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DESPOBLADOS CARLOS HENRICKSON

editorial

FUGA!


DESPOBLADOS carlos HENRICKSON editorial FUGA! 2010 este libro estĂĄ publicado bajo licencia creative commons. Se puede reproducir sin fines comerciales y siempre que se cite la fuente y se respete la autorĂ­a de los textos.

equipo editorial:

Angela Barraza / Arturo LedeZma / CristiAn GOmez O. Impreso en el taller de experimentaciOn grAfica de editorial FUGA!

Santiago de CHILE http://editorialfuga.tk


DESPOBLADOS


TRINOS EBRIOS A MODO DE POÉTICA A Germán Carrasco Desde el viejo ciego hasta acá incontable el coro de pájaros -batir de alas, plumas hermanas del más ambiguo entre los vientos. Temporada de caza. Hace rato empezó el concierto de escopetas: hay que apurarse. Mire usted la ciudad natal: las amplias calles que amaba Pezoa se llenan de edificios, y no se da ni un paso sin sentir, hasta en los huesos, la digna pobreza de las cancioncitas de amor. Hay que apurarse -la extinción, hermano cuervo. A vivir por siempre en el papel biblia de los bestiarios, las damas tendrán una pintoresca pluma para el lustre de sus ropas los días de fiesta. Agotar los últimos retoños del otoño, acabar con la vieja serpiente que se muerde la cola, acabar con todo -puede que el mundo tenga la deferencia sublime de acabar antes que nosotros, y toda la mentira biensonante que echamos al viento quede sola: único compás suspenso en el agua final.

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BALADA DE LOS VERDUGOS A Damsi Figueroa En un mal sueño nuestro –recurrente como el hambre- los verdugos llegaban a la aldea, y había un solo lugar donde esconderse. Aunque nunca nos encontramos, sabíamos la dirección exacta de ese depósito de botellas -no escrita, pues en esa cordillera alumbrada por la luna, no hay para qué escribir nada sobre los muros de las casas. En ese otro mal sueño, en que la luna y el sol se turnaban y el mundo fingía sustancia, ya se habían instalado esos verdugos, y nos criamos en un par de malas artes bajo la sombra de su poder. Cuál la vigilia, se hace difícil saber: los militares estaban algo más acá de eso que llaman realidad, y la ciudad entera nos dio otra cara de sí cuando la cruzamos. Hoy, aunque lo intente, no podría entrar en especulaciones metafísicas. El café sabe a café, y el amor y las letras y la guerra insisten en amarrarse, secos, a su palabra asignada. Tan sólo aquello de lo que estoy seguro: sombras la gente, sombras las cervezas matutinas, sombra la pretenciosa Academia, Pinochet

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la más sombría de las sombras: en este extendido lado de la luz, estoy fuera de claroscuros. La realidad es una habitación vieja, abandonada, llena de viejas botellas verdes de vino, con un lavadero oxidado; entra por la ventanilla el perverso lunario, y en ese preciso lugar se puede vivir, encerrado y triste, pero sin miedo; y hace mucho tiempo que no estoy en ésa, la realidad. A mi poesía ya llegaron, ya están aquí, se quedaron a vivir, obstinados y firmes, los verdugos.

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VISIÓN DEL OFICIANTE

A Juan Pablo Pereira

El ocaso: cierran su color las fachadas, empequeñece su sombra. Lumbre en los ojos del oficiante: despiertas la visión atroz, el verbo imposible. Desde la humedad de la pared se dibuja la imagen de sí mismo como cristal opaco, quebrado. Cae su sombría mística -un lodo de diminutos terrones afilados, lluvia sucia en plano horizontal sobre la mirada absorta, una muda voz. Ha empezado, dice para sí, ha empezado, y cuenta ya las horas antes que éstas pasen -los ojos fijos en el soñado fantasma del sol. Piensa a veces que ha sido elegido, mas sabe esto: en esta mística no hay nada sino aire viciado, nubes negras -ni tormenta surge. Hace tiempo que no hay dudas, sólo se recoge, se desploma, se funde al vapor. Llegará el día y será de nuevo aquel que limpia el suelo tras la fiesta, contra la fachada, en la mañana: da su sombra como quien la diaria limosna. Mientras, la voz sin palabras -penumbra. Sospecha –a veces- que hay un dios, inerte, pudriéndose, empalado tras el adobe de los muros.

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MARX

El exceso de piedad no es bueno; no hay excesos buenos. La champaña, el tabaco, la madera rotunda y noble de las vetustas sillas londinenses, la filosofía en su época final - la luz cobarde que se va apenas se ve a sí misma, reinando, monarca sobre la ciudad, llena de mierda de perros y vacilantes angurrientos; nada de esto debe cumplir el pecado de excederse: alguien siempre debe pagar el exceso. Ya no es hora de tiesas efigies barbudas, sangrantes, nerviosamente clavadas sobre las paredes húmedas por los inviernos más crueles. Hay barrios enteros de estas ciudades al sur del mundo ardiendo salvajemente por una persistente, destilada piedad, excedida de toda cuota honrosa. Una sola alma ya es todo un mundo; ni un dios en el más áureo de sus apogeos tendría un abrazo capaz de la más leve paternidad. Son malas épocas. Tan sólo fantasmas se sentirían a gusto en casas tan frías. Deja ya el lápiz, duerme.

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SAULO

Desde la colina de Poseidón, la multitud. El día no puede ser más bello. Por eso es que en el aire, en cada faz, evidente el mandato del Amor. Cada piel lo pronuncia, cada leve pliegue de las ropas. Algo que se pueda cantar, para las caderas de la bella Priscila: si toda la fe, de modo que traspase los montes, y no tengo Amor, no soy nada. Se seca la tinta bajo el sol. Es en verdad un grande y bello día: resuena en él el eco del Fin del Tiempo. Aquila tendrá el mejor de los vinos, se alzará el alma a cada trinchadura de las carnes. Y la Música, la Música hará esplender todo el Azul. Y si entregase mi cuerpo para ser quemado, sin Amor de nada sirve. Y si hay tiempo, si equivocados estuviésemos y hay tiempo más allá de los días que vienen, no podrán, nunca entenderán esta elevación del alma, este fulgor. Porque cuando venga lo perfecto, lo que está en parte será quitado. Ya llega el esclavo nubio, sobre los hombros la madera. Que caiga en mis sienes todo este estío inmenso, si mañana queda de esta bella ciudad un muro en pie.

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VALDIVIA

No fue de oro el torrente, garganta abajo –siempre acá fue mezquino. Pasa que estos indios del demonio arman fáciles estos trucos: fantasmagorías de Tucapel a la Concepción, y más allá aun, proyectadas sobre el aire. No hay curas que puedan echar aguas acá, toda esta agua está oscurecida por el Malo: las manos de Pozo anudan temblando un par de pajas, mientras los indios calientan las conchas de almejas. Nada se puede ver claro. Esa cabeza sin cuerpo: Agustinillo -su ingenio mudo mira desde la pica alzada. Observa ahora esto -no es de oro el torrente. Son las mentiras: para poder vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo, bailan esa argamasa de ruidos, más dolorosa que mutilación alguna haya; que parece la crió Dios a posta para poderlo tener todo a la mano, y el murmullo de Pozo sobre Dios y la Santa Madre; todo esto es salvaje vanidad, nada de carne, nada que palpar -nubes, hechicería, mentiras: son las mentiras allí, garganta abajo, las que te ahogan. El fuego de Tucapel enorme: una sola llama, y ya no piedra. Se incendia todo eternamente desde acá a Copayapu

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-esos pobres viejos quemados, las cabezas bajo el sol metálico-, toda descendencia se quema, se ahoga de mentiras, y Valdivia lo sabe, y se muere y no para de morir, eternamente, en pleno corazón del país del frío.

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NIETZSCHE

Al fin todo se reducía al par de guardias en la puerta. El mundo tiene esta justicia meramente poética, como la de los versos en su sonora hermandad, y no hay nada más poderoso o leal: responde el mundo suave y ligero ante tus ojos. Los guardias son nobles y contundentes: se diría santos guerreros imperiales. Ya sin el delantal de cuero, recorrerán las más bellas calles junto al más bello mar, y bajo el más fresco aire cortejarán a las muchachas, dejarán correr el dulce vino en torrente suave. Y mientras, acá dentro, nada nuevo. Un montón de alucinados, cada uno con su verdad única e inapelable, regalándole a los muros húmedos eco tras eco de saber y virtud multiplicados. En esta permanente rebelión, somos seguros, libres. No hay guerra, por espantosa y cruel que aparezca, que dañarnos pueda ya ni un cabello. Que vomite entonces Alemania su fuego pestilente, que fruncido el ceño el mundo asuma sus antiguos deberes, y ya que proliferan las lenguas y delirios como obreros camino de la muerte, y ya que a nadie le importa si esta o la otra voz, si este u otro libro, que todo verso es aire, voy a cantar.

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ALLENDE

En la duermevela los sueños se filtran. Revive en el aire la República –el sueño de una ciudad armada hasta los dientes, que tuvo un griego-, y se ve, como espejismos en plena luz de aurora, la larga mesa cubierta de vino y manjares, las antorchas en los muros, el esclavo leyendo los poemas de Homero. Toda duermevela es peligrosa. Allá afuera los muchachos dan al aire las cartas. Hay quien quiere su victoria cada día ondeando como bandera bajo el viento de la historia, y quien repartir sonrisas por oficio y quien su derrota de siempre, atesorada. La palabra República se recorta violentamente tras la luz perversa y fantasmal de cuanto invento la pesadilla de este país –el tuyo, Allendeha creado año tras año, en dos siglos largos y tediosos. Toda duermevela es peligrosa, Allende. El aplauso del día, la palma victoriosa, caerá sobre ese relámpago hirsuto, intempestivo. El tiempo de los lobos se ha iniciado esta madrugada de martes; el bello sueño de la República no puede caer como una presa en el hocico hipócrita de un prusiano fingido. Vuelen con tus sesos los sueños griegos, venga el día real de la sombra y la escaramuza bajo los cielos enrojecidos, váyase todo ese humo de palabras que tu casa echó

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al mundo hasta el otro borde de los espejos, la dulce patria de los duendes y las blancas ovejas.

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EL DÍA DESPUÉS

No se han demorado en llegar; encadenados a los muros del mercado reconstruido, los vemos pasearse vibrantes bajo el sol de primavera. Somos los hijos del General que murió ayer en la última batalla de las guerras. Desde los cantos marciales del campamento en que nos criamos, hemos caído aquí, sin haber ley ni poder sobre este viejo derecho de los victoriosos. Empezarán a comprarnos ya, uno a uno; las monedas en las manos secretamente temblorosas, recordando los sanguinarios días de combate y tierra arrasada en que sobre el mundo como sombra rojiza la figura de nuestro padre, barriendo con toda luz de sol. Su concentrada noche trajo la espada de estos veinte años, y sólo ayer lograron arrastrarlo hacia la ciudad, humoso y denso el aire por la más pavorosa galopada, la última antes del amanecer. Hoy, después de apenas un día, el mercado se ha abierto. Todos tenemos hambre y sed, y esperamos que esto pase rápido, que seamos comprados tras una oferta breve, que no llegue el ocaso de la condena. Oramos en silencio, sin cesar, a todos nuestros ancestros

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sepultados en las altas tierras de Dacia, para que nos saquen. Ya sabemos que nos sacarán los ojos, espantados los tracios por todos estos años de matanza, este espíritu paterno que persiste, oliéndose en el aire, fulgiendo, cegador e inefable, desde nuestras pupilas, en este oscuro fondo.

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ODA A STALIN, 2006 Смерть решает все проблемы – Нет человека, нет проблемы. Stalin, a Anatoli Rybakov, 1918.

Ay la firme y tendida estatura, yacente. Toda la verdad y simpleza de un mundo pasan al otro mundo contigo, capitán. Estamos llenos de problemas, nada es lo que parece. Los funcionarios se mandan solos. Ya nadie tiene el más mínimo sentido de justicia. Ay si aún, aún se asentaran tus plantas sobre el suelo, imponentes, acaso tendrían los merecimientos su recompensa. Tendríamos los que queremos vivir en la verdad, conservar las palabras en su casa preciosa de sonido, ver a los otros en su nítido ser, nosotros tendríamos lo único que merecemos: un tiro limpio y rápido en la nuca, el metal cercenando todas las delicadas ideas, la vida vaciándose como vaso dado vuelta en toda su generosa fluidez líquida. Imagina esos días purísimos: los funcionarios y los Dueños de nuestro país y toda su cohorte, libres de nuestros improperios, nosotros descansando sin ayunos ni mudanzas, ni lluvia en invierno ni pies cansados

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en el duro estío, y todas las bellas palabras -verdad, justicia, amor, libertadpura y limpiamente conservadas en discursos pulcramente editados, para que ya no dañen a más gente. Pero moriste, camarada. Habrá que seguir en guerra.

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PEQUEÑA CANCIÓN REALISTA

Las manos toman, las manos dejan caer cosas, para que otras manos las tomen. En el vago aire pálido, las cosas se desplazan bajo el imperio de los dedos, la suave curvatura de las palmas; ya que impotentes y quietas las cosas sienten las cadenas del mundo y envejecen cuando se les olvida. Eso es todo. En los pasillos llenos de estatuas marmóreas, bajo la fe incorruptible de las leyes, los pobres hombres viejos y encorvados suponen que hay fantasmas, y que las cosas andan, y que acatan las manos misteriosas órdenes. Y que todo se mueve con el leve vals que desde los parlantes de los edificios canta, suave. Pero del lado de acá, en que la primavera aún no detiene el viento helado, y ese par de ebrios se aprestan a morir a cuchilladas apenas salgan del bar, las manos, por inercia, hastiadas toman cosas, las dejan caer, y otras manos las toman, para alguna vez dejarlas caer también. Llega el momento en que caen las manos; y son cosas. Son tomadas, y en un rincón oscuro, alguien hace quizás qué cosas con ellas.

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ES QUE DIOS HA MUERTO

¿Habrá muerto Dios? Porque era Dios, llevando aspirinas y cordones de zapatos y botones y mentas de un extremo al otro de la ciudad. A nadie se lo dije: nadie más lo sabía. En menos de un cuarto de hora las piernas de hilillo, la figura gastada, aparecían en cada bar, cada boliche perdido de Valparaíso. ¿Para qué hablarle? Habría sido cruel: con las cañas de vino mantenía todo el cansancio de la eternidad, los ojos legañosos y semidormidos de tanto horror de siglos se cerraban solos. No hay que importunar a los viejos alcohólicos en su larga marcha. Ahora, al volver de un destierro miserable, nadie lo ha visto cuando he preguntado –la gente es más alegre, los bares son más refinados, las muchachas más bellas. No hay lugar para Él en el puerto patrimonial y hambriento de éxitos. De seguro ni siquiera habrá leído a Nietzsche: no hizo falta. La sucia muerte de la intoxicación barrió con Él y su mercancía; y no me siento, nadie se siente más solo por eso.

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PREGUNTAS METAFÍSICAS AL DIFUNTO BIRAM

¿La belleza o la pureza, Biram, en cuál mano la mano que elige el premio, si es que hay premio? El espacio feroz de las patrias anfitrionas seguirá con sus chistes de mala clase, las manos empuñadas, esperando con bellos ojos que te decidas de una vez, aun cuando hace rato que eres carne de gusanos. ¿Acaso no existía un peor clima, espejismos más concentrados en su cristal ambiguo: tenía que ser esta desgracia oscura que pisamos, las ruinas de las más desatadas esperanzas, la estrella solitaria? Solitaria, Biram, solitaria y feroz: hay mal clima en el Sur, siempre; no se puede leer con esta lluvia, los seres gritan todo el día: no mires los rostros, sólo escucha los millones de almas en el eco húmedo de los cerros sin hierba. Y ahora, ahora, bajo quizá qué piedra sucia, llegue de nuevo la vieja broma: Biram, la belleza o la pureza, y en cuál mano el premio, si es que hay premio, y váyase toda esta metafísica de preguntas a la puta que la parió. Estás muerto: esas cosas

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que le pasan todos los días a la gente. No hay sentido en esto, no se puede hacer poemas sobre estas cosas.

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BALADA DE LA APUESTA Para S. Parece simple empuñar la mano, dejar las fichas en la diabólica mesa reglada: el croupier es un borracho que sería mendigo sin esta ocupación de estafa y juegos de mano evidentes para un ojo bien entrenado. ¿Educaste bien tus pupilas los doce años obligados y esos cuantos más que hacen falta para ser gente de provecho? Así que ya ves en qué consiste este mercado de la usurpación: ni la peor fiesta tropical dominguera resistiría este tipo de escenas. Las tres patas de la mesa del mercado del mundo cojean y son de madera terciada. Todo se ha degradado tanto, tanto, que obligados ponemos las fichas en este gesto que parece tan simple. Pero mira esto. De vez en cuando debemos hacer este truco: ocupamos con el cuerpo en pleno, de un solo salto, la casilla, y la mesa tambalea, las patas y la cubierta se despedazan y dispersan, el resto de parroquianos miran, aterrados. Y el borracho huye, pues reconoce a un conocedor. Así de frágil el mundo: cualquiera –nosotros-, torpe lo hace caer; y siempre se gana así la apuesta, enteros para otro turno de baccarat, otra noche en el casino, sonrientes, vivo el color de las mejillas, victoriosos.

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DISQUISICIÓN SOCIOECONÓMICA A Jaime Luis Huenún Y eso que dicen que las empresas no tienen alma, que los Estados son peso muerto -todo aquello que nos oprime tiene un alma: es cuerpo lo que no usan. Se despliegan aéreas, bursátiles las corporaciones, las lecheras, las forestales, sin ocupar, como hadas oscuras, el espacio extendido. Es otro el problema: nosotros ocupamos espacio. Estorbamos con maña, con el torpe cuerpo y esta ropa de segunda mano, a la libre concurrencia del capital, al tránsito del mundo. Usted y su gente, yo y los míos, todos hacemos bulto, y la poesía, ¡ah la poesía!, también ocupa un lugar en la persistente vibración del aire. Así es que si tenemos problemas, no es nuestra culpa. Tampoco de las liberadas y espléndidas fuerzas productivas. La responsabilidad habrá que dársela al gesto primario e insolente del coito que nos trajo a estas tres dimensiones del mundo -negación de toda alma, puro cuerpo, el más rojo abuso del espacio. Así que el puñetazo, la piedra en la mano -rifles y dinamita cuando las cosas se pongan bravas-, deben ser gestos gratuitos y bellos. No hay razón en verdad para todos estos arduos trabajos. Quizá y sólo para

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exigir el contrato de arriendo por este metro de oxígeno, y no tener ni la más mínima, ni la sombra de la intención de pagar. Esas hadas negras son objetos sutiles: qué van ellas a saber de dinero.

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NOCTURNO DE SANTIAGO

Irrumpen los autos, los monstruos de metal sobre el cemento, y se dice, entonces, que ruges. Como una fiera, mientras yo escucho ronroneos -Gata madre, el pelaje gris siempre trae mal nombre. Hace veinte años a cada paso te negaba esa manada de resentidos soñando de día con Chiloé, Valparaíso, el Valle. Tendré que darte alabanzas, Santiago, Gata madre, para que me acojas como animal enfermo -aunque sé bien que eso no es lo que las gatas hacen. Ellas recargan el calcio con los huesos de sus hijos muertos, y tienen demasiado que hacer –la caza, las fiestas en el techocomo para preocuparse de animalitos. Así, feroz, con las avenidas amplias e infinitas, el seno cavado y el lomo costroso de edificios en construcción, te reconozco, desplegada bajo el cielo que te corresponde, insano, a minutos de una lluvia inclemente. El salto de la cazadora deslumbra muy fuerte a la vista, y por eso sola te has quedado con ese montón de huesos en el nido. Alguna vez, cuando el mundo se acabe –todo barrido por el más hermoso fuego-, subiremos al tejado de la nada. En ese oscuro vacío cruel los gatos lucirán el pelaje bajo la luna muda -el maullido: el más hermoso de los ecos.

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LA VIDA POÉTICA A L. ¿No ve, hermano, que la vida poética es alcanzable para los mortales? ¿Y ese sur de la noche violenta aún, aún en este puerto kilómetros al norte, la sangre ardiendo? Los carabineros, claro, son los mismos -nunca han dejado de serlo-; y esta escena de comisaría -las esposas, el encierro, las botasno ha variado. Treinta años, cien años, ayer, también llenaban papelitos con sentencias y frases tribunicias. La diferencia es que esto es francamente cómico: ya no queman las casas, ya no escupen el vientre que a uno le parió, ya no usan máquinas eléctricas. Claro, estos tiempos son enteramente réplicas, pero fíjese en esta decadencia -usted con sed de whisky, el teniente con el zapato suyo marcado en el honorable mentón. Olvidemos la tragedia de ayer, por este rato. Es la vida poética. Todo juega a repetirse, pero ahora da a lo más para hacer chistes, pensar en la noche violenta del sur, hacer poemas de circunstancia, reposar en el rol que nos toca en esta opereta final, y ocuparse en la mañana de otros asuntos. Nos libre este sur de la sangre de tomar las cosas en serio. Alcemos los vasos.

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SUEÑO DE LAS MAESTRANZAS

A la espalda de mi padre, en el taller tras la oficina, vibraba y tamboreaba el son de las máquinas que hacían las piezas de otras máquinas –mas ya no se puede, no se debe hablar de la música de esos largos días. La libre importación dio cuenta de las maestranzas, del amoroso aceite que filtraba las comisuras del gris metal de las fresadoras, de una solidez que el mundo ya no consiente. Todo hoy es tan sutil. A lo más el fax da el trino limpio: ha llegado la pieza requerida, el impuesto se arrastra y se liquida camino del satélite -cómo, cómo desde la mano en el tablero oblicuo nacía la firme curva de los precisos, preciosos objetos. Nadie puede ya ver eso más. Se fue sin heroísmos a la silenciosa cloaca de la historia. Quedan aún sonando bajo el aire dolorido los discursos sobre el progreso –pura llamarada verbaly los hijos adictos de los operarios, maldiciendo la explotación de sus ancestros a pipazos brutales. No más el limpio aroma del aceite, la música acompasada bajo otro sol: temas de reserva para cuadernos de notas de poemas impublicables -la estúpida infancia bajo los militares aún en la sangre, cantando como ayer en las fiestas de siempre, sin saber ya de qué diablos escribir en este sutil, callado fin de mundo.

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LOS OPERARIOS

Los hombres de empresa siempre fueron honestos caballeros. La honestidad obliga: su vida era horrorosa. El dinero fue maldición -siempre el tiempo fue más extenso cada vez, y la familia, se sabe, te da duro -envidiaban la soltura de mano, la mirada elegante de los ingenieros, mientras las casas de veraneo, las cuotas del club, los hijos despreocupados y artistas. No fueron ellos -los hombres de la foto del periódico patronal- quienes cambiaron este mundo a pura roja fuerza: sobran los nombres propios. Los documentos bancarios, las fotos de inauguración de las chimeneas, el brazo descubierto y sudado del operario, el limpio trazo del lápiz sobre el tablero, los constructores de las casas de las villas obreras, los contratistas comerciales hora sobra hora, dando la entrada al feroz metal; todos, todos ellos hicieron un tejido deslumbrante e indivisible. Cuando apareció de tarde en tarde el fantasma de un país, ellos le hicieron estatuas -le adoraron, como quien cree en Dios. Ahora, seco y feroz, el mundo es una presa que espera por sus lobos, medio a medio del monte abierto. Ida la belleza de las maestranzas, ida la soberbia de los hombres de empresa: la angustia y la belleza, la miseria de ese mundo

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da hoy para glorias dudosas y póstumas. Qué decir de los poetas de esos años. No conocían de épicas, no vieron que el torno moldeando bellamente –acero nacional- merecía más su lugar en el mundo que la dignidad de un arte viejo, inútil, en plena corrupción, como un vino en la esquina de una cava desierta de una casa caída.

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LOS NIETOS

Los abuelos de los muchachos de la Población Emergencia pisaban orgullosos el cemento amanecido. En el cosmos nuevo, esplendente de Hualpencillo sus siluetas se perfilaron erguidas, imaginando las vidas como árboles, entero un firme bosque en torno, poblado y resonante de aves -¿cantaban, silbaban, daban sutiles pasos de baile bajo el rosado matiz, el fresco viento? ¿alguien acá en la sala los vio, les escuchó en la cotidiana marcha? Nadie ya recuerda: el tiempo se dio el lujo de su seco temblor, y en la Población Emergencia –hija de la sísmica- pasan los taxis toda la noche. Los muchachos reparten la merca para las fiestas de los nietos de los hombres de empresa. Lloran en las plazas las viejas señoras al ver esta plena miseria –cada vez más barato el material de los muros, cada vez más fría la brisa de la tarde-, y haría falta algo más: un hecho más violento en el ánimo que las sencillas y prudentes lágrimas -viento el bello esfuerzo humano, cenizas las fotos de mi abuelo bajo la chimenea de Huachipato. La droga es ya necesaria, matando el doloroso paso del día y de la noche. Es justicia lo que administran en sus mínimas dosis maleadas los nietos de los honestos operarios. Para ellos no la policía:

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sino el beso final de la Historia, amoroso. Cuide su tráfico un dios abismal; cúbralos del frío, del hambre, de la abstinencia.

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LA FAMILIA DE MI PADRE

Nació mi padre porque sus hermanas nacieron: el horizonte abierto y anguloso de las nuevas fundaciones le saludó al primer grito. Crecían ellas como árboles mientras mi padre moldeaba los huesos bajo la bruma densa de Coronel, y fue natural que eligiera como vida el dedicarse a esa familia suya. Desde la oficina dibujaba sus perfiles con seguro trazo, y las veinte máquinas herramientas de la maestranza le cantaban a coro. Yo le vi alzar la vista, reconocer el leve matiz de lenguaje que le pedía el cuidado que no le daría el operario –no sabían ellos, no podían saber, las sílabas precisas de esas precisas criaturas. Hasta el vendaval sutil, silencioso, que barrió con todo eso, él aseguró el amor de la gris familia, y aún guardo en el alma las palabras suyas: no hay azar en las máquinas, mientras yo programaba juegos de dados en el Atari Basic. El tiempo del cáncer fue, dolorosamente, el exacto. El necesario. La oscura inteligencia del mundo dejó las cosas en este agudo silencio sin sentido que habito con hermanas blancas y esquivas, que envejecen y mueren de un año para el otro –ofertazos de tiendas, reciclajes: baila su valor y caen sin alma quién sabe dónde. Al menos este arte persiste, como ruinas de cepilladoras,

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bajo este óxido poblado de animales. Y más allá de esta calle llena de grafittis y ruinas de concreto, la gente hace cosas, se mueve en la verdad, con los dedos hace luz de la penumbra, deja atrás a toda ésta, mi borrosa dinastía.

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BALADA DE LAS HERMANAS

Mis hermanas no crecen -se hacen cada día más pequeñas. Nacen y siguen naciendo, y envejecen tras dos o tres años. Hay océanos de ellas, y les gusta cumplir todos y cada uno de mis sueños de infancia: han clausurado el espacio y el tiempo, delinean con gracia su propio ser. Y rápido y lamentablemente mueren, porque hay un nuevo sistema operativo, porque la nueva cría es más modosa, más pequeña, y llama a que la abracen y cuiden sin palabras, o porque todos terminan hastiados de ellas: acaban en la calle, sin que nadie les dirija la mirada –ni pensar en amarlas. Les entra polvo y tierra entre los huesos, y así acaban lentas, arrastrándose, oscuras. Es el destino -el tiempo no sería el tiempo si no se portara de esa forma: váyase usted, déjese de molestar, no haga bulto. Con mi familia siempre ha sido así: la nada tras la puerta de afuera, su cortejo eterno. A olvidarse de lo permanente del acero: habrá que aceptar el leve amor que se va y vuelve sin huellas. Es fuerte el viento acá, cuesta estar en medio de la calle: establecerse. Ha sido el más bello de los destinos el que ha moldeado el corazón de mis hermanas -eternamente agonizantes-, viendo perfilada y segura en el horizonte la inconmovible verdad de los basureros.

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PARÁBOLA DE LA VERDAD

Una casa de espejos: ya nadie viene. Nada es tan fiel como esta sombra, saltando de uno a otro espejo –la luz de las grietas de la casucha se cuela sólo para crear esta burlona tiniebla: no deja ver el suelo sin barrer, el vaso plástico que ya hace años duerme y se deshace en una nada diez veces repetida. La existencia más allá de los muros es ya una pura fantasía: podría haber festines o matanzas, y el cristal de estos paneles mentirosos seguirá como imperturbable, torciendo el infinito entre penumbras. Ni una música de la maravillada clientela, de los que de sí mismos salieron en la preciosa vagancia de los domingos. Nadie hace la ansiosa especulación intelectual sobre los espejos: las arañas, infinitud de ácaros, las ratas, no tienen afanes mayores que el hambre eterna, la enfermiza caza a oscuras. Es inmortal –hoy- esta casa de espejos. En el más fatal exceso de reflejo, a sí misma se encuentra cada día. La luz se va por las rendijas de occidente. Todo queda a oscuras.

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PARÁBOLA DEL DESPLAZADO

Una imagen de los malos climas: el niño de gorra patalea sobre la acera, y su madre le grita que se queda atrás, que camine más rápido, que deben llegar luego a casa. Sobre sus dos urgencias contrastadas, un viento frío de muerte baja desde el cerro Florida, y el llanto febril del desplazado llena la breve calle. Sea cual sea el objeto ansiado o el lugar del que no quiere partir, algo guarda de ancestral esta batalla mañosa, la cabeza de la madre vuelta, feroz, hacia el frente, el enrojecido deseo incumplido en las suaves mejillas. No es nada nuevo. El niño de chaleco rojo y la cabeza descubierta ha visto y vivido este acto, conoce el peso de los gestos, y adelanta la mano derecha. La izquierda, presa de su padre sonriente, sufre un leve estremecimiento, mientras brillosas las pupilas y serenas las comisuras de los labios, reproduce la cálida expresión de su progenitor. Al acercarse, el natural miedo infantil proyecta al niño de gorra lejos de la mano tendida. De dos a cuatro pasos se adelanta. La acera le pesa sobre los pies en la carrera intempestiva, y ni siquiera, los ojos fijos en el pavimento amargo, logra ver el saludo de la niña de adelante, los ojos claros, la silueta

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de la madre a su lado, airosa y rĂĄpida, mirando hacia el frente, como se debe mirar en los tiempos inciertos.

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PARÁBOLA DE LA BUENA VIDA

Los pájaros al morir, con el veneno de nuestros restos –solemne rapiña inmunda-, caen desde los árboles, se estrellan contra el piso. No oímos esos ruidos: sólo el gato o el perro oyen ese don celestial, que les consuela en los días fríos. Desde su festín rápido e ineficaz, los llamados animales superiores volverán a su patio o a sus calles de vagancia, reproducirán el paso del ancestro al gritar o aparearse. Nada de esto dejará nunca de suceder. Las gargantas de uno y otro animal seguirán envenenándose con la ponzoña del otro: como si el mundo se besara profundamente a sí mismo, con el violento, porfiado y denso masaje de lenguas de los amantes borrachos, que no piensan lo que hacen -tan sólo en cuándo acabar, y en el fondo de su conciencia cuándo echarse a dormir. El sordo golpe del pájaro contra el cemento -las plumas estrechándose, sucias, una sobre la otra-, no son parte del gran despliegue de la conciencia del mundo. Es tema menor, consuelo de perros y gatos, preocupación para el ornato municipal, tema para poetas.

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PARÁBOLA DE LA FRATERNIDAD

No en cualquier sitio se verán bien: los gusanos y la parda madera parecerían un solo cúmulo, y en el plástico claro las manchas opacas quedan: se elige -siempre- la lata de simple y metálico tono; ahí se revuelven, se abrazan en la ceguera antes que su reflejo único, infinito, un espacio abrazándose en un círculo de impuro reflejo les devuelva la comunión de monstruos que han llegado a ser. No hay ojo que vea luz: tan sólo el calor falso de la luz que se hace diez y veinte y treinta llamas desprendidas de sus revuelta frialdad. Los anillos heridos se buscan en toda la superficie de su puro tránsito oscuro hacia el riachuelo en que serán un episodio sin importancia de otra historia repetida. La evidencia de sí mismos, encimados nudos apenas la luz les golpea, da ese tuerce leve, genuino ancestro del terror. Mientras más bello el día, más frío el relámpago de su denso sangrar primordial. Esperan ansiosos el ciego encierro, abrazarse inconscientes, paso a paso de frías, oscuras horas, hasta morirse.

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PARÁBOLA DEL TEDIO

El terminal de buses tiene la playa a la vuelta de la duna. Por eso el ritmo del mundo luce acá su pausa, larga: la gente espera, con rostro de espera, y los niños bailan -les gusta que los miren, esa felicidad inefable-, mientras, los pocos buses de mediados de semana llegan y se van al mismo paso, se diría, que la marea sugerida por la brisa. Hay perros –no hay rodoviario sin perros-, pero éste, mestizo de pastor, da vueltas como si el único perro de cualquier rodoviario. Se mueven todos así: baja la testa, la cola hace el amistoso espasmo –y las quince almas en espera del viaje sentadas al frente. Un gorrión, a saltos, recorre la losa en busca de migas: sus patas dejan algo en el suelo que el perro huele, y en vez de seguir la sutil, nerviosa forma, el can huele las partículas imposibles de su rastro, y alza las orejas. Dos saltos del gorrión, y el perro cambia, cabeza gacha, su dirección: ¿tiene temor el pájaro, confía el can en la cacería, tras años de rapiña paciente entre los humanos? Nada de esto, es sólo química. El perro no sabe ni el gorrión en qué juego están metidos: son animales,

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no tienen conciencia, no saben. Se escapa el ave rápida diez metros hacia el sur. El perro alcanza la huella y avanza uno-dos pasos lento, y tres o cuatro hasta el punto exacto en que el pájaro estuvo, porque ya está ahora tres metros más allá. No saben en qué están. No saben siquiera -eso es imposible- que alguien escribirá sobre el tedio infinito de los balnearios a mitad de semana; sobre sencillamente ser, y el asco que despierta esa minucia. El perro y el gorrión son animales: no saben el juego en que están metidos, nadie apuesta, nadie mira. Los balnearios del sur del mundo no son un espectáculo, nadie detendrá el tiempo en este tipo de historias vacías, a mitad de semana, en la época más fría del año.

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PARÁBOLA DE LA JUSTICIA

El ingeniero regula la temperatura -desconfía del aparato japonés. La humedad es de primera importancia -el límite fijado por estándares precisos. Hace bromas sobre los cerdos –si parecen sonreír, envueltos, graciosos en su continuo roce-, mientras la ventana hermética se desempaña en breves segundos, para mantener el control necesario. El cerdo es un ser tranquilo -si se diera el milagro del deseo de ataque, no podría, no tiene cómo. Se sacian, dan vueltas uno sobre el otro, pacíficos y dóciles, las hembras apartadas más allá de su vista y su conocimiento, segregadas. Han llegado a su momento antes de la edad –virtud de la tecnología nutricional más avanzada de la historia-, y como si supieran que la justicia es madre mayor de las épocas que vivimos, no esperan ni horror ni dolores cuando, como soldados, se dan a la alimentación ajena. En ese instante, los ingenieros hacen los mejores chistes -como en espasmos, dan la nueva respuesta a la anterior, los ojos fijos en los ojos mudos del cerdo muerto. La cabeza y las vísceras se van quién sabe dónde. El resto es comido en alegría y comunión. Es una historia que siempre termina bien. Nadie sufre demasiado, no hay juicios éticos vacíos ante este sacrificio tan antiguo en su modernidad. Tampoco hay tiempo. Han nacido más

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en estas últimas 12 horas, hay que hacer espacio: las empresas de producción de carne tienen un horror al vacío análogo y quizá peor -el ansia, el color rojo, el ruidoque el de la ciencia física.

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PARÁBOLA DE LA BIENAVENTURANZA

No es un trabajo: hay cosas que no se hacen porque deban hacerse, sino porque nadie, nadie más las haría si no estuvieras ahí, pala en mano, el diablito en la otra, metal frío en fría noche para que vuelvan los difuntos a ver la luz –la luz breve pero suficiente para que la plata o el oro maleado aparezcan como estrellitas al fondo. Sobra decir que siempre están quietos: es mito eso de los errores del médico. No hay gestos, no despiertan; a veces los gusanos se adelantaron sobre la piel, han roto los delicados cauces del ojo, el amante labio; y la dama no se queja, sigue infinitamente mirando sobre la cerrada piel ese último espanto final de los nervios quebrándose. El profanador de tumbas ha llegado a una sabiduría que nadie más sobre esta devastación de aldeas secas en todo el ancho mundo agónico: eso era todo, viejo, dice embromando, y debe con una navaja bien afilada sacar el anillo como quien esculpe un trozo de madera. No teme historias macabras. Nunca en la escuela los sabios o los curas hablaron seriamente de vampiros o embrujados. Bajo la mañana bella, duerme tranquilo: desde su ventana sin vidrios las aves confirman su paz.

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DESPOBLADOS


INDICE

TRINOS EBRIOS A MODO DE POÉTICA . . . . . . . 7 BALADA DE LOS VERDUGOS . . . . . . . . . . . . . . . 8 VISIÓN DEL OFICIANTE . . . . . . . . . . . . . . . 10 MARX . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 SAULO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 12 VALDIVIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 NIETZSCHE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15 ALLENDE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16 EL DÍA DESPUÉS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18 ODA A STALIN, 2006 . . . . . . . . . . . . . . . 20 PEQUEÑA CANCIÓN REALISTA . . . . . . . . . . . . . . 22 ES QUE DIOS HA MUERTO . . . . . . . . . . . . . . 23 PREGUNTAS METAFÍSICAS AL DIFUNTO BIRAM . . . . 24 BALADA DE LA APUESTA . . . . . . . . . . . . . . . . 26 DISQUISICIÓN SOCIOECONÓMICA . . . . . . . . . . . . . 27 NOCTURNO DE SANTIAGO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29 LA VIDA POÉTICA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30 SUEÑO DE LAS MAESTRANZAS . . . . . . . . . . . . . . . . 31 LOS OPERARIOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 32 LOS NIETOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 34 LA FAMILIA DE MI PADRE . . . . . . . . . . . . . . . . 36 BALADA DE LAS HERMANAS . . . . . . . . . . . . . . . 38 PARÁBOLA DE LA VERDAD . . . . . . . . . . . . . . 39 PARÁBOLA DEL DESPLAZADO . . . . . . . . . . . . . . 40 PARÁBOLA DE LA BUENA VIDA . . . . . . . . . . . . . . . 42 PARÁBOLA DE LA FRATERNIDAD . . . . . . . . . . . 43 PARÁBOLA DEL TEDIO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 44 PARÁBOLA DE LA JUSTICIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46 PARÁBOLA DE LA BIENAVENTURANZA . . . . . . . 48


Despoblados de Carlos Henrickson se termin贸 de imprimir en el mes de octubre de 2010 en el taller de experimentaciOn grAfica de editorial FUGA! Fue dise帽ado, editado, impreso y armado artesanalmente por los miembros de la editorial en la ciudad de Santiago de Chile. http://editorialfuga.tk este proyecto fue posible gracias al aporte de:

www.papelesomega.cl


DESPOBLADOS  

Autor: Carlos Henrickson Publicado en enero de 2011 y presentado en BALMACEDA ARTE JOVEN por Juan Pablo Pereira

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