. Maquillaje. Luces. Enseguida. Una luz rutilante envuelta en celofán que cuelgue del techo: la luz azul, la estrella que los Reyes Magos siguen para dar con Cristo desnudo en el pesebre. Y los camellos que no coman nada, que no tomen nada, que lleguen vacíos a las diez de la noche, para seguir la estrella sin ensuciar. ¿Por qué huelen así esos animales? No hay manera de solucionar eso, por ahora. Están limpios, sí, pero lo que 34


huele es el aire que respiran, que agitan con sus colas. Incluso, hace un rato nada más, les pulieron las uñas, les cepillaron los dientes. En sus sillas plegables de madera ya están ubicados Melchor y Baltasar, Gaspar y Melchor, Gaspar y Baltasar. Una pareja, la que sea, de tres. No sabe (nunca supo) si el negro era Melchor, si el más viejo era Gaspar o Baltasar. ¿Serían, en realidad, personas tan distintas entre sí o resultó más sencillo diferenciar a un negro de un anciano y a un anciano de un hombre con la barba negra y vigorosa a la hora de perpetuar para siempre una imagen, una historia? Es bruta la fe y cubre todo con su misterio. Incluso el tono de la piel, la espesura de la barba. Nunca es sutil la fe; nunca es delicada. Su padre solía decirle que la Biblia había que creerla toda o no creerla; que la fe dependía no de aceptar las grandes ideas y los hechos históricos, sino también los detalles, incoherentes y fantásticos. Y él a Julián, cuando a Julián se le ocurre preguntar por Dios, le dice que para creer en Dios va a tener que aceptar primero otras cosas más pequeñas. Como por ejemplo que un hombre puede vivir durante algún tiempo en el vientre de una ballena. Y Julián acepta, claro, que si hay un Dios, un hombre puede partir el mar al medio, comerse a sus propios hijos o encender una fogata en el estómago de un cachalote. ¿Por qué son dos los Reyes Magos? ¿Dónde está el otro? En camarines, seguro, todavía, pegándose la barba, intentando calzarse los zuecos de madera. Podría ir sí, claro, y decirle que tiene que estar listo en diez minutos. En maquillaje está el coro, el campeón de remo, los equilibristas y caniches del Circo Continental. Aparte, en un camarín especial, la mujer que cantará junto al piano ce35


leste. Se encargó él mismo de las flores, de los bombones (los mismos exactos bombones cada vez que una mujer, una señora, una niña), de felicitarla por su bellísimo vestido y de preguntarle (siempre es la misma, idéntica pregunta) si se había cambiado el peinado. ¿Alguien vio a Melchor, a Gaspar, a Baltasar? Uno de los tres, el que falta, ni el viejo ni el negro, el otro. No por el sector de maquillaje, no por los camarines. En el baño, probablemente. Antes de ser rey, de caminar con su camello hacia las cámaras, su papel es caer en el terror del entorno, porque no sabe ni conoce, porque, como todos los que, por primera vez participan de la televisión, encuentra en el baño, la recurrencia de los azulejos, el inodoro, las canillas: un lugar conocido y seguro. Por eso se agita el estómago ante el miedo, porque quiere volver a la intimidad que brinda el agua quieta del inodoro. El cuerpo siempre sabe llevarnos a donde en realidad pertenecemos. Él tiene que ir y decir que no es para tanto, que sus compañeros van a apoyarlo y que, una vez que la cámara esté encendida, va a notar que los nervios se deshacen y todo fluye y que el “conductor” (hay que entrecomillar el aire con los dedos) se llama así, justamente, porque sabe cómo llevar el programa, en cada momento, al destino adecuado. Una mujer le vomitó el traje una vez y un hombre que tenía que recitar un poema gauchesco quiso morderle el cuello. No es la parte más agradable, pero tiene que hacerla. Es su trabajo. No sabe si decir “rey”, si decir “Melchor”, “Gaspar”, “Baltasar” cuando golpea la puerta del baño y dice: “¿Ocupado?”. No responden, pero se escucha un ruido. Tela (¿Su capa? ¿Sus pantalones de seda verde, abombados?) que apenas roza los azulejos. 36


Habla. Dice lo que tiene que decir en esos casos y, detrás de la puerta, sigue el silencio. Baja como el ala de un pájaro gigantesco la noche desde las ventanas y alarga su sombra sobre los espejos del baño. Ya es oscura y casi azul, ya es profunda y arraigada. La noche, con sus sonidos pequeños, remarca la falta de respuesta; hace más áspera y seca su propia voz, el ruido de sus nudillos golpeando la madera. Dicen que hay refugios, y él soñó con ellos. Refugios debajo de la tierra construidos por personas excéntricas, paranoicas, millonarias, para protegerse de un eventual holocausto. Él soñó que, como ahora, llamaba a una puerta. Era la entrada de un refugio: el mundo se deshacía como un pan de manteca tibio a sus espaldas y nadie respondía, pero podía escuchar cómo se movían, adentro. Estaba seguro de que ahí estaban, y les gritó que le abrieran, por favor, les gritó, de los dos lados del sueño. Y su mujer lo miró, despierta ya, y, sin embargo, adentro aún del refugio, con el resto, y le dijo que todo estaba bien, que solamente era una pesadilla. Pero no pudo reconocer el consuelo, no en esa voz familiar, sólo pudo advertir un engaño. “No sé quién es esta mujer, en el fondo”, se sorprendió pensando esa mañana en la lancha camino al trabajo. Olvidó luego los refugios y el sueño; fue abandonando esas ideas, hasta ahora. La puerta cerrada del baño, los ruidos que oye en el interior, volvieron a traerlas. Esta vez no espera, no grita, es trabajo, tiene el derecho, el deber, de forzar la cerradura, de convencer a Melchor, a Gaspar, a Baltasar de cumplir con su papel de mago, de entretenimiento, en el programa. Abre y ve los pies descalzos, a treinta centímetros del suelo. Un charco de pis, debajo de los zuecos de madera. La sombra de un bulto que se bambolea junto a 37


las rejas protectoras de la ventana. Y no grita, no pide ayuda. Sólo mira con súbita curiosidad (súbita porque tapa el miedo, tapa la reacción automática y se impone) cómo se desprende la barba postiza de la cara desfigurada del ahorcado. El señor Strassberger entiende. No es necesario decir nada. Faltan ocho minutos y el telón se parte por la mitad (“Pilotonic hará surgir la suave espuma que vista de seda su cabellera”). No hay otra cosa que hacer, no hay tiempo. Cuando entra caminando seguro, haciendo resonar la madera hueca de los zuecos en el piso blanco, alrededor todavía se ensaya, se peina, se prepara. Ladran los caniches entrenados y alborotan a los camellos, pero el látigo resuena pronto, firme y devuelve el orden, precario, por un momento. Mientras va adentrándose en el estudio (con la mano izquierda intenta adherir su barbilla al pegamento) la mitad del coro alarga una “o” grave, aletargada y el resto vocaliza, con voz de flauta, de oboe anoréxico que llegaron ya los reyes y son tres: Melchor, Gaspar y el negro Baltasar. El negro es Baltasar, sí, y Melchor seguro que no es el viejo. El viejo tiene que ser Gaspar porque Gaspar es un nombre lleno de canas. Los zuecos son más cómodos de lo que parece y es agradable la sensación de la tela fría y sedosa de los pantalones rozando los muslos, de la chaqueta brillante que hace resonar borlas y lentejuelas de colores en su pecho. Se mueve naturalmente con el traje de mago, no hay restos de esa inconsistencia que suele acompañar a quien se sabe disfrazado. La ropa es ropa y nada más: un traje como cualquier otro. 38


Cuando sale de su casa en la isla y, con su traje (gris, marrón, azul) va atravesando el paisaje silvestre (los muelles podridos, las casas coloniales, las sombrillas de paja) le parece ver detrás suyo, en la espuma, en el vidrio empañado, cómo se pierden, se desvanecen, sus viajes anteriores, sus otros trajes (azules, grises, marrones). También la mano de Julián que, redonda y carnosa como un clavel, se agita y lo saluda le parece, ahora lo advierte (mirando las manos de Raúl Retamar que aletean en el aire, gesticulan) un mazo de estampas mezcladas y superpuestas. Siente que mientras avanza disfrazado, entre los cables de las cámaras, una sucesión de trajes y saludos, de gestos de fastidio y suficiencia se deslizan a su paso, como esa baba viscosa que dejan los caracoles durante su recorrido lento por los jardines. El cuerpo del ahorcado arrastraba también algo a su paso. Sudor. Los cuerpos transpiran muertos. Nadie va a encontrarlo en donde está ahora. Incluso cuando empiece a oler. No hay manera, porque nadie, nunca, va a volver a pisar los lugares que él pisó para llegar hasta ahí. Apenas termina la presentación inicial y Raúl Retamar se acomoda en el centro del estudio para hacer su monólogo, las chicas que sostenían los frascos de Pilotonic, las cajas de Rinso, corren a cambiarse las pelucas, los vestidos, las botas. Pasan a su lado y no lo ven, no saben que es el mismo hombre que hace unos meses les dijo: “están contratadas, van a ser parte del mundo de la televisión” y se dejó besar las mejillas afeitadas. No saben que, en la reiteración de sus gestos (cuando sonríen, juntan las piernas desnudas y se contonean al ritmo de la cortina musical), él todavía puede verlas arrodilladas en la oficina del señor Strassberger. Pue39


de verlas sin ropa, con el pelo suelto sobre los hombros aunque se disfracen con pelucas, con vestidos, con sábanas blancas. Mientras se ubica junto a los otros dos en el lugar dedicado a los Reyes Magos, encima de un montón de arena, sosteniendo la rienda blanda de su camello, puede ver cómo avanza el programa: las estrellas del Circo Intercontinental se sacuden como monos blancos y brillantes en las arandelas que cuelgan de las torres de luz. Una familia entera de equilibristas: Los Fabulosos Lartigué. Los padres se sostienen con las piernas y dejan libres, colgando como lianas, los brazos que atrapan y sueltan a sus hijos rubios, dorados, pelirrojos como brotes de trigo. Abajo no hay red, los sustenta la tensión trillada del redoblante y el público que, desde las gradas, aprieta los puños y los dientes en silencio. No lo miran Gaspar ni Baltasar, adelante suyo, sostienen las riendas de sus camellos, los cofres llenos de harina y joyas de vidrio. Están atentos a cómo cierran su número los Fabulosos Lartigué formando con sus cuerpos una torre humana. Antes de que los aplausos se apaguen del todo, escupe fuego una mujer delgada y los caniches, vestidos con trajes de baño rayados, antiguos, caminan en dos patas encima de una pasarela. Su domador ya había estado en el programa, es italiano y, antes, había llevado un mono entrenado que respondía preguntas de la audiencia. Agitaba la cabeza diciendo sí y no y golpeaba las patas contra el suelo para indicar el resultado de cálculos matemáticos. ¿Qué habrá sido de aquel mono? El hombre usaba la misma ropa típica de domador, ese uniforme militar genérico que simboliza la autoridad en los circos y los cuentos. Cuando ha40


blaba con su mono, simulaba darle algunas órdenes en dialecto africano y ahora, a los perros, les dice “tres bien”, les dice “mon amour” y “petit”. Guarda trozos de galletas en el puño de su camisa, y se los da cada vez que hacen bien una pirueta. Hay una pausa para los avisos comerciales. El circo se desarma y como esas fichas de dominó que, en fila, se desploman, pasan a su lado los perros, el domador, la mujer lanzallamas, los equilibristas. El señor Strassberger camina detrás de las cámaras, fuma y da indicaciones siempre idéntico a sí mismo. Detrás suyo se escucha murmurar a las personas sentadas en las gradas. Apenas visibles entre las sombras y el humo, algunas caras parecen tubérculos, ramas y raíces amontonadas en el claro de un bosque. Pero cuando la luz se enciende y vuelve a sonar la cortina musical, el público es de nuevo ganado de hocicos alineados que brilla vivaz y reverbera ante cada indicación como un trueno en el barro. El campeón de remo agradece tanto calor, tanto afecto. No es el pez desnudo, el pez mojado: es el hombre despierto, seco, afable que sonríe con la condescendencia altiva de las estrellas de cine. Dice que va a seguir buscando nuevos desafíos, nuevas medallas, que su carrera está recién empezando y que agradece al Comité Olímpico y a la fiel afición de un deporte tan sacrificado y poco reconocido. Pero lo que importa es que no dice que, además, él tiene branquias debajo de las axilas y, si bien le gustaría quedarse más tiempo, sólo puede estar algunas horas fuera del agua. Resulta irritante verlo perder la oportunidad de decirlo frente a miles de personas, de chicos, durante la noche de Reyes. Suenan los primeros acordes lánguidos del piano y 41


la mujer (Maira Molloy) susurra su castellano neutro, sonríe y bromea con el pianista, con el conductor. Es una suerte, piensa, que haya sido el mago, y no el pianista, el ahorcado. El pianista es enorme y talentoso. Él no hubiera podido tocar nunca esa canción. No es difícil ser Melchor, no como tocar esa canción en el piano, como colgar de las mancuernas plateadas del techo. No es difícil avanzar mientras cantan los niños del coro, seguir la luz que guía, inmóvil, firme, encima de un cielo dibujado. Puede caminar despacio, algo encorvado, no hace falta una pericia especial para sostener las riendas blandas en sus manos y seguir a Gaspar, seguir a Baltasar hasta el pesebre montado con fajos de alfalfa y muñecos mecánicos. En el centro los espera Raúl Retamar, la cámara, los espera la Sagrada Familia. No es difícil recorrer esos metros, arrastrar al camello entre las notas acarameladas del villancico y los aplausos de las gradas. Ha sido un camino largo el de los Reyes Magos, han venido de lejos, atravesado el río, las casas viejas del río, las paredes podridas de la ciudad y la humedad de los baños, de los refugios nucleares. Han dejado atrás a sus familias, sus rostros anteriores, para poder estar ahí, completamente ahí, en ese único instante. No es difícil, entonces: puede pararse de frente a los reflectores ahora, firme, y no ver más que lo blanco de la luz (que es todo lo de la luz, lo blanco); agitar las borlas y las lentejuelas de su chaleco, sacudir la tela de sus pantalones verdes y apoyar su cofre dorado a los pies de la cuna de Jesucristo. Es fácil, es natural, acercarse al micrófono que Raúl Retamar sostiene como un ramo de violetas, mirar fijo a la cámara y decir, con voz grave: “He venido hasta aquí desde otras tierras, desde otros tiempos y he dejado atrás todos 42


los escollos, sólo para cumplir con mi trabajo: poder darle felicidad a todos los niños del mundo” Maneja un Ford celeste hacia los suburbios. Todavía tiene algunos restos de pegamento en la barbilla y la mujer que viaja a su lado se los despega con una caricia de uñas rojas y alargadas. Unas pocas bombitas de luz iluminan el frente de las casas bajas, pero casi todo es oscuridad en la ruta a esa hora de la noche. El auto va dejando detrás una estela azul, puede intuirla en el espejo retrovisor, entre las cabezas despeinadas, sonámbulas, de los chicos. Los chicos son tres, dos varones y una nena. Los varones se llaman Juan y Luis. La nena María o Mariana. Sus hermanos le dicen Mar. La mujer que acicala su barbilla, que quita los restos de pegamento, le pide a los varones que no molesten a su hermana; que la dejen dormir y estén quietos. El Ford vibra cada vez que cambia de velocidad y acelera. No manejaba desde los veinte años y le gusta sentir la fuerza del motor que lo arrastra sobre las pequeñas piedras molidas del camino. Le agrada el vacío que parece llenar el interior del auto mientras cruza el viento; un silencio hueco como el de la cueva de una ardilla. Está agotado. La mujer le pide perdón por haber ido hasta el estudio, pero creyó que era lo mejor, después de la pelea y de los gritos, estar todos juntos. Le dice que no importa el dinero, que no hay que tener en cuenta esas cosas, que no son las que, en el fondo, deciden nada de nada. Que lo ama, le dice, que por favor nunca vuelva a tratarla como la trató esa mañana. Que pensaba que era el final, que, como no se cansan de anunciar en la televisión, todo podía explotar de verdad, desaparecer en un segundo. 43


Él le pide que se calle. Y ella se calla. Se acurruca contra su pecho y dice que todo va a salir bien, de ahí en adelante; que es horrible pelear, murmura, que no hay perdón, que no hay alivio. Él le pide que se calle, otra vez. Y ella se calla. Le gustaría tener su traje, su sombrero, sus gemelos azules. Manejar el auto celeste con su traje gris hacia el suburbio mientras la mujer descansa en su pecho. Podría haberlo dejado desnudo, pero no le pareció bien. En un agujero, ahora, entre las manos frías, los dedos crispados, descansa para siempre, oculto, con su sombrero, su traje, sus tréboles azules. Maneja recto por el camino. No sabe dónde va; sólo dobla cuando lo indican los carteles. Al costado del camino hay campo, y atrás, lejos, está el río. Detrás de la ciudad y del puerto. Una mujer que se va a despertar sola en medio de la noche a buscarlo. Y los hijos de la mujer que van a preguntar por él, también esa mañana, mientras abren los regalos que dejaron los Reyes Magos encima de sus zapatos. Una muñeca gorda y con trenzas, un camión con acoplado. Van a preguntar qué pasó con el hombre aquel, qué pasó con el que debería estar ahí, como siempre, en su lugar, acompañándolos. Y nunca, en todo lo que les queda de vida, van a recibir una respuesta.

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Alba Ahora duerme. Cuando despierte, va a ver flotar encima suyo, como flotan y giran aviones de papel sobre las cunas, los ojos planos de dos osos de juguete. Cuando su mirada se acostumbre a la luz amarilla de la habitación, va a enfocar dos siluetas de plástico celeste que la estarán viendo, impávidas, despabilarse. Van a sonreír, los osos celestes que la miran, con las mejillas moradas, las mandíbulas duras, como si una fuerza invisible los forzara a sostener la mueca mientras les estruja el cuello. Ahora duerme. Dos ángeles gordos y lanudos van a estallar con su primer pestañeo y van a dejar en el aire restos de ese talco tamizado que nubla siempre la visión y empasta la boca cuando se abandona el sueño. Duerme, ahora. Los labios arrugados, los párpados flácidos como hojas mojadas. Hundido en la almohada, su cráneo infantil, canoso, descansa. Va a recordar el bosque, después. Una escenografía montada con recortes del día anterior: la gelatina de la cena, púrpura, temblaba en las ramas de los arbustos y la plaga de grillos que habían anunciado en la televisión eran mariposas que lamían, serenas, los estambres de las flores azules que crecían entre las raíces de los pinos. Los números que recitaban los búhos (dos mil trescientos veinticuatro, mil seiscientos quince, trece millones quinientos mil setecientos veintidós) los había anotado durante la tarde en su libreta de apuntes y los aplausos que la perseguían como luciérnagas mientras intentaba llegar al final del sendero (una 45


casa, una ciudad, un banco, algo urgente) eran, va a pensar después, una vez que los osos de ojos planos ya no floten sobre ella y esté completamente despierta, el viento que golpeaba la persiana de madera durante la noche. Ahora todavía duerme y sueña. Pero va a despertarse para ver que el cielo es verde como el vidrio de un sifón y que, hacia el horizonte, comienza ya a aborregarse. No va a ver lluvia, pero sí una tarde nublada, con el sol escaso y lento escurriéndose entre los tréboles. Desde la ventana, va a ver que cuando se mueve el sol (que no se mueve, el sol, lo que se mueve es la casa, la cerca, el camino, la hierba) un ejército de tortugas albinas marcha por el campo. Lo que va a recordar no va a ser cierto: que los osos azules hablaban acerca de la inocuidad de ciertas flores. “Las caléndulas no huelen a nada y las violetas son comestibles”. Repetían, en su recuerdo, las palabras que había leído el fin de semana en la edición de noviembre de Irma: “Mitos y verdades del reino vegetal”. Pero lo cierto no iba a ser eso, no habría sido. Los osos habrían dicho “Sangre”, habrían dicho “Cicatrices”. Los osos habrían dicho “También las flores tienen sangre, cicatrices”. Antes de explotar en una nube de talco, habrían hablado en su sueño dos osos de juguete con ojos planos, pero no va a recordar lo cierto ella. Al despertarse, desde la cama, va a ver que el cielo es un vidrio engrasado, y que, detrás, el día empieza a suceder de nuevo en el campo, idéntico. Ahora duerme. Eduardo ronronea junto a la puerta, se frota el lomo contra el mosquitero. Conoce la secuencia que encadena a su dueña con el sol y el alimento, pero no puede esperar a que las cosas sucedan. Su ansiedad es un es46


cozor en la piel, en el hocico, ganas de maullar y restregarse. Ella no sabe que escucha a Eduardo dormida, ni tampoco lo va a saber después, al despertarse: los aplausos que la acompañan por el sendero, mientras sueña, no son los golpes del viento en la persiana, son las garras de Eduardo raspando el mosquitero. Va a erguirse en la cama sin gracia y va a caminar luego unos pasos desgarbada. Se va a ver en el espejo que cuelga de la pared y no va a poder advertir, en el contorno firme de sus caderas, en la sombra que aparece y desaparece debajo de sus pestañas y en las parábolas que la luz de la mañana va dibujando al deslizarse por sus hombros, que aún es una mujer atractiva; que, en ella, podría ver brillar todavía cualquier hombre ese vigor rosado y pornográfico que, en algunos cuadros antiguos, resplandece en las mejillas de los querubines y en los muslos desnudos de las coristas. No va a haber nadie para ver, sin embargo. Nadie que pueda decir ni pensar nada acerca suyo. Ni detrás de la puerta apenas abierta, ni debajo del marco de la ventana. No va a haber nadie con ella cuando ella despierte, no todavía. La Catedral de Florencia está también en su sueño. Se habrá mojado con agua fría la cara, se habrá cepillado los dientes y habrá ido hasta la cocina para calentar café y tostar fetas de pan en una sartén de hierro cuando lo recuerde. Una mole de mármol verde y blanco erguida en el bosque. Va a poder ver de nuevo la torre y la cúpula de la Catedral antes de prender la hornalla: clara como en una postal, la imagen va a volver del sueño al recuerdo por el contacto de su mano tibia con el frío de la mesada. 47


Va a caminar hasta la puerta y le va a decir “Mish” a Eduardo, le va a decir “Vaguito”, le va a decir “¿Dónde estuviste?”. Y no va a volver a pensar en el mármol de la catedral, en los osos de plástico, en el gusto de las violetas, hasta las seis de la tarde. Cuando deje de dormir, va a rascarse el tobillo izquierdo con sus uñas cortas pintadas de color salmón. Los mosquitos se ensañan con sus tobillos y no hay insecticida que sirva para ahuyentarlos. No, al menos, en el campo. Por eso la casa entera está tapiada con esos mosquiteros verdes espantosos. No había otros. En todas las tiendas de Arrecifes hay siempre una o dos versiones, a lo sumo, de cada cosa. Pero si iba a tener que pasar unos meses ahí, la apariencia era lo de menos, lo importante era estar resguardada. Va a buscar al mosquito que la picó, pero no va a encontrarlo porque se habrá camuflado en una mancha de humedad. Lo que va a encontrar, buscando al mosquito, es un agujero en el mosquitero de la puerta; un hueco redondo del tamaño de una moneda. No de una moneda nueva, de una más ancha y pesada, como las que, cuando era chica, servían para pagar un sándwich y un licuado de frutas en el Café Savoy. Por ahí, seguramente, va a pensar, se había colado el insecto. El gato (“Mish”, “Vaguito”, “¿Dónde estuviste?”) había desgarrado el tejido. Había pasado su mano solamente, de toda su ansiedad, sólo una garra, Eduardo, de afuera hacia adentro. Un hueco, inútil para él y enorme para el mosquito, que le va a costar un insulto y el intento, vano, de una patada. Va a correr Eduardo, apenas ella le abra la puerta, para lamer su plato con leche debajo de la mesada. Mientras esté lamiendo, lo va a insultar su dueña; va a intentar sin éxito alcanzarlo con su pie descalzo. Con el hocico y los bigotes 48


blancos, húmedos, no va a entender Eduardo qué fue lo que hizo mal, no va a aprender nada. Ella va a pasar su dedo índice a través de la abertura y va a palpar con la yema el borde de los filamentos plásticos. ¿Por qué no son planas esas cosas? ¿Por qué no son lisas y compactas? Para que puedan pasar la luz, el aire; para no fijar del todo una división como la fijan la madera, los ladrillos, la piedra. Permiten una incomunicación mínima y específica, los mosquiteros, pero una abertura en ellos es peligrosa: no deja pasar sólo el brillo del sol, el viento. Va a ser una idea silenciosa, ese miedo, que la va a rozar, cuando se agache para recoger la correspondencia, del mismo modo en que sin tocarse nunca del todo se rozan las abejas y los cardos. Va a volver después esa misma idea, pero más viva, de otra forma, cuando vea a los chicos tirando botellas de plástico en el lago. Mientras recoja del suelo la correspondencia, lo que apenas va a oír reverberar en su cabeza va a ser la insinuación de una pregunta: ¿qué vería alguien si pudiera espiarla a través de una grieta en la pared, de una rajadura en el tejido de un mosquitero? Va a recortar el vértice de los sobres con las uñas asalmonadas y va a apilar su contenido (cuentas, publicidades) encima de la mesa. Va a estar mirando cómo Eduardo lame la leche de su plato, algo dormida aún, repasando mentalmente las tareas del día y dejando caer los sobres vacíos en el cesto de la basura. Va a encender el televisor y una luz azul intermitente va a templar la cocina. En un programa viejo, un hombre disfrazado de rey mago va a decir que ha viajado a través del desierto para darle felicidad a todos los niños del mundo. No va a prestarle atención al televisor, va a dejarlo encendido solamente para tapar el silencio del campo. 49


Se va a quedar viendo unos minutos más cómo Eduardo toma su leche. Va a decir en voz alta para nadie (un gato es nadie cuando uno habla y está junto a él, los dos solos) que parece como si fuera la primera vez que tomara leche en su vida. Los animales domésticos viven una ilusión que se repite: durante la noche, el mundo muere para siempre (es un miedo la oscuridad, la pausa, desesperante) y cada mañana despierta, vuelve de la muerte para alimentarlos en la boca. Su padre sabía el nombre de todos los sonidos del bosque. Los identificaba cuando caminaban juntos a cambiar el agua de los animales, y trataba de enseñarle técnicas para que ella pudiera también advertirlos. El bosque, para su padre, para ella, era lo que los demás llamaban el campo. Los machetazos que partían la sombra de la tarde eran el canto del hornero, gris como el barro sucio de su nido. Cuando cantaba el jilguero, en cambio, se oía reverberar una garúa de agujas en el fondo de un lago y cada día encajaba una palabra distinta (una palabra exacta) en el fraseo del zorzal. A veces decía “sol”, el zorzal, a veces “verte”. Y había colores, detrás de los cantos: pecas negras y vientres rojo ladrillo; frentes anaranjadas, alas de dorso verde, canela y en ojos de iris negro el marco de un antifaz. Había otros cantos que parecían más bien ruido, pero su padre decía que no había manera de saber cuándo algo era un ruido, cuándo algo era un canto. La vibración metálica en el buche de las ranas trepadoras, las verrugas de los sapos chisporroteando al sol y las nutrias royendo las ramas podridas de los árboles. Todo podía distinguir su padre, caminando hacia los corrales. Le decía que cuando escuchara el sonido de 50


alguien mordiendo una galleta, seguro que era un zorro intentando moverse con sigilo entre la cebadilla; que si al pisar el suelo no había ruidos, lo que crecía en la tierra era pasto salado, y era gramilla si con cada paso se escuchaba un roce de muelas microscópicas. Los lirios y las azucenas no hacían ruido. No emitían sonidos los racimos de flores blancas de las acacias al caer, maduros, al suelo. Sólo el viento se escuchaba en el mundo de las flores, meciendo los rabos gordos y peludos de las cortaderas. Sabían los sonidos, ella y su familia. Sabían todo del bosque, porque ahí habían nacido; ella, su padre y su abuelo. En el campo. Pero su abuelo no hablaba tanto como su padre. Su abuelo era viejo siempre y callado. Como ella. Despierta, después de desayunar y de alimentar a Eduardo, va a caminar hacia el chiquero pisando el pasto gastado por los pasos de su madre (un camino vacilante, desconectado) y va a pensar que no es tanto lo que los genes afinen o no el puente de la nariz o enverdezcan el contorno del iris con vapores esmeralados: lo que se hereda y se arrastra de un padre a un hijo, de un abuelo a un nieto, es una cierta cadencia al hablar, una vocación por la pausa, por el sigilo. Los genes son la partitura de un ritmo. No va a amenazar aún la tormenta encima del campo cuando llene los baldes con verduras y alimento balanceado. El cielo va a seguir siendo de un verde profundo y opaco y apenas unas nubes van a avanzar por encima de los sauces. También el cielo tenía, según su padre, sus sonidos y sus ritmos y, con entrenamiento, decía, podía preverse el clima escuchando ciertos giros del viento, ciertas vibraciones. Su abuelo, en cambio, como todos los viejos, decía que podía anti51


cipar las tormentas por los ruidos de sus huesos. Pero prefería guardarse para él sus vaticinios y, sentado en su sillón, asentía satisfecho cuando empezaba a llover, mirándolos a todos con la suficiencia de aquel que se sabe el único guardián de un secreto. Antes de dormirse (los brazos estirados al costado del cuerpo, los labios arrugados, los párpados flácidos) había estado intentando recordar fragmentos de las dos semanas de verano que, hace veinte años, pasó en un departamento que olía a gas y a café en Italia. Quiso saber, de pronto, si recordaba el cuerpo entero de su amigo de entonces con la misma nitidez con la que evocaba a su abuelo, a las tardes en el bosque con su padre. No solamente los rasgos básicos, su altura aproximada, la textura seca, salada, de su espalda. Quiso saber si podía evocar el arco de sus pies, el color de sus uñas; saber si había guardado en algún lugar de la memoria cómo se sentía en las palmas de las manos recorrer los pelos diminutos, rubios de sus piernas. ¿Tenía pecas en la espalda, en el pecho, en las mejillas; lunares? ¿Cuántas arrugas se le formaron a su amigo alrededor de los ojos las veinte o treinta veces que rió estando con ella? ¿Cuánto de la vida que vivió, de todo ese tiempo, guardaba todavía en ella? Los chanchos no comen cualquier cosa. Igual que la mayoría de los animales, saben diferenciar la basura de la comida. Y no sólo eso: saben distinguir la comida buena de la mala, la sabrosa de la insulsa, con un leve acercamiento del hocico. Son delicados los chanchos, pese a su olor, a sus sonidos. Cada vez que vacía los baldes en los comederos, se queda un rato viéndolos comer. Se levantan con la pereza de un empleado administrativo; parece que 52


fueran a poner un sello, a atender un teléfono sin estar esperando el llamado. Huelen y separan con el morro la lechuga, las raíces, todo lo verde, y engullen sin masticar las cáscaras de papa, y de batata, los restos de zanahoria y esa pasta informe de vitaminas y cascarilla de trigo húmeda que es su alimento balanceado. Ahora hay cuatro chanchos, pero había más. Se los comían en Arrecifes. A los chanchos y a los pollos. Su mamá no le decía, como otras madres a otros chicos, que se iban lejos, que se los llevaban para usar como mascotas. Su mamá le decía que a los chanchos y a los pollos se los comían. Y por eso empezaron a interesarle. Antes de saber que la gente del pueblo los cocinaba, los chanchos y los pollos le parecían estúpidos. Pero, cuando se los imaginaba despanzurrados y rodeados de verduras asadas, adobados con ajo y especias, encima de la mesa de su maestra de geografía o de la familia de Susana Aquino, su compañera de banco, le parecían sublimes. No va a pensar en eso cuando se despierte y alimente a los chanchos y a los pollos. No habrá pensado en eso durante años, cuando por la mañana se levante y vislumbre en el aire de su habitación, flotando, los ojos iluminados de dos osos de juguete. Durante mucho tiempo, había seguido imaginando su funeral como un banquete en el que su cuerpo desnudo y enmarcado por vegetales se ofreciera a los invitados en una bandeja de plata. Por eso, cuando le preguntaban qué animal quería ser (y esa era una pregunta muy frecuente entre los chicos del campo) ella los hacía reír a todos diciendo: “Un chanchito a las brasas”. Ese tipo de cosas la hacían sentir sola: en muchas ocasiones, donde ella veía prodigios, trascendencia (no sabía nombrar la trascendencia, pero sentía, en esos 53


momentos, arena cayendo de sus muelas a sus pies), los otros veían un chiste. Se había ido de Arrecifes a los dieciocho, aunque quería irse desde los nueve. Desde cuarto grado quería irse. Pensaba que iba a ser pobre y a vivir en una choza de cartón y barro. Esa idea le hacía ilusión desde que la había encontrado en un libro acerca de una osita que huía de la casa de sus padres y, con ayuda de algunos pájaros e insectos, armaba un refugio sólo para ella. No tenía una moraleja clara el libro, porque a la osita le iba muy bien viviendo en su choza con las arañas y los gorriones, y de los padres no se hablaba más después de la página seis. La osita se llamaba Alba, tenía un vestido con corazones rojos y cintas azules atadas a las orejas. Era su horizonte, el de la osita Alba, a los nueve años. Era su horizonte irse. No le gustaban los chicos de Arrecifes. Afuera, en el mundo, no había chicos de Arrecifes, había otra cosa y hacia eso quería correr, a los nueve años, hacia lugares sin nada, al cartón y al barro y a la amistad sincera de los insectos y los pájaros. Después, se fue poblando de cines y cemento el horizonte. Después, quiso una cocina pequeña y un hombre sentado en el living esperando la cena. Quiso ver si era ella una de las chicas que, en la ciudad, caminaban pisando los charcos y moviendo las caderas como el tambor de un lavarropas. Y se fue ahí. Y encontró eso. Tuvo que volver sola otra vez cuando fue la última que quedaba. Después de su madre, ahora, cuando despierte, va a estar de nuevo en la casa del campo, tomando notas en su libreta naranja, alimentado a los pollos y a los chanchos. ¿Qué habrá cuando despierte, hoy, en su horizonte? ¿Qué verá al mirar, encima de los lomos de los chan54


chos, los sauces y la llanura? Chicos de Arrecifes tirándole botellas de plástico a los patos en el lago. Cuando duerme resopla por la nariz, carraspea. No fuma ya, pero fumó y el cuerpo no se olvida. Huele a cera cuando duerme. Nunca se lo dijeron. Nunca nadie comparó su olor con el de una vela derritiéndose. Pero si alguien se hubiera detenido a pensar en esa fragancia ambigua a cuero lustrado, a grafito, que exhalaba, podría haber asegurado que ella olía como la cera derritiéndose cuando dormía. No lo dijo nadie, nadie lo sabe. Va a sentir, al despertarse, un sabor a cobre sucio delante de la garanta, justo donde termina el paladar. Con ese gusto asociaba ella su olor personal; creía oler a monedas, a llaves, a algún tipo de metal manoseado. Creía que era ese el aroma compartido por toda la humanidad detrás de los desodorantes y los perfumes. También los piletones con agua de lluvia y hojas secas de los que beben los pollos huelen así, y el principio de las tormentas. Va a olfatear la brisa que arrastra las nubes y va a estirar el cuello, cuando despierte, para intentar adivinar en los ruidos y olores del cielo la voluntad del clima. No va a haber lluvia, ni truenos, ni relámpagos. Va a ver a lo lejos los movimientos elásticos, primero, los saltos y los brazos flameando debajo de los sauces. Van a ser ya las cuatro y media, las cinco de la tarde. Habrá pasado la mañana y habrán comido los animales, habrá almorzado ella, pan y sopa y un trozo de tortilla fría. Va a caminar sin dudar hacia el lago. Limpiándose las manos en la pollera y frunciendo el entrecejo como solía hacer su madre antes de arrancarla de los pelos de alguna travesura, a mitad de camino, verá los 55


cuerpos. No ya sólo la sombra ni el puro movimiento. Siluetas flacas y fibrosas de adolescentes que recogen botellas de un cajón y las estrellan en el espinazo emplumado de los patos. Va a gritar. Va a gritarles. “¿Qué están haciendo?”, “¿Están locos?”. Pero no van a escucharla, no todavía. Unos metros antes de llegar, va a ver, detrás de los árboles, una camioneta estacionada y, encima del techo de la cabina, a una persona (no un adolescente, no un cuerpo andrógino, un hombre casi, pero no un hombre entero, no todavía. Algo más difuso: lo que ella, cuando era joven, llamaba un chico) que duerme o descansa despierto con una gorra de lona ensombreciéndole la cara. Va a dejar de gritar cuando vea al chico de la camioneta. Va a seguir caminando, sí, pero en silencio. Los adolescentes van a verla aparecer detrás de los sauces y van a susurrarse bromas. Ella va a ver que se ríen, que murmuran. Va a ver que el chico de la camioneta abre apenas los ojos para espiarlos por debajo de la visera mientras las nubes grises que parecían presagiar una tormenta pasan encima del lago y avanzan, sin lluvia, hacia el pueblo. “¿Qué están haciendo?”, va a decir ella, ¿Ustedes están locos?”. “Nosotros estamos jugando al tiro al pato. No estamos locos. Estamos jugando al tiro al pato”. Va a hablar el más bajo de los cuatro. Un chico con un bigote incipiente debajo de su nariz recta. Con pecas y granos en las mejillas, en la frente; las cejas juntas, los labios finos y secos. Un cliché de los adolescentes de Arrecifes. Va a decir: “¿Necesita algo señora? Los patos estaban jugando con nosotros”. 56


“Los patos no están jugando con ustedes. Ustedes están molestándolos y ensuciando el lago”. “¿Usted puede hablar con los patos?”, va a decir otro de los chicos, rubio, casi pelirrojo y muy similar a otro más gordo. Similar pero no igual; similar como son similares entre sí los primos y los perros, los cónyuges, no los hermanos. “¿Qué?”. “Le pregunto si usted puede hablar con los patos”. “Lo que yo puedo es echarlos de acá porque están molestándolos y ensuciando todo con las botellas”. “Usted no sabe cómo se divierten los patos”. “Seguro que no se divierten con botellazos en el lomo”. “Usted eso no lo sabe”. Además del bajito y de los parecidos, habrá uno alto y esquelético que, mientras ellos hablen, va a juntar las botellas que las ondulaciones del agua devuelvan a la costa, para volver a arrojarlas. “¿Y ese qué hace? Díganle que deje de tirar botellas o voy a llamar a la policía”. “Dígaselo usted, él la escucha y habla su idioma”. Va a gritar, como grita ahora en el sueño cifras un búho. Ella va a gritar “¿Podés dejar en paz a los patos?” y el búho grita “sesenta”, grita “ocho mil quinientos treinta y siete”. Si su padre, desde el umbral de la casa, desde el chiquero, hubiese oído el grito detrás de los sauces no hubiera podido decir si hablaba un búho en un sueño, si hablaba una mujer enojada. Si ella hubiese escuchado el grito, desde su habitación, hubiera estado segura de que la que gritaba era su madre. “Estamos jugando. Si los patos quisieran irse, volarían”. Va a preguntarse por qué no se van los patos. ¿Por 57


qué no vuelan y huyen del lago a otro lugar en donde los chicos no puedan molestarlos? A esa hora de la tarde, el lago va a ser un alboroto de reflejos verdes y plateados y ella, algo desconcertada, va a quedarse muda, viendo brillar, en los ojos de los chicos, la luz del sol que se diluye como un terrón de azúcar en una taza de café con leche. El chico que dormía encima de la camioneta naranja va a bajar del techo sin hacer ruido, perezoso, y va a mirar un rato la escena. Del bolsillo de su camisa va a sacar un cigarrillo y va a prenderlo con parsimonia. Todo en él va a ser lento, también su forma de hablar. Igual que hablaban su abuelo y ella, cuando hablaba con él, cuando era chica, en la casa del bosque, el chico de la gorra va a mascullar las palabras y va a hacer explotar en su boca el jugo de cada sílaba como hacen estallar las briznas de hierba los vagabundos entre sus dientes podridos. Va a poner en cambio la camioneta y, sin acelerar, soltando solamente un poco el embrague, va a avanzar desde los sauces hacia el lago. La camioneta (roída por todas partes; sucia y aparatosa, torpe) se va a mover con pereza también, con su misma desidia. La luz del sol esparcida sobre el parabrisas, algo grisácea ya a esa hora de la tarde, le va a dar de lleno en la cara. Sin hacer caso al sol, va a tener sus ojos fijos en ella (la espalda de ella) y en las siluetas de los chicos. Va a hacer sonar la bocina y los cuatro adolescentes van a quedarse paralizados. Ella va a enderezar su cabeza para ver, sobresaltada, cómo los patos levantan vuelo y aguijonean el cielo con una salva de graznidos. Al darse vuelta, el paragolpes embarrado de la camioneta va a rozarle, casi, las caderas, y detrás del 58


vidrio y el humo, va a ver flotar sus ojos líquidos. “¿Son amigos tuyos?”. “No. Son chicos”. Cuando baje de la camioneta, va a mover su brazo del mismo modo en que los toreros hacen pasar su capa roja delante de los cuernos del toro. Sin decir nada, los cuatro adolescentes van a responder al gesto juntando sus remeras, algunas botellas y yéndose rápidamente hacia el bosque, a perderse entre los sauces. “Estaban molestando a los patos, ensuciando todo el lago”. “Sí. Eso hacen para divertirse”. “Van a tener que encontrar otra forma de entretenerse”. “¿Usted vino a vivir a la casa blanca, no?”. “Sí. Voy a quedarme un tiempo. Es mi casa”. “¿Y la señora Vogel? ¿La conoce?”. “La señora Vogel murió. Era mi madre. Se podría decir que ahora yo soy la señora Vogel”. “Usted no es una señora. Usted es joven”. Despacio, los patos van a ir volviendo al lago. No habrán ido lejos, tal vez a la copa de los árboles o a las terrazas y los tejados de las casas del pueblo. “Gracias por espantar a los chicos. No me estaba resultando fácil convencerlos de que se fueran”. “Yo no los espanté. Yo eché a los patos con la bocina y los chicos se fueron solos. Ellos trataron de explicarle, los escuché: no estaban molestando a los patos, estaban jugando juntos”. Cuando despierte y camine por el bosque, después de haber alimentado a las gallinas y los chanchos, se va a decir a sí misma que tal vez no haya sido una mala idea ir a pasar una temporada a la casa del campo. Va a pensar que, una vez que termine el inventario y releve el estado del suelo, las paredes y las cañerías, no 59


debería volver inmediatamente a Buenos Aires. La va a entusiasmar un rato la imagen de ella entre las flores y los grillos; verse viviendo, por fin, bajo la sombra de los sauces, lejos de todo, como la osita del cuento. “Me dijeron, sí. Ahora a los patos les encanta que los golpeen con botellas”. “Nosotros no sabemos nada de lo que le gusta o no le gusta a los patos”. “Puede ser, pero estaban ensuciando el lago.”. “Eso es cierto. El lago no tiene la culpa. Pero ¿Por qué le importa tanto el lago, es suyo?”. “No, no es mío. No tiene que ser mío para que me importe”. Van a conversar ella y el chico de la camioneta, bajo el cielo limpio y pálido que habrán dejado tras su paso las nubes. Después de un rato ella va a decir: “Me llamo Alba”. Había estado en Italia a los dieciocho años. Había viajado sola y no había conocido a nadie en el viaje, salvo a un chico del que se acordaba poco. El resto de las personas con las que había hablado eran mozos, azafatas y empleados en tiendas de suvenires. No tenía muchas fotos: ella y el Coliseo, ella y la Basílica de San Pedro, ella y la Fontana di Trevi. Lo que más recordaba del viaje era la Catedral de Florencia. Durante sus días en la ciudad, había tenido la sensación de que, caminara hacia donde caminara, terminaba siempre frente a la puerta de esa mole de mármol blanco y verde. Una noche, mientras deambulaba entre los faroles amarillos, buscando algún lugar para comer un pedazo de lasaña o pizza recalentada, había sentido que el edificio se movía detrás suyo persiguiéndola. No lo 60


había sentido como se siente una caricia en la planta de los pies en medio de la noche, había sido algo cierto: la había hecho casi correr, buscar un refugio. Ahora sueña con un bosque de gelatina y ve la torre de la catedral erguida entre los pinos y los arbustos. Pasa a su lado con indiferencia: la volvió a ver ya en otros lugres, en otros sueños, no la sorprende. Cuando despierte, parada de espaldas al lago, frente a un chico que apoya la suela de sus zapatillas en el paragolpes de una camioneta rotosa, va a decir cosas acerca de su viaje, cosas acerca del sueño. “Hoy soñé con osos de juguete que hablaban de las plantas y las flores”. “¿Y qué decían?” “Creo que hablaban sobre flores que no tienen olor y pueden comerse”. Cuando despierte, se frote con las manos húmedas la cara y alimente al gato, a los pollos y a los chanchos. Cuando pase la yema de su dedo índice por el hueco del mosquitero y anote en su libreta el goteo de las canillas del contrafrente, el tamaño de la rajadura en el techo del comedor por donde (está convencida) de un momento a otro puede caer una lluvia de escarabajos. Cuando haya pensado ya en su padre y en su abuelo mirando y adivinando en el campo la lluvia, el origen oscuro de los ruidos. En unas horas, después de caminar por el bosque que ahora recorre en el sueño, va a ver que la luz de la tarde enmarca con un halo azul la silueta de un chico desconocido con el que habla acerca de las flores. Lo va a escuchar decir “viaje”, preguntar “por qué”, pronunciar su nombre: “Tobías”. Cuando se vaya diluyendo su enojo con los adolescentes que tiraban botellas en el lago y vea que, por 61


alguna razón, es inexorable que la conversación con el chico de la camioneta se prolongue hasta que ya no haya luz en el cielo y empiece a hacer frío, ya habrán hablado acerca de su madre, la señora Vogel, y de sus días solitarios en la casa blanca; de los viajes que había hecho y de la torre de la Catedral de Florencia que la persiguió por la ciudad y que la sigue todavía en sueños. Cuando el chico haya fumado cuatro cigarrillos y le haya contado que él, como ella, también quería irse a otros lugares, pero no a Italia o a Buenos Aires o a otro punto concreto del planeta, van a estar sentados en el suelo mirando flotar a los patos cerca de la orilla opuesta del lago. “Ayer a la medianoche estuve en el club. ¿Estuvo alguna vez sola en una pileta pública flotando a la madrugada como esos patos o caminó por el patio de un colegio cerrado, de un gimnasio a oscuras y vacío? En esos lugares que siempre están llenos de gente y de ruidos, cuando no hay nadie, ahí me gustaría estar. Ahí me gustaría quedarme”. Va a soplar el viento, caliente y pesado va a pegotearse como cera en las ramas de los sauces. Y ella va a sentir, mientras Tobías habla, que sus pies son las aspas de un motor que intenta hacerla sobrevolar el pasto, que se la lleva hacia arriba, como se iban hacia arriba los astronautas (esas figuras antiguas, en blanco y negro, que hace muchos años saludaban desde la luna, por la televisión), esas flores peludas que deshacen soplando los nenes, los enamorados, en las películas para dejar en claro que todo está bien, que todo es liviano. “No, nunca estuve en uno de esos lugares. En todos los lugares en los que estuve siempre había alguien más”. Van a estar durmiendo en el corral los pollos y los chanchos. Debajo de los escalones podridos de la casa blanca, 62


Eduardo va a estar recostado encima de la tierra tibia todavía. Y el silencio del campo (un silencio lleno de ruidos, un silencio de verdad, salvaje) se va a ir tragando el bosque como una mancha de nata. Ella habrá dejado encima del mantel amarillo del comedor la libreta con anotaciones en birome y lápiz negro. Habrá pisado el suelo húmedo del campo y se habrá enojado con los chicos que molestaban a los patos. Ya despierta, lúcida, va a ver cómo a Tobías (los ojos sin blanco debajo de la gorra) le crecen en el antebrazo un arco y una flecha, una escopeta para matar elefantes que la apunta. “¿Usted ahora se va a quedar acá? ¿Ahora que su mamá murió se va a quedar a cuidar la casa?”. No va a responderle. Va a distraerse mirando sus mejillas hundidas, sus codos en punta, sus uñas desparejas sucias de tierra. Memorizando detalles. No va a preguntarle si no tiene miedo de perder el tiempo, de que se le escape y no vuelva; de no recordar nada cuando crezca, ni siquiera cómo era esa mujer con la que habló en el lago antes de irse para siempre de su pueblo en una camioneta naranja o la trama completa de lo que sueña cada noche. No va a pedirle por favor que la tutee. Va a decir: “Sí, yo me quedo”. Ahora duerme. Cuando despierte, va a pasar en un rato el día entero. Va a recordar vagamente un sueño con osos de juguete y plantas de gelatina, va a ver pasar encima suyo una tormenta, va a alimentar a su gato, sus pollos y sus chanchos, se va a enojar con unos chicos que juegan en el lago y se va a quedar con otro, más grande, más tranquilo, Tobías, hablando hasta que anochezca sentada con él en el suelo. Mientras conversen, Tobías va a decirle Alba tres veces. 63


La última, cuando en el umbral de la casa blanca la despida con un beso dentro de la cabina de la camioneta, va a funcionar como un conjuro. Ella va a llevarse las manos a la cara para aplacar un escozor repentino en los labios y va a palpar el hocico nuevo, el filo vibrante de los bigotes y los colmillos. Va a bajar de la camioneta y va a saludar a Tobías agitando en el aire una garra peluda y regordeta. Va a decir para sí misma, sin sonido casi, la palabra “suerte”. Al abrir la puerta, va a volver a advertir el agujero en el mosquitero y va a pensar que es peligroso dejarlo así; que si por ahí pudo entrar un mosquito también podría entrar una bala. Va a llamar a alguien para que lo arregle. Pero no en ese momento, porque ya va a ser tarde. La camioneta y Tobías van a ser un ruido que se va perdiendo en el bosque. Y un rato después ya no serán nada, cuando ella apoye en la mesa de luz las cintas azules que desate de sus orejas lanudas y otra vez, en su casa blanca en medio del campo, sola, vuelva a dormirse.

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Laura y Julia se fueron de viaje En la radio, como si fuera una novedad, una epifanía, dicen que el tiempo parece pasar más rápido cuando uno es más viejo. La locutora opina que eso sucede a causa de la poca atención que ponemos en los detalles cuando somos adultos y a lo dispersos que vamos por la vida pensando en nosotros, pero a él le parece que más bien pasa todo lo contrario. Para él, a medida que vamos creciendo, nos acostumbramos a escuchar más a los otros y por eso somos menos permeables a la cadencia con la que avanzamos solos a través de las horas y al eco de nuestros propios devaneos mentales que a las idioteces que dicen, por ejemplo, en la radio. En la infancia y en la juventud, no hay tantos detalles que atender, por eso todo nos resulta tan luminoso, tan importante. Le gusta ese pensamiento y se alegra de que el sobre de azúcar de su desayuno o la página de su libro de autoayuda esta mañana hayan llevado a la locutora a reflexionar acerca del tiempo y las edades del hombre. No es la primera vez que, de camino a la universidad, alguna trivialidad balbuceada en la radio le resulta útil para decorar su seminario de los sábados. Cuando una camioneta naranja cruza haciendo tiritar en el aire la luz roja del semáforo y avanza sobre su vehículo, va pensando en cómo deslizar el tema del tiempo y la madurez entre los contenidos que preparó para su clase. Desconcertado, acelera y el auto ondula en el cruce peatonal de la avenida. No es un buen conductor (nunca lo supo, nunca lo tuvo que saber, ahora lo sabe) y, en vez de frenar (sería lo adecuado), intenta 65


esquivar los escollos avanzando. Se le resbala el volante en las manos, escucha un grito (afuera, a su derecha, cerca) y siente que algo blando rebota entre la base del coche y el pavimento. Se asusta (¿pisó algo?,¿qué es algo? ¿algo que muere, que se rompe?), acelera, y se estrella de frente contra un kiosco de revistas. Termina todo: el silencio súbito. Nadie se lastima, sólo estallan las luces, se hunde un poco el paragolpes. La camioneta naranja ya está lejos, sin frenar, sin enterarse; el perro que pasó corriendo entre las ruedas (era un caniche marrón, lo blando que sintió pasar, con una correa roja que serpenteaba sobre la calle) lame la cara llorosa de su dueña. Un par de autos se detienen para ver el choque, buscan heridos y siguen su marcha despacio; algunas de las personas que pasan por ahí se acercan también y gritan pidiendo una ambulancia. Él quiere hacer un gesto: levantar la mano para indicar que está bien, que no hay problema. Pedir que no griten (odia que la gente grite por cualquier cosa, esa vocación popular por el barullo). Pero siente como si una lanza de hielo le atravesara la espalda y mira quieto, en el espejo retrovisor, cómo se evade de su control el rostro y va contrayéndose en una mueca ridícula. Alguien abre la puerta del auto y lo arrastra sujetándolo por las axilas, pero él ya dejó de sentir el cuerpo. Respira todavía, cuatro, cinco exhalaciones. Después nada. Paro cardiorrespiratorio y se acaba el color, la luz, el pensamiento. Omar ve la escena comiendo un sándwich de jamón y queso, detrás de la ventana. Deja de masticar cuando el auto frena y resbala, se queda estático, con el pedazo de sándwich reblandecido en la boca, hasta que pasan el chirrido de las gomas, las bocinas, el impacto, y traga cuando ve salir de abajo del auto azul a un perro 66


marrón arrastrando su correa. Toma un trago de jugo, abre la ventana y se asoma para ver si hay heridos. En la habitación de al lado, su mujer sigue metiendo cosas en la valija y Julia mira dibujos animados en la televisión. No se enteran del choque y él no les avisa. Cuando termina el sándwich, ve cómo sacan del auto a un hombre calvo de unos cincuenta años vestido con traje gris y pulóver bordó. No tiene sangre a la vista, no tiene golpes, parece desmayado. Lo apoyan en la vereda y lo apantallan con los diarios desparramados del puesto de revistas. Algunas personas gritan, se amontonan. Omar va con su plato y su vaso a la cocina y los enjuaga con agua tibia. Prende la computadora y comprueba (por tercera vez en el día) que aún no recibió ningún mail. Vuelve a asomarse a la ventana diez minutos después cuando escucha la sirena de la ambulancia. Un tipo atlético y bronceado con un mameluco blanco y una mujer gorda y bajita tapan el cuerpo del cincuentón con una manta celeste. Omar va a la habitación de al lado y le dice en voz baja a su mujer que no deje que Julia se asome al balcón ni a las ventanas, que abajo, en la calle, hay un muerto. Julia pregunta por qué el color celeste tiene un nombre si es azul claro y el verde claro se llama verde claro y no tiene ningún nombre distinto para él solo. Va rompiendo crayones, empuñándolos contra las hojas de una agenda vieja. Dibuja una araña y un sol, un avión visto desde abajo. Cada vez que termina un dibujo se lo muestra y arranca la hoja. Le pregunta a Omar qué puede dibujar y Omar le va dando ideas que ella siempre descarta: “un mono astronauta”, “la bandera de Turquía”, “dos chinos abanicándose”. Laura mira por la ventanilla y no se ríe. 67


Van a la terminal de ómnibus, en el centro, y el tráfico está quieto y abroquelado como la malla metálica de un reloj. Llegan tarde, Omar lo sabe y, además, Laura se lo recuerda: “No llegamos”. Omar no contesta, rebuzna por la nariz igual que un animal ofuscado y le dice a Julia que se quede quieta y callada y que dibuje lo que quiera, pero que junte los pedazos de crayón y no deje todo hecho una mugre. La calle se despeja y Omar acelera. Siente que el cuerpo se le ablanda al avanzar, aliviado. “Vamos a llegar, no te preocupes. El micro no va a salir sin gente, no vamos a ser los únicos demorados”. Hace más de un mes que Laura está programando este viaje a la casa de sus padres y desde que empezó a preparar y organizar las cosas no deja de exhalar un vaho constante de vértigo y apuro. Laura es un manojo fibroso de urgencia y electricidad cuando está decidida a llevar un plan adelante. Y siempre tiene planes. A Omar, más bien tranquilo, reposado, la intensidad de Laura que, en su momento, le resultaba erótica y avasallante, ahora lo abruma. Con la mirada perdida en el vidrio trasero del taxi de adelante, Omar sonríe recordando las palabras de su amigo Bruno la noche que conoció a Laura, hace unos once años: “¿Es así todo el tiempo?”. Apoya su mano derecha en la pierna de Laura y, sin mirarla, le da unas palmaditas amistosas. La clase de caricias que suelen compartirse con los hijos ajenos o los animales domésticos. “Vamos a llegar”. Laura no lo mira. Ve pasar carteles con la cara de Bruce Willis del tamaño de un portal de iglesia. No pasan, en realidad, los carteles, los que pasan son ellos, 68


al costado de un paredón que separa la avenida de las vías del tren. Avanzan a una velocidad constante sobre una línea recta, igual que esos móviles abstractos de los problemas matemáticos escolares. Omar intenta y no logra recordar cómo se llamaban las leyes y las fórmulas de aquellos ejercicios. “¿Eran las Leyes de Newton las que había que aplicar para resolver los problemas esos de los trenes y los autos que andaban a una velocidad X en una pendiente de Y?”. Laura abre los ojos como si Omar acabara de decir que él, en realidad, es su padre; como si, al abrir la boca, hubiera dejado salir un enjambre de avispas enfurecidas. Antes de que le pregunte de qué está hablando, si se volvió completamente loco o si busca entretenerla hasta llegar a la estación rememorando las leyes de la Física, Julia grita desde atrás que Newton no tiene leyes, que es un perro y no un policía. “Es un dibujo animado”, explica Laura. “¿Por qué no dibujás a Newton?”. “No me sale, pero puedo hacer a su novia que es blanca y se llama Lola”. Omar no sabe cómo es Lola, la verdadera novia de Newton, el perro de la televisión, pero la que Julia dibuja es una especie de nube con ojos enormes y labios rosados. “Te salió igualita”. “No, me salió mal. Ni siquiera pude dibujarle bien las botas” Julia hace un bollo con el dibujo y lo tira entre sus pies, debajo del asiento de Laura. “La voy a hacer de nuevo”. El tránsito se traba y Omar decide salir de la avenida. Dobla a la derecha y avanza por una calle lateral adoquinada. El auto vibra, salta y Julia se queja porque no 69


puede dibujar. Laura le dice que se calle y se quede quieta. Julia le contesta que no puede quedarse quieta porque el auto se mueve mucho. Omar acelera y sube el volumen de la radio. El locutor dice que falta menos de un mes para el mundial de fútbol. Detrás del vidrio de la ventanilla, Julia forma un corazón con sus pulgares y sus índices chiquitísimos. Mueve los labios en cámara lenta, abre los ojos enormes: “T-e-q-u-i-e-r-o-m-u-c-h-o”. Laura intenta hacerla sentar; lo mira y se muerde el labio inferior, resignada y feliz, le sonríe. Delante de ella, una mujer se lame la punta de los dedos y pasa las páginas de la revista Gente. Todos los asientos del micro están ocupados y el chofer cierra la puerta. Omar fuma parado en la plataforma y las saluda. Agita su mano con la misma vehemencia con que la gente la agitaba en las películas y los noticieros antiguos saludando desde los andenes y los puertos. Todo en blanco y negro, todo sin sonido hace Omar, mientras el micro, blando como una bolsa de harina, da marcha atrás, endereza la trompa y acelera. Omar atraviesa la cáscara de humo y ruidos de motor que envuelve a la plataforma. Adentro, del otro lado de las puertas de vidrio, los sonidos son ligeramente otros: música apenas audible (dice “vivir” la canción, dice “juntos”), la voz de una mujer que, anacrónica, anuncia los mismos arribos y partidas que muestran los monitores colgados del techo; un susurro crepitante que se infla y se desinfla como tortas dorándose en aceite. El aire huele a café quemado y al agua con hojas de laurel en donde se hierven las salchichas. Omar baja hasta el estacionamiento por una escalera mecánica apagada. Cuando toca la baranda de goma 70


se le pegotean las manos con un líquido viscoso y las limpia frotándoselas en el pantalón. El piso del estacionamiento también está mojado y grasiento: es como si toda la estación estuviese untada con manteca. Le hace un comentario al encargado del estacionamiento acerca de la humedad, pero no le contesta. Omar paga diez pesos y el tipo, sin mirarlo, le da un recibo. Hace calor: Omar se saca la campera y la apoya encima del asiento del acompañante. Cuando el auto arranca, deja dos huellas negras en el suelo. Es una forma infantil y primitiva, profunda del mal, la que impulsa a las personas a romper. Los rayones en la chapa de los autos, los tajos en los carteles públicos y los asientos de los colectivos; las firmas con aerosol en las paredes blancas. Es la manera que tiene de presentarse, cotidiana, la vulgar brutalidad de nuestra especie. Omar piensa, frente al espejo del baño de una estación de servicio, que puede rastrearse el origen de todos los desmanes y asesinatos perpetrados por la humanidad viendo cómo las personas tratan esos espacios comunes en donde mean y se acicalan. Es un pensamiento íntimo, una de las ideas que aprendió, desde hace tiempo, a guardarse para sí mismo o, a lo sumo, a compartir con Laura cuando la noche es cálida y toman vino con la cena. No un tema de conversación para los taxis, los ascensores o las reuniones informales de trabajo. Omar aprendió a moverse cómodo, sin expandirse, dentro de los límites del tópico y lo anodino. Sabe decir que de la violencia y de los baños deberían ocuparse los gobiernos; seguir el ritmo. Sabe asentir con la necesaria picardía cuando el chico que carga la nafta señala con la mirada a una 71


mujer pelirroja en minifalda que baja de una camioneta negra y dice: “Viene calentito el verano…”. Hace rato que se enteró, Omar, de que los hombres codician el brillo, los pequeños rayos verdosos, azulados que reflejan ciertas piedras; que se quedan embobados ante las ramas de apio y los corderos, si tienen hambre y que, cuando están tranquilos, satisfechos, vuelcan su asombro a los caballos y las espadas. Pero entiende también que hay una distancia infranqueable entre saber y decir algunas cosas. Por eso se aburre bastante Omar y últimamente evita todo lo que puede las relaciones sociales. Porque vivir con los demás es mentir (vivir, por ejemplo, con el chico que carga nafta), se sabe, y él prefiere disimular lo necesario; refugiarse en los paseos solitarios y el sonambulismo familiar. Es un escudo de ceniza, desligado y permeable que lo separa del mundo de los rayones en la pared, los debates en la televisión y los falsos compromisos solamente un poco, pero siente que se saca del cuerpo un lodo que le vuelve la piel escamosa, cuando puede no sonreír a los chistes, no firmar sin leer el dorso de ese contrato tan lleno de letras chiquitas. Intenta no hacer mucho, Omar, porque cuantas menos cosas hace, se siente más honrado. Después de cargar nafta, enciende la radio del auto y escucha una canción que estaba de moda hace unos diez o doce años. Marca el ritmo golpeando el volante y piensa en algunas chicas con las que bailó ese tema. Son difusas las sonrisas que evoca: surcos de dedos en la crema de una torta. Habla del año dos mil la canción; de dos personas que se encontrarán en un año dos mil todavía lejano, inexistente. Y Omar recuerda los días anteriores al año dos mil y al año dos mil dos y dos mil cinco cuando se emborrachaba sistemática72


mente con sus amigos cada fin de semana y salían a la calle corriendo como fugitivos. Se pregunta la canción qué será de todos cuando crezcan y sea ya el año dos mil. Omar, quieto frente al rojo de un semáforo, sabe que la pregunta es irrelevante, porque cuando todos crezcan (ahora), ese todos ya no va a existir. Cada uno estará, como Omar, disuelto en su cotidianidad, en su vida. Se verán de vez en cuando algunos, sí, como esta noche, pero sin mucho entusiasmo, sólo porque algo hay que hacer siempre, aunque no sea mucho. Sólo porque lo impone la excusa: Laura y Julia se fueron de viaje. Todavía le cuesta tirar los dibujos de Julia. Tiene dos cajas en el placard repletas de garabatos, pero ya no hay espacio para más. Una solución que encontró es la de elegir algunos y pegarlos con imanes en la heladera. Son como muestras temporarias y, si bien las obras terminan yendo a la basura, tienen sus quince minutos de gloria. De los siete que juntó en el auto, eligió uno en el que se lo ve a él y a una especie de araña amarilla flotando en un cielo de nubes rosas. “Son vos cuando seas angelito y una luz y un sol y una araña”, dijo Julia, “que viven solos en el cielo rosado”. Dice cosas así todo el tiempo. Para ponerlo en la heladera, saca un pedazo de cartulina amarilla en el que Julia había pegado brillantina encima de la palabra papá. Son las cuatro de la tarde y no tiene nada que hacer. Abre una cerveza y se sienta a ver televisión. En el canal de noticias pasan imágenes de un terremoto en algún lugar de Centroamérica. En letras blancas se lee: 250 MUERTOS. ¿Por qué siempre es exacto el número de muertos en una tragedia? Siempre son cien, ochenta, seis millones. ¿Qué opinará de todos esos ceros el 73


muerto seis millones uno? Recuerda Omar el choque de esta mañana. ¿Habrán hablado los noticieros, los diarios, de esa muerte? Se levanta del sillón y va hasta el escritorio dispuesto a ver si aparecen datos del choque en Internet, pero a mitad de camino se da cuenta de que en realidad no le importa. Ni el muerto de enfrente de su casa, ni los que van engordando el número redondo de la tragedia centroamericana. Prefiere poner música en la computadora y sentarse a leer un libro. Cada vez que termina una pista, durante algunos segundos, Omar levanta la vista del libro como si algo en el silencio pastoso de la tarde reclamara su atención. Lee una novela de Thomas Bernhard que transcurre en un hospital. Coinciden la luz del libro y la luz de la casa. Amarilla como el agua de un estanque abandonado, como el fondo de una olla de sopa fría. En el libro el silencio es sólido, salpicado de toses y flemas: un tronco masticado por termitas. En su casa, escucha ruidos ínfimos detrás de las paredes, dentro de las puertas y las patas anchas de los muebles. Ese es el silencio, esa es la luz, ahora, esa serenidad. Sin la voz de Julia, sin el ruido del televisor, el sonido del teléfono celular lo asusta. Es un mensaje de Laura: todavía no salieron a la ruta porque hay cortes en la autopista. Omar escribe “Paciencia. Las quiero”, y apenas manda el mensaje se da cuenta de que va a tener en su esposa un efecto irritante. Debería haber contestado: “Qué desastre” o “Este país es una vergüenza”, algo que acompañara la indignación de Laura y no que intentara apaciguarla. Pero no puede evitar, al menos con ella, ser sincero. Espera un rato, pero el teléfono no vuelve a sonar. Suena después, pero él se está bañando y no lo escucha y 74


no responde. Y Laura escribe, en su tercer intento: “¿Estás bien?”. La noche no hace nada, pero a Omar le gusta pensar que sí, que la noche avanza encima de los techos bajos del barrio y que es ella la que transforma la brisa de los árboles en ese murmullo lúgubre, en ese rezo. Camina y tiene tiempo, Omar: salió de su casa temprano y sin auto. Se demora en las calles angostas y de luz aduraznada, marca el paso (como no hay nadie más que él, como todo pasa ahí puertas adentro y no lo miran) a la manera de los galanes, briosos hasta la homosexualidad, de las comedias musicales. No baila, pero casi. De un modo ridículo, personal, solitario, se divierte. Disfruta de la noche lo básico: los gatos entre los autos estacionados, el ruido de los cubiertos y las noticias en el televisor filtrándose por las líneas de luz en las persianas bajas. Que hayan pasado ya los overoles caqui de los porteros, las mujeres cargando pedazos de carne cruda en bolsas de plástico, los chicos salidos de un catálogo de ropa acomodando las patas de un trípode y el foco de un farol frente a una tela blanca. Le gusta de la noche que sea sin ciertas cosas y sostenga esa indiferencia estoica a los fantasmas. Cuando era chico y se apagaba la luz, Omar sentía pánico, como casi todos. Pero en su caso, el miedo era extraño: no temía, como la mayoría de los chicos, que de las cortinas, de los cajones llenos de medias surgieran muertos y espectros, lo que lo atemorizaba era pensar que, sin luz, él pudiera volverse invisible y que ni sus padres, ni nadie más pudiera volver a verlo nunca. Julia pregunta por los monstruos algunas noches (los llama monstruos, Julia, a los fantasmas) y él, para tranquilizarla, le dice: “Los monstruos y los fantasmas 75


nos tienen miedo”. Le dice que por eso inventaron la noche, para que no los veamos. “A la noche los fantasmas comen y pasean, porque el día es de nosotros, pero la noche es suya”. Julia no se conforma y pide que le deje una luz encendida para espantar a los monstruos, para que crean que en su pieza es de día y pasen de largo. Él se la deja algunas veces, otras no. Le dice que la luz artificial no engaña a los fantasmas y que es preferible la oscuridad porque nos hace invisibles. Pero Julia insiste, se enoja, “cuando se apaga la luz”, replica, “nosotros seguimos estando”. La música está fuerte. La música está demasiado fuerte. No puede escuchar lo que le dice la chica que le trae las bebidas, pero le responde: “no, gracias”. Bruno se ríe de algo que dijo él mismo, pero Omar tampoco lo escucha. Juan revolea los ojos y simula el sonido de una bomba que es lanzada hacia arriba (silbido) y que, cuando cae en la mesa, explota (Buuuum). Omar toma un sorbo de su whisky con Coca-Cola y dice: “No los escucho”. Es un bar que imita los pubs irlandeses. Encima de la mesa en donde están sentados cuelgan banderines de equipos de futbol europeos, y hay un cuadro con retratos de escritores nacidos en Irlanda. Sobre las caras en blanco y negro se lee, con obviedad insoslayable, “Irish writers”. Omar juega a nombrar mentalmente cada uno de los rostros: Oscar Wilde, Samuel Beckett, James Joyce, Yeats, Swift, Shaw. Reconoce seis de doce. Y está bien: él es mitad irlandés. Le causa gracia la coincidencia de porcentajes y tiene el impulso de contárselo a sus amigos. En cambio, dice: “¿Leyeron Gulliver? Los viajes de Gulliver”. 76


“Sí, el de los enanos”, dice Bruno “Ese. Bueno: uno de esos tipos que están ahí lo escribió. Si adivinás cuál es te pago un trago, si no me lo pagás a mí”. “¿Y yo cómo se que vos no me vas a mentir si adivino?”. “Yo le digo a Juan en secreto cuál es y él te dice si acertaste”. Juan no está escuchándolos, mira a unas mujeres que acomodan los abrigos en la mesa de al lado. Omar le explica el juego y él dice que quiere adivinar, que él sabe cuál es Swift. “Gulliver”, corrige Bruno. Se conocen los tres hace más de veinte años. Eran compañeros de colegio. Usaban guardapolvos grises, rezaban y cantaban el himno a la bandera antes de entrar a las aulas. Hacía frío siempre. Omar se acuerda del frío, del color gris. Se acuerda de que asaltaban, durante el recreo, el aula de los otros cursos y robaban lápices, gomas de borrar que acumulaban como trofeos de guerra debajo de sus pupitres. Recuerda la cara esquelética de un búho, Omar, que una mañana entró en el gimnasio y se quedó mirándolos a todos desde el techo hasta que el profesor de gimnasia lo mató con una pelota de básquet. La vez en la que Bruno se quebró una pierna imitando una toma de catch en el patio cubierto; las tardes en las que Juan le decía, sentados en el colectivo, volviendo a casa, que la Biblia era un libro como cualquiera, una historia inventada. Omar recuerda cómo se escondían detrás de las cortinas durante los actos de la Independencia y de fin de curso; el olor a pan tostado de la casa de Mariano, que vivía a dos cuadras de la escuela y que los invitaba siempre a merendar y a jugar juegos electrónicos en el televisor. Cuando eran chicos de guardapolvo gris, cuando 77


cantaban el himno con la voz quebrada y baja de los condenados, Omar recuerda que vivían en aquel mundo frío y de días cortos. A medida que va perdiendo el gas y se entibia, el whiscola empieza a tener gusto a ceniza. Bruno señala a Oscar Wilde y pierde la apuesta. Juan le dice que tendría que haber señalado al menos algún retrato más antiguo sabiendo que Los Viajes de Gulliver es un libro anterior a la fotografía. Bruno le responde que si le pregunta al bar entero cuál de esos tipos escribió Gulliver, la mayoría va a señalar la misma foto que señaló él. Omar termina el whiscola tibio y va hasta la barra a pedir otro con la plata que ganó en la apuesta. En el bar hay más gente que se acumula de pie entre las mesas y se aglutina frente a la barra. Debajo del bar hay un sótano con una pista, pero está cerrado: abre después de medianoche, cuando las personas hayan gastado ya buena parte de su plata en tragos y cerveza y estén dispuestas a pagar treinta pesos más para saltar y gritar en un agujero vaporoso y agobiante. Piensa así Omar, no puede evitarlo. Piensa con ese ofuscamiento pueril heredado de su adolescencia y sigue viendo en el entretenimiento simple y algo tonto de las discotecas una afrenta directa a su estudio minucioso de los arpegios de Jimmy Hendrix o de las letras de los Doors. Al ver en el espejo ubicado detrás de las botellas su cara levemente alterada por el alcohol, se pregunta si será ya patética ahora la evocación de esa mirada altiva, si será ridícula su manera de acomodarse hacia un costado el pelo que le cae sobre las cejas. Ve a Bruno y a Juan, sentados en su mesa, gesticulando también, moviéndose como se movían en los días cortos de invierno en la escuela, idénticos siempre a la imagen que de ellos Omar conserva en el fondo de la 78


memoria, como una vela encendida desde hace más de veinte años. Mientras camina de vuelta hacia la mesa, esquivando codos y espaldas con su trago en alto, Omar se siente liviano. La combinación de la música, el murmullo y el hacinamiento lo envuelve, lo arrulla y le ruboriza las mejillas con un entusiasmo espontáneo. Va a decirles a Juan y a Bruno que es increíble ver cómo hay algo en ellos que sigue igual; que es bueno poder estar todavía juntos y conservar esa época en la que todos los días eran distintos, no como ahora que no logra diferenciar un día del otro. Incluso, a veces, meses enteros. Va a decirles que fue en esos años fríos, en el patio de la escuela, en los bares, en donde ellos terminaron de hacerse ellos para siempre. Pero, cuando llega a la mesa, los ve distraídos hablando con un grupo de tres mujeres. Les están preguntando cuál de los escritores del cuadro de la pared escribió Los Viajes de Gulliver y dos de ellas, para regocijo de Bruno, señalan a Oscar Wilde. La tercera, a uno que nadie sabe decir quién es, pero que Juan, mirándolo a Omar en busca de complicidad, decide nombrar Matías Fillmore, como un antiguo compañero de escuela, al que se le parece bastante. Omar entra con naturalidad en la conversación, se ríe, se presenta, sigue hablando con las mujeres acerca de Johnatan Swift, los viajes, los enanos y después acerca de nada. Juan y Bruno son solteros y, para no ver de frente su repetición, su agotamiento, se vuelcan a una costumbre compartida desde hace años: las mujeres. Omar toma su trago y pide otro más. Les sigue el juego y se divierte. Camino a la barra, ve en su teléfono celular un mensaje de Laura de hace unas horas: “Nos vamos a dormir. Un beso”. 79


Si hubiera un accidente y Omar, frente a un juez o un policía, tuviera que indicar cómo fue que subieron los seis en el auto y en qué lugar estaba sentado cada uno, tendría que decir que él no se acuerda de nada, que él tenía la cara pegada al cuero, por momentos, al vidrio empañado y que sabía que encima suyo había una mujer que le clavaba los huesos de la cadera en el estómago, pero que no sabía su nombre. Tampoco podría decir quién manejaba, tal vez Bruno o una de las mujeres. En todo caso, alguien borracho. Dijera lo que dijera Omar, frente a cualquier tribunal, sabría que la culpa sería suya. Habían estado tomando tragos y cerveza cerca de la barra, habían bajado a bailar. Tenían la voz ronca de fumar y gritarse chistes al oído. Alguien había comprado un chocolate a la salida del bar y se lo pasaban entre todos. Una de las mujeres empezó a cantar una canción de B52 a los gritos y el resto se unió. Nadie sabía la letra, pero todos inventaban y chillaban cuando llegaban al estribillo. Es una canción vieja, pero todavía la pasan en algunos bares y discotecas. Desde el balcón, Omar mira el río. Lo que ve, en realidad, es una brecha: un espacio neutro en el que las luces se extinguen, hacia el Este. Están en un piso alto y puede ver también las vías del tren, los lagos y el parque. Sin trenes, oscuro todo, quieto. Adentro, Juan está revisando los discos con una de las mujeres y Bruno habla a los gritos con las otras dos. El vidrio amortiza la música y las voces. Omar fuma; asomando el cuerpo sobre la baranda, mira hacia abajo y calcula que están, por lo menos, en un piso veinte. No tiene vértigo, pero siente ese miedo tan común, esa curiosidad mórbida que mucha gente, expuesta a las grandes alturas, siente por arrojarse. 80


Podrían haber muerto hace un rato. Iban demasiado rápido, pasaron semáforos en rojo. Y él cantaba. “Podés fumar adentro si querés”. Trata de recordar el nombre. Dos de las mujeres tienen el mismo nombre: Viviana o Luciana. La otra se llama Victoria, pero no es esa. Es la más baja. Está casi seguro. En todo caso, para responder, para hablar, para pasar incluso el resto de la noche con la mujer que se acerca a conversar en el balcón no hace falta saber su nombre. “Ahora entro, estaba mirando el panorama”. “¿Algo interesante?”. “No mucho, me parece que lo interesante está adentro”. Omar señala el living: Bruno, Juan y las otras dos mujeres parecen haber inventado un juego que los obliga a intercambiar besos y tragos de alcohol. La chica le sonríe. Sonreían así las chicas. La mujer es una chica que le sonríe. Omar le dice Luciana, y acierta. “Luciana” Tiembla en las pestañas machacadas con el barro del maquillaje la sonrisa que, antes, se insinuaba en los labios. Hay una magia sucia en la pronunciación correcta de su nombre. Brilla la mirada, encima de las pecas, las arrugas pequeñas, pero definitivas, se dilatan debajo de las cejas. Por inercia y costumbre, Omar la besa en la boca. Un beso correcto y sin fervor. “¿Entramos?”. Cuando la vista se adapta a la oscuridad ve los ojos de plástico marrón de una pantera negra de peluche apoyada encima de un armario. Al lado hay un espejo que refleja la cama. El es un bulto negro y Luciana (esa mujer), una sombra apenas, desnuda, acurrucada a su lado. Están en la habitación de Luciana, en la 81


casa de Luciana, que es ese departamento alto, ese piso veinte o veintidós desde donde puede verse el río y el tren, cuando pasa; la copa de los tilos tiritando encima de la avenida. Están solos y es de día casi ya, detrás de las persianas bajas. Omar tiene una mano apoyada en el muslo desnudo de Luciana. Luciana debe tener unos veinticinco años. Vagamente sabe que es ingeniera o arquitecta y que trabaja en una tienda de ropa. Omar no le contó quién es él. Se limitó a bromear, a mentir, a no decir nada. La pantera de peluche es vieja, está sucia. ¿Por qué conserva esta mujer ese muñeco encima del armario? Puede ser por dejadez o por nostalgia. Si le contestara esa sola pregunta, Omar sabría muchas cosas acerca de Luciana. A Omar no le importa, y no pregunta. Luciana duerme. Omar se levanta y va hasta el baño. Desnudo, tanteando las paredes para encontrar la luz en una casa ajena, recuerda otras épocas. Está debajo de una toalla la luz, y es tibia, la luz, es amarilla, y el baño, mayormente rosa. Cierra la puerta y, pudoroso, Omar deja caer un chorro de pis en el agua quieta del inodoro intentando no hacer demasiado ruido. ¿A quién puede molestar, Omar, si hace ruido? No sabe. A una mujer. Luciana. Sin ropa, en su cama. A oscuras. Mientras vacía la vejiga se va disipando en él todo resto de entusiasmo. Prefiere que no se despierte Luciana, Omar, quiere vestirse y estar rápido, de nuevo, solo, en su casa. Esperar a su mujer y a su hija. Estar tranquilo. Como muchas veces antes, igual, los mismos gestos, como en el bar, sus amigos, agitaban las manos para 82


enfatizar la gracia de sus bromas, desnudo frente al espejo, se enjuaga la cara Omar, frunce los ojos y, al abrirlos, ve, entre él y su reflejo, una constelación de explosiones luminosas. Son arañas diminutas de luz moviéndose en el aire. Y una de ellas, le parece, es el sol, o todas, no podría estar seguro. Hay un sol o varios soles entre las arañas de luz y los labios se despegan, los ve en el espejo, separándose para decir que hay una araña-sol de luz que camina hacia un cúmulo de nubes rosas dibujadas con crayón en los azulejos del baño de un departamento en el piso veinte, veintidós, pero no dicen nada. Quieren hablar, pero no hablan los labios. Omar se palpa la boca, pero las manos siguen de largo, no se detienen en su cara, en su cabeza: no hay nada que sostenga, nada que toque ni palpe, es humo en el humo y ya no está Omar, en el baño, en el espejo. Ni sus manos, ni su cara pesan: se desvanecen. Grita, pero no hay sonido, quiere alcanzar el picaporte y resbala, sobre sí mismo resbala, aunque no está seguro de que sea eso resbalar o, más bien, otra cosa, nueva, sin nombre, que sólo le pasa a los muertos. ¿Sueña Omar en la cama de Luciana que se despertó, que caminó desnudo hasta el espejo, que no se siente ya las manos, que es vapor en un cielo de crayón rosado? No habrá forma de saberlo, porque, aunque intenta mostrarle a Luciana la araña sol, cuando amanece del todo, cuando el día se infla como un capullo; contarle que en el baño hay un cielo de nubes rosadas, sabe que no hay modo de decirle eso, que pueda verlo. Luciana (esa mujer), se cepilla los dientes, se rasca la cabeza despeinada y él la ve estar, sin peso, sin 83


relieve; fundido con la luz amarilla y la cera resbaladiza de los crayones: igual que en el dibujo de Julia, sostenido por un imĂĄn redondo con forma de delfĂ­n a la puerta de su heladera.

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El enemigo A veces, Amadeo piensa que fueron las cosas que le metió en la cabeza la señorita Norma. Argentina es grande, les decía, a él y a sus compañeros. Miren a Uruguay, qué ínfimo, qué diminuto; vean a Chile, raquítico; a Brasil, pura selva, pura nada salvaje, kilómetros de desiertos verdes repletos de monos, y Paraguay, una réplica de Formosa, o Bolivia, un cascote bruto, sin mar. Argentina es grande y rica, no hay en el mundo un país así. La señorita Norma señalaba con una tiza el mapa que colgaba delante del pizarrón y les decía que en Europa tenían que poner las vacas una encima de la otra y darles de comer en la boca; que donde había nieve no había mar, que donde había montañas no había campos y que, cuando se aburrían, cuando tenían hambre o ganas de molestar, todos esos países chiquitos se mataban entre sí; que había que estar atentos, porque en Europa, cada vez que las papas ardían, se venían para acá: se subían a los barcos y arrasaban con todo. Y ellos, con las mochilas en los hombros, con las manos sucias de tinta azul lavable, volvían a sus casas y masticaban las milanesas de sus madres (las únicas y gloriosas milanesas de sus madres, hechas con la carne de las mejores vacas del planeta) y si les preguntaban la capital de Tucumán decían San Miguel de Tucumán, con la boca llena, la de Buenos Aires, La Plata y los abuelos decían que eran distintos, que a su edad era algo fuera de lo común tener tanta memoria. Y ellos estaban orgullosos de ser especiales entre los mejores. 85


La señorita Norma es un personaje plano. En su memoria, en la de muchos otros hombres, no es más que el eco de un “siéntese y deje de mover las piernas, ¿quiere salir volando?”, párpados celestes, alguna insinuación de erotismo en el vaivén cadencioso de las tetas cuando se acercaba el verano. “Tenemos que tener orgullo de haber nacido en este lado del mapa, en esta abundancia: hay más pan, más trigo, más carne que hambre y esa ecuación da al revés en todo el mundo”. No sabe, ni sabrá nunca, como ninguno de sus compañeros, si había días tristes, amantes, plegarias de rima infantil murmuradas encima de la almohada, en la intimidad de la señorita Norma. No sabrá en qué pensaba cuando les decía que Suiza era Bariloche, que Brasil era Misiones, que París era Buenos Aires. Que no les hacía falta subir a un avión para conocer el mundo. Ahora, al ver en la estación de micros el cartel que indica las llegadas y partidas, recuerda a la señorita Norma viva y clara. Está en San Martin y viene de General Belgrano. Detrás de la señorita Norma, en el aula, encima del pizarrón, colgaban los retratos de aquellos próceres y entre ellos, un crucifijo con una rama de olivo seca cruzada tras los brazos. Se repiten San Martín y General Belgrano. También Lavalle y Sarmiento. En los carteles de la estación, en el frente de los micros, en las plazas y las avenidas principales. Porque San Martín llevó, con un sombrero triangular, con una espada curva, la libertad a todos los pueblos de América. Si no fuera por él, no habría Argentina, no habría sobre todo Perú, no habría Bolivia. Belgrano inventó la bandera, estiró la mano y la arrancó del cielo, Lavalle peleó con Brasil a machetazos y se encargó de hacer lo que tenía que hacer para 86


que el país no se llenara de salvajes y Sarmiento inventó la escuela, fue presidente y trajo gorriones y árboles que dan sombras frondosas, aire fresco, a los paseos de Buenos Aires. También Saavedra y Paso y Moreno y Dorrego, se repiten en los pasajes y las peatonales. Son los mismos bustos, los mismos brazos alzados encima de caballos de mármol y bronce y materiales menos nobles, menos definitivos. Les decía la señorita Norma que los próceres eran personas comunes, que tenían caries y diarrea y que por eso su gesta era tan especial, tan loable, porque tenían lo mismo que tenían todos y con eso se habían forjado un nombre en una peatonal, un busto de yeso en el hall de una estación de micros. Los pasajeros que van llegando a la plataforma parecen todos iguales desde su posición, a las doce de la noche. La luna y los faroles amarillos los untan con un resplandor suave. Parecen muñecos hechos con velas, con miga de pan: un ejército desordenado de soldados de plástico. Una nena arrastra a una mujer de la mano. La nena está despabilada, brilla como un limón en un invernadero, la mujer, su madre, cansada. Él simula leer un libro, pero ve cómo la nena se sienta a su lado. La ve estirar los pies encima de una valija bordó, sacar papeles dibujados del bolsillo de su campera. La escucha hablar con su mamá. “Este es para el abuelo, este para la tía Zulma”. “El tío nos viene a buscar, pero no le hice ningún dibujo: ¿Puedo hacerle uno?”. “Lo estoy llamando al tío, no se dónde estará”. “¿Viene con el auto?”. “Quedate quieta”. “Estoy quieta”. “Hacele un dibujo sí”. “¿Y qué le puedo hacer?”. “No me contesta tu tío”. “No puedo dibujar acá, no hay espacio”. Amadeo saca de su bolsillo un terrón de azúcar que había guardado en el café y se lo da a la nena. “¿Cómo 87


te llamás?”. “Julia”. “¿Qué se dice Julia?”. “Gracias”. “¿Qué ibas a dibujar?”. “Un sol, pero no puedo apoyarme bien”. “Podrías apoyarte en la valija”. “No, es blanda para dibujar. Ya hice otros: una casa, un reloj con alarma y el perro rabioso”. “Muy bonitos. ¿Viniste a visitar a tu familia?”. “No, a mis abuelos y mis tíos y mi prima Laurita”. “Bueno, por eso, tu familia”. “Mi familia es mi papá y mi mamá. ¿Querés que te escriba tu nombre?” “Bueno, me llamo Amadeo”. “Ama como la de mamá y la d, y la e y la o. Es gracioso tu nombre”. “¿Si?”. “Sí, me hace acordar a mareo. Amadeo mareo mareado”. Arranca la hoja de su cuaderno y se la da. “¿Sabías quién es ese de la estatua?”. “San Martín”. “Sí, claro, San Martín”. “Julia, decile chau al señor que ahí vino el tío”. “Chau señor”. “Chau Julia, gracias por el dibujito”. “No es un dibujito, es tu nombre”. Tiene un auto celeste, el tío, tiene bigotes. Lo ve saludar detrás del busto de San Martin. Cara de cansado, delgado y sin afeitar. Amadeo saluda a la nena con la mano y mira las caderas, el culo joven de la madre. Unos treinta años, tal vez dos o tres más. Morocha y fuerte: típica argentina. Cuando salen de la estación, por la puerta contigua, ve entrar con un bolso azul y ropa deportiva al enemigo. Dos semanas atrás, con una tanza, había asesinado a uno algo más bajo y morocho que este. Parado en la salida de la estación, frente a una fila de taxis, pensó: siguen viniendo. Aunque es inútil, aunque no ve más que azul noche sedimentado en campo negro, mira por la ventana. Amadeo conoce el campo que bordea las rutas. Podría dibujar el contorno de los postes y los cables, de los alambrados, arrastrando su dedo por el esmalte vapo88


roso del vidrio. Podría si quisiera, Amadeo, sacudiendo en el aire su muñeca, marcar la curva de intensidad del viento y el porvenir de las cosechas de arroz, de los campos de damasco. Para Amadeo, eso es como sacar del fondo de su galera un conejito, como manipular pedales y teclas. Porque, encima de las torres de tensión, a treinta metros, cuarenta metros del suelo, pasa tardes enteras midiendo y comparando, viendo temblar agujas en anemómetros. Es su trabajo saber qué va a pasar con el tiempo y los paisajes, qué va a pasar con las protuberancias de las nubes y la tensión de la madera. Debería estar en San Martín descansando para empezar temprano las mediciones. Cambiando los canales del televisor en un hotel con olor a sopa cuajada; asomándose desde la ventana para ver la pileta celeste con el agua estancada llena de hojas secas y sapos, los árboles pintados con cal de las raíces a las ramas. Debería haber apoyado sus instrumentos de trabajo en la mesa de luz de patas desparejas y madera de pino y su ropa encima de una silla de plástico que por el peso se dobla. Estar acostado y durmiendo en vez de viajando a 150 kilómetros por hora a mitad de la madrugada, con los dientes cepillados, las manos juntas debajo de un almohadón rasposo. Pero está sentado en el micro, a dos asientos del enemigo. Lo ve dormir con su facha genérica: un tipo con el pelo azul de tan negro, como los exploradores en las historietas de Tarzán, las víctimas de los asaltos en las de Batman y el Capitán América. Un aspecto impermeable a la expresión y las diferencias; el molde básico sobre el que debería construirse una cara. Estaba mirando un pollo la primera vez que estuvo cerca del enemigo. Diego le decía que era un pavo, 89


pero él decía que era un pollo, que los pavos tenían cola, plumas de colores. Estaba perdido, fuera lo que fuera, el pollo o el pavo. La casa más cercana que podía verse desde encima de la torre estaba a unos tres kilómetros. Se distinguían algunos animales. Caballos, aves. Podrían comérselo. Pero antes tenían que saber si era un pollo o un pavo. “Da igual”. “No, para nada da igual”. ¿Una vez cocidos, al lado de una montaña de puré, qué diferencia a un pavo de un pollo o de una gallina cualquiera? Lo que los diferencia es que haya alguien que se de cuenta. “Como cuando te venden gato por liebre”. “Eso, como cuando pinchás la carne de la liebre y masticás un gato”. “Entonces hay que comérselo, para saber qué es”. “Habrá”. Duerme el enemigo y Amadeo no lo mira. Por la ventana del micro se ve el resplandor de San José, tenue y palpitante, a la izquierda de la ruta. Lo ve a la izquierda, pero está adelante. Sesenta kilómetros al oeste, antes de las sierras. Según los mapas que podría dibujar con el dedo, que conoce de memoria, por haberlos visto desplegados en los libros de la empresa, debajo de las torres. Estuvo muchas veces ya en San José, recorrió otras noches esa misma ruta. Pero no las recuerda: en su memoria son una sola todas las noches viajadas. ¿Qué diferencia una noche de otra cuando uno va sentado en el interior oscuro de un micro? Fuera un pavo o un pollo, Diego no podía agarrarlo. Se divirtió un rato Amadeo viéndolo correr y tropezar. Después bajó de la torre y lo ayudó y entre los dos pudieron. Pero fue en medio de la ruta que lograron al fin agarrar al pollo, y no vieron venir el auto azul, japonés, polvoriento. Demasiado cerca lo tenían cuando sonó la bocina, cuando escucharon el caucho de las ruedas gastándose contra el pavimen90


to y lograron saltar, revolcarse en la banquina. El enemigo, impávido, sereno como el cronómetro de una bomba, esa vez pelirrojo y con los ojos claros, bajó del auto cuando el susto se disipaba y se volaba el pollo. “El pavo”. Diego corrió a agarrarlo, pero Amadeo no pudo pararse y correr con él porque le dolía una pierna. “¿Están bien?”. “Sí, me doblé el pie, ¿No nos vio?”. “Yo los ví, pero pensé que usted iban a moverse”. Es extranjero. Habla raro. “¿Qué hacen parados en medio de esta ruta?”. “Atrapamos un pavo”. “No es un pavo, es un pollo”. “Tengan más cuidado. ¿Qué le pasó a su pie?” “Nada”. “Tiene sangre en su pantalón. Lo llevo al hospital, no puede pararse así”. “No hace falta”. “Suba que lo llevo, no puede dejarlo, es cerca, el hospital, de acá unos kilómetros. No hay nada que hacer importante si no es el cuerpo”. Accedió Amadeo a subir al coche. No por su pie, no por el dolor que no era tanto. Por el tono de voz extranjero, esa manera de hablar algo ridícula. Ahora sabe, en ese momento no lo supo: subió porque debía. Ahora que va a matar de nuevo y cruzan la ruta con el enemigo, piensa Amadeo en el primer viaje al hospital. “Hay muchas vacas más aquí que cabras sueltas en los campos, eso sorprende”. Tenía los bolsillos llenos de guindas y se las ofrecía como se ofrecen a un perro golosinas. “Las compré a un señor de la ruta. Es la época, son las que quedan acá. Si no las venden, las tiran. Acá la comida sobra, la tiramos”. “¿Está de paseo?” “No, no hay paseos, hay planes y trabajo”. Traje de verano, de tela liviana y clara, mocasines lustrados y una corbata azul enganchada a la camisa con un broche dorado. “¿De dónde viene?”. “Para el trabajo de la 91


tierra, tratando de abrir más nuevas posibles de cultivos. ¿Usted trabaja en la compañía de los teléfonos?”. “No, trabajo midiendo la fatiga en conductores eléctricos. Electricidad. Esas torres que se ven en la ruta se llaman Leat quinientos. Quinientos kilovatios. Cuido que no se caigan, que no se rompan y haya problemas”. “¿Repara las torres?”. Le sangraba la rodilla y se iba formando una aureola púrpura en torno a la tela rasgada del pantalón. Hacía calor en el auto, iban sin aire acondicionado, con las ventanas altas. El enemigo no transpiraba. “Evito que se rompan. Mido vibraciones mecánicas, oscilaciones del viento y de la temperatura”. “¿Puede ver el clima, las lluvias?”. “Puedo”. Colgando del espejo retrovisor brillaba un adorno: una medalla con la imagen de la Virgen María rodeada de estrellas, dos cintas rojas. El auto era prestado. “Saber el clima es importante, pero uno no puede estar seguro, si fuera seguro mucho más fácil para el campo y el trabajo planificarlo”. “Yo estoy seguro. Las mediciones son seguras porque sino se caerían las torres, se romperían”. “Nadie sabe si llueve o no de un tiempo adelante. Hay sequías, a veces, granizo”. “No pueden saber cuándo va a pasar siempre”. Entre las piernas estiradas, debajo del asiento, Amadeo tenía la caja de herramientas. “Con estos aparatos puedo medir las probabilidades de lluvia, de vientos fuertes, puedo saber si la madera y los cables van a aguantar más de un mes, un mes y medio”. Encendió el medidor y sintió que el enemigo lo miraba con sorna. “¿Serviría para la lluvia de piedras, para la nieve de un tiempo hasta acá en Buenos Aires, el humo negro que cubría los campos?”. Los instrumentos no marcaban nada. Amadeo pensó, al principio, que el anemómetro fallaba, que el visor del vibrógrafo se había quemado. 92


Van llegando a San José. Al pueblo se entra por un bulevar pelado. La impresión es idéntica a la que se tiene al ingresar a casi todos los pueblos de la provincia: casas bajas con zaguán y jardines delanteros sin flores ni macetas; números pintados con tiza mojada en las vidrieras que anuncian descuentos en mangueras, en materiales para la construcción. La diferencia entre San José y la mayoría de los pueblos es que su entrada vacía, esa secuencia de casas iguales y negocios anodinos, es el centro. No hay nada más en San José: el pueblo es el bulevar, la estación, una plaza. Antes de entrar en la terminal, el chofer enciende las luces internas, sube la radio, y los pasajeros tosen, se ponen los abrigos, se levantan. Amadeo, como siempre, espera a que el micro esté vacío y es el último en bajar a la plataforma. La ruta estaba despejada y el enemigo manejaba a 160 kilómetros por hora. El paisaje era tan llano y continuo que daba la sensación de estar encima de una balsa estancada, de algo quieto. “¿Qué le dice el aparato? ¿Habrá una lluvia, el sol; habrá tormenta?”. “No dice nada”. “Puede que ya no sepa qué decir con tanto cambio ya en el clima. Es difícil decir qué va a pasar siempre”. Se desbordó el rostro del enemigo en una carcajada breve y Amadeo lo vio idéntico a un roedor. No a un ratón o una rata de verdad, a una de esas comadrejas erguidas que aparecen en las ilustraciones de las fábulas. “Le dije que no se sabe con el tiempo, las máquinas no podrían adivinarlo. A eso se dedicaban brujos, sabios de la religión, grandes computadores científicos y no son exactitud tampoco”. Amadeo seguía tratando de hacer funcionar los aparatos. Los encendía y apagaba; los sacudía. Y mientras intentaba hacerlos reaccionar se iba instalando en él la idea de 93


que el silencio de sus herramientas no era casualidad, no era desperfecto: le estaban diciendo algo. “En la Argentina me dicen frío polar, dicen ola de calor, como si esas cosas fueran suyas de siempre y las tuvieran”. No podría asegurar si eran palabras de su memoria o del enemigo: el recuerdo se vuelve difuso a esa altura. Está seguro, sí, de que le dijo que los instrumentos no podían fallar, que había recorrido el país entero con ellos y que siempre había podido decir si iba a nevar o a explotar una tormenta. “Todo el país es mucho, una exagerando”. La risa de comadreja, otra vez, y afuera calor húmedo, horneros posados sobre los cables. “Tienen todos los climas. Todos teníamos todo, pero ya no, en el mundo ya es un problema”. La luz tostada de la tarde en la cara de una comadreja que se ríe y maneja a 160 kilómetros por hora hacia el hospital, tal vez fue eso. “Hay bloques de hielo del tamaño de un país aquí, agua que puede tomarse y dar vida a niños, mujeres fértiles. Ustedes no saben qué están teniendo en este país”. “¿Qué conoce usted de este país?”. Tal vez la soberbia apenas oculta detrás del español inarmónico. “Conozco los Valles Calchaquíes, el mar frío, las casas coloniales, una lástima que eso ya no quede”. Pero más que nada fue el mutismo de los aparatos: las agujas quietas, el visor apagado. “Es total una pena que los pinos, los ciervos colorados, la selva y el campo, los colores de los cerros vayan a estar ya nunca más iguales”. Los aparatos negándose a dar un indicio cierto de futuro, la seguridad de que seguiría ahí el mundo en forma de lluvia o de viento. “No hará ya falta mucho que mida nada en poco rato no habrá nada que medir en el tiempo”. Era lo que decía, era la forma en que lo decía, era la posibilidad de hacerlo callar y que termine; de defender a 94


su patria. Un cosquilleo en las puntas de los dedos, el pecho vacío, la descarga. Ve los pulóveres agujereados de los maleteros, las narices varicosas de borrachos brillando debajo de sus gorras de béisbol. Le piden el recibo del equipaje. Huele el aire frío de los espacios abiertos, con cielo, y escucha el rumor de la terminal, pero es en realidad su mano en la nuca del enemigo lo que le llena los ojos (el otro lado, blanco y negro, interno, de los ojos) mientras pisa San José, el sonido del tabique partiéndose como una vara de plástico contra el volante y los ruidos infantiles del enemigo muriéndose en el auto estacionado a un costado de la ruta. Ahogado. Roto. Y él apretando la corbata azul en su cuello. Todavía ahí en su recuerdo, apretando. Se comieron al pollo discutiendo. Lo cocinaron en una cacerola con cebolla, morrones, puerro y orégano. Diego pelaba los huesos de los muslos y, con la boca aceitosa, le decía que por el tamaño, por la dureza, ese era el esqueleto de un pavo. Es demasiado blanda la carne, demasiado pálida: es carne de pollo. No dejaron casi nada para los perros. Durante la cena, Amadeo pensó en mencionar el incidente de la tarde, pero le pareció que Diego no iba a entender y era mejor mantenerlo al margen de esos asuntos. Hablaron de otras cosas. De futbol, un rato, de cómo ya no había jugadores como los de antes; tipos que jugaran veinte años para el mismo club, por el mismo sueldo. Amadeo le preguntó a Diego por qué creía que ya no aparecían esos grandes hombres, próceres o profetas, como solían aparecer tantos hace tiempo. Diego pensaba que si ahora hubiera próceres o profetas nadie se daría cuenta porque a nadie le in95


teresaban esas cosas. Amadeo le dijo que era cierto, que hoy en día la gente no apreciaba esas virtudes. No dijo virtudes, dijo cosas, pero, detrás de lo que dijo, en un plano más difuso y gris de su conciencia resonó la palabra “virtud”, y la palabra “matar” más atrás aún, por primera vez, la palabra “enemigo”. En ese mismo plano, lejanísimo, estaba el recuerdo fresco del pozo en la tierra húmeda, el cuerpo acomodado en posición fetal, el auto hundiéndose demasiado lento (no con la premura de las películas, de las novelas policiales) en el agua estancada del lago. Ya no disimula Amadeo cuando persigue al enemigo. Sabe que no corre ningún riesgo porque cumple su deber de patriota y además, el enemigo no va a resistirse, no va a gritar ni a delatarlo. Mientras camina va descartando modos de matarlo esta vez. Usa siempre algo distinto: objetos que encuentra a su paso, y sabe que en San José no hay mucho para elegir. Una baldosa, un cuchillo de cocina, con suerte, una correa de persiana. Y si no, sus manos. Amadeo sabe que se puede matar a un hombre con cualquier cosa. Tomaron esa noche bastante vino con el pollo y después bajaron al bar del hotel y vaciaron media botella de ron con latas de Coca Cola. Aunque tenían que levantarse temprano, se quedaron despiertos hasta pasada la medianoche. Jugaron al truco con un mazo de cartas incompleto. Hablaron de trabajo: de la poca plata que últimamente les daban para gastar en viáticos, de la necesidad de actualizar algunas herramientas. Volvieron, antes de dormir, al tema de los grandes hombres y Amadeo le contó a Diego que, cuando iba a la escuela, tenía una maestra, la señorita Norma, que le decía que los próceres, los Padres de la Patria, además de soldados y presidentes eran personas que tenían 96


migraña, esposas infieles y agujeros en las medias. Ya acostado en su cama, a oscuras y con la voz algo grumosa por el alcohol, le dijo a Diego que el problema de la gente es que espera que los grandes hombres que salven al país bajen del cielo con alas y no sabe que están al lado suyo, haciendo la cola del banco. A Diego le pareció que la señorita Norma era una mujer muy avanzada para su época. El enemigo va hacia la entrada del Hotel Colón. Antes, Amadeo lo alcanza y lo golpea con su valija. No hay nadie en la calle a esa hora. El enemigo se levanta y Amadeo vuelve a golpearlo. Piensa, mientras lo golpea, que lo mejor va a ser desnucarlo esta vez y, agarrándolo de los pelos, empieza a hacer rebotar su cabeza en el adoquinado. Le susurra “hijo de puta”, le susurra “morite de una vez”, le susurra “no nos van a ganar, voy a seguir aguantando”. Amadeo conoce San José. No le cuesta arrastrar el cuerpo hasta los galpones abandonados detrás de las vías. Sabe dónde ir y camina tranquilo. Si alguien lo viera abrazado al cuerpo blando, pensaría que son un par de borrachos. Pero nadie mira nada en San José, no están acostumbrados a mirar. Es gente noble: acepta lo que es como es, no se pregunta. Reciben toda la electricidad del leat de la ruta 14, pero usan poco las luces. Prenden los televisores a la tarde, las radios a la mañana, los ventiladores en verano. Nunca tuvo un problema en quince años el leat de la ruta 14, pero ahora, San José está a oscuras, y va a seguir así, hasta que Amadeo entierre al enemigo. Unos meses después del primer encuentro con el enemigo, apareció el segundo. Amadeo caminaba por la plaza de la Bandera, en Rafaela, y lo vio sentado en 97


el Bar Cyrano, tomando un liso con maníes y papas fritas. No tenía los instrumentos de medición encima, pero no le hicieron falta: lo reconoció enseguida. Cruzó la calle y lo abordó con naturalidad. En los pueblos y las pequeñas ciudades todavía suceden estas cosas: los desconocidos se saludan, inician, sin preámbulos, una conversación. “Ya se arremolina la tierra, eso es lluvia”. “O no, tal vez pueda ser que el verano o el calor que aquí se adelante, es polvo”. Tomaba la cerveza con sorbos lentos y no se limpiaba el bigote blanco que le dejaba la espuma. “Antes del verano, la primavera”. “Ya no hay aquí esas cosas, la primavera era antes, ahora sola calor y el frío”. Amadeo se sentó en la mesa de enfrente y pidió para él también un liso. Adentro, el bar estaba a oscuras. Hay algunos linyeras durmiendo debajo de los vagones abandonados y desprenden vapor sus cuerpos quietos. Es una nube densa el vapor que huele a sopa y a vino rancio. Para dejar al cadáver, para enterrarlo sin hacer un pozo, Amadeo se acerca al vaho de los pordioseros, se agacha y lo apoya en el suelo, entre los rieles. Lo ensucia con tierra y lo deja al lado de los hombres que duermen, invisible. Se sacude las manos en el pantalón, aplaude para que se evapore en el aire el polvo. Uno de los vagabundos lo mira y le sonríe sin dientes, con los ojos vidriosos. “¿Una moneda, amigo?” Un tipo cantaba en la Plaza de la Bandera. Era rubio, gordo y estaba vestido de militar. Cantaba y se le hinchaba el cuello, se le enrojecían las mejillas. De un grabador portátil salía un hilo de música difusa y, apoyada en el pasto, había una boina marrón para que le dejaran propinas. “Canta en ruso”. “¿Usted es ruso?” “Dice que lo deja una mujer, dice que hace unos tiempos en el barco sin pan ni calor, había una guerra”. 98


Amadeo tomó de un sorbo la mitad de su vaso de cerveza. “Acá estamos lejos de la guerra”. “Nadie está lejos de la guerra”. “De la guerra a la que le canta” “Yo no se si estamos lejos porque él está cantando acá con la plaza”. “¿Usted es ruso?” El cantante sacudía las manos y marcaba el ritmo con la pierna derecha. Cuando terminó la canción se aplaudió a sí mismo y gritó “¡Bravo!”. “Debajo de aquí en la ciudad es una ciénaga, por eso el calor en humedad y tanto mosquitos hasta el invierno”. El enemigo usaba lentes esa vez, tenía un bigote fino y levemente azulado. Estaba vestido con un jean celeste gastado y una remera con el escudo de una universidad norteamericana. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años y, al hablar, le temblaban los labios finos y húmedos. “Somos julio ya y siguen los mosquitos”. Saltaba de un tema al otro y Amadeo, viéndolo charlar, esperaba el momento justo. Sabía que, como en su proceso digestivo, como en la secuencia de los momentos clave en una fiesta de casamiento, todo lo que sucedía era el resultado de un plan. “Se calló el cantor ya, se ha cansado”. “Se ha cansado sí, de aplaudirse”. “¿De dónde habrá dejado Rusia el cantor?”. “¿Usted es ruso?”. Hablaba el enemigo, disperso, y Amadeo, seguro de lo que debía hacer, con temple de soldado, le seguía la corriente. El sol iba cayendo y las luces de la plaza seguían apagadas. Casi a oscuras, después de cuatro cervezas, Amadeo lo convenció de seguir la charla en el billar de la calle Salvatierra. Debajo de los ojos, el pordiosero que lo mira tiene un sarpullido de verrugas pardas. Insiste: “Una moneda, amigo, para la sed”. ¿Qué habrá visto San Martín cuando murió el último realista en la batalla de Maipú? ¿Qué habrá visto Belgrano mientras izaba la bandera 99


a orillas del Paraná? ¿Un arbusto de lavanda seco, las ramas de los sauces chorreando sobre el río, la mandíbula espumosa de un caballo encabritado? Amadeo ve, en el escudo de la moneda de un peso que deja en la mano del vagabundo, el reflejo tintineante de los faroles de San José que comienzan a encenderse. Al segundo lo mató con las manos. Nunca llegaron al billar. Volvió la luz cuando lo mató, el movimiento, y todo se vio más claro en Rafaela. Gracias a su valentía, a su entrega, el país siguió funcionando. La escena en su recuerdo es onírica: la puesta en marcha de un ballet con siluetas mecánicas. Le daba todavía cierta repulsión manipular los cuerpos y sentía que despedían olor a manteca agria, a castañas pasadas, apenas dejaban de respirar. No era cierto: con el tiempo lo comprobó. Pero todavía puede evocar el aroma cuando piensa en los primeros entierros y ocultamientos de cadáveres. Recién al quinto asesinato dejó de sentir el asco y los olores. Durante algunos meses llevó un registro de todo lo que hacía. Anotaba las mediciones, las ciudades en las que paraba, el nombre de los hoteles, los platos de comida que le servían, las conversaciones casuales con los habitantes de cada pueblo. Redactaba informes detallando el color de las alfombras de los pasillos, la fecha de edición de las biblias que solía encontrar en los cajones, el tamaño y la actitud de los perros que deambulaban por las estaciones. Buscaba patrones, secuencias, motivos. También anotaba algunas ideas y reflexiones. “A veces pienso, cuando veo venir la lluvia, cuando la marca el anemómetro, que lo que cae del cielo, cuando llueve, son muertos; ese líquido que va y viene de la tierra al cielo. El trigo que riega y el 100


pan que hacemos con él y nos comemos, todo viene de esa descomposición interminable”, escribía, “Debería comer más liviano, estar más atento. Lo que diferencia que algo pase o no pase es que haya alguien despierto para darse cuenta”. Contaba a los enemigos muertos y enumeraba los modos en que los asesinaba. “Pueblo: Villa María. El enemigo habló de los ancianos, dijo que hay una broma que se pierde para siempre cuando muere el último hombre de su generación. Tomaba ginebra. Eufórico, por momentos. Calvo. Ropa informal. Dos tiros en la cabeza. El arma aplastada abajo de unas rocas”. El próximo micro sale en una hora y media. Va a Madariaga, pero antes para en varios pueblos. Amadeo va a decidir en el camino dónde bajar. Tiene tiempo todavía para organizar las mediciones del mes. No es un bar lo que hay en la estación de San José. Es más bien un kiosco grande con algunas sillas de plástico desperdigadas y dos mesas redondas con un logotipo de Pepsi. Para sacar el café de una máquina hay que pedir una ficha en el mostrador. La señora que atiende pasa las hojas de una revista de divulgación científica que en su tapa anuncia revelaciones de la vida extraterrestre. Amadeo, por decir algo más que buenos días, le pregunta si cree en los marcianos. “Sí, en algún lado debe haber alguien más: el cielo es grande. No queda capuchino: meta la ficha y toque el botón que dice café corto… Ya termino la revista, si quiere se la paso”. Pensaba que era necesario el registro. Pensaba que, más adelante, alguien buscaría esos datos, intentaría entender. Pero no le había tocado galopar los trópicos, descubrir la cura sobria de la viruela; no habría la suficiente hidalguía en lo que pudiera decir de sí mismo. 101


Tomar nota de su vida cotidiana hubiera representado sólo una vanidad doméstica. Decidió relajarse, mejor, no amansar sus nudillos de carnicero con biromes y cuadernos. Si, de todos modos, no son pergaminos aburridos los que dan cuenta de una gesta heroica. Una fusta salpicada con la sangre, el cuerpo de un ahogado sentado en el primer banco de una parroquia. Ese era el hueco que debía abrir al cautiverio: las grietas de luz en la madriguera. Para que los demás argentinos pudieran ver su hazaña. Para que los demás argentinos, los del futuro, pudieran comprender y decir que una vez un cazador, un soldado, evitó que el país fuera sal y arena, arcilla en las manos del enemigo. El café de la máquina tiene gusto a metal. Lo toma porque calienta y porque le da satisfacción el acto simple, despreocupado, después del deber cumplido. Sacude la revista que le prestó la mujer del mostrador y lee el título de la nota principal: “No estamos solos en el Universo”. Habla de gente que dice haber visto sombras y luces en el cielo, personas pequeñas que se movían detrás de las piedras, en las ligustrinas de sus jardines. Algunos, incluso, dicen que fueron llevados al interior de naves espaciales, que le fueron extraídas partes del cerebro, litros de sangre. La nota lo aburre: pese a los testimonios, a las imágenes difusas, queda claro que nadie ha mirado lo extraño a los ojos todavía. Hace varios meses ya que no anota, que no escribe nada ni recuerda demasiado: se le mezclan las caras y los trajes, las conversaciones casuales con el enemigo. A veces, encima de las torres, midiendo el viento, midiendo la vibración de los cables y la madera, de pronto piensa en el ruido de un adoquín rompiendo una mandíbula, en la resistencia esponjosa que un vientre blando ofrece al filo de un cuchillo de cocina. Pero ya 102


no está seguro de dónde vienen sus recuerdos. Falta un rato todavía para que salga su micro. Se estira en la silla y se acurruca con las manos en los bolsillos. Encuentra, doblaba en cuatro, la hoja de cuaderno con su nombre que la nena le había dado en la estación de San Martín. La saca y la extiende; la alza sobre sus ojos y la superpone a la pizarra mecánica que indica los arribos y partidas. Su nombre, dibujado con trazos toscos e infantiles, queda justo entre dos generales: Villegas y Madariaga. Cede al cansancio y se ablanda hacia un sueño liviano. Surgiendo de una bruma violácea, ve imágenes de ese pueblo anunciado entre los generales: ve la peatonal, la intendencia, la plaza y la calesita girando. Ve su cara y su torso esculpidos en bronce y una placa debajo que sintetiza sus méritos. Ve su nombre desplegado en la estación en letras rudas de imprenta y apoyado en la pared, con la cara limpia y llena de sol, al enemigo que sonríe esperando a un al tren que avanza veloz a través del aire quieto de la mañana.

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Seis cartas desde el campo Querida Sara:

I

Parece que al fin paró la lluvia y gracias a Dios vuelve a haber electricidad. No vamos a tener teléfono, según nos dicen, hasta dentro de por lo menos cuatro o cinco meses. No llega todavía hasta acá el cableado, pero cuando veníamos vimos que estaban construyendo unas torres enormes al costado del camino. Había cuadrillas de diez o quince operarios subidos a unas grúas altísimas. Daba vértigo mirarlos encaramados encima de los fierros. Un espanto. Tomás dice que son torres de alta tensión y antenas que harán llegar incluso la radio hasta las estancias y le parece que es ridículo que para escuchar las estupideces que dicen otras personas se planten esos mastodontes en medio del paisaje. A mí me parecieron bastante pintorescas las torres, muy modernas. De todos modos, no tenemos en la casa más aparatos que la máquina de coser y esta Olivetti en la que te escribo. Así que poco importa si esas torres traerán o no las noticias y la música hasta aquí, no creo que nos enteremos. A Tomás lo deleita la situación: en los últimos ocho días no hemos leído ni siquiera el diario. Podría escribirte a mano, tal vez te resulten distantes estas letras mecánicas, pero la verdad es que lo hago porque me divierte escribir a máquina: me veo tipiar reflejada en el espejo inmenso que tengo enfrente y me siento una secretaria, una mujer importante. Sí, te escucho reír Sara, pero con esas cosas me entretengo. Son ahora las cuatro y media de la tarde y estoy sola 105


en la casa. Tomás sale al mediodía y no vuelve hasta las siete. La casa es muy grande y la recorro descalza sin saber qué hacer (tengo los pies hinchados y no resisto ningún zapato). Ya terminé de ordenar la ropa, los libros, y las mucamas no dejan que las ayude en ninguna tarea doméstica. Es una orden de Tomás, supongo: confunde a veces mi embarazo con invalidez. Yo ya no siento las náuseas de las primeras semanas y tengo el hambre y la fuerza habituales. Pero por ahora ni siquiera cocino: como lo que me preparan y mi energía la uso solamente para abrir y cerrar ventanas, caminar por el parque y acomodar almohadones. Si vieras la intensidad con la que golpeo las teclas de la máquina, es casi gimnástica. En algo debo aplicar todo este nuevo vigor. Aunque debería ser un poco más suave: el ruido es bastante fuerte contrastado con el silencio de la casa. Da pudor. Y más aquí, reverberando en el eco de este salón comedor enorme. Hay un escritorio, una mesa baja de madera, dos alfombras de tonos otoñales dispuestas en círculos concéntricos, un piano pequeño cerrado del que no hemos encontrado todavía la llave y armarios con puertas de vidrio que guardan porcelana, cristalería, una colección de ridículas campanas de distintos colores y tamaños. Es un sitio bastante acogedor, pese a sus dimensiones: la luz entra por el frente durante la mañana y, desde el ventanal trasero que da al jardín durante la tarde. Eso lo advierto ahora mejor que ha pasado la lluvia. Los primeros días fueron bastante oscuros. Estamos aislados. Para ir al pueblo, primero hay que andar dos kilómetros por el campo hasta un camino ancho de tierra al que le dicen avenida, de ahí, otros diez hasta la ruta, y por la ruta cuarenta kilómetros más. Fui una vez al pueblo porque le insistí a Tomás 106


hasta que acabé con su paciencia. El viaje es penoso y no hay mucho para ver allá, la verdad es que no creo que vuelva. Al menos no hasta que nazca el bebé. Siento el cuerpo más pesado y las caderas anchas; me agito con facilidad, y como te decía antes, tengo las manos y los pies hinchados, pero no me canso. No tengo sueño y duermo bastante poco. Leo en una mecedora novelas y revistas viejas. Para leer alcanza la luz de la luna: los cielos, por la noche, son abrumadores. Cuando duermo tengo sueños muy vívidos. Hace poco soñé que el bebé era una nena y se llamaba Margarita. Soñé que me mordía un pecho y me arrancaba la carne del pezón. Tengo algunas ideas macabras acerca de amamantar como verás, y no son los únicos pensamientos extraños que me invaden. El aburrimiento y la lluvia me arrastraron a esos sitios oscuros, supongo, pero espero que los próximos meses, más soleados, más cálidos, sirvan para cambiar esos pensamientos por otros menos perturbadores. Tomás está muy contento. Creo que logró lo que quería. Sale al campo con los perros sueltos, con los caballos, vuelve a la casa con hambre y las botas llenas de barro. Ayer me dijo: “Estamos donde tenemos que estar”. Yo paso el día en bata, muerta de aburrimiento. Contame cosas de la civilización, Sara. Toda novedad será recibida con una alegría urgente. Saludos afectuosos y que Dios te bendiga. María.

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II Querida Sara: Te escribo esta vez desde el jardín, sentada debajo de un ombú ancestral. He traído hasta aquí una silla de mimbre y una mesa baja para improvisar mi propio escritorio al aire libre. Digo que traje, pero la verdad es que trajeron: las mucamas no me dejan hacer el menor esfuerzo, se anticipan a todos mis movimientos. Apenas siento algo de sed ya están sirviéndome una copa de agua. Es extraño y abrumador por momentos: como si pudieran ver lo que pienso. Pero lo cierto es que la ayuda no está de más: ya estoy por encima de los sesenta kilos y siento algunos dolores fuertes en la espalda. El parque huele a mermelada de naranjas. Hay un revoloteo constante de ramas y hojas, una brisa sedosa que vuelve el aire elástico como contaban en aquel libro que nos leía mamá de chicas, el de la coneja y los chanchitos, que era elástico el interior de las burbujas. Me lleva a los cuentos de mamá el aire del jardín. Abandonada como estoy a la vida contemplativa, cada vez me vuelco más a estos devaneos. Es agradable cuando son ideas líricas y románticas pero, a veces, se vuelven bastante oscuras. No es casual, creo, que recuerde ahora el cuento de la conejita y lo que decía acerca de vivir en el interior de las burbujas; no es pura entrega a la fantasía. Pienso que tiene que ver con que estoy sintiendo bastante el aislamiento y debo confesarte que, desde que llegó tu carta, la sensación se acrecentó. Las cosas que contás acerca del presidente y su esposa, lo que la obligaron a hacer a la pobre María Rosa en la escuela e incluso las noticias acerca del viaje de Ramón, me han llevado a sentir que todo sucede en un lugar en el que Tomás y 108


yo estamos borrados. Desde este sitio sólo se ven árboles y llanura. ¿Será posible sentir así el encierro en el campo, debajo de este cielo inmenso? Tengo la impresión de que si se prolongara la línea imaginaria que lanzan mis ojos hacia el horizonte (esas líneas azules que aparecen en los mapas) no encontraría paz en la extensión de los mares y los montes; de que por más que el espacio parezca inabarcable, en realidad es finito y cerrado (una burbuja) y, aunque a veces imagine que sí, no tengo otra parte a dónde ir aunque quisiera. Te pido disculpas Sara, por someterte a estas reflexiones, pero es lo que me ocupa la cabeza ahora y no tengo con quien hablar de esta manera. Hablo con las mucamas, a veces. Se llaman Digna, Porfiria, y cosas peores. Me escuchan, creo, pero nunca dicen nada. Pienso en el bebé que crece y ya se mueve adentro mío y me comparo a veces con ese chiquito ciego rodeado de líquidos. Así de confundida estoy, sí, pero no siempre. La verdad es que la mayor parte del día no pienso en estas cosas, me dedico a la jardinería, acomodo y desacomodo la ropa en los armarios. Estoy teniendo algunos problemas con las polillas: mastican el borde de las solapas, las botamangas, se ensañan con los bolsillos. Son feroces y los venenos caseros parecen no hacer ningún efecto. Por algún motivo en el pueblo no venden naftalina. Hay algo profundamente primitivo en la gente del pueblo: les resulta sofisticado el uso de aspirinas. Tengo la sensación, por momentos, de vivir en otra época: me curo la fiebre ocasional y los dolores con limón y hojas de té. Tomás, como podrás suponer, está feliz con la situación. No sé si ya te lo conté en mi otra carta: se acercan hasta acá comerciantes, vecinos y personajes del pueblo. 109


Todavía somos la novedad, y eso que han pasado ya cuatro meses. Es un desfile pintoresco y disfrutarías mucho viendo algunos modos, algunas vestimentas. La mayoría de los visitantes buscan sumarse a trabajar con Tomás en el campo o tratan de ofrecernos alguna cosa, pero hay muchos que, al llegar a la casa, parecen no tener muy claro qué es lo que hacen aquí. Muchas veces las mucamas los rechazan en la puerta diciéndoles que no estoy en condiciones, por mi estado, de recibir visitas. Cuando las veo hacer esto, me apuro a contradecirlas y digo que no exageren, que sólo estoy embarazada, que no tengo ninguna enfermedad y que puedo recibir a la gente en mi casa sin que nadie haga de intermediario. (La firmeza con la que se empeñan en tratarme de inválida esas mujeres es exasperante). Uno de los visitantes le regaló a Tomás un sombrero. Un hombre flaco como una escoba que vino a pasarle cintas por la cabeza tres veces, a coronarlo con cartulinas. Hablaba de las distintas jerarquías que representan las gorras militares, de cómo salvan vidas en el trópico las capellinas mojadas, del simbolismo de los colores en las boinas de los pajes en las cortes europeas. Nunca vi a una persona tan altamente instruida en cosas tan inútiles. Pero parece ser una tendencia entre estas personas. Una señora que vino a ofrecernos su ayuda para tareas domésticas y que ahora alimenta a los animales de los galpones, tiene un conocimiento enciclopédico acerca de muertos y velatorios. ¿Sabías que hasta no hace mucho en esta y otras zonas rurales las familias se encerraban con los convalecientes en sus habitaciones y pasaban todos juntos allí el tiempo que duraba la agonía del moribundo? Aprendí varias curiosidades exóticas escuchando a los visitantes. Otro rasgo que llama la atención de las personas que 110


se acercan hasta la casa es que siempre traen regalos. Canastas con huevos y naranjas, un farolito humeante, cachorros de sabueso. Las cosas más insólitas que se te ocurran. No sé si es una costumbre habitual en esta zona, las mucamas no han sabido decirme y Tomás tampoco. Tomás dice que son atenciones normales entre vecinos, pero yo me siento bastante inquieta recibiendo todas esas ofrendas. He decidido no preguntar mucho, siento que incomodo. El personal del campo y de la casa parece perturbado cuando intento dialogar con ellos y enterarme de alguna cosa. Los intimido y prefiero evitarlo. Intimidar a otros, llegar a asustarlos, incluso sin intención, me llena de una culpa espantosa: me veo, de pronto, como una acosadora. Tomás tampoco me habla mucho. Ha encontrado en este lugar lo que buscaba, según veo y cada vez está más a gusto. Si lo vieras no lo reconocerías: vigoroso, bronceado, espléndido. Pasa la mayor parte del tiempo afuera, incluso los días de lluvia (que por suerte han sido cada vez menos), se comunica con los animales y los peones haciendo gestos y silbando: es como un chico. Vuelve a casa famélico y come como un cavernícola. Todo este salvajismo y vigor nos trae algunas discusiones al acostarnos. No es que haya perdido el deseo, pero me cuesta concentrarme y la verdad es que tengo miedo de que algo pueda pasarle al bebé. De todos modos, cedo. Tengo que ceder. No sé si está bien que te cuente esto, pero a alguien tengo que decírselo: es tan horrible a veces. Tomás huele como los animales, a humo y a bosta, incluso a sangre, a veces; creo que tiene piojos: después de estar con él me tiro vinagre en el pelo, pero igual siento la picazón. Le he llegado a tener cierto recelo a los perros con 111


los que anda Tomás, a los caballos, y no sólo por los piojos. Hay una idiotez que me perturba en esos animales amaestrados, que me asusta. Veo cuando los alimentan (no es lo habitual, según entiendo, pero he visto que los peones, en el establo, alimentan a los caballos con carne cruda), escucho los gruñidos, la masticación, el rebuzne, y, cuando levantan sus ojos hacia mí, me ruborizo, esquivo su mirada. Del mismo modo en que no he podido relacionarme con las mucamas y los peones, tampoco alcancé un entendimiento con los animales. Me niego a la complicidad con esas miradas pasivas. Así que, como entenderás, poca vida social me queda más que la de estas cartas tan esporádicas. Me preguntabas por el bebé en tu carta, por un sueño que te conté. Ya no sueño con él y no creo que sea una nena. Lo imagino como un varón y, cuando siento que se mueve, le susurro canciones y lo llamo Vicente. Es el nombre del abuelo de Tomás: así se llamará la criatura si, en efecto, nace varón y yo creo que es un nombre apropiado. Me parece un nombre digno, limpio y con carácter. ¿Te gusta? Si es una nena, se llamará Nélida. Mi salud está perfecta, solamente me canso más de lo habitual y no aguanto estar mucho tiempo parada. Voy a dejar de escribir ahora porque bajó el sol y está empezando a hacer frío. No es recomendable que me resfríe en este páramo sin medicinas, y menos en mi estado. Espero siempre tus cartas con mucha ansiedad. ¿Podrías esta vez copiar algunas noticias entre líneas, algunos artículos de revistas? Tomás no dejará que me mandes diarios ni nada parecido. Está empecinado. Saludos afectuosos y que Dios te bendiga. María.

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III Querida Sara: Te pido disculpas por haberme demorado tanto en responder tu carta, pero no la pasé muy bien estos últimos meses. De un día para otro aparecieron dolores insoportables en mi espalda, en el estómago, en la cintura. Verás que ya no uso la Olivetti: se me hace tortuoso estar sentada y paso casi todo el día en cama. Tomás contrató a una mujer que dice ser enfermera y que va a asistirme en el parto. Es ella la que me da algunos brebajes horribles con los que se supone que deberían disminuir los dolores, la que me alcanza hasta la cama el té y la comida, me baja la temperatura con paños mojados. La fiebre es buena siempre, dice, salvo en el embarazo. Es una mujer rubia y de espaldas anchas que habla el español con dificultad. Creo que es rusa o de algún país del norte de Europa. Se llama Clara y la ha traído del pueblo Tomás para que me asista. Si no entendí mal, la señora Clara estuvo presente en varios nacimientos en la familia de Tomás, incluso en el suyo. Tomás me lo dijo cuando me la presentó, pero no volvió a hablar del tema, y ese día yo estaba doblada por los dolores, así que no lo comprendí del todo. En fin: la señora Clara me ayuda ahora y me ayudará a dar a luz a Vicente. Ya todos hemos asumido que será un varón. Una noche, hace algunas semanas, la señora Clara y Tomás entraron a nuestra habitación un rato antes de la cena con velas rojas en las manos y un puñado de hojas secas. Mientras la señora Clara susurraba un rezo, Tomás encendió las hojas en el suelo (en el suelo de madera, quedó la mancha negra y circular de la fogata: un despropósito) y, cuando se consumió el fuego, dibujó una cruz con las cenizas encima de mi ombligo. “Será 113


varón”, dijo la señora Clara y a Tomás, de la alegría, la cara se le puso roja como una cereza. Algo macabro todo el asunto, pero me explicó Tomás que era una tradición y que la señora Clara nunca había fallado un pronóstico. Así que, de no ser este el primer error de la partera, tendremos un niño. Los dolores y el cansancio me han tenido, como te dije, en cama la mayor parte del tiempo. Tejo y leo novelas, me aburro muchísimo. Escucho cómo van y vienen las mucamas con sus pasos diminutos, los ruidos de la cocina, de los baños. Supongo que usan esos lugares cuando no estoy: no las he visto comer nunca ni entrar jamás en un baño. Ni a ellas ni a la señora Clara. Tampoco las escucho hablar. Percibo que hablan, lo intuyo en la fragilidad del silencio mientras estoy en la cama, pero nunca las vi dialogar entre ellas. Tengo la sensación de que se callan cuando saben que estoy cerca. Leí de un tirón todos los artículos y noticias que transcribiste, es increíble que siga la guerra en Europa, que sigan pasando todas esas cosas en el mundo. Acá es como si el tiempo se hubiera detenido. Desde la ventana veo cómo va apagándose la luz encima del pasto, cómo se escabulle el sol y siento que mientras allá el tiempo pasa como un tren, acá se queda quieto y crece y se acumula. Te juro que, algunas tardes, creo sentir el olor a podrido del tiempo estancado. Es como si los días ocurrieran unos adentro de otros, todos al mismo tiempo: así es esta repetición en la que se convirtió mi vida desde que estamos en el campo. Leo lo que te escribí, lo que te escribo y me avergüenzo. Con tantas cosas terribles que me contás: lo de Paulita y Raúl, las barbaridades que está haciendo el gobierno con la familia de Mauricio, y yo quejándome de mi aburrimiento y del silencio de las mucamas. 114


Retomo la carta después de unas horas: la señora Clara entró a darme unos remedios y aproveché para que me ayudase a bajar al jardín, caminar y despejarme un rato. Me estaba poniendo algo oscura y la verdad no es para tanto. Mejor te cuento algunas de las cosas que realmente pasan por acá, pobre Sara, tan lejos, y dejo de dar lástima hablando de mi propio tedio. Puedo hablarte de Tomás, me pedías que te hable de él en tu carta. Se dejó crecer la barba y el cabello, usa siempre las mismas botas, el mismo sombrero, pero, pese a su aspecto más bien salvaje, está cada vez más taciturno y hasta te diría que delicado en el trato conmigo. Durante la cena me describe en detalle algunos artefactos que ensambla en los galpones, me cuenta su recorrido por los ranchos de los peones, o lo que sea que haya hecho a lo largo del día. Me habla de los perros y los gauchos por su nombre como si yo pudiera identificarlos. Me dice “Hoy Atilio atrapó una liebre en el galpón de los piletones” y yo no sé si me habla de un perro o de un peón. Algunas noches (sospecho que tiene que ver un poco con el vino) me dice que hay ciertas cosas que tenemos que conocer porque debemos estar preparados para cuando llegue Vicente y se pone a sermonear sentencias y reflexiones sobre la vida. La verdad es que son tantos sus discursos que casi no recuerdo nada de lo que dice, pero algunas cosas me quedan en la cabeza: dice que habrá que enseñarle rápidamente al bebé los nombres de las estrellas para que pueda ubicarse en cualquier circunstancia; que no debe conocer hasta cierta edad el dinero y la posibilidad de quitarse la vida con una ampolla de veneno y que el carácter sumiso es bueno para los caballos, pero no para los hombres. Habla así, Sara, como un cura en el púlpito, 115


pagaría porque lo vieras: es tan tierno, parece un chico. Algunas de estas cosas que dice las tiene anotadas en una libreta que lleva a todas partes. Voy a dejar de escribir ahora porque me duelen hasta los estornudos. Tengo una jaqueca sumamente aplicada que empieza todos los días a esta hora (son las seis de la tarde) y no se va hasta que me duermo. Saludos afectuosos y que Dios te bendiga. María. IV Querida Sara: Ya te enteraste, lo sé, por el telegrama, pero quería decírtelo yo con mi propia letra: el martes por la tarde ha nacido Vicente. Insistí para que Tomás te llamara por teléfono, pero se negó. ¡Es tan obstinado! El parto fue duro, varias horas de un dolor que no había sentido en mi vida, y no me dieron un solo calmante, pero ¡ay! cuando salió de mi cuerpo al fin y lo escuché decir su primer “hola” en los brazos de Tomás sentí una caricia que recorría todo mi cuerpo chorreante de sudor. Vicente es morocho, como yo, pero tiene la piel blanca casi celeste del padre. Yo lo veo parecido a Tomás, pero él y la señora Clara insisten en que no es así, en que Vicente no se parece a nadie, en que tiene su propia, única cara. Lo mismo dicen todas las personas que se acercaron a conocerlo, a traer regalos y bendiciones. Él es algo tímido todavía y acepta las impresiones de la gente en silencio. Espero que se solucionen rápido los problemas que me comentabas en tu carta anterior y puedas venir a pasar unos días con nosotros. ¿Es tan terrible lo que está sucediendo en Buenos Aires? Pronto te escribo con más 116


detalles, pero no quería dejar de compartir contigo esta inmensa alegría. Saludos afectuosos y que Dios te bendiga. María. V Querida Sara: ¡Qué sorpresa recibir tu carta desde México! Entiendo que no hayas anunciado tu partida en cartas anteriores por lo súbito de la decisión, pero tengo que admitir que me sentí algo traicionada por enterarme de los hechos ya consumados. ¡Si me hubieras avisado tal vez hubiéramos podido alojarlos aquí hasta que pasara toda esta locura! En fin, no tengo otra alternativa que creerte cuando decís que están bien y cómodos allá. Espero que así sea. Como me pedís en tu carta, no voy a extenderme en reproches ni lamentos por tu situación y voy a contarte los asuntos de mi vida como “madre”. Así me llaman Tomás y Vicente, “la madre”. La primera vez que los escuché, tardé un rato en darme cuenta de que hablaban de mí. De todos modos no me nombran mucho, hablan de cuestiones más bien abstractas y nunca conversan adelante mío: los oigo desde mi habitación a la noche o cuando se encierran los dos en el escritorio con la señora Clara. Desde que nació Vicente, Tomás pasa más tiempo en casa y hay días incluso en los que no sale al campo. Se queda sentado en su escritorio y vienen los peones, los dependientes y algunas personas que no conozco para hablar con él y rendirle cuentas acerca de asuntos de los que no tengo la más pálida idea. ¿Cuál es el trabajo de Tomás acá? Herramientas, cuchillos, gente que entra y 117


sale, días enteros en el campo: un misterio. Sigue viniendo bastante gente a casa y no sólo por cuestiones laborales, de hecho cada vez son más desde que nació Vicente. Algunas personas vienen a verme a mí, me dan ropa, amuletos, consejos. Una mujer de rasgos orientales (no china, ni japonesa, yo diría esquimal, levemente indígena) me esperó hace unos días toda la mañana y toda la tarde parada en la tranquera hasta que las mucamas la hicieron pasar. Yo había dicho que estaba cansada y estas mujeres, obedientes hasta la exasperación, no quisieron molestarme, pero fue tal la insistencia de la mujer que terminaron avisándome antes de la cena. Lo curioso es que, cuando la recibí, después de varias horas de espera, la mujer solamente me dio una canasta con huevos y queso de cabra, me dijo que aceptara el regalo de parte de ella y de su familia y se fue. Algo parecido pasó con un hombre, hará algo más de un mes: yo había salido a tomar aire con el bebé y cuando volví me dijeron que me estaba esperando en el comedor. Era un militar, alto, rubio, muy acicalado que olía a colonia y alcanfor. Me dijo: “Señora, soy el Capitán Araujo, vine solamente a darle mis felicitaciones por el nacimiento de su hijo y a decirle que cuente conmigo en lo que sea”, me dio la mano, se puso la gorra y salió. Unas nenas me dejaron una manta tejida por ellas, un chico me dio una pata de conejo embalsamada para la suerte y vinieron varios campesinos con estampitas y figuras de santos. Son buenas costumbres, dice Tomás, pero ¿sabés qué?: a mí no me gusta. ¿Por qué la gente se toma tantas molestias? Me da pudor. Además, pese a que se muestre tan relajado, no creo que a Tomás tampoco le hagan mucha gracia las visitas: no hace mucho los escuché hablar de esto a él y 118


a Vicente. Decían que deberían dejar de permitirles a las personas que llegaran hasta la casa. Vicente opinaba que era fundamental, en nuestras circunstancias, mantener un cierto grado de privacidad. Dejando de lado el asunto de los visitantes, te cuento que, desde el nacimiento de Vicente, no sólo he recuperado la energía sino que tengo en qué gastarla. Ya no tengo que estar todo el día en casa y mientras Vicente y Tomás se quedan hablando en el escritorio, yo aprovecho para hacer algunos trabajos de jardinería. He aprendido mucho sobre el tema y es apasionante. Maté arañas rojas con azufre y hormigas con aceite. Es un mundo en guerra permanente el jardín: orugas, pulgones y gusanos, hongos y escarabajos. No fui a pelear a Europa, ni a Buenos Aires, pero no me faltan mis pequeñas batallas. No me contás nada de la guerra. ¿Sigue la guerra, verdad? Estamos tan lejos de todo eso por suerte. Como sabés, acá no tenemos radio ni recibimos diarios, pero a veces Tomás menciona el tema. Debe enterarse de cosas a través de los peones y de las personas que lo visitan por negocios. Pero habla más con Vicente que conmigo sobre esos asuntos. Cuando intento profundizar, hacer preguntas, rápidamente cambia de tema. Vicente se entendió enseguida con Tomás, gracias a Dios, pero conmigo todavía no ha entrado en confianza y mantiene una actitud distante basada más que nada en la necesidad. Llora para llamarme y deja de berrear cuando lo alzo, a veces creo que me está adiestrando. Con sus manos diminutas me tira del pelo, se agarra a mis pechos y succiona con furia; levanta los ojos y alterna miradas de aprobación y desconcierto. Nunca me habla, sólo se filtran monosílabos en algunos suspiros que atribuyo, tal vez exageradamente, lo 119


admito, al aburrimiento que siente cuando pasa tiempo conmigo. El mes que viene ya podrá comer alimentos sólidos, pero la señora Clara me indicó que no deje de amamantarlo hasta el año. Hago todo lo que me indica la señora Clara. También habla con ella Vicente. Aunque no estoy del todo segura: la escuché a ella darle órdenes y consejos, explicarle alguna cosa en el jardín cuando lo pasea, pero la verdad es que no oí si Vicente le respondía. Debería hablarle más cuando lo amamanto o durante los ratos en los que estamos los dos solos en la biblioteca, pero me inhibe. Suena absurdo, lo sé, pero si vieras cómo me mira, cómo se queda en silencio esperando a que yo diga vaya a saber qué... Bueno, supongo que ya conocerás mejor que yo estas preocupaciones típicas de una madre primeriza y habrás pasado por situaciones parecidas con Norita, así que dejémoslo ahí así, por lo menos, evito que vos también te aburras conmigo. Tomás me prometió que en unas semanas me va a llevar con él al pueblo y espero poder escabullirme para llamar por teléfono a Raúl y a mamá. Llegan postales muy de vez en cuando de ellos, pero no las respondo. No se qué decirles. También me prometió Tomás que voy a poder salir a cabalgar y recorrer el campo cuando reponga energías. ¡Tengo tantas ganas de moverme! Ya es casi un año en esta casa, en este jardín y siento el esqueleto como un montón de ramas secas. Tomás construyó para Vicente una especie de mochila o arnés que usará para llevarlo con él también a recorrer el campo. Tengo que bajar a comer ahora. Por favor escribime pronto contándome en detalle tu vida mexicana. Es tan absurdo que hayan tenido que huir así, tan peno120


so. Pero todo esto va a pasar pronto. Tomás me dijo que no falta mucho para que las cosas cambien. Espero que así sea. Saludos afectuosos y que Dios te bendiga. María.

Querida Sara:

VI

Es desconsolador saber que estás tan lejos y que ya no podés responder a mis cartas aunque, pese a todo, es preferible a la incertidumbre. Me desesperaba no recibir noticias tuyas, pensaba que podría haberte pasado cualquier cosa, pero hablé con mamá y me tranquilizó, me contó todo. Se que estás bien y que algunos de tus intentos por comunicarte no fueron interceptados. No hablé mucho con ella, apenas unos minutos y pudo darme un panorama bastante escueto. ¡Es tan absurdo lo que pasa en el país, todo este despliegue de novela policial! Hablamos por teléfono desde el pueblo: Tomás accedió a llevarme ayer y me escabullí para llamar a mamá. Si me hubiera visto me lo hubiese prohibido, sigue tan empecinado como antes, pero aproveché que él y la señora Clara (fuimos con ella, vamos con ella a todas partes) estaban distraídos comprando cuchillos y pedí prestado el teléfono del almacén. Pude hablar poco, como te decía, pero alcanzó para tranquilizarme. Me preguntó por Vicente, mamá, me preguntó cómo se llevaba con Tomás. Me dijo que no volviéramos todavía, que estábamos donde teníamos que estar y que le hiciera caso a mi marido en todo, que no tenía que hablar por teléfono si él decía lo contrario. Me pidió que te escribiera contándote cómo iban las cosas en 121


el campo, que eso iba a hacer más llevadero tu exilio. No me dijo nada de papá, pero lo escuché toser, creo, mientras hablábamos. Dijo cosas acerca de Buenos Aires que pidió expresamente que no mencionara en estas cartas porque vos, según dejó ver, estabas más enterada que nosotros de todo eso. Hacía más de un año que no pisaba otro suelo que el de la casa, el jardín, los alrededores del campo. Fue muy extraño ir al pueblo, subir al auto de nuevo. Algo similar a lo que debe sentir un preso recién liberado, imagino. Y no quiero decir con esto que me siento una condenada, ni mucho menos, no me malinterpretes, pero esa fue la imagen que me vino a la cabeza cuando el auto arrancó por el camino de tierra y fuimos alejándonos de la casa. Como te dije, fuimos con la señora Clara y también fue Vicente, por supuesto. Se la pasó todo el viaje pegado al vidrio de la ventana como si no quisiera perderse un solo detalle del camino. Fuimos los cuatro en silencio y, en algunos momentos, la señora Clara cantó para Vicente las estrofas de una canción extranjera que parecía ser el himno de un país lejanísimo. El paseo por el pueblo fue de lo más extraño. Apenas bajamos del auto se nos acercaron unos chicos que dejaron de jugar al fútbol para saludarnos. Sabían el nombre de Tomás, sabían el nombre de Vicente y a mí me decían “la mamá”. Nos quisieron regalar la pelota para Vicente, pero no la aceptamos. Los saludos se repitieron toda la tarde. Algunas de las personas que se habían acercado hasta la casa nos encontraron y nos empalagaron con halagos y reverencias. ¿Recordás a una mujer que había mencionado en mi carta anterior; una señora de rasgos esquimales? Ahí estaba de nuevo con una canasta llena de huevos 122


y queso y no me dejó ir hasta que se la acepté. Volvimos con el auto cargado de obsequios. Mientras caminábamos por la vereda de la calle principal, las personas se asomaban a las ventanas, salían a la puerta de los negocios para vernos y saludarnos. Pobre gente, tiene una vida tan apagada que todo les resulta una novedad, una atracción. Hasta lo animales, los perros, los caballos, nos seguían con la mirada. Fue muy raro deambular así entre extraños, con Tomás sonriendo y aceptando regalos como si fuera el alcalde o el dueño del pueblo; sentir que todos me conocían y yo no conocía a nadie. Pude ver al pasar algunos titulares de los diarios. Ya no hablan de la guerra tanto como antes, pero sé que sigue. Debe seguir, no se terminan así las guerras, no de un día para el otro. Compré unas revistas viejas (lo más actual que pude conseguir es de hace más de seis meses) bajo el estricto control de la señora Clara: “Nada de actualidad, querida”, me dijo. Como si fuera una nena. Me trata así, pero es su costumbre: trata a todo el mundo como si le llevara ella cien o doscientos años. También compré, por insistencia de Tomás (fue para eso, dijo, que decidió llevarme al pueblo) bombachas, botas y ropa más apropiada para andar en el campo. Ahora estoy saliendo a cabalgar con él y con Vicente, desde hace algo así como un mes. Me siento toda una gaucha, espoleando el lomo de Moro (mi caballo), erguida con la boina protegiéndome del sol, oteando el horizonte. Deberías verme, te morirías de risa, porque una cosa es lo que siento al hacerlo y otra lo que parezco en realidad: una de esas yanquis que en las películas secuestran los pieles rojas. El campo es puro pasto amarillo. No hay siembra, no 123


hay más ganado que cuatro o cinco vacas flacas y marrones, no blancas y negras como las de los cuentos, no con las tetas hinchadas de leche y abundancia. Hay animales, sí, en los galpones, creo que son pavos y pollos, en algunos, en otros cerdos, ovejas, y están los caballos, claro. No me dejan entrar, dicen, para que no me impresione con el olor y la mugre. He visto a un muchacho vaciar baldes de sangre que sacaba del galpón en una zanja. Por lo que escuché desde afuera, me pareció que adiestran ahí a los caballos y al resto de los animales. Es impresionante oír los gritos que salen de los galpones, casi parecen humanos por momentos. Le pregunté a Vicente si los peones castigaban a los pobres bichos y me dijo que no, que nadie castigaba a nadie. Llegué a ver cuatro galpones, pero sé que hay más: son cilindros de chapa de unos tres metros de alto hundidos en la tierra. Son edificaciones siniestras, precarias, oxidadas. Trato de no acercarme cuando andamos por el campo, me resultan bastante repulsivas. Prefiero deambular por el monte mientras Tomás y Vicente hacen el relevo de los empleados y los animales. De lejos veo la manito de Vicente dando breves indicaciones. Es enternecedor. Desde que vamos juntos al campo hablo más con Vicente. Empezó por cosas básicas: me pedía la comida o me avisaba cuando tenía ya ganas de dormir la siesta (todo con mucha pompa y educación: mi hijo ha nacido con cuidadísimos modales) y nunca habla conmigo delante de Tomás, de la señora Clara o de cualquier otra persona. Pero gradualmente ha ido soltándose y, cuando estamos solos, acurrucándose en mis brazos me pregunta “¿Te aburre el campo, madre?” o conversa acerca de los más diversos temas: “Es algo insulsa la sopa de la señora Clara, debería usar más especias 124


o algunas hierbas”; “Me gustan esas flores celestes y pequeñas que plantaste junto al camino de piedras”, “Deberían reforzar los candados de las puertas en los galpones”. Tiene opiniones acerca de todo Vicente, y es muy curioso, además ya gatea y le crecieron dos dientes simpatiquísimos en la encía inferior. ¡Estoy tan orgullosa! Un hombre en el pueblo se ofreció a sacarnos unas fotografías, pero Tomás se negó. Una pena, porque podría haberte mandado alguna imagen de Vicente para que pudieras conocerlo. Por una vez que nos ofrecían un regalo que servía para algo... Pero es todo así bajo la tiranía de Tomás: vivimos como si no hubiera pasado nunca el tiempo, salvo por el esporádico uso del auto y de la electricidad (seguimos usando velas y faroles para iluminar la casa mayormente). Cuando volvíamos del pueblo le mostré las torres de alta tensión listas y funcionando, sin operarios alrededor, sin máquinas, y me dijo que le daba lo mismo si transmitían la radio, el teléfono o los mensajes de los barcos, que no necesitábamos ninguna de esas cosas. De todos modos insisto. Sé que pronto estarás de nuevo en casa de mamá y daría lo que sea por escucharte y que pudieras escuchar a Vicente. Le hablo de vos y del resto de la familia, de cómo los extraño y él me consuela. Me dice que no hay diferencia, realmente, entre estar aquí o en cualquier otro lugar. Creo que sólo con la intención de levantarme el ánimo, cuando me ve muy caída, me sonríe y me dice que no falta mucho para que volvamos a Buenos Aires, que ya pronto terminaremos de hacer lo que tenemos que hacer en el campo. Es tan consolador tener un hijo, poder escucharlo. Si no fuera por él me hubiera costado mucho más todo 125


esto. Pero, gracias a Dios, estamos juntos y los días van pasando con tranquilidad, lejos de todas las sombras que sobrevuelan el mundo. Ese era el plan de Tomás y aquí estamos. Pienso en vos constantemente y rezo por las noches para que pronto podamos estar juntas. Te envío todo mi cariño desde aquí y que Dios te bendiga. María.

126


El cortejo ¿Cómo es el último día de tu vida? Sos viejo y estás lamiendo un helado de tres colores en un kiosco. No sentís ya el sabor de las cosas como antes, pero sí el frío. Flotan por momentos tus dientes falsos en el frío y es eso lo que más disfrutás ahora cuando tomás helados. El helado se llama Pico Dulce y, aunque sabías el nombre, lo pediste señalándolo con el dedo. Se destacaba entre los otros paquetes, menos coloridos, apilados en la heladera. Son las seis y media de la mañana y estás despierto desde las cuatro. Tu casa es un departamento con las persianas rotas en el piso siete de un edificio que tiene un ascensor. Bajaste solo en ese único ascensor, caminaste solo por la calle de tu edificio. Fueron seis o tal vez diez, veinte cuadras las que caminaste. Tu casa es un departamento en el piso siete de un edificio antiguo. Si te preguntaran dónde vivís, hoy dirías eso. No una dirección, no una distancia. Tenés puesto un pantalón gris. El mismo desde hace unos cuatro o cinco días. Una camisa blanca de mangas cortas con aureolas de sudor seco debajo de las axilas. Olés a caspa, a crema de afeitar, a queso rancio. Estás limpio. Recién bañado. Olés a viejo. Todavía estabas crudo cuando el día te despiertó como un entrenador. El día no es el de todos, (los pájaros piando, el aroma cálido del pan): es el tuyo. El día que te despertó es un corte abrupto del sueño que dice “arriba” que dice “ducha”, que dice “calle” y ahora “helado”. Lo que te despertó y te trajo de vuelta de un sopor infantil sin imágenes es lo mismo que despertó 127


al primer hombre en la Biblia: un soplo que te ordena, que te pone a funcionar sin explicaciones. Todavía eras barro blando cuando te despertó el día, no había terminado de cocerte y entregarte entero el calor del sueño. Por eso fuiste como un papel, tambaleándote, hasta las tostadas duras y la manteca y te sentaste a espiar por las rendijas de la persiana a los techos del barrio lanzados de espaldas al descanso. Las cosas te indicaron qué hacer: el cuchillo redondeado, la bolsa de plástico llena de pan que colgaba debajo del calefón como el buche de un pelícano, los restos de manteca en un plato de cerámica. Te alcanza para vivir, aún crudo, aún fresco, enhebrar el recorrido que te muestran los objetos. Si dejaras de vos, para la posteridad, un retrato, te mostraría invariablemente haciendo algo con alguna cosa, aunque más no sea sosteniendo un repasador entre las manos. Tu actitud anunciaría “nunca estoy ocioso”, y los futuros exploradores del álbum familiar podrían decir, si les importara: “era un hombre vivaz, activo, lanzado a la vida”. Esta mañana, los cubiertos, los vasos y los platos apilados en la alacena se ofrecían, te pareció, sucios y desordenados. Así que los lavaste y los reubicaste en distintos sitios de la cocina. Te reconforta aprovechar para eso el tiempo inmediato al sueño y, durante el baño, frotaste el jabón en los brazos y las piernas de un hombre práctico y de múltiples ocupaciones. No aparecen en las fotografías ni en los diarios íntimos ninguna de estas actividades cotidianas, están acurrucadas, dormidas un rato en nuestra memoria y se van o se evaporan igual que la mugre en las curvas de las orejas. Pero podrías hacer un mapa con todo lo que los demás no saben de vos y no sabrán nunca. Con lo mínimo y banal, mientras te das una ducha o masticás 128


una vainilla húmeda, podrías construir un planeta entero. Al menos si los planetas son esas cosas que muestran ahora las imágenes de los satélites. Esferas llenas de polvo y tierra y, con suerte, tonos de verde y gris en algún lado, algún contraste. Estás lamiendo un helado de tres colores en un kiosco y eso tampoco cuenta como detalle relevante para una biografía. Sin embargo es eso, no otra cosa, lo que hacés, y no dudarías en sumarlo al mapa circular de tu planeta. Habría un kiosco en el mapa y podrías estar ahí adentro. Algunas veces chupando un helado, otras, una barra de chocolate o revisando una de esas cajas de cereales inflados buscando pequeños juguetes. Y si no es ahí, en el kiosco, podrías estar arrastrando las pantuflas por los pasillos de un supermercado, porque habría en el mapa también supermercados con góndolas cargadas a reventar de paquetes y logotipos encantadores. Pero no habrá tal mapa. No vas a dibujarlo. No habrá tiempo. Como el polvo y los planetas y todo lo que en ellos se hace y se deshace, se licuará esa idea también en el devenir del Universo. En el kiosco hay cuatro personas que toman gaseosa o café y mastican facturas a la luz de un televisor sin sonido. Hay una imagen del campo, peones que incendian graneros y cascos de estancia. Son hombres los que miran: dos obreros, el dueño del kiosco, un chico de unos quince años. Tiene la cara hinchada por el sueño el chico, el pelo revuelto. Los obreros son jóvenes también, están recién bañados, y les brillan las mejillas rojas y duras como billeteras de cuero. Vos los miras, ya sin helado casi en la boca adormecida, y pensás que fuiste también como ellos, ayer o no hace tanto, lo nuevo, la última moda humana, lo moderno. 129


Fuiste la tendencia, la aspiración, la versión más refrescante de futuro. En vos depositaron otros su esperanza. Chupás el palito chato de helado y ves cómo los obreros mastican, cómo el chico toma sin respirar, para mitigar la sed de la resaca, una botella de CocaCola. Pensás que así deben vernos los dioses, como vos ves ahora a esos hombres en el kiosco, repitiendo la misma historia una y otra vez, recomenzando con idéntico entusiasmo siempre. Ser viejo es ser Dios, en cierta forma. Pero un Dios encerrado en un cuerpo que se pudre. Un Dios breve, sin fuerza. Al salir del kiosco aspirás y son un sótano tus pulmones; un depósito de oscuridad color café que recibe como un haz de luz el aire claro del suspiro. Es cruel esa manera de ostentar debilidades que tiene tu cuerpo. Pecas de calcio que salpican las uñas, bronquios raquíticos, calambres que traban en una mueca tus tobillos. Deberías ir hoy también y decírselo todo al médico. Antes, el cuerpo no estaba; se fundía con tus pasos y el sol; en la línea verde del mar, en las ondulaciones de los bucles dorados de las mujeres que dormían en sus reposeras, desaparecía. No sabías qué te arrastraba y te llevaba, qué te dejaba ver y sentir el frío, el aire tibio, los perfumes. Eras el viento en vibración, durante un tiempo, a lo largo de la vida hasta llegar acá, flotabas. Ya no. Ahora sabés qué sos, caminando por la vereda, amparado en la sombra: sos tu cuerpo. El sol entre las ramas, apenas. El barrio es casas bajas y el vapor del agua de las mangueras al ras de las baldosas. Micros escolares, mujeres que arrastran el sueño de sus crías. Entre esas situaciones te movés, lento, porque sos ya un hombre lento y encorvado. Caminás 130


mirando tu sombra y con cada paso vas borrando el anterior. No es cierto que uno vaya dejando un rastro en la vida, no es verdad que haya, detrás de cada hombre, un pasado que pueda dibujarse como se dibujan las líneas que marcan el tiempo, que marcan la distancia, en los mapas. Lo que hay es siempre un trecho más para borrar ahí adelante. No recordás. No vas pensando en el pasado: ¿Cómo eran tus rodillas a los seis años, desnudas y raspadas por el juego? ¿Cómo era el gusto de las papas cuarenta años atrás; tu idea de la resignación a los quince, el sabor de tu aliento? Caminás hasta llegar a una plaza y recorrés un camino de piedras color ladrillo que te lleva a un banco de madera. Te sentás y ves jugar a los perros. Debe haber más de veinte corriendo en el parque y unos seis o siete atados a un gomero ancestral. Te distraés mirando las piruetas circulares de un caniche marrón que corre y salta, muerde las patas traseras de los más altos y abúlicos, ladra. Ve tus zapatos sin cordones, tus medias bajas, cuando se acerca. Ve amarillo y pardo, una combinación de colores apagados que no es la de las fotos sepia ni la de las sombras grises del cine. Ve fragmentos de cristales partidos, la luz abriéndose paso, lenta y continua, encima de los tréboles, revoloteando en las toses de polvo que el viento levanta en la tierra seca. Cuando ladra y se escucha, se llena su cuerpo de un calor atávico que lo impulsa a correr solo como si fuera una jauría desbocada, la raza entera, incluso, toda íntegra la especie. Salta frente a vos: intenta llenarse la mandíbula con un enjambre de jejenes. Cuando querés acariciarle el hocico te lame los dedos. Siente los restos de gusto dulzón del helado y por eso te deja hacer durante 131


unos segundos. Algo lo distrae y vuelve a correr y a saltar por el parque. Tuviste un perro, pero no era así, era viejo y grande. Se llamaba Tomás y vivía en el patio de tu casa. En tu cabeza es un ovillo de pelos, un koala tirado a la sombra de la ligustrina. Cuando murió Tomás tenías cinco años y viste cómo tu padre lo envolvía en un plástico celeste y lo enterraba en el fondo de una de las quintas vacías, detrás de la estación de tren. Sólo recordás, de ese día, las nubes y el viento anunciando una tormenta; las botas de goma y el monito de lata que, encima de un trineo, hacía girar una sombrilla de colores cuando lo arrastrabas por el pasto. La intuición de tus padres en alguna parte, pero más que nada, uno de los primeros recuerdos en los que te ves completamente solo y concentrado en tus cosas. No sabés por qué recordás ese día y esa escena. Por qué esa y no otras, justo ahora cuando te lame los dedos un caniche. En tu cabeza no está el entierro, no está Tomás muerto y envuelto en plástico, tu padre clavando una pala en el suelo. Aunque está el piso, sí, la arcilla gris y ajada como un papel. De eso hay mucho en tu cabeza, pero no vas más allá, no hacés el esfuerzo. Cuando se van los perros, cuando el paseador los arrastra como a una madeja de globos desinflados, te estirás en el banco, abrís los brazos en cruz y dejás que el sol te salpique las mejillas. Detrás de los párpados percibís sombras que revolotean: esponjas de mar o peces gordos flotando en un acuario oscuro. Y, si apretás tus ojos, se enciende en tu frente un cuaderno de caligrafías marcianas hechas de luces azules. Volvés a mirar y hay, entre vos y el sol, puntos negros estrellados como semillas de anís y, volando en círculos, tres gorriones. Con las alas 132


alquitranadas, vuelan en ondas, más bien, con ritmo desordenado. No es el vuelo disciplinado de los buitres pregonando la inminencia de un cadáver. Nada de eso. No hay formas geométricas, hay una intención de no superponerse y no chocar, de mantenerse en un espacio de aire exacto, sí, pero amorfo. Son compañeros urbanos los gorriones, no avezados pilotos como las águilas o las gaviotas; caminan en los bordes de las veredas y huelen a sopa, a trastienda de tintorería. Por eso los aceptás con naturalidad, cuando bajan mareados de su vuelo y se posan en el banco, dos, y uno en tu hombro. Los dejás dar pequeños saltos y los recibís sin sorpresa en tu regazo. Buscás en tus bolsillos alguna miga de pan, algún resto de comida, pero solamente encontrás billetes, monedas, pelusas. Igual se quedan con vos los gorriones, se acomodan en el pantalón gastado, se juntan los tres, se acurrucan, como si fueras el hueco de mármol fresco en la clavícula de una estatua. Por no molestarlos, por hacer que duren así, ausentes y sin miedo encima tuyo, te quedás un rato quieto, pausás la respiración. Y ellos se acomodan y les das tres nombres, los nombres de tus nietos, que ahora están de vacaciones en la playa o ya son adultos o ya no te importan, no estás seguro. El día empieza de nuevo cuando el sol cuelga en la mitad del cielo. ¿Ya es mediodía? No puede haber pasado, en realidad, tanto tiempo, sin embargo, el sol ya está arriba (quieto el sol, siempre, porque lo que se mueve es el parque y el banco, los enveses plateados de las hojas de eucaliptus que ondean al viento como guirnaldas fúnebres) y tiene el brillo sólido, el sol, esférico y tostado, de una tarta de manzana. El día empieza de nuevo, te parece, porque quizás te dormis133


te unos minutos sentado en el parque y se durmieron (¿duermen en realidad, tienen sueños y párpados, descanso?) los gorriones encima de la tela granulosa de tus pantalones. Te sacudís los pájaros sin pensar, con el dorso de la mano, limpiándote, y los escuchás caer en el suelo, pesados y blandos, como monederos. Una vez ahí, se despabilan y se quedan mirándote (¿miran los gorriones, ponen atención, escrutan?), igual a un grupo de chicos que esperan que les cuenten un cuento. En eso pensás apenas despierto, mirándolos, en esa espera de tu infancia. Te contaban la historia de Pinocho, mayormente, y todavía podés ver la cara del hada azul flotando en el fondo de un vaso con medicina efervescente. Te incorporás despacio, dejando en el aire (detrás del aire) el sonido a pétalos mojados de tus articulaciones. No hay otros ruidos, la fricción apenas de un pedazo de plástico que rueda por el camino de piedras y que opacás con el trazo tosco de tus manos frotándose nerviosas en tus pantalones. Caminás hacia el lado opuesto de tu casa porque te parece que no es tiempo de volver. No todavía. Encima de tu cabeza sentís, al incorporarte y caminar, el rumrum de un motor plateado que exhala un vaho de colonia. Pensás en un mareo, en las cifras de la presión arterial que repiten los enfermeros cada vez que vas al hospital. ¿Vas a caerte ya? ¿Estás enfermo? No todavía. Son los pájaros que lubrican los picos, agitan los rabos y cantan. Los mismos tres gorriones que te acompañan, encima de tu cabeza. Hay algo de sombra en el parque, fuera del camino, y esquivás la valla enana que te separa de los tréboles para poder aprovecharla durante el paseo. Pensás en vaciar la vejiga, en comer un sándwich caliente y 134


vas alternando tu atención en los pocos movimientos del parque: dos chicos se pasan una pelota, una mujer se broncea de espaldas al cielo, hay cotorras que gritan como señoras exaltadas encima de los eucaliptus. Cuando pasás delante de los chicos, dejan de jugar un momento y te miran, probablemente atraídos, pensás, por los gorriones que vuelan encima de tu cabeza. También te miran dos tipos que toman cerveza debajo de un árbol. Son dos obreros (¿los mismos que estaban por la mañana en el kiosco? ¿Sería posible que este día tuviera solamente dos obreros haciendo todo el trabajo?) que te clavan sus ojos negros y vacíos. Aunque no tenés nada que hacer en apariencia, estás ocupado. El paseo es (debe ser) una actividad práctica y por eso, desde hace ya bastantes años, tu cuerpo recorre una órbita tallada que va del ascensor al pasillo, del kiosco a la plaza, de la plaza al supermercado. Caminás y avanzás presuroso, a veces, otras lánguido y sereno, sobre el callo que labraste en tus idas y vueltas. Vas acompañado hoy por los pájaros que siguen sobrevolándote y, además, por el cosquilleo de miradas que repican en tu espalda. No los ojos que ya están, suponés, lejos: el eco de las miradas de los chicos, los obreros. Vas cantando fuerte una canción infantil. Vas cantando sin pudor, para los gorriones. No vas pensando ahora en los días de verano secos cuando el mundo existía simple y sin mensajes, entero, y veías a los viejos pasear por la calle hablando solos. Durante algunos paseos pensás en aquellos viejos, pero ahora no. Pensás que esos viejos hablaban solos (como cantás vos ahora) porque no les importaba la opinión de los demás. Hablaban solos porque estaban convencidos de que todos les debían algo: respeto, paciencia. Y sólo las criaturas, como vos, que nada sabían de la vida, se reían por lo bajo. 135


Eran días blancos, encandilantes, aquellos días que ahora no evocás, mientras vas pensando en cuál será el supermercado ideal para esa tarde. Las mismas fachadas ásperas que se descascaran a tu paso reflejando el sol anaranjado eran golosinas: panes untados con mermelada de quinoto, esas casitas bajas y cuadradas; otras, altos pasteles celestes y blancos de azúcar glaseada. Los veías cuando caminabas hacia el almacén con el estómago vacío y los ojos hinchados de sueño. Debajo de la suela delgada de tus mocasines, el suelo de baldosas y adoquines era tibio como un budín de arroz. La lluvia no era habitual aquellos días. Sólo ves el sol, cuando recordás. No la lluvia, nunca, mojándote mientras caminabas rumbo al almacén. Alguna vez, las filtraciones, las goteras que humedecían las cajas del depósito. Llovía, sí, pero no lo recordás. No podrías decir, en realidad, si esa luz de lino amarillo, ese destello flojo que evocás cuando pensás en una tormenta, es parecido a lo que antes se conocía como un relámpago. Están perdidos irremediablemente esos resplandores. No pensás hoy en ellos, ya no más, nunca volverás a verlos. Cargás en tu carro un paquete con bolsas grises de residuos, una botella de cerveza, pan, un pedazo de queso blando. No vas a comprar nada, vas a simular un apuro súbito y vas a dejar el carro abandonado en el medio de un pasillo. Lo hacés todas las semanas, dos o tres veces en distintos lugares. Hoy estás en el supermercado grande, el que huele a damasco y almendras tostadas. Cargás cajas de cereales, dentífrico, paquetes de fideos, leche. Llenás el carro con la vehemencia de un potentado gordo, pero caminás despacio entre 136


las góndolas con el ritmo ceniciento y agrietado de un mendigo. No tiene sentido lo que hacés. Nada de lo que hacés. No te importa. Es tu rutina, te gusta estar ahí. Más que nada en la parte fría de las heladeras. El zumbido robótico de las heladeras te reconforta porque es igual antes que ahora, pese al paso del tiempo y a todo lo otro que cambia. El último día de tu vida, serpenteando entre los pasillos, te persigue un guardia robusto. Ya te han seguido, no es novedad, han llegado incluso a interpelarte. Vas olfateando el aroma agriado de los melones maduros, palpando la pulpa carnosa de los filetes de pescado y no desviás ni un instante tu mirada. Definitivamente no vas a comprar nada. El último día de tu vida no es un día de desafíos. Los desafíos son diversos: encontrar una fecha exacta en el vencimiento de un aceite, conseguir una golosina imaginada (por ejemplo un alfajor de coco y mermelada, caramelos de menta y cereza), hablar con el guardia hasta convencerlo de la condición clínica de tu vagabundeo. Hoy ningún desafío, tampoco ninguna necesidad. Cae desde los tubos de luz una música marchita, láminas de humo esponjoso desbordando una chimenea. No el final de una estufa, de un hogar: la chimenea hollinada de un barco de madera anterior a tu infancia. Porque se mueve el piso y los carteles con fotos de vainas y manzanas tiemblan mientras arrastrás tu carro y, el día de tu muerte, como tantos otros, la música y la luz, tan celestes las dos, te vuelven a persuadir de que, cada vez que entrás a ese almacén gigante, en realidad, viajás en un crucero. Hay pozos en el mar, olas que palpitan como un catarro debajo del piso, por eso el cuerpo se tambalea, por eso oscila y, a veces, quiere dejar de andar de una vez y recostarse. 137


Ninguna otra persona lo advierte, creen que están quietos. Incluso la tripulación, amasando pan, cortando con un cuchillo enorme las costillas de un cerdo. No es sorprendente que se posen en vos las miradas y veas, en los huecos que las latas de tomate y arvejas ausentes dejan en las góndolas, narices que se asoman, pestañas eleteando. ¿Son esos chicos que jugaban en el parque, sucios de barro? ¿Es la mujer desnuda, sólo esa espalda, que se extendía al sol la que te espía? ¿Son los porteros, los taxistas que a tu paso te miraban? Pasás unas horas viajando y dando vueltas contra la corriente, hasta que el barco se detiene y tus perseguidores se agotan, verdes por el mareo. Salís sin nada (ya dejaste junto a una pila de papel higiénico el carro lleno hasta el borde) y tus manos van blandas y mansas al costado del cuerpo cuando desembarcás de nuevo en tierra quieta. En la calle están esperándote, flotando en el aire, tres gorriones. ¿Cómo es el último día de tu vida? Detrás tuyo salen del supermercado, empujando sus carros, parejas de jubilados y madres con bebés babeándoles los hombros. Bajan con alguna dificultad los cuatro escalones de la entrada y forman a tu espalda el bloque de un regimiento desgarbado. Entre las piernas y las ruedas chirriantes caminan también algunos gatos y dos perros vagabundos con cicatrices frescas en sus hocicos. La luz de la tarde hunde las casas bajas en un acuario sucio y toda la ciudad, alta y desplegada a lo lejos, parece un charco de agua gris que se desborda. Vas caminando por una calle alta que te permite ver algunas terrazas a través del aire traslúcido salpicado por un polvillo parecido a la sal. Es tu hora preferida. Se138


rán, suponés, las cinco o las seis de la tarde. Pasa veloz el tiempo si se viaja en barco. Porque el mar es todo igual, todo, leíste hace años, y acompasa en su simetría la disonancia del tiempo. Para avanzar por el barrio a esta hora, encima de la tierra, tenés que atravesar tus bostezos como baches, amputarte a sobresaltos el incipiente inicio del sueño. No es difícil afrontar la tarea si tenés claro el objetivo. Porque saben tu destino, a tu paso, las madres van acallando a sus hijos: les chistan con el dedo índice en los labios, los palmean en las nalgas y los obligan a quedarse en silencio sorbiéndose los mocos. Es hora ya de ir al médico y comentarle que insisten en volver a vos los viejos síntomas. Es algo serio, algo práctico y tenés que hacerlo. Le vas a decir “doctor, tengo manos de mono, me crecen en la espalda orejas por la noche y me llegan a las muelas mensajes en código desde el cielo que se empastan como miel salvaje”. Por tu porte, por tu determinación es que salen a la entrada de sus negocios los comerciantes y te saludan ladeando sus boinas y extendiendo sus tiradores con el envés de sus pulgares. No fuman toscanos, deberían, ni aprietan gallinas en sus sobacos. No salen sus esposas gordas a reclamarlos con las manos empastadas de harina y huevo. Intentan evadir en poses y gestos amanerados su obvia condición de aldeanos chismosos, pero no te engañan. Son catorce cuadras hasta el hospital. La distancia sirve para repetir y enumerar los síntomas. Vas a decir “doctor, la lluvia empieza en mi vejiga y sigue en los ríos, recorre los muelles, después las ciudades; tengo hongos en los intestinos que florecen y se enroscan, uñas creciéndome con languidez de estalactitas en la garganta”. El último día de tu vida caminás hacia el hospital y, 139


pese a lo que podría suponerse, no vas recordando las muelas podridas de los soldados que sonreían en el mostrador del almacén para intentar tocarle las caderas a tu tía; la pelusa que se acumulaba en el pino navideño de tu casa durante todo enero hasta que alguien se acordaba de volver a guardarlo en el desván. Con el color artificial y apagado de las diapositivas (parecido, no igual a como te ven los perros), no ves las medias deslizándose por las piernas aceitosas de una puta vieja; tus propias piernas correr, no recordás, detrás de otras piernas en el césped amarillo de la escuela. Esos detalles solamente. De cada año, de cada hora vivida, sólo restos fragmentados, no vuelven como deberían, se supone, volver a vos el último día de tu vida. No ves los pájaros bordados en la funda de tu almohada infantil, la boca abierta al cielo de una chica rubia intentando atrapar las primeras gotas de rocío, los esqueletos dorados del tren fantasma inclinándose hacia los gritos de tu futura esposa. Nada de la vida, esa abstracción que se cuenta: vas hacia la muerte montado en el cuerpo, puro presente, artritis, flemas y un dolor repentino que se extiende de la mano al pecho. “Doctor: tengo glándulas de sal que explotan a la hora de la siesta en mis intestinos y me espesan la circulación sanguínea, hacen de mi sangre cal o masa cruda, algo que se estanca y me deja quieto por dentro, aunque me mueva”. Caminás al hospital con paso raudo, seguro, y detrás seguís percibiendo como crece la procesión que se amalgama, se agolpa. El hospital es blanco. Como un rebaño mojado es blanco, como el interior de un ataúd blanco, como las espinas y la carne hervida del pollo. No un blanco definitivo, más bien un blanco indecoroso para el purismo del 140


blanco; proletario y desgastado. Un blanco insuficiente. Una vez adentro, son de nuevo las cosas las que indican qué hacer. Igual a cuando seguías con el trazo de tu lápiz los puntos numerados en el vacío (blanco) de los libros infantiles para descubrir las formas ocultas. Una flor, a veces, máquinas modernas e inquietantes, la ballena tragándose a Pinocho. No tenés más que enhebrar el recorrido que te muestran los objetos para poder encontrar tu rincón, acurrucarte y esperar a que te atiendan. El picaporte gordo y redondo, el cartel de cartón escrito a mano con el pulso de un alcohólico indicando el cambio de horario constante (tachado y reescrito y vuelto a tachar) de la guardia, el mostrador salpicado de catarro, la mujer que mezcla fichas médicas como si jugara con una baraja. Una mujer sin ganas, vestida de celeste, con aros desmedidos, sin mirarte, sin ojos tal vez, es posible, va a ser la que por última vez se dirija a vos vivo y te hable. Va a pedirte tu nombre y tu número de documento, va a preguntarte si tenés alguna obra social y te va a indicar que te sientes entre los otros sentados, que hay bastante demora y que te van a llamar por tu nombre desde alguna de las dos puertas numeradas. No dice “puertas”, no dice “numeradas”, dice “consultorios”. Esa es la última palabra que otro ser humano te dirige, el último día de tu vida. Antes de sentarte caminás (todavía un poco, sí, hay tiempo, hay espacio). Das tus últimos pasos en una habitación de cuatro por cuatro rodeada de bancos de madera y sillas de plástico chuecas y dispersas. Tu objetivo principal es leer los avisos de las paredes, enterarte de las cosas que entretienen mientras confundís el tedio de la espera. Un calendario de vacunación, formas de prevenir la hipertensión, recomendaciones 141


para celíacos. Son papeles pegados con cinta adhesiva. Ves huellas digitales que se conservan en el pegamento: hay personas que se dedican todos los días a esa tarea. Habrás pegado en tu vida algunas notas en la pared, algunos carteles y, ese día, todas las cosas que hiciste: pegar carteles, untar con mermelada un pan rancio, flotar en una pileta, se van a encapsular para siempre en un número preciso. Tu objetivo principal cambia: tu misión (renovada) es llegar hasta la única ventana y asomarte a la calle. De pronto te resulta descortés (no haberlo pensado antes te ruboriza por lo desconsiderado) seguir ignorando a los peregrinos, no brindarles siquiera una mirada sesgada, una muestra de dedicado desprecio. Para aliviar su espera y su desolación, su soledad compartida es que usas las pocas fuerzas que te ofrece todavía el cuerpo (viejo, recordás, cansado) y abrís una de las hojas de la ventana. Sacás una mano primero y la sacudís, no para saludar, para palpar la densidad, la temperatura del final de la tarde, y percibís que sigue ahí el dolor que sentís desde hace unas horas: va de las uñas al codo, del codo al medio, casi, de tu pecho. No es importante, no lo fue desde que surgió. Podrías mencionárselo al médico, pero sólo después de decirle que se te caen de a una las pestañas y que florecen llagas que cantan en tus axilas. Podrías decirle, sí, la punzada en el tórax, pero únicamente si el tiempo lo permite, porque lo principal es no dejar pasar la cita para contarle el desprendimiento de caramelo en tus retinas, los cirios de cera azul que salen de tu nariz algunas tardes frescas y el gusto repentino a nafta que tiene a veces tu saliva. Además de gorriones hay palomas y cotorras, alineados todos en los cables y las arcadas, en las ramas de los árboles. Los ojos negros y planos sin párpados fijos en el 142


hospital. Debajo, la muchedumbre quieta. Sin velas ni pancartas, sin gritos. Estacados al suelo, con los cuellos tensos, hombres en ropa de trabajo, con las manos cansadas, mujeres con ojeras acuosas y viejos sin mandíbula te miran. Cubriendo la vereda, la calle, todo lo quieto, palpitan los peregrinos igual que palpita el miedo en el pecho de un gorila o un soldado. Te gustaría gritarles, pero no estás seguro. No sabés si quieren, en realidad, presenciar tu exabrupto o si vinieron solamente para dejar en claro su apoyo. Eso sería, pensás, lo más sensato. Entonces, como te miran, los mirás. Desde lo alto, asomado apenas, iluminado por el blanco artificial de las lámparas. Durante un poco más de seis minutos ves a las personas y a los animales que hasta ahí te siguieron, hasta el final de tu vida y te gusta verlos quietos. Pensás en muertos, en zombies que huelen a raíces y ajo triturado; en esa imagen de los muertos forjada en los libros y las películas. No se te ocurre algo mejor al contemplarlos. Antes, en otro tiempo, cuando eras joven y estabas sentado en el pasto lejos de este día, tuviste una idea más acertada y profunda acerca de los muertos que ya se te olvidó para siempre. Pensaste que del mismo modo en que, una vez adultos, recordamos nuestra infancia como algo distante y ajeno y podemos representar en nosotros el vacío que dejó esa otra persona que fuimos cuando fuimos chicos, dejaremos de ser todo lo que fuimos algún día y de ese resto final, de ese vacío que dejemos, se ocuparán otras memorias. Te alejás de la ventana y esperás un rumor, la vibración apenas perceptible del aire, pero no hay nada. La multitud sigue quieta y expectante, en su sitio, sin sorpresa. Hay un lugar que te parece cómodo, entre un hombre que duerme y otro que mira embobado una revista vieja. Te sentás, el último día de tu vida, en ese asiento de 143


plástico y te acurrucás un poco porque sentís que llega (desde la cintura y el pecho, desde la punta de los pies) el sueño. Antes de cerrar los ojos, te gustaría, sin embargo, hablar con uno de los hombres que esperan y cuando tratás de iniciar una conversación, la vista se te nubla. Intentás hablar, pero es difícil, querés contarle acerca de la gente que te siguió hasta ahí, de tus síntomas persistentes, de lo bien que le vendrían algunas manos de pintura al hospital. Un blanco más blanco. Le decís “Patricio” y te inclinás hacia él con los ojos ya cerrados. El hombre que espera duda un momento (él no es Patricio, él no te conoce), piensa que te quedaste dormido encima de su hombro y vos también pensás eso. Pero no, ya no dormís: estás muerto.

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La chica rubia de Diamante Paraná estaba muerta y yo pensaba en la chica rubia de Diamante. A la hora de la siesta, con ese calor, pensar era una exageración. Transpiraba pensar. Ahogaba. Pero yo no podía, aunque insistiera con la lima, con el esmalte, aunque cambiara cassettes y canales (cuatro canales), dejar de acordarme de cómo la chica rubia de Diamante se mordía el labio inferior y fruncía los ojos al lado de la red esperando el saque de su compañera. Fruncía por este sol los ojos, que le daba latigazos a la persiana y hacía gritar afuera a los pájaros. Tres gorriones gordos, capitalinos, varados al lado de la ventana, flotando lánguidos en el sopor. Por el calor de Paraná que era distinto a todos los calores del mundo, tan furibundo él, tan intratable y agobiante, fruncía los ojos la chica rubia de Diamante. No era como el calor con brisa, con sombra parquizada y olor a galletitas tibias de Diamante. Cuando una ciudad es importante hace un calor distinto. Todas las ciudades importantes tienen su propio clima. Y la chica rubia de Diamante, tan diamantina, tan de pueblito, tenía que fruncir los ojos para aguantar nuestro clima, agarrada con las dos manos a la raqueta, y ayudarse con ese gesto de perrito pequinés para ver, debajo de las pestañas albinas, cómo yo la miraba desde mis ojos negros y duros, paranaenses, secándome el sudor con mi muñequera paranaense de toalla. Afuera no pasaba nada. No valía la pena ir a llamarla a Luli todavía: debía estar igual de tiesa y seca que todo el resto de las cosas y la tarde en Paraná, por muy des145


pierta y abombada que anduviera como yo, pero en su casa, pasando las hojas de las revistas de su mamá con tejidos crochet, con novias, con postres helados. Una montaña de lavanda seca, de virutas de jazmín y cáscaras de manzana, toda la tarde paranaense tan perfumadita ella, tan agobiante, la debería tener, como a todos los demás, agarrada del cuello. No podía salir nadie de las tardes, no había escapatoria, cuando Paraná estaba muerta. Pensaba en la primera vez de esa cara de laucha, de muñequita rusa, tan áspera, tan sequita ella. Recostada en la cama deshecha me venía a la cabeza ese primer cruce atrás de los canteros del club Estudiantes y me daban ganas de morder los almohadones, de rasguñar la cara pecosa, gritona de Axl Rose pegado a la pared con cinta de embalar transparente. Así de enojada estaba, así de picadita. Me irritaban las cosas que no había hecho ese día, me irritaba acordarme de mi parálisis y mi sorpresa. Lo que sabemos todos: se nos ocurren opciones fabulosas una vez que los hechos están consumados y que ya son así para siempre; podemos montar todos los escenarios posibles en la memoria, incluso llegar a creernos que, en realidad, la miramos con desprecio, supimos transmitirle a ella toda esa certeza, ese enjambre de calor, pudimos decírselo. Yo le pedía que cerrara la boca, porque los tábanos en Paraná tenían más puntería que en Diamante; yo hacía el doble de malabares que ella con la pelota y, antes de terminar, insultaba a los chicos por tilingos y babosos, por dejarse engatusar con los firuletes más básicos de la extranjería. Yo yo yo en mí ganaba siempre. Era la chica de Galáctica, tan sofisticada, tan segura en su traje sintético, imperturbable, era la Mujer Maravilla y la dejaba por el piso, enlazada y moqueando. No na146


cía nunca todo este asunto de tener que pensar en ella cada vez que se acercaba una fiesta, cada vez que empezaba un torneo. Yo, en mí, la mataba de entrada. Pero la verdad (lo que pasa es la verdad, no lo que pensamos) estaba ahí, tan agarrada, tan pegajosa: me la mostraba quietita, al lado de los arbustos, haciendo rebotar la pelota en el encordado de la raqueta inclinada, como si cocinara panqueques o mezclara los ingredientes para preparar una tarta. Los chicos alrededor con las mandíbulas en el pecho y yo desbaratando el alboroto para poder ver a qué venía tanto suspiro, tanto contar en cantito. Sesenta y siete, sesenta y ocho, sesenta y nueve, setenta. Embobados los chicos con la pelota que subía y bajaba y que, en cada número redondo, en cada cambio de decena, se elevaba un poco más para hacer más absurdo, más irritante el dramatismo del asunto. Me acordaba tanto de las zapatillas Nike (pisar con Nike Paraná a los once años: una deformidad, un exabrupto) con la suela apenas salpicada de polvo, la pipa verde esmeralda (¡diamantes, esmeraldas, qué empalague!) y los cordones flojos, displicentes. Me acordaba tanto de la pollerita tableada azul de colegio de monjas, de porrista popular en película yanqui; del buzo color crema con el logotipo del Hard Rock Café de Lisboa me acordaba y de la trenza en rodete, tan pretenciosa, tan remilgadita ella. Pero más que nada, cuando Paraná muerta empezaba a despegar los labios secos y a desempastarse las articulaciones, me acordaba de la raqueta Prince junior Pro de aluminio. Hacían aviones con el aluminio. Aviones y su raqueta. Me acordaba a la siesta, recostada y descalza en mi cama deshecha encima de una Paraná zombie, cómo la chica rubia de Diamante hacía rebotar su pelota amarilla en su pedazo de avión, al lado de los canteros del Club 147


Estudiantes y a mí se me iba llenando el cuerpo con una idea, de las muelas a las uñas, a mí con mi raqueta Head heredada de la tía Nora, vieja, la tía, la raqueta, de madera (se hacen asados con madera, balsas, a lo sumo un bote) y las medias de toalla almidonadas, a mí con la blusa verde agua planchadita, la pollera suelta, de los pelos a la lengua se me iba llenando el cuerpo con un pensamiento solo: “la odio”. Hacía tres años que odiaba a la chica rubia de Diamante. Odiar a otra chica es estar sola y lejos de todos. Se sufre sola el odio, como un dolor de panza. No podía decir el ardor ácido en el pecho, las burbujas chiquitas de transpiración en la palma de las manos; no podía repetirle a los amigos, a la familia, a la gente que tan lejos, (lejos como un burro encima de una montaña lejos, un punto negro que se intuye, pero que no es del todo un animal completo; lejos como el ruido que hace a veces el agua en las cañerías, el viento entre las ramas caídas de los sauces, parecido a un murmullo, parecido a palabras, pero nada, en el fondo, ruido) la taquicardia que me daba cada vez que la pensaba o la veía tan campante ella, tan satisfecha, sacando de la funda su raqueta, pasándose un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. Hacía tres años que, en silencio, en penitencia casi, vivía de a ratos en un mundo diminuto, en una caja con agujeros, encerrada con la chica rubia de Diamante. No podía evitarlo: todo se reducía, cuando se acercaban los partidos, cuando había algún evento acaso en el que pudiéramos cruzarnos, a nosotras dos mirándonos (respirándonos el aire con los ojos, de esa manera viéndonos) en un espacio blanco y vacío. El día que conocí a la chica rubia de Diamante, des148


pués de verla haciendo malabares en el club, jugamos juntas al tenis. No un partido de torneo enfrentadas: jugamos porque nos tocó. Fue la suerte, si se quiere, o el destino, que es lo mismo, el que empezó con esto. Los chicos y las chicas estábamos mezclados, peloteando en la cancha y, en el reparto de equipos nos pusieron juntas. Ella me dijo su nombre y yo le dije el mío. Ella me dijo que jugaba para el Lawn Tennis de Diamante y yo le dije que jugaba para Estudiantes de Paraná. Le dije “este club” y, por si le quedaban dudas, se lo señalé con la raqueta. Le señalé el suelo de polvo rojo, el kiosco, las paredes blancas del gimnasio, los bancos pintados de verde, la silla del árbitro, un poco más lejos, la pileta y el solárium, a los chicos sentados, los árboles y el cielo. Dibujé en el aire líneas azules imaginarias como las que aparecen en los mapas escolares, delimité para siempre el territorio. No dijo nada ella, miró todo calladita y también me miró a mí, de abajo para arriba, como si yo fuera un helado y me pasara la lengua. Perdimos por poco, al final del partido. Con dramatismo perdimos, igual que en las películas. Por mi culpa: erré saques, no llegué a dos o tres pelotas fáciles. A mí del tenis me gustaba la ropa, las tardes fuera de casa, viajar en micro para jugar los partidos del torneo, pero de correr y practicar hasta que me salieran la volea, el drive, el revés, nada. Jugaba mal y lo sabía, pero jugaba con Luli y de mirarla nomás algo de su pericia había ido pegándoseme y, sobre todo, ella había aprendido a cubrir mis errores. Nos conocíamos y ganábamos incluso algunos partidos. No a la chica rubia de Diamante y esto es bueno aclararlo pronto: con ella perdíamos siempre. Incluso esa primera vez con ella, contra otros, juntas, 149


también perdí. Esa vez ella me dio instrucciones. Me dijo: “La raqueta se agarra así, con las dos manos, una arriba de la otra, para el revés”. Me dijo: “No hay que saltar en el saque, un pie siempre en el piso”. Me dijo: “Si ves que no llegás, no corras”. Y si los demás hubieran escuchado lo que yo escuché, si hubieran oído que claramente ella, en realidad, estaba diciendo: “Sos tan torpe, sos tan inútil, estás tan tan mal vestida”, se hubieran puesto de mi lado. Pero había que ser yo para escucharla; poder estar mirándola clarito y de cerca a los ojos, tan de colonia diluida, tan de charquito a un costado de la ruta ellos, para entenderla. “Te desprecio”, me decía, con la boquita en forma de corazón dibujado: “Te desprecio a vos y a este club y a tu raqueta larga y ondulada”. No había nadie más que la pudiera oír, ya se había formando nuestra burbuja, nuestra cajita taponada. Éramos ella y yo, desde ese primer día, tan solas las dos, una pena, para siempre. Cuando fui a buscar a Luli esa tarde, una semana antes del partido, empecé a notar que Paraná era un dibujo en una cartulina. Un poco por tanta luz de repente (tanta luz ese sol paranaense de la tarde resurgiendo) dándome de lleno en la cara y otro mucho porque ya andaba endemoniada y sin bozal en la cabeza, obnubilada por la idea de finalmente ganarle a la chica rubia de Diamante. Con papel glasé arrugado podíamos hacer que el sol se reflejara en el río, la costa la dibujábamos con yerba y con retazos de tela las nubes, con algodón. Dibujábamos vacas siempre, aunque no había tantas, no las veíamos, y casas de crayón con chimeneas que exhalaban tiritas de lana. Cuando teníamos que estampar a Paraná en los cuadernos de la escuela, usábamos esos materiales. 150


Arroz crudo, también y cajas de remedio desarmadas. Yo empecé a notar esa tarde que, cuando Paraná se iba despertando del letargo, era igual que en nuestros dibujos escolares y sentí en el cuerpo que, recién cuando pasaba la hora de la siesta, nos íbamos formando nosotros como las personas de lápiz que dibujábamos caminando por ese mundo plano de algodón en el cielo, de palitos de yerba en el piso. Así que toqué el timbre de mentira, en la casa de mentira de Luli y le pregunté a su mamá de crayón anaranjado si podría por favor avisarle a Luli que la estaba esperando para entrenar. Y Luli salió a la puerta con la cara desordenada salpicada de brillantina, preguntándome si habíamos quedado en entrenar también ese día porque no se acordaba de que hubiéramos arreglado eso. Y yo le dije que si queríamos ganar el partido no podíamos entrenar como siempre, porque siempre perdíamos por entrenar como siempre y que teníamos que hacer un esfuerzo esa vez, entrenar todos los días de la semana. “Un esfuerzo extra”, le dije. Fuimos atravesando juntas el costado de la ciudad al que por la tarde le da la sombra cargando las raquetas y un tubo de pelotas amarillas. Pensando en ganar, pensando en ella yo, seria, yo callada, yo mirando los árboles de plastilina, los canteros de témpera. Luli hablando de algo que había visto en la tele (no había estado, como creía yo, leyendo las revistas viejas de su mamá). Un cura en la Capital hacía que los chicos de una escuela se metieran su pito en la boca. Los llevaba a su casa, les daba meriendas y regalos y los obligaba a hacer eso. A Luli le llamaban la atención siempre ese tipo de noticias. En Paraná, de vez en cuando pasaban cosas parecidas: cosas con la gente y sus genitales, cosas asquerosas y sin sentido. Mi mamá y mis tías, 151


cuando hablaban de sexo decían “la porquería”. A mí esas cosas no me importaban: me interesaba más pedirle a Luli que por favor esta vez entendiera que teníamos que estar preparadas, que apuntara siempre a la altura de los tobillos porque la chica rubia de Diamante, la gringuita le decía, se embrollaba cuando tenía que bajar la raqueta, que durmiera bien y no tomara frío, que contara mil golpes antes de parar de hacer que la pelota rebotara en la pared verde de la Siam. Pero a ella le intrigaba la edad de Palito, el loco del bulevar, que desde que nos acordábamos se paraba con los brazos en jarra a recitar coplas infantiles a la sombra de los tilos. “Vamos al baile, dijo el fraile. No tengo ganas, dijo la rana”. Le intrigaba saber si Palito tendría padres, si habría estado con alguna mujer alguna vez antes de ser Palito, de cantar coplas, de estar loco. Mientras caminábamos entre las casas de cartón y papel celofán, Luli no dejaba de hablarme. Las telas nuevas que habían traído al negocio de la estación, las barbaridades que le habían contado que la Selva había dicho del Quito: que no le pasaba la plata para la nena, que la había acostado a las ocho y sin sueño la noche de año nuevo. Todo parecía llamarle la atención, todo la sorprendía y capturaba: el chusmerío de los vecinos, de las tías, de las revistas. Todo menos lo único que me interesaba a mí, lo único verdadero entre tanto decorado: nuestro partido de tenis. Fue cuando volví a casa esa tarde. Ya casi noche, si se quiere. Más que nada en el living. Noche en el living y el comedor, con las persianas siempre a media asta. Noche antes de la noche en el frío y la humedad perpetua de los techos altísimos. A los ocho altísimos, a los doce, a los catorce todavía, inabarcables. Cuando 152


vi a mi mamá secándose las manos con un repasador y poniendo por décima vez en el día la pava encima de un fuego falso de tiritas de papel azules, blancas y anaranjadas que flameaban mezclando los colores; a mi tía Zulma sentada en una banqueta de espuma llevándose a la boca bizcochos pintados con acuarela. Fue ahí que pasé a vivir sola con ella, instalada en Paraná de juguete, en Paraná de mentira, en el mundo quieto y vacío de nosotras hasta el día del partido. Todo (era el olor a carne a la cacerola, los maullidos del Guli, todo, era la voz de mi mamá tan lejana ella, tan poquita cosa entre tanto cartón corrugado, brillantina y témpera) aplastado por una luz blanca de heladera, de galpón, de sol reflejado en la superficie de una joya falsa. En ese blanco azul, blanco celeste andaba yo de golpe, enceguecida por las ganas de ganarle a la chica rubia de Diamante, y ahí me quedé, hasta el partido, no pude irme. Masticaba la masilla con forma de tarta, con forma de duraznos después, de bananas. La misma pasta gris. Me acuerdo de esa cena, no de las otras que siguieron durante toda esa semana. Me acuerdo de ver los labios de mi mamá moviéndose, de la tele prendida, del gas en las hornallas silbando y sin embargo el silencio. Blanco también, celeste. Porque no escuchaba yo de verdad, ya no, sola como estaba concentrada en ella. Nada de nada. No podía dormir, me acuerdo, tampoco, un rato después, nada más, de comer, porque quería hacer pasar rápido la noche, arrodillarme en la cama y saltar para caer del otro lado del día, en la cancha del club, entrenando, diciéndole a Luli que se acordara, que no se fuera a olvidar. Esta vez sí: “Un esfuerzo extra”.

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Durante toda esa semana fui un fantasma: debajo de la chapa abovedada en la parada del colectivo, en el pupitre de la escuela apretando migas secas encima del escritorio. Le daba vueltas a sus detalles chiquitos en la cabeza: el doble nudo de sus zapatillas, las cintas de colores que se ataba en la muñeca. Una roja para la envidia siempre, tan presumidita, tan maldeojeadita ella. Sola en el almacén con una bolsa de pan Lactal en la mano, sola en el comedor de casa, entre los techos altos, inalcanzables, relamía esas imágenes breves de la chica rubia de Diamante como pastillitas de menta. Entrené, claro, durante toda la semana, con Luli en el club, con Luli en el paredón de la Siam, en el parque. Corrimos una al lado de la otra, sudamos, y ella me dijo que Lucas la miraba desde su banco, que se daba vuelta para mirarla y que, si ella se quedaba mirándolo fijo, se ponía colorado y que era una lástima que no se decidiera Lucas a hablarle, porque Lucas era lindo y a ella no para novio, pero sí para andar un rato, le hubiera gustado. Me dijo que había visto a la hermana más grande de nuestra amiga Marcela agarrando un pucho del piso y prendiéndoselo sentada en la plaza; que estaba en la duda de si pedir para el cumpleaños las botas o la campera, que si le dejaran cumplir un deseo imposible pediría, sin dudarlo, poder conocer en persona a los New Kids on the Block, que había visto las fotos de una chica en Estados Unidos a la que le habían ido a cantar a la casa para su cumpleaños. Imaginate. Me dijo todo lo que pudo y yo, sola, fantasma, le caminé alrededor, la sobrevolé como una avispa, la bombardeé con pelotas amarillas, la fui a buscar a la mañana, la cansé, la devolví todas las noches, húmeda, en su casa. Ni cuenta se dio del esfuerzo, ni cuenta lo bien que se preparó para el partido, esa vez sí, para ganar estábamos perfectas, 154


incluso el entrenador, tan apático él, tan descomprometido, nos alentó. Tenía un hilo en la espalda el entrenador, con una arandela (lo pude ver claro esa semana), y todas las mañanas su mujer, tan dedicada, tan solícita ella, le cebaba unos mates, le daba unas tostadas y le tiraba del piolín, para que pudiera decir todas las tardes las mismas seis o siete palabras. Esa vez dijo otras el muñeco, con la boca pegada, los ojos de vidrio y las mejillas de goma quieta: “Están para ganar. Felicitaciones”. Yo no había mejorado nada. Entre las fachadas de cartón y una bruma blanca había corrido más sí, había intentado hacer algo distinto, corregir mis errores habituales, pero no había caso. La que había mejorado era Luli. Suficiente. Yo era mala, yo era eso para siempre al final de la semana. Y eso que era yo (yo sola) tenía que ganarle a la chica rubia de Diamante como fuera. El camino que recorríamos era un decorado de torta: todo ese cotillón berreta que se reflejaba en la ventana del micro, campos de grana y mazapán manoseados que separaban Paraná de Diamante. Los chicos cantaban como si tuvieran la garganta afuera del cuello, las chicas se dejaban atar, de broma, los cordones a los asientos para trastabillar y hacer reír a los más grandes, a los más brutos. Había canciones que nos identificaban, a Paraná y al club Estudiantes, y las cantaban todas. La más repetida era una que nos comparaba con Diamante y decía que nosotros no éramos mariquitas, que no éramos nenitas de mamita. Había otras más fuertes, más vulgares, pero el entrenador las censuraba. Yo iba acurrucada en mi asiento pensando en que mi odio a la chica rubia de Diamante no había empezado cuando la había visto la primera vez jugando en los 155


canteros del club ni cuando habíamos jugado contra ella el primer partidos de torneos. Había resoplado ella, sí, la había visto, ofuscada, por los agujeros de la nariz, había revoleado los ojos, se había acomodado el flequillo zarandeando el cuello, y se había sacudido el polvo de las zapatillas con el marco de la raqueta Prince Junior Pro de titanio sólo para decirme: “Yo soy esto y vos aquello”, “Yo estoy acá y vos en otro lugar, muy lejos, muy distinto”. La había visto, tan despreocupadita, tan como quien no quiere la cosa ella, aparecer en la Shell antes del baile en la San Martín, con el cuarto nombre de una ciudad estampado en su buzo de Hard Rock Café (Miami esa vez, cómo la odiaba, qué bronca. Miami en Paraná, qué desubicada). Mientras cantaban los chicos, golpeando el piso con los pies, el techo con las palmas de las manos en la luz blanca ciega, y avanzaba el micro por la ruta sin ruidos yo pensaba que lo que la chica rubia de Diamante siempre (y no una vez, una primera, no un momento fundador del odio) había hecho era mirarme solamente a mí. Estudiarme como si yo fuera un bicho muerto clavado con alfileres, un accidente de coches, una momia. Era ese el tema, al fin y al cabo: no conocernos y tener que mirarnos. Por eso la odiaba: si ella se hubiese quedado en Diamante y yo en Paraná, si no se nos hubieran mezclado los mundos, no habría yo estado, enfantasmada, viendo esa bruma blanca toda la semana, esa artificialidad de adorno en la gente y los jardines. Casi me dormí durante el viaje, pero me despabiló el olor quieto a lavanda y a cancha regada que entró por las ventanillas suplantado al viento de la ruta cuando se paró el micro. A eso olía el Lawn Tennis de Diamante la tarde del partido, cuando estacionamos detrás del 156


paredón de entrada, al costado de los quinchos. Habíamos llegado temprano y el entrenador nos dio media hora libre para andar por el club, tomar algo, caminar alrededor del lago artificial. La mayoría de los chicos fueron a sentarse al buffet y ahí se quedaron: oscuro y mayormente marrón todo el asunto, polvo en el piso y vitrinas opacas con trofeos y fotos en blanco y negro, sillas anaranjadas que habían sido muy modernas en su época, una señora en delantal que cobraba las gaseosas y los pebetes sin ganas. Todo en cartón corrugado, amalgamado con engrudo, de fantasía. Yo no podía estar sentada, no podía estar quieta: el mundo, ese mundo al menos, tan paliducho él, tan arcilloso, no me sostenía, así que me fui sola a caminar por el club. Era grande el club, pretencioso, la cancha principal era de rugby, no de fútbol y el gimnasio tenía el piso de parquet y tablero electrónico. Había una casa circular, con columnas y sillones a la que llamaban “El Salón” y todos los caminos (de piedras chiquitas, bordeados de flores, tan cuidados, tan de otro lado), después de enroscarse entre las ligustrinas, llevaban a su entrada. En una de mis vueltas por esos caminos la vi. Estaba entrando con su mamá (era su mamá, era tan igual que daba miedo, daba impresión) al vestuario de las mujeres; en la espalda cargaba un bolso para raquetas, en la mano una toalla. La miraba sonreír la mamá (desde chiquita la miraba, les decía a sus amigas que prestaran atención a cómo achinaba los ojitos, cómo fruncía la frente, seguro, qué dulzura). No se les había muerto el padre en un incendio, pensé cuando las vi, me acuerdo, por algún motivo, tan extraño, tan ajeno a la situación pensé: ustedes no son huérfanas, ustedes no son dos mujeres solas con un padre calcinado, no se hagan las tontitas. No vinieron en un barco con la 157


mitad de la madera podrida y la otra mitad recubierta en láminas de oro, no tienen callos en las manos de lavar y golpear puertas; ustedes no son una historia, un chisme para Luli, ustedes solamente a mí me interesan. Por alguna razón, las vi entrar al vestuario y pensé en cosas así o parecidas, en medio de la bruma blanca, de las casas de papel y los árboles de azúcar. Esperé unos segundos, inmóvil en la entrada para que no me vieran, y después las seguí. Después de un rato, yo estaba ahí, en pleno saque, lanzando la pelota hacia arriba y arqueándome para golpearla con la raqueta. Yo no me acuerdo cómo hice para llegar ahí. Solamente lo que digo sé, estos detalles que cuento. Estaba pisando el suelo rojo de polvo y había tirado una pelota (velluda, amarilla) contra el cielo (pálido y abierto). Había llegado en el micro, aguantando las canciones, había ido desde lejos, desde el pupitre en Paraná, como un fantasma había flotado encima de los techos altos de mentira, había caminado por el club, la había visto en el vestuario de mujeres, con su mamá, y después había empezado a jugar con ella un partido de tenis. Había corrido, gritado con la cara al borde de la explosión de una punta a la otra de la cancha, me había roto una media blanca, me había raspado un codo, una rodilla. Podíamos ganar, faltaba poco, en ese preciso momento al que había llegado no se cómo (la pelota amarilla, velluda en el aire) había chances. Me acuerdo de que ladraba un perro, de eso sí. No paraba de ladrar, afónico de ladrar estaba el perro en algún lado que no llegaba a ver desde donde estaba yo acurrucada, y la mamá de la chica rubia de Diamante, sentada en un banco largo de madera, (no cartón: ma158


dera. No palitos de helado) con apenas luz para ver, sacaba de un bolso azul cremas y pañuelos de papel. Yo me había escondido atrás de una puerta de vidrio empañada, trataba de escuchar, además de ver, pero el perro ladraba, no paraba de ladrar y yo, nerviosa, me acercaba un poco a la humedad con olor a limón del vestuario para escaparme del ruido, me iba metiendo en el vaho tibio de colonia y desodorante con la nariz y la frente, con la boca apenas abierta. Me explotaban gotas chiquitas en las mejillas, me colgaban algunas también de las cejas. No como las que me cubrían la cara ahí en la cancha, con ella enfrente, agachada y con las dos manos en el mango de la raqueta, detrás de la línea blanca, no como las de mi sudor: gotas frías, las del vestuario, gotas que habían estado antes en los cuerpos desnudos, tan despreocupadamente blandos, tan ahí a la vista ellos, de las mujeres que cerraban casilleros, de pronto tan de verdad las mujeres, tan ciertas, doblando toallas, abriendo cierres debajo de un ventilador que, en el techo, giraba despacio como una bailarina, como una novia. Estaba ahí, en ese preciso momento, podía ganar, tan simple era, había chances. Luli había hecho todo bien. Luli había jugado como si compartiera conmigo el odio. Y ahora me miraba ansiosa, radiante, esperando, al fin, la victoria. Pero, en el vestuario, antes, lo que había logrado espiar, tan sencillito, tan obvio era que asustaba. Y ahí, en ese preciso momento, al borde del saque, al borde del triunfo, finalmente, no podía dejar de pensar en el banco largo de madera y los cuerpos desnudos de las mujeres detrás del vapor y en la mamá de la chica rubia de Diamante (del otro lado de la red, las dos manos en la Prince Junior Pro de titanio, los ojos firmes 159


en sus rivales) limpiándole con pañuelos de papel y crema las manos de verdad, la cara de huesos y carne, untándole con perfumes o aceites el pelo cierto, manoseándola quieta como una muñequita. No entraba en el cuerpo de pensar, no cabía, solas las dos, ella y yo, una vez más, enfrentadas, pero esta vez con su intimidad en el puño, con su carita gringa, rosada surcadita de lágrimas mientras la mamá la acicalaba, tan sin darse cuenta, tan a mi merced en el vestuario brumoso ella. Ella y yo éramos lo único vivo, lo único palpitante y móvil entre tanto cotillón, tanto papel recortado. Las únicas dueñas de un secreto. La vi mirarme igual que siempre, con esa soberbia, con esa suficiencia rubia, encima del acné incipiente, del bozo blanco transpirado. Y ya no me importó ganar, no me importó el tenis, ni Paraná, ni Luli, ni el entrenador, ni el Lawn Tennis de Diamante. Arqueé el cuerpo para sacar (el último punto del último partido) y la pelota que arrojé hacia arriba, amarilla, brillante como un sol dibujado en un cielo de témpera, nunca más volvió a tocar el suelo.

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Los días hábiles Desde las gradas vacías Facundo puede ver, afuera, las canchas de tenis mojadas de rocío, vaporosas todavía por el primer contacto con el sol; un hombre enfundado en su mameluco color tierra que corta ramas de las ligustrinas y las apila en una carretilla; dos mujeres acomodando las sillas y las mesas laqueadas de la cafetería. Detrás de los vidrios esmerilados, las imágenes son borrosas como siluetas de pájaros o barriletes altos y lejanos reflejados en la superficie de una laguna. Mira apenas hacia afuera, sentado junto a una pila de toallas blancas enrolladas, no más de diez o quince segundos. Después, fija la vista en el agua azul de la pileta sin nadie. Espera a Marcos, su cliente, que se demora algo más de lo habitual cambiándose en el vestuario. La pileta tiene las medidas reglamentarias. Serviría para competiciones olímpicas, pero sólo se usa para carreras locales. Está lejos el club de otras aspiraciones. Hay varios trofeos en la vitrina junto a la entrada, y cuadros de honor con hombres que ostentan medallas color beige en sus torsos desnudos y mojados. Marcos entrena, pero no compite. Todos los lunes, miércoles y viernes, una hora y cuarto por la mañana. Facundo lo ve nadar desde mayo, pero recién ahora, con el comienzo de la primavera, la pileta se ilumina con la luz natural que entra desde el techo y los vidrios de las paredes. Es más cálido así el natatorio, menos parecido a un hospital, y los rasgos de Marcos también se hacen menos ásperos y angulosos sin los reflectores. El olor del cloro estancado en el aire lo vuelve liviano 161


y aséptico. Dan ganas de respirar ahí, de respirar más, dilatando los agujeros de la nariz y después exhalando por la boca entreabierta. Además, los cortes de sombra que se proyectan desde el techo (líneas largas y negras recortando el cielo, como las líneas que marcan en los mapas el tiempo y la temperatura) dibujan fibras irregulares en el agua y las baldosas que disuelven los bordes y tornan todo más blando. Es bueno estar ahí a esa hora. Marcos es un buen cliente. Cuando sale del vestuario lo saluda levantando apenas su cabeza envuelta por una gorra de goma celeste. Elonga los cuádriceps y los músculos dorsales parado en el borde, junto a la escalera del trampolín; estira los brazos hacia arriba, mira el cielo, cada vez más claro y limpio, algunas nubes sueltas, y respira por la boca. Inhala, exhala, sacude todo el cuerpo (fibroso y pardo como un fruto seco), y se zambulle. La rutina empieza con dos largos estilo libre para precalentar. “Estilo libre” refiere a la posibilidad de usar cualquiera de los estilos reglamentarios para la competición, pero Marcos tiene su interpretación particular del asunto y lo que hace es agitarse como una anguila debajo del agua, con los brazos pegados al cuerpo. Saca su cabeza a la superficie para tomar aire, sólo la mitad de su cara de insecto, un tercio gorra, un tercio antiparras, dos veces durante cada recorrido. Se forma una espuma minúscula encima de su cuerpo: burbujas que parecen hongos silvestres brotando en la gelatina verdosa de la pileta. Lo que Facundo ve desde las gradas es una línea de burbujas que se corta y se vuelve a dibujar a sí misma constantemente en el carril. Es silencioso el movimiento, rápido y a la vez sereno. Cuando termina las dos primeras vueltas y se apoya en el borde para seguir con el resto de la rutina, Mar162


cos siempre sonríe y lo mira aceptando con picardía que su precalentamiento está lejos de la ortodoxia. Él, aplicado, devuelve el gesto asintiendo con aprobación. Lo que sigue es el impulso, las piernas flexionadas y el cuerpo lanzado hacia adelante en estilo crol. El desplazamiento ventral y el movimiento alternado de los brazos que parece responder a un instinto primitivo que lo espolea hacia adelante. Es veloz ese momento, ese estilo. La respiración de Marcos parece la válvula de un motor que se abre y se cierra acompasando el zumbido de su pataleo. Es eficaz ese estilo, es cómodo. Tarzán nadaba así, los héroes que se arrojan al agua desde los muelles o entran al mar rompiendo las olas con el pecho para salvar a niños y mujeres que agitan sus brazos pidiendo ayuda. Son doce piletas y una vuelta entera sobre sí mismo, sin detenerse, para cambiar de estilo, mirando (se verá gris y empañado, se verá sucio detrás de las antiparras) el cielo, moviendo en círculos los hombros. Las brazadas son certeras y rápidas, pero se ven lánguidas desde las gradas. Es una forma más apropiada a lo femenino, el nado de espaldas; coreográfica. A pesar de su nombre, el estilo mariposa es más viril: forma rizos de espuma en el agua, marca con más determinación la marcha del nadador. El movimiento simétrico de los brazos y las piernas armonizan el desplazamiento de Marcos; coordinan las ondulaciones breves de la superficie con la silueta que se arquea y se hunde de un extremo al otro de la pileta. Es su punto más fuerte, el último acto pirotécnico con el que cierra sus presentaciones. En algunas ocasiones, Marcos gira mínimamente el cuello hacia él durante el nado. Podría suponerse que lo hace para corroborar su presencia, pero Facundo 163


sabe que es algo más. Él conoce bien su trabajo. Sabe que, cuando Marcos desvía la mirada del agua y de los bordes de la pileta, espera la repetición de un gesto perdido para siempre hace años, olvidado incluso por él mismo. Pide la aprobación en la mirada, pide la piedad y la admiración que se mezclan en el orgullo. Esa clase de atención pide. Y Facundo sabe dársela. Es bueno saber dársela. Es un buen cliente Marcos: es bueno verlo nadar por la mañana. Ya se había preguntado en varias ocasiones si podría verlo bien Antonio desde el escenario con esos dos reflectores dándole de frente en la cara. Se había respondido, cada vez, que la cuestión era irrelevante mientras Antonio siguiera pagándole su sueldo todos los meses. Era Antonio y no él quien tenía que preocuparse por esas cosas. Facundo hacía lo suyo con total dedicación, se ganaba la plata, aunque era difícil en el caso de Antonio evitar ciertas distracciones. Va apagándose la tarde y la luz del bar y la de la calle no terminan de compensarse. Es brumosa y anaranjada la atmósfera, saturada de conversaciones: le cuesta a los cantantes destacar entre tanto rumor de voces y sombras. Hay varios que, como Antonio, son clientes regulares y tienen sus momentos fijos, su público, sus rutinas. Pero los que más llaman la atención son los amateurs que suben en grupo, los que gritan y se sacuden, las mujeres tontas. El estilo de los habitués es sobrio por lo general; podría decirse, aunque suene contradictorio, que son bastante tímidos. Hay una mujer que mira el piso (la de mejor voz, la más sólida) y canta en un inglés nativo apenas susurrado canciones que Facundo escuchó cantadas por Sarah Vaughan o Billie Holliday. Las canta como si ella las 164


conociera mejor, como si fueran anécdotas, cosas que le pasaron y que elige compartir con los clientes del bar para distraerlos un poco. La mujer no va todos los días al bar como Antonio, va los martes y los jueves con su novio, un hombre grueso y siempre de traje que parece doblarla en edad, aunque probablemente no le lleve más de cinco o seis años. La mujer es delgada, rubia, blanca como un mantel y está claro, por su forma de andar, por sus manos, que aparenta menos edad de la que tiene. Parece satisfecha con su vida ella, él parece enamorado. También ha visto a dos chicas jóvenes que alternan su rol de cantantes y espectadoras cada semana. Una tiene el pelo teñido de azul, una argolla de metal en la nariz y flores japonesas tatuadas en los omóplatos. Es, de las dos, la menos tímida, y la peor cantante. La otra es pelirroja y lánguida, lleva siempre una mochila de la que cuelgan pequeñas cadenas, prendedores y muñecos. Canta mirando a la luz, rígida, canciones tristes de autores muertos con un tono siempre al borde del desgarro. Van con otras amigas a veces, con gente que las acompaña y las mira, pero que nunca canta. De todos los habitués que le ha tocado ver, Facundo prefiere al gordo que canta en italiano. Es un tipo gigantesco que llega al bar con un grupo de compañeros de trabajo, siempre sobrio y adusto, peinado como un chico de nueve años antes de sacarse su primera foto para el documento. Es el centro de las bromas de todos, pero no lo sabe. Y si lo sabe, no le importa. Después de cinco o seis cervezas sube al escenario y hace lo suyo. Lo hace con seriedad, circunspecto, pero ya sobresale su camisa del pantalón, ya transpiran y se enrojecen su frente, sus mejillas. Ya su peinado es otro. Mientras van pasando por el escenario los cantantes, 165


la gente se aglutina en las mesas y en los sillones del fondo, de pie, junto a la barra, gritan y se ríen, o se acercan a la entrada para poder fumar y hablar por teléfono. Lo que distrae es el movimiento, no tanto un interés particular por una persona o la otra. Las piernas, no una pierna; los súbitos cambios de tono, las carcajadas y no las conversaciones que no se escuchan, que no se diferencian. Es desenfocar la mirada en la superficie lo que distrae y desfigura el gesto necesario, profesional, si él no está alerta. Para componerse, Facundo apunta su vista a las letras que subtitulan los videos de paisajes y de imágenes de catálogo que acompañan a las canciones. Atardeceres en la playa, campos de trigo, montañas y ciudades de noche. Las letras se proyectan en caracteres blancos que van llenándose de color (verde, a veces, morado) a medida que la melodía avanza y llega su turno. Es para guiar a los cantantes, pero más que nada, se supone, para que el público pueda también cantar las canciones, acompañarlos. A él las letras le sirven para fijar la atención y concentrarse. Lee las historias rimadas: cuánto quiere un hombre a una mujer, cuánto dolor le causa separarse. Por lo general, las historias, son bastante iguales, pero él aprendió a apreciar los detalles que las diferencian. Por ejemplo, la chica de rasgos nipones que canta ahora menciona en cada estribillo un verano y un reloj, y Facundo, aunque la canción no lo diga, ve la aguja del segundero dejando tajos flacos en la arena a centímetros de dos amantes que corren de la mano por la orilla; un despertador con números rojos, digitales, ascendiendo en la línea verde donde termina el mar. Lo ayuda ese devaneo a impostar su cara en el gesto bovino del sometimiento, lo deja mirando la escena atónito, casi en un paroxismo doméstico de enamora166


do. Le regala ese tiempo y esa pericia a la japonesita mientras espera a su cliente: le sirve para entrenar, para que avancen los minutos y, de paso, hace su buena acción del día. ¿Son esas miradas que dedica a los extraños, gratis, trabajo comunitario? Antonio canta boleros. Tiene roto el corazón, Antonio: de la forma más vulgar y convencional, sufre. Para no darse cuenta de que está solo, de que nadie lo quiso nunca, de que lo que él supone relaciones son, para las mujeres que recuerda, detalles olvidables de sus vidas jóvenes, circunstancias, canta boleros. Dan volumen a su pena los boleros, dan cuerpo. Cuando pisa el escenario, Antonio lo busca con disimulo y carraspea. Sabe que está ahí, le paga para eso, pero es parte del ritual buscarlo, asegurarse. Cuando la mirada lo encuentra, esquivando la luz de los reflectores, él no se inmuta, no debe: permanece con los antebrazos rodeando su vaso de cerveza rubia, el mentón apenas adelantado por encima de la espuma y los agujeros de su nariz abiertos, expectantes. Lo mira a los ojos y le devuelve esa mirada que espera para arrancar: las cejas y las mejillas relajadas, los párpados blandos, la luz del escenario en el centro del iris. La mirada que dice: estoy acá, a mí me importa. Se llena de púrpura la letra “e”, la letra “ese”, y Antonio canta. “Estando contigo me olvido de todo y de mí…”. Facundo ve una bruma que avanza desde su espalda hacia adelante, una ola de humo (que es olvido, en realidad) y que va transformado a las personas y las sillas, a las botellas rechonchas de cerveza y a las pantallas de los teléfonos celulares en ceniza. Antonio canta: “y no siento este mal que me agobia, que llevo conmigo, arruinando esta vida que vivo y no puedo vivir…”. Y Facundo ve la ceniza retorciéndose 167


y drenando por las ventanas, envolviendo a Antonio como los tentáculos de un monstruo marino mientras canta. Cuando termina Antonio, lo aplauden. Algunos, los que escuchan, o los que escuchan aplaudir. Facundo no. No aplaude porque es ridículo, incorrecto, aplaudir a un hombre tapado de ceniza. Él lo mira como debe mirarlo y pide otra cerveza. En el televisor las casas se rompen como cajas de cartón y los árboles quiebran las columnas de los tejados. Se ve al mar arrastrando autos y camiones. El mar es barro y espuma negra. Puede ser el noticiero, una película. Algo ya visto y sabido. Algo que no sorprende, pero que Lucía mira igual, como si lo estuvieran transmitiendo para ella sola. Todavía huele a frito el aire del comedor y los platos van a seguir en la pileta de la cocina, sucios, hasta la mañana siguiente. Facundo está por entrar a bañarse (el agua corriendo, el vapor escurriéndose desde la puerta del baño), pero antes, no puede evitar el reproche: “¿Esto es tuyo?”. “¿Qué?”. “Esto”. “No veo a través de las paredes. ¿Qué?”. Camina desde el baño hasta el comedor dejando un rastro de gotas gordas que se revientan contra el piso. “Esto”. Un par de medias negras, mojadas, cuelga entre su índice y su pulgar como un alga empetrolada. “Sí, son mías. Salvo que hayas traído alguna amiga a bañarse” . “¿Y por qué mierda no están en el lavadero, entonces?”. 168


“Bueno, ya está, perdón”, dice Lucía arrancándole las medias de la mano. “¿Tanto te molesta?”. “Sí, tanto me molesta. Por eso te lo pedí siete mil veces”. “No exageres”. “No exagero. Es algo que me molesta y que se repite sistemáticamente. Es como si no me escucharas”. “Bueno, si es por escuchar lo que nos decimos, la verdad…” . Ella tira las medias en el lavadero, al lado de un montón de toallas y ropa para lavar. Deja correr el agua en la pileta de la cocina para que se mojen los platos sucios apilados. “¿Qué te había dicho de la olla?”. “¿Qué olla?”. “La única que hay. La que vamos a tener que tirar si se sigue quemando el arroz”. “No me jodas. Si hay alguna queja con la comida que preparo, podemos probar a ver cómo es la tuya”. “No, con la comida no tengo ningún problema, el problema es que no escuchás cuando te pido las cosas” . Él se sienta en el sillón del living y enciende el televisor. Cambia de canal sin ver qué están dando. Resopla por la nariz y deja el control remoto a un costado. Esquivando al perro que le ofrece un hueso de goma, se acerca a la cocina. “Siempre lo mismo”. “¿Qué?”. “Que siempre es lo mismo. Estábamos discutiendo porque no escuchabas lo que decía y ahora resulta que el que no escucha soy yo” “¿Es así o no es así?”. “¿Qué cosa?”. “Lo que te digo. Uf…no se puede te puede hablar”. 169


“No, la verdad es que soy una tortura. Te pido solamente que seas ordenada con tus cosas…” “Claro: la ordenada tengo que ser yo…”. “¿Y quién si no?”. “Nadie. ¿Puedo estar en paz?”. Facundo vuelve al living y se sienta. En el televisor están pasando un documental sobre la vida de Britney Spears. Britney había dejado de ver a su padre a los quince. La voz de la locutora es neutra, pero la música marca los matices. El perro le deja el hueso al lado de los pies, olfatea y mueve la cola, expectante. Cuando Lucía termina de lavar se escucha el ruido del calefón apagándose al otro lado de la pared. “¿Al final sigue cantando?”. “¿Qué?”. “Britney Spears. ¿Sigue cantando?”. “Y yo qué sé, ¿me estás hablando en serio?”. “¿Estás enojada ahora?”. “No”. “Bueno, ya está…”. “No, no está. Va a estar cuando yo decida que esté. Siempre lo mismo…”. “¿Qué?”. “Tiene que ser tu decisión cuando empezamos y terminamos de discutir…”. Facundo baja el volumen del televisor, deja el control remoto encima de uno de los brazos del sillón y le da al perro una patada suave pero firme para correrlo del medio. Se inclina hacia adelante y la mira desde abajo. “Bueno, a ver, sigamos. ¿Qué hay que discutir?”. “Nada”. “Entonces…”. “¡Uf, es insoportable!”. Ella va hasta la habitación y abre el armario. Hace rui170


do a propósito, mueve zapatos, sacude la ropa. Él sube el volumen del televisor. Britney sigue cantando, sacó un disco hace poco, pero no logra recuperar el éxito de su época dorada. “¿Hace falta escuchar la tele a ese volumen?”. Facundo apaga el televisor y se queda sentado en el sillón, mirando su reflejo en la pantalla negra. Ella deja la ropa que sacó del armario tirada encima de la cama y se asoma al living. “No dije que lo apagaras, dije que lo bajaras un poco nada más. Estaba muy fuerte”. Él se levanta del sillón y pisa sin querer el hueso de goma del perro que rechina con un pitido ridículo. “¿Salió?”. “Yo no lo saqué”. “Entonces no debe haber salido, ¿no?”. “Si no lo sacaste…”. “¡Vamos!”. El perro da un salto y corre hasta la cocina. Se sienta entre unos banquitos azules, al costado de la mesa y asoma apenas la cabeza por debajo de un mantel de hule blanco y celeste. Mira hacia arriba, hacia un clavo largo y grueso en donde cuelga su correa. Ladra. Mueve la cola. Hace un esfuerzo nervioso por estar quieto. Facundo se pone una campera azul y engancha la correa al collar. Es una de esas correas ajustables que se regulan presionando un botón. Abre la puerta y sale. “Ahora venimos”. Con Paulina ve videos. Ella todavía conserva la videocasetera y una colección de cintas que parece interminable. Las trae de una habitación al final del pasillo que Facundo no vio nunca, pero que supone una suer171


te de desván. A veces trae películas, otras, filmaciones caseras. Paulina es vieja. Hace años que es vieja. Desde que lo contrató. Facundo pasa con ella doce horas a la semana en el living de su departamento. La mayor parte de su vida Paulina vivió en Morón, en una casa con un jardín delantero que daba a una zanja y a una calle de tierra. Había una reja baja que separaba su casa de la vereda y a los costados jazmines, del lado de adentro, un rosal, afuera: naranjos. Antes de la puerta de su casa, alta y de madera blanca, había un zaguán iluminado por un farol de luz amarillenta. Desde el zaguán, Paulina atendía a los Testigos de Jehová, a los vendedores de plumeros y saludaba a las visitas (sus sobrinos, los hijos de sus sobrinos, su cuñada) sonriendo y agitando la mano en el aire hasta que doblaban en la esquina para salir a la avenida. Cuando su marido vivía se sentaban en el zaguán, él en camiseta, ella siempre algo abrigada de más: tomaban mate, hablaban con los vecinos. Se quejaban de lo mismo, en el zaguán y en el jardín, hacían planes, promesas. Entre el zaguán y la reja de entrada, Paulina había puesto un muñeco de Pinocho hecho de yeso. Lo pintaban con su marido una vez cada dos años, cuando él cumplía un número par. Pintaban con una brocha delgada la nariz y los cachetes de colorado y también la manzana que sostenía en su mano derecha; el moño y los zapatos de verde, sus pantalones y su chaleco de azul. Los detalles (los ojos, la sonrisa, algo de pelo, los botones) los remarcaba su marido con otro pincel más delgado. Cuando Paulina quedó viuda ya no se ocupó del muñeco y Pinocho terminó resquebrajado y camuflado entre las hierbas del jardín. Los pies mohosos y húmedos, costras de pintura saltada en los pómulos duros y las rodillas. A los hijos de sus 172


sobrinos les daba miedo Pinocho, intentaban no verlo cuando la visitaban. Está todo guardado en los videos: el olor a limón y lavandina, el canto desahuciado del canario, los nísperos podridos en el suelo. Es la mirada de otros siempre, ni Paulina ni su esposo habían filmando nunca nada. No es la intimidad lo que guardan las cintas. Son tardes de fin de semana, navidades, cumpleaños (sobre todo cumpleaños); es la alegría. Paulina pone los acentos y las comas al relato. Cuando la cámara se desvía (por impericia, por descuido) hacia los azulejos celestes con calcomanías de conejitos y canastas de la cocina o a los dos cuadros con retratos hechos de verduras y frutas, ella relaja los pómulos, la mandíbula, ajusta las pupilas a la luz y frunce los labios. No cuando cantan sus sobrinos, no cuando saluda su marido a la cámara y levanta un vaso lleno de sidra. Cuando se escucha (detrás de las personas y los movimientos) la manivela rechinando para bajar el toldo del patio, el tintineo de las hieleras de metal vaciándose en la pileta, se entusiasma. Va marcando con sus gestos el impulso y la pausa de su interés. A Facundo le resultaba al principio difícil adivinar los momentos en que debía apuntar a ella su mirada, los ratos en que lo correcto era acompañar la dirección de sus ojos y ver, con ella, la pantalla del televisor. Pero pronto se amoldaron sus tempos y el trabajo encontró su devenir coreográfico. Tanto con las películas como con los videos caseros, el truco estaba en avanzar a tientas, como en una tormenta de nieve, con algodones en los oídos, el tacto jabonoso, la vista mojada. Entender que cada sonido, cada imagen atendida, es un signo que guía y muestra el rumbo. Y que no hay rumbo ya dónde ir, no hay historia. Ni en las películas en 173


las que se disparan (de mentira), se besan (de mentira) las personas hermosas de países extranjeros, ni en los videos de su jardín y otros ámbitos, los recuerdos. Queda nada más mirarse y tragar saliva, humedecer al unísono los ojos, bajar, para asentir, las pestañas, fruncir los labios y la frente, siempre entendiendo que lo importante no son para Paulina los demás (los actores, la familia, esas sombras). Lo importante es ella recordando. Y ver a ella recordando es su trabajo. Afuera es azul la noche negra. Hace frío y no hay nubes; el cielo plano y sin luna puede verse apenas entre los edificios que bordean las plazas. No hay casi nadie en las plazas. La gente está en otras partes a esa hora. Facundo camina por una senda para bicicletas que parte en dos el bulevar. El camino va desde la avenida Cabildo hasta un parque circular con el pasto quemado, vidrios en el piso y eucaliptus amontonados arbitrariamente en grupos de tres o de cuatro. En algunos sectores el suelo del parque es tierra seca; sólo en el centro hay una loma con pasto tierno. En ese lugar hay una cerca y una estatua; un cartel con el nombre del banco que cuida ese cantero y esa loma, ese lugar específico del predio. Al llegar ahí, Facundo se detiene y libera la traba de la correa para dejar que el perro pueda despegarse del suelo. Primero flota (es un instante apenas, siempre igual, en el que parece sorprenderse y no estar del todo seguro), mueve las patas como si intentara avanzar en el agua de un charco, de una pileta. Después salta, decidido, y se eleva tratando de alcanzar a unas cotorras que chillan en la rama de un eucaliptus pelado. Pero cuando llega a la copa del árbol, las cotorras se 174


asustan y se escapan. Braman, sacuden las plumas. El perro les ladra y gira sobre sí mismo; avanza y se eleva más impulsándose con las patas traseras. Lo obliga a Facundo a acelerar el paso: le pide hilo con vehemencia, como un barrilete encima del mar, en la costa. Facundo se apura primero, después corre. A varios metros, unos chicos se pasan una botella de cerveza, fuman, pero no lo ven. No hay nadie que lo vea correr remontando al perro en el parque. Se lanza en picada el perro, recoge del suelo una rama húmeda con la boca y vuelve a subir. Facundo se sienta y engancha la correa en el tronco de un pino bajo y flaco. Se sienta a fumar un cigarrillo y a ver un rato cómo su perro vuela y juega en el aire. Lo ve lanzar la rama y atraparla y lanzarla otra vez. “Vamos”, le grita. Y el perro baja, aterriza con las patas delanteras primero y luego con las otras encima del pasto gastado, después camina delante de Facundo olfateando la tierra y moviendo la cola de vuelta a su casa. Facundo sabe que desollar ardillas, cortar alambres con forma de garras y picos, pintar ojos de plástico o inyectar químicos en patas muertas había sido para Rafael lo mismo que para otros chicos jugar con robots y soldados. Era una costumbre heredada en su infancia la taxidermia, un mandato disfrazado de juego. Dice él, sin ingenio: una tradición. Por eso Facundo, cuando ve a Rafael, canoso ya, encorvado, separando con su escalpelo la piel de la carne encima de las planchas metálicas, ve a un chico que juega. Sabe que es el modo apropiado de mirarlo, que para eso le paga. Sentado en una mecedora de madera al lado de la única ventana que tiene el estudio, puede 175


verlo trabajar sin quedar emparedado entre los olores sintéticos y rancios de las piezas. Así llama Rafael a los animales muertos y a veces también a sus herramientas. Todo lo que hay en su estudio es una pieza, igual que en los juegos de encastre, otra vez, igual que en los trenes y los rompecabezas de la infancia. “La gente no termina de entender que no tiene que eviscerar a la pieza antes de entregarla”, dice Rafael. “Quieren hacer cosas que no saben y hacen lío. Envuelven los canarios en bolsas de plástico, las lechuzas: se creen que las piezas son ciruelas o batatas”. Facundo hubiera hecho lo mismo, pero ahora sabe que a los pájaros muertos, para que no se arruinen las plumas y para que el proceso de fermentación no se acelere, hay que envolverlos en papel. Rafael habla mientras trabaja. No le habla a él: habla. Facundo no lo escucha todo el tiempo, porque no hace falta. Habla bajo y hacia adentro Rafael y su voz termina por ser un arrullo más bien, un silbido de hojas secas que se pierde antes de formar sonidos lo suficientemente pesados y voluminosos como para invitar al diálogo. Es una suerte que sea así. Los charlatanes terminan por desvirtuar el trabajo y Facundo no puede dedicar su atención a lo que importa: mirar. Ahora ve las fotos de mascotas clavadas con chinches a la pared. De ellas tiene que rescatar Rafael, para su trabajo, las posturas, la manera de estar quieto de los gatos y los pequineses, de los cobayos y los loros. Se las pide a los que llama clientes domésticos. Hay también clientes cazadores, clientes coleccionistas. Los domésticos le interesan a Rafael más que los otros y pone una dedicación especial en esos trabajos. En las fotos Rafael también encuentra las expresiones de los 176


animales e intenta plasmarlas en las piezas terminadas. Viéndolo trabajar, Facundo descubrió que no solamente los gatos y los perros manifiestan carácter en sus semblantes: también tienen su modo único de mirar los mirlos y las iguanas, su manera especial de inclinar el cuello, de acicalarse las plumas y la cola. La luz es tenue, el aire pesado. Se ven millones de partículas de polvo revoloteando en el estudio. A Facundo le gustaría poder clasificarlas. ¿Qué son? ¿Restos de pelos recortados, resina y limadura de huesos, tierra que los perros muertos trajeron en sus uñas desde una vida anterior de parques y paseos? Sean lo que sean, caen encima de una caja de cartón llena de ojos de plástico y de vidrio de distintos colores y tamaños; flotan sobre las pinzas y los escalpelos, los frascos de sales, las fichas de anatomías dibujadas. Entre Facundo y Rafael, picando los rayos de luz, el polvillo desintoniza la escena, y como si el viento estuviera golpeando la antena de su televisor, Facundo tiene que afinar la mirada y concentrarse en los claroscuros y los movimientos. Lo primero que hace Rafael, siempre, es sacar la piel: es un proceso bastante desagradable de observar si se fija la vista en sus manos enguantadas. En ese paso, puede verse cómo el cuerpo muerto se transforma en un objeto. Sin piel, el animal ya es solamente carne: cuando el pelaje, las escamas o las plumas se desprenden es como si se le sacara al cuerpo el alma. ¿El alma es piel? Es posible. De una pieza, con un cuchillo, Rafael extrae el alma de los animales. Se sala la piel, después se rehidrata, pero eso no importa: esos procedimientos técnicos son automáticos y secuenciales. No pone pasión en ese momento, Rafael, intenta hacerlo siempre rápido y Facundo aprovecha esos momentos para tomarse un recreo imperceptible. 177


Entorna los ojos o, a veces, incluso los cierra. Deja de mirarlo. Esa pausa refuerza la atención que luego le presta, sí, a los momentos trascendentes. Lo mira conmovido cuando Rafael hace una escultura del bicho de turno con poliuretano o yeso. Cuando cose, como una viejita que zurce medias ajenas, inclinado en su silla, las partes de piel encima los moldes. Cuando coloca en los agujeros los ojos, los paladares y las lenguas; cuando retoca con su aerógrafo el color del pelo, las hendiduras de las fosas nasales. En esos momentos Facundo se gana el sueldo mirándolo con una comprensión cariñosa que lo abriga. No fuerza el afecto, lo siente porque ve el amor desinteresado, la caridad que aplica Rafael en los cadáveres de los pájaros y las ardillas, y ese altruismo lo conmueve. Se trata de ser menos soberbio, abocarse a su tarea enteramente, a su trabajo. Lo conmueve Rafael con las manos enguantadas, oliendo siempre a desinfectante, tratando de ganarle a la muerte con esa tosca eternidad de resucitados quietos. Una mirada de amor profundo, de agradecimiento le entrega en sus mejores días a Rafael. Una mirada de madre, de mascota, que vale lo que se paga. El perro siempre se golpea contra la puerta del departamento. Corre desde el ascensor y choca. Lo repite como un ritual o un número cómico. A Facundo ya no le causa gracia ni sorpresa, ya no lo advierte. Lucía, que escucha el ruido, abre la puerta antes de que Facundo termine de dar vuelta la llave en la cerradura. “Hola. Ahí le puse un poco de agua” Se besan apenas, chocan los labios. El perro va hasta la cocina y sumerge el hocico en un plato de plástico azul. Hace ruido, salpica. 178


En el living, el televisor está prendido de nuevo. “Sigue cantando, sí…”, dice Lucía “¿Quién?” “Britney. La demente insiste…” “Sí, la vi”. Se ríen. Se sientan juntos en el sillón. Facundo le envuelve con su brazo la cintura y ella le acaricia el pelo. El perro no los mira: echado a sus pies, muerde y babosea su hueso de goma.

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Los Tilos ...................................................................... 9 Especial de Reyes Magos ......................................... 27 Alba ......... .................................................................... 45 Laura y Julia se fueron de viaje ................................ 65 El enemigo ................................................................... 85 Seis cartas desde el campo ....................................... 105 El cortejo ...................................................................... 127 La chica rubia de Diamante ...................................... 145 Los dĂ­as hĂĄbiles .......................................................... 161

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Otros títulos: Mucho fantasmo Alelí Manrique Rayos Pablo Dymant Siete años en la China, diario de un profesor Carlos Walter Garelli Oversitura Sergio Artero Pérez En nombre del poder y el diamante eterno Luis Fiore Cuentos para colorear Carlos Di Lorenzo Contrapaso Luciano Piazza Patrias parias Jose Zúñiga Un no Fede Fernández Calling all demons Anthony Reynolds Tyndall Patricio Ruiz

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Vamp Violeta Caviglia Lunes Alelí Manrique He visto a Lucy Pablo Miravent Memorias que explotan pájaros Patricio Ruiz

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ESTE LIBRO SE TERMINO DE IMPRIMIR EN OCTUBRE DE 2011 EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

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Elenemigo