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CONCURSO LITERARIO LA CASA POR LA VENTANA


CONCURSO LITERARIO

LA CASA POR LA VENTANA

EL TREN, DE FRANK CORREA NOVELA GANADORA


D. R. © 2013 Editorial Arte Cuba ISBN: 978-1-936886-04-3

Edición: Armando Añel Coordinación: Idabell Rosales Diseño gráfico: Alexandria Library & Neo Club Ediciones

Este y otros eBooks del Proyecto Arte Cuba pueden ser descargados en: http://www.artecuba.org/

La reproducción parcial de este libro se autoriza siempre que se haga con fines estrictamente no comerciales y se cite la fuente.


A MANERA DE PRÓLOGO

Arte Cuba ofrece en esta tercera entrega de su serie La Casa por la Ventana, del concurso homónimo, el libro ganador en el género novela: El tren, del escritor y periodista independiente Frank Correa. Correa, quien nació en Guantánamo en 1963, tiene un amplio currículo como creador, habiendo ganado anteriormente los concursos de cuento Regino E. Boti, Ernest Hemingway y Tomás Saviñón. La fundación Boti le publicó en 1991 el libro de cuentos La elección, y en 2011 apareció la novela Pagar para ver, editada por Latin Heritage Foundation. Es miembro del Club de Escritores de Cuba. 14 libros en representación de la mayoría de las provincias de Cuba concursaron en este género, distinguido por la alta calidad de las propuestas recibidas. En segundo y tercer lugar clasificaron las excelentes novelas La franquicia de los verdugos, de Pedro Luis Rodríguez Molina, y La seducción tiene poderes, de Odalys Leyva Rosabal.

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EL TREN FRANK CORREA Primer Lugar


—¡Dame lo mío! —¿Qué cosa? —pregunté. —¡La mitad del dinero! ¡Ahora! Metí la mano en mi bolsillo. Corté el fajo de billetes en dos partes. Le di una. —¡Falta! Le entregué otro billete y la encaré. ¿Algo más?

No recuerdo por qué comenzó la pelea. De repente había tomado la extraña decisión de bajarse en Matanzas. Separó su ropa en el maletín y apiñó la mía en la mochila. Mis zapatos quedaron fuera. —¿Tengo que llevar esto en la mano? —le dije. —¡Haz lo que quieras! Miré un momento los zapatos marrones de doble suela, magníficos amigos que arrastraron mi existencia por inverosímiles caminos. Para demostrar mi desarraigo los tiré por la ventanilla.

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—¡Me importa un comino! —dijo— Me voy para el fondo del tren... bien lejos... ¡Y no me busques...! —Despreocúpate. No te buscaré. Cargó el pesado maletín y se alejó por el pasillo dando tumbos. Quedé solo y murmuré: —¡Desgracia de vida...! Por la ventanilla se veía el campo de Matanzas, sin sembrados. Al fondo, la Sierra Madruga-Coliseo. El chirriar de hierros y los bandazos me recordaron que iba en el tren Habana-Guantánamo, ahora sin compañía.

Tres horas antes, en la Estación Central, conseguir los pasajes había sido una hazaña. La lista de espera llevaba muchos días sin avanzar y cuando la pizarra lumínica anunció otra vez “No hay fallos” hubo conmoción. El tren con largos pitazos anunció estar listo para la partida. Semejante a un manicomio en caos la gente se agolpó en la taquilla, pero las empleadas corrieron un tapiz que impidió ver hacia adentro, y comenzaron a vender los pasajes por atrás, de manera clandestina, a precios exorbitantes. Aquel no era un viaje de placer. Problemas familiares de índole mayor me obligaban y no dudé un segundo en pagar aquellas sumas. Cuando tuve los pasajes en la mano, una sensación de alivio me inundó. Tomaríamos aquel tren hasta San Luis y de allí un camión para Santiago. Fue cuando tuve la fatal idea de bajar la tensión y volver atractivo el viaje: compré una botella

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de ron Havana Club, añejo blanco 3 años. Una bomba de tiempo. Ocupamos los asientos y le cedí la ventanilla. Oleadas de vendedores ambulantes nos hostigaron con sus productos. Bebíamos el ron directamente de la botella, nos mareamos rápido. De verdad, no recuerdo por qué comenzó la pelea. No quisiera pensar que discutimos por unos aros de alambre que una estafadora vendía como prendas de valor y mucho menos que fue por un pan con pasta de aspecto mísero que me empeñé rotundamente en no comprarle. Lo cierto es que comenzó a dividir la ropa, exigió la mitad del dinero y se fue para el final del tren dando tumbos con el pesado maletín por el pasillo. Al rato, una señora entrada en años vino a sentarse. —Está ocupado —dije—. Aquí viaja mi esposa. —Viajaba... Ahora ella tomó mi lugar en el coche 20. Mientras se acomodaba, me observó con el rabillo del ojo. —¡Qué hombre más desagradable...! —¿Quién? —¡Usted! ¡Hacerle eso a una pobre muchacha! —Señora... yo no le hecho nada... —Eso dicen todos, pero voy a advertirle algo: ¡Cuídese de mí...! ¡Yo... le meto un codazo! Al otro lado del pasillo viajaban dos mellizas. Sus ojos me insinuaban que querían hablarme. —¿Ustedes quieren decirme algo? —Discúlpenos joven, lo vimos todos desde el inicio. ¿La muchacha que se fue es su novia? —No. Mi esposa.

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—¿Casados por papeles? —Sí. Como Dios manda. —¿Y por qué actuó de esa forma? —preguntó una— ¡Qué agresiva...! ¿Es normal en ella tanta violencia? —El ron le hace daño. —Lástima —dijo la hermana—. ¿Para dónde van? —Íbamos... para Santiago... nos bajábamos en San Luis y allí cogeríamos un camión... —¿Se jodieron las vacaciones...? —No eran vacaciones. Ella tiene problemas familiares graves. Su abuela de ochenta años se cayó en un hueco y se partió la cadera. Su padre y su hermano están presos. —¡Dios santo! ¿Y ahora? —¿Ahora...? ¡No sé...! El vagón completo estaba al tanto de la pelea. Un hombre habló desde un asiento de atrás. —¡Mi consejo, muchacho, es que una esposa así no la quiero ni regalá...! La señora se incorporó. —¡No le hagan caso! ¡Allá atrás, la muchacha contó otra cosa! ¡Este... es un canalla...! —¡Nosotras lo vimos todo! —dijeron las hermanas— ¡Ella es la insoportable! —Dejen eso ahora —dije—. Ya no hay remedio.

Recordé los apresurados preparativos del viaje, cuando recibimos las malas noticias. Como siempre, me encontraba sin dinero. Salí a la calle. Tuve que volverme un mago para

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convencer a un garrotero que me prestara dinero con interés. Me pidió garantía. Empeñé mi casa. ¿Qué tren vale lo que te pidieron por estos dos pasajes?, me pregunté. —Ninguno.

Dormí durante un largo rato y desperté con una parada. Los tragos y luego la disputa no habían dejado tiempo a ver en qué viajaba. Ahora, ya más tranquilo, eché un vistazo al viejo vagón destartalado, con un grosero “Dos” escrito con crayola sobre una antigua numeración de fábrica. La peste a orine proveniente del baño sin cerradura, ni agua, era insoportable. Cucarachas sosegadas recorrían trayectos al parecer cotidianos. El calor era sofocante. El piso estaba sucio, los asientos rotos. Sentí que alguien me tocaba el brazo. Era una joven uniformada. —Soy la ferromoza del último coche. Está llorando. —¿Quién? —Tu esposa. Dice que ya está arrepentida de lo que hizo. Que vayas a hablarle. —Dígale que me olvide. —No seas testarudo. Ve y háblale. —No quiero ni verla... La ferromoza se marchó a su vagón. Una de las mellizas dijo: —Mantente firme. La señora que viajaba a mi lado preguntó:

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—¿Qué tiempo llevan casados? —Dos años. —¿Ha sucedido antes? —Cuando bebe. —El ron es el padre de la ruina —dijo, pero no me interesó su filosofía. Repuse: —Siempre termino perdonándola. —A las mujeres entiéndelas... ¡pero hay que enseñarlas...! —¿Usted cree que no deba perdonarla más? —Jesús dijo que hay que perdonar 77 veces 7. —Entonces yo soy un descendiente legítimo de Jesús. —¡No blasfemes, hijo! —¿Qué lugar es este? —pregunté. —Santa Clara. Una estación repleta aparecía en escena. Enjambre de vendedores con cajas en las manos subieron al coche vociferando: —¡Pizza! —¡Pan con jamón! —¡Refresco! —¡Dulces! —¡Aguaaaaaaa...! Anochecía, el coche tampoco contaba con alumbrado y se volvió totalmente oscuro. Media hora después se puso en marcha, con suma lentitud, como si el cansancio de todo el universo se arrastrara con él. Pero de pronto se detuvo otra vez, con un resoplido enfermo. El revisor pasó con una linterna. Dijo que iban a darle paso al camagüeyano.

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—¡Por eso es que se atrasa! —saltó una voz en la oscuridad — Si a una vaca se le ocurre cruzar la vía, se detiene a darle paso. —El viaje debe demorar quince horas, como norma — dijo uno—, pero a este paso si llegamos algún día podemos considerarnos privilegiados. La señora a mi lado fue más osada. —A ellos les conviene eso, que se retrase bastante. Así cobran horas extras. Total, viven en el tren. Venden alimentos que ellos mismos preparan. Amasan fortunas con los pasajes... yo tengo un primo que trabajaba en un tren... vivía como un millonario... Hizo silencio cuando vio la luz del revisor regresar por el pasillo. La inmensa oscuridad del campo me sofocaba. Debía concentrarme ahora en regresar rápido a La Habana, y en el dinero para recuperar mi casa. Palpé mi bolsillo. Allí estaba el concurso de minicuentos arrancado a una revista esa mañana. —¿Quién pagará tanto dinero por un minicuento? ¿Un fanático de las historias ínfimas? —Tal vez lo ganes —se dijo. —¡Bah…! Debo pensar en cosas prácticas. Y si no encuentro dinero, ¿el prestamista tendrá cojones de matarme cuando no quiera entregarle la casa? Por suerte la garantía no era un objeto que pudiera agarrarse y ya. Una casa no se puede cargar para otro lado. Por suerte la ley no ampara compromisos donde medien palabras al margen.

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—Todavía la gente mata por estafa —se advirtió—. Lo que tienes que hacer es trabajar bien, con seriedad y encontrar un tema para ganar el concurso de minicuentos. —¿Tú crees?

Al cabo de un rato, el tren continuaba estático en medio del campo. El calor de la noche era cruel. Se escuchaban niños llorando y quejas de pasajeros. —Ese es un buen argumento: el tren. Y ella, arrepentida en el último coche. Una anciana con la cadera partida en el fondo del agujero. Un par de disidentes arrestados... —Estás lleno de temas —se dijo—. ¿Qué eres... un temático? —De todas formas tengo que salvar la casa. Es lo único que tengo. Prefiero que me maten a tener que dejarla. —¡Está bueno eso! Un minicuento para premiar: Hombre en tren pensando en salvar su casa. Siempre creyó que El dinosaurio era un verso y todos los otros minicuentos, pedazos de poemas recortados. —Escribe sobre la mujer. Acaso tengas suerte y des el paletazo. —¿Qué paletazo? —El triple salto mortal... dar en la diana... o como quieras llamarle al escabroso acto de acertar en un concurso.

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A la mujer que regresó de España, luego de ver los cuadros famosos colgados en El Prado, que viajó a Portugal, Marruecos, Canarias y renuncia al lujo y la comodidad para regresar a Cuba junto a los suyos, a compartir su hambre, sus incertidumbres, el sobresalto existencial, no pueden llamarla jinetera. ¿Qué pasa? Las jineteras se quedan con el lujo y la comodidad... como se quedaron tantos artistas, funcionarios, deportistas, hijos de papá... que alguna vez tuvieron el chance de viajar. Entonces, se ensañan con la que regresa. Le tiran la policía arriba. La citan a la Unidad. Como no tiene el cambio de dirección de La Habana la encarcelan. Luego de cinco días de calabozo la deportan en un tren igual que este, lento hasta el agobio, y ahora detenido en medio del campo. —¿Tú crees que eso sirva? —Por lo menos tienes el derecho a denunciarlo. —Claro.

Luego de una hora varado en medio del campo, apareció la potente luz del camagüeyano atravesando la oscuridad. Su larguísima anatomía de vagones oscuros pasó de largo con su ruido de hierros. El silencio de la noche reinó otra vez. Al rato nos pusimos en marcha. Los reductos de la embriaguez le impregnaron a la oscuridad una extraña sensación. Puedo bajar con mi mochila en cualquier pueblo y regresar a La Habana, pensó.

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Sin embargo continuaba soldado al asiento. Los pensamientos se suplantaban. El amor cobró diferentes visos. De pronto era fantoche y luego un protagonismo serio, creíble. —El amor es la cosa más inoportuna que existe —se dijo. En la oscuridad hizo un movimiento con la mano, apartando un pensamiento sombrío que entró con el aire caliente por la ventanilla. Los amores regulares van de principio a fin, como una elipse. Se funden en la habitualidad, nadie los recuerda ni percibe y son solo números en las estadísticas. En cambio los grandes amores que sobreviven al tiempo y al olvido son dolorosos, tristes, mueren de forma rápida. Tentadora razón para los poetas que los resucitan en sus carillas. Ahora el movimiento del tren se volvió acompasado. La luna intentaba asomarse.

—¡Ten cuidado en Camagüey, muchacho! —dijo la señora a mi lado. —¿Qué? —¡En Camagüey roban maletines...! ¡Por si las moscas, voy a poner el mío entre las piernas! ¡Para llevárselo tienen que arrancármelo! En la oscuridad vi la gruesa figura femenina poniendo a salvo sus bártulos. Siempre que viajé en tren, cuando pasaba Camagüey robaban equipajes. Los gritos desesperados de la gente ante la miseria añadida le provocaban aversión por los manilargos. De todas formas, acomodar el maletín entre las

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piernas no era un seguro total. Recordé a mi tío Angelito, el de los tres infartos. En sus viajes a La Habana siempre bebía con soltura. Se jactaba de ser intocable alardeando de sus mañas: Descansar los pies sobre la maleta y guardarse el dinero dentro de los zapatos. Una vez alguien descubrió el truco. Aprovecharon su mala bebida y la oscuridad para robarle. Cuando Angelito despertó por la mañana, le habían llevado la maleta, el dinero y los zapatos. Sus pies descalzos estaban apoyados sobre una caja vacía. La única manera de estar completamente seguro en un viaje es no dormir, o que la suerte te acompañe. El tren era el medio de transporte de la gente de menores recursos. Si uno estaba realmente apurado, armaba el equipaje y se imbuía en la Estación Central donde los revendedores de pasajes o los empleados corruptos proponían asientos en los trenes a punto de partir. En fin de año y en el período vacacional los precios se disparaban hasta cifras repugnantes. No importaba que no tuviera agua, comida ni luz, siempre que avanzara adelante y llegase alguna vez. Los ómnibus eran una verdadera cabeza de caballo. Las reservaciones estrictas, insustituibles. Las colas para conseguirlas con 15 días de antelación eran de chupa y déjame el cabo. El avión, con su aeropuerto en las afueras de la ciudad, contaba con una lista de espera que apenas avanzaba. Los familiares de fallecidos que rogaban ver el cadáver por última vez antes de darle sepultura, debían presentar un telegrama que anunciara el fallecimiento. La empleada encargada de llamar

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por teléfono al lugar de procedencia del occiso, verificaba en las funerarias si era cierta la desgracia. En caso de que al muerto lo velaran en la casa el trámite se volvía torturante, más aún cuando el forense de algún hospital demoraba en responder la llamada.

Soe está en una oficina pequeña, al fondo de la Unidad. Un policía hojea su pasaporte una y otra vez, como si esperara encontrar algo sucio en los cuños de la embajada de España. Ella no sabe que es un ardid de policía para ganar tiempo. El oficial vuelve a preguntar lo mismo, de principio a fin. —¿Así que España...? —Sí —contesta la mujer. Nerviosa. Triste. Infeliz. Deseosa que todo acabe rápido. Lo que sea, pero que acabe. —¿Cómo fuiste a España? —En avión. —¡No te pregunto en qué... si no cómo! —¡Ah... no entendí la pregunta, disculpe! Me invitaron. —¿Quién? —Un español. —¿Tu novio? —Sí. —¿Y cómo lo conociste? —En la calle. —¿En Quinta Avenida? —No, entrando a la Marina Hemingway. —¿Frecuentas La Marina?

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—Allí hay una tienda, para todo el mundo... —¿Qué tiempo estuviste allá? —¿En España? Tres meses. —¿Y por qué regresaste? —Amo a mi país. —¿Lo amas? ¿De verdad? —Sí, de verdad. —¿Y tú carné de identidad? —No lo tengo... aún no lo he sacado... —¡Ah... porque no tienes carné de identidad...! ¡Ni dirección de La Habana! ¡Entonces, eres una ilegal...! Soe se pone nerviosa. Su configuración facial se contrae. El peligro la asusta. Lleva dos horas o más en esa oficina y con la poli nunca se sabe. ¿Fue un delito regresar? ¿Una estupidez? ¿Una locura? El policía se pone de pie. Llama a un soldado que cuida el pasillo. Señala a la mujer. No hacen falta palabras. El soldado la toma por el brazo. Ella está confundida... avanza. Una extraña intuición le asegura que entre menos resistencia haga todo saldrá mejor. Doblan a otro pasillo con paredes llenas de musgos, y se asusta más. La carencia de higiene siempre es mal augurio. Aparece una gran puerta de hierro. El soldado saca un mazo de llaves, escoge una, abre. Entran a otro pasillo, apestoso y oscuro. Se escuchan voces apagadas y chistes. Mientras avanzan descubre celdas a ambos lados, con figuras acostadas en el piso o en posiciones meditabundas. Al final del pasillo le abren una celda, a la derecha. La conminan a entrar. Su perfume Givenchi de

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repente es mutilado por olores corrompidos. Descubre que hay más personas habitando el recinto. Debe andar a tientas para no tropezar. Encuentra un rincón y se desploma. Está perdida.

Deben ser las dos de la madrugada. El tren se balancea sobre los rieles con metálica rima. Algunas luces lejanas ablandan la oscuridad del campo. El cielo sin luna sugiere un alba imposible. Tengo la siniestra impresión de vivir una noche perenne. Me pregunto si el mundo se acostumbraría a vivir en la oscuridad. —Sí. Hay lugares donde la noche dura seis meses y sin embargo viven. Mencióname una cosa a la que el hombre no se acostumbre. Pasé revista a todas las cosas viles. Ninguna resultó acertada. Ni la muerte, la esclavitud, el dolor, la enfermedad o el desencanto. —¿Tú crees? —Estoy seguro. —¿Y ella? Al final del tren. ¿Vas a acostumbrarte a eso? —Sí. El tren aumentó la velocidad, se recostó en el asiento y recordó su época de estudiante en aquella escuela tecnológica donde había africanos, asiáticos y de Latinoamérica. Fue cuando descubrió que podía resolver un problema matemático primero que un yemenita. O una ecuación química antes que un chileno o un ecuatoriano. Los marroquíes movían el balón de fútbol con soltura. Y en natación los coreanos eran

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insuperables. Pero en 100 metros planos, una tarde marcó 10. 55 y el profesor de Educación Física dijo que el cronómetro tenía un desperfecto para descalificar su carrera. Aquel año fueron las olimpiadas de Montreal, con los triunfos de Alberto Juantorena en la media distancia. Los muchachos estaban muy entusiasmados con el atletismo. Salían de las aulas directamente a las pistas. Una y otra vez corrían los 100 metros con espíritu de romper algún record absoluto de la categoría juvenil. Los alumnos de las provincias orientales éramos los más asiduos. Nuestra aptitud para el entrenamiento casi rozaba el vicio. Se organizó una carrera de relevo 4x100 entre equipos de varios países. Como en una competencia oficial sortearon los carriles. La pugna se efectuaría un domingo. Felipín, Mengana y un muchacho al que apodaban Tambocha, integraron el equipo Cuba. La cuarta posta estuvo discutida entre mi récord no admitido y Preval, un negro alto y musculoso, fanático del equipo de Estados Unidos. Preval los imitaba en el vestir, ceñía su cabeza con una cinta que decía USA, usaba un short con listas rojas y azules que le cosió en los laterales, una camiseta muy ajustada al cuerpo y medias altas sobre los tenis pintorreteados con la bandera americana. Caminaba por la pista con elegancia, como si una cámara lo estuviese filmando. En el entrenamiento me esforcé al máximo para conseguir el puesto. Logré marcar 10. 75 repetidas veces y un día antes de la confrontación, con un esfuerzo que casi me cuesta la vida, detuve el cronómetro otra vez en 10. 55, pero finalmente desecharon el reloj.

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—¿Está funcionando bien...? —preguntó Felipín, dándole golpecitos al aparato. Mengana cogió el reloj y lo acercó a su oreja. —No. Está divagando. Finalmente eligieron a Preval. Fue cuando comprendí que el esfuerzo y el sacrificio no son tan decisivos como a veces se pinta. Existe un margen de maldad en el mundo reservado para los apelativos más duros. Ningún equipo en la escuela entrenaba más fuerte que el nuestro, ni podían superarnos en una carrera de relevo, pero en el último cambio, con todos sus músculos, su perfecta anatomía y su bandera americana pintorreteada, a Preval se le cayó el bastón y las esperanzas de ganar se fueron al piso. Entonces me fui a otra parte de la pista. Al área de lanzamientos. Era la época en que los jóvenes piensan que van a trascender en alguna actividad y se entregan con todas las energías. Solo en esa etapa de la vida se puede forjar el carácter y la aptitud. Más tarde ni la disciplina, ni el empeño, y mucho menos la necesidad o la codicia, pueden lograrlo. Estuve un buen rato frente a los implementos sin decidirme. El disco me pareció un artefacto ortopédico. La parquedad de movimientos en su ejecutoria me irritó desde el principio. El martillo era peligroso y solo de intentar levantarlo me golpeó la rodilla. La bala resultó pesada y lenta. Escogí la jabalina. Es decir, una jabalina que el centro de alto rendimiento deportivo Cerro Pelado le prestó a la escuela

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con carácter devolutivo. Habíamos cinco jóvenes inscritos. En los primeros entrenamientos que tuvimos, el instructor clavaba la jabalina en la tierra, frente a nosotros y nos impartió clases teóricas durante una semana. Ensayamos mil veces la carrera de impulso y tres mil esa ejecutoria del brazo simulando el lanzamiento, que es un reflejo condicionado bastante fácil de adquirir. Al séptimo día, el profesor nos comunicó que al fin íbamos a tirar. Hicimos una cola, nos entregaba la jabalina para el lanzamiento y luego quien la tirara la traía nuevamente. Dos muchachos lograron tiros cortos, sin la parábola requerida. Algunos tiros después llegaron un poco más lejos. Cuando llegó mi turno descubrí que algunas alumnas de gimnasia se habían agrupado tras nosotros para vernos. Entusiasmado con el pequeño público femenino, apreté fuertemente el dardo y lo sostuve sobre el hombro como un atleta olímpico. Creo que en realidad sentí eso, la aclamación de unas gradas repletas y la esperanza de una medalla. Emprendí la carrera con seguridad, llevé el brazo bien atrás y añadiendo todas mis fuerzas al implemento, lo arrojé lo más lejos que pude. La jabalina se elevó en el aire con suma lentitud, pero comenzó alejarse y alejarse... en dirección no deseada. Cruzó rauda sobre los dormitorios de estudiantes y se perdió tras el follaje de unos almendros. Estuvimos toda la tarde buscándola. Revisamos los alrededores, y en el potrero que está al final de la escuela. Cada cierto tiempo y con muy mal humor el instructor me gritaba: —¡Tú procura que aparezca...! ¡Tú procura...! ¡Esa jabalina no es de la escuela...! ¡Es prestada y hay que devolverla...!

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Yo busqué con mucho empeño, incluso corté la hierba alta con un machete y no pude encontrarla. A veces me gusta pensar que fue un disparo para récord olímpico. Todas las tardes después de clases, el instructor organizaba una exploración por la zona boscosa buscando el implemento. En vano. Una semana después, las tiñosas con su vuelo circular y la peste que se hizo insoportable anunciaron evidencias de una muerte cercana. Dentro de la maleza, en una especie de cañada, encontraron el cadáver de un caballo con la jabalina atravesada en el cuello. El asunto hubiera suscitado un proceso penal, pero el animal estaba sin autorización dentro del perímetro de la escuela y su dueño no quiso reclamar. Luego incursioné en el ajedrez, me gustaba el juego rápido, arriesgarlo todo. Si en el medio juego la partida no se revertía a mi favor le quitaba interés. Jamás jugué finales. Deseché la natación. La piscina siempre estaba sucia. Las pesas exigían demasiado esfuerzo físico, y los hombres se contemplaban demasiado. En el béisbol logré coger un fly que se iba de jonrón. Casi en el último instante salté aparatosamente sobre la cerca y tiré un guantazo atrapando la bola. El manager del equipo me llamó aparte. Tomó mis datos personales. —Si escuchas bien mis consejos puedes llegar a pelotero —dijo. Yo estaba acostumbrado a jugar con pelotas de goma y atraparlas con elegancia. Incluso tenía fuerza para batear. Pero al duro era otra cosa. Y en mi primer juego oficial, el

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pitcher contrario lanzó una recta tan rápida que solo escuché el sonido de la mascota. —¡Strike! —gritó el árbitro. Hice varios swines al aire intentando alejar mi nerviosismo. El manager estaba molesto porque yo no buscaba señas. En realidad todo el campo daba vueltas ante mí. El pitcher hizo sus movimientos y lanzó otra recta. Pareció comprender que era un out por regla. —¡Strike dos...! El manager pidió tiempo y fue hasta el cajón de bateo. Me insultó en voz baja. Creo que perdíamos por una carrera y había corredor en segunda. Hace mucho tiempo de eso y no logro precisar el marcador exacto. Lo cierto es que al tercer lanzamiento hice swing y choqué la esférica que venía a 90 millas por hora Un corrientazo recorrió todo mi cuerpo, salió un batazo de poca fuerza pero bien colocado entre dos jardineros, que marcó una elipse hasta tocar la hierba. El corredor de segunda anotó sin dificultad. Yo permanecía clavado en el home, con mis brazos retemblando todavía y sin aliento. —¡Corre! —me gritaba el manager. —¡Correeeeee...! –gritaban los demás jugadores del equipo. Pero no moví las piernas, ni solté el bate y el jardinero derecho tuvo tiempo de recoger la bola y tirar a primera base para ponerme out. Allí concluyó mi experiencia beisbolera. Más tarde comencé a jugar fútbol. Desarrollé cualidades sobresalientes y una destreza que casi molestó a mis rivales. Pero al parecer no estaba destinado a estrella deportiva. En

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el primer partido de la Liga juvenil, un defensa contrario me partió un tobillo de una patada con unas zapatillas metálicas. —¿Crees que hubieras llegado a ser un gran deportista sin esas maldades caprichosas del destino? —Sí. —Bueno... ¿Entonces tu vida fuera distinta? —¡Claro! ¡Muy distinta! —¿Cuántas cosas hubieran cambiado? —Todas. —¿Y la mujer? Si estaba en tu destino conocerla, deportista o lo que fueras, al final estaría ahí, en el último coche, metida hasta los tuétanos en tu vida. —Es posible.

—¿Ya pasamos Camagüey? —le pregunté a la señora cuando desperté. —Hace rato. —¿Pasó algo? —Lo de siempre, cogieron a uno robándose un maletín. ¡Le dieron una cantidad de golpes...! —¿Sí? —¡Ay mijo... por poco lo matan! ¡Pero qué manera la tuya de dormir...! —Fue la bebida... ¿Y qué hicieron con el ladrón? —Lo bajaron en Camagüey... pa’ la policía... ¡Yo no dormí un segundo, ni cerré los ojos! Tuviste pesadillas. ¿Aún estás borracho?

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—Ya no. ¿Qué hora es? —Casi las cinco. La ferromoza ha venido tres veces a verte. No dejé que te despertara. —Gracias. ¿Qué quería? —Algo cómico. Parece que han surgido apuestas en el último coche. Si te bajas con ella en San Luis o si continúas para Guantánamo. Los de este vagón han comenzado a apostar también. —Perderán los que piensen que bajaré en San Luis. ¿Y qué le importa eso a la gente? —¡Imagínate, en este tren no hay televisor, ni radio, ni siquiera luz! Es un viaje muy largo. Tienen que entretenerse con algo. —¿Y de ella? ¿Qué has sabido? —Dicen que no para de llorar. —¿Eso es bueno o malo para las apuestas? —Depende del lado que lo mires. —¿De qué bando estás? —Neutra. Debes hacer lo que tu corazón te dicte, para que luego no te arrepientas. En la oscuridad del vagón podía sentir el lento y desesperado paso del tren, como una serpiente de hierro atravesando el campo. Acomodé la mochila a un costado, de manera que al recostarme me sirviera de almohada. Todos los descalabros llegaron juntos. Su abuela es lo más grande que tiene, la noticia de la caída en el hueco fue como si ella también se desplomara. Su padre y su hermano están ahora tras las rejas, son hombres, enfrentarán cualquier

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contingencia. Pero la anciana en el fondo del hueco es punto y aparte, debe provocarle un dolor infinito.

—Firme aquí —le dijo el hombre de los espejuelos oscuros—. ¿Su hijo también va a firmar? —¡Claro! Ven acá Luis Miguel, firma esto... —¿Qué cosa? ¿Cómo voy a firmar algo que no sé qué es? —Es El Proyecto. Pa’ tumbar al gobierno comunista. El muchacho miró la planilla. Muchas firmas antecedían ya a la del padre. En el espacio consecutivo asentaron su nombre y apellidos. —¿Qué cosa es eso? —preguntó el joven— ¡Si no me lo explican no firmo! —Muchacho... eso es pa’... —Déjeme explicarle yo —dijo el de los espejuelos oscuros—. Mira muchacho, El Proyecto es un intento de obligar al gobierno a una consulta popular, si se reúnen y presentan la cantidad de firmas exigidas en la Constitución. ¿Entiendes? El joven Luis Miguel permaneció en silencio. No sabía absolutamente nada de política. Alcanzó el noveno grado sin mucha dificultad, pero su vida era el kárate. Ostentaba la cinta negra del estilo Joshimon y ganaba su dinerito impartiendo clases a niños. Las cosas andaban muy mal en el país, pero él no era político. Nunca entendió el carácter apasionado de su padre, un mecánico que arreglaba autos y motos sin cobrar

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un centavo porque decía que la cosa estaba jodida y entre cubanos teníamos que ayudarnos. Para después ir a la mesa con los platos vacíos. Luis Miguel era hosco, introvertido. No reía nunca. Hablaba con suma parquedad. —No entiendo —dijo. El hombre de los espejuelos oscuros mostró paciencia entrenada. Relató sucesos recientes, donde se violaban los derechos humanos. Y cómo El Proyecto iba a arrinconar al gobierno para obligarlo a una apertura. —Luego tendremos libertad y justicia. Luis Miguel seguía sin entender. Eran casi las cinco. Hora de comenzar sus clases de kárate. —Tu firma será considerada una contribución importante a la causa. Desde este momento serás un gestor. —Piensa... —repitió el padre— ¡Un gestor...! El joven no tenía la más remota idea del significado de la palabra. Eran las cinco de la tarde y se estaba demorando. Tal vez si firmaba y se iba, llegaría a tiempo para las clases. —¡Eso es! —dijo el hombre de los espejuelos oscuros cuando Luis Miguel firmó la planilla— La lista va caminando. —¡Muy bien, hijo...! ¡Anda, ve a tus clases!

Enfundado en su kimono blanco, Luis Miguel entrenaba los movimientos de Senkuso dachi a más de veinte niños alineados en cuatro filas. A pesar de su juventud era un profesor excelente. Los padres de los niños confiaban en él

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con los ojos cerrados. Algunos pequeños ostentaban la cinta amarilla y otros la color naranja séptimo kyu. Pero a partir de aquella firma, Luis Miguel no dejó de pensar en el hombre de los espejuelos oscuros. Le preocupaba aquel hablar pausado sobre conceptos sociales que escapaban a su visión juvenil, y sobre todo no encontrarle los ojos tras los cristales oscuros. Una cosa sí estaba bien clara en su cabeza: la policía no razona con la gente que se le revira al gobierno, y en menos de lo que canta un gallo te parten las patas. Cuando terminó la clase regresó a su casa, callado como siempre. Después de bañarse salió al portal, a coger fresco. Su padre, embarrado de grasa de pies a cabeza, se le acercó. —Hoy diste un paso muy grande en tu vida, hijo. —¿Sí? —Tú no imaginas el gran paso que diste hoy al firmar ese papel. Puedes sentirte ahora un hombre de verdad. —Soy un hombre hace rato —dijo Luis Miguel. —No me refiero a esa hombría, hablo de luchar. —¿Luchar, papá? —Sí, hijo... luchar... —Luchar es buscarse cuatro pesos para comer, papá... eso es luchar... ¡A ver…! ¿Qué arreglaste hoy? —El cigüeñal de una moto Júpiter... y le cogí el tiempo al carro de Arnaldo... —¿Cuánto te pagaron? —Esa gente está jodida... hay que ayudarlos... —¡Ves...! Trabajas todo el día, gratis. ¿Qué hay de comida para hoy?

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—Tu abuela está inventando, una sopa de vegetales... —¿Y eso es comida? —Bueno... algo es algo... —No, papá... llevo muchos años escuchando esa trova... —¡Por eso tenemos que unirnos y luchar...! —¡Eso no es luchar...! Ese tipo que no se quita nunca los espejuelos, no me inspira confianza. —¿Quién? ¿El activista? ¡No bromees! ¡Ese hombre tiene buenos contactos! ¡Bien arriba! ¡Con Antenor! ¡Con Elizardo Rojas... y hasta con Paz Salinas...! —¿Quiénes son esos? —Los más importantes líderes... son los tipos de los americanos... —¡Ah... porque tú estás pensando en los americanos...! —¡Habla bajito, coño! ¡Esto es serio...! Arnulfo miró a todos lados. Su mano embarrada de grasa encontró un cigarro aplastado en un bolsillo. Lo encendió. Aspiró el humo y luego lo soltó lentamente. —A todos los gestores de El Proyecto nos van a ayudar... en nuestra lucha... —¿Qué lucha, papá? ¿Qué lucha? Si no es por el dinero que me pagan en el kárate nos morimos de hambre. El cigarro se gastó rápido y Arnulfo lo arrojó a la calle. En aquel momento llegó un hombre empujando una moto. —¿Qué tiene eso, Antonio? —Parecen que son los platinos. Comenzó de pronto a pistonear y se apagó. —Trae pa’ acá ese muerto... —dijo Arnulfo con entusiasmo —. Vamos a revivirlo.

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—Arnulfo... mi socio... estoy jodío, tú sabes que perdí el trabajo... —¡No importa, Antonio! ¿Pa’ qué son los amigos? Los dos hombres entraron la moto al portal. Arnulfo se tiró en el piso y comenzó a arreglarla. Luis Miguel entró a la casa de muy mal humor.

Volvió a dormirse. Soñó con un horno encendido y su madre dentro, intentando salvar una pierna de puerco que con el peso tumbó la parilla. En el piso del horno una gruesa capa de cenizas revelaba fuegos anteriores. Su madre levantaba la pierna de puerco una y otra vez, pero finalmente se resbalaba. Comenzó a gritarle que saliera de allí, pero tan obstinada como siempre, su madre prefirió salvar la carne. Luego soñó que el tren era un espléndido carruaje y la señora que viajaba a su lado era un hada azul, que hablaba con empalagosa dulzura. —Este es mi regalo final —decía—. Tu vida fue un constante martirio. Sin embargo al final la victoria es tuya, porque aprendiste del mundo lo más difícil: perdonar. A los que son como tú, los recompenso con un viaje infinito. De pronto se aterró. Ya no sufría ni le preocupaba nada. Lo llevaban cargado rumbo a un hueco. A su lado iba Soe, muerta en llanto.

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—¿Ahora qué te pasa? —preguntó la señora— ¿Otra pesadilla? —Otra. ¿Por dónde vamos? —Debemos andar por La Tunas. El tren ha parado dos veces. Ya está amaneciendo. Miré por la ventanilla. Una leve claridad forzaba el horizonte del campo. Aquel sueño me preocupó. Mi madre intentando sacar del fuego la carne era sin dudas un símbolo. Debía pensar en el dinero del prestamista. Tal vez ahí estaba el verdadero significado. La madre siempre fue en su vida como un aviso, apareciendo de las formas más disímiles. El horno podía ser su casa, en llamas ahora por ser la garantía de un dudoso prestamo. La capa gruesa de cenizas eran todas las acciones desacertadas o indebidas en las que hasta ahora se había involucrado. El fuego era sin dudas el prestamista. Y la pierna asada era él. ¿Quién más? Cayendo una y otra vez de la parrilla sin salvación. —¿Cómo va el minicuento? —A las mil maravillas. Ni siquiera he podido elegir el tema. —Recuerda, tienes todo el tiempo del mundo para escribirlo. Este tren es el mejor lugar de trabajo que has tenido. Fíjate y verás. Mucha hambre, que es la mejor disciplina. Sin agua, para aguijonearte más. No hay luz que te moleste y el silencio es magnífico. Considera el bamboleo del tren como un asistente que te mece al compás de la musa. ¿Qué opinas? — Quisiera escribirlo, pero no puedo.

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—¡Ves... ahí está el comienzo! Luego un par de oraciones afirmativas... algo de poesía... y ya está hecho. Intenta ser breve. —Es una jodienda. —Claro... todo siempre ha sido una real jodienda. En eso consiste existir. —En eso —repitió. —¿Qué cosa? —preguntó la señora a su lado. —Nada. No me haga caso. Estoy hablando conmigo.

Cuando la oscuridad comenzó a disiparse, Soe pudo ver tres muchachas en el calabozo. Una dormía en posición fetal sobre el piso. Las otras dos estaban sentadas, con las piernas recogidas. —¿Traes cigarros? —preguntó una. —No fumo. —¡Qué mierda! —dijo la otra— ¡Estoy loca por fumar! La muchacha que dormía se despertó. Fue hasta un ángulo de la celda que servía de excusado. Dos elevaciones en forma de zapato a cada lado de un agujero sugerían donde colocarse para efectuar. Se levantó la saya, apartó el blúmer y el chorro de orine se escuchó desparramado y largo como si no fuera a terminar nunca. Luego dejó caer la saya con desdén y regresó a su sitio. Al ver a la nueva inquilina le dijo: —Dame un cigarro. —No fuma —dijeron las otras dos. Sin importarle mucho, volvió a tenderse en el piso del calabozo, a dormir.

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Soe escondió el rostro entre las manos. Una de las presas le preguntó: —¿Te cogieron con el yuma? —¿Qué yuma? —El tuyo. ¿No eres jinetera? —Estoy aquí por regresar de España —dijo Soe, buscando darle sentido a su detención. —¡Ah... porque fuiste a España y volviste...! ¡No, chica... a ti lo que hay es que fusilarte! —¿Te volviste loca allá, o mataste a un tipo? —dijo la otra muchacha— ¡Porque esos son los dos únicos motivos para regresar! Soe permaneció en silencio. Luego preguntó: —¿Qué tiempo llevan aquí? —A esa dormilona la trajeron anoche. Nosotros llevamos tres días. —¿Y cómo es esto? ¿Cuándo nos dejaran salir? —Bueno, si no tienes carta de advertencia te salvas y te deportan a tu provincia. Pero si eres reincidente, aguántate... ¡Por lo menos un año en Villa Delicias! —¿Qué es eso? —preguntó Soe muy asustada. —La cárcel de las jineteras, mija... ¡No me digas que no has oído hablar de Villa Delicias! —¡Nunca! —¿Eres jinetera o no? —No lo soy. —¿Y cómo fue que viajaste a España? —Conocí a un español... se enamoró de mí... me invitó... —¿Y eso qué coño es sino jinetear?

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—Amor —dijo Soe, pero ni ella mismo creyó lo que decía. —¡Ah... sí... Romeo y Julieta! ¡Qué lindo! —Di la verdad. ¿Por qué regresaste? —preguntó la otra. —Me aburrí, me obstiné... casi me vuelvo loca de soledad... —¿Y el gran amor no pudo ayudarte a resistir? —No... En aquel momento pasó un centinela repartiendo la comida. Entregó cuatro bandejas, con arroz, sopa y revoltillo de huevo, todo frío. La que dormía se levantó como un resorte y fue hasta la puerta. Habló algo con el centinela. Estaba de espaldas a las otras y hacía movimientos. Luego regresó triunfante al fondo de la celda. —¡Niñas... luché un cigarro! ¡Vamos a compartirlo después de la comida! —¿Cómo fue eso? ¿Qué hiciste? —Le enseñé una teta al guardia. Es un corrupto.

La anciana tosió otra vez. El humo del fogón la estaba matando. Cuando se acababa el keroseno Arnulfo conseguía petróleo de algún camión que arreglaba y con eso iban tirando hasta que la ración mensual llegase otra vez a la bodega. La combustión del petróleo era fatal para sus pulmones. Tardaba mucho en encender y las llamas eran tenues, desesperantes, con el hollín esparcido como una maldición por toda la cocina. Pero al final resolvía. Tosió nuevamente. Sus grandes ojos amenazaban con saltarle de las cuencas.

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—¿Qué te pasa, mamá? —preguntó Arnulfo, sentado en la mesa junto a Luis Miguel. Los dos hombres tenían cucharas en las manos y esperaban ansiosos que sirvieran la sopa. A pesar de haberse bañado, la uñas y poros de Arnulfo incubaban limallas y grasa de motor. —Nada, mijo... ¿qué me va a pasar? —dijo la anciana para no preocuparlo. —Debe cuidarse esa tos —dijo Arnulfo. —No ves que el humo la está matando —dijo Luis Miguel. —¡Y gracias que conseguí el poquito de petróleo ése! ¡Si no! —Volábamos el turno —dijo Luis Miguel —. No sería la primera vez que nos acostamos sin comer. —¡Mamá hace una sopa riquísima! —Arnulfo intentó estimular a la anciana y suavizar la tensión. —¡Sí... de hierbas! —dijo Luis Miguel —. ¡Yo quisiera encontrarme un pedazo de carne en la sopa un día! —¿Tú no sabes que la guerra del 68 y la del 95 se hicieron con sopas de vegetales? —dijo la anciana apagando el fogón. —Lo dudo mucho —dijo Luis Miguel—. ¿Con qué fuerza levantaban el machete los mambises? —Mi abuela le cocinaba a los mambises —dijo la anciana caminando con dificultad hasta el tanque de agua. Llenó un jarro y lo dejó sobre la mesa. De la repisa tomó dos vasos—. Me contaba mi abuela que esa gente comía col, lechugas y sopa de acelgas, nada más. —Lo dudo —repitió Luis Miguel. —¿Y qué tú crees que comían los rebeldes? ¡Yo le cociné muchas veces, cuando subí pa’ la Sierra de mensajera...! ¡Y

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lo vi con mis propios ojos...! ¿Qué tú crees que comían los rebeldes? —¿Qué comían? —preguntó Luis Miguel en tono cansón, para complacerla. —¡Sopa de vegetales! —¡Acaba de servir... mamá...! ¡Estoy muerto de hambre! Todo los días, antes de servir la sopa, pasaban por aquella escena como un aperitivo. Si los mambises y los rebeldes hicieron la guerra con sopa, entonces ellos devoraban el líquido viscoso salpicado de cilantros, pedazos de cebollas y ajíes. Luego salían al portal a refrescar la digestión, listos otra vez para seguir en el combate.

Soe probó un bocado de cada alimento y empujó la bandeja en el piso. La sopa era agua. El arroz estaba desabrido, como el revoltillo. Las tres muchachas se abalanzaron sobre la bandeja de Soe y se repartieron su comida. Luego se agacharon en una pila de agua casi a ras del piso, junto al excusado y bebieron hasta quedar satisfecha. Las tres fueron a un rincón y cuando se disponían a fumar, recordaron que no tenían mechero. —¡Pinga! —dijo una. Se llamaba Lisett. Era blanca, de pelo castaño y con ojos color de uvas— ¿Tendré que enseñarle la otra teta al guardia? Fue hasta la puerta y llamó al centinela, pidiéndole fuego. Los presos de las otras celdas comenzaron a gritarle obscenidades.

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—¡Oye, puta... con mi fósforo y tu rayadera formamos tremenda candela! —¡Ven putica! —dijo otro —. ¡Voy a sacarte chispa del culito...! —¡Váyanse pa’ la pinga... partía de maricones! Lisett regresó al fondo del calabozo. —¿Qué pasó? —le preguntaron. —¡Esos maricones me malearon la jugada! Ahora tengo que esperar que el guardia venga a recoger las bandejas. La mulata escultural y pelo rizo se llamaba Ana. Dijo: —¡Con tanto dinero y sin una fosforera! —¿Tienes dinero? —le preguntó Lisett. —¡Claro! Me cogieron saliendo del hotel con el yuma. Ya había matado mi jugada. Me trajeron directamente pa’ acá. —¿Y no te registraron? —Sí. Me quitaron el bolso, el carné, los cigarros... esas boberías... ¡Pero el dinero... na’...! —¿No lo encontraron? —Nadie me revisó el bollo. Yo siempre me escondo el dinero en el bollo. —¿Y cuánto dinero traes en tu bollo? —le preguntó Lisett. —¡Imagínate...! Llevaba una semana instalada con el yuma. Me pagó 500 dólares. —¿500? —los ojos de Lisett brillaron en la oscuridad. —Yo sí que estoy en la fuácata —dijo Yanet, la dormilona—. ¡No veo un peso desde que Batista era cabo! Las tres muchachas se echaron a reír. Soe las escuchaba desde su rincón y sintió un enorme deseo de llorar. En

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realidad sollozaba por dentro cuando el policía la interrogó en la oficina y al entrar a la celda inmunda jimiqueó. Pero ahora no pudo contenerse más y rompió a llorar desesperadamente. —¡Ehhh…! ¡¿Y a esta qué le dio...?! —preguntó Yanet.

Los primeros rayos del sol vislumbraron la lejanía. Era como si despertaran por primera vez las palmas reales, los ríos, el pasto, las montañas. El paisaje cubano corría con marcada velocidad por la ventanilla del tren, acentuado por las casas aún dormidas, y otras que ya abrían sus puertas a la mañana. Siempre le maravilló observar cómo vivía la gente. Para él cada individuo era la persona más importante del mundo. Los bohíos destartalados que pasaban ante sus ojos hubieran sido su casa, y él cualquiera de aquellos individuos a caballo o a pie, que enrumbaban direcciones desconocidas en los pueblos que cruzaban. El sol calentó con fuerza. Los embalses de agua reverberaban con destellos diamantinos y algunos árboles movían sus largas sombras junto al tren. Pasajeros cargados de equipajes abarrotaron la puerta de salida esperando la próxima parada. El vaivén del coche era agobiante. En las curvas asistía a la armazón de hierro una especie de caos. Los viajeros se aferraban a sus asientos, presos de una inminente sensación de descarrile. Un ruido clamoroso se elevaba de lo más profundo de cañadas y ríos, al cruzar puentes que se estremecían.

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Cambié de posición en el asiento. La mochila permitía que mi espalda cobrara cierta holgura, al descansar sobre su blanda superficie. Estiré las piernas reconfortado por la nueva posición adquirida. El tren aminoró la marcha. Expiró el aire y se detuvo cerca de un caserío. Las continuas paradas para darle paso a otros trenes, o como ahora, sin aparente motivo, exaltaban la ira colectiva, apaciguada casi siempre por chistes de viajeros conformistas, acostumbrados al batallar diario. El choteo es el único mecanismo de autodefensa del cubano para no perecer en la atonía. Una oleada de vendedores aprovechó la parada del tren, subieron pregonando a voz en cuello y casi obligaban a los pasajeros a comprar sus productos: panes viejos y aplastados, agua y refrescos que ofertaban en pomos plásticos reciclados. Los viajeros consumían rápidamente su contenido y arrojaban los pomos vacíos por las ventanillas. Junto a la vía, otros vendedores los recolectaban llenándolos otra vez de un deposito madre. Aquella realidad iba a tono con el miserable caserío donde emergían más y más vendedores al asedio del tren detenido. —Es increíble —le dije a la señora —. Vivirlo es más fácil que contarlo, nadie lo creería. —Yo siempre viajo con mi agua y mi comida —me mostró un pomo plástico similar a los que exhibían los vendedores—. ¿Quieres? —No, gracias —dudaba ya de la procedencia de cualquier producto. Ojalá que ella tampoco coma nada, pensé.

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—¿No vas a comer nada? Soe continuaba llorando. Luego se sopló la nariz y se limpió los mocos con la blusa. —¡Tienes que comer algo... muchacha... te vas a morir! Lloró más y más... se desplomó sobre el mugroso piso del calabozo y siguió llorando. Las tres muchachas sintieron pena por ella, intentaron levantarla para que no aspirara el polvo contaminado del piso. La mezcla añejada de mierda y orine procedente del hueco estaba demasiado cerca y se fueron con ella al lado opuesto de la celda. —¡No llores más... por favor! —dijo Lisett —. ¡No soporto ver a nadie llorando... se me parte el alma! —¡No he hecho nada...! —dijo Soe entre lágrimas —. ��No he hecho nada para estar aquí! —¡Regresaste de España! —dijo Ana— ¿Crees que ese no es un grave delito? —¡Cállate! —dijo Yanet— ¿No ves cómo sufre? —¿Quién coño la mandó a regresar? El guardia se detuvo en la puerta. —¡Arriba... las bandejas! Yanet le entregó las bandejas. Se demoró un rato en la puerta de la celda. Luego regresó con el cigarro encendido. —¡Ese guardia es tetero! ¡Por una teta hace cualquier cosa! —se dejó caer en un rincón y aspiró con gusto el humo. Luego

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le pasó el cigarro a Lisett y al final fue a parar a las manos de Ana, que lo consumió hasta quemarse los dedos con el cabo.

Arnulfo resultó uno de los más entusiastas gestores del Proyecto. Desde el mismo instante en que firmó la planilla, sus responsabilidades políticas dentro del grupo se elevaron. Bajo el colchón acumuló proclamas y folletos. Captó nuevos gestores en el pueblo, como un misionero rescata almas a Cristo. En ocasiones su casa fue refugio de perseguidos. Las reuniones de los principales activistas se realizaban en su cuarto, a puerta cerrada. Un día el activista líder, que usaba siempre espejuelos oscuros, le encomendó una tarea de trascendental importancia. —Se ha elegido su casa como cuartel general del grupo. Arnulfo sintió una honda emoción. Su sacrificio por las causas justas nunca tendría límites. Con paciencia, entrega y responsabilidad, iba escalando peldaños en la organización y ya su casa era cuartel general. —Debe usted abrir un hueco bien hondo... —¿Para qué? —Su casa ha sido elegida también para guardar el archivo. —¿Archivo? —Sí. Un archivo subterráneo donde se guardarán todos los documentos secretos de la organización. La ayuda económica y el apoyo ya están en camino. También recibiremos radios receptores para escuchar las noticias de Radio Martí, y

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computadoras, teléfonos celulares, cámaras fotográficas, grabadoras. ¿Usted tiene máquina de soldar? —Sí. —Consiga planchas de acero y cuando tenga el hueco listo, prepare una bóveda. Deje una abertura arriba, con una tapa. —¿De dónde saco los materiales? —Búsquelo por ahí... ponga a rodar su imaginación... cuando ganemos esta lucha se le repondrá con creces. No lo dude. Arnulfo no replicó. El éxito de las revoluciones sociales tal vez dependía de cuotas extras de imaginación y sacrificio. Al otro día echó mano a un pico y comenzó a cavar en el cuarto de Luis Miguel. Los mosaicos saltaban por el aire con estruendos. Al aparecer la tierra el sonido se amortiguó. Con una pala aliviaba la hondura, luego arremetía otra vez. Al atardecer el agujero era de sesenta centímetros por metro y medio de ancho. Se dejó caer en el suelo, exhausto. La anciana le reprendió todo el día por romper el piso. Arnulfo alegó que estaba buscando una conexión de agua rota. Al regresar Luis Miguel del kárate, no entendió ni una sola de las explicaciones de Arnulfo. —¿Cómo cuartel general, papá? —¡Soy un privilegiado, muchacho... que me hayan elegido a mí! —¿Estás loco? ¿Qué es eso de archivo para guardar documentos?

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—¡Habla bajito, que tu abuela puede oírte! Son documentos importantísimos... radios, grabadoras... ¡Hasta dinero en efectivo...! —¿Y nada menos que en mi cuarto? ¿Por qué no escogiste el tuyo? —¡Mi cuarto es el salón de reuniones! ¡Debo tenerlo listo! ¡Hoy mismo habrá una reunión con todos los líderes...! ¿Sabías que ya soy líder? —¡No me jodas papá...! ¡Líder ni líder...! —¡Dame una mano con el pico, Luis Miguel, estoy molido...! —¡Yooooo...! ¡Náaaaa...! ¡Vengo cansado de las clases...! ¡Voy a bañarme y a esperar la sopa...! ¡Señor líder! Luis Miguel se encontró a su abuela en la cocina, intentando encender el fogón. —¿Qué le pasa al fogón, abuela? —Lo de siempre... no hay keroseno y el petróleo se demora en encender... ¿Viste lo de tu padre ahora? ¡Un hueco como para enterrar a un cristiano! —Sí, ya lo vi. —Dice que hay una tubería partida, pero al paso que va, la encontrará en China. —Mañana me pagan, abuela. Vamos a ver si puedo comprarte un pollo y viandas para que hagas una buena comida. —¡Ay sí... mijito...! ¡Voy a hacerte un fricasé que te vas a chupar los dedos...!

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—Ten cuidado con el humo, abuela... te hace daño. —¿Y qué voy a hacer, mijo...? ¡Hay que cocinar!

Resultan sorprendentes todas las cosas que uno puede recordar durante un viaje. No se te tiene otra opción que esperar, y si se viaja solo y sobre todo si el viaje está estropeado, entonces los recuerdos se suceden con caprichosa elocuencia. La imagen del prestamista poniendo el dinero en mi mano era recurrente. Un hombre muy gordo, lleno de gruesas cadenas y sortijas, con unos enormes brazos que podían ahogar a un caballo. En una carrera jamás me alcanzaría. Pelear con él cuerpo a cuerpo era inmolarme. Emparejar el combate con un palo o una cabilla era echarle más leña al fuego, esa gente tiene compinches que realizan el trabajo sucio. Cuando se pide dinero con urgencia uno anda ciego y lo importante es resolver. Luego pasa el tiempo y no se resuelve ni una cosa ni la otra, entonces nos damos cuenta que estamos perdidos. Si la garantía dejada por el préstamo no es de vital importancia, uno puede salvarse perdiendo lo empeñado. Pero si es de un gran valor sentimental, sufrimos y nos desgarramos con el fracaso. Ahora bien, si perdemos la única cosa de valor que tenemos en la vida, para realizar un viaje que se estropea de inicio, entonces el prestamista tendrá inevitablemente que enviar a sus secuaces y cobrar la deuda con mi vida. A no ser

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que consiga el dinero de otra forma... por ejemplo... que se gane un concurso... —¿De minicuentos? ¡No fastidies!

Muchas veces en mi vida jugué con el peligro. Y tuve suerte. Era una luz natural que me alumbraba. Recuerdo especialmente a un jugador empedernido llamado Carrión, que durante un tiempo fue aliado mío. Como un Lazarillo de la suerte me llevaba al Búle, el antro donde se escondían a jugar los individuos de la peor catadura, y Carrión ganaba mucho dinero cuando iba conmigo. Los hombres arrodillados o sentados alrededor de una estera, se jugaban el dinero con un desafuero existencial que recordarlo todavía me espanta. En cada tiro les iba la vida y era sumamente peligroso ganar. Pero no estaba el día cuando Ramón García, alias Keko, baleó a Juan La Jama por ganarle una partida de dados. Dice Carrión que había mucho dinero por medio y Keko alardeó con jugárselo todo en un lance. Soltó los dados y salieron tres cinco. Un tiro casi insuperable. Riéndose de la suerte y la mucha tensión que circulaba en el aire, Juan La Jama movió juguetonamente los dados dentro de su mano huesuda y luego los hizo rodar sobre la estera. ¡Tres seis! ¡El mayor tiro que puede lograrse! Muerto de risa, Juan La Jama comenzó a recoger el dinero mientras canturreaba: —¡Mamita... cómprame un piano...!

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Y Keko, obcecado por su mala suerte y la risa maliciosa del contrincante, sacó una pistola. Todos los hombres, incluido Carrión, se echaron a un lado. Con la tranquilidad más grande del mundo, Juan La Jama continuó recogiendo su dinero. Cuando hizo un gran bulto dijo con tono punzante: —¡Mátame Keko...! ¡Necesito que alguien detenga esta película! ¡Pero todo el mundo sabrá que el dinero es míoooooo...! ¡Que te lo gané en un tiro...! Keko era un ecobio de la religión abakúa, un individuo sumamente complejista. Si sacaba un arma no la podía guardar sin usarla. El disparo atravesó el pecho de Juan y la sangre brotó como un torrente. Keko cogió el dinero y se fue corriendo. La policía lo detuvo esa misma tarde, borracho y sin un centavo. El Búle fue cambiado de lugar. Lo situaron en el barrio más notorio de Guantánamo: La Loma del Chivo. Una tarde que Carrión ganó todo el dinero del Búle, llegaron tres guajiros de Bayate para seguir jugando. Carrión estaba sobrio, muy confiado porque yo estaba con él, y en pocos tiros los desplumó. Luego compró una botella de ron y nos fuimos dándonos tragos por el callejón de San Justo. Los bolsillos de Carrión estaban reventándose de tanta plata y no me había dado un centavo. Cuando se puso medio borracho comenzó a lloriquear por su madre. —¿Y dónde está? —le pregunté. —En San Germán.

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—¿Desde cuándo no la ves? —Desde hace años. Yo con tanto dinero... y ella tal vez sin un quilo... Entonces pensé en la mía, y me sentí como Carrión, el más despreciable de todos los hijos. En aquel momento sopló un viento muy extraño, los bolsillos del short de Carrión eran de nylon y todo aquel dinero se esparció por el callejón de San Justo, quedando enredados en las zarzas. Inmediatamente nos lanzamos a recogerlo. El callejón de San Justo siempre está vacío y por la noche es un real peligro. En los últimos tiempos un salteador de caminos al que apodaban El Plateado asolaba el callejón violando a las mujeres y quitándoles las prendas y el dinero a los hombres. Carrión estaba tan borracho que recogía los billetes con mucha lentitud, mientras que yo era una aspiradora. Ayudado por la poca luz, me guardé las dos terceras partes del dinero en los huevos, y le entregué el resto. —Fíjate bien si quedaron más billetes regados en el piso... —me dijo Carrión. Eché una ojeada y encontré varios billetes de cincuenta entre las zarzas. Los junté y se los di. Carrión me dijo: —Voy a hacer lo que hace tiempo debí haber hecho, ser un buen hijo, y mandarle dinero a mi madre. Hazme un favor... tú que sabes escribir bien... toma... mañana, a primera hora, mándale todo este dinero a mi madre. Me dijo la dirección de San Germán y el nombre completo de su madre. La memoricé. —¡Hace falta que el giro no lo reciba mi hermano... que es un singao’ y se lo va a coger pa’ él...!

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—No te preocupes, los giros son personales. Puede cobrarlo solamente la persona a los que va dirigido. —¡Ah...! Repetí en voz alta el nombre y la dirección, para no olvidarlo, y nos despedimos, pero el jugador se quedó merodeando por el Callejón. —Carrión... recuerda que por las noches El Plateado está asaltando a la gente por aquí... Carrión sonrío en la oscuridad. Luego soltó una carcajada. Se me acercó. —¡Voy a hacerte una confesión de ambias! ¡El Plateado… soy yo...! Me fui consternado. ¿Yo anduve todos esos días con un malhechor, jugador, bandido y además violador y asaltante...? ¿Y para colmo, al otro día le enviaría un giro a su madre?

Cuando estuve frente a la ventanilla del correo con todo aquel dinero en la mano, tomé una decisión trascendental. En vez de escribir el nombre y la dirección de San Germán, le envié todo aquel dinero a mi madre. Me sentí por primera vez en la vida un buen hijo. Recogí el comprobante, y a la mañana siguiente se lo entregué en el Búle. —Toma Carrión, guarda el comprobante del giro. Por si tienes que reclamarlo. —¡Bota eso...! —dijo sin mirarme—. ¡Si lo recibe o no, me importa un pito! ¡Voy a jugar...!

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A los pocos días lo apresaron disfrazado de El Plateado, intentando violar a una mujer en el Callejón de San Justo. Si uno está tan loco como para estafar a un salteador de caminos y sacarle limpiamente el dinero, ¿qué me puede hacer un prestamista? —Matarte.

Al poco rato volvió el soliloquio. —¿Qué tal si seguimos recordando fechorías? —Sigue... —¿Recuerdas la vez que tenías tres llaves del hotel Brasil? —Sí. —Entonces no te iba tan mal. —Siempre me ha ido malísimo. —¿Con tres llaves de un hotel? —Aquello fue solo para demostrarme que no existían límites. —Tuviste suerte... de verdad. ¡Jamás te cogieron! —¡Jamás! La única vez que pude ir por mi cuenta a aquel hotel, me quedé con la llave de la habitación y dos más que los huéspedes dejaron enganchadas en las cerraduras. Esperé casi un año, y un día entré como Juan por mi casa al hotel y subí a las habitaciones. Fui hasta donde estuve alquilado un año atrás. Toqué la puerta y nadie contestó. Saqué mi llave y abrí. Prendí el aire acondicionado y el televisor. Me acosté en la cama a mis anchas, jugando con la suerte. Estuve casi dos horas con el

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corazón a prueba de los pasos que pasaban por el pasillo, pero no llegó nadie a molestarme. Luego bajé al lobby, me senté en un butacón, fingí leer tranquilamente mientras observaba lo que sucedía en la recepción. Cada vez que llegaba alguien y alquilaba, no eran ninguna de mis tres habitaciones. Casi a media noche hubo tan poca luz para fingir leer y entonces compré un trago en el bar con el poco dinero que tenía. Me senté en la banqueta más próxima a observar los movimientos del carpetero. Pude descubrir que mis habitaciones eran utilizadas como lucro. Las dejaban sin alquilar hasta muy entrada la noche, cuando ya el hotel estaba lleno. Las parejas que salían borrachas del cabaret Hanoi y el Megatón, pagaban una enormidad por ellas. —¿Tanto como los pasajes de este tren...? —Tanto. Descubrí que el carpetero estaba haciendo una fortuna con lo mío, entonces ideé un plan, por la tarde cuando se iba el personal de servicio, subía y utilizaba mis habitaciones. . Desde las cuatro hasta la una o dos de la madrugada, aquellas tres habitaciones eran absolutamente mías. Pude estudiar todos los movimientos del hotel, cada cual estaba en lo suyo. Los de la cocina inmersos en raspar comida. El personal de servicio tras el detergente, los jabones, las toallas. El carpetero esperando la medianoche para sacarle el zumo a mis cuartos. Mi espíritu de conquistador se disparó por esos días. Encontré muchas mujeres a las que les encantaba disfrutar el amor sin compromisos. Aunque utilicé las tres habitaciones,

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sin dudas la 317 me gustaba más que ninguna. Por sus cortinas rojo damasco y porque el aire acondicionado enfriaba de verdad. Las mujeres que iban conmigo pensaban que yo era un próspero negociante, o un banquero de bolita que ganaba lo suficiente como para alquilar todos los días una habitación en el hotel Brasil. Se entregaban con lujuria desmedida, pero yo siempre estuve más pendiente de los pasos en el pasillo y eso mermó mi rendimiento. —No lo veas así. Eras muy joven y la juventud siempre está apurada. Aunque de verdad, ¡es del carajo templar con el miedo a que abran la puerta de pronto y te agarren allí...! —¡Sí... es duro! Pese a todo, cumplí. Algunas de aquellas mujeres insistieron en continuar con esa vida. Sufrieron mucho cuando me enamoré de una y me deshice de las llaves. —¿Qué habrá pasado con aquel tipo? El de la selección nacional de fútbol. —¡No me lo recuerdes...! Aquella tarde se pegó y subió con su jevita. Se metió en mi habitación. Puso el radio a todo volumen. Gritó: —¡Fiestaaaaa...! Le dije: —¡Habla bajito...! —Me dijo: ¡Qué bajito ni bajito... esto es... fiesta...! Mandó a buscar una caja de cerveza. Yo estaba aterrado. Si por alguna eventualidad alquilaban la habitación antes de tiempo el desastre iba a ser tremendo. Las cervezas estaban frías. Bebí a la carrera, para que se terminaran pronto.

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—¡Eh... dale suave asere...! —me dijo el futbolista. —¡Es que tengo cosas que hacer...! —le dije para ver si se iba. —¡Na’ asere...… no hay apuro...! ¡Vamos a emborrachar a las jevitas y después...! —con el dedo simuló un corte en la garganta— ¡A jamárnosla...! ¡Tú no te preocupes... quédate con la cama... yo mato la jugada en el baño...! Entonces supe que iba a ser una noche fea. Mi compañera no bebía mucho y yo tuve que suplir su parte. A las ocho de la noche todavía quedaban cervezas y entonces el tipo compró una botella de ron. —¡Qué clase de tipo...! —¡De pinga! Me fui de allí a las diez de la noche, muy borracho. Le dije cuando me iba: ¡La habitación es tuya! Me gritó: ¡Eres el mejor amigo que he tenido...! —¿Qué habrá sido de él? —No sé... más nunca lo vi. Siempre que utilicé mis habitaciones, me preocupaba por dejarla lista antes de marcharme y nunca sospecharon nada. Pero muchas veces me pregunto, ¿qué habrá pasado cuando llegó el verdadero huésped a medianoche y encontró la pocilga de cervezas y cabos de cigarros y la gran pachanga que tenía formado el futbolista?

En el cuarto de Arnulfo estaban reunidos una docena de hombres, sentados en el borde de la cama, en sillas o en el

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piso. Al frente y protegido como siempre por los espejuelos oscuros, el activista esperó que estuvieran todos. La anciana miraba con recelo sentada en la cocina. Muchos de aquellos hombres eran muy bien conocidos en el pueblo. Religiosos, antiguos dirigentes tronados, jóvenes desafectos a la revolución y ex convictos. Arnulfo fue hasta donde se encontraba la anciana. —No te preocupes, mamá... esto va a ser rápido... —¿Qué hace toda esa gente en el cuarto? ¡Tú andas en malos pasos...! —Nada de lo que pueda arrepentirme, mamá... por ahora no puedo decirte nada... En aquel momento llegó Luis Miguel. Traía bajo el brazo el kimono de kárate, doblado con esmero y amarrado con la cinta negra. —¡Ven, hijo... ya casi va a empezar la reunión...! —Yo no voy a participar —dijo el muchacho—. Firmé para complacerte... pero eso te va a traer problemas... —¿De qué reunión están hablando? —preguntó la anciana —. ¿Y qué problemas puede traer? ¡Hablen! —¡Nada mamá! ¡Siga sentada ahí... no se preocupe...! Arnulfo tomó a su hijo por el brazo y lo apartó. —¡Te he dicho que mamá no puede saber nada! ¡Lo vas a echar todo a perder! ¡Vamos para la reunión! —¡No voy a ningún lado! —Luis Miguel se metió en el baño. El activista se asomó y llamó a Arnulfo. —¡Vamos a comenzar!

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El activista habló largamente de la importancia del grupo para el futuro del país. La discreción que debía imperar en las reuniones, la puntualidad, la disciplina, el espíritu solidario... Su vehemencia al hablar tenía algo de impostado, pero cuando habló del dinero que Estados Unidos dispondría para los firmantes, todos se mostraron optimistas. Las violaciones de los derechos humanos que se conozcan, deben informarla solamente a mí — puntualizó—. No se puede hacer nada si no se discute primero conmigo. Nadie puede comunicarse con Radio Martí, o algún otro medio informativo de la disidencia por cuenta propia. Yo soy el único autorizado. Cualquier grupo disidente que quiera formarse al margen, me lo deben informar de inmediato, para captarlo. No mencionó nada sobre la bóveda. La reunión concluyó con la entonación en voz baja del himno nacional, casi en susurros. Dejaron el cuarto como un chiquero. La cama desarreglada, el piso lleno de colillas y escupidas.

A media noche, Yanet no pudo más con las ganas de fumar y llamó al centinela. Habló con él en voz baja. Al poco rato abrieron la reja y salió al pasillo. Soe había controlado su llanto. Estaba acostada en el piso, bocarriba, mirando el techo de la celda. Por suerte no

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fumaba. Ni le interesaba la comida. El poco dinero que trajo de España no era sucio. Estaba a salvo en un banco llamado Bilbao-Vizcaya. Aunque su tarjeta de crédito fue confiscada por la policía, no importaba. Podía solicitar otra a la sucursal. Lisett y Ana también estaban acostadas en el piso, esperando que volviera Yanet. Los hombres son puercos y abusadores, pero al final sucumben. Cogen un poco de poder y dan asco. Me detienen por ilegal, solo porque no traigo el carné de identidad y me sepultan en un calabozo inmundo. Les irrita que viaje a España, pero los consterna más que regrese. Me deportarán en una semana, cuando todos los calabozos de las unidades policiales estén abarrotados como para llenar un tren. Y al final regresaremos otra vez, porque La Habana nos gusta. Es la capital. Hay más vida que en Oriente y se pasa menos hambre. ¿Quién le pone el cascabel al gato? Entonces aprovechan las debilidades. Por ejemplo el vicio de fumar. A esta hora Yanet debe estar arrodillada con el pene del centinela en la boca. Haciendo un trabajo que vale dinero. El mismo trabajo por el que han sido perseguidas y traídas aquí.

La ferromoza apareció a mi lado. Se había lavado la cara y renovado el maquillaje. Sonrió. Quiso tomarme por el brazo. —¿Qué pasa? —Ven. Ella quiere hablarte. —Dile que no quiero verla. Todo ha terminado.

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—No sigas con eso... toda la noche la pasó despierta, hablando de ti. —¡Por favor... basta! Dile que le deseo buen viaje y que se resuelvan sus problemas familiares... —Por lo menos, ve y háblale. —No pienso moverme de aquí. Ni siquiera para despedirme. —Falta poco para San Luis. ¿Sabes de las apuestas? —Sí —de repente intuí que la ferromoza era una apostadora más. Tal vez jugándose una buena suma. —Allá atrás todos apuestan a que te bajas en San Luis... —¡Y este coche completo apuesta a que no...! —dijo una de las hermanas. —¡Para que aprenda a respetar a los hombres! —gritó una voz de atrás. La ferromoza se fue a su vagón, molesta. Acomodé la mochila entre mis piernas. Noté que todos me observaban. Éramos el punto congruente de aquel viaje. En nosotros destilaba la suma de todos los problemas. Imaginé el último vagón y a ella, la yegua ganadora.

Siempre tuvo mujeres en su vida, y hubo una época en que llegó a vivir con cuatro juntas. Uno de los personajes que más le impresionaba de la historia de Cuba era Alberto Yarini, el gigoló, también apodado El Gallo de San Isidro, una de las zonas de tolerancia para la prostitución a principios de siglo pasado. Un hombre marcado por la muerte que corrió una

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tarde como un poseído en busca de su asesino y cayó en la misma acera donde hizo suspirar a tantas mujeres. Yarini todavía deriva su efluvio en las calles de La Habana cien años después, si queremos justificar de alguna forma la repentina inclinación que sentiste por las mujeres de mala vida, como suelen llamarlas los puritanos, o el oficio más viejo del mundo, cuando el término se utiliza con estilo, o “jineteras” en el lenguaje actual. O para justificarte más... digamos que fue la vida, las circunstancias y el hastío, sumado a la necedad y el ahogo que te obligaron al brusco giro. Venganza contra el sexo femenino. Ventaja de tener una casa y posibilidad de alquilarla o compartirla. Vivía solo y apareció la primera muchacha, buscando abrigo. Tan joven que teóricamente podía ser su hija. Piel de ébano, silueta moldeada a mano como para un concurso. Y descubrió que le quedaban fuerzas todavía. No solo para amar, sino incluso para seducirla. Tantos años viviendo con una mujer que lo hizo infeliz y ahora aparecían aquellos ojos color de miel, trenzas de niña y el paso ondulado, desnuda todo el día como modelo de pasarela refrescando su vida. Aquella mulata conquistaba españoles, franceses, italianos, con una facilidad que daba risa. Traía mucho dinero a la casa, todos los días. Una madrugada la mulata regresó del trabajo con una trigueña, delgada, flexible como una espiga, piernas torneadas y pechos abundantes. Cuando entró en la casa, la recién llegada le clavó con descaro su mirada inquisitiva y soltó una sonrisa.

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—No tengo dónde quedarme. ¿Tú crees que puedes darme cobija, papito...? —Sí, claro… la cama es infinita... —No tienes que pagar alquiler —dijo la mulata como una entrenadora que le habla a su pupila —. Ni preocuparte por nada más que aportar para la comida y los gustos de él... —señaló hacia mí y sonrío—, que no son muchos... De repente tenía dos mujeres jóvenes y hermosas que salían a jinetear durante la noche y regresaban por la mañana con dinero, ropa nueva, cigarros, ron... Dormían hasta mitad de la tarde, se bañaban y comían lo que él les preparaba. Luego se demoraban mucho tiempo desnudas frente al espejo, maquillándose. Se vestían lentamente, pieza a pieza, hasta quedar como modelos de revistas. El hombre simulaba leer un libro acostado en la cama, pero en realidad disfrutaba el ritual de las mujeres frente al espejo. Sus perfumes se esparcían por toda la casa, mezclados con olor de cremas y cosméticos. Incluso después de marcharse aquel aroma quedaba circulando en el aire. Una mañana llegaron borrachas, acompañadas de dos rubias estupendas y listas para el amor, con mucho dinero que aportar a la causa. —¿Y esto? ¿Un regalo de cumpleaños? —preguntó el hombre. —Estábamos juntas en una jugada con unos noruegos, cuando salíamos llegaron sus chulos y quisieron quitarles el dinero... y las salvamos... ¿Tú crees que puedan quedarse unos días aquí?

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—Sí... no hay problemas... pero tienen que dormir en la sala. —La sala es perfecta —dijo una de las rubias —. ¿Dónde está el baño? Esa mañana se emborracharon tanto que hizo el amor con las cuatro. Nunca imaginó que sus fuerzas carecieran de límites. El dinero y la tanta belleza, sumadas al alcohol y la buena comida, funcionaban como un afrodisíaco absoluto. De las jugadas cada una le daba una parte y además compraban comida. Fue casi un mes de Dulce Vita. En cualquier parte de la casa que miraba aparecían hermosos cuerpos desnudos. O en prendas interiores minúsculas. Existió cierta disciplina para cohabitar. Las esperaba al regresar de sus jugadas y concluía el trabajo que los yumas dejaban inconcluso. Todas, siempre, quedaron muy alegres y complacidas. En este asunto logró un descubrimiento personal: No hacía falta ser un Adonis, ni un machazo, como los encasillan. Existe un autodominio casi místico que lacera a las mujeres. Ellas, que viven cobrando por sexo a los hombres que vienen por un ratico y que no dejan una huella visible en sus vidas, cuando se encuentran con el Hombre sucumben, entonces pagan por el rato de amor que ellos les regalan. Y lo pagan muy bien. En cierto momento estudió con atención las fotos de Carlos Gardel y Alberto Yarini, considerados los más notorios gigoloes del siglo XX. Las fotos que dejaron para la posteridad, excepto las perfeccionadas para el mercadeo, muestran

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hombres de rostros sombríos cansados de aparentar, en una despiadada carrera rumbo a su inevitable fin. El truco consiste en ignorarlas, conseguir que se sientan disminuidas. Esa falta de atención funciona en ellas como una inyección de adrenalina, y elaboró una rutina: simular leer todo el día, siempre el mismo libro. Pero la felicidad en casa del pobre dura poco. Los vecinos envidiosos informaron de sus actos a la policía. Hubo una investigación secreta. A las dos rubias la cargaron en un patrullero mientras jineteaban en la Quinta Avenida. La mulata, que de las cuatro fue la única que arañó su corazón, escapó con un francés residente en Cuba, que vivía desde hacía tiempo como un cubano más en El Canal del Cerro. Sobre esto podemos recordar un incidente. —No te detengas en ese francés. Era un hijo de puta. —Que te quitó la puta. Debes reconocer públicamente que con aquel francés perdiste. —Yo no lo vería así. —¿Y cómo? —No trabajé bien el paño. Me enfurecí cuando ella llegó de madrugada sin un centavo y con aquella alegría infinita. Eso me dio mala espina. Me mató con mi propia arma, la indiferencia. —Sí. Te mató cuando regresó sin dinero al otro día y dijo que el francés le pagaría antes de marcharse. Descubriste en sus ojos aquella extraña conformidad que violaba la regla esencial del jineterismo, y cuando quisiste apretar las riendas ya era tarde, el francés se apareció con su auto rentado frente a tu casa y minimizó tu poder con la tecnología.

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—Pensé hasta en retarlo a duelo. —¡No jodas...! ¿Duelo en este tiempo... y por putas? —Es una metáfora. Me refiero a darle una pedrada al cristal del auto o partirle un palo en la cabeza. —¿Estás loco? ¿Daños a turistas...? ¡Te hubiese perdido! —Y yo a ti. Por eso no lo hice. —Esa sí que es una metáfora. ¡Reconoce que no lo hiciste porque juramos un día no volver a la cárcel! —Sí... esa mierda... ¡Pero estuvimos a punto! ¡Ya la policía quería terminar con el nuevo Yarini! —Gracias por la comparación pero soy menos, mucho menos que El Gallo de San Isidro. Y la trigueña escapó saltando la cerca del patio, cuando el Jefe de Sector tocó su puerta para pedirle cuentas. De aquel bajo mundo logró salir ileso. Le advirtieron que debía buscarse un trabajo. Y que la próxima mujer que entrara en su casa fuera plausible. No entendió bien la palabra utilizada por la policía, pero el mensaje estaba clarísimo.

Cuando conoció a Soe y ella relató los sucesos vividos en aquel calabozo, quiso redimirla. Realizar una especie de exorcismo y de alguna forma solventar la maldición de sus caminos. Se casaron en una ceremonia sencilla, sin brindis. El estado garantizaba por la libreta de abastecimiento y a precios ínfimos los ingredientes para tan importante evento: tres cajas de cervezas, dos botellas de ron, un cake y tres noches de luna de miel en un hotel de turismo.

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—¡Tres noches en un hotel... rodeados de yumas...! Parecía un sueño. Por una sensata cantidad de dinero cubano, le entregaron una tarjeta de huésped, donde iban descontando las comidas y las bebidas. Aquella lujosa habitación resultó testigo del amor en su forma más intensa y desmedida. Estuvieron borrachos hasta el último día, cuando el personal de seguridad tuvo que exigirle que abandonaran la habitación, porque el tiempo de hospedaje había concluido. En la habitación tuvieron televisión por cable, algo que jamás había visto. Pasaba casi todo el tiempo delante del aparato, cambiando los canales como un niño. El primer programa que vio fue de un cocinero español preparando Conejo al jerez, algo que no olvidará nunca. Luego vio películas cómicas, policíacas, de terror, y de madrugada algunas sicalípticas. Dormía con un solo ojo, el otro siempre se mantuvo activo, accionando el control remoto del televisor. En el restaurante pedían los platos más sonoros, según la acepción de la fonética de sus oídos. Bistec uruguayo le sonaba a cono sur, lugar que algún día visitaría. (La cerveza es un excelente vehículo, no lo olviden). Filete canciller le impregnaba un toque diplomático al asunto. Langosta al ajillo mostraba un agradable rompimiento del bloqueo económico tan cacareado por la prensa oficialista y podía comerla tranquilo, sin trabas, ni prohibiciones, ni decomisos. Fue una experiencia inolvidable que juraron otra vez repetir: Ser turista por tres días. —¿Por qué no la repetiste? —Me adelanté en el tiempo. Disculpa.

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Abrieron la celda. La luz del pasillo iluminó brevemente los cuerpos en el piso. Yanet regresó de su trabajo, contoneándose en las penumbras. —¡Arriba... muchachitas... llegaron los cigarros...! Las tres mujeres se sentaron y Yanet encendió un mechero. —¡Ah, porque fosforera y todo...! —dijo Ana. —¡Trabajo completo! —dijo Yanet y abrió la cajetilla. Repartió cigarros. Soe no quiso. —¡Me demoré porque cuando ya me iba, entró el oficial de guardia y tuve que esconderme debajo de un buró! —¿Qué tal el tipo? —preguntó Ana mientras encendía. —¿El guardia? ¡Lo mismo con lo mismo! ¡Picha corta... eyaculación precoz...! —¿Eyaculación precoz? ¿Qué es eso? —preguntó Lisett, encendiendo su cigarro. —Eso es... a ver cómo te explico... cuando un hombre ve un bollo... y ¡ya...! —¡Te entiendo...! —dijo Lisett— ¡Tres segundos...! —¡Tres segundos...! —repitieron Ana y Yanet al unísono, y comenzaron a reír. Soe también sonrió. Recordó a su novio español y sus tres segundos.

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Arnulfo estaba metido en su hueco hasta el pecho. La loma de tierra en el borde daba un aspecto más hondo al orificio. El pico se enterraba en la tierra húmeda y removía grandes terrones. Luego con la pala los sacaba a la superficie. El sudor le corría por todo el cuerpo. Arañazos provenientes de la herramienta y múltiples ampollas le daban a la tarea una sensación de castigo, pero cada vez que pensaba en la causa sus fuerzas tomaban nuevos bríos. Cuando comenzó a cavar el hueco y rompió las losas del piso, creyó que jamás lo lograría. Eran unas hermosas losas verdes muy antiguas que en este tiempo costarían una fortuna. Estropeó el cuarto de su hijo y tenía las manos deshechas de tanto cavar por ¡La causa..!, aquella palabra le impelía nuevas fuerzas para clavar el pico en la tierra. —¡Si te dedicaras a abrir fosas y cisternas, ganarías un dineral...! —le dijo la anciana asomándose arriba. —¡Ay mamá...! ¡No empieces otra vez...! —¡Se acabó el poquito de petróleo que trajiste! ¡Ahora sí que no hay nada para encender el fogón! —¡Déjame terminar aquí! ¡Luego salgo y busco...! —¿Qué cañería puede estar tan profunda? —preguntó la anciana como una seguidilla. —¡Déjame tranquilo... mamá...! ¡Por favor...! —¡Mira cómo has desgraciado el piso! ¡Mira...! Arnulfo siguió cavando. A medida que profundizaba el hueco, los terrones eran más duros.

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—¿Qué hay con el minicuento? —No se me ocurre. Estoy acostumbrado a las historias que avanzan en sí, y nada pueda hacer para atajarlas ni reprimirlas. —Piensa en tu casa. En el prestamista. En el dinero que tienes que conseguir. —¿Y tú crees que un minicuento salvará mi casa? ¡Qué iluso...! —Has desperdiciado el viaje... y no lo has escrito. Aún falta un buen trecho hasta San Luis. El sol está llegando al mediodía: la hora del diablo. El tren se detiene cada cinco minutos. Tienes hambre. Sed. Perdiste al amor de tu vida. La peste a orine anestesia tus sentidos. Vas a perder la única cosa cierta de tu vida: una casa. Creo que ahí están todos los ingredientes necesarios para un minicuento digno. ¡Dale... comienza a escribir...! El hombre se hizo caso. La mente humana es la mejor computadora que existe. Cerró los ojos. Encendió su pantalla interior y de mouse utilizó el instinto. El teclado era su audacia ante la vida. Se puso a trabajar seriamente.

Quiero escribir un minicuento. Encerrar en una oración este huracán y cómo luchamos por vencerlo exige amplitud y regodeo. Mejor sería contar sobre el aroma y la visualización que hago todos los días del tiempo nuevo y luminoso que se acerca. Pero no puedo. —¿Qué es eso? ¿Una novela? —Te lo dije... no se acortar...

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—¡Vamos! ¡Trabaja! Quita un poco de adjetivos. —Si no pintas, lo que muestras es descolorido. —Quita entonces paredes, para que ahorres pintura. ¿Quién dijo?: Ser pobre es la mayor riqueza del mundo. —No sé... habrás sido tú mismo... —Debes concentrarte en la esencia. Por ejemplo: ...exige amplitud y regodeo pueden irse. Inténtalo ahora. Quiero escribir un minicuento. Encerrar en una oración este huracán y cómo luchamos por vencerlo. Mejor sería contar sobre el aroma y la visualización que hago todos los días del tiempo nuevo y luminoso que se acerca. Pero no puedo. —Visualización es una palabra demasiada larga para un minicuento. Tiempo nuevo y luminoso me parece poco rítmico. Quítalos. Recuerda que es un minicuento y tú casa está en juego. Sigue trabajando. Prueba ahora... a ver... Quiero escribir un minicuento. Encerrar en una oración este huracán tan largo y cómo luchamos por vencerlo. Mejor sería contar sobre el aroma. Pero no puedo. —Así está mejor, pero sigue siendo muy extenso. Huracán tan largo le da una sensación infinita. El jurado se cansará al leerlo. Quita también Encerrar en una oración, que es muy poco sugestivo. Debes ser conciso y no dar oportunidades. El mundo entero sabe que este ciclón ha sido muy, pero muy extenso. —¡Te pones de pinga...! Si quito eso, entonces tengo que quitar la sustancia: y cómo luchamos por vencerlo.... —Cierto. Pero el texto gana en dinamismo. Vas llegando al punto exacto. Hasta creo que podrías ganar. —¿Qué cosa?

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—El concurso... el dinero... —¡No jodas! —¡Sigue trabajando! ¡Vamos ver cómo quedó con la limpia! Quiero escribir un minicuento. Mejor será contar sobre el aroma. Pero no puedo. —Mejor será contar sobre el aroma... me recuerda al perfumista. Y la palabra minicuento está implícita, así que se va sola. —¡No fastidies...! ¿Te estás burlando? ¡Me has hecho construir un texto, para desbaratarlo después! —¡No... no...! ¡Lo estoy viendo...! ¡Creo que lograste algo! ¡Escucha!: Quiero escribir. Pero no puedo. ¡Ahí está dicho todo! La frustración existencial. El largo huracán y el esfuerzo por vencerlo. Incluso hasta el aroma y la visualización todos los días... la amplitud y el regodeo cercenados y el tiempo nuevo y luminoso que se acerca. ¡Todo está perfectamente sugerido...! ¡Qué buen minicuento! —¿Tú crees?

La señora que viajaba a mi lado me tocó por el brazo. —¡Eh...! —¿Estás bien? —¡¿Qué...?! —Debes comer algo. Este viaje se demora un siglo y te ves mal... estabas hablando dormido... —¿Qué dije?

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—¡No sé...! ¡Barbaridades! —¿Por dónde vamos? —miré por la ventanilla. Un campo sin arar se extendía hasta el horizonte. El tren estaba detenido. Abajo, junto a la vía, los pasajeros caminaban de un lado a otro, estirando las piernas— ¿Qué lugar es este? —No sé. Hace una hora que estamos parados. Dicen que para dar paso, pero no sé a quién... Las mellizas venían por el pasillo. —¡Eh, al fin te despertaste...! —¡...! —¡Las apuestan van disparadas! ¡Fuimos al último coche... a explorar...! ¡Están desesperados porque esta mierda llegue a San Luis... para ver si sigues en el tren o te bajas! —¿Qué lugar es este? —San Germán —dijo una de las mellizas. —Aquí vive la madre de Carrión... —¿De quién? —De El Plateado. Las mellizas se miraron extrañadas. La señora les hizo una seña como que estaba loco. —¡Ah...! —Tal vez haya muerto... —recorrí con la mirada el caserío. En alguna de aquellas chozas nació el terror de Guantánamo, violador, jugador y asaltante. Al que una tarde en su propio callejón despojé de toda la ganancia. Miré el coche casi vacío. Todos me observaban. Cada movimiento que hacía, hasta un simple bostezo, para ellos era alguna señal. Nuestra aparición en la vida del tren resultó sobrecogedora. El conflicto de voluntades ejercía un efecto casi hipnótico.

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El tren dio de pronto largos pitazos y comenzó a moverse. Los pasajeros corrieron sobre la grava y subían desesperados a la plataforma. Algunos no lograban alcanzarlo y gritaban. Al intentar la escalada se magullaron. Una mujer perdió un zapato y tuvo que realizar el resto del trayecto descalza. San Germán quedó atrás y el tren adquirió una velocidad progresiva. La señora que viajaba a mi lado habló malhumorada: —Estuvimos parados más de una hora, según ellos para darle cruce a otro tren y no pasó nadie... ni una vaca... ¡Es lo que yo digo! ¡Le pagan horas extras si se retrasan! —¡Esto es un vacilón... señora...! —le gritó un jodedor desde atrás — ¡Disfrute el paisaje! —¿Paisaje...? ¡Lo único que veo es marabú...! Hubo risas en el coche. La gente se burlaba hasta de la miseria. El campo árido y cuarteado por la sequía reverberaba bajo el fuerte sol. Al fondo comenzaban a verse las montañas de la Sierra Maestra, nítida referencia que nos adentrábamos en el corazón del oriente cubano. Santiago y Guantánamo ya estaban cerca. Cuando uno lleva mucho tiempo en un tren ocurre algo extraño. Los pasajeros se enclaustran en el reducto al que han confinado sus existencias y pierden toda esperanza. Uno llega a ser parte del armazón de hierro y el destino nos conduce por un sendero de raíles. Se vuelve asiduo lo absurdo que otras veces fue detestable. Intentamos defendernos, pero un gran embudo nos jala. La velocidad se vuelve inadvertida. Vaivén y bandazos no importan. Quietos o en movimiento es lo mismo. Mejor es no andar atento. Dentro de muy poco se cumplían veinticuatro

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horas en aquel antro ambulante, sin probar alimentos, ni agua, ni ver al amor de su vida. —¿Cómo estará?

Cuando amaneció entró un nuevo turno de guardia y repartieron el desayuno. Soe tampoco probó alimentos. —¡Tú estás loca, niña! ¡Te vas a consumir! —le dijo Yanet tomando su pan y la guachipupa. —¡Comparte! —le dijeron las otras— ¡No estás sola aquí! —¡Pero anoche tuve trabajo! ¡Tengo que alimentarme! ¡Ustedes procuren hoy luchar lo suyo! Se escuchó la puerta del pasillo abrirse. Traían a un detenido que se puso malcriado. —¡Voy a virar esto al revés...! —decía— ¡Ustedes no saben quién soy yo! ¡Ni de quién soy hijo! Los guardias tuvieron que entrarlo en cintura. Se sintió un cuerpo chocar pesadamente contra el piso, golpes y quejidos, luego cerraron la celda y las botas de los centinelas se alejaron por el pasillo. La puerta principal que daba a la carpeta hizo un estruendo. El recién llegado siguió gritando: —¡Ustedes no saben en qué lío se han metido! ¡Déjenme hacer una llamada telefónica y verán como van a cagarse en los pantalones! ¡Repinga... llamen a mi papáaaaaaaa...! —¡Ese debe ser al menos hijo de un ministro! —dijo Lisett. —Bueno... si es hijo de un ministro, está en la calle ahorita —dijo Ana —. ¡Yo si estoy embarcá...! No puedo contar con nadie para salir de aquí.

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—¿De dónde eres? —De Las Tunas. —¡Mentira! —Lisett se le acercó —. ¿De qué parte? ¡Yo también soy de Las Tunas...! —De Rinconcito. ¿Y tú? —De la misma Tunas. Cerca de El Cornito. —¡Ah... El Cornito...! ¡Qué bueno estaba eso...! ¡Cómo yo maté jugadas con yumas allí...! —Pero ahora es una real pinga... no sirve... —¡Claro, con el chucho que dio la policía! ¿Y tú Yanet... de dónde eres? —De Moa. —La tierra roja —dijo Ana—. Yo estuve casada allí, con un tipo que era tremendo reprendido. ¡Pa’ quitármelo de arriba tuve que hacerle brujería! ¡Oye mija...! —se dirigió a Soe— ¿Tú no comes... ni hablas...? ¿De dónde eres? —De Santiago. —¿De qué parte? —Del reparto Sueño. —¡Ah... reparto de blancos...! ¡Yo viví un año casada en Chicharrones...! —¡Oye Ana...! ¡Tú has estado casada en todos los lugares de Cuba...! —¡Me gusta cambiar...! ¡Pero ese Chicharrones... qué barrio más malo! ¡El que era mi marido se hizo el gracioso y me tarreó con una puta de San Pedrito...! ¡¿Meterse conmigo..?! ¡Na’! ¡A la semana se mató en una moto! —¿Cómo se llamaba? —preguntó Soe. —Carlos Luís.

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—Yo escuché hablar de ese accidente... a él lo conocía de vista. Fue en una carrera de motos, en la autopista... ¿Tú eras la muchacha que andaba con él ese día? —¡Por suerte no...! ¡Era esa puta... ella también se fue del aire! ¡Pero yo se lo dije...! ¡Que iba a verlo enterrao’ y con la moto hecha trizas...! —¿Tú le hiciste brujería? —¡Yo no sé si fue la brujería o qué...! ¡Pero no duró ni una semana con esa puta! —¡Ana... tu eres del carajo! —dijo Lisett. En aquel momento se escuchó abrirse la puerta del pasillo. —¡Inspección...! —gritó una voz. Un centinela se adelantó por las celdas y decía: —¡Prepárense que viene el político...! ¡Y vayan a ver lo que dicen...! Se escuchaban a los detenidos reclamando aseo personal... abogados... o que lo sacaran de allí. Una voz pausada, casi agradable, respondía a todas las peticiones con inteligencia y rectitud. Sin dudas era el político. Mientras se acercaban, las conversaciones se hicieron nítidas. De fondo se escuchaba una voz chillona: —¡El turno es del feo! Las muchachas se reían de la extraña voz de fondo, pero estaban más al tanto de las reclamaciones de los presos y las respuestas del político. Uno decía: —¡Político... me trajeron por gusto...! ¡Yo estaba esperando la guagua en el túnel de Línea, como a las tres de la mañana...!

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¡Vino el patrullero, me pidió el carné de identidad... vio mi dirección y me montó! ¡Fuera de zona!, me dijeron. ¿Eso es un delito? ¡¿Fuera de zona?! —Veremos eso ahora mismo. No te preocupes. Si no tienes delito, no te preocupes. —¡El turno es del feo! —volvió a escucharse la voz. Continuaron acercándose. Un hombre que apuñaleó a otro en una trifulca, tenía una herida. —¡Mire esta mano, político... mire...! ¡Necesito que me la curen...! —¿Sabe que el apuñaleado murió esta madrugada? —le dijo severamente el político. —¡¿Qué se murió?! ¿Cómo fue eso? ¡Yo solo le di un pinchacito! —En un pulmón... y se desangró en el camino... ¿Qué le parece? Hubo silencio. Luego el político habló otra vez. —Mandaré a que le curen la mano... pero prepárese para pagar lo que hizo. —Yo estaba borracho, compañero político... fue un pinchacito... —¡Verá lo caro que le saldrá su borrachera y el pinchacito...! —¡El turno es del feo...! —se escuchó otra vez la voz del jodedor. Continuó la inspección. Ya estaban cerca. Un detenido le habló al político con humildad y decencia. —Compañero, por favor, no se vaya a molestar por esta pregunta: ¿Qué número salió anoche?

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El político estalló en furia. —¡¿Qué coño le pasa a usted...?! ¡No se da cuenta que está hablando con un policía! ¡Puedo meterlo preso por eso! ¡Y acusarlo de bolitero! —¡No se moleste, compañero! Estoy preso por eso mismo... por bolita... ¡Pero necesito saber qué número salió anoche...! ¡Es una cosa de vida o muerte...! —¡Cállese! —le dijo el político. —¡Solo quiero saber si salió el ochenta y cinco... por favor...! ¡Averigüe! —¡Qué se calle le digo...! —¡El turno es del feo! Llegaron a la celda del hijo de papá. —Compañero político necesito hacerle una llamada a... —¡El turno es del feo! —no permitió identificar el nombre ni la jerarquía del padre del detenido. La voz del político se apagó en un susurro mientras respondía. Cuando la inspección llegó a la puerta de la celda femenina, todas comprendieron la burla de la voz de fondo. Aquel policía era la persona más fea del mundo. —¿Cómo están, muchachitas? —Aquí... sin aseo personal… ni cigarros... y durmiendo en el piso —dijo Yanet de un tirón. —Mandaré a que le traigan colchonetas. El aseo personal tienen que traerlo sus familiares y los cigarros no están permitidos. En un par de día el tren estará listo. Las enviaremos para sus provincias. Con una carta de advertencia, lógicamente. Si reinciden, saben que les espera Villa Delicias.

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Y un año de prisión como mínimo. Así que... despídanse del jineterismo y pónganse a trabajar. El político dio la espalda y se alejó, escoltado por los centinelas. Las chicas se miraron a la vez, soltaron una carcajada y en un coro perfecto gritaron: —¡El turno es del feoooooooooo...! —continuaron riendo por un buen rato.

El hueco estaba terminado. Arnulfo comenzó a soldar las planchas de acero. La anciana no podía mirar directamente el arco de fuego, sus ojos gastados no lo resistían. El olor a cenizas de la soldadura se esparció por la casa, acrecentando la tos y los esputos. Ya no quiso hablar más con su hijo. La noche anterior habían entrado a la casa unas cajas extrañas. El cuarto se llenó otra vez de hombres. Cada uno salió con un radio, como el collar que se coloca a ciertos perros para localizar sus movimientos. Al otro día, bien temprano, se efectuó el operativo policiaco. Los disidentes estaban perfectamente ubicados, con nombres y apellidos. Los radios eran la evidencia del trato con el enemigo. El activista de espejuelos oscuros era nada menos que un infiltrado de la Seguridad del Estado a cargo de neutralizar el grupo. El dinero lo confiscó el Estado.

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Desde el fondo del hueco, la anciana escuchó los toques en la puerta y las voces de los policías. El registro policial fue estruendoso y cuando detuvieron al nieto ella quiso gritar, pero el dolor no se lo permitía. La voz de Arnulfo era rajada, denotaba miedo. Luis Miguel se mantuvo firme. Dijo que no sabía nada. Ni conocía a nadie del grupo. Cuando entraron al último cuarto, un policía se acercó al borde del agujero y la vio en el fondo, en posición absurda. —¡Eh... Mayor... venga...! ¡Aquí abajo hay una anciana escondida...! No estaba escondida. La noche anterior se levantó a orinar, como de costumbre, y no recordó que el peligroso agujero interrumpía su trayecto hasta el servicio. Trastabilló en la oscuridad y cayó al vacío. Se partió la cadera en dos partes y un brazo. Estuvo inconsciente en el fondo del hueco por espacio de quince minutos. Cuando recuperó el conocimiento el dolor se volvió contrito y al menor movimiento parecía que iba a morir. Comenzó a balbucear: —¡Arnulfo...! ¡Arnulfo...! ¡Luis Miguel...! —pero nadie la oía. Pasó toda la madrugada allí, en el fondo del agujero, llamando al nieto y al hijo. De repente tuvo la extraña sensación que Arnulfo había cavado aquel hueco para ella, bien hondo y en su propia casa, como era la antiquísima costumbre. O que en el terreno donde se erigía la casa fue en otros tiempos un cementerio, porque de repente sintió mucha compañía. No solo las lombrices presurosas que se aventuraban por tomar

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las mejores partes de su cuerpo aún vivo, también un centenar de almas comenzaron a rondarla. Las piernas estaban acalambradas y el brazo no respondía. —¡Arnulfo...! ¡Luis Miguel...! —repitió juntando todas las fuerzas que pudo. Su hijo se había acostado temprano, consumido por tanto cavar y el nieto, ¡qué muchacho más bueno y sencillo...! Tomó la sopa sin protestar y se fue a la cama, agotado por los ejercicios del arte marcial. Ninguno de los dos escucharía la débil voz pidiendo auxilio. Las horas pasaron lentamente. ¿Dónde estaría su nieta amada, Soe, el único tesoro de su vida? ¿Qué estarás haciendo ahora mismo? Soe... mi nietecita linda. ¡Estoy segura que si imaginaras que tu abuela se está muriendo en un hueco oscuro, en el último cuarto de tu casa... te morirías conmigo...! ¡Lo sé mi niña...! ¡Soe... mi nenita...! ¡Soe, me muero...! ¡Arnulfoooooooooo...!

—¡Qué clase de puntos son los yumas! —dijo Ana mientras se agachaba sobre el hueco, apuntando el chorro de orine— ¡Mira que pagar cien fulas por un palo! —Eso era antes —dijo Lisett—. Ahora quieren pagar veinte y va que chifla. —¡A mí no me tocan por menos de cincuenta! —Ana meaba como una vaca. Al terminar se sacudió y guardó otra vez los dólares en su húmedo escondite. —¿Y cómo es España, Soe? —¿España? Lo máximo. Pero no me gusta...

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—¡Tú debes estar loca...! ¡A ti lo que te gusta es revolcarte en la mierda...! —¡Cállate...! —dijo Soe— ¡Viene alguien por el pasillo! Se detuvieron frente a la puerta y abrieron. Un centinela tiró en el piso cuatro colchonetas deshiladas por tanto uso. Yanet se acercó a la puerta. Habló con el guardia. Luego regresó contoneándose. —¡Ya cuadré los cigarros de hoy, niñas! ¡Deben darme las gracias! —¡Usted lo que tiene es un atraso que no lo brinca un chivo! —dijo Lisett. —¡O es fanática de policías! —dijo Ana— ¡Eso existe! —¿Qué cosa? —preguntó Yanet. —Mujeres fanática a los guardias... las hay fanáticas por los médicos... por los profesores... yo conocí una que se volvía loca por los porteros de cine, veía uno y se venía encima. —¡Hay cada clase de gente en el mundo...! ¡Soe... carajo tú no hablas...! —¿Qué quieres que diga? —¡Algo! —Algo. —¡No chica, de verdad... deja la tristeza...! ¡Te comiste el millo con volver del paraíso... pero no te tires a morir! —Aquello no es el paraíso, no se crean el cuento. Lo que pasa es que tengo un mal presentimiento con mi familia... No sé... ¡Tengo un salto en el estómago que no me deja tranquila! —¿Con quién vives en Santiago? —preguntó Lisett.

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—Con mi abuela, que es mi verdadera madre... con mi papá y mi hermano... —Bueno, son pocos. En mi casa somos 15. Por eso me fui echando de allí. —Y en la mía, mis dos hermanos se casaron a la vez... sus mujeres parieron al mismo tiempo. ¡Qué puntería! De repente la cosa se puso de tres pares. Ana se quitó toda la ropa y volvió a agacharse sobre el hueco. Sus senos erectos y rosados contra su pigmentación oscura le sacaron los demonios a Lisett, que observó el bollo rasurado, a flor de piel, y se acostó de lado sobre el piso, apoyó la cabeza sobre el codo para disfrutar todos los movimientos de la mulata en aquella posición lasciva. —Señoritas... —dijo Ana— ¡Tápense la nariz, que algo del almuerzo me cayó mal...! Inmediatamente se escuchó un tableteo estomacal liberando la inmundicia. La peste se esparció por toda la celda y tuvieron que taparse la nariz, excepto Lisett, que estaba tan a gusto observando las contracciones del clítoris en el esfuerzo por expedir, que si la pinchaban no lo sentía. Soe escogió una colchoneta y la acomodó en el ángulo más lejano. Apretó la nariz contra la tela. Olores comprimidos de muchos cuerpos anteriores, opacaron la peste de la indigestión de Ana. Soe tampoco comió por la tarde. Lloró antes de dormir, pensando en su abuela y la terrible realidad del calabozo oscuro. No vio cuando el centinela sacó a Yanet. Ni su regreso, a los tres minutos. Tampoco la alegría por los cigarros.

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—¡Arnulfo...! ¡Luis Miguel...! —la voz de la anciana no llegaba al borde del orificio. Era el resuello de una moribunda. Los huesos partidos de la cadera y su diabetes darían la asonada en el desayuno. Los otros problemas colaterales como artritis, reuma, insuficiencia pulmonar producto a la mala combustión en la cocina, ya tenían asentado un daño permanente en su organismo. Pese a todo, quería vivir. Desde el fondo húmedo del agujero, pensó otra vez en su nieta. —Es una muchacha muy juiciosa —le dijo a todos los que acusaron a Soe de locura—. Si regresó, algo muy jodido se encontró en aquel país. Confiaba que el día que volviera a Santiago, la nieta metería a Arnulfo en cintura. —Soe es una muchacha de carácter —le había dicho a Arnulfo—. Cuando venga se acabaron las reuniones secretas en el cuarto. Y ese de los espejuelitos oscuros, que me da tan mala espina, se va a ir volando de aquí. Estaba amaneciendo y su voz de auxilio era casi un suspiro. Escuchó cantar los gallos en los patios vecinos. Al poco rato, sintió pasar por la calle un carretón y después el carro de basura. La casa permanecía en silencio absoluto. Roto de vez en cuando por un grillo que chirriaba largamente y luego se detenía. Arnulfo roncaba bajo y Luis Miguel se volteaba en la cama continuamente, rechinando los muelles del viejo colchón.

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En los intervalos de silencio pensó que ya estaba muerta, y que el occiso mantiene la razón durante un tiempo más mientras purgar algún débito con la vida. Se había levantado a oscuras rumbo al baño a mitad de la noche. Una de las secuelas de su diabetes era la incontinencia y el orinal estaba rebosado. Mientras avanzaba por el pasillo no recordó el hueco que su hijo estaba abriendo. De repente sus pasos cesaron sobre el piso y se hundió en una especie de niebla. Se vio bajando a un placentero interludio, donde no tenía que arrastrar los pies mutilados por el tiempo, ni cargar con el peso de existir. Era una caída libre, feliz, infinita, hasta que sus huesos viejos se estrellaron contra el fondo rocoso y la frialdad electrizante comenzó a subirle desde la cadera por toda su columna. Cuando recobró el conocimiento, sus pensamientos perdieron la hilaridad. Su nieta tomó todo el protagonismo y aunque pensaba que eso era estar muerta, nunca antes sintió tantos deseos de vivir. Volvió a llamar a su hijo, con insistencia.

Entonces comenzó a sentir lástima del tren. —Es un tren maravilloso y viejo. Sabe Dios cuánta gente ha transportado en toda su vida. Quisiera saber qué edad tiene y si está al corriente de lo que sucede en sus entrañas. Si conoce mi problema y el de los otros pasajeros. —Claro que lo sabe.

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—¿Sabrá algo de las apuestas? —Estoy seguro. Es una gran felicidad haber sido un tren magnífico. Viajar por todo el país, saludar con largos pitazos los pueblos y caseríos, disfrutar del amanecer y los primeros rayos del sol descubriendo un nuevo día. Ver en el ocaso el violeta amarillo que tiñe las nubes, y la noche, sobre todo la noche, su misterio, los cañaverales, las colinas, los despeñaderos y ríos. —Eres un privilegiado de la vida, tren, lo has visto todo y aunque la gente ha ido poco a poco acabando contigo, sigues ahí, llevándolos sin importante lo desgraciados e infelices que resulten. —Pero viejo y listo para el desguazadero. Pronto a volverlo chatarra. —Ese es el fin absoluto. Excepto el cielo, la tierra y el mar, todo termina así. Tal vez en reciclaje te vuelvan un avión. O un barco. Destinado a viajar por siempre, a conocer el mundo. ¡Qué dicha! —Sí.

Ana, Yanet y Lisett fueron deportadas a sus provincias. Extrañamente el nombre de Soe no apareció en la lista y se declaró en rebeldía, habitual en los detenidos cuando sus esperanzas expiran. Consiste en no comer y mostrar apatía a los requerimientos exigidos. La jefatura alegó error a la hora de confeccionar el listado.

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—En el próximo envío, serás la primera —fue el compromiso del político. Ahora se hallaba sola. Sin conversaciones insulsas, ni la contaminación de las otras presas. Podía llorar a pierna suelta, sin interrupciones ni consuelos, y era dueña absoluta de sus angustias. Por primera vez en mucho tiempo sintió que algo le pertenecía, aunque fuera solo una celda oscura. De pronto comprendió que poseía muchos atributos y se llenó de valor. Por ejemplo, tenía la soledad más grande del mundo. Y el silencio, que era su bien más preciado y nadie jamás lo solventaría. Guardaba otras propiedades únicas y de un precio inestimable: el amor, que no pensaba entregarlo nunca, a no ser que se hiciera realidad su fantasía de encontrarse un príncipe azul. Si no era príncipe, bueno... un conde o un marqués, pero si no contaba con título nobiliario resultaría igual. Lo importante es que tuviese un castillo, y de vez en cuando la rescatara de algún dragón. Contaba también con su lealtad, que es una palabra en desuso. Y con el sentido del decoro, vocablo que muy rápido nos recuerda a Martí. En fin, contaba con tantas propiedades incorpóreas que podía llenar la celda. Se acostó contra la pared. Vio nombres rayados con las uñas por mujeres que habían pasado por allí. Corazones flechados goteando sangre y máximas dignas de poetas ilustres. Pasó la noche despierta, pensando. Los ruidos de las otras celdas nunca se acallaban. A cada rato entraban a algún detenido y de vez en cuando se armaba un show.

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Casi de madrugada, trajeron a una menor de edad. Vestía un atuendo minúsculo y botines altos, pero no le hizo ninguna pregunta, tampoco la niña quiso entablar conversación. Antes del desayuno la sacaron y no regresó más. En los días sucesivos la celda se fue llenando de mujeres. Casi todas jineteras atrapadas durante la comisión del delito. Trajeron también a una mujer que le había dado candela al marido mientras dormía. La homicida contaba los detalles como quien narra una historia sucedida a otra persona y las jineteras se burlaban de ella, alegando que ningún hombre vale la pena como para gastar fósforos y keroseno en una pira. —¡Ah... porque tú eres Juana de Arco! —le dijo una. La incendiaria contó la historia de su homicidio tantas veces que perdió interés. Luego la trasladaron a la prisión de mujeres Manto Negro y los temas volvieron a centrarse en los yumas y el dinero fácil. Ahora Soe era la veterana de la celda, todas la respetaban.

—Sin embargo hay que ser práctico —pensó—. Un tren no puede amar, ni disfruta los placeres de la vida. Ni puede tener hijos, que son el sostén del mundo. Nunca he visto a un tren saliendo del carril en busca de una locomotora para ser feliz. Ni vuelto loco para conseguir el sustento de sus trencitos. Toda ventaja tiene su frustración intrínseca. —Es que los trenes no se complican la vida. Al mediodía el aire era tan caliente que tuvo que cerrar la ventanilla.

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—Hace mucho rato que es lo mismo. —¿Qué cosa? ¿El tren? —Todo. —¡Claro! La anciana tiene la cadera rota. ¿Puede existir inmovilidad mayor? Soe está presa, confinada en un recinto minúsculo. Arnulfo y Luis Miguel duermen como niños. Y yo... —¡Va a arrancar... mira...! —¡Al fin...! —dijo la señora a su lado— ¡Estuvimos dos horas detenidos! ¡Muchacho... qué manera de dormir la tuya...! ¿Tú tomas pastillas? —No. El amargo sabor de la resaca lo hizo escupir. Cada vez que se emborrachaban peleaban así. Sucesos inauditos de un amor tangible no eran meros adjetivos en sus vidas. Infinidades de veces ella recogió el maletín a media noche y se fue al parque o a dormir en casas de amigas. Luego regresaba arrepentida, achacándole la culpa a la curda. —La culpa es tuya. Por permitirlo. Culpable no es solo quien comete el error, sino el que lo perdona y lo permite. —Sí. Es cierto. Has dicho por primera vez en tu vida algo digno. Ella era la borracha más impertinente y malcriada del mundo. Una noche, mientras vomitaba por exceso de bebida, perdió su diente de espiga. Al terminar jaló la palanca del desagüe. Se miró en el espejo, sintió extrañeza, abrió la boca y descubrió el vacío. Ahí mismo se le pasmó la curda. Al ver su belleza mutilada por la falta del diente comenzó a dar gritos. Una nueva prótesis demoraba mucho y para calmarla,

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el hombre tuvo que jurarle que antes que amaneciera lo encontraría. Ella no durmió ni un segundo aquella noche, llorando a lágrima viva. El hombre trazó un plan en su mente. Lo ejercitó durante todo el tiempo que demoró en aclarar el día. Imaginariamente, cubo a cubo, vació la fosa donde descargaba el registro. Su subconsciente realizó una labor increíble y terminó extenuado. Casi al amanecer durmió una hora para reponerse y soñó que encontraba el diente y eran otra vez felices. Con las primeras luces del alba saltó de la cama y tal como lo había diseñado en su imaginación tomó un cubo y comenzó a vaciar la fosa con la paciencia de un forense que busca una prueba definitiva. Antes de verter cada cubo en el jardín tamizaba su contenido y revisaba el residuo. Fue un trabajo que exigió un esfuerzo inconcebible. Evacuó la fosa completa, cubo a cubo. Al mediodía apareció en el fondo el sedimento. Entonces el trabajo se volvió más agotador. Cualquier otro hombre hubiera desistido, pero él raspó el fondo y hasta la última partícula pasó por el tamiz. Cuando ya no quedaba casi nada, en una revoltura encontró un cuerpo extraño. ¡Bingo...! Uno en un millón era la probabilidad de hallar aquel diente perdido, y fue suya. —¡Eso sí es amor...! —¡Ya lo creo! ¡Pero ella también te ha dado grandes pruebas! —¿Cuáles? —Casarse contigo. ¿Existe una prueba mayor?

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—Cualquiera se casa hoy en Cuba, por coger el ron, la cerveza y tres días dándose vida de yuma. —No creo que se casó solo por eso. Además, los costos corrieron con el dinero que trajo de España. Recordó que no hubo fiesta, ni ostentación, solo cumplieron viejos sueños que acunaban desde niños. Ella, casarse vestida de blanco, él recorrer todos los barrios de La Habana en un descapotable. Hubo una pequeña discusión en torno a esto, y al final llegaron a un acuerdo. El vestido sería alquilado en reciclaje de segunda. Y el auto iba a ser el viejo Yipi de Migue, que igual no tenía capota y cobraría un precio mínimo. —Quiero que sea de noche el recorrido —dijo el hombre. —¿De noche? ¡Eso es ridículo! —En mi sueño siempre lo vi así. De noche, por todos los barrios de La Habana, sin que faltara ninguno. —¡Es ridículo! —repitió ella, empinándose de la botella hasta el fin. —Todo es ridículo —dijo el hombre—. Casarse, vestida de blanco, sin brindis, el Yipi... —Está bien, los recién casados no deben discutir —la mujer abrió la otra botella y, para variar, se mostró tranquila. Salieron de Jaimanitas a las doce. Era una noche fresca y el vestido blanco contrastaba con las luces amarillas de la Quinta Avenida. El hombre vestía un short deshilado y un pulóver blanco raído. Migue manejaba a una velocidad moderada por la senda derecha para evitar molestias de la policía. Aunque era un buen amigo, le costaba trabajo contener la risa.

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—Es mi regalo de bodas —dijo—. Yo pongo la gasolina, no se preocupen... y los llevo a donde me pidan. Cada cierto tiempo Migue tocaba la bocina como en una boda común. El claxon contenía la tonada de: ¡La cucaracha... la cucaracha... ya no puede caminar! Los otros autos y la gente de a pie miraban el viejo Yipi de madrugada con los novios de pie, saludando, y no les quedaban otra cosa que extrañarse y reír. Al salir de Jaimanitas tomaron la avenida 25 y recorrieron Marianao de punta a cabo, con énfasis en los reparto Zamora, Coco Solo, Los Quemados, Pogolotti y Los Pocitos. Por la Calzada 51 se dirigieron a Puentes Grandes, El Cerro, Tamarindo, Palatino, Centro Habana. Pasaron por la Habana Vieja, pero sin sonar el claxon, para evitar ser detenidos por la policía, que a esa hora no cree en bodas ni en la cabeza de un chivo. Luego se apartaron del peligro y fueron a Guanabacoa, Juanelo, Chivás, San Miguel del Padrón, Párraga, Mantilla, Reparto Eléctrico, Mulgoba, Santiago de las Vegas y regresaron por Arroyo Arenas, San Agustín hasta La Lisa, con el Yipi exhausto y ya sin combustible. —¡Qué noche más linda! —Pero la gran prueba de amor fue la otra. —¿Cuál? —La vez que se emborrachó como una perra y recogió el maletín. Estuvo tres días perdida y luego vino de rodillas, jurando no poder vivir sin ti. Trajo tatuado tu nombre en la pierna, como la mayor evidencia de su amor sin límites. —Lo recuerdo. Su pierna estaba hinchada por la agujas y mi nombre parecía quererle explotar allí.

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—Lleva eso grabado para toda la vida. Cada vez que se bañe o se afeite la pierna o se mire, estás ahí... hasta el fin de sus días... solo el polvo a que estamos destinados por los siglos podrá borrar eso. —A no ser que se lo quite con una plancha caliente o con cirugías. —¡No! ¡Ninguna mujer echa a perder su pierna para borrar al hombre de su vida! —¡Ah... porque soy el hombre de su vida! —¿Lo dudas?

Pero el amor se estropea con el ron y el descuido. Con la monotonía y la inseguridad económica. Con los caminos sin salidas y las faltas de perspectivas. La ingratitud y la mala educación son sus peores enemigos. —Estoy de acuerdo contigo. ¿Quieres apostar a que sigo para Guantánamo y no me bajo en San Luis? —No. En el amor jamás nada es seguro. De repente el tren aumentó la velocidad, como un corredor de fondo que se ha reservado para la última vuelta a la pista. Los bandazos se volvieron violentos. —¿Qué te pasa, tren? —se dijo— ¿Te volviste loco de pronto? —No. Es que ahí delante está San Luis y quiero terminar con esta incertidumbre. —¿Entonces llegó la hora? —Sí.

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El policía bajó al agujero. Intentó mover a la anciana pero fue imposible. —¡Necesitamos una ambulancia...! —dijo— ¡Parece que tiene una fractura! —¡Mamá... qué haces metida allá abajo...! —le preguntó Arnulfo con las esposas puestas, asomándose al borde. —¡Ay... mijo...! ¡Me caí anoche... cuando iba para el baño! Pasé toda la madrugada llamándote y no respondías. —¡Mamá, perdóname... mamá...! Los policías condujeron a Luis Miguel y Arnulfo esposados hasta la patrulla. Decenas de curiosos se agolpaban en la calle para verlos. Sacaron de la casa bultos de papeles y dos radios receptores. Los guardaron en otro vehículo. Esperaron la ambulancia, que no demoró mucho. Desde la camilla la anciana daba muestra de fatiga. Los tres carros se marcharon velozmente. Cada curioso tenía una versión distinta de lo ocurrido. Fue un operativo que acabó con todos los gestores del Proyecto opositor en un solo día. El activista de los espejuelos oscuros no se volvió a ver nunca.

Soe fue deportada al fin para Santiago de Cuba. La montaron en un carro jaula que recogió mujeres en todas las estaciones de policía. Viajó en un coche preparado para estos

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fines, bajo la vigilancia estricta de mujeres uniformadas que exigieron silencio y la más absoluta disciplina. Fue un viaje agotador, como todos los viajes en tren, pero la sensación de libertad opacaba cualquier incomodidad o ausencia de lujo.

Delante apareció una estación repleta de gente y alguien gritó: ¡San Luis...! El tren se detuvo. Los viajeros que bajaban y los que continuarían la marcha hasta Guantánamo estaban al tanto de los movimientos del hombre, que permaneció impasible, soldado al asiento. La tensión llegó a su nivel límite. En el último vagón los apostadores sacaban las cabezas y observaban la puerta del coche número Dos, y hasta la ferromoza olvidó su trabajo para no perderse un detalle del desenlace. El hombre miró sutilmente el andén. Todas las figuras femeninas de andar sinuoso, aire desventurado y cargando un pesado maletín le parecieron ella. Ante él se abrían dos caminos: Seguir en el tren hasta Guantánamo, o bajarse tras la mujer en San Luis. Fue un minuto interminable, donde recordó de golpe todos los besos, las caricias, las decisiones acertadas o equívocas, el hambre, el peligro compartido, todos los vasos y los platos rotos en las riñas. Su corazón golpeó dentro del pecho como un acorde. Percibió que la estación de San Luis tenía un brillo poco común. El tren dio largos pitazos anunciando la salida. Y el amor... ese que ha movido al Hombre por los siglos de los

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siglos, lo estremeció con una descarga. Bastó un segundo de incertidumbre y cayeron al piso como granallas su coraje, su odio y su sentido metafísico del destino. Tomó la mochila como quien empuña el arma en un combate y salió al pasillo. —¿A dónde vas? —A verla... y cumplir con mi objetivo en este mundo... —¿Qué objetivo? ¿Arrastrar tu cadena como arrastro yo estos vagones, de un lado a otro sin fin? —Es posible. —Bien... yo sigo... —¡Sigue! ¡Estoy cansado de ti! —¿Entonces nos separamos? —Sí. —Buen viaje... —Te deseo lo mismo.

—¡Eh... se rajó el tipo...! —dijo una voz de atrás. —¿A dónde vas? —las mellizas hablaron al unísono. —¿Vas a bajar? —preguntó la señora. Otros viajeros se pusieron de pie para observar el último minuto. —A todos les deseo buen viaje —dijo el hombre tras un breve silencio—. No los conozco, y tal vez no los vuelva a ver más nunca. Pero a ella... querré verla hasta el último día. No hizo caso al abucheo, ni a las críticas. Bajó al andén y apuró el paso entre la multitud. El tren comenzó a moverse. Por las ventanillas todos los viajeros lo seguían con la vista.

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Cuando pasó por su lado el último vagón, percibió un clamoroso júbilo. La vía quedó desierta. Los raíles brillaban con el sol de la tarde. El tren se perdió de vista.

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Novela El tren, Frank Correa