Page 1


El BUhonero el mar y yo el peso del amor el sol reflejado en el agua de jofaina la casa de la villa la culpa Señales la invitación la nina el espejo y el jardinero las cartas sin consuelo Ramón, Juan y José: tres almas en busca de compañía Ziola: la fortinera inesperado visitante


prólogo 2019, un año marcado por el placer de compartir aquello que nos apasiona: leer y escribir. Pero no leer por leer, sino leer buscando las bellas letras, y en ellas, los puntos de unión y los de tensión. Leemos Literatura para escribir mejor, para conocer nuevos modos de expresar, de contar, de crear mundos posibles, creíbles. El Taller de Literatura del Espacio Illia Río Cuarto se enorgullece en presentar la segunda edición de su revista literaria: La Illíada. Compartimos con todos ustedes parte de las producciones de un año de trabajo, donde hilvanando letras, bordando palabras hemos logrado construir un espacio de disfrute literario.

Taller de Literatura Espacio Illia Rìo Cuarto 2019

3


El buhonero Quizá te interese conocer mi historia, o mejor dicho, las extrañas historias que formaron parte de mi eterno caminar de buhonero, eso soy, mercanchifle, por elección propia. Atraído por la falta de horarios esclavizantes, mi opción fue inmediata, al cumplir los dieciocho años.

muchas más las experiencias que, me enriquecieron. Recuerdo el café con leche caliente, que me servía cada mañana Doña Laura, antes de empezar mi recorrido y sin esperar nada a cambio, porque sabía que nada, tenía para dar. Los acolchados tejidos por las propias manos de abuela, que dejaba sobre mi cama, cuando pude pagar una pobre pensión. Y, otras tantas almas buenas que, crucé en mi camino.

-¡Aquí todos trabajan! Había sido la reconocida perorata de mi padre, que no admitió dilación. Mi abuela, se encargó de proveerme las primeras baratijas, que fueron el capital con que inicié mi camino. Mis padres me acompañaron hasta la puerta. Los miré, buscando un gesto que indicara una dirección, pero, mi padre solo dijo,

De pronto, mi penosa vida, empezó a cambiar. La inauguración de la línea ferroviaria que atravesaba casi todos los pueblos que yo visitaba, me permitió viajar en tren y ya no fue necesario, el esfuerzo desmesurado de caminar por horas.

-¡El mundo es grande! y girando sobre sus talones, ambos volvieron a sus quehaceres.

Ahí fue donde, pude conocer personas que, despertaron mi curiosidad de joven. Dos, atrajeron, especialmente, mi atención y pude rescatar sus historias, después de tantos años. Algunos detalles conocí de sus propias bocas y otros, por comentarios del pueblo, que a veces, parece saber más que el propio interesado.

Quedé solo. Volví a mirar a todos lados. Ha pasado tanto tiempo que, se desdibujan los detalles de ese día. Sé que colgué de un hombro mis escasas pertenencias mientras, sostenía en la otra mano mis contados artículos de venta.

El padre Manuel, me conoce, de haberme visto tantas veces desde joven. Hoy conversé unas palabras con él, y como siempre, me dió su bendición junto a una estampita, para que me preserve del mal. Es como muchos un cura bonachón de pueblo, que a su modo, intenta arreglar vidas ajenas. Me pregunto si habrá logrado alguna vez su propósito.

De pronto, no sé cuándo, sin darme cuenta, di el primer paso. Sí, el primero de lo que iba a ser mi eterno caminar, que lleva ya cuarenta años. Tengo tantas vidas ajenas pegadas a mi piel, que a veces, dudo en reconocer mi propia historia. Si es que alguna vez, tuve una historia propia. Recuerdo los fríos de invierno que amorataban mis manos, llenándolas de sabañones. Las grietas de mis botines, por los que sin piedad se filtraba el agua de deshielo. Pero…son solo ramalazos de épocas de sufrimiento y esfuerzo, que no dañaron mi alma. Fueron

Pero, ¡bien dicen que las cosas buenas no vienen de a una! Porque…hoy, cuando la vi ascender al tren, creí reconocerla de inmediato. Pero un inexplicable pudor, que ni el tiempo pudo vencer, me llevó a calla... Me limité a observarla de soslayo.

4


…… Hace poco volví al pueblo, lo vi cambiado. Mi antigua casa de esquina era solo una tapera y de mis conocidos, a nadie pude reconocer, como tampoco nadie me reconoció.

descocados como ella, subiéndose al pino de la plaza y… no es por nada Padre, pero hoy la hallé charlando con un muchachón, de esos que pasan por el pueblo vendiendo baratijas, y ...¡quién sabe con qué otras intenciones!. -Dígame padre,¿qué debo hacer? -Mire doña María, ahora usted está muy alterada, mejor hablamos mañana. …

Llevo hábito de monja, y es casi imposible que alguien descubra mi pasado, tan oculto detrás de él. Apenas tenía catorce años, cuando ocurrió aquello, él, era unos años mayor, pero tan indefenso que despertó mi ternura. Entonces, sin pensarlo, por puro impulso le hablé.

Esa historia tiene ya cuarenta años. Hoy volví al pueblo, por indicación de la madre superiora.

-¡Hola!-le dije,¿ puedo sentarme?.

Debía elevar un diagnóstico sobre el funcionamiento de la escuela parroquial, pero después de hacerlo, no pude evitar la tentación de recorrer la plaza, y allí fui.

Al instante, su rostro, se encendió. Trató de esconder el pedazo de pan con milanesa que estaba comiendo, pero al hacerlo cayó a mis pies, la botella de agua. Me agaché para recogerla y justo ahí, aspiré su olor a joven bueno. Confundido sonrió, y su timidez alentó mi conducta de acercamiento.

Como todo, está cambiada. Ni los bancos de madera son los mismos. Tampoco está el viejo jardinero que me regalaba rosas, para la virgen. Tiene luces que impiden disfrutar del arrebol de las tardes, que yo viví. Caminé por los veredones, con mi maletín a cuestas. Traté de recuperar, con el recuerdo, el aroma de la magnolia que se llevó el tiempo. Entonces, escuché el silbato del tren, anunciando la próxima partida, y, apuré mi paso.

-¿Sos de aquí?, pregunté. -No, estoy de paso. Respondió. El grito de mi madre me alertó, pero ya era tarde. Estaba muy cerca y no pude evitar que él escuchara el insulto. -¿Cuántas veces tengo que decirte que no te arrimes a vagos?- espetó.

De mi historia personal no queda nada. Nada me ata a este pueblo, nada queda de mi infancia. Mi mente repasó, como en letanía:”Volveré a retomar mi diaria rutina, que nunca me hizo feliz”.

Y.El cachetazo, voló a mi mejilla. Humillada, sintiendo arder mi vergüenza, eché a correr. Después, todo fue un confuso torbellino. Mi madre me arrastró hasta la iglesia, pidió hablar con el cura e hizo su relato.

Las tareas catequísticas, con niños que, cada vez están más alejados de las necesidades espirituales. Los estrictos y controlados horarios, que pretenden ser un acercamiento a Jesús, ignorando que jamás Dios nos pidió cronometrar nuestra felicidad.

-¡Es imposible manejar a esta niña, padre!. -¡Me tiene sobre ascuas, todo el día! - Cuando no está en el arroyo mojándose los pies, corre por el campo de lino como alma que lleva el diablo. -La maestra se queja por sus distracciones diarias y de un día al otro, olvida lo aprendido. - Días pasados, la encontré con otros

Volveré una y otra vez a los lejanos recuerdos que, me atan a mi indeclinable condición de mujer. Caminé hasta llegar al andén, entonces la enjuta figura del padre Manuel, apareció.

5


Un rencor, que creía olvidado, me tocó el alma. Intenté pasar a su lado, desapercibida. Alertado por el hábito, me habló:-¿Cómo esta hermana? preguntó.

EL MAR Y YO El batir de puntillas

-¿Cómo anda su servicio al Señor? Comprendí que no había reconocido en mí, a aquella niña a la cual había marcado, junto a mi madre, un tortuoso camino de vida. Solo contesté: -¡Bien Padre! Y seguí. … -¡Qué extraño! Esa muchacha me recuerda alguien, pero… Mi achacosa memoria de cura viejo, se niega a recordar. -¡Qué pena! No pude conversar con ella. Bueno sería conocer su historia vocacional. Iba con mucha prisa. Fue muy cortante y formal su respuesta ¿Temería perder el tren? Bueno, quizá, la vea otra vez. … Solo por impulso, volví la mirada hacia el pueblo, y, me prometí, no volver … entonces, casi tranquila subí al tren… Un señor hizo un espacio a su lado, para que me sentara. Le agradecí apenas, con una rápida mirada. De pronto… me alertó su rubor y, mi corazón comenzó a delatar mi regocijo. Ahí fue cuando, volví a ser la niña de entonces, simple y desenfadada y, buscando su mirada esquiva, pregunté: ¿conoce usted este pueblo?

de espuma, que atrevidas salpican el gran lienzo tal vez por darle vida… y ese pliegue escarlata, sus fulgores rotundos, despiertan las entrañas dormidas de mi mundo. Mezclados los azules con verdes esmeralda, los cubre tenue brillo con forma de medalla… y degusto, salobre, la brisa presumida, que acaricia mi piel un tanto envejecida… A su solaz me invade irrefrenable impulso de atrapar esta hora por vivir a su influjo.. y me vuelvo sirena, etérea, tan liviana… cual si ese burbujear

Él, mirándome sonrió, y contestó. Hace muchos años estuve aquí.

ya nunca me soltara. Mi silente observancia

Ocurrió que el libro que descansaba en su falda comenzó a deslizarse hacia el suelo. El movimiento de ambos fue instintivo.

de niña precavida, el mar y su horizonte lo han vuelto en sonatina.

Entonces, mientras se rozaban nuestras manos, volví a sentir el aroma de hombre bueno, que mi memoria olfativa guardaba.

Marta Caunedo

Creo que él, también vio la mariposa azul que, sobrevoló sobre nosotros y desapareció.

Fanny L. Villareal 6


EL PESO DEL AMOR Entonces, llega un lugar del barrio, a esa casa abandonada, que fue orgullo de otra época ( dicen que había quintas por allí, lo confirma la vieja planta de jazmín). Se quita el casco. Los muchachos en la entrada la miran, con la indiferencia del dolor tragada por el viento. Ella hace un gesto y uno de ellos señala hacia el interior. Entra, está oscuro… pisa ropa... empuja un cajón de gaseosa y lo llama. Oye respiración jadeante y pregunta: ¿Otra vez, Rodri? Al mismo tiempo que su celular encendido descubre su rostro. Está pasado de merca, le dice “su amigo”, el que lo acompaña. Lo levanta de ese espacio, si no lo hubiera visto de día, creería que era un excusado, por el desorden y la asfixia que le producía el olor y la penetrante oscuridad.

Estaciona su moto, se saca el casco y su rostro en la oscuridad siente el viento persistente. Todo el día hubo viento, Amalia lo conoce, está en su piel, en su cabello. Su figura se parece a esos árboles al costado de cualquier calle de su barrio, es igual, amontona basura no sólo en el tronco sino también en su copa. Su cabello tiene diversos colores, hace meses que no se tiñe, igualmente su aspecto tosco delinea, como esos cuadros viejos, un pasado de orgulloso esplendor. Ahora busca las llaves, entrá y todo está oscuro. Se alumbra con el celular y enciende la luz. El espacio es limitado, desde donde está parada puede ver que el Rodrigo no está durmiendo. Su rostro cansado se dibuja en las sombras del movimiento de su cabello despeinado. Vuelve a salir, se coloca el casco y arranca su moto, parece un ángel caído que pasa circulando. Piensa en lo triste de su vida desde que Rodrigo creció y optó. Ella sabe de opciones, desde niña cuando su madre la abandonó y su padre estaba pero no se notaba. Ella, con sólo 8 años, era experta en hacer la comida y lavar sus ropas. Todo lo aprendió mirando a su vecina, la Laura. Era buena la Laura qué le aconsejaba. Por ella, terminó el primario. Por ella, le ofrecieron un trabajo de cuidar una viejita para hacerle compañía. Después, todo se fue dando como las estaciones, y llegó el Rodrigo, y siguió trabajando mientras la Laura cuidaba el chico. Él terminó el primario y ella quería que siguiese el secundario. Pero, es el barrio - piensa- se te pega todo, la miseria, la marginación, las pocas ganas de pelear, la nada.

Se lleva a Rodrigo a su casa, como si llevara el regalo más querido. Ella lo ama al Rodrigo, pero sabe que quizás una noche su regalo de amor, sea sólo un cuerpo muerto en ese oscuro lugar… Llora en silencio, mientras maneja su moto y el viento le va secando las lágrimas. Oscura es la noche… Ella, un ángel resplandeciente. Recuerda una oración: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Se da cuenta que Rodrigo perdió su ángel. No quiere pensar más. No quiere ver cómo esa realidad maldita se adueña de su ser más amado. Algo en ella se quiebra para siempre...

Gladys Machuca

Son mis amigos decía el Rodrigo, ella sólo meneaba la cabeza, no sabía cómo hacer para alejarlo de esos “amigos”.

7


El general Caballero va directo hacia la gloria. Lo anunció esta mañana, el clarín de la victoria Erguido en su corcel, su pecho clama Por honor, por laureles y por fama Su mujer le dijo anoche, las noches ya están muy crueles. Cuidate la garganta, no hagas que me desvele Charreteras y alamares, el uniforme luciente Dos pistolas a la cintura y el sable con filo urgente El enemigo aparece y la tropa enardece. Al galope, al galope el corcel se le desboca El enemigo adelante, atrás viene la tropa Por un instante pensó, que inocente mi mujer Ante estas circunstancias que me cuide la garganta Por allí entró la lanza, como aguijón acerado A la vez que un rosetón en su frente ya le canta que el balazo había acertado Dos causas igual efecto El destino tan perfecto le señaló la salida Al general caballero se le acabó la partida El general Caballero se equivocó de sedero Pucha, no fue su amiga la suerte Él quería ir a la gloria pero tomó el de la muerte Su honor y sus laureles se disuelven en la nada No se queje general la taba se dió cambiada . Más quede usted satisfecho No es destino militar esperar la muerte en lecho.

Mario Maglione

8


EL SOL REFLEJADO EN EL AGUA DE LA JOFAINA Nací y crecí en una familia en donde el campo era un espacio común a todos. Donde el paisaje se diluía en una cercana o lejana línea ...el horizonte, que en mi niñez me permitía imaginar que conocía el mundo entero, pues no comprendía que más allá existían otros campos tan vastos como el que yo recorría.

sosiego para el agobio de tanta exposición al sol. Don Manuel era hombre coqueto y, terminado el día de trabajo tomaba su consuetudinario baño aunque una y mil veces hubiese lavado su cabeza y sus manos en el tanque y en el baño diario. Su aseo no concluía hasta que sus manos no fueran sumergidas en la palangana, para don Manuel: jofaina y aguamanil como para quienes se precien de ser descendientes de la madre patria.

Quiso el destino que a nuestro campo llegara para las faenas rurales, Don Manuel, alto y corpulento, de firme y elegante andar, rostro bien parecido, tez oscura curtida por el sol y la intemperie, manos grandes de nudillos prominentes tallados de tanta fuerza desplegada, hacían de él un hombre de fuerte presencia, de poca pero sabias palabras que ponían de manifiesto su conocimiento sobre el campo y sus secretos.

Llamó siempre mi atención cuán querida, cuán respetada, casi como si fuese un objeto de culto, era para Don Manuel la palangana y la jarra con que se echaba agua una y otra vez en su cabeza, para acomodar sus abundantes cabellos, poco dóciles como él, o en sus manos como caricia Don Manuel era hombre de campo. Cuando suave que prodiga la mano de la madre digo hombre de campo, digo conocedor de amada. todos los secretos de las tareas agrícolas ó ganaderas, las que emprendía con ahínEsa palangana-jofaina era de loza, simple co, entusiasmo y esmero. y noble como su dueño, formaba parte del Como es sabido en las faenas rurales, la ajuar que Don Manuel trajo consigo cuando tierra, el viento, los materiales de engrase, a conchabarse vino a nuestro campo. las tuercas, los látigos, los lazos, las riendas, los animales, las maquinarias, todo, Pocos enseres, poca vestimenta, poco calabsolutamente todo, ensucian cara, manos zado, y por qué no cuerpo. algunos sombreros indispensables para los quehaceres al aire libre y bajo el inmenDon Manuel, como todos los empleados so cielo, un par de sábanas y frazadas y rurales, entre tarea y tarea sumergía sus todo descuidadamente transportados en manos en el tanque australiano…Para la mudanza que le hiciéramos a nuestro quien no conoce de campo, se les dice campo. Pero en manos propias, envueltas australiano a los tanques que originarios en rudos papeles de diario, protegida, muy de Australia, a su semejanza se instalaprotegida, a punto tal de abrazarla junto ron en el campo argentino para contener a su pecho, mudó su dueño la jofaina y su el agua, que de las profundidades con su respectivo aguamanil, como si su destino incansables giros, si es que hay viento, sa- fuera acompañar y proteger a este solitario can los molinos para consumo de la gana- hombre. dería y en su caso, abastecer a la viviendas rurales para los menesteres domésticos. Llegado e instalado en la casa que para el Y con esas manos de gigante bonachón, peón estaba dispuesta, morada sencilla, limpiaba su cara, con frío por limpieza, pero limpia y con las comodidades suficon calor por limpieza, refresco y busca de cientes para ser habitada por una familia o

9


como en este caso, por su único morador Don Manuel. Llegados al campo, ni bien descendió de nuestra camioneta, el atado de ropa y el barullo de enseres domésticos fueron sin ningún cuidado depositados por Don Manuel en donde caer quisieron. Pero su tesoro, su bienamada palangana con su jarra le demandaron una rápida inspección ocular para decidir dónde instalarla. Finalmente, fueron depositadas en el ángulo que formaban las dos paredes que tenían ventanas,de modo tal que la luz destacara su preciado tesoro.

manos cuando la ocasión lo demandara, transformaban la rutina en un acto casi místico. Intrigada por el amor que en ese rudo hombre despertaba la palangana y su jarra, pregunté una tarde en que el sol se reflejaba sobre el agua de la jofaina. Don Manuel, ¿por qué quiere tanto a esa palangana? Él, sorprendido y hasta avergonzado, con los ojos brillosos por la emoción a pleno, dijo tan simples y tan hermosas palabras … porque en ella está mi madre.

¿Cómo? inquirí inquieta. Sí, mi patrona, Elegido el lugar, levantó un pedestal con como solía varios ladrillos bloque y sobre él los queri- llamarme, con esta palangana mi madre dos enseres. En línea recta y hacia el techo me lavó cara y manos muchos años y sabe colgó un espejo que confirmaría si el laqué… Lavar mi cara y mis manos era oporvado de cara había quedado como él detuno para acariciarme suave y tranquilaseaba y el alisado del pelo lucía elegante. mente y una vez bien limpio, su beso en Ello no conformó a Don Manuel, pues eso mi mejilla llegaba seguro, tranquilo y sereera para la noche, durante el día la palanno. gana y su jarra debían acompañarlo en la La vida me la llevó muy joven y con ella intemperie para sus varios lavados diarios, sus caricias y sus besos, por eso, esta pasumados a los que haría en el tanque aus- langana o como usted la llame, me acomtraliano, así las cosas caminó el patio que paña y al tocar el agua tocó las manos de rodeaba a la humilde casa y fijó su mirada mi madre y al echar el agua en mi cabeza, en un hermoso tronco que supo ser pie de en mi cara y en mis manos, me acaricia árbol en otros tiempos, magnífico pedestal mi madre. En fin patroncita, son cosas de lucía ante sus ojos, pedestal en el que el hombre sólo, al que la vida le fue dura y tiempo había labrado caprichosas figuras las caricias muy pocas… que lucirían de ahora en más junto a la amada palangana. Calló, el sol reflejado en el agua de la jofaina hizo el resto, pintó el paisaje, iluminó El pedestal de madera, se ubicaba debajo su cara, encandiló mis ojos y explicó fáde la frondosa copa de un árbol, la que por cilmente el amor que una palangana y su sus meandros de hojas permitía el paso de jarra insuflan a un corazón desolado. los rayos del sol. El sol reflejado en el agua de la jofaina, eran para Don Manuel paisaje que extasiaba su alma y ponía su corazón al desNinfa Gasó cubierto. Mire patrona qué lindo se refleja el sol, mire las estrellitas que dibuja, mire que dorada se pone el agua, ahora me lavo con oro y soy rico, estruendosa carcajada y otra vez retornaba a su rostro una paz casi divina. La dedicación, delicadeza y amor que ponía Don Manuel al cargar la jarra de fresca y límpida agua que lavaría su cara y sus

10


LA CASA DE LA VILLA El soplo de aire frío se cuela por las rendijas de la puerta, tan frío y húmedo como el que entra por el vidrio roto de la ventana, que en vano intentamos tapar con un diario. Este invierno es crudo e inclemente. La casilla nos cobija y a la noche nos amontonamos para dormir como se puede, dormimos vestidos, amontonados y tapándonos con las pocas frazadas que tenemos, que ya están raídas y abrigan poco. Cuando llueve las goteras que hay en el techo de chapas herrumbradas nos inoportuna, no tenemos que correr los muebles para que no se mojen, porque no tenemos. En esas oportunidades debemos cuidar que no se mojen la polenta y la harina que vienen en el bolsón que nos da la ayuda social y las velas porque si no, quedamos a oscuras.

Algunos fines de semana, se huele el olor a asado que hace algún vecino que durante la semana consiguió una changa o redujo algún afano. Nosotros solo comemos asado cuando lo hacen los políticos en campaña, que vienen a la villa a pedir el voto. A mi viejo le piden el voto y él dice que sí, pero el día de la votación no va, porque está siempre borracho. Mi madre le dice andá a trabajar vago, pero él no le hace caso, dice que no puede porque le duele el cuerpo. En cambio mi madre sale a trabajar en lo que consigue, ella está siempre cansada y flaca, nosotros le decimos ten{es que comer, ella nos mira y dice no tener hambre y a veces la he visto llorar a solas. Nosotros le preguntamos por qué no tenemos juguetes como los otros chicos y ella nos contesta: “porque somos pobres y que siempre ha sido así, nos tocó nacer del otro lado de la vía que se le va hacer”.

Cuando llueve mucho, el agua entra en la casilla y nos moja los dos colchones y las pilchas que son escasas. Menos mal que las lluvias fuertes son en verano y podemos aprovechar el sol para secarnos, lo que sí todos los patios y todas las veredas y calles quedan llenas de barro, cuando vamos a la escuela caminando se nos quedan pegadas las alpargatas. Vamos a la escuela no tanto para aprender si no para tomar el desayuno y el almuerzo, a la noche nos arreglamos con mate cocido y si hay pan, acompañado de pan. Mi madre con harina y grasa suele hacer tortas fritas, cocinadas en un fogón a leña; en una época supimos tener una garrafa, pero hubo que venderla, para comprar remedios que no tenían en el dispensario, para mi hermanita que se puso mala.

Nosotros tratamos de vestirnos bien, con la ropa que nos da la parroquia, cuando vamos a catequesis, ahí solemos ligar algunas galletitas. Las catequistas nos dicen que de los pobres será el reino de los cielos, donde todo es leche y miel. Yo pienso, que suerte algún día tendremos algo, nada dicen de asados pero quien sabe.

Mario Maglione

Los fines de semana, cuando no hay comedor en la escuela, mi madre hace un puchero usando la única olla toda tiznada y abollada, lo hace con huesos con poca carne y verduras que rescatamos de lo que tira el verdulero.

11


La Culpa La máquina del tren de carga pitaba hasta el hartazgo, y hasta que llegaba en dirección al andén no dejaba de sonar. Luego, venía la frenada de la máquina y el consiguiente choque de vagones, cuyos golpes estridentes iban en escala hasta el último de ellos. En esas circunstancias, creía la policía que habían asesinado a Manuela Correa, de un tiro en la frente. Su cuerpo fue encontrado por un ciclista que hacía habitualmente su camino por la huella que había entre el paredón del ferrocarril y la arboleda, después de esta y hasta el cordón del asfalto, el yuyal era de 40 ó 50 centímetros. Manuela estaba tirada de espalda, con sus enormes ojos abiertos y un agujero con apenas un hilo de sangre en la frente. Algo doloroso y profundo debió existir para segar la vida de Manuela, joven, hermosa, con un buen pasar, un marido que la amaba y un hijo de tres años. Lautaro Falcón, su esposo, estaba deshecho y no podía entender qué había sucedido para que Manuela terminase de esa manera tan horrible.

que se alejara de su marido, pero Miguel no estaba dispuesto a perder la buena vida que llevaba gracias a su suegro ya que su esposa era hija única. Además, Miguel no quería perder la relación que ambos tenían, incluso desde antes de ser novios de sus respectivas esposas. Un profundo e hiriente dolor, producto de la culpa, había embargado a Lautaro después de la confesión de Miguel. A tal punto que tomado un cuchillo lo había hundido en el cuerpo, aún desnudo de su amante que se hallaba en la cama. Tentados por el diablo, dirían algunos. Lautaro relató el hecho con tan pasmosa tranquilidad, que el oficial que le tomaba la declaración pensó que quizás, por primera vez, el hombre se sintió libre.

Marta Fernández

La investigación policial y la filosa lengua de la gente, jamás llegaron a buen puerto. No hubo siquiera un sospechoso. A Lautaro nunca se le conoció otra mujer y todo el mundo pensaba en cuánto respeto le guardaba a su difunta esposa. En la mañana del séptimo aniversario de la muerte de Manuela, Lautaro se presentó en la policía con las manos y la ropa manchadas de sangre, diciendo que acababa de matar a Miguel Valenzuela, esposo de la mejor amiga de Manuela. Éste, momentos antes, le había confesado que había asesinado a su mujer. Ella había descubierto la relación amorosa que ambos sostenían y lo había amenazado con contarle a su amiga. La condición para no hacerlo era

12


SEÑALES En el jardín es seguro se oculta una puerta desconocida para mí, imaginada por mí. La puerta cierra el día, el tumulto, aletarga los ojos. Se abre a sabiendas de la ausencia humana. Seres misteriosos asoman con la luna. Juegan haciendo sombras fantásticas. Cuando llueve, saltan figurando saltimbanquis. Lasgotas, en su caída imitan sonajas ruidosas. El viento suspira y aprecia el perfume sin artificio y ellos se dejan llevar de paseo.

Gladys Machuca

13


LA INVITACIÓN Juan, con sus 25 años, está terminando el secundario. Trabaja durante el día y cuando termina asiste a la escuela en horario nocturno.Hoy salió más tarde de la escuela, es invierno y está muy frío. Llega a la parada de colectivo y no hay nadie. Solo, se sienta en el banco que está adentro de la caseta. Está frío, está oscuro. Casi todas las ventanas de los edificios están cerradas, solo queda una abierta que refleja luz, algo de amarillo en tanto marrón oscuro. Juan mira para todos lados, el colectivo no viene, tiene que esperar. Cada vez está más frío, cada vez está más solo. Algo le llama la atención en la pared que está a su espalda. Un anuncio de un curso de tarot. ¡Jo! - piensa Juan - ¿A quién se le ocurre esta bobada? El colectivo no viene. Cada vez está más solo. Cada vez más frío. Algo lo lleva a mirar otra vez el anuncio y descubre que es la figura de una carta, ¡es una carta de tarot! El colectivo no viene. Vuelve a mirar esa carta que lo llena de curiosidad e ironía. Hay un espejo. Anuncia la “tirada del espejo”. Juan mira ese espejo que lo mira con insistencia. Es una mirada fija, ceñuda, fría. Juan desvía la vista y mira hacia donde tiene que venir el colectivo. El colectivo no viene.

El colectivo no viene. Está más frío. Está más oscuro. La única ventana con celosía abierta se cierra. Todo es gris y marrón oscuro. Juan vuelve a mirar ese espejo involuntariamente...algo , alguien lo obliga a mirar ese espejo. Un aire frío le corre por las piernas debajo del pantalón. Siente aprensión. Está solo. Las luces de la calle parecen que pierden brillo. El espejo lo mira, lo acosa, lo presiona. El colectivo no viene. Juan no puede quitar la vista de ese espejo que empieza a provocarle un sudor frío, le molesta la bufanda pero no puede quitársela. De repente recuerda que tiene una regla dentro de su carpeta. Disimuladamente la saca por el costado de la carpeta opuesto al espejo, para que no se de cuenta. El espejo acosa, atemoriza, hay manchas con formas que no identifica. Está solo, se oyen pocos ruidos, lejanos, cada vez está más frío. Siente que le tocan el cabello y la cara. Empuña la regla por un extremo y de un salto sorpresivo, comienza a romper el espejo, rompe el papel del anuncio. El espejo se desgarra y cae de cara a la pared. Juan está todo sudado, tembloroso, mira la pared y ve una frase que dice: “Esta noche reunión de brujas y brujos, ¿venís?”

Marta Censi

Algo lo obliga a mirar ese espejo. Se le nubla la vista, mira para otro lado. Algo le toca el cabello del lado de la pared, mira...y ahí está el espejo. Rígido, estático.. parece que hay palabras. Un escalofrío le recorre la espalda.

14


LA NIÑA, EL ESPEJO Y EL JARDINERO Érase una vez una niña muy, muy bella de cabellos rizados; pertenecía a una familia acomodada. Vivían en una mansión con muchas habitaciones que incluía un altillo. A esa pequeña criatura le encantaba pasear por el jardín que rodeaba la mansión, jardín muy bien cuidado por el jardinero de confianza de esa cálida familia. Allí, solía jugar con sus amiguitas y muchas de las veces, se sentaban, las chiquillas, en un banco de rosado mármol a leer entretenidos cuentos para infantes traviesos.

puerta escondida en el jardín; entre unas frondosas plantas ligustrinas, hacia donde se pasaba a una parcela más pequeña pero, mucho más bonita, más protegida y con unas flores de hermosura indescriptible. En ese lugar, instalaron el espejo.

Entre sus idas y venida, esta curiosa chiquilla había advertido que el jardinero, un señor de fornido cuerpo y de rostro amable cuidaba del jardín con mucho amor, preparando la tierra, regando las plantas y podando los gajos secos. Pero también, notaba algo extraño, que muy seguido aparecían arbustos con lindísimas flores, de extraordinaria belleza, que sin embargo, no eran plantadas por el jardinero con el que siempre acostumbraba hablar y al que le tenía mucho cariño. Su curiosidad fue en aumento. Y, la traviesa recordó aquel cuento que leyó con sus amiguitas, en el que una mujer muy mala hablaba con un espejo mágico y al que le hacía preguntas acerca de su belleza. Ella, no tuvo mejor idea que subir escondidas al altillo donde en una de sus andanzas de mocozuela había descubierto un misterioso espejo enmarcado en dura madera de color roble. El espejo estaba tapado con un fino lienzo de color blanco. La pequeña recurrió a la complicidad de su amigo jardinero para sacar el espejo del altillo a la hora en que el sol se veía reflejado en el agua de la jofaina. Ese recipiente circular, ancho y poco profundo donde el floricultor se lavaba especialmente las manos cuando terminaba de trabajar y de remover la tierra.

La bella niña se acercó al espejo, no sin temor, muy suavemente como deseando que este también fuera mágico. Y sí, era mágico. Y con esa inocencia de infanta, le preguntó cómo era posible la aparición de tantas y tan hermosas flores, sin que fueran plantadas por su amigo jardinero; ya que él negaba haberlo hecho. A su vez, le dijo que a ella le encantaban y la deslumbraban por sus colores y texturas por demás desconocidas. Flores, con formas tan perfectas y armónicas, muy difíciles de crearlas con la mano del hombre. Y atento a ello, la respuesta del espejo no se hizo esperar. Más que respuesta hablada o en palabras, el espejo abrió un portal a otra dimensión y a través, de una cálida y muy suave brisa empujó delicadamente a la niña para atravesarlo y la pequeña, así, pudo observar el aquelarre detrás del espejo. Pero a no asustarse, pues a esta reunión no asistían brujas o hechiceros malos. Ese ambiente era concurrido por las más dulces hadas y simpáticos gnomos de los bosques; que con sus rituales y hechizos daban formas a esas bellísimas flores, y que ocultos por las noches plantaban en el hermoso jardín de la casa donde vivía la niña. Y así, ella muy contenta, por haber develado la duda de ese misterio; volvió a su casa atravesando de nuevo el espejo, para regresar a su hogar junto con sus padres y el jardinero.

Eduardo Cané

En ese momento, fueron los dos amigos, la niña y el jardinero, con el espejo hasta la

15


LAS CARTAS Están velando a Juan Carlos Velázquez, muerto la noche anterior, en forma repentina.

imposible a ella quedarse o llevarlo. Llega el momento se sepultar el cuerpo; el muchacho se extraña de la cantidad de personas que han llegado para despedir a su padre. Varios de ellos toman las asas del féretro; hay mucha pena en sus ojos. _Ha sido muy apreciado. _Dice en voz baja su tía, y él no puede resistirse. _Claro, después de muertos, a todos nos hacen un altar... _¿Qué? ¡Emilio! ¿Cómo podes hablar así, hijo? ¡Un padre como el tuyo....! “Claro, es el hermano”, se dice con rabia. No ve la hora de terminar con todo ese simulacro de dolor.

La sala está templada. “Demasiado”, dice una vecina comedida. “Las flores se van a arruinar, y... el cuerpo...” Emilio no responde; va hasta la ventana y abre una hoja. Así está mejor; él mismo se siente mareado. “Definitivamente no sirvo para estas cosas”, se dice, como si pensara que alguien pueda servir para aguantar velorios. Pero su caso es peor que el de muchos. Hijo único; con un padre hosco, sin madre, y criado por una asistente. Creció así, a partir de muy pequeño. No recuerda a su madre, solo sabe (por la empleada) que no ha muerto. Nunca se atrevió a preguntar a ese hombre ceñudo que aparecía de a ratitos por la casa y se recluía en el estudio, qué había sido de ella. Para ser justos, el padre siempre lo trató bien, con suavidad, nunca lo regañó; pero su hosco semblante no invitaba a la confidencia. Fue la empleada, quien hizo algo de madre, como pudo. Ella iba al colegio cuando era necesario, con la indicación de que si se tratase de algo grave, se lo comunicara y él se ocuparía. Emilio era feliz en la escuela; allí había toda la vida que faltaba en la casa, risas, juegos, y como el muchachito no tenía problemas de ningún tipo, su padre no entró nunca allí. El hijo mira el pétreo rostro dentro del ataúd, y no puede evitar los tristes recuerdos de horas sombrías en la casa. La única presencia femenina allí era la rústica doncella y las breves y esporádicas visitas de tía Norma, hermana del padre. Emilio nunca le preguntó a éste por la ausencia de su madre. En alguna oportunidad hizo una alusión a la empleada o a la tía, y ellas le dijeron que debía hablare de eso con su progenitor. No lo hizo; estaba convencido de que la culpa era de él. Con ese carácter, debía haberla echado; habría sido

Tía Norma insiste en quedar unos días para ayudarle; él acepta por no contradecirla. Por su parte, el muchacho ya venía preparando su traslado a Comodoro, donde vive su novia; piensan casarse y trabajar allí. Es más, la agencia ya está en marcha; un emprendimiento prometedor. Después de llevar la ropa y artículos personales del muerto al asilo, Norma se despide de él, quien al quedarse solo, se dedica a deshacerse de todo lo que no sea estrictamente indispensable. Apenas desocupe la casa, la pondrá en venta. Comienza por la oficina de su progenitor. Abre el cajón del escritorio; tan prolijo como su persona, piensa. Toma un manojo de planillas; debajo hay una carta sin sobre, bastante arrugada. Está dirigida a su padre; al parecer ha sido releída y estrujada muchas veces, resulta prácticamente indescifrable... No quiere ser curioso, pero a la vez, algo más fuerte que él le hace leerla. no puede entender mucho, pero logra hilvanar algunas frases: “quiero a otro...””sé que no te lo mereces...” “es mi vida...” “el Lito ( así le decían a él de pequeño) se va a acostumbrar...” La firma no se entiende. Debe haberse borroneado con agua. ¿O con lágrimas? ¿De quién será? Turbado, confuso, recuerda de pronto, lo

16


que le dijera su tía, con un poco de timidez, antes de marcharse. _Mirá, te dejé algunas cartas sobre la mesita de noche. Eran de tu padre; ahora te pertenecen.. Corre al cuarto, encuentra el paquete y lo desata. Es correspondencia de muchos años entre los hermanos. Se tira en la alfombra y comienza a leer. Lee y llora; llora hasta quedar rendido y se duerme en el piso; hecho un ovillo, como cuando era chico. Dos días después ha dejado la casa y, con sus escasas pertenencias, parte de viaje hacia la quinta de su tía. Ha dormido muy poco. Como un poseso, se ocupó de todo a una velocidad increíble; desmanteló la casa, dejó las llaves en la inmobiliaria... Hasta evitó atender el teléfono esos días, no quería que nada lo distrajese; solo irse cuanto antes de allí. Vienen a su mente algunas de las frases leídas: “No, Norma, no puedo decirle nada a Emilio; quiero que guarde un buen recuerdo de su madre.” Maneja como un autómata. Ya no tiene nada, es un paria; alguien sin familia y ahora sin hogar.

Sin consuelo No puedo decirte adiós… son demasiados recuerdos, aún tu aroma en mi cama, se respira en silencio. Detendré el tiempo en mi almohada, buscaré el rumbo de tu espalda, y el misterio de tu cuerpo estará acechando mi cama. Desde mi ventana, el cielo relampaguea tu aspecto, y estas paredes tortuosas me están gritando un “te quiero”. Cerraré el libro del tiempo, no haré más versos de amor desde que mi alma está en duelo no se consuela sin vos.

Las frases siguen machacando: “Lo único para mí son ahora Emilio y mi trabajo. Hago horas extras; quiero asegurar el futuro de mi hijo”. “No sabes lo bueno que es para el fútbol; lo dicen los compañeros y el profesor.” Clava los frenos. Tía Norma ha reconocido el auto y se acerca con una sonrisa.; nota el rostro varonil descompuesto, los ojos enrojecidos, pero no alcanza a hacer la pregunta. Su sobrino, ese hombrazo de 90 kilos, se le echa en los brazos, sollozando. Llora por todo lo que no lo ha hecho en su vida, y gimiendo, le pregunta: “¿Será demasiado tarde, tía, será demasiado tarde?” A lo que ella responde:

Marta Fernández

“No, hijo, nunca es tarde para amar.”

Marta Caunedo 17


Ramón, Juan y José: tres almas en busca de compañía Era una tarde primaveral en la Ciudad de Río Cuarto, el cielo despejado, la senda peatonal del circuito El Andino sobrecargada de paseantes: los que frenéticamente deciden recuperar el tiempo perdido para ponerse en forma, los que se rehabilitan de dolencias varias, los que entrenan para la maratón de los dos años, ya en su 41° edición 2018-2019, jóvenes madres que en sus rutinas de entrenamiento o paseo diario, empujan grácilmente el cochecito que alberga a sus bebés, madres, padres, abuelas y abuelos que custodian el juego de niños y niñas, completan la carga niños ciclistas con su sinuoso andar, un mundo de gente en su mundo… gira y gira por la senda que les brinda entrenamiento, placer y disfrute. En los espacios verdes, decenas de personas sentadas sobre la verde alfombra de césped, mate en mano y sabrosos bocadillos mediante, charlan animosamente, transcurre la tarde, sin que nada ajeno a su mundo los invada. A la vera de la senda peatonal, en la pared sur del edificio en que funciona el PEAM, Programa Educativo Adultos Mayores de la Universidad Nacional de Río Cuarto, un enorme mural en homenaje a los 44 tripulantes desaparecidos del hundido submarino ARA San Juan, sugiere que los paseantes hacen lugar en su vida a aquellos que el infortunio condenó a la muerte. En línea recta a este edificio hacia el oeste, una pequeña construcción, revocada y sin pintar, con solo una puerta de madera roída y envejecida por el tiempo se comunica con el exterior. A su lado un árbol de escasa y poco densa copa, los utensilios que cuelgan de un gancho de una de sus ramas, una silla desvencijada y deslucida ubicada en el vano de la puerta y un brasero a la intemperie con pava de aluminio abollada y de culo negro de tanto descan-

so al fuego del leño, advierten a los paseantes que alguien habita esta modesta morada. Su interior, de techos y paredes blancos a la cal, sin una telaraña que los transite, hablan de Ramón, limpio y hacendoso según él, cualidades aprendidas de su madre y copiadas de su extinta esposa que lo acompañara a lo largo de su vida de peón de campo. Un cajón-mesa en el centro, la silla al lado del cajón mesa si no está cumpliendo su rol de contacto con el mundo en el vano de la puerta, junto a la pared que da al oeste, un catre, lugar de descanso de la osamenta al decir de Ramón, rústicas sábanas pero de impecable blanco y gastadas frazadas, componen el cuadro de descanso de este ser que llega al final de sus días solo, abatido por la vida y sin esperanza de cambio a la vista. De Ramón, no conozco su edad, pero luce añoso, curtido por la vida y el tiempo. Solo de soledad manifiesta, en el vano de su puerta que lo conecta al mundo que lo ignora, ceba y sorbe esa bombilla que inunda su boca con el brebaje caliente, que supongo que más que a su boca entibia su alma, mientras discurren enérgicos los casuales transeúntes del andino. Ramón, habla lento, en tono bajo y cuenta, mi esposa se llamaba Ramona, mire usted mi mismo nombre pero de mujer ¿Será por eso que nos encontramos?. Ramona era bajita, chiquita, una gran mujer. Cuando recuerda y venera, a su extinta esposa, cada palabra le sabe agridulce, pues de sus ojos resbala una lágrima contenida en su descenso en el seño buco facial, que se filtra por las comisuras de sus labios, tragándose las lágrimas como un símbolo más de su duro existir.

18


En esas ronda de mates, cebados lentos y parsimoniosamente, ajustados al ritmo que hoy le toca vivir, la cruda realidad se entrecruza con anhelos truncos y proezas que si no existieron, logran la escucha atenta y ensalzan su espíritu flaco, renovando fuerzas para no dejar de existir. A escasos metros de la morada de Ramón, como muestra de la gloriosa historia de la Argentina y de Río Cuarto, un vagón de tren se yergue como faro que resiste y habla al mundo de su grandeza pasada. Hoy por la noche, desvencijado, montado sobre su soporte de noble metal, con su exterior e interior raído que permite el tránsito sin interferencias del viento que sopla habitualmente en Río Cuarto, será habitado por quienes en situación de calle, se ven obligados a refugiarse en él. ¿Qué quiénes son? No importa. Edad, sexo, procedencia, tampoco nos importa, la situación de calle los iguala, desdibuja las diferencia de clases, borra fronteras culturales y sociales, los degrada, todos son los “ en situación de calle”. En ese lúgubre vagón y en la oscuridad de la noche, solo alumbrados por la luna que se filtra entre las desarticuladas maderas cuando ya nadie habita en el paseo El Andino, compartirán cobijo, un asalariado clase media al que alcanzó el desempleo, madres solas, jóvenes y no tan jóvenes a las que su mísero salario las expulsó sin consulta previa del inquilinato que les servía de casa-hogar, adolescentes librados a su suerte porque su familia se desintegró. Todos como en una gran familia que cobija de la exclusión. En ese vagón muy cerquita de Ramón, a quien conocen pero no frecuentan, se refugian Juan y José. José durante el día, Juan día y noche. Juan y José, son niños a quien la vida les niega la charla constituyente con madres que preparan la merienda, el abrazo con padres que dan seguridad, el trato con tías, tíos, abuelas, abuelos y cuanta perso-

na pueda contenerlos. Todos han tenido que sacrificar tan noble tarea en pos de la carrera infame y sin llegada triunfal del subsistir. Juan y José, dos niños, dos jóvenes o dos personas obligadas a hacerse cargo de su destino cuando ni la razón ni la sinrazón lo permiten. José diez años, menudo, flaco muy flaco, delgadez extrema que evidencia su desnutrición, rubio, cabeza rasurada de un costado y del otro mechón que cae grácil, con desparpajo sobre ojos color celeste de cielo límpido, que transparenta hasta la última pena que anida en su alma. Juan doce años, alto, flaco, de atlética figura, tez oscura, rizos enmarañados de negro azabache, ojos marrones que desafían indómitos mostrando valor, montado en su bicicleta que integra su cuerpo, su ser. Las horas pasan y pasan, la única necesidad de Juan inhalar y volar, inhalar y soñar, inhalar y alienar, inhalar y aquietar ese río de emociones truncas que todo lo arrasa, inhalar y no pensar… José mira inquieto. Observa y piensa si ese será su destino, destino al que se niega y rechaza visceralmente, los retorcijones de panza son cada día más fuertes cuando su amigo cumple las varias rutinas diarias de inhalación y placer. Hoy, en esta tarde primaveral, Juan ha caído en un estado de sopor del que José no puede sacarlo… José corre, acorta la distancia que lo separa de Ramón y casi como pájaro que aprende a volar tropieza, cae, se levanta, corre nuevamente y por fin Ramón, que en ronda de mates sin “ronderos” contempla sin ver, escucha sin oír, el trajinar frenético de los atletas y paseantes de turno. ¿José, que pasa?, ¿por qué tiemblas? ¿estás asustado m´ ijo? El Juan … el Juan … está mal, no me contesta, no me ve, no me conoce… Pero, ¿qué le pasa al Juan? No sé, hoy como todos los días aspiró

19


en la bolsita, pero sabe que Ramón, hoy prendió un pucho, cortito como si fuera el final de un cigarrillo y pitó, pitó y pitó, y... se reía, se reía cada vez más fuerte y de pronto se fue. ¿Cómo que se fue? .. ¿A dónde se fue? No, Ramón, no se fue a ningún lado, si no tiene a donde ir… va creo yo.. Por la noche, cuando yo me voy a mi casa él me dice: andá infeliz, mal amigo me dejas sólo. Pero yo no lo invito porque mi papá si lo ve, porque el vino le nubla los ojos, me va a gritar ¡otra boca y otro cuerpo!¿no vés que no alcanza y no cabemos acá? y tengo miedo, mucho miedo que le pegue como a mí. Tu papá te pega y tu mamá ¿no te defiende? No tengo mamá, murió hace dos años. ¿Y tus hermanos?, esos que vos decís que son grandes ¿ no te defienden? No Ramón, el Raúl y el Pedro, no se meten, porque es peor, mi papá se enfurece, grita, me pega y me pega más fuerte y rompe lo poco que tenemos en la casa… A ellos ya no les pega, porque son grandotes y se la devuelven , pero yo, ni llorar puedo del miedo que tengo. Bueno a ve,…entonces el Juan está en el vagón. Sí…está tirado, medio duro, como si se hubiera muerto, pero yo no quiero que se muera. Él me cuida, me divierte, cuando está bien, ¿viste?, cuando no inhala dice que me va a enseñar…

sus piernas se traspasa el temblor que a Ramón abandona. Llegan al vagón, Juan está sudoroso, su cuerpo ha recobrado turgencia,su pecho sube y baja rápidamente, está sentado, su cara oculta entre sus manos. ¿Juan, m´ ijo que le anda pasando? Juan , por favor, ¿qué te pasa? soy José, mirame, por favor mirame… Es que anoche me dejaron un faso, me dijeron que te hace sentir bien, me dijeron probálo, si te gusta lo podés vender y ganar mucha plata. Cómo mucha plata…si los cigarrillos se venden en los kioscos y vos no tenés kiosco. Ramón, no seas tonto, es que vos sos viejo y no entendés. Pero yo tampoco entiendo, mi papá pita los armados y no le pasa nada. Ah José, vos sos un pibito muy tonto … tu papá no fuma estos puchos… Tu papá fuma tabaco. Y vos, ¿qué fumastes? No sé, todavía no puedo pensar, no me da la cabeza...tiene un nombre cortito…muchas veces mis amigos me ofrecieron …pero no, yo no quise… los probé para saber qué es lo que iba a vender y ganar mucha plata… Juan, hijo mío…este viejo… no entiende de puchos nuevos, pero no te hacen bien. Parate, cruza tu brazo por mi cuello, agarrate fuerte…también vos, José seguime, vamos a mi casita, te cebo unos amargos calentitos y te hago una sopita, ya es hora de comer.

Después hablamos, ahora vamos al vagón… Juan a cuestas de Ramón y José, los tres rumbo a esa humilde pieza que hoy será Ramón abandona su silla, su cuerpo enademás sala de primeros auxilios para el corvado, sus piernas temblorosas como alma de estos dos jóvenes, casi niños, casi si supieran que las circunstancias apriepersonas a los ojos de los que miran sin tan, de pronto recobran vigor y ahí están mirar. para servir a Ramón como tantas veces lo hicieron en las largas y rudas jornadas de Estas tres inmaterializadas personas se campo, José a su lado camina rápido y a cruzan en el breve trecho que transitan

20


con quienes merecedores del orden caminan ufanos. Ramón, Juan y José no son ciudadanos, no merecen el orden, son seres anónimos, sin rostro, sin cuerpo, por tanto sin derechos y no vale la pena de ellos ocuparse.

amigo de esos que fue al cole pero ahora no va más, leyó que es deporte olímpico…y se hace en todos los países. Viste José…yo te dije que íbamos a recorrer el mundo con la bicicleta... Dale tonto, apurá a tu papá que te compre una…Sino vamos a tener que hacernos de una…

Los entretenidos y ágiles caminantes, no se meten, pues el no te metás ha ganado el alma de los “humanos”, total estos son todos iguales, para que vas a ayudarlos, si no aprenden ni valoran nada, deciden no ver que Ramón casi no puede con su fuerza trasladar a ese adolescente. Nada pasa, todo está armoniosamente en orden.

Dale Juan, no fumes más ese faso del nombre cortito, que si te hace mal como hoy, no vamos a poder practicar y practicar, con la bici y no vamos a poder viajar por el mundo. Ramón, cabizbajo y meditando lo que escuchaba, dijo casi sin pensarlo ¡Qué bueno!¿ Yo podré aprender esas piruetas o estoy muy viejo?…Yo también quiero conocer el mundo, nunca pude, no pase del pueblo vecino del campo en que trabajé toda la vida, es que a caballo muy lejos no podes ir, si solo el patrón te da uno para que vos lo montes. Él tiene un montón pero no son para la peonada.

Ya en casa, entre amargo y amargo, ahora sí, con ronderos de mate, Ramón descuelga la olla, sale de su cocina-dormitorio en busca del pico de agua que hay cerca... José, abraza a Juan … Murmurando bajito, no te mueras nunca Juan, yo te quiero… Sos mi hermano…Juntos vamos a ganar los campeonatos en bici y de campeones, nos vamos por el mundo y vivimos bien , muy bien…

Carcajadas y más carcajadas, no viejo para vos no es esto…tenés que ser joven… pero… Mirá Juan, pienso yo si somos campeones, el Ramón nos acompaña por el mundo y nos cocina, nos hace una sopita como esta que ya huele mucho y me está dando hambre.

La olla sobre el brasero, en el agua flotan pequeños pedazos de verduras, un caracú que regaló el carnicero del frente...Ya está, ahora a esperar…Piensa ufano Ramón, mientras despedaza una tira de pan, no fresco, ese lujo no es para él y lo reparte con José y Juan…Está rico para saborear los amargos, mientras esperamos la sopita. Contame Juan, ¿qué ves en esa bolsita que todos los días la miras por dentro como buscando y buscando? En la bolsita nada… En mi cabeza todo… Me veo campeón de MXB… No,no, de XBM…no, no.. de BMX free...Free..Bueno no me acuerdo, creo que algo como libre, que cada uno haga acrobacias como quiera con la bici. ¿Sabés José?, en una hoja de diario, vi que esto que hacemos con los chicos del barrio en la pista que hay cerca del puente ese del escritor…no sé cómo se llama… Bah... da igual, total no lo conozco… Un

Otra vez carcajadas y a comer ….Rica sopa para estas almas que tan poco piden a la vida. Che José, hoy no vas a comer a tu casa. No sólo a la noche, de día estoy muy solo. A mi viejo y mis hermanos hasta la noche no los veo y si estamos de suerte comemos algo. Sabés viejo Ramón que estos amargos y este pan están mejor que los que me rebusco por ahí. Decinos viejo y vos porque estás sólo… papá y mamá ya no tenés seguro, pero ¿tu esposa, tus hijos y tus nietos dónde están? ¿Por qué no estás con ellos? Ramón respiró profundo, carraspeó y lento, muy lento dijo, si soy viejo y por eso

21


sos un chabón que no vale nada, que no tiene derecho ni al vagón abandonado…No sos de los “negritos de m…” que quieren ver muertos…Va eso creo…

tatas no tengo, hermanos no tuve pues los tatas eran tan pobres que conmigo ya era demasiado para alimentar, otra boca como dice tu papá José, no se podía… como dice el tango…si mi vieja era tan pobre, le faltaba siempre un cobre para comprarnos el pan…

Vos José tenés a tu viejo y tus hermanos, pero yo…nadie chabón, nadie…mi vieja me abandonó y mi viejo está en cana…hermanos no tuve como el Ramón y tíos, primos, abuelos no sé, nunca los ví. Los rayos del sol empezaron a desaparecer, los que estaban de rueda matera ya se habían ido, los niños y sus madres se fueron a sus casas, los que corrían ya no eran los mismos, habían cambiado, claro no pueden correr todo el día los mismos, aparecieron otros, tampoco miraron, tampoco vieron a las almas desoladas que albergaba este lugar.

¿Quién es el tango? Mis buches, tango es una canción, no un señor que dice cosas. Ramona, ¡ay mi Ramona! era tan buena... pero murió. Murió cuando yo aún era puestero, tuvimos al Claudio que ya mocito se aburrió del campo y se vino a la ciudad. Y dónde está, a coro preguntaron José y Juan. Ah, qué dónde está…supongo que en el cielo…pues era, es muy bueno y dicen que si sos bueno vas al cielo. Pero Ramón, cuando se muera, ¿ahora dónde está? Otra vez, al unísono.

José, caída la tarde, abrazó a Juan, le agradeció que no se hubiera muerto y rápido, muy rápido para no llegar demasiado tarde y que su papá le pegue salió corriendo a su casa.

En el cielo y acá en mi pecho, porque está conmi go, era camionero, chocó y Dios se lo llevó, pero me lo dejó acá, acá mismo donde… tocá José, tocá como late en mi corazón. Está aquí, me acompaña todos los días… M´ijos, José y Juan …un día me echaron por viejo, ya no servía, no era fuerte como cuando joven y mi patrón me había prometido una casita en el pueblo para cuando ya no pudiese trabajar…pero no..así con un mono con un manojo de ropa y un perro, salí del campo y acá estoy, sin amigos, no hubo tiempo para hacerlos, no había francos ni permiso para salir a pasear, solo trabajar. Y sin parientes, me cansé de deambular de pensión y pensión y cuando vi esta piecita desocupada decidí que era mía y acá estoy. El Colita murió de viejo…. Acá estoy… acá estoy… Está muy rica la sopa, que bien me hizo, las tripas dejaron de silbar. Juan…¿vos cómo estás? Yo , estoy, estoy bien…ahora que estás Ramón me siento mejor… A vos no te van a molestar, ni te van a echar de acá. Vos no

Ramón, apagó el fuego, la comida del día había sido hecha, entró el brasero, levantó la silla del vano de la puerta, la acomodó en el exacto lugar en que debía ir, para que no se entrometiera en el espacio de descanso, se acercó a la puerta, debía cerrarla, vió a Juan sentado sobre el pasto piernas recogidas, cara entre las manos… Juan, m´ijo tiro una de las colchas y dormís acá. Me acompañás y te acompaño. Cara iluminada, alma sosegada, de pie Juan estrechó entre sus brazos a ese padre …viejito sí… Pero padre al fin, la vida hoy se lo había regalado. El Andino, ya estaba vacío, vacío de quienes lo usan para recreo, pero empezó a poblarse de quienes no lo usan, lo necesitan tanto como el aire a sus pulmones, de esas almas que moran en cuerpos que nadie advierte, que nadie reconoce y para los que la nada es la nada misma.

Ninfa Gasó

22


ZOILA: LA FORTINERA Estaba la Zoila triste, acurrucada junto a un árbol. Su madre, acababa de irse víctima del tifus. La Zoila tendría más o menos 16 años, no era claro su día de nacimiento, tampoco conocía padre.

me cuando el malón era feroz y había que aparentar más soldados y asustar al indio. La Zoila y las otras unían ternura y fiereza, vida y muerte; sometimiento y rebeldía. Mujeres de energía femenina y masculina equilibradas, con amor intenso.

La Zoila buscaba refugio de alguna manera, hasta que apareció la Carmen, prima de su madre, que le dijo que había hablado con el José, su marido, y que podía pasar algunas noches en su casa hasta que encontrara rancho propio. La Zoila le dijo que sí. Zoila para todo, pero última para comer. Desde el rancho de la Carmen lo vió al Anselmo...y le gustó. El Anselmo tenía mujer, y a él le gustaba la Zoila. Con amor se encontraron. Un día se corre la voz que iba a pasar la milicia buscando hombres para la tropa, aplicaban la “ley de vagos”. Iban a la conquista del desierto. El Anselmo fue elegido. Su mujer no quiso seguir a la milicia, ya se había dado cuenta del sentimiento que el Anselmo tenía por la Zoila, mucho más joven que ella.

Una tarde ataca un malón y los hombres salen a defender la frontera que iban adelantando, mucho tiempo tardaron para que los indios retrocedieran y dejaran el llano sin aullidos y muerte. Volvieron los hombres, no todos. El Anselmo volvió, la Zoila brilló de amor y alegría. Cansado, el Anselmo se recostó en el suelo, frente a la puerta de la barraca donde vivían y la Zoila apoyó la cabeza de Anselmo en su regazo y mirando al horizonte, allá muy lejos, donde el sol se escondía en un naranja rojo intenso como su amor, pensó: “Gracias Dios, gracias por tanta vida”.

Marta Censi

Fueron varios los hombres que se unieron a la tropa, y fueron muchas las mujeres solas, con hijos o por parir, que formaron la chusma que seguía a la tropa, a combatir al indio. La Zoila se unió a la chusma, por amor, por necesidad y por convicción que hacía lo mejor que podía hacer. Como las otras, la Zoila renunció a una vida de familia, aportó su sacrificio y su esfuerzo para acompañar y apoyar a su hombre. Los acompañaban con sus alegrías, sus cantos, sus quehaceres, su rendición y rebeldía. Las fortineras eran mujeres, muy femeninas, muy aseadas, incultas, poco educadas, pero que se hacían respetar. También, les tocaba vestir unifor-

23


INESPERADO VISITANTE Todo había sido tormentoso. El acontecimiento había cortado de un tajo, sus sueños. Pero, ya era demasiado tarde para lamentos. En la cocina, recientemente inaugurada, al amparo del fogón que ponía algo de tibieza al espacio, los rostros mostraban estupor y pena. Nadie osaba hablar. Holgaban los comentarios. Ya todo, daba igual. Ante un acontecimiento inesperado, a veces, hay poco por hacer. Que, los cuidados deberían haber sido otros… Que, la tormenta confundió todo… Que, era una raza peligrosa… Que, el viento ahogó el pedido de auxilio… Que, todo se confabulo en su contra… Las especulaciones postreras, siempre están demás. Pero, en esos momentos, cualquier cosa que se diga, parece llenar el vacío, que jamás será llenado. La casa permanecía a oscuras, como sus dueños. El hermanito menor, lloraba su abandono, en brazos desconocidos. En la habitación matrimonial, la madre intentaba ahogar su desconsuelo, postrada, sin tener un trocito de ella que escapara a la desesperación. Sobre la mesita de luz, aún descansaba el cuaderno escolar, abierto en la página donde el dibujo de la familia tenía, ahora, ribetes especiales. ¡Mirá má!, había dicho:”Estamos todos, vos, papá, Carlitos y yo.”

Y había sonreído al halago de su madre: “¡Nos vemos igualitos, serás muy buena dibujante!” La niña, feliz, dándole el beso de buenas noches, salió. Su madre, miró con ternura esos rulos, que siempre parecían juguetear en el viento y se sintió inmensamente dichosa. Su propia historia era tan común, como la de cualquier chica de barrio. Tuvo la suerte de crecer en un hogar lleno de amor y contención y soñó con la secreta esperanza de formar, uno propio, idéntico. Después, todo había sido simple. Se conocían con Luis, desde chicos y parece que estaban destinados a tener un camino en común. Se casaron y llegaron dos hijos. Todo perfecto hasta ayer. La tormenta había azotado durante la noche y al llegar el día, no aminoró. Temprano, la niña, había querido correr al patio para darle de comer a Tizón. El dóberman, con el que se había criado, la esperaba, como siempre. La voz de su madre, la detuvo en la puerta. “¡Cubríte con algo, está lloviendo mucho!” En el perchero, aún, chorreando agua, estaba colgado el capote de su papá, que acababa de llegar del trabajo de sereno en la fábrica. Lo tomó, se tapó, y corrió al patio. No alcanzó a ver los destellos amenazantes de los dientes del perro, que, esperó, agazapado, a su presa. Saltó sobre ella y con el impulso de su cuerpo la volteó. Ciego, desbordado por su instinto destructor, buscó el delgado cuello y acertó a clavar la dentellada mortal. La madre, acudió extrañada por los gruñidos del animal. Este, con la niña entre sus fauces, la miraba, como esperando su premio. Después, todo fue una terrible pesadilla. Los alaridos maternos, atrajeron a los

24


vecinos. La lucha encarnizada de éstos, por rescatar a la pequeña, dejó a varios heridos.

animal asesino. Sin embargo, un frío y oculto terror a lo desconocido, invadió al grupo. Algo oscuro, que nuestra mezquina inteligencia humana, no alcanzó a dilucidar, nos había rozado por un instante. Desde entonces, cada vez que un perro negro se me acerca, evito su mirada.

Cuando la recuperaron, ya era irremediablemente tarde. Inútiles los esfuerzos de médicos y enfermeras por devolverle la vida, que se había escapado por la infantil garganta.

Nadie habló nunca más de tal circunstancia. Pero sé que cada uno sabe que, ese extraño espectro, traía un mensaje ¿Cuál era su contenido?¿ De dónde venía?¿A quién iba destinado ?

Ahora, ya de regreso a la casa familiar, todos estaban en la cocina, esperando sin saber qué, por qué, ni para qué. De pronto, ocurrió un hecho, que aún me provoca escalofríos. ¡Yo fui testigo! La memoria me lleva a creer que todas las puertas estaban cerradas, porque llovía torrencialmente, en ese frío mes de agosto. Entonces, una figura oscura se recortó, en el vano de la puerta. Nadie conjeturó nada. El silencio, había tomado una dimensión inesperada de almas en suspenso. Creo que dejé de respirar. El enorme perro negro avanzó hasta el centro de la cocina. Luego, pasó entre nosotros, mirándonos uno por uno.

Sospecho, no sé por qué, que tales preguntas tendrán algún día, su respuesta.

Fanny Villareal

El estupor nos sellaba las bocas. La intimidante presencia recorrió, la rueda de personas, con la misma actitud. Y, así, como había entrado salió. Luego, comprobamos que en la mente de todos, había tomado forma la misma pregunta. Aún temblaba cuando interrogué a los presente. ¿Qué pensaron? dije. Al unísono respondieron: ¡Sultán! Sabíamos que el perro había sido llevado lejos. Sabíamos que el aspecto y raza del extraño visitante, no coincidían con la del

25


En memoria de Marta Caunedo Campos

“...A su solaz me invade [el] irrefrenable impulso de atrapar esta hora por vivir a su influjo... y me vuelvo sirena, etérea, tan liviana…”

Hasta siempre Marta, que tu canto de sirena embelese en el cielo como lo hizo entre nosotros.


Miembros del Taller de Literatura 2019


Profile for Arturo Illia

Revista Literaria "La Illiada"  

Revista Literaria del Taller de Literatura del Espacio illia Río Cuarto 2019

Revista Literaria "La Illiada"  

Revista Literaria del Taller de Literatura del Espacio illia Río Cuarto 2019

Advertisement