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El mar en los mapas son orlas que van desde el celeste claro al oscuro. Pero el que yo me imagino es como un cielo fruncido lleno de charcas de plata. O una red de espuma cargada de verde. O un camino de cobre temblando hasta el sol. Hay muchos más colores. Multitud de navíos policromados lo cruzan en busca de extraños países. Son bajeles piratas, barcos mercantes, flotas pesqueras, elegantes cruceros o balsas aventureras que trazan nuevas cartas de navegación fuera de la vigilancia del faro y de los avisos de los guardacostas. Dentro del mar hay ejércitos de peces como hojas planas de cuchillos, venas de coral, fortificaciones de rocas, hilos de algas, medusas como paracaídas transparentes, flores como abanicos de seda, naufragios y sendas profundas sin explorar aún. La extensión parda de los mapas es el desierto y no da idea de su misterio ni de su majestad ni de sus falsos espejos ni de sus remolinos de estrellas pulverizadas ni la fresca fiesta del pozo. No están los rebaños de cabras ni las caravanas de los dromedarios balanceando su carga ni los tesoros de los yacimientos. En los mapas no se ve lo que hay debajo de la tierra. Las vetas de

sus años, las raíces, las madrigueras, las corrientes subterráneas de azabache líquido. Tampoco en los mapas se ve el cielo. Pero en el que yo dibujo es un manto resplandeciente sobre oro amontonado. Está surcado por rutas secretas que sólo se muestran cuando el sol se va y la Osa Mayor hace brillar su brújula. La arena de noche es una sábana blanca y fría. En los mapas no hay noche. En el mapa las ciudades, los pueblos y las aldeas son puntos negros de distintos tamaños. Pero yo sé que significan mercados y bazares; animadas calles y plazas con fuentes; escuelas y cines y estadios y hospitales y tráfico de vehículos. Los colores rebosan en las aceras. De vez en cuando, se alza una torre muy alta desde donde un clamor desplegará su ovillo transparente hasta el lugar más recóndito del laberinto. En los mapas no están los grifos que sacan agua de las paredes ni las aldabas que repican en los portones ni la escarcha en los cristales para poder escribir. No están los escalones que crujen ni los ascensores que zumban. Y muchísimo menos está la noche con las bombillas que deshacen lo oscuro y meten el día en la

habitación. En uno de esos puntos-ciudades está mi casa. Esta es mi habitación. Mis libros, mis juguetes, el armario con mis vestidos. Algún día iré allí. Nunca he estado en el mapa que se marca constantemente en mi corazón. No he atravesado sus fronteras ni conozco las orillas de su playa. No he recorrido sus caminos ni he visitado sus ciudades ni me he hospedado en sus edificios. Mientras, con lápiz rojo señalo el tapiz de los sueños. Lápiz negro para la caja donde guardo mis rutas. Mi hucha es verde porque ahorro esperanza. El papel es blanco, porque lo tiene todo por decir. Sé que el algún día este dibujo de mi patria se convertirá en mi sitio, mi paisaje, mi dirección y mi hogar. Entonces olvidaré los mapas para perderme en mi tierra con alegría. Entonces ya no será un mapa coloreado sino una realidad donde vivir. Volveremos al Sáhara, y nos recibirá en su regazo y nuestro amor curará sus hondas heridas y le daremos las gracias por habernos esperado siempre. Ana Rossetti

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Libro Catálogo ARTifariti 2008  

ARTifariti 2009, II Encuentros Internacionales de Arte en Territorios Liberados del Sáhara Occidental. En este libro catálogo se muestran la...

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