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Testimonio

Le pido a Dios para que continúe protegiendo a los que aún viven en la cárcel bajo el terror. Mientras intentábamos inútilmente dormirnos, el padre Guri me decía: “Si pasara lo peor, lo que más me atormentaría es el sufrimiento de los míos. Yo no espero la muerte, quiero vivir, pero me siento tranquilo y preparado. Sólo me angustia el sufrimiento de los míos”. Espero de Dios el milagro que ya ha obrado con nosotros. Sin embargo, para una de las hermanas recién llegada aquí, tenía un designio distinto: la sepultamos ayer envuelta en un plástico. ¡Cuántas veces he rezado el Salmo 90 que nos pone al amparo de las alas de Dios! Nuestra impotencia a la hora de buscar una salida o de adivinar qué pasará es total. Ayer mismo asistí a una escena de éxodo bíblico. Hay un lugar desde donde se puede ver el doble camino que sube a Freetown. Hasta donde alcanzaba a ver, se extendía una marea de cabezas que empujaba para poder entrar en la ciudad, una avalancha de gente que huía de la furia de los rebeldes. No podemos evitar la angustia de hacer previsiones para el futuro de nuestra gente, sobre todo los jóvenes. No estoy pensando tanto en la reconstrucción material, sino en la moral. Pienso en el tremendo esfuerzo ne-

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cesario para que jóvenes que han roto cualquier clase de regla moral, sin ningún freno y diría con gusto satánico, recuperen la conciencia del bien y del mal. Es satánico tirar a un niño al fuego, disfrutar viendo el sufrimiento y el terror de quien está amenazado de muerte, romper con una barra de hierro la cabeza de un hombre indefenso, el deseo enloquecido de quemar todo y a todos. Incluso niños han cometido estas atrocidades, niños trasformados por la corrupción y el mal en verdaderos demonios. En estos días al ver a niños ex rebeldes o ex soldados a quienes había salvado de las garras de militares o de la policía criminal, cometer semejantes maldades me preguntaba apesadumbrado cómo sería posible su recuperación. Este es un país que ha perdido a sus hijos. Me desconcierta que se haya dejado de buscar el diálogo, no el diplomático, sino el diálogo entre padres e hijos. En una nación pequeña, donde todos son más o menos familia, reanudar una posibilidad de diálogo, antes o después, llevará a una posible salida. Padre Giuseppe Berton 25 de enero de 1999

Fiesta 1029  
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Revista diocesana Fiesta digital, Semanario de las Iglesias de Granada y de Guadix.