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SUMARIO EDITORIAL

PREGUNTAS CON RESPUESTA JULIA GALLO Entrevista a JOSÉ JAVIER ALEIXANDRE Vivir para ver y cantar desde aquí abajo REYES CÁCERES MOLINERO Entrevista a ISABEL ROMERO DE LEON Isabel Romero de León y Los Barracos JUAN CALDERÓN MATADOR Entrevista a LOLA FLORES Palabras apócrifas de Lola Flores

ARTÍCULOS AURELIANO SÁINZ Elogio de la abstracción ROSA JAÉN Apuntes sobre académicas ISABEL DÍEZ SERRANO Hablemos de: Luís Rosales


MILAGROS SALVADOR Comentarios a un tríptico MARIA PILAR PUEYO Valle-Inclán y las literaturas europeas de su tiempo ANA GAMERO Libros, libros, libros

POESÍA CARMEN RUBIO Marina Interior con círculo de luz CARMEN DE SILVA VELASCO Mesa de despacho LUÍS ARRILLAGA Agua y silencio NICOLÁS DEL HIERRO Dúctiles alas CRISTINA COCCA Diario de alguien que cuenta la esperanza ALEJANDRO MORENO ROMERO A Marina Martinotti ISABEL MIGUEL No soy Ángel González ANDRÉS R. BLANCO Universal ANA Mª CASTILLO MORENO Manos infinitas


CONCHITA GARCÍA DE LOS ARCOS Transparencia ROLANDO REVAGLIATTI A Paul Eluard ÁNGELES LENCE Evaluación FERNANDO FIESTAS "Ya no quedan preguntas" VICENTE MARCOS CALLAU Centenario de la Gran Vía madrileña

NARRATIVA JOAQUÍN MARTÍNEZ Galopar entre las nubes ANTONIA PONS COCH El eslabón perdido de Dios SALVADOR VAQUERO MONTESINOS La leyenda de la guadaña oxidada RICARDO HERNÁNDEZ MEGIAS Muerte de un hombre FEDERICO FAYERMAN Ave César JAVIER BUENO JIMÉNEZ Del convent al Paralel


RESEÑAS ENRIQUE GRACIA TRINIDAD Última puerta del silencio MILAGROS SALVADOR Caballito de Mar, beso o espuma El orgasmo fluvial de Lolita Valor JOSÉ IGLESIAS BENITEZ Veinte historias amables más un garbanzo negro JUAN CALDERÓN MATADOR Ocho por diez

LIBROS RECIBIDOS

REVISTAS RECIBIDAS


Raíces de Papel Revista de la Plataforma Cultural Raíces de Papel Nº 3 - JULIO - 2010

Dirección: Javier Bueno Jiménez y Juan Calderón Matador

Plataforma Cultural Raíces de Papel C/ Benito Castro, 11 2º Izq. 28028 Madrid

raicesdepapel@gmail.com http://raicesdepapel.blogspot.com/ Ilustraciones de Portada y Contraportada: Ayesha http://ayesha-thelazycat.blogspot.com/ ayesha_lr@yahoo.es

López Rubio


EDITORIAL

Parecía que nunca finalizaría el invierno, tan de lluvia y cielos grises, tristón y desafiante como los propios tiempos que estamos atravesando de crisis e incertidumbre, pero al final el verano ha llegado

de sopetón con sus baúles cargados de calor,

dispuesto a cambiarnos la expresión del rostro y azuzarnos para salir a la calle, ligeritos de ropa y equipaje, dispuestos a darle a las caderas al ritmo más de moda, a inflar el flotador y pedirle al GPS que nos conduzca hasta la misma orilla de la playa o la montaña más verde, donde nos aguarda el pino de cada año con su sombra de lujo y el olor de la naturaleza guardado para nosotros durante largos meses. Pero, ay, esos deseos quizás no sean más que una utopía, un sueño irrealizable; ¿o es que hemos olvidado cómo nos ha dejado las cuentas bancarias esa mala bestia llamada Crisis? Es posible que algunos españoles, pocos, no sepan aún de sus malas artes, pero otros, los más, ya han tenido ocasión de comprobar sus oscuras intenciones, su afición desmedida al "churrimangui", al timo legalizado, al desplume de los saldos, que aparecen ante nuestros ojos como una codorniz flaca y pelada, dispuesta para ir al perol de la desesperación. ¿Y qué decir de aquellos otros que de la noche a la mañana han amanecido con una carta de despido entre las manos? Desnudos ante el espejo de la impotencia, incapaces de ver la claridad que el estío despliega al otro lado de su puerta, sin encontrar consuelo siquiera en esa melodía que le ofrece el canario de la vida, en la que el estribillo repite una y mil veces que no es nada personal contra él, que hay millones de personas en la misma circunstancia, no sólo en su calle, barrio, ciudad, ni siquiera en España, que es un mal extendido a lo largo y ancho de todo el planeta. ¿Y puede esa cantinela servirle de consuelo a quien mira a su familia y ve un nido lleno de picos abiertos, demandando comida? Está claro que no; pero no olvidemos que estamos en España y que éste es un país en el que el ingenio siempre ha estado en lo más alto del podium. Estamos convencidos de que todos sabremos encontrar algún camino que nos permita disfrutar del merecido veraneo. Qué no podemos enchufar la nevera por habernos desconectado la luz, por falta de pago, pues no tenemos más que rescatar aquel botijo de toda la vida para beber el agua bien fresquita. ¿O es que alguien ha probado algo mejor que lo que sale por su pitorro? Y si el aire acondicionado no funciona, nada mejor que volver a los abanicos y paipais de siempre, aquellos que, en su momento de


esplendor, tenían hasta lenguaje propio en manos de damiselas refinadas; de ellos hemos llenado las páginas que preceden a este editorial, con la esperanza de que refresquen un poquito la lectura. Qué no hay posibilidad este año de programar las vacaciones en un lugar paradisíaco, pues recordemos la canción de Mecano: "Hawai, Bombay, son dos paraísos/ que a veces yo/ me monto en mi piso". Pues claro que sí, hay que ponerle alas a la imaginación y dejarla volar en libertad y, si no hay costa para nadar, se hacen unos largos en la bañera, eso sí, con mucho cuidado no vaya a ser que el tiburón nos pegue un bocado en algún lugar irreparable.

Y si el sol apretase

demasiado y la cartera no nos da para la protección solar adecuada a nuestro tipo de piel, pues no hay más que volver al bañador de los orígenes, con su pata larga, su manguita hasta más abajo del codo, y su cuello a la caja, exactito al que nos propone Ayesha López Rubio en nuestra portada, y ya estamos perfectamente protegidos de las inclemencias del Astro Rey. Es fácil de encontrar, no hay más que buscar en el armario de la abuela. Los más afortunados tal vez reciban la invitación de algún pariente pueblerino, con casa fresquita de muros recios y despensa repleta de buen chorizo y queso de su producción, una huerta ecológica en la que encontrar tomates que sepan a tomate, donde un gazpacho, incomparable, puede sustituir, de forma más que digna, a la paella de marisco en el chiringuito playero. Si usted no es una de esas personas privilegiadas y le toca quedarse en casa durante las vacaciones, no se preocupe que un buen libro puede hacerle vivir aventuras de lo más interesantes. Qué tampoco tiene cash, como diría Carmen Lomana, para comprarse un libro, no hay problema alguno, leer nuestra revista es completamente gratuito. Ya sé que no hemos contemplado todos los casos, pero no podréis negarnos que algunas opciones os hemos ofrecido; las que faltan os encomendamos la misión de irlas pensado vosotros, que es otra manera entretenida de pasar el periodo vacacional. Os deseamos un magnífico verano, sea en las condiciones que sea.


PREGUNTAS CON RESPUESTA


JULIA GALLO SANZ Entrevista al poeta

José Javier Aleixandre

Vivir para ver y cantar desde aquí abajo


Entrevistar a uno de los mejores poetas de este siglo, si por añadidura es un gran amigo, supone un autentico e interesante placer. José Javier Aleixandre Ybargüen, nació en Irún (Guipúzcoa), reside en Madrid desde 1939. Licenciado en Periodismo, fue enviado del diario ABC en Oriente Medio. Ha sido Presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y es Socio de Honor de la misma. Autor teatral, periodista, narrador y poeta, tiene veintiséis libros publicados, veintitrés de poemas y tres de narrativa entre los que se encuentra la novela corta Desdémona González, escrita de forma epistolar. Cuenta con más de sesenta premios literarios de los cuales cabe destacar, en poesía: el “San Juan de la Cruz”, “Francisco Quevedo” y “Fernando Rielo” (mundial de poesía mística). En narrativa: el “Lazarillo”, “Hucha de Oro” y el “Miguel de Unamuno”. Es “Hijo Adoptivo” de Fontiveros y Académico de su “Academia de Juglares”.

Caballero con aspecto de caballero y modales de caballero, es un caballero que practica la caballerosidad.


Hace poco ha visto la luz su último poemario “Desde aquí abajo”, con el cual han aumentado sus más de treinta mil versos escritos. ¿Cómo recibe el nacimiento editorial de una nueva obra?

Con la satisfacción de haber dado un paso más en mi trayectoria espiritual. Y al mismo tiempo, como si pudiera rejuvenecer abriendo mi corazón a los que me quieren para que me sigan viendo como soy. Algo así como si quisiera comunicar que todavía vivo.

Narrador, poeta, ensayista, autor de teatro… ¿en qué faceta se siente más pleno?

Creo que con la poesía he alcanzado mi mayor plenitud después de más de setenta años escribiendo. Sin embargo, he disfrutado especialmente con la narrativa y el teatro porque además de crear pensamientos creaba vidas de personajes que no soy yo. Algo así como si pudiera acercarme a ser Dios aunque, naturalmente, con minúscula.

¿Recuerda el primer poema que escribió, qué edad tenía?

Tenía trece años y sólo recuerdo que se trataba de un poemilla navideño, sin duda malísimo, tarea de vacaciones de Navidad encargada por el profesor de Literatura a toda la clase como ejercicio practico de la Preceptiva que estaba explicando en aquel momento. Pero sí recuerdo de memoria, a pesar de los setenta y tres años transcurridos, mi segundo intento: una octavilla italiana dedicada a una chica de la que andaba enamoriscado, aunque únicamente había hablado con ella un par de veces.


Pero empecemos por su trabajo como periodista, y como corresponsal en Oriente Medio. Imagino la gran cantidad de anécdotas y vivencias que esta profesión le ha deparado. ¿Puede contarnos alguna acaecida con algún personaje popular o digno de mención?

Hubo una época, hace ya muchos años, en la que cada semana publicaba en la revista “La actualidad española”, de la que yo era redactor-jefe, una entrevista muy amplia con el personaje que en ese preciso momento estaba en la cresta de la ola. Un actor, un tenor, un político, un director de cine o de orquesta, un escritor, un humorista, un torero o una bailarina. Daba igual. Lo que me hizo aprender mucho del roce con los mejores. Y todos ellos quedaron muy satisfechos con mi interpretación de sus vidas. Por ejemplo, conservo una carta del gran escritor José Maria Pemán en la que, refiriéndose a mi reportaje dice: “Si yo pudiera reunir un concilio de Trento para mi uso particular, lo declararía, como aquel la Biblia, único texto canónico”.

José Javier Aleixandre junto a José Mª Pemán


Además, como yo nunca tomaba notas ni utilizaba magnetófono, asombré en muchas ocasiones a mis interlocutores hasta el punto de que Carmen Sevilla tuviera que pagarme una comida con ella en el Club de Campo. Me la había apostado convencida de que en algo me equivocaría. Y perdió. Y pagó.

Junto a la actriz Carmen Sevilla Tengo guardados más de cincuenta recortes con estas entrevistas, que podrían formar un interesante libro, por más que la mayoría de los protagonistas ya hayan muerto. Pero sus vidas podrían resultar útiles ejemplos ya que ejemplares fueron todas en algún sentido.


Tantos años de periodismo me proporcionaron, desde luego, curiosas o divertidas experiencias. Yendo hacia la guerra de Egipto en el 56 (donde me jugué la vida por no afeitarme la barba), desde el Líbano hasta Jordania tuve que atravesar el desierto en un taxi compartido con tres misteriosos desconocidos que acabaron haciéndose mis amigos gracias a unas naranjas. O cabalgando por Doñana para vivir hasta el fondo un reportaje sobre la Romería del Rocío, ataviado con impecable traje corto andaluz de guayabera blanca, calzón de finas rayas con alamares de plata, zahones de montería, botos camperos y negro sombrero ancho cordobés. Como yo entonces era joven, y no mal parecido, pronto me vi asediado por unas cuantas mocitas casaderas, que sólo duraron en mi entorno hasta que se enteraron de que el que no era casadero era yo, porque ya estaba casado.

En la romería del Rocío


En sus tiempos de autor teatral, realizó la proeza de escribir en solo nueve días una versión de la obra Crimen y Castigo, que luego se estrenó con gran éxito. A los lectores de esta entrevista nos gustaría conocer sus andanzas por el mundo del teatro.

Elvira Noriega y Luis Prendes en una escena de “Crimen y Castigo”

Además de estrenar tres obras propias, fui critico teatral en la revista “Ateneo” bajo el seudónimo David Menor, y los días de estreno firmaba como “Corifeo” en el diario “YA” unas breves entrevistas rápidas, al autor y a los principales interpretes, ilustradas con caricaturas de “Usa”. (En una ocasión mi sección habitual coincidió con un estreno mío y,


sin confesar que “Corifeo” era yo, aunque se advertía en la caricatura, resolví el problema diciendo que el periodista preguntaba al autor).

Escena de la comedia “Fuera del mundo” , entre los intérpretes José Luis Alonso y Miguel Narros

Fueron tiempos muy divertidos en los que pasaba muchas noches recorriendo camerinos por distintos teatros o acudiendo a reuniones de cómicos después de terminada la última función. Recuerdo una celebrada en el piso que tenía en la calle de los Madrazo la extraordinaria actriz Mary Carrillo y su marido Diego Hurtado. En ella me recomendó don Mariano Asquerino, al actor que mejor ha lucido el frac en la escena española, que si quería “alegrarme” rápidamente en una fiesta me bebiera unas copas de champán mezclado con pipermín, probé su formula y no sé cómo pude llegar a mi casa haciendo eses por las calles, porque mi bolsillo no tenía entonces para taxi, y por lo avanzado de la noche ya no funcionaban los trasportes públicos.

Capacitado para escribir con tanta eficacia y premura, ¿Qué le llevo a dejar de brindar su pluma a ese mundo de bambalinas, focos, tablas y magia que es el teatro?

Sinceramente, la cobardía. Me dio miedo abandonar mi modesto pero seguro sueldo de periodista con el que alimentaba, mal que bien, a los hijos que iba teniendo, y quedarme


colgado en ese aventurado mundo del teatro donde todo puede derrumbarse en un momento.

Anuncio de la comedia “Es más fácil soñar”


Dejó el cargo de Presidente de la Asociación de Escritores y Artistas españoles, emblemática y representativa institución, estando su actividad gestora en plena pujanza, ¿lo dejaría ahora?

Lo dejé voluntariamente porque, fallecida mi mujer, no me sentía con ánimos para seguir dedicando mi esfuerzo a mi trabajo como lo habían venido haciendo. Algún tiempo después sentí haber abandonado. Y hoy no volvería por nada del mundo. Demasiado viejo ya no me apetece romper la comodidad que tengo.

Visto como autor de “Froilán, el amigo de los pájaros” Cuento infantil con el que ganó el Premio Lazarillo


Siempre muy solicitado para dar recitales y conferencias, que brinda generosamente, ¿Qué supone para usted esa incesante actividad?

Digamos más bien que suponía, porque día a día mi actividad se va reduciendo. Disfruté mucho ofreciendo todo lo que soy a quienes con gusto querían oírme, pero ya es el momento de los más jóvenes que yo. Creo que hoy en la Republica de las Letras la experiencia no se estima demasiado. Aunque no me puedo quejar. Los aplausos siguen siendo muy generosos conmigo.

Conversando con la novelista ciega Concha Espina

El pasado 22 de marzo recibió en Tntaviva, Grupo Literario de Cultural Telefónica de Madrid, un homenaje por su obra; usted nos ofreció (digo nos ofreció porque una servidora fue su presentadora) un hermoso recorrido por toda su poesía. ¿Considera suficientemente reconocida su labor literaria en este país nuestro, tan dado a “entronizar y destronar”, a veces con criterios extrañísimos?

En este país la labor literaria es reconocida por grupos muy pequeños. Diría que se pueden contar con los dedos de las manos los autores que son verdaderamente “seguidos”. No, yo no soy uno de ellos. Tengo un grupo fiel al que me siento muy agradecido, y nada más.


Volviendo a la poesía,

¿Cómo y cuándo descubre usted su talento para la

complicada disciplina del verso?

Empecé, como antes he dicho, practicando diversas estrofas de la Perceptiva Literaria. Durante mucho tiempo fueron sólo versos. Hasta que poco a poco, sin duda por inspiración divina, a mis versos les fue llegando la poesía. Y desde mi primer libro, “Ver y cantar”, cuando yo ya tenía 29 años, no me arrepiento de nata de lo que he escrito en mis veintitrés poemarios.

¿La poesía es para usted catarsis en algún momento o simplemente vía de expresión?

Es necesidad de escaparme de mi mismo en busca de mi propio encuentro. Se llame eso como se llame.

Es inevitable no relacionarlo con su tío Vicente Aleixandre, premio Nobel. ¿Le animó a usted en su decisión de ser poeta?

Vicente Aleixandre


Nunca lo hizo. Y en toda nuestra vida común sólo le leí poemas míos en un par de ocasiones. La última, cuando le concedieron el Nobel. Le escribí y le leí un extenso poema. Me lo elogió mucho y creo que sinceramente. Pero como era un hombre tan bien educado, cualquiera sabe.

¿Ambos mantenían charlas sobre poesía? En nuestras visitas se trataba más que nada de un encuentro entre tío y sobrino en las que hablábamos de todo lo humano y lo divino y la poesía, por supuesto, puede considerarse divina.

En su despacho de redactor – jefe de “La actualidad española”


Usted maneja con oficio y maestría cualquier forma poética. Que es un gran sonetista lo corroboran sus libros, algunos solamente de sonetos. Háblenos de la complejidad de la rima en general y del soneto en particular.

Tengo que reconocer que la rima consonante está en decadencia. Van quedando muy pocos poetas que la cultiven y bastantes de los que siguen haciéndolo es frecuente que con poco éxito. El soneto, por ejemplo, es la estrofa mas bella que conozco, pero también la más difícil. Pienso que muchos de los que lo denigran es porque no saben hacerlo. ¡Y se disfruta tanto cuando a uno le sale un soneto “redondo”!

Si magnífica es su poesía rimada, el verso blanco, que usted domina y engrandece, lo es igualmente. ¿Cómo ha evolucionado su poesía a través del tiempo?

De un modo natural, porque la poesía evoluciona generalmente cuando maduran los años. Y he llegado a la conclusión que donde más cómodo me hallo para expresar mis sentimientos es no el verso libre, pero sí el verso blanco, que tiene medida y ritmo. Para mí la poesía sin ritmo como sin emoción no tiene validez.


Su primer poemario, Ver y cantar, fue publicado en 1953. Después un silencio de 27 años, roto por el segundo libro de poemas titulado Erguida tierra, ¿de qué manera puede llevar un escritor tan largo silencio?

Sin estar en silencio, aunque no se me oyera. Durante 27 años escribí sólo para mí muchos poemas que no aparecieron en libro durante ese tiempo de aparente silencio. Estaba demasiado entretenido en ganar algo más de dinero (dejé el periodismo activo) con muy variadas ocupaciones sucesivas. En el comercio (fui alto directivo de “Galerías Preciados; en Madrid, Jefe de Casa de “Sederías Carretas”; en Barcelona, Director General de “Jorba –Preciados-“) o en la publicidad (redactor de textos en las agencias “Clarín” y “Publinova” y Jefe de Publicidad de “Flex”) o en la industria (como Jefe de Información y Relaciones Publicas de Altos Hornos del Mediterráneo entre Madrid y Sagunto). Y es que mis hijos, que eran ya cinco, insistían en que querían seguir comiendo suficientemente todos los días.

Edificio de “Galerías Preciados” en la Plaza del Callao de Madrid


¿Cómo ve usted el fenómeno Internet, ese escaparate en el cual cabe todo?

Así mismo: como un escaparate en el que cabe todo…, y en el que a mi me cuesta mucho mirar porque soy muy torpe para manejar cualquier aparato.

¿Qué opina de los premios literarios?

Que son muy satisfactorios para quien los gana, y muy necesarios por lo poco que ayuda la literatura –sobre todo la poesía- a la economía particular. Mi tío Vicente Aleixandre decía que apenas daba para merendar.

¿Haría alguna sugerencia a un poeta que comienza?

Que lea mucho. No para repetir lo que ya han dicho los demás, sino precisamente para no decirlo o para aprender a decirlo de una manera personal. Que se apasione y se deje llevar por el corazón hasta desangrarse.

Cuéntenos lo que prepara en estos momentos.

Tengo un libro inédito titulado “Sigo andando” que me gustaría poner al día eliminando algunos poemas y sustituyéndolos por otros. Pero entre que la vista está flojeándome -¡ay, estos años!- y me cuesta mucho leer y más aún escribir, y que –debo ser sincero- cada día que pasa me vence más la pereza, me temo que no será fácil.

Finalmente le pregunto lo que poetas y no poetas se preguntan: ¿Para qué sirve la poesía?

Desde luego, para nada practico. Sirve, eso sí, para alimentar al alma. Que ya es bastante.

Gracias, José Javier, por dedicarnos sus palabras que nos acercan más al escritor y al hombre, ellas ratifican mi convencimiento de que cuanto mayor es el árbol más generosa es su sombra. Su obra, capaz de emocionar, entretener y hacer pensar, quedará por siempre en la memoria del lector y en el corazón de quienes le admiramos.


REYES CÁCERES MOLINERO

Entrevista a Isabel Romero de León

Isabel Romero de León y los Barracos “El teatro es una escuela del llanto y de la risa….” (Federico García Lorca)


Entrevistamos hoy a la actriz Isabel Romero de León, componente del grupo teatral “Los Barracos”, compañía que ha recogido el testigo de “La Barraca” de Federico García Lorca. Antes de meternos en escena, creo oportuno dar unas pinceladas acerca de lo que fue esta iniciativa del poeta granadino. García Lorca junto con Arturo Ruiz del Castillo fundó “La Barraca” hacia 1932, lo integraban jóvenes universitarios vinculados a la Residencia de Estudiantes y fue una actividad apoyada por Fernando de Los Ríos y por la Unión Federal de Estudiantes hispanos.


En palabras del poeta: “…Nosotros queremos representar y vulgarizar nuestro olvidado y gran repertorio clásico…tener encerradas estas prodigiosas voces poéticas es lo mismo que cegar las fuentes de los ríos o poner toldos al cielo para no ver el estaño duro de las estrellas”. “La Barraca” estaba formada por más de veinte personas llenas de entusiasmo y esfuerzo, era una especie de teatro ambulante al estilo de los antiguos cómicos de la lengua que intentaba renovar el panorama de la escena española y difundir la cultura en los pueblos a través de la representación de los clásicos. El escenario era una plataforma que se desmontaba para poder usar y llevar, el fondo un gran lienzo negro y en los laterales había dos cortinas para la entrada y salida de los personajes. Los decorados estaban a cargo de Benjamín Palencia que había diseñado la insignia de “La Barraca”.

En total se representaron 13 obras, entre otras “El retablo de las Maravillas” de Cervantes, “La vida es sueño”, “Fuenteovejuna”, “El caballero de Olmedo” o “El burlador de Sevilla “de Tirso de Molina. La única obra moderna contemporánea a su momento, que Lorca puso en escena fue la dramatización del romance “La tierra de


Alvargonzalez” de Antonio Machado. Las actuaciones se desarrollaron en Madrid y en más de cincuenta ciudades y pueblos españoles entre 1932 y 1936. La última representación, a la que asistió el propio Federico, tuvo lugar en Barcelona el 14 de junio del 36. Esta experiencia le sirvió mucho como dramaturgo, aprendió a dirigir escena y se acercó a un nuevo público, con esta modalidad de “teatro para el pueblo”. Así lo veía García Lorca:

“En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y

reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de Azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas. Particularmente, yo tengo un ansia verdadera para comunicarme con los demás. Por eso llamé a las puertas del teatro y al teatro consagro toda mi sensibilidad”. Damos un salto en el tiempo y llegamos a 2008 cuando

surge la compañía

“Los Barracos” por iniciativa de Amaya Curieses. La idea inicial del proyecto nace con el deseo de rescatar y proseguir el espíritu de la mítica compañía “La Barraca”. La primera obra representada fue “El Caballero de Olmedo” y actualmente está en cartel “Peribañez” coincidiendo con el 400 aniversario de la publicación del arte nuevo de hacer comedias de Lope . “Peribañez” es una de las obras más conocidas y menos representadas del teatro español.

Para hablarnos de su trabajo en “Los Barracos” hablamos con Isabel Romero de León Royo, una alicantina cuyo amplio curriculum intentamos resumir. Tras las


licenciaturas en Derecho, Ciencias Políticas y de la Administración estudió

Arte

Dramático en la Escuela “La lavandería “ de Madrid, Producción y Regiduría de Espectáculos, un curso monográfico de gestión y distribución teatral extenso recorrido formativo en áreas como

además de un

el ballet clásico, música y canto,

interpretación, etc. En el sector teatral ha trabajado en “Producciones Amalgama, Closer España Teatro, Karácter Producciones, y aunque también cuenta con experiencia en otros campos profesionales. Estamos ante una actriz con un bagaje formativo y cultural amplio y variado. Entramos ya en escena y charlamos con Isabel Romero de León. Hola Isabel, la primera pregunta es obvia. ¿Como entraste en contacto con "Los Barracos" y que fue lo que te sedujo para formar parte de este grupo? En el año 2006 a Amaya Curieses le encargaron organizar un espectáculo de calle para homenajear a la mítica compañía dirigida por Federico García Lorca: la Barraca. Éste, “Llega la barraca” pudo verse en varios municipios de Madrid y en la inauguración de las Jornadas del Siglo de Oro de Almería 2007. Yo formaba parte del elenco encarnando a Laura de los Ríos (hija del Ministro Fernando de los Ríos y futura cuñada del propio Lorca). Tanto caló en nosotros el espíritu de la Barraca que en 2008 propusimos a Amaya retomar el proyecto y poner en pié una obra teatral completa con esa premisa: “resucitar a los barracos, difundir su labor y continuarla” En palabras del propio Federico: “Teatro clásico para el pueblo, a quien pertenece, por villas y lugares, que mantendrá en cierta medida la tradición de los viejos comediantes ambulantes” Y llegó en junio de 2008 nuestro primer espectáculo “El Caballero de Olmedo” de Lope de Vega. Precisamente la última función que montara La Barraca original. Nos pareció muy propio continuar donde ellos lo dejaron.

¿Podrías trazar un breve recorrido del trabajo desarrollado por “Los Barracos” en estos dos años de vida?


El resultado de estos dos años de andadura de Los Barracos ha sido un éxito, la compañía ha entrado en la Red de Teatros de la Comunidad de Madrid, Red de Murcia, Corral de Comedias de Alcalá de Henares, Jornadas del Siglo de Oro de Almería, E.E.U.U. y México donde participamos en el Siglo de Oro Drama Festival, organizado por Chamizal International Memorial, entre otros… En octubre de 2009 estrenamos el segundo espectáculo de Los Barracos, PERIBÁÑEZ, recientemente exhibido en el Teatro del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

¿Cuál es el ambiente y el estilo de trabajo de la compañía?

Somos una compañía formada íntegramente por ex alumnos de la Escuela de Artes Escénicas La Lavandería, de Madrid, lo que confiere un especial compañerismo. Como hicieran nuestros predecesores: todos montamos y desmontamos, cargamos, conducimos furgoneta, cosemos un botón o ponemos un tornillo. Cada uno aporta sus habilidades.


Pero ante todo somos una compañía profesional que ofrece un trabajo serio, todo ello teñido de la frescura propia de los que empezamos a abrirnos camino en el mundo laboral. Y, tal y como hacía La Barraca de Lorca, contamos con unos profesionales en la parte artística y de gestión con muchísimo prestigio y experiencia en el medio, como la propia Amaya Curieses, Arturo Martín Burgos, Almudena R. Huertas, Marcos León, Jaume Policarpo…

¿Qué mensaje queréis transmitir a la sociedad con este tipo de teatro?

Que el teatro clásico no tiene porqué estar encorsetado en escenografías y vestuarios ampulosos, o en una forma rígida de decir el verso. De esta forma el mensaje y el argumento llegan perfectamente a cualquier público, de cualquier edad. Los clásicos siguen vivos y vigentes, por eso mismo son clásicos.

¿De tu trabajo hasta ahora en “Los Barracos” qué obra representada te gusta más y con qué personaje te sientes más identificada?


No podría escoger, me encantan las dos. En “El caballero de Olmedo” tengo un personaje con mucho peso en la trama, pero en “Peribáñez” he tenido la oportunidad de hacer un trabajo precioso con objetos y en el espacio sonoro.

Creo que habéis introducido elementos nuevos en la obra de “Peribañez”: música con canciones de Lorca, títeres, etc. ¿Podrías hablarme un poco de esto?

En los espectáculos de Los Barracos Lorca está muy presente. Siempre se empieza y se acaba con palabras suyas. En este caso además se ha jugado con la música lorquiana, las canciones populares que al poeta tanto gustaban. Están perfectamente integradas en la historia y le dan una fuerza impresionante a los cambios de escena. Marcos León, que ha sido el director musical, es además un experto en folklore. El resultado conmueve (por lo menos a mí me emociona muchísimo cantar sus canciones). El trabajo con objetos,-porque no son realmente títeres al uso-, nació de la necesidad de justificar la escena final en que los Reyes perdonan a Peribáñez el asesinato del Comendador. Actualmente no podríamos justificarlo y Amaya apostó por crear una ensoñación en la que los Reyes son muñecos. Como toda la escenografía está basada fundamentalmente en objetos (un arcón, cestas de enea, palos de madera, sábanas, etc…) Jaume Policarpo (de Bambalina Titelles) ideó toda la creación de espacios e incluso animales y los propios Reyes, con estos elementos. Es muy divertido y funciona de maravilla al espectador.

He leído que una de las innovaciones de “Los Barracos” es que representáis a uno de los personajes que colaboraban en “La Barraca” ¿podrías contarme algo al respecto?


De hecho a muchos de ellos. Es nuestro homenaje a aquellos estudiantes universitarios que jugaban a ser actores. Algunos no sobrevivieron a la guerra Civil, pero otros llegaron a ser grandes profesionales del medio. Eduardo Ugarte, por ejemplo, mano derecha de Federico, trabajó con Buñuel como actor y guionista. Lo bonito es que ves cómo cara al público esos personajes se transforman en los de Lope y te olvidas de que en realidad no somos ellos sino actores del siglo XXI. Es como retroceder en el tiempo, es mágico. Me gusta pensar que contribuimos a que nadie los olvide y nos inventamos cómo eran y se relacionaban entre ellos. Aunque mucha información la hemos sacado del libro de Luis Sáenz de la Calzada sobre la Barraca.

No podemos olvidar la época de crisis en que nos ha tocado vivir. ¿En qué medida os afecta y como resolvéis esto en el montaje de vuestras obras?

Nos afecta y mucho, porque los ayuntamientos no tienen solvencia y recortan siempre primero de la cultura. Así que, o no contratan, o contratan y no te pagan en meses o años (no todos, que conste).


Lo que nosotros hacemos es ajustar el cachet (el precio) de los espectáculos lo máximo. Eres actriz de teatro. ¿Te has planteado en algún momento si te gustaría hacer cine o TV?

Alguna cosita he hecho, sobretodo en Alicante, mi ciudad natal. Pero no me atrae mucho la idea de la fama. El teatro es mi vida y me permite el anonimato. No me suelo presentar a castings por norma general. De todos modos la vida da muchas vueltas, nunca se sabe. ¿Qué proyectos albergas para el futuro inmediato?

Tengo compañía propia y estamos en plena gira de nuestro espectáculo “No hay perdiz en el menú. Sátira musical para princesas descarriadas”. Ahora mismo vamos a reestrenarlo con nueva escenografía, una auténtica preciosidad que nos están construyendo los alumnos del Centro de Tecnología del Espectáculo, de Madrid. Quedáis invitados. Terminamos ya nuestra conversación con Isabel Romero de León acogiendo con entusiasmo la invitación que nos hace y deseándole gran éxito a ella personalmente, así como a “Los Barracos”


CARMEN DE SILVA VELASCO

JOSÉ LÓPEZ RUEDA UN CLÁSICO EN LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA

TRABAJAR ES EL MEJOR TIEMPO DE OCIO PARA ESTE CATEDRÁTICO Y POETA QUE A LOS 82 AÑOS NO CONOCE OTRO DESCANSO QUE EL DE LA PLUMA.


HABLAR CON ÉL ES RECIBIR UNA LECCIÓN PARTICULAR DE VIDA Y BIEN HACER, ENTRONCADA CON LA CALIDAD Y LA CULTURA DE UNA PLUMA MAGISTRAL. JOSÉ LÓPEZ RUEDA ES UNA DE ESAS POCAS PERSONAS QUE EJERCEN LA DOCENCIA SIN PROPONERSELO. SU PALABRA ES CÁTEDRA, SU CONDUCTA EJEMPLO Y SU ESCRITURA DOGMA. CATEDRÁTICO, POETA, CRÍTICO, ENSAYISTA,

HISTORIADOR, SU VIDA SE DISTRIBUYE

ENTRE LA PLUMA Y LA PALABRA Y AHORA A SUS 82 AÑOS TAMBIÉN COMPARTE SU TIEMPO CON EL ORDENADOR.

P.¿Cómo escribe el profesor López Rueda? ¿A mano, a máquina o con ordenador? R.–Con ordenador. P.¿Es usted un internauta convencido o funcional? R. –Más funcional que convencido. Utilizo muchísimo el correo electrónico, pero a la red sólo accedo en determinados momentos y a determinadas direcciones como la de la


Asociación de Escritores y Artistas www.aeae.es la cual no sólo visito sino que me recreo en ella. P. –Desmienta aquí la idea de que los mayores no aceptan las nuevas tecnologías. R.– No puedo desmentirlo del todo porque existe un sector, bastante más amplio de lo que muchos imaginan, que hemos aceptado el reto del progreso y nos servimos de las nuevas tecnologías para mejorar nuestro trabajo y hacerlo más ágil. Pero también existe otro sector que mira a los ordenadores, el fax o incluso el video y el DVD como objetos fuera de su alcance. P.- ¿Qué opina de las revistas digitales R.- 1. Las revistas digitales me parecen muy bien. Son un medio de difusión de la literatura que resulta barato. Abundan cada vez más. Pero me da la impresión de que se leen poco, a pesar de que todos los directores de tales empresas se basan en el conteo de visitas y dicen, por ejemplo: hemos tenido 7000 en dos semanas. Sí, pero cuantos han leído algo. P.- ¿Lo digital amenaza seriamente a lo tradicional? ¿Desaparecerán los periódicos de papel? 2. Creo que no. Digo lo mismo que de las revistas. Yo, por ejemplo, abro El País en mi ordenador y lo único que leo es los titulares y algún artículo si me interesa mucho. Luego compro El País en papel.


En estos principios del siglo XXI conviven las nuevas generaciones con los maestros como usted que han aceptado el progreso con ciertas reservas. ¿Le gustaría ver sus poemarios editados en Ibook? 3. Quizás para los jóvenes será más fácil la lectura en pantalla, puesto que les nacen los dientes en esta práctica. Mi nieta Inés, por ejemplo, se pone ante mi ordenador y me da ciento y raya. Yo soy un fan de los ordenadores, a pesar de mi mucha edad. Pero creo que me costaría trabajo habituarme a la lectura de un libro entero en ibook. Pero ya digo, estoy hablando de mí y de mis contemporáneos, que por cierto cada vez quedan menos. Los jóvenes, según puedo observar por mis nietas, son unos "mutantes" y sabe Dios adónde van a parar.

P. –Usted que es un experto en la Lengua española, explíquenos que diferencia ha encontrado al utilizar para su trabajo el concepto de "en activo" o el concepto de "en pasivo". R.–Muy poca, yo me siento siempre en activo. La persona en pasivo es la que no se esfuerza en avanzar en conseguir nuevas metas. Y no es mi caso aunque me he jubilado dos veces, primero lo hice en 1988 de la cátedra de la Universidad de Simón Bolívar e inmediatamente fui nombrado director del programa que tiene en España la Universidad


de Bowling Green (Ohio, USA), de la que me jubilé en 1999. Pero apenas si ha descendido mi ritmo de trabajo. P.–¿Qué diferencia hay en distribuir, el tiempo de trabajo o el tiempo de ocio? R.–Distribuir bien el tiempo es algo primordial para que cunda y nos conceda mayores espacios de vida. El ocio, yo no sé en mi caso lo que es, al menos que se entienda por ocio la práctica de un trabajo gratificante. Siendo así me he pasado la vida en espacios de ocio, porque ha sido siempre un placer cumplir con mi trabajo. P. –¿Qué repercusión ha tenido para usted la jubilación de la cátedra en la producción literaria? R. –Mucha. Ahora me puedo dedicar por entero a la creación y a la investigación que me apasionan. Antes tenía que compartir el tiempo con otras obligaciones. P. –¿Dónde vive el profesor López Rueda; en el pasado, en el presente o en el futuro? R.–Vivir, todos vivimos en el presente. Yo, por mi condición de investigador histórico vivo con frecuencia varios siglos atrás con personajes que, a fuerza de recrear sus vidas en la memoria, se hacen compañeros de un tiempo que, aunque no pasara por tu sangre, lo has asimilado y lo has hecho casi propio. ¿Cómo es el actual trabajo del profesor López Rueda? R.- Ahora acabo de cumplir 82 y tengo buena salud, aunque un poco artrósico; pero como decía mi abuelo Pepe que llegó a centenario, lo que como me sienta bien, mi trabajo es más intenso que cuando era joven. Los muchos años que llevo ya cobrando mi pensión sin el trabajo de las aulas (que, por cierto, me encantaba), han sido de una actividad constante. He seguido escribiendo, dando conferencias, publicando libros, viajando a congresos y transformándome sin remedio en un prologuista profesional. ¿Me prologará mi próximo Libro? (El profesor sonríe y yo continuo poniéndole en un brete.) Me ganará, anulará mi texto con el suyo, como me ganó en la competición de la “Cuerva de plata” con el soneto que le dedicó a sus cataratas.


¿Lo puedo incluir 6. Será un honor que incluyas mi soneto sobre las cataratas en la revista. Le gustará al Dr. Rementería que es una eminencia. Helo aquí: CATARATAS Al Dr. Laureano Álvarez-Rementería

Por tenue velo sepia mancillado el universo se me aparecía, mas recurrí al Doctor Rementería para verlo de nuevo iluminado.

Su ciencia mucha, su arte consumado limpian con prodigiosa cirugía la herrumbre que las cosas me encubría y el mundo es un edén recién creado.

Sus dedos -oftalmólogos expertosdevuelven su perdida transparencia a mis ojos, de nuevo descubiertos.


La blancura recobra su inocencia, Van Gogh el verde loco de sus huertos y el arco iris su magnificencia.

¿La última pregunta, Profesor? ¿Cuántos libros tiene publicados y cuantos faltan por publicar? R. –Cinco poemarios y otros libros y separatas de investigación. Mi último libro publicado es una colección de relatos que se titula La flecha intempestiva. El nuevo, no sé; tengo mucho inédito. Quizá sea un poemario de pasión por España que se titula Iberiada. Pero es muy difícil publicar sin pagar, sobre todo si somos tan buenos como somos tú y yo. El profesor vuelve a sonreír y yo le doy las gracias por compararme con él.. Son tantas las preguntas que quedan por hacerle. Charlar con el profesor López Rueda es un auténtico placer del que necesariamente hay que despedirle para no ocupar la revista entera. Tal vez en una próxima ocasión sigamos charlando con él. Muchas gracias profesor.


JUAN CALDERÓN MATADOR

Entrevista a Lola Flores

Palabras apócrifas de Lola Flores


Decir Lola Flores es decir temperamento, arte, casta, salero, filosofía de vida, y sobre todo sabiduría, esa que da la necesidad, las estrecheces económicas en la niñez, ese saber por uno mismo cuánto cuesta ascender un peldaño en la pina escalera de la vida. Nuestra querida Lola Flores comenzó ese ascenso desde el mismo día en que tomó tierra, allá por 1921 en su natal Jerez de la Frontera. Aquella niña agitanada y feucha de sus primeros tiempos fue dando paso a una racial mujer, que a golpe de tacón y bata de cola barrió cualquier obstáculo que le impidiera ser artista, LA ARTISTA. Apenas once años y ya se movía en el mundo de la revista, donde dio sus primeros pasos como actriz. Con la compañía de Mari Paz, en el teatro Fontalba, en Madrid, tras varias giras a lo largo y ancho de la geografía española, consolidó su nombre, pero fue al formar compañía con Manolo Caracol cuando se convirtió en la estrella que siempre fue hasta el momento en que nos dijo adiós. De todos es sabido que han pasado años desde que Lola no está aquí. No es un secreto para nadie que “La Flores” ya no puede conceder más entrevistas, que La Faraona cogió la barca gris y se marchó a la orilla de la que no hay regreso. Todos creemos que no existe posibilidad alguna de visitar ese lugar y regresar para contar la experiencia. Pues tengo que decirles que se puede. Yo lo he logrado. Ella que, tanto tiempo después, sigue acaparando horas y horas de televisión y conservando su parcela de cariño en el corazón de la mayoría de los españoles, es la protagonista absoluta de la entrevista que pude realizarle allí.

La barca de Caronte de Joachin Patinir (Museo del Prado)


Es cierto que al atravesar la puerta que me condujo a esa otra dimensión donde Lola se encuentra, me topé con un paraje neblinoso, donde nada parecía real. Tuve frío nada más franquear su umbral. Un Ser, indefinible, acudió a darme la bienvenida y se interesó por mi nombre. Tras decírselo, comprobó en sus archivos y me aseguró que yo aún no tendría que estar allí, que no había llegado mi momento. Le informé de mi intención de realizar una entrevista a la residente doña Lola Flores. Entonces se le iluminó el rostro, y repitió el nombre de la artista en voz alta. Dijo que era su admirador número uno y que cada noche acudía al tablao donde Lola canta. Desde aquel momento tuve abiertas, de par en par, las puertas de aquel mundo. El Ser hizo en la nada el gesto de descorrer unas cortinas y tras aquel ambiente gris apareció un lugar hermoso y coloristas como pocos. Allí, junto a un macizo de adelfas, me aguardaba la Faraona, guapa como en sus mejores momentos.

Doña Lola, ¿cómo se vive en este lugar?

Pero, qué hace tu aquí, chiquillo. No me diga que a ti también ha ido a recogerte la de la guadaña.

Aún no, doña Lola, afortunadamente...

Déjate ya de tanto doña Lola, doña Lola, que nos conocemos desde hace mucho tiempo; ¿no ves que aquí las cosas funcionan de otra manera? Aquí somos todos iguales, aunque cada cual tenga, si lo desea, una vida a imagen y semejanza de la que tuvimos. La de fotos que me hiciste entonces ¿te acuerdas?


Claro que me acuerdo. Y qué guapa salías siempre. Bien que te lo agradezco, no creas. Más de un mes y más de dos pude llevar lo necesario a mi familia gracias a tus reportajes. Siempre fuiste una mujer muy generosa.

Mi lema siempre fue: Hoy por ti, mañana por mí.

¿Y aquí es igual?

Aquí, mi vida sigue siendo igualita, sólo que algunos de mis seres queridos no están a mi lado en la forma que yo quisiera, ya sabes, los que aún están en la otra orilla. Daría cualquier cosa por estar junto a ellos, de una forma física como antes, abrazarlos, besarlos, sentir su piel y que ellos sintiesen la mía, esta piel tan nuestra, tan gitana, tan de bronce, tan llena de cariño.

Como muy bien dices, algunos de tus seres más queridos se han quedado al otro lado, pero qué ha sido de los que ya vinieron a tu encuentro.


Todos están en casa. En el Lerele hay sitio para todos.

¿El Lerele?

Claro. ¿Es que no sabes que la vida de aquí es a imagen y semejanza de la de allí?. Mi casa sigue siendo la misma, con sus mismas habitaciones, las mismas cortinas, las mismas flores, la misma cabaña de mi Antoñito...

¿Quieres decir, Lola, que vives junto a tu marido?

Ya te he dicho que no están todos, pero los demás, los que ya cruzaron a este lado, no podían estar en otra parte que no fuera el Lerele. Aquí está mi Antonio, mi Pescailla de mi alma, cada vez más guapo, cada día tocando mejor la guitarra, si es que es posible tocarla mejor de lo que ya lo hacía. Aquí hemos recuperado la costumbre de compartir la cama.


¿Ya no está enfadado?

Enfadado, ¿por qué?

Me imagino que sabes que hay un hombre, un tal Antonio Carrasco, que ha pasado por un plató de televisión, contando los pormenores de un romance que, según asegura, mantuvo contigo a lo largo de casi treinta años, mientras estabas casada con “El Pescailla”

¡Antonio Carrasco! ¡Ay, que recuerdos! Es verdad lo que ha dicho. “El Junco”, un bailarín como pocos y guapo como más pocos todavía. Nos amamos, es cierto, con locura, todo el mundo lo sabía. El amor, cuando estalla, no hay forma de tenerlo oculto. Él fue mi pasión, el gran amor de mi vida. Eso no quiere decir que no quisiera a mi marido. También lo quise ciegamente y además me regaló los tres hijos más bonitos que Dios pudiera mandarme. Pero la vida es así y por más que me preguntase que ¿cómo me las maravillaría yo?, no encontré mejor solución que compartirlos. Todos lo sabían


todo, mi marido, mis hijos, mi amante. Aquella relación estuvo basada en la sinceridad y cada uno de nosotros supimos poner cuanto estuvo de nuestra parte para no hacernos daño. Sólo al final, cuando la muerte dormía cada noche a los pies de mi cama, “El Junco” me defraudó. Él sabe por qué lo digo, y me llevé conmigo la pena de su traición.

¿Y qué te parecen sus declaraciones, poniendo al descubierto cuanto hubo entre vosotros?

Eso no tiene importancia. Si me duele en alguna medida es por el mal papel que socialmente les está correspondiendo a mis hijos y a mi marido. Si la vida no lo está tratando bien y necesita dinero para sacar a flote a su familia, pues yo no tengo ninguna objeción que ponerle. ¿Cómo voy a desearle mal alguno a la persona que tanto quise y sigo queriendo?

Sabes que tus hijas, Lolita y Rosario van a querellarse contra Antonio Carrasco y la cadena de televisión que emitió el reportaje ¿Qué les dirías a ellas al respecto? ¿Apoyarías su decisión?

Yo preferiría que dejasen correr el agua. El tiempo lo borra todo y yo no quiero hacerle ningún daño a Antonio Carrasco, a pesar de todo, le deseo toda la felicidad del mundo. Pero también comprendo que quieran proteger el honor de su padre, por lo que no deseo meterme en su decisión. Lo que hagan estará bien hecho. La vida es un abanico que no siempre se abre por el derecho.

¿Qué opina Antonio de todo este revuelo?


Mi marío prefiere no opinar. En su día tomamos nuestras decisiones de forma conjunta. Para mí su opinión era importante. Hicieron falta muchas lágrimas hasta dejar cada cosa en su sitio. Para los dos, lo principal era mantener unida a la familia y por ellos, cada uno cedió un poco. Yo no hubiese podido vivir sin el amor del Junco, pero tampoco lejos de mi Antonio y de mis hijos.

¿Son felices Los Flores en este nuevo Lerele?

Ya te he dicho que esta existencia es imitación de la anterior, y por tanto tampoco aquí la felicidad es completa, pero de algún modo, sí, tengo que reconocer que atravesamos un momento dulce. Cada domingo acuden, sin necesidad de ser invitados, todos esos seres que gozan de nuestro cariño: mis padres, los de Antonio, Antoñito cuando no está de gira, mi querido Manolo Caracol y tantos y tantos amigos que se han avecinado en este barrio. Yo me convierto entonces en la mejor ama de casa y preparo una buena olla podrida, con su buena pringá, como aquellas que tu mismo comiste tantas veces junto a nosotros en otro tiempo, y después unas palmitas, unas guitarras, unas rumbitas bien bailás... Ese es uno de nuestros momentos más felices.

Acabas de nombrar a tu hijo Antonio ¿ he entendido bien cuando has dicho que sigue haciendo giras?


Naturalmente que sí. Mi Antoñito es un ser especial. No he visto un aura más hermosa que la suya, espectacular como sus ojos.

Algunos aseguran que sus ojos eran una copia de los tuyos

Me lo han dicho muchas veces. Los míos también tienen lo suyo, pero nada que ver con la fuerza y el magnetismo de Antoñito. Él es un ser privilegiado, es un ángel. Tan pronto llegó aquí se lo disputaron los mejores locales de conciertos, y es que, no es por que sea mi hijo pero, mi Antoñito es un monstruo componiendo.

Y tu, Lola, creo que también sigues actuando

¿Y que otra cosa podría yo hacer? Donde haya una buena bata de cola, una buena peineta, un abanico y unos buenos tacones, estará Lola Flores. Habitualmente canto en el tablao de Frascuelo; a la guitarra Antonio, a las palmas “Currito El Palmo”, el del romance de Serrat

¿Puedes bailar ahora como en tu juventud o sigues teniendo problemas para levantar los brazos?

Aquí no existe la enfermedad. Mis brazos se alzan con todo el arte que Dios le dio, igual que dos banderas mecidas por el viento.


Siempre fuiste muy inquieta. ¿Tienes bastante con tus actuaciones en el tablao?

¡Que bien me conoces, malaje! Claro que no es suficiente, sino no sería Lola Flores. También trabajo en la televisión local. Me he convertido en la Lauren Postigo del canal y presento un programa, diario, de coplas, se llama “Cantares”. ¿Quieres quedarte a verlo? Venga, vente a comer con nosotros un arroz con bacalao, que hoy viene Sarandonga.

Y no sólo me quedé a ver el programa y comer el arroz con bacalao, también fui a verlos actuar en el tablao de Frascuelo, aquel día incluso acudió Antoñito. Allí transcurrió el tiempo sin que yo lo notase y casi me censan. Lola no ha muerto, yo la he visto, su éxito es inenarrable, su salud, su fuerza, su empuje como en los mejores tiempos. No me hubiese importado quedarme junto a ella para siempre, pero cuando mejor lo estaba pasando apareció aquel indescriptible recepcionista del que les hablé al principio y me indicó el camino de vuelta, dijo que era imposible permanecer más tiempo en el lugar. Lola, al ver que me marchaba, desde el escenario, me lanzó un beso en el que se almacenaba toda la amistad, cariño y admiración que siempre nos tuvimos,


un beso que no estaba dirigido a mí sólo sino a sus hijas a las que ama cada segundo de su existencia, y a todo su publico, aquel que la lloró en su momento y la sigue admirando a pesar de los pesares. Gracias, Lola, por este nuevo favor que has querido hacerme y que demuestra lo grande y generosa que eres y siempre fuiste. Es posible que todo esto no haya sido más que un sueño, pero yo te he sentido frente a mí, viva, feliz, y eso me reconforta. Ojalá no haya habido ningún componente onírico en esta entrevista.


ARTÍCULOS


AURELIANO SÁINZ

Elogio de la abstracción Presentación Hace ya más de tres décadas que estoy en el campo de la enseñanza. En realidad este hecho no es fortuito, pues a pesar de ser arquitecto, siempre he sentido vocación por la docencia, por lo que durante muchos años compatibilicé ambos trabajos, hasta que al sacar la plaza de titular, y posteriormente la cátedra, me decanté por esta última actividad. Lo que sí fue casual es que accediera a lo que hoy es la Facultad de Ciencias de la Educación, en la que se imparten los títulos de Magisterio y Psicopedagogía. Lo habitual es que el arquitecto que desea impartir docencia lo haga en alguna de las Escuela de Arquitectura de nuestro país; pero no pudo ser en mi caso, por razones que exceden su explicación en este artículo.


Lo cierto es que cuando accedí a la docencia me encontré con que tenía que formar a futuros maestros, lo que me supuso llevar a cabo ciertos ajustes en mis ideas previas: por un lado, los alumnos de estas titulaciones no tenían una preparación especial en el campo de las artes plásticas; es más, de manera generalizada su formación era bastante precaria. Por otro lado, tenía que enfrentarme a prejuicio de estudiantes adultos que a priori consideraban que “el dibujo y la pintura no se les da”. Otro aspecto a destacar, y que con el tiempo me ha sido muy fructífero, es entendí que necesitaba formarme en el arte infantil, hecho que hasta ese momento yo desconocía, puesto que iba a preparar a futuros profesionales de la enseñanza. De los tres puntos indicados, voy a empezar por el tercero, que como he manifestado, ha sido de gran valor en mi trabajo profesional. En el primer año en el que impartí docencia en la Universidad, me hice consciente de que los futuros maestros deberían tener formación en la evolución del arte de los niños para poder orientarles en sus aprendizajes. Por aquellas fechas, cayó en mis manos un libro que ha sido clave en la historia de la enseñanza de las artes plásticas: Desarrollo de la capacidad creadora de Viktor Lowenfeld. El título de esta obra me parece de lo más adecuado, pues Viktor Lowenfeld, psicólogo austriaco exiliado a Estados Unidos tras la invasión nazi de su país, se centró en el estudio de la creatividad infantil, dando prioridad a las manifestaciones plásticas. Su tesis, que en gran medida comparto, es la siguiente: todos los seres humanos nacemos con capacidades creadoras que hay que potenciarlas y desarrollarlas; la creatividad no es privilegio de algunos dotados genéticamente que pueden acabar siendo genios del arte. Cierto es que hay algunos con más talento que otros, hay gente que se identifica con alguna actividad creativa más que con otra, pero esto sucede en todas las disciplinas humanas, y no con ello se llega al prejuicio de pensar “esto no se me da” de una manera tajante. ¿Entonces por qué dentro de la expresión plástica se interioriza tempranamente este prejuicio, en el que sólo una minoría se considera capacitada y con cierta seguridad ante el reto de un dibujo o una pintura? La respuesta la he ido conociendo a medida que me formaba sólidamente en el campo del arte infantil. Sucede que niños y niñas se expresan gráficamente desde muy temprano con una gran espontaneidad, llenos de imaginación, disfrutando de sus creaciones como si fuera un juego… siempre que haya un clima de libertad y de estímulo a sus iniciativas. Esto sólo sucede en el dibujo. De ahí que los dibujos de los niños despierten la admiración de los mayores por su ingenuidad, por sus


arriesgadas y sorprendentes respuestas gráficas y por la libertad con la que interpretan el mundo de las imágenes. Pero todo este mundo, muy ligado a los años de la fantasía infantil, entra en crisis y se produce lo que los autores que hemos investigado en ello denominamos como la “crisis del dibujo”. Alrededor de los 11 o 12 años, coincidiendo con la finalización de los estudios de Primaria, los escolares desean representar la realidad tal como se percibe visualmente; ya no les gusta las formas esquemáticas con las que representaban anteriormente. Se vuelven muy críticos con lo que hacen. Ya se dan cuenta de que lo que realizan no se ajusta a la realidad exterior. Necesitan ayuda y orientación para afrontar los nuevos retos del denominado realismo visual. Pero aquí entra en juego la deplorable situación en la que se encuentra la educación artística en nuestro país, que es verdaderamente penosa, y que no voy a entrar en detalles porque todo aquel que ha pasado por las aulas escolares recordará, salvo casos excepcionales, lo lamentable de la enseñanza de las arte plásticas en el país de Velázquez, Goya, Picasso, Dalí, Miró… Comenzando A lo largo de los años he tenido que afrontar la educación artística a los futuros maestros con esos problemas iniciales: el que durante años no tuvieran ninguna relación con el dibujo o la pintura, con lo cual el prejuicio de “no se me da” se convierte en un verdadero obstáculo para dar una formación básica a los futuros docentes de los primeros años del desarrollo humano. ¿Cómo lograr que empiecen a erradicar esta idea, al tiempo que comprendan que tienen capacidades creativas y conseguir que disfruten del trabajo que yo les pudiera proponer? De entrada, tienen que entender que las actividades dentro del campo de las artes plásticas son muy numerosas y que poseen capacidades para abordar con cierto nivel de satisfacción algunas de ellas. Para recuperar ese nivel de confianza en sus propias capacidades creativas, me tengo que situar a su nivel y olvidar proponerles modelos figurativos, como puede ser el dibujo de la figura humana o las representaciones en perspectiva, que exigen una formación previa. Sé que tienen un gusto intuitivo hacia el color, por lo que parto de ese aspecto favorable para los trabajos iniciales. Por otro lado, lo que en la actualidad entendemos como diseño gráfico se basa en formas abstractas, es decir, no figurativas, con lo que es posible trabajar un ámbito que no exige destrezas sólidas en el dibujo realista.


Teniendo en cuenta los dos aspectos anteriores, a lo largo de mi trayectoria profesional como docente, he comenzado con composiciones de tipo abstracto, para que los estudiantes vean que es posible alcanzar trabajos de alto valor creativo, partiendo de sus niveles de formación. Por otro lado, los trabajos plásticos de tipo abstracto nos sirven para estudiar los fundamentos de la teoría de la composición. Como veremos los resultados son bastante interesantes y un buen punto de partida para ir caminando hacia arriba, de modo que los alumnos, chicos y chicas, empiecen a comprender que verdaderamente tienen capacidades creativas y que es necesario cultivarlas. En todo este proceso se da una paradoja: la mayoría de la población no entiende el valor de la pintura o el dibujo abstractos, ya que parten de la idea de que cualquier cuadro tiene una función narrativa, debe contar algo al espectador o, al menos, que lo que se vea tenga un equivalente dentro del campo de la realidad de los objetos naturales; en casos extremos, los cuadros abstractos los consideran como una tomadura de pelo o se expresan diciendo “esto lo hace cualquiera”. Sin embargo, cuando los alumnos han realizado sus primeras composiciones, todos saben que ellos no podrían explicar sus trabajos narrándolos, como si tuvieran un argumento. Tras sentirse verdaderamente satisfechos de los logros alcanzados, pueden hacer un análisis compositivo o cromático de la obra. Esto supone un gran avance, pues, como he apuntado, aquellos que se sentían bloqueados comienzan a adquirir confianza en sus capacidades creadoras, tal como apuntaba Viktor Lowenfeld. La propuesta En este artículo me voy a centrar en trabajos realizados gráficamente, es decir, en aquellos que se han utilizado con los instrumentos más habituales del dibujo: lápices de grafito y lápices de colores; aunque en algunos casos han acudido a los rotuladores. Esta experiencia, basada en el inicio con composiciones abstractas, también la he planteado en cursos anteriores con técnicas pictóricas, como es el caso de la témpera, material adecuado en el ámbito educativo. Dentro de la experiencia gráfica les indico a los alumnos que deben realizar cuatro bocetos con lápiz de grafito, el que habitualmente denominamos como “lápiz negro”, siendo dos de ellos de “tipo libre” y los otros dos de “tipo geométrico”. Les aclaro que podemos entender como composición libre aquella que se realiza a mano sin ayuda de ningún instrumento de dibujo lineal; por el contrario, las de tipo geométrico serían


aquellas que se llevan a cabo utilizándolos, es decir, que la regla, el compás, la escuadra, el cartabón y las plantillas de formas geométricas serán los medios de los que se valgan para elaborar la composición. Una vez que han realizado los cuatro bocetos con las líneas que determinan las formas, deben utilizar el lápiz de grafito como medio para obtener una gama que vaya del blanco al negro pasando por la escala de grises. Con ello, se pretende que el alumno conozca toda la riqueza expresiva de lo que en composición se denomina como la gama acromática. El trabajo finaliza cuando el autor o la autora, asesorado por el profesor, selecciona aquel boceto que le resulta más atractivo y lo pasa al tamaño A-4, es decir aumentándolo de escala, para acabar realizando dos versiones: la acromática, que ya la tenía esbozada anteriormente, y la cromática, en la que se empleará toda la gama de colores. Los resultados son bastante variables, como lo podemos ver en las composiciones que van del 1 al 12, en las que mostramos las soluciones acromáticas y cromáticas de un conjunto de trabajos.


La gama acromática Uno de los aprendizajes que se pretenden con este punto es el uso del lápiz de grafito, en sus distintas durezas y en su versatilidad para la obtención de diferentes tonalidades de grises. Para ello, se puede comenzar con el negro, que, como todos sabemos, se logra apretando con intensidad el lápiz; posteriormente, se pasaría por diversos grises, obtenidos según la mayor o menor presión que se ejerza sobre el papel. Con respecto a las formas, la variedad de soluciones es tan amplia que podríamos decir que son ilimitadas, puesto que las posibilidades de la abstracción en base a las líneas sólo encuentran el “freno” en los elementos de la composición que nos acercan a


creaciones valiosas desde el punto de vista estético: el equilibrio, el movimiento, el contraste, la armonía, la simetría, la asimetría, etc. Sí tengo que apuntar que en las composiciones que hemos denominado como “libres” hay una tendencia por parte del alumnado hacia las “formas orgánicas”, es decir, aquellas que nos sugieren o nos remiten a la naturaleza o a los elementos de la misma, por la semejanza que pudieran tener con las plantas, las flores, el agua, el viento, las montañas, etc. Esto es posible apreciarlo en los trabajos que van del 13 al 17. Las composiciones de tipo geométrico, tal como su nombre indica, están condicionadas por las formas resultantes dentro del orden métrico estable de los márgenes del cuadro. Así, es posible ver algunas con una fuerte organización simétrica; otras parcialmente simétricas; algunas con claras asimetrías, etc. Como ejemplo de ello, he seleccionado las composiciones 18, 19 y 20.


La gama cromática Para que puedan verse las diferentes sensaciones perceptivas que provocan en el espectador una misma composición abstracta, una vez que se ha terminado la composición acromática, los alumnos deben realizar su versión de tipo cromático. Con el fin de que comprueben la amplitud de soluciones, les suelo proyectar algunos ejemplos de sus compañeros de cursos anteriores, pues es frecuente que pregunten por qué colores comenzar. El consejo que les suelo dar es que piensen en dos tonalidades que les guste para aplicarlas a dos formas colindantes dentro de la composición, pues no es posible hacerse una idea del resultado final del trabajo, dado que nuestra memoria o inteligencia visual no es capaz de pensar en más de tres colores al mismo tiempo; y que


una vez se han decantado por dos tonalidades, pueden avanzar con otras en las formas colindantes con las que han comenzado. Cierto que hay una teoría de los colores: cálidos, fríos, armonía, contraste, equilibrio, tonalidades fuertes o tonos pasteles… pero para mí es importante saber que todos los alumnos, sean chicos o chicas, tienen un gusto intuitivo hacia los colores, de manera que ellos mismos se dan cuenta cuando no armonizan las tonalidades que han seleccionado. Puesto que las posibilidades cromáticas, en la práctica, son ilimitadas, hay alumnos que les da tiempo o desean ofrecer dos soluciones distintas. Esto lo podemos ver en los trabajos que van del 21 al 24. De manera especial, el autor de los dibujos 23 y 24 ha proporcionado dos soluciones cromáticas muy diferenciadas.


Entre la 25 y la 31 vemos la variedad de composiciones que en la clase se han realizado. Si hubiera que apuntar algún aspecto común sería la tendencia, tal como indiqué al principio, a la similitud con las formas orgánicas de la naturaleza. Hay casos, como es el del dibujo 29 (al igual que en el 5 y 6), en los que asoman algunas formas realistas o figurativas; no obstante, doy paso a estos trabajos, puesto que mayoritariamente responden a criterios de tipo abstracto.


Cuando son composiciones geométricas, podemos percibir que en algunos casos el centro geométrico del cuadro se convierte en el punto sobre el que pivota la organización compositiva. Esto se aprecia en los dibujos que van del 32 al 36. Y, a pesar del equilibrio del que se parte, es posible introducir el dinamismo o movimiento según ciertos criterios muy ligados a la psicología de la percepción.


Como no podía ser de otro modo, en los trabajos ajustados a los criterios geométricos, aparecen con frecuencia los polígonos, dentro de las composiciones bidimensionales, y los volúmenes (cubo, cilindro, cono, etc.), en las que se han elaborado con la idea de que el fondo sugiera un espacio tridimensional. Lo expuesto se aprecia en algunas respuestas creativas de los trabajos que van del 37 al 40.


A modo de conclusión He denominado a este artículo Elogio de la abstracción, y, ciertamente, iniciar a los estudiantes en el mundo de las artes plásticas y de la educación artística, para que tengan confianza en sus capacidades creativas, nada mejor que dar rienda suelta a las formas no figurativas que pueden trazarse con unos sencillos instrumentos de dibujo y unas cartulinas. Los resultados, a lo largo de mis años de docencia, han sido bastante fructíferos, tal como puede comprobarse en esta breve selección de los trabajos de una de las experiencias que llevamos en el aula.

Relación de autores 1 y 2. Ángela Marchán 3 y 4. Marta García 5 y 6. Verónica Romero 7 y 8. Irene Navarro 9 y 10. Silvia María Gallardo 11 y 12. Raquel Vega 13. Ana María Algaba 14. Cristina Molina 15. María Durán 16. Rosa María Bermudo 17. Irene Madueño 18. Estefanía Ordóñez 19. Marta Flores 20. Roxana Guijas 21 y 22. Ana María Crespo 23 y 24. Antonio Cobos 25. María Francisca Serrano 26. Juan Jesús Castro 27. María Dolores Torres 28. María Luque 29. Alberto Rodríguez 30. Rocío A. Mármol


31. Antonio Caballero 32. Rosa María Baena 33. Dolores Reyes 34. Rocío Gutiérrez 36. Marta Ortiz 37. Beatriz Martínez 38. Patricia Martínez 39. María Sánchez 40. María del Carmen Cabrera


ROSA JAEN

Apuntes sobre acadĂŠmicas


En mis Apuntes sobre Académicas, publicado en mayo de 2002, finalizaba diciendo: “¿Cuando será posible que la mujer sea admitida no por cuota

si no por el

reconocimiento de su esfuerzo personal y el requisito indispensable de la importancia de su trabajo?. La asignación por “ser mujer”, no siempre proporciona los mejores resultados en sus funciones”.

El citado artículo (I) decía: Tres académicas son las que figuran en este momento en la Real Academia de la Lengua: Doña Ana María Matute, doña Carmen Iglesias y la recientemente admitida doña Margarita Salas.

Doña Emilia Pardo Bazán

Tres mujeres, igual número a las que se propusieron en 1891 y que tan gran polvareda levantaron, aunque el reconocimiento de sus méritos se esfumó con el viento. Doña Emilia Pardo Bazán , había sido propuesta para acceder a la Academia Española de la Lengua, la Duquesa de Alba para la de Historia y doña Concepción Arenal para la de


Ciencias Morales y Políticas, sillón que le correspondía por haber ganado un concurso mediante oposición al grado de académico en el que superó con creces a don Pedro Armengol y don Francisco Lastres que ganaron los accesits, éstos se adhieren a la propuesta para que ocupe el cargo. La Condesa de Pardo Bazán estaba en la cumbre de su obra literaria, novelista afamada, crítica erudita, cargada de honores. Hizo llegar su instancia al director de la Academia, pero, la cuestión académica saltó a la calle y a los periódicos.

Son muchos los que muestran su disconformidad, alegando que ya se había cometido una injusticia con doña Gertrudis Gómez de Avellaneda. Efectivamente, en 1853, a la muerte de Nicasio Gallego, doña Gertrudis solicitó ser admitida como miembro de número en la Academia, para ello contaba con el aval de varios académicos, y sobre todo, con una abundante y prestigiosa obra literaria pero su compleja vida personal no era la más adecuada para los prejuicios de la época. Así que los sesudos académicos votaron en contra, aunque al comunicarle la decisión no escatimaron elogios para su buen hacer literario.


He aquí algunas de las opiniones expuestas por escritores, hombres políticos y jurisconsultos en El Heraldo de Madrid (Junio de 1891). “En mi concepto, el sexo está en la obra misma. Hay, literariamente, obras masculinas y femeninas, sin que esto implique que hayan de ser necesariamente las unas obras de varón y las otras de hembra. Por el contrario, de igual manera que se dijo de una ilustre escritora “es mucho hombre esta mujer”, se puede decir de algún escritor “es mucha mujer este hombre”. El cerebro contradice en muchas ocasiones lo que el sexo indica. “El genio no tiene sexo”. (Rafael Salillas) Rafael María de Labra reconoce los méritos de, “las mujeres que, sin dejar de ser mujeres de su casa, madres cuidadosas y amantes de sus hijos piensan y escriben como hombres y son dignas de toda clase de honores y distinciones”. Juan Valera escribe un ensayo con fina ironía sobre la “Cuestión Académica” y en él expresa la opinión de muchos, que, “le piden a Dios que se desista del empeño de elegir académicas de número, porque acaso, satisfaciendo su vanidad, provocarán desbarajustes, vejando con sus cursilerías y poniendo en solfa a las Academias”. “Nadie, a no ser por ignorancia o por envidia, niega que las damas aludidas valen tanto por su saber, su ingenio, su actividad literaria y su talento de escritoras como cualquiera de los más dignos inmortales”. Pero, en un salón de buena compañía, “tendríamos que ser académicos de pies a cabeza, en lugar de amigos discretos, donairosos y bien humorados, que sin pelos en la lengua departen sobre asuntos entretenidos y aguzan el ingenio. ¡Adiós a los chascarrillos!”


Juan Pérez de Guzmán escribe en la misma fecha: “Yo, desde hoy, me atrevo a pedir un sitial en la Real Academia de la Lengua Española para doña Emilia Pardo Bazán, que ha empuñado el cetro de nuestro mundo de las letras y conquistado las supremas jerarquías. Otro para doña Concepción Arenal en la de Ciencias Morales y Políticas, cuyos estudios sociológicos la colocan a la altura de los primeros escritores sociólogos de los dos Mundos. Y no hablo de la de la Historia por no ofender la modestia de la ilustre Duquesa de Alba”.

Muchos otros personajes se adhieren con sus manifestaciones a la inclusión de las tres mujeres para los sitiales académicos, como Francisco Lastres, Manuel Mesonero Romanos (“El Curioso Parlante”), Laureano Figuerola, expresidente del Senado, Campoamor, Narciso Campillo, Romero Girón, Eugenio Montero Ríos, Luis Vidart, entre otros. La “cuestión” fue que los anhelos académicos de las tres mujeres se quedaron en el umbral de las Academias.

A doña Concepción, pese a serlo por oposición, se adujo que al ser la de Ciencias Morales y Políticas, la Academia más joven no iba a dar el primer paso en pro de la mujer si no lo hacía primero la Academia de la Lengua, para nada se tuvo en cuenta su superior valía ni el hecho de haber representado a España en un Congreso de Estocolmo. Nada sabemos sobre la reacción de la señora condesa, pero debió ser poco académica, dado su carácter soberbio y mal genio, cuando viera cómo se cubrían las vacantes a las que ella había aspirado. Otras tres mujeres mostraron su candidatura o las presentaron posteriormente, pero también fueron rechazadas, aunque como en los anteriores casos no les faltaban méritos, Blanca de los Ríos (1928), Concha Espina (1930) y María Moliner (1972)


A todos los nombres expuestos deberíamos añadir o hacer referencia a doña María Isidra Quintina Guzmán y de la Cerda (Madrid 1768- Córdoba 1803) Conocida como la doctora de Alcalá. fue la primera en ostentar dicho título y la dignidad de académico de la lengua. El 6 de junio de 1785, cuando contaba 17 años, previa autorización del rey Carlos III, quien deseaba verla encumbrada académicamente y tras examinarse es nombrada Doctora y Maestra en la Facultad de Artes y Letras humanas. En febrero de 1786, el rey Carlos III la investía con los títulos de Académica de la Lengua y Catedrática de Filosofía, conciliadora y examinadora.

No llegó a ser

considerada académica por no haber ascendido a la categoría de numeraria, ni ejerció como tal. En 1789 casó con el marqués de Guadalcázar, trasladándose a Andalucía y falleciendo en Córdoba.

(II) Académicas del siglo XX Los sesudos y académicos varones permanecieron solos en el salón hasta el año 1978, cuando el secretario de la Academia visitó personalmente a la escritora Carmen Conde (Cartagena 1907-Madrid 1996), para decirle que habían pensado en ella para ocupar uno de los sillones, su discurso de ingreso: Poesía ante el tiempo y la inmortalidad, fue pronunciado el 28 de enero de 1979.


En 1983, se incorporó Elena Quiroga, (Santander 1921-La Coruña 1995) su discurso de ingreso un año después giró en torno a Alvaro Cunqueiro, de quien fue amiga personal. Rafael Lapesa al recibirla en la ceremonia de ingreso, dijo: “entra en esta casa, no por ser mujer, ni por que es hermosa, linajuda y distinguida, sino sólo por su obra literaria; y en ella se manifiesta el don de sabiduría como conocimiento del alma humana, sagaz observación de lo significativo, rechazo de la desmesura y dominio del arte de novelar”.

(III) Académicas del siglo XXI La escritora Ana María Matute (Barcelona 1926) entró a formar parte de la Academia en 1996, donde ocupa el asiento K . En su discurso titulado: Defensa de la fantasía, pronunciado el 18 de enero de 1998, decía: Mi intención es invitaros, en este discurso mío tan poco erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el «bosque» que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra. "La palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva."

Ana María Matute


Carmen Iglesias Cano (Madrid 1942) Historiadora, en 1989, ingresó en la Real Academia de la Historia y fue elegida académica de número de la Real Academia de la Lengua Española en el 2000. Con un discurso sobre las relaciones entre historia y literatura, ingresó en esta última institución el 30 de septiembre de 2002 para ocupar el sillón E que dejara vacante Gonzalo Torrente Ballester.

Margarita Salas, bioquímica, nacida en Canero 1938 (Concejo de Valdés) Asturias. Ocupa el sillón “i” de la Real Academia Española de la Lengua desde el año 2003, fecha en que pronunció su discurso. Ya formaba parte de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, también de la Academia Europea de Ciencias y Artes y en mayo de 2007 fue nombrada también para ocupar plaza en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos convirtiéndose así en la primera mujer española que entra a formar parte de la institución.

Futuras académicas La noticia es que los miembros de la R.A.E. han pensado en estos últimos años en otras dos mujeres para la asignación de sillones vacantes, y no por el hecho de ser mujeres, sino por méritos de sus conocimientos y buen hacer.

La filóloga Inés Fernández Ordóñez (Madrid, 1961) Catedrática de Lengua de la Universidad Autónoma de Madrid, fue presentada para cubrir la vacante del poeta Ángel González y a propuesta de José Antonio Pascual, Margarita Salas y Álvaro Pombo. Ella misma reconoce ser una “rara avis” que ha sabido aunar en sus investigaciones la Lingüística y la Filología, según la tradición de la escuela filológica española, fundada por Ramón Menéndez Pidal. Sus publicaciones sobre el leísmo, laísmo y loísmo, una de las áreas por las que es más conocida, han servido para comprender mejor estos usos de los pronombres e identificar la existencia de varios sistemas pronominales en el centro y norte de la península. Desde su tesis doctoral, se ha dedicado también a la edición crítica de textos medievales y al estudio de los textos históricos y cronísticos de la Edad Media, sobre todo los producidos bajo el patronazgo de Alfonso X el Sabio.


En enero de este 2010, vino a sumarse una quinta mujer al salón de las letras. Soledad Puértolas (Zaragoza 1947) Nombrada académica de la Lengua tras una tercera ronda de votaciones, para cubrir la vacante del sillón “g” del científico Antonio Colino. Había sido presentada por los académicos Carmen Iglesias, José Antonio Pascual y Luis Mateo Diez. La novelista dijo “sentirse feliz” y sobre sus aportaciones, puntualizó “no serán los conocimientos eruditos que tiene un filólogo o un lingüista. Lo mío será algo mucho más personal y subjetivo, como lo es la creación literaria; y algo más intuitivo, quizá más arriesgado. Los creadores siempre nos salimos un poco de la norma. Por su propia esencia buscamos y exploramos caminos nuevos.”

El director de la RAE, Victor García de la Concha insistió en que Soledad Puértolas fue elegida por sus méritos "por encima de todo". "Nunca la Academia va a elegir a un académico por cuota, lo ha hecho por sus valores literarios y sus reflexiones sobre la literatura", apostilló. Asimismo, reconoció que la institución tiene que pensar ahora en incorporar poetas o gente del mundo del teatro, ya que quedan dos plazas vacantes.


ISABEL DIEZ SERRANO

Hablemos de: Luís Rosales

Luís Rosales, de cuya palabra me enamoré enseguida, nada más conocerla, ésta me hizo un guiño y sentía en mis adentros algo muy especial, un pellizco, un no sé qué. Su


“Casa encendida” o “El contenido del corazón”, fueron para mí dos libros puntales que me hicieron pensar, detenerme, porque aquello que tenía entre mis manos y mis ojos no era la poesía leída hasta el momento, era “otra cosa”. Luís Rosales empezó a ser único, no se parecía a nadie, aquel ritmo interno, aquellos versos, a veces tan dispares, surrealistas o no, significaban una forma diferente de expresión, no se puede decir que fuesen metáforas extraordinarias, no símbolos, no comparaciones, sencillamente era su forma de expresión “sencilla”, “auténtica”, casi diríamos cotidiana pero a la vez de muy alta poética.

Poema-libro en el que Rosales entremezcla lirismo y narración,

surrealismo y racionalidad, existencialismo y una imaginación encomiable y desbordante, dando un cambio a su nueva poética personal que incorpora recurso de Vallejo y Antonio Machado.

Poeta andaluz, nacido en Granada en el mes de Mayo y en 1910. Quien a sus 16 años publica su primer poema y a este le sigue otro y así sucesivamente hasta que ya a sus 25 años publicara su primer libro: “Abril”, libro maduro ya que habría jugado de antemano con la palabra, habría conocido a Juan Ramón y a Lorca, entre otros, de quien fuera más tarde gran amigo a pesar de sus diferencias ideológicas. De estética en sus


principios y temática clásicas, influenciado tal vez por los hermanos Panero, Ruidrejo o Vivanco, quien venían influenciados por Garcilaso y el resto de la lírica clásica española. Con su obra “Rimas”, cuyo libro le valió la concesión del Premio Nacional de Poesía en 1951, vuelve a demostrar, en poema corto, su gran versatilidad y dominio técnico; destacando este poema por su gran popularidad:

AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir y las contase, y las volviese a contar, para contar errores, hasta la última, hasta aquella que tiene la estatura de un año y le cubre la frente, así he vivido yo con una prudencia de caballo de cartón en el baño sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería.

Este premio fue por cierto muy discutido en aquella época por su condición de falangista, pero la autenticidad del premio es innegable si conocemos el poemario. Más tarde, abandona las formas clásicas, como decimos y va tomando un rumbo diferente pero no por eso menos valioso; sin rima y con predilección por la sencillez y el


acercamiento al lector. En este poema autobiográfico Rosales no nos parece muy optimista, es la edad de la madurez. El hombre no es mas que un náufrago, un ser perdido pero qué poeta no se ha sentido alguna vez “náufrago”, yo misma sin ir más lejos, sin preguntar. “Perdido”, yo misma nuevamente y ¡cuántos más! Poema pues que hace reflexionar sobre la vida de cada ser humano. Poema bellamente expresado, fácilmente entendible. La poesía de Luís Rosales, encuadrado en la generación del 36 aunque ya hemos hablado de sus anteriores amigos vinculados a la del 27, de quienes comenta: “Antes no habíamos oído un poema que nos hiciera rechinar los dientes” ahora lo hacemos gracias a ellos” y se refería precisamente a

Vallejo, Federico,

Cernuda, Neruda, etc.

Desde sus libros de preguerra hasta sus libros de posguerra tiene en parte su origen en la muerte de su gran amigo Federico, quien todos sabemos que ayudó ocultándolo en su casa, por tanto a partir de este momento el poeta se alimenta del dolor, el dolor de un cadáver y así la palabra de Luís Rosales, tanto en su poesía como en ensayos o en sus conversaciones eran un puro desengaño, el desengaño de un cadáver muy querido y que no pudo velar. Sólo pasados muchos años de aquella triste desgracia pudo Rosales encontrar su inicial y lenta alegría, regada con la madurez del humor y el espejeo del juego. Rosales es paciente frente al hedor de la calumnia, de los silencios que fueron en derredor suyo como paciente fue también frente a la fama, la que nunca buscó. No creyó nunca en sus beneficios, mucho menos en los de la poesía, él llevaba un camino auténtico mucho más esencial, camino lento de creación poética. Su obra continúa ya


con una sencillez espiritual y sentimental, domina tanto el verso libre como el rimado, siendo la ausencia de adjetivos otro de sus grandes méritos, resaltando eso sí, la sustancia de las cosas. En 1962 es nombrado miembro de la Real Academia Española y en 1982 recibe el premio Cervantes por el conjunto de su obra literaria. Ya en aquella década había aparecido “La carta entera” que contiene dos libros: La primera parte, llamada “ La almadraba” en 1980 y a continuación “Un rostro en cada ola” Poemario en prosa que no resta un ápice de su valor literario porque al contrario, lo enriquece dada la palabra ya conocida de un Rosales tan imaginativo como genial en sus exposiciones, tan lírico y tan cotidiano a la vez, intimista siempre, tan cerca del corazón de sus lectores, de los lectores de ahora, de los que le siguen y le seguirán por su gran riqueza lingüística, su legado poético. Originalidad, humor, ternura… “su contenido del corazón, en suma”,.

Veamos al menos EL ZAGUAN, de “La Casa encendida”

RECORDANDO UN TEMBLOR EN EL BOSQUE DE LOS MUERTOS

Si el corazón perdiera su cimiento, y vibraran la tierra y la madera del bosque de la sangre, y se sintiera en tu carne un pequeño movimiento


total, como un alud que avanza lento borrando en cada paso un frontera, y fuese una luz fija la ceguera y entre el mirar y el ver quedara el viento,

y formasen los muertos que más amas un bosque ardiendo bajo el mar desnudo --el bosque de la muerte en que deshoja.

Un sol, ya en otro cielo, su oro mudo— y volase un enjambre entre las ramas donde puso el temblor la primer hoja…

Y finalmente, veamos el quinto apartado, el fin de “La Casa encendida”.

Altamirano 34


SIEMPRE MAÑANA Y NUNCA MAÑANAMOS

AL DÍA SIGUIENTE, --hoy— al llegar a mi casa –Altamirano, 34—era de noche, y ¿quién te cuida?, dime; no llovía; el cielo estaba limpio; --“ Buenas noches, don Luis”—dice el sereno, y al mirar hacia arriba, vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares, las ventanas, --sí, todas las ventanas--, Gracias, Señor, la casa está encendida.

Luís Rosales residió durante muchos años en la sierra madrileña, en Cercedillas y murió en Madrid en 1992 después de haber sufrido un derrame cerebral que le mantuvo apartado de todo su quehacer literario y cultural durante largo tiempo hasta que realizando un esfuerzo diario y gigantesco logró reaprender a leer y escribir, apareciendo de nuevo y escribiendo artículos y colaboraciones periodísticas hasta su definitivo desenlace.


VAYA PUES MI HOMENAJE POÉTICO:

a Luís Rosales Hoy tengo yo una casa y la llamo “encendida” porque la luz penetra los últimos rincones. Es blanca fuera y dentro y cuando el sol se asoma se mete por sus ojos, la incendia lentamente y pone en nuestros cuerpos su dentadura cálida. Cuando se hace la noche, las estrellas se agolpan para amarla y vuelan como pétalos alcanzando el salón. La tristeza se ausenta, la soledad se ahoga y la energía besa de nuevo nuestras manos. Hay un chisporroteo por el aire al que no he puesto nombre y todo es un deslumbre y nos invita.

Yo sabía esta casa.


Allá en la lejanía de mi tiempo, yo la soñaba, hasta el silencio en ella es música, armonía y la vida se crece en sus contornos y ahora el agua canta en este día pleno, canta a mis pies minúsculos que golpean la yerba. Una ola de dicha me envuelve, me agiganta y mis ojos recrean el baile de la espuma. Los árboles se inclinan por verse en el espejo, parece que nos hablan con un lenguaje antiguo. Las piedras marcan límites que la danza rebasa y nace el musgo niño que adorna y enriquece.

Y por qué te presento yo Luis, ahora mi casa? porque a ti te gustaba saber para qué te servía el silencio ese silencio luto de hombres solos, “ese silencio que sentías cuando Dios se cansaba en el cuerpo” “porque todo es distinto y tú lo sabes”. Ahora, mi casa es la que importa porque tú no la habitas, te has dormido entre pétalos y patios de Granada, entre agujas de pino de la cercana sierra --ésta es mi casa, ¿sabes?—y yo no la columpio, la tomo entre mis brazos porque huele a cerezo y no viene el sereno con sus pesadas llaves, ni me llama don Luis al despedirme ni al decir: -- ¡buenas noches!-“porque todo es distinto y tú lo sabes”

Yo sabía esta casa, sí, yo la sabía porque no la tenía, no me bañaba en ella, no me tostaba el sol mientras miraba los raíles del tren, aquí tan cerca pero un día llegó en que los gorriones se posaron hablándome silenciosos y tardos dando brincos o saltos como si quisieran


enseñarme a jugar en la enramada y echaban a volar, porque lo saben y vuelan, vuelan, vuelan porque no les importa posarse en ningún lado, ¡libertad! es su grito. Sabes Luis? Esta casa me gusta porque nunca está sola no es pequeña ni grande es sólo única y a mí me reconforta, me eleva, me sustrae Tiene miles de estrellas que visitan de noche y la paz absoluta reina por las almohadas. No llegan los amigos pero es como si estuvieran sentados a la mesa con la copa en la mano, hablan conmigo, ríen y se acurrucan al notar el frescor de la noche en el alma. Están a gusto, todos estamos ya redimiendo la carne porque llega la noche y no hay más remedio que crecer hacia el cielo. Esta casa está cerca, me subo en un lucero y juego con su cola y atravieso los valles…

Vuelvo de nuevo a casa, el tiempo se ha borrado y me siento hecha de aire, de sol, de yerbabuena. Qué fácil es perderse, fundirse en la montaña y esta “casa encendida” que hace siglos de luna esperaba. Me espera… “Porque todo es distinto y tú lo sabes”


MILAGROS SALVADOR

Comentario a un tríptico


El día 28 de noviembre de 1940, o el día 29, según otros autores, se lleva a cabo la orden firmada el día 24 del mismo mes, para el traslado de Miguel Hernández a la cárcel de Ocaña.

Según costa en el documento que se presenta, varios amigos del poeta se reúnen en un homenaje y elaboran el recordatorio en el que firman y dibujan en su honor, entre los que se encuentran Antonio de Amo, José Armero Pla, Juan Esteba, Juan Antonio Areste, Efraín Fernández Morente, Fernando Fernández Revuelta, Francisco García de la Peña, Florentino Hernández Girbal, Fidel Manzanares Muñoz, Domingo Martín Vigil, y José Sánchez Rodríguez.

Los dibujos, muy de la costumbre de la época, recuérdense los de Alberti o García Lorca, se relacionan con alguna de las características de los autores, como Antonio del Amo y el mundo del cine.

El documento, localiza a nuestro poeta en el Penal de Ocaña, en la sala 11, en el que Miguel Hernández permanecerá hasta el junio de 1941, fecha en que será trasladado a la cárcel de Alicante. Es un documento marcado por la ternura de cómo incluso en los durísimos años, siempre queda el resquicio para la amistad, porque el poeta se está muriendo en la oscuridad y sólo le alumbra la difícil luz de unos pocos amigos.

En la parte central – posterior del tríptico, aparece escrito de su puño y letra, uno de los últimos poemas de Miguel, “Sepultura de la Imaginación”, al que acompaña una dedicatoria a

“Francisco García de la Peña, compañero de los que alegra

encontrarme”, dice, “el más joven y casi más loco y decidido de la tertulia”, sentidas palabras escritas en un momento trascendente en la que será ya corta vida del poeta.

Al parecer es durante la estancia de Miguel Hernández en Ocaña, cuando escribe este interesante poema, aunque posteriormente, Antonio Buero Vallejo cree que podría haber sido escrito durante la estancia del poeta en la cárcel madrileña de la plaza del Conde de Toreno.


Es esta una visión directa del poema de título premonitorio, pues era muy poco el tiempo que le quedaba a Miguel para expresar la pasión y la imaginación que habían inspirado sus bellísimos poemas.


MARIA PILAR PUEYO

Valle-Inclán y las literaturas europeas de su tiempo

(Basado en mi libro de Literatura Comparada "Valle-Inclán a la luz del Decadentismo europeo y del Modernismo hispánico.(Finales S.XIX. Principios S.XX)". Editorial “Visión Libros”, Madrid 2009) ---------------------------------A finales del S.XIX y principios del XX descubrimos movimientos literarios en Francia, Italia y en el mundo hispánico con rasgos similares y mutuas influencias. En Francia el Simbolismo, en Italia el llamado Decadentismo y en España e Hispanoamérica el Modernismo. Distintos nombres pero un mundo espiritual y una concepción del arte bastante semejantes, de manera que puede hablarse de Decadentismo europeo.


Padres del Decadentismo son Schopenhauer, Wagner y Nietzsche, tb. Poe, Baudelaire y plenamente decadentes en Francia, Mallarmé, Verlaine y Rimbaud. En Italia G.D´A. el máximo representante. Walter Binni aclara cómo el Decadentismo debe considerarse en un senido histórico. Una nueva manera de concebir el arte en un momento determinado de la Historia, no degeneración de algo anterior, “facendo pesare la sua comunanza etimologica con decadenza è críticamente inoportuno e confina con una condanna moralistica, con una critica che è più di costume che non letteraria.” Así no suena equívoca y absurda la calificación de gran poeta decadente como no lo suena la de gran poeta romántico.

Nietzsche afirma que hay decadencia cuando la vida no reside ya en el conjunto. La palabra llega a ser soberana y salta fuera de la frase, la frase crece y eclipsa el sentido de la página, la página adquiere vida a expensas del conjunto. Se trata de la exacerbación del detalle. Se da en las etapas finales de la evolución de un fenómeno cultural. Nos recuerda las filigranas del período helenístico del arte griego. El artista se detiene con morosidad y voluptuosamente en la perfección de un rasgo. Para W. Binni, el “animus decadente” supone : -

Soledades y potencia de la Música.

-

Vida de los Símbolos.

-

Facetas y aspectos del silencio.

-

La Poesía como medio de conocimiento.


-

Búsqueda de la poesía pura.

En la literatura decadentista “la construcción es una atmósfera musical, no una arquitectura ordenada por la razón”. Huída de la realidad --------Búsqueda de la Belleza absoluta. Huída del racionalismo -------- Búsqueda del espiritualismo y el misterio No fe en Dios ni en la moral --------- Hastío, perversión, satanismo. No al sentido literal de las palabras --------Sí al símbolo, sugerencias, el misterio.

Más que decir que el Decadentismo influye en el Modernismo, el Modernismo es el nombre que en España e Hispanoamérica adoptó el Decadentismo finisecular.

NIHILISMO


Schopenhauer – Liberación de la voluntad de vivir. Fundamento filosófico de “l´ennui” Richard Wagner – Leyó en 1854 El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer >una de las matrices de la idea que conduce al amor aniquilado, a través de

la muerte sublimada de Tristán. Pero esta vertiente pesimista no es lo más

característico de Wagner. El nihilismo en Valle-Inclán – Valle posee una fuerte vitalidad, pero como todos los modernistas españoles ofrece a veces un lánguido decadentismo. En las Sonatas, como dice Zamora Vicente, languidez, fatiga, en una palabra “ennui”. (fatiga, vago aburrimiento, conversaciones susurradas.) Leer pp. 16 y 17. Allí se ve la conexión con todo el Decadentismo europeo. Baudelaire – Fleurs du mal. En el poema “Spleen”: “Rien n´égale en langueur les boiteuses journées … Manuel Machado – En Alma, el poema “Adelfos” : “¡Que la vida se tome la pena de matarme, / ya que yo no me tomo la pena de vivir!” Asombroso poema, perfección y elegancia suma. En el contenido, languidez, pereza sin límites, anulación de la voluntad de vivir en la línea de Schopenhauer : “Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron…Mi voluntad se ha muerto una noche de luna …En mi alma hermana de la tarde no hay contornos …De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo …Nada os pido, ni os amo ni os odio. Con dejarme …Mi voluntad se ha muerto una noche de luna …”

Charles Baudelaire – Dejó en su gran obra Les fleurs du mal una rebosante presencia del sentimiento de “l´ennui”. Causas teológicas, filosóficas, morales, sociales,


existenciales y sobre todo genéticas, temperamentales. “Oisiveté perpetuelle commandée par un malaise perpetuel”. Se autobautizaba “un

gran fainéant”,

“ambitieux triste”, “illustre malheureux” y “le dieu de l´impuissance”. La tristeza, estado consustancial con su alma y a la que encuentra cierta belleza y dulzura. Así vemos la connotación de la mujer triste y misteriosa que fascina al poeta. Este mismo rasgo lo encontramos tb. en D´Annunzio en el que veo bastante clara la influencia del poeta francés. En el poema “Madrigal triste” (F.M. 1861) Sois belle! Et sois triste! / ---Je t´aime surtout quand la joie / s´enfuit de ton front terrassé; /Le atrae más cuando la alegría ha huído de su rostro. Sería interesante profundizar en esto.

G. D´Annunzio – En el Poema Paradisiaco (1891-1892) leemos :


“ e il dolore ch´è in voi forse m´attira più de la vostra bocca e dei capelli.” Por las fechas, está clara la sugestión del poeta francés en el italiano. Vemos pues que Valle-Inclán manifiesta la misma complacencia ante la belleza de Eulalia llena de tristeza. Muchas veces, sobre todo en las Sonatas, se respira un aire de tristeza que tiene mucho que ver con el cansancio en el amor – mezcla de amargura y arrepentimiento - , lo que Mallarmé en “Brise marine” resume en el famoso verso “la chair est triste, hélas! “. Todo esto es muy palpable en Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, D´Annunzio, ValleInclán, Rubén Darío, Francisco Villaespesa. Podríamos incluirlo aquí por lo que tiene de tristeza, languidez, melancolía, pero, al ser la raíz la experiencia amorosa, lo centramos en el Capítulo IV dedicado al Erotismo. No obstante, este sentido de tristeza, de “ennui”, no tiene en Valle-Inclán la misma intensidad que en los autores citados. En todos ellos, se expresa el dolor en 1ª persona. Valle nos dice que Eulalia está triste, pero no es lo mismo. En sus Claves líricas, solamente encontramos en El Pasajero, “Rosa de melancolía” donde nos habla de sí mismo. ( Leer p. 19)

Notas de Literatura Comparada

Este navegar hacia el ensueño que en parte engendra melancolía, nos recuerda a Mallarmé. (Leer p. 19 ) “Des mendieurs d´azur ….” “L´azur” para él= símbolo de belleza, espiritualidad, conexión con lo divino, la paz. En su poema “Renouveau”, habla de “Le printemps maladif”, enfermizo. Hecho en relación con temperamentos hipocondríacos. Sangre abatida y tristeEsterilidad que rodea su vida. La tristeza, “l´ennui”, tienen matiz metafísico. La angustia le conduce al sentimiento de la nada. Rafael Ferreres en Verlaine y los modernistas españoles, analiza el vocabulario : monótono, melancolía, aburrimiento, tedio, hastío, “spleen”. Intensificación de “l´ennui” romántico. Color gris. El atardecer, hora preferida. D´A. “La Sera”(con il tuo viso di perla ) La lluvia y el sentimiento de tristeza dulce que produce. Jacques- Henri Bornecque analiza el poema de Verlaine dedicado a la lluvia. Compara el lento caer de la lluvia con “le lent clapotis de l´ennui”. Poema maravilloso que expresa la tristeza sin aparente motivo real. “De ne savoir pourquoi”. ( Leer, p.20).


G.D´Annunzio, figura cumbre del Decadentismo italiano. Abatimiento, el sueño la única evasión. Baudelaire escribió “De profundis clamavi” (FM, 1861). D´A. “Suspiria de profundis” (Poema paradisiaco, 1891-92) El poeta francés envidia la suerte de los animales, que pueden sumergirse “en un sueño estúpido” sin preocupaciones y responsabilidades. (Leer p.21 el de D´Annunzio) En el fondo comunican lo mismo ambos poetas : Sentimiento de huída de la vida, “ennui” lleno de nihilismo. El punto de partida está en la Biblia : Salmos, 130, “De profundis clamavi, te, Domine”, pero temáticamente no guarda relación

con el salmo

ninguno de los dos poemas. Tb. amargura y tristeza en el teatro de Benavente. En La noche del sábado, pesimismo a lo Schopenhauer, muy de moda en los literatos de fin de siglo. Vila Selma dice que Benavente no llega a conclusiones pesimistas sino que parte de principios pesimistas, como en Los intereses creados. También hay ráfagas de tristeza en Rubén Darío a pesar de su gran vitalidad. (Leer, p.22) En este poema, no tristeza por desengaño del amor o hastío del placer, localizable en el orden moral. Tiene una raíz metafísica, pues parte de la condición del ser del poeta. Un alma que nace inclinada al ensueño > vacío y melancolía en el punto de partida por el choque con la realidad.Rubén Darío hará de toda su vida un canto exultante al amor y a la Belleza, pero todo ese fulgor de vitalidad, ¿no será la voluntariosa afirmación que intenta acallar esa angustia latente,esa convicción de nihilismo y melancolía? Pienso que sí. Manuel Machado. Poema titulado “Adelfos”. Abulia, falta de voluntad y de ilusión. Como Schopenhauer , liberación de la voluntad de vivir. Indolencia y languidez. Recuerda el “Langueur” de Verlaine. Al fin y al cabo “ennui”. Y Villaespesa. Tal vez el de mayor nihilismo y tristeza. (Leer, p.23) Este relacionar la Naturaleza con sus poemas, Valle-Inclán no lo hace.La inspiración lírica de Valle como en Aromas de leyenda, se vierte más en la contemplación del campo de Galicia y de sus gentes, sobre todo de los más desgraciados. Arrobamiento ante el paisaje, emoción y misticismo. Parece como si le preocuparan más las tristezas de los demás, de los más pobres y desvalidos que las suyas propias.


ANA GAMERO

Libros, libros, libros

Qué mejor foro para hablar de libros que una revista literaria como ésta y qué mejor público lector que aquellos que os leéis hasta los prospectos de las medicinas para hablar de lo que más me apasiona: los libros. En estos tiempos, en los que todos andamos a vueltas con la crisis, el sector editorial saca pecho y los lectores se aferran a este hábito tan instructivo y saludable que es leer.


Y es que si bien es cierto que aún nos queda mucho camino por andar para situarnos al nivel de otros países europeos, la lectura se está consolidando en España como un hobby que practicamos muchos. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros elaborado por la Federación de Gremios de Editores, el índice de lectura se sitúa en un 54,6% y aunque ha bajado con respecto a años anteriores, supone un porcentaje importante en el momento actual en el que nos encontramos. O será que yo defiendo la idea de que a amar la lectura se aprende leyendo y que al igual que invitamos a alguien a una cerveza en la terraza del bar podemos hacer campaña de la lectura a pié de calle regalando a un amigo un buen libro, que además se convierte en un obsequio de lo más personal y un pozo de conversaciones permanente. Porque no hay, al menos para mí, charla más amena, divertida, instructiva y apasionada que la que versa sobre algún libro en cuestión, un tema que genera debate, risas, emociones e incluso controversia, todo ello enriquecedor para el alma y el espíritu. Mi experiencia coincide con el informe sobre el perfil del lector español que habla de una mujer joven, universitaria, con preferencia hacia la novela, que lee en el hogar, en castellano y por entretenimiento. También a este dato he de apostillar que cada vez son más las amas de casa que se están aficionando a la lectura y que han encontrado en los libros una nueva forma de viajar, sentir, amar, conocer y ejercitarse física y psicológicamente. De hecho, cada mañana, en la librería en la que trabajo- todo un lujo, dicho sea de paso-, recibo a nuevas clientes que aunque llegan un poco tímidas y desorientadas, buscan, ansían encontrar un libro a su medida, que colme sus expectativas cada vez más exigentes. Quizá son ellas las que, junto con la escuela y las actividades de animación a la lectura, están incentivando el placer de leer entre sus hijos, niños que, tal y como se demuestra en las encuestas, imitan a sus padres y que según los datos publicados en prensa, son el colectivo de mayor consumo de libros, sobre todo aquellos cuyas edades oscilan entre los 10 y los 13 años ( el 91,2%). Estos además reconocen que leen porque les gusta. Así, con estos jovencitos situados como el principal grupo lector del país, entiendo que nuestro futuro, el de los libros, está garantizado. Tras ellos encontramos a los chavales de entre 14 y 24 años, con un índice de lectura del 70,5% y que además del libro en versión papel apuestan por las nuevas tecnologías como forma de lectura a través de internet, el fenómeno e-book, los blogs, foros y espacios literarios.


En el ranking de lectores por franja de edad aparece también la población de entre 25 y 54 años de edad , que suma un 60% y que apuesta por la novela histórica (35%) – La catedral del Mar, la mano de Fátima y La emperatriz amarga por citar algunos-, el relato de aventuras (21%)- Venganza en Sevilla y toda la saga del Capitán Alatriste-, el misterio y la intriga ( 19%) - El hipnotista, Crimen en directo, Scarpetta, etc- y las de ciencia ficción y fantásticas ( 16%)- La Cúpula, entre otras-. Cabe destacar que aunque periódicamente aparecen listas de los libros más vendidos, hasta el momento se llevan la palma sin discusión el clásico de Ken Follet, Los Pilares de la Tierra, El niño con el pijama de rayas y Milennium.

En cuanto a la compra de libros, a pesar de internet y de los grandes centros comerciales, los lectores preferimos las librerías, las de siempre, aquellas en las que nada más entrar te huele a libros, aquellas en las que el ambiente es íntimo y recogido, en las que nos sentimos como ratones de biblioteca. Y es que como digo muchas veces, una librería es para un lector como una tienda de chuches para un niño: un paraíso. En este paraíso particular caben más libros en tapa dura y formato grande que de bolsillo ya que un 72,2% se decanta por los primeros frente a un 25,8% que prefiere el formato mini, más cómodo para transportar aunque menos atractivo. Sea como sea, siempre hay un libro especial para cada uno de nosotros, un libro que nos transporta a una determinada época de nuestra vida, que nos recuerda a alguien. Un libro que se nos queda grabado a fuego en la memoria y nos marca para siempre. Todos tenemos una canción especial, un lugar especial y también un libro especial. Por eso soy tan optimista con respecto a la lectura, porque creo que ella forma parte de nuestra vida y en sí reúne todos los elementos necesarios para triunfar ya que aglutina la pasión humana por saber, amar, experimentar, temer y soñar en su máxima expresión. Pero yo a vosotros, lectores que leéis esta revista, qué os voy a conta


POESIA


CARMEN RUBIO

MARINA (Óleo)

Había embarrancado en las arenas, con aroma de barca sin destino. Aire, quizás espacio, como nada que abunda en un espejo, su cuerpo parecía tallado en transparencia de la más ensoñada fragilidad marina. Debió de naufragar muy poco a poco, porque su piel estaba teñida de azul lento.

Me vino a la memoria la inquietante postal que guardaba mi madre: una pálida niña que yacía, con las alas cortadas debajo de la luna.

Espumeaba el agua muerte y sed. Tuve un escalofrío.


Despacio, me alejé con el poniente. Sabía con certeza que esa noche, no podrían ejercer su influjo las mareas. Las estrellas de mar brillaban en el fondo.

INTERIOR CON CÍRCULO DE LUZ A mi hija Myriam

La tarde se ha tendido mientras tu dedo imprime un Peter Pan al vaho de los cristales.


Me pides que te cuente la historia de la niña que llega con la lluvia; la niña sin sonrisa que se asoma, pegando la nariz a la ventana. Todo el aire del cuarto está dispuesto; tu boca recogida. Una urgencia de gotas, ajena a nuestros nombres, tabletea. Érase, ya hace mucho, una niña de agua, a la que le crecían innumerables lotos en los ojos y pasaba dejando mal cerradas las fuentes...

Tus diez años se rinden. Caen tus párpados. Cierra su círculo la luz en tu mejilla y tu perfil recuerda a un ángel de interior, dormido en un pincel de Boticelli.

Lentamente, me pruebo tu ademán al espejo y se me quita el frío.


CARMEN DE SILVA VELASCO

MESA DE DESPACHO

Aún conservabas el sabor a bosque, cuando tu altivo tronco se convirtió en tablero de mi mesa.

Con un canon pactado con tus dueños yo te invité a mi vida de agasajo.

En tu entraña, aún se percibía el cruel latigazo de la sierra que te abatió hasta el suelo, atado con la soga del escarnio.

Tus hojas ofendidas se quedaron maltrechas en el bosque, y entre ellas algún pájaro muerto


al intentar la huida hacia otro árbol, rescatando a las crías atrapadas en marañas de lutos y de ramas.

Luego, te dieron forma, bautizaron con marca tu estructura igual que a los esclavos, grabaron en tu cuerpo su divisa acordando tu precio.

Cómo es posible esa metamorfosis de libertad bajo los cielos, a esclavitud en el despacho de una vieja poeta.

Pasar de albergar pájaros y hojas, a posar en tu espalda, otras hojas con versos de Horacio, Lorca, Calderón o míos de los que tus oídos de madera no conocen las voces, confundiendo con céfiros y cierzos las cadencias y el metro.

Cerca de ti existen más esclavos.

De qué mina y con cuántos sudores se consiguió la plata que encarcela la foto de mi boda, y qué gusano babeó la seda de mi traje nupcial. La piel de mis zapatos, qué cuerpo de animal la vistió


o quĂŠ oveja se abrigĂł con la lana de mi mullida alfombra.

Hay tanto esclavo amenizando vidas de ocio y acomodo, que hoy me siento negrera, explotadora, dĂŠspota, tirana y hasta un poco pirata al escribir poemas en mi mesa.


LUIS ARRILLAGA

AGUA Y SILENCIO A Charo Santiago, con un ramillete de eternidad.

Cercenada la mano de las sombras, el agua oculta se derrama para dar vida al beso de la yerba, un beso que renuncia al poder y los clavos cuando, en la noche sin sonidos, una música surca los ojos entreabiertos mientras los labios sangran la distancia y el llanto de los sauces se desploma sobre el arroyo mudo. El agua, sí, descubre manantiales donde la voz se esconde, porque el silencio se agazapa como tigre sonámbulo, el silencio adorna los tumultos de un alma con espinas. Agua y silencio para amar la fiebre y la santa caricia de la tarde. No hay traición en la carne sojuzgada


ni flor abierta de abandono, sino ternura de domingo ausente para las horas invencibles.


NICOLÁS DEL HIERRO

DÚCTILES ALAS (Tras la divulgación de una noticia de maltrato infantil)

Ellos la pegaban con un palo, la llamaban canija, aun cuando vieran en sus ojos un torrente de lágrimas creciendo.

Sin freno el diccionario, mostraban su crudeza desde los labios paternales/ maternales, que amor debieran ser.

La sinrazón se impuso sobre la dúctil ala de su entraña infantil: una tormenta indómita en la estirpe de irreflexibles lobos, a manera de padres, la devoró en la noche de su llanto más crudo y solitario.


Qué importaban después las leyes de los hombres, la aplicación del código, si ya el maltrato puso en riesgo las alas de los ángeles.


CRISTINA COCCA

“DIARIO DE ALGUIEN QUE CUENTA LA ESPERANZA”

día 1 (atardece)

Vendrás sin yo saberlo. Traerás una luz prendida en los zapatos, la arena deslumbrada debajo de tus huellas.

La dejarás en todos los huecos de la casa, encima de la alfombra, detrás de los sillones y en cada habitación por donde olvidas la impronta de tus sueños.

Y, al caerse la tarde de golpe ante mis ojos, me contarás que el mar te ha regresado.

Descubriré que ocultas un candeal crepúsculo a tu espalda,

el sol en tu mochila y por delante,


heladamente oscura la tristeza.

Vendrás sin yo saberlo. Para que todo siga igual en los relojes, para que nadie pueda tocar nuestra memoria.

Y me hablarás del agua que te dejó el salitre rendido en tu velamen, de la niebla caliente dibujada en la proa de tu barco y ese bullir de peces al borde de tus botas.

Y encenderé la tarde, no vaya a ser que creas que anochece temprano por dentro de la casa.

día 2 (por la noche)

Llegarás con un leve revuelo de gorriones al fondo de los patios. Quizás se desbarate una bruma de sal entre tu pelo


y veas que nos crecen todavía el jazmín y las granadas.

Llegarás a mi piel, oscuramente tuya, demorado su tacto, tangible y renovada sobre la ardida luz que ahueca los espejos, silenciando en la luna su desnudez primera.

día 3 (acaso es madrugada)

Cristóbal Toral

Dejarás la maleta donde antes había ese baúl de viejos pergaminos,

de barcos de papel con las letras más grandes del periódico, ese baúl que fuera


secreto recipiente de nostalgia.

Tal vez en tu equipaje aún conserves un corazón de lluvia pegado a tus abrigos, el cálido plumón de tus embozos y esa melancolía que deshoja los árboles aunque sigan creciendo los recuerdos.

Quizás en los armarios se prolongue el mineral perfume de mi ropa, no vaya a ser que pienses que todo está vacío.

Recordarás que en otra amanecida, llegaba a las ventanas el hondo memorial de las tormentas y el mar desordenaba la luz entre los charcos.

Quizás no necesites llamarme desde el viento ni que la soledad me escriba tu mensaje. Amarrarás tu voz a mis balcones y sobre las aceras, el color veronés que tiene el alba.

Vendrás sin avisarme. Para que pueda el mar quedarse entre tus ojos y, en mi boca, la manera más fácil de nombrarlo.


ALEJANDRO MORENO ROMERO

A MARINA MARTINOTTI “La densa miel de Italia con el limón nuestro...” F.G.L.

Cabalgando palabras entre limón y miel, me llegó tu alegría de alud recién nacido y se me abrió en las manos toda la verde entraña de tu peregrinaje:

Mi tierra por tus ojos, nuestra lengua, de bronce deslumbrado, meciéndose en tu lengua de conmovido acero. Y tu voz, tan lejana, desplegándose


por el claro olivar de tu escritura.

Gracias, por ofrecer tus labios y tu pecho a los antiguos cantos de mi gente.

Gracias, por regalarnos tu cariĂąo envuelto en la salada mĂşsica de tu nombre.


ISABEL MIGUEL

No soy Ángel González y no me gusta el güisqui. Yo nací en otra tierra menos verde y más amarga. De puro diferente soy mujer y no ángel, aunque también me muerda las uñas o las alas. No he vivido una guerra, no he trabajado lejos de mi patria. Poco en común tenemos, tan sólo el placer de fumar y esta adicción perversa a la escritura. Pero soy Ángel, soy Ángel en sus versos,


soy quien escribe, quien late vida en letras en convulsiテウn de tripas y de alma.

Si veis a テ]gel Gonzテ。lez comentadle que siguen retoテアando sus palabras.


ANDRÉS R. BLANCO

UNIVERSAL La sombra que nos sigue. La manera de hacer fuego y ceniza las jornadas. El cielo que nos une. Y las pisadas buscando sin cesar nueva frontera.

Los ecos que admiramos. La quimera de darle nuestros sueños a las hadas. El mensaje sutil de las miradas que a nadie compromete −ο a cualquiera.

Lluvia y sol nos traspasan si es que amamos. Y el miedo, y el dolor, y la derrota son dioses de la noche ante los cuales

esperanza y valor acrisolamos. Y al cabo es el silencio el que denota que somos −a excepción− todos iguales.


ANA Mª CASTILLO MORENO

MANOS INFINITAS En el cristal de sus manos yo vi la huella del hombre que con sus versos bebía, a grandes sorbos, el fuego.

Eran manos infinitas, con surcos de sembrar hondo. Pocos supieron que un nido de enamoradas cigüeñas, entre sus dedos gozaba la tibieza del donaire.

Manos altas que arrostraron las negras nubes del tiempo y fueron cantil de luz sobre el pecho de las flores.

(del poemario "El Despertar de las Adelfas")


CONCHITA GARCÍA DE LOS ARCOS

TRANSPARENCIA

Me busco en el espejo, hace mucho que se rompió mi imagen.

Giro la cabeza y ya no tengo sombra.

Me estoy volviendo pequeña, vulnerable, quebradiza

como la noche del aire.


ROLANDO REVAGLIATTI

A PAUL ELUARD

Resulta que lo escribo en argentino y en el invierno de Buenos Aires, releyéndote en mi casa, tomando mate y comiendo unos bizcochos

Sucede que la evocación transcurre también en bares del Centro de mi ciudad y en la periferia de la dedicatoria se arraciman perfiles emocionados


Resultado de que lo escribo en argentino sucede un tango - ¿o es milonga? –

Sobre La Rosa Pública y El Duro Deseo de Durar escribo tu nombre.


ÁNGELES LENCE

EVALUACIÓN La vida es un problema difícil de resolver: ninguna solución es exacta, la incorrecta penaliza. La media de aprobados es muy baja y no puede recuperarse la materia.

Reivindico un No Presentado en mi expediente.


FERNANDO FIESTAS

“YA NO QUEDAN PREGUNTAS”

Ya no quedan preguntas que horaden las palabras en busca del candor perdido: la vida es un trayecto donde se puede caminar con el corazón en la mano.

Ya no quedan preguntas en este mundo de vestigios donde se explica con señales las dimensiones del silencio.

Hay que enfrentarse a lo inmortal regresando a la infancia a través de los juegos olvidados.

No, no quedan preguntas


mientras los pasos enflaquecen hasta la esencia de unos colores que se olvidan cuando dejamos la niĂąez.

Prefiero abandonarme a la apariencia de los grises para cuando me mire en el espejo sentir que soy el Ăşltimo erotema de mi esperanza.

Cuadro de Fernando Fiestas


VICENTE MARCOS CALLAU

CENTENARIO DE LA GRAN VÍA MADRILEÑA

“Hoy aquí el morado de las banderas pinta de olvido esta ciudad impía El dolor instalado en tus ojeras las fronteras de esta poesía

El bordado que lleva a tus caderas se ha diluido en mala ortografía Se han derrumbado estas escaleras y en tus laderas, la gota fría

Pero es tan cierta esta soledad es que, es tan negra esta oscuridad que no me cabe en este poemario


¿Cómo cantarte que tengas piedad sin poder contarte toda la verdad sin cuentas que contar en el rosario?

En una copa de cristal bohemia un bohemio acelera su agonía Mientras espía del sol su anemia la luna crece como una ironía

Hoy su enfermedad parece pandemia su alcoholemia es más que una manía travesía imposible a la abstemia Dejar de beber es una herejía.

El clochard seguirá en su navegar sin otra cosa que poder contar sin un claro destino portuario

Hace tiempo olvidó lo que era amor Hace tiempo dejó de vista el mar Hoy no quiere hojear el diccionario

Hoy tu ausencia es lágrima callejera duermevela de inocencia tardía Cuento las mentiras de una embustera forastera de noche que se enfría

Por suerte aún no hay calavera en el reflejo que el espejo envía Por suerte aún tengo quien me quiera y ya no hay deseo en tu tranvía

Camino y ya no recuerdo quién era aquella mujer que me despedía


y así me convertía en un cualquiera Don Nadie hoy renace en Gran Vía

¿Cuántas veces me salvó este bulevar! ¡cuántas noches me hizo despertar! Hoy para mí es un lujo de escenario

Es aquí donde quiero actuar Reinventarme, cada noche representar Un bulevar que hoy es centenario.”


NARRATIVA


JOAQUIN MARTÍNEZ

Galopar entre las nubes

Contempla el cielo teñido de rojo y malva en las horas del ocaso. Se estira cuanto puede, con los brazos hacia arriba y de puntillas. Mira hacia ambos lados. Nadie. Se quita toda la ropa y entra poco a poco en el río a cuya vera había montado un pequeño campamento y encendido una hoguera. En sus dientes porta un pequeño cuchillo de piedra afilada y madera endurecida al fuego y, en su mano izquierda, un bastón de unos cincuenta centímetros con símbolos pintados en negro y carmesí. Comienza a tiritar y contrae su arrugado rostro pero no sale del agua.


Con esfuerzo llega al centro del cauce y mira río abajo. Sobre la línea del horizonte, una nube se asemeja a un bisonte, lo que él interpreta como un buen augurio de los dioses para continuar con el ritual. Estira entonces su brazo izquierdo con el bastón bien aferrado frente a él. El brazo derecho lo levanta por el costado hasta estar paralelo al agua. Cierra los ojos y, haciendo un arco pronunciado, toma el cuchillo de sus dientes con su mano libre y vuelve a estirar el brazo a su posición anterior. Mantiene el equilibrio gracias a sus fuertes piernas, impropias de alguien con los años que su faz refleja, y la corriente no logra arrastrarlo. El murmullo del agua chocando con las orillas le recuerda a la voz profunda del padre de su abuelo cuando le enseñaba frente a una hoguera la antigua lengua de los anasazi y le contaba cómo ya estaban todos ellos reunidos con los señores de la pradera y el bosque y solo quedaban los rituales que se transmitían de padres a hijos y de abuelos a nietos. Mientras murmura unas palabras en la lengua de los desaparecidos, realiza cuatro cortes paralelos con el cuchillo en el antebrazo izquierdo y deja caer la sangre al río. Ninguno de ellos hace cambiar su gesto de concentración. En sus párpados cerrados ve formarse las imágenes de los gigantescos rebaños y en sus oídos retumba el estruendo de sus pezuñas al tocar la piel tensa de los infinitos prados en los que pastaban hacía incontables lunas. Su cuerpo empieza a temblar mientras su voz se eleva. Con un último grito finaliza el cántico. Abre su mano y deja caer el bastón. Encerrado en el mutismo, lo observa alejarse hasta que pronto lo pierde de vista. Sus ancianos ojos ya no atraviesan la noche como antaño. Con dificultad abandona el río y se dirige al campamento. Se viste pronto y aviva los rescoldos humeantes de la fogata. Cuando las llamas son los suficientemente altas y hacen más profundas sus arrugas, el hombre saca una pipa tallada de su bolsa de cuero y la prepara para disfrutarla. Su propia mezcla de diversas hierbas aromáticas sirve para alejar a los insectos y renovar el calor perdido en el agua. Pasa una hora en vela contemplando las llamas, buscando un patrón en las lenguas que bailan con el viento, tratando de interpretar las señales ocultas. Empieza a cabecear y sus ojos parpadean. Pone una manta sobre sus hombros, aspira los últimos resquicios de su pipa, cruza las piernas y cierra los ojos, al tiempo que deja la pipa a un costado. Murmura unas palabras y balancea su cuerpo.


El escenario cambia. El anciano se encuentra en una vasta llanura donde ve a enormes animales pastando libres. Entre ellos destaca una gigantesca hembra con pelaje completamente blanco. La reconoce como la primera de todos. La madre surgida de una pluma del abuelo Halcón, caída en la nieve y arrastrada por el viento del norte hasta las llanuras donde Coyote echó su aliento y le dio vida. El hombre se estremece al sentir una brisa que él toma como el hálito del dios. Su cuerpo cambia. Cae al suelo y sus piernas y brazos se tornan en poderosas patas. Un tupido pelaje negro cubre ahora todo su cuerpo y su tamaño crece hasta ser mayor que el de todos los bisontes excepto el de ella, a quien casi iguala. Se acerca a la inmensa manada y ve cómo todos sus miembros se apartan, abriendo un pasillo que lo conduce hasta la gran hembra. Cuando ambos se reúnen en el centro del grupo, el hombre-bisonte siente los pensamientos de ella fluir a su cerebro. Le habla del origen de todo, del cosmos, los planos y los mundos. Ante sus ojos discurren imágenes de seres y formas desconocidos, grandes lagartos y diminutos seres de muchos brazos y ojos que nunca han existido en esta tierra. Él comprende y su hocico sonríe. Una pausa y después una pregunta: “¿Estás dispuesto?” Asiente y bufa para remarcar su gesto. Ella le entrega entonces el último conocimiento, el saber de lo que aún está por venir. La locura viste los ojos del gran animal negro y se siente caer, atravesar el tejido de la realidad a medida que empequeñece y pierde cuernos y pelaje. Sus extremidades vuelven a ser humanas. Finalmente, abre los ojos. La hoguera está apagada y los primeros rayos del alba atraviesan las frondosas copas y tiñen de oro viejo las aguas. El hombre se levanta a tientas. Sus ojos ya no ven


aunque aún pueden llorar. Lágrimas por lo que aún no ha pasado. Una imagen es lo único grabado en su mente: la Nada.

Dos jóvenes exactamente iguales se acercan por entre los árboles. Las hojas caídas no crujen bajos sus pies enfundados en mocasines. Sin decir palabra, se acercan al tembloroso anciano y lo toman de los brazos. Su tacto es extraño. Etéreo. Efímero. Caminan juntos nuevamente al río. Sólo el viejo deja una estela en el agua. Se dirigen hacia el horizonte, donde una nube con forma de gran bisonte les contempla desde lo alto unos minutos antes de galopar y deshacerse entre los cielos. Los tres caminantes se funden con el entorno y desaparecen entre las aguas acariciadas por las ramas bajas de los abetos.


© ANTONIA PONS COCH

El eslabón perdido de Dios

La niebla parecía disiparse. La luz se estaba haciendo un hueco, lentamente. Se sintió cansada y se vio en el espejo como si fuera una extraña. Estaba más delgada y un rictus de lasitud rodeaba su boca. Su expresión era de derrota resignada, como si hubiera tenido que hacer frente a un duro cometido por el que ya no tenía que luchar. Quiso mover las manos para retirar un mechón de pelo, siempre tan rebelde, de su frente en un gesto familiar y cotidiano, sin embargo se entregó a la placentera inercia de la pasividad. Sin intentar mover la cabeza, bajó la mirada hacia sus manos, preguntándose el motivo por el que esperaban su control para ponerse en movimiento. Cerró los ojos y se dejó llevar por entre los vericuetos del espejo, lánguidamente hasta su propio abandono.

Una lágrima, hermana de tantas otras, quedó a medio camino de su mejilla hacia su boca. Pero se sentía, en su cansancio, por fin, libre.


Sin venir a cuento, recordó en el espejo su vestido blanco de novia y la ilusión mezclada de temor por la inseguridad de afrontar una vida en la que ella sería la protagonista de sus sueños…sueños…sueños… Se envolvió en la palabra y algo semejante al sopor pareció ceñirla, rodearla y luego alejarse. ¿Dónde se había quedado en su recuerdo? ¡Ah, sí! Su vestido de novia. Sí. Y el escalofrío de placer de verse reflejada en los ojos de Roberto.

Otra lágrima empapó sus pestañas y salió de la mancha cárdena y tumefacta que convertía en paleta de pintor sus párpados y sus pómulos. ¿De qué estarían hechas las lágrimas de una mujer?… La respuesta salió de lo más profundo de su vida y de si misma…están hechas de silencios húmedos y sonrisas transparentes, de ternuras compartidas y soledades absolutas, de mudas despedidas y luz de amaneceres, de niños interiores y del alma de los besos, de piedras del camino y lecciones de la vida, de amor vertido y derramado y de océanos condensados de dolor. Nunca, en su mente adolescente, había asociado el amor al sufrimiento y al dolor. El amor era para ella algo mágico que le permitía prescindir de todo lo demás. Era sueño, latido, luz. Era un sentimiento capaz de relativizarlo todo. El tiempo, la sed, el hambre, los amigos… Necesitaba amar y Roberto fue el objeto hacia el que dirigió todo el caudal de sentimientos que su corazón era capaz de sentir y de inventar. Su vida estaba


enteramente orientada hacia él. Enlazada con la de él. Fagocitada por él. Y esta atadura parecía que la hacía libre. Sin embargo, nunca pensó que la hiciera vulnerable. Sintió un pinchazo en un brazo, pero no pudo volver la cabeza para ver la causa de la molestia. El sopor pareció volver para alejarse de nuevo. El espejo. Tengo que regresar al espejo. La imagen le devolvió otro vestido blanco. ¡Cuánto tiempo había pasado desde aquel vestido! Tenía ocho años. Su primer vestido largo. Blanco e inocente, entre otros muchos vestidos blancos inocentes de sus amigas que se contemplaban mutuamente y que sus pies ahuecaban haciéndolos girar y girar hasta convertir sus faldas vaporosas en torbellinos de lazos y organdí. Su madre, como la echaba de menos, lo guardó y ahí estaba todavía, envuelto en vapores de naftalina, en el arcón que compró en un mercadillo medieval. El color blanco se había roto. El tiempo, indiferente, había mancillado su infancia. Y en el espejo, pintados la memoria y el recuerdo. La retahíla de las oraciones y el catecismo…El primero, amar a Dios. Roberto era su dios… El segundo, no tomar el nombre de Dios en vano. El nombre de Roberto nunca se pronunciaba en vano. Ni siquiera cuando estaba sola y le salía sin pensar, deslizando cada sílaba con un roce de sus labios, como quien besara el aire que él respira… El tercero, santificarás las fiestas… ¿Fiestas? ¿Qué fiestas? ¿Es que todavía había fiestas en la vida de la gente? No había nada que santificar. Hacía mucho tiempo que todos los días eran, para ella, idénticos. Como los garbanzos de un puchero… El cuarto… el cuarto era… honrarás a tu padre y a tu madre. Eso es. El quinto… No podía recordar el quinto y era incapaz de continuar la cadena, habiendo perdido un eslabón. Luego me acordaré. ¡Mira que venirme esto a la memoria! ¿Qué decía el quito mandamiento?... Se empecinó sólo una vez más. Para ella, Dios se llamaba Roberto. Apenas cumplidos veinte años, se asomaba a un mundo mucho más complejo que el lineal de me “ajuntas” no me “ajuntas” de las amigas del colegio o me quieres, no me quieres de los ligues adolescentes. Estaba un poco aturdida y atemorizada de aquel ramo de novia que la precipitaba en brazos de Roberto. Realmente se sentía insegura por muchas cosas, pero en aquel momento su inseguridad estaba materializada por los altos tacones que martilleaban las baldosas de la iglesia y por si siempre su vida se vería así de hermosa. Lo que la permitía avanzar `por el pasillo interminable hasta el altar, olor de incienso y cirio, frufrú de raso y seda, majestuosas notas desgranadas desde un órgano, era la fe ciega en el amor de su marido.


La primera vez que le pegó, dejó en su mejilla derecha cinco lenguas de fuego. La mejilla derecha. Roberto era zurdo. El catecismo que tuvo que aprender de pequeña para ponerse el primer vestido blanco decía que, si te pegan en la mejilla derecha, hay que presentar la izquierda… Esta evocación la llevó de nuevo al camino en el que antes se había perdido. Pero, ¿cuál era el quinto mandamiento? Seguía sin poder evocar algo que en un tiempo recitaba de corrido y sin tener que pensar en lo que decía. ¡Si pudiera recordar el sonsonete con que lo acompañaba, seguro que las palabras volverían a ser importantes y regresarían a su memoria!

La mejilla izquierda. Debía ser un error del catecismo. Las mejillas no están para eso. Las mejillas están para la caricia y para el beso cálido de la amistad y de los niños, para sentir la piel y el calor del afecto que te acoge, están como cunas para el rubor inocente y como lienzos para el color apasionado del sol. Son caminos por los que puedan discurrir y entregar las lágrimas de felicidad y amor… no para dejar prendido en ellas lenguas de rabia, dolor y fuego. Se quedó dolorida y humillada. Decidió guardar silencio. Era demasiado vergonzante y no quería ver en los ojos de los demás la mano de su marido lanzada hacia su rostro… el rostro que él también besaba… Si la imagen de él quedaba lastimada, ella no podría resistirlo. Y su orgullo no le permitía decir al mundo que su vida era un fracaso. Y además… le quería. ¿Qué sería de ella sin él? La culpa es mía, se dijo. Él era tan inteligente y ella tan poca cosa ¿por qué creía ella que alguna vez podía tener razón? Pero no era necesario humillarla delante de los demás. Tenía asumida su insignificancia, no era necesario exponerla al escarnio público. Si yo no le hubiera contrariado, si hubiera sido más sumisa, si hubiera dejado el trabajo


que tanto me costó conseguir pensando que la admiración que él dedicaba a sus amigas independientes se volcaría también en ella, si no hubiera contestado al saludo del vecino, ni siquiera sabía su nombre, con el que coincidía cada mañana en el ascensor, buenos días, buenos días, si se hubiera bajado el dobladillo del vestido, si se hubiera quedado en casa, si no hubiera respirado, si… Se sentía torpe, insegura, desorientada…sola. Había perdido toda capacidad de respuesta y abandonada la esperanza de que su vida pudiera parecerse alguna vez a la vida que imaginó caminando con un ramo de jazmines en la mano, bajo las notas ingrávidas de un órgano que sonaba para ella. Los vestidos blancos son de una delicadeza absoluta. Enseguida se nota un roce, una mancha. Cualquier mota atenta contra la esencia misma del color. También la violencia iba contra la esencia misma del amor. Nunca, en su mente adolescente, había asociado el amor al sufrimiento, pero ahora se había roto la magia y este amor había sido contaminado. Como el vestido. Pero ni siquiera contaminado y ausente de magia podía renunciar a él ni destruirlo. Las imágenes contenidas en el espejo y ella se encontraban en dimensiones diferentes. Y en dimensiones diferentes se hallaban también Roberto y el amor. Tan diferentes y antagónicos que no había conciliación posible. Sin embargo, ambos se acunaban en su costado. Imposibles de conjugar, expoliando su inocencia, carcomiendo su juventud. Ni el tiempo ni los sueños ni los amigos eran ya tan siquiera relativos. Habían perdido hasta su razón de ser. Ni siquiera era capaz de verlos en el espejo. Pero los sentimientos y ellos dos se habían convertido en términos absolutos. Era el todo o nada. Y a ella le había correspondido convertirse en nada. Le faltaba el aire. Percibió voces que creía conocer, pero se sintió invadida por una sensación de irrealidad que la obligó a buscar refugio en su propio mundo. Era una escapada del dolor físico y del lastre de las piedras del alma. Volvió a concentrarse en el espejo que le devolvía una imagen que parecía cada vez más real y alejada de brumas que difuminaran su entorno. Aquella nueva luz le ofrecía una inesperada sensación que excluía la pesadumbre, el quebranto físico, el dolor moral y la culpa de ser ella como era. No podía dejar que, de nuevo, la niebla se hiciera sólida por momentos. No podía disipar aquella luz. La luz en aquel espejo con su imagen que, como el de Alicia, parecía tener camino a alguna parte. Y se entregó. Llevaba un vestido nuevo y había flores y su imagen sonreía. Estaba hermosa. Más hermosa que el día de su boda. No había cercos en sus ojos ni marcas en su cara. Una mano, que reconoció al


instante, se posó sobre la suya. Su madre. Percibió como un beso levitaba para dejarse caer con suavidad sobre su frente, acompañado del suave y cálido aleteo de una respiración. Sintió el amor sin condiciones, sintió que era importante para alguien, sintió que no estaba sola. Todos los besos del mundo que merecía y la vida le había negado se materializaban en su frente. La mano de su madre apretó la suya como cuando era pequeña y la empujaba a caminar, a salir al mundo. La envolvió una sensación de paz que desconocía hasta entonces y un sonsonete infantil empezó a recorrer su mente. En seguida aparecieron las palabras, sólidas, rotundas, pero esta vez tenían sentido. Se deslizaron como burbujas de luz y se colocaron obedientes, físicas, concretas, claras en sus labios que no se movieron… el quinto… no matarás…

Fotografía de Cristina García Rodero


SALVADOR VAQUERO MONTESINO

La leyenda de la guadaña oxidada

Hubo un momento de indecisión en su mirada, atento a aquel diablo vestido con ropajes de irritantes colores que surgían en su retina, anunciándole la sangrienta ejecución. Un tiempo en que la vida se detuvo, el aire húmedo se hizo sentir sobre la arena y todo pareció irreal, lejano y confuso, imposible de ser cierto, como un cuadro jamás pintado, como el amor que un día surgió de las entrañas del viejo bosque y que, durante tanto tiempo, fue la única preocupación de su salvaje vida. Ahora quedaban lejos las tardes de otoño en el encinar, cuando sentía latir con fuerza todo su poder al amparo de la vigilante mirada de su madre. El mundo no tenía límites, y sólo las águilas que alcanzaban los cielos parecían conocer secretos que a él le estaban vedados. En sus recuerdos volvieron en aquellos instantes las imágenes más entrañables de su niñez, cuando apenas podía seguir siquiera los pasos de su madre, aterrado por los ladridos de los perros y la mirada del amo. Cuánto echaba de menos aquellos lejanos


días con sabor a leche caliente, sudor materno y largas caminatas por el alcornocal, observando a los zorros escabullirse entre los zarzales en busca de pájaros y conejos despistados, o avistar a las jinetas gateando por las ramas desnudas ahora de corcho, desapareciendo en las altas ramas de los árboles y volviendo a aparecer con los tiernos ocupantes de algún nido.

Tenía entonces terror a aquellos pajarracos de ojos grandes que surgían en la noche y se posaban sobre los tocones de viejos alcornoques, en su mente de chiquillo le parecían surgir de los avernos y buscar un momento de descuido de su progenitor para arrastrarlo lejos, hasta el confín de la tierra, donde enemigos terribles darían cuenta de él. Hasta que un día su madre le dijo que no debía temer nada de ellos, que su poder rebasaba ya en mucho el de los viejos búhos y eran ellos quienes deberían ponerse a salvo de sus nacientes armas. Y por primera vez supo entonces que su raza estaba templada por el acero de los siglos, y descubrió aquellos pequeños bultos que se le antojaron molestos caprichos de la naturaleza pero que, según su madre, le convertirían en poco tiempo en el rey de las dehesas, sin enemigo invencible ni súbdito que no respetara la razón de sus armas. Junto a él, muy cerca de su madre, otras hembras deambulaban seguidas por sus retoños, tímidos como él, que a veces corrían por los prados, alejándose unos metros de la seguridad de sus progenitores, para volver impetuosos, galanteando de sus hazañas. En una de esas ocasiones una veloz carrera le puso frente a Beleña. Ella se mostró arisca en un principio, y casi se asustó cuando se acercó a oler de cerca su piel sudorosa, oscura y tersa, como su propia mirada. Tardaron un rato en romper el muro de la desconfianza, pero desde aquel día toda su vida comenzó a tener un sentido especial. Nada más despuntar el amanecer buscaba a Beleña con la seguridad de que junto a ella


todo sería más estimulante, más indómito, más inescrutable, y el mundo se abriría a ellos con toda la aventura que los mayores parecían desdeñar. El mundo no tenía límites, o al menos así se dibujaba en sus recuerdos de infante. Corría junto a Beleña siguiendo a la manada, adelantándose para beber en los arroyos, escondiéndose tras las encinas e imitando a la vieja Loira, cuyo mal carácter era por todos conocido. La dehesa parecía interminable, lejana hasta el infinito del horizonte, donde nadie sabía a ciencia cierta si había o no un final. Ni siquiera los más viejos de la manada habían corrido más allá de los prados del norte, en lo alto del valle, donde nevaba en los inviernos. Algunos decían que más allá la dehesa seguía siendo infinita, porque fuera de la dehesa no había nada. Otros, más cautos, hablaban del amo, y afirmaban que tenía un lugar donde llevaba a los elegidos, otorgando a algunos el derecho a la eternidad y condenando a otros a suplicios interminables hasta su muerte. Fueron aquellos días los más hermosos de su pasado. Siempre había algo nuevo que descubrir, algún animal al que asustar con una rápida carrera. Y por supuesto estaban los días del terrible sol veraniego, que les hacía sestear bajo las encinas, y las tardes maravillosas, interminables, recortándose en el horizonte cada vez más pronto a medida que pasaban los días y el otoño hacía amarillear las hojas de los grandes robles.

Una de esas tardes, en las que los ciervos mugían en el corazón del monte, conoció a Torvisco. Era poco mayor que él, pero su porte le hacía parecer ya casi un adulto. En su primer encuentro apenas si se miraron, permanecieron un rato uno cerca del otro, vigilándose por el rabillo del ojo, y luego Torvisco le hizo frente sabiendo que su superioridad no encontraría resistencia alguna. Pero se equivocó, él no estaba dispuesto a que aquel grandullón pudiera amedrentarle sin sentir el nervio que le afloraba en sus entrañas. El envite pilló de sorpresa a Torvisco, que retrocedió


alarmado, después se rehizo y miró de frente a su virtual enemigo, con esos ojos negros tan profundos como las noches más oscuras del bosque de encinas. El duelo no pudo ser y no fue. A la primera arremetida él sintió por primera vez el golpe de unas armas nacientes sobre su costado. Fue un empujón largo y furioso, nacido de muchos siglos de luchas celtas en la vieja Vetonia. Vencido, humillado, agachó la cabeza en señal de sumisión, y Torvisco se dio por satisfecho. No era necesario seguir. Era el más fuerte y en el futuro sólo existiría entre ellos la amistad, sin resquicios de violencia. Pero lo más terrible de aquellos días fue la muerte de su madre. Había un regato crecido en medio del valle y toda la manada comenzó a vadearlo por su parte este, saltando por el lugar donde las piedras lo hacían más estrecho. De un brinco pasó el obstáculo sin problema alguno, mostrando como estaba creciendo muy rápidamente, pero cuando se volvió para ver a su madre apenas pudo descubrir su silueta tropezando torpemente y cayendo de lado sobre el arroyo. Al principio parecía que aquel incidente no tendría importancia, pero su madre comenzó a mugir de dolor. Por más que lo intentaba no conseguía ponerse en pie. La mala suerte había querido que bajo las aguas se encontrasen escondidos los restos de una guadaña oxidada que se había clavado en su pecho. Las bravas aguas se transformaron entonces en un torrente de sangre impetuosa, mientras los mugidos lastimeros hacían presagiar la llegada de la muerte. Alguien intentó apartarle de aquella escena, mientras el resto de la manada arropaba la agonía de la condenada, pero él no podía imaginar que el ser que le había dado vida y protección fuera a morir. Ella era invencible, lo había demostrado una y otra vez defendiéndole contra todos los enemigos del bosque, le había dado la seguridad de su poder infinito, no era posible que un simple accidente pusiera en peligro toda aquella magnificencia. Fueron minutos terribles, entrecortado el silencio del atardecer del encinar por los lamentos moribundos de su progenitora mientras se desangraba lentamente. Después las aguas cada vez fueron menos rojas y el cuerpo quedó tendido en la orilla, a la espera de que con el nuevo día una corona de buitres viniera a buscarla para llevar su cuerpo hasta la tierra prometida. Se abrió entonces en su vida una época solitaria y distinta, en la que los cambios se fueron sucediendo como los meses, convirtiéndole día tras día en un joven robusto, bien proporcionado y peligrosamente armado, que podía correr brioso por los llanos sin temer a nada. Quedaban lejos los temores a las aves nocturnas del bosque. En alguna ocasión, para romper el maleficio de sus antiguos miedos había salido tras un búho,


cómodamente posado sobre el tronco de un árbol carbonizado por un rayo, y veía entonces con satisfacción cómo el temido fantasma de sus sueños de niño escapaba aterrado a su acometida.

Ahora podía hacer frente a Torvisco, que tenía un tamaño bastante similar al suyo, y empujarse ambos por los llanos, hasta que el agotamiento hacía que uno de los dos lograra hacer retirarse al otro varios metros, o en uno de los empujones uno de ellos perdiera el pie y tuviera que darse momentáneamente por vencido. Olía como aquella tarde, a tierra mojada. Los negros nubarrones prometían descargar toda su furia sobre aquel escenario donde él era actor principal sin saber qué papel le había deparado la vida hasta aquel instante, el momento en que vio el rostro tenso de su verdugo, agrietado por la decisión de terminar de una vez por todas con la sentencia de muerte. Quién y por qué le condenaron. Una y otra vez se preguntaba qué maleficio había obligado al amo a buscarlo en los prados y separarle de sus amigos, de Beleña, de Torvisco, de sus recuerdos de infancia, acorralándole sobre aquellas extrañas bestias que escapaban como el viento a sus intentos de defenderse y golpeándole con aquellos palos largos que le habían hecho tanto daño. Fue uno de los días más terribles de su vida. Por primera vez conoció seres más poderosos que la manada, extraños diablos surgidos de las leyendas que una y otra vez le habían contado, hiriéndoles con largas extremidades para separarles del resto de sus seres queridos. También por primera vez conoció el miedo en los ojos de Torvisco, y en los del resto de jóvenes que fueron conducidos hasta un corral. Después vino la espera, fuera se escuchaban gritos entrecortados, y entre ellos se rumoreaba que se trataba del bautizo de fuego. Nada había oído hasta entonces del bautizo, pero muy pronto sintió como una rama le atrapaba por la cabeza y las patas, y le sacaban a tirones hasta la


arena, dejándolo inmovilizado sobre el suelo, presa de un miedo desesperado y terrible. Después sintió la mordedura del fuego sobre su carne, un dolor intenso que le obligó a lanzar un mugido desolador, pidiendo ayuda. Segundos más tarde le soltaron, y pudo levantarse e intentar huir arrebatado por el miedo, juntándose con el resto de los jóvenes que también habían sentido la quemazón. Allí estaba Beleña, llorando, y Torvisco, lamiéndole tiernamente la herida cuya cicatriz triangular se repetía en los cuartos traseros de todos ellos. En aquel instante no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero bastaron unos minutos para comprender que ya nada sería lo mismo. Por un momento tuvo la impresión de que aquellas extrañas bestias le habían elegido, como a tantos otros, para hacerle participar en el viaje del que según la leyenda nadie retornaba. Las viejas historias de Cantueso, el viejo semental que retornó un lejano día con heridas en su lomo, comenzaron a cobrar vida. Os llevarán a un lugar terrible, les dijo, os increparán mientras varios os atacarán hasta la extenuación, después entrará uno de esos monstruos y os abrirá las entrañas, pero no cejéis, luchad como lo hice yo, hasta conseguir doblegar sus fuertes patas y abatirlo sobre la arena. Sólo el valor os permitirá la clemencia de los amos y si volvéis las heridas cicatrizarán y los inviernos ya no serán tan terribles. La tierra pareció entonces abrirse a sus pies y conoció los temblores del miedo. En sus sueños aparecían los todopoderosos diablos, más altos que los alcornoques, hiriéndole con sus raíces afiladas hasta hacerle caer, y entonces volvía a sentir la dentellada del fuego abrasándole la carne para purgar sus pecados por todas las iniquidades cometidas durante su existencia. El amo de los demonios aparecía y le preguntaba por la vez que intentó escapar de la cerca, empujando los postes con la ayuda de Torvisco, o por la vez que atacó al viejo búho mientras reposaba sobre los restos del alcornoque. Él enmudecía, sospechando que las justificaciones no harían sino enfadar aún más al demonio y, entonces, de nuevo volvía a sentir la tortura del fuego y el acero introduciéndose por sus entrañas. Durante los días siguientes el sueño se fue trasformando en una obsesión enloquecedora que le hacía correr por los campos alejándose de la manada, intentando buscar un lugar en lo más intrincado del mundo donde poder sustraerse de los ojos del demonio. Llegará el día del juicio y debéis estar preparados para purgar vuestros pecados ante la justicia divina, le había dicho Zaino, el sacerdote, quien también había sobrevivido al martirio y se dedicaba en su vejez a cubrir a las hembras junto a los


pocos elegidos. Zaino solía amedrentar a los jóvenes con sus alegatos sobre la virtud, la honestidad y la sumisión. Hay otro lugar para nosotros, les decía, un lugar donde el bosque no tiene límites y no existen los amos, sólo inmensos prados siempre verdes bajo la luz del cálido sol, y allí irán los fieles y limpios de corazón para conocer la vida eterna. Los jóvenes no daban demasiado crédito a las palabras de Zaino, tenían eso sí, miedo a las leyendas sobre los viajes sin retorno y el juicio de dios, pero nada más. El resto parecía lejano cuando afilaban sus armas sobre los troncos de los viejos alcornoques. Algunos juraban que darían su merecido a los diablos si algún día llegaban a volver a verlos frente a frente, y cuanto más tiempo pasaba mayores eran las bravuconadas y los juramentos, mayor el poder y mayor la seguridad de que las historias de los viejos eran sólo patrañas nacidas de las aburridas tardes del rumiar en los prados.

Su madre también apareció en su sueño. Fue la misma tarde que volvieron los diablos. La vio levantarse de la orilla mientras la bandada de buitres se elevaba asustada, y venir a su encuentro con un trote veloz y desconocido; todavía una impresionante guadaña le laceraba el pecho, pero no sangraba. Tienes que mostrar todo el ardor que te han otorgado los viejos encinares, le dijo, tienes que desear la eternidad, convertirte en uno de los elegidos para que tus hijos lleven la sangre que te dio tu padre. No, no eres invulnerable, como ningún ser de la tierra, pero no por eso eres menos poderoso. Habrá un día en que tendrás que enfrentarte a tu destino, y tu destino es tan injusto como


terrible, pero yo estaré contigo y en tu sangre también correrá la sangre de mis antepasados. Debes resistirte a la condena, debes amar la vida por encima de tu propia debilidad. Los amos tampoco son invencibles, nadie está exento del destino común. Y entonces llegaron ellos. De nuevo el miedo arrasó los corazones más valientes y el terror hizo correr sin rumbo a los que habían jurado que terminarían con el yugo de los amos. La palabra libertad perdió toda esperanza ante las armas de aquellos demonios que poco a poco fueron separando a diez jóvenes de entre cuatro y cinco años del resto de la manada, entre ellos a él y a Torvisco. Después fueron llevados hasta una empalizada y desde allí otros extraños diablos ataviados con trajes azules les golpearon con palos hasta meterlos todos juntos en unas cajas cerradas. Fue una sensación extraña, desconocida, mágica, la tierra se movía sin que sus pies hicieran movimiento alguno, girando hacia uno y otro lado mientras una ardiente inquietud le consumía el estómago y le revolvía por dentro. Comenzó a sudar de miedo, pero el olor de Torvisco, que estaba a su lado, apenas separado por unas tablas, le tranquilizó. Todavía estaban juntos, y mientras estuvieran juntos siempre habría esperanza. Uno de ellos, Amaranto, con sus apenas cuatro años recién cumplidos, comenzó a vomitar, los pies le fallaron y si no cayó fue porque el reducido espacio no se lo permitía. Cenizo, que hacía unos meses había sufrido la picadura de una víbora, no pudo impedir un lamento terrible, desolador, nacido del miedo que le corroía por dentro. Después se tranquilizó, la sensación de que todos estaban terriblemente asustados le hacía sentirse más valiente. Todavía nada les había ocurrido, y quizá todo no fuera tan horrible como pretendía la leyenda. La caja metálica paró y por momentos soñó con las vastas praderas, los alcornocales donde anidaban las grandes águilas y las noches de luna llena en las que había escuchado el aullido de los lobos. Pero cuando se abrió el portalón sólo descubrió una alta empalizada de madera y un reducto no muy grande, de arena, donde fueron obligados a bajar uno a uno justo cuando las últimas luces del sol se extinguían por el horizonte. Durante varias horas estuvieron solos, temerosos, asustados de su condición de seres castigados por un hecho que desconocían. Y permanecieron inertes como si la inmovilidad fuera una garantía de que los demonios no sabrían distinguirlos de las piedras y les dejarían permanecer allí por los siglos de los siglos. En medio de la noche sintió junto a su oreja la voz tranquilizadora de Torvisco, casi en susurros, como guardiana de un secreto que sólo a él debía ser descubierto. No te preocupes, le dijo,


muy pronto nos soltarán, ya verás como todas las leyendas no son más que patrañas, y si alguien intenta algo le daré su merecido. No hay diablo que pueda con nosotros, debes confiar en mí. Así pasaron las horas, agrupados todos ellos en un pequeño espacio de aquel circo de arena, ateridos de miedo y silenciosos bajo su porte poderoso, como queriendo hacer frente juntos al devenir que les deparaba el día. Y el día llegó. Desde la mañana comenzaron a aparecer amos que se asomaban por la empalizada de madera para observarles. Pero ellos seguían hieráticos, presos de la incertidumbre y los nervios, intentando confundir sus cuerpos negros con la arena sucia. Alguien apareció por la parte posterior de la empalizada y les asustó golpeando las maderas. Entonces se movieron y se agruparon de nuevo en el centro del lugar, después les echaron agua y comida, pero ninguno probó bocado, convirtiéndose de nuevo en estatuas eternas, magníficas, silenciosas, irrepetibles.

Con el paso de las horas tuvieron mucho tiempo para los recuerdos y las fantasías. Unos y otras se entremezclaron formando pesadillas más terribles aún que las viejas leyendas de Cantueso y Zaino. En un momento de la mañana Cenizo se orinó de miedo y, tras romper el silencio, emitió un grito buscando a su madre, pero nadie contestó, tan sólo en la empalizada aparecieron las cabezas de los amos, que poco después se cansaron y se fueron. El sol reinaba en los cielos. Hacía calor y los sudores por el miedo se unieron a los de las altas temperaturas. Torvisco seguía a su lado, silencioso, concentrando todas sus fuerzas para el momento en que, según la leyenda, uno a uno tendrían que


enfrentarse a los demonios. Entonces, sin previo aviso, comenzó el bullicio: decenas de amos se asomaron a la empalizada y el ruido se hizo cada vez más intenso en las cercanías. Durante un rato el ruido se fue amplificando, anunciando que llegaba el momento en que la profecía se haría realidad. Sonó música, y las trompetas del Apocalipsis anunciaron el juicio final del que tanto les hablara Zaino; después los amos volvieron convertidos en demonios y separaron a Amaranto, castigándole hasta hacerle huir contra los muros, y en aquel momento, como por arte de magia, se abrió una puerta, y Amaranto huyó a través de ella. Los ruidos se hicieron más intensos, sonó la música, se escucharon gritos de muchos amos y muchos demonios, enraizados entre sí, inseparables en su condición de verdugos. Cenizo volvió a gritar enloquecido por el miedo y, sin poder resistir más, él también comenzó a orinarse. De nuevo se abrió la puerta del muro y aparecieron los demonios armados con sus largas extremidades. Uno de ellos señaló a Torvisco y comenzó entonces un acoso terrible, durante el cual su poderoso amigo intentó hacer frente a las largas armas, para finalmente refugiarse tras él, intentando evitar a toda costa el ser arrojado contra el muro. No puedo, decía, van a matarme, lo sé; pero todo fue en vano, finalmente le acorralaron y le obligaron a meterse por aquella puerta que llevaba sin duda al infierno. Confundido por el actuar de Torvisco, paralizado por el pánico y sin poder siquiera gritar al cielo su dolor, él concentró todos sus pensamientos en las palabras de su madre. Tenía que haber una esperanza, los demonios no podían ser tan terribles. Él no había hecho nada grave, sólo correr por los campos, intentar tirar una vez un poste del cercado y perseguir a los búhos, pero fuera de todo aquello no había hecho más que vivir y disfrutar su libertad. Los diablos no podían condenarle por ser libre o quizá, pensó, la libertad le había estado vedada desde el mismo momento en que llegó al mundo y todo fue un largo camino hacia el destino final. Recordó de nuevo a su madre, con la guadaña oxidada clavada en su pecho y la corona de buitres que la llevaron a la tierra prometida donde muy pronto se reuniría con ella, y resurgieron como un eco las palabras de aquel fantasma que le pidió en sueños que luchara por la eternidad de la sangre que corría por sus venas. El oscuro portalón del muro se abrió una vez más. Los demonios le señalaron. No había necesidad de oponerse, como había visto toda resistencia era inútil. Ante la mirada atenta de los diablos se introdujo por la oquedad en un mundo de tinieblas. De nuevo la música y las trompetas del Apocalipsis anunciaron su llegada. Un torrente de


dolorosa luz de sol penetró a raudales al abrirse otra oquedad y el hierro se introdujo entonces en su carne, clavando en su espalda la inconfundible señal del juicio final. El dolor despertó todos sus músculos, aletargados por el miedo, y salió en busca del destino con la cabeza alta y sus armas dispuestas, tal como lo había hecho en los viejos encinares cuando atacaba a los búhos y las lechuzas. La leyenda era cierta. Cientos de amos gritaban desde lo alto, mientras sobre la arena un demonio de vivos colores agitaba sus alas. Por dos veces le atacó sin conseguir herir su cuerpo. Otras tantas persiguió sus alas para mostrarle el poder que nacía de los viejos alcornocales, de las peleas de niño contra Torvisco, de la sangre de sus antepasados, pero lejos de atemorizarse el diablo siguió amedrentándole, persiguiéndole por la arena, mientras los amos emitían un sinfín de ruidos, exultantes por el sacrificio que parecía inevitable. Las trompetas anunciaron la salida de un formidable diablo, gigantesco, como nacido de las leyendas del viejo Cantueso. Arremetió contra él con toda la fuerza que le nacía del miedo a la muerte, y entonces sintió hasta tres veces el poderoso aguijón clavándose en su espalda y su cálida sangre comenzó a manar a borbotones de la terrible herida.

Gritos, pañuelos, trompetas. Todo se entremezclaba mientras su sangre manchaba la arena y tenía que abrir la boca para poder respirar. Un nuevo diablo sin


alas apareció de pronto. Enarbolaba dos palos más largos que sus armas y corrió hacia el centro de la arena buscando sus flancos. En una corta pero veloz carrera intentó impedir su avance haciéndole frente, y entonces recibió un nuevo aguijonazo, quedando prendidas sobre su espalda las armas de aquel ser maligno. La herida se hizo aún más terrible y los dolores casi le hicieron doblegarse, pero recordó a su madre. Tenía que seguir, demostrar a los diablos que él no temía al sufrimiento. De nuevo otro demonio, otra carrera, otro ataque, y el tormento se hizo insoportable. El sabor de la sangre le llegó a su boca, toda su espalda estaba teñida por el rojo de la vida que se le escapaba. Pero aquellos malditos no tenían piedad y un último diablo volvió a lacerarle. Sonaron una vez más las trompetas del Apocalipsis. Hubo un silencio y sobre la arena apareció de pronto el primer diablo, armado de unas alas cortas que extendió lentamente ante su exhausta mirada. Una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces atacó al demonio que quería arrancarle la vida. Después, presa de la debilidad por la pérdida de sangre, con la boca abierta para poder tomar el aire que sus empantanados pulmones apenas recibían, quedó frente a su verdugo. El demonio levantó un miembro señalándole acusadoramente y quedó petrificado en una extraña silueta mientras un espeso silencio se apoderó de la escena. La vida se detuvo y en ese instante las imágenes de sus sueños se agolparon. Las lágrimas brotaron torrenciales de sus ojos, limpiándolos de sangre, y allí estaba su madre, con su pecho abierto por la guadaña, sus lastimeros gritos de agonía y su tierna entereza. Había llegado el momento final: Vio los inmensos ojos del búho, los colores irritantes del diablo, el filo oxidado del acero y la inequívoca señal del verdugo al abalanzarse sobre él. Un último esfuerzo, los pulmones encharcados apenas le daban el oxígeno de la vida, los mareos apenas le dejaban sostenerse firme y, presa del pánico, arremetió contra su enemigo. Entonces el acero del demonio le rasgó la piel clavándose en lo más hondo de su pecho mientras sus armas penetraban en la carne y elevaban furiosas a aquel ser maldito sobre la arena manchada de sangre. Hubo un grito. Después los diablos cayeron sobre él arrastrándole en su agonía, al tiempo que transportaban el cuerpo mortalmente herido de su verdugo. Trapos de vivos colores se desplegaron ante sus ojos llevándole a un vértigo desconocido, haciendo aún más dolorosos sus espasmos. Por un momento, contra las tablas, vio pasar el cuerpo de su asesino, y en ese instante ambos cruzaron la mirada, apenas un segundo, sólo lo necesario para exhalar un último suspiro.


Y entonces lo comprendió todo. Se vio él mismo como en el limpio espejo de un estanque cogido en hombros, arrastrado por los compañeros de su cuadrilla, envuelto en aquel traje de luces ensangrentado, abierto a la altura del pecho, con la camisa blanca enrojecida y sucia por donde la vida se escapaba irremediablemente, mientras sus ojos descubrían en los del astado el reflejo de aquella guadaña maldita que años atrás, como una maldición, anunció su destino. Y supo que ambos eran el macabro juguete de la muerte, la cara y la cruz de una misma moneda llamada vida. Fue lo último que vio antes de que la oscuridad cerrase sus ojos y las puertas de la eternidad lo llevaran lejos, muy lejos, junto a su madre.

FIN


RICARDO HERNANDEZ MEGÍAS

Muerte de un hombre

A mi amigo y hermano el poeta José Iglesias Benítez, por tantas tardes de tertulia en los cafés de Madrid, con un buen vino en la mano y quitándonos la palabra de la boca. El sabe de la sinceridad de este relato.

Sobre la torre de la iglesia, un cielo muy alto y lleno de estrellas se desparrama sobre los contornos del pueblo sin llegar a oprimirlo. La luna en todo su esplendor hace que la noche sea menos trágica y pinte a lo lejos la línea azulada de los montes. Todo es silencio en el caserío y solamente se vislumbra alguna pobre luminaria que recorta el perfil de las esquinas del pueblo o hace alargar las barandas de algún balcón principal.


Parece que todos duermen en su merecido descanso a la espera de un nuevo día. Todo parece paz y tranquilidad en el vientre de la noche.

Y sin embargo…

En una de sus casas, alejada del núcleo principal del pueblo, si prestamos atención, oiremos el susurro de una oración repetida al unísono por un coro de mujeres enlutadas. Ayees de dolor se escapan de vez en vez dándole al acontecimiento una pátina de tragedia; dos pobres cirios alumbran el recinto donde sobre la cama, aparece el bulto aun caliente de un cadáver.

Aquí quiero yo callarme y cederle la palabra a aquel niño, hoy ya abuelo, que con ojos asombrados, vivió los acontecimientos sin entender desde su recién estrenada vida lo que era la trágica llegada de la muerte. Nunca, ni ahora que lentamente se acerca él a ella, entendió el niño el por qué del abandono de su padre, como nunca entenderá para qué sirve tanto dolor inútil. Pero dejemos que él nos lo cuente.

“Me cuentan las viejas enlutadas, que como un coro de sombras sin rostros me rodean, que justo a esa hora, a las doce de la noche de un caluroso mes de junio, mi madre había lanzado un grito de pánico ante lo incomprensible, lo impensable unas horas antes, como era la muerte de mi padre.


Yo no lo vi. Horas antes del fatal suceso que habría de cambiar nuestras vidas y sumirnos en un mundo de pobreza y desesperanzas, la familia había decidido trasladarnos a los tres hermanos a la casa de unos amigos para no incordiar el descanso del enfermo.

Ahora, ante el profundo agujero al que nos condenaba la muerte de aquel hombretón admirado desde los ojos de mi niñez, puedo recuperar sin la mínima duda las últimas horas del fatal desenlace.

Mi padre, ya desde el recuerdo, era un hombre grande, fuerte, muy fuerte, moldeado su cuerpo músculo a músculo, en el hercúleo esfuerzo de la fragua del pueblo y en las siempre agotadoras faenas de los campos de labranza.

Pero el drama, nuestro drama, había comenzado unas pocas horas antes.

Sobre las once de la mañana de ese fatídico día, mi padre, acontecimiento extrañísimo en su diario laborar, se había presentado en casa con los ojos turbios, el paso cansino y la cara encendida por los miles de soles que moldean el rostro del campesino extremeño.

- Estoy ardiendo, creo que tengo fiebre. Seguro que he cogido una insolación.- Le dijo mi padre a la asustada mujer que lo contemplaba fuera de sí.

- Es que no os cuidáis nada. Este sol alancea los cuerpos y os derrite los sesos; no os protegéis de sus rayos; sois unos brutos y estas son las consecuencias. Voy a llamar al médico- dijo mi madre.

- Pero mujer, ¿Tú crees que al campo vamos de romería, con sombrero de paja y abanico? Tú sabes que el trabajo de la siega es duro y que de la unión del esfuerzo de los hombres y del rápido trabajo de las máquinas dependen el éxito o el fracaso de todo un año. En el campo no hay descanso; el trabajo es agotador mañana, tarde y noche, pues una tormenta de verano tira por tierra todas las esperanzas de muchas familias. No hay término medio: o le ganamos la batalla al tiempo, o éste nos cubre de hambre y


de desconsuelo para toda una campaña. No me riñas y llama al médico; en unas pocas horas estaré nuevamente sobre las trilladoras- se justificó mi padre.

- Insolación –confirmó el médico después de controlarle la temperatura corporal y auscultarle el fornido pecho – Tres antitérmicos y estarás como nuevo –le dijo jovialmente su buen amigo desde la infancia.

Cuenta mi madre, y siempre que lo cuenta se la saltan las lágrimas en un gesto de rabia o de culpabilidad, que al darle la segunda pastilla en un estado febril rayano a la inconsciencia, en un gesto de autodefensa y sabiendo el enfermo que la medicina, más que curarle lo envenenaba, se la sacó de la boca y la arrojó al suelo despreciándola. Mi madre se enfadó con el enfermo y entre riñas y mimos volvió a metérsela en la boca.

Dos niños, ajenos al terrible drama que a pocos metros nuestro se desarrollaba jugábamos y nos peleábamos sobre una manta tirada en el pasillo, buscando el frescor de la tenue corriente de aire que por él circulaba, desde el portal de la casa hacia el corral, en aquellas calurosas horas de la siesta.

En medio del fragor de los gritos de los muchachos, el hombretón cubre con su enorme estatura y el desmesurado ancho de sus hombros todo el marco de la puerta. Su cuerpo se tambalea, sus manos accionan incontroladamente, sus ojos están encendidos como


carbuncos y de su boca silenciosa se escapa una flor de espuma blanca, dándole al conjunto de su persona un aire cómico y estremecedor.

El mayor de los hermanos, quien estas páginas escribe desde el recuerdo, mira a su padre con enorme extrañeza. A su siete años y en un medio rural en el que vive, ha visto muchas veces a hombres borrachos, y aunque muchas veces con temor, siempre le han parecido estos personajes como muñecos desmadejados, más cercanos a la risa cruel del niño travieso que al posible peligro de un hombre descontrolado.

Por eso ahora ríe acobardado viendo a su padre acercarse con no se sabe que intenciones. La presencia de la madre suaviza el tenso momento y retorna el enfermo a su lecho de convaleciente.

A partir de ese momento crece un silencio que se emponzoña, que se pudre en la casa y en la memoria. No tiene más recuerdos de esa horas que la llegada silente de algunos familiares, sobre todo femeninos, que entran y salen cuchicheando y como queriendo trasladarse con las miradas un secreto que se le escapa.

La tarde, calurosa, ardiente, con sus temibles rayos de fuego, ha dado paso a un atardecer abochornado en el que, poco a poco, van apareciendo algunos miembros masculinos de la familia y vecinos en su recogida de las faenas del campo, haciendo con su silencio aun más trágica la escena interior.

El niño, los niños, no saben qué es lo que está pasando, pero intuyen el peligro y silenciosos se recogen en un rincón alejado de la casa. Es el momento en el que algún familiar o amigo caritativo decide la oportunidad de nuestro traslado, a la espera de los acontecimientos venideros.

Lo anormal del nuevo acontecimiento, lo caluroso del recibimiento en la casa amiga con una comida impensada en aquellos momentos y lo extraordinario de las golosinas que la culminan, han hecho olvidar por un momento la tensión y el miedo vivido momentos anteriores, en unos acontecimientos que se les escapan a sus mentes infantiles.


Cuando el amanecer del nuevo día los encuentra en casa y cama ajena, no deja de ser una curiosa novedad en sus vidas recién comenzadas. El mayor grado de placer lo encuentran cuando sobre un enorme tazón de humeante café con leche y unas calientes rebanadas de pan recién ahornados, se les dispensa el favor de no acudir ese día a la escuela, deber indispensable en casa durante los demás días del año.

A las doce de la mañana, y ante el asombro del niño, doblan a muerto las cercanas campanas de la iglesia. Se asombra porque nadie le ha llamado en este caso, y él es uno de los dos monaguillos encargado de este menester tan repetido en un pueblo con tan amplia como vieja población.

Pero el niño no recibe respuesta a sus preguntas.

El reloj de la torre marca las seis de la tarde, cuando nuevamente doblan las campanas anunciando el comienzo del funeral desconocido. Tan fuerte es su curiosidad y tan profundo es el silencio que crece a su alrededor, que decide saltar sobre las tapias de la casa-prisión buscando una respuesta.

Quien haya escuchado el tañido fúnebre de las campanas de un pueblo en las primeras horas del atardecer, cuando el sol tornasola los campos y tiñe de oro las nobles paredes de las casas del pueblo, habrá rememorado un momento mágico en el vivir cotidiano de sus habitantes. El andar cansino de los familiares y amigos que levantan espesa capa de polvo se acompasa al rumor en sordina de sus voces. Si la muerte es a cualquier edad un


acontecimiento trágico, la de un hombre joven y querido, deja en el ánimo del cortejo como un sabor agrio que se pega al paladar y lo araña.

El niño, que se asoma subido a los viejos tapiales, observa con ademán alucinado acercarse la comitiva con ojos de asombro y oyendo galopar su corazón en un pecho angustiado y temeroso frente a lo que contempla.

Decenas de veces en su corta vida ha asistido en primera fila a acontecimientos como el que, poco a poco, ve acercarse y sabe perfectamente discernir y enumerar los diferentes matices que en él se producen. Conoce la costumbre ancestral de los habitantes del pueblo de acompañar a los familiares del finado hasta las puertas de la iglesia y sabe distinguir la importancia o el cariño hacia el muerto, según el número de personas que componen el acompañamiento que camina tras el féretro.

En una primera visión de conjunto, no le extraña ver caras conocidas e incluso familiares; lo que le produce gran asombro es la muchedumbre que lo forma y el trágico silencio que como una burbuja lo cubre y palpita en la ardiente luz del atardecer, impregnando en sus jóvenes pupilas un cuadro de falsa riqueza y esplendor.

Más tarde, cuando el cortejo roza las paredes roídas por el tiempo y pintadas de verdín, su mirada se posa sobre el cura vestido con sus hábitos negros y en los monaguillos que en ese momento le suplantan, ataviados para la ocasión, portando la cruz procesional y el hisopo para los responsos.

La costumbre de la muerte, en su quehacer diario, ha desviado momentáneamente su mirada de los familiares del muerto que caminan abatidos por el dolor a pocos pasos del cura. Siempre es el mismo cuadro con distintos actores.

Sin embargo, esta vez algo le llama la atención. Su mirada sobrepasa el ataúd alanceado por los rayos del sol y van a posarse más detenidamente en las caras de los acompañantes más próximos. El niño es rápido de mente y en pocos segundos se da cuenta de que el fúnebre cuadro le afecta directamente. Su joven memoria retrocede instantáneamente recuperando los acontecimientos acaecidos desde las turbias horas de la siesta del día anterior; recuerda la cara descompuesta de su padre, sus ojos negros


brillando en la fragua de la fiebre, el pespunte blanco de la espuma sobre su boca incapaz de pronunciar la menor queja.

El niño siente en su corazón una punzada de dolor que le traspasa; y grita; y se rebela; y embiste contra sus carceleros, que cariñosamente pretenden cortarle el camino; y pasa por la puerta con la premura de un quejido que se escapara de un pecho herido.

El poco trecho que separa las dos casas lo supera fugazmente y cuando alcanza el portal de su casa contempla asustado el gentío, principalmente femenino, que lo ocupa. Un murmullo de sorpresa y de dolor llega a sus oídos producido por lo inesperado de su presencia. Y un coro de voces lastimeras, recordándole su orfandad, le hacen sentir un estremecimiento de pánico.

El niño, ahora con lágrimas en los ojos, recorre el largo pasillo atestado de sillas bajas de enea y de mujerucas con pañuelos negros, mientras que de sus bocas salen exclamaciones de pena y de lástima hacia el infante.

Una bella mujer le espera asustada al final del pasillo. De sus grandes ojos azules se les encapan silenciosas lágrimas de fuego, mientras que con un gesto muy femenino intenta proteger su avanzado embarazo. De su boca no se escapa ningún grito, ningún lamento y con gesto maternal recibe al hijo entre sus brazos. Sólo un susurro al oído: ¡Hijo!!Hijo! Qué va a ser de nosotros… Y silencio”.


FEDERICO FAYERMAN

Ave césar


Alto y carnoso; pelo de azogue y mueca sonriente. César espera como cada tarde, desde hace un mes, la llegada del Ave. La estación de Atocha hierve burbujeante de viajeros moviéndose de un lado a otro sin parar, llenando y vaciando bares, andenes, pasillos, locales de prensa y aseos. Una pareja de ancianos arrastra sus maletas lentamente entre el gentío, y trata de ganar la puerta de salida, empujados por los altavoces parlanchines que no cesan en su monólogo repetitivo. En un asiento de plástico marrón oscuro, un hombre corpulento y melena descuidada sostiene sobre sus rodillas a una joven de piel morena y labios rojos, mientras la manosea. César consulta insistentemente, tras los gruesos cristales de sus gafas de pasta negra, el panel electrónico del vestíbulo central de la estación, mientras se ajusta una y otra vez el nudo de su corbata roja. En la mano izquierda sujeta con fuerza, un ramo de margaritas pálidas.

La conoció una mañana de julio, sentado en una cafetería, en aquel mismo hall. Ella paseaba con una pequeña maleta destartalada. Andaba mirando a su alrededor como buscando algo, o quizá a alguien que pudiera quitarle ese gesto de desesperación de la cara. Pasó a su lado con andares inseguros. Entonces se volvió. Primero fijó los ojos en sus zapatos relucientes y poco a poco levantó la cabeza hasta clavar la mirada en sus ojos .Ocupó el taburete contiguo y le habló casi en un susurro. -¿Por favor, podrías invitarme a un café y algo de comer? Su cuerpo, escondido bajo un vestido largo de tonos marrones y amarillos era pequeño y extremadamente delgado. Tenía una cara estirada, las mejillas de un azul aterciopelado y los ojos verdes apagados. Las órbitas las tenía hundidas y cetrinas. Su boca despedía un aliento pútrido que salía con cada palabra que articulaba, a través de una dentadura gris e incompleta. César pensó al principio que la chica podía ser menor de edad, pero al poco ella le dijo que tenía veinte años, los mismos que él llevaba solo desde que murió Claudia. -¿Cómo te llamas? -Dulce


Después del café y el bocadillo ella le pidió dinero para el billete y él la acompañó a las taquillas y se lo compró. Antes de subir al tren volvió a pedirle dinero. Él se lo dio y ella le dijo que se lo devolvería a la semana siguiente, cuando regresara. Quedaron para entonces.

Cesar se apoya en una columna de aluminio bruñido y consulta una vez más su reloj.

A las diez y cuarto, ya ha entrado el último Ave del día. Cuando Cesar entra, solo como de costumbre en el bar de Luís, ya son más de las doce.


JAVIER BUENO JIMENEZ

Del convent al Paralel


Transcurrían los tristes años de la posguerra española. La gente trataba de recuperar la sonrisa, las ganas de vivir. Los cuarenta empezaban a traer un aire fresco de modernidad, a pesar de los gobernantes. España era un país maltrecho, dispuesto a superar vergüenzas y curar heridas. El índice de natalidad se iba incrementando, al tiempo que surgían héroes famosos, como el Guerrero del antifaz, el Capitán Trueno o el Jabato, a quienes estaré eternamente agradecido por los buenos ratos que me hicieron pasar, aunque más tarde descubriera que no eran políticamente correctos.

Por aquel entonces, Isabel, que contaba diecinueve años, soñaba casarse con Joaquín. Este sueño era de urgente materialización, ya que había quedado embarazada, y esto no se podía hacer público en aquellos años, sin quedar marcada para siempre. Joaquín, parrandero y jugador, como el de el corrido mejicano, no estaba por la labor de formar una familia y puso pies en polvorosa, en busca de una vida menos comprometida. Al cabo de un mes, Isabel recibió una postal, sin remite, con una vista de la feria de Jalisco ,en la que le decía: Sólo a ti se te podía ocurrir quedarte embarazada. Lo siento, no estoy preparado para ser padre. Que tengas suerte . Cuando Isabel no pudo ocultar por mas tiempo su secreto, fue enviada por sus padres a una lejana aldea del Pirineo Leridano, donde residía Francisca, prima hermana de la madre. Allí dio a luz a dos gemelas, pero no pudo superar las dificultades del parto,


agravadas por la escasez de medios sanitarios, y murió. Los abuelos de las niñas, acuciados por el disgusto y el bochorno, pero sobre todo por la desaparición de su querida hija, cayeron en una depresión que terminó por llevarlos al cementerio. Francisca, asustada por la pesada carga , decidió abandonar a uno de los bebés en un convento de Lérida y criar a la otra niña, a la que llamó Angustias, nombré que eligió a propósito de lo que se le venía encima. Como su tía era una mujer huraña, muy poco cariñosa, que la maldecía una y otra vez por haberle complicado la existencia, a los dieciséis años, Angustias se marchó a Barcelona, a vivir su vida. Aquella decisión resultó dura para la joven, pues debió pasar por todo lo peor, desde prostíbulos de carretera hasta hacer la calle cerca de las Atarazanas. Se unió sentimentalmente a un chulo, que ejercía de carterista en las Ramblas y que, más tarde, formó una banda de ladrones de bancos. Uno de sus atracos le llevó a pasar ocho años en La Modelo, lo que supuso un respiro para Angustias, que se vio libre de su explotación y malos tratos.

Los años también pasaron para Ludivina , la niña abandonada en el convento, que, empujada por el ambiente religioso que la rodeaba, tomó los hábitos. Un día llegó al convento una carta, dirigida a una niña, abandonada hacía treinta y cinco años. En ella, una tal Francisca, víctima de una grave enfermedad terminal, explicaba las circunstancias que la obligaron a abandonarla y le pedía perdón. Así supo Ludivina que


era la mayor de dos gemelas, y que su hermana se marchó de casa a los dieciséis años. Las lágrimas de la monja salpicaban la torpe caligrafía, escrita en el amarillento papel de cuadrícula, donde su tía le comunicaba que los últimos datos sobre el paradero de Angustias apuntaban a que se había entregado a la mala vida en Barcelona. Ludivina decidió, en aquel mismo instante, recuperar a su perdida hermana. Pidió dispensas a la superiora del convento y, vestida de seglar, se puso encaminó para buscarla. Tan pronto como llegó a la capital frecuentó los más sórdidos ambientes de la noche Barcelonesa. Un día fue confundida por un marinero. Decía haber estado con ella, tomando una copa, la semana pasada, en un local nocturno del Paralel llamado El Molino, donde hacía un número de Stripptease. Se mostró muy contrariado porque la monja no le reconociera. Aseguraba que su nombre era An y que, aquella noche, llevaba una ropa mucho más sexy. Ludivina sintió que su búsqueda estaba a punto de terminar. Lo vio claro al escuchar aquel nombre. An, de Angustias, pensó, y los ojos se le llenaron de esperanza. ¡Tenía que ser ella! Por otra parte, el encuentro con el marinero le despertó sensaciones muy placenteras y desconocidas.


Rápidamente se dirigió al local, donde al parecer trabajaba su hermana. Allí le dieron la dirección de An. Fue hasta su casa y llamó, tímida y muy nerviosa, a la puerta. Al ver a la mujer que abrió no tuvo dudas; era como verse reflejada en un espejo. Le contó lo sucedido y ambas se abrazaron, lloraron y rieron juntas. Angustias manifestó estar cansada de la vida que llevaba, y envidió la existencia tranquila y apacible del convento, donde Ludivina se había criado. La monja, sin embargo envidiaba la de su hermana, añoraba el disfrute carnal, que aún no había conocido, y propuso cambiar los papeles; ella iría al Molino y su hermana al convento, así ambas podrían gozar, por algún tiempo, las dos formas de vida tan distintas que el destino les había deparado.. Dado su total parecido nadie sospecharía la suplantación de identidades. Y así lo hicieron.


Al cabo de unos años, Ludivina mandó una carta a la superiora del convento, contándole toda la verdad, terminando con estas palabras: ¡Estoy de puta, Madre!


RESEÑAS


ENRIQUE GRACIA TRINIDAD

ÚLTIMA PUERTA DEL SILENCIO Juan Ruiz de Torres Huerga & Fierro, Madrid 2010.


Cuando Juan Ruiz de Torres nos comunicó a los amigos que no escribiría más poesía, ni siquiera me molesté en lamentarlo. Yo sabía que eso no era cierto y que tendríamos nuevas entregas suyas y aunque así no fuese, seguiríamos disfrutando, por un lado u otro de su incontenible estro. No es que fuera una pose lo que decía, es que sentía que ya había dicho cuanto tenía que decir y, con un criterio que le honra, tomaba medidas para no repetirse. Pero ya digo que no era verdad o no lo era del todo, era la verdad del poeta pessoiano que se sabe que es tan fingidor que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente. Algunas obras vinieron después, recopilaciones más que nada: dísticos que son una forma de poesía “diferente”, el último volumen de su obra completa, ediciones digitales y algún conjunto más de buenos versos. Hasta esta Última puerta del silencio que hoy nos ocupa. Juan Ruiz de Torres siempre ha sido un poeta de voluntad más que probada. Si a esa voluntad le unimos los resultados, entonces sabemos que estamos ante una de las voces poéticas más notables que pueden encontrarse en nuestra lengua. Ningún tema ni estilo ni forma le es ajeno. Eso queda patente en este libro que recorre un amplio espectro. De todo encontraremos: poemas libres, en versos blancos rigurosos, sonetos, conjuntos de coplas, décimas y hasta esa estrofa más reciente que él mismo ha creado recordando a nuestro común amigo el poeta toledano Villacañas y su pasión por la lira, a la que nuestro poeta ha añadido versos y rima que surgen de la décima. Curiosa simbiosis de brillante resultado. Y si técnicamente este libro nos muestra un poeta de múltiples instrumentos, es en el contenido donde los registros son un auténtico espectáculo. La variedad es mucha: poemas dramáticos, intimistas, experienciales, jocosos, intensos, desenfadados… Y además en casi todas las variantes temáticas posibles. Esa es la condición del libro, como lo es de su autor que a lo largo de más de cincuenta publicaciones poéticas en cuarenta y cinco años de intenso amor a la poesía, ha dejado claro que es un todo terreno en la materia. Si a la creación añadimos su condición de gestor cultural — organizador, animador, agitador, si se quiere—, entonces no nos extraña ya ni la abundancia de este libro ni la de su obra completa en dos volúmenes que ahora va a tener que reeditar para completar lo completo.


Debemos aclarar que prácticamente la totalidad de este libro estaba escrita a lo largo de muchos años. No es poesía nueva, al menos la mayoría, sino que son textos aislados, publicados en distintas obras y otros de esos que se van guardando en cajones y carpetas, que no encontraron sus sitio en sucesivos libros y que Juan Ruiz de Torres ha rescatado ahora. De ahí la variedad, por mucho que haya corregido algunos en última instancia. Lo cierto es que celebro esta miscelanea porque está uno ya un poco harto de la moda monotemática en libros de poesía, muchas veces extraordinarios pero las más llenos de artificio para lograr casar las distintas materias y otras muchas producto de una intención que no daba quizás para libro completo. Las distintas partes en que agrupa poemas de diferente criterio, de una u otra época las explica someramente su autor en la introducción y al principio de cada uno de los apartados. Si como poeta en más que notable, como organizador es difícil de superar. Y si añadimos su condición de editor de tantos volúmenes, durante más de 40 años, estamos seguros que le habrá facilitado mucho el terreno al editor de esta entrega, Antonio Huerga, en su editorial Huerga & Fierro, que dicho sea de paso ha conseguido un libro de agradable factura.

Cabe recomendar vivamente este Última puerta del silencio, como cualquiera de las muchas otras obras anteriores de Ruiz de Torres. Y ya aviso al lector: Será la última puerta pero se abre a tantos paisajes, a tantas estancias, a tantos otros lugares que en absoluto se la puede considerar última en el estricto sentido —nos cuente el autor lo que quiera contarnos—, y desde luego ni viene del silencio ni hacia él se dirige, sino que es causa y ocasión para mucha voz, para muco pensamiento, para suficiente goce. No se lo recomendarán las listas de más vendidos ni los críticos sabihondos de la cosa literaria, pero no dejen de ir a ese libro y ya verán cómo coincidimos.


MILAGROS SALVADOR

Caballito de Mar, beso o espuma


Si un libro nos puede conquistar desde su primera página, este es un buen ejemplo.

Dos mujeres, una pintora e ilustradora y otra profesora de Lengua y Literatura y poeta, se han dado cita en esta bella publicación, y han logrado una compenetración de contenido y forma, dibujo color y palabra, digna de atención.

Constanza Zamora Pérez, con inteligente y a la vez emotiva palabra va desgranando sus poemas entre imágenes, con un lenguaje directo y limpio, obedeciendo el ritmo vital del latido que va marcando su propio corazón, en una inspiración continua que lleva dentro la vivencia de su maternidad, que traduce bellamente en experiencia poética, y que como leemos en el acertado prólogo, “la concepción , el alumbramiento y la crianza constituyen una experiencia única en su paso por el mundo, posiblemente la más rica en matices, y aprendizajes, - y en ocasiones , por que no admitirlo, la más dura, - también pueden suponer una fuente de creatividad insospechada.”


La autora dice así:

. “Que marea más roja anida en mi regazo y no desea huir, quiere enraizar la vida en un vacío espacio que busca como loco la forma y el latido…”

Es la belleza y la emoción contenida en estos bellos versos con los comienza el poemario.


“Tras un parto tan largo, manaba sin descanso la leche, ese milagro envuelto en espiral de espumas… Mis fuentes escondidas acudían a tiempo en el reloj del mundo a este encuentro de amor, natural, milenario”.

Esta es una pequeña muestra del buen hacer poético y de cómo la vida y el arte se han engarzado en esta obra de manera inseparable.


Cristina Pérez Gil, ha puesto su sabiduría estética en consonancia con un lenguaje plástico entre los sueños y la imaginación “al servicio de la geometría poética de la cualidad visual hasta lo onírico de las palabras. Versos e imágenes confluyen así en una obra artística integral, capaz de trasmitir al mismo tiempo desde distintos códigos”, como bien afirma Natalia Carbajosa.

Un obra en definitiva sugerente, inteligente, bella y original que nos ofrece el deleite de su lectura.


El orgasmo fluvial de Lolita Valor

El cuento, lo mismo que la poesía, está en la esencia, de nuestra literatura, o mejor dicho, son el venero o el corazón de la literatura, de toda la literatura. El cuento, un suceso que emerge desde lo profundo de la historia, y que fue parte de ella, ya que durante mucho tiempo compartieron la misma vida, porque la historia enlaza con el mito, en la misma línea que la creación enlaza con los dioses.

Y los cuentos,

se heredan, se intercambian, se traducen, se adaptan, se

interpretan en el devenir de los tiempos, y se hacen cultura y tradición propia. En nuestra historia de la literatura existen muchísimos ejemplos, y eso nos demuestra también su importancia.


Contar, y escuchar son dos características del ser humano, son el hilo social de su existencia, y de ahí su necesidad, y con el tiempo, la necesidad, lo sabemos muy bien los poetas, se hace arte.

Y el cuento plebeyo y el cuento culto buscaron sobrevivir en la escritura en la que los recogieron aquellos primeros hombres que tuvieron la sabiduría y el poder, porque la escritura fue también poder.

Los cuentos se enlazan y recuerdan esta bella tradición de contar cosas, que traemos hasta nuestros días. Hoy mismo presentamos un clarísimo ejemplo de la mano y de la escritura de un interesante cuentista, Javier Bueno Jiménez, que nos ofrece en su libro El orgasmo fluvial de Lolita Valor

una serie historias que nos regala su

imaginación, que es la primera cualidad que debe tener un buen escritor, no sólo por la variedad de temas que Javier nos ofrece, sino también por la secuenciación y desarrollo de las historias, en las que pretende, y lo consigue, deleitarnos y sorprendernos.

Abrimos el libro, y caemos en la trampa de querer seguir hasta el final, que es el mejor comienzo, y a través del lenguaje limpio, claro y rotundo de sus historias, el escritor nos desafía hasta hacernos cómplices con su lectura.

Javier Bueno nos demuestra su ingenio en las páginas del libro, envuelto en esa magia

de los antiguos contadores, porque al terminar cada cuento, nos deja esa

resonancia, como el sonido de la buena música que prende en nosotros y nos hace recordar algunas de sus notas.

Desde su fantasía, emerge la ternura, el atrevimiento, el amor, la sorpresa, la picardía, la intriga, el humor y la ironía, y como núcleo de emociones, van apareciendo en calidad de condimentos indispensables entre los personajes de las historias que nos cuenta, dentro de la variedad y libertad de los temas, que es otro de los aciertos del libro que debo señalar.

Tramas por las que se van enredando los hechos, ante el espectador, ante el lector, que puede confirmar la intriga y el humor en “ Noche de carnaval”, la fina ironía de “Crónicas de la oficina”, la capacidad de evocación y la sorpresa en “ Del convent al


paralel”,la ternura en “ la Verderona” y en “ Cuento de navidad sin nieve”, el compromiso con la fantasía , en Jing Shi Shi, o en “ Nubes sobre Maniatan”, el misterio, en

“ La excursión”, o “El loft” , la fina ironía

en “Tranquilo y luminoso”, lo

enigmático y fantástico en “La caja de taracea”, para terminar con el muy logrado “Materlink”, un cuento con el que el autor mereció el Primer premio del III Certamen de narrativa “ DULCE CHACÓN” , el año 2006.

Una batería de cuentos, en los que Javier Bueno nos demuestra la capacidad de síntesis que el cuento requiere y que consigue plenamente, y que maneja muy bien tanto en la construcción de los propios tramas, como en la economía del lenguaje, sin herir el estilo, al que ya nos hemos referido, como limpio, claro y rotundo, porque escribir cuentos es una acción a la que se exige un espacio material muy pequeño, en el que se debe dar cabida toda la intensidad de la tensión que el autor pretende.

Es una tentación reproducir y destacar algunos de los párrafos, a mi juicio más logrados, pero prefiero que el lector consume

la sorpresa de

su lectura lo más

directamente posible.

Y para terminar estas palabras, con las que he intentado provocar la curiosidad por este buen libro de cuentos, sólo me queda decir que deseo a Javier Bueno Jiménez, todo el éxito y el reconocimiento que merece la obra que hoy presentamos.


JOSร‰ IGLESIAS BENITEZ

Veinte historias amables mรกs un garbanzo negro


He abierto este libro iniciando una sonrisa. Cuando Juan Calderón Matador califica de “amables” sus historias, hay que prepararse para la alegría inteligente, para la cordialidad, para la ironía fina y el buen humor. Nunca para la carcajada grosera, la humorada subida de tono, o el chiste fácil. Así que, me he puesto cómodo, me he relajado y, sonriéndome para mis adentros, he comenzado la lectura. Cuando la he acabado la sonrisa era franca, abierta y total. Porque si las veinte historias son amables, el “garbanzo negro” es un guiño que el autor nos hace a los lectores, creando la complicidad necesaria para que todo cobre el sentido intranscendente que ha querido darle a este conjunto de narraciones. De modo que uno cierra el libro y paladea aún el buen sabor que le ha dejado su lectura. Luego viene la reflexión.

Juan Calderón, es poeta. Es un poeta que escribe cuentos -historias los llama él-, pedazos sueltos de imaginación, que hilvana con palabra ágil, para hacernos participar de su propios sueños, de la poesía de sus sueños. Con esto no quiero decir que Juan Calderón nos entregue aquí un libro de poesía en prosa, no. Quiero decir, solamente, que escribe magnífica prosa, como la de casi todos los poetas. Y que, a veces, el poeta que le habita, se le asoma al teclado del ordenador y nos sorprende con ese pellizco en el alma, con ese sobrecogimiento repentino, que solo los auténticos poetas son capaces de proporcionarnos.

Veinte historias amables más un garbanzo negro componen el segundo de sus libros de cuentos en solitario. En él confirma lo que ya en el primero (La noche que murió Paca La Tuerta) nos había dejado entrever: el lenguaje sencillo y luminoso, de fácil lectura y fastuosas imágenes que le conforman un estilo propio, a la vez desenfadado y poético; la temática abarca tres grandes preocupaciones: lo sobrenatural, lo grotesco y lo evocador.

Lo sobrenatural es tratado con total normalidad, tanto, que aparece como algo habitual, como común. Casi podríamos encuadrar estas historias en un “realismo mágico” propio, trabajado a su medida, de modo que lo mágico es cotidiano, casi real, y en cambio, la realidad se idealiza y se nos vuelve ensoñación, misterio. El puente de Rosita y Saturnino, Las medias azules, El ángel rubio, Mesa de comedor y El trapecio de Irina son buenos ejemplos de esto que venimos diciendo. Por medio de unas historias aparentemente vulgares (un amor rural, la unión entre unos niños y la señora que los


cuida, un día de playa, una sencilla mesa de comedor o el espectáculo circense de un artista fracasado) asistimos a hechos que serían sobrecogedores si la maestría del autor no los librara de su dramatismo.

Hay también otro tipo de narraciones que, sin dejar de ser amables, reflejan el mundo grotesco y zafio en que nos movemos. La Tenoria, El vecino de enfrente, Don Quijote y su vespino, Un autobús singular, La comunión de Evangelina, Han matado al príncipe, nos ofrecen una visión satírica sobre el poder de las apariencias en la sociedad actual. La bondad, el amor limpio, la entrega, los sueños, son menospreciados en un mundo de plástico y silicona, de brillos y neón, donde el fulgor del dinero apaga los valores más puros del ser humano: la belleza física importa más que un corazón bondadoso; la religión sólo se vive en las almas infantiles, fuera de ellas, es pura máscara; si alguien ama de verdad corre el peligro de volverse loco… Y la sátira se convierte en una farsa hilarante cuando se trata de representar el caos de la política española actual (Una forastera en Valdelospilones). Un tercer apartado temático podríamos establecer en esta serie de relatos de Juan Calderón: los de contenido poético. Aquellos que nos llegan al corazón por la carga de ternura que el escritor puso en ellos: La niña del primer vagón, Miércoles y sudokus, Una mujer positiva, Y así pasaron varios años, Confianza ciega, De trenes y personas, Una tarde en la filmoteca. Es como si el autor, sin perder su gesto amable, su tono irónico; sin dejar que la sonrisa se nos caiga de los labios, intente darnos recetas contra toda esa superficialidad que domina nuestra forma consumista de vivir. El primer amor inocente, la soledad como refugio, la comprensión, el optimismo, la unión materno filial… la nobleza del sentimiento frente a la fría realidad de un materialismo sin conciencia. Y aunque, a veces, se le trasluce la tristeza por lo arduo del empeño, siempre recobra la esperanza (como en las hojas verdes que el protagonista sabe que le brotarán al Árbol sin hojas).

Y para terminar, nos obsequia con Un garbanzo negro que, como en todo cocido que se precie, no puede faltar.

En fin, que estamos ante un libro de cuentos que nos dejará una sonrisa flotando entre los labios. Y una reflexión candente en la cabeza, tras la lectura de cada uno de ellos. Porque estas historias son mucho más que cuentos, y mucho más que “amables”


Juan Calderón Matador es un narrador excelente. Sus dos libros de cuentos, así lo muestran. Si sus poemas nos cautivaron, sus relatos nos divierten, nos entretienen, nos enseñan y nos hacen reflexionar sobre el mundo y el lugar que ocupamos en él. Casi nada.


JUAN CALDERÓN MATADOR

Ocho por diez


Alejandro de Diego, Begoña de Antonio, Carmen Arranz, Cruz Cartas, Graziela E. Ugarte, Lui Antonioli, Pilar Ugarte y Theófilo Acedo son los componentes del Colectivo Literario Tirarse al Folio. Ocho por Diez es el título de su segunda publicación, la primera fue "Encuentros en la Parisiena", y tras ese título tan matemático, tan de tabla de multiplicar, nos ofrecen sus trabajos de taller. Tomando como punto de partida diez imágenes, propuestas por los propios contertulios, cada uno crea sus historias, sus textos para trabajar en la tertulia. El resultado de esa labor de creación y corrección conjunta ha dado como resultado este interesante volumen, editado por Vision Libros. Ya en su entrega anterior se asomaba tímidamente el estilo de cada uno de ellos, y es en éste donde nos llega totalmente definido. Todos han evolucionado (para mejor), pero además han afianzado su forma personal de afrontar la narrativa. Podemos decir que cada cual ha encontrado su propia voz, su forma de contar, y eso le da un valor especial a la publicación, por la variedad temática y de estilos. Ellos han sabido escapar de esa trampa tan habitual en algunos talleres, que es acabar escribiendo todos igual. Así nos encontramos con relatos y cuentos que nos conducen por las veredas del humor, otros nos adentran en las delicias de la poesía, algunos crean estampas rurales, no faltan los puntos de vista intelectuales, o los que se dirigen a edades menudas, tampoco falta la ironía, y seguramente se nos escapa algún calificativo más. ¿Qué más se puede pedir?


LIBROS Y REVISTAS RECIBIDOS


RAÍCES DE PAPEL Nº 3 julio 2010 (Verano  

Revista de la Plataforma Cultural del mismo nombre.

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