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El más viejo de la familia. − Papá, ¿cuándo vamos a poner el árbol de Navidad? − No lo sé, Pepe, pero seguramente lo pondremos durante el puente de la Inmaculada. − Pero papá, ¿seguro que vamos a ponerlo? − No te preocupes que ya sabes que pondremos tu árbol; bueno, nuestro árbol, el árbol de nuestra familia. Aún no hacía mucho frío, sin embargo, los días ya eran muy cortos y las lluvias habían teñido de gris las últimas tardes de noviembre. En la televisión ya se anunciaban los turrones y en los comercios, sobre todo en “los chinos” ya hacía tiempo que se exponían cadenetas de mil y un colores, bolas para el árbol, gorros y disfraces de Papá Noel, figuritas para los nacimientos... En fin, que aunque todavía faltaba casi un mes, ya todo presentía que la Navidad estaba cerca. En la casa de Pepe las tardes transcurrían plácidamente, esperando que pasasen los días y que se acercaran las fechas tan señaladas. Los niños llegaban del colegio, comían y en seguida se ponían a hacer los deberes. Cuando llegaba la noche siempre les pedían a sus padres que les contaran cómo era la Navidad cuando ellos eran pequeños.

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Cuando ya todos dormían, en lo alto de las vigas del viejo “soberao” de la casa, se escuchaban susurros que provenían de tres viejas cajas de cartón: − ¿Queda mucho? Preguntaban a la vez las bolas rojas. − Aún falta un poquito -contestaba el árbol- tened paciencia, que ya pronto llegará el gran día.− Ya estamos cansadas de esperar, llevamos todo un año esperando para salir de la caja y adornar toda la casa -murmuraban las ristras de bombillas de colores-. − No seáis impacientes que ya queda muy poco volvía a hablar el viejo árbol de plástico-. − Señor árbol, cuéntanos alguna historia de otras navidades que tu hayas vivido. Eres el más viejo de todos nosotros y seguro que sabes muchas cosas de las personas que viven en esta casa -le pidió Cristóbal, una pequeña campanilla de plástico-. − Está bien. Os voy a contar mi historia -Contestó el árbol-. 3


Todo empezó el año que se casaron los abuelos de Pepe, hace ya por lo menos treinta años. Una tarde, a principios de diciembre, llegué a una tienda. Allí me sacaron de una caja de cartón y en pusieron en un escaparate. Me cubrieron de adornos y de bombillas de colores. La verdad es que me veía precioso al verme reflejado en el escaparate. Es el primer recuerdo que tengo de mi vida. − Señor árbol, no te acuerdas de tus padres interrumpió Cristóbal, una pequeña campanilla de plástico-. − ¿Y tú, te acuerdas de los tuyos? -contestó el viejo árbol- Las cosas, como nosotros, de plástico, de madera o vidrio, que aparentemente no tienen vida, sólo pueden empezar a vivir cuando reciben el cariño o la admiración de las personas que las adoptan y las hacen suyas. Ellas forman su familias, nuestras familias, pero ahora dejadme que os cuente mi historia. Todo el mundo se quedaba mirándome ¡La verdad es que estaba precioso! Cuando cerraban la tienda, me dejaban encendido toda la noche para que me admirasen las personas que pudiesen pasar por delante del escaparate. Pero una noche, hubo un pequeño cortocircuito en la tienda. Aunque me chamusqué las dos ramas de arriba, tuve mucha suerte, porque podía haberme quemado entero.

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Yo veía cada día como el dueño de la tienda vendía otros árboles como yo. Cada vez que entraba alguien me ponía muy nervioso pensando que iban a llevarme. No comprendía como yo, que era el árbol mejor adornado de la tienda, me quedaba allí y nadie me llevaba a su casa.

La Nochebuena estaba cada vez más cerca y todos los días me iban quitando algún adorno pues el dueño de la tienda ya había vendido todos los que tenía en las cajas y sólo le quedaban los que me adornaban a mí. Yo, siempre tenía la esperanza que alguna vez me tocara y me llevase alguien. Por fin, justo la víspera de Nochebuena, entró en la tienda un joven matrimonio con un pequeño bebé en un carrito. − Buenas tardes - dijo el matrimonio -. − Buenas tardes, - contestó Doña Juana, la mujer del dueño - ¿Qué desean ustedes? − Queremos comprar un árbol para nuestra casa. Es nuestra primera Navidad como padres y nos hace mucha ilusión poder tener uno -dijo Fernando, que así se llamaba el esposo-. − Ya sólo me queda el del escaparate, si lo quieren les puedo rebajar algo el precio pues ya está usado y tiene las dos ramas más altas quemadas. − Pero... me parece que es un poco grande para nosotros -contestó María, la mujer que había entrado con su marido y su hijo en la tienda-. − Ya le he dicho que se lo puedo poner un poco más barato, se lo puedo dejar en quinientas pesetas.”

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− ¿Qué son pesetas? -interrumpió Cristóbal, la campanilla de plástico-. − Las pesetas eran las monedas que había antes en España, antes que llegase el euro – dijo el árbol-. − Bueno, sigue con la historia -replicó una de las pequeñas y brillantes bolas rojas-. Aunque María no estaba segura de poder pagarme (en aquellos tiempos quinientas pesetas era mucho dinero, sobre todo para una pareja de recién casados con un bebé). Fernando la convenció y me trajeron a esta casa. Entonces la casa era más pequeña, con un gran corral, con pocos muebles pero todo estaba muy limpio y ordenado. ¿Sabéis a qué olía? Olía a felicidad. Al poco de llegar me pusieron en el salón y como no tenían más dinero, me adornaron con los patucos de Paco -que así se llamaba el bebé- y con todos sus peluches. Estoy seguro que no hubo aquel año un árbol más feliz ni más bonito que yo. A mi lado colocaron un pequeño belén de plástico y todas las noches se sentaban alrededor para cantar villancicos hasta que el pequeño 6


Paco se quedaba durmiendo, agotado de tantas risas y tantos cantos. Cuando llegó la mañana de Reyes yo estaba cubierto de regalos. No eran regalos caros, pero os puedo asegurar que estaban hechos con el corazón. Cuando pasó aquella Navidad me guardaron en esta caja de cartón. Al año siguiente compraron algunos adornos y unas pocas luce; al siguiente año algunas cadenetas de colores; al otro, nuevas luces... pero lo más importante fue cuando una Navidad, al sacarme de la caja me di cuenta que había una persona más en la familia, la pequeña Carlota.

Otro día os contaré algunas cosas que pasaron aquellos años, pero para que no os distraigáis seguiré ahora con mi historia.

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Los años iban pasando, unos más felices que otros, pero siempre la familia seguía unida. Con el tiempo los niños se hicieron mayores, se fueron de casa y se independizaron. Fernando y María fueron envejeciendo y las navidades ya no eran tan alegres como antes, aunque siempre procuraban reunirse para celebrar las fiestas. Hace unos años estaban cenando en Nochebuena cuando Paco le dijo a su padre: − Papá, este árbol está ya muy viejo, sería mejor que lo tirases a la basura y te compraras uno nuevo. Mañana mismo te compro uno y te traigo también adornos más bonitos y más modernos. − Querido Paco, ¿ya no te acuerdas de lo bien que nos lo pasábamos alrededor de él cuando eras pequeño? - Le contestó Fernando, su padre. − Sí, pero ya no sirve, ya no está tan bonito como antes. Además, yo tengo un buen trabajo y puedo comprarte el más bonito de la tienda. Seguro que en Sevilla hay muchos árboles donde elegir.Volvió a decir Paco. − Entonces... ¿qué hacemos con este? -dijo María, la madre. − Ya te he dicho que está muy viejo. Ya no sirve. ¡A la basura! -casi gritó Paco. − Mira Paco -dijo Fernando- El árbol lo compramos tu madre y yo cuando tú apenas podías hablar. Está con nosotros desde tu primera Navidad y desde que nació tu hermana, los cuatro 8


juntos hemos celebrado la Nochebuena alrededor de él. Yo sé que sólo es un trozo de plástico, pero para tu madre y para mí simboliza toda una vida juntos. Cuando tú te cases y formes una familia haz con él lo que quieras, pero mientras que nosotros estemos aquí, el árbol estará con nosotros, pues así recordaremos las navidades de nuestra juventud. − Está bien, papá, pero seguro que yo te puedo comprar uno veinte veces mejor -comentó Paco-. − Paco, no entiendes a tu padre -dijo María- El dinero no lo es todo. Ningún dinero puede devolvernos la felicidad de aquellos días cuando todos estábamos juntos. Ahora eres muy joven y no lo comprendes, pero para nosotros los recuerdos son muy importantes.

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Cuando pasó aquella Navidad, Fernando desmontó como todos los años los adornos y me volvió a guardar en mi caja. Aunque cada vez le costaba más trabajo recogerme y guardarme, siempre lo hacía con mucho cariño. Fernando, aunque no era muy mayor, tenía la salud muy delicada. Cuando cerró la tapa de mi caja oí que decía: “Espero que tengas más suerte que yo y que puedas ver la luz el año que viene”. Entonces no lo entendí, pero... Al año siguiente se acercaban los días de Navidad, pero, en la casa no había el trajín de otras veces. ¡Ese año no me sacaron de la caja! Al año siguiente tampoco lo hicieron y en la casa parecía que no había nadie. Al otro tampoco, ni al otro, ni al otro... No sé cuántos años pasaron, pero lo que estoy seguro es que era un día de verano. Yo ya creía que nunca volvería a escuchar a ninguna persona cuando, de pronto, oí algunas voces, abajo, en la casa. Sentí como iban subiendo las escaleras hasta este “soberao” y reconocí la voz de Paco hablando con otra persona: − Sí, como ya le he dicho quiero restaurar esta vieja casa, convertir el corral en cocheras y arreglar este viejo “soberao” -dijo Paco-. − Muy bien -dijo el albañil- ¿Qué quiere que hagamos con todos los trastos viejos que hay aquí? 10


− La verdad no me importa. Desde que murió mi padre hace ya cuatro años no he vuelto a venir por esta casa y la verdad, no creo que encuentre nada que merezca la pena guardar -contestó Paco-. − De todas formas, mañana vendrán los obreros con las máquinas para tirar toda esta parte de la casa, así que si quiere algo tiene que cogerlo hoy -le dijo el albañil-. − De acuerdo, pero ya le he dicho que no creo que me interese nada. Desde que murió mi padre, mi madre está siempre muy triste y no creo que aquí pueda haber nada que pueda alegrarla -volvió a decir Paco-. Cuando escuché aquellas palabras me entró una tristeza muy grande, pues descubrí que Fernando había muerto hacía cuatro años y que María también estaba enferma. De todas formas sabía que mi fin ya había llegado, pero eso no me importaba porque todas las personas que habían sido importantes en mi vida ya no estaban o habían cambiado tanto que ni siquiera se acordaban de mí. Aquella noche no pude dormir. Me acordaba de los años felices, de Fernando y María, de sus hijos Paco y Carlota, de las noches de Navidad cuando todos cantaban villancicos alrededor de mí. Sabía que sólo me quedaban unas horas... Ya era de día cuando escuché el trajín de los albañiles. Cogieron todas los muebles viejos y las cajas 11


que había en el “soberao” y en el resto de la casa y nos metieron en una cuba enorme que había en el corral. Al poco tiempo un camión recogió la cuba y la llevó al vertedero. Al soltarnos allí se rompió mi caja y salí de ella. Entonces comprendí que había llegado mi fin.

− Pero, entonces, ¿cómo es que estas con nosotros? dijo Cristóbal, la campanilla de plástico-. − ¡Bah! Seguro que se está inventando toda la historia -dijo una enorme y brillante bola dorada. − ¡Cállate! -Gritaron todas las pequeñas bolas rojasDeja que termine la historia. − Eso, eso. Continúa, por favor -dijo Cristóbal-.

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Bueno, la verdad es que no sé cuanto tiempo pasó pero unos meses más tarde, unos chavales que estaban jugando en el vertedero se fijaron en mí. − ¿Qué es eso? -comentó uno de ellos-. − No lo sé -dijo el otro-. − Parece un viejo árbol de Navidad -respondió el primero-. − Pues sí que es feo -dijo el segundo-. Está muy sucio y además tiene las dos ramas de arriba quemadas. − Bueno, bueno, no está tan mal. De todas formas yo lo voy a coger y a llevarlo a mi casa. -dijo el primero de ellos- Mi padre nunca adorna la casa para Navidad porque dice que le recuerda mucho a su infancia y no quiere pensar en ello, así que me lo voy a llevar y lo voy a poner en mi nueva habitación. − Eso, eso, que ahora tienes una casa nueva -dijo su compañero-. − No es una casa nueva, es la casa de mis abuelos, que mis padres han arreglado -contestó el chaval. El niño me cogió con cuidado, me sacudió todo el polvo, pero como no podía conmigo le pidió ayuda a su compañero y juntos me llevaron a su casa. Cuando llegamos me pusieron debajo de la ducha y me dieron un buen lavado.

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− Ya está más limpio -dijo Pepe, el niño que me había recogido del vertedero-. − Pues sí, pero ¿Cómo lo adornamos? -dijo su amigo-. − No sé, ya te he dicho que en mi casa no hay adornos de Navidad -contestó Pepe. − Pues vaya, esto si que es un problema -respondió su amigo-. − ¡Ya lo sé! En este arcón guardo algunos peluches y los patucos de cuando era pequeño -dijo Pepe-. − ¿Tú estás seguro que quedará bien con eso? contestó su amigo algo escéptico-. − Es que es lo único que tengo -volvió a decir Pepe. Aunque yo no sabía donde estaba, había algo que me resultaba familiar. La cara de Pepe, me resultaba conocida. Entonces no lo sabía, pero en aquellos momentos, todo me parecía familiar. Entre los dos me arreglaron y me adornaron. Yo, como ya os dije, no sabía la fecha en la que estábamos, pero tenía el frío metido en mi tronco y en mis pobres ramas, por lo que seguramente estaríamos en invierno. Cuando acabaron de adornarme pude ver mi reflejo en el espejo de su cuarto. Me quedé helado. Al verme reflejado recordé mi primera Navidad. No podía ser posible pero había ido a parar otra vez a mi casa. Entonces lo comprendí todo. Pepe sería seguramente el hijo de Paco, pero, ¿qué pasaría cuando Paco me viese? Un escalofrío recorrió mi 14


cuerpo. Cuando Paco me viese me tirarĂ­a otra vez a la basura.

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Cuando llegó la noche, Pepe subió a su cuarto, encajó la puerta y se acostó. − − − −

Toc-toc -escuché en la puerta-. Se puede -oí decir a Paco-. Pasa papá, ya estaba casi durmiendo -dijo Pepe-. Pero, ¿qué es esto? ¿De dónde has sacado este árbol? -dijo su padre-. Ya sabes que no me gusta celebrar la Navidad. Mañana quiero este trasto fuera de la casa. Además, ¿no te has dado cuenta que tiene las dos ramas más altas que...?

No pudo acabar la frase, pues Paco también se dio cuenta de quién era yo. Estaba tan sorprendido que no podía pronunciar palabra. − ¿Dónde lo has encontrado? ¡Esto es increíble! atinó a pronunciar-. − No puede ser -repetía una y otra vez. Entonces, Paco se puso a llorar como un niño. Empezó a recordar a su padre, mi querido Fernando, a recordar aquellas maravillosas navidades de sus primeros años, a recordar a su madre, que vivía con su hermana Carlota, con la que apenas hablaba desde que murió su padre...Pero sobretodo recordaba la última Navidad que vivió su padre, cuando discutió con el por querer cambiarme. Paco empezó a llorar sin consuelo. − ¿Qué te pasa papá? -dijo asustado Pepe-. 16


− Tú no sabes lo que significa este árbol para mí respondió el padre-. − Papá, por favor, no me lo tires -imploró Pepe-. − No te preocupes -dijo Paco, todavía con lágrimas en los ojos- ¿Sabes lo que vamos a hacer? Como ya pronto será Nochebuena voy a invitar a tu abuela y a tu tía Carlota a pasar las navidades con nosotros. Tú no sabes la importancia que tiene este árbol para mí.

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Aquella Nochebuena fue una de las más hermosas de mi vida. Paco me llevó al salón. Alicia, su mujer había preparado una mesa preciosa. Por la noche llegaron Carlota, su marido y sus hijos, y con ella también llegó María. Cuando ella me vio se echó a llorar. − Abuela, no llores -dijo Pepe-. − No te preocupes -dijo María- lloro de alegría, por fin, después de muchos años voy a poder celebrar la Nochebuena igual que cuando me casé con tu abuelo. Ahora volveremos a estar todos juntos, porque aunque tu abuelo no esté ya con nosotros, sí estará su espíritu en este viejo árbol, el árbol de nuestra familia. − ¡Qué historia más bonita! -dijo Cristóbal medio llorando. − Pues te aseguro que es cierta. Esto pasó hace tres navidades y desde entonces no falta ninguna en la que no adornen la casa y se reúnan todos en Nochebuena, pero...-Susurró el árbol- Callaros, que viene alguien. − Papá, papá. Aquí está nuestro árbol, venga, vamos a bajarlo, que ya llega la Navidad escucharon decir a Pepe-. − Ya verás que bonito lo vamos a poner todo contestó Paco, su padre.

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Aunque el texto es original mío, realizado el curso pasado para una actividad con mi grupo de clase -6º de Primaria-, alguna de las fotografías y dibujos que aparecen en el mismo han sido obtenidas de la red. Aquí os muestro los enlaces correspondientes.

http://articoencasa.blogspot.com/2011/11/bolas-de-navidad-2011-para-mi-abeto.html

http://www.elmundo.es/america/blogs/en-la-ruta-verde/2011/01/10/talar-y-tirar.html

http://justheuniverse.blogspot.com/2007/12/el-rbol-de-navidad-ms-triste-delmundo.html

http://cienpatas.blogspot.com/2010/12/el-basurero-y-el-arbol-de-navidad.html

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El más viejo de la familia