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Con su trabajo, Óscar Seco hace algo parecido a lo que hacían Breton y Vaché: se niega a asimilar la jaula narrativa que disfrazó de inocuo producto de consumo adolescente las poéticas cargas de profundidad de esas películas. Los cerebros voladores, los ojos con tentáculos y las ciber-bestias niponas no sólo son liberadas del relato, sino remezcladas con otras iconografías aparentemente dispares para crear un nuevo relato, que no puede ser sino poético. A propósito de la obra del japonés Takeshi Murakami –devorador de toda la tradición visual del manga y el anime–, el crítico Hiroki Azuma definía la post-modernidad revisando la tesis de Jean-François Lyotard, según la cual nuestros tiempos están marcados por la caducidad de la “gran narrativa” que unificaba nuestro sistema de conocimientos. Si el filósofo francés sostenía que esa “gran narrativa” había sido sustituida por un entramado de pequeñas narrativas, Azuma propone que, en realidad, la postmodernidad se define por haber colocado una “gran base de datos” en el lugar medular de esa “gran narrativa”. En este sentido, la obra de Óscar Seco es el resultado de la reconfiguración y de la intencionada remezcla de muchas imágenes presentes en esa supuesta “gran base de datos” que es nuestro subconsciente colectivo, en él conviven joya y ganga, pulp y revelación, historia y serie Z. Por consiguiente elementos como la iconografía nazi, grabados de bebés deformes, cromos de Mars Attacks, soldaditos militares, banderas republicanas, superhéroes de cómic americano, pasos de Semana Santa, dragones de McFarlane, animalitos de todo a cien, chicas manga, extraterrestres y bestias radioactivas dialogan en los lienzos de Seco poniendo en evidencia que, aquí y ahora, cualquiera de nosotros tiene más en común con la chica que se cubría el rostro de horror en el cartel de Not of This Earth (1957) de Roger Corman que con, pongamos por caso, Leopold Bloom. O que, en el fondo, somos un Leopold Bloom al que el monólogo interior se le ha acelerado por efecto de la radioactividad o el Ébola.

El Superman de Óscar Seco, que antes se planteaba cambiar de trabajo y ahora formula –siempre en bocadillos– ese eslogan con vocación de tautología que dice que “Spain is Different”, no es ni un unidimensional emblema del “bien”, ni una ironía obvia dirigida al poder imperialista: es, tal y como lo crearon Siegel y Shuster, un sujeto ambiguo, sumido en la confusión, como cualquiera de nosotros. Superman (y eso es algo que no todo el mundo sabe) nació como villano, una encarnación del superhéroe nietzschiano imaginada por un judío fascinado por la ciencia-ficción. Cuando Siegel y Shuster vendieron su idea a una editorial, Superman se había convertido en héroe... porque el concepto era más comercial. Y así, sin saberlo, nos movemos también nosotros, entre nuestra esencia de perdedores y la épica que nos fabrica la Historia, más o menos intuyendo que un final espectacular (o un Apocalipsis) será la manera más comercial de llegar al clímax de todo esto. * Jordi Costa es escritor, periodista y comisario independiente de exposiciones. (Imágenes cortesía del artista)

Heaven came from hell, 2005

La insoportable levedad del superhéroe

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ARTECONTEXTO Nº10.  

Dossier: COMIC WORLD / MUNDO CÓMIC 2006

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