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Pinturas de Tigua Madera de Balsa Catálogo Catálogo: Tigua Pinturas y Cajas Balsa: Bandejas de Fruta, Aves, Peces, Tortugas Textil: Chales y Poleras

Pinturas de Tigua En los Andes ecuatorianos, una antigua tradición se convirtió en arte. Empezó, cuando al pionero Julio Toaquiza se le ocurrió plasmar en cuero de borrego los mismos dibujos que acostumbraba hacer -teniendo como único pincel las plumas de sus gallinas- sobre máscaras y tambores festivos. Posteriormente, trasmitió esta idea entre sus hijos y vecinos. Hoy en día, todos los habitantes de Tigua se han convertido en artistas innatos y algunos de ellos ya se han consagrado como tales, tal es así que un cuadro con la firma Toaquiza puede llegar a costar miles de dólares. La vida de estos indígenas está relacionada estrechamente con la pintura, no hay casa en la que por lo menos uno de sus miembros pinte, incluso la mayoría ha abandonado la cría de animales y la agricultura. Pero lo más admirable es que los artistas más renombrados han decidido quedarse junto a su Pacha Mama ('Madre Tierra" en quichua, lengua Inca) y no les importa cerrar por horas su galería de arte para dedicarse a sus labores ancestrales.

Sus cuadros costumbristas, estilo Naif, son para estos campesinos, en su mayoría analfabetos, lo que para nosotros un albúm de recuerdos. En éstos, plasman su entorno, parajes en verdes con todos sus tonos, montañas cobijadas por cuadrados multicolores, azul marino en el cielo, borregos pastando, mujeres hilando o lavando ropa en el río, cerros con rostro, cóndores con rasgos humanos, etc. Su fotografía registra más allá de lo que lo hacen las cámaras tradicionales: historia, tradiciones, leyendas,


costumbres, creencias, sueños, miedos, triunfos, carencia, abundancia, naturaleza, color, estilo de vida, Vida.

"Tiguamanta shuyuc runacunami canchic, shuc uchilla Aillu llacta chiri urcupi causai Ecuadormanta. Ñuncanchicpac shuyuicunaca ricuchinmi cunanpi causaita shinallatac yallishca causita -ñucanchicpac unanch ruraicunata, canchapi llancaita, ramicunata, ñucanchicpac ñaupa rimaicunata, ñaupa huillaicunata, imashina allpa pachata ricuimanta, shinallatac ñucanchipac muscuicunamantapash". "Somos los pintores indígenas de Tigua, una comunidad de la Sierra ecuatoriana. Nuestras pinturas describen la realidad actual y pasada de nuestra gente -nuestras costumbres, el trabajo en el campo, los festivales, nuestos mitos y leyendas, la visión de la naturaleza y nuestos sueños". Alfredo Toaquiza, Presidente de la Cooperativa de Artistas de Tigua. Tomado de la Publicación Les Peintres de Tigua: L'art indigène de l'Equateur, publicado por la delegación ecuatoriana a la Unesco, París, diciembre de 1997.

Pintores de Tigua-Cotopaxi Ecuador Por mashigavino


Olmedo Cuyo, mientras pinta El arte de pintar en cuero de borrego se ha convertido en herencia de los ancestros y manifestación cultural del presente. Tigua está ubicado en la cordillera occidental de Cotopaxi a 35 kilómetros de Pujilí, en la vía Latacunga – La Maná. Al hablar de los pintores de Tigua nos referimos a las habilidades y destrezas que tienen con el pincel los kichwas de la Comunidad de Tigua, que se ha convertido en un medio de ingreso económico para el sustento de las familias. En la actualidad el arte de los pintores de Tigua es conocido a nivel nacional e internacional. En esta ocasión les invito a conocer todas las particularidades que poseen los artesanos de Tigua junto al Sr. Olmedo Cuyo, quien es uno de los pintores que por más de 35 años ejerce está actividad heredada de su padre + Manuel Cuyo, la cual ha permitido demostrar la vivencia del pueblo kichwa a través de la pintura. El proceso de pintar como lo indica Olmedo Cuyo, es de la siguiente manera: “se debe buscar el cuero de borrego, se consigue de varias formas dentro de la comunidad o en las ferias de Saquisilí, Pujilí y Latacunga. En una cerrajería compramos las tiras de madera dependiendo los tamaños de cuadro que va ha ser elaborado, luego se elabora los marcos según las medidas que desee hacer. Una vez que está hecho el marco preparamos el cuero, quitamos la lana, lavamos y a la medida del marco cortamos y clavamos el cuero en el marco y dejamos secar. Cuando este seco pasamos la lija para que suavice y quede lizo el cuero, seleccionamos el tema y comienzo a pintar, las pinturas que es utilizado depende del tema y el tamaño del cuadro”. Actualmente los cuadros son comercializados en las ferias libres de Saquisilí, Latacunga, Parque Nacional Cotopaxi y en las zonas turísticas de Quito, ya que no cuentan con una galería para la exposición de la artesanía de Tigua

Pintura de Tigua en el Museo Mindalae


Desde hace tres décadas, una de las expresiones artísticas que ha generado mayor interés dentro y fuera del Ecuador es la de los pintores indígenas de Tigua, una comunidad de la provincia de Cotopaxi en los Andes ecuatorianos.

Una importante muestra de este arte, con el nombre “Cuentos, sueños y tradiciones” se podrá ver del 3 al 31 de julio en el Museo Etnohistórico de Artesanías del Ecuador Mindalae, ubicado en la conocida zona de La Mariscal, en Quito.

Alfonso Toaquiza es uno de los principales exponentes de este arte, que se realiza sobre pieles tratadas de animales, principalmente de oveja, y tiene como temática la vida cotidiana del pueblo indígena de los páramos andinos aunque incorpora también la representación de sus sueños, sus mitos, sus símbolos y sus procesos sociales. Alfonso Toaquiza (Yanakachi, 1976) creció en la comunidad de Tigua-Chimbacuchu, donde la mayoría de la población desarrolla la agricultura y la artesanía. Comenzó a pintar a la edad de ocho años bajo la enseñanza de su padre, Julio Toaquiza, uno de los pioneros de la pintura en esta región del Ecuador y también uno de los primeros en pintar sobre tambores y superficies planas de cuero o madera.


Hasta ahora, Alfonso ha sido exhibido su obra en La Casa de la Cultura Ecuatoriana; la Organización de Estados Americanos en Washington, D.C.; la UNESCO en París; el Museo Hearst de la Universidad de California, y el Palacio Presidencial del Ecuador.

Campesinos de los Andes, pintores famosos en el mundo La exuberancia del paisaje no deja intuir quiénes son en realidad los que habitan esas casas desperdigadas de la comunidad rural de Tigua. Quien recorra por primera vez este rincón de Los Andes José Vales El Universal Domingo 18 de febrero de 2007 TIGUA, Ecuador.- La exuberancia del paisaje no deja intuir quiénes son en realidad los que habitan esas casas desperdigadas de la comunidad rural de Tigua. Quien recorra por primera vez este rincón de Los Andes, a más de 4 mil metros de altura, se verá tentado de poner los ocres de la montaña, todos los azules del cielo y los verdes en plena metamorfosis en un óleo al menos, aunque no haya tocado en su vida un pincel para confeccionar un grafiti. Si el que llega cree que allí viven campesinos e indígenas no estará errado. Pero desde los más ancianos, en plenas tareas agrícolas, hasta esos niños que llevan a pastorear el rebaño, son mucho más que campesinos. Son artistas en el completo sentido del término, creadores plásticos con cierto renombre internacional, con exposiciones en Estados Unidos y en Francia, algunos de ellos, y capaces de pintar no sólo el mundo que los rodea, aquí en Tigua, sino la herencia milenaria de los kichwa, o las festividades de Corpus Christi, el sometimiento indígena ya sea a manos de los españoles hace cientos de años o en la actualidad, a manos de un capitalismo representado por la bandera estadounidense, sin olvidar las representaciones de manifestaciones de las que fueron protagonistas en los últimos años, como la de la caída del entonces presidente Jamil Mahuad en el año 2000. Todo ello lo hacen con una técnica propia y con materiales que sorprenderían a Botero o a Rivera tanto como alguna vez sorprendió a Guayasamín. Cuero de oveja en vez de tela, bastidores y pinceles convencionales y pinturas logradas con pigmentos naturales, en las manos de alguno de los "pintores de Tigua", son transformadas en verdaderas y cotizadas obras de arte. Todo comenzó en 1973, cuando Julio Toaquiza garabateó sobre su tambor algunas escenas rituales, luego de que un chamán de la comunidad le vaticinara que su vida iba a dar un cambio rotundo. Hasta entonces, este agricultor, convertido en las temporadas en mano de obra en la Costa (Guayaquil), no soñaba con convertirse en artista plástico. El máximo contacto con el arte que había tenido Julio era la música. Era miembro de la banda de la comunidad que solía alegrar las fiestas de Corpus o algún casamiento. Dice que poco después de las palabras del chamán tuvo un sueño. Soñaba que volaba, sobre volcanes, lagos y praderas, hasta aterrizar allí en su Tigua natal y anhelaba poder


pintarlo. Cogió su tambor y le dibujó una estrellita, luego un sombrero, luego un animal. Primero con lápiz de color, después con esmalte hasta que su costado autodidacta le hizo sacar de vaya saber qué gen la técnica de los pigmentos naturales. "Un día le pidieron que les vendiese el tambor, pero no quería. Le habían ofrecido buena plata y dijo: ´Bueno, me hago otro y me sobra dinero´. Cuando vendió el segundo, se dio cuenta que eso gustaba y comenzó a tomarse en serio lo de pintar tambores", explica su hijo Alfredo, de 38 años, y uno de los tantos descendientes a los que don Julio enseñó la técnica. Y no sólo había comenzado a tomarse en serio lo de la pintura don Julio, sino a corroborar por dónde iba aquel vaticinio del chamán. No fue fácil, recuerda Alfredo que por entonces era un niño de siete años que ayudaba a su padre en esto de pintar bombos y tambores. "Algunas pinturas veíamos que se borraban, que el blanco no salía, pero así y todo avanzamos pintando paisajes hasta intentar con la técnica sobre cuero de oveja", esa que hoy distingue el trabajo de los pintores de Tigua. Campesinos de los Andes, pintores famosos en el mundo La exuberancia del paisaje no deja intuir quiénes son en realidad los que habitan esas casas desperdigadas de la comunidad rural de Tigua. Quien recorra por primera vez este rincón de Los Andes José Vales El Universal Domingo 18 de febrero de 2007 TIGUA, Ecuador.- La exuberancia del paisaje no deja intuir quiénes son en realidad los que habitan esas casas desperdigadas de la comunidad rural de Tigua. Quien recorra por primera vez este rincón de Los Andes, a más de 4 mil metros de altura, se verá tentado de poner los ocres de la montaña, todos los azules del cielo y los verdes en plena metamorfosis en un óleo al menos, aunque no haya tocado en su vida un pincel para confeccionar un grafiti. Si el que llega cree que allí viven campesinos e indígenas no estará errado. Pero desde los más ancianos, en plenas tareas agrícolas, hasta esos niños que llevan a pastorear el rebaño, son mucho más que campesinos. Son artistas en el completo sentido del término, creadores plásticos con cierto renombre internacional, con exposiciones en Estados Unidos y en Francia, algunos de ellos, y capaces de pintar no sólo el mundo que los rodea, aquí en Tigua, sino la herencia milenaria de los kichwa, o las festividades de Corpus Christi, el sometimiento indígena ya sea a manos de los españoles hace cientos de años o en la actualidad, a manos de un capitalismo representado por la bandera estadounidense, sin olvidar las representaciones de manifestaciones de las que fueron protagonistas en los últimos años, como la de la caída del entonces presidente Jamil Mahuad en el año 2000. Todo ello lo hacen con una técnica propia y con materiales que sorprenderían a Botero o a Rivera tanto como alguna vez sorprendió a Guayasamín.


Cuero de oveja en vez de tela, bastidores y pinceles convencionales y pinturas logradas con pigmentos naturales, en las manos de alguno de los "pintores de Tigua", son transformadas en verdaderas y cotizadas obras de arte. Todo comenzó en 1973, cuando Julio Toaquiza garabateó sobre su tambor algunas escenas rituales, luego de que un chamán de la comunidad le vaticinara que su vida iba a dar un cambio rotundo. Hasta entonces, este agricultor, convertido en las temporadas en mano de obra en la Costa (Guayaquil), no soñaba con convertirse en artista plástico. El máximo contacto con el arte que había tenido Julio era la música. Era miembro de la banda de la comunidad que solía alegrar las fiestas de Corpus o algún casamiento. Dice que poco después de las palabras del chamán tuvo un sueño. Soñaba que volaba, sobre volcanes, lagos y praderas, hasta aterrizar allí en su Tigua natal y anhelaba poder pintarlo. Cogió su tambor y le dibujó una estrellita, luego un sombrero, luego un animal. Primero con lápiz de color, después con esmalte hasta que su costado autodidacta le hizo sacar de vaya saber qué gen la técnica de los pigmentos naturales. "Un día le pidieron que les vendiese el tambor, pero no quería. Le habían ofrecido buena plata y dijo: ´Bueno, me hago otro y me sobra dinero´. Cuando vendió el segundo, se dio cuenta que eso gustaba y comenzó a tomarse en serio lo de pintar tambores", explica su hijo Alfredo, de 38 años, y uno de los tantos descendientes a los que don Julio enseñó la técnica. Y no sólo había comenzado a tomarse en serio lo de la pintura don Julio, sino a corroborar por dónde iba aquel vaticinio del chamán. No fue fácil, recuerda Alfredo que por entonces era un niño de siete años que ayudaba a su padre en esto de pintar bombos y tambores. "Algunas pinturas veíamos que se borraban, que el blanco no salía, pero así y todo avanzamos pintando paisajes hasta intentar con la técnica sobre cuero de oveja", esa que hoy distingue el trabajo de los pintores de Tigua.

Por: Laura Barreros Cotopaxinoticias.com Latacunga. Tigua, comunidad ubicada en la cordillera occidental de la provincia de Cotopaxi a 35 kilómetros del cantón Pujilí, en la vía Latacunga – La Maná, tiene como carta de presentación el arte pictórico que aquí se ha desarrollado. Uno de los pintores destacados de esta comunidad es Alfonso Toaquiza, quien comenta su experiencia artística y ofrece una narración que busca dar una mirada hacia el origen y evolución de esta manifestación artística en Los Andes ecuatorianos. Según Alfonso Toaquiza (foto), la pintura en Tigua apareció por una iniciativa casi ingenua de su padre, Julio Toaquiza Tigasi. En su juventud don Julio fue músico: tocaba el tambor y el pingullo (instrumento de viento semejante a la flauta) y acostumbraba a participar en las fiestas que se daban en Tigua por el Inti Raymi. Para dar un toque personal a sus instrumentos empezó a decorar con flores y varios motivos andinos los tambores y pingullos que utilizaba. Con esto don Julio dio un valor agregado a su arte,


pues no sólo ofrecía un deleite auditivo con sus melodías sino también uno visual con los decorados que se plasmaron en la superficie de los instrumentos. Por iniciativa del padre de Alfonso Toaquiza este arte se extendió en Tigua, donde ahora hay alrededor de 600 pintores. “Mi padre nunca guardó en secreto su arte sino que enseñó a todos como una muestra de generosidad para con su gente”. El artista cotopaxense sostiene que “en la concepción indígena casi no había cabida para el egoísmo, aunque ahora por cuestiones políticas se ven ese tipo de cosas”, dice. Y añade que junto a su padre empezaron a pintar de modo espontáneo, simplemente porque querían pintar. Cuenta que desconocían el significado del arte y que lo hacían porque lo sentían”. Con profundo cariño y respeto Alfonso recuerda a su abuela, con quien creció y de quien aprendió todo. “Mi abuela sabía todo: cómo sembrar, cómo cosechar, cuándo hacer la deshierba, el valor de los „ojos‟ de agua, hasta cómo barrer la casa, porque no era de botar no más al viento lo que salía de la casa, porque decía que se iba la suerte”. Manifiesta esto mientras señala que las escenas de la separación de las gramíneas, la separación de la cebada, las habas, arvejas y papas están grabados en su mente y son la temática de su preferencia -junto a las del danzante de Tigua- al momento de pintar. La técnica de la pintura en Tigua El arte pictórico de Tigua se enmarca en una corriente artística denominada naif, que se caracteriza por la ingenuidad y espontaneidad, el autodidactismo de los artistas, los colores brillantes y contrastados, y la perspectiva acientífica captada por intuición. En la mayoría de casos esta técnica evoca o se inspira en el arte infantil y muchas veces es ajeno al aprendizaje académico. Alfonso Toaquiza describe sus pinturas como “un arte natural, un arte que no tuvo un profesor que diga: así tienes que pintar”. Señala que la técnica se ha perfeccionado con el paso de los años. Los materiales empleados en el trabajo también han cambiado pues inicialmente se empleaba thinner (tiñer) para diluir las pinturas a usar en los cuadros porque se desconocía los efectos dañinos que este derivado del petróleo provoca en la salud de quien lo inhala de modo permanente. El cuero de oveja crudo, natural, fue utilizado como lienzo por los artistas tigüenses por muchos años. El arte allí plasmado era apreciado por los turistas, pero no ofrecía una durabilidad mayor a los 15 años pues la piel animal reflejaba el deterioro y descomposición del tejido. Ante esto, Alfonso Toaquiza explica que los artistas empezaron a trabajar en cueros curtidos, técnica que aprendieron de colegas norteamericanos y bolivianos. Se estima que las pinturas plasmadas en este material tendrían una duración de 200 a 300 años. La comercialización Una vez, Julio Toaquiza Tigasi, padre de Alfonso, participó de una celebración festiva en Tigua, concretamente en Chimbacucho. Allí, una turista extranjera de nombre Olga Fish mostró interés de comprar el tambor decorado que portaba don Julio, pero él se negó a venderlo aduciendo que debía terminar con el compromiso asumido para la fiesta. La extranjera le dejó información de cómo localizarla en Quito si don Julio


decidía vender el tambor. Alfonso comenta que su padre no tenía intensiones de vender aquel instrumento porque lo había elaborado y lo había decorado con sus manos, pero que una necesidad familiar le obligó a ir a Quito en busca de su cliente extranjera para venderlo. “Adquirido ese tambor, la mujer pidió dos más y luego cuatro y luego seis…”. Así empezó la comercialización de esos instrumentos y el arte de Tigua fue abriéndose paso en el mercado nacional e internacional. Los motivos que se retrataron y se siguen retratando son los sueños de los abuelos y su significado y la realidad de la Pachamama. De su parte, Alfonso siente inclinación por las escenas cotidianas como la cosecha de cebada, la cocina de su abuela y el pastoreo. El trabajo de custodiar los saberes Alfonso Toaquiza dice que ingresó “algo atrasado” a la escuela, a los ocho años. Pero para ese entonces él ya se había empapado de la técnica pictórica desarrollada por su padre. Su trayectoria artística no había sido conocida de un modo amplio hasta la publicación del libro “El cóndor enamorado”, obra editorial que contiene pinturas que escenifican una de las leyendas más tradicionales de los páramos cotopaxenses y que se publicó en 2008 en la Fundación Guayasamín. El tiraje de 6.000 ejemplares de la referida obra se agotó en un año. La mayoría de esos fueron llevados al exterior, según Toaquiza. Hecha su primera publicación, este pintor cotopaxense dimensionó la importancia de recoger los saberes ancestrales del Ecuador. Así inició el trabajo con Curiashpa, organización que busca custodiar “las memorias de los pueblos ancestrales y evitar que sean extraídas por los grandes antropólogos”. También busca que los saberes sean publicados en apego a la visión de las personas de cada localidad por lo que se trata de formar artistas locales que interpreten la cultura del modo en el que la entiende la comunidad, indica Toaquiza. Hasta el momento Curiashpa ha contribuido para la publicación de: “El cóndor enamorado”, “El primer hombre shaman de la nacionalidad zápara”, “Sueños de Julio, “Cómo se transformó el arte de Tigua”, “Tío lobo” y trabaja en la publicación de “El hijo del cóndor”. En este último proyecto editorial se recogen las creencias de la comunidad de Tigua, el significado de los sueños y se ofrece una continuidad de lo que fue la publicación de “El cóndor enamorado”.

pinturasdetiguacotopaxi  

“Tiguamanta shuyuc runacunami canchic, shuc uchilla Aillu llacta chiri urcupi causai Ecuadormanta. Ñuncanchicpac shuyuicunaca ricuchinmi cun...

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